domingo, 11 de marzo de 2018

Homilía del IV Domingo de Cuaresma - Tanto amó Dios al mundo (Jn 3,14-21)


P. Carlos Cardó SJ

Noche en el Gólgota, óleo sobre lienzo de Vasily Petrovich Vereshchagin (1869), Galería Tretyakov, Moscú, Rusia 

Dijo Jesús: «De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.  En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios».
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Es el mensaje central del evangelio, el núcleo central de nuestra fe. Dios ama al mundo de manera irrevocable, incondicional y desinteresada. Salido bueno de las manos del Creador, el mundo se volvió un planeta maltrecho y enfermo. Pero Dios no deja de amarlo. Dios no cambia porque el hombre cambie. Dios no odia nada de lo que ha creado, pues si algo odiase, ¿para qué lo habría creado? (cf. Sab 11). Por eso, llegado el tiempo determinado por él, envió Dios al mundo, como muestra de su amor extremado, el regalo de su propio Hijo.
El diálogo de Jesús con Nicodemo explica el significado de la entrega del Hijo de Dios al mundo como la respuesta de Dios, y del mismo Hijo de Dios, al pecado de la humanidad. Quien cree y confía en esto, da sentido de eternidad a la vida y fundamenta su esperanza sobre su propio destino y sobre el futuro del mundo.
Las preguntas fundamentales sobre el sentido y futuro de la existencia humana se las plantearon también, a su modo, los israelitas a lo largo de su historia, sobre todo cuando atravesaban alguna crisis que ponía en riesgo sus vidas o la vida del pueblo como nación. Se las plantearon en su marcha por el desierto, en particular cuando se vieron atacados por serpientes que los mordían (Núm 21).
Dios mandó a Moisés levantar una serpiente de bronce en lo alto de un mástil; quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Sólo de lo alto puede venir la seguridad última de la vida, sólo alzando su mirada a lo alto puede el hombre triunfar de sus dificultades y crisis. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre (Jn 3,14).
Jesús fue levantado a lo alto de una cruz. Para una mirada exterior, aquello fue la ejecución de un simple condenado, un hecho irrelevante para la marcha de la historia. Pero el evangelio nos hace ver el sentido profundo de aquel hecho histórico. El Crucificado no es un pobre judío fracasado que muere cargado de oprobios. Con Él está Dios, garantizando su total inocencia y la verdad de su causa. Un  centurión  pagano ve en aquella muerte lo que los expertos en Dios que las han causado no ven: Sin duda este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,38).
Los evangelios, pues, nos hacen ver que la pasión y muerte de Jesús no son sólo un asesinato político-religioso que, en cuanto tal, no habría tenido mayor importancia en el destino de la humanidad, sino el momento supremo en que se pone de manifiesto la relación que hay entre Jesús y Dios, la prueba de que Dios está en Él.
Es Dios quien lo ha enviado y lo ha entregado (Mc 14,41; 10,33.45) para demostrar hasta dónde llega su amor al mundo. Jesús, por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y entrega libremente su vida, revelando así hasta dónde llega su entrega por nosotros.
Más aún, los evangelios nos hacen ver en la muerte de Jesús la revelación suprema de Dios mismo, como un Dios de infinita misericordia y perdón. Según la idea de Dios que se tenía entonces, basada en algunos escritos del AT, a consecuencia de la muerte de un inocente como Jesús sólo podía esperarse un castigo divino contra el autor de tal crimen, en este caso, el pueblo judío movido por sus autoridades (Mt 21,23-46).
Pero el Dios de Jesús no actúa así. Israel, su pueblo lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo misericordia y perdón, en virtud de la sangre de su Hijo, que sufre y muere por los pecadores, en lugar de ellos, como consecuencia del pecado que, de por sí, tendría que afectar a los pecadores que lo cometen.
Así, frente a la idea de que Dios castiga, el cristiano sabe que Dios amó tanto al mundo que llevó su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo único, para que ninguna criatura suya en el mundo perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).
Por su parte, Jesús, el Hijo, en perfecta sintonía con el proyecto de Dios su Padre, está dispuesto igualmente a llegar hasta donde haga falta para vencer el mal del mundo y el pecado de los hombres con su amor.
Por eso Jesús, entra libremente su pasión y acepta sufrir en su cuerpo la dolorosa consecuencia del rechazo de Dios, todo el odio y la injusticia que el pecado del mundo produce. Por eso dirá: “El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45). “El Padre me ama porque yo doy mi vida para recuperarla. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad Y tengo poder para darla y para recuperarla. Esta es la misión que recibí de mi Padre” (Jn 10,17-18). Jesús hace suyo el don que hace el Padre al mundo, el don de su propia vida entregada.
Esto es lo que contemplamos: Levantado en la cruz, vemos a un Dios que quiere salvar a todos, sin excluir a nadie, ni siquiera al más abandonado y perdido de sus hijos. Dios quiere salvar al mundo, por maltrecho, desordenado e ingrato que se haya vuelto. El mundo no está solo, no hace solo su viaje por el tiempo, dejado a su propia suerte. 
Y nadie, por perdido que esté y abandonado, morirá solo en la tierra. Dios llena desde dentro toda soledad y abandono, toda falta de esperanza, con una presencia que comparte el sufrimiento con un amor que convierte la oscuridad de la muerte en aurora de vida. El amor vence al odio, el bien triunfa sobre el mal, el perdón redime y reconstruye.

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