P. Carlos Cardó SJ
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| Ascensión de Cristo, óleo sobre lienzo de Pieter Jozef Verhaghen (1800), Museo M, Lovaina, Bélgica |
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos".
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la Palabra con las señales que los acompañaban.
La última voluntad del Señor es que sus discípulos se conviertan en “testigos”, capaces de anunciar al mundo que el pecado, la carga opresora del hombre, ha perdido su fuerza mortífera por la muerte y resurrección del Señor. Cristo resucitado es la garantía de la victoria sobre el mal de este mundo. En su Nombre se anuncia el perdón del pecado. Ya no hay lugar para el temor porque Dios es amor que salva. Los discípulos han de llevar este anuncio a todas las naciones. La fuerza para ello les viene del Espíritu Santo, don prometido por el Padre de Jesucristo. Así como el Espíritu descendió sobre María, descenderá sobre ellos. La encarnación de Dios en la historia llega así a su estado definitivo.
Se trata, según Mateo, de hacer discípulos, no simplemente de anunciar, ni sólo de instruir y, menos aún, de adoctrinar, sino de crear las condiciones para que la gente tenga una experiencia personal de Cristo, que los lleve a seguirlo e imitarlo como la norma y ejemplo de su vida. Esto significa entrar en su discipulado, hacerse discípulos para asumir sus enseñanzas y también asimilar su modo de ser.
La comunidad eclesial, representada en el monte, aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Las Iglesia hace visible el poder salvador de su Señor.
La comunidad cristiana no puede quedar abrumada por la acción del mal en el mundo en la etapa intermedia entre la pascua del Señor y su segunda venida. La acción triunfadora de Cristo Resucitado sigue presente como el trigo en medio de la cizaña. Con mirada de fe/confianza, el cristiano discierne los signos de esa presencia y acción de Cristo vencedor, que se lleva a cabo por medio de los creyentes. Por eso, antes de partir, los dotó de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo.
Hoy celebramos la Ascensión, la partida del Señor que pone término a su vida e inaugura, al mismo tiempo, su gloria. Inaugura también el tiempo de los creyentes, el tiempo de su Iglesia, el tiempo del testimonio y de la preparación del Reino y de su venida gloriosa. Vivimos el tiempo del deseo profundo: “Ven, Señor Jesús”.
Los recuerdos que, en adelante, hablen de él, excluirán toda nostalgia. Jesús vive eternamente y volverá. Por su parte, ellos repasarán juntos su vida; abrirán ese tesoro que llevan consigo y que la Iglesia medita incansablemente, descubriendo más y más las riquezas dejadas en ella por el paso de Jesús.
A partir de
allí, no le podemos buscar entre las nubes. Cristo está en nuestra misma
historia. Hay que reconocerlo y amarlo y servirlo en nuestros hermanos. Él se nos
da misteriosamente a ver en la contemplación, a tocar en el sacramento, a servir
en sus hermanos. Una comunión viva lo une a nosotros más profundamente que a
los discípulos cuando, por vez primera, lo vieron venir hacia ellos.









