domingo, 16 de agosto de 2026

Domingo XX del Tiempo Ordinario - La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la Cananea, óleo sobre lienzo de Mattia Pretti (1665 a 1670), Galería Nacional de Calabria, Italia

Jesús marchó de allí y se fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón.
Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio».
Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros».
Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!».
Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos».
La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».
Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija. 

Texto provocador. Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano. 

En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel. 

Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro” (se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías). El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9). 

El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia. 

El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos. 

Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan. 

Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar. 

El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos. Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano. Racismo, prejuicios religiosos, sociales, culturales o de género, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, obviamente, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

sábado, 15 de agosto de 2026

Fiesta de la Asunción de María (Lc 1, 39-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

Asunción de la Virgen, óleo sobre lienzo de Giovani Franceso Barbieri “Guercino” (1650), Instituto de Arte de Detroit, Estados Unidos

Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: "¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!".
María dijo entonces:
"Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador,
porque se fijó en su humilde esclava,
y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz.
El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!
Muestra su misericordia siglo tras siglo
a todos aquellos que viven en su presencia.
Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes.
Derribó a los poderosos de sus tronos, y exaltó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos,
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su siervo; se acordó de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a sus descendientes para siempre".
María se quedó unos tres meses con Isabel, y después volvió a su casa. 

Celebramos hoy la Asunción de María nuestra Madre: su participación en la victoria de su Hijo Resucitado. La certeza que el pueblo fiel tiene de la gloria de María, la expresó el dogma de su Asunción, proclamado por Pío XII. Confesamos que María ha sido ya glorificada. Y por eso, así como Cristo por su resurrección mantiene entre nosotros su presencia poderosa y eficaz, otro tanto podemos decir de la gloria de María y su «asunción a los cielos». “Asunta” en Dios, está más presente en el mundo y más cercana a nosotros que ninguna otra mujer. Por eso, no sólo pensamos en ella, sino que la invocamos. Ella intercede y nos acompaña. 

Para describir la belleza de María, la liturgia de la misa de hoy le aplica las palabras del Apocalipsis: “Apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”. Estas imágenes no deben hacernos temer a nuestra Madre del cielo. Su extraordinaria santidad y su gloria celeste no la alejan de nosotros. María sigue siendo la humilde jovencita de Nazaret, la madre amorosa que envuelve a su pequeño Niño en pañales y lo recuesta en un pesebre, la mujer perseguida que tiene que emigrar al país extranjero de Egipto, la esposa fiel que vive su entrega a Dios en el silencio de Nazaret, junto a José y a Jesús, dispuesta siempre a ayudar a los demás, la mujer fuerte que acompaña el camino doloroso de su Hijo Jesús, aun no comprendiendo las cosas, aceptando con él la voluntad de Dios. 

San Pablo (1 Cor 15, 20-27) afirma que la resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, señala que el triunfo de Jesús anuncia el retorno de todos los hombres a la vida. Con la proclamación de la Asunción de María, la Iglesia nos recuerda que también nosotros estamos llamados a ello. Todos los que en Cristo han muerto pertenecen a una sola familia, la Iglesia. Y todos los que viven en Dios están unidos con nosotros. En esta unión le corresponde a María un puesto particular. 

El Evangelio nos habla de la visita de María a su pariente Isabel. Atenta a la señal ofrecida por el ángel en su anunciación, María sale de Nazaret de prisa, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que necesita una mujer encinta, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. 

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño que llevaba en su seno, se sintió llena del Espíritu Santo y exclamó: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Es el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia (como Yael y Judit, de las que hablan los libros de los Jueces, c.24, y de Judit, c.13) que vencieron al enemigo de su pueblo. María, con su obediencia a la Palabra, aniquila y vence al enemigo de la humanidad. Ella lleva en su vientre el fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente (Gen 3). En ella toda la creación se torna bendición y vida. 

Isabel comprende que María lleva ya en su seno al Señor, y añade: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función excepcional que le tocó cumplir en el plan de salvación. “Porque, si la maternidad de María es causa de su felicidad, la fe es causa de su maternidad divina”. María es la creyente, la que escucha la palabra de Dios y la cumple. Por eso, la llena de gracia, Madre del Señor, es también Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes. 

Cuando Isabel termina sus alabanzas, María dirige la mirada a su propia pequeñez, fija luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entona su cántico de alabanza. En la línea espiritual de los salmos, con el estilo poético de su pueblo, María responde a lo que Dios -el Santo, el todopoderoso, el misericordioso- ha hecho con ella eligiéndola como madre del Salvador. Con su canto, María nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vida y agradecer los beneficios recibidos. En su canto laten los corazones que saben escuchar a su Dios y reconocen su acción. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María la humanidad y la creación entera cantan la fidelidad del amor de Dios. Es un canto que sintetiza la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y sencillos, que sienten a Dios a su favor. Esta fe de María nos lleva a confirmarnos en nuestra opción por los pobres y por los que sufren. Con Israel, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos”. 

«La gracia que inundó el alma de María cuando el Creador la llamó a la existencia sigue siendo hoy una realidad indestructible. La humildad de María, la belleza de su espíritu, su entrega total a Dios, en una palabra, todo aquello que llenaba su alma y que la llevaba a decir: “He aquí la esclava del Señor”, todo eso es un “presente” …, todo eso es ahora vida eterna, sumergida en el océano de la vida divina, cuya sinfonía resuena en un eterno “hoy”. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora, y en la hora de nuestra muerte, para que podamos entrar en la eternidad en la que estás y que hoy nosotros celebramos en la fiesta de tu Asunción» (Karl Rahner).

viernes, 14 de agosto de 2026

El Matrimonio (Mt 19, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Boda en el pueblo, óleo sobre lienzo de Sir Samuel Luke Fildes (1883), colección privada.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerle una trampa, le preguntaron: "¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?".
Jesús les respondió: "¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer?, y dijo: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola carne” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".
Pero ellos replicaron: "Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?".
Jesús les contestó: "Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio".
Entonces le dijeron sus discípulos: "Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse".
Pero Jesús les dijo: "No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo". 

Para la antropología cristiana, la sexualidad humana no es un simple instinto de conservación de la especie ni una pulsión que tiende únicamente a la consecución de un placer. La sexualidad es el campo de la realización de la persona, en la que ésta, como hombre o mujer, expresa y realiza su ser social, llamado a establecer una relación de amor y mutua pertenencia, que los hace capaces de desear y sostener juntos una vida estructurada. En la unión del hombre y de la mujer se afirma la destinación del ser humano a desarrollar su existencia en el encuentro y la relación, no en la soledad y el aislamiento. Por eso, cuando un hombre y una mujer deciden unirse para siempre, el amor de entrega y de servicio mutuo se les abre como la verdad y el sentido de sus vidas. Porque cuando nos unimos, somos libres; cuando nos acogemos, somos más dueños de nosotros mismos, más humanos. 

Los fariseos le preguntan a Jesús sobre la licitud del divorcio que Moisés permitió para el caso del hombre a quien su mujer dejara de gustarle por haber encontrado en ella algo vergonzoso, a condición de que se le diera a la mujer un documento que le permitiera volver a casarse. La respuesta que da Jesús a esta cuestión va dirigida de manera mucho más amplia al ordenamiento de la sexualidad humana. Lo hace con dos argumentos. En primer lugar, dice que Moisés permitió el divorcio por la “dureza del corazón” del pueblo, que impedía comprender el plan divino y sus preceptos. Jesús critica la actitud de querer quedarse en lo que señala la ley y no aspirar a niveles más altos de obediencia a Dios. En segundo lugar, apela a lo que dice el libro del Génesis que es anterior y de mayor autoridad que la norma mosaica que vino después y es de menor autoridad. Lo que Dios quiso al principio era que el hombre y la mujer se unieran tan íntimamente que formaran una sola carne, expresión hebrea para decir: un solo ser. El repudiar a la esposa fue un añadido posterior, que no concuerda con el plan original del Creador y que surgió en Israel por conveniencias humanas egoístas. 

Jesús aparece, pues, como garante de la estabilidad de la pareja y de la igualdad del hombre y de la mujer. Ambos están llamados a formar una sola carne, una peculiar “unidad de los dos”, que manteniéndolos libres, autónomos y diferentes, los hace pertenecerse el uno al otro y vivir una existencia hecha de entrega de sí mismos y mutua aceptación. La conclusión: que ninguna autoridad humana separe lo que Dios ha unido, se deduce de la razón anterior. 

La respuesta de Jesús, además, mira a la comunidad. El separarse y casarse con otro lo equipara con el adulterio. Los discípulos le replicaron: Así, mejor es no casarse. Y él añadió: No todos pueden con eso, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede. De modo que los discípulos deben entender que el Señor no los abandona y que lo aparentemente imposible Dios lo hace posible dando su gracia, que eleva y capacita al amor humano. 

Esto supuesto, es evidente que existe el riesgo de la ruptura y que el matrimonio puede naufragar porque la persona puede manifestar incapacidad para amar así. Por eso, el amor, que es fuente de todo buen deseo y causa de las mayores alegrías, puede ser también origen de los mayores temores y sufrimientos. Pero la conclusión no puede ser no casarse o casarse hasta ver qué pasa… Con mentalidad divorcista no se puede contraer matrimonio válido. Casarse pensando en mantenerse unidos mientras se quieran, es partir de una idea del amor muy diferente a la del amor cristiano, del que dice Pablo que no pasa nunca, porque perdona y se rehace (1Cor 13, 7-8). No se puede considerar como lo “normal” un amor que deja abierta la puerta a abandonos y rupturas, variables y sucedáneos. En el fondo de esto late una mentalidad pesimista y amargada que desconfía de la capacidad de la persona para rehacerse y no cree en compromisos estables y definitivos. Esta mentalidad ignora la fuerza de la gracia y por eso se ve la indisolubilidad como una dura ley. Pero no es ley sino evangelio: la buena noticia de que la gracia de Dios es capaz de transformar el egoísmo en mutua aceptación, los límites del otro en diálogo y comprensión, las frustraciones en sano realismo que, a falta de lo ideal, se aferra a lo posible, lo disfruta verdaderamente y no desespera jamás. 

Por eso, no basta con proclamar la prohibición del divorcio; sin formación eso no conduce a nada. Es urgente dar a los jóvenes una formación que los capacite para la admiración de la belleza y para sostener con fortaleza las condiciones necesarias de la unión matrimonial en una sociedad fragmentada que tiende a desunir. La formación para el manejo de los sentimientos, que capacita para asumir frustraciones, es parte esencial de la educación del adulto. 

La Iglesia no puede dejar de transmitir las palabras de su Señor. Sería infiel. No nos puede recortar el horizonte de la generosidad. Por eso, ella anuncia la buena noticia de que somos capaces de aspirar a lo alto y de darle a este mundo roto el testimonio de un amor capaz de superar las crisis.

jueves, 13 de agosto de 2026

El perdón (Mt 18, 21-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

La parábola de toda clase de perdón, óleo sobre lienzo de James Eckford Lauder (1847), Galería de Arte Walker, Liverpool, Reino Unido

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".
Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán. 

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola. 

La parábola contrapone la magnanimidad del señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda. 

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor y “nos encomendó el universo entero para que sirviéndole a él domináramos lo creado; y cuando por desobediencia perdimos su amistad no nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que lo encuentre el que lo busca”. Y en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó en su cruz todos nuestros pecados. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido. 

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una humana convivencia en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión. 

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza. 

¡Pero es de justicia!, se suele argüir. En efecto, lo es, pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló del perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos. 

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre  podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.

miércoles, 12 de agosto de 2026

La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Marta reprende a su hermana María Magdalena, óleo sobre lienzo de autor anónimo (presumiblemente femenino), (siglo XVII), Museo Smithsonian de Arte Americano, Washington DC, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano".
"Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo".
"Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". 

Somos conscientes de vivir en una época en la que se fomenta el individualismo. Una tendencia extendida lleva a subrayar más los derechos (del individuo) que los deberes (del ciudadano), y a resolver la tensión entre libertad y responsabilidad, apostando simplemente por “mi” libertad. Asimismo, la afirmación absoluta del individuo hace olvidar muchas veces a los otros, de tal modo que se llega a interpretar la tolerancia y el respeto al otro como no meterse con nadie, o como indiferencia y desinterés por la vida otro. Pero ya los primeros diálogos de Dios con el hombre en la Escritura nos plantean la pregunta: ¿Dónde está tu hermano Abel? No sé; ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Pero el otro es un “hermano”, de tu sangre, de tu casa. Eres responsable de él. 

Jesús hace conscientes a sus discípulos de un hecho que será inevitable: dentro de su comunidad habrá fricciones, ofensas, infidelidades y perjuicios. La Iglesia es pueblo de Dios en marcha…, comunidad santa y pecadora, necesitada de continua purificación. A pesar de los pecados de sus miembros, el Espíritu del Señor está siempre en ella. Y por eso no renuncia al Evangelio como norma de vida y no puede tolerar que los errores y pecados se conviertan en normas habituales de conducta; eso sería su muerte. Además, por el hecho de pertenecer a la familia humana, a todos nos atañe una responsabilidad pública frente a las conductas que dañan a la comunidad. Era el deber que sentía el profeta: Si tú no hablas, poniendo en guardia al que ha hecho mal para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su suerte (Ez 33, 8). Naturalmente no se trata de erigirnos en jueces de los demás; en muchas otras ocasiones el mismo Jesús reprueba esta actitud. Se trata de ganar a tu hermano, restablecerlo, curar el cuerpo herido, y aspirar a un modelo social y eclesial de inclusión, no de exclusión de los indeseados. 

Por eso, en el cristianismo, la corrección del hermano que ha pecado o cometido un error es signo y expresión del amor. El otro es reconocido siempre como es, con sus limitaciones; no es juzgado si se equivoca, se le absuelve si es culpable, se le busca si anda por el mal camino y se le perdona si peca. 

Sin aceptación, no es posible la corrección. Siempre es imprescindible escuchar al otro. Sólo así podrá aceptar lo que se le diga, y no lo sentirá como una agresión. La corrección del hermano se hace sin violencia, no por venganza ni por rencor. Porque amas a tu hermano como a ti mismo, lo corriges para no cargarte de un pecado de omisión con respecto a él. Es un miembro enfermo, se siente dolor por él, se busca curarlo porque es parte del mismo cuerpo. Buscar al que está perdido es la expresión más alta de la misericordia. 

Así, desde el amor responsable se puede entender el procedimiento que el evangelio sugiere para recuperar al hermano:
- Primero se le habla en privado, con discreción y respeto, no en público como pedía la ley judía (Lev 19). Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
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Segundo, si el diálogo no surte efecto, se busca la ayuda de otro o de otros hermanos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
- Y si aun esta medida fracasa, se apela a la comunidad. La comunidad (ecclesia) es mediación y sacramento de Dios, a quien finalmente corresponde el juicio. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
 

Queda claro entonces que Jesús nos invita no solamente a reconciliarnos con el hermano, sino a procurar llevarlo a conversión. Y esto exige siempre rectitud en el hablar para llamar mal a lo que está mal y bien a lo que está bien. La verdad es un servicio de caridad. Corregir el mal proceder de mi prójimo no significa excluirlo, no es tratarlo sin consideración ni dejar de comprenderlo. Jesús vino justamente a llamar y salvar lo que estaba perdido. 

El evangelio propone un modelo de comunidad en el que sus miembros se sienten corresponsables unos de otros. Sólo cuando existen relaciones personalizadas adquiere sentido la corrección fraterna. Sólo entonces es posible el acuerdo, que consolida la unión fraterna. Entonces ocurrirá lo que dijo Jesús: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo (Mt 18, 20).

martes, 11 de agosto de 2026

Hacerse niños… (Mt 18, 1-5.10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo bendiciendo a los niños, óleo sobre lienzo de Benjamin Haydon (1837), Galería de Arte Walker, Liverpool, Inglaterra

En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el reino de Dios?”.
Él llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande en el reino de Dios. Y el que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Pues les digo que sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre del cielo. ¿Qué les parece?”. 

Jesús establece con estas palabras un criterio que determina la calidad de las personas. Uno se hace grande cuando se hace como los niños. ¿Pero qué significa esto? Para nosotros, niño significa ternura, inocencia, sencillez, espontaneidad; para los griegos, niños eran también los siervos, los esclavos, los cautivos; y para los hebreos, el niño –al igual que la madre– era propiedad del varón, no contaba, no tenía derechos propios. Siempre y en todas partes, niño es el que tiene necesidad de todo y es lo que los otros le hacen ser. Existe si hay alguien que lo toma bajo su cuidado y pertenencia. 

Esto supuesto, lo que nos quiere decir Jesús es que, en vez de andar en la vida como “los grandes” que se satisfacen a sí mismos, creyendo no deber nada a nadie ni tener necesidad de nadie, podemos renacer, volver a hacernos niños (Jn 3,1ss) para alcanzar nuestra condición más auténtica, la propia del hijo que, en su dependencia de Dios, su Padre, halla su capacidad de crecimiento, libertad y autonomía. 

Este adulto convertido en niño se siente acogido y acoge, sabe que todo lo ha recibido por gracia y que debe dar gratis lo que gratis ha recibido. Sabe que no se ha dado la vida a sí mismo y que puede perderla, sabe que puede vivirla disfrutándola para sí solo o entregarla al servicio de los otros. Sabe, en fin, que en todo momento puede abandonarse en brazos de su padre, porque el resultado final no dependerá sólo de él sino de Dios. Este abandono confiado en Dios, lo expresa gráficamente el Salmo 131: Señor, mi corazón no es soberbio ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos: como un niño en brazos de su madre. Con esta quietud interior se desenvuelve en toda circunstancia de su vida. 

No se trata ya de la primera infancia, sino de aquella que es propia del adulto que ejercita su libertad. Es como la inocencia recuperada. A esta “infancia espiritual”, costosa en verdad, se refería Jesús cuando bendecía a los niños y prometía el reino de los cielos, a los que se asemejan a ellos. Son los que pueden tratar con Dios con entera confianza y llamarlo Abba, padre. 

Así, pues, el hacerse niño no tiene nada que ver con el infantilismo, fruto de una mala educación de los instintos, tendencias y afectos. Infantil es el insatisfecho, que no hace más que buscar satisfacer su ansia de ser acogido, nutrido, sostenido. Infantil es el que se aferra a los demás y a las cosas, exige, demanda y manipula, pero sin corresponder y, en definitiva, sin poder valerse por sus propios medios. El niño del evangelio, en cambio, tiene como modelo de inspiración la personalidad de Jesucristo, el hombre libre. 

A continuación, Jesús se refiere en términos sumamente graves y severos al escándalo que pisotea la ley del amor, lastima gravísimamente la inocencia de los pequeños, induce a la pérdida de la fe y al abandono de la Iglesia. Llevar a pecar o abusar de un niño o una persona vulnerable o indefensa, tiene consecuencias incalculables en la persona de la víctima, en la sociedad y en la Iglesia. Los niños, las personas vulnerables y la gente sencilla creen ya en Dios, pero las acciones y conducta de los mayores (sobre todo, cuando se cometen aprovechándose de la superioridad que se tiene sobre ellos) pueden hacerles difícil la fe. Nada hay más grave que escandalizar a los pequeños o a los débiles. Por eso, la advertencia de Jesús es tajante: los autores de tales delitos acabarán de manera desastrosa. 

Jesús es realista, sabe que las relaciones humanas pueden deteriorarse a causa de los escándalos aun en la comunidad por él fundada. Su advertencia es terminante: ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo! Por eso, además de la pena que se ha de aplicar al culpable, la comunidad debe estar atenta para que estos males no sucedan, y debe mover a sus miembros para que cada cual examine su interior y arranque de sí todo aquello que podría dar origen a posibles ocasiones de escándalo. A la determinación con que se debe actuar apunta Jesús con frases fuertemente expresivas sobre el cortarse la mano, el pie o el ojo si te llevan a pecar…, lo cual no significa obviamente mutilarse, sino optar firme y deliberadamente por la lealtad y la transparencia intachable. 

Jesús se identifica con los pequeños de este mundo. La parábola de la oveja que se pierde y su dueño sale en su busca dejando las noventa y nueve que están bien, nos habla de la ternura de Dios-Padre, que se duele de las ovejas de su pueblo, maltratadas y abandonadas por sus pastores. Dios, que reivindica para sí el título de pastor auténtico y lleno de cariño, se realiza históricamente en Jesús, buen pastor de su pueblo y de la humanidad. Se subraya el valor que tiene para Dios la vida de sus hijos y de manera especial su cercanía y misericordia para con los perdidos. Asimismo, al referirse al comportamiento propio de Dios, Jesús demuestra que hace bien él al buscar a los publicanos y pecadores, a los excluidos y perdidos de este mundo. Dios no quiere que se pierda ni uno solo.

La libertad de los hijos (Mt 17, 22-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Disputa de Jesús y los fariseos por la moneda del tributo, ilustración de Gustav Doré (1866), publicado en The Doré Bible Gallery

Un día, estando Jesús en Galilea con los apóstoles, les dijo: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y le matarán. Pero resucitará al tercer día».
Ellos se pusieron muy tristes.
Al volver a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobran el impuesto para el Templo. Le preguntaron: «El maestro de ustedes, ¿no paga el impuesto?».
Pedro respondió: «Claro que sí». Y se fue a casa.
Cuando entraba, se anticipó Jesús y le dijo: «Dame tu parecer, Simón. ¿Quiénes son los que pagan impuestos o tributos a los reyes de la tierra: sus hijos o los que no son de la familia?».
Pedro contestó: «Los que no son de la familia».
Y Jesús le dijo: «Entonces los hijos no pagan. 2in embargo, para no escandalizar a esta gente, vete a la playa y echa el anzuelo. Al primer pez que pesques ábrele la boca, y hallarás en ella una moneda de plata. Tómala y paga por mí y por ti» 

Jesús dejará pronto su tierra de Galilea para dirigirse a Jerusalén. En esas circunstancias, reúne a sus discípulos y, como había hecho ya en Cesarea de Filipo (16, 21), vuelve a hablarles de lo que le ocurrirá en la santa ciudad. El anuncio de la pasión es ahora breve y lacónico. Antes les había dicho que era necesaria su muerte y su resurrección, ahora les dice que se trata de algo inminente. Marcos en su evangelio señala que los discípulos no entendieron las palabras de Jesús. Mateo hace suponer que sí las entendieron, pero no podían aceptar que acabara su vida así; por eso su profunda tristeza. Con brevísimos trazos queda bosquejado el enigma de la pasión: Jesús va libremente a Jerusalén donde va a ser entregado en manos de gente hostil, sus discípulos entristecidos lo abandonarán y tendrá que recorrer solo su via crucis hasta el fin. Es verdad que al tercer día Dios resucitará al Hijo del hombre y le dará todo poder en el cielo y en la tierra, pero esta parte del anuncio parece caer en el vacío, deja impávidos a los discípulos. Tendrán que vivir la experiencia de la pascua para poder entenderla. 

En la segunda parte del texto, el Hijo del hombre, que ya en otras ocasiones se ha declarado libre frente al sábado, el templo y las tradiciones judías, se declara también libre frente a los impuestos y quiere hacer partícipes a sus discípulos de su misma libertad. Pero, para no escandalizar, quiere también que sean libres para poder pagar el impuesto del templo. Han de ser tan libres que puedan renunciar a su propio derecho si su proceder puede ir en contra del hermano, ofenderlo o dificultarle su fe. Es lo que Pablo enseña a los corintios respecto a privarse de comer alimentos que estaban prohibidos para los judíos (1 Cor 8,13). 

La comunidad a la que Mateo destina su evangelio estaba formada de cristianos provenientes del judaísmo, que por la formación recibida en la sinagoga querían mantener una observancia rigurosa de la ley y de las tradiciones religiosas de sus antepasados, llegando a olvidar (o temer) la libertad que el evangelio aporta a los que siguen la nueva ley de Cristo. La libertad cristiana no lleva a una observancia de la ley como meros ascetas y estoicos; tampoco puede conducir a la transgresión como hacen los libertinos. Es la libertad propia del amor al hermano, que, según San Pablo, significa el cumplimiento de la ley porque ésta se reduce a amar al prójimo (Rom 13). Desde esta perspectiva, el criterio de la libertad cristiana es buscar siempre lo que ayuda o favorece al otro. 

Se acercaron a Pedro los cobradores del impuesto del templo y le preguntaron si su maestro lo pagaba. Pedro respondió resueltamente que sí pero llevó la cuestión a Jesús. Se trataba sin duda del impuesto de medio siclo o dos dracmas que todo judío debía pagar para los gastos del templo. Era un impuesto gravoso y por eso muy impopular, sobre todo en Galilea porque eran gente muy pobre; Jerusalén les quedaba muy lejos y, además, los celotas (que en su mayoría eran galileos) los presionaban para no pagar. La respuesta de Jesús se basa en el siguiente argumento: los reyes no imponen tributos a los suyos (el texto original griego dice: a los hijos). Él es hijo del Señor del templo, por tanto no está obligado a tal impuesto y hace partícipes de su libertad a sus discípulos. En su respuesta queda afirmada su relación con Dios: la paternidad divina está en el centro de su vida espiritual y fundamenta, al mismo tiempo, la actitud crítica que mantuvo frente a la religiosidad judía centrada en el templo. La expulsión de los cambistas del templo (Mt 21, 12) vendría en línea con este modo de proceder de Jesús, pues estos comerciantes se encargaban precisamente de vender los siclos, moneda extrajera con la que se pagaba el impuesto y que los judíos tenían que comprar con moneda nacional. El centro del relato es, pues, la declaración de la libertad de los hijos, que Jesús, con la conciencia que tiene de ser Hijo, establece para sus discípulos, llamados a ser hijos en el Hijo. 

El final del texto incluye frases de fuerte contenido sobrenatural: la “presciencia” con que Jesús conoce lo que le han preguntado a Pedro y se adelanta a responderle antes de que se lo pida, y el anuncio que le hace del milagro de la moneda en la boca del pez, de marcado carácter legendario, que podía leerse en la literatura de otros pueblos. Los comentaristas observan que si Mateo incluye estas frases es por fidelidad a las tradiciones que ha recogido para elaborar su evangelio y porque, concretamente, embellecen lo central del relato, la afirmación: Entonces, los hijos son libres.

domingo, 9 de agosto de 2026

Domingo XIX del Tiempo Ordinario - La tempestad calmada (Mt 14, 22-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús camina sobre las aguas, mosaico de Marko Iván Rupnik SJ (siglo XX), Capilla de las Hermanas de la Caridad, Rijeka, Croacia

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo.
La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento en contra.
Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar.
Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!». Y por el miedo se pusieron a gritar.
En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo». Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».
Jesús le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!». Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?». Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!». 

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con él. El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo. 

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Soplan el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss). 

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación. 

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios. 

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos. A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la está siempre Jesús a pesar de las tormentas. 

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella. 

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe. 

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla. 

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan.

sábado, 8 de agosto de 2026

Curación del niño epiléptico (Mt 17,14-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación del niño epiléptico, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

Cuando volvieron donde estaba la gente, se acercó un hombre a Jesús y se arrodilló ante él.
Le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y su estado es lastimoso. A menudo se nos cae al fuego, y otras veces al agua. Lo he llevado a tus discípulos, pero no han podido curarlo».
Jesús respondió: «¡Qué generación tan incrédula y malvada! ¿Hasta cuándo estaré entre ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo acá».
Enseguida Jesús dio una orden al demonio, que salió, y desde ese momento el niño quedó sano. Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos echar a ese demonio?».
Jesús les dijo: «Porque ustedes tienen poca fe. En verdad les digo: si tuvieran fe, del tamaño de un granito de mostaza, le dirían a este cerro: Quítate de ahí y ponte más allá, y el cerro obedecería. Nada sería imposible para ustedes». 

Se trata de un texto didáctico que tiene por tema central la fe. Por esta razón el relato se centra en la contraposición entre la falta de fe y la fe que todo lo puede. Jesús enfrenta y vence al mal en su causa y en toda su proyección hasta su último reducto, que es la muerte. El niño epiléptico es presentado como muerto o en riesgo de serlo. 

El texto de Mateo, más sobrio en los detalles de la redacción que el de Marcos y Lucas, refleja la inquietud de la primitiva Iglesia por saber cómo va a poder continuar la obra del Señor y concretamente cómo va a enfrentar y vencer el mal del mundo. La impotencia de los discípulos expresa la misma sensación de aquella comunidad. La Iglesia, mediante la fe y la escucha de la Palabra, se hace capaz para enfrentar y vencer el mal como Jesús. Identificada con el padre del niño enfermo, implora fervientemente al Señor la salud y vida de sus hijos. 

Se trata de un niño que padece una enfermedad incomprensible; en el original griego del evangelio su padre dice a Jesús: Ten misericordia de él porque es lunático. Cabe recordar que antiguamente se vinculaba la epilepsia a las fases de la luna y que cierto tipo de enfermedades eran atribuidas a influjo de espíritus malos. El hecho es que el padre ve a su hijo en riesgo de ser destruido por el fuego o el agua, poderes de muerte, contra los cuales muchas veces no se puede hacer nada. 

El padre refuerza su petición refiriéndose a la incapacidad de los discípulos para curar a su hijo. Esto hace reaccionar a Jesús de manera discordante porque no responde directamente al ruego del padre, ni al intento fallido de los discípulos, sino a la falta de fe del pueblo, en general, al que designa como esta generación incrédula y perversa, como lo llamó Dios cuando Moisés intercedió en favor de los israelitas rebeldes: ¿Hasta cuándo tendré que soportar a esta generación malvada que murmura contra mí? (Num 14, 27; cf. Dt 32, 5). 

A continuación, el evangelista hace constar la curación del niño de manera sumamente escueta, aludiendo sólo ahora al demonio. Jesús ordenó salir al demonio y éste salió del muchacho, que sanó en el acto. Pero, aunque el relato en sí del milagro sea tan escueto, queda claro que enfermedades como la epilepsia y, de manera general, todo aquello que desfigura o deteriora a la persona humana no puede ser querido por Dios, y rompe la imagen del ser humano diseñada por su Creador, por lo cual Jesús combate contra los males y los vence con su poder. 

Los discípulos habían recibido de Jesús este poder, pero no han sabido cómo ejercitarlo.  El grupo entra en crisis. Con una mezcla de decepción y extrañeza se dirigen a Jesús:

¿Por qué no pudimos expulsarlo? También nosotros nos preguntamos algo similar en muchas circunstancias: ¿Por qué no logramos vencer una tendencia o una mala costumbre?, ¿por qué no conseguimos cambiar un conflicto familiar que se alarga en el tiempo?, ¿por qué no logramos superar situaciones o condiciones sociales o económicas del país que oprimen a la gente y quitan calidad a sus vidas? 

La respuesta de Jesús es categórica: Porque tienen poca fe. Contra grandes males, se requiere gran fe. Lo primero por tanto habrá de ser asumir la propia debilidad y aprender a confiar. La fe hace ver las dificultades como desafíos y las crisis como oportunidades, recordando lo que Pablo decía cuando pensaba en sus propias flaquezas: cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 10). La fe impulsa a poner los medios a nuestro alcance, pero recurriendo al mismo tiempo a la oración y confiando siempre en el poder ilimitado de Jesús. Es la paradoja de la fe que parte del reconocimiento de la propia debilidad y al mismo tiempo capacita para alcanzar aquello que uno no podría pensar, como dice Jesús en el evangelio de Juan: Les aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre (Jn 14, 12). 

Para infundir esta confianza en sus discípulos, Jesús pronuncia la frase sobre la fe que traslada montañas. Para no caer en literalismo, hay que reconocer que es una hipérbole judía que equivale a «hacer lo imposible». Pero no cabe duda que remar mar adentro, atreverse a remover lo que parece inamovible, tener el coraje de intentar lo que parece improbable, eso es justamente lo propio de la fe, sin la cual no podremos hacer que la vida triunfe en nuestra sociedad.