P. Carlos Cardó SJ
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| Decapitación de San Juan Bautista, óleo sobre lienzo de Michelangelo Caravaggio (1608), concatedral de San Juan, La Valeta, Malta |
El
rey Herodes oyó hablar de Jesús, ya que su nombre se había hecho famoso.
Algunos decían: "Este es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos,
y por eso actúan en él poderes milagrosos". Otros decían: "Es Elías",
y otros: "Es un profeta como los antiguos profetas".
Herodes, por su parte, pensaba: "Debe de ser Juan, al que le hice cortar
la cabeza, que ha resucitado".
En
efecto, Herodes había mandado tomar preso a Juan y lo había encadenado en la
cárcel por el asunto de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que se
había casado. Pues Juan le decía: "No te está permitido tener a la mujer
de tu hermano".
Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía, pues Herodes veía que Juan
era un hombre justo y santo, y le tenía respeto. Por eso lo protegía, y lo
escuchaba con gusto, aunque quedaba muy perplejo al oírlo.
Herodías tuvo su oportunidad cuando Herodes, el día de su cumpleaños, dio un
banquete a sus nobles, a sus oficiales y a los personajes principales de
Galilea.
En esa ocasión entró la hija de Herodías, bailó y gustó mucho a Herodes y a sus
invitados. Entonces el rey dijo a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te
lo daré". Y le prometió con juramento: "Te daré lo que me pidas,
aunque sea la mitad de mi reino".
Salió ella a consultar a su madre: "¿Qué pido?".
La madre le respondió: "La cabeza de Juan el Bautista".
Inmediatamente corrió a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora
mismo me des la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja".
El rey se sintió muy molesto, pero no quiso negárselo, porque se había
comprometido con juramento delante de los invitados. Ordenó, pues, a un verdugo
que le trajera la cabeza de Juan. Este fue a la cárcel y le cortó la cabeza.
Luego, trayéndola en una bandeja, se la entregó a la muchacha y ésta se la pasó
a su madre. Cuando la noticia llegó a los discípulos de Juan, vinieron a recoger
el cuerpo y lo enterraron.
La muerte de
Juan anticipa la de Jesús. En su martirio, el profeta revela la verdad de la
causa a la ha entregado su vida; demuestra que hay valores que valen más que la
vida.
La fama de Jesús se había extendido y el rey Herodes oyó hablar de
él. La fe se transmite por la palabra. Pero Herodes no es capaz de
alcanzarla: escucha cosas pero no las entiende y queda confundido. Se destaca
este rasgo de su personalidad: es un confundido, voluble, influenciable. Le
llegan las distintas opiniones que circulan sobre Jesús, y él cavila: ¿será
Juan Bautista a quien yo mandé matar? Respetaba a Juan, lo tenía por santo y lo
protegía, pero lo que decía lo dejaba confundido, y al final se dejará
influenciar por el qué dirán y por su mujer, y lo mandará matar. Pablo hablará
de los que ocultan la verdad por las cosas malas que hacen (Rom 1,18). Estas
cosas malas en el caso de Herodes son su escandalosa unión con la mujer de su
hermano, la opulencia que exhibe en su corte y el despotismo con que gobierna.
¡No te es lícito tener la mujer de tu hermano!,
le había dicho Juan. Por eso Herodías lo
odiaba y quería matarlo, pero no podía. Los corruptos sienten como una
amenaza a todo aquel que les hace ver su delito. Al no hallar la forma de desmentir
la denuncia, querrán acabar con él, pensando que así quedarán tranquilos. Es lo
que quiere Herodías pero no puede porque el rey respeta a Juan.
La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños,
ofreció un banquete. El banquete en la Biblia es uno de
los más bellos símbolos de la unión definitiva de Dios con sus hijos. El
banquete de Herodes, en cambio, es la fiesta del mundo, en la que la belleza y el
placer, representados en la muchacha y en su danza, ya no dan vida sino
producen muerte. La mentalidad de Herodes todo lo pervierte. Celebra el
aniversario de su nacimiento dando muerte al inocente. Por eso Jesús pondrá en
guardia a sus discípulos para que no se dejen contaminar por la levadura de los
fariseos y de Herodes (Mc 8, 15), porque esa mentalidad tiene un fuerte impacto
social. Se difunde hasta hoy.
La hija de
Herodías bailó y dejó embelesados a Herodes y a los invitados. Pídeme lo que quieras y te lo daré, le
dijo el rey, y añadió: Te daré hasta la
mitad de mi reino. Movido por el engaño de su torcido corazón, o por
inconsciencia o mala voluntad, el hombre se cree obligado a cumplir sus
promesas erradas. Es muy común este quedar entrampado el sujeto en sus
contradicciones.
La muchacha,
instigada por su madre, le pidió la cabeza del Bautista. La búsqueda desordenada de la propia seguridad, del mantenimiento
de la posición adquirida y de los intereses individuales ciega el corazón de
las personas y las induce al crimen. El proceder de los tres personajes que
focalizan la escena –el rey, la hija y la madre– tipifican los horrores de
muerte que causa la corrupción en la sociedad. La joven, sin personalidad,
incapaz de decidir por sí misma, encuentra su seguridad en endosarle a la madre
la decisión a tomar: ¿qué pido? La
madre instrumentaliza pérfidamente a su hija para lograr su cometido de
mantener la relación escandalosa con el rey. La ceguera del corazón pone el
propio interés por encima de la vida de un inocente. Y el rey, finalmente, queda
entrampado en sus propias dependencias: cegado por su sensualidad, que ha
quedado incitada por la belleza de la joven, comete la insensatez de prometerle
hasta la mitad de su reino; esclavo de su poder y prestigio, no puede desairar
a la joven ni dejar de cumplir el juramento hecho ante los convidados; sometido
a su mujer, acatará su voluntad asesina a pesar de la tristeza que siente. Queda
patéticamente contrapuesta la grandeza de Juan Bautista, que muere por su
libertad de palabra y por su fidelidad a la misión recibida, y la bajeza de
Herodes y los suyos, cuya falta de conciencia les lleva a pisotear los valores
más fundamentales.
El relato
concluye con una nota de piedad, que señala, además, el epílogo de la vida y
misión del Bautista: vinieron sus
discípulos, recogieron su cuerpo, le dieron sepultura…
Finalmente
puede verse aludido en el pasaje el tema de la ética política que aporta el
cristianismo. El cristiano fiel a sus principios nunca podrá dejar de tener una
postura crítica frente a las maniobras injustas de los poderosos y las
actuaciones corruptas de gobiernos en los que reinan muchas veces la
hipocresía, el sometimiento servil al gobernante y las alianzas para delinquir.
Muchos, con razón, señalan que el delito de Juan Bautista –que se prolonga en
el de muchos cristianos hoy– consistió en no quedarse con la boca cerrada.