domingo, 17 de mayo de 2026

Domingo de la ascensión – Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Hch 1,1-11; Mc 16, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ascensión de Cristo, óleo sobre lienzo de Pieter Jozef Verhaghen (1800), Museo M, Lovaina, Bélgica

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos".
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la Palabra con las señales que los acompañaban. 

La última voluntad del Señor es que sus discípulos se conviertan en “testigos”, capaces de anunciar al mundo que el pecado, la carga opresora del hombre, ha perdido su fuerza mortífera por la muerte y resurrección del Señor. Cristo resucitado es la garantía de la victoria sobre el mal de este mundo. En su Nombre se anuncia el perdón del pecado. Ya no hay lugar para el temor porque Dios es amor que salva. Los discípulos han de llevar este anuncio a todas las naciones. La fuerza para ello les viene del Espíritu Santo, don prometido por el Padre de Jesucristo. Así como el Espíritu descendió sobre María, descenderá sobre ellos. La encarnación de Dios en la historia llega así a su estado definitivo. 

Se trata, según Mateo, de hacer discípulos, no simplemente de anunciar, ni sólo de instruir y, menos aún, de adoctrinar, sino de crear las condiciones para que la gente tenga una experiencia personal de Cristo, que los lleve a seguirlo e imitarlo como la norma y ejemplo de su vida. Esto significa entrar en su discipulado, hacerse discípulos para asumir sus enseñanzas y también asimilar su modo de ser. 

La comunidad eclesial, representada en el monte, aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Las Iglesia hace visible el poder salvador de su Señor. 

La comunidad cristiana no puede quedar abrumada por la acción del mal en el mundo en la etapa intermedia entre la pascua del Señor y su segunda venida. La acción triunfadora de Cristo Resucitado sigue presente como el trigo en medio de la cizaña. Con mirada de fe/confianza, el cristiano discierne los signos de esa presencia y acción de Cristo vencedor, que se lleva a cabo por medio de los creyentes. Por eso, antes de partir, los dotó de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo. 

Hoy celebramos la Ascensión, la partida del Señor que pone término a su vida e inaugura, al mismo tiempo, su gloria. Inaugura también el tiempo de los creyentes, el tiempo de su Iglesia, el tiempo del testimonio y de la preparación del Reino y de su venida gloriosa. Vivimos el tiempo del deseo profundo: “Ven, Señor Jesús”. 

Los recuerdos que, en adelante, hablen de él, excluirán toda nostalgia. Jesús vive eternamente y volverá. Por su parte, ellos repasarán juntos su vida; abrirán ese tesoro que llevan consigo y que la Iglesia medita incansablemente, descubriendo más y más las riquezas dejadas en ella por el paso de Jesús. 

A partir de allí, no le podemos buscar entre las nubes. Cristo está en nuestra misma historia. Hay que reconocerlo y amarlo y servirlo en nuestros hermanos. Él se nos da misteriosamente a ver en la contemplación, a tocar en el sacramento, a servir en sus hermanos. Una comunión viva lo une a nosotros más profundamente que a los discípulos cuando, por vez primera, lo vieron venir hacia ellos.

sábado, 16 de mayo de 2026

La tristeza y la alegría (Jn 16, 23-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Aparición del Cristo al pueblo, óleo sobre lienzo de Ivanov Alexander Andreyevich (1837), Museo Estatal Ruso, San Petersburgo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Les aseguro, si piden algo al Padre en mi Nombre, se los dará. Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre; pidan y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente. Aquel día pedirán en mi Nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre". 

Pidan y recibirán; así serán colmados de alegría. En su despedida, Jesús habla de la alegría que quiere dar a sus discípulos como fruto de su triunfo en la cruz y resurrección. Quiere hacerles ver que su fe en él los hará capaces de vivir en una alegría constante, que supera la que pueden obtener de sus bienes propios y de sus éxitos personales, y les hará mantener la esperanza a pesar de las pruebas y dificultades de la vida. 

La alegría no es un componente secundario o accidental de la vida cristiana, sino un estado continuo en el que debe vivir el cristiano y no debe perder. Por eso mismo, no se trata de cualquier alegría. No puede darse sin la libertad propia de las personas, sin la paz que es fruto de la justicia en las relaciones humanas en sociedad, sin la fraternidad que expresa el amor mutuo y la igualdad esencial de todas las personas, y sin la comunión con Dios, cuyo rostro se busca en la oración cotidiana y su presencia se experimenta por la fe. No es, por tanto, una alegría barata y fácil. 

Los tiempos que vivimos, al igual que los de Jesús, ponen ante nuestros ojos, y a veces nos hacen vivir en carne propia, mil formas distintas de falta de libertad, paz, fraternidad y sentido religioso. La alegría de que Jesús habla no puede pasar por encima de nuestra realidad. Él nos la da para que podamos afirmar nuestra libertad y dignidad frente a todo abuso u opresión; para mantener la paz en nuestros corazones y construirla en la sociedad por medio de la justicia; y para movernos en todo con el sentido de Dios que nos hace trascender las realidades puramente temporales. 

Los evangelios no se escribieron en circunstancias felices. El evangelio de Juan, concretamente, surgió en una comunidad que había ya experimentado las persecuciones con que se quiso destruir desde sus inicios la fe cristiana. Jesús mismo habla de la alegría en su cena de despedida, cuando sabe ya que le espera la cruz. Tampoco las más bellas páginas de la Biblia sobre la alegría, la esperanza y la realización del anhelo del hombre fueron escritas en los tiempos de prosperidad de Israel, sino en tiempos de sus mayores crisis. Los profetas enseñaron al pueblo a afirmarse en la esperanza cuando más desesperado estaba en el exilio. Y la razón fundamental por la que se puede conservar la alegría del corazón en cualquier circunstancia la da San Pablo: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31). Por consiguiente, no es que el dolor cause alegría –obviamente eso no se puede decir–, ni que sea bueno soñar en una existencia sin cruz, sin sufrimientos y penas. La alegría surge cuando, por la fe, se asume el dolor no como fatalidad, sino como ocasión para sentir la presencia solidaria de Jesús, que llena con su amor todo el abatimiento y consternación que produce. Las pruebas y sufrimientos inherentes a la existencia terrena se aprecian así ya no de manera puramente resignada y pasiva, sino como oportunidad para que nazca algo nuevo cargado de sentido. Es el significado de la imagen de la parturienta que sabe que sus dolores anteceden a la alegría por el nacimiento del niño. 

Jesús hace ver también que la alegría verdadera es un don de lo alto. No es alegría completa ni duradera la que se busca ganando más y más dinero ni logrando éxitos según el mundo. La alegría verdadera es la que proviene de lo que Dios hace en nuestro favor. Se trata, por tanto, de poner como fundamento de nuestra dicha y felicidad la fidelidad del amor de Dios, que nos asegura siempre con su presencia a nuestro lado el poder de su resurrección sobre la maldad del mundo y sobre nuestros errores y pecado. De todo esto saldremos triunfantes gracias a aquel que nos amó (Rom 8, 37). 

Finalmente, el tiempo que transcurre entre la partida del Señor y su retorno queda designado por Jesús como el tiempo de la esperanza, que se alimenta con la oración confiada y eficaz. En ese día, es decir, en el tiempo de su presencia resucitada, en el día del Señor en que vivimos, ya no tendrán necesidad de preguntarme (pedirme) nada. Les aseguro que el Padre les concederá todo.

viernes, 15 de mayo de 2026

Su alegría nadie se la podrá quitar (Jn 16, 20-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Paisaje con arcoíris, óleo sobre lienzo de Caspar David Friedrich (1810), pintura perdida durante la II Guerra Mundial, actualmente en paradero desconocido

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: " En verdad en verdad les digo que llorarán y gemirán; mientras el mundo estará alegre, ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También ustedes ahora sienten tristeza; ustedes me verán, y su corazón se alegrará, y su alegría nadie se la podrá quitar. Ese día no me preguntarán nada. En verdad les digo que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, se los concederá". 

En verdad en verdad les digo. Cuando Jesús emplea esta fórmula, que en hebrero es Amen, amen, yo les digo, da a sus afirmaciones la mayor firmeza, solidez y seguridad que se podía pensar. Más aún, los comentaristas actuales coinciden en reconocer que, con esa manera de hablar, Jesús reivindicaba a Dios como autor de su propia palabra, avalaba la verdad de su palabra como verdad de Dios, daba a sus palabras la autoridad de Dios. En el texto que comentamos, emplea esta fórmula para hablar a sus discípulos y a nosotros del futuro que nos aguarda. 

Llorarán y gemirán. El tiempo en que los discípulos no lo verán serán de lamento y tristeza, por su muerte en cruz y por su sepultura. Será el tiempo del poder de las tinieblas y del príncipe de este mundo; pero será también el tiempo del juicio y de la salvación de Dios. El mundo creerá haber vencido –y lo sigue creyendo hasta hoy–, pero será vencido y será expulsado el jefe de este mundo. El mundo será salvado. Entonces, la tristeza de los discípulos se convertirá en alegría. Se cumplirá plenamente lo del Salmo 30: Cambiaste mi luto en danza; mi traje de penitencia en vestido de fiesta. 

Jesús emplea la imagen de la parturienta que siente tristeza cuando va a dar a luz, para señalar la fecundidad propia de este momento crítico que la fe atraviesa. Es semejante a la parábola del grano de trigo que tiene que caer en tierra y morir como condición para dar fruto. La aflicción que el discípulo sufre –semejante a la de su Señor– anuncia el nacimiento de la nueva humanidad y del mundo nuevo liberado. Incluye el triunfo sobre toda opresión, y también la fecundidad de la misión evangelizadora a pesar de las persecuciones. San Pablo recoge esta promesa para darle alcance universal, cósmico: la creación entera gime hasta hoy con dolores de parto (Rom 8, 22), por verse liberada de lo que la esclaviza, pero llegará a participar ella también, a su modo, de la libertad y estado definitivo de la humanidad salvada. 

La crisis, el dolor, la prueba conmueven al discípulo como conmovieron primero a Jesús. Probado y capaz de compadecerse de nuestras flaquezas y sufrimientos (Hebr 14,15), el Señor promete a sus discípulos que pronto serán consolados; les hace ver que su aflicción es momentánea y positiva. 

Ustedes me verán, les dice. Lo verán resucitado. Lo sentirán presente en sus vidas, actuante en la historia. Y su alegría nadie se la podrá quitar. Esta alegría ganada en la cruz es invencible porque es la alegría del amor que vence al odio, a la maldad y a la muerte misma.

jueves, 14 de mayo de 2026

Permanezcan en mi amor (Jn 15, 9-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

Icono Pantocrator, fresco de Theofanis Strelitzas-Bathas (Teófanes de Creta) (Siglo XIV), Monasterio de Stavronikita, Monte Athos, Grecia

«Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos, si cumplen lo que les mando».
«Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando». 

Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor. Tenemos aquí lo más central del evangelio de Juan y de sus cartas: la revelación de Dios amor (1 Jn 4,8.16). Esto quiere decir que todo su ser consiste en amarnos; no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa. Todo tiene su fundamento en el amor infinito, que es Dios. Y nuestra vida, que él crea y conduce amorosamente, es la gloria de Dios, según la inspirada frase de San Ireneo: «la gloria de Dios es el hombre vivo». O como decía San Clemente de Alejandría: «Dios creó al hombre no porque tuviera necesidad de él, sino para tener en quien poner sus beneficios». 

Creados por ese amor, elegidos en ese amor (Yo los he elegido - 15,16) y obedientes a él (Esto es lo que les mando: ámense los unos a los otros - 15,17), damos fruto abundante y duradero (15,16). Quien orienta su vida a impulsos del amor experimenta además la alegría de Jesús: Les he dicho esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea completa (v.11).  Nada puede hacer más feliz que sentirse sostenido por el amor de Dios y corresponder a él con el amor de acogida y servicio a los demás. Entonces, la misma relación con Dios cambia, se vuelve confianza plena. Lo dice Jesús: Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Los llamaré amigos porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre (v.14-15).  El discípulo, convertido en amigo de Jesús, transforma sus relaciones con Dios, con los prójimos y consigo mismo. En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección del amor (1 Jn 4,18). 

Pero nos cuesta entender que Dios nos ame de manera tan incondicional, desinteresada y sin restricción. No lo entendemos porque nos dejamos influir por la mentalidad del interés y conquista, de la rivalidad y competencia, que hace nuestras relaciones agresivas, celosas e interesadas. Por eso, nos cuesta imaginar un amor absolutamente limpio, generoso y desinteresado. Trasladamos eso a Dios y nuestra actitud con él se pervierte: imaginamos a Dios como un patrón exigente, un legislador, un juez; todo, menos un padre/madre que nos ama con amor incondicional. 

Al mismo tiempo –lo sabemos bien–, nuestro interior suele estar cargado de imágenes y sentimientos de obligación y culpabilidad, de auto-exigencias e imperativos ciegos que, en vez de orientar nuestra conciencia hacia la libertad responsable, la vuelven egocéntrica y temerosa. A partir de ahí, proyectamos lo religioso como el campo del deber, no de la gratuidad del amor, de la ley y no del Espíritu que hace libres, de la culpa y no del encuentro personal con Dios que nos ama tal como somos y nos invita a dejarnos transformar por su mismo amor. Nuestro discurso religioso se carga de ley, de obligación y de culpa: Debemos cumplir con Dios, tenemos la obligación de ir a misa, debemos guar­dar los mandamientos. Dios queda allá, distante, imposi­tivo y exigente; y nosotros aquí, so­metidos y expectantes, esperando el premio o temiendo el castigo. Nos hemos hecho un dios a nuestra imagen, ajeno totalmente al Dios de Jesús que es amor, ternura y misericordia infinita. 

Podemos decir, pues, que el progreso en la vida cristiana consiste en ir aprendiendo a creer en el amor de Dios. Lo dijo Jesús a la Samaritana: ¡Si conocieras el don de Dios…! (Jn 4,10). Y San Clemente Romano dice: “No es posible decir a qué alturas nos puede llevar el amor. El amor nos une a Dios; el amor «cubre multitud de pecados» (1P 4,8), el amor lo aguanta todo, lo soporta todo (1Co 13,7). El amor conduce a la perfección a los elegidos de Dios y, sin él, no hay nada que agrade a Dios. Por el amor, el Maestro nos atrae hacia él. Por su amor a nosotros, Jesucristo nuestro Señor, según la voluntad de Dios, derramó su sangre por nosotros, ofreció su carne por nuestra carne, entregó su vida por nuestras vidas” (Primera epístola a los Corintios, 49). 

No hay cosa que trans­forme más la vida de una persona que el saberse amada de verdad. Si creemos que Dios nos ama con todo su ser, que no piensa sino en nuestro bien, que es incapaz de cas­tigar, que lo único que quiere es ayudarnos a realizarnos como personas y ser felices, nuestra vida ciertamente será distinta.

miércoles, 13 de mayo de 2026

El Espíritu los llevará a la verdad completa (Jn 16, 12-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Espíritu Santo, vitral de una capilla de la Iglesia de San José, Zabrze, Polonia

Jesús les dijo: "Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por Él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes". 

Jesús habla del Espíritu Santo que enviará a los suyos como Espíritu de la verdad. Es el atributo que quizá más tenemos en cuenta cuando lo invocamos y le pedimos: Espíritu Santo, ilumina con tu luz nuestras mentes y dispón nuestros corazones para ver la verdad y saber distinguir lo que es recto. 

Él los guiará a la verdad completa, dice Jesús. Esto no quiere decir que él nos haya dado la verdad a medias y que por eso el Espíritu deba completarla. Jesús nos lo ha revelado todo. Dios se nos ha dicho todo en él. Si se hubiese guardado algo, por así decir, sin revelárnoslo, tendríamos aún que estar esperando otra revelación definitiva. En Jesús habita la plenitud de la divinidad, dice San Pablo (Col, 2,9), en él, en su Hijo, Dios se nos ha dado de una vez y para siempre. La función del Espíritu consistirá entonces en infundir en nuestras mentes la luz que necesitamos para interpretar lo dicho por Jesús y para vivirlo en la práctica y en el presente. El Espíritu Santo no dirá nada diferente ni contrario a lo que dijo Jesús. Anuncia nuevamente, interpreta, habla aquí y ahora lo que Jesús dijo entonces, actualiza su presencia viva. Lo que hace el Espíritu es introducirnos en la verdad que es Jesucristo, mediante el conocimiento que se adquiere por el amor y que es inacabable, pues siempre se puede conocer y comprender más aquello que se ama. 

Les anunciará las cosas venideras. Esto no tiene nada que ver con adivinación y vaticinio del futuro. El ser humano por ser mortal siente el ansia de saber el futuro. De ahí el recurso a lo mágico, a las predicciones y los horóscopos, que lo único que hacen es engañar la angustia presente. Las cosas venideras a las que alude Jesús son las relativas al reino de Dios, que se desarrolla escondido como el grano en tierra o la levadura en la masa. El Espíritu enseña a discernir los signos de los tiempos, ilumina el presente a la luz del pasado (de la Palabra, de la vida de Jesús), mantiene viva en el presente la memoria Iesu. 

Él me glorificará. La gloria se ha revelado en la humanidad (carne) del Hijo del hombre; por eso no se la capta totalmente, se mantiene abierta a un conocimiento más y más pleno, hasta el infinito, que lo propio del conocimiento del misterio de Dios. Jesús ya ha sido glorificado por el Padre en la cruz y en la resurrección. Aquí se habla de la gloria en los discípulos, de la gloria del Hijo en los hermanos, de la gloria de Dios reflejada en nuestra vida. Yo les he dado la gloria que tú me diste (17,22) para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (17,26). 

Todo lo del Padre es mío: la misma gloria, el mismo amor, la misma voluntad salvadora, el mismo ser. El Espíritu transmite eso, introduce en la vida trinitaria, porque es el ser-amor de Dios que se difunde en sus criaturas. 

Lo que recibe de mí, lo dará. Comunica a Cristo hasta imprimirlo en nuestros corazones, para que seamos verdaderos hijos y hermanos, para que crezcamos continuamente en Cristo, hasta ser transformados en él, para que nuestra carne mortal como la de él sea signo del Dios invisible.

martes, 12 de mayo de 2026

Les enviaré el Espíritu Consolador (Jn 16, 5-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ascensión, óleo sobre tabla de Jan Matejko (1884), Museo Nacional de Varsovia, Polonia

Jesús dijo: "Pero ahora me voy donde Aquel que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta adónde voy. Se han llenado de tristeza al oír lo que les dije, pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya, el Protector no vendrá a ustedes. Yo me voy, y es para enviárselo. Cuando venga él, rebatirá al mundo en lo que toca al pecado, al camino de justicia y al juicio. ¿Qué pecado? Que no creyeron en mí. ¿Qué camino de justicia? Mi partida hacia el Padre, ustedes ya no me verán. ¿Qué juicio? El del príncipe de este mundo: ya ha sido condenado". 

Jesús retorna a su Padre. Se cumple el designio trazado desde antiguo por Dios en favor de la humanidad. Toda la visión que tiene San Juan en su evangelio acerca del significado y obra de Jesucristo se desarrolla como un movimiento o dinamismo de descenso y ascenso. La vuelta al Padre es culminación de la revelación y glorificación final del Hijo. 

Sin embargo, los discípulos se llenan de tristeza ante la partida de su Maestro, y él se lo hace ver: La tristeza se ha apoderado de ustedes. No comprenden el sentido de su retorno al Padre, que inaugura su nueva forma de existencia. Si antes Jesús estuvo con ellos, en adelante estará en ellos. Pero eso lo entenderán después; ahora sólo experimentan un sentimiento de orfandad. 

La partida física de Jesús es condición para su permanencia continua en el Espíritu. Por eso les dice: les conviene que yo me vaya porque, si no me voy, el Espíritu Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, lo enviaré. En el Espíritu, por la fe y el amor que él pondrá en sus corazones, ellos sabrán discernir su presencia en los signos que ese mismo Espíritu les hará sentir en su interior: alegría y paz, consuelo y fortaleza, claridad y sentido de lo que agrada a Dios. De ese modo, la vuelta de Jesús al Padre no deja huérfanos a los que lo siguen. 

El Espíritu es el amor que une al Padre y al Hijo y que se desborda hasta nosotros y nos abraza. Procede de ambos y es el mismo ser divino que viene a nosotros como el don por excelencia del Hijo. Así, el Espíritu Santo nos hace partícipes de su divinidad. 

La tentación del cristiano es percibir el tiempo presente, que ya no es el tiempo de la presencia física del Señor, ni el de su segunda venida en gloria, como si fuera un tiempo pobre, vacío de los bienes que Jesús ofreció mientras vivió en Palestina. Pero el hecho es que todos esos bienes de entonces siguen disponibles para nosotros hoy por medio del Espíritu, que permite estar en una comunión con Cristo más íntima aún que la que tuvieron sus contemporáneos. 

El evangelio hace ver así mismo que otra de las funciones que el Espíritu Santo ejercerá en favor nuestro es la de hacernos capaces de discernir bien lo que es de Cristo y lo que se le opone. Da testimonio de Cristo frente al mundo. Inculca la sabiduría necesaria para no dejarse engañar. Hace distinguir lo falso que es el modo de vida que el mundo ofrece como felicidad y éxito. Eso es lo que en el lenguaje de San Juan significa convencer al mundo con relación al pecado, a la justicia y al juicio. Convencer significa “acusar”, poner de manifiesto el error del mundo. 

En lo referente al pecado porque no creen en mí. El mundo y los que son del mundo rechazan el amor de Dios manifestado en Jesús. Cerrándose en sí mismos, no pueden actuar conforme al amor. El Espíritu Santo hace ver el pecado que esclaviza y daña al ser humano casi siempre bajo apariencia de bien, pero en realidad ofreciendo valores vanos e inconsistentes. 

En lo referente a la justicia: El Espíritu hace obrar a los discípulos conforme a la justicia y no deja que se dobleguen ante el mundo, por más que éste pugnará por hacerles seguir sus dictámenes, proyectos y atractivos como si fueran lo acertado y lo más conveniente. Así, pues, pone de manifiesto quién tiene la razón. 

Y en lo referente al juicio. Obrando conforme al Espíritu de Jesús, los discípulos atraerán contra sí el odio del mundo que los juzgará; pero, en realidad, serán ellos los que lo juzgarán y el mundo resultará condenado. El Espíritu hará ver que Dios condena el pecado, pero salva al pecador. 

En resumen, el Espíritu Santo nos capacita para ver los errores, mentiras y engaños del mundo, para denunciar las maldades y, a la vez, captar y anunciar lo que es justo, bueno y verdadero. Libera del mal y muestra la voluntad de Dios.

lunes, 11 de mayo de 2026

Los expulsarán de la sinagoga (Jn 15,26-16,4)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pentecostés, óleo sobre lienzo de Fray Juan Bautista Maíno (1615 – 1620), Museo Nacional de Prado, cuadro no expuesto

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo. Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo". 

Jesús se va y promete el Espíritu. Se le llama “Consolador”, el que está con el solo. Y “Defensor” o “Abogado” porque está junto a quien comparece ante un juicio, para ayudarle en su defensa. Tiene cierta equivalencia con el Ruah del AT, que es viento, fuerza, y designa ante todo el poder y energía de Dios, que crea, sostiene, inspira y conduce todo. Por lo que dice Jesús, es el Espíritu de la verdad que procede de Dios, y que es Dios, no un concepto, ni una fórmula, sino el ser divino que ha dado existencia a todo y conduce la historia a su plenitud. Lo reconocemos en la fuerza interior que infunde dinamismo al mundo, empuja para que todo crezca y se multiplique la vida, alienta todo el despliegue histórico hacia la justicia y la unidad. Es el Espíritu que, respetando nuestra libertad, nos mueve en dirección del amor, y nos hace ser más nosotros mismos, es decir, imágenes de Dios, hijos o hijas suyos queridos. 

Cristo permanece en su Iglesia de manera personal y efectiva por el Espíritu Santo que envía sobre los que creen en él. Por eso dice a sus discípulos antes de partir que no los dejará solos, sino que volverá con ellos, y por el Espíritu establecerá una comunión de amor con él, con su Padre y con todos. 

Creer en el Espíritu Santo es asumir con responsabilidad la corriente de la historia hacia la que él sopla y empuja. No ir en esa dirección o desinteresarse de ella es pecar contra el Espíritu. Y no creer en el Espíritu es, en definitiva, apagar la esperanza, lo que nuestra humanidad más necesita. 

El Espíritu los llevará a la verdad completa. Es el Espíritu de la verdad que aclara las mentes y los corazones de los fieles para que sepan distinguir la verdad; hace discernir verdad y mentira. 

Dice además Jesús que el Espíritu los guiará a la verdad completa. No quiere decir con esto que nos haya dado la verdad a medias y por eso el Espíritu tendrá que completarla. Jesús lo ha revelado todo. Dios se nos ha dicho todo en él. Si Dios se hubiese guardado, por así decir, algo sin revelarlo a nosotros, aún estaríamos esperando quien lo revele. En Jesús, Dios se nos ha dado de una vez y para siempre porque en él habita la plenitud divina. La función del Espíritu será infundir el conocimiento que se adquiere por el amor y que sobrepasa todo conocimiento: pues siempre se puede comprender más algo que se ama. El Espíritu Santo no dirá nada diferente ni nada contra lo dicho por Jesús. Anuncia nuevamente, interpreta, da luz para entender lo dicho por Jesús y para vivirlo en la práctica. El Espíritu actualiza la presencia de Jesucristo. Habla aquí y ahora lo que Jesús dijo entonces. Lo que hace el Espíritu es introducirnos en la verdad que es Jesucristo, nos la hace transparente. 

Les anunciará las cosas venideras. Esto no tiene nada que ver con adivinación y vaticinio del futuro. El ser humano por ser mortal siente el ansia por saber el futuro. De ahí el recurso a lo mágico, a las predicciones y los horóscopos, que lo único que hacen es engañar la angustia presente. Las cosas venideras a las que alude Jesús son las relativas al reino de Dios que se desarrolla escondido como el grano en tierra o la levadura en la masa. El Espíritu enseña a discernir los signos de los tiempos, ilumina el presente a la luz del pasado (a la luz de la Palabra, de la vida de Jesús), mantiene viva en el presente la memoria Iesu. 

Él me glorificará. La gloria se ha revelado en la carne del Hijo del hombre; por eso no se la capta totalmente, se mantiene abierta a un conocimiento más y más pleno, hasta el infinito, porque es verdad infinita, dinámica. Jesús ya ha sido glorificado por el Padre en la cruz y en la resurrección. Aquí se habla de la gloria en los discípulos. Es la gloria del Hijo en los hermanos, en nuestra vida. Yo les he dado la gloria que tú me diste (17,22) para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (17,26). 

Todo lo del Padre es mío: la misma gloria, el mismo amor, la misma voluntad salvadora, el mismo ser. El Espíritu transmite eso, introduce en la vida trinitaria, el ser-amor de Dios que se difunde en sus criaturas. 

Lo que recibe de mí, lo dará. Comunica a Cristo hasta imprimirlo en nuestros corazones, para que seamos verdaderos hijos y hermanos, para que crezcamos continuamente en Cristo, hasta ser transformados en él, para que nuestra carne mortal como la de él sea signo del Dios invisible.

domingo, 10 de mayo de 2026

VI Domingo de Pascua - Promesa del Espíritu (Jn 14, 15-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

First day in heaven, 2016. Obra del pintor egipcio Kerolos Safwat. Colección particular

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él". 

Jesús se va, vuelve a su Padre, y nos deja como herencia su mandamiento: amarlo a él y amarnos como él nos ha amado. Su amor por nosotros es la fuente de nuestro amor a los demás. Uno ama como es amado.

 

El amor no es sólo un sentimiento. Se ama con hechos y en verdad. Por eso dice Jesús: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Se pueden observar los mandamientos como deberes impuestos, sin libertad de hijos (como el hermano mayor del Hijo Pródigo), o se pueden observar como expresión del amor que uno tiene a Dios como a su Padre. El secreto de la verdadera observancia de los mandamientos de Dios es el amor de un corazón que se sabe amado.

 

El amor que nos enseña Jesús nos lleva, además, a reconocer en toda circunstancia lo que más nos conviene, “lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto” (Rom 12,3). Por eso, el amor es cumplimiento de la ley y de la enseñanza de los profetas, y culmen de toda moral. Por eso decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Que no significa: ama y permítete todo, sino déjate guiar por el amor y no harás daño, no actuarás por egoísmo, no practicarás la injusticia ni obrarás con engaño. Obrar en todo conforme al amor verdadero es el camino más perfecto, según san Pablo (1 Cor 13). Lo cual significa que no nos engañamos nunca siguiendo el dictamen del amor a Dios y nuestros hermanos.

 

Es verdad, desde otra perspectiva, que siempre podemos negar y abusar del amor; pero eso lo hacemos nosotros, no Dios. No hay nada más frágil y vulnerable que el amor. Por eso hay que cuidarlo. Podemos, sí, aprovecharnos del amor que recibimos: de su entrega, de su confianza, de su incapacidad para ven­garse. Pero una vez afirmadas estas cautelas que tienen que ver con la traición humana al amor, queda en pie esta verdad que ilumina y alienta: si creyéramos en el amor que Dios nos tiene, nuestra vida cambiaría. Veríamos que, en efecto, el amor es frágil y vulnerable, pero también que nada hay más fuerte y exigente que el amor. Sólo que su exigencia es distinta: nace de dentro, no se vive como obligación impuesta desde fuera, no genera resentimiento y antipatía, tiene el sen­tido de la gratuidad, de la alegría y de la libertad. Sin él, no hay nada que agrade a Dios.

 

Jesús se va y promete enviarnos el Espíritu Santo Paráclito. Su nombre significa viento, fuerza y no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, que procede de Dios y es Dios. Su función es de consolar y defender como abogado. No es un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y conduce la historia humana a su plenitud. Nosotros lo reconocemos en la fuerza interior que da dinamismo al mundo, que no ceja de empujar para que todo crezca y se multiplique la vida, que alienta y da vida a todo el despliegue histórico. Estamos convencidos también de que el Espíritu, respetando nuestra libertad humana, no deja de soplar en dirección del amor, la justicia, la verdad y el bien en su plenitud.

 

Cristo permanece en su Iglesia por medio del Espíritu que envía sobre los apóstoles. Por eso puede decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y Él mismo. 

Hoy sería un día para hacer un balance sobre el peso que tiene el Espíritu Santo, Espíritu del amor, en nuestra vida. Si reconocemos su presencia en nosotros, ¿por qué damos la impresión de que estamos sin espíritu, cansados y sin ganas de comprometernos? ¿Por qué a veces reducimos la vida cristiana, que es vida en el Espíritu, en vida cargada de normas y obligaciones y no de actos, gestos y actitudes que brotan del amor que libera? El Espíritu de Cristo es espíritu de santa inquietud y de constante renovación. Él nos mantiene en la continua búsqueda del mejor servicio, de la mayor entrega e impide en nosotros el acomodo y la tibieza. Es el espíritu que hace a los santos insatisfechos consigo mismos. Es el Espíritu que quiere renovar la faz de la tierra, transformarnos, purificar y alentar a la Iglesia. 

¡Ven. Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciende en ellos el fuego de tu amor!

sábado, 9 de mayo de 2026

Si el mundo los odia… (Jn 15, 18-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús enseña a los apóstoles, acuarela opaca sobre grafito de James Tissot (1886 – 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia. Recuerden lo que les dije: "No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes." Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió." 

Si el mundo los odia…  Cuando Juan habla del “mundo” no se refiere a la creación, que fue hecha buena por Dios para ser nuestra casa común; se refiere a un sistema de valores que estructura relaciones interpersonales y sociales, transmitiendo y fomentando una manera de pensar y de actuar, opuesta a los valores del reino anunciado por Jesús. Ese “sistema” se asimila por una especie de contagio mimético y su puesta en práctica da al traste con la solidaridad, la verdad y honestidad privada y pública, la libertad y el dominio de sí, el servicio desinteresado, el amor al prójimo… El mundo y sus atractivos confunde las conciencias y desordena las conductas; lleva a las personas y a los grupos a considerar bueno lo que es malo, a tener como principio de acción el afán de lucro desmedido y el provecho personal –aunque vaya contra el bien común–, a preferir la posesión al compartir, la violencia a la mansedumbre, la arrogancia a la sencillez, en una palabra, el egoísmo al amor. Los objetos que el mundo propone como causas ciertas de éxito y felicidad –el dinero, el poder, el placer– se convierten en ídolos a los que las personas sacrifican sus voluntades, su libertad, su tiempo, su familia e incluso su reputación; todo puede supeditarse y sacrificarse por ganar más, dominar más, gozar más. 

San Ignacio en la meditación de las Dos Banderas en sus Ejercicios Espirituales describe la progresión que adopta la dinámica del mal en el mundo: partiendo del ansia de ganancia material, lleva a la persona a la búsqueda alocada de honores y la instala finalmente en la crecida soberbia –sin religión, sin patria, sin hermanos, solo en su autocomplacencia. Por el contrario, el espíritu de Cristo alienta en la persona el aprecio de la pobreza evangélica que conlleva un estilo de vida sobrio y sencillo y una actitud de solidaridad para compartir; la entereza para soportar las incomprensiones y desprecios que pueden sobrevenirle por su compromiso con el evangelio; y finalmente el deseo de aquella humildad que caracteriza a Jesús, venido no a que lo sirvan sino a servir y dar su vida. 

Por eso es tajante Jesús en su mensaje moral: no se puede servir a dos señores, no puede haber componenda entre Dios y Satán, quien no recoge con Cristo desparrama… Por eso advierte: Si pertenecieran ustedes al mundo, el mundo los amaría. El mundo ama, apoya, favorece lo que es suyo y lo que le interesa para mantener sus sistemas. Pero los cristianos no son del mundo, son de Cristo y, por tanto, no pueden cambiar de identidad. Si, en cambio, por ganarse el apoyo o evitarse problemas, hacen lo que el mundo quiere, éste no sólo los dejará tranquilos, sino que los llenará de favores. Por eso, cuando la comunidad cristiana no experimenta dificultades, debe reflexionar y examinarse. Quizá ha claudicado ante el poder o el atractivo del mundo. El peligro verdadero para el cristiano y para la Iglesia no es la persecución, sino las lisonjas, los halagos y favores del mundo que comprometen, enmudecen, entibian y hacen caer en la mundanidad. 

Jesús fue claro al advertir a sus discípulos y a su naciente Iglesia que su destino iba a ser también el de la cruz. El conflicto que le llevó a la cruz es inevitable para los que continúan anunciando su mensaje. Por tanto, no se puede vivir auténticamente el evangelio procurando al mismo tiempo evitarse conflictos. Naturalmente no hay que buscarse persecuciones, pero tampoco vivir huyendo de los problemas, porque termina uno por no decir ni hacer nada. 

Vivir el evangelio es ya en sí advertirle al mundo que no es verdad todo lo que ofrece. Con su sola conducta el cristiano desenmascara la mentira de quienes intentan apagar la verdad con la injusticia (Rom 1,18). Viviendo el amor desinteresado, pone al descubierto la insensatez del mundo. 

Este cristiano soportará hostilidades, le entrarán dudas, se sentirá cansado de ir como a contracorriente. Pero el Espíritu de Jesús lo iluminará con la verdad de su causa y lo hará capaz de mantener su testimonio.

viernes, 8 de mayo de 2026

El mandamiento del Señor (Jn 15, 12-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

Última cena, panel de Stefano di Giovanni Sassetta (1423), Pinacoteca Nacional de Siena, Italia

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se los dé. Esto les mando: que se amen unos a otros". 

Se puede decir que en este texto se contiene lo más importante y lo más distintivo de la fe cristina en relación a otras creencias religiosas. 

Mi mandamiento es éste: Ámense los unos a los otros como yo los he amado. Jesús quiere ser amado y servido en sus hermanos y hermanas. No dice: Ámenme como yo los he amado. El discípulo ha de demostrar que el Señor lo ama, amando a los demás. Así manifiesta la presencia del amor que recibe de Jesús. Si una comunidad o grupo se dice cristiano, la relación entre sus miembros tiene que reflejar el amor que cada uno de ellos recibe de Jesucristo, es decir, debe haber entre ellos comprensión, acogida, perdón y deseo de servir. Así como Jesús manifiesta la presencia de Dios, su Padre, así también los que se reúnen en su nombre hacen presente a Jesús con el amor que se tienen unos a otros. 

Por eso, el amor fraterno se presenta como el mandamiento por excelencia. Es el distintivo de los que siguen a Cristo y es la condición para que la misión de Jesús se realice en el mundo. Lo que quiere Jesús es que su pasión por crear comunidad entre los hombres sea la nota de identidad más característica de los que le siguen y lo que impulse y sostenga sus esfuerzos por la transformación de la sociedad. Jesús se prolonga en sus discípulos de todos los tiempos. Su palabra y sus obras liberadoras siguen llegando al mundo en la palabra y en las obras de sus discípulos y en la comunidad que ellos forman, la Iglesia. Por medio del testimonio de sus vidas entregadas a resolver las necesidades de los demás y a promover relaciones sociales justas, los discípulos continúan el dinamismo de unión y solidaridad que caracterizó la vida de Jesús. Ofrecen así modelos de comportamiento y de organización para la transformación de la sociedad. 

¿Hasta dónde se ha de llevar la disposición de amar y servir? Jesús responde aludiendo a su propio amor que llega al extremo (13, 1) de entregarse hasta la muerte y una muerte de cruz (Fil, 2, 8). Nadie tiene un amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Está aquí trazado el horizonte de la generosidad, el grado sumo del amor. La entrega plena, que esto supone, atrae al discípulo y crea en él la disposición para dar sin llevar cuenta, hasta entregar la vida si fuere necesario, a ejemplo del Señor. 

A continuación, Jesús explica por qué tiene él esta disposición de entregar su vida por nosotros. La razón es que no sólo estamos unidos a él como los sarmientos a la vid, ni sólo somos sus servidores para hacer lo que él nos mande, ni simples seguidores de una doctrina y de un programa. Somos sus amigos. Así nos considera, reconoce y valora. La relación que ha establecido con nosotros, y que por la fe estamos llamados a mantener con él, es la relación propia de la amistad, hecha de afecto profundo, comunión de ideales y búsquedas, lealtad y confianza mutua, compañía. 

Jesús no se ha colocado por encima de su grupo de amigos, por más que sea su fundador y su centro, y se le reconozca como el Maestro y Señor, porque lo es. Él les ha lavado los pies y les ha hecho comer su cuerpo y beber su sangre. Se ha puesto a nuestro servicio y nos ha incorporado a él para que su Espíritu, su mismo Espíritu que es el amor, habite en nosotros y nos impulse a amarlo en sus hermanos y hermanas. Todo nos lo ha comunicado, aun la obra que el Padre le encomendó y debemos continuar, y su destino de entrega voluntaria, que ha de ser nuestro ideal y meta de realización personal. 

No es por propia iniciativa y decisión como se puede asumir este proyecto de vida. Todo parte de la elección que Jesús hace de cada uno de nosotros y de los medios que nos da para poder realizarlo. A nosotros nos toca acoger su llamada y comprometernos libremente a colaborar en su obra. Sólo así, reconociendo que todo depende de él –tanto el querer como el obrar– podremos mantener la resolución de poner cuanto esté de nuestra parte para que el fruto sea abundante. Nos asegura esto su promesa de que su Padre nos concederá lo que le pidamos. 

Se cierra esta sección del discurso de Jesús en la Última Cena, con la repetición de su mandamiento: Lo que yo les mando es esto: que se amen los unos a los otros. En su cumplimiento está todo: su presencia viva, la realización de su obra, el motivo y razón última de nuestro propio compromiso y entrega, el distintivo de su comunidad, la prueba de que creemos en él y en Dios, su Padre.