sábado, 13 de diciembre de 2025

La venida de Elías (Mt 17, 10-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Profeta Elías, óleo sobre lienzo de autor anónimo (siglo XVIII), Museo Nacional del Prado, España

En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: "¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?".
Él les respondió: "Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos".
Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. 

Juan Bautista, junto con el profeta Isaías y la Virgen María, es una de las figuras protagónicas del Adviento, tiempo de preparación para la venida del Señor en Navidad. Fue el precursor, el hombre fiel y leal, que supo ceder el paso al que era más que él, y preparó a la gente para que lo siguieran como el Mesías esperado. 

Muchos fueron a oírlo y hacerse bautizar por él en el río Jordán, pero con excepción de un pequeño grupo de pescadores de Galilea, la mayoría no quiso escuchar su llamada al cambio de actitudes, ni aceptaron la exhortación que él les hizo de reconocer en Jesús al Mesías. Siguieron esperando que Elías, el profeta arrebatado al cielo, volviera para preparar la inminente llegada del día de Yahvé, grande y terrible en que aparecería el Mesías verdadero. Este regreso anunciado por Malaquías (4, 5) era un componente importante de la esperanza judía. 

Jesús confirma esta esperanza: Sí, Elías tenía que venir a restablecerlo todo. Pero la interpreta de otra manera. Afirma que ha venido ya, y que le ha ocurrido lo mismo que a todos los profetas: tampoco le creyeron e hicieron con él lo que quisieron. Y añade que lo que hicieron con el profeta, lo harán también con él. El Hijo del Hombre corre la misma suerte, va a padecer mucho de mano de los hombres. 

Los discípulos comprendieron que se refería a Juan Bautista. Comprendieron que la misión que los profetas habían asignado a Elías la había cumplido cabalmente Juan Bautista con su llamada última a la conversión antes de la venida del Señor, y con su muerte sangrienta, que había anticipado la de Jesús. 

Con frecuencia Jesús reprocha a los fariseos, y a la gente influenciada por ellos, que han cerrado la mente para no entender y convertirse: tienen ojos para ver pero no ven. Asimismo, en otras circunstancias y por otros propósitos, también hoy podemos ver lo que nos conviene y ahorrarnos el esfuerzo de tener que cambiar. Conocemos partes de la realidad, no su totalidad, y podemos aferrarnos a lo conocido como lo único existente y válido. Además, estamos condicionados por innumerables influjos exteriores que inducen en nosotros pensamientos y criterios, patrones de conducta, hábitos de consumo y estilos de vida, que deberíamos tener el coraje de revisar. La honestidad con nosotros mismos y las exigencias prácticas de la fe nos llevan a reconocer qué tipo de pensamientos y acciones hemos adquirido de nuestro medio ambiente, qué visión distorsionada o “conciencia falsa” de la realidad y de los valores hemos asimilado, y qué consecuencias tiene todo eso en nuestra vida. Ocurre que hay muchas señales que Dios ha ido poniendo en nuestro camino, pero no las comprendemos o no las queremos comprender. Es lo que les pasaba a los oyentes de Jesús: esperaban a Elías, pero Elías ya había venido. Oían al Bautista y hasta se dejaban bautizar por él, pero no ponían en práctica su llamada al cambio.

viernes, 12 de diciembre de 2025

La Visita de María a Isabel – (Lc 1, 39-45)

 P. Carlos Cardó SJ 

Encuentro de María e Isabel en presencia de San Jerónimo, San José y otras personas, óleo sobre lienzo de Pelegrino Tibaldi (siglo XVI), Rijsmuseum (Museo Nacional de Ámsterdam), Países Bajos

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.
En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".
Entonces dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava". 

San Lucas quiere con este pasaje dar a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la salvación. Para ello, hace que los personajes tengan un carácter de símbolo de la relación que tiene el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. 

Por medio de María, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. Isabel y María se saludan, promesa y cumplimiento se besan. En Cristo Salvador, Dios y la humanidad se unen. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad. 

Se ven también en el pasaje las dos actitudes más características de María: su servicio y su fe. Dice Lucas que María va de prisa, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. María va de prisa, no para comprobar las palabras del ángel, pues ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel; va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida: Isabel quedó llena del Espíritu Santo” y “el niño que llevaba en su seno saltó de gozo. 

¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! es el saludo de Isabel a María.  Bendita entre las mujeres era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos (ver el libro de los Jueces, cap. 4, y el de Judit, cap.13). María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3). 

En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído! Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: ¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento¡ Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo: María es la creyente, “modelo” de todo creyente. Por eso es la llena de gracia, la Madre del Salvador, y también la Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes. 

Al oír las palabras de Isabel, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, y luego a la generosidad de Dios y entonó un canto de alabanza: Celebra mi ser la grandeza del Señor... María es consciente de que toda su persona, su ser mujer, es un don de Dios y a él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella intuye que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en su favor al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Elogio de Juan Bautista (Mt 11, 11-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y Juan Bautista, fresco de Giovanni Di Paolo (1445), Museos Vaticanos, Roma

Yo se los digo: “De entre los hijos de mujer no se ha manifestado uno más grande que Juan Bautista, y sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos es más que él. Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el Reino de Dios es cosa que se conquista, y los más decididos son los que se adueñan de él. Hasta Juan, todos los profetas y la Ley misma se quedaron en la profecía. Pero, si ustedes aceptan su mensaje, Juan es Elías, el que había de venir. El que tenga oídos para oír, que lo escuche”. 

El evangelio de Mateo reivindica a Juan Bautista, lo introduce en cierto modo como inicio del tiempo definitivo de la revelación plena de Dios y de la realización de su obra salvadora. Lucas, en cambio, lo pone todavía en el Antiguo Testamento, como la culminación del tiempo de la preparación y de la espera. Son diversas valoraciones de su figura que, quizá tienen que ver con la relación existente entre los cristianos y los remanentes que quedaban aún de los seguidores del Bautista. 

Entre los hijos de mujer, nadie hay mayor que él… Juan es presentado por encima de Abraham, de Moisés, de Elías, superior a los patriarcas y los profetas, más alto no se le puede poner en la historia del pueblo de Israel. Juan vio y dio testimonio de lo que las grandes figuras del Antiguo Testamento desearon ver y no vieron. En él concluye el camino hacia el Mesías, que vendría a dar cumplimiento a las promesas de salvación dadas por Dios. 

Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más que Juan. La razón es que el creyente en Jesús, por pequeño que sea, ya está inserto en el tiempo mesiánico definitivo, ya forma parte de la casa de los hijos, mientras que Juan, aunque descuelle como un gran profeta, forma parte todavía de la etapa preparatoria. Él tiene también que dar el paso de la fe, que lo pone en el seguimiento de Cristo y le da acceso al reino. Juan lo hizo y en ello reside su mayor gloria. 

El reino padece violencia. Se discute el sentido de esta frase. Unos la entienden como que el reino de Dios se abre paso con violencia, rompiendo esquemas, contradiciendo modos de pensar, hábitos y tradiciones opuestos a los valores que trae consigo; otros, leen la frase en pasiva: hay que hacerse violencia para poder ser merecedor del reino. Ambas interpretaciones son correctas y complementarias porque el reino es una realidad que entra en conflicto frontal con todas las fuerzas del mal, que lo contradicen y combaten, y porque sólo se entra en él empeñándolo todo pues es el valor supremo, por encima de todas cosas. El mundo desata toda su violencia contra quienes buscan el reino de Dios porque su palabra y su conducta contradicen las injusticias e inmoralidades sobre las que basa su progreso. Es lo que le ocurrió a Juan Bautista y a Jesús y a todos los justos, desde el inocente Abel hasta el último, Zacarías, que fue asesinado entre el altar de los sacrificios y el santuario (Lc 11, 51; Mt 23, 35). 

El reino de Dios es de los pobres, humildes y de los que lloran, pero a la vez es de los pacíficos que, con su fortaleza y capacidad de resistencia, llegan a soportar toda suerte de violencia, sin devolverla, llegan a poner la otra mejilla o ir al martirio cantando las alabanzas de Dios. No te dejes vencer por el mal, vence el mal a fuerza de bien, dice san Pablo (Rom 12, 21). Desde el anuncio de la venida del reino de Dios, éste no ha dejado de desplegar y manifestar sus fuerzas de transformación de la realidad personal y social. Hay hombres y mujeres que acogen ese anuncio y ponen todo su esfuerzo en hacer realidad el reinado de Dios en sus vidas y contribuir para que se establezca en el mundo.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

¡Vengan a mí los cansados y agobiados! – (Mt, 11, 28-30)

 P. Carlos Cardó 

Desconsuelo, oleo sobre lienzo de Eduardo Kingman (1981), Casa-Museo Posada de las Artes, Quito, Ecuador

Jesús dijo: "Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana". 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.