domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo XXV del Tiempo Ordinario - Los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Parábola de los trabajadores en la viña, óleo sobre lienzo de Salomon Koninck (siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Jesús les dijo: Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un propietario salió de madrugada a contratar trabajadores para su viña. Se puso de acuerdo con ellos para pagarles una moneda de plata al día, y los envió a su viña.
Salió de nuevo hacia las nueve de la mañana, y al ver en la plaza a otros que estaban desocupados, les dijo: «Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y fueron a trabajar.
Salió otra vez al mediodía, y luego a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Ya era la última hora del día, la undécima, cuando salió otra vez y vio a otros que estaban allí parados. Les preguntó: «¿Por qué se han quedado todo el día sin hacer nada?».
Contestaron ellos: «Porque nadie nos ha contratado».
Y les dijo: «Vayan también ustedes a trabajar en mi viña».
Al anochecer, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: «Llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos y terminando por los primeros».
Vinieron los que habían ido a trabajar a última hora, y cada uno recibió un denario (una moneda de plata). Cuando llegó el turno a los primeros, pensaron que iban a recibir más, pero también recibieron cada uno un denario. Por eso, mientras se les pagaba, protestaban contra el propietario. Decían: «Estos últimos apenas trabajaron una hora, y los consideras igual que a nosotros, que hemos aguantado el día entero y soportado lo más pesado del calor».
El dueño contestó a uno de ellos: «Amigo, yo no he sido injusto contigo. ¿No acordamos en un denario al día? Toma lo que te corresponde y márchate. Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso, y tú envidioso?».
Así sucederá: «los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos.» 

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. De ninguna manera esta frase alienta la incompetencia y la mediocridad. Los talentos que Dios da hay que hacerlos producir. Procurar mejorar en todo, perfeccionarse en los estudios, progresar profesionalmente, es lo que toda persona debe hacer por su propio bien y el de la sociedad. Pero si la motivación para lograrlo no es la de servir mejor, sino únicamente el lucro, la autocomplacencia y el provecho egoísta, desde el punto de vista cristiano eso no sirve para nada. Lo dice San Pablo: Ya puedo yo hablar las lenguas de hombres y de los ángeles, pero si no tengo amor soy como un bronce que suena o unos platillos que hacen ruido (1Cor 13,1); en otras palabras, ya puedo ser un triunfador según el mundo pero si no actúo por amor no merezco ninguna alabanza. 

La parábola es sencilla, el dueño de la viña, que representa al Padre del cielo, contrata a toda clase de obreros y a todos les paga un mismo jornal. Unos van a trabajar a primera hora, otros al mediodía y otros cuando la jornada ya concluye; cada uno cuando lo llama el Señor. A todos, en el tiempo propicio, cuando el Señor así lo dispone, nos toca la gracia. 

Jesús toma distancia de la justicia humana, que a veces puede ser parcial y deficiente. El “dar a cada uno lo suyo” puede fomentar las desigualdades cuando exigimos desde nuestros derechos adquiridos, buscando incrementar lo que ya tenemos, sin pensar primero en asegurar las necesidades más urgentes que otros padecen. La justicia de Jesús es de otro orden: para él, los últimos han de ser tratados como los primeros. La caridad y la misericordia coronan la justicia. Dios no se rige tanto por la justicia del derecho sino por la gracia. 

Sin darnos cuenta podemos trasladar a nuestra relación con Dios la lógica contable y lucrativa que rige los intercambios económicos. La relación con Dios no se basa en inversiones y ganancias, méritos y recompensas. Dios es amor gratuito y sobrea­bundante. Y su modo de obrar nos debe mover a ser agradecidos y desinteresados. Querer llevar una vida recta y hacer obras buenas para asegurarnos un premio aquí o en el más allá, es obrar como los primeros trabajadores de la viña que se quejan de que los últimos reciban igual salario; ellos quieren recibir más por sus méritos propios, no por gracia del Señor. No han conocido la justicia del reino, no han aprendido la lección de la gratuidad, núcleo central del amor. 

Así se portó Jonás cuando vio que Dios perdonaba a los habitantes de Nínive, que él creía merecedores de castigo. Así se portó también el hijo mayor que se quejó contra su padre porque mandó celebrar un banquete por el regreso del hijo pródigo. Lo mismo ocurría en la primitiva Iglesia con los cristianos procedentes del judaísmo que se quejaban porque los venidos del paganismo tenían en la Iglesia igual rango y derechos que ellos. Jesús mismo tuvo que enfrentar esta dificultad: los judíos no podían comprender que Dios ofreciera el don de la salvación a judíos y no judíos. Por eso declaró: Les digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mientras que los ciudadanos del reino serán expulsados a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes. (Mt 8,11-12). 

Realidad actual: muchos por el cargo que ocupan o por las buenas obras que practican adquieren relevancia y se creen superiores. Ante Dios no podemos esgrimir derechos ni exhibir méritos, los que consideramos “últimos” pueden estar delante de nosotros ante Dios. Seguir a Jesús pobre y humilde, venido no a que lo sirvan sino a servir, significa superar todo espíritu de rivalidad y codicia, desterrar todo “exclusivismo”, alegrarse con el éxito y cua­lidades de los demás, admitir con gozo que otros sean favorecidos por el Señor, que ama a todos sin distinción y gratuitamente, es decir, sin esperar nada a cambio.

sábado, 19 de septiembre de 2026

La parábola de la semilla (Lc 8, 4-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Satán sembrando cizaña, pincel y tinta marrón sobre boceto en tinta roja de Domenico Fetti (primer cuarto del siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad venían a él, les dijo esta parábola:
El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, la pisotearon, y las aves del cielo la comieron.
Otra parte cayó sobre la piedra; brotó, pero luego se secó, porque no tenía humedad.
Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron junto con ella, la ahogaron.
Y otra parte cayó en buena tierra, y nació, creció y produjo fruto a ciento por uno. Al terminar, Jesús exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga.
Y sus discípulos le preguntaron qué significaba esa parábola.
Y él dijo: «A ustedes se les concede conocer los misterios del Reino de Dios, mientras que a los demás les llega en parábolas. Así, pues, mirando no ven y oyendo no comprenden».

Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios.
Y los que están junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven.
La que cayó sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.
La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no producen fruto.
Pero la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.
 

Lucas presenta la parábola de la semilla en forma más concisa y fluida que Marcos y Mateo, pero subrayando algunos elementos que combinan mejor con el conjunto de su obra y responden a las necesidades de la comunidad a la que escribe su evangelio. 

Jesús anuncia su mensaje a todos, la gente que le escucha viene de todas partes. De igual manera, el sembrador esparce en todas partes su semilla, sin escoger los terrenos donde pueda caer. Esto significa que buena parte de la semilla puede caer inútilmente en tierras que no son aptas porque están llenas de obstáculos o no están preparadas, y se secará sin dar fruto. Pero el sembrador trabaja con esperanza porque sabe que habrá un tierra buena en la que el fruto podrá llegar a ser hasta de cien por uno. En este sentido, la parábola transmite una visión positiva que debe alentar a los cristianos en su labor de anuncio del evangelio, frente al aparente fracaso que pueden ver en su obra. Al mismo tiempo contiene una exhortación a todos los creyentes para que se conviertan y lleguen a ser terreno bueno, acogiendo el mensaje cristiano con corazón noble y generoso, y manteniéndose firmes y perseverantes. 

Jesús hace ver a sus discípulos que el anuncio de la palabra, es decir, la revelación de los misterios del reino, supone una actitud de escucha, acogida y adhesión interior para que sea eficaz. En eso consiste el conocimiento que Dios les concede, no por su capacidad o cualidades personales, sino por pura iniciativa suya: A ustedes se les concede conocer los misterios de su reino; pero a los demás se les habla en parábolas. Más adelante Jesús los llamará dichosos porque ven lo que ni los profetas ni los reyes pudieron ver (Cf. Lc 10, 23-24; 12, 32). 

Este don recibido de lo alto no es para guardárselo simplemente como un bien particular y privado; trae consigo la responsabilidad de conformar la propia vida con el mensaje que han escuchado y difundirlo por todas partes. A nadie niega el Señor el don de su mensaje de salvación –a todas partes llega su pregón y hasta los confines del orbe sus palabras (Sal 19,5) –, pero el resultado dependerá de que quienes lo escuchen, tanto los discípulos como “los demás” respondan de la mejor manera. Estos últimos, que representan al pueblo de Israel, y “los otros” en general tienen siempre abierta la posibilidad de convertirse, es decir, de dejar de mirar sin ver y escuchar sin comprender. 

¿Por qué unos ven y entienden y otros no? Es la cuestión de fondo, que probablemente preocupaba a la comunidad cristiana a la que Lucas dirige su obra. ¿A qué se debe que la misión evangelizadora no tenga éxito o se produzcan deserciones o haya cristianos que no llegan a madurar? La parábola responde por medio de la alegoría de los diversos tipos de tierras, que aluden a los diversos obstáculos, dificultades y riesgos que encuentra el anuncio del evangelio. 

El primer tipo de tierra corresponde a los que no acogen con fe el anuncio de la palabra. Ocurre en ellos lo que a la semilla que cae al borde de camino. El mensaje no cala en ellos, no porque no les haya llegado, sino porque se ven afectados por influjos diametralmente opuestos que les llegan de fuera. Así, la semilla no puede arraigar en ellos, apenas los roza y es arrancada de sus corazones. 

Los que desertan en el momento de la prueba se equiparan a la semilla que cayó en terreno pedregoso. Tienen fe pero por poco tiempo. Falla la perseverancia, sobre todo en la adversidad. Pusilánimes o superficiales, abrazan el mensaje cristiano, pero mientras les conviene para sus propios intereses y su comodidad personal. 

Los que escuchan la palabra, pero no llegan a madurar, son los que abren el corazón al mensaje, pero las preocupaciones de la vida diaria, las riquezas y los placeres ahogan su actitud de escucha, impidiéndoles alcanzar la madurez cristiana. 

Finalmente viene la tierra buena, el tipo de oyentes de la palabra en quienes el anuncio del evangelio produce las más valiosas reacciones del ser humano: nobleza de espíritu, generosidad y coherencia plena. Son los que conservan la palabra en su corazón y no interrumpen su crecimiento, son perseverantes hasta producir un fruto abundante. En este grupo, la palabra de Dios logra su cometido: el ciento por uno. El secreto es la perseverancia y la constancia, distintivo de las personas justas.

viernes, 18 de septiembre de 2026

No teman, pequeño rebaño (Lc 12, 32-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen pastor, ilustración de Eugene Burnand publicada en Les Paraboles, de los editores franceses Berger y Levrault (1908)

No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. 

No teman, repite Jesús con frecuencia en el evangelio. El miedo se opone a la fe, cuya raíz esencial es la confianza. El amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. (1Jn 4, 18). El llamado “temor de Dios”, que según la Biblia es inicio de la sabiduría (Prov 1,7), no se debe confundir con el miedo que es una reacción instintiva ante una amenaza; temor de Dios es sinónimo de respeto y reverencia, es aceptación de su paternidad y de su señorío en todo, y va unido a la confianza filial, por eso: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! (Sal 128, 1). A ése, el Señor lo bendice con toda abundancia de bienes y su existencia transcurre segura. 

Con verdadero afecto, Jesús llama a sus discípulos pequeño rebaño. Es el buen pastor que ama a sus ovejas, las conoce y ellas le siguen; más aún, nadie se las arrebatará (cf. Jn 10, 27-28). Ese pequeño grupo constituye el germen del que brotará la Iglesia de Cristo que, a su vez, será también pequeño rebaño, sin pretensiones de grandeza. Sólo así, si no se deja contagiar del poder de los grandes de este mundo, confiará siempre en su Señor, que la ama y la cuida con cariño como un esposo a su esposa (Ef, 5, 29) 

En otra ocasión Jesús se alegró porque su Padre había revelado los misterios de su reino a sus discípulos y a la gente sencilla (Cf. Lc 10, 21). Ahora expresa una mayor satisfacción porque siente que la paternidad solícita de Dios, que conoce a cada uno de los que él le ha dado, ha querido darles el reino. El Padre tiene un plan que debe cumplirse: otorgar el don de su reino a la comunidad de los discípulos de Jesús (de todos los tiempos), aunque sea pequeña, amenazada e indefensa como un pequeño rebaño. Pero, este don tienen que hacerlo ver los discípulos mediante su disposición pronta para compartir lo que tienen con los necesitados. Así se implanta el reino del Padre. Por eso Jesús añade: Vendan lo que tienen y den limosna. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. 

No es una exhortación a despreciar los bienes como si fueran malos o a descuidar el dinero. Lo que Jesús propone es un estilo de vida, caracterizado por la superación del ansia de posesión y por la esperanza en los bienes del reino, que significan la realización plena del ser humano y promueve en la tierra el fomento de la justicia. Para tener el corazón puesto en Dios, que es el tesoro verdadero, la persona deja de pensar sólo en sí misma, se abre al compartir fraterno y se muestra capaz de hacer uso de los bienes con la libertad de poder usarlos o dejarlos cuando convenga. Es no vivir para el dinero ni poner toda la seguridad en él. La verdadera riqueza no es lo que uno tiene, sino lo que comparte. Eso significa acumular bienes en el cielo, es decir, ponerlo todo en Dios y su reino, que es el verdadero tesoro. 

La palabra limosna no aparece en el Antiguo Testamento, pero el atender al extranjero, al huérfano y a la viuda (Dt 24,19) era una ley sagrada ordenada por Dios a Israel: no endurecerás tu corazón ni cerrarás la mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le darás lo que necesite (Dt 15, 7; cf., 8, 11; 26, 12; Lv 25, 35). Cristo exhortó a la práctica de la limosna, pero advirtió que no se debía realizar con ostentación buscando la alabanza de la gente (Cf. Mt 6, 2-4). En la Biblia, la limosna es expresión de justicia. Equivale a darle al otro lo que necesita para poder vivir. Porque todos somos hermanos, no es justo que uno posea y el otro desfallezca en la miseria. Es justicia distributiva. Para hacerla eficaz y para que se cumpla el plan del Creador, que hizo todos los bienes para sirvieran para el sustento de todos, la limosna adquiere el carácter de la cooperación nacional e internacional, del subsidio a las obras de beneficencia, de solidaridad con los damnificados por calamidades, de inversiones para el fomento de la educación y la salud de los menos favorecidos en la sociedad. Hay múltiples maneras de practicar la limosna.  Hay muchas maneras de ser justo según el evangelio, con la justicia mayor (el camino más excelente, de 1Cor 12, 31), que encuentra su perfección en la misericordia y promueve la fraternidad.

jueves, 17 de septiembre de 2026

La pecadora perdonada (Lc 7, 36-50)

P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en casa del fariseo, mosaico de Firs Sergeevich Zhuravlev (1900), Catedral de la Resurrección de Cristo, San Petersburgo, Rusia

Un fariseo invitó a Jesús a comer. Entró en casa del fariseo y se reclinó en el sofá para comer. En aquel pueblo había una mujer conocida como una pecadora; al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, tomó un frasco de perfume, se colocó detrás de él, a sus pies, y se puso a llorar. Sus lágrimas empezaron a regar los pies de Jesús y ella trató de secarlos con su cabello. Luego le besaba los pies y derramaba sobre ellos el perfume.
Al ver esto el fariseo que lo había invitado, se dijo interiormente: «Si este hombre fuera profeta, sabría que la mujer que lo está tocando es una pecadora, conocería a la mujer y lo que vale».
Pero Jesús, tomando la palabra, le dijo: «Simón, tengo algo que decirte».
Simón contestó: «Habla, Maestro».
Y Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientas monedas y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a ambos. ¿Cuál de los dos lo querrá más?».
Simón le contestó: «Pienso que aquel a quien le perdonó más».
Y Jesús le dijo: «Has juzgado bien».
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me has recibido con un beso, pero ella, desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies de besos. Tú no me ungiste la cabeza con aceite; ella, en cambio, ha derramado perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado. En cambio, aquel al que se le perdona poco, demuestra poco amor».
Jesús dijo después a la mujer: «Tus pecados te quedan perdonados». Y los que estaban con él a la mesa empezaron a pensar: «¿Así que ahora pretende perdonar pecados?».
Pero de nuevo Jesús se dirigió a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

La casa puede simbolizar a la Iglesia que reúne a justos y pecadores, o a sus miembros e instituciones que pueden también acoger a Jesús con la frialdad del fariseo Simón. Ella y cada uno de nosotros necesitamos la enseñanza acerca del perdón y del mayor amor. 

Una mujer se acerca. Eso solo era ya un hecho que podía parecer desconcertante, inconveniente, hasta escandaloso en la cultura judía de entonces. Sin identidad propia, se la conoce como pecadora pública. Prostituta, vende su cuerpo por dinero. A nadie le interesan las tribulaciones, carencias y vacíos que la marcaron desde la infancia, ni la desesperada situación económica que la arrastra a vender su cuerpo. Para el mundo es una perdida. Para los judíos, una impura, excluida. Para Jesús, una oveja herida que reclama su amor comprensivo y solícito. Jesús revela a un Dios que busca lo perdido. Por eso dirá repetidas veces: Yo no he venido a buscar a justos sino a pecadores… 

Frente a ella se sitúa el fariseo Simón, que ha invitado a Jesús. Probablemente se le tiene por hombre probo y nadie advierte (o no quieren advertir) que también él es un pecador que peca de prostitución porque prostituye la religión: ofrece buenas obras, rezos, acciones de culto, para ganarse la benevolencia de Dios. Intenta comprarlo con las obras de la ley. Vive en la presunción de la propia justicia. Conoce sólo el mérito, no reconoce la deuda que tiene contraída y el amor con que se alcanza el perdón. Quiere merecer el amor de Dios. No sabe que el amor es gratuito. 

Pero a ambos ama el Señor. A ambos invita a abrirse a la misericordia. 

En el fariseo hay extrañeza, desdén, escándalo. En la mujer, hay determinación, generosidad, ternura. En Jesús, complacencia, agrado, alegría y aprobación plena por ella. 

La mujer se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume para honrar a Jesús. Por su parte Jesús, que siempre aparece como el que da, ahora aparece recibiendo: alguien le da algo, una mujer que se siente libre para agradecer el amor que el Señor le ha demostrado en su vida. 

La mujer llora y humedece los pies del Señor con sus lágrimas. Se puede pensar que es por el remordimiento de la vida que ha llevado. Pero hay algo más en su forma de llorar. Su llanto es apacible, sereno, consolador, casi llanto de alegría; es llanto de amor por Jesús. 

Y el fariseo se escandaliza. Pero no le escandaliza que esa mujer actúe así, sino que el Maestro lo consienta y lo apruebe. 

Jesús, entonces, propone a Simón la parábola de los dos deudores. Todos somos deudores de Dios: mi vida, mis bienes y, sobre todo, lo que me ha perdonado –y que sólo él y yo sabemos… Quien reconoce que ha recibido el don mayor, amará más. Quien tiene contraída la mayor deuda, por haber recibido un perdón mayor, se siente amado más. Por eso, mostrará más amor. El núcleo de la parábola está en la relación entre los dos verbos: perdonar y mostrar más amor. Se me ha perdonado más, muestro más amor. 

Gratitud es reconocer la vida como un regalo de amor, no como una deuda que tengo que pagar. El pecado es falta de amor agradecido. El pecador no ama, lo que hace es procurar ganarse méritos, pagar y comprar con buenas acciones. Así, es capaz de llevar una vida pródiga de obras, que despiertan la alabanza de quienes las ven, pero que no manifiestan amor verdadero. Toda la vida religiosa se convierte en un continuo pagar, merecer y comprar. Puedo repartir mis bienes entre los necesitados, tener una fe como para mover montañas, entregar incluso mi cuerpo a las llamas si no tengo amor, de nada me sirve (1 Cor 13). 

El perdón procede del amor. Dios nos ha perdonado primero por puro amor. Nuestro amor es la respuesta a esa gracia que se me ha concedido. Por eso, esta mujer ama más que el fariseo: porque ella sí se ha sentido amada y ha reconocido el amor. 

Toda religión y toda ética buscan que las personas sean mejores y pequen menos. El cristianismo va mucho más allá y cambia la cuestión: No simplemente que sean mejores y pequen menos, sino que amen más. Porque reconozco que Dios me ha amado, no puedo hacer otra cosa que poner amor en mi vida.