jueves, 6 de agosto de 2026

La transfiguración (Mt 17, 1-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Transfiguración, mosaico de autor anónimo, ábside la Basílica de la Transfiguración, Monte Tabor, Israel

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte alto.
A la vista de ellos su aspecto cambió completamente: su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. En seguida vieron a Moisés y Elías hablando con Jesús.
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Estaba Pedro todavía hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: "Este es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido, escúchenlo!".
Al oír la voz, los discípulos se echaron al suelo, llenos de miedo.
Pero Jesús se acercó, los tocó y les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Ellos levantaron los ojos, pero ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos".
 

Jesús va a Jerusalén, donde va a ser entregado. Por el camino, instruye a los Doce sobre el significado de su pasión y de su resurrección. Pero ellos no lo comprendieron y se quedaron desilusionados porque esperaban otro Mesías. Ahora Jesús quiere fortalecerles su fe, para que sean capaces de superar el escándalo de su cruz y seguirlo hasta el final. 

Dice el evangelio que Jesús tomó aparte a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a una montaña elevada. Son los tres discípulos que “tomará aparte” en el huerto de los Olivos (Mt 26, 37), donde serán testigos de aquella angustia mortal que le hará sudar gotas de sangre. Ahora a ellos les concede tener una vivencia deslumbradora de la gloria divina en su persona humana. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que el Jesús que dejaron clavado en una cruz, era el Hijo predilecto del Padre, cuya persona resplandeció ante sus ojos un día inolvidable. 

Mientras en el AT, las manifestaciones de Dios se realizaban a través de elementos de la naturaleza, como el monte, la nube y la luz, ahora, en la transfiguración, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece manifestando el resplandor de la gloria de Dios. No es Dios que desciende, sino el hombre que asciende y participa de la gloria de Dios. 

Los discípulos, atónitos, ven que se les revela una dimensión oculta de Jesús que los deja sin palabras. Su persona luminosa, fulgurante, les lleva a decir simplemente que su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Cuando uno se pone ante el misterio de Dios, y éste se le revela en el fondo del alma, uno simplemente enmudece, adora en silencio. 

Se les aparecieron también Moisés y Elías. Esto quiere decir que Jesús realiza la esperanza de los profetas, representada en Elías, el mayor de ellos, y lleva a plenitud la ley dada a Moisés, por medio de la nueva alianza que Dios establece con la entrega de su Hijo. Refiriéndose a este Jesús, Dios y hombre verdadero, San Pablo dirá: En él habita la plenitud de la divinidad corporalmente y de ella participamos (Col 2,9). 

Pedro siente la tentación de quedarse en el monte y no seguir adelante en el camino, que sabe bien ha de terminar en la pasión de su Señor. Quiere permanecer en la visión y en el gozo, por eso su propuesta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas… Es la misma tentación del cristiano que quiere quedarse sólo en los aspectos más gozosos y fáciles, por así decir, de la vida cristiana y no asume el seguimiento radical del Señor que le puede llevar a donde no quiere ir. 

Vino entonces una nube luminosa que los cubrió, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo. Es la voz que había resonado ya en el Bautismo de Jesús en el Jordán, cuando se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu. Esa misma voz en el cielo responde a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Confirma la confesión de Pedro: Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, y confirma el camino de Jesús como Mesías Siervo que entrega su vida por amor a sus hermanos, cumpliendo la voluntad de su Padre. Jesús Siervo es el amado del Padre. La gloria divina resplandece en él y resplandecerá sobre todo cuando sea levantado en la cruz. 

¿Qué nos dice a nosotros hoy este pasaje tan lleno de símbolos? Los discípulos suben al monte con Jesús. En el monte Moisés trataba con Dios. En el monte de las bienaventuranzas, Jesús proclamó lo más central de su mensaje. En un monte realiza su transfiguración. Y en el monte del Calvario será elevado en una cruz para la salvación del mundo. Para el cristiano, subir al monte es subir a una mayor intimidad con Cristo, a una mayor generosidad en su compromiso cristiano, a una vida más coherente y fiel. 

La luz, otro símbolo importante del relato, refulge en el rostro de Cristo y brillará también en los elegidos. Dice San Pablo que el cristiano contempla la gloria de Cristo y se va transformando de gloria en gloria (2 Cor 3,7-16), es decir, su vida cambia. La luz de la transfiguración fortalece el ánimo de los discípulos que había quedado ensombrecido con los anuncios de la pasión. Esa misma luz brilla para nosotros hoy y disipa nuestros temores y dudas, haciéndonos ver las dificultades y las pruebas con esperanza. En ti, Señor, está la fuente de la vida y en tu luz podemos ver la luz (Sal 36). 

Todos de una u otra manera hemos tenido momentos de “percepción” de la presencia viva de Dios en nuestra vida, que han iluminado lo que podemos llegar a ser, son nuestras experiencias de Tabor, de transfiguración y actúan como referentes orientadores cuando viene la dificultad de la fe. “¡Cómo te contemplaba en tu santuario, viendo tu poder y tu gloria!” (Sal 63,3). “Recuerdo… cómo entraba en el recinto santo y me postraba hacia el santuario, entre cantos de júbilo y alabanza” (Sal 42,5). 

El misterio de la transfiguración nos hace ver, en fin, que nunca el cielo está totalmente cubierto. La nube que cubre a los discípulos se abre con la voz que dice: Este es mi Hijo amado. Escúchenlo. Necesitamos oír su voz. Por eso venimos a la Eucaristía. Jesús se hace presente entre nosotros y nos dice: ¡Levántense, no tengan miedo!

miércoles, 5 de agosto de 2026

La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la cananea, óleo sobre lienzo de Ludovico Carracci (siglo XVI), Pinacoteca de Brera, Milán, Italia

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo".
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando".
Él les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel".
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: "Señor, socórreme".
Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos".
Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos".
Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas".
En aquel momento quedó curada su hija. 

Texto provocador. Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano. 

En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel. 

Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro” (se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías). El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9). 

El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia. 

El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos. 

Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan. 

Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar. 

El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos. Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano. Racismo, prejuicios religiosos, sociales, culturales o de género, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, obviamente, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

martes, 4 de agosto de 2026

Vocación de los Doce (Mt 9,35-10,8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Sermón de la montaña, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. 

El relato destaca una de las actitudes más características de Jesús: su compasión. Mateo la describe con las mismas expresiones empleadas en el inicio de la multiplicación de los panes. El cuidado compasivo que Jesús tiene por los pobres, lo va a comunicar a los que va a llamar y enviar. La vocación y la misión nacen de la misericordia. 

El cuadro es desolador: la población vivía en la pobreza y la ignorancia. Y Jesús se conmovió. En hebreo, “compadecerse” equivale a “rompérsele el corazón”. Es lo que siente Jesús ante toda miseria material y espiritual. 

A continuación, sigue el relato del llamamiento de los Doce, comparado a la cosecha: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Esta alegoría resalta el hecho de que la llamada y la misión no dependen de la iniciativa que tomen las personas sino de la voluntad de Dios. Él es el dueño de la mies, él es quien llama a los trabajadores. La tarea es inmensa y Jesús necesita colaboradores. Nos dice que debemos pedir para que los llamados respondan generosamente. 

Jesús se prolonga en el mundo por medio de sus discípulos, de ayer y de hoy: Como el Padre me ha enviado, así los envío yo (Jn 20,21). Los apóstoles son unos enviados, representantes de quien los envía; por eso los hace capaces de hacer lo que él hacía: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias; y el anuncio que harán es idéntico al suyo: el Reino de Dios está cerca (Mt 4,17; 10,7). 

Es un grupo de pequeños artesanos y pescadores; lo más desproporcionado para la tarea que habrá que realizar. De siete de ellos (Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago Alfeo, Tadeo, y Simón el fanático) apenas sabemos nada. El primero es Simón, a quien Jesús llamó Cefas, piedra. Siguen Santiago y Juan, hijos de un tal Zebedeo, designados en el evangelio de Marcos como “Boanerges” (hijos del trueno), es decir, “violentos”. Hay otro Simón, conocido como el “cananeo” por pertenecer al partido de los zelotas, que luchaban contra los romanos. Del noveno de la lista, Leví, sabemos que era publicano, recaudador de impuestos para los romanos, con quien una persona decente no se juntaba. Y el último de la lista es Judas, el traidor. 

Mucho tendrá que trabajar Jesús para hacerles comprender su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio generoso y de perdón aun a los enemigos. No hay entre ellos sabios o fariseos, ni nobles saduceos de la casta sacerdotal de Jerusalén. No son cultos ni virtuosos cumplidores de la ley. Son hombres comunes y corrientes. Los une la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el hecho de haber sido convocados por él. La convivencia entre ellos no debió ser fácil. No todos son personas honorables, incluso resultan incompatibles entre sí. No obstante, ellos estuvieron con Jesús en todas las circunstancias de su vida, vieron sus lágrimas por el amigo muerto, le observaron rezar a su Padre del cielo, conmoverse en sus entrañas ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su propia muerte. Poco a poco, ya no hubo secretos entre ellos y él. Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor (Jn 15,15). El evangelio fue calando en su interior. Y más tarde, cuando ya no recordasen al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos. Y aun cuando se encontrasen en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podían, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en cada caso preciso. 

Tan identificados se sentirán los apóstoles con la persona y misión de Jesús que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, entregando como él su propia vida. 

Los mismos sentimientos ante la multitud de ovejas sin pastor los tiene hoy Jesucristo. Y siguen siendo pocos los obreros para la cosecha. Su palabra, la misma que dirigió a sus discípulos, la escucho yo: Ven, sígueme, cuento con tu colaboración para sanar toda dolencia y anunciar el Reino...

lunes, 3 de agosto de 2026

La tempestad calmada (Mt 14, 22-36)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y Pedro caminan sobre el mar, ilustración atribuida a Youhannès de Berkri (Vaspurakan, Armenia), (1362), conservado en el Museo Armenio de Isfahan, Irán

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo.
La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento en contra.
Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar.
Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!». Y por el miedo se pusieron a gritar.
En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo».
Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».
Jesús le dijo: «Ven».
Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!».
Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?».
Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!».
Terminada la travesía, desembarcaron en Genesaret. Los hombres de aquel lugar reconocieron a Jesús y comunicaron la noticia por toda la región, así que le trajeron todos los enfermos. Le rogaban que los dejara tocar al menos el fleco de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron totalmente sanos. 

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con él. El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo. 

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Soplan el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss). 

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación. 

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios. 

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos. A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la está siempre Jesús a pesar de las tormentas. 

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella. 

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe. 

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla. 

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan.