sábado, 17 de octubre de 2026

DAR AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR (Mt. 22, 15-21 / Mc. 12, 1-12)


Dar al César lo que es del César

Mateo 22, 15-21 / Marcos 12, 1-12

Los fariseos y los partidarios de Herodes plantean a Jesús una pregunta capciosa: ¿es lícito pagar el impuesto al César? Si lo negaba, se ponía contra los romanos. Si decía que era lícito pagar, iba contra el pueblo que sufría aquella carga injusta. Además, la cuestión dividía a los judíos: unos se aprovechaban del cobro de los impuestos, como los publicanos, y otros se oponían –incluso hasta la violencia, como los celotas–, porque consideraban una idolatría el sometimiento al emperador romano.

Antes de responder, Jesús pide que le enseñen una moneda para desenmascarar su mala intención. ¡Hipócritas! –les dice– ¿Por qué intentan comprometerme? Cuestionan el derecho del César, pero la moneda fiscal que muestran es la prueba visual de que pagan el impuesto. Además, aceptar la moneda, con la imagen del César y la inscripción:

“Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto”, es reconocer con hechos concretos que no tienen “más rey que al César”. Reconocen por tanto públicamente su soberanía.

Si dicen que Dios es el único Señor, ¿por qué no reconocen lo que ya hacen y asumen las consecuencias? Es como si les dijera: Hipócritas hace tiempo que pagan el impuesto y encima usan la moneda fiscal y la muestran sin reparo, ¿por qué, pues, me vienen con preguntas capciosas?

Por estar sometidos al imperio romano, los judíos estaban obligados a pagar sus impuestos, siempre que ese pago no implicara desobedecer las leyes divinas (así lo reconocen los apóstoles Pablo y Pedro, cf. Rom 13,1-7; 1 Pe 2,13-17). Por otro lado, todo israelita debía reconocer que, a Dios, y sólo a él se le debía adorar, y que ningún poder terreno podía exigir esto para sí. La fe en el único Dios prohibía la divinización de cualquier poder temporal.

Por eso, la respuesta de Jesús no es un modo elegante de escabullir el problema o de confirmar a sus adversarios en lo que ya hacen; él sitúa la cuestión en otro nivel: ¿Qué puede esperar el César y qué no? ¿Qué se le debe dar y qué no? Por eso, lo sorprendente de su respuesta está al final: Den a Dios lo que es de Dios. Es el precepto de los preceptos. La obediencia a Dios no tiene límites. Los fariseos sólo habían querido hacerle daño a Jesús. Pero la respuesta que les da, a ellos que sólo han preguntado por el César y no por Dios, los deja aturdidos y sin palabra; no les queda más que retirarse.

Las palabras de Jesús: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, han sido interpretadas de diversas maneras. Muchos ven ahí el fundamento de la separación entre lo temporal y lo religioso. Otros dedujeron más bien la alianza entre el trono y el altar para mutuo sostén y apoyo. Los regímenes dictatoriales siempre han pretendido sacralizar el Estado o subordinar la Iglesia al poder político; mientras otros, durante mucho tiempo, defendieron el poder temporal de la Iglesia y quisieron que la autoridad del Estado dependiese de la eclesiástica, en formas variadas de integrismo o de voluntad de dominio por ambos lados. Consecuencia de ello es la serie interminable de escollos y dificultades que han sufrido en la historia las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Pero queda claro en la frase de Jesús que sólo quien da a Dios lo que es de Dios sabe qué cosa hay que darle al César. Lo que es de Dios es la libertad de sus hijos y el amor a los hermanos. Quien busca esto en su vida sabe dar respuesta a lo otro.

Hoy, quizá, y debido entre otras causas a la corrupción de la cosa pública, la tendencia va hacia la “privatización de la religión”, a inducir al cristiano a vivir su fe en el fuero íntimo de su conciencia, como si de esa manera pudiese desentenderse de la política y de la economía. Se intenta desactivar la carga social del cristianismo, en beneficio de intereses egoístas de individuos y grupos de poder.

Pero la Iglesia no puede dejar de transmitir los valores del evangelio que han de iluminar y orientar todo el quehacer humano, incluido el quehacer político y social, con el que el ser humano organiza la convivencia en sociedad, y encuentra en ello su realización. Por eso es importante el compromiso político del cristiano, que es ejercicio de la “caridad política”, orientada a promover la solidaridad, la libertad y la dignidad de las personas.

El concilio Vaticano II y el pensamiento de los últimos Papas nos enseñan a reconocer la independencia y carácter laico del Estado. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia confronta a la sociedad con los valores éticos y morales del Evangelio. El cristiano reconoce la autoridad civil y la respeta con lealtad en todo aquello que la autoridad realiza por el bien común. Pero el cristiano nunca es un aliado incondicional del poder: ante todo es un aliado de las personas y especialmente de los más indefensos. Por eso, cuando el poder político impone acciones y decisiones que atentan contra la conciencia, contra los valores y deberes éticos y morales, el César se encontrará con el rechazo decidido del cristiano.


 

miércoles, 14 de octubre de 2026

SI UNO ME NIEGA... TAMBIÉN LE NEGARÉ (Lc. 12, 8-12)

 


Si uno me niega… también le negaré

Lc 12, 8-12 

Jesús pide una adhesión plena a su persona y a su mensaje. Y no duda en vincular la actitud que se tenga hacia él, de aceptación o rechazo, con el destino final de la persona. Si uno me niega… también le negaré… Recuerda otra frase: Feliz el que no se sienta defraudado de mí (Lc 7, 23).

Quien ha optado por el seguimiento de Jesús debe manifestar públicamente su compromiso y esto le hace depositario de una promesa del mismo Jesús para cuando venga como “Hijo de hombre” a juzgar el universo con justicia (Cf. Lc 9,26; 22,69; Hech 17,31). Asimismo, quien reniegue o se avergüence de él, el “Hijo del hombre” tendrá que declarar en su contra en el juicio.

Las afirmaciones de Jesús en el versículo que sigue (v. 10) parecen referidas a diferentes personas, no a los discípulos. La frase: A todo aquel que hable en contra del Hijo del hombre se le podrá perdonar… parece dirigida a otro auditorio más amplio y complejo. Hablan contra Jesús los que sólo ven en él a un simple hombre, al hijo del carpintero, y no lo reconocen como el enviado de Dios. Hablan contra él de manera aún más grave los que, al verlo realizar sus milagros, le atribuyen un poder diabólico, concretamente de Belzebú. Si se convirtieran de la dureza de su corazón, ciertamente Jesús no les negaría el perdón. Pero también nosotros, todos, podemos “hablar” contra el Hijo del hombre por medio de nuestros pensamientos y acciones. Así, en la práctica, nos olvidamos del Señor y lo ponemos de lado. Se podría decir que en la base de toda acción pecaminosa hay un rechazo a Jesucristo; tales acciones son como palabras dichas contra él. Por eso todos sentimos en nuestra conciencia la llamada a convertirnos y acercarnos al perdón, que nunca se nos negará.

Otra cosa es lo que Jesús llama blasfemia contra el Espíritu Santo, pecado para el que no hay posibilidad de perdón alguno. Este pecado no consiste en ofender con palabras al Espíritu Santo, sino en el rechazo obstinado de la salvación que Dios ofrece a toda persona por medio de su Espíritu Santo. La gravedad de este pecado, que lo convierte en imperdonable, no está únicamente en el rechazo de la predicación evangélica, o en el olvido de Cristo en que caemos cuando actuamos contra sus valores y enseñanzas, sino en la actitud persistente, contumaz y obstinada de oposición frontal a la influencia del Espíritu Santo, que anima la proclamación del evangelio e inspira en los corazones el reconocimiento de la necesidad de convertirse y pedir el perdón. Esta intransigencia obcecada, que se cierra a la acción del Espíritu, impide el perdón de Dios. Es una forma extrema de rebeldía y antagonismo frente al propio Dios, es una oposición «blasfema» al ofrecimiento de salvación que él hace. La misericordia del Señor no tiene límites, pero quien se niega deliberadamente a acogerla, y rechaza el perdón de sus pecados porque no lo considera necesario, en una palabra, quien da la espalda a la salvación ofrecida por el Espíritu Santo, él mismo se pierde. La perdición viene no porque la Iglesia y el Señor no puedan perdonarle, todo lo contrario, sino porque la persona misma, rechaza el don que Dios está dispuesto a darle. Es pecado contra el Espíritu Santo, además, porque es resistencia y rechazo a la conversión que el Espíritu inspira en los corazones (Jn 16, 8-9). Fue la actitud de los fariseos, que se cerraron a la aceptación del plan divino, no reconocieron el daño que hacían a la gente con sus enseñanzas y actitudes, y despreciaron la llamada a la conversión que Jesús les dirigió en todo momento.

Después de estas severas advertencias, Jesús promete a sus discípulos que ese mismo Espíritu los defenderá cuando los persigan y los hagan comparecer en las sinagogas o en tribunales paganos ante autoridades y jueces. El mismo Espíritu que consagró a Jesús para su misión (Lc 3, 22; 4,1.14-18) y le asistió en todas sus acciones (Lc 10,21), vendrá también en auxilio de sus discípulos y les inspirará palabras elocuentes que sus acusadores no podrán rebatir.

Visto en su conjunto, este pasaje hace ver al cristiano que el seguimiento de Jesús consiste en una adhesión plena y permanente a su persona, que implica la responsabilidad de dar testimonio de él y de su palabra en toda circunstancia, aun cuando quienes se les opongan lleguen a rechazar y despreciar de manera obstinada la acción del Espíritu del Señor.




CUIDADO CON LA HIPOCRESÍA (Lc. 12, 1-7)

 


Cuidado con la hipocresía

Lc 12, 1-7 

Jesús sigue aconsejando a sus discípulos contra el fariseísmo y se ha juntado una multitud para oírlo. Miles se agolpaban…hasta pisarse unos a otros.

Ahora quiere hacerlos conscientes del influjo que puede tener en ellos la mentalidad farisaica y, más en concreto, la “hipocresía” que los caracteriza. La comunidad de Jesús debe reprobar tal actitud y no dejar que contamine las relaciones entre las personas.

Jesús compara la hipocresía con la levadura, no en su sentido positivo de elemento necesario para hacer el pan, sino en el sentido de la corrupción que proviene de la fermentación y que afecta a toda la masa. De hecho, toda fermentación puede ser vista tanto en su aspecto positivo como en su aspecto negativo. Para Pablo la levadura nueva de la sinceridad y la verdad hace fermentar la masa de la comunidad pascual (1 Cor 5,6-8); para Jesús la hipocresía de los expertos en la ley es la levadura que puede corromper a sus discípulos.

La palabra hipócrita designa, en primer lugar, al protagonista del coro de las tragedias griegas. Para Jesús, la hipocresía es la doblez, la máscara o disfraz que tapa la verdadera personalidad y el comportamiento de una persona; es el disimulo y la apariencia. Por eso ha llamado a los fariseos sepulcros blanqueados (Lc 11,44), pues esconden lo que realmente son con el disfraz de gente recta y piadosa. Lo que debe caracterizar al discípulo de Jesús es la sinceridad y la transparencia plena, intachable.

Desde Adán, la búsqueda de protagonismo, el disimular los propios defectos y limitaciones, el pretender ser omnipotente y no aceptarse simplemente como ser humano, son las tentaciones que llevan muchas veces a actuar de manera insensata, crearse conflictos y terminar siendo insoportable para los demás. Los consultorios de psiquiatras y psicólogos están llenos de gente que, como Adán después de su rebeldía, no saben qué hacer con su desnudez y se llenan de miedos. Jesús viene a quitar el velo de la mentira para llevarnos a la aceptación de nuestra verdad de hijos e hijas amados por Dios. El discípulo no tiene por qué ocultar nada si actúa con transparencia y sencillez de vida. Y debe estar siempre vigilante porque los comportamientos se asumen por imitación, sobre todo si son formas de comportamiento de personas importantes.

La frase de Jesús que viene a continuación subraya lo dicho. No hay nada escondido que no llegue a saberse… Es una reiterada invitación a hablar con claridad y llaneza, sin dobles lenguajes. Y para inspirar confianza a los discípulos los llama amigos míos. La amistad que despierta confianza aleja el temor.

No teman, dice Jesús repetidas veces en este capítulo. El temor básico es el de la muerte; ya sea la muerte entendida como el final de la vida, o como referida al morir, perder, acabarse, frustrarse algo que amamos y cuya pérdida nos recorta lo que vivimos o queremos vivir. De ese miedo a “esa” muerte que toda vida comporta provienen muchas agresividades defensivas y muchas depresiones también y encerramientos de la persona en sí misma, que son una verdadera esclavitud. Sólo se vence ese miedo a la muerte del cuerpo y de las cosas, afirmando la superioridad de otros valores que perduran. Un texto de la carta a los Hebreos afirma la liberación interior, profunda, que Cristo ha venido a ofrecer: vino a compartir con nosotros nuestra condición humana (la carne y la sangre) y liberar a aquellos a quienes el miedo a la muerte los tenía esclavizados de por vida (Heb 2,14).

El Señor no quiere que sus discípulos tengan miedo sino conciencia y responsabilidad. Que no teman a Dios, sino al mal, a la vida echada a perder. El llamado “temor de Dios”, que la Biblia señala como principio de la sabiduría, no es miedo sino respeto. El miedo proviene de la conciencia de nuestra pequeñez, pero es una pequeñez que Dios protege, porque valemos mucho para él. Dios es amor que cuida, es providencia. Su ternura se extiende sobre todas sus criaturas (Sal 145). Providencia del Padre con las aves del cielo y las flores del campo. Ustedes valen más que los pájaros.

LA HIPOCRESÍA DE LOS ESCRIBAS Y FARISEOS (Lc. 11, 47-54)

 


La hipocresía de los escribas y fariseos

Lc 11, 47-54

Los fariseos (= “separados”) tenían prestigio en el pueblo, al que querían ganar para una vida apartada del mundo impuro. En los evangelios aparecen como los principales enemigos de Jesús, pero se puede suponer que las comunidades que escribieron los evangelios recargaron las tintas en muchos pasajes para reprobarlos porque, a partir del 70 d.C., fueron los fariseos los que más encarnizadamente persiguieron a los cristianos.

A menudo aparecen como los interlocutores críticos más importantes de Jesús, quien a pesar de todo tuvo amigos entre ellos; algunos lo invitaban a comer (Lc 11, 37; 14, 1) y otros como José de Arimatea y quizá también Nicodemo (Mc 15, 43; Jn 3, 1-15) pasaron a formar parte del grupo de sus discípulos o de sus simpatizantes. Jesús los tomó en serio y ellos a él, porque ambos buscaban en serio la voluntad de Dios. Pero rechazó la concepción que tenían de la ley mosaica y entraron en conflicto (Mc 7,11-13; Lc 11,42).

La ley era todo para ellos y el respeto que le tenían estaba bien, pues era el sello de la alianza de Dios con Israel. Pero por asegurar su cumplimiento cayeron en el legalismo y, sobre todo, en el creer que son las acciones realizadas para cumplirla las que aseguran al hombre la salvación sin tener muy en cuenta la gracia de Dios, que es la que salva. Su afán de asegurarse su condición de puros en medio de un mundo que consideraban impuro, y su deseo de tener alguna garantía de la salvación, les hizo perder el sentido del discernimiento que permite distinguir lo que Dios quiere en cada circunstancia –más allá de lo que la ley prescribe–, lo esencial a la fe y lo secundario, la libertad responsable, el libertinaje y la sumisión pasiva a lo que está mandado.

Jesús, con su nueva moral del amor, que puede ir más allá de la ley cuando está de por medio la vida de un ser humano –como en el caso de sus curaciones de enfermos en sábado– intentó hacerles ver que con la ley uno puede pervertir su fe, tranquilizar su conciencia, darse la seguridad de sentirse salvado y creerse superior a los “impuros” y pecadores.

Algunos fariseos formaban parte del Consejo de los Ancianos (Sanedrín) y muchos eran rabinos. Hubo un rabinismo fariseo muy extendido dentro del judaísmo en tiempos de Jesús y después de él. Iban tras la gente buscando adeptos y promoviendo el cumplimiento no sólo de las normas legales contenidas en la Biblia, sino también las tradiciones que ellos habían creado para asegurar la “pureza” ritual. Por eso Jesús dirá que dictan leyes que ellos mismos no son capaces de cumplir. Y pondrá en guardia contra el peligro de querer convertir su comunidad de discípulos en una secta de puros (separados). Él ha venido a buscar lo perdido.

Esas inconsecuencias son las que Jesús tiene más en cuenta cuando se dirige a los expertos en la ley –que suelen seguir las enseñanzas del rabinismo fariseo– y lo hacen todo para que los alaben. Por eso edifican mausoleos a los profetas, pero olvidan que fueron sus propios antepasados quienes los asesinaron. Veneran a los profetas porque ya están muertos, alaban lo que anunciaban, pero se callan las cosas que denunciaban. Así, en vez de testimoniar la sabiduría de Dios, mantienen la línea de maldad de sus antepasados, y por eso se les pedirá cuentas de la sangre de todos los profetas.

Una frase de Jesús de especial relevancia es ésta: Ay de ustedes doctores de la ley, que se han apoderado de la llave del conocimiento… El templo es la “casa del conocimiento”, donde se aprende la Palabra. Los rabinos fariseos y los doctores tienen la llave, pero se quedan fuera y defraudan al pueblo sencillo que quiere conocer. Ellos determinan lo que hay que enseñar y lo que no, lo que el pueblo debe saber y lo que no. Y, para colmo, no quieren reconocer que transmiten una idea falsa de un Dios sin misericordia.

Por todo esto, los escribas y fariseos comenzaron a acosar a Jesús, pero no cumplirán su mal propósito ahora, sino cuando llegue la hora. Entonces, en la cruz, brillará la sabiduría que confunde a los sabios (1Cor 1,19) y Jesús cargará sobre sí los pecados de todos, incluso de los fariseos. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

El fariseísmo no es cosa del pasado, se nos mete bajo apariencia de bien: convierte el evangelio en ley, en vez de buena noticia de unión entre los hombres y con Dios. Lleva al rechazo de los otros, a juzgar, a no comportarse como hermano. El mal puede venir de transgredir la ley, sin duda; pero también, y más sutilmente, puede venir disfrazado con la máscara de la observancia legal. Entonces es difícil reconocerlo.