sábado, 31 de octubre de 2026

EXIGENCIAS DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS (Lc. 14, 25-33)


Exigencias del seguimiento de Jesús

Lc 14, 25-33

Seguir a Jesús es mucho más que admirarlo. La gente tiene ídolos: artistas, cantantes, futbolistas…, admira también a uno que otro personaje del mundo de la cultura, de la política o del arte, y a quienes entregan su vida por una causa noble. Pero son muy raros los que, por admirar a alguien, cambian su propia vida. Jesús no quiere admiradores, quiere seguidores que lo imiten. Ven y sígueme, dice. Ejemplo les ha dado para que me imiten… 

Por eso no duda en dejar sentadas dos condiciones básicas para ser sus seguidores: la primera consiste en preferirlo a él por encima de todo, incluso por encima de aquellos con quienes estamos ligados con vínculos profundísimos. Dice al respecto: Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a posponer a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Jesús es claro, habla de “post-poner”; no dice reprimir, ni sofocar, ni ignorar los afectos, sino situarlos detrás, para vivirlos en él y orientados a él. Lo más hermoso que una persona puede hacer es cultivar sus afectos para amar en verdad, con ternura, atención y dedicación, sobre todo a la familia, y por eso hay un mandamiento de la ley de Dios que nos lo recuerda. Pero, aun así, hay que preferir a Dios por encima de los seres queridos, que no pueden convertirse en un obstáculo para el cumplimiento de su voluntad. 

La segunda condición que Jesús plantea al discípulo es la disponibilidad para cargar la cruz detrás de él. Cargar con su cruz no significa añadir un peso más a las dificultades que trae la vida, ni puede interpretarse como provocarse y arrastrar dolores y pesares, sino asumir con coraje un estilo de vida coherente con los valores del evangelio y del reino de Dios, lo cual muchas veces puede llevarnos a obrar contra las propias tendencias opuestas y a aceptar las consecuencias de sacrificio y renuncia que eso nos puede traer. Y todo ello en virtud de una motivación íntima muy personal, en nada abstracta o meramente moral o ascética: la de querer seguir e imitar de alguna manera a nuestro Señor Jesucristo, autor y perfeccionador de la fe, el cual, por la alegría que esperaba, soportó sin acobardarse la cruz, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios (Hebr 12, 2). 

Por la alegría que esperaba, Jesús soportó la cruz sin acobardarse. No se trata, por tanto, de ensombrecerse la vida. Quien se determina a seguir a Jesús, comprobará que la vida no se le torna triste y sombría después de tanta renuncia y sacrificio, sino que su amor a Jesús y a su causa le permite experimentar el sentido y plenitud que la vida adquiere cuando está centrada en Dios. Sólo así uno percibe que Dios no rivaliza con nosotros ni nos hurta nada de lo que necesitamos para ser felices; él sólo se opone a lo que nos daña o deshumaniza, nos da lo que necesitamos y no se deja ganar en generosidad. Cuando uno se confía al amor del Señor y se determina a seguirlo como el valor supremo de su vida, comprueba que ese amor no le quita nada, sino que lo engrandece, lo hace desarrollarse y crecer hasta alcanzar aquella plenitud de realización que sólo en Dios se puede encontrar. Cristo ama nuestra vida y nos enseña a vivirla. 

Las dos comparaciones que siguen a continuación, del constructor de la torre y del rey que sale a combatir, sirven para comprender que la determinación de seguir así a Jesús no puede ser fruto de un mero sentimiento o entusiasmo voluntarista y presuntuoso, sino una opción de vida tomada con plena conciencia, reflexión y responsabilidad. Quien quiere emprender algo grande, antes examina si cuenta con los recursos suficientes para llevarlo a cabo. La gran empresa aquí consiste en seguir a Jesús. En ella, la persona se juega el logro de su vida. Por eso Jesús no busca a irreflexivos, sino a personas que saben a qué se comprometen. 

La consecuencia con que acaba Jesús su exhortación no puede ser más tajante –su traducción exacta sería ésta: Así, pues, aquel de ustedes que no pone aparte todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo. El auténtico discípulo sabe que sólo dejando de lado los bienes de la tierra, por grandes y atractivos que sean, podrá vivir la existencia plena que sólo Dios le puede dar. 


 

BENDITO SEAS PADRE (Mt. 25-27)


Bendito seas Padre

Mateo 11, 25-27 

Este trozo del evangelio de San Mateo es uno de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. Consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte, que debe ser interpretada unida a la anterior, se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30). 

En la primera parte, versículos 25 al 27, tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo. 

La palabra Abbá dirigida a Dios es central en la fe cristiana. Dios es para nosotros ternura de máxima intimidad, sin dejar por ello de ser al mismo tiempo el Dios altísimo, Señor del cielo y de la tierra. Dios es más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, padre y madre. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se ha revelado ya y todo aquel que, con corazón humilde, pobre y sencillo lo acoge, alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios. 

A propósito de este texto han dicho algunos comentaristas que se trata de un dicho de Jesús que más parece propio del evangelio de Juan, aunque no se explican cómo ha podido venir a los Sinópticos. Pero hay en estos evangelios otros dos textos parecidos: el relato del bautismo y el de la transfiguración. En ambos aparece Jesús como el hijo amado (Mt 3,17 y 17,5) que ha venido al mundo como revelador de Dios, su Padre, y se le debe escuchar. De todas maneras no cabe duda de que el texto testimonia la conciencia excepcional que tenía Jesús de su unión con Dios, y que le hacía capaz de hablar en estos términos. El texto nos hace conocer más a Jesús y al Dios que él nos ha dado a conocer: un padre cercano y lleno de amor. 


 

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS (Mc. 15, 33-39; 16, 1-6)


Muerte y resurrección de Jesús

Mc 15, 33-39; 16, 1-6

En el Día de la Conmemoración de los difuntos, la liturgia propone este texto de Marcos sobre la muerte y resurrección de Jesús. El cristiano ve la muerte de sus seres queridos y, en general, toda muerte, a la luz de la pascua del Señor que quiso asumir nuestra condición de seres mortales, para asegurarnos un destino eterno por medio de su resurrección. Se hizo semejante a nosotros hasta en la muerte para que estemos unidos a él también “en la semejanza de su resurrección”, como dice San Pablo. Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; ya la muerte no tiene dominio sobre él (Rom 6, 8-9).

En el relato de la pasión según San Marcos, la muerte del Señor corresponde a la hora de la máxima revelación de Dios, que supera todas las precedentes. Un nuevo rostro de Dios se revela en el Crucificado, de quien el capitán pagano confiesa: Verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios. El Dios que está con nosotros es el Dios que no nos abandona nunca, ni siquiera en el trance supremo de la muerte, trance que cada cual experimenta en la más completa soledad. En su hijo Jesús clavado en cruz, Dios quiso compartir con nosotros esa experiencia tan característica de nuestra existencia. 

Abandonado por todos, Jesús llega en la cruz a sentirse abandonado por Dios hasta el punto de gritar su soledad a quien sabe, por la confianza que mantiene en él, que no abandonará a su hijo. Esta convicción de que Dios no se aleja del afligido que clama a él, la expresó Jesús de manera dramática antes de morir, con las palabras del salmo 22. San Juan de la Cruz comenta: “Al punto de la muerte, quedó (el Señor) también aniquilado en el alma, sin consuelo y alivio ninguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad según la parte inferior. Por lo cual fue necesitado de clamar diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir el género humano por gracia con Dios” (Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 7, n.11).

Asimismo, la carta a los Hebreos habla de la solidaridad de Jesús con nosotros, que le lleva a experimentar en su propia persona la soledad, el desaliento, el sufrimiento y el miedo que la muerte produce, para así convertirse en salvador de todos, glorificado y proclamado pontífice, puente de unión de la humanidad con Dios. En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión (Hebr 5, 7). En la cruz de su Hijo, Dios se coloca para siempre a nuestro lado, haciendo de nuestra muerte –como lo hizo con la de su Hijo– la puerta de entrada a nuestra glorificación. Esta revelación hace nacer en nosotros una absoluta confianza. En su Hijo, Dios ha vivido y conoce la raíz de nuestros sufrimientos, de nuestros fracasos y de nuestra muerte. Por eso ofrece en cada momento y a cada persona el don oportuno para convertir la oscuridad de la muerte en aurora de vida. En una muerte tan solidaria como la de Jesús, Dios su Padre se revela como el amor crucificado que estará presente en nuestra muerte, compartiéndola y llenándola de esperanza de una vida nueva.

El final del camino de Jesús, y de nuestro camino, no es la cruz, sino su resurrección de la muerte. A partir de este momento Jesús vive junto a Dios. La piedra del sepulcro ha sido retirada, se ha quebrado el poder de la muerte. El mensaje del ángel constituye la culminación del relato que hace Marcos, la cúspide también de su evangelio y el objeto central de la fe y esperanza del cristiano: Buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. El horizonte humano se ha abierto definitivamente: allí donde se estrella la sabiduría humana, donde caen por tierra las esperanzas y el lamento no halla salida alguna, allí, en el morir, se halla la presencia del amor salvador de Dios.

A la proclamación sigue la tarea: los discípulos reciben la misión de propagar la buena noticia. Vayan, pues, a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va camino de Galilea, allí lo verán, tal como les dijo.


 

viernes, 30 de octubre de 2026

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS (Mt. 5, 1-12)


Fiesta de Todos los Santos

Mateo 5, 1-12 

Día para recordar y agradecer a Dios por todas las personas santas que hemos conocido y que han sido para nosotros reflejos de la bondad y santidad de Dios, modelos de vida, que velan e interceden por nosotros. Ellos gozan de la visión de Dios, hayan sido o no canonizados por la Iglesia. Cada uno puede recordar nombres y rostros.

Este día es también una oportunidad para recordar la llamada a la santidad que todos recibimos en el bautismo. Esa vocación universal ha de vivirla cada uno según su propio estado de vida. La santidad no es patrimonio de unos cuantos privilegiados. Es el destino de todos, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos que hoy recordamos.

La lectura del Apocalipsis habla del gentío que sigue al Cordero, Cristo resucitado. Ciento cuarenta y cuatro mil es el cuadrado de 12 (número de las tribus de Israel) multiplicado por mil. Cifra simbólica, no número exacto, sino multitud. Entre ellos debemos estar, es nuestra vocación. Tengamos confianza. Después de éstos viene una muchedumbre inmensa, de toda nación, razas, pueblos y lenguas. Los salvados son un grupo incontable y universal. Llevan vestidos blancos porque han sido justificados. Dios los ha encontrado dignos de sí y, después de haber padecido duras pruebas, sus vestidos han sido blanqueados en la sangre del Cordero. 

San Juan, en la segunda lectura (1Jn 3,1-3) dice que la salvación se vive en el presente. Hoy se puede escuchar la llamada del Señor a una vida ejemplar y santa. Hoy podemos hacernos, mediante la gracia, rehacer en nosotros la imagen rota de Dios nuestro Creador y configurarnos con la imagen de Jesucristo. Es el sentido de nuestra vida: acoger la santidad, patrimonio de Dios y que él nos transmite por su gracia, hasta que seamos transformados en su gloria y él sea todo en todos (cf. Rom 8,29; Gal 2,20; 2 Cor 3,18; Col 3,10). La santidad es eso: seguir e imitar día a día al Bienaventurado, al “Santo y feliz Jesucristo”. Él mismo, cuando quiso mostrarnos su corazón y cuál es el mejor camino para imitarlo, nos dejó un retrato suyo en las Bienaventuranzas. 

Bienaventurados los pobres. A ejemplo de Jesús, que no tuvo donde reclinar la cabeza y no se reservó nada para sí, por darlo todo a los demás, el cristiano se despoja de sí mismo para no buscar otro interés que amar y servir en todo. Esta persona es humana por antonomasia y ha hallado la clave de la verdadera felicidad. 

Bienaventurados los mansos. Revestido de sentimientos de humildad y mansedumbre, a ejemplo de su Señor, manso y humilde de corazón, el cristiano no devuelve mal por mal, soporta a los demás con amor, y se muestra solícito en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. 

Bienaventurados los que lloran. También a ejemplo del Señor, varón de dolores, el cristiano vive llena de amor y actitud de ofrenda sus aflicciones y tristezas. Sabe que debe aún transitar por los caminos de la tristeza, pero nunca se siente solo (14,18) porque el Señor resucitado les hace compartir su gozo en medio de las lágrimas del mundo. 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Estos cristianos aspiran con pasión a encarnar en sus vidas la justicia de Dios, que es la santidad, cumbre del amor misericordioso, y colaboran en la gran tarea de establecer en la sociedad la equidad y la justicia, basadas en la fraternidad. 

Bienaventurados los misericordiosos. En ser misericordiosos como el Padre,  condensó Jesús la perfección humana y cristiana. Por eso, quien lo sigue, tiene como él entrañas de misericordia ante el hambre y la miseria de sus hermanos, sabe adoptar el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, y se muestra disponible ante quien se siente explotado y deprimido. 

Bienaventurados los limpios de corazón. Jesús tenía a Dios su Padre en el centro de su persona. Mirando su corazón, el cristiano se esfuerza por purificar sus afectos, su inteligencia y sus deseos, para no estar dividido por conflictos de lealtades, ni mezcla de intereses, para ser auténtico y veraz, no hipócrita ni inseguro. Puede así ver a Dios en todo y a todo en Dios.

Bienaventurados los que construyen paz. La paz verdadera que es fruto de la justicia y de la reconciliación; la paz que es tarea de quienes se hacen hermanos y crean fraternidad y por eso, en el Hijo, serán llamados también hijos de Dios. Estas personas fomentan la armonía en las relaciones de las personas consigo mismas, con la naturaleza y con Dios. Y hacen que la Iglesia sea el espacio de la unión y la concordia entre los pueblos. 

Bienaventurados los perseguidos. Valerosos pero no temerarios, asumen que le vendrán incomprensiones, ataques y aun persecuciones por vivir y defender el evangelio. Saben que su maestro venció al mundo (Jn 16,33) y que los enemigos pueden matar el cuerpo pero no pueden nada contra su alma (Mt 10,28s). La confianza en el Espíritu que los asistirá en las tribulaciones, los hace mirar con confianza el futuro. 

Así, mirando a su Hijo, pensó Dios al ser humano, a cada uno de nosotros, cuando nos fue formando del polvo de la tierra (Gen 2, 7; Sal 139,15).

En la fiesta de todos los santos agradecemos el vínculo profundo que une a los que todavía peregrinamos en la tierra y los que han entrado ya en la plenitud de la vida en Dios. Formamos con ellos una gran familia. Ellos, alcanzada ya la meta de nuestro caminar, velan por nosotros. Un día nos encontraremos. Sintamos ahora la ayuda y apoyo que nos brinda esa inmensa multitud de testigos de Cristo que nos rodea.