martes, 30 de noviembre de 2021

Llamamiento de los primeros discípulos (Mt 4, 18-22)

 P. Carlos Cardó SJ

Vocación de los apóstoles Pedro y Andrés, óleo sobre lienzo de Edouard Dantan (mediados del siglo XIX), Museo Municipal de los Avelinos, Saint-Cloud, Francia

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores.
Jesús les dijo: "Síganme y los haré pescadores de hombres".
Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también.
Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

En la liturgia de la fiesta del apóstol San Andrés, se lee el texto de Mateo sobre el llamamiento de los primeros discípulos, en el que se le menciona entre los primeros a los que Jesús llamó junto al lago de Galilea. Su nombre significa varón, hombre maduro, y era natural de Betsaida (Jn 1, 44), en la orilla norte del lago. Pescador de oficio, en sociedad con su hermano Pedro (Mt 4,18), fue primero discípulo de Juan Bautista y conoció por él a Jesús como “el Cordero de Dios” junto al Jordán (Jn 1, 35-40).  

Mateo habla del llamamiento de los primeros discípulos después del bautismo de Jesús y de las tentaciones en el desierto. Jesús da inicio a su actividad pública reuniendo un grupo de discípulos. Caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro, y Andrés… y les dijo: Vengan conmigo… Los llama cuando están en plena labor, echando la red, porque son pescadores, y les hace separarse del trabajo y de la vida familiar porque los quiere a tiempo completo para formarlos como pescadores de hombres, continuadores de su obra. La imagen de la pesca alude a la labor misionera, que habrán de realizar.

Y ellos, dejando inmediatamente sus redes, lo siguieron. Lo dejaron todo, sin duda por la fuerte atracción que produjo en ellos su persona y su llamada. El adverbio inmediatamente resalta la prontitud y radicalidad de la obediencia con que siguen la llamada del Señor: dejan las redes sin siquiera arrastrarlas a tierra. Idéntica respuesta dan Santiago y Juan, hijos de Zebedeo (v. 22).

A partir de ahí, Jesús pasó a ser lo más importante en sus vidas, el valor supremo frente al cual todo resulta relativo: redes, barca, familia. Aprenderán a orientar todo hacia el servicio de Dios y el bien de los prójimos, sin dejarse llevar por afectos desordenados que les impidan seguir a Jesús. La prontitud y radicalidad de la respuesta a la llamada de Jesús equivale en el evangelio de Mateo a la conversión, en términos de cambio de mente y actitudes, que exige el reino de Dios.

La teología que subyace al evangelio de Mateo es fuertemente eclesiológica. Por eso, el término «discípulo» hace referencia al miembro de la comunidad de la Iglesia, es decir, al cristiano que, por el bautismo, ha sido hecho discípulo y misionero. La tradición cristiana, además, ha considerado a la región de Galilea, en la que Jesús realizó la mayor parte de su actividad pública, como el lugar de origen de ella misma. Allí nació la Iglesia, en esa zona pobre de Palestina y en la persona de esos pescadores que se convirtieron en seguidores de Jesús de Nazaret. Y así sigue naciendo y creciendo la Iglesia. Todos, pues, podemos sentirnos llamados en la persona de esos pescadores. Jesús cuenta con nosotros hoy como contó con ellos para prolongar su misión en el mundo.

La vida cristiana es la respuesta a esta invitación. Como los primeros discípulos, seguir al Maestro puede ser también para nosotros vivir con él en comunión de vida, que nos irá transmitiendo una forma de ser, un mismo sentir y pensar. Sus palabras: Vengan conmigo, señalan que lo primero es la relación personal con él. Del estar con él brotará todo lo demás: ser pescadores de hombres.

No nos imaginemos cosas extraordinarias. Como los primeros discípulos, el cristiano escucha la llamada del Señor en su vida ordinaria, por profana que sea o por insignificante que pueda parecerle. Hagamos lo que hagamos, la palabra toca nuestro interior, haciendo salir la verdad más profunda, que marcará el sentido de nuestra vida. Vente conmigo.

lunes, 29 de noviembre de 2021

La fe del centurión romano (Mt 8, 5-1)

P. Carlos Cardó SJ

Cristo y el centurión, óleo sobre lienzo de Paolo Veronese (siglo XVI), Museo de Arte de Toledo, España

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: "Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho".
Él le contestó: "Voy a curarlo".

Pero el oficial le replicó: "Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: '¡Ve!', él va; al otro: '¡Ven!', y viene; a mi criado: '¡Haz esto!', y lo hace".
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: "Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos".

El protagonista del relato es un centurión romano de la guarnición de Cafarnaúm. En la versión de Lucas (7 1-10) y de Juan (4,43-54) es un funcionario del rey Herodes Antipas. En todo caso se trata de una persona importante que goza de buena posición social y económica, pero un criado suyo, al que aprecia mucho, ha contraído una extraña enfermedad que le ha dejado paralítico y le hace sufrir mucho.

Ha hecho lo posible por curarlo pero ha sido inútil. Recuerda entonces lo que se dice de Jesús en Cafarnaúm: que obra signos y prodigios en favor de los enfermos y de los que sufren. Piensa que Dios actúa en él y decide buscarlo. Pero advierte naturalmente que no es judío, más aún es un representante de las tropas romanas de ocupación. ¿Le querrá atender Jesús? El centurión depone toda actitud de superioridad, no puede exhibir nada a su favor, se siente desesperado. Tiene que expresar su ruego con humildad y poner toda su confianza en Jesús.

La fe ha actuado en él, en un extranjero, soldado del enemigo más odiado por la gente, y ha despertado en él tal confianza que antes de que Jesús se ponga en marcha para hacer lo que le pide, proclama sin vacilación: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano.

Jesús queda admirado de la actitud del centurión y lo propone a los judíos como modelo de fe: “Les aseguro que jamás he encontrado en Israel tanta fe”. Afirma así que todos, judíos y extranjeros, están llamados a experimentar el amor salvador de Dios. Como Abraham, que era un extranjero y, sin ver, creyó en la palabra de Dios y fue constituido padre de todos los creyentes, así también el centurión pagano, sin ver, cree en el poder divino de Jesús, y viene a ser modelo de la fe que hace extensiva a todas las familias de la tierra la bendición de Abraham.

Sea cual sea nuestra condición o el estado en que estemos, cabe siempre la certeza de que el Señor oirá nuestra petición. “Pidan y se les dará”. Y hay que dejar a Dios enteramente el curso de los acontecimientos. El verdadero creyente no necesita signos y prodigios para tener la certeza del amor del Señor; cree en su amor por la Palabra que refiere lo que Él ha hecho por nosotros, y eso le basta. La confianza es base de la fe y del amor. No exige demostraciones para verificar la credibilidad del otro. Cuando se exigen pruebas para poder creer en Él y serle fiel, simplemente se le ha dejado ya de amar.

Dios nos ha mostrado su amor en la entrega de su Hijo y Jesucristo atestigua  su credibilidad con la absoluta coherencia de su mensaje y de su conducta, y sobre todo con la entrega de su persona. “No hay mayor amor que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Homilía del I Domingo de Adviento - Ya se acerca su liberación (Lc 21, 25-28.34-36)

 P. Carlos Cardó SJ


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación.
Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.
Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre.

Hoy comienza el ADVIENTO, tiempo de preparación para la venida del Señor. Así como la cuaresma prepara la pascua de resurrección, el adviento prepara a vivir la encarnación del Hijo de Dios que se hace hombre para salvarnos.

La liturgia de este tiempo nos habla de tres venidas (advientos) de Dios: en la primera, ocurrida en el pasado, el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; en la segunda, intermedia y actual, Jesucristo viene a nosotros por su palabra y por la eucaristía, y nos hace entrar en comunión con Él; en la última, futura, vendrá con poder y majestad a establecer su reino, a hacer nuevas todas las cosas y llevar a plenitud su obra en el mundo. En las lecturas y oraciones de las liturgias de adviento, esas tres venidas de Dios se irán entrelazando.

El evangelio de hoy corresponde a la primera parte del llamado discurso apocalíptico de Jesús –según san Lucas– sobre el destino final de la historia. Jesús emplea imágenes semejantes a las de los últimos escritos del Antiguo Testamento, los llamados apocalípticos –concretamente el libro de Daniel–, que describían mediante símbolos la victoria final de Dios sobre las fuerzas del mal.

Apocalipsis no significa desastre sino revelación de algo desconocido. Jesús, empleando un lenguaje semejante, no revela cosas extrañas y ocultas, sino que desvela el sentido profundo de la realidad presente; sus palabras quitan de nuestros ojos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen, y nos hace ver en profundidad lo que Dios nos tiene preparado para después del final de este mundo. El lenguaje apocalíptico es vivo, emplea trazos fuertes, imágenes impactantes y chocantes. Pero comparadas con lo que vemos diariamente en la prensa y en los medios de comunicación –crisis, calamidades, tragedias– las descripciones bíblicas resultan en verdad discretas y mesuradas: señales en el cielo…, angustia de la gente…, los hombres se llenan de miedo al ver esas conmociones del universo…”.

Jesús nos hace ser conscientes de que el mundo en que vivimos no es definitivo. Pero al mismo tiempo nos hace ver que no vamos hacia el “acabose” sino hacia “el fin”, es decir, hacia la disolución del mundo viejo, que dará paso al nacimiento del mundo nuevo. Más aún, Jesús nos muestra la relación que hay entre la meta final y la historia que vivimos.

En esta realidad nuestra con sus contradicciones, y en la vida de cada uno, se desarrolla el misterio del reino de Dios que crece hasta lograr su plenitud. Nos quedamos muchas veces en la cuestión de “cuándo” va ser el fin del mundo y cuáles serán las señales para reconocerlo. Jesús no satisface esa curiosidad. Él más bien nos enseña que el mundo tiene su origen y su fin en Dios, y nos invita a vivir el presente orientados hacia Dios.

Desde esta perspectiva, Jesús confiere esperanza al tema del fin del mundo y, en general, a todos los momentos de dificultad y de crisis que puede vivir el cristiano. Nos dice: Levántense, alcen la cabeza; ya se acerca el tiempo de su liberación. Con ello quiere infundirnos la seguridad propia de la esperanza. Para el cristiano, el final de los tiempos corresponde a la dichosa venida de nuestro Salvador Jesucristo; no al día de la ira y de la venganza. Aguardar al Señor infunde aliento, consuelo y ánimo para vivir el presente con fidelidad al evangelio.

No hay nada, por tanto, más ajeno al pensamiento cristiano que el ansia y alarmismo sobre el fin del mundo. Muchas sectas suelen desarrollar sus campañas proselitistas empleando de manera inexacta y tendenciosa textos sobre el fin del mundo, con los que impresionan a la gente sencilla y la presionan para que pasen a formar parte de “los que se van a salvar”. Manipulan el sentimiento de temor a la muerte, que suele ser el vehículo de expresión de muchas frustraciones, inseguridades y carencias de la gente. Jesús, en cambio, liberándonos del miedo a la muerte, aleja de nosotros también el miedo al fin del mundo y nos hace vivir en la confianza y libertad de los hijos e hijas de Dios, cuyo amor, llevado en Jesús hasta el extremo, vence a la muerte.

Esto supuesto, no podemos dejar de decir, en fidelidad al mismo evangelio, que así como no debemos tener miedo al futuro, así tampoco podemos ser ingenuos y triunfalistas. Reconocer que este mundo en la forma que hoy tiene habrá de acabar, pues lo que ha tenido un inicio tendrá un fin, implica reconocer también que podrá acabar mal si los hombres no aceptamos el sentido y finalidad que debe tener.

Por eso, para que nuestro encuentro final con el Señor sea liberación plena, realización colmada de nuestras expectativas y anhelos, la condición es vivir ya aquí y ahora en actitud de vigilancia y atención. El texto de hoy nos lo dice de manera práctica: no se puede vivir torpemente, entregados a frivolidades y excesos; hay que “procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y preocupaciones de la vida”, concretamente, por el ansia del dinero.

Así, a quienes se preguntan ansiosos cuándo va a ser el fin del mundo, el evangelio les dice cómo deben esperarlo; a quienes piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo: sirve para encaminar nuestra historia actual, personal y social, hacia la verdadera esperanza que no defrauda.

sábado, 27 de noviembre de 2021

Fin del mundo (Lc 21, 34-36)

P. Carlos Cardó SJ

El eterno dilema de la humanidad: la elección entre la virtud y el vicio, óleo sobre tabla de Frans Francken (1633), Museo de Bellas Artes de Boston, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.
Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre". 

Se puede decir que, en cierto modo, Dios siempre está viniendo y que la vida humana es siempre peregrinación, éxodo, camino; y ambos, Dios y el ser humano, se encuentran en el tiempo, en la historia. Pero lo más sorprendente es comprobar, a la luz de la fe, que Dios por su encarnación no sólo se acerca a la humanidad, sino que “se hace carne de nuestra carne, tierra de nuestra tierra, historia de nuestra historia”.

Dios está siempre con nosotros, no abandona nunca este mundo por el cual su Hijo dio la vida. Al mismo tiempo, como meta de nuestro caminar nos aguarda al final de nuestro viaje en el tiempo. Cuando Jesús habló sobre el final del mundo y de la historia humana no reveló cosas extrañas y ocultas, sino que quiso quitarnos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen sobre los ojos, para que estemos atentos a la presencia de Dios y nos preparemos para el encuentro, sabiendo que la palabra última que Él dice sobre el mundo, no es una palabra de destrucción y de muerte sino de creación y vida nueva.

Marchamos, sí, hacia la disolución del mundo viejo pero, al mismo tiempo, al nacimiento del nuevo. Y hay una relación entre la meta y el camino que estamos llevando. Dios realiza su plan en la historia, no fuera de ella. En esta realidad nuestra con sus contradicciones y en la vida personal de cada uno, con sus caídas y sus esfuerzos, se desarrolla el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y el misterio del reino de Dios que crece sin que nos demos cuenta hasta alcanzar su plenitud. Jesús no quiere satisfacer nuestra curiosidad sobre el futuro, Él quiere enseñarnos que el mundo tiene su origen y su fin en el Padre, y quiere invitarnos a vivir el presente desde esta perspectiva, la única que da sentido a la vida.

Para que nuestro encuentro final con el Señor sea la liberación plena, la realización colmada y la felicidad perfecta que todos anhelamos, la condición es vivir en una actitud de vigilancia y atención. Jesús es claro y práctico en la advertencia que hace: hay que procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y por las preocupaciones de la vida, concretamente, por el dinero. En otras palabras, no esperamos adecuadamente la llegada del Hijo del Hombre si sólo buscamos el disfrute egoísta y acaparamos bienes materiales, sin tener en cuenta a los demás, sobre todo a los necesitados.

Así, pues, a los primeros cristianos que preguntaban ansiosos cuándo iba a venir el fin del mundo, el evangelio les decía cómo debían esperarlo; a los cristianos de hoy que piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo y cómo se debe esperar: procurando encaminar la historia actual hacia la verdadera esperanza, que no defrauda.