lunes, 7 de septiembre de 2026

El hombre de la mano paralizada (Lc 6, 6-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús con el hombre de la mano paralizada, mosaico bizantino de autor anónimo (siglo XII aprox.), Catedral de Monreale, Palermo, Italia

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: "Levántate y ponte ahí en medio".
Él se levantó y se quedó en pie.
Jesús les dijo: "Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?". Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: "Extiende el brazo".
Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido.
Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús. 

Otra curación en día sábado. Se insiste en el tema porque el culto del sábado (y en particular la observancia del precepto del descanso sabático) era central en la religión y espiritualidad judía. Hacía presente el tiempo de la creación, y el tiempo del encuentro de Dios con su pueblo, salvando, liberando; y del encuentro del pueblo con él, orando, meditando su palabra, dedicándose a la familia y a las obras buenas. Pero el respeto al sábado se había convertido en un mero precepto legal y, en vez de dar vida, lo usaban los fariseos y autoridades religiosas para oprimir a la gente. 

Otro elemento del relato es la sinagoga, la casa de oración. Después de la destrucción del templo de Jerusalén por los babilonios, la sinagoga pasó a ser el lugar ordinario del culto y también el centro de la vida religiosa y social de los pueblos y ciudades judías. En ella escuchaban y meditaban la ley, expresaban y consolidaban los vínculos de mutua pertenencia y se mantenía la unidad del pueblo. Pero en tiempos de Jesús, no todos recibían igual trato en las sinagogas, muchos eran excluidos, y la ley era interpretada de manera rigorista por los rabinos fariseos. Jesús congrega, convoca a todos, incluso a publicanos y pecadores; interpreta la ley y la enseñanza de los profetas como quien realiza y perfecciona lo que ellas contienen. 

Todo esto –el significado del sábado y de la sinagoga– gravita sobre el episodio que narra el evangelio: Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía atrofiada su mano derecha. Incapacitado de poder moverla, no puede obrar con libertad, es su mayor carencia. 

Los escribas y fariseos acechaban a Jesus para ver si curaba en sábado. No advierten ni reconocen que ellos, en vez de liberar y sanar, atan las manos de la gente, las oprimen y las incapacitan con la ley sin espíritu. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre de la mano atrofiada: Levántate y ponte en medio. El verbo levantarse es el que se emplea para describir la resurrección.  Aplicado al enfermo es como si le dijera: Levántate, vas a adquirir una vida nueva. Y ponte en medio, es decir, en el centro de la asamblea. El centro es el lugar en que deben estar los pobres en la nueva comunidad que Jesús funda; ellos han de ser el foco de la atención. Y la razón es que el pobre es el centro de la misericordia del Padre. Por eso, si uno se hace pequeño y pobre, cercano a los pobres de este mundo, siempre estará en el centro del interés de Dios. 

Si antes, en el pasaje de los discípulos que arrancaban espigas, Jesús declaró que las normas, incluso la del descanso sabático, que se consideraba como de origen divino, tienen que ceder ante las necesidades más perentorias, ahora hace ver que el precepto debe también ceder ante la obra de misericordia que va a realizar en ayuda de un pobre desvalido que, aunque no se encuentra en una situación desesperada, necesita que se le devuelva a su mano atrofiada toda su vitalidad. Y por tratarse de la mano derecha, que se emplea para el trabajo, se trata de devolverle al hombre su libertad de valerse por sus medios. 

La pregunta que hace Jesús a los que lo critican: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?, declara firmemente que la misericordia está por encima del cumplimiento literal de las normas y que se debe tener libertad de actuación cuando se trata de hacer el bien a la gente o de salvar una vida. 

Entonces Jesús, mirándolos a todos, dice Lucas –echándoles en torno una mirada de ira, dolido de la dureza de su corazón, dice Marcos (Mc 3,5) –, dijo al hombre de la mano atrofiada: Extiende la mano. El hombre lo hizo y su mano quedó curada. La palabra que lo cura, le devuelve la libertad. Y así, descrita de manera escueta, la curación da relieve a la declaración hecha por Jesús e ilustra claramente en qué consiste el ministerio del amor misericordioso, que ha de ser central en la vida de su Iglesia. 

El final de la narración es dramático porque se desencadena allí el clima de hostilidad contra Jesús, que irá creciendo a lo largo de su vida pública. Los fariseos y escribas, fuera de sí de rabia, discutían qué podían hacer contra Jesús.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario - La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

La mujer en el Pozo, óleo sobre lienzo de Carl Bloch (1876), Museo Nacional de Historia, Palacio de Frederiksborg, Hillerød, Dinamarca

Jesús dijo: «Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea. Si tampoco escucha a la iglesia, considéralo como un pagano o un publicano».
Yo les digo: «Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo».
Asimismo, yo les digo: «si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá. Pues donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». 

Somos conscientes de vivir en una época en la que se fomenta el individualismo. Una tendencia extendida lleva a subrayar más los derechos (del individuo) que los deberes (del ciudadano), y a resolver la tensión entre libertad y responsabilidad, apostando simplemente por “mi” libertad. Asimismo, la afirmación absoluta del individuo hace olvidar muchas veces a los otros, de tal modo que se llega a interpretar la tolerancia y el respeto al otro como no meterse con nadie, o como indiferencia y desinterés por la vida otro. Pero ya los primeros diálogos de Dios con el hombre en la Escritura nos plantean la pregunta: ¿Dónde está tu hermano Abel? No sé; ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Pero el otro es un “hermano”, de tu sangre, de tu casa. Eres responsable de él. 

Jesús hace conscientes a sus discípulos de un hecho que será inevitable: dentro de su comunidad habrá fricciones, ofensas, infidelidades y perjuicios. 

(*) La Iglesia es pueblo de Dios en marcha…, comunidad santa y pecadora, necesitada de continua purificación. A pesar de los pecados de sus miembros, el Espíritu del Señor está siempre en ella. Y por eso no renuncia al Evangelio como norma de vida y no puede tolerar que los errores y pecados se conviertan en normas habituales de conducta; eso sería su muerte. Además, por el hecho de pertenecer a la familia humana, a todos nos atañe una responsabilidad pública frente a las conductas que dañan a la comunidad. Era el deber que sentía el profeta: Si tú no hablas, poniendo en guardia al que ha hecho mal para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su suerte (Ez 33, 8). Naturalmente no se trata de erigirnos en jueces de los demás; en muchas otras ocasiones el mismo Jesús reprueba esta actitud. Se trata de ganar a tu hermano, restablecerlo, curar el cuerpo herido, y aspirar a un modelo social y eclesial de inclusión, no de exclusión de los indeseados. 

Por eso, en el cristianismo, la corrección del hermano que ha pecado o cometido un error es signo y expresión del amor. El otro es reconocido siempre como es, con sus limitaciones; no es juzgado si se equivoca, se le absuelve si es culpable, se le busca si anda por el mal camino y se le perdona si peca. 

Sin aceptación, no es posible la corrección. Siempre es imprescindible escuchar al otro. Sólo así podrá aceptar lo que se le diga, y no lo sentirá como una agresión. La corrección del hermano se hace sin violencia, no por venganza ni por rencor. Porque amas a tu hermano como a ti mismo, lo corriges para no cargarte de un pecado de omisión con respecto a él. Es un miembro enfermo, se siente dolor por él, se busca curarlo porque es parte del mismo cuerpo. Buscar al que está perdido es la expresión más alta de la misericordia. 

Así, desde el amor responsable se puede entender el procedimiento que el evangelio sugiere para recuperar al hermano:
- Primero se le habla en privado, con discreción y respeto, no en público como pedía la ley judía (Lev 19). Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
- Segundo, si el diálogo no surte efecto, se busca la ayuda de otro o de otros hermanos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
- Y si aun esta medida fracasa, se apela a la comunidad. La comunidad (ecclesia) es mediación y sacramento de Dios, a quien finalmente corresponde el juicio. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano
 

Queda claro entonces que Jesús nos invita no solamente a reconciliarnos con el hermano, sino a procurar llevarlo a conversión. Y esto exige siempre rectitud en el hablar para llamar mal a lo que está mal y bien a lo que está bien. La verdad es un servicio de caridad. Corregir el mal proceder de mi prójimo no significa excluirlo, no es tratarlo sin consideración ni dejar de comprenderlo. Jesús vino justamente a llamar y salvar lo que estaba perdido. 

El evangelio propone un modelo de comunidad en el que sus miembros se sienten corresponsables unos de otros. Sólo cuando existen relaciones personalizadas adquiere sentido la corrección fraterna. Sólo entonces es posible el acuerdo, que consolida la unión fraterna. Entonces ocurrirá lo que dijo Jesús: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo (Mt 18, 20).

sábado, 5 de septiembre de 2026

El Hijo del hombre es señor del sábado (Lc 6, 1-5)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en los campos de cereales, acuarela de Johannes Raphael Wehle (1900 aprox.), colección privada, Irlanda

Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos.
Entonces unos fariseos les dijeron: "¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?".
Jesús les respondió: "¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres? Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres".
Y añadió: "El Hijo del hombre también es dueño del sábado". 

El texto expone la contraposición de la ley y el Espíritu, la muerte y la vida, la opresión y la libertad. Nos invita a revisar nuestra vida, pero principalmente nuestra práctica de la fe, para procurar crecer en la libertad interior de la que da ejemplo Jesús, “el hombre libre”, a fin de ser conducidos por su Espíritu del amor y no por la obligación y simple sujeción a las normas. 

El relato es muy sencillo. Los discípulos de Jesús atraviesan un campo sembrado de trigo, arrancan espigas, las restriegan entre las manos y se comen los granos. Pero eso está prohibido en sábado. Para Jesús, en cambio, no significa nada porque él trae el tiempo nuevo de la misericordia y de la gracia, inaugura el sábado eterno de la comunión entre Dios y los hombres. Por eso ha dicho, a propósito del ayuno que sus discípulos no practican (Lc 5, 33ss), que ahora es el tiempo de la boda y no se puede ayunar mientras el novio está presente; ya llegará el día en que se les quitará al novio, entonces ayunarán. Jesús inaugura y lleva a culminación el tiempo mesiánico, tiempo del banquete de las bodas entre Dios y la humanidad. 

Los fariseos ven a los discípulos de Jesús arrancando las espigas y los critican: ¿Por qué hacen lo que no está permitido en sábado? Ellos son los “puros”, que conocen ley en sus mínimos detalles, pero no conocen a Dios. Oprimidos en la red de preceptos y prohibiciones en que sus rabinos han desmenuzado la ley de Moisés (¡39 obras prohibidas en sábado!), no imaginan cómo se puede amar y servir a Dios con libertad, no entienden que una religión reducida a normas y prohibiciones sacrifica la vida, el amor y la libertad; como dirá San Pablo: la ley se les convirtió en muerte porque la letra de la ley mata, mientras que el Espíritu da vida (2 Cor 3,5). 

Jesús responde a los fariseos con el estilo rabínico de argumentación a base de citas bíblicas (en este caso, 1 Sam 21, 2-7) para demostrar que él está por encima de la ley. Si David y su gente, cuando pasaron hambre, entraron en el templo y comieron los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, es claro que la necesidad vital está por encima de las leyes rituales. Al decir esto, Jesús se ponía por encima, no sólo del rey David, sino del legislador que había dado aquellas normas. Al afirmar luego rotundamente: El Hijo del hombre es señor del sábado, expresó una pretensión inaudita. En efecto, si algo es superior al sábado eso sólo es Dios; por consiguiente, si Jesús afirma su superioridad sobre el sábado y sobre la ley, reclama para sí el mismo nivel de autoridad de Dios. 

Esto lo reconoce el teólogo judío, Jacob Neuser (Un Rabino habla con Jesús), citado por Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret. «Ahora me doy cuenta de que lo que Jesús me exige, sólo me lo puede pedir Dios», dice Neuser, y lo explica: Jesús no fue simplemente un rabino reformador, que interpretó de un modo liberal las restricciones del sábado… Jesús se ve a sí mismo como la Torá, como la palabra de Dios en persona. Esto tiene su fundamento y justificación en la pretensión de Jesús de ser, junto con la comunidad de sus discípulos, el origen y centro de un nuevo Israel. El cambio de la estructura social, es decir, la transformación del «Israel eterno» en una nueva comunidad y la reivindicación de Jesús de ser Dios, están directamente relacionadas entre sí. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título para tratar la Torá como Él lo hace. Sólo en este caso puede reinterpretar el ordenamiento mosaico de los mandamientos de Dios de un modo tan radical, como sólo Dios mismo, el Legislador, puede hacerlo. 

Volviendo al texto de Lucas (o a sus paralelos de Mc 2, 23-28 y Mt 12,1-14), hay que reconocer que, implícitamente, se presenta a Jesús con los atributos de Mesías davídico, sacerdote, Dios con nosotros, Emmanuel. David es el rey santo que prefigura al Mesías-rey; Jesús es descendiente suyo, heredero de su trono, pero el que lleva a plenitud la profecía del reinado de Dios. Se menciona la casa de Dios, y Jesús dirá que su cuerpo es el nuevo templo, que no podrá ser destruido. Jesús es la morada de Dios entre nosotros, en su humanidad se encarna el Hijo eterno del Padre, habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9). David y su gente comieron los panes de la ofrenda, que no eran más que un recordatorio de la providencia con que Dios sostenía a su pueblo, y un tímido símbolo del verdadero pan de vida que Jesús dará con su cuerpo entregado y hecho comida de vida eterna. Los sacerdotes eran los que tenían acceso a la casa de Dios, pero con Jesús se abre para todos el acceso a Dios, como dice el autor de la carta a los Hebreos (9, 11-12): Cristo vino como el sumo sacerdote que nos consigue los nuevos dones de Dios, y entró en un santuario más noble y más perfecto, no hecho por hombres, es decir, que no es algo creado. Y no fue la sangre de chivos o de novillos la que le abrió el santuario, sino su propia sangre, cuando consiguió de una sola vez la liberación definitiva.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Lo nuevo y lo viejo (Lc 5, 33-39)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la casa del fariseo, óleo sobre lienzo de Pierre Subleyras (1737), Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos, Dresden, Alemania

Algunos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y rezan sus oraciones, y lo mismo hacen los discípulos de los fariseos, mientras que los tuyos comen y beben».

Jesús les respondió: «Ustedes no pueden obligar a los compañeros del novio a que ayunen mientras el novio está con ellos. Llegará el momento en que les será quitado el novio, y entonces ayunarán».
Jesús les propuso además esta comparación: «Nadie saca un pedazo de un vestido nuevo para remendar otro viejo. ¿Quién va a romper algo nuevo, para que después el pedazo tomado del nuevo no le venga bien al vestido viejo? Nadie echa tampoco vino nuevo en envases de cuero viejos; si lo hace, el vino nuevo hará reventar los envases, se derramará el vino y se perderán también los envases. Pongan el vino nuevo en envases nuevos. Y miren: el que esté acostumbrado al añejo, no querrá vino nuevo, sino que dirá: El añejo es el bueno».
 

Jesús se había sentado a la mesa de Mateo el publicano junto con otros pecadores públicos. Este gesto sugiere la idea de que los pecadores podrán tener un lugar en la mesa de los elegidos, lo cual molesta a los fariseos pues echa por tierra la imagen del dios discriminador que ellos transmiten. Ellos, junto con los sumos sacerdotes y doctores de la ley se han hecho los representantes de ese dios, atribuyéndose el poder de juzgar a la gente, y determinar quiénes tienen derecho a la salvación y quiénes no. Para enfrentar y desacreditarlo en público se valen de la cuestión del ayuno, poniendo como modelo el proceder del Bautista, distinto del de Jesús, y le dicen: Los discípulos de Juan ayunan con frecuencia… y del mismo modo los de los fariseos; en cambio tus discípulos comen y beben. 

Discretamente Jesús procura hacerles ver que con su presencia se abre la era mesiánica y se inicia la venida del reino de Dios. Si abrieran los ojos se darían cuenta de que se está viviendo ya el tiempo de la fiesta, en el que no tienen sentido las prácticas penitenciales, según lo anunciaron los profetas: El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado… para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta, su abatimiento en traje de gala (Is 61, 1.3). ¡Grita, ciudad de Sión, lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital! (Sof 3,14). 

Pero la inclusión de este pasaje de la vida de Jesús en el evangelio, tiene un contexto histórico concreto. Muchos cristianos provenientes del judaísmo mantenían viejas costumbres judías, como la del ayuno, que los cristianos venidos de la gentilidad no entendían. A ellos Lucas les explica el comportamiento cristiano y la novedad radical que trae consigo. Para ello incluye aquí dos parábolas de Jesús sobre el remiendo del vestido viejo y el vino nuevo en odres nuevos. Nadie pone en un vestido viejo un remiendo que se ha cortado de un vestido nuevo, porque estropeará el nuevo y al viejo no le caerá bien el remiendo del nuevo. Y nadie guarda vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo reventará los odres: se derramará el vino y los odres se perderán. El vino nuevo se guarda en odres nuevos. Y nadie, habituado a beber vino, quiere el nuevo; porque dice: el añejo es mejor. 

La advertencia de Jesús es clara: no sólo son inconciliables lo nuevo y lo viejo, sino que es peligroso intentar acomodar lo nuevo en lo viejo. El reino de Dios viene, y a la novedad de su anuncio corresponde responder con una actitud totalmente nueva. Es absurdo intentar acomodar a Jesús y su evangelio al tejido de la antigua ley y de sus prácticas religiosas. La respuesta nueva exige ruptura, liberación del pasado. No basta cambiar en lo exterior, sin llegar a lo profundo de las actitudes y motivaciones, que es lo que hay que cambiar para que la conversión a Cristo sea sincera y verdadera. Ante la novedad evangélica caen por tierra las seguridades del pasado. La fe, que se traduce en el amor, proyecta a la persona hacia el futuro como una criatura nueva.