jueves, 29 de octubre de 2026

ELEGIR EL ÚLTIMO LUGAR (Lc. 14, 1.7-11)


Elegir el último lugar

Lc 14, 1.7-11 

Las comidas, en especial los banquetes, suelen tener un carácter simbólico: son acontecimientos en los que se afirman valores o se establecen o refuerzan relaciones sociales. El comer no sólo sirve para alimentar el cuerpo. Una comida puede servir para iniciar o estrechar vínculos de amistad, establecer pactos y alianzas o celebrar acontecimientos importantes para la vida del grupo. 

En Palestina, las comidas estaban regidas por normas tradicionales, que Jesús no dudó en modificar para transmitir mejor el significado que el banquete tenía en la predicación de los profetas: el banquete simbolizaba el Reino de Dios. Por eso, en contra de lo establecido, él no dudaba en comer con publicanos y pecadores, para dar a entender que se debían superar las barreras y divisiones entre la gente y, sobre todo, hacer ver que Dios acogía en su Reino a los que, según las tradiciones judías, estaban excluidos de él.  Por eso las comidas de Jesús son tan importantes como sus curaciones de enfermos o el perdón que otorgaba a los pecadores. 

El pasaje que comentamos, unido al de la curación de un enfermo en sábado, muestra cómo los fariseos y maestros de la ley, al criticar esa actitud de Jesús, no hacían otra cosa que manifestar su afán de dominio de lo religioso para someter al pueblo. Manipulaban las normas sociales de los banquetes para ocupar ellos los primeros lugares. Jesús desenmascara esta hipocresía y propone en cambio la lógica del Reino: hay que hacerse pequeños para entrar en el Reino de Dios. Su lógica es humildad, hecha de sinceridad, verdad y deseo de servir. Así han de obrar los que lo siguen. 

No es fácil predicar hoy la humildad, en una sociedad que, tras el valor positivo de la búsqueda de superación personal, transmite imágenes falseadas del éxito, o del “triunfador”, como modelo de identificación. La humildad cristiana no frena la búsqueda del progreso personal y colectivo; lo que hace es librar a la persona de la mentira: la lleva a la aceptación de sí misma, a conocer sus limitaciones y debilidades, y la impulsa a obrar de acuerdo con ese conocimiento. Ser humilde no es sentirse inferior a los demás. “La humildad es andar en la verdad”, decía Santa Teresa. 

El soberbio, en cambio, se engaña al pretender ubicarse donde no le corresponde. Cédele el puesto a éste, puede decirle quien lo invitó y, avergonzado, tendrá que ir a ocupar el último lugar. Esta vergüenza anticipa la del creyente a quien el Juez le dirá: No te conozco. Anticipa también la vergüenza de los hijos del Israel cuando vean venir gentes de todas partes a ocupar su puesto de elegidos por Dios (13,25). Y recuerda la vergüenza de Adán que quiso ocupar el puesto de Dios y se halló desnudo (Gen 3). 

Dice Jesús: Más bien, cuando te inviten, acomódate en el último lugar. Vendrá el que te invitó y te dirá: Amigo, sube más arriba. Esta manera nueva de pensar la vemos reflejada en María. En su canto del Magnificat nos enseña a no sepultar los propios talentos, a reconocerlos con gratitud y a invertirlos de la manera más justa. A los humildes Dios los llena de su gloria, se refleja en ellos; a los soberbios los rechaza y derriba de sus tronos.

 

 

 


 

CURACIÓN DE UN HIDRÓPICO (Lc. 14, 1-6)

 


Curación de un hidrópico

Lc 14, 1-6 

Es el último sábado que pasará Jesús en Galilea, antes de ir a Jerusalén. Ahora ha aceptado la invitación que le ha hecho uno de los jefes de los fariseos. Sabe que en esa casa estarán los que buscan pretextos y ocasión para denunciarlo. Pero él no se niega a ir. Comer es vivir; comer en sábado es participar de la vida de Dios, según la espiritualidad judía del sabbat. Por eso no puede negarse, él ha venido a salvar lo que está perdido. Su misericordia le lleva a arriesgarse a sufrir ataques e incomprensiones. No quiere que ninguno se pierda. Y así, mientras los fariseos lo invitan para espiarlo, él va hacia ellos para moverlos a conversión y darles a conocer la vida que él ofrece y que ellos pueden tener. 

Jesús restituye al sábado, su verdadero contenido espiritual, que se ha perdido en Israel por culpa de los escribas y rabinos fariseos. El sabbat es el tiempo establecido para recordar el reposo de Dios después de su obra de vida. Por eso es tiempo santo para el encuentro con él, con el Dios que da la vida. Con Jesús se establece el verdadero sábado: quien está con él, está con Dios y se hace depositario de su obra salvadora. Al mismo tiempo, contra la mentalidad farisea que no ve en el sabbat más que una norma a cumplir, Jesús establece que el sábado y en general todas las leyes deben estar al servicio de la vida de las personas y no al revés. Frente a la vida y a las necesidades fundamentales de un ser humano, las leyes y las prescripciones religiosas pasan a un segundo lugar. 

Había allí frente a él un enfermo de hidropesía. La sed que padece este hombre es insaciable; más bebe, más se hincha y más sed tiene. Es figura del fariseo, que inútilmente intenta saciarse de un agua que no da vida y sólo consigue hincharse de orgullo y presunción. Jesús es el que trae el agua que da vida. 

La pregunta que Jesús hace a los expertos en la ley y a los fariseos, ¿Se puede sanar en sábado sí o no?, constituye el centro del relato. Sanar es lo que hace Jesús, el señor del sábado. Con su actitud y su obrar él devuelve al sabbat su verdadero sentido y finalidad, que es proteger la vida, la salud y libertad del hombre (Ex 20,11; Dt 5,15). Los escribas y fariseos representan a los sabios y prudentes que conocen la ley, pero no a Dios. Se quedan oprimidos en la red de preceptos y prohibiciones que ellos han tejido. 

Naturalmente, el gesto de Jesús aparece como provocador y escandaloso. Pero los allí presentes no dicen nada. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo sanó y lo despidió. 

Si los fariseos se convirtieran, el Señor les haría disfrutar de la salud que él ofrece, precisamente en el sábado, día en que se recuerda la liberación de la esclavitud. Para moverlos al cambio, apela al sentido común y les dice: Hipócritas, ¿quién de ustedes si su hijo o su buey cae en el pozo no lo saca inmediatamente, aunque sea sábado? – Lo que vale para salvar el propio interés, vale también en caso de emergencia para socorrer al prójimo necesitado. 

Desde la perspectiva del servicio a la vida se puede descubrir la voluntad de Dios. No se puede encasillar la voluntad salvadora de Dios en esquematismos rígidos.


martes, 27 de octubre de 2026

ELECCIÓN DE LOS DOCE (Lc. 6, 12-19)

 


Elección de los Doce

Lucas 6, 12-19 

Jesús se retiró a la montaña para orar. En la Biblia la montaña es uno de los lugares de manifestación de la presencia de Dios. Jesús solía orar en los montes (cf. Lc 9, 28). Al señalar Lucas: pasó la noche orando a Dios, resalta la trascendencia del acto que va a realizar. Jesús invoca a su Padre y pide su bendición sobre los hombres que va a elegir. Refiriéndose a ellos dirá en el evangelio de Juan: los hombres que tú me diste sacándolos del mundo; tuyos eran y tú me los diste (Jn 17,6). Y en los Hechos de los Apóstoles, leemos que Jesús los escogió guiado por el Espíritu Santo (Hch 1,2). La oración era la fuerza de Jesús; a través de ella conocía la voluntad de su Padre. Por eso, la oración debe ser el origen de toda acción y opción apostólica.

Al hacerse de día, reunió a sus discípulos y eligió entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles, es decir, “enviados”. Jesús quiere prolongarse en el mundo por medio de sus discípulos (de ayer y de hoy), pero entre ellos elige a doce para asignarles el rol de emisarios y representantes suyos por excelencia. Ellos forman el núcleo del nuevo de Israel, fundado sobre las doce tribus (cf. Lc 22,30). A ellos los hará los primeros responsables de la misión de anunciar en su nombre a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados (Lc 24, 47).

¿Quiénes son estos hombres? De la mayoría de ellos se sabe muy poco. Simón, el único a quien Jesús da un sobrenombre, Kefas, que significa “piedra”, y su hermano Andrés eran pescadores (Mc 1,16.29; 13,3), naturales de Betsaida (Jn 1,40-41.44). Santiago y Juan eran hijos de un tal Zebedeo, también pescadores y compañeros de Simón Pedro. A este Santiago se le conoce como “el Mayor”, para diferenciarlo de “Santiago el Menor” (Mc 15,40). Felipe era también de Betsaida (Jn 1,44) y Bartolomé, fuera de este episodio, es un personaje totalmente desconocido, que una tradición posterior del s. IX identificó con Natanael, pero sin fundamento. Mateo, que en su evangelio se llama a sí mismo Leví, era un publicano, que recaudaba los impuestos para los romanos. Tomás, era apodado “el mellizo” (Jn 11,16; 20,24), por su nombre arameo Te’oma’. Viene luego Santiago, hijo de Alfeo, que no es “Santiago, el Menor” (Mc 15,40), ni tiene nada que ver con “Santiago, hermano del Señor” (Gal 1,19; 1 Cor 15,6), que difícilmente era uno de los Doce. Simón, llamado el Zelota estuvo quizá vinculado al movimiento nacionalista de resistencia de “los zelotas”. Judas, hijo de Santiago (llamado “Tadeo” en Marcos 3,18 y Mateo 10,3), es también un personaje totalmente desconocido en el resto del Nuevo Testamento (excepto Hch 1,13), y no se le debe identificar con “Judas, hermano de Santiago”, a quien se atribuye la carta que lleva su nombre. Al final se menciona a Judas Iscariote, el traidor, cuyo nombre puede significar “hombre de Keriot”, aldea de Judea, o podría provenir de manera menos probable del latín sicarius (“sicario”, “matón”), como se designaba a los zelotas.

Son simples pescadores y artesanos de Galilea, comunes y corrientes. Lo que les une es la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el haber sido llamados por él. No hay entre ellos sabios rabinos, ni fariseos, ni saduceos de la casta sacerdotal. Ni siquiera son personas honorables o virtuosos cumplidores de la ley. Son muy diferentes entre sí y cada uno mantendrá hasta el final su carácter personal en una convivencia no siempre fácil. Mucho tendrá que trabajar Jesús para inculcarles su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio hasta la muerte. Pero estarán con él en todas las circunstancias de su vida, le verán rezar a su Padre del cielo, llorar por el amigo muerto, conmoverse ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su muerte. Y así su palabra irá calando profundamente en su interior. Por eso, más tarde, cuando ya no recuerden al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos, y aun cuando se encuentren en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podrán, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en este caso preciso. Tan identificados se sentirán con su persona y misión que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, dando como él su vida por la salvación de los hombres.

Al bajar Jesús del monte se forman tres círculos concéntricos en torno a él: el gentío que viene de todas partes para escucharlo y ser curados de sus enfermedades, los discípulos que han escuchado su palabra y lo han seguido, y los apóstoles, cerca de Jesús y asociados a su misión por una elección precisa e intencional. Todos juntos forman el único pueblo de hijos e hijas que ama el Señor.

El texto termina con la frase: Todos querían tocarlo porque salía de él una fuerza que los sanaba a todos. Mezclados entre aquella gente, también nosotros sentimos la necesidad de “tocar” y experimentar la fuerza de su palabra. Él es portador del Espíritu que da la vida, en él “tocamos” la cercanía máxima de Dios, fuente y dador de vida. 


JESÚS LEVANTADO EN LO ALTO (Jn. 3, 11-16)


Jesús levantado en lo alto

Juan 3, 11-16 

Todos queremos una vida segura, libre de sufrimientos, y con un final feliz, no una muerte funesta y sin sentido, que dé al suelo con nuestras esperanzas. Pero ¿quién nos puede asegurar eso? ¿Quién nos garantiza que la vida no se pierde sin más en un final nefasto e inesperado?

Los israelitas se plantearon estas preguntas fundamentales cuando se vieron atacados en el desierto por serpientes que los mordían, y muchos morían (Num 21, 4). Moisés levantó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre (Jn 3,14). Pero hay una enorme distancia entre la salud que obtenían los israelitas con la serpiente de bronce y la vida eterna que trae Jesús levantado en la cruz.

Así fueron los hechos. En un primero momento, los judíos se entusiasmaron con Jesús y le siguieron, pero después, por influjo de sus autoridades religiosas, lo rechazaron, le dieron la espalda, no acogieron su mensaje y opusieron contra él una hostilidad que fue creciendo hasta convertirse en una verdadera confabulación para acabar con él. Vieron en él una amenaza a su fe, un “blasfemo” que se hacía pasar por Dios y se oponía al culto y a la moral judía: al sábado, al templo, a sus tradiciones religiosas. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra él y que podía seguir la suerte de los profetas. Y así fue. Lo condenaron y le dieron muerte en una cruz.

Para una mirada no creyente, aquello no fue más que la ejecución de un pobre reo judío fracasado, sin importancia alguna para la historia, pues millones de muertes como la suya se han sucedido en la historia. Pero el evangelio nos hace ver otra cosa: el crucificado no es un pobre judío fracasado que muere solo en un patíbulo horrendo. Con él está Dios y en él se revela. La pasión y muerte de Jesús ponen de manifiesto la relación que hay entre él y Dios. Es Dios quien lo ha enviado por amor a la humanidad (Jn 3, 16). El sentido de su muerte es que Dios “entrega” a su Hijo en manos de los pecadores (Mc 14,41; 10,33.45), y Jesús por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y da libremente su vida para revelar con ello hasta dónde son capaces de llegar el amor de su Padre y el suyo propio para que ninguno se pierda.

Jesús habló repetidas veces de su muerte. En la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 23-46), se ve que Jesús preveía que le iban a matar y que se podía esperar, según la mentalidad de los judíos refrendada en muchos escritos del Antiguo Testamento, que quienes le darían muerte recibirían un severo castigo. Pero lo que después va a manifestar en su pasión es que el Dios que entrega a su Hijo para salvar al mundo es un Dios de infinita misericordia. Y que él, el Hijo libremente entregado, morirá perdonando para vencer al mal con la abundancia del bien que brota de su amor. A quien lo acoge, ese amor le trae la misericordia y el perdón, le restablece su unión con Dios en virtud de su sangre derramada en la cruz. Mirar la cruz de Jesús crucificado es mirar la expresión suprema del amor que salva. San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros” (Rom 5,6-8).

Por eso los cristianos veneramos la cruz, porque ella nos hace ver que Dios quiere salvar a todos, sin excluir a nadie. Así, quien en su angustia o abandono fija sus ojos en la cruz del Señor, sentirá que Dios comparte su dolor y abre para él, en su mismo dolor, la esperanza de una vida nueva.