miércoles, 4 de noviembre de 2026

MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE (Lc. 15, 1-10)


Misericordiosos como el Padre

Lc 15, 1-10 

El cap. 15 de Lucas contiene las parábolas de la misericordia, o parábolas de “lo perdido”. Las tres parábolas: la oveja perdida (vv. 4-7), la moneda extraviada (8-10) y el hijo pródigo (11-32), son tan características de la figura de Jesús, tal como la ofrece Lucas, que algunos llaman a esta parte de su narración «el corazón del tercer Evangelio», que es «el Evangelio de los marginados», porque muestra la misericordia de Dios para con los que sufren rechazo, exclusión e incluso condena, por parte de sus semejantes. 

El tono de estas parábolas es de confrontación. Jesús emplea las tres parábolas para justificar y convalidar su comportamiento frente a las críticas que le hacen y, sobre todo, para transmitir la imagen de un Dios que, por ser padre, no quiere que ninguno de sus hijos se pierda y muestra una predilección especial por el perdido. Dios es así, viene a decir Jesús, y por eso yo hago bien en actuar como actúo. «El Hijo del hombre ha venido buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). 

El símbolo del Buen Pastor nos lleva a lo que es más nuclear en la persona de Jesús: su amor por los demás. Jesús supo amar de verdad y siempre. El amor no fue en él una actitud coyuntural, sino permanente. Reveló en sus gestos y modo de relacionarse con los demás, el mismo amor con el que Dios-Padre ama a todos los hombres y mujeres del mundo. La parábola nos llama a hacer nuestros los sentimientos de su corazón y a obrar con su mismo amor. 

La parábola de la mujer que ha perdido una moneda y se pone a buscarla con esmero hasta encontrarla, reproduce la misma enseñanza: Así es Dios; se esmera por encontrar a los perdidos, pues le pertenecen, y se alegra de recobrarlos. La defensa de Jesús es clara: si la mayor alegría de Dios consiste en acoger al pecador y hacerle sentir su perdón, por eso hago bien yo en buscar a los que necesitan ayuda, comprensión, misericordia. 

En ambas parábolas se subraya el verbo convocar para celebrar y hacer fiesta: El pastor reúne a sus amigos, la mujer a sus amigas y vecinos. Resalta la alegría que sienten por haber encontrado lo que estaba perdido. La alegría del cielo. 

Las parábolas de la misericordia ejemplifican el mandato de Jesús: Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso (Lc 6, 36). Asimismo, son una llamada a hacer lo mismo que hizo Jesús, ser compasivo y misericordioso. Leídas en perspectiva eclesial, recuerdan a la comunidad de los discípulos que tiene el deber de hacer visible el estilo de Dios como Jesús lo manifestó y puso en práctica. Todos, por tanto, han de sentirse pecadores buscados y tocados por la misericordia del Padre y, por ello mismo, deben estar atentos a los de fuera, a los que se han ido y pueden perderse. 

Es lo que el Papa Francisco no pierde ocasión para advertir: que la Iglesia no puede estar cerrada en sí misma, preocupada únicamente de su propia autoconservación, sino que ha de estar siempre “en salida”, mantener el espíritu de la misión, dar prioridad a curar heridas y sanar corazones, porque “la enfermedad típica de la Iglesia es mirarse a sí misma”.


 

sábado, 31 de octubre de 2026

EXIGENCIAS DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS (Lc. 14, 25-33)


Exigencias del seguimiento de Jesús

Lc 14, 25-33

Seguir a Jesús es mucho más que admirarlo. La gente tiene ídolos: artistas, cantantes, futbolistas…, admira también a uno que otro personaje del mundo de la cultura, de la política o del arte, y a quienes entregan su vida por una causa noble. Pero son muy raros los que, por admirar a alguien, cambian su propia vida. Jesús no quiere admiradores, quiere seguidores que lo imiten. Ven y sígueme, dice. Ejemplo les ha dado para que me imiten… 

Por eso no duda en dejar sentadas dos condiciones básicas para ser sus seguidores: la primera consiste en preferirlo a él por encima de todo, incluso por encima de aquellos con quienes estamos ligados con vínculos profundísimos. Dice al respecto: Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a posponer a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Jesús es claro, habla de “post-poner”; no dice reprimir, ni sofocar, ni ignorar los afectos, sino situarlos detrás, para vivirlos en él y orientados a él. Lo más hermoso que una persona puede hacer es cultivar sus afectos para amar en verdad, con ternura, atención y dedicación, sobre todo a la familia, y por eso hay un mandamiento de la ley de Dios que nos lo recuerda. Pero, aun así, hay que preferir a Dios por encima de los seres queridos, que no pueden convertirse en un obstáculo para el cumplimiento de su voluntad. 

La segunda condición que Jesús plantea al discípulo es la disponibilidad para cargar la cruz detrás de él. Cargar con su cruz no significa añadir un peso más a las dificultades que trae la vida, ni puede interpretarse como provocarse y arrastrar dolores y pesares, sino asumir con coraje un estilo de vida coherente con los valores del evangelio y del reino de Dios, lo cual muchas veces puede llevarnos a obrar contra las propias tendencias opuestas y a aceptar las consecuencias de sacrificio y renuncia que eso nos puede traer. Y todo ello en virtud de una motivación íntima muy personal, en nada abstracta o meramente moral o ascética: la de querer seguir e imitar de alguna manera a nuestro Señor Jesucristo, autor y perfeccionador de la fe, el cual, por la alegría que esperaba, soportó sin acobardarse la cruz, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios (Hebr 12, 2). 

Por la alegría que esperaba, Jesús soportó la cruz sin acobardarse. No se trata, por tanto, de ensombrecerse la vida. Quien se determina a seguir a Jesús, comprobará que la vida no se le torna triste y sombría después de tanta renuncia y sacrificio, sino que su amor a Jesús y a su causa le permite experimentar el sentido y plenitud que la vida adquiere cuando está centrada en Dios. Sólo así uno percibe que Dios no rivaliza con nosotros ni nos hurta nada de lo que necesitamos para ser felices; él sólo se opone a lo que nos daña o deshumaniza, nos da lo que necesitamos y no se deja ganar en generosidad. Cuando uno se confía al amor del Señor y se determina a seguirlo como el valor supremo de su vida, comprueba que ese amor no le quita nada, sino que lo engrandece, lo hace desarrollarse y crecer hasta alcanzar aquella plenitud de realización que sólo en Dios se puede encontrar. Cristo ama nuestra vida y nos enseña a vivirla. 

Las dos comparaciones que siguen a continuación, del constructor de la torre y del rey que sale a combatir, sirven para comprender que la determinación de seguir así a Jesús no puede ser fruto de un mero sentimiento o entusiasmo voluntarista y presuntuoso, sino una opción de vida tomada con plena conciencia, reflexión y responsabilidad. Quien quiere emprender algo grande, antes examina si cuenta con los recursos suficientes para llevarlo a cabo. La gran empresa aquí consiste en seguir a Jesús. En ella, la persona se juega el logro de su vida. Por eso Jesús no busca a irreflexivos, sino a personas que saben a qué se comprometen. 

La consecuencia con que acaba Jesús su exhortación no puede ser más tajante –su traducción exacta sería ésta: Así, pues, aquel de ustedes que no pone aparte todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo. El auténtico discípulo sabe que sólo dejando de lado los bienes de la tierra, por grandes y atractivos que sean, podrá vivir la existencia plena que sólo Dios le puede dar. 


 

BENDITO SEAS PADRE (Mt. 25-27)


Bendito seas Padre

Mateo 11, 25-27 

Este trozo del evangelio de San Mateo es uno de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. Consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte, que debe ser interpretada unida a la anterior, se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30). 

En la primera parte, versículos 25 al 27, tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo. 

La palabra Abbá dirigida a Dios es central en la fe cristiana. Dios es para nosotros ternura de máxima intimidad, sin dejar por ello de ser al mismo tiempo el Dios altísimo, Señor del cielo y de la tierra. Dios es más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, padre y madre. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se ha revelado ya y todo aquel que, con corazón humilde, pobre y sencillo lo acoge, alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios. 

A propósito de este texto han dicho algunos comentaristas que se trata de un dicho de Jesús que más parece propio del evangelio de Juan, aunque no se explican cómo ha podido venir a los Sinópticos. Pero hay en estos evangelios otros dos textos parecidos: el relato del bautismo y el de la transfiguración. En ambos aparece Jesús como el hijo amado (Mt 3,17 y 17,5) que ha venido al mundo como revelador de Dios, su Padre, y se le debe escuchar. De todas maneras no cabe duda de que el texto testimonia la conciencia excepcional que tenía Jesús de su unión con Dios, y que le hacía capaz de hablar en estos términos. El texto nos hace conocer más a Jesús y al Dios que él nos ha dado a conocer: un padre cercano y lleno de amor. 


 

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS (Mc. 15, 33-39; 16, 1-6)


Muerte y resurrección de Jesús

Mc 15, 33-39; 16, 1-6

En el Día de la Conmemoración de los difuntos, la liturgia propone este texto de Marcos sobre la muerte y resurrección de Jesús. El cristiano ve la muerte de sus seres queridos y, en general, toda muerte, a la luz de la pascua del Señor que quiso asumir nuestra condición de seres mortales, para asegurarnos un destino eterno por medio de su resurrección. Se hizo semejante a nosotros hasta en la muerte para que estemos unidos a él también “en la semejanza de su resurrección”, como dice San Pablo. Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; ya la muerte no tiene dominio sobre él (Rom 6, 8-9).

En el relato de la pasión según San Marcos, la muerte del Señor corresponde a la hora de la máxima revelación de Dios, que supera todas las precedentes. Un nuevo rostro de Dios se revela en el Crucificado, de quien el capitán pagano confiesa: Verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios. El Dios que está con nosotros es el Dios que no nos abandona nunca, ni siquiera en el trance supremo de la muerte, trance que cada cual experimenta en la más completa soledad. En su hijo Jesús clavado en cruz, Dios quiso compartir con nosotros esa experiencia tan característica de nuestra existencia. 

Abandonado por todos, Jesús llega en la cruz a sentirse abandonado por Dios hasta el punto de gritar su soledad a quien sabe, por la confianza que mantiene en él, que no abandonará a su hijo. Esta convicción de que Dios no se aleja del afligido que clama a él, la expresó Jesús de manera dramática antes de morir, con las palabras del salmo 22. San Juan de la Cruz comenta: “Al punto de la muerte, quedó (el Señor) también aniquilado en el alma, sin consuelo y alivio ninguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad según la parte inferior. Por lo cual fue necesitado de clamar diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir el género humano por gracia con Dios” (Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 7, n.11).

Asimismo, la carta a los Hebreos habla de la solidaridad de Jesús con nosotros, que le lleva a experimentar en su propia persona la soledad, el desaliento, el sufrimiento y el miedo que la muerte produce, para así convertirse en salvador de todos, glorificado y proclamado pontífice, puente de unión de la humanidad con Dios. En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión (Hebr 5, 7). En la cruz de su Hijo, Dios se coloca para siempre a nuestro lado, haciendo de nuestra muerte –como lo hizo con la de su Hijo– la puerta de entrada a nuestra glorificación. Esta revelación hace nacer en nosotros una absoluta confianza. En su Hijo, Dios ha vivido y conoce la raíz de nuestros sufrimientos, de nuestros fracasos y de nuestra muerte. Por eso ofrece en cada momento y a cada persona el don oportuno para convertir la oscuridad de la muerte en aurora de vida. En una muerte tan solidaria como la de Jesús, Dios su Padre se revela como el amor crucificado que estará presente en nuestra muerte, compartiéndola y llenándola de esperanza de una vida nueva.

El final del camino de Jesús, y de nuestro camino, no es la cruz, sino su resurrección de la muerte. A partir de este momento Jesús vive junto a Dios. La piedra del sepulcro ha sido retirada, se ha quebrado el poder de la muerte. El mensaje del ángel constituye la culminación del relato que hace Marcos, la cúspide también de su evangelio y el objeto central de la fe y esperanza del cristiano: Buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. El horizonte humano se ha abierto definitivamente: allí donde se estrella la sabiduría humana, donde caen por tierra las esperanzas y el lamento no halla salida alguna, allí, en el morir, se halla la presencia del amor salvador de Dios.

A la proclamación sigue la tarea: los discípulos reciben la misión de propagar la buena noticia. Vayan, pues, a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va camino de Galilea, allí lo verán, tal como les dijo.