sábado, 13 de junio de 2026

El Niño Jesús en el templo (Lc 2, 41-51)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús en el templo, óleo sobre lienzo de Heinrich Hoffman (1881), Museo de Arte de la Universidad Brigham Young, Utah, Estados Unidos

Por las fiestas de Pascua iban sus padres todos los años a Jerusalén. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según costumbre. Al terminar ésta, mientras ellos se volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en la caravana, hicieron un día de camino y se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos. Al no encontrarlo, regresaron a buscarlo a Jerusalén. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban atónitos ante su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo, se quedaron desconcertados, y su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Él replicó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en la casa de mi Padre?”. Ellos no entendieron lo que les dijo. Regresó con ellos, fue a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres. 

Este pasaje rompe el silencio de la vida oculta de Jesús en Nazaret y relata un acontecimiento relevante en el desvelamiento progresivo de la identidad de Jesús. Nos dice el evangelio de Lucas que los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua y que llevaron también al Niño cuando cumplió doce. Terminada la fiesta, se quedó en Jerusalén sin saberlo sus padres. Al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca. Lo buscaron tres días. Sólo podían imaginar que estaría con los parientes y conocidos. Angustia, impotencia de quien no encuentra al ser querido, a la persona que uno no puede dejar de buscar. Evoca esta angustia a la que sentirán las mujeres en el sepulcro al no hallar entre los muertos al que está vivo. 

Después de tres días. Lo hallaron en el templo. Es decir, en el lugar donde la gloria de Dios se manifestaba. Está allí, en lo suyo, sentado y enseñando con autoridad la Palabra de Dios a los maestros de la Palabra. Como su padre y su madre que lo buscan tres días en vano, los apóstoles y las santas mujeres tendrán que esperar al tercer día para comprobar que la Palabra de Dios se ha cumplido en el Crucificado. Y a nosotros también, que lo buscamos sin saber cómo, el texto nos da la respuesta. 

La pregunta de Jesús a sus padres: ¿Por qué me buscaban? No sabían que…, más que un reproche, hay que entenderla como una invitación que les hace a procurar comprender, con la confianza propia de la fe, no con angustia, los planes que Dios tiene. Y Jesús les recuerda que Dios es su Padre. Es la primera vez que designa a Dios como su Padre. “Abbá” es en el evangelio de Lucas la primera y última palabra de Jesús. La más reveladora de su propia identidad y de la nuestra, pues es el Hijo amado del Padre,  en quien y por quien somos también nosotros hijos e hijas de Dios. 

Este Hijo debe estar en las cosas de su Padre, ocuparse de ellas pues para esto ha venido al mundo: para escuchar y cumplir lo que el Padre le diga. Y ese será su alimento, hacer su voluntad. 

María y José no comprendieron lo que les decía, lo comprenderán más tarde. Y para ello, María, la creyente, la que oye y acoge la Palabra, conservará todas estas cosas meditándolas en su corazón. Después de haber llevado al Hijo en su seno, lo lleva ahora en su corazón. Ella nos enseña a meditar las palabras de su Hijo, todas, las que nos consuelan y alegran y las que nos exigen y nos cuesta comprender. Como ella, tampoco nosotros comprendemos de inmediato el misterio de los tres días de Jesús con el Padre. Como ella, conservamos en el corazón las palabras, las aprendemos de memoria, aunque su comprensión exacta todavía se nos escape. El recuerdo constante de la Palabra ilumina el corazón y nos hace alcanzar la madurez del hombre perfecto, la estatura plena de Cristo (Ef 4,13).

viernes, 12 de junio de 2026

¡Vengan a mí los cansados y agobiados! (Mt, 11, 28-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Huérfanos, óleo sobre lienzo de Thomas Kennington (1885) Museo Tate (Galería Nacional de Arte Británico y Arte Moderno), Londres, Inglaterra

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

jueves, 11 de junio de 2026

Proclamación del reino cercano (Mt 10, 7-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Pedro y san Juan curan a un cojo, óleo sobre lienzo de Nicolas Poussin (1655), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

Jesús les dijo: “A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca! Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios. Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar. No lleven oro, plata o monedas en el cinturón. Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto; no lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento. En todo pueblo o aldea en que entren, busquen alguna persona que valga, y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en la casa, deséenle la paz. Si esta familia la merece, recibirá vuestra paz; y si no la merece, la bendición volverá a ustedes. Y si en algún lugar no los reciben ni escuchan sus palabras, salgan de esa familia o de esa ciudad, sacudiendo el polvo de los pies. Yo les aseguro que esa ciudad, en el día del juicio, será tratada con mayor rigor que Sodoma y Gomorra”. 

Jesús quiere continuar su obra por medio de sus apóstoles y discípulos, a quienes elige y envía en misión. Queda claro que no son ellos los que eligen, ni son elegidos por sus méritos propios. La Iglesia, en ellos representada, sólo existe para cumplir la misión de Jesucristo con toda fidelidad. 

Aparece al comienzo del texto un dicho de Jesús acerca de la preferencia de los miembros del pueblo de Israel como primeros destinatarios del mensaje evangélico. Esta preferencia corresponde a la primera percepción que tuvo Jesús de su misión como centrada en Israel, y que le hizo decir: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15, 24). Y así fue hasta que la negativa del pueblo judío a seguirlo y la hostilidad que sus jefes desarrollaron contra él le llevaría a ampliar su perspectiva hasta el mundo de los paganos y dar alcance universal a su anuncio de la salvación: Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Son las dos fases sucesivas que tuvo su actividad pública y la de la primitiva comunidad cristiana: primero la llamada al pueblo de Israel y después la apertura al mundo pagano, entendida por la primera comunidad como voluntad expresa del Señor resucitado. Jesucristo es, pues, el Mesías esperado de Israel y es el salvador y señor del mundo. 

Las instrucciones que Jesús da sus enviados tienen que ver con lo que deben decir y hacer. Deben proclamar no una ideología, ni simplemente una doctrina o una moral sino la buena noticia de que el amor de Dios se ha revelado y se ofrece como salvación para todos. Han de anunciar la cercanía del reinado de Dios con su amor y justicia. Las obras que acompañarán el anuncio deben hacer ver que se ha iniciado ya la era mesiánica, el tiempo del encuentro de la humanidad con Dios en un mundo transformado por la fraternidad, la paz y la justicia. 

Sanar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios son las mismas acciones que Jesús realizaba, a través de las cuales se podía advertir que el reinado de Dios ya había venido con él. Asimismo, la palabra que él dirigía al pueblo, la seguirán proclamando sus discípulos y será como semilla sembrada en la historia, que brotará y crecerá hasta alcanzar su plenitud en el reino de libertad y de vida. 

Den gratis lo que gratis recibieron, les manda Jesús a sus enviados. La gratuidad es expresión y condición de la libertad. Por eso la tarea evangelizadora se ha de realizar gratuitamente. Aparece así más clara la acción de lo alto. La pobreza hace creíble el mensaje. La búsqueda de lucro, en cambio, puede hacer que el dinero se convierta en el móvil principal del evangelizador y puede pervertir el mensaje. El evangelio promueve relaciones de gracia, amor y servicio, en vez de relaciones basadas en interés y compraventa. La seguridad del apóstol estará en el mensaje de que es portador y en la promesa de su Señor: Yo estaré con ustedes (Mt 28, 20). Obrando así, experimentarán que hay más felicidad en el dar que en el recibir (Hech 20, 35). 

Las otras recomendaciones (no lleven oro ni dinero, ni morral, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón) apuntan a la disponibilidad total que deben mostrar los enviados y a la libertad que han de tener frente a toda atadura o dependencia o todo interés material, para que toda su seguridad radique en la misión misma. Así, libres de todo, vivirán de la hospitalidad que la gente buena les brinde y ellos, por su parte, aportarán a quienes los reciban la paz, el Shalom de los hebreos, que es la paz propia de la era mesiánica, el conjunto de los bienes de la promesa. Pero a quienes rechacen el mensaje del evangelio, no podrán hacer otra cosa que advertirles –con el gesto de sacudirse el polvo de sus pies– que pueden tener un final catastrófico, es decir, echar a perder su vida. Se entra al Israel de Dios acogiendo el don de lo alto, o se queda fuera de la promesa. No acoger el don de Dios es quedar privado de vida. Con ese gesto profético ponen de manifiesto la separación que se ha producido. 

En síntesis: Jesús llama y envía. Tiene necesidad de colaboradores para dar continuidad a su misión de anunciar e instaurar el reino de Dios. Los enviados por él serán delegados suyos que transmitirán sus enseñanzas y realizarán sus mismas obras buenas, pero sobre todo tendrán que procurar vivir como él vivió.

miércoles, 10 de junio de 2026

Una justicia superior (Mt 5, 17-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús curando a los enfermos, óleo sobre lienzo de Denys Calvaert (Il Flamingo), (Siglo XVI), Museo del Louvre, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. 

Jesús no pretende abolir la ley mosaica, con cuyo cumplimiento los judíos demostraban su fidelidad al amor preferencial con que Dios había hecho de Israel su pueblo escogido. Lo que pretendía era llevarla a plenitud. Con el ejemplo de su vida y con su enseñanza, Jesús orientaba a sus oyentes hacía una observancia más sincera de las normas morales, liberándolos de la actitud farisaica, que se fijaba en lo secundario y exterior y dejaba de lado lo importante y lo que nace del corazón de las personas. En este sentido, volvía más radical la ley con las exigencias propias del amor, que no oprimen sino liberan a la persona para que dé lo mejor de sí. Las palabras dar cumplimiento del versículo 17 significan darle su forma nueva y definitiva en la perspectiva del espíritu del evangelio. Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor. Vieron, asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee autoridad por sí misma, sino por Jesús. La ley es guía –preceptor o pedagogo– hacia Cristo (Gal 3,24), quien, por medio de su Espíritu infundido en nuestros corazones, nos impulsa a la justicia mayor del amor. 

Los rabinos fariseos y los doctores de la ley habían inculcado en la gente la idea de que el cumplimiento de la ley mediante la práctica de las buenas obras hacía justa a la persona humana y le aseguraba la salvación. Sobre esta interpretación habían construido una moral rigorista, hecha de casuística sobre lo lícito y lo ilícito, lo puro y lo impuro, determinado por el cumplimiento o incumplimiento de los 350 preceptos en que habían desmenuzado la ley de Moisés. Todo se volvía imprescindible para poder tener la seguridad de la salvación, hasta las tareas domésticas más ordinarias como lavar jarros y platos. Jesús echa por tierra esta moral y propone otra que brota de convicciones profundas, sobre la base de una relación amorosa y confiada con el Padre. Esta nueva moral orienta a la persona y le ayuda a discernir en todo la voluntad de Dios, que se expresa en sus preceptos –que ningún principio de moralidad, por “perfecto” que sea puede eludir–, pero que abre el horizonte de la generosidad propia del amor, materia del único y principal mandamiento que él nos dejó. Obrando así, la práctica de la fe, que se define como seguimiento de Cristo, no lleva a sentirse agobiado y cansado por el peso de la ley, sino libre –como dice Pablo– para discernir en todo momento cuál es lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto que se ha de buscar (Rom 12, 2). 

El ejemplo de Jesús ilumina. Cumple la ley, como judío fiel que es y por su adhesión a la voluntad de su Padre, pero no duda en mostrarse libre frente a la materialidad de la ley para dar paso a las exigencias del amor: como en el caso de los enfermos que cura en día sábado, infringiendo a los ojos de los fariseos y escribas el precepto del descanso sabático, o cuando libera a sus discípulos de las exigencias tradicionales de las purificaciones y de los ayunos. 

En los versículos siguientes de este capítulo 5 de Mateo se verá a Jesús atribuyéndose una autoridad que sólo de Dios le podía venir: la de modificar el núcleo mismo de la ley, los diez mandamientos, para superar el literalismo legal y enseñar a sus discípulos una justicia más elevada, que brota del interior de la persona y se manifiesta más en una actitud y un estilo de vida, que en un cumplimiento mecánico de normas. Cuando Jesús dice: ¡No piensen que yo he venido a echar abajo la ley y los profetas! No he venido a echar abajo sino a dar cumplimiento, no propone un incremento cuantitativo de los preceptos de la Torá, sino una intensificación cualitativa –en términos de amor– que configura un estilo de vida ante Dios y el prójimo.