lunes, 13 de julio de 2026

Seguimiento radical de Jesús (Mt 10, 34- 11, 1)

 P. Carlos Cardó SJ

Rostro de Cristo, óleo sobre lienzo de Quinten Massys (1529), colección privada, pintura subastada en Shoteby’s

Jesús dijo: "No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra. Cada cual verá a sus familiares volverse enemigos. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará. El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. El que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. Asimismo, el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo".
Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para predicar y enseñar en las ciudades judías. 

Continúan las instrucciones que dio Jesús a sus apóstoles al enviarlos a predicar. Son condiciones muy duras, que no dejan lugar a la mediocridad. La adhesión a su persona ha de ser definitiva y total. 

La primera es una declaración que hace Jesús de su propia misión. Ha venido al mundo como signo de contradicción: ante él la gente se siente llamada a tomar posición por o contra él. Sus enseñanzas unen y dividen. La paz que él trae no es a cualquier precio. Es una paz que enfrenta todas las formas del mal, pero con el arma de su Palabra, que como espada de doble filo penetra y deja al descubierto los pensamientos y las intenciones del corazón, lo que es vida y lo que es muerte (cf Hebr 4,12). 

Viene luego una alusión al Profeta Miqueas (7,6) que refuerza la idea de que su persona puede dividir incluso a los miembros de una familia. Es obvio que Jesús sabe que el amor a la familia es un sagrado mandamiento de Dios (así lo afirma varias veces: 15, 3-6; 19, 19); sin embargo, es consciente también de que quien se decida a vivir conforme a sus enseñanzas podrá experimentar un conflicto entre la lealtad que le debe a él y la que debe a su familia; entonces tendrá que preferirlo a él. Y esto no debía asombrar demasiado a los primeros cristianos pues conocían las enseñanzas de los filósofos estoicos de su tiempo que afirmaban: «el bien debe estimarse más que cualquier parentesco» (Epicteto). Lo que Jesús afirma es que el vínculo de la fe ha de prevalecer sobre cualquier otro vínculo, incluso el de parentesco. El vivir en radicalidad la fe puede acarrear incomprensiones, críticas y rechazos aun de personas muy queridas, que no comparten todos los valores del evangelio. 

Un eco de la fuerza con que el Dios celoso del Antiguo Testamento exigía fidelidad (cf. Ex 20,5; 34,14; Dt 4,24), resuena en las palabras de Jesús. No se le puede poner por debajo de nadie ni de nada. La adhesión a su persona ha de estar por encima. Por tanto, se han de posponer otros bienes y valores, que pueden seguir manteniendo su poder de atracción. El creyente sabe cuál es la prioridad y por eso su opción funda­mental hace que el “valor” Dios, sea el más importante, en torno al cual debe girar toda su vida, y ante el cual todo ha de que­dar relativizado. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí…. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 

No dice que dejemos de amar a nuestros seres queridos, padres, hermanos, hijos... Lo que dice es que quien ama a su padre o a su madre más que a él, no es digno de él. No se le puede amar menos porque ya no sería el Señor, a quien se debe amar con todo el corazón y por encima de todo. Y si se le puede amar así –por encima de todo- es porque él nos amó primero (1 Jn 4, 19) y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20). A su pasión por mí, respondo con mi pasión por él. Así, Cristo viene a ser vida para el creyente, lo más importante del mundo, más que la familia, más que la propia vida. 

Por lo demás, todos sabemos lo que puede ocurrir en las familias cuando uno de sus miembros opta por un cristianismo más auténtico y cambia visiblemente de conducta, o cuando uno siente la vocación a una mayor entrega en la Iglesia, o asume un estilo de vida solidario que le lleva a encaminar su vida profesional más a servir que a ganar dinero. Más aún, el solo hecho de querer obrar con rectitud y honestidad en medio de un país, de una sociedad marcada por la corrupción de las costumbres, puede llevar al cristiano a la encrucijada de tener que optar entre lo que le ofrecen los hombres –que pueden ser incluso personas muy cercanas– y lo que pide Cristo. En tales momentos el cristiano opta por Cristo y lo hace sin dejar en absoluto de amar a los suyos, aun sabiendo que puede quedarse solo, y sólo por la certeza interior de que, en definitiva, no puede haber oposición entre los amores humanos y el amor a Dios. Este cristiano redescubre y engrandece el amor que les tiene a sus seres queridos. Ha aprendido a amarlos en Dios y según Dios, ha aprendido a amarlo todo en Dios y para Dios. 

La exigencia de la cruz, final y resumen de todo, incluye estar listo a dar la vida. No es amar a la cruz por sí misma ni al dolor por el dolor, sino desear imitar y seguir a Jesús hasta donde sea necesario, aun a riesgo de la propia vida. Una entrega así asegura el logro más feliz de la persona antes y después de la muerte. 

El texto termina con un elo­gio de todo aquel que acoge al que va en nombre del Señor, al que es discípulo suyo, aunque sea un pobrecito. Hay una identificación entre los enviados y Jesús que los envía, su ser y su actuar se continúan en ellos: el que a ustedes recibe, a mí recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10,40; cf. Mt 25,31-46). El que dé de beber a uno de estos pobrecitos porque es mi discípulo, no perderá su paga.

domingo, 12 de julio de 2026

Domingo XV del Tiempo Ordinario – El sembrador (Mt 13, 1-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Parábola del sembrador, óleo sobre lienzo de Jacopo Bassano (1560 aprox.), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid, España

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar.
Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:
"Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga".
Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: "¿Por qué les hablas en parábolas?".
Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.
Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.
Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.
Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta". 

Jesús explica el misterio de su vida, del desarrollo del reino de Dios y de su Palabra que actúa en nosotros. El centro de la parábola es la semilla. Pero se destaca la idea de que la siembra se frustra cuando la tierra es superficial, o pedregosa, o llena de malezas; sólo al final se logra una cosecha abundante. Probablemente Jesús pronunció esta parábola en el contexto histórico del fracaso que vivió en su predicación en Galilea. La gente dudó de él como Mesías, no creyó en la venida del reino que él anunciaba. 

Jesús revela el modo como Dios lee las cosas y nos enseña a entender lo que acontece en nuestro mundo tan contradictorio. Nos hace ver que el Reino de Dios ya está inaugurado y marcha hacia su realización plena, pero que no tiene un desarrollo homogéneo y triunfal. La acción de Dios choca con el mal y con las resistencias que le oponemos. Pero –esta es la sorpresa– su éxito final está asegurado. Dios es señor de la historia. 

Con esta parábola Jesús quiere recuperar la confianza de la gente, sobre todo de sus discípulos. Se puede llamar la parábola de la confianza porque hay en ella una llamada a fiarnos de la obra de Dios. La acción confiada del sembrador que esparce la semilla interpela al creyente para que salga de sus temores y apatías, cobre valor y se abra a la novedad del futuro que viene al encuentro del presente. No se trata de una confianza fácil y optimista. Hay muchas dificultades que superar y obstáculos que enfrentar. 

A estas dificultades alude la alegoría de las distintas clases de tierra. Más que cuatro tipos de hombres, son cuatro niveles o formas de escuchar la Palabra de Dios que conviven en cada uno de nosotros. 

La semilla caída en tierra de borde del camino significa que podemos escuchar la Palabra pero sin entenderla, sin asimilarla, porque nuestras maneras de pensar, nuestras costumbres y prejuicios la echan a perder. Encerrados en nosotros mismos, no advertimos la baja calidad humana y cristiana de nuestra vida, y nos defendemos, arguyendo que no tenemos nada que aprender, ni nada que cambiar. 

La semilla que cae en terreno pedregoso acontece cuando escuchamos el mensaje evangélico y lo acogemos con alegría, pero las presiones y tensiones internas y externas a que estamos sometidos impiden que lo tengamos en cuenta en la vida diaria, y no dejamos que los valores del evangelio influyan realmente en nuestra vida y orienten nuestras decisiones y conducta. Todo queda en buenos sentimientos y deseos, que no se traducen en obras, ni en un compromiso cristiano efectivo. 

La caída de la semilla en tierra llena de malezas ocurre cuando permitimos que la Palabra arraigue en nosotros y crezca, pero después las preocupaciones mundanas y el engaño de las cosas que el mundo nos ofrece para ser felices, actúan en nosotros sofocando los valores evangélicos, restándoles atractivo y fuerza, hasta hacerlos caer en el olvido. 

Pero se da también en nosotros la tierra buena en la que la semilla sí puede dar fruto. Esa buena tierra es lo mejor nuestro, aquello que nos honra y nos hace sentir realmente bien: cuando somos capaces de gestos de generosidad y de amor admirables. Entonces, nos hacemos disponibles a lo que el Señor nos pide. 

Mantenernos como tierra buena no es tarea de un día ni de dos; es proceso lento y constante. Pero es un esfuer­zo sostenido por nuestra confianza en Dios. A pesar de las dificultades de la siembra, Jesús nos asegura el buen resultado. Su Palabra es capaz de atravesar el espesor del mal en nuestro corazón y convertirnos a él. 

Jesús nos invita a observar las resistencias que oponemos a su mensaje, no para abatirnos sino para reconocer dónde y cómo él mismo lucha con nosotros para tomar posesión de nuestro corazón. Nos pide que analicemos nuestras resistencias y pidamos vernos libres de ellas para acoger lo que él quiere darnos. 

Al celebrar la Eucaristía, Dios siembra en nosotros la Palabra, que se proclama de manera más solemne que en otras ocasiones. Renovamos la confianza en la obra de Dios en nosotros y pedimos que al comer el cuerpo de Cristo en la comunión, su palabra se haga vida en nosotros.

sábado, 11 de julio de 2026

No tengan miedo (Mt 10, 24-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús con sus discípulos, mural que forma parte de Escenas de la Vida de Cristo de Gebhard Fugel (1909), coro de la Iglesia de Nuestra Señora de Ravensburg, Baden-Wurtemberg, Alemania

El discípulo no está por encima de su maestro, ni el sirviente por encima de su patrón. Ya es mucho si el discípulo llega a ser como su maestro y el sirviente como su patrón. Si al dueño de casa lo han llamado demonio, ¡qué no dirán de los demás de la familia! Pero no les tengan miedo. Nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue a saberse.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo ustedes a la luz, y lo que les digo en privado, proclámenlo desde las azoteas. No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.
¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto, no tengan miedo.
Al que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. 

El texto forma parte de las instrucciones que dio Jesús a sus discípulos antes de enviarlos en misión. En esta sección, los exhorta a no tener miedo (vv. 26.28.31) y a estar dispuestos a dar testimonio (vv.32-33). 

La primera sentencia de este párrafo se refiere a la relación que existe entre el discípulo y su maestro, y entre el siervo y su patrón. El destino de Jesús será también el de sus discípulos. Si lo han calumniado a él, atribuyendo su poder de librar a la gente de espíritus impuros a un influjo de Belcebú, príncipe de los demonios, ellos también sufrirán incomprensiones y ataques. La Iglesia debe contar con la oposición del mundo a su labor evangelizadora. Reproducirá así la via crucis seguida por su Señor y esto mismo le servirá de consuelo y fortaleza. 

No tengan miedo, les dice a sus discípulos de entonces y de ahora. Su misión genera sensación de miedo. Ya en el Antiguo Testamento (en los relatos de vocación), los llamados por Dios perciben en seguida las dificultades de la tarea y buscan escabullirse del encargo recibido. Moisés, ante la magnitud de la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud, se fija en su falta de capacidad y replica: ¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto? Yo no tengo facilidad de palabra... soy torpe de palabra y de lengua (Ex 3,11, 4,10). De manera parecida reaccionan los jueces (Gedeón: Jue 6,15) y los profetas (Jeremías: Jr 1,6). Los discípulos de Jesús saben que, por predicar con libertad, Juan Bautista ha sido asesinado por Herodes (Mt 14,1-12). Ven además que el mismo Jesús, aunque logre el aplauso de la gente sencilla, choca con la resistencia de los dirigentes. Naturalmente les da miedo salir a predicar: no todos los van a recibir ni los van a escuchar (10,14), son enviados como ovejas en medio de lobos, los van a perseguir… (10,16-25). 

En este contexto, Jesús les repite tres veces: ¡No tengan miedo! Quiere que tengan el coraje de anunciar en voz alta, a plena luz, y desde las terrazas los valores del reino de Dios que él les ha transmitido en la intimidad del grupo que ha formado. ¿Y el miedo a la persecución? Tampoco, porque la tarea evangelizadora no se puede paralizar por la aversión que les demuestren sus perseguidores. Podrán quitarles la vida terrena, pero no podrán arrebatarles la vida que perdura. El cuerpo no es la vida; viene de la tierra y vuelve a la tierra. La vida que nadie puede matar es el Espíritu. El problema, por tanto, no ha de ser cómo salvar el cuerpo, sino cómo vivir la vida corporal, temporal, encarnando en ella los valores del reino, pues en esto consiste la vida verdadera. Quien no vive así, está ya muerto. Además, los discípulos de Jesús no deben olvidar que, por encima de todos los poderes del mundo, hay un Dios Padre, en cuyas manos providentes están hasta los gorriones, que no valen más que unos céntimos en el mercado. Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues ustedes valen más que todos los pajaritos juntos. 

Así, pues, el seguimiento de Jesús implica empeñar la vida, sin cálculos ni restricciones. Y eso sólo es posible para quienes tienen la certeza de que siguiendo a Jesús alcanzan una indudable plenitud. Con Iglesia ellos saben que hay valores en el evangelio que no se pueden transmitir sino en la cruz y desde la cruz. Esto libra a la Iglesia de querer actuar pensando únicamente en la supervivencia y seguridad de sus instituciones, o en el mantenimiento de favores y privilegios. Obrar así es meter la luz bajo el celemín y volver insípida la sal.

viernes, 10 de julio de 2026

Persecuciones (Mt 10, 16-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Crucifixión de San Pedro, óleo sobre lienzo de Sebastián Bourdon (1643), Catedral Notre Dame, París, Francia

Miren que los envío como ovejas en medio de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma ¡Cuídense de los hombres! A ustedes los arrastrarán ante sus consejos, y los azotarán en sus sinagogas. Ustedes incluso serán llevados ante gobernantes y reyes por causa mía, y tendrán que dar testimonio ante ellos y los pueblos paganos. Cuando sean arrestados, no se preocupen por lo que van a decir, ni cómo han de hablar. Llegado ese momento, se les comunicará lo que tengan que decir. Pues no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes. Un hermano denunciará a su hermano para que lo maten, y el padre a su hijo, y los hijos se sublevarán contra sus padres y los matarán. Ustedes serán odiados por todos por causa mía, pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. En verdad les digo: no terminarán de recorrer todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre." 

Yo los envío como ovejas en medio de lobos. El discípulo queda asociado al destino del Cordero. Siervo inocente soportó sobre sí la violencia del mal y, sin devolverlo, venció al mal. Siervo golpeado por nuestras iniquidades y traspasado por nuestros delitos, sufrió nuestros sufrimientos y cargó con nuestras maldades (Is 53, 7). Así quiso Dios realizar la salvación del mundo y así había simbolizado el profeta la venida del salvador. Jesús asumió libremente este destino por el mismo amor con que el Padre amaba al mundo. 

Identificados con su Señor, los discípulos de Jesús han de estar dispuestos a asumir el mismo destino de su Maestro, se sentirán ellos también rechazados y hostigados como ovejas en medio de lobos. Y habrán de andar con prudencia y sencillez. Prudentes, no con la astucia que engaña sino con la inteligencia con que se disciernen los engaños y peligros, para no exponerse al mal. Sencillos también para confiar siempre en el auxilio del Señor que no les faltará, sobre todo cuando haya que afrontar el mal inevitable. 

Este fue el modo de proceder de Jesús, que será también lo característico de la multitud de testigos suyos que lo seguirán (Hebr 12,1), dispuestos a identificarse con él en su estilo de vida y también en una muerte como la suya. Recordarán que la suerte del Maestro ha de ser la del discípulo y si lo persiguieron a él, a ellos también los perseguirán (Jn 15,20). Los entregarán a los tribunales… como hicieron con él. Los que intentan apagar la verdad con la injusticia no soportarán su forma de ser que contradice radicalmente lo que ellos viven. El justo con su sola presencia desenmascara la mentira del corrupto, que, al no poder hacerlo callar, querrá hacerlo desaparecer de su vista. 

Así darán ustedes testimonio, anunció Jesús. El martirio significa testimonio. La sangre derramada del discípulo sella como supremo testimonio su determinación de vivir hasta el final los valores que el Maestro transmitió. Con su martirio también, el testigo fiel demuestra que esos valores por los cuales ha vivido, valen más que la vida. 

Por eso puede morir en paz, seguro de que el Espíritu hablará en su favor. En el peligro, no le arrebatará ningún espíritu de miedo o de egoísmo, de odio o de violencia, sino el Espíritu de Dios, espíritu de amor que actúa en los corazones, e infunde el coraje (¡mucho más fuerte y eficaz que el de la venganza!) para perdonar incluso a los que lo persiguen. 

El espíritu del mundo, espíritu de injusticia y de conflicto, seguirá extendiendo su influjo aparentemente invencible. Por él, el hermano entregará al hermano a la muerte; se levantarán los hijos contra los padres y los matarán… La falta de moral ataca las raíces de la vida, destruye la convivencia, mata los afectos y los sentimientos. Pero el Espíritu de Cristo se abre paso y asegura la victoria porque ya la anticipó y desplegó para siempre al resucitar a Jesús de entre los muertos. El amor es más fuerte. 

Quien se mantiene en esta fe que vence al mundo, ese se salvará.