miércoles, 13 de mayo de 2026

El Espíritu los llevará a la verdad completa (Jn 16, 12-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Espíritu Santo, vitral de una capilla de la Iglesia de San José, Zabrze, Polonia

Jesús les dijo: "Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por Él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes". 

Jesús habla del Espíritu Santo que enviará a los suyos como Espíritu de la verdad. Es el atributo que quizá más tenemos en cuenta cuando lo invocamos y le pedimos: Espíritu Santo, ilumina con tu luz nuestras mentes y dispón nuestros corazones para ver la verdad y saber distinguir lo que es recto. 

Él los guiará a la verdad completa, dice Jesús. Esto no quiere decir que él nos haya dado la verdad a medias y que por eso el Espíritu deba completarla. Jesús nos lo ha revelado todo. Dios se nos ha dicho todo en él. Si se hubiese guardado algo, por así decir, sin revelárnoslo, tendríamos aún que estar esperando otra revelación definitiva. En Jesús habita la plenitud de la divinidad, dice San Pablo (Col, 2,9), en él, en su Hijo, Dios se nos ha dado de una vez y para siempre. La función del Espíritu consistirá entonces en infundir en nuestras mentes la luz que necesitamos para interpretar lo dicho por Jesús y para vivirlo en la práctica y en el presente. El Espíritu Santo no dirá nada diferente ni contrario a lo que dijo Jesús. Anuncia nuevamente, interpreta, habla aquí y ahora lo que Jesús dijo entonces, actualiza su presencia viva. Lo que hace el Espíritu es introducirnos en la verdad que es Jesucristo, mediante el conocimiento que se adquiere por el amor y que es inacabable, pues siempre se puede conocer y comprender más aquello que se ama. 

Les anunciará las cosas venideras. Esto no tiene nada que ver con adivinación y vaticinio del futuro. El ser humano por ser mortal siente el ansia de saber el futuro. De ahí el recurso a lo mágico, a las predicciones y los horóscopos, que lo único que hacen es engañar la angustia presente. Las cosas venideras a las que alude Jesús son las relativas al reino de Dios, que se desarrolla escondido como el grano en tierra o la levadura en la masa. El Espíritu enseña a discernir los signos de los tiempos, ilumina el presente a la luz del pasado (de la Palabra, de la vida de Jesús), mantiene viva en el presente la memoria Iesu. 

Él me glorificará. La gloria se ha revelado en la humanidad (carne) del Hijo del hombre; por eso no se la capta totalmente, se mantiene abierta a un conocimiento más y más pleno, hasta el infinito, que lo propio del conocimiento del misterio de Dios. Jesús ya ha sido glorificado por el Padre en la cruz y en la resurrección. Aquí se habla de la gloria en los discípulos, de la gloria del Hijo en los hermanos, de la gloria de Dios reflejada en nuestra vida. Yo les he dado la gloria que tú me diste (17,22) para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (17,26). 

Todo lo del Padre es mío: la misma gloria, el mismo amor, la misma voluntad salvadora, el mismo ser. El Espíritu transmite eso, introduce en la vida trinitaria, porque es el ser-amor de Dios que se difunde en sus criaturas. 

Lo que recibe de mí, lo dará. Comunica a Cristo hasta imprimirlo en nuestros corazones, para que seamos verdaderos hijos y hermanos, para que crezcamos continuamente en Cristo, hasta ser transformados en él, para que nuestra carne mortal como la de él sea signo del Dios invisible.

martes, 12 de mayo de 2026

Les enviaré el Espíritu Consolador (Jn 16, 5-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ascensión, óleo sobre tabla de Jan Matejko (1884), Museo Nacional de Varsovia, Polonia

Jesús dijo: "Pero ahora me voy donde Aquel que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta adónde voy. Se han llenado de tristeza al oír lo que les dije, pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya, el Protector no vendrá a ustedes. Yo me voy, y es para enviárselo. Cuando venga él, rebatirá al mundo en lo que toca al pecado, al camino de justicia y al juicio. ¿Qué pecado? Que no creyeron en mí. ¿Qué camino de justicia? Mi partida hacia el Padre, ustedes ya no me verán. ¿Qué juicio? El del príncipe de este mundo: ya ha sido condenado". 

Jesús retorna a su Padre. Se cumple el designio trazado desde antiguo por Dios en favor de la humanidad. Toda la visión que tiene San Juan en su evangelio acerca del significado y obra de Jesucristo se desarrolla como un movimiento o dinamismo de descenso y ascenso. La vuelta al Padre es culminación de la revelación y glorificación final del Hijo. 

Sin embargo, los discípulos se llenan de tristeza ante la partida de su Maestro, y él se lo hace ver: La tristeza se ha apoderado de ustedes. No comprenden el sentido de su retorno al Padre, que inaugura su nueva forma de existencia. Si antes Jesús estuvo con ellos, en adelante estará en ellos. Pero eso lo entenderán después; ahora sólo experimentan un sentimiento de orfandad. 

La partida física de Jesús es condición para su permanencia continua en el Espíritu. Por eso les dice: les conviene que yo me vaya porque, si no me voy, el Espíritu Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, lo enviaré. En el Espíritu, por la fe y el amor que él pondrá en sus corazones, ellos sabrán discernir su presencia en los signos que ese mismo Espíritu les hará sentir en su interior: alegría y paz, consuelo y fortaleza, claridad y sentido de lo que agrada a Dios. De ese modo, la vuelta de Jesús al Padre no deja huérfanos a los que lo siguen. 

El Espíritu es el amor que une al Padre y al Hijo y que se desborda hasta nosotros y nos abraza. Procede de ambos y es el mismo ser divino que viene a nosotros como el don por excelencia del Hijo. Así, el Espíritu Santo nos hace partícipes de su divinidad. 

La tentación del cristiano es percibir el tiempo presente, que ya no es el tiempo de la presencia física del Señor, ni el de su segunda venida en gloria, como si fuera un tiempo pobre, vacío de los bienes que Jesús ofreció mientras vivió en Palestina. Pero el hecho es que todos esos bienes de entonces siguen disponibles para nosotros hoy por medio del Espíritu, que permite estar en una comunión con Cristo más íntima aún que la que tuvieron sus contemporáneos. 

El evangelio hace ver así mismo que otra de las funciones que el Espíritu Santo ejercerá en favor nuestro es la de hacernos capaces de discernir bien lo que es de Cristo y lo que se le opone. Da testimonio de Cristo frente al mundo. Inculca la sabiduría necesaria para no dejarse engañar. Hace distinguir lo falso que es el modo de vida que el mundo ofrece como felicidad y éxito. Eso es lo que en el lenguaje de San Juan significa convencer al mundo con relación al pecado, a la justicia y al juicio. Convencer significa “acusar”, poner de manifiesto el error del mundo. 

En lo referente al pecado porque no creen en mí. El mundo y los que son del mundo rechazan el amor de Dios manifestado en Jesús. Cerrándose en sí mismos, no pueden actuar conforme al amor. El Espíritu Santo hace ver el pecado que esclaviza y daña al ser humano casi siempre bajo apariencia de bien, pero en realidad ofreciendo valores vanos e inconsistentes. 

En lo referente a la justicia: El Espíritu hace obrar a los discípulos conforme a la justicia y no deja que se dobleguen ante el mundo, por más que éste pugnará por hacerles seguir sus dictámenes, proyectos y atractivos como si fueran lo acertado y lo más conveniente. Así, pues, pone de manifiesto quién tiene la razón. 

Y en lo referente al juicio. Obrando conforme al Espíritu de Jesús, los discípulos atraerán contra sí el odio del mundo que los juzgará; pero, en realidad, serán ellos los que lo juzgarán y el mundo resultará condenado. El Espíritu hará ver que Dios condena el pecado, pero salva al pecador. 

En resumen, el Espíritu Santo nos capacita para ver los errores, mentiras y engaños del mundo, para denunciar las maldades y, a la vez, captar y anunciar lo que es justo, bueno y verdadero. Libera del mal y muestra la voluntad de Dios.

lunes, 11 de mayo de 2026

Los expulsarán de la sinagoga (Jn 15,26-16,4)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pentecostés, óleo sobre lienzo de Fray Juan Bautista Maíno (1615 – 1620), Museo Nacional de Prado, cuadro no expuesto

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo. Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo". 

Jesús se va y promete el Espíritu. Se le llama “Consolador”, el que está con el solo. Y “Defensor” o “Abogado” porque está junto a quien comparece ante un juicio, para ayudarle en su defensa. Tiene cierta equivalencia con el Ruah del AT, que es viento, fuerza, y designa ante todo el poder y energía de Dios, que crea, sostiene, inspira y conduce todo. Por lo que dice Jesús, es el Espíritu de la verdad que procede de Dios, y que es Dios, no un concepto, ni una fórmula, sino el ser divino que ha dado existencia a todo y conduce la historia a su plenitud. Lo reconocemos en la fuerza interior que infunde dinamismo al mundo, empuja para que todo crezca y se multiplique la vida, alienta todo el despliegue histórico hacia la justicia y la unidad. Es el Espíritu que, respetando nuestra libertad, nos mueve en dirección del amor, y nos hace ser más nosotros mismos, es decir, imágenes de Dios, hijos o hijas suyos queridos. 

Cristo permanece en su Iglesia de manera personal y efectiva por el Espíritu Santo que envía sobre los que creen en él. Por eso dice a sus discípulos antes de partir que no los dejará solos, sino que volverá con ellos, y por el Espíritu establecerá una comunión de amor con él, con su Padre y con todos. 

Creer en el Espíritu Santo es asumir con responsabilidad la corriente de la historia hacia la que él sopla y empuja. No ir en esa dirección o desinteresarse de ella es pecar contra el Espíritu. Y no creer en el Espíritu es, en definitiva, apagar la esperanza, lo que nuestra humanidad más necesita. 

El Espíritu los llevará a la verdad completa. Es el Espíritu de la verdad que aclara las mentes y los corazones de los fieles para que sepan distinguir la verdad; hace discernir verdad y mentira. 

Dice además Jesús que el Espíritu los guiará a la verdad completa. No quiere decir con esto que nos haya dado la verdad a medias y por eso el Espíritu tendrá que completarla. Jesús lo ha revelado todo. Dios se nos ha dicho todo en él. Si Dios se hubiese guardado, por así decir, algo sin revelarlo a nosotros, aún estaríamos esperando quien lo revele. En Jesús, Dios se nos ha dado de una vez y para siempre porque en él habita la plenitud divina. La función del Espíritu será infundir el conocimiento que se adquiere por el amor y que sobrepasa todo conocimiento: pues siempre se puede comprender más algo que se ama. El Espíritu Santo no dirá nada diferente ni nada contra lo dicho por Jesús. Anuncia nuevamente, interpreta, da luz para entender lo dicho por Jesús y para vivirlo en la práctica. El Espíritu actualiza la presencia de Jesucristo. Habla aquí y ahora lo que Jesús dijo entonces. Lo que hace el Espíritu es introducirnos en la verdad que es Jesucristo, nos la hace transparente. 

Les anunciará las cosas venideras. Esto no tiene nada que ver con adivinación y vaticinio del futuro. El ser humano por ser mortal siente el ansia por saber el futuro. De ahí el recurso a lo mágico, a las predicciones y los horóscopos, que lo único que hacen es engañar la angustia presente. Las cosas venideras a las que alude Jesús son las relativas al reino de Dios que se desarrolla escondido como el grano en tierra o la levadura en la masa. El Espíritu enseña a discernir los signos de los tiempos, ilumina el presente a la luz del pasado (a la luz de la Palabra, de la vida de Jesús), mantiene viva en el presente la memoria Iesu. 

Él me glorificará. La gloria se ha revelado en la carne del Hijo del hombre; por eso no se la capta totalmente, se mantiene abierta a un conocimiento más y más pleno, hasta el infinito, porque es verdad infinita, dinámica. Jesús ya ha sido glorificado por el Padre en la cruz y en la resurrección. Aquí se habla de la gloria en los discípulos. Es la gloria del Hijo en los hermanos, en nuestra vida. Yo les he dado la gloria que tú me diste (17,22) para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (17,26). 

Todo lo del Padre es mío: la misma gloria, el mismo amor, la misma voluntad salvadora, el mismo ser. El Espíritu transmite eso, introduce en la vida trinitaria, el ser-amor de Dios que se difunde en sus criaturas. 

Lo que recibe de mí, lo dará. Comunica a Cristo hasta imprimirlo en nuestros corazones, para que seamos verdaderos hijos y hermanos, para que crezcamos continuamente en Cristo, hasta ser transformados en él, para que nuestra carne mortal como la de él sea signo del Dios invisible.

domingo, 10 de mayo de 2026

VI Domingo de Pascua - Promesa del Espíritu (Jn 14, 15-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

First day in heaven, 2016. Obra del pintor egipcio Kerolos Safwat. Colección particular

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él". 

Jesús se va, vuelve a su Padre, y nos deja como herencia su mandamiento: amarlo a él y amarnos como él nos ha amado. Su amor por nosotros es la fuente de nuestro amor a los demás. Uno ama como es amado.

 

El amor no es sólo un sentimiento. Se ama con hechos y en verdad. Por eso dice Jesús: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Se pueden observar los mandamientos como deberes impuestos, sin libertad de hijos (como el hermano mayor del Hijo Pródigo), o se pueden observar como expresión del amor que uno tiene a Dios como a su Padre. El secreto de la verdadera observancia de los mandamientos de Dios es el amor de un corazón que se sabe amado.

 

El amor que nos enseña Jesús nos lleva, además, a reconocer en toda circunstancia lo que más nos conviene, “lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto” (Rom 12,3). Por eso, el amor es cumplimiento de la ley y de la enseñanza de los profetas, y culmen de toda moral. Por eso decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Que no significa: ama y permítete todo, sino déjate guiar por el amor y no harás daño, no actuarás por egoísmo, no practicarás la injusticia ni obrarás con engaño. Obrar en todo conforme al amor verdadero es el camino más perfecto, según san Pablo (1 Cor 13). Lo cual significa que no nos engañamos nunca siguiendo el dictamen del amor a Dios y nuestros hermanos.

 

Es verdad, desde otra perspectiva, que siempre podemos negar y abusar del amor; pero eso lo hacemos nosotros, no Dios. No hay nada más frágil y vulnerable que el amor. Por eso hay que cuidarlo. Podemos, sí, aprovecharnos del amor que recibimos: de su entrega, de su confianza, de su incapacidad para ven­garse. Pero una vez afirmadas estas cautelas que tienen que ver con la traición humana al amor, queda en pie esta verdad que ilumina y alienta: si creyéramos en el amor que Dios nos tiene, nuestra vida cambiaría. Veríamos que, en efecto, el amor es frágil y vulnerable, pero también que nada hay más fuerte y exigente que el amor. Sólo que su exigencia es distinta: nace de dentro, no se vive como obligación impuesta desde fuera, no genera resentimiento y antipatía, tiene el sen­tido de la gratuidad, de la alegría y de la libertad. Sin él, no hay nada que agrade a Dios.

 

Jesús se va y promete enviarnos el Espíritu Santo Paráclito. Su nombre significa viento, fuerza y no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, que procede de Dios y es Dios. Su función es de consolar y defender como abogado. No es un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y conduce la historia humana a su plenitud. Nosotros lo reconocemos en la fuerza interior que da dinamismo al mundo, que no ceja de empujar para que todo crezca y se multiplique la vida, que alienta y da vida a todo el despliegue histórico. Estamos convencidos también de que el Espíritu, respetando nuestra libertad humana, no deja de soplar en dirección del amor, la justicia, la verdad y el bien en su plenitud.

 

Cristo permanece en su Iglesia por medio del Espíritu que envía sobre los apóstoles. Por eso puede decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y Él mismo. 

Hoy sería un día para hacer un balance sobre el peso que tiene el Espíritu Santo, Espíritu del amor, en nuestra vida. Si reconocemos su presencia en nosotros, ¿por qué damos la impresión de que estamos sin espíritu, cansados y sin ganas de comprometernos? ¿Por qué a veces reducimos la vida cristiana, que es vida en el Espíritu, en vida cargada de normas y obligaciones y no de actos, gestos y actitudes que brotan del amor que libera? El Espíritu de Cristo es espíritu de santa inquietud y de constante renovación. Él nos mantiene en la continua búsqueda del mejor servicio, de la mayor entrega e impide en nosotros el acomodo y la tibieza. Es el espíritu que hace a los santos insatisfechos consigo mismos. Es el Espíritu que quiere renovar la faz de la tierra, transformarnos, purificar y alentar a la Iglesia. 

¡Ven. Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciende en ellos el fuego de tu amor!