miércoles, 10 de junio de 2026

Una justicia superior (Mt 5, 17-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús curando a los enfermos, óleo sobre lienzo de Denys Calvaert (Il Flamingo), (Siglo XVI), Museo del Louvre, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. 

Jesús no pretende abolir la ley mosaica, con cuyo cumplimiento los judíos demostraban su fidelidad al amor preferencial con que Dios había hecho de Israel su pueblo escogido. Lo que pretendía era llevarla a plenitud. Con el ejemplo de su vida y con su enseñanza, Jesús orientaba a sus oyentes hacía una observancia más sincera de las normas morales, liberándolos de la actitud farisaica, que se fijaba en lo secundario y exterior y dejaba de lado lo importante y lo que nace del corazón de las personas. En este sentido, volvía más radical la ley con las exigencias propias del amor, que no oprimen sino liberan a la persona para que dé lo mejor de sí. Las palabras dar cumplimiento del versículo 17 significan darle su forma nueva y definitiva en la perspectiva del espíritu del evangelio. Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor. Vieron, asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee autoridad por sí misma, sino por Jesús. La ley es guía –preceptor o pedagogo– hacia Cristo (Gal 3,24), quien, por medio de su Espíritu infundido en nuestros corazones, nos impulsa a la justicia mayor del amor. 

Los rabinos fariseos y los doctores de la ley habían inculcado en la gente la idea de que el cumplimiento de la ley mediante la práctica de las buenas obras hacía justa a la persona humana y le aseguraba la salvación. Sobre esta interpretación habían construido una moral rigorista, hecha de casuística sobre lo lícito y lo ilícito, lo puro y lo impuro, determinado por el cumplimiento o incumplimiento de los 350 preceptos en que habían desmenuzado la ley de Moisés. Todo se volvía imprescindible para poder tener la seguridad de la salvación, hasta las tareas domésticas más ordinarias como lavar jarros y platos. Jesús echa por tierra esta moral y propone otra que brota de convicciones profundas, sobre la base de una relación amorosa y confiada con el Padre. Esta nueva moral orienta a la persona y le ayuda a discernir en todo la voluntad de Dios, que se expresa en sus preceptos –que ningún principio de moralidad, por “perfecto” que sea puede eludir–, pero que abre el horizonte de la generosidad propia del amor, materia del único y principal mandamiento que él nos dejó. Obrando así, la práctica de la fe, que se define como seguimiento de Cristo, no lleva a sentirse agobiado y cansado por el peso de la ley, sino libre –como dice Pablo– para discernir en todo momento cuál es lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto que se ha de buscar (Rom 12, 2). 

El ejemplo de Jesús ilumina. Cumple la ley, como judío fiel que es y por su adhesión a la voluntad de su Padre, pero no duda en mostrarse libre frente a la materialidad de la ley para dar paso a las exigencias del amor: como en el caso de los enfermos que cura en día sábado, infringiendo a los ojos de los fariseos y escribas el precepto del descanso sabático, o cuando libera a sus discípulos de las exigencias tradicionales de las purificaciones y de los ayunos. 

En los versículos siguientes de este capítulo 5 de Mateo se verá a Jesús atribuyéndose una autoridad que sólo de Dios le podía venir: la de modificar el núcleo mismo de la ley, los diez mandamientos, para superar el literalismo legal y enseñar a sus discípulos una justicia más elevada, que brota del interior de la persona y se manifiesta más en una actitud y un estilo de vida, que en un cumplimiento mecánico de normas. Cuando Jesús dice: ¡No piensen que yo he venido a echar abajo la ley y los profetas! No he venido a echar abajo sino a dar cumplimiento, no propone un incremento cuantitativo de los preceptos de la Torá, sino una intensificación cualitativa –en términos de amor– que configura un estilo de vida ante Dios y el prójimo.

martes, 9 de junio de 2026

Sal y luz del mundo (Mt 5, 13-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Luz en el bosque, óleo sobre lienzo de Albert Bierstadt (fines del siglo XIX), colección privada. Subastado en Shoteby’s

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos".

Con estas imágenes tomadas de la vida diaria Jesús no da un mandato ni propone un programa de acción; lo que hace es describir lo que deben ser sus discípulos: deben ser sal en el mundo en que viven y luz para las personas con quienes tratan.

La sal sazona los alimentos y los preserva de la corrupción. Además, en la cultura judía del tiempo de Jesús, la sal era símbolo de sabiduría, amistad y disponibilidad para el sacrificio. Dirigidas a nosotros, estas palabras de Jesús nos dicen que debemos mostrar el sabor de los valores del evangelio y la perseverancia en el buen obrar. Y hemos de ser sal de la tierra porque nuestra fe en Cristo le da sentido no solamente a nuestra vida personal, sino a las relaciones en sociedad. Somos sal de la tierra si transmitimos y defendemos los valores del evangelio, y procuramos mantener en el mundo las inquietudes por la justicia verdadera, luchando contra todo lo que hace que nuestra sociedad se corrompa y se degrade. 

Volverse insípido, en cambio, es perder el sabor de Cristo, incurrir en la tibieza, dejar que se enfríe el amor, perder mística, pasión, anhelo de entrega. Es una tentación en la que todos podemos incurrir, porque somos continuamente afectados por otros modos de pensar, otros sabores, y por ello debemos estar vigilantes. 

Ustedes son la luz del mundo, dice también Jesús. Él es la Luz. Y lo afirmó: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la vida (Jn 18). Él es quien ilumina, nosotros recibimos de su luz y damos luz. La identidad cristiana cuando está asimilada se deja ver, se trasluce, resalta. Pero también aquí se da una contraposición: porque el mundo tiene otras luces que encandilan y fascinan con sus propuestas de felicidad engañosa o efímera. La luz verdadera que hemos de transmitir, la describe el profeta Isaías en términos muy concretos: Aleja de ti toda opresión, deja de acusar con el dedo y levantar calumnias. Reparte tu pan al hambriento y sacia al que desfallece. Entonces brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía; entonces te dirigirás a Dios y Dios te hará sentir su presencia, te responderá: “Aquí estoy” (Is 58). 

No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de una montaña, continúa el texto. Jesús se refiere a la comunidad de los que lo siguen, a la Iglesia. Está en lo alto, todos la ven, todos se fijan en lo que en ella ocurre. De ahí brota nuestra responsabilidad porque somos ciudadanos de esa ciudad y lo que yo haga o deje de hacer –más aún si desempeño en ella una función especial– eso beneficia o perjudica a la Iglesia. 

Inspirado en el evangelio, el Papa Francisco no deja de advertir a todos –obispos, sacerdotes, laicos– que la Iglesia debe dejar de estar encerrada en sí misma, incapaz de dar al mundo de hoy el sabor de la sal y la luz del Evangelio. Suele decir: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. Exhorta a los fieles a no quedarse “tranquilos en espera pasiva en los templos”. Y nos invita a buscar las “fronteras”, los espacios humanos en los que se libra la batalla entre la fe y la increencia, la abundancia y la pobreza, el bienestar y el sufrimiento, convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas” y cultivar una “cultura del encuentro” entre las diversas culturas, las diversas maneras de pensar y las diversas capas sociales. 

Procurar que la Iglesia brille como “ciudad sobre el monte” no significa pretender el brillo y esplendor de una nación que se confronta con otras, o de una empresa que compite con otras, o de una asociación que se enorgullece por reclutar el mayor número de socios. El mismo Jesús que mueve a hacer brillar la luz, nos advierte: Cuidado con practicar las buenas obras para ser vistos por la gente…, no vayas pregonándolo como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los alaben los hombres (Mt 6, 1-2). Por consiguiente, la única gloria que la Iglesia debe procurar es la gloria de Dios, que en el evangelio aparece asociada a la obra de Jesús en favor de los enfermos, de los pobres, de los pecadores, y es contraria a la de los hipócritas que obran para ser vistos.

lunes, 8 de junio de 2026

Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús enseña junto al lago, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó en estos términos:

Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece.
Dichosos los afligidos, porque serán consolados.
Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa del bien, porque el reinado de Dios les pertenece.
Dichosos ustedes cuando los injurien, los persigan y los calumnien de todo por mi causa.
Estén alegres y contentos pues su recompensa en el cielo es abundante.
De igual modo persiguieron a los profetas que los precedieron.
 

El sermón del monte recoge los criterios según los cuales Dios juzga y actúa. Y es fácil comprobar que son criterios opuestos a los del mundo. La sociedad ofrece otros medios para fabricar la felicidad. Jesús se alegra con los desdichados porque tienen “mayor ventaja”: Dios está a su favor, con ellos, promoviendo la transformación del mundo en justicia, fraternidad y paz. 

Las bienaventuranzas no pueden servir de pretexto para obrar la injusticia o resignarse a la pobreza material que es un mal social. Al contrario, ellas dejan al descubierto la raíz de toda injusticia y corrupción, que proviene del hecho de considerar dichosos al rico y al poderoso que dominan a los demás. Si éste es nuestro único criterio de valorar las cosas, es claro que continuarán las injusticias y la corrupción, y consentiremos con ellas. De ninguna manera los pobres son bienaventurados por la pobreza en que viven. Sólo el cambio de valores que Jesús enseña puede hacerles comprobar que Dios está con ellos y que el evangelio es buena noticia. 

Tampoco se pueden ver las bienaventuranzas como una nueva ley, más difícil que la antigua. Son la descripción del corazón nuevo que Dios prometió por medio de los profetas. Por eso, lo que aquí afirma Jesús es lo que él vive y lo que comunica a los que lo siguen. Sus palabras no son ley, sino evangelio; no son exigencias nobles y difíciles, sino el anuncio de la obra que quiere realizar en nosotros si lo aceptamos. Sin el don de su Espíritu del amor, las bienaventuranzas no son otra cosa que una ideología, tanto más desesperante cuanto sublime. 

Estas palabras son para todo aquel que busca el sentido y verdad de su vida. Son las actitudes que mueven el trabajo para hacer realidad una nueva humanidad. Son los rasgos que podemos ver en aquellas personas y comunidades que se caracterizan por ser misericordiosas, por tener limpio el corazón y buscar la paz. Estos hombres y mujeres contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz. Ellos reproducen los rasgos del ser humano que Dios creó “a imagen y semejanza suya”. 

- Pobres de espíritu: sin codicia ni apegos materiales, son humildes de corazón, en contraposición a los de corazón duro y dura cerviz. El pobre en el espíritu es agradecido porque sabe que todo es don y gracia. Somos lo que hemos recibido. Así es Jesús, el Hijo, que todo lo recibe del Padre. El motivo de la bienaventuranza no es la pobreza sino el por qué, lo que con ella se consigue: al pobre, Dios lo llena de sus dones y está dispuesto a dársele. La pobreza es la condición para acogerlo. 

- Pacientes: bondadosos, han desterrado de su alma la hostilidad. No pelean y ceden en vez de agredir. No se irritan, no intentan dominar, ni buscan la venganza. No son insensibles. Dueños de sí mismos, saben controlar y modificar sus sentimientos. 

- Los afligidos: firmes frente al sufrimiento, no sacan de él ni pesimismo ni amargura. Dios los consuela y fortalece para poner amor en la adversidad y superarla. 

- Los que tienen hambre y sed de justicia: convencidos de que el respeto y la equidad son la condición para poder vivir humanamente en sociedad, se empeñan en descubrir nuevos horizontes de posibilidades, nuevas alternativas de vida digna para todos, nuevos caminos para la superación de los conflictos. 

- Misericordiosos: interesados en resolver el problema del otro, su empatía les lleva a sentir como propio el sufrimiento ajeno. Es la forma fundamental del amor: pasión que se hace compasión. 

- Limpios de corazón: El corazón es el centro de la persona. En su corazón llevan a Dios, por eso lo ven en todas las cosas y a todas las cosas en él. Carecen de malicia, son rectos y leales con Dios y con el prójimo. El corazón limpio no está dividido por conflictos de lealtades, ni mezcla de intereses, no es hipócrita ni inseguro. 

- Constructores de la paz: se oponen a todo tipo de violencia, evitan los conflictos y los que son inevitables, procuran resolverlos con diálogo y concertación. Construyen fraternidad, es decir, colaboran en la obra que Dios, después de la creación, sigue realizando en el mundo. Por eso él los acoge como sus hijos e hijas. 

- Perseguidos: podrán ser incomprendidos y aun perseguidos porque su sola presencia contradice a los poderosos. Quien ama a los hermanos se choca con el mal: encuentra hostilidad. Como Jesús. El discípulo sabe que su destino puede ser el de su Maestro y sabe también que si con él morimos, reinaremos con él (2Tim 2,11). 

Así pensó Dios al ser humano cuando lo iba modelando con sus propias manos.

domingo, 7 de junio de 2026

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51-58)

 P. Carlos Cardó SJ 

Adoración de la Eucaristía, óleo sobre lienzo de Cornelio Schut (1654), Sala Capitular de la Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de la Alegría, Sevilla, España

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?».
Jesús les dijo: «En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre». 

Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley de Moisés, del templo, del sábado, es decir de aquello que, según la fe judía, les obtiene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra de lo establecido en el libro del Levítico (Lev 17, 10-12). 

Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incluso chocantes, por medio de las cuales Jesús afirma que la fe verdadera consiste en alimentarse de su persona, nutrirse de sus actitudes y de su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, que consiste en la participación de la misma vida-amor de Dios. 

El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, comprobando que uno ya no se entiende a sí mismo sino en su relación con la persona a la que ama. Ya no dos sino uno solo, como en el amor conyugal. Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí, dirá San Pablo (Gal 2,20). 

La terminología eucarística de este discurso de Jesús es clara. La comunidad que escribió el evangelio y todos los primeros cristianos tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue el memorial de su muerte y resurrección, en el que comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz. Proclamaban su muerte y resurrección, y el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús. 

San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas y Pablo; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el significado de la eucaristía en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un sentido eucarístico total. Y es que la fe desemboca necesariamente en la eucaristía. 

Los cristianos aceptamos por la fe que en la eucaristía Jesucristo se nos da, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En ella está el Señor con todo lo que él es y todo lo que él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con él. 

Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la unión tan peculiar que se establece con Cristo y en Cristo. Comulgamos con Cristo, con todo lo que él es, su persona y su misión; y comulgamos en Cristo con todos los que él ama, miembros de su cuerpo, a los que entrega su vida. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo. El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. Por eso pedimos: “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. Nos acercamos a comulgar y pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo de Cristo, que el sacerdote nos muestra y nos entrega. Dicho “amén” proclama nuestra disposición para ser transformados en lo que recibimos.