miércoles, 26 de agosto de 2026

¡Sepulcros blanqueados! (Mt 23, 27-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

Profeta Zacarías, óleo sobre lienzo de Nicolás Javier de Goríbar (inicios del siglo XVIII), Iglesia de la Compañía de Jesús, Quito, Ecuador

Jesús les dijo: "¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros blanqueados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre.
Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad.
¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes construyen sepulcros para los profetas y adornan los monumentos de los hombres santos. También dicen: Si nosotros hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos consentido que mataran a los profetas. Así ustedes se proclaman hijos de quienes asesinaron a los profetas. ¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!" 

¡Sepulcros blanqueados! En esta parte de su discurso contra los fariseos, Jesús alude a la costumbre judía de blanquear cuidadosamente las tumbas para hacerlas bien visibles y evitar que la gente las tocase involuntariamente, quedando con ello inhabilitados (impuros) para el culto en el templo. Jesús critica la moral de las formas y de las apariencias, cuyo principal empeño consiste en mantener una apariencia bien compuesta, solemne y atractiva, pero que muchas veces puede ocultar incoherencias y maldades. Al exterior, aparente santidad, impecabilidad y buen nombre; pero en realidad lo que se busca es la autojustificación, llegando para ello al desprecio del amor verdadero y de sus exigencias concretas para con el hermano. El amor verdadero, en cambio, obra siempre con sencillez y puede incluso parecer torpe por cierta falta de formas diplomáticas, pero ante las injusticias y el dolor de los hermanos no se escabulle, no teme mancharse las manos ni busca refugio en formas y discursos de mera connivencia. Así actuó Pilato. 

¡Edifican mausoleos a los profetas! Se venera a los profetas porque ya están muertos.  Se alaban sus discursos, pero para volverlos inofensivos. Se exaltan las cosas buenas que anunciaban, pero se callan las cosas que denunciaban y que siguen conmoviendo las conciencias. 

¡Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado…!, dicen los fariseos. Jesús les hace ver que es fácil criticar el pasado, darse golpes de pecho por los pecados de los antiguos, pero no hacer nada para que no se reproduzcan en el presente. Se llega incluso al prurito de arremeter contra las cruzadas, la inquisición, la persecución de las brujas, la extirpación de las idolatrías…; pero más vale arrepentirse de lo que ahora se sigue haciendo, pues –desde muchos puntos de vista– es la misma historia de violencia. Más aún, ¿no será peor nuestra historia con su diabólico afán de consumir, explotar y contaminar el habitat humano, la vida en el planeta? ¿Cómo juzgarán a esta generación las generaciones futuras? 

Con sutil ironía Jesús exhorta a los fariseos a llevar a término la obra que sus antepasados iniciaron. ¡Completen, pues, lo que sus antepasados comenzaron! Alude a los propósitos homicidas que aquellos mantuvieron frente a los profetas, y que les llevaron a promover o apoyar su muerte en ejecuciones sumarias. Es lo que quieren hacer con él, les advierte Jesús a sus oyentes. La misma violencia con que actuaron sus antepasados les llevará a darle muerte. Completarán así la historia del rechazo a los enviados de Dios, porque él es el mensajero definitivo, portador de la salvación, que les transmitió la llamada definitiva a la conversión. Es el tema de la parábola de los viñadores homicidas, ya propuesta por Jesús (Mt 22,1-14). Es el colmo al que llegarán los fariseos: rendir homenaje a los antiguos profetas y matar al mesías que ellos anunciaron. 

Jesús, en este punto, no duda en emplear las amenazas que Juan Bautista dirigió a sus interlocutores (Mt 3,7). Serpientes, raza de víboras, ¿cómo escaparán a la condenación del fuego que no se apaga? La realización de este anuncio se cumple ahora en Jesús y en sus enviados, los evangelizadores, que serán igualmente perseguidos como los profetas, maestros y sabios de Israel, desde el justo Abel hasta Zacarías, cuya sangre cayó sobre el altar. La maldad acumulada, que recae sobre el judaísmo farisaico por reproducir la maldad de sus antepasados, tendrá un final desastroso, como advierte Jesús en la parábola de estilo apocalíptico que viene a continuación de este texto.

martes, 25 de agosto de 2026

La hipocresía de los fariseos (Mt 23, 23-26)

 P. Carlos Cardó SJ 

El ciego que guía a otros ciegos, óleo sobre lienzo de David (1655 aprox.), Galería Real de Pinturas Mauritshuis, La Haya, Países Bajos

Jesús dijo: "¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo hasta sobre la menta, el anís y el comino, pero no cumplen la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. Ahí está lo que ustedes debían poner por obra, sin descartar lo otro. ¡Guías ciegos! Ustedes cuelan un mosquito, pero se tragan un camello. ¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes purifican el exterior del plato y de la copa, después que la llenaron de robos y violencias. ¡Fariseo ciego! Purifica primero lo que está dentro, y después purificarás también el exterior." 

Jesús critica la hipocresía de los fariseos, vicio que constituye un peligro en todas las religiones y movimientos espirituales. En particular, Jesús critica la hipocresía subyacente a la actitud de muchos guías ciegos que convierten la religión en un conjunto de prácticas reglamentadas, de cuyo cumplimiento se obtiene fama de justo. 

Este afán de justificarse el hombre por sus obras, llevaba a querer asegurarse la salvación con el legalismo. La ley mosaica se había desmenuzado en centenares de normas que regulaban la vida cotidiana hasta en lo más mínimo, pero que llevaban al mismo tiempo a olvidar lo más importante: la justicia, la misericordia, la fidelidad. Por eso los recrimina el profeta Isaías: Así dice el Señor: Este pueblo… me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, simple rutina” (Is 29,13). A esto se refiere Jesús al decir: ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley: la voluntad de Dios, la misericordia y la fe! 

Frente a ello, Jesús propone el amor al Padre y a los hermanos, que si es verdadero llevará al hombre a actuar siempre con delicadeza, teniendo cuidado de lo pequeño, pero sin caer en el escrúpulo, ni en la manía ritualista. 

¡Guías ciegos que cuelan un mosquito pero se tragan un camello! Legalismo absurdo que hace prestar atención al detalle pero impide ver el conjunto. La liturgia y la vida espiritual se mecanizan con el detallismo ritualista. 

Critica también Jesús la religiosidad de la pura apariencia, que había llevado a la obsesión por la limpieza y purificación aun de los utensilios domésticos, vasos y platos, con olvido de la purificación interior de la persona, que es lo importante. Bajo una exterioridad cuidada al máximo, se oculta rapiña y corrupción. Hay que purificar primero el interior de la persona. La obra de Dios consiste en la purificación del corazón, en la creación de un espíritu nuevo, participación de su mismo espíritu: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme; no me arrojes de tu presencia, no retires de mí tu santo espíritu; devuélveme la alegría de tu salvación, fortaléceme con tu espíritu generoso (Sal 51, 12-14). Espíritu firme, santo y generoso. Así puede el hombre tener un corazón como el de Dios, ser misericordioso como el Padre es misericordioso (Lc 6, 36). 

El fariseísmo es una amenaza constante a la vida cristiana porque tienta bajo apariencia de bien: convierte el evangelio en ley, en vez de buena noticia del amor salvador del Señor, se fija solamente en los mandatos y prohibiciones.  Lleva así a confiar más en la ley, que en la gracia-amor que se nos da y es la que salva. Conduce a la vanagloria por los méritos propios y al rechazo de los otros, a no comportarse como hermano. 

Bajo apariencia de bien. El mal puede venir de transgredir la ley, sin duda; pero también, y más sutilmente, puede venir disfrazado con la máscara de la observancia. Entonces es difícil reconocerlo. Es la hipocresía de quien se sirve de la Palabra (de la Iglesia, de las instituciones religiosas, de los roles y funciones, etc.) para obtener beneficio propio, aprobación, vanagloria, no gloria de Dios.

lunes, 24 de agosto de 2026

Transmisión de la experiencia de fe (Jn 1, 45-51)

 P. Carlos Cardó SJ 

Natanael debajo de la higuera, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”.
Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?”.
Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.
Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Éste es un verdadero israelita en el que no hay doblez”.
Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?”.
Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”.
Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.
Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”.
Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. 

La experiencia de fe no se queda como algo íntimo, se comparte. Y en el compartir, la fe se transmite. Dios se vale de personas que se han encontrado con él para que otras también lo conozcan o descubran su voluntad. Las palabras humanas disponen a la escucha de la Palabra. 

Este dinamismo comunicativo de la fe aparece en el texto y nos invita a recordar –agradecidos– las mediaciones humanas de la gracia en nuestra propia historia, personas concretas gracias a las cuales nos vino la fe, maduramos en ella, o pudimos conocer la voluntad de Dios en nuestra vida. Dice el pasaje evangélico que Andrés conduce a su hermano Simón a vivir la experiencia del encuentro con Jesús. Felipe invita a Natanael a ir y ver por sí mismo quién es Jesús de Nazaret. 

Natanael no figura en la lista de los Doce, puede ser Bartolomé según la tradición. Su amigo Felipe, entusiasmado, le dice que han encontrado al Mesías, de quien hablaron Moisés y los profetas, y que es Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Pero a Natanael, como a cualquier judío, no podía pasarle por la mente que el Mesías pudiese venir de Nazaret, pueblecito sin importancia que ni siquiera se menciona en todo el Antiguo Testamento. Se aguardaba a un descendiente de la casa y familia real de David, cuya ciudad fue Belén de Judea. Se entiende, pues, que Natanel muestre su desconfianza: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Pero Felipe le replica señalando aquello que es fundamental en la fe: el salir de uno mismo para experimentar el encuentro con Dios. Ven y lo verás. Hay que ir y situarse donde está el Señor, establecer un contacto personal con él y entonces todo quedará iluminado con una luz nueva, tendrá la luz de la vida (Jn 8,12). 

Jesús ve venir a Natanael. Lo conoce sin que nadie le haya hablado de él. Ve el interior de las personas y las conoce más que nadie, con un conocimiento, además, lleno de estima de lo mejor que hay en cada uno. Natanael debió ser un judío virtuoso. Por eso Jesús lo alaba: Ahí tienen a un israelita auténtico en quien no hay engaño. El engaño y la mentira destruyen lo que la religión puede producir en una persona. 

¿De dónde me conoces?, pregunta Natanael sorprendido. Si en ese momento hubiese obrado en él la fe, habría recordado tal vez las palabras del Salmo 139: Tú me sondeas y me conoces…desde lejos conoces mis pensamientos. El saberse conocido por Dios inspira confianza. Por eso el mismo salmo termina pidiéndole: Conoce mi corazón y ponme a prueba. 

Jesús le dice: Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi. Los exegetas se esfuerzan por descubrir el significado de esta frase, pero hasta ahora sólo han conseguido especulaciones. Lo más probable es que se refiera a Natanael como figura simbólica del acercamiento de Israel a Dios por medio de la lectura y estudio de las Escrituras. En las tradiciones judaicas, en efecto, la higuera, árbol ubérrimo en dulces frutos, era símbolo del conocimiento y de la felicidad, que se logra principalmente con el estudio de la Ley. Pero conocer la Ley no basta para el encuentro con el Mesías; por eso quizá las resistencias iniciales de Natanael respecto a Jesús. 

Rabí, tu eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel, confiesa Natanael, reconociendo la filiación divina de Jesús, maestro y rey de Israel. Sus palabras son un anticipo de todo lo que el evangelio anunciará: la revelación del Hijo. 

¡Cosas mayores verás!, le dice Jesús. Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre. Verás que Jesús es aquel por quien se abren definitivamente los cielos y sobre quien desciende el Espíritu. Jesús será el “lugar”, el espacio de las relaciones auténticas con Dios, el verdadero templo y puerta entre Dios y los hombres, realidad que fue apenas vislumbrada en la visión de la escala de Jacob en Betel, terrible lugar y puerta del cielo (Gen 28,17). Jesús es la verdadera escala, que une al cielo con la tierra: Dios se comunica al hombre y el hombre entra en comunicación con Dios.

domingo, 23 de agosto de 2026

Domingo XXI del Tiempo Ordinario - ¿Quién dicen ustedes que soy yo? (Mt 16, 13-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús entrega las llaves a San Pedro, óleo sobre lienzo de Jean-Auguste Ingrés (1820), Museo Ingrés, Montaubam, Francia

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?".
Ellos contestaron: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas".
Él les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?".
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Jesús le respondió: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Y ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. 

Mientras suben a Jerusalén donde va a ser entregado, Jesús pregunta a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos responden refiriendo las distintas opiniones que circulan: que es Juan Bautista vuelto a la vida, que es Elías, enviado a consagrar al Mesías (Mal 3, 23-24; Eclo 48, 10) y preparar el reino de Dios (Mt 11, 14; Mc 9,11-12; cf. Mt 17, 10-11), o Jeremías, el profeta que quiso purificar la religión, o un profeta más. 

¿Quién dicen ustedes que soy yo?, les dice. De lo que sientan en su corazón dependerá su fortaleza o debilidad para soportar el escándalo que va a significar su muerte en cruz. 

Entonces Pedro toma la palabra y le contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Pedro, actuando en nombre de los Doce, le contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Estas palabras, con las que proclama que reconoce a Jesús como Mesías divino, no han podido nacer de su genial perspicacia; como las demás los discípulos él es un hombre sin mayor instrucción, un pobre pescador de Galilea. Sus palabras han sido fruto de una gracia especial. Por eso le dice Jesús: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. 

Pedro tiene el germen de esa fe que irá madurando en él hasta que, vuelto de sus pruebas, sea capaz de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 31).  Por eso Jesús le dice: Tú serás llamado piedra, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, dándole como misión el servicio de la unidad, sobre la base de la conservación de la común fe revelada y el vínculo de la caridad. 

Ahora ya todo cambia, Jesús puede manifestarles claramente el misterio de su persona y del destino que le aguarda. Él es el enviado del Padre, el Mesías Salvador, que entregará su vida por nosotros, será crucificado y resucitará por la fuerza de Dios su Padre. 

Pero este padecer mucho remite a un misterio que se nos tiene que revelar. Tendrá que venir la luz de la Pascua para que los discípulos lleguen a entender que no es el sufrimiento por sí solo lo que salva, sino el amor y la confianza con que Jesús lo asume, haciendo presente a Dios en él con todo el poder salvador de su amor. De este modo Jesús introduce el amor de Dios en toda situación humana de dolor, de pecado, de injusticia y de muerte para que en ella esté siempre presente en favor de los que sufren la fuerza del amor de Dios, que libera y salva. Los padecimientos y la muerte de Jesús hacen ver hasta qué extremos llega el amor que Dios nos tiene. 

Un lenguaje así choca con la manera habitual de pensar de los hombres. Por eso, Pedro en particular no lo entiende. Ha reconocido a su señor como el Mesías, Hijo de Dios vivo, pero no ha sido capaz de incluir en su confesión de fe su aceptación del camino de cruz que Jesús debe recorrer. Por eso, con la misma impulsividad con que se lanzó a confesar, a nombre de todos, su fe en Jesús Mesías, ahora, llevando aparte a Jesús, comenzó a reprenderlo. Pero recibe de Jesús la más severa reprimenda: Ponte detrás, Satanás…, tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Están los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres; el discípulo preferido aún no ha dado el paso.