jueves, 30 de abril de 2026

No es el siervo mayor que su señor (Jn 13, 16-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo lava los pies de sus discípulos, óleo sobre madera de Jacopo de Barbari (1500 aprox.), Galería Nacional de Bratislava, Eslovaquia

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra mí. Se lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy. En verdad les digo: El que reciba al que yo envíe, a mí me recibe, y el que me reciba a mí, recibe al que me ha enviado». 

No es el siervo (esclavo) mayor que su señor… No es que llame siervos a sus discípulos, a quienes les ha lavado los pies, poniéndolos a su nivel, él, su Maestro y Señor. Lo que pretende con la frase es hacerles ver la arrogancia e insensatez que sería pretender vivir sin seguir su ejemplo. Él les ha enseñado dónde deben encontrar la verdadera grandeza. Pueden recordar las veces que Jesús les dijo que deben estar siempre dispuestos a servir, como lo hizo él al ponerse a lavarles los pies. La grandeza de Jesús como señor ha quedado de manifiesto en el hacerse servidor de todos, no en ponerse por encima de los demás y dominar. La frase que traen los Sinópticos sobre lo que significa ser el primero en la comunidad, ha debido ser una enseñanza continua de Jesús a sus discípulos: Ya saben que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y sus dirigentes las oprimen. Nada de esto se ha de dar entre ustedes, sino que el que quiera ser el primero, hágase el servidor de los demás (Mc 10, 42 s.). 

Ellos son sus enviados, sus apóstoles. Es la primera vez que en Juan aparece este término. La grandeza del apóstol ha de ser la de quien lo envía, que se plasma en el servicio que ofrece. No tiene ningún sentido buscar en la comunidad (Iglesia) otro tipo de grandeza. Pretensiones así no deben tener cabida en el ánimo del apóstol ni se deben permitir en la comunidad de los discípulos. 

Pero no es un ánimo empequeñecido lo que Jesús promueve en sus seguidores. La motivación es ser felices: Si hacen esto, serán felices. Es la bienaventuranza prometida al servicio, que Jesús les garantiza. Recordando su ejemplo, el apóstol Pedro resumirá lo que hizo Jesús con estas palabras: Pasó haciendo el bien (Hech 10, 38) y liberando a la gente con el poder del Espíritu Santo. Y la palabra de Jesús que le quedará grabada a Pablo como norma de su trabajo es: Hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20, 35). 

A continuación, Jesús advierte –seguramente con el ánimo conturbado– que no todos sus discípulos serán felices, no todos experimentarán la bienaventuranza ligada al servicio. Por eso dice: No estoy hablando de todos ustedes; yo sé muy bien a quiénes elegí. Y hace una velada alusión a Judas. Estas palabras reflejan la preocupación del Maestro por salvar a su discípulo traidor. Conoce a quienes eligió y a todos los ama, sin excluir a ninguno. No puede excluir a nadie, no sería el Hijo de Dios. Se excluye quien traiciona y eso estaba previsto: El que come mi pan, se ha puesto en contra mía. Es una cita modificada del Salmo 41,10. El original expresa mucho más el sentimiento de quien la dice: Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, y que compartía mi pan, es el primero en traicionarme. Se puede estar en la cercanía más íntima con el Señor, gozar de su confianza y comer su pan, y no obstante dejarse oscurecer la mente hasta traicionar. Pero esa misma Escritura que menciona la traición habla continuamente del amor fiel e inquebrantable de Dios por su pueblo desleal y por cada uno de sus hijos, aun cuando le sean infieles. 

Aunque haya un Judas, el Señor está siempre en su Iglesia, comunidad de los que creen en él. Y está como el Enviante, que escoge y envía a personas siempre defectuosas, nunca del todo aptas para la misión que él les va a confiar. Pero, aunque el enviado sea indigno, el Señor estará con él, se prolongará en él, continuará por medio de él su obra. Por eso, acoger a su enviado es acoger al Señor, que se ha querido identificar hasta con el último de sus hermanos y lo ama con el mismo amor con que lo ama el Padre misericordioso. La misión es siempre válida, sea cual sea el comportamiento del enviado. El misterio de la gracia salvadora y el misterio de la iniquidad coexisten en el tiempo. Dios es capaz de realizar su designio de salvación aun cuando el mal y la culpa actúen desde el centro mismo de su Iglesia, en sus ministros y representantes.

miércoles, 29 de abril de 2026

Yo, la luz, no he venido a condenar sino a salvar (Jn 12, 44-50)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo redentor, témpera sobre lienzo de Andrea Mantegna (Siglo XV), Congregación de la Caridad, Correggio, Italia

Jesús dijo claramente: «El que cree en mí no cree solamente en mí, sino en aquel que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no permanezca en tinieblas. Si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvarlo. El que me rechaza y no recibe mi palabra ya tiene quien lo juzgue: la misma palabra que yo he hablado lo condenará el último día. Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre, al enviarme, me ha mandado lo que debo decir y cómo lo debo decir. Yo sé que su mandato es vida eterna, y yo entrego mi mensaje tal como me lo mandó el Padre». 

Alzando la voz para que todos en el templo le escuchen, Jesús proclama que quien cree en él, cree en Dios que lo ha enviado. Habla de sí mismo con toda convicción. Todo su discurso está en primera persona. Quiere hacer ver que es a él a quien hay que buscar y seguir porque en él está la fuente de aguas vivas y a su luz veremos la luz de nuestro destino eterno (cf. Sal 36, 9). Cristo es el “objeto” de nuestra fe. Quien se adhiere a él por la fe, entra en contacto directo con Dios, lo conoce, escucha sus palabras que liberan y conducen a la máxima realización de su persona. Quien cree en mí, no cree en mí sino en aquel que me envió. 

Quien me ve, ve a quien me envió. Una idea continuamente expuesta en el evangelio de Juan es que Jesús es el revelador del Padre: quien lo ve, ve a Dios, al Invisible, a Aquel a quien nadie ha visto. Jesús, el Hijo, nos hace accesible al Inaccesible. Ya no es la Ley lo que nos da acceso a Dios, como querían los fariseos. En Jesús conocemos quién es Dios y cómo ama Dios. 

Por eso, por ser revelador de Dios, Jesús es luz. Yo, la luz, he venido al mundo para que quien cree en mí no permanezca en las tinieblas. Asegura, por tanto, a quien lo sigue un camino seguro hacia la realización auténtica de su ser en Dios. Da a conocer la realidad como Dios la conoce y hace conocer y vivir la verdad de nosotros mismos. Esta luz la llevamos dentro y nos hace ver a Dios como padre y a los demás como hijos suyos y hermanos nuestros. 

Pero Jesús no se impone, no coacciona a nadie; él invita, ofrece un don, proclama una buena noticia. Escuchar y acoger sus palabras son un acto libre, que se hace desde el corazón, de lo contrario no transforman a la persona, la dejan librada a su limitada capacidad de darse a sí misma una duración eterna, o de lograr la plena realización de sus anhelos. Por eso dice: Si alguno escucha mis palabras y no las conserva, yo no lo juzgo. Es la idea expresada en el capítulo 3,19: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él. Es verdad que su Padre no juzga a nadie, sino que le ha dado al Hijo todo el poder de juzgar (5,22). Pero este juicio que el Hijo realiza se cumple en la cruz, donde el amor máximo de Dios por nosotros enfrenta la maldad de este mundo. 

Es el propio sujeto quien se condena al rechazar este amor salvador de Dios. Al negarse a escuchar a Jesús y seguir sus enseñanzas, rechaza su propia realidad verdadera, vive de manera inauténtica, y eso se pone de manifiesto. En el evangelio de Juan eso equivale a preferir las tinieblas a la luz. Para quien me rechaza y no acepta mis palabras hay un juez: las palabras que yo he dicho serán las que lo condenen. 

Jesús termina este discurso afirmando categóricamente que ha hablado con la autoridad de Dios: el Padre que me envió es el que me ordena lo que debo decir y enseñar. Y quiere también Jesús transmitirnos la seguridad de que todo lo que el Padre le ha ordenado decirnos es para nuestra vida. Todo lo que ha hecho y enseñado es capacitarnos y orientarnos para vivir plenamente. Por eso sus palabras: Yo sé que su enseñanza lleva a la vida eterna. Así pues, lo que yo digo es lo que me ha dicho el Padre.

martes, 28 de abril de 2026

El Buen Pastor (Jn 10, 22- 30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Yo soy el buen pastor, vitral de la iglesia anglicana de San Juan Bautista, Ashfield, Nueva Gales del Sur, Sidney, Australia

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente".
Jesús les respondió: "Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa". 

¿Cómo pudo amar Jesús con la solicitud y entrega tan plena que describe cuando habla de sí mismo como el buen pastor? La respuesta nos la da en su última frase: El Padre y yo somos uno. Aparte de las deducciones que podemos sacar sobre la unión esencial del Padre y el Hijo en la vida trinitaria, lo que esta frase nos dice es que si Jesús fue el hombre totalmente entregado a los demás, lo fue por su íntima unión con Dios, por su armonía plena de voluntades y comportamiento. Precisamente por estar unido a Dios, Jesús estaba unido a todos los hijos e hijas de Dios, su Padre. 

Vivía en cada instante con la conciencia de ser amado, acogido y sostenido por Dios y esta confianza absoluta le hizo libre de sí mismo y libre de toda motivación egoísta, no sólo para no situarse ante los demás en actitud competitiva o dominadora, sino para amar sin buscar otro interés que el de servir y procurar para sus hermanos la mejor vida que podían vivir. De su pertenencia a Dios brotó aquella apertura suya que lo llevaba a aceptar a todos por igual, a dejar que las personas fueran ellas mismas, a dar de lo que tenía y compartir su propio ser con los demás: con hombres, mujeres, niños y gente de toda condición, judíos y no judíos, sanos y enfermos, pobres y ricos, incluso con aquellos que eran tenidos por impuros y gente de mal vivir. (Mc 7,15; 2,16s; Lc 15, ls). El amor de Dios por nosotros se hizo realidad palpable en él y él se realizó a sí mismo como persona en ese mismo amor. 

Por eso Jesús fue un hombre diferente: en su sensibilidad y compasión hacia el dolor de los demás, en su simpatía activa hacia ellos (cf. Mt 9,36; 15,32) y en su compromiso incansable en su favor. Al tratar con él, los pobres se sentían partícipes de la buena nueva (Lc 4,18-21; Mt 11,4s), los necesitados se percibían objeto de la misericordia (Mt 25,31-45), los enfermos experimentaban la cercanía de Dios, los discriminados y oprimidos se beneficiaban de su solidaridad y amistad, se sentían aliviados y capaces de desarrollar el sentimiento de la propia valía (Mt 11,19 par; Mc 2,14-17). Al verlo, los discípulos -y más tarde las comunidades cristianas- aprendieron a establecer relaciones nuevas entre sí y a ejercitarse en una convivencia sin violencia y en reconciliación (Mc 2,15-17; 3,18s; Mt 5,43-48 par). La solidaridad de Jesús crea relaciones, forja vínculos de unión y permite reconocer que las relaciones solidarias en justicia y amor constituían los deseos más profundos de su corazón. 

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Nada aleja a la gente de Jesús. Todos se sienten conocidos por dentro y comprendidos; el pastor no juzga, llama a cada oveja por su nombre y las acepta como son. Por eso lo siguen y se dejan guiar por sus enseñanzas en el quehacer diario. Esta solicitud por los suyos constituye la fuente de inspiración de sus seguidores, que se sienten llamados a adoptar su estilo de vida en el trato con los demás. 

Yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, nadie me las podrá quitar. Si algo desea Jesús es que los suyos tengan vida en abundancia, una vida que nada ni nadie les pueda quitar. Todo el mundo anhela una vida plena, cargada de sentido, útil y fecunda, libre de amenazas, en una palabra: capaz de ser feliz siempre y no sólo hasta la muerte. Una vida así es la vida salvada, que sólo puede venirnos de Dios como el don por excelencia. Ahora bien, Jesús nos hace ver que ese don es ya ahora una realidad ofrecida: quien cree en él, es decir, quien hace propia la vida que él nos muestra en su persona, experimenta la dicha de una existencia bien encaminada, con un valor de eternidad que Dios reconoce. No perecerán para siempre y nadie me los podrá quitar. El Padre es glorificado en esta vida que nos da con su Hijo. Y porque el Padre todopoderoso –que está por encima de todo lo creado– nos ha confiado a su Hijo, nada ni nadie podrá arrebatarnos de su mano.

lunes, 27 de abril de 2026

Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 16-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pescadores de almas, óleo sobre madera de roble de Adriaen Pietersz van der Venne (1614), Museo Nacional de Ámsterdan (Rijksmuseum), Países Bajos

Los Once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban.
Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia». 

La última voluntad del Señor es que sus discípulos se conviertan en “testigos”, capaces de anunciar al mundo que el pecado, la carga opresora del hombre, ha perdido su fuerza mortífera por la muerte y resurrección del Señor. Cristo resucitado es la garantía de la victoria sobre el mal de este mundo. En su Nombre se anuncia el perdón del pecado. Ya no hay lugar para el temor porque Dios es amor que salva. Los discípulos han de llevar este anuncio a todas las naciones. La fuerza para ello les viene del Espíritu Santo, don prometido por el Padre de Jesucristo. Así como el Espíritu descendió sobre María, descenderá sobre ellos. La encarnación de Dios en la historia llega así a su estado definitivo. 

Se trata, según Mateo, de hacer discípulos, no simplemente de anunciar, ni sólo de instruir y, menos aún, de adoctrinar, sino de crear las condiciones para que la gente tenga una experiencia personal de Cristo, que les lleve a seguirlo e imitarlo como la norma y ejemplo de su vida. Esto significa entrar en su discipulado, hacerse discípulos para asumir sus enseñanzas y también asimilar su modo de ser. 

La comunidad eclesial, representada en el monte, aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Las Iglesia hace visible el poder salvador de su Señor. 

La comunidad cristiana no puede quedar abrumada por la acción del mal en el mundo en la etapa intermedia entre la pascua del Señor y su segunda venida. La acción triunfadora de Cristo Resucitado sigue presente como el trigo en medio de la cizaña. Con mirada de fe/confianza, el cristiano discierne los signos de esa presencia y acción de Cristo vencedor, que se lleva a cabo por medio de los creyentes. Por eso, antes de partir, los dotó de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo. 

Jesucristo Resucitado es el verdadero fundamento de la fe de la comunidad cristiana y por medio de ella continúa anunciándose y manifestándose el reinado de Dios y la salvación para el que crea y se bautice.