martes, 26 de mayo de 2026

Vengan a mí los cansados y agobiados (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Dios Padre y el Espíritu Santo, óleo sobre lienzo de Domenico Antonio Vaccaro (1700 – 1710 aprox.), Galería Real de Pinturas Mauritshuis (o Casa de Mauricio), La Haya, Países Bajos

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

Este trozo del evangelio de San Mateo consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30). 

En la primera parte tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. 

Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se ha revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios. 

En ese contexto, dice Jesús: “¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!” Cansados y agobiados vivían los judíos a causa de la religión de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Agobiado está quien no tiene otra actitud que la del temor servil, que lleva a cumplir la ley moral por el temor al castigo o la esperanza de premios. Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía y en el orgullo del hombre por sus obras. El amor cristiano, en cambio, lleva incluso a curar a un enfermo en día sábado y a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Este amor produce gozo y descanso, es justicia nueva, hace posible vivir la vida misma de Dios que es amor. 

Y yo los aliviaré”. Él dará reposo a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la casa del Padre; la seguridad de que donde mis fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios; la certeza de que ni siquiera el poder de la injusticia y de la  muerte de que es capaz el ser humano sobre la tierra podrá impedir la llegada del reino, porque el mundo, creado bueno por Dios, pero maltratado y herido por la maldad humana, ha sido amado, salvado y asumido en la carne de ese hombre perfecto, que es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios resucitado. 

La ley del amor que él nos da no es carga que oprime. Mi yugo es suave y mi carga es ligera, nos dice. Su nueva ley del amor es la verdad que libera, porque nos hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Vengan a mí… aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón y yo les daré descanso. Responder a su llamada es aprender del corazón de Jesús man­sedumbre, humildad, sencillez, amabilidad. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

lunes, 25 de mayo de 2026

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Crucifixión de Jesús con María y Juan, óleo sobre tabla de Rogier Van der Weyden (1455), Museo de Arte de Filadelfia

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.
Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos con la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, nos da su Corazón. 

San Juan resalta el don de la Madre. De pie junto a la cruz de su Hijo, está como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela interiormente por el amor y la fe que tiene a su Hijo. La discípula, la gran creyente, la que será proclamada dichosa por todas las generaciones, es ahora la Madre de los dolores porque ha llevado hasta el fin su identificación con el Crucificado. Ella siguió a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde él inició, a petición de ella, los signos de su gloria, en unas bodas que preanunciaban la boda del Cordero crucificado, en la que también ella se hace presente. Por la fidelidad de su amor y de su fe, ella es Madre y figura de la Iglesia, Madre de la nueva humanidad redimida. Y representa también a Israel, pero como esposa fiel que dice: Hagan lo que les diga. 

Junto a la Madre estaba el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. Es figura universal de todo aquel que es amado por el Hijo. Él está también como quien contempla al Hijo alzado a lo alto, y cuyo porte evoca al de Moisés que levantó la serpiente a lo alto. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. En su evangelio canta el amor del Hijo por nosotros. 

Aparecen también en la escena la hermana de su Madre, María de Cleofas, y María Magdalena. Su fidelidad amorosa al Señor, a quien servían en sus necesidades, contrasta fuertemente con la infidelidad de los discípulos, que llenos de miedo huyeron y lo dejaron solo; y contrasta mucho más con el odio de los judíos y de los verdugos que no dejan de insultarlo y atormentarlo. 

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí sino de los demás, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer¸ hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia. 

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él. 

- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo, para que la reconozca como madre suya. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. Ha establecido para siempre la relación madre-hijo que constituye a la Iglesia en su ser más íntimo. 

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, es decir, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu porque él asumió nuestra carne en el seno de María y habitó entre nosotros. 

La acoge como su madre. Por la fe renacemos a la condición de hijos en su Hijo, hermanos de él porque asumió nuestra carne en su seno y habitó entre nosotros por obra del Espíritu Santo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del Domingo de Pentecostés - Venida del Espíritu Santo (Jn 20,19-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pentecostés, fresco de Giotto di Bondone (1304 – 1306) Capilla de los Scrovegni, Venecia, Italia

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: "Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos."
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".
Contestó Tomás: "Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".
Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre. 

Jesús, fiel a su promesa, envía desde su Padre al Espíritu Santo (Jn 14,2.15-17.25-26;15,26-27;16,4b-11.12-15). Por medio de él hace posible su presencia secreta en la historia, en la vida de todos nosotros, en todas las circunstancias que nos toque vivir. 

Pero ¿qué es, o mejor, quién es el Espíritu Santo? Podemos tener de él una idea equivocada, como si fuese algo, una cosa abstracta y sutil, un concepto o una fórmula, y no como nos enseñó a entenderlo Jesús, es decir, como un ser personal. 

Porque Jesús fue, en efecto, quien nos hizo comprender a Dios como comunidad de tres personas. Primero a Dios como Padre suyo y nuestro, creador y fuente de vida, con quien mantuvo una cercanía tan peculiar que le permitía llamarlo Abba, Padre. Por vivir en permanente comunión de vida con él, Jesús pudo ser reconocido no sólo como el mayor de los profetas y santos, sino como el Hijo de Dios y Dios con nosotros. Y finalmente, nos envió desde su Padre una nueva presencia suya y del Padre con nosotros y en nosotros, y la llamó Espíritu Santo. En el Espíritu vienen a nosotros el Padre y el Hijo, en él nos unimos a Dios y es el amor que ha sido derramado en nuestros corazones. 

Es el Espíritu que fecundó a María, realizando la encarnación de Dios. Es el Espíritu que condujo a Jesús al desierto y descendió después sobre él en el Jordán. El Espíritu que le acompañaba siempre, porque el Padre se lo había comunicado plenamente (Jn 3,34). Jesús lo llamó Paráclito –defensor y consolador- (Jn 14,16.25; 15,26; 16,7) y también Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13), que nos asistirá en los peligros y nos llevará al conocimiento de la verdad plena, convirtiéndonos en “testigos” (15,27). 

El evangelio de Juan relata la venida del Espíritu Santo señalando la acción que realiza en la Iglesia. Cristo Resucitado se apareció a los discípulos, les dio su paz y, después de mostrarles sus llagas y costado, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…

sábado, 23 de mayo de 2026

Destino del discípulo (Jn 21, 20-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

Discípulos Pedro y Juan ante la tumba de Jesús, óleo sobre lienzo de Henry Osawa Tanner (1900 aprox.), Instituto de Arte de Chicago, Estados Unidos

Pedro miró atrás y vio que lo seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: "Señor, quién es el que te va a entregar?".
Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: "¿Y qué va a ser de éste?".
Jesús le contestó: "Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme".
Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: "Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?".
Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.
Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros. 

Después del diálogo de Jesús Resucitado con Pedro, en el que le ha ratificado en la misión de apacentar su rebaño, aparece en escena el discípulo a quien tanto quería. Lo que sigue va a ser una constatación de que en la comunidad eclesial hay distintas formas de seguimiento de Jesús y distintas funciones y carismas que deben coexistir en armonía. Pedro representa a la iglesia jerárquica, el discípulo amado simboliza a los cristianos que, mediante el trato personal con el Señor y la entrega a los demás, testimonian hasta el fin de los siglos el amor salvador con que Dios nos ha amado en su Hijo. 

Pedro miró alrededor y vio que, detrás de ellos, venía el otro discípulo al que Jesús tanto amaba. Su triple confesión de amor, que ha anulado su triple negación y ha hecho posible que el Señor le confiera la misión de pastorear a su rebaño, ha concluido con la orden: Sígueme. Se ha abierto para él un futuro nuevo, el inicio de un auténtico seguimiento de Jesús, que le ha de llevar hasta la aceptación de su mismo destino de cruz. Pedro mira alrededor y ve que el discípulo a quien Jesús tanto quería, viene siguiendo, porque él nunca ha dejado de seguir al Señor. Advierte entonces la importancia que tiene este discípulo: no ejerce un cargo de autoridad, pero sí testimonia un hondo conocimiento de Jesús y un profundo amor a su persona y a su obra. Es el discípulo que, durante la cena, apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús, el que estuvo con la Madre al pie de la cruz y miró al que atravesaron (19,35). Este discípulo tiene la capacidad de escuchar al Señor y de reconocerlo allí donde no es reconocido por los demás, como hizo en la barca cuando dijo a Pedro: Es el Señor. Él representa a la comunidad donde se gestó y escribió el cuarto evangelio (21, 24) y personifica al mismo tiempo al auténtico seguidor de Cristo, que, porque haber sido amado primero (13,23; cf. 1 Jn 4,19) tiene un gran amor al Señor y ama a los demás con el amor con que Cristo los amó. 

La condición de este discípulo, llevada al nivel de lo emblemático, nunca tendrá que faltar en la Iglesia. Las palabras de Jesús a Pedro: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme, no se refieren a la vida temporal que iba a tener el autor del cuarto evangelio, sino al amor que ha de mostrarse en la comunidad como prueba y testimonio de que, con la entrega de Jesús en la cruz y su resurrección, el amor salvador de Dios ha vencido al pecado y a la muerte. Cristo Resucitado sigue actuando en su Iglesia a través del servicio que Pedro, como vicario suyo, debe ejercer; pero actúa también en el servicio del discípulo, cuya intimidad con él le mueve a actuar con aquel amor que es el testimonio más creíble de la salvación que Dios ofrece. 

Queda claro, pues, que lo más importante en la Iglesia es la demostración del amor en todos los servicios, funciones y misiones que en ella se ejerzan. Eso es lo que nunca puede faltar, lo que debe permanecer. Especialmente usado y valorado por Juan, el verbo permanecer, y su sinónimo habitar, recuerdan a la Iglesia que lo decisivo para poder dar fruto es la unión con Cristo y con los hermanos. Ese es el “espacio” donde debe permanecer. Por su parte el creyente recuerda también que el vínculo personal con el Señor es fundamental, cualquiera que sea el camino que debe recorrer y afrontar en su seguimiento. Pero en definitiva uno solo es el camino, el del amor que sostiene el aliento del discípulo a lo largo de la historia: ¡Ven, Señor, Jesús! Ven a dar cumplimiento a la unión perfecta que esperamos, para que seas uno en nosotros como el Padre y tú son uno.