miércoles, 16 de septiembre de 2026

Los niños de la plaza (Lc 7, 31-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

Juan Bautista predicando en el mar de Tiberías, óleo sobre lienzo de Sebastien Bourdon (siglo XVI), Museo de Arte de Portland, Oregón, Estados Unidos

Jesús preguntó: “¿Con quién puedo comparar a los hombres del tiempo presente? Son como niños sentados en la plaza, que se quejan unos de otros: ''Les tocamos la flauta y no han bailado; les cantamos canciones tristes y no han querido llorar''. Porque vino Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y dijeron: Está endemoniado. Luego vino el Hijo del Hombre, que come y bebe y dicen: Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores. Sin embargo, los hijos de la Sabiduría la reconocen en su manera de actuar”. 

Jesús critica duramente a sus oyentes porque no han aceptado el mensaje de salvación ofrecido por Dios a través de él y de Juan Bautista. En otros pasajes, los llama generación adúltera porque rechazan la alianza que Dios ha establecido con su pueblo Israel; y generación pecadora (Lc 11,29-30; Mt 12, 39), porque siguen otros caminos, no los del mandamiento del amor. El lenguaje de Juan Bautista les ha parecido duro, intransigente, y lo han considerado un loco, un endemoniado, y se han mofado de él considerando su predicción como un mero espectáculo. Asimismo, el lenguaje de Jesús, que les ofrece la alegría del reino de Dios y la buena noticia de la misericordia, lo han considerado blando y relajado. Por esta actitud, Jesús los compara, no a los niños de quienes es el reino de Dios, sino a los niños caprichosos que intentan afirmar su independencia yendo en contra del parecer de los demás. 

La parábola que emplea hace alusión probablemente a un juego infantil, que consistía en representar con música de flauta las bodas y el duelo; si la música era alegre, de bodas, había que danzar; si era triste, de duelo, había que fingir el llanto. Los contemporáneos de Jesús se empeñan en jugar su propio juego, cuando hay que llorar, ríen; y cuando hay que alegrarse, se lamentan. Hacen lo contrario de lo que Dios les propone. Y la razón es que han endurecido el corazón. 

Vino Juan, con su porte austero y su mensaje de justicia y penitencia, pero lo consideraron un espectáculo de diversión. Oyen ahora el mensaje de amor que Dios les transmite por medio de Jesús y exigen un Dios severo y exigente. El corazón endurecido de fariseos y doctores, incapaz de discernir, obstaculiza la acción de Dios y frustra sus planes. Y lo peor de todo es que lo hacen seguros de ser los únicos intérpretes válidos de los planes de Dios. Se negaron a convertirse cuando Juan les habló de la inminencia del juicio; se niegan a alegrarse cuando Jesús los invita a alegrarse y hacer fiesta por el amor misericordioso de Dios. Al Bautista lo tuvieron por loco, endemoniado; a Jesús lo llaman comilón y borrachín, amigo de publicanos y pecadores (Lc 7,34). 

Pero la Sabiduría ha sido reconocida por sus discípulos, afirma Jesús. En el texto paralelo de Mt 11, 16-18, la sabiduría designa al mismo Jesús, portador de la alegría del reino, iniciador de las nupcias de Dios con su pueblo. En Lucas, la sabiduría parece aludir más bien al plan de salvación de Dios, prometido por Juan Bautista y realizado por Jesús. Los sabios son los que acogen y viven el mensaje de salvación. Ellos acogieron la invitación a la penitencia hecha por el Bautista y se alegran con el mensaje que Jesús les trae de parte de Dios. Reconocen así la sabiduría divina, es decir, su justicia, y la escuchan. 

La situación descrita se repite constantemente. Basta que una persona adopte un comportamiento coherente con su fe cristiana, y mucho más si se compromete activamente en el trabajo por la Iglesia o por el cambio de la sociedad, para que quienes no quieren un mensaje así lo critiquen, le den la espalda o se rían de él. No aceptan una fe religiosa que los va a llevar a dar lo que no quieren dar. Pero los pequeños, los pobres y los excluidos que no tienen intereses económicos ni poderes sociales o políticos que defender, ven allí una prueba de la validez del evangelio y dan razón a quienes obran así. Esas personas coherentes con su fe, son los discípulos fieles y generosos, los “hijos de la sabiduría”, que siguen reconociendo en Jesús la revelación y actuación del plan de Dios que es capaz de cambiar la historia, la eficacia del amor que transforma la realidad, es decir, la “sabiduría de Dios. 

Muchas otras aplicaciones puede tener la pequeña parábola de Jesús. Pero, no cabe duda, ella nos hace ver de qué manera más o menos definida o ambigua, sutil o grosera, intentamos traer a Dios a nuestro propio querer e interés y no nos determinamos a seguir lo que él nos pide. 

Asimismo, bodas y duelo, alegría y tristeza, son parte de la existencia. Hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para llorar y un tiempo para reír (Eclesiastés 3,4). No todo puede ser llanto y melancolía, ni todo fiesta y diversión. Se exige discernimiento para percibir lo que conviene a cada tiempo, y coraje para cambiar o dominarse. 

Puede decirse, en fin, que no siempre el hacer lo que a uno le parece es signo de una personalidad definida; la terquedad y obstinación pueden rechazar la verdad que los otros muestran.

martes, 15 de septiembre de 2026

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la cruz con María y Juan, óleo sobre lienzo de Albrecht Altdorfer (1512), Castillo de Wilhelmshöhe, Kassel, Alemania

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.
Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos representados en la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, y nos da su Corazón. 

María aparece como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela por el amor y la fe que tiene a su Hijo. Ha seguido a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde él inició, a petición suya, los signos de su gloria. Por la fidelidad de su amor y de su fe, es Madre y figura de la Iglesia. 

Estaba también el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. 

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer, la hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia, el nuevo pueblo santo. 

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él.
- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. La relación madre-hijo constituye a la Iglesia en su ser más íntimo.

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu, porque se hizo hombre en el seno de María. 

Los símbolos se acumulan en el relato. Los Santos Padres comparan la muerte de Jesús al sueño de Adán. Del costado de Adán sale Eva; del costado de Jesús, la Iglesia-Madre. «La primera mujer fue formada del costado del varón dormido, y se la llamó Vida y Madre de los vivientes (Gn 2, 22; 3, 20). El segundo Adán, inclinando la cabeza, se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa, salida del costado del que dormía» (San Agustín. Del Evangelio de Juan, 120.2). 

Como Jesús ya estaba muerto, los soldados no le rompieron los huesos (al igual que el cordero pascual, según Ex 12, 46) sin que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al punto brotó sangre y agua. El agua y la sangre que brotan del costado del Salvador son los símbolos de la vida bautismal y eucarística de los miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Es verdad que la Iglesia “hace”, celebra, los sacramentos, pero también es verdad que los sacramentos, sobre todo el bautismo y la eucaristía, “hacen” a la Iglesia. Los sacramentos son “signos sagrados”, símbolos eficaces de los que Cristo resucitado se vale para abrir el espacio de su Iglesia y habitar en ella por su Espíritu. 

Mirarán al que traspasaron es la otra profecía (cf.  Ez 12, 10) que Juan ve realizada en la lanzada. En adelante, el cristiano vivirá mirando en dirección al costado abierto del Señor que revela su Corazón, el centro íntimo de su persona, lo más nuclear en ella: su amor salvador. En el corazón la persona se revela, es lo que más nos la da a conocer. Aplicado a Jesús, el símbolo del corazón designa –en bella expresión de Karl Rahner– la revelación primera de lo que Jesús es y de lo que Dios hizo en él por nosotros, la “protopalabra” de la que surge todo conocimiento.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Curación del siervo de un oficial romano (Lc 7, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo cura al sirviente del centurión, óleo sobre lienzo de Sebastiano Ricci (siglo XVIII), Galería Nacional de Praga, República Checa

Cuando terminó de enseñar al pueblo con estas palabras, Jesús entró en Cafarnaún.
Había allí un capitán que tenía un sirviente muy enfermo al que quería mucho, y que estaba a punto de morir. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió algunos judíos importantes para rogarle que viniera y salvara a su siervo.
Llegaron donde Jesús y le rogaron insistentemente, diciéndole: «Este hombre se merece que le hagas este favor, pues ama a nuestro pueblo y nos ha construido una sinagoga».
Jesús se puso en camino con ellos. No estaban ya lejos de la casa, cuando el capitán envió a unos amigos para que le dijeran: «Señor, no te molestes, pues ¿quién soy yo, para que entres bajo mi techo? Por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente donde ti. Basta que tú digas una palabra y mi sirviente se sanará. Yo mismo, a pesar de que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y cuando le ordeno a uno: "Vete", va; y si le digo a otro: "Ven", viene; y si digo a mi sirviente: "Haz esto", lo hace».
Al oír estas palabras, Jesús quedó admirado, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: «Les aseguro, que ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande».
Y cuando los enviados regresaron a casa, encontraron al sirviente totalmente restablecido. 

Este pasaje viene después del discurso de Jesús a sus discípulos. Se puede suponer que la intención del evangelista Lucas al ponerlo aquí es la de hacer ver la eficacia de la palabra de Jesús para confiar en ella por encima de todo. Jesús ha anunciado la buena noticia de la salvación para los pobres; la acción que va a realizar ahora será un signo de que la salvación prometida ha comenzado ya a manifestarse. Ha transmitido una serie de principios que tienen que ver con el amor universal, incluso a los enemigos, con la apertura y solidaridad, el respeto mutuo y el perdón; todo ello como contenido práctico de la fe en él y del modo de vivir como verdadero discípulo suyo. Ahora, esos valores y principios normativos aparecerán en el diálogo de Jesús con los enviados de un centurión pagano, en la fe humilde y confiada de éste, en la curación que Jesús va a realizar como respuesta a la fe del oficial, y en el proponer a éste como modelo de creyente para los discípulos y para todo Israel. 

Lucas, a diferencia de Mateo (cf. Mt 8, 5), presenta al centurión romano como un benefactor de los judíos de Cafarnaúm, para quienes ha construido la sinagoga. Se trata, pues, de una persona que, aunque no pertenezca al pueblo escogido de Israel, hace el bien y reconoce la autoridad de Jesús como enviado de Dios. Pero lo que más resalta en él es la actitud de humildad y confianza absoluta: Señor, no te molestes; no soy digno de que entres bajo mi techo. Por eso yo tampoco me consideré digno de acercarme a ti. Pronuncia una palabra y mi muchacho quedará sano. Es un militar que tiene soldados a sus órdenes, pero reconoce la superioridad de la autoridad de Jesús. Frente a ésta y al poder de su palabra con el que puede vencer a la enfermedad, aun sin hacerse presente, la autoridad del oficial no es nada: yo tengo un superior, es decir, yo no soy más que un subalterno, reconoce. La conclusión del pasaje es el asombro que le causa a Jesús esa actitud del pagano y que le lleva a afirmar: Una fe semejante no la he encontrado ni en Israel. 

La comunidad cristiana vio en el centurión el modelo a seguir para creer en Jesús y hacer efectivo el poder de su palabra en sus vidas. El oficial confió que Jesús podía curar a su criado, se presentó ante él sin pretensión alguna, pequeño frente a la autoridad de Jesús, y le manifestó una adhesión que fue más allá del favor que esperaba obtener. Se podría decir, entonces, que el verdadero “milagro”, es decir, lo que más admiración causa es este hombre pagano que viene a la fe. 

La versión más antigua de este pasaje es la que consigna Mateo en su evangelio (8, 5-13). Lucas posteriormente la modifica un poco para poner con mayor énfasis la idea de la universalidad del mensaje cristiano y de la llamada de todos los pueblos a la fe y a la salvación. El oficial romano de Cafarnaúm es presentado como el modelo de los no judíos que reciben la invitación y entran a la comunidad eclesial de los que creen Jesucristo. Por su parte los cristianos pueden aprender la fe y humildad del oficial y la acogida misericordiosa de Jesús a él y a todos sin distinción.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario - El perdón (Mt 18, 21-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

El sirviente despiadado es llevado ante el rey, grabado de Dirck Volkhertz Coombert y Maerten van Heemskerck (1554), Galería Nacional de Arte de Washington D.C., Estados Unidos

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:
"Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le contesta: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo". El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: "Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?".
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano". 

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola. 

La parábola contrapone la magnanimidad del señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda. 

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor y nos encomendó el universo entero para que sirviéndole a él domináramos lo creado; y cuando por desobediencia perdimos su amistad no nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que lo encuentre el que lo busca. Y en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó en su cruz todos nuestros pecados. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido. 

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una humana convivencia en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión. 

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza. 

Pero es de justicia, se suele argüir. En efecto lo es, pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló de perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos. 

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.