miércoles, 5 de agosto de 2026

La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la cananea, óleo sobre lienzo de Ludovico Carracci (siglo XVI), Pinacoteca de Brera, Milán, Italia

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo".
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando".
Él les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel".
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: "Señor, socórreme".
Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos".
Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos".
Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas".
En aquel momento quedó curada su hija. 

Texto provocador. Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano. 

En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel. 

Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro” (se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías). El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9). 

El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia. 

El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos. 

Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan. 

Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar. 

El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos. Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano. Racismo, prejuicios religiosos, sociales, culturales o de género, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, obviamente, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

martes, 4 de agosto de 2026

Vocación de los Doce (Mt 9,35-10,8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Sermón de la montaña, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. 

El relato destaca una de las actitudes más características de Jesús: su compasión. Mateo la describe con las mismas expresiones empleadas en el inicio de la multiplicación de los panes. El cuidado compasivo que Jesús tiene por los pobres, lo va a comunicar a los que va a llamar y enviar. La vocación y la misión nacen de la misericordia. 

El cuadro es desolador: la población vivía en la pobreza y la ignorancia. Y Jesús se conmovió. En hebreo, “compadecerse” equivale a “rompérsele el corazón”. Es lo que siente Jesús ante toda miseria material y espiritual. 

A continuación, sigue el relato del llamamiento de los Doce, comparado a la cosecha: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Esta alegoría resalta el hecho de que la llamada y la misión no dependen de la iniciativa que tomen las personas sino de la voluntad de Dios. Él es el dueño de la mies, él es quien llama a los trabajadores. La tarea es inmensa y Jesús necesita colaboradores. Nos dice que debemos pedir para que los llamados respondan generosamente. 

Jesús se prolonga en el mundo por medio de sus discípulos, de ayer y de hoy: Como el Padre me ha enviado, así los envío yo (Jn 20,21). Los apóstoles son unos enviados, representantes de quien los envía; por eso los hace capaces de hacer lo que él hacía: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias; y el anuncio que harán es idéntico al suyo: el Reino de Dios está cerca (Mt 4,17; 10,7). 

Es un grupo de pequeños artesanos y pescadores; lo más desproporcionado para la tarea que habrá que realizar. De siete de ellos (Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago Alfeo, Tadeo, y Simón el fanático) apenas sabemos nada. El primero es Simón, a quien Jesús llamó Cefas, piedra. Siguen Santiago y Juan, hijos de un tal Zebedeo, designados en el evangelio de Marcos como “Boanerges” (hijos del trueno), es decir, “violentos”. Hay otro Simón, conocido como el “cananeo” por pertenecer al partido de los zelotas, que luchaban contra los romanos. Del noveno de la lista, Leví, sabemos que era publicano, recaudador de impuestos para los romanos, con quien una persona decente no se juntaba. Y el último de la lista es Judas, el traidor. 

Mucho tendrá que trabajar Jesús para hacerles comprender su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio generoso y de perdón aun a los enemigos. No hay entre ellos sabios o fariseos, ni nobles saduceos de la casta sacerdotal de Jerusalén. No son cultos ni virtuosos cumplidores de la ley. Son hombres comunes y corrientes. Los une la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el hecho de haber sido convocados por él. La convivencia entre ellos no debió ser fácil. No todos son personas honorables, incluso resultan incompatibles entre sí. No obstante, ellos estuvieron con Jesús en todas las circunstancias de su vida, vieron sus lágrimas por el amigo muerto, le observaron rezar a su Padre del cielo, conmoverse en sus entrañas ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su propia muerte. Poco a poco, ya no hubo secretos entre ellos y él. Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor (Jn 15,15). El evangelio fue calando en su interior. Y más tarde, cuando ya no recordasen al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos. Y aun cuando se encontrasen en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podían, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en cada caso preciso. 

Tan identificados se sentirán los apóstoles con la persona y misión de Jesús que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, entregando como él su propia vida. 

Los mismos sentimientos ante la multitud de ovejas sin pastor los tiene hoy Jesucristo. Y siguen siendo pocos los obreros para la cosecha. Su palabra, la misma que dirigió a sus discípulos, la escucho yo: Ven, sígueme, cuento con tu colaboración para sanar toda dolencia y anunciar el Reino...

lunes, 3 de agosto de 2026

La tempestad calmada (Mt 14, 22-36)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y Pedro caminan sobre el mar, ilustración atribuida a Youhannès de Berkri (Vaspurakan, Armenia), (1362), conservado en el Museo Armenio de Isfahan, Irán

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo.
La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento en contra.
Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar.
Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!». Y por el miedo se pusieron a gritar.
En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo».
Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».
Jesús le dijo: «Ven».
Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!».
Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?».
Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!».
Terminada la travesía, desembarcaron en Genesaret. Los hombres de aquel lugar reconocieron a Jesús y comunicaron la noticia por toda la región, así que le trajeron todos los enfermos. Le rogaban que los dejara tocar al menos el fleco de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron totalmente sanos. 

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con él. El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo. 

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Soplan el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss). 

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación. 

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios. 

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos. A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la está siempre Jesús a pesar de las tormentas. 

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella. 

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe. 

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla. 

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan.

domingo, 2 de agosto de 2026

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario - Multiplicación de los panes (Mt 14, 13-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Multiplicación de los panes, acuarela de Alexander Andreyevich Ivanov (1850), Galería Estatal Tretyakov, Moscú, Rusia

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: "Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer." Jesús les replicó: "No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer." Ellos le replicaron: "Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces." Les dijo: "Traédmelos." Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. 

El pan es el símbolo con el que Jesús quiso identificarse en lo más característico de su persona y de su obra por nosotros: hombre para los demás, entrega su vida por la vida del mundo como pan de vida eterna. Al mismo tiempo, el pan es el alimento en nuestra vida temporal y la garantía del banquete eterno, que Dios nuestro Padre celebrará con nosotros cuando su reino se haya realizado plenamente. 

Los primeros cristianos consideraron especialmente importante el pasaje de la multiplicación de los panes y, por la forma como lo redactaron, hicieron ver a través de él la importancia que tenía para ellos la Eucaristía, signo realizador de su unión con Cristo y de la unión que debía existir entre ellos. Por eso el texto emplea palabras de la Eucaristía. Jesús tomó los panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran. 

La comunidad tiene su centro en la Eucaristía. Vive del don de su Señor, ofrecido y recibido como el pan de vida. Vive también el anhelo del Señor de servir a los demás y ayudar a resolver el problema de la vida, significado en el hambre de la multitud: hambre de pan y de evangelio. Todo el ser de Jesús y su mensaje, todo lo que nosotros creemos y esperamos, se sintetiza en el gesto compartir con los demás lo que uno tiene y lo que uno es. Eso significa partir juntos el pan. El pan está hecho para ser compartido. Cuando el pan se acumula en pocas manos y se queda gente con hambre, ahí la celebración de la Eucaristía está incompleta. Por eso, cuando los primeros cristianos celebraban la Cena del Señor, hacían que en su única e indivisible celebración se efectuara la distribución de los bienes –para que no hubiera pobres entre ellos (Hech 4,32-35) – y el comer juntos el Cuerpo del Señor, pan de la unidad, que les hacía tener “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Por eso, “no se puede separar el sacramento del Cuerpo de Cristo del sacramento del hermano” (Papa Benedicto XVI). 

Mezclados entre la multitud hambrienta, mostrémonos dispuestos a recibir el pan que Jesús nos da manifiesta en el milagro de los panes. Y dejemos que Jesús nos señale el camino que debemos dar a nuestras vidas. Conmovido por el hambre de la gente, Jesús nos dirá: Denles ustedes de comer. No podemos decir como los discípulos: “que vayan y se compren” lo que necesitan para sobrevivir. En las palabras de Jesús hay un imperativo a sus discípulos de entonces y de ahora a identificarse con él, que es cuerpo entregado, pan, alimento que se recibe y se comparte. 

El relato tiene 3 escenas:
La primera escena es la presentación de Jesús misericordioso que, movido a compasión, toma la iniciativa para resolver el problema de la vida, representado en el hambre de la multitud. Al ver al gentío, se le conmovieron las entrañas. La misericordia es cualidad fundamental del ser de Dios, que es amor, amor de padre y de madre.
 

En la segunda escena, los discípulos piden a Jesús que despida a la gente para que se busquen qué comer. Ellos siguen pensando con la lógica del comprar y del poder. Jesús les ordena pasar a la lógica del compartir: que traigan lo que tienen. Y aunque los medios con que cuentan son insuficientes (no tenemos más que cinco panes y dos peces), Jesús se valdrá de ellos para que a nadie le falte. 

En la tercera escena, Jesús toma los panes de la comunidad, hace que la comunidad participe. Pronuncia sobre ellos la bendición, es decir, hace que baje sobre el pan de la comunidad la gracia de Dios. Con ella, los bienes se transforman y readquieren la finalidad para la que el Creador los hizo, que es la de servir al sostenimiento de todos. Entonces, esos panes, ya dispuestos para ser compartidos, se los da Jesús a los discípulos para que los repartan. Pongamos lo nuestro a disposición de quien lo necesite y veremos que alcanza hasta sobrar: Con lo que sobró llenaron doce canastas. 

Los primeros de la primitiva Iglesia partían el pan en las casas y repartían sus bienes para que a nadie le faltara nada y no hubiera pobres entre ellos. Ese ideal de la Eucaristía de los primeros cristianos, de comulgar en el ser mismo del Señor y manifestarlo en el amor fraterno y en el servicio a los demás es la dirección fundamental que hacia la que han de apuntar nuestros trabajos, nuestro estilo de vida y nuestras decisiones.