domingo, 16 de agosto de 2026

Domingo XX del Tiempo Ordinario - La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la Cananea, óleo sobre lienzo de Mattia Pretti (1665 a 1670), Galería Nacional de Calabria, Italia

Jesús marchó de allí y se fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón.
Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio».
Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros».
Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!».
Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos».
La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».
Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija. 

Texto provocador. Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano. 

En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel. 

Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro” (se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías). El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9). 

El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia. 

El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos. 

Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan. 

Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar. 

El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos. Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano. Racismo, prejuicios religiosos, sociales, culturales o de género, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, obviamente, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

sábado, 15 de agosto de 2026

Fiesta de la Asunción de María (Lc 1, 39-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

Asunción de la Virgen, óleo sobre lienzo de Giovani Franceso Barbieri “Guercino” (1650), Instituto de Arte de Detroit, Estados Unidos

Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: "¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!".
María dijo entonces:
"Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador,
porque se fijó en su humilde esclava,
y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz.
El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!
Muestra su misericordia siglo tras siglo
a todos aquellos que viven en su presencia.
Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes.
Derribó a los poderosos de sus tronos, y exaltó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos,
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su siervo; se acordó de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a sus descendientes para siempre".
María se quedó unos tres meses con Isabel, y después volvió a su casa. 

Celebramos hoy la Asunción de María nuestra Madre: su participación en la victoria de su Hijo Resucitado. La certeza que el pueblo fiel tiene de la gloria de María, la expresó el dogma de su Asunción, proclamado por Pío XII. Confesamos que María ha sido ya glorificada. Y por eso, así como Cristo por su resurrección mantiene entre nosotros su presencia poderosa y eficaz, otro tanto podemos decir de la gloria de María y su «asunción a los cielos». “Asunta” en Dios, está más presente en el mundo y más cercana a nosotros que ninguna otra mujer. Por eso, no sólo pensamos en ella, sino que la invocamos. Ella intercede y nos acompaña. 

Para describir la belleza de María, la liturgia de la misa de hoy le aplica las palabras del Apocalipsis: “Apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”. Estas imágenes no deben hacernos temer a nuestra Madre del cielo. Su extraordinaria santidad y su gloria celeste no la alejan de nosotros. María sigue siendo la humilde jovencita de Nazaret, la madre amorosa que envuelve a su pequeño Niño en pañales y lo recuesta en un pesebre, la mujer perseguida que tiene que emigrar al país extranjero de Egipto, la esposa fiel que vive su entrega a Dios en el silencio de Nazaret, junto a José y a Jesús, dispuesta siempre a ayudar a los demás, la mujer fuerte que acompaña el camino doloroso de su Hijo Jesús, aun no comprendiendo las cosas, aceptando con él la voluntad de Dios. 

San Pablo (1 Cor 15, 20-27) afirma que la resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, señala que el triunfo de Jesús anuncia el retorno de todos los hombres a la vida. Con la proclamación de la Asunción de María, la Iglesia nos recuerda que también nosotros estamos llamados a ello. Todos los que en Cristo han muerto pertenecen a una sola familia, la Iglesia. Y todos los que viven en Dios están unidos con nosotros. En esta unión le corresponde a María un puesto particular. 

El Evangelio nos habla de la visita de María a su pariente Isabel. Atenta a la señal ofrecida por el ángel en su anunciación, María sale de Nazaret de prisa, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que necesita una mujer encinta, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. 

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño que llevaba en su seno, se sintió llena del Espíritu Santo y exclamó: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Es el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia (como Yael y Judit, de las que hablan los libros de los Jueces, c.24, y de Judit, c.13) que vencieron al enemigo de su pueblo. María, con su obediencia a la Palabra, aniquila y vence al enemigo de la humanidad. Ella lleva en su vientre el fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente (Gen 3). En ella toda la creación se torna bendición y vida. 

Isabel comprende que María lleva ya en su seno al Señor, y añade: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función excepcional que le tocó cumplir en el plan de salvación. “Porque, si la maternidad de María es causa de su felicidad, la fe es causa de su maternidad divina”. María es la creyente, la que escucha la palabra de Dios y la cumple. Por eso, la llena de gracia, Madre del Señor, es también Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes. 

Cuando Isabel termina sus alabanzas, María dirige la mirada a su propia pequeñez, fija luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entona su cántico de alabanza. En la línea espiritual de los salmos, con el estilo poético de su pueblo, María responde a lo que Dios -el Santo, el todopoderoso, el misericordioso- ha hecho con ella eligiéndola como madre del Salvador. Con su canto, María nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vida y agradecer los beneficios recibidos. En su canto laten los corazones que saben escuchar a su Dios y reconocen su acción. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María la humanidad y la creación entera cantan la fidelidad del amor de Dios. Es un canto que sintetiza la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y sencillos, que sienten a Dios a su favor. Esta fe de María nos lleva a confirmarnos en nuestra opción por los pobres y por los que sufren. Con Israel, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos”. 

«La gracia que inundó el alma de María cuando el Creador la llamó a la existencia sigue siendo hoy una realidad indestructible. La humildad de María, la belleza de su espíritu, su entrega total a Dios, en una palabra, todo aquello que llenaba su alma y que la llevaba a decir: “He aquí la esclava del Señor”, todo eso es un “presente” …, todo eso es ahora vida eterna, sumergida en el océano de la vida divina, cuya sinfonía resuena en un eterno “hoy”. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora, y en la hora de nuestra muerte, para que podamos entrar en la eternidad en la que estás y que hoy nosotros celebramos en la fiesta de tu Asunción» (Karl Rahner).

viernes, 14 de agosto de 2026

El Matrimonio (Mt 19, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Boda en el pueblo, óleo sobre lienzo de Sir Samuel Luke Fildes (1883), colección privada.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerle una trampa, le preguntaron: "¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?".
Jesús les respondió: "¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer?, y dijo: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola carne” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".
Pero ellos replicaron: "Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?".
Jesús les contestó: "Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio".
Entonces le dijeron sus discípulos: "Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse".
Pero Jesús les dijo: "No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo". 

Para la antropología cristiana, la sexualidad humana no es un simple instinto de conservación de la especie ni una pulsión que tiende únicamente a la consecución de un placer. La sexualidad es el campo de la realización de la persona, en la que ésta, como hombre o mujer, expresa y realiza su ser social, llamado a establecer una relación de amor y mutua pertenencia, que los hace capaces de desear y sostener juntos una vida estructurada. En la unión del hombre y de la mujer se afirma la destinación del ser humano a desarrollar su existencia en el encuentro y la relación, no en la soledad y el aislamiento. Por eso, cuando un hombre y una mujer deciden unirse para siempre, el amor de entrega y de servicio mutuo se les abre como la verdad y el sentido de sus vidas. Porque cuando nos unimos, somos libres; cuando nos acogemos, somos más dueños de nosotros mismos, más humanos. 

Los fariseos le preguntan a Jesús sobre la licitud del divorcio que Moisés permitió para el caso del hombre a quien su mujer dejara de gustarle por haber encontrado en ella algo vergonzoso, a condición de que se le diera a la mujer un documento que le permitiera volver a casarse. La respuesta que da Jesús a esta cuestión va dirigida de manera mucho más amplia al ordenamiento de la sexualidad humana. Lo hace con dos argumentos. En primer lugar, dice que Moisés permitió el divorcio por la “dureza del corazón” del pueblo, que impedía comprender el plan divino y sus preceptos. Jesús critica la actitud de querer quedarse en lo que señala la ley y no aspirar a niveles más altos de obediencia a Dios. En segundo lugar, apela a lo que dice el libro del Génesis que es anterior y de mayor autoridad que la norma mosaica que vino después y es de menor autoridad. Lo que Dios quiso al principio era que el hombre y la mujer se unieran tan íntimamente que formaran una sola carne, expresión hebrea para decir: un solo ser. El repudiar a la esposa fue un añadido posterior, que no concuerda con el plan original del Creador y que surgió en Israel por conveniencias humanas egoístas. 

Jesús aparece, pues, como garante de la estabilidad de la pareja y de la igualdad del hombre y de la mujer. Ambos están llamados a formar una sola carne, una peculiar “unidad de los dos”, que manteniéndolos libres, autónomos y diferentes, los hace pertenecerse el uno al otro y vivir una existencia hecha de entrega de sí mismos y mutua aceptación. La conclusión: que ninguna autoridad humana separe lo que Dios ha unido, se deduce de la razón anterior. 

La respuesta de Jesús, además, mira a la comunidad. El separarse y casarse con otro lo equipara con el adulterio. Los discípulos le replicaron: Así, mejor es no casarse. Y él añadió: No todos pueden con eso, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede. De modo que los discípulos deben entender que el Señor no los abandona y que lo aparentemente imposible Dios lo hace posible dando su gracia, que eleva y capacita al amor humano. 

Esto supuesto, es evidente que existe el riesgo de la ruptura y que el matrimonio puede naufragar porque la persona puede manifestar incapacidad para amar así. Por eso, el amor, que es fuente de todo buen deseo y causa de las mayores alegrías, puede ser también origen de los mayores temores y sufrimientos. Pero la conclusión no puede ser no casarse o casarse hasta ver qué pasa… Con mentalidad divorcista no se puede contraer matrimonio válido. Casarse pensando en mantenerse unidos mientras se quieran, es partir de una idea del amor muy diferente a la del amor cristiano, del que dice Pablo que no pasa nunca, porque perdona y se rehace (1Cor 13, 7-8). No se puede considerar como lo “normal” un amor que deja abierta la puerta a abandonos y rupturas, variables y sucedáneos. En el fondo de esto late una mentalidad pesimista y amargada que desconfía de la capacidad de la persona para rehacerse y no cree en compromisos estables y definitivos. Esta mentalidad ignora la fuerza de la gracia y por eso se ve la indisolubilidad como una dura ley. Pero no es ley sino evangelio: la buena noticia de que la gracia de Dios es capaz de transformar el egoísmo en mutua aceptación, los límites del otro en diálogo y comprensión, las frustraciones en sano realismo que, a falta de lo ideal, se aferra a lo posible, lo disfruta verdaderamente y no desespera jamás. 

Por eso, no basta con proclamar la prohibición del divorcio; sin formación eso no conduce a nada. Es urgente dar a los jóvenes una formación que los capacite para la admiración de la belleza y para sostener con fortaleza las condiciones necesarias de la unión matrimonial en una sociedad fragmentada que tiende a desunir. La formación para el manejo de los sentimientos, que capacita para asumir frustraciones, es parte esencial de la educación del adulto. 

La Iglesia no puede dejar de transmitir las palabras de su Señor. Sería infiel. No nos puede recortar el horizonte de la generosidad. Por eso, ella anuncia la buena noticia de que somos capaces de aspirar a lo alto y de darle a este mundo roto el testimonio de un amor capaz de superar las crisis.

jueves, 13 de agosto de 2026

El perdón (Mt 18, 21-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

La parábola de toda clase de perdón, óleo sobre lienzo de James Eckford Lauder (1847), Galería de Arte Walker, Liverpool, Reino Unido

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".
Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán. 

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola. 

La parábola contrapone la magnanimidad del señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda. 

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor y “nos encomendó el universo entero para que sirviéndole a él domináramos lo creado; y cuando por desobediencia perdimos su amistad no nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que lo encuentre el que lo busca”. Y en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó en su cruz todos nuestros pecados. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido. 

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una humana convivencia en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión. 

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza. 

¡Pero es de justicia!, se suele argüir. En efecto, lo es, pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló del perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos. 

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre  podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.