viernes, 4 de septiembre de 2026

Lo nuevo y lo viejo (Lc 5, 33-39)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la casa del fariseo, óleo sobre lienzo de Pierre Subleyras (1737), Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos, Dresden, Alemania

Algunos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y rezan sus oraciones, y lo mismo hacen los discípulos de los fariseos, mientras que los tuyos comen y beben».

Jesús les respondió: «Ustedes no pueden obligar a los compañeros del novio a que ayunen mientras el novio está con ellos. Llegará el momento en que les será quitado el novio, y entonces ayunarán».
Jesús les propuso además esta comparación: «Nadie saca un pedazo de un vestido nuevo para remendar otro viejo. ¿Quién va a romper algo nuevo, para que después el pedazo tomado del nuevo no le venga bien al vestido viejo? Nadie echa tampoco vino nuevo en envases de cuero viejos; si lo hace, el vino nuevo hará reventar los envases, se derramará el vino y se perderán también los envases. Pongan el vino nuevo en envases nuevos. Y miren: el que esté acostumbrado al añejo, no querrá vino nuevo, sino que dirá: El añejo es el bueno».
 

Jesús se había sentado a la mesa de Mateo el publicano junto con otros pecadores públicos. Este gesto sugiere la idea de que los pecadores podrán tener un lugar en la mesa de los elegidos, lo cual molesta a los fariseos pues echa por tierra la imagen del dios discriminador que ellos transmiten. Ellos, junto con los sumos sacerdotes y doctores de la ley se han hecho los representantes de ese dios, atribuyéndose el poder de juzgar a la gente, y determinar quiénes tienen derecho a la salvación y quiénes no. Para enfrentar y desacreditarlo en público se valen de la cuestión del ayuno, poniendo como modelo el proceder del Bautista, distinto del de Jesús, y le dicen: Los discípulos de Juan ayunan con frecuencia… y del mismo modo los de los fariseos; en cambio tus discípulos comen y beben. 

Discretamente Jesús procura hacerles ver que con su presencia se abre la era mesiánica y se inicia la venida del reino de Dios. Si abrieran los ojos se darían cuenta de que se está viviendo ya el tiempo de la fiesta, en el que no tienen sentido las prácticas penitenciales, según lo anunciaron los profetas: El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado… para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta, su abatimiento en traje de gala (Is 61, 1.3). ¡Grita, ciudad de Sión, lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital! (Sof 3,14). 

Pero la inclusión de este pasaje de la vida de Jesús en el evangelio, tiene un contexto histórico concreto. Muchos cristianos provenientes del judaísmo mantenían viejas costumbres judías, como la del ayuno, que los cristianos venidos de la gentilidad no entendían. A ellos Lucas les explica el comportamiento cristiano y la novedad radical que trae consigo. Para ello incluye aquí dos parábolas de Jesús sobre el remiendo del vestido viejo y el vino nuevo en odres nuevos. Nadie pone en un vestido viejo un remiendo que se ha cortado de un vestido nuevo, porque estropeará el nuevo y al viejo no le caerá bien el remiendo del nuevo. Y nadie guarda vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo reventará los odres: se derramará el vino y los odres se perderán. El vino nuevo se guarda en odres nuevos. Y nadie, habituado a beber vino, quiere el nuevo; porque dice: el añejo es mejor. 

La advertencia de Jesús es clara: no sólo son inconciliables lo nuevo y lo viejo, sino que es peligroso intentar acomodar lo nuevo en lo viejo. El reino de Dios viene, y a la novedad de su anuncio corresponde responder con una actitud totalmente nueva. Es absurdo intentar acomodar a Jesús y su evangelio al tejido de la antigua ley y de sus prácticas religiosas. La respuesta nueva exige ruptura, liberación del pasado. No basta cambiar en lo exterior, sin llegar a lo profundo de las actitudes y motivaciones, que es lo que hay que cambiar para que la conversión a Cristo sea sincera y verdadera. Ante la novedad evangélica caen por tierra las seguridades del pasado. La fe, que se traduce en el amor, proyecta a la persona hacia el futuro como una criatura nueva.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Pesca milagrosa y llamamiento de los apóstoles (Lc 5,1-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pesca milagrosa, tapiz en seda y lana con hilos de plata dorada de Rafael Sanzio (1519), Museos Vaticanos, Roma, Italia

Cierto día la gente se agolpaba alrededor de Jesús para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. En eso vio dos barcas amarradas al borde del lago; los pescadores habían bajado y lavaban las redes.
Subió a una de las barcas, que era la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de la orilla; luego se sentó y empezó a enseñar a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar.»
Simón respondió: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».
Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces, que las redes casi se rompían.
Entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que por poco se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrodilló ante Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Pues tanto él como sus ayudantes se habían quedado sin palabras por la pesca que acababan de hacer. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; en adelante serás pescador de hombres».
En seguida llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús. 

Lucas pone el llamamiento de los discípulos al comienzo de la actividad pública de Jesús. Lo primero de todo en la vida cristiana es sentirse llamados. Jesús llama a seguirlo, a imitar su modo de proceder y a colaborar con él. La identificación con él hasta poder decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive mí (Gal 2,20). 

La barca con Jesús y los apóstoles simboliza a la Iglesia. Desde ella Jesús predica, de ella baja para sanar a los enfermos, en ella atraviesa el lago con sus discípulos y, cuando él no está, la barca zozobra zarandeada por los vientos y las olas. Cuando eso ocurre la envuelve la oscuridad y queda expuesta a la tempestad. Puede ocurrir también que Jesús esté en ella, pero como ausente, dormido en el cabezal, y ellos tengan miedo porque su fe es escasa. Hay aquí una invitación a reconocer a Cristo en la Iglesia tal como es: comunidad de pecadores, solidaridad de debilidades. En la Iglesia aparece lo que él hace por nosotros: nos congrega, sana y alimenta, nos hace comunidad abierta a los que sufren, y a ellos nos envía para repetir sus gestos, signos de su reino. 

Los pescadores estaban lavando las redes. La llamada es en la vida ordinaria. No hay que imaginarse cosas extraordinarias. En nuestra Galilea: mientras se está pescando como Simón y sus compañeros, o se está contando dinero como Mateo en su mesa de publicano. Incluso haciendo cosas contra Cristo y los cristianos, como Saulo. Hagamos lo que hagamos, llega su palabra que nos cambia. 

Rema mar adentro y echa las redes para pescar. La orden podría parecerles ofensiva; ellos saben cuándo y dónde se echa la red: Maestro toda la noche nos la hemos pasado bregando sin pescar nada… La noche es ausencia de Jesús. Sin él, la actividad es infecunda. Porque sin mí, no pueden hacer nada. También resulta así cuando sólo se confía en los propios medios y habilidades. Ellos serán muy diestros pescadores, pero el hecho es que no saben dónde echar la red en esas circunstancias. Tendrán que aprender a no confiar sólo en sí mismos. Cuando, como Pedro, reconozcan que es el Señor quien hace crecer y fructificar, entonces producirán frutos. Sobre tu palabra echaré la red. Basándose en su palabra, confiando y obrando como ella enseña, el cristiano puede estar seguro del fruto de su empeño. 

Capturaron gran cantidad de peces… La abundante pesca, expuesta de forma enigmática por el empleo del término multitud, alude a la entera comunidad de fieles, reunidos por medio de la predicación y de los esfuerzos apostólicos. Y a pesar de ser tantos los ganados para la causa de Cristo en la Iglesia, la red no se rompe, porque cuenta con las promesas de Jesús. 

Al ver esto Simón Pedro se postró a los pies de Jesús diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Ante la magnitud del favor recibido, Pedro reconoce su propia condición de pecador. La magnanimidad del Señor le lleva a apreciar su propia pequeñez. Expresa su gratitud en forma de deseo de conversión y de perdón. 

-No temas, desde ahora serás pescador de hombres, le dice Jesús. La comunidad, representada por Pedro, recibe la llamada a la misión. En la pesca está prefigurada la misión que se inicia en Galilea y que ha de llegar hasta el confín del mundo. 

Ellos, dejándolo todo, lo siguieron.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La suegra de Pedro (Lc 4, 38-44)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo curando a la suegra de Pedro, óleo sobre lienzo de Joost van Geel (Siglo XVII), colección privada (subastado en Shoteby’s, 10 de julio de 2011)

Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban. Él ponía las manos sobre cada uno y los sanaba. De muchos salían demonios gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Él los increpaba y no los dejaba hablar, pues sabían que era el Mesías.
Por la mañana salió y se dirigió a un lugar despoblado. La multitud lo anduvo buscando, y cuando lo alcanzaron, lo retenían para que no se fuese. Pero él les dijo: "También a las demás ciudades tengo que llevarles la Buena Noticia del reinado de Dios, porque para eso he sido enviado".
Y predicaba en las sinagogas de Judea. 

Es un milagro pequeñito, quizá el más insignificante, y puede pasar inadvertido. Pero en su sencillez tiene gran riqueza y los Sinópticos lo ponen al comienzo porque sirve de guía para interpretar los que siguen. 

Es otra prueba de la victoria de Jesús sobre el espíritu del mal; por eso Lucas lo presenta como un exorcismo: Jesús conmina a la fiebre. La suegra de Pedro tenía mucha fiebre. Jesús inclinándose sobre ella ordenó a la fiebre que saliera y se le quitó. La mujer se levantó de inmediato y se puso a servirlos. La liberación es total: cuerpo y alma. Jesús libera a la persona para que pueda actuar con el mismo espíritu que le hace decir a él: Yo no he venido para ser servido, sino para servir (Mc 10,45). Por eso el signo de la curación es el ponerse a servir. Es la reacción inmediata de la mujer, que se levanta y se pone a servirles, demostrando con su gesto que la curación ha sido completa e instantánea y que la mueve un profundo y sincero agradecimiento. 

De esta forma, la suegra de Pedro se convierte en un modelo anticipado de los auténticos discípulos y discípulas de Jesús y de la actitud característica de la comunidad cristiana, tal como Jesús lo estableció: Ya saben que los que son tenidos por jefes de las naciones las dominan y que sus dirigentes las oprimen. No debe ser así entre ustedes. El que quiera ser importante sea su servidor; y el que quiera ser primero sea el siervo de todos (Mc 10,45; Mt 20, 18). 

Como la suegra de Pedro, otras mujeres de Galilea se dedicaron a seguir y a servir generosamente a Jesús durante todo el tiempo que duró su actividad pública (cf. Lc 8,1-3; 23,49.55), y fueron las que estuvieron con él junto a la cruz (Lc 23, 27s.49.55-56), mientras los demás discípulos huyeron. Ellas serán por eso las primeras testigos de su resurrección y aunque en la cultura hebrea contaban poco, en ellas se encarna y testimonia el espíritu del Señor, tal como Pablo lo ve: Dios ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes (1Cor 1,27). 

La segunda parte del evangelio de hoy es un sumario de la actividad de Jesús: curaciones, exorcismos, anuncio de la buena noticia. Lucas lo hace como una descripción de una típica jornada de Jesús: Al atardecer le llevaron enfermos de todo tipo; y él imponiendo las manos sobre a uno, los curaba. De muchos salían demonios que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios. Pero el los reprendía. 

Sea cual sea la interpretación que se haga de las curaciones de enfermos y de las expulsiones de demonios, lo decisivo en estas narraciones es la certeza de fe que tenían las comunidades cristianas que escribieron los evangelios de que con Jesús se hizo realidad la promesa anunciada por los profetas, que colma el anhelo de la humanidad de todos los tiempos: la victoria sobre el mal en todas sus formas, hasta en sus raíces más misteriosas. La gente lo intuyó y por eso lo buscaba con impaciencia para traerle a sus parientes enfermos o aquejados de toda dolencia, aunque incurrieron en la tentación de no verlo más que como un taumaturgo o un curandero extraordinario. Por eso Jesús se negó a representar este papel en Cafarnaúm, así como no pudo hacer ningún milagro en Nazaret porque no encontró fe (Mc 6, 5; Mt 13, 58). Lo que quiere es cumplir la voluntad de su Padre y realizar la misión para la que ha sido ungido por el Espíritu de anunciar la buena noticia del reino de Dios (Lc 4,18.42; Is 61,1; 52,7). Esa misión se muestra en las curaciones de enfermos y en la liberación de toda opresión material y espiritual, pero sólo como anticipo de la salvación plena, que arrancará definitivamente a la humanidad del poder de la muerte. Esta buena noticia no puede detenerse, sino que debe llegar al mundo entero. También a las demás ciudades debo anunciar la buena noticia de Dios porque para eso me ha enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea.

martes, 1 de septiembre de 2026

El endemoniado de la sinagoga (Lc 4, 31-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación del endemoniado, óleo sobre lienzo de Sebastián Bourdon (1653 – 1657), Museo Fabre, Montepellier, Francia

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.
Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”.
Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño.
Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región. 

El combate iniciado en las tentaciones en el desierto se prolonga en la vida de Jesús. Investido del poder de Dios, enfrenta y vence al mal en todas sus formas. Para eso ha sido enviado y para eso ha recibido la unción del Espíritu (Lc 4, 18; Is 61, 1). La creación destruida, la humanidad dividida, el ser humano oprimido, representan en la Biblia el dominio de Satanás, cuyo nombre significa en hebreo “adversario, enemigo, acusador” y en el evangelio de Juan aparece como el “mentiroso”. Derrocado Satán, queda establecido definitivamente el dominio y reinado de Dios. Una nueva era de paz y libertad para todos se abre con Jesús. Éste es el sentido del episodio de la liberación del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaúm, cuadro vivo del poder de la palabra de Jesús sobre las fuerzas del mal que perjudican la vida humana. 

Jesús acudía a la sinagoga los sábados para orar con el pueblo y enseñar. La sinagoga tenía una importancia capital en la vida de los judíos. Desde la destrucción del templo por los babilonios durante el segundo asedio de Nabucodonosor a Jerusalén en 587 a.C., la sinagoga se convirtió en el lugar de la asamblea de oración; en ella los rabinos leían y comentaban la biblia y el pueblo afirmaba su unidad. Esa tradición se ha mantenido a lo largo de los siglos. La presencia habitual de Jesús en la sinagoga demuestra que vivió intensamente la vida de su pueblo. Se mantuvo alejado de los ambientes que frecuentaban los dirigentes políticos y religiosos: la corte de Herodes, el templo de Jerusalén, el Consejo de los ancianos (Sanedrín) y, obviamente, el entorno del procurador romano. No era escriba ni rabino. Se le vio como profeta, cuando ya no había profetas, pero él se decía superior a un profeta (Mt 12,41). Sin embargo, en la sinagoga solía leer y explicar la Escritura y lo hacía de una manera muy particular: hablaba en primera persona (“En verdad, en verdad, yo les digo…”) y acompañaba sus discursos con acciones carismáticas (exorcismos, curaciones, perdón de los pecados). Estaban asombrados de su enseñanza (v. 32), de la autoridad de su palabra, de su gran fuerza de persuasión y prestigio, que provenían de “la fuerza del Espíritu” (cf. Lc 4,14), con el que ha sido “ungido” (Lc 4,18). 

En ese contexto Marcos y Lucas sitúan el encuentro que tuvo Jesús con un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo (es la traducción literal del v. 33). El pasaje, además, es una continuación del anterior, del discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret, en el que describió la obra que el Espíritu le enviaba a realizar. Aquí se describe vívidamente el enfrentamiento entre el Espíritu de Dios, que hace de Jesús el liberador y defensor de la vida humana, y el espíritu del mal que produce el envilecimiento moral de sus víctimas y generalmente se manifiesta como una enfermedad física o psíquica con síntomas violentos como, por ejemplo, mudez (Lc 11,14), escoliosis (Lc 13,11), epilepsia (Lc 9,39), delirio patológico (Lc 8,29). Este último síntoma es el que parece manifestar el endemoniado de la sinagoga, que se puso a gritar a grandes voces como un energúmeno o un fanático alterado. Se siente amenazado ante la presencia de alguien superior contra el que no va a poder y le grita con evidente hostilidad: ¿Qué tienes que ver con nosotros? Reconoce, pues, que no hay ni puede haber ningún interés común con Jesús, ni el más mínimo punto de contacto con su autoridad y con su poder, y por eso su desesperación: ¿Has venido a destruirnos? 

La liberación de espíritus inmundos (cf. Lc 10,19), era una de las grandes expectativas del pueblo judío para el tiempo de la llegada del Mesías. Y eso es lo que se realiza con la llegada de Jesús. El pobre hombre del relato sabe que el espíritu que lo agita no tiene ya nada que hacer frente al Espíritu del que Jesús es portador, que sana los corazones y libera a los oprimidos (Lc 4,18), ni frente a su santidad, que revela su íntima vinculación con Dios, el Santo (Lc 3,22). 

Jesús lo intimó: ¡Cállate! ¡Sal de ese hombre! Su mandato conminatorio manifiesta su autoridad y el poder de su palabra. El pobre desventurado quedó libre de su mal y los testigos del acontecimiento se preguntaban: ¿Qué tendrán las palabras de este hombre? No se asombran del hecho de la curación en sí, aunque es asombroso, sino de su causa, la palabra de Jesús, en la que intuyen el poder de Aquel que es el único capaz de ejercer señorío en todos los campos en donde el mal actúa. Ese mismo asombro lo puede experimentar quien escucha el evangelio y experimenta los cambios liberadores que la palabra del Señor puede realizar en su persona y en su entorno social. Liberado por el anuncio de la buena noticia, puede él también proclamar: Hoy se ha cumplido entre ustedes la Escritura que acaban de oír (Lc 4, 19).