martes, 27 de octubre de 2026

ELECCIÓN DE LOS DOCE (Lc. 6, 12-19)

 


Elección de los Doce

Lucas 6, 12-19 

Jesús se retiró a la montaña para orar. En la Biblia la montaña es uno de los lugares de manifestación de la presencia de Dios. Jesús solía orar en los montes (cf. Lc 9, 28). Al señalar Lucas: pasó la noche orando a Dios, resalta la trascendencia del acto que va a realizar. Jesús invoca a su Padre y pide su bendición sobre los hombres que va a elegir. Refiriéndose a ellos dirá en el evangelio de Juan: los hombres que tú me diste sacándolos del mundo; tuyos eran y tú me los diste (Jn 17,6). Y en los Hechos de los Apóstoles, leemos que Jesús los escogió guiado por el Espíritu Santo (Hch 1,2). La oración era la fuerza de Jesús; a través de ella conocía la voluntad de su Padre. Por eso, la oración debe ser el origen de toda acción y opción apostólica.

Al hacerse de día, reunió a sus discípulos y eligió entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles, es decir, “enviados”. Jesús quiere prolongarse en el mundo por medio de sus discípulos (de ayer y de hoy), pero entre ellos elige a doce para asignarles el rol de emisarios y representantes suyos por excelencia. Ellos forman el núcleo del nuevo de Israel, fundado sobre las doce tribus (cf. Lc 22,30). A ellos los hará los primeros responsables de la misión de anunciar en su nombre a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados (Lc 24, 47).

¿Quiénes son estos hombres? De la mayoría de ellos se sabe muy poco. Simón, el único a quien Jesús da un sobrenombre, Kefas, que significa “piedra”, y su hermano Andrés eran pescadores (Mc 1,16.29; 13,3), naturales de Betsaida (Jn 1,40-41.44). Santiago y Juan eran hijos de un tal Zebedeo, también pescadores y compañeros de Simón Pedro. A este Santiago se le conoce como “el Mayor”, para diferenciarlo de “Santiago el Menor” (Mc 15,40). Felipe era también de Betsaida (Jn 1,44) y Bartolomé, fuera de este episodio, es un personaje totalmente desconocido, que una tradición posterior del s. IX identificó con Natanael, pero sin fundamento. Mateo, que en su evangelio se llama a sí mismo Leví, era un publicano, que recaudaba los impuestos para los romanos. Tomás, era apodado “el mellizo” (Jn 11,16; 20,24), por su nombre arameo Te’oma’. Viene luego Santiago, hijo de Alfeo, que no es “Santiago, el Menor” (Mc 15,40), ni tiene nada que ver con “Santiago, hermano del Señor” (Gal 1,19; 1 Cor 15,6), que difícilmente era uno de los Doce. Simón, llamado el Zelota estuvo quizá vinculado al movimiento nacionalista de resistencia de “los zelotas”. Judas, hijo de Santiago (llamado “Tadeo” en Marcos 3,18 y Mateo 10,3), es también un personaje totalmente desconocido en el resto del Nuevo Testamento (excepto Hch 1,13), y no se le debe identificar con “Judas, hermano de Santiago”, a quien se atribuye la carta que lleva su nombre. Al final se menciona a Judas Iscariote, el traidor, cuyo nombre puede significar “hombre de Keriot”, aldea de Judea, o podría provenir de manera menos probable del latín sicarius (“sicario”, “matón”), como se designaba a los zelotas.

Son simples pescadores y artesanos de Galilea, comunes y corrientes. Lo que les une es la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el haber sido llamados por él. No hay entre ellos sabios rabinos, ni fariseos, ni saduceos de la casta sacerdotal. Ni siquiera son personas honorables o virtuosos cumplidores de la ley. Son muy diferentes entre sí y cada uno mantendrá hasta el final su carácter personal en una convivencia no siempre fácil. Mucho tendrá que trabajar Jesús para inculcarles su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio hasta la muerte. Pero estarán con él en todas las circunstancias de su vida, le verán rezar a su Padre del cielo, llorar por el amigo muerto, conmoverse ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su muerte. Y así su palabra irá calando profundamente en su interior. Por eso, más tarde, cuando ya no recuerden al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos, y aun cuando se encuentren en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podrán, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en este caso preciso. Tan identificados se sentirán con su persona y misión que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, dando como él su vida por la salvación de los hombres.

Al bajar Jesús del monte se forman tres círculos concéntricos en torno a él: el gentío que viene de todas partes para escucharlo y ser curados de sus enfermedades, los discípulos que han escuchado su palabra y lo han seguido, y los apóstoles, cerca de Jesús y asociados a su misión por una elección precisa e intencional. Todos juntos forman el único pueblo de hijos e hijas que ama el Señor.

El texto termina con la frase: Todos querían tocarlo porque salía de él una fuerza que los sanaba a todos. Mezclados entre aquella gente, también nosotros sentimos la necesidad de “tocar” y experimentar la fuerza de su palabra. Él es portador del Espíritu que da la vida, en él “tocamos” la cercanía máxima de Dios, fuente y dador de vida. 


JESÚS LEVANTADO EN LO ALTO (Jn. 3, 11-16)


Jesús levantado en lo alto

Juan 3, 11-16 

Todos queremos una vida segura, libre de sufrimientos, y con un final feliz, no una muerte funesta y sin sentido, que dé al suelo con nuestras esperanzas. Pero ¿quién nos puede asegurar eso? ¿Quién nos garantiza que la vida no se pierde sin más en un final nefasto e inesperado?

Los israelitas se plantearon estas preguntas fundamentales cuando se vieron atacados en el desierto por serpientes que los mordían, y muchos morían (Num 21, 4). Moisés levantó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre (Jn 3,14). Pero hay una enorme distancia entre la salud que obtenían los israelitas con la serpiente de bronce y la vida eterna que trae Jesús levantado en la cruz.

Así fueron los hechos. En un primero momento, los judíos se entusiasmaron con Jesús y le siguieron, pero después, por influjo de sus autoridades religiosas, lo rechazaron, le dieron la espalda, no acogieron su mensaje y opusieron contra él una hostilidad que fue creciendo hasta convertirse en una verdadera confabulación para acabar con él. Vieron en él una amenaza a su fe, un “blasfemo” que se hacía pasar por Dios y se oponía al culto y a la moral judía: al sábado, al templo, a sus tradiciones religiosas. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra él y que podía seguir la suerte de los profetas. Y así fue. Lo condenaron y le dieron muerte en una cruz.

Para una mirada no creyente, aquello no fue más que la ejecución de un pobre reo judío fracasado, sin importancia alguna para la historia, pues millones de muertes como la suya se han sucedido en la historia. Pero el evangelio nos hace ver otra cosa: el crucificado no es un pobre judío fracasado que muere solo en un patíbulo horrendo. Con él está Dios y en él se revela. La pasión y muerte de Jesús ponen de manifiesto la relación que hay entre él y Dios. Es Dios quien lo ha enviado por amor a la humanidad (Jn 3, 16). El sentido de su muerte es que Dios “entrega” a su Hijo en manos de los pecadores (Mc 14,41; 10,33.45), y Jesús por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y da libremente su vida para revelar con ello hasta dónde son capaces de llegar el amor de su Padre y el suyo propio para que ninguno se pierda.

Jesús habló repetidas veces de su muerte. En la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 23-46), se ve que Jesús preveía que le iban a matar y que se podía esperar, según la mentalidad de los judíos refrendada en muchos escritos del Antiguo Testamento, que quienes le darían muerte recibirían un severo castigo. Pero lo que después va a manifestar en su pasión es que el Dios que entrega a su Hijo para salvar al mundo es un Dios de infinita misericordia. Y que él, el Hijo libremente entregado, morirá perdonando para vencer al mal con la abundancia del bien que brota de su amor. A quien lo acoge, ese amor le trae la misericordia y el perdón, le restablece su unión con Dios en virtud de su sangre derramada en la cruz. Mirar la cruz de Jesús crucificado es mirar la expresión suprema del amor que salva. San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros” (Rom 5,6-8).

Por eso los cristianos veneramos la cruz, porque ella nos hace ver que Dios quiere salvar a todos, sin excluir a nadie. Así, quien en su angustia o abandono fija sus ojos en la cruz del Señor, sentirá que Dios comparte su dolor y abre para él, en su mismo dolor, la esperanza de una vida nueva. 


 

lunes, 26 de octubre de 2026

EL REINO SE PARECE AL GRANO DE MOSTAZA Y A LA LEVADURA (Lc. 13, 18-21)

 


El reino se parece al grano de mostaza
y a la levadura

Lc 13,18-21 

Jesús anuncia y hace presente el reino de Dios por medio de su palabra y de sus acciones liberadoras. Al mismo tiempo nos hace ver cómo crece y se desarrolla en el mundo. El reino, nos dice, se establece y se extiende progresivamente y siempre de manera casi invisible; hay que discernir para reconocerlo. Actúa en la historia como él actuó: en pobreza, sin poder, sin medios extraordinarios y llamativos. Su conocimiento está reservado a los pequeños y sencillos. Sin embargo, aunque su inicio es insignificante, el reino ha puesto ya en marcha todo un proceso de crecimiento, cuya conclusión y éxito final será grandioso y está asegurado. Para hacer comprender esta dinámica del desarrollo del reino de Dios, Jesús emplea varias parábolas: del sembrador, del trigo y la cizaña, del tesoro escondido y la perla de gran precio, de la red, y las dos pequeñas del granito de mostaza y de la levadura. 

El granito de mostaza, pequeño como cabeza de alfiler, tiene sin embargo una fuerza vital invisible, irresistible, que germina y demuestra toda su potencialidad al “hacerse un árbol, en cuyas ramas vienen los pájaros a hacer sus nidos”. Su significado simbólico alude en primer lugar a la predicación de la palabra evangélica, que lleva dentro de sí la fuerza necesaria para lograr el establecimiento pleno y definitivo del reinado de Dios. La misteriosa actuación de Dios confiere a la palabra de Jesús su capacidad generativa, y aunque su desarrollo y extensión tiene una apariencia casi invisible, es ya una realidad en la historia humana. Este poder de Dios, creador y liberador, actúa en el mundo estableciendo el reino que Jesús predica.  El señorío de Dios sobre todas las cosas, que va transformando los corazones para que se instaure la paz y la justicia en el mundo tiene un desarrollo semejante al proceso de crecimiento de una pequeña planta. La imagen de los pájaros que vienen a anidar en sus ramas es la misma que los profetas emplearon para describir la extensión universal del reinado de Dios (Ez 17, 22s). 

Con elementos sacados también de la vida ordinaria, la otra parábola de la levadura, que emplea un ama de casa para hace fermentar la masa, hace comprender fácilmente a los oyentes el modo como actúa y se desarrolla el reino de Dios. También aquí se subraya el contraste que hay entre los inicios silenciosos y escondidos, y el resultado final. La levadura se expande y permea de una forma invisible toda la masa. De modo semejante, el reino de Dios actúa con sus valores en el interior de las personas, las transforma y por medio de ellas se extiende. 

Pero hay, además, otro simbolismo: la levadura sugiere la idea de algo impuro, maloliente incluso. La masa ya fermentada simbolizaba lo viejo, y por eso se la sacaba de las casas para celebrar la Pascua (Ex 12, 15), y se comían panes ácimos (puros), de harina no fermentada. Así se celebraba el paso de lo viejo a lo nuevo, de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad. Jesús hace ver que la novedad del reino de libertad y de vida sigue el mismo camino que él sigue: nacido oculto en un pesebre, ha sido rechazado como impuro por las autoridades religiosas, va a morir y será sepultado en la tierra. Sin embargo, él es portador de la pureza de Dios que consiste en la misericordia y que le lleva a mezclarse con la miseria humana. La pureza de Dios consiste en perderse para hacerse siervo (12,18ss) y cargar con la debilidad y el pecado (8,17). Por eso Pablo dirá que Cristo crucificado se ha hecho para nosotros levadura, maldición, pecado (Gal 3,13; 2Cor 5,21), y por su resurrección ha hecho posible la fiesta de la verdadera pascua, que los cristianos celebran no con la levadura vieja, ni con la levadura de la malicia y de la maldad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y de la verdad (1 Cor 5, 8). La nueva Pascua, los panes nuevos, el cuerpo de Cristo hecho pan que se nos da como alimento, configuran a los cristianos con su Señor y les hacen ser como él ofrenda pura para la vida del mundo, humanidad nueva que nace de la eucaristía. 

Hay aquí, pues una invitación a entrar por los caminos de Dios, por la lógica de su  reino: según la cual, el Creador se hizo pequeño para revelársenos en lo humano. Por su parte, su Hijo Jesucristo actuó en silencio, sin pretensiones de grandeza, y dejó establecido para sus seguidores que el mayor es quien se hace el más pequeño para servirlos a todos (Lc 9,48; 22,26ss). Así actúa el reino de Dios, semejante al desarrollo casi invisible del grano de mostaza que se hace un árbol y a la acción silenciosa de la levadura que fermenta la masa.


lunes, 19 de octubre de 2026

LA MUJER ENCORVADA (Lc. 13, 10-17)

 


La mujer encorvada

Lucas 13, 10-17

 

El hecho de que sea una curación realizada en una sinagoga y en día sábado da carácter integral de salvación a la acción de Jesús en favor de una enferma. Ésta, además, es designada como una hija de Abraham, y su curación como quedar liberada de sus ataduras, con la intención de sugerir que el pueblo judío encuentra en Jesús la liberación de sus ataduras a una religión que ha venido a reducirse a un formalismo legalista. Jesús restituye al sábado, su verdadero carácter de recuerdo del descanso de Dios y tiempo santo para el encuentro con él. Con Jesús se establece el verdadero sábado, el tiempo definitivo del encuentro con Dios y con su obra salvadora. Al mismo tiempo Jesús reitera su afirmación de que el sábado y en general todas las leyes están al servicio de la persona humana y no al revés. Cuando está de por medio la vida y dignidad de un ser humano, las leyes y prescripciones religiosas pasan a segundo plano. 

Se trata de una mujer que padece una enfermedad crónica de su columna vertebral. Es una hija de Abraham, miembro del pueblo escogido de Dios, pero es doblemente excluida: por ser mujer en esa sociedad machista y por padecer una enfermedad crónica. Imagen neta, impactante, de tantas hijas de Dios, y de la Iglesia, que viven con el rostro vuelto a tierra, sin enderezarse. Todas esperan la palabra y el gesto que las haga capaces de mirar a lo alto, que es lo propio de las hijas e hijos de Dios. 

Lleva dieciocho años enferma, toda una vida, y sin embargo no pide nada, no suplica; ni siquiera intenta tocar a Jesús como la hemorroísa; es él quien toma la iniciativa, la pone bajo su protección, la declara libre de su enfermedad, le impone las manos y de inmediato ella se endereza y alaba a Dios. 

El debate que se suscita resalta el significado del acontecimiento. El jefe de la sinagoga protesta, pero no lo hace hablando directamente a Jesús, sino que la agarra con la gente y dice: ¡Hay seis días para trabajar! ¡Vengan esos días a curarse y no en sábado! No se atreve a mirar a Jesús, de hecho, gente como él no se atreven a nada, viven constreñidos por una religión que les quita libertad para todo. Treinta y nueve obras prohibidas en sábado. Toda la vida quedaba reducida a cumplir mandatos. La ley se convertía en muerte, sacrificaba la vida, el amor, la libertad. Pero a los jefes religiosos esto les traía una serie de beneficios, por eso lo que defendían. Y Jesús los desenmascara en público.  

Su respuesta se basa en el sentido común, no hace falta más. Si nadie se hace problemas cuando tiene que ir a atender a sus animales domésticos, a su burro o a su buey, y llevarlos a beber aunque sea sábado, ¿por qué no se va a poder asistir a un ser humano? Y haciendo un juego de palabras con los verbos atar y soltar, Jesús hace ver la trascendencia de la liberación que él trae: no sólo va a curar a la mujer, sino que va a quitarle las ataduras con las que el poder del mal –representado en Satanás, espíritu de enfermedad– la tenía atada durante dieciocho años. Mujer, quedas libre… 

Los fariseos y escribas siguen atados, anquilosados en sus costumbres y prohibiciones, de las que no se pueden librar y a las que quieren someter a los demás. Si se convirtieran, el Señor les haría disfrutar de la salud que él ofrece, precisamente en el sábado, día en que se recuerda la liberación de la esclavitud. La gente sencilla, en cambio, capta lo que Jesús ofrece, y se entusiasma. La estrechez de miras y la rigidez moral impiden buscar la voluntad de Dios y comprender las manifestaciones, muchas veces tan evidentes, de su amor liberador. El jefe de la sinagoga y las autoridades quedaron avergonzados, pero toda la gente se alegró.