martes, 19 de mayo de 2026

Primera parte de la oración sacerdotal de Jesús (Jn 17, 1-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

La Trinidad con santos, témpera en panel de Sandro Botticelli (1494), colección de la galería Courtauld, Londres

Dicho esto, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: "Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti! Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste. Y ésta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesús, el Cristo. Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo. He manifestado tu Nombre a los hombres: hablo de los que me diste, tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti. El mensaje que recibí se lo he entregado y ellos lo han recibido, y reconocen de verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado. Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que tú me diste - pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío-; yo ya he sido glorificado a través de ellos. Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros". 

La oración que Jesús dirige a su Padre en la última cena con sus discípulos tiene carácter de testamento y es también una instrucción para la comunidad. Ésta debe tener siempre presente que lo que el Señor espera de ella lo ha pedido en su oración al Padre y él se lo concederá. 

Jesús ora por su propia glorificación, luego por sus discípulos que el Padre le ha dado y finalmente por aquellos que creerán en él por el testimonio y predicación de ellos. Jesús da gracias por la obra que el Padre le ha confiado y ruega por los hermanos que la continuarán después de él. 

A esta oración de Jesús en la última cena se la ha llamado desde tiempos muy antiguos oración sacerdotal por su carácter de acción de gracias y de mediación (Jesús aparece como el mediador). Contiene la cima de la revelación de Jesús a sus discípulos, y de la revelación de los propios discípulos, que lo son por su unión al Hijo y al Padre. 

Padre. Jesús se dirige a su Abba, con la intimidad y amor que caracteriza su especialísima relación con Dios. 

Ha venido la hora. “La hora” es uno de los temas propios del evangelio de Juan. Se refiere a la hora de la glorificación del Hijo por el Padre y viceversa. En Caná (c. 2) dio inicio a sus signos, reveló por primera vez su gloria y creyeron en él sus discípulos. La glorificación que llegará a su culminación en la cruz, se inicia en la cena de Betania (c. 12). Y a pesar de la turbación que le causa, le hace decir: Ha llegado la hora y ¿Qué he de decir: Padre, líbrame de esta hora? Pero si para esta hora he venido al mundo… (12,27). Es la hora de que el grano de trigo caiga en tierra para dar fruto. Es para Jesús la expresión máxima del amor de su Padre por él y por los hijos (cap. 13: Habiendo llegado su hora… los amó hasta el extremo). 

“Gloria” en la Biblia no la fama a los ojos de los demás, eso es vanagloria. Gloria es lo que valemos a los ojos de Dios. “Porque tú eres precioso ante mis ojos, tu vales mucho para mí y yo te quiero” (Is 43). La gloria se revela en lo que uno hace. Jesús revela la gloria en la entrega de su vida. 

Para que tengan vida eterna. El don del Hijo es la vida del Padre, que él nos comunica. Todos estamos destinados a vivirla. “Vida eterna” en el evangelio de Juan es sinónimo de “reino de Dios” y de salvación; implica renacer y vivir en fraternidad. Implica también el “conocer” a Dios como Padre y como el Hijo, que no es un conocimiento puramente racional sino una experiencia vital. “Conocerte a ti es justicia perfecta, y conocer tu poder es raíz de inmortalidad”, dice el sabio (Sab 15,3). 

Les manifesté tu Nombre. El nombre, en mentalidad semita, es la persona misma. Dios es el Innombrable. Por respeto llegan los judíos a referirse a él como “El Nombre”. Pues bien, el Innombrable se vuelve, gracias Jesús, Abba. 

Los que me diste sacándolos del mundo. Los discípulos son para Jesús un don recibido de su Padre. Antes pertenecían al mundo, ahora a Dios. 

Las constantes en la oración sacerdotal de Jesús son los verbos: conocer, creer, amar, seguir, ser de Dios, ser consagrados, recibir gloria… 

Yo he sido glorificado en ellos. Por la fe de ellos, por su conocimiento de lo que el Hijo les ha comunicado y por el amor que tienen a los hermanos. 

Yo ya no estoy en el mundo. Jesús ha cumplido su obra en la tierra, ahora conviene que se vaya para que nos envíe el Consolador. Va a prepararnos un lugar para que, donde él esté, estemos también nosotros. 

Ellos no son del mundo, pero están el mundo. Ellos continuarán su misión en el mundo, realizarán sus obras, transmitirán su palabra que salva. Ellos, por haber seguido a Jesús, han adquirido una nueva forma de estar en el mundo: siendo para Jesús y para los hermanos, comportándose como verdadero hijos. Ninguna forma de evasión del mundo puede justificarse con las palabras de Jesús.

lunes, 18 de mayo de 2026

Creer y comprender (Jn 16, 29-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

Gloria con todos los santos, óleo sobre lienzo de Giovanni Battista Ricci (1602), Iglesia del Real Colegio de Corpus Christi, Valencia, España

Los discípulos le dijeron: "Ahora sí que hablas con claridad, sin usar parábolas. Ahora vemos que lo sabes todo y no hay por qué hacerte preguntas. Ahora creemos que saliste de Dios". Jesús les respondió: "¿Ustedes dicen que creen? Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Aunque no estoy solo, pues el Padre está conmigo. Les he hablado de estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo". 

Ahora hablas claramente sin usar comparaciones. Ahora estamos seguros de que lo sabes todo, le dicen los discípulos a Jesús, como si no les hubiera revelado quién es él y por qué fue enviado al mundo por su Padre. Creemos que has venido de Dios, afirman resueltamente, pero hay algo fundamental que no entienden ni mencionan: que Jesús ha de volver a su Padre, pasando por la cruz, donde va a ser glorificado. Saben mucho de Jesús, es verdad, y se muestran seguros de sí mismos, pero no han comprendido el destino de Jesús y razonan a partir de sus propias deducciones. Se puede saber mucho sobre él, pero no entenderlo real y profundamente. 

Algo similar había ocurrido con Pedro, que se ufanó ante el Señor: ¿Por qué razón no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti. Y él le respondió anunciándole que le iba a negar tres veces. Los discípulos, por su parte, dicen comprender, pero Jesús sabe que después no creerán lo que vean, se escandalizarán de la cruz. Se dispersarán como el rebaño cuando sea golpeado el pastor y se harán fácil presa del lobo (cf. Mt 26, 31; Zac 13, 7). Todos lo abandonarán, excepto su madre y el discípulo. Pero él seguirá con ellos y, cuando vuelva al Padre, les enviará al Espíritu de la verdad, que los guiará al conocimiento de la verdad completa. 

Pero yo nunca estoy solo. El Padre está conmigo, afirma Jesús a continuación como rectificando sus palabras. Alude así a la lucha interior que libra y que supera con la confianza absoluta que le viene por su comunión con el Padre. Ya en otras ocasiones había mencionado esta unión: No estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado (Jn 8, 16). Y Aquel que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada (Jn 8, 29). Esta íntima e inquebrantable confianza es lo que lo mantendrá fiel en la prueba suprema. Más aún, su conciencia de la presencia constante de su Padre junto a él, que San Juan pone de relieve, contrasta con la extrema soledad que, según los evangelios sinópticos, experimentó Jesús al punto de morir, sintiéndose obligado a gritar: ¡Elí, Elí, lammá sabactaní! ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mt 27, 46). La visión que tiene el evangelista Juan es distinta. En la cruz, Jesús llevará a pleno cumplimiento el plan de salvación que el Padre le encomendó, morirá afirmando: todo se ha cumplido, e inclinando la cabeza nos dará su Espíritu. 

Por eso, en la víspera de la pasión, Jesús se despide de los discípulos, fortaleciendo su confianza con la certeza de su victoria sobre el mal y la muerte. Es su postrer deseo, que estén siempre en paz, cualquier que sea la aflicción que sientan en el mundo. Les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡tengan ánimo! ¡Yo he vencido al mundo! 

A lo largo de la historia, la injusticia, los desórdenes y las desigualdades en el mundo seguirán siendo causa de muchos sufrimientos. Por eso, los deseos de paz que Jesús expresa a sus discípulos no buscan solamente animarlos, sino moverlos a asumir el compromiso de ser, en medio de la oposición y tribulaciones del mundo, testigos de su triunfo, por eso su exclamación firme y convincente: ¡Yo he vencido al mundo! Es lo que sostendrá la confianza del cristiano en toda circunstancia por adversa que sea.

domingo, 17 de mayo de 2026

Domingo de la ascensión – Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Hch 1,1-11; Mc 16, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ascensión de Cristo, óleo sobre lienzo de Pieter Jozef Verhaghen (1800), Museo M, Lovaina, Bélgica

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos".
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la Palabra con las señales que los acompañaban. 

La última voluntad del Señor es que sus discípulos se conviertan en “testigos”, capaces de anunciar al mundo que el pecado, la carga opresora del hombre, ha perdido su fuerza mortífera por la muerte y resurrección del Señor. Cristo resucitado es la garantía de la victoria sobre el mal de este mundo. En su Nombre se anuncia el perdón del pecado. Ya no hay lugar para el temor porque Dios es amor que salva. Los discípulos han de llevar este anuncio a todas las naciones. La fuerza para ello les viene del Espíritu Santo, don prometido por el Padre de Jesucristo. Así como el Espíritu descendió sobre María, descenderá sobre ellos. La encarnación de Dios en la historia llega así a su estado definitivo. 

Se trata, según Mateo, de hacer discípulos, no simplemente de anunciar, ni sólo de instruir y, menos aún, de adoctrinar, sino de crear las condiciones para que la gente tenga una experiencia personal de Cristo, que los lleve a seguirlo e imitarlo como la norma y ejemplo de su vida. Esto significa entrar en su discipulado, hacerse discípulos para asumir sus enseñanzas y también asimilar su modo de ser. 

La comunidad eclesial, representada en el monte, aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Las Iglesia hace visible el poder salvador de su Señor. 

La comunidad cristiana no puede quedar abrumada por la acción del mal en el mundo en la etapa intermedia entre la pascua del Señor y su segunda venida. La acción triunfadora de Cristo Resucitado sigue presente como el trigo en medio de la cizaña. Con mirada de fe/confianza, el cristiano discierne los signos de esa presencia y acción de Cristo vencedor, que se lleva a cabo por medio de los creyentes. Por eso, antes de partir, los dotó de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo. 

Hoy celebramos la Ascensión, la partida del Señor que pone término a su vida e inaugura, al mismo tiempo, su gloria. Inaugura también el tiempo de los creyentes, el tiempo de su Iglesia, el tiempo del testimonio y de la preparación del Reino y de su venida gloriosa. Vivimos el tiempo del deseo profundo: “Ven, Señor Jesús”. 

Los recuerdos que, en adelante, hablen de él, excluirán toda nostalgia. Jesús vive eternamente y volverá. Por su parte, ellos repasarán juntos su vida; abrirán ese tesoro que llevan consigo y que la Iglesia medita incansablemente, descubriendo más y más las riquezas dejadas en ella por el paso de Jesús. 

A partir de allí, no le podemos buscar entre las nubes. Cristo está en nuestra misma historia. Hay que reconocerlo y amarlo y servirlo en nuestros hermanos. Él se nos da misteriosamente a ver en la contemplación, a tocar en el sacramento, a servir en sus hermanos. Una comunión viva lo une a nosotros más profundamente que a los discípulos cuando, por vez primera, lo vieron venir hacia ellos.

sábado, 16 de mayo de 2026

La tristeza y la alegría (Jn 16, 23-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Aparición del Cristo al pueblo, óleo sobre lienzo de Ivanov Alexander Andreyevich (1837), Museo Estatal Ruso, San Petersburgo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Les aseguro, si piden algo al Padre en mi Nombre, se los dará. Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre; pidan y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente. Aquel día pedirán en mi Nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre". 

Pidan y recibirán; así serán colmados de alegría. En su despedida, Jesús habla de la alegría que quiere dar a sus discípulos como fruto de su triunfo en la cruz y resurrección. Quiere hacerles ver que su fe en él los hará capaces de vivir en una alegría constante, que supera la que pueden obtener de sus bienes propios y de sus éxitos personales, y les hará mantener la esperanza a pesar de las pruebas y dificultades de la vida. 

La alegría no es un componente secundario o accidental de la vida cristiana, sino un estado continuo en el que debe vivir el cristiano y no debe perder. Por eso mismo, no se trata de cualquier alegría. No puede darse sin la libertad propia de las personas, sin la paz que es fruto de la justicia en las relaciones humanas en sociedad, sin la fraternidad que expresa el amor mutuo y la igualdad esencial de todas las personas, y sin la comunión con Dios, cuyo rostro se busca en la oración cotidiana y su presencia se experimenta por la fe. No es, por tanto, una alegría barata y fácil. 

Los tiempos que vivimos, al igual que los de Jesús, ponen ante nuestros ojos, y a veces nos hacen vivir en carne propia, mil formas distintas de falta de libertad, paz, fraternidad y sentido religioso. La alegría de que Jesús habla no puede pasar por encima de nuestra realidad. Él nos la da para que podamos afirmar nuestra libertad y dignidad frente a todo abuso u opresión; para mantener la paz en nuestros corazones y construirla en la sociedad por medio de la justicia; y para movernos en todo con el sentido de Dios que nos hace trascender las realidades puramente temporales. 

Los evangelios no se escribieron en circunstancias felices. El evangelio de Juan, concretamente, surgió en una comunidad que había ya experimentado las persecuciones con que se quiso destruir desde sus inicios la fe cristiana. Jesús mismo habla de la alegría en su cena de despedida, cuando sabe ya que le espera la cruz. Tampoco las más bellas páginas de la Biblia sobre la alegría, la esperanza y la realización del anhelo del hombre fueron escritas en los tiempos de prosperidad de Israel, sino en tiempos de sus mayores crisis. Los profetas enseñaron al pueblo a afirmarse en la esperanza cuando más desesperado estaba en el exilio. Y la razón fundamental por la que se puede conservar la alegría del corazón en cualquier circunstancia la da San Pablo: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31). Por consiguiente, no es que el dolor cause alegría –obviamente eso no se puede decir–, ni que sea bueno soñar en una existencia sin cruz, sin sufrimientos y penas. La alegría surge cuando, por la fe, se asume el dolor no como fatalidad, sino como ocasión para sentir la presencia solidaria de Jesús, que llena con su amor todo el abatimiento y consternación que produce. Las pruebas y sufrimientos inherentes a la existencia terrena se aprecian así ya no de manera puramente resignada y pasiva, sino como oportunidad para que nazca algo nuevo cargado de sentido. Es el significado de la imagen de la parturienta que sabe que sus dolores anteceden a la alegría por el nacimiento del niño. 

Jesús hace ver también que la alegría verdadera es un don de lo alto. No es alegría completa ni duradera la que se busca ganando más y más dinero ni logrando éxitos según el mundo. La alegría verdadera es la que proviene de lo que Dios hace en nuestro favor. Se trata, por tanto, de poner como fundamento de nuestra dicha y felicidad la fidelidad del amor de Dios, que nos asegura siempre con su presencia a nuestro lado el poder de su resurrección sobre la maldad del mundo y sobre nuestros errores y pecado. De todo esto saldremos triunfantes gracias a aquel que nos amó (Rom 8, 37). 

Finalmente, el tiempo que transcurre entre la partida del Señor y su retorno queda designado por Jesús como el tiempo de la esperanza, que se alimenta con la oración confiada y eficaz. En ese día, es decir, en el tiempo de su presencia resucitada, en el día del Señor en que vivimos, ya no tendrán necesidad de preguntarme (pedirme) nada. Les aseguro que el Padre les concederá todo.