domingo, 5 de julio de 2026

Domingo XIV del Tiempo Ordinario – Vengan a mí los cansados y agobiados (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ

Dios padre, mosaico de Anton von Werner (1900), Catedral de Berlín, Alemania

En aquel tiempo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera." 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo. 

sábado, 4 de julio de 2026

Los amigos del esposo. Vino nuevo, odres nuevos (Mt 9, 14-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y María en las bodas de Caná, ilustración de William Holle en La vida de Jesús de Nazareth (1906)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?".
 Jesús les respondió: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán. Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura. Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan". 

Jesús había llamado a su grupo a un publicano y se había puesto a su mesa en compañía de otra gente de mal vivir (Mt 9, 9-13). Probablemente lo vieron también comer con sus discípulos en un día de ayuno obligatorio. Por eso la pregunta de los discípulos de Juan: ¿Por qué razón nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no? 

A simple vista puede parecernos un tema extraño, pero puede aplicarse a la conducta que, consciente o inconscientemente, demostramos. De muchas maneras nos lanzamos unos a otros preguntas como las que los discípulos de Juan plantearon a Jesús: ¿por qué no actúan ustedes como nosotros?, ¿por qué piensan así?, ¿por qué esas costumbres, esos métodos...? Detrás puede estar el miedo a lo diferente o la necesidad de asegurar la propia postura imponiéndola a los otros. Ahí no hay diálogo porque no hay intención de comprender, ni de integrar y complementar sino de defenderse, descalificando al que es diferente. Bien decía Antonio Machado: “Busca tu complementario que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario”. Fácilmente se olvida el principio de dejar al otro ser y obrar como le parezca mientras no se demuestre que es una forma de proceder errada, injusta o perjudicial. 

Jesús zanja la cuestión que le plantean acerca del ayuno, llevando a sus oyentes a otra esfera de pensamiento, a la esfera de la salvación, que ya está abierta para todos y cuyo anuncio (buena noticia) inaugura el tiempo nuevo de la fiesta para la nueva humanidad reconciliada. Lo hace con un proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye naturalmente toda forma penitencial. 

El tiempo nuevo es tiempo de alegría. La presencia de Jesús señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios y del triunfo de su amor salvador. Los profetas lo vieron venir y su corazón se llenó de gozo. Recordemos, por ejemplo, cómo intuye Isaías la venida del Salvador: El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido (Is 61, 1-3) 

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús. Con estas palabras anuncia su final: se les quitará su presencia, la presencia del novio, cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Las nupcias han comenzado, pero han de llegar a su consumación. Mientras tanto vivimos el tiempo de la ausencia que espera una presencia, del viernes santo que lleva a la pascua. De momento queda el símbolo de su cruz: en el dolor y sufrimiento de los crucificados. Encontrarnos con ellos, ayudarlos, luchar para que nadie pase hambre ni sufra marginación, es cumplir el ayuno que Dios espera: partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Haciendo eso nos encontramos con el novio, porque se ha hecho el último de todos y está en los últimos. 

Las pequeñas parábolas acerca de lo viejo y lo nuevo –no se puede coser un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo ni guardar vino nuevo en odres viejos– lo que hacen es subrayar la incompatibilidad del nuevo modo religioso de proceder (la nueva santidad y justicia) que Jesús practica y enseña, frente a las viejas prácticas y legalismos morales del judaísmo farisaico. El reino viene, es una nueva forma de relacionarse Dios con nosotros y nosotros con él, es gracia, amor, justicia y paz para los individuos y para la sociedad. A la novedad de este anuncio debe responder una nueva forma de ser. Ésta no puede consistir en un cambio superficial sino en una renovación radical. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17). Este cambio implica despojarse de las propias seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de una fe que se demuestra en el amor y el servicio.

viernes, 3 de julio de 2026

El apóstol Tomás (Jn 20, 24-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

La incredulidad de Santo Tomás, óleo sobre lienzo de Hendrick ter Brugghen (1622 aprox.), Rijksmuseum, Ámsterdam, Países Bajos

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".
Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree".
Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto". 

El mismo día de su resurrección por la tarde, Jesús se había aparecido a los discípulos reunidos a puertas cerradas. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban “El Mellizo”, no estaba con ellos. Como todos los demás, este apóstol había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, y no quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos. 

Una semana después, estaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos y Tomás estaba también. Jesús se volvió a presentar en medio de ellos, les dio su paz y se dirigió a Tomás. Sus palabras demuestran que está dispuesto a responder al deseo de su discípulo: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente. La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, expresa su reconocimiento del Señor y su disposición a seguirlo hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío! Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana– Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo. En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido a su Señor, a quien vio clavado en la cruz, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, y que en la cruz nos reveló su amor extremado. Un gran teólogo, Romano Guardini, escribió a este propósito: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la apertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”. 

Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. San Alberto Magno (+1206), doctor de la Iglesia, llega a afirmar que a nosotros, de hecho, nos es más provechosa la incredulidad de Tomás que la fe de los discípulos creyentes: nos enseña a superar las dudas. Viendo las llagas del Señor, retorna a la fe. Nosotros, dejando aparte toda duda, nos consolidamos en la fe. El Señor permitió que el discípulo dudase después de la resurrección, pero no lo abandonó en las dudas. Asimismo, nosotros debemos tener la confianza de que el Señor nos dará su gracia para superar nuestras dificultades. 

El mismo Padre de la Iglesia añade un comentario sobre lo que Tomás realmente vio, y dice: Si la fe es prueba de las cosas que no pueden verse, y si de las cosas que se ven no se tiene fe sino conocimiento (natural), ¿por qué, entonces, se le dice a Tomás: Porque me ha visto has creído? Porque vio una cosa y creyó en otra. Como hombre mortal, ciertamente no podía ver la divinidad. Él vio al hombre, pero confesó que era Dios, y por eso dice: Señor mío y Dios mío. En este sentido, viendo creyó, viendo a Jesús como verdadero hombre, proclamó su divinidad que no podía ver.

jueves, 2 de julio de 2026

La curación del paralítico (Mt 9 1-7)

P. Carlos Cardó SJ 

Curación del paralítico, aguada parda con lápiz negro y pluma sobre papel agarbanzado de autor anónimo (1650 – 1700 aprox.), Museo Nacional del Prado, Madrid, España

En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.
En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados".
Al oír esto, algunos escribas pensaron: "Este hombre está blasfemando".
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, —le dijo entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".
Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. 

La escena se desarrolla en Cafarnaum, probablemente en casa de Simón Pedro (1,29) donde Jesús se alojaba. Se había propagado la noticia de que realizaba signos en favor de los enfermos y se agolpó una gran cantidad de gente a la puerta, tanto que ya nadie podía entrar. Un paralítico quiere ser curado, pero depende totalmente de lo que hagan por él. Aparecen entonces sus amigos, observan lo difícil que les va a ser llevarlo hasta Jesús, y elaboran una estratagema ingeniosa: cargan al enfermo con su camilla, abren un boquete en el techo de la casa y por allí lo descuelgan hasta ponerlo a los pies de Jesús. 

La escena puede recordarnos situaciones semejantes. Cuántas veces y por cuántos motivos le es difícil a la gente, sobre todo a los pobres y a los que son excluidos, acercarse a Jesús en su casa, la Iglesia. Nosotros mismos, cuántas veces nos hemos quedado como paralizados por problemas que parecían superar nuestra capacidad. Y también gente amiga nos ayudó a salir adelante, nos hizo ver a Dios en nuestra situación y a partir de ahí todo cambió. 

Pero hay algo interesante en el texto: como el paralítico, todos tenemos necesidades más o menos urgentes, más o menos dolorosas de las que queremos librarnos, y recurrimos a Dios, pero esa liberación que nos interesa ¿es en verdad la que más necesitamos, la más profunda? Dios no responde mecánicamente. Actúa como lo hizo con el paralítico, acoge nuestro deseo aunque no esté bien formulado y responde a lo que más necesitamos en la profundidad de nuestro ser, en otro nivel de necesidad más hondo que, de momento, como el enfermo y sus amigos, no hemos reconocido ni formulado. 

Otro dato sorprendente del relato es que Jesús no se fija sólo en la carencia de ese hombre, sino que destaca lo mejor que él y sus amigos demuestran y que los escribas allí presentes (los expertos en religión) no tienen: la fe. Viendo la fe... 

Y el milagro ocurre, el verdadero, que en la lógica de la respuesta de Jesús a los escribas es lo más importante y lo más difícil: el perdón, es decir, la regeneración del hombre para una vida nueva gracias al encuentro con el Hijo de Dios, que aporta salvación, salud integral. Esa gracia del perdón se ofrece a todos, pero sólo los sencillos y los pobres de corazón, como el paralítico, la aceptan y aprovechan, no los sabios de este mundo. Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados, dice Jesús al paralítico ante el asombro de los escribas. 

¡Este blasfema!, gritan éstos y tienen su lógica porque, en efecto, la Biblia dice que perdonar los pecados sólo Dios puede hacerlo (cf. Is 43, 25); y si Jesús lo pretende es porque usurpa la autoridad divina y ofende a Dios. Piensan así porque no creen en él, no están dispuestos a aceptarlo como el Enviado que abre para todos el tiempo del perdón y de la misericordia, anunciado por los profetas: Esta es la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor. Meteré mi ley en su pecho y la inscribiré en sus corazones..., pues yo perdono sus culpas y olvido sus pecados (Jr 31, 34). 

La curación que se produce a continuación viene a ser solamente la garantía visible del poder de salvación que actúa en Jesús. Perdonando primero al paralítico, le ha hecho trascender la inmediatez de su deseo de verse libre de su enfermedad; ha trastornado los esquemas de los expertos en Dios, y ha movido a la gente a reconocer el verdadero proyecto de Dios que se anticipa y encarna también en el gesto simple y sin ostentación alguna de la curación: Se dirigió al paralítico y le dijo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. La liberación que trae Dios por medio de Jesús elimina el mal hasta en las raíces más subterráneas del pecado, hasta en sus más oscuras ramificaciones, que son la enfermedad y la muerte. 

Y a la vista de todos, el paralítico se marchó cargando su camilla. Es una representación plástica de lo que ha pasado en su interior. La camilla, signo pesado y humillante de su desgraciada invalidez, se transforma en el signo de su libertad y dignidad recuperadas para siempre. Todos cargamos nuestras camillas, recuerdo de nuestras antiguas parálisis, carencias, frustraciones y ofensas sufridas. Por la fe, se nos concede descubrir la acción de Dios en ellas, y poder asumirlas, integrarlas, no depender ya de ellas ni dejar que determinen nuestra autoestima y la conducta que tenemos con nosotros mismos y con los demás. San Pablo aprendió a ver la fuerza de Dios en sus debilidades personales y en las heridas sufridas, y cuando las recordaba no dudaba en decir: Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12,10).