viernes, 21 de febrero de 2020

Instrucción sobre el seguimiento (Mc 8, 34-9,1)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús cargando la cruz, óleo sobre tabla atribuido al Máster de Santa Verónica (1400 – 1420 aprox.), Museo Cristiano de Esztergom, Hungría
Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda le gente, y les dijo: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve a uno, si ha ganado el mundo entero, pero se ha destruido a sí mismo? ¿Qué podría dar para rescatarse a sí mismo? Yo les aseguro: si alguno se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él, cuando venga con la Gloria de su Padre rodeado de sus santos ángeles".Y Jesús les dijo: “en verdad se los digo: algunos de los que están aquí presentes no conocerán la muerte sin que hayan visto el Reino de Dios viniendo con poder".
Jesús ha terminado la etapa de su ministerio público en Galilea y ha comenzado su marcha a Jerusalén donde va a ser entregado. En el camino se dedica a preparar a los apóstoles para que puedan resistir la prueba que para ellos también va a significar su pasión y crucifixión. Su lenguaje les parece insoportable, tanto que Pedro, tomándolo aparte, comenzó a increparlo. Pero Jesús lo ha reprendido duramente a la vista de todos: Apártate de mi, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios.
A continuación, Jesús reúne a la gente y a sus discípulos y les da una instrucción sobre lo que significa ahora seguirlo. El que quiera ser su discípulo tendrá que estar dispuesto a asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. Así la vida de Jesús se prolongará en la del discípulo.
La instrucción está construida sobre cinco dichos, que son cinco opciones capitales que habrá que tomar, sobre todo en momentos difíciles, cuando se sienta la tentación de abandono. Probablemente Marcos, al escribir estas frases de Jesús está pensando en las persecuciones de Nerón que se abaten contra la comunidad cristiana a la que escribe su evangelio.
Si alguno quiere venir…, dice Jesús. No obliga a nadie. Es una decisión personal. El amor y la amistad no se imponen. Es verdad que Él es quien ha tomado la iniciativa: Llamó a los que quiso (Mc 3, 13), pero respetando siempre la libertad.
Se le sigue detrás. Era la costumbre: los discípulos seguían detrás a su rabino. Aquí es mucho más que una costumbre social. Es ir tras sus huellas, imitándolo. Aceptarlo como maestro es tenerlo por guía en la propia vida.
Niéguese a sí mismo. Es la primera condición del seguimiento. Consiste en abandonar las propias maneras de pensar que se opongan a los valores que Él encarna y propone. Concretamente, se trata de negar o superar las actitudes egoístas, la ambición, el afán de dominio, la búsqueda de privilegios materiales o sociales. Es salir del propio amor y del propio interés para que sea sólo la voluntad de su Padre la que rija las decisiones y acciones. Se niega el falso yo centrado en sí mismo, para asumir la nueva condición de hijos y de hermanos, que hace de la persona un ser para los demás.
Cargue con su cruz –y Lucas añade: cada día– hace referencia a la liberación propia que permite salir de sí mismo para hacer posible la donación sin reservas, hasta el punto de aceptar la disposición a morir por causa del seguimiento de Jesús y, en todo caso, admitir las tribulaciones y rechazos que podría acarrear la fidelidad al evangelio.
Esa liberación personal no se da sin una lucha sostenida contra los influjos del mal, en particular aquellos que más encierran a la persona en sí misma: la ambición del tener, dominar y gozar. Cargar la cruz significa también sobrellevar las enfermedades, angustias y renuncias que la vida impone, teniendo fijos los ojos en Jesús puesto en cruz, cuya compañía en tales circunstancias hace descubrir el sentido que pueden tener y llenarlas de amor como Él lo hizo. Es, en último término, la identificación plena con su Señor que hace decir a San Pablo: He sido crucificado con Cristo, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20).
Cargar la propia cruz no significa, por tanto, sometimiento y resignación. Tampoco consiste en una búsqueda privada y voluntarista de dolores y padecimientos que no expresan ni dinamizan el amor, sino que encierran a la persona en el sentimiento narcisista de autojustificación y santificación.
Cuando Pablo afirma que reproduce en su cuerpo los padecimientos que faltan a la pasión de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia (Col, 1.24), y cuando menciona los estigmas de Jesús que lleva en su cuerpo (Gal 6,17), no se refiere a dolores físicos o psíquicos provocados a sí mismo, sino a las fatigas, desvelos, hambre y sed, frío y desnudez que le ha acarreado su solicitud por todas las comunidades (2 Cor 11, 28).
El cristiano ya lo sabe: la vida es don y se realiza dándola. Así la vivió Jesús, así la ha de vivir el discípulo. Jesús va delante, abriendo camino, facilitándoles la marcha a sus seguidores. Porque a eso han sido llamados, pues también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus huellas (1Pe 2, 21).

jueves, 20 de febrero de 2020

¿Quién dicen que soy yo? - Confesión de Pedro (Mc 8,27-33)

P. Carlos Cardó SJ
Detalle del Rostro de Jesús del óleo sobre lienzo de Georg Karl Cornicelius titulado Cristo tentado por Satán (1888), exhibida en la Galería Nacional de Berlín hasta la II Guerra Mundial, su ubicación actual se desconoce.
Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?".Ellos contestaron: "Algunos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías o alguno de los profetas".
Entonces Jesús les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?".Pedro le contestó: "Tú eres el Mesías".
Pero Jesús les dijo con firmeza que no conversaran sobre él.Luego comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los notables, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley, que sería condenado a muerte y resucitaría a los tres días. Jesús hablaba de esto con mucha seguridad.
Pedro, pues, lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo.
Pero Jesús, dándose la vuelta, vio muy cerca a sus discípulos. Entonces reprendió a Pedro y le dijo: "Pasa detrás de mí, Satanás! Tus ambiciones no son las de Dios, sino de los hombres".
Termina la primera parte del evangelio de Marcos. Jesús ha recorrido de pueblo en pueblo la región de Galilea, transmitiendo el anuncio gozoso del reino de Dios y obrando signos en favor de la gente. La gente lo ha seguido entusiasmada y se ha animado incluso a ir tras Él en el desierto, sin nada que comer, con peligro de desmayar por el camino. Jesús los alimentó con los panes.
Pero ahí pasó algo desconcertante: al bendecir los panes, partirlos y mandar a sus discípulos que los repartieran, Jesús quiso hacer ver que el pan partido y compartido era el símbolo de su propia vida entregada para la vida del mundo, y que sus discípulos debían hacer otro tanto. Puso el ideal de realización humana en la donación. Pero ellos no comprendieron el significado del pan.
Ahora nos hallamos al norte de Galilea, cerca de la ciudad pagana de Cesarea de Felipe. Jesús inicia su camino a Jerusalén donde va a ser entregado. En este contexto, tiene con sus discípulos un momento de intimidad. Jesús les pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos responden refiriendo lo que se oye hablar sobre el Maestro, las distintas opiniones de la gente. Unos, impresionados por la vida austera y la muerte del precursor de Jesús, dicen que es Juan Bautista que ha resucitado. Otros creen que se trata de Elías, que ha vuelto a la tierra para consagrar al Mesías (Mal 3, 23-24; Eclo 48, 10) y preparar la llegada del Reino de Dios (Mt 11, 14; Mc 9,11-12; cf. Mt 17, 10-11). Otros, en fin, identifican a Jesús con un profeta, sin mayor concreción.
También hoy, si hiciéramos la misma pregunta, la gente daría muchas respuestas y seguramente todas muy positivas. Es un hecho incuestionable que Jesús sigue atrayendo con su personalidad, su mensaje y su obra. Jesús, generalmente, es admirado y amado. Esto pasa si las personas han oído hablar de Jesús. Actualmente, en nuestro mundo secularizado, hay muchas personas que no saben nada de Él, o tienen una imagen muy superficial. Pero si han escuchado sus enseñanzas y conocido sus acciones en favor de la humanidad, lo más seguro es que serían capaces de admirarlo y seguirlo.
Después de oír su respuesta, Jesús hace a sus discípulos otra pregunta: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Quiere conocer su fe porque quiere prepararlos a lo que vendrá, dado que son los que han de continuar su obra. Entonces Pedro, tomando la palabra, le contesta: Tú eres el Mesías (en griego, Cristo). Según el evangelio de Mateo, esta confesión de fe no ha nacido de una genial perspicacia de Pedro, sino que ha sido el Padre quien se lo ha revelado. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo... (Mt 16, 17).
“Cristiano” es aquel que confiesa a Jesús como el Cristo enviado por Dios para traernos la salvación de lo alto y liberarnos de nuestras miserias. Con Jesús Mesías irrumpe en la historia el reino de Dios de una forma eficaz y el cristiano queda asociado a Jesús para colaborar con Él en la extensión del Reino.
Esta confesión de Pedro nos invita a responder a la pregunta: quién es Jesús para nosotros. Es como si el mismo Jesús nos la hiciera también, aquí y ahora: “¿Quién soy yo para ti?”. Y espera nuestra respuesta. El cristianismo no es una ideología, ni solamente una doctrina o una moral, sino una relación personal con Jesucristo, que sale a mi encuentro y me muestra su obra: la instauración del reinado de Dios, de la victoria del amor de Dios sobre la injusticia y maldad del mundo. Al mismo tiempo, Jesucristo me dice que para que se extienda su obra y abrace a toda la humanidad, Él cuenta conmigo.

miércoles, 19 de febrero de 2020

El ciego de Betsaida (Mc 8,22-26)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús sana al ciego, mosaico de Marco Iván Rupnik SJ (siglo XX), capilla del Santísimo Sacramento de la Iglesia de Nuestra Señora de la Almudena, Madrid, España
En aquel tiempo, Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida.Le trajeron un ciego, pidiéndole que lo tocase. Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: "¿Ves algo?".Empezó a distinguir y dijo: "Veo hombres; me parecen árboles, pero andan".
Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía con toda claridad. Jesús lo mandó a casa, diciéndole: "No entres siquiera en la aldea".
En el pasaje anterior decía Jesús: ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen? (v. 18), y concluía: ¿Y aún siguen sin comprender? (v. 21). Se refería a la ceguera de los discípulos para entender su presencia en el signo del pan y el ideal de una vida que se entrega como el pan.
El milagro del ciego de Betsaida va a señalar el paso a la iluminación. Es el milagro que Jesús debe realizar en la comunidad de los cristianos, para hacerlos capaces de reconocer en el signo del pan su presencia, y puedan así disponerse a acoger la sucesiva revelación (que se iniciará en 8,31), de un Jesús Siervo sufriente, que salva a su pueblo cargando sobre sí el pecado, el dolor y la muerte de sus hermanos.
El milagro se hace en dos etapas. Este detalle puede parecer un toque de ironía del evangelista Marcos: la ceguera de los cristianos de su comunidad es tan grave, que requiere una doble intervención de Cristo para curarla. Algunos comentaristas del evangelio de Marcos ven allí una alusión implícita al aspecto trascendente de la revelación de Cristo, que supera todo entendimiento.
En un primer momento el ciego ve de manera imprecisa: está aún a medio camino entre las sombras y la luz, confunde a los hombres con árboles (v. 24). Como los discípulos que no comprendieron el significado del pan, y confundieron a Cristo con un fantasma (6,49), o como «la gente», que identifica a  Jesús con figuras del pasado, ya muertas (Juan Bautista, Elías, los profetas).
Conviene aplicarnos la pregunta: ¿Ves algo? (v. 23b). Nos servirá de preparación para la gran pregunta que vendrá después: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (vv. 27b.29a). Marcos, al igual que Pablo (cf. 1 Cor 11, 28), invita a examinarse uno mismo para ver si sabe discernir a Cristo en el signo del pan.
La respuesta que da el ciego (Veo hombres, pero me parecen árboles), demuestra lo lejos que se está aún de esto. Va ser necesaria una nueva intervención para que la comunidad, al igual que el ciego, llegue a ver de lejos perfectamente todas las cosas (v. 25). Esa es justamente la finalidad del evangelio: hacer ver claramente que en Jesús, pan de vida que se entrega libremente por amor a sus hermanos, se ofrece la realización de la vida humana más perfecta y lograda, la redención de toda forma de egoísmo que aliena la existencia, la orientación certera hacia la verdadera felicidad, antes y después de la muerte.
La repetición de la multiplicación de los panes y la doble curación del sordomudo y del ciego tienen, por tanto, la intención de dejar bien asentada esta lección fundamental que Marcos quiere dar a su iglesia: aquello que ocurrió en la vida de Jesús, debe ocurrir en la iglesia. Cristo abre los ojos de sus fieles para que entre en ellos la luz del evangelio.
Sólo después de esta iluminación, prosigue la segunda parte del evangelio, en la que Jesús se manifestará como el Hijo de Dios y nos indicará el camino a seguir para llegar con Él a su gloria.
Brota espontánea en el corazón la oración del ciego de Jericó, que vendrá después y representa al verdadero seguidor de Jesús: Maestro mío, haz que recupere la vista (10, 51). Jesús vendrá con su luz y nos marcará el camino. Nos dirá: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).

martes, 18 de febrero de 2020

La levadura de los fariseos y de Herodes (Mc 8, 14-21)

P. Carlos Cardó SJ
Salvador eucarístico, óleo sobre lienzo de Juan de Juanes (siglo XVI), Colección Esterházy, Budapest, Hungría
Los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan.El les hacía esta advertencia: «Abran los ojos y absténganse de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes».
Ellos hablaban entre sí que no tenían panes.
Jesús dándose cuenta, les dice: «¿Por qué están hablando de que no tienen panes? ¿Aún no comprenden ni entienden? ¿Es que tienen la mente embotada? ¿Teniendo ojos no ven y teniendo oídos no oyen? ¿No se acuerdan de cuando partí los cinco panes para los 5.000? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogieron?».«Doce», le respondieron.
«Y cuando partí los siete entre los 4.000, ¿cuántas cestas llenas de trozos recogieron?».Le dicen: «Siete.»
Y Jesús continuó: «¿Aún no entienden?».
La ceguera de los discípulos respecto al significado del pan se mantiene. Cinco veces se menciona el pan, y siete veces señala Jesús con desilusión y amargura la incomprensión de que es objeto por parte de sus discípulos: discutían, no entienden, no captan, ¿Tienen endurecido el corazón?, ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen?, ¿No recuerdan cuando repartí los cinco panes entre cinco mil?, ¿y cuando repartí los siete panes entre cuatro mil? y ¿todavía no entienden?
El recuerdo de tantas preguntas hechas por Jesús indica la importancia que tiene el tema del pan para la comunidad cristiana. El evangelista lo asume así, y lo consigna para que la comunidad de todos los tiempos examine hasta qué punto Jesús y su mensaje, simbolizados en el pan, es comprendido, amado y aceptado por los cristianos, o todavía siguen apegados a otras costumbres, actitudes y maneras de pensar (“levaduras” que fermentan y corrompen), que son incompatibles con lo que Jesús es y con lo que enseña.
En la barca, que es la iglesia, los discípulos llevan un solo pan, el pan que les debería bastar y que es Cristo presente en el amor y el servicio fraterno. Eso y nada más les debería bastar para vivir la vida verdadera que Jesús ha querido comunicarles al darles a comer su pan. Pero no entienden, no creen y por eso dicen: no tenemos pan.
Jesús les señala concretamente dos maneras de pensar que fermentan dentro de la comunidad y la corrompen: Abran los ojos, les dice, y tengan cuidado con la levadura de los fariseos y con la levadura de Herodes. Jesús y su evangelio, pan ácimo de la verdad y autenticidad (1 Cor 5,8), no puede corromperse con la levadura ideológica de la religión farisaica de la ley, ni con la levadura económico-política del poder.
La primera introduce en la comunidad el fermento de muerte de una religión que hace daño porque promueve el cumplimiento de normas, ritos y costumbres que tranquilizan las conciencias, pero hacen olvidar las exigencias del amor universal y de la justicia. Junto a ella, la levadura de Herodes introduce en la comunidad el fermento de muerte de la ambición de poder individual o grupal, que lleva a aliarse con los gobiernos injustos y opresores.
Los discípulos saben ya que hay maneras de pensar, como la de los fariseos, y formas de actuar como la de Herodes, que se deben expulsar de la comunidad eclesial como fermentos de corrupción porque impiden ver a Cristo en los hermanos, impiden cumplir el mandamiento del amor, impiden vivir una vida en la que se manifieste el significado del pan. La ley (deshumanizada por los fariseos) y el poder (usado por Herodes hasta el asesinato), se aliaron para dar muerte a Jesús y volverán a aliarse en la pasión.
La iglesia debe vivir del pan único y compartido que expresa y realiza el amor al prójimo, y que encuentra su máxima expresión en la presencia eucarística. Pero el amor fraterno y la eucaristía –que se unen como una sola cosa en un único pan– siguen amenazados hoy como lo estuvieron en el grupo de íntimos de Jesús que se dejaban corromper por esas dos «levaduras». Como los cristianos a los que escribe Marcos, también nosotros debemos ser conscientes del peligro de privar de significado la eucaristía y reducirla a una mera repetición de fórmulas sin contenido vital.
La pregunta final de Jesús: ¿aún siguen sin comprender?, aplicada a nosotros, podría hacernos responder que sí, en efecto, seguimos sin comprender una vida que, como el pan, es para que se entregue y sirva, se comparta y dé vida. La sola razón no alcanza a comprender una vida así y por todas partes impactan en nuestra mente otras maneras de pensar el éxito, la realización personal y la felicidad. Sólo si contemplamos la persona de Jesús y pedimos su gracia, seremos capaces de comprender y asimilar su pan, reconociendo en él su presencia real y la vida verdadera que él nos da.
En resumen: Jesús es el pan, que se entrega y comparte para dar vida. Ese pan es el único que debe haber en la barca que es la Iglesia. Pero hay otras manera de pensar, concretamente la de los fariseos y la de Herodes, que impiden a los discípulos creer que sólo el pan de Jesús basta. Estas dos maneras de pensar y de vivir no pueden tener cabida en la Iglesia, son fermentos que matan la presencia de Jesús en ella y corrompen el evangelio.