sábado, 28 de marzo de 2026

Conviene que muera por el pueblo (Jn 11, 45-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

El sumo sacerdote Caifás, óleo sobre lienzo, detalle de la pintura Jesús ante Caifás de Tomás de Merlo (1737) robada en 2014 de la iglesia del Calvario, Ciudad de Antigua, Guatemala 

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: "¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación".
Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: "Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca". Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.
Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: "¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?" 

¿No se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?, dijo Caifás. Y el evangelista San Juan añade una frase misteriosa: no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la nación. Y no sólo por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11, 50-52). Es decir, que Caifás, sin saberlo ni pretenderlo, señaló el significado redentor de la muerte de Jesús. Tendrá que morir para que la nación y toda la humanidad se salven. Pero ¿qué sentido tiene que un hombre muera por toda la nación? 

Tradicionalmente se ha interpretado en el sentido de un rescate: uno paga para redimir a todos, Jesucristo cancela la deuda contraída por la humanidad pecadora, su sangre es el precio valioso que ha merecido para nosotros la vida. Esta idea está muy presente en el Antiguo Testamento. Se visibilizaba en el día de la purificación con el rito del macho cabrío sobre el que, simbólicamente, los hebreos cargaban los pecados del pueblo y lo abandonaban en el desierto (cf. Lev 16,20-22). 

La sangre, además, tenía poder de borrar los pecados. El Sumo Sacerdote con la sangre de las víctimas inmoladas asperjaba el propiciatorio –que era una plancha de oro sobre el Arca de la Alianza–, expresando la voluntad de unirse a Dios, eliminando la separación y distancia provocadas por el pecado. San Pablo aplica esta imagen a Jesucristo y lo presenta como el nuevo propiciatorio de nuestros pecados (Rom 5). 

La idea de la redención como rescate se une así a la de la muerte sustitutiva (vicaria) y a la del sacrificio expiatorio. La muerte vicaria aparece en varios pasajes de las cartas de Pablo (1Tes 5, Gal 2, 1Cor 1 y 15, 2Cor 5, Rom 5,14, también en 1Pe 2). 

Los Santos Padres de la primitiva Iglesia dirán que Cristo establece el intercambio entre Dios y los hombres, con el que se da la victoria sobre la muerte y el diablo, que Cristo con su sangre da a Dios la debida satisfacción (San Anselmo), y que su sangre es el instrumento del amor que reconcilia (Santo Tomás de Aquino). En el himno eucarístico Adoro Te devote, Santo Tomas de Aquino dice que una sola gota de la sangre de Cristo puede liberar al mundo entero de todos los crímenes. 

Pero no se puede negar que esta idea de que el inocente pague por todos, resulta difícil de comprender. Dios no quiso la muerte de su Hijo; no lo envió al mundo para que lo mataran. No se puede pensar así, se haría de Dios un padre despiadado. Lo que hizo Dios fue enviar a su Hijo para que se identificara con sus hermanos mediante un amor que lo llevaría hasta asumir solidariamente el sufrimiento y la muerte. Dios miraba sólo a que su Hijo, enviado y entregado al mundo, mantuviera su solidaridad salvífica con los hombres, acercándose incluso –con su amor llevado hasta el extremo– hasta abrazar a sus enemigos para sacarlos de su cerrazón y alejamiento. Y ese es lo que hizo Jesús: no dudó en hacer suya la voluntad amorosa de su Padre de dar su vida para que nadie se pierda, llenando de este amor los padecimientos y muerte que sus enemigos –representantes del pecado del mundo– le infligieron. Cristo Jesús nos ama y, porque nos ama, da su vida por amor. El Padre, por su parte, se complace y acepta el amor más grande que su Hijo demuestra dando la vida por sus amigos, confiriéndole todo su valor de eternidad y su eficacia salvadora. 

Además, Jesús ha de asumir toda la realidad humana, incluido el pecado, el sufrimiento y la muerte. Por eso acepta el dolor de la cruz, para iluminar y llenar con su amor el sufrimiento humano, la culpa humana y la muerte, y vencerlos. El amor es lo que redime y salva. 

Otra interpretación hace ver que el pecado y la muerte eran fruto de la humanidad vieja, constituida por el mundo sin Dios y sin esperanza (Cf. Ef 2, 12), y por el pueblo de Israel, que había quedado atrapado en el cumplimiento puramente exterior de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Adán, inicio de la humanidad, representa el mundo viejo que ha de morir para que pueda nacer una nueva vida. Eso es lo que ocurrirá en la cruz del Señor. Para San Pablo Jesucristo es el nuevo Adán, que con su muerte da comienzo a la humanidad nueva cuyo destino es el cielo. En su cuerpo entregado y resucitado cabemos todos. Su cuerpo es «espiritual», y lo formamos todos: la comunidad de fe, esperanza y amor, que Cristo resucitado colma del Espíritu para renovarlo todo. Esta idea sintetiza lo que es la pascua: Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo (2 Cor 5 17-18). Por esto los que viven en Cristo son una nueva criatura. En la cruz, Cristo, el hombre nuevo, comparte la vida nueva del Espíritu con todo su cuerpo, que es la comunidad de sus hermanos y hermanas, y hace de ellos la humanidad nueva. Para eso muere Jesús.

viernes, 27 de marzo de 2026

Las obras de Jesús (Jn 10, 31-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curando a los enfermos, óleo sobre lienzo de Gebhard Fugel (1885), monasterio de Heilig Kreuz, Altötting, Bavaria, Alemania

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: "He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?".
Le contestaron los judíos: "No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios".
Jesús les replicó: "¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: 'Soy Hijo de Dios'? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre".
Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad". Y muchos creyeron en él allí. 

Último enfrentamiento de Jesús con los judíos. Ya antes lo han querido apedrear (Jn 8,59). Les resulta una ofensa a Dios decir que sus palabras son las del Altísimo y que sus obras corresponden a las de su Enviado. Jesús, por su parte, ha dicho de ellos que tienen por padre al diablo, mentiroso y homicida, y que por eso se muestran agresivos con él y lo quieren matar. Pero para ellos la cosa está clara: si lo dejan hablar, van a quedar desacreditados, ellos que son precisamente los representantes oficiales de Dios. 

Jesús se defiende. No puede presentar testimonio humano alguno que valga para acreditar su misión de Mesías, pero sí puede apelar a las obras. Ellas hablan por sí solas: el resultado de los signos que realiza en favor de los enfermos y de los pobres, sólo Dios puede lograrlo. Con sus curaciones de enfermos y sus acciones en favor de la vida, Jesús rehace la creación rota por el pecado de los hombres, salva al mundo de la muerte, libera, da vida aun a quienes quieren lapidarlo. 

Jesús califica sus obras de excelentes. Así son las obras de Dios. El Génesis lo dice al acabar la obra de la creación: vio Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno (1,31). Las obras del Hijo son igualmente excelentes. Nicodemo, personaje importante, miembro del grupo de los fariseos, lo había reconocido: Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces si Dios no está con él (Jn 3,2). Y porque lo sabían muy bien, los que tenían enfermos de diversas enfermedades se los llevaban y toda la gente quería tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos (Lc 6,19). Manifestaba especial compasión ante las multitudes hambrientas y abandonadas (Mc 6,34; 8,2s; Mt 9,36; 14,14; 15,32), hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, andar a los inválidos, hizo presente el amor perdonador de su Padre para los pecadores y los perdidos. Su fama de compasivo se extendió por todas partes y los afligidos no dudaban en invocarlo como a Dios mismo: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! (Mt 15,22; 17,15; 20,30s). Con todas estas acciones Jesús continúa la obra de su Padre: Mi Padre trabaja y yo también trabajo (Jn 5,17). 

No obstante, los judíos replican: No es por ninguna obra buena por lo que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre te haces Dios. Querían otra manifestación de Dios porque creían en otro Dios. Mantenían la idea de un dios distante e inaccesible, al que se podía complacer con ofrendas, sacrificios, tradiciones y normas y en quién podían basar su autoridad de jefes y maestros, con todas las ganancias que ello les reportaba. En Jesús, en cambio, en su humanidad, en su manera de ser hombre, se revelaba un Dios diferente: Dios de misericordia y de gracia, Dios que sigue dando vida por medio de su Hijo. Las obras de Jesús sólo pueden provenir de él. Jesús, por lo tanto, no blasfema; ese es su argumento. Y entran así en crisis todas las formas e imágenes erradas con que se concebía a Dios en su relación con los hombres. 

Si se tiene en cuenta, finalmente, que el contexto en que Jesús habla de sus obras es el de la fiesta de renovación del templo, no cabe duda de que una vez más Jesús habla de sí mismo como el templo verdadero, para la adoración de Dios en espíritu y verdad (Jn 4,23), templo indestructible que en tres días se levantará de nuevo (Jn 2, 19), templo en el que resplandece la gloria del Padre y desciende a nosotros su Espíritu para al perdón de los pecados (Jn 20, 23) y para guiarnos al conocimiento de la verdad completa (Jn 16, 13).

jueves, 26 de marzo de 2026

Jesús superior a Abraham (Jn 8, 51-59)

 P. Carlos Cardó SJ 

Abraham, Sara y el ángel, óleo sobre lienzo de Jan Provoost (1525 – 1529), Museo del Louvre, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre".
Los judíos le dijeron: "Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: 'El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre'. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?".
Contestó Jesús: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello".
Los judíos le replicaron: "No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?".
Les respondió Jesús: "Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy".
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo. 

El texto recoge un tema clásico del evangelio de Juan: la presentación de Jesús como revelador de la gloria del Padre en contraposición con el templo, símbolo de la religión de la antigua alianza, lugar donde habitaba la gloria de Yahvé, pero que ha quedado oscurecido, sin capacidad reveladora bajo los signos de la grandeza y del poder opresor que los jefes religiosos han querido imponerle. Desde el Prólogo del evangelio viene subrayada esta oposición: la Palabra vino a los suyos, pero justamente allí donde debía ser acogida, fue rechazada. La gloria de Dios se revela ahora en la persona de Jesús y en el ofrecimiento de salvación que hace. Ha llegado la hora de los verdaderos adoradores que adoran a Dios no en el templo, sino en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23). 

Jesús se defiende y acusa, pero no da sentencia: a todos les ofrece la vida. Su palabra da la vida. En verdad, en verdad les digo: si uno observa mi palabra no verá la muerte. Llevar a la práctica su palabra, eso los hará libres hijos e hijas de Dios y los librará de la muerte. La vida que Jesús comunica no conoce fin. Tal es el designio de Dios, su Padre. 

Los jefes de los judíos no responden a la invitación de Jesús. Ellos son incapaces de comprender una promesa de vida. Se precian de ser hijos de Abraham, pero para ellos Abraham no es más que un pasado; no lo recuerdan como receptor de una promesa, él ya no es para ellos una promesa. Tampoco los profetas, sobre cuyos escritos se había edificado la esperanza, les abren a ningún futuro. Todos han muerto. Para ellos sólo vive Moisés, de quien se profesan discípulos; pero han deformado sus escritos, cercenando de ellos la esperanza que anunciaban, utilizando su Ley para oprimir. 

¿Quién pretendes ser?, le preguntan a Jesús. Y Jesús apela a su Padre, que es quien le da gloria, haciendo brillar en él su amor y lealtad (Jn 1,14). Él sabe quién es Dios, se identifica con él como su hijo por la comunión del mismo Espíritu y porque cumple su palabra. Yo sé quién es y cumplo su palabra. Por eso, su actividad manifiesta la obra de Dios: dar libertad y vida. He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Ese es el designio que ha recibido del Padre. 

Jesús no duda en declararse superior a Abraham y afirma que Abraham saltó de gozo porque iba a ver este día mío, lo vio y se llenó de alegría. El patriarca se alegró al ver realizada la bendición prometida en la obra de Jesús Mesías, que según San Juan se desarrolla en un día, en el día de la nueva humanidad, y se inició en Caná, cuando Jesús manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2,11). 

Al final del texto hay como un cambio de escenario. Se alude implícitamente a la tierra santa de Moisés, al lugar de la zarza ardiente y de la revelación del Nombre de Dios (Ex 3,6ss). La frase de Jesús lo evoca: desde antes que existiera Abraham, soy yo lo que soy. Al revelar su Nombre, Yahweh, Yo soy el que soy, Dios no quiso designar con un concepto abstracto su esencia, sino asegurar a Israel su lealtad, ayuda y protección continua. Al retomar Jesús esta palabra de Dios invita a que se le escuche como aquél en quien el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se ha hecho cercano para salvar. Lo que es Dios, lo vemos en Jesús. En él, Dios es y estará con nosotros. 

Los judíos no pudieron soportar esto, cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó saliendo del Templo. La presencia del Dios con nosotros, abandona el templo, dejándolo vacío. Dios no ha querido manifestar su gloria en los signos de grandeza y de poder con los que los jefes religiosos querían representarla. Su gloria se opera en la vida digna, libre y fraterna, que Jesús ofrece para antes y después de la muerte, como la realización de la más perfecta felicidad del ser humano. 

Los signos de esta vida verdadera siguen apareciendo hoy ante nosotros, mezclados con otros signos que, como Abraham, Moisés y los profetas para los judíos interlocutores de Jesús, ya no transmiten esperanza. Nos toca saber discernirlos.

miércoles, 25 de marzo de 2026

La anunciación del Señor (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

La anunciación, témpera en madera de Benvenuto Tisi da Garofalo (1550), Pinacoteca de Brera, Milán, Italia

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".
Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?".
El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho".
Y el ángel se retiró de su presencia. 

Contemplar a María de Nazaret es contemplar la imagen de una persona humana plenamente realizada en Dios. Ella nos muestra aquello que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios en nuestra vida. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre, hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios. 

Dice San Lucas, que fue enviado el ángel Gabriel a una joven prometida como esposa a un hombre descendiente de David, llamado José; la joven se llamaba María. Dios se ha determinado a entrar en la historia humana para dársenos a conocer y realizar nuestra redención. Para ello se ha fijado en María, una muchacha judía que se preparaba para celebrar su boda con José, el carpintero del pueblo. La encarnación de Dios no va a ser un acontecimiento espectacular, se hará en el silencio y la pobreza, en lo oculto y lo sencillo. Así actúa Dios, así se nos manifiesta. 

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre. 

...darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David... Todos los títulos mesiánicos que se le van a atribuir al Hijo de María se resumen en lo que proclama el ángel. El Hijo de María es el Hijo de Dios Altísimo. Sin embargo, pasará treinta años en una aldea, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, realizará su obra lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. El Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino. Ella nos acoge en la escuela de Nazaret, para que Jesús nos enseñe los caminos del Reino y podamos tener los mismos criterios que Jesús enseñó y vivió. 

¿Cómo será esto...?, preguntó María. María no se intimida ante el Altísimo, se atreve a dirigirle esta pregunta espontánea y natural. El Dios de María no infunde temor, sino confianza; se puede ser uno mismo ante él. Por eso, como todos aquellos que se han sentido llamados a una gran misión, ella expresa sus dudas, su turbación, su sentimiento de incapacidad. La obediencia de la fe lleva primero a remontar las dificultades del creer. María no teme, pues, reconocer ante su Dios su propia incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón? 

Muchas Marías se han sucedido desde entonces, muchas hermanas y hermanos nuestros a lo largo de la historia han experimentado, a diferentes niveles, la emoción de ser enviados a realizar algo grande, superior a los que creían posible. Lo hicieron porque confiaron en Dios como si todo dependiera de él y no de ellos y, al mismo tiempo, pusieron todo de su parte como si todo dependiese de ellos. 

Hágase en mí según tu palabra, es la respuesta de María al ángel. Acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con su fe, que le hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, María no duda en responder: Hágase. En su palabra halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su Hágase anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.