martes, 2 de junio de 2026

Dar al César lo que es del César (Mc 12, 13-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

La moneda del tributo, óleo sobre lienzo de Tiziano Vicellio (1516), Gemäldegalerie, Berlín

Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones.
Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?".
Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario".
Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?".
Respondieron: "Del César".
Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".
Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta. 

Los miembros del Sanedrín, a quienes Jesús ha dirigido la parábola de los viñadores homicidas, que los ha indignado hasta desear su muerte, le envían ahora a unos fariseos y partidarios de Herodes para tenderle una trampa con la cuestión sobre la licitud del impuesto que pagaban a los romanos. Este tributo pro capite, a diferencia de otras contribuciones que tenían que pagar los judíos, era especialmente humillante porque se efectuaba con dinero romano como signo de sumisión y vasallaje. Para el judaísmo, lo político y lo religioso estaban unidos, por eso el pago de este impuesto tenía también un significado religioso: la moneda que se empleaba, el denario de plata, con la imagen del emperador y la inscripción Tiberio César, hijo del divino Augusto, les hacía sentirse no sólo dominados sino propiedad del idolatrado Jefe del Estado. 

Este fue el motivo de la rebelión de un tal Judas Galileo, el año 6 d.C., a quien los romanos subyugaron, masacrando a sus huestes y crucificando a dos de sus hermanos. De ahí nació el movimiento mesiánico de los celotas (“intransigentes”), que practicaban una especie de guerrilla partisana contra los invasores romanos y que, entre otras cosas, se negaban a usar la moneda romana. 

La pregunta que le plantean a Jesús sus interlocutores es capciosa por donde se la vea: si responde que sí es lícito pagar el impuesto, se pondría de parte del opresor, justificando la opresión que sufre el pueblo. Al mismo tiempo negaría validez al anhelo nacional de un mesías libertador, echaría por tierra su propia pretensión de ser el enviado de Dios para liberar y frustraría las expectativas que tantos han puesto en él. Si, por el contrario, responde que no se debe pagar el impuesto, se pondría en contra de los romanos y sus enemigos tendrían un motivo para denunciarlo, cosa que finalmente harán. 

Jesús pide que le muestren la moneda y con este solo gesto anuncia ya su respuesta. Los fariseos y herodianos no tardan en alcanzarle el denario, que suelen usar, poniendo así al descubierto su hipocresía. La frase de Jesús, además, los mete en aprietos pues les cuestiona la concepción que tienen del “divino” César, cuya imagen y moneda llevan consigo, y la concepción que tienen de Dios. La respuesta de Jesús no es evasiva, lo que hace es poner la cuestión en un plano superior de pensamiento en el que se puede entender qué es de Dios, qué le pertenece, y qué pertenece al César. Los interlocutores de Jesús tienen que saber que la soberanía absoluta de Dios está sobre todo lo creado, incluidos los poderes de este mundo, que deben orientarse a él, pues de lo contrario pierden legitimidad, Dios los derriba (cf. Lc 1,52). No obstante, y sobre esta base de la soberanía absoluta de Dios, Jesús reconoce la autoridad romana conforme a la mentalidad del judaísmo de la época (cf, 1 Pe 13, 1-7), para darle lo que le pertenece ¡pero no más! El ser humano, que es imagen de Dios, pertenece a Dios; el dinero, que lleva la imagen del César, pertenece al César. La persona humana depende de Dios de manera incomparablemente más plena y más profunda que lo que puede depender de un gobernante, cualquiera que sea. Y en esa dependencia absoluta de Dios, su Creador y Padre, encuentra la persona la libertad con que debe vivir en cualquier sistema político, mostrándose crítica frente a él para que no pretenda absolutizarse ni ejerza el poder contra las personas. Ningún César o gobernante o partido puede ocupar el puesto de Dios. La historia está llena de las tragedias a las que condujeron los “césares” que lo pretendieron. 

Esto supuesto, no se puede reducir la respuesta de Jesús a la simple separación entre lo político y lo religioso, lo material y lo espiritual, el Estado y la Iglesia. Quedarse sólo en esto lleva muchas veces a la privatización de lo religioso, relegado a la interioridad de las personas, a la religión enmudecida, a la conciencia burguesa que deja de anunciar y exigir el respeto a los valores éticos y morales, a la libertad y a los derechos de las personas en el ordenamiento social. Como si Dios pudiese dejar de iluminar las mentes para el recto manejo de lo profano. Sólo si se respetan los valores morales, de los que da cuenta exacta el evangelio de Jesucristo, tiene garantía incuestionable la autonomía (y laicidad) de lo político.

lunes, 1 de junio de 2026

Parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

La parábola de la viña y los labradores asesinos, dibujo en grafito y tinta sepia de Hans Bol (1585), Fundación Rey Balduino, Bruselas, Bélgica

Jesús se puso a hablarles en parábolas: "Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías. De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros. Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: “Respetarán a mi hijo”.
Pero los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra”'. 
Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros. ¿No han leído este pasaje de la Escritura: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?".
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron
. 

La expulsión de los mercaderes del templo hecha por Jesús ha sido interpretada por los sumos sacerdotes y los doctores de la ley como una acción provocadora. Se han decidido entonces a buscar el modo de acabar con él. Jesús advierte una vez más que serán capaces de levantar contra él al pueblo para darle muerte, consumando así la ruptura de Israel con el Dios que lo escogió para ser luz de las naciones. 

En ese contexto, Marcos relata la parábola de los viñadores homicidas. A diferencia de la versión que dan de ella Mateo (21,33-46) y Lucas (20, 9-19), no concentra su atención en el plan de Dios rechazado por Israel, sino en la figura del heredero, el hijo amado, el predilecto  –tal como apareció en el bautismo (Mc 1,1) y la transfiguración (Mc 9,7)– y cuya muerte cruenta cambiará el destino histórico de Israel y será fuente de vida eterna para cuantos creen en él. La agresividad de los viñadores contra los enviados por el señor de la viña aparece in crescendo: golpean, ultrajan, asesinan. El hijo amado será ultrajado, golpeado y asesinado por los que han pretendido adueñarse de la viña. 

Todo el relato confluye en la pregunta: ¿Qué hará el dueño de la viña con esos viñadores? La Biblia da una respuesta en el canto de Isaías 5, citado por Marcos: Dios juzga y castiga la infidelidad de su pueblo. Pero el relato evangélico va más allá: por rechazar al Hijo de Dios, anunciador y portador del Reino, el pueblo de la antigua alianza perderá su rol histórico, quedarán superados los privilegios raciales y culturales del judaísmo y la salvación será ofrecida a los extranjeros. 

La cita del Salmo 118, aplicado a Cristo, ilumina este planteamiento y lo amplía mucho más. Hace ver que Jesús es la piedra rechazada por los arquitectos que ha venido a convertirse en la piedra angular de la que todo depende. Debe, por tanto, ser reconocida y aceptada. Cristo resucitado será la piedra angular del nuevo templo que Dios construirá, la humanidad nueva. El plan de Dios, lejos de ser anulado por la maldad de los hombres, se realizará. 

Los sumos sacerdotes y doctores que escuchan la parábola entienden muy bien sus imágenes, pues tienen resonancias bíblicas que ellos conocen: la viña es el pueblo de Dios; su dueño es el mismo Dios; los viñadores son ellos, los jefes del pueblo; los siervos enviados son los profetas; los frutos que se esperan son la fidelidad a la alianza; el hijo resulta ser Jesús, pues así se ha presentado ante ellos; y los otros a quienes se les dará la viña son los gentiles. Vieron, pues, que la parábola iba dirigida a ellos. Quisieron capturarlo, pero lo dejaron y se fueron porque temieron a la gente. 

Según la mentalidad judía de la época, respaldada por diversos pasajes de la Escritura, y que el mismo Jesús expresa (pero que Mateo pone en labios de los judíos y no de Jesús. Cr. Mt 21,41), no se podía esperar sino el castigo divino contra esos malvados que darían muerte al Hijo inocente. Sin embargo, los pensamientos de Dios se revelarán más tarde, en la pasión de Jesús. Allí quedará de manifiesto que el Dios de Jesús no piensa en penas contra culpas ni en castigos contra delitos, no se queda en la lógica de la justicia humana vindicativa de dar a cada cual lo que se merece, no sabe lo que es vengarse ni puede dejar de amar, pues no sería Dios, sino un simple hombre. Su justicia es de otro orden: hace triunfar el amor sobre la maldad. Eso significa que la piedra descartada por los hombres se convierta en piedra angular. En su Hijo muerto, Dios hará triunfar su amor salvador como oferta última, extremada, para la salvación de los perdidos, de los rechazados y aun de sus propios verdugos. Si fuese sólo un hombre se quedaría en la sentencia de condenación. Por ser Dios, hace que del mismo mal cometido por ellos surja triunfante la vida. Esto lo entenderán los discípulos en la mañana de la resurrección. 

La parábola debe hacer pensar también a la comunidad cristiana, pues en el comportamiento de sus miembros y de sus instituciones puede reproducir la misma pretensión de los judíos del tiempo de Jesús de poseer el reino de Dios o de hacerlo depender de los méritos propios. La Iglesia no puede olvidar que está más bien a su servicio. Por eso, peregrina hacia él, ella se ha de esforzar por anunciar a todos la salvación y ofrecer en medio del mundo un espacio de misericordia en el que todos pueden ser acogidos.

domingo, 31 de mayo de 2026

Domingo de la Santísima Trinidad – Quien cree no será condenado (Jn 3, 16-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Santísima Trinidad, óleo sobre lienzo de Pieter Coecke van Aelst (1550), Museo del Prado, Madrid, España

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él. El que cree en Él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. 

En la fiesta de la Santísima Trinidad, la liturgia propone este texto de Juan en el que aparece quién es y cómo actúa Dios. Es un Dios que ama a este mundo y se preocupa por nosotros, tanto que, por medio de su Espíritu, envió a su Hijo para salvarnos, vinculando nuestro destino al suyo. Desde ese envío del Hijo al mundo, Dios ya no es un ser lejano; está a nuestro lado, nos libra de todo mal, nos trae vida, nos da confianza y nos asegura una felicidad para siempre. El Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo ama al mundo, ama a todos los seres humanos y sólo quiere el bien para nosotros; no es vengativo ni rencoroso, responde a nuestra confianza y nos asegura el logro pleno de nuestra vida en él, para siempre. 

En efecto, así se nos reveló Dios en Jesús. Vino en él, pero no se creyó en él. El mundo no quiso oír a Jesús, rechazó su mensaje, no cambió. Peor aún, una hostilidad cada vez mayor desencadenó contra él para darle muerte. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra él y que podía seguir la suerte de los profetas. 

Según la idea de Dios que se tenía, conforme a muchos pasajes del Antiguo Testamento, por la muerte del inocente Jesús de Nazaret sólo podía esperarse un castigo de Dios (Mt 21, 23-46). Pero el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios de infinita misericordia. Israel, el mundo, lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo redención y perdón, mediante la entrega amorosa de su Hijo. Así, pues, frente a la idea de un Dios que castiga, el cristiano sabe que Dios “entrega” a su Hijo como prueba suprema de su amor: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros (Rom 5,6-8). 

La voluntad de Dios es clara: no quiere que nadie se pierda, y nos ha hecho ver hasta dónde llega su amor en el amor con que su Hijo, enviado para salvarnos, ha entregado su vida por nosotros. Pero este don determina una crisis, un juicio, pone a todos en una encrucijada, porque se le puede acoger o rechazar. Y esta crisis es actual, porque se desarrolla en la historia y en el interior de cada persona: ahora se puede creer en la salvación que Dios ofrece en Jesucristo o se la puede rechazar. Entonces, el que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. 

Hay que decir, por tanto, que no es que Dios juzgue y condene, sino que es el hombre mismo quien se juzga con su propia actitud de aceptación o rechazo del amor salvador que Dios le ofrece en su Hijo. Es la propia persona la que, por medio de su fe de aceptación y entrega, se encamina hacia la salvación que Dios le ofrece, o la que con su rechazo echa a perder su vida, entra en la luz o se queda en la tiniebla. La fe, por tanto, pone a toda persona ante una disyuntiva, la pone como en un juicio, pero es la persona misma quien lo ha de resolver, él es quien se juzga. 

Para San Juan, quien no acepta el amor salvador de Dios mediante la fe, opta por la oscuridad; quien, en cambio, ama a Dios y se confía a él, ama la luz. Quien cumple con la verdad –dice San Juan–, es decir, quien actúa con lealtad frente a Dios y al prójimo, se acerca a la luz y queda patente que toda su conducta es inspirada por Dios.

sábado, 30 de mayo de 2026

Controversia con las autoridades judías (Mc 11, 27-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

El gran sanedrín en sesión, grabado publicado en la Enciclopedia Británica, siglo XIX

Volvieron a Jerusalén, y mientras Jesús estaba caminando por el Templo, se le acercaron los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y las autoridades judías, y le preguntaron: «¿Con qué derecho has actuado de esa forma? ¿Quién te ha autorizado a hacer lo que haces?».
Jesús les contestó: «Les voy a hacer yo a ustedes una sola pregunta, y si me contestan, les diré con qué derecho hago lo que hago. Háblenme del bautismo de Juan. Este asunto ¿venía de Dios o era cosa de los hombres?».
Ellos comentaron entre sí: «Si decimos que este asunto era obra de Dios, nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creyeron?». Pero tampoco podían decir delante del pueblo que era cosa de hombres, porque todos consideraban a Juan como un profeta. Por eso respondieron a Jesús: «No lo sabemos».
Y Jesús les contestó: «Entonces tampoco yo les diré con qué autoridad hago estas cosas». 

La estadía de Jesús en Jerusalén está cargada de enfrentamientos y polémicas con los dirigentes judíos. Sus adversarios se ubican en el templo, lugar santo que ellos han convertido en lugar de comercio y de ejercicio de una autoridad abusiva. Forman tres grupos, sobre los cuales el evangelista Marcos hará caer la mayor responsabilidad en la muerte de Jesús: los sumos sacerdotes, los escribas o doctores de la ley y los ancianos. Los tres grupos constituyen el Sanedrín, asamblea suprema de la nación judía. Los primeros son los jefes del templo, los escribas son juristas y guías del pueblo y los ancianos son personas respetables que participan por derecho del Sanedrín. 

En varias ocasiones, directamente o por medio de enviados suyos, han interpelado a Jesús, sobre lo que enseña al pueblo y las acciones que hace; les irrita el modo como maneja las traiciones antiguas y que se atreva a violar el descanso del sábado por atender las necesidades de la gente, sobre todo de los enfermos. En esta ocasión lo interpelan sobre su autoridad, le exigen que acredite quién le ha nombrado para las funciones que desempeña, que muestre, por así decir, sus credenciales. 

Es muy probable que lo que más ira les ha causado sea la expulsión de los mercaderes del templo que Jesús ha realizado poco antes. Fue una acción profética, simbólica. Con ella Jesús purificó el templo y lo declaró casa de oración abierta a todos. Al hacerlo, se puso en la línea de los grandes profetas Amós, Miqueas, Jeremías, que criticaron la religiosidad de su tiempo, fueron hostigados por sus representantes oficiales y dieron su vida por la verdadera religión. Pero además los sumos sacerdotes se enardecen contra Jesús porque desenmascara el comercio que mantienen en el templo con la venta de los animales para los sacrificio y el pago de impuestos para el santuario. 

¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?, le preguntan. Jesús les responde con otra pregunta, como solían hacer los rabinos en sus discusiones, y deja al descubierto la mala intención de sus interlocutores. Los pone en un aprieto. El bautismo de Juan ¿era del cielo?, respóndanme. Al no querer responder, quedan obligados a admitir la santidad del bautismo de Juan y a tener que reconocer igualmente que la obra de Jesús es de origen divino. Han sido más que suficientes las enseñanzas que él ha impartido y los signos que ha realizado para darse cuenta de su identidad de enviado; pero el reconocimiento de esta identidad implica un grave riesgo para ellos pues les desestabiliza su seguridad, el poder que detentan y las riquezas que han acumulado. 

En suma, Jesús desinstala, quien reconoce a Jesús como lo que es, enviado del Padre, sabe que su vida debe cambiar y, sobre todo, debe despojarse de sus falsas seguridades e intereses personales ilícitos y no intentar defenderse con la respuesta de los jefes judíos: No sabemos…Ocurre así muchas veces cuando no se está dispuesto a arriesgar la posición o ganancia lograda para mantener los valores en los que se cree. La raíz de toda incredulidad práctica está en el miedo al riesgo y a las consecuencias que puede traer una conducta honesta. Creer es vivir con transparencia y rectitud.