P. Carlos Cardó SJ
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| Jesús con la cruz a cuestas, óleo sobre lienzo de Juan de Flandes (1510), Catedral de Palencia, España |
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará. El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. El que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. Asimismo, el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo».
Continúan las instrucciones que dio Jesús a sus apóstoles al enviarlos a predicar. Son condiciones muy duras, que no dejan lugar a la mediocridad. La adhesión a su persona ha de ser definitiva y total.
La primera viene precedida de una declaración que hace Jesús de su propia misión: No piensen que he venido a traer la paz… sino la espada. Ha venido al mundo como signo de contradicción: ante él la gente se siente llamada a tomar posición por o contra él. Sus enseñanzas unen y dividen. La paz que él trae no es a cualquier precio. Es una paz que enfrenta todas las formas del mal, pero con el arma de su Palabra, que como espada de doble filo penetra y deja al descubierto los pensamientos y las intenciones del corazón, lo que es vida y lo que es muerte (cf Hebr 4,12).
Viene luego una alusión al Profeta Miqueas (7,6) que refuerza la idea de que su persona puede dividir incluso a los miembros de una familia. Es obvio que Jesús sabe que el amor a la familia es un sagrado mandamiento de Dios (así lo afirma varias veces: 15, 3-6; 19, 19); sin embargo, es consciente también de que quien se decida a vivir conforme a sus enseñanzas podrá experimentar un conflicto entre la lealtad que le debe a él y la que debe a su familia; entonces tendrá que preferirlo a él. Y esto no debía asombrar demasiado a los primeros cristianos pues conocían las enseñanzas de los filósofos estoicos de su tiempo que afirmaban: «el bien debe estimarse más que cualquier parentesco» (Epicteto). Lo que Jesús afirma es que el vínculo de la fe ha de prevalecer sobre cualquier otro vínculo, incluso el de parentesco. El vivir en radicalidad la fe puede acarrear incomprensiones, críticas y rechazos aun de personas muy queridas, que no comparten todos los valores del evangelio.
Un eco de la fuerza con que el Dios celoso del Antiguo Testamento exigía fidelidad (cf. Ex 20,5; 34,14; Dt 4,24), resuena en las palabras de Jesús. No se le puede poner por debajo de nadie ni de nada. La adhesión a su persona ha de estar por encima. Por tanto, se han de posponer otros bienes y valores, que pueden seguir manteniendo su poder de atracción. El creyente sabe cuál es la prioridad y por eso su opción fundamental hace que el “valor” Dios, sea el más importante, en torno al cual debe girar toda su vida, y ante el cual todo ha de quedar relativizado. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí…. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
No dice que dejemos de amar a nuestros seres queridos, padres, hermanos, hijos... Lo que dice es que quien ama a su padre o a su madre más que a él, no es digno de él. No se le puede amar menos porque ya no sería el Señor, a quien se debe amar con todo el corazón y por encima de todo. Y si se le puede amar así –por encima de todo- es porque él nos amó primero (1 Jn 4, 19) y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20). A su pasión por mí, respondo con mi pasión por él. Así, Cristo viene a ser vida para el creyente, lo más importante del mundo, más que la familia, más que la propia vida.
Por lo demás, todos sabemos lo que puede ocurrir en las familias cuando uno de sus miembros opta por un cristianismo más auténtico y cambia visiblemente de conducta, o cuando uno siente la vocación a una mayor entrega en la Iglesia, o asume un estilo de vida solidario que le lleva a encaminar su vida profesional más a servir que a ganar dinero. Más aún, el solo hecho de querer obrar con rectitud y honestidad en medio de un país, de una sociedad marcada por la corrupción de las costumbres, puede llevar al cristiano a la encrucijada de tener que optar entre lo que le ofrecen los hombres –que pueden ser incluso personas muy cercanas– y lo que pide Cristo. En tales momentos el cristiano opta por Cristo y lo hace sin dejar en absoluto de amar a los suyos, aun sabiendo que puede quedarse solo, y sólo por la certeza interior de que, en definitiva, no puede haber oposición entre los amores humanos y el amor a Dios. Este cristiano redescubre y engrandece el amor que les tiene a sus seres queridos. Ha aprendido a amarlos en Dios y según Dios, ha aprendido a amarlo todo en Dios y para Dios.
La exigencia de la cruz, final y resumen de todo, incluye estar listo a dar la vida. No es amar a la cruz por sí misma ni al dolor por el dolor, sino desear imitar y seguir a Jesús hasta donde sea necesario, aun a riesgo de la propia vida. Una entrega así asegura el logro más feliz de la persona antes y después de la muerte.
El texto termina con un elogio de todo aquel que acoge al que va
en nombre del Señor, al que es discípulo suyo, aunque sea un pobrecito. Hay una identificación entre
los enviados y Jesús que los envía, su ser y su actuar se continúan en ellos: el
que a ustedes recibe, a mí recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha
enviado (Mt 10,40; cf. Mt
25,31-46). El que dé de beber a
uno de estos pobrecitos porque es mi discípulo, no perderá su paga.
Para terminar, pensemos que, aunque es verdad que la familia puede -por ciertas actitudes- poner dificultades para seguir a Cristo con radicalidad y cumplir sus enseñanzas, también es cierto que es el espacio primero en el que podemos encontrarnos con él y aprender a amarlo por encima de todas las cosas. En estos tiempos de confinamiento por la pandemia, la familia ha estado más unida que nunca y hemos podido experimentar que Dios está en ella, que el hogar nos puede hacer sentir con Dios, pues puede convertirse en un templo. Hacia allí apunta esta poesía de un sacerdote español, que refiero a continuación:
Esta casa, Señor, es como un templo
Aquí tu amor. Aquí tu aliento y tu presencia viva.
Aquí estás tú como señor y dueño,
pero más como Padre.
Aquí se siente
tu fuego en la cocina, tu bondad en la mesa
tu descanso y tu paz
en la penumbra azul del dormitorio.
Nuestro cuarto de estar
haces cuarto de ser, Ser con mayúscula,
y no hay rincón que tu presencia ignore
ni frente que no roce y acaricie
tu mano paternal, tu tacto amigo.
Esta casa, Señor, es como un templo
donde no hay que ponerse de rodillas
porque tu amor se abaja a nuestra altura
y vas y vienes sin marcharte nunca
de nuestro espacio familiar
donde se vive a diario
y se muere un poquito cada día...
Sigue aquí con nosotros.
Si estas cuatro paredes
con su calor nos cierran
al espacio exterior que en ti respira,
ábrenos las ventanas,
abre en tu corazón el nuestro al mundo,
ábrenos a la casa sin paredes
donde amas y cobijas a los hijos
de tu familia humana.
Esta casa, Señor, es como un templo,
lleno de tu presencia, dónde tú nos regalas invisible
tu amor de Padre para andar por casa
y andar bien por la vida.(JESÚS MAULEÓN)



