martes, 29 de noviembre de 2022

Te alabo, Padre (Lc 10, 21-24)

 P. Carlos Cardó SJ

Santísima Trinidad, óleo sobre lienzo de Hendrik van Balen (1620 aprox.), iglesia de San Jaime, Amberes, Bélgica

En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: "¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: "Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron". 

Los discípulos han sido enviados por Jesús a predicar y regresan contentos por el éxito alcanzado. Jesús ser alegra y da gracias a Dios, su Padre. Movido por el Espíritu Santo, exclamó: Yo te alabo, Abba, Señor del cielo y de la tierra… Esta oración de alabanza y acción de gracias refleja la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá.

Pronunciada por Él con toda su resonancia aramea, la palabra Abbá era el modo común como un hijo se dirigía a su progenitor; los niños  le decían abbí. Es palabra inequívocamente tierna y confiada para quien la pronuncia y para quien la escucha. Quien la dice se identifica a sí mismo por su íntimo parentesco con el otro.

En el caso de Jesús, expresa el afectuoso respeto con que se sitúa ante Aquel de quien procede. Hace ver que ante el misterio de Dios, Jesús siente la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar. Así trata a Dios y así nos enseña a tratarlo. Es lo más central de cristianismo. Ya no hay cabida al miedo en la relación con Dios, porque el miedo supone el castigo (1Jn 4, 18).

Otra cosa es el “temor de Dios, inicio de la sabiduría” (Prov 9,10), que es respeto amoroso y obediente. Ambas cosas, amor y respeto, van siempre juntos. Jesús nos enseña a experimentar así a Dios: como ternura de máxima intimidad y a la vez altísimo Señor de cielo y tierra, más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, cuya omnipotencia está siempre a nuestro favor y es capacidad de obrar por nosotros mucho más de lo que podemos esperar y pedir.

Jesús alaba a su Padre porque el establecimiento de su reinado, el señorío de su amor salvador sobre todo lo creado, ha comenzado ya. Su fuerza transformadora se ha desplegado e irá extendiéndose en su relación con nosotros y con el mundo. Actúa en quienes se dejan conducir por el Espíritu de Jesús y es objeto de nuestra esperanza, pues culminará en el tiempo fijado por Dios.

Este conocimiento de la voluntad salvadora de Dios es una gracia que llena de esperanza a los humildes y sencillos, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Sencillos y humildes son los que ponen su destino en manos de Dios con espíritu de confianza y entrega, seguros de que Dios permanecerá con ellos para siempre, y enjugará toda lágrima de sus ojos  (Ap 7,17; 21,4).

Sabios y prudentes según el mundo son, en cambio, los que nada esperan ni de Dios ni de los demás, porque ponen su confianza en su propio poder y en lo que tienen. Son los que se sirven y se guardan para sí mismos, quedándose solos al final, con sus vidas vacías y sin promesa. No reconocen que la persona humana sólo se logra a sí misma y se humaniza si se hace hijo de Dios y hermano de su prójimo. Reconocerán finalmente que han construido sobre arena.

lunes, 28 de noviembre de 2022

La fe del centurión romano (Mt 8, 5-11)

 P. Carlos Cardó SJ

Curación del sirviente del centurión, óleo sobre lienzo de la Escuela Cuzqueña, de autor desconocido (S. XVIII), Comunidad Dominica, Cundinamarca, Colombia

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un oficial romano y le dijo: "Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho".
Él le contestó: "Voy a curarlo".

Pero el oficial le replicó: "Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: '¡Ve!', él va; al otro: '¡Ven!', y viene; a mi criado: '¡Haz esto!', y lo hace".
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: "Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos".

El protagonista del relato es un centurión romano de la guarnición de Cafarnaúm. En la versión de Lucas (7 1-10) y de Juan (4,43-54) es un funcionario del rey Herodes Antipas. En todo caso se trata de una persona importante que goza de buena posición social y económica, pero un criado suyo, al que aprecia mucho, ha contraído una extraña enfermedad que le ha dejado paralítico y le hace sufrir mucho. Ha hecho lo posible por curarlo pero ha sido inútil.

Recuerda entonces lo que se dice de Jesús en Cafarnaúm: que obra signos y prodigios en favor de los enfermos y de los que sufren. Piensa que Dios actúa en Él y decide buscarlo. Pero advierte naturalmente que no es judío, más aún es un representante de las tropas romanas de ocupación. ¿Le querrá atender Jesús? El centurión depone toda actitud de superioridad, no puede exhibir nada a su favor, se siente desesperado. Tiene que expresar su ruego con humildad y poner toda su confianza en Jesús.

La fe ha actuado en él, en un extranjero, soldado del enemigo más odiado por la gente, y ha despertado en él tal confianza que antes de que Jesús se ponga en marcha para hacer lo que le pide, proclama sin vacilación: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano.

Jesús queda admirado de la actitud del centurión y lo propone a los judíos como modelo de fe: “Les aseguro que jamás he encontrado en Israel tanta fe”. Afirma así que todos, judíos y extranjeros, están llamados a experimentar el amor salvador de Dios. Como Abraham, que era un extranjero y, sin ver, creyó en la palabra de Dios y fue constituido padre de todos los creyentes, así también el centurión pagano, sin ver, cree en el poder divino de Jesús, y viene a ser modelo de la fe que hace extensiva a todas las familias de la tierra la bendición de Abraham.

Sea cual sea nuestra condición o el estado en que estemos, cabe siempre la certeza de que el Señor oirá nuestra petición. “Pidan y se les dará”. Y hay que dejar a Dios enteramente el curso de los acontecimientos. El verdadero creyente no necesita signos y prodigios para tener la certeza del amor del Señor; cree en su amor por la Palabra que refiere lo que Él ha hecho por nosotros, y eso le basta. La confianza es base de la fe y del amor. No exige demostraciones para verificar la credibilidad del otro. Cuando se exigen pruebas para poder creer en Él y serle fiel, simplemente se le ha dejado ya de amar.

Dios nos ha mostrado su amor en la entrega de su Hijo y Jesucristo atestigua  su credibilidad con la absoluta coherencia de su mensaje y de su conducta, y sobre todo con la entrega de su persona. “No hay mayor amor que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). 

domingo, 27 de noviembre de 2022

Homilía del I Domingo de Adviento - Estén preparados (Mt 24, 37-44)

 P. Carlos Cardó SJ


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ''Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.
Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre".

Hoy comenzamos el Adviento. Junto con la Pascua, es uno de los tiempos más bellos de la liturgia. En Adviento nos preparamos para la venida del Salvador. La liturgia se llena de oraciones, textos y símbolos de esperanza. Tres personajes ocupan puesto protagónico en el escenario del Adviento: el profeta Isaías, que guía a su pueblo con la esperanza de un libertador, el Mesías de Dios; Juan Bautista que proclama ya próximo al Mesías y lo señala después entre los hombres; y María que lo concibe en su seno por obra del Espíritu Santo y espera su nacimiento con inefable amor de madre. Los tres nos enseñan a esperar, a convertirnos y preparar los caminos del Señor.

De manera inmediata, el Adviento nos prepara a celebrar con alegría el nacimiento de Jesús en Belén. Pero también nos recuerda que el Señor “de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”. Entre su primera venida en nuestra carne y su segunda venida en gloria, transcurre el tiempo de nuestra espera que es, simultáneamente, tiempo de sus incesantes venidas: porque el Señor viene de continuo a nosotros, en la Iglesia, en la Eucaristía, en su Palabra, en los hermanos.

Se abre el tiempo de Adviento con una visión de Isaías (2, 1-5) que infunde en el ánimo de su pueblo abatido la esperanza de tiempos nuevos de paz y concordia, simbolizados en la confluencia de todos los pueblos en monte del Señor, en Jerusalén, ciudad de la paz. El profeta señala los elementos en torno a los cuales ha de organizarse la convivencia humana pacífica y armoniosa. No basta con que los pueblos acudan a la Santa Ciudad para recibir las mismas enseñanzas éticas (Subamos al monte del Señor… porque de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor); también tienen que esforzarse por establecer unas relaciones sociales justas y equitativas.

Y hace ver que el signo de la armonía en el género humano será la superación de la violencia: De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas (v. 4b), es decir, convertirán sus armas en instrumentos para el desarrollo humano. La imagen del tiempo nuevo, motivo de esperanza y de esfuerzo, queda completada: no se prepararán ya para la guerra porque caminarán a la luz del Señor (v. 5).

La segunda lectura (Rom 13, 11-14) nos recuerda que la fe no es una anestesia que nos ponemos para soportar los males presentes. La fe nos mueve a asumir nuestra realidad con responsabilidad si queremos que tenga un final positivo. No podemos estar pasivos como en una noche de sueño. “Ya es hora de que despierten del sueño… La noche está muy avanzada y el día se acerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz… Revístanse de Jesucristo”.

El evangelio de hoy, por su parte, nos trae este mensaje: “Estén atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor”. Es la respuesta de Jesús a sus discípulos que le preguntan “cuándo” será el fin del mundo. Jesús nos hace ver que el “cuándo” es el tiempo de lo cotidiano. En nuestra existencia de todos los días se decide nuestro destino futuro en términos de salvación o perdición, de estar con el Señor o estar lejos de Él. Al final se recoge lo que se ha sembrado.

Con una comparación y una parábola, el texto del evangelio nos hace ver en qué consiste la actitud de vigilancia. La comparación es la siguiente: En un mismo tiempo, haciendo las mismas cosas, se puede, como Noé, construir el arca que salva o ahogarse en las aguas del diluvio. Lo que se ha construido sobre la palabra de Dios resiste como el arca; lo que se ha construido sobre la insensatez, se derrumba, es arrasado por las aguas. Lo que ocurre al final no es otra cosa que lo cotidiano: comer, beber, casarse, trabajar. Todo eso  lo podemos realizar como entrega de nosotros mismos con amor, o lo podemos vivir como violencia, injusticia, daño de nosotros mismos o del prójimo. Como vida o como muerte.

Empleando otra imagen propia de la cultura de su tiempo, nos dice Jesús que dos hombres aran el campo y dos mujeres muelen granos. Se hace un mismo trabajo, pero el resultado puede ser distinto. A uno de los hombres se lo llevarán y se salvará, a otro lo dejarán y se perderá; a una de las mujeres se la llevarán, a otra la dejarán. Todo depende del comportamiento que se tiene en el presente. Lo determinante no es lo que hacemos, sino el cómo lo hacemos. No en acontecimientos extraordinarios, sino en los de cada día construimos o echamos a perder nuestra morada eterna.

Así, pues, estar preparados y vigilantes es discernir lo que más nos ayuda para ver a Dios en la vida de todos los días. Quien lo busca, lo encuentra como el novio que viene a celebrar su fiesta. De lo contrario, es como el ladrón que desvalija la casa.

Lo que se nos dice no es para asustarnos. El miedo y el sentimiento de culpabilidad cumplen una función orientadora de la conducta del yo, pero no bastan para construir una personalidad consistente. Jesús nos invita a la responsabilidad con nosotros mismos. Es como si nos dijese: no juegues con tu vida. Mirarlo a Él es ver cómo se puede vivir una vida plena. De hecho, lo que llamamos juicio de Dios sobre nosotros no será otra cosa que la manifestación última del efecto que ha tenido en nuestra vida el juicio práctico que ahora hacemos de Jesús: lo aceptamos como norma de vida o lo negamos, lo servimos en los hermanos o pasamos de largo encerrados en nuestro egoísmo.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Estén alertas (Lc 21, 34-36

 P. Carlos Cardó SJ

Vanidad, óleo sobre lienzo de Alexander Coosemans (1641), Museo de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.
Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre".

Se puede decir que, en cierto modo, Dios siempre está viniendo y que la vida humana es siempre peregrinación, éxodo, camino; y ambos, Dios y el ser humano, se encuentran en el tiempo, en la historia. Pero lo más sorprendente es comprobar, a la luz de la fe, que Dios por su encarnación no sólo se acerca a la humanidad, sino que “se hace carne de nuestra carne, tierra de nuestra tierra, historia de nuestra historia”.

Dios está siempre con nosotros, no abandona nunca este mundo por el cual su Hijo dio la vida. Al mismo tiempo, como meta de nuestro caminar nos aguarda al final de nuestro viaje en el tiempo. Cuando Jesús habló sobre el final del mundo y de la historia humana no reveló cosas extrañas y ocultas, sino que quiso quitarnos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen sobre los ojos, para que estemos atentos a la presencia de Dios y nos preparemos para el encuentro, sabiendo que la palabra última que Él dice sobre el mundo, no es una palabra de destrucción y de muerte sino de creación y vida nueva.

Marchamos, sí, hacia la disolución del mundo viejo pero, al mismo tiempo, al nacimiento del nuevo. Y hay una relación entre la meta y el camino que estamos llevando. Dios realiza su plan en la historia, no fuera de ella. En esta realidad nuestra con sus contradicciones y en la vida personal de cada uno, con sus caídas y sus esfuerzos, se desarrolla el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y el misterio del reino de Dios que crece sin que nos demos cuenta hasta alcanzar su plenitud.

Jesús no quiere satisfacer nuestra curiosidad sobre el futuro, Él quiere enseñarnos que el mundo tiene su origen y su fin en el Padre, y quiere invitarnos a vivir el presente desde esta perspectiva, la única que da sentido a la vida.

Para que nuestro encuentro final con el Señor sea la liberación plena, la realización colmada y la felicidad perfecta que todos anhelamos, la condición es vivir en una actitud de vigilancia y atención. Jesús es claro y práctico en la advertencia que hace: hay que procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y por las preocupaciones de la vida, concretamente, por el dinero. En otras palabras, no esperamos adecuadamente la llegada del Hijo del Hombre si sólo buscamos el disfrute egoísta y acaparamos bienes materiales, sin tener en cuenta a los demás, sobre todo a los necesitados.

Así, pues, a los primeros cristianos que preguntaban ansiosos cuándo iba a venir el fin del mundo, el evangelio les decía cómo debían esperarlo; a los cristianos de hoy que piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo y cómo se debe esperar: procurando encaminar la historia actual hacia la verdadera esperanza, que no defrauda.