sábado, 18 de julio de 2026

El Siervo de Dios (Mt 12, 14-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Rostro de Cristo, acuarela de Georges Rouault (1937), Museo de Arte de Cleveland, Ohio, Estados Unidos

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí.
Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: «Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza». 

Jesús ha declarado algo que los judíos no pueden admitir: que él está por encima de la ley de la santificación del sábado, y que las leyes están al servicio de las personas, no al revés. Para corroborar su enseñanza ha curado en sábado a un pobre hombre que tenía una mano atrofiada. Cuando está de por medio el bien, la vida de una persona, Jesús no duda en dejar de lado la ley del descanso sabático. 

Entonces, dice el texto de Mateo, los fariseos se pusieron a planear el modo de acabar con él. Jesús lo supo y se alejó de allí. Sabe actuar con valentía y prudencia. Evita el conflicto. Ya llegará la hora en que lo enfrentará, cuando sea inevitable, y asumirá voluntariamente las consecuencias. Jesús no lucha con nadie, no ataca ni se impone; hace el bien a todos, sirve a todos y a todos perdona. No rivaliza, sino que se pone a servir a los demás. Frente a los poderes injustos que le atacan, él se sitúa en la falta de poder y desde allí pone de manifiesto la verdad de sus motivaciones y el poder de Dios que triunfa en la debilidad. Enfrenta y vence al mal con la fuerza del bien. En Jesús se frena la dinámica de la violencia, porque él no devuelve mal por mal. Jesús, pues, se oculta por prudencia, pero su obra continúa. Oculta es eficaz, con la eficacia del grano de trigo caído en la tierra. 

A pesar de la hostilidad de las autoridades judías contra él, dice el evangelio que lo siguieron muchos. Son los débiles y necesitados, que andan como ovejas sin pastor. Son los cansados y agobiados, a quienes promete alivio y reposo. Y los sanó a todos. La salud que él ofrece alcanza a todos. 

Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi siervo, el elegido… El evangelista Mateo ve en la actitud de Jesús para con los pobres y pecadores la realización de la profecía contenida en el Primer cántico del Siervo de Yahvé del capítulo 42 de Isaías. Jesús se identifica con el destino del Siervo. Es el elegido, por ser el Hijo amado en quien el Padre se complace. Reivindica parea sí la plena posesión del Espíritu divino (Cf. Lc 4, 18-21; Is 61, 1-2)). Jesús Siervo no discute ni es violento; no pelea ni se impone; no constriñe ni domina; no emplea medios espectaculares para sojuzgar, no basa la eficacia de su mensaje en la fuerza de la propaganda, aunque lo que él diga en secreto haya que decirlo desde las azoteas. Atento a las personas, es manso y humilde para esperar el tiempo propicio de cada uno, mostrándose entre tanto comprensivo de sus fragilidades y de sus incertidumbres. Hace triunfar sobre la tierra la justicia-santidad de Dios y en él ponen su esperanza todos los pueblos.

viernes, 17 de julio de 2026

El Hijo del hombre señor del sábado (Mt 12, 1-8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Espigas cogidas en sábado, óleo sobre lienzo de Giulio Cesare Procaccini (Siglo XVII), Palacio Real de Riofrío, Segovia, España

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos.
Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: "Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado".
Él les contestó: "¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.
Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado". 

El texto está en relación con la llamada de Jesús a los que andan cansados y agobiados por una religión que oprime las conciencias con el legalismo y sofoca la libertad. Quiere hacer ver que lo importante es el espíritu, no la materialidad de la ley. 

La escena es muy sencilla. Los discípulos de Jesús atraviesan con él un sembrado en día sábado. Tienen hambre, arrancan espigas de trigo y se comen los granos. Un grupo de fariseos observan y reaccionan emplazando a Jesús, como responsable del grupo: ¿No te das cuenta que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado? Representan a los sabios y prudentes que pueden conocer lo que está mandado, pero no conocen a Dios ni ayudan a la gente a encontrarse con Dios. Se consideran los puros, con derecho a controlar la conducta de la gente y oprimen a los demás en la red de preceptos y prohibiciones que han tejido, y que a ellos también oprimen. Su mayor preocupación era que todo el mundo cumpliera con el mandato del descanso en día sábado y, para garantizar su cumplimiento, habían especificado estrictamente las treinta y nueve obras que estaban prohibidas en sábado. 

Para responder, Jesús adopta el estilo rabínico de argumentación a base de citas de la Escritura, y concluye diciendo que él está por encima del templo y del sábado, y declara que las instituciones religiosas, aun la del sábado, que es la más sagrada, están al servicio de las personas, para ayudarlas a encontrarse con Dios y no para oprimirlas. La autoridad con que da este giro fundamental a la práctica de la religión y de la moral aparece como entrelíneas, entretejida en la relación que hay entre su persona y los temas santos de la Escritura que toca en su argumentación: la realeza de David, el templo, los panes de la ofrenda, el descanso sabático y las prerrogativas de los sacerdotes. 

En primer lugar, está la alusión a David, el rey santo, que prefigura al Mesías-rey por venir. Jesús es descendiente suyo, heredero de su trono, pero quien llevará a plenitud el significado y contenido de la realeza de Dios. En segundo lugar, el templo, la casa de Dios. Jesús es el nuevo templo; en él y por él el hombre tiene acceso real y directo a lo sagrado, porque él es la morada de Dios con nosotros, Emmanuel. El nuevo templo, que es su cuerpo, será destruido en la cruz, pero se levantará glorioso en la resurrección. Los panes llamados de la proposición se guardaban en el Tabernáculo y simbolizaban la comunión ininterrumpida del pueblo con Dios, autor de los bienes de que gozaba su pueblo; se renovaban cada semana y sólo los podían consumir los sacerdotes. Esos panes eran un tímido anuncio del verdadero pan del cielo, que es el cuerpo de Jesús entregado para que quien lo coma tenga vida eterna. Por último, los sacerdotes: eran los que tenían acceso al tabernáculo y ofrecían a Dios los sacrificios de alabanza o de expiación, para lo cual eran ungidos con aceite (Ex 29,7). Con Jesús se abre para todos el acceso a Dios. Él es el ungido y consagrado, capaz de ofrecer el único sacrificio que borra los pecados del mundo y une a Dios con nosotros. 

En la argumentación de Jesús se ve que la presencia de David fue la que legitimó la acción que realizaron sus compañeros al comer los panes, que sólo podían comer los sacerdotes. Asimismo, la presencia de Jesús es lo que legitima la acción de sus discípulos que está prohibida en sábado. En el caso siguiente, Moisés exoneró a los sacerdotes del descanso sabático porque se dedicaban al cuidado del templo, que está por encima del sábado. Por su parte, Jesús, declarando su superioridad sobre el templo, hace ver que tiene autoridad para permitir que sus discípulos coman espigas en sábado. Y para cerrar su argumentación, Jesús cita al profeta Oseas que afirmó la superioridad del culto espiritual sobre el culto ritual. Con ello demostraba que los fariseos no cumplían la voluntad de Dios revelada al profeta. Ellos exigían la observancia rigurosa de prescripciones y tradiciones humanas, pero descuidaban el mandamiento del amor misericordioso. Jesús, en cambio, obra como Dios quiere: poniendo por encima de todo la misericordia, cumple su voluntad. Y para que esto quede claro, sintetiza todo lo dicho con la afirmación: El Hijo del hombre es señor del sábado. Si algo es superior al sábado eso sólo es Dios. Jesús reivindica para si tal superioridad, y con esa autoridad relativiza todas las leyes religiosas, subordinándolas a lo más importante en la vida: el amor misericordioso al prójimo.

jueves, 16 de julio de 2026

¡Vengan a mí los cansados y agobiados! (Mt, 11, 28-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Huérfanos, óleo sobre lienzo de Thomas Kennington (1885) Museo Tate (Galería Nacional de Arte Británico y Arte Moderno), Londres, Inglaterra

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

miércoles, 15 de julio de 2026

Bendito seas Padre (Mt, 11, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Oración de Cristo en el Huerto de los Olivos, témpera en madera de Andrea Mantegna (1459), Museo de Bellas Artes de Tours (Francia)

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer». 

Este trozo del evangelio de San Mateo es uno de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. Se le conoce como el grito de júbilo de Jesús (11,25-27) y hay quienes afirman que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. 

El texto hace referencia a una típica oración de Jesús. Lo central en ella es el apelativo Abba, Padre, con que Jesús se dirige a Dios. Expresa afecto, cariño, intimidad, y deja ver que Jesús se entiende a sí mismo en relación de hijo a padre con Dios. Es palabra aramea, tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha; el niño (y también el adulto) la dice por el gozo y confianza que la presencia de su padre le causa. Con ella Jesús designa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que nadie antes había imaginado. Así lo siente y así lo ha integrado en su autoconciencia. Y como se trata de la experiencia afectiva más básica y profunda de un ser humano, se puede decir que la palabra Abba no se refiere al padre poniendo de lado a la madre (como opuesta o inferior a él) sino a un padre que ama con amor maternal, como aquel que más cerca está del niño por su afecto. 

La palabra Abbá dirigida a Dios es central en la fe cristiana. Dios es para nosotros ternura de máxima intimidad, sin dejar por ello de ser al mismo tiempo el Dios altísimo, Señor del cielo y de la tierra. Dios es más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, padre y madre. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado, pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos, pero no de Dios. 

Jesús se alegra de que el amor del Padre se ha revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo o hija de Dios. Dios ha querido hacernos hijos suyos (Ef 1, 5), así nos ha amado (1 Jn 3,1), y esta condición nuestra la vivimos por el Espíritu que nos hace llamar Abba a Dios. Este Espíritu, dice también San Pablo, viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inexpresables (Rom 8, 26).