domingo, 29 de marzo de 2026

Domingo de Ramos (Mt 26, 14 - 27. 66)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús entra en Jerusalén, fresco de Fillipo di Memmo di Fillipuccio (1338- 1345), Colegiata de San Gimignano, Toscana, Italia

Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, se presentó a los jefes de los sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?».
Ellos prometieron darle treinta monedas de plata. Y a partir de ese momento, Judas andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la Fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que preparemos la comida de la Pascua?».
Jesús contestó: «Vayan a la ciudad, a casa de tal hombre, y díganle: El Maestro te manda decir: Mi hora se acerca y quiero celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa».
Los discípulos hicieron tal como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Llegada la tarde, Jesús se sentó a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar».
Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?».
Él contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: «¿Seré yo acaso, Maestro?».
Jesús respondió: «Tú lo has dicho».
Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo».
Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: «Beban todos de ella: esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados. Y les digo que desde ahora no volveré a beber del zumo de cepas, hasta el día en que lo beba nuevo con ustedes en el Reino de mi Padre».
Después de cantar los salmos, partieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Todos ustedes caerán esta noche: ya no sabrán qué pensar de mí. Pues dice la Escritura: Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de mi resurrección iré delante de ustedes a Galilea».
Pedro empezó a decirle: «Aunque todos tropiecen, yo nunca dudaré de ti».
Jesús le replicó: «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces».
Pedro insistió: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y los demás discípulos le aseguraban lo mismo.
Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar».
Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos». Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad».
Volvió otra vez donde los discípulos y los encontró dormidos, pues se les cerraban los ojos de sueño. Los dejó, pues, y fue de nuevo a orar por tercera vez repitiendo las mismas palabras. Entonces volvió donde los discípulos y les dijo: «¡Ahora pueden dormir y descansar! Ha llegado la hora y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. ¡Levántense, vamos! El traidor ya está por llegar.»
Estaba todavía hablando, cuando llegó Judas, uno de los Doce. Iba acompañado de una chusma armada con espadas y garrotes, enviada por los jefes de los sacerdotes y por las autoridades judías. El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; arréstenlo».
Se fue directamente donde Jesús y le dijo: «Buenas noches, Maestro.» Y le dio un beso.
Jesús le dijo: «Amigo, haz lo que vienes a hacer». Entonces se acercaron a Jesús y lo arrestaron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó la espada e hirió al sirviente del sumo sacerdote, cortándole una oreja.
Entonces Jesús le dijo: «Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada, perecerá por la espada. ¿No sabes que podría invocar a mi Padre y él, al momento, me mandaría más de doce ejércitos de ángeles? Pero así había de suceder, y tienen que cumplirse las Escrituras».
En ese momento, Jesús dijo a la gente: «A lo mejor buscan un ladrón y por eso salieron a detenerme con espadas y palos. Yo sin embargo me sentaba diariamente entre ustedes en el Templo para enseñar, y no me detuvieron. Pero todo ha pasado para que así se cumpliera lo escrito en los Profetas».
Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías.
Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días».
Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?». Pero Jesús se quedó callado.
Entonces el sumo sacerdote le dijo: «En el nombre del Dios vivo te ordeno que nos contestes: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?».
Jesús le respondió: «Así es, tal como tú lo has dicho. Y yo les digo más: a partir de ahora ustedes contemplarán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Todopoderoso, y lo verán venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el sumo sacerdote se rasgó las ropas, diciendo: «¡Ha blasfemado! ¿Para qué necesitamos más testigos? Ustedes mismos acaban de oír estas palabras blasfemas. ¿Qué deciden ustedes?».
Ellos contestaron: «¡Merece la muerte!» Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!». Mientras Pedro estaba sentado fuera, en el patio, se le acercó una sirvienta de la casa y le dijo: «Tú también estabas con Jesús de Galilea».
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé de qué estás hablando».
Y como Pedro se dirigiera hacia la salida, lo vio otra sirvienta, que dijo a los presentes: «Este hombre andaba con Jesús de Nazaret».
Pedro lo negó por segunda vez, jurando: «Yo no conozco a ese hombre».
Un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Sin duda que eres uno de los galileos: se nota por tu modo de hablar».
Entonces Pedro empezó a proferir maldiciones y a afirmar con juramento que no conocía a aquel hombre. Y en aquel mismo momento cantó un gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo fuera, lloró amargamente.

En la entrada de Jesús en Jerusalén aparecen juntos su triunfo y su pasión. Con los niños judíos que salieron a su encuentro portando ramos de olivo, lo aclamamos como nuestro rey: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”. Impacta la humildad y mansedumbre con que vive su condición de rey: entra en la ciudad montado sobre un pollino. Su reino no es de este mundo. Su grandeza no se manifiesta en el dominio y el poder, sino en el servir y dar su vida. 

A continuación, el relato de la Pasión según San Mateo hace ver cómo el largo camino recorrido por Dios en su búsqueda del ser humano alcanza su fin. En la cruz, Jesús nos da alcance, situándose para ello en el espacio que nos aleja de Dios: el espacio de nuestro pecado, nuestro dolor y nuestra muerte. Dios es misericordia, amor apasionado que se identifica con los que ama. La pasión hace ver lo que Dios se hizo para salvarnos: el juez es juzgado, el inocente condenado, el rey entronizado en un patíbulo de esclavos, el autor de la vida asesinado. Los brazos del Crucificado alcanzan el universo y anulan toda distancia y oposición entre el cielo y la tierra. 

La Pasión según San Mateo muestra la forma como la Iglesia primitiva contempló los sufrimientos y la muerte de Jesús y descubrió su sentido con la ayuda de la Escritura. Cayó en la cuenta de la correspondencia exacta que hay entre el plan de Dios, profetizado en el Antiguo Testamento, y los desconcertantes acontecimientos de la “semana santa”. 

Se subraya la contraposición entre el viejo Israel y la Iglesia de Cristo. A eso responde el interés del evangelista Mateo de señalar y denunciar a los responsables de la muerte de Jesús: Judas, los sacerdotes, los ancianos del pueblo. El proceso ha sido inicuo. Judas confiesa: Pequé entregando sangre inocente (27, 4) y arroja las monedas de plata. Los sacerdotes reconocen que son precio de sangre. El plan de Dios predicho por los profetas se ha cumplido (Zac 11, 12-13; Mt 27, 9). 

En el juicio ante Pilato se ve también la intención eclesial de Mateo de mostrar las relaciones entre Cristo y el antiguo Israel. Cuando la mujer del pagano Pilato intercede por “el justo”, la muchedumbre exige a gritos la muerte del Mesías. En adelante, la condición para entrar en el Reino será aceptar el ofrecimiento de salvación que Dios hace y agregarse a la Nueva Alianza, que sellará con la sangre de su Hijo. Ante el Crucificado, que entrega su espíritu (27,50), el cristiano se siente movido a confesar lo mismo que el centurión romano: Realmente éste era el Hijo de Dios (27,54). Hacia el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado por nuestra salvación (Rom 4,25), se orienta toda la vida y actuación de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, que testimonia su fe a quienes quieran escuchar. La cruz de Jesús pone fin a la era antigua y hace nacer la era de la Iglesia. 

El relato de Mateo acaba describiendo las repercusiones cósmicas de la muerte de Jesús: el velo del templo se rasga en dos, señal del final de los tiempos antiguos; la tierra se estremece y resucitan muertos, señales de que la muerte de Cristo transforma el mundo y lo abre a la irrupción del Reino y de la gloria de Dios. 

La Pasión de San Mateo es apta para ser cantada, como hace J. S. Bach, y representada en teatro, como muestran las famosas “Pasiones” de la Semana Santa, pero sobre todo está escrita para ser rezada, meditada, agradecida y alabada, porque en la Pascua de Jesús, que con acentos tan sinceros se nos narra en ella, se funda nuestra salvación.

sábado, 28 de marzo de 2026

Conviene que muera por el pueblo (Jn 11, 45-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

El sumo sacerdote Caifás, óleo sobre lienzo, detalle de la pintura Jesús ante Caifás de Tomás de Merlo (1737) robada en 2014 de la iglesia del Calvario, Ciudad de Antigua, Guatemala 

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: "¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación".
Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: "Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca". Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.
Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: "¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?" 

¿No se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?, dijo Caifás. Y el evangelista San Juan añade una frase misteriosa: no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la nación. Y no sólo por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11, 50-52). Es decir, que Caifás, sin saberlo ni pretenderlo, señaló el significado redentor de la muerte de Jesús. Tendrá que morir para que la nación y toda la humanidad se salven. Pero ¿qué sentido tiene que un hombre muera por toda la nación? 

Tradicionalmente se ha interpretado en el sentido de un rescate: uno paga para redimir a todos, Jesucristo cancela la deuda contraída por la humanidad pecadora, su sangre es el precio valioso que ha merecido para nosotros la vida. Esta idea está muy presente en el Antiguo Testamento. Se visibilizaba en el día de la purificación con el rito del macho cabrío sobre el que, simbólicamente, los hebreos cargaban los pecados del pueblo y lo abandonaban en el desierto (cf. Lev 16,20-22). 

La sangre, además, tenía poder de borrar los pecados. El Sumo Sacerdote con la sangre de las víctimas inmoladas asperjaba el propiciatorio –que era una plancha de oro sobre el Arca de la Alianza–, expresando la voluntad de unirse a Dios, eliminando la separación y distancia provocadas por el pecado. San Pablo aplica esta imagen a Jesucristo y lo presenta como el nuevo propiciatorio de nuestros pecados (Rom 5). 

La idea de la redención como rescate se une así a la de la muerte sustitutiva (vicaria) y a la del sacrificio expiatorio. La muerte vicaria aparece en varios pasajes de las cartas de Pablo (1Tes 5, Gal 2, 1Cor 1 y 15, 2Cor 5, Rom 5,14, también en 1Pe 2). 

Los Santos Padres de la primitiva Iglesia dirán que Cristo establece el intercambio entre Dios y los hombres, con el que se da la victoria sobre la muerte y el diablo, que Cristo con su sangre da a Dios la debida satisfacción (San Anselmo), y que su sangre es el instrumento del amor que reconcilia (Santo Tomás de Aquino). En el himno eucarístico Adoro Te devote, Santo Tomas de Aquino dice que una sola gota de la sangre de Cristo puede liberar al mundo entero de todos los crímenes. 

Pero no se puede negar que esta idea de que el inocente pague por todos, resulta difícil de comprender. Dios no quiso la muerte de su Hijo; no lo envió al mundo para que lo mataran. No se puede pensar así, se haría de Dios un padre despiadado. Lo que hizo Dios fue enviar a su Hijo para que se identificara con sus hermanos mediante un amor que lo llevaría hasta asumir solidariamente el sufrimiento y la muerte. Dios miraba sólo a que su Hijo, enviado y entregado al mundo, mantuviera su solidaridad salvífica con los hombres, acercándose incluso –con su amor llevado hasta el extremo– hasta abrazar a sus enemigos para sacarlos de su cerrazón y alejamiento. Y ese es lo que hizo Jesús: no dudó en hacer suya la voluntad amorosa de su Padre de dar su vida para que nadie se pierda, llenando de este amor los padecimientos y muerte que sus enemigos –representantes del pecado del mundo– le infligieron. Cristo Jesús nos ama y, porque nos ama, da su vida por amor. El Padre, por su parte, se complace y acepta el amor más grande que su Hijo demuestra dando la vida por sus amigos, confiriéndole todo su valor de eternidad y su eficacia salvadora. 

Además, Jesús ha de asumir toda la realidad humana, incluido el pecado, el sufrimiento y la muerte. Por eso acepta el dolor de la cruz, para iluminar y llenar con su amor el sufrimiento humano, la culpa humana y la muerte, y vencerlos. El amor es lo que redime y salva. 

Otra interpretación hace ver que el pecado y la muerte eran fruto de la humanidad vieja, constituida por el mundo sin Dios y sin esperanza (Cf. Ef 2, 12), y por el pueblo de Israel, que había quedado atrapado en el cumplimiento puramente exterior de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Adán, inicio de la humanidad, representa el mundo viejo que ha de morir para que pueda nacer una nueva vida. Eso es lo que ocurrirá en la cruz del Señor. Para San Pablo Jesucristo es el nuevo Adán, que con su muerte da comienzo a la humanidad nueva cuyo destino es el cielo. En su cuerpo entregado y resucitado cabemos todos. Su cuerpo es «espiritual», y lo formamos todos: la comunidad de fe, esperanza y amor, que Cristo resucitado colma del Espíritu para renovarlo todo. Esta idea sintetiza lo que es la pascua: Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo (2 Cor 5 17-18). Por esto los que viven en Cristo son una nueva criatura. En la cruz, Cristo, el hombre nuevo, comparte la vida nueva del Espíritu con todo su cuerpo, que es la comunidad de sus hermanos y hermanas, y hace de ellos la humanidad nueva. Para eso muere Jesús.

viernes, 27 de marzo de 2026

Las obras de Jesús (Jn 10, 31-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curando a los enfermos, óleo sobre lienzo de Gebhard Fugel (1885), monasterio de Heilig Kreuz, Altötting, Bavaria, Alemania

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: "He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?".
Le contestaron los judíos: "No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios".
Jesús les replicó: "¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: 'Soy Hijo de Dios'? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre".
Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad". Y muchos creyeron en él allí. 

Último enfrentamiento de Jesús con los judíos. Ya antes lo han querido apedrear (Jn 8,59). Les resulta una ofensa a Dios decir que sus palabras son las del Altísimo y que sus obras corresponden a las de su Enviado. Jesús, por su parte, ha dicho de ellos que tienen por padre al diablo, mentiroso y homicida, y que por eso se muestran agresivos con él y lo quieren matar. Pero para ellos la cosa está clara: si lo dejan hablar, van a quedar desacreditados, ellos que son precisamente los representantes oficiales de Dios. 

Jesús se defiende. No puede presentar testimonio humano alguno que valga para acreditar su misión de Mesías, pero sí puede apelar a las obras. Ellas hablan por sí solas: el resultado de los signos que realiza en favor de los enfermos y de los pobres, sólo Dios puede lograrlo. Con sus curaciones de enfermos y sus acciones en favor de la vida, Jesús rehace la creación rota por el pecado de los hombres, salva al mundo de la muerte, libera, da vida aun a quienes quieren lapidarlo. 

Jesús califica sus obras de excelentes. Así son las obras de Dios. El Génesis lo dice al acabar la obra de la creación: vio Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno (1,31). Las obras del Hijo son igualmente excelentes. Nicodemo, personaje importante, miembro del grupo de los fariseos, lo había reconocido: Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces si Dios no está con él (Jn 3,2). Y porque lo sabían muy bien, los que tenían enfermos de diversas enfermedades se los llevaban y toda la gente quería tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos (Lc 6,19). Manifestaba especial compasión ante las multitudes hambrientas y abandonadas (Mc 6,34; 8,2s; Mt 9,36; 14,14; 15,32), hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, andar a los inválidos, hizo presente el amor perdonador de su Padre para los pecadores y los perdidos. Su fama de compasivo se extendió por todas partes y los afligidos no dudaban en invocarlo como a Dios mismo: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! (Mt 15,22; 17,15; 20,30s). Con todas estas acciones Jesús continúa la obra de su Padre: Mi Padre trabaja y yo también trabajo (Jn 5,17). 

No obstante, los judíos replican: No es por ninguna obra buena por lo que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre te haces Dios. Querían otra manifestación de Dios porque creían en otro Dios. Mantenían la idea de un dios distante e inaccesible, al que se podía complacer con ofrendas, sacrificios, tradiciones y normas y en quién podían basar su autoridad de jefes y maestros, con todas las ganancias que ello les reportaba. En Jesús, en cambio, en su humanidad, en su manera de ser hombre, se revelaba un Dios diferente: Dios de misericordia y de gracia, Dios que sigue dando vida por medio de su Hijo. Las obras de Jesús sólo pueden provenir de él. Jesús, por lo tanto, no blasfema; ese es su argumento. Y entran así en crisis todas las formas e imágenes erradas con que se concebía a Dios en su relación con los hombres. 

Si se tiene en cuenta, finalmente, que el contexto en que Jesús habla de sus obras es el de la fiesta de renovación del templo, no cabe duda de que una vez más Jesús habla de sí mismo como el templo verdadero, para la adoración de Dios en espíritu y verdad (Jn 4,23), templo indestructible que en tres días se levantará de nuevo (Jn 2, 19), templo en el que resplandece la gloria del Padre y desciende a nosotros su Espíritu para al perdón de los pecados (Jn 20, 23) y para guiarnos al conocimiento de la verdad completa (Jn 16, 13).

jueves, 26 de marzo de 2026

Jesús superior a Abraham (Jn 8, 51-59)

 P. Carlos Cardó SJ 

Abraham, Sara y el ángel, óleo sobre lienzo de Jan Provoost (1525 – 1529), Museo del Louvre, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre".
Los judíos le dijeron: "Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: 'El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre'. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?".
Contestó Jesús: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello".
Los judíos le replicaron: "No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?".
Les respondió Jesús: "Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy".
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo. 

El texto recoge un tema clásico del evangelio de Juan: la presentación de Jesús como revelador de la gloria del Padre en contraposición con el templo, símbolo de la religión de la antigua alianza, lugar donde habitaba la gloria de Yahvé, pero que ha quedado oscurecido, sin capacidad reveladora bajo los signos de la grandeza y del poder opresor que los jefes religiosos han querido imponerle. Desde el Prólogo del evangelio viene subrayada esta oposición: la Palabra vino a los suyos, pero justamente allí donde debía ser acogida, fue rechazada. La gloria de Dios se revela ahora en la persona de Jesús y en el ofrecimiento de salvación que hace. Ha llegado la hora de los verdaderos adoradores que adoran a Dios no en el templo, sino en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23). 

Jesús se defiende y acusa, pero no da sentencia: a todos les ofrece la vida. Su palabra da la vida. En verdad, en verdad les digo: si uno observa mi palabra no verá la muerte. Llevar a la práctica su palabra, eso los hará libres hijos e hijas de Dios y los librará de la muerte. La vida que Jesús comunica no conoce fin. Tal es el designio de Dios, su Padre. 

Los jefes de los judíos no responden a la invitación de Jesús. Ellos son incapaces de comprender una promesa de vida. Se precian de ser hijos de Abraham, pero para ellos Abraham no es más que un pasado; no lo recuerdan como receptor de una promesa, él ya no es para ellos una promesa. Tampoco los profetas, sobre cuyos escritos se había edificado la esperanza, les abren a ningún futuro. Todos han muerto. Para ellos sólo vive Moisés, de quien se profesan discípulos; pero han deformado sus escritos, cercenando de ellos la esperanza que anunciaban, utilizando su Ley para oprimir. 

¿Quién pretendes ser?, le preguntan a Jesús. Y Jesús apela a su Padre, que es quien le da gloria, haciendo brillar en él su amor y lealtad (Jn 1,14). Él sabe quién es Dios, se identifica con él como su hijo por la comunión del mismo Espíritu y porque cumple su palabra. Yo sé quién es y cumplo su palabra. Por eso, su actividad manifiesta la obra de Dios: dar libertad y vida. He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Ese es el designio que ha recibido del Padre. 

Jesús no duda en declararse superior a Abraham y afirma que Abraham saltó de gozo porque iba a ver este día mío, lo vio y se llenó de alegría. El patriarca se alegró al ver realizada la bendición prometida en la obra de Jesús Mesías, que según San Juan se desarrolla en un día, en el día de la nueva humanidad, y se inició en Caná, cuando Jesús manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2,11). 

Al final del texto hay como un cambio de escenario. Se alude implícitamente a la tierra santa de Moisés, al lugar de la zarza ardiente y de la revelación del Nombre de Dios (Ex 3,6ss). La frase de Jesús lo evoca: desde antes que existiera Abraham, soy yo lo que soy. Al revelar su Nombre, Yahweh, Yo soy el que soy, Dios no quiso designar con un concepto abstracto su esencia, sino asegurar a Israel su lealtad, ayuda y protección continua. Al retomar Jesús esta palabra de Dios invita a que se le escuche como aquél en quien el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se ha hecho cercano para salvar. Lo que es Dios, lo vemos en Jesús. En él, Dios es y estará con nosotros. 

Los judíos no pudieron soportar esto, cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó saliendo del Templo. La presencia del Dios con nosotros, abandona el templo, dejándolo vacío. Dios no ha querido manifestar su gloria en los signos de grandeza y de poder con los que los jefes religiosos querían representarla. Su gloria se opera en la vida digna, libre y fraterna, que Jesús ofrece para antes y después de la muerte, como la realización de la más perfecta felicidad del ser humano. 

Los signos de esta vida verdadera siguen apareciendo hoy ante nosotros, mezclados con otros signos que, como Abraham, Moisés y los profetas para los judíos interlocutores de Jesús, ya no transmiten esperanza. Nos toca saber discernirlos.