miércoles, 22 de mayo de 2024

Quien no está contra nosotros, está con nosotros (Mc 9, 38-40)

P. Carlos Cardó SJ 

Diversidad, de Nataly Rodríguez Utrilla (14 años – nacionalidad peruana), ganadora del Concurso Internacional de Pintura “Mi pueblo, mi Planeta” (2010), Green Bees, Francia

Juan le dijo a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”. Pero Jesús les dijo: “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros”. 

Dice el evangelio que en cierta ocasión Juan el apóstol le dijo a Jesús que habían visto a uno expulsar demonios en su nombre y se lo habían prohibido porque no formaba parte de su grupo. Querían tener la exclusiva, el monopolio de Jesús. 

Probablemente Marcos escribe este texto pensando en las polémicas y grupos que surgieron dentro de la primitiva Iglesia. Recuerda a este propósito la exhortación que hizo Jesús a sus discípulos para que evitaran el sectarismo, procurando que las diferencias no sean causa de división, sino que contribuyan a una mayor riqueza de la comunidad mediante el respeto a la diversidad. En una institución como la Iglesia no puede dejar de haber diferencias entre sus miembros, es completamente natural. Por eso, pretender imponer una uniformidad sería echar por los suelos la variedad de carismas, dones y servicios que el Espíritu suscita en la comunidad para el bien de todos. Por eso, se debe siempre procurar presuponer que el otro, aunque no piense o actúe como yo,  es movido por un buen espíritu, mientras no se demuestre lo contrario. Si el otro busca sinceramente servir a Cristo y a los hermanos, la actitud cristiana ante él ha de ser de respeto. 

Es muy sabia y de gran actualidad a este propósito la actitud que San Ignacio exige en el que da los Ejercicios respecto a quien los recibe: debe estar dispuesto en todo momento a defender la postura del otro –su modo de pensar o de actuar, su religiosidad y espiritualidad propia, sus costumbres y modos de trabajar por los demás, etc.- y no a condenarla. Y si no la puede defender, ha de procurar dialogar, interrogarlo para ver cómo la entiende; y si está equivocado, le ha de corregir fraternalmente; y si esto no bastara, habría que buscar otros medios de ayuda más convenientes (cf. Ejercicios Espirituales, 22). 

Desde esta actitud de apertura y respeto al otro, se puede aceptar con paz que existan personas buenas que hacen el bien, aunque no pertenezcan a instituciones o agrupaciones confesionales. Los que sí forman parte de ellas pueden juzgar a tales personas como hacían los discípulos de Jesús simplemente porque “no son de los nuestros”. Al obrar así, dan a entender –lo quieran o no– que sólo en su ámbito actúa el espíritu de Jesús, como si contaran con el monopolio de Jesús y de su evangelio a ellos solos concedido. Sustituyen a Jesús por la institución a la que pertenecen, pero Jesús es más grande que las instituciones, grupos y entidades creadas por los hombres. Él es el único Maestro y todos somos discípulos. Es él quien debe crecer y no mi grupo, mi corriente, mi modo de pensar. Apropiarse de Cristo, creer que sólo quienes piensan como nosotros lo hacen verdaderamente en nombre de Cristo, eso suele ser causa de actitudes de intolerancia, exclusión y acepción de personas, que dañan profundamente el ser de la Iglesia. No se trata de que la gente nos siga a nosotros, ni de llevar a los demás por el mismo camino, sino que sigan a Cristo; no se trata de incrementar mi grupo, sino de hacer crecer a la Iglesia. Por eso dice el Señor: Quien no está contra nosotros, está con nosotros.

El evangelio nos cura de toda tendencia al círculo cerrado, al sectarismo intransigente y al gesto discriminador. Libre, por encima de todo aquello que a los hombres nos apasiona y divide en bandos, Jesús alienta en nosotros la verdadera tolerancia, que es amplitud de corazón, espíritu universal para abrazar, respetar y estimar a todos los que, en su nombre, buscan servir a los hermanos. Amplitud de miras, respeto, diálogo, tolerancia y colaboración, son modos de ser que plasman los valores evangélicos que constituyen el ser de la Iglesia. Y no debemos olvidar que la verdadera unidad eclesial sólo se logra con el amor fraterno que lleva a suponer siempre en el otro rectitud, libertad y buena voluntad, y no precisamente lo contrario, aunque aunque no logre entenderlo.

martes, 21 de mayo de 2024

Enseñanza sobre el servicio (Mc 9, 30-37)

P. Carlos Cardó SJ 

Jesús bendice a los niños, óleo sobre lienzo de Gebhard Fugel (1910), Museo Abtei Lierborn de Arte e Historia, Warendorf, Alemania

Al salir atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará". Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?". Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién de todos ellos era el más importante. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos". Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado". 

En su camino a Jerusalén donde va a ser entregado, Jesús instruye a sus discípulos sobre el destino de cruz del Hijo del Hombre. Pero los discípulos no entendieron lo que les decía (9,32), no cabía en sus mentes la idea de un Mesías que habría de acabar en cruz. 

Esta incapacidad para entender a Jesús se pone de manifiesto en la discusión que tienen entre ellos. ¿De qué discutían por el camino?, les pregunta Jesús. Ellos discutían quién era el más importante en del grupo. El deseo de ser reconocido y apreciado es natural; su realización asegura la autoestima y la confianza básica que consolidan, a su vez, la identidad de la persona y la mueven a progresar y perfeccionarse. Más aún, Dios quiere que fructifiquen los talentos que él nos da, que aspiremos a las más altas formas de servicio que podemos ofrecer, usando esos mismos talentos que él ha puesto en nosotros. Pero sobre este deseo natural y sobre esta voluntad de Dios que nos abre al más, al mayor servicio y a su mayor gloria, se puede sobreponer el afán de sobresalir por encima de los demás, la actitud arribista de quien a toda costa quiere ocupar el primer lugar, buscando ya no el mejor servicio sino su propia gloria. Esta actitud la tenían los discípulos de Jesús, acrecentada tal vez porque las distinciones, los rangos y los puestos de importancia, era un tema particularmente debatido en el ambiente judío. 

Jesús aprovecha esta ocasión para transmitir una enseñanza sobre el modelo de autoridad que deberá ejercitarse en su comunidad. Será un modelo basado en una lógica diferente a la que emplean los gobernantes. Será la lógica del servicio y de la solidaridad, que invierte los valores del mundo y adquiere toda su densidad de significado en el hecho palpable de que Jesús, siendo el primero, prefiere ser el servidor de todos. 

Según el evangelio sólo es lícito ejercer la autoridad como servicio, nunca como poder de dominio sobre los demás. Todo cargo se ha de ejercer para favorecer el bien común, atender y servir a las personas. Se corrompe la autoridad y se perjudica el derecho y la dignidad de las personas cuando los gobernantes se utilizan el poder para lucrar y servirse a sí mismos del modo que sea. A los ojos de Dios el primero es el que mejor sirve. El servicio es la norma básica de la conducta agradable a Dios. Y si este servicio se hace a los más débiles y postergados de la sociedad, tanto mejor. Así se comportó Jesús y en su modo de actuar nos mostró la actuación misma de Dios. 

El gesto que a continuación hace Jesús sirve para reforzar esta idea. Jesús coloca a un niño en medio del grupo, lo abraza y dice: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado. 

Este gesto simbólico pone en evidencia lo que Jesús quiere. En la sociedad judía, el huérfano, la viuda, el extranjero, el siervo, el niño estaban privados de derechos; para Jesús, son los más importantes. Los niños nada poseen. Son y llegan a ser lo que se les da. Refiriéndose a ellos, Jesús ilustra la relación que hay entre el poder y la búsqueda del reino de Dios: hay que superar el afán de posesión y de dominio (ya sea de personas o de bienes), incluso el poseerse a sí mismo, para poder entregar la vida y recibir a cambio la verdadera y feliz vida eterna. 

A los niños y a quienes se les asemejan, les pertenece el Reino. Porque son los desprovistos, porque no tienen su seguridad en sí mismos y viven sin pretensiones ni ambiciones, por eso su vida está abierta –pendiente– del don de Dios. Por no tener nada y recibirlo todo, los niños son los últimos. Porque todo en sus vidas depende de Dios, son los primeros en su corazón. Nada poseen; Dios es todo para ellos. Por eso Jesús se identifica con ellos: Quien acoge a uno de estos pequeños, a mí me acoge. 

La lección es clara: el discípulo ha de renunciar a toda falsa afirmación de sí mismo para poder acoger el don del Reino. La persona encuentra su verdadero valor en su actitud de amor y servicio a aquellos con los que Cristo se identifica. 

La Eucaristía nos reúne a todos por igual. En ella no hay diferencias de rango ni de poder. Simples hermanos y hermanas nos juntamos en la mesa de nuestro Padre común. Al partir el pan, cobramos fuerzas para mantener nuestro rechazo a todas las concepciones de la autoridad que, desde la familia, la escuela, la empresa, el Estado y aun la misma Iglesia, generan abusos y sufrimientos.

lunes, 20 de mayo de 2024

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

P. Carlos Cardó SJ 

Crucifixión, óleo sobre madera de Ugolino di Nerio (1320), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid, España

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos con la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, nos da su Corazón. 

San Juan resalta el don de la Madre. De pie junto a la cruz de su Hijo, está como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela interiormente por el amor y la fe que tiene a su Hijo. La discípula, la gran creyente, la que será proclamada dichosa por todas las generaciones, es ahora la Madre de los dolores porque ha llevado hasta el fin su identificación con el Crucificado. Ella siguió a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde él inició, a petición de ella, los signos de su gloria, en unas bodas que preanunciaban la boda del Cordero crucificado, en la que también ella se hace presente. Por la fidelidad de su amor y de su fe, ella es Madre y figura de la Iglesia, Madre de la nueva humanidad redimida. Y representa también a Israel, pero como esposa fiel que dice: Hagan lo que les diga. 

Junto a la Madre estaba el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. Es figura universal de todo aquel que es amado por el Hijo. Él está también como quien contempla al Hijo alzado a lo alto, y cuyo porte evoca al de Moisés que levantó la serpiente a lo alto. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. En su evangelio canta el amor del Hijo por nosotros. 

Aparecen también en la escena la hermana de su Madre, María de Cleofas, y María Magdalena. Su fidelidad amorosa al Señor, a quien servían en sus necesidades, contrasta fuertemente con la infidelidad de los discípulos, que llenos de miedo huyeron y lo dejaron solo; y contrasta mucho más con el odio de los judíos y de los verdugos que no dejan de insultarlo y atormentarlo. 

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí sino de los demás, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer¸ hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia. 

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él. 

- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo, para que la reconozca como madre suya. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. Ha establecido para siempre la relación madre-hijo que constituye a la Iglesia en su ser más íntimo. 

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, es decir, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu porque él asumió nuestra carne en el seno de María y habitó entre nosotros. 

La acoge como su madre. Por la fe renacemos a la condición de hijos en su Hijo, hermanos de él porque asumió nuestra carne en su seno y habitó entre nosotros por obra del Espíritu Santo.

domingo, 19 de mayo de 2024

Promesa del Espíritu (Jn 15, 26-27; 16, 12-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Vitral representando al Espíritu Santo en una capilla de la Iglesia de San José, Zabrze, Polonia

Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio de mí, pues han estado conmigo desde el principio.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.» 

Jesús se va y promete el Espíritu. Se le llama “Consolador”, el que está con el solo. Y “Defensor” o “Abogado” porque está junto a quien comparece ante un juicio, para ayudarle en su defensa. Tiene cierta equivalencia con el Ruah del AT, que es viento, fuerza, y designa ante todo el poder y energía de Dios, que crea, sostiene, inspira y conduce todo. Por lo que dice Jesús, es el Espíritu de la verdad que procede de Dios, y que es Dios, no un concepto, ni una fórmula, sino el ser divino que ha dado existencia a todo y conduce la historia a su plenitud. Lo reconocemos en la fuerza interior que infunde dinamismo al mundo, empuja para que todo crezca y se multiplique la vida, alienta todo el despliegue histórico hacia la justicia y la unidad. Es el Espíritu que, respetando nuestra libertad, nos mueve en dirección del amor, y nos hace ser más nosotros mismos, es decir, imágenes de Dios, hijos o hijas suyos queridos. 

Cristo permanece en su Iglesia de manera personal y efectiva por el Espíritu Santo que envía sobre los que creen en él. Por eso dice a sus discípulos antes de partir que no los dejará solos sino que volverá con ellos, y por el Espíritu establecerá una comunión de amor con él, con su Padre y con todos. 

Creer en el Espíritu Santo es asumir con responsabilidad la corriente de la historia hacia la que él sopla y empuja. No ir en esa dirección o desinteresarse de ella es pecar contra el Espíritu. Y no creer en el Espíritu es, en definitiva, apagar la esperanza, lo que nuestra humanidad más necesita. 

El Espíritu los llevará a la verdad completa. Es el Espíritu de la verdad que aclara las mentes y los corazones de los fieles para que sepan distinguir la verdad; hace discernir verdad y mentira. 

Dice además Jesús que el Espíritu los guiará a la verdad completa. No quiere decir con esto que nos haya dado la verdad a medias y por eso el Espíritu tendrá que completarla. Jesús lo ha revelado todo. Dios se nos ha dicho todo en él. Si Dios se hubiese guardado, por así decir, algo sin revelarlo a nosotros, aún estaríamos esperando quien lo revele. En Jesús, Dios se nos ha dado de una vez y para siempre porque en él habita la plenitud divina. La función del Espíritu será infundir el conocimiento que se adquiere por el amor y que sobrepasa todo conocimiento: pues siempre se puede comprender más algo que se ama. El Espíritu Santo no dirá nada diferente ni nada contra lo dicho por Jesús. Anuncia nuevamente, interpreta, da luz para entender lo dicho por Jesús y para vivirlo en la práctica. El Espíritu actualiza la presencia de Jesucristo. Habla aquí y ahora lo que Jesús dijo entonces. Lo que hace el Espíritu es introducirnos en la verdad que es Jesucristo, nos la hace transparente. 

Les anunciará las cosas venideras. Esto no tiene nada que ver con adivinación y vaticinio del futuro. El ser humano por ser mortal siente el ansia por saber el futuro. De ahí el recurso a lo mágico, a las predicciones y los horóscopos, que lo único que hacen es engañar la angustia presente. Las cosas venideras a las que alude Jesús son las relativas al reino de Dios que se desarrolla escondido como el grano en tierra o la levadura en la masa. El Espíritu enseña a discernir los signos de los tiempos, ilumina el presente a la luz del pasado (a la luz de la Palabra, de la vida de Jesús), mantiene viva en el presente la memoria Iesu. 

Él me glorificará. La gloria se ha revelado en la carne del Hijo del hombre; por eso no se la capta totalmente, se mantiene abierta a un conocimiento más y más pleno, hasta el infinito, porque es verdad infinita, dinámica. Jesús ya ha sido glorificado por el Padre en la cruz y en la resurrección. Aquí se habla de la gloria en los discípulos. Es la gloria del Hijo en los hermanos, en nuestra vida. Yo les he dado la gloria que tú me diste (17,22) para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (17,26). 

Todo lo del Padre es mío: la misma gloria, el mismo amor, la misma voluntad salvadora, el mismo ser. El Espíritu transmite eso, introduce en la vida trinitaria, el ser-amor de Dios que se difunde en sus criaturas. 

Lo que recibe de mí, lo dará. Comunica a Cristo hasta imprimirlo en nuestros corazones, para que seamos verdaderos hijos y hermanos, para que crezcamos continuamente en Cristo, hasta ser transformados en él, para que nuestra carne mortal como la de él sea signo del Dios invisible.