martes, 16 de junio de 2026

Amar a los enemigos (Mt 5, 43-48)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen samaritano, óleo sobre lienzo de Aimé Nicolás Morot (1880), Museo de Bellas Artes de París, Francia

Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo». Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo. 

Toda la enseñanza moral de Jesús se resume en: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios. 

Quien no ama a su hermano no ama a Dios. Esto se ve de manera particular en lo referente al respeto que se debe tener a la vida del otro. No puede nombrar a Dios como Padre ni tomar parte en el banquete de la fraternidad quien primero no perdona a su hermano o no hace lo posible para restablecer la relación que se ha roto. 

Para llegar a estos principios morales Israel tuvo que recorrer un largo camino. En la Biblia Dios habla en lenguaje humano, se adapta al proceso de maduración de su pueblo y emplea una pedagogía gradual para educarlo y, por medio de él, iluminar a toda la humanidad. Se parte del principio de la reciprocidad: si Abraham, padre de la raza, fue un extranjero de origen pagano, por ello Israel tiene que abrirse al amor al extranjero. Debe imitar a Dios en su amor misericordioso. El libro de Jonás describe vivamente lo difícil que fue para los hebreos aceptar la universalidad del mensaje de salvación. Y la culminación del largo recorrido hacia el amor universal se alcanza con la enseñanza del profeta Isaías, concretamente con el horizonte que él despliega para el deseo y el empeño práctico en favor de la paz: llegará el día en que todos los pueblos acogerán la palabra del Señor, de la que Israel es portador, aceptarán el señorío de Dios sobre todas las naciones y entonces de sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ya no alzará la espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra.  (Is 2,4). El amor universal hecho norma de vida conduce a establecer relaciones de justicia a todos los niveles, de las que nace la paz, el desarme mundial y la conversión de los gastos de guerra en inversiones para el desarrollo humano. 

El amor a todos los semejantes, hasta al enemigo, es una característica esencial del cristianismo frente a otras religiones. Es una tendencia común a todo grupo social el emplear el odio y aversión al enemigo como medio para reforzar la conciencia colectiva, definir la identidad común y reforzar la solidaridad entre sus miembros: se ataca y condena a los extraños, se defiende y apoya a los que son del grupo. Por esta razón el amor a los enemigos, predicado por Jesús, debió significar para sus contemporáneos judíos una exigencia radical. La primitiva iglesia la recogió íntegramente y con la teología de Juan dejó establecido que, conforme al pensamiento de Jesús, el amor universal, sin excepciones, significa haber conocido a Dios.  Si no se ama, no se tiene fe (Cf. 1Jn 4, 7-8; 3, 11-17). La lenta y progresiva comprensión bíblica del amor de Dios a todos alcanza en el Nuevo Testamento su culminación: Dios no tiene enemigos sino hijos; el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos. Una religión que no llegue a esto, aún tiene camino por recorrer. Matar en nombre de Dios es la más abominable acción criminal porque va contra el hermano y contra Dios. Lo propio del cristianismo es morir perdonando, como Esteban el primer mártir. 

Todos podemos emplear mal nuestra libertad y hacer sufrir con nuestras decisiones. Más aún, todos –desde Caín– tenemos una cierta inclinación a la maldad y la hemos cometido, grande o pequeña alguna vez. Pero es innegable que el odio es una enfermedad del alma. Sin embargo, nos podemos acostumbrar al mensaje que los medios de comunicación, sobre todo, las películas, nos transmiten acerca de la venganza como virtud; se enaltece al vengador, se da por sentado que la venganza resuelve el mal cometido, y eso no es verdad porque muchas veces genera una pendiente por la que es casi inevitable deslizarse. Allí donde se desencadena el odio y la sed de venganza como reacción a frente a una violencia, un ultraje, o una injusticia padecida, allí triunfa el mal. La víctima inocente se ha dejado afectar por la enfermedad del mal y lo devuelve, generándose la espiral de la violencia. Refiriéndose al odio y a la venganza dice Etty Hillesum, la mártir judía de Auschwitz que acogió en su corazón el mensaje del cristianismo: “No veo más solución, sino que cada cual se examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205). 

Personas así se han aventurado en “un camino que es más excelente que todos los demás” (1Cor 12,31): el del amor incondicional a este mundo, a la humanidad pecadora y sufriente y al Dios de infinita misericordia. Imitarlo a él es tender a la perfección. Sean perfectos como su Padre celestial, dice San Mateo. Sean misericordiosos como el Padre, dice San Lucas.

lunes, 15 de junio de 2026

Devolver bien por mal (Mt 5, 38-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo abrazado a la cruz, óleo sobre lienzo de Domenikos Theotokópoulos “El Greco” (década de 1580), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

Jesús les dijo: “Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda”. 

Los criterios de conducta que Jesús transmite en el discurso del monte revelan cómo juzga Dios, quiénes entrarán en su reino. Pero son criterios normativos que nos pueden hacer pensar: duro es este lenguaje, quién podrá cumplirlo. Estamos condicionados por la lógica del mundo. Por eso nos cuesta tanto el devolver bien por mal, porque estamos continuamente bombardeados por la ideología de la venganza que los medios, el cine sobre todo, propagan con el falso presupuesto de que con ella se vence al mal y se da una justa reparación a los perjudicados. Pero no es así. 

Jesús reacciona contra la antigua ley del talión (ojo por ojo, diente por diente) que pretendía restablecer el orden poniendo un límite a la sed de venganza mediante la búsqueda de una cierta paridad (Gen 4,23). En el fondo había la creencia de que al mal se le vence mediante el miedo a un castigo equivalente o incluso mayor que el daño causado con la ofensa. Pero la aplicación de tal norma no resuelve el mal; lo que consigue en todo caso es duplicarlo. 

Jesús se sitúa en otra óptica, en la de Dios, su Padre, cuya justicia está siempre cargada de misericordia. En el plano humano, la búsqueda de ese horizonte de la justicia perfecta se cumple en el mandamiento del amor, que extrae el bien de todas las formas del mal. Esta justicia es la que llevará al Hijo de Dios a cargar sobre sí en la cruz la maldad de sus hermanos para vencerla mediante el amor que triunfa sobre la muerte, último reducto y logro del mal en el mundo. 

Atacar al mal, no al malvado, es lo que se ha de buscar. El mal, en efecto, hace daño en primer lugar a quien lo comete, es su primera víctima. Y ese malvado que me ha hecho daño es, a pesar de todo, hermano mío, a quien debo amar como tal. Hasta ahí extiende su comprensión el amor cristiano. Comprende sí, no condena. Tiene en cuenta que son muchos y muy complejos los factores que intervienen en la conducta humana. Por ello la Iglesia ha repetido tantas veces que hay estructuras sociales de pecado que influyen en las personas volviéndolas malas, a veces sin que se den cuenta. Así, detrás de un delito cometido se puede comprobar muchas veces una historia personal de frustración, humillación, abandono, o exclusión. Y el hombre que ha vivido así hasta dar con su vida en el horror del delito cometido es mi hermano. Quiero, por tanto, que el mal no triunfe ni en mí ni en él, que no triunfe en nadie. 

La lógica del mundo, en cambio, me incita a la venganza. Me lleva a no darme cuenta de que al pedir el mal contra el que me ha ofendido, y desear incluso su muerte, permito que el mal dirija mis sentimientos y actitudes; quiero hacerle al otro el mal que condeno en él, le doy a la acción mala categoría de bien necesario, opto por el mal al odiar a quien lo ha cometido. El odio y el deseo de venganza es connivencia con el mal que se intenta resolver. 

Jesús nos invita a superar esa manera de pensar: él ama al pecador y odia el mal, lucha contra él y no quiere que triunfe en ninguno de sus hermanos. Por eso, la gente de mal vivir y los excluidos fueron objeto de su compasión. Para nosotros, en cambio, son objeto de reprobación: ¡lo que ellos han hecho, hay que hacérselo! Pero eso no resuelve nada y puede hacer incluso que el mal se propague. Ocurre así en todos los niveles de las relaciones humanas: el matrimonio, la amistad, toda asociación de personas se rompen si lo que se busca es hacer sentir al ofensor el mismo dolor que él infringió. 

Por eso, todo ha de intentarse: diálogo, acuerdo, negociación, discusión incluso y reprensión, todo menos usar el mal contra el mal. Y convenzámonos, hasta que la misma administración de justicia, no sea capaz de integrar en sus juicios el “principio misericordia”, para buscar el bien de la persona y no sólo el castigo, nunca será posible la regeneración o la reeducación de los sentenciados. 

Y así, por el bien mayor que se puede desear, para que triunfe el amor que rehabilita, para que la fraternidad llegue a normar la vida en sociedad, y para desmentir la lógica de la venganza, el cristiano que sigue con radicalidad a su Señor se hace capaz de renunciar aun a su propio derecho, muestra la otra mejilla, entrega capa y manto, y camina con el otro no una milla sino dos.

domingo, 14 de junio de 2026

XI Domingo del Tiempo Ordinario – Vocación de los Doce (Mt 9, 36-10,8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo con apóstoles, fresco de autor anónimo reconstruido en el siglo XIX, Catedral de Pecs, Hungría

En aquel tiempo, al ver Jesús a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”. Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en las ciudades de Samaria, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Lo que han recibido gratis denlo gratis”. 

Los primeros versículos del texto son un sumario de la actividad de Jesús: predicador itinerante, recorre ciudades y aldeas, enseña en las sinagogas y en el campo, proclamando la buena noticia del Reino, cura las enfermedades del cuerpo y sanando las heridas del espíritu. 

Se destaca luego una de sus actitudes más características: su compasión. Mateo la describe con las mismas expresiones empleadas en el inicio de la multiplicación de los panes. Ese ese cuidado compasivo por los pobres, Jesús lo comunica a sus discípulos porque es a ellos, a los pobres, a donde los envía. La misión nace de la misericordia. 

Jesús al ver a las gentes, sintió compasión de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. El cuadro que Jesús ve es desolador: la mayor parte de la población era víctima de la injusticia, la enfermedad, la pobreza, la ignorancia. Esta atmósfera de sufrimiento y miseria le conmueve profundamente: Al ver Jesús a las gentes sintió compasión. El verbo griego es muy significativo, equivale a “se le enternecieron las entrañas”, “se le partió el corazón”. La misión de Jesús brota de su misericordia entrañable, de la compasión que siente ante la miseria material y espiritual. 

A continuación, sigue el relato del llamamiento y misión de los Doce, comparada a la cosecha: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Con esta alegoría Jesús subraya el hecho de que la misión no depende de la iniciativa de las personas sino de la voluntad de Dios. Él es el dueño de la mies, él es quien escoge y llama a los trabajadores. La mies es la muchedumbre necesitada. Jesús necesita colaboradores. 

Rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. La misión se realiza con oración. Y la oración será eficaz, porque es el Señor de la mies quien se ha comprometido a salvarla. Es lo que se ha de pedir en la oración. Cada nueva vocación que se enrola en el trabajo de la mies de Cristo es una gracia y una respuesta a una gracia, un misterio que tiene su origen y explicación en la voluntad soberana del Señor. 

Misión de Jesús, misión de los doce. Jesús se prolonga en el mundo por medio de sus discípulos, los de ayer y los de hoy: Como el Padre me ha enviado, así os envío yo (Jn 20,21). Los apóstoles son unos enviados, representantes de quien los envía; por eso reciben los mismos poderes que tenía Jesús: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias; y el anuncio que hacen es idéntico al suyo: el Reino de Dios está cerca (Mt 4,17; 10,7). 

Jesús elige a doce apóstoles. El número simboliza las doce tribus de Israel. El grupo de Jesús encarna al nuevo Israel. Es un grupo, por lo demás, bastante heterogéneo. De siete de ellos (Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago Alfeo, Tadeo, y Simón el fanático) apenas sabemos nada. El primero del grupo es Simón, por su función de “piedra”, sobre la que el Señor edificará su Iglesia. Siguen Santiago Zebedeo y su hermano Juan, denominados en el evangelio de Marcos “Boanerges” (hijos del trueno), es decir, “violentos”. El otro Simón es apodado el “cananeo” que significa partisano, subversivo que lucha contra el poder de los romanos. Del noveno de la lista, Leví, sabemos que era un recaudador de impuestos y, por tanto, colaboracionista con el poder romano. El último de la lista, Judas, tristemente célebre por ser el que traicionó a Jesús, es llamado el “Iscariote”, que significa probablemente “mentiroso” o es una transliteración del latín “sicario”, por pertenecer también a los zelotas que en las revueltas apuñalaban a los enemigos del pueblo. 

Mucho tendría que trabajar Jesús hasta hacerles comprender su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio hasta la muerte. No hay entre ellos sabios o fariseos, ni nobles saduceos de la casta sacerdotal de Jerusalén. No son cultos ni virtuosos cumplidores de la ley Son simples pescadores de Galilea, hombres comunes como cualquiera de nosotros. Lo que les une es la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el haber sido llamados por él en su seguimiento. La convivencia entre ellos no debió ser fácil. ¿Cómo se sentirían viviendo juntos Pedro y Andrés con Leví el publicano a quien le pagaban los impuestos en Cafarnaum? ¿Cómo sería el trato diario con violentos como Simón cananeo y el Iscariote? No todos son personas honorables, incluso resultan incompatibles entre sí. Gente diversa que mantendrá hasta el final su carácter personal. Nosotros, tal vez, hubiéramos elegido otros colaboradores mejor preparados. No obstante, ellos estuvieron con Jesús en todas las circunstancias de su vida, vieron sus lágrimas por el amigo muerto, le observaron rezar a su Padre del cielo, conmoverse en sus entrañas ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su propia muerte. Poco a poco, ya no hubo secretos entre ellos y él. "Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor" (Jn 15,15). La palabra fue calando en su interior. Y más tarde, cuando ya no recordasen al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos. Y aun cuando se encontrasen en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podían, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en este caso preciso. 

Tan identificados se sentirán los apóstoles con la persona y misión de Jesús que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, dando como Jesús su propia vida por la salvación de los hombres.

sábado, 13 de junio de 2026

El Niño Jesús en el templo (Lc 2, 41-51)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús en el templo, óleo sobre lienzo de Heinrich Hoffman (1881), Museo de Arte de la Universidad Brigham Young, Utah, Estados Unidos

Por las fiestas de Pascua iban sus padres todos los años a Jerusalén. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según costumbre. Al terminar ésta, mientras ellos se volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en la caravana, hicieron un día de camino y se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos. Al no encontrarlo, regresaron a buscarlo a Jerusalén. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban atónitos ante su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo, se quedaron desconcertados, y su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Él replicó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en la casa de mi Padre?”. Ellos no entendieron lo que les dijo. Regresó con ellos, fue a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres. 

Este pasaje rompe el silencio de la vida oculta de Jesús en Nazaret y relata un acontecimiento relevante en el desvelamiento progresivo de la identidad de Jesús. Nos dice el evangelio de Lucas que los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua y que llevaron también al Niño cuando cumplió doce. Terminada la fiesta, se quedó en Jerusalén sin saberlo sus padres. Al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca. Lo buscaron tres días. Sólo podían imaginar que estaría con los parientes y conocidos. Angustia, impotencia de quien no encuentra al ser querido, a la persona que uno no puede dejar de buscar. Evoca esta angustia a la que sentirán las mujeres en el sepulcro al no hallar entre los muertos al que está vivo. 

Después de tres días. Lo hallaron en el templo. Es decir, en el lugar donde la gloria de Dios se manifestaba. Está allí, en lo suyo, sentado y enseñando con autoridad la Palabra de Dios a los maestros de la Palabra. Como su padre y su madre que lo buscan tres días en vano, los apóstoles y las santas mujeres tendrán que esperar al tercer día para comprobar que la Palabra de Dios se ha cumplido en el Crucificado. Y a nosotros también, que lo buscamos sin saber cómo, el texto nos da la respuesta. 

La pregunta de Jesús a sus padres: ¿Por qué me buscaban? No sabían que…, más que un reproche, hay que entenderla como una invitación que les hace a procurar comprender, con la confianza propia de la fe, no con angustia, los planes que Dios tiene. Y Jesús les recuerda que Dios es su Padre. Es la primera vez que designa a Dios como su Padre. “Abbá” es en el evangelio de Lucas la primera y última palabra de Jesús. La más reveladora de su propia identidad y de la nuestra, pues es el Hijo amado del Padre,  en quien y por quien somos también nosotros hijos e hijas de Dios. 

Este Hijo debe estar en las cosas de su Padre, ocuparse de ellas pues para esto ha venido al mundo: para escuchar y cumplir lo que el Padre le diga. Y ese será su alimento, hacer su voluntad. 

María y José no comprendieron lo que les decía, lo comprenderán más tarde. Y para ello, María, la creyente, la que oye y acoge la Palabra, conservará todas estas cosas meditándolas en su corazón. Después de haber llevado al Hijo en su seno, lo lleva ahora en su corazón. Ella nos enseña a meditar las palabras de su Hijo, todas, las que nos consuelan y alegran y las que nos exigen y nos cuesta comprender. Como ella, tampoco nosotros comprendemos de inmediato el misterio de los tres días de Jesús con el Padre. Como ella, conservamos en el corazón las palabras, las aprendemos de memoria, aunque su comprensión exacta todavía se nos escape. El recuerdo constante de la Palabra ilumina el corazón y nos hace alcanzar la madurez del hombre perfecto, la estatura plena de Cristo (Ef 4,13).