sábado, 14 de febrero de 2026

Segunda multiplicación de los panes (Mc 8, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Multiplicación de los panes y de los peces, óleo sobre lienzo de Juan de Flandes (1496 – 1504), Palacio Real de Madrid, España

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos".
Sus discípulos le respondieron: "¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?".
Él les preguntó: "¿Cuántos panes tienen?".
Ellos le contestaron: "Siete".
Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.
Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran.
La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil.
Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. 

Marcos retoma el tema de la autorrevelación de Jesús como pan que se entrega para dar vida. De todos los símbolos con los que identificó (la luz, la vid, la puerta, el pastor, el camino…), éste es el que mejor expresa su modo de existir para los demás y su misión de salvar dando su vida. El pan es vida, la falta de pan es muerte. La razón de ser del pan es el ser comido: el pan se rompe, se reparte, se consume… y da vida. De lo contrario, se corrompe y no sirve para nada. Además, si se acumula y no se reparte, deja de ser un bien porque genera diferencias injustas. 

Los discípulos no comprendieron el significado del pan. Por eso, quizá, Marcos pone de nuevo la multiplicación ya relatada en 6, 34ss. Al mismo tiempo la intención del evangelista es hacer reflexionar sobre el significado central que tiene la Eucaristía en la vida cristiana: la palabra se hace pan; el Señor, pan de vida eterna, se entrega; la comunidad comparte su pan y hace presente al Señor; en la actitud del cristiano que se entrega al servicio de los demás, se reconoce también al Señor. 

En esta segunda multiplicación de los panes se destaca más la compasión de Jesús por la multitud hambrienta y en especial por los que vienen de lejos porque se pueden desmayar en el camino. Pueden verse aquí los paganos, la mujer sirofenicia, el sordomudo, los invitados a participar en el convite del “pan de los hijos” en la Iglesia. Y justamente por querer subrayar más la universalidad, no se alude al desierto ni a los aspectos mesiánicos de la primera multiplicación de los panes, que tenían un claro contenido judaico. 

Otra diferencia con el primer relato es que aquí Jesús es quien toma la iniciativa e invita a sus discípulos a dar de comer a la multitud. Tomó luego los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los repartieran (v.6). Puede verse una alusión a las palabras de Jesús en la última cena y al relato que hace Pablo de la institución de la eucaristía en 1Cor 11,24. 

Los discípulos no entienden, no saben cómo hallar pan, ven imposible para ellos (y para Jesús) dar de comer a una multitud tan grande. Parecen no haber estado presentes en la primera multiplicación de los panes. Siguen pensando en la dificultad de comprar en despoblado. Además, esta multitud –a diferencia de la anterior– parece compuesta principalmente por extranjeros. Los discípulos siguen pensando en el “pan de los hijos” que no se puede dar a los paganos, como se pensó en el caso de la mujer sirofenicia. Pero Jesús les ha dicho: No tienen nada para comer, esperando que la experiencia que han tenido de la primera multiplicación de los panes para la multitud judía les haga tener la misma compasión y los mueva a hallar solución por sí mismos. Tienen que compartir lo que tienen: los siete panes, es decir, todo, siete es totalidad. La solidaridad debe ser plena. 

Eran unos cuatro mil. Número múltiplo de cuatro que simboliza también totalidad y universalidad. La multitud, congregada de los cuatro puntos cardinales, ha de ser servida por los discípulos. Vayan a todas partes, les dirá. El evangelio ha de ser predicado en todas las naciones, a los cuatro vientos. Si han de ser generosos hasta darlo todo (sus siete panes), han de demostrar también un amor universal (a los cuatro mil). 

En síntesis: aprender el significado del pan es fundamental para reconocer al Señor y para vivir la vida cristiana auténtica. Lo entendieron muy bien los primeros cristianos: Lo tenían todo en común; quienes tenían, propiedades o bienes los vendían y compartían con todos, según las necesidades de cada uno (Hech 2). Tenían un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba como propio lo que tenía sino que todo lo tenían en común (Hech 4,32).

viernes, 13 de febrero de 2026

El sordomudo Effeta (Mc 7,31-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús cura al hombre sordo, fresco del siglo IV D.C. de autor anónimo, Iglesia de San Salvador de Cora, Estambul, Turquía 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis.
Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "Effetá", esto es: "Ábrete". Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos." 

Como muchos milagros que son una predicación en acción, la curación de un sordo, que apenas puede hablar, hace ver la necesidad de “escuchar y entender” bien la Palabra para poder aplicarla a la propia vida y transmitirla. Y como se trata de un extranjero, de la Decápolis en la orilla oriental del mar de Galilea, en la actual Jordania, Jesús hace ver también que su palabra y su obra son para todos sin distinción, no sólo para el pueblo judío. 

Le llevaron a un hombre sordo que apenas podía hablar, y le suplicaban que impusiera sobre él la mano. No se dice quiénes son los que lo llevan, pero deben ser gente religiosa porque aprecian el significado que tenía en las culturas semitas el gesto de la imposición de manos. Además, es muy probable que hayan oído hablar de lo que Jesús hace en favor de los pobres y de los enfermos. 

Jesús, entonces, lo apartó de la gente… (lo mismo hará con el ciego de Betsaida – Mc 8, 23). Con ello quiere evitar reacciones equívocas. Al ver las acciones que realizaba en favor de los enfermos, la gente se entusiasmaba y lo aclamaba como Mesías, pero Jesús no se lo permitía porque los judíos tenían otra idea de los que debía ser el Mesías. Al mismo tiempo, el gesto de apartar al enfermo puede significar que el contacto personal con Jesús produce una “separación”, hace que la vida cambie, la persona asume otra manera de pensar y de obrar, diferente de la que antes tenía. La sordera que le impedía oír y asimilar los valores del Evangelio, y la traba de su lengua, que le incapacitaba para comunicar su fe, quedan curadas por el contacto personal con el Señor. 

La curación del sordomudo se realiza en dos tiempos. Primero, Jesús introduce los dedos en los oídos del enfermo y toca con saliva su lengua. Este gesto pasó a ser parte del antiguo rito del bautismo, pero eso no es lo importante. Lo más importante es lo que dice Jesús: Effetá, palabra aramea que significa ¡Ábrete!, y que convierte en realidad el significado del gesto simbólico empleado. Y al enfermo se le abren los oídos y se le suelta la lengua. Es una persona nueva. Se cumple lo anunciado por Isaías para la llegada del Mesías: los oídos de los sordos se abrirány la lengua del mudo cantará (Is 35, 5-6), nacerá un pueblo nuevo de personas libres que acogen la palabra de Dios. 

La figura del sordomudo, además, representa a los miembros de la comunidad eclesial que provienen de una cultura o de un nivel socio-económico diferente a los de la mayoría: el sordomudo es un extranjero menospreciado por los judíos. La comunidad a la que Marcos dirige su evangelio, como la nuestra hoy, tenía dificultades para asimilar en la práctica el mensaje de Jesús sobre el amor solidario que lleva a acoger a todos sin prejuicios ni actitudes excluyentes de la índole que sean. El ejemplo de Jesús mueve a construir la unidad en la diversidad, fomentando los vínculos que brotan de la misma fe compartida. 

Desde otra perspectiva, el pasaje evangélico nos lleva a pensar en la manera como oímos las enseñanzas de Jesús y hablamos de ellas. No siempre prestamos oído a lo que debemos oír, ni decimos lo que debemos decir. No prestamos atención a los que nos son extraños o piensan de manera diferente. Y por miedo a las consecuencias o porque los problemas nos superan, no abrimos la boca. Sordos que no oyen lo que les cuestiona, lo que les exige cambio o les remueve sus comodidades; y mudos que no comunican los valores y verdades en los que creen. 

Dejemos que el Señor, como al sordomudo, se nos muestre cercano y compasivo, que nos lleve aparte, si es necesario, de los círculos cerrados sociales o de pensamiento en que nos movemos y defendemos. Él nos abrirá los oídos para oír lo que debemos oír y nos soltará la lengua para hablar lo que debemos hablar en cada circunstancia. Esta disponibilidad a la gracia hará que la Iglesia llegue a hablar el lenguaje de la gente, como en Pentecostés, cuando todos la oían la oían y entendían en sus propias lenguas (Hech 2,11).

jueves, 12 de febrero de 2026

La mujer sirofenicia (Mc 7, 24-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la Cananea, óleo sobre lienzo de Annibale Carracci (1595), Palacio Comunal de Parma, Italia

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido.
Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.
Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: "Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos".
La mujer le replicó: "Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños".
Entonces Jesús le contestó: "Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija".
Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. 

Se trata de un texto provocador, de una actitud provocadora de Jesús. Antes ha estado discutiendo sobre las tradiciones judías acerca de lo puro y lo impuro, ahora, en gesto provocador, se va a una región impura. Se le acerca una mujer con su hija. Es una extranjera, pero él no puede quedarse impasible; el dolor de la gente tiene poder sobre él, sabe que va a tener que curarla. Aprovecha entonces la situación para polemizar y hacer que –por esa misma polémica– sobresalga la justicia de la mujer pagana, impura. 

En los dos pasajes precedentes se hablaba de la ceguera de los discípulos que les impide comprender el significado de los «panes», y de la oscuridad que produce la religión legalista que difunden los fariseos y escribas. Como respuesta a ello, entra en escena la fe luminosa de una mujer pagana, que no pertenece a Israel ni vive sometida a la ley judía, pero que sí comprende perfectamente el significado de las «migajas del pan», por lo cual obtiene la salud/salvación para su hija (y para ella). 

En este sentido, los vv. 27-28 son la clave del pasaje: en ellos se afirma que Jesús ha venido a realizar su misión -de ofrecer el pan de la palabra y de la salvación- primero a los hijos de Israel, pero como éstos lo han rechazado, el pan de los hijos se ofrece también a los paganos. 

Se habla de la fe en el «pan», que a los discípulos les falta: el comprender y asimilar el significado del pan que se ofrece y se comparte y que, por ello, es el símbolo máximo de lo que es el Señor. No comprender el signo del pan es no comprender quién es Jesús y no vivir una vida que se ofrece para el bien de los demás Una fe que no mueve a llevar a la práctica el significado del pan, no es fe verdadera. La fe verdadera se verifica en el amor fraterno. Y a esta fe son llamados no sólo los judíos sino también todos los pueblos gentiles, representados en el relato por la mujer pagana. 

Es importante advertir que el pan es designado expresamente como el «pan de los hijos» (v. 27): porque es el pan que comparten los hermanos y hermanas en comunidad. Esta fraternidad no conoce límite alguno de nacionalidad, raza, o condición. Los judíos del tiempo de Jesús despreciaban a los extranjeros y hacían la contraposición perros/hijos, paganos/israelitas. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro”, decía el Talmud. Por eso, lo asombroso es que la primera persona que tiene acceso al «pan de los hijos» sea precisamente un «perro», un «perrillo», un ser que no vale nada porque ni siquiera pertenece al pueblo escogido y no puede reclamar ningún derecho. Para ello, con mucha habilidad, la mujer usa la imagen de Jesús y la retuerce para ponerla en su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... 

«Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea» (Hech 10,34 s.). 

Es claro, por lo demás, que el relato presenta la fe como aquello que lleva a superar toda barrera de separación: racismo, prejuicios, odios nacionalistas y culturales, enfrentamientos religiosos. La fe es el único título de pertenencia a la comunidad cristiana. Por eso, una fe débil, o un conocimiento débil o ambiguo de Jesús, deja a las personas sin fuerzas para superar sus prejuicios y costumbres que generan división y discriminación. La persona queda a la merced de sus prejuicios, que desatan odios y violencias. 

Finalmente, un detalle importante es que el milagro se realiza estando Jesús ausente: se realiza por la «palabra» de la mujer, como lo hace notar el mismo Jesús: Vete, por lo que has dicho, el demonio ha salido de tu hija (v. 29). 

La verdadera fe, que sabe reconocer y acoger la fuerza del amor que libera, es la que se hace «pan de los hijos». El pasaje de la siro-fenicia nos hace apreciar la fe verdadera, que despliega todo su poder en el amor, cuyo signo concreto y eficaz es el partir juntos el pan.

miércoles, 11 de febrero de 2026

La nueva moral (Mc 7, 14-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la Sinagoga, óleo sobre lienzo de Nikolay Ge (1868), Galería Tretyakov, Moscú, Rusia

Jesús volvió a llamar a la gente y empezó a decirles: "Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que de fuera entra en la persona puede hacerla impura; lo que hace impura a una persona es lo que sale de ella. El que tenga oídos, que escuche".
Cuando Jesús se apartó de la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron sobre lo que había dicho.
Él les respondió: "¿También ustedes están cerrados? ¿No comprenden que nada de lo que entra de fuera en una persona puede hacerla impura? Pues no entra en el corazón, sino que va al estómago primero y después al basural". Así Jesús declaraba que todos los alimentos son puros.
Y luego continuó: "Lo que hace impura a la persona es lo que ha salido de su propio corazón. Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona". 

Continúa la polémica de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la verdadera piedad. Los escribas y maestros de la ley, que normalmente residían en Jerusalén, ejercían una función de inspectores en las provincias y pueblos. Incluso es probable que los fariseos de Galilea los llamaran en su ayuda para rebatir a Jesús y frenar el movimiento que se estaba armando en torno a él entre la gente más sencilla de la región. Uno de los asuntos que fariseos y maestros de la ley más controlaban era el cumplimiento de las normas y tradiciones referentes a la purificación de las personas y de las cosas. 

Tales prescripciones judías nos pueden resultar incomprensibles, pero existían en casi todas las religiones. Los primeros que tenían que cumplirlas eran los sacerdotes porque estaban situados en un nivel superior al de los fieles y debían evitar todo aquello que pudiera indisponerlos con la divinidad y volver ilícitas o inválidas las acciones sagradas que ellos realizaban. Así, a partir de estas normas del Antiguo Testamento (sobre todo del libro del Levítico) se fue estableciendo la división entre hombres puros e impuros, objetos santos y profanos, y la religión fue reduciéndose a un conjunto de prácticas y acciones administradas por los consagrados. Es cierto que la pureza que se obtenía mediante los lavados de purificación y expiación simbolizaba la integridad de la conciencia, pero los profetas se vieron obligados a denunciar la tendencia a reducirlo todo a la exterioridad de los ritos. 

Jesús hace ver que lo más importante es la interioridad, el corazón, sede de los afectos y de los sentimientos, en donde reside la sinceridad y la autenticidad de la persona, y de donde salen también las malas acciones, inclinaciones y deseos. Por eso declara: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro. 

El cristiano sabe, por tanto, que el encuentro con Dios es, primeramente y sobre todo, un acontecimiento interior liberador, que exige ser aceptado en la profundidad de la persona y no en la exterioridad de la pura apariencia. Lo importante para Dios no son las acciones religiosas que se realizan por tradición o costumbre, ni las normas morales que se cumplen como imposiciones externas y no desde convicciones profundas del corazón. San Pablo en la carta a los Romanos nos da esta norma segura de actuación: Les pido, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus vidas como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser su auténtico culto. No se acomoden a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, y así discernirán cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,1-2). 

Una vida regida por los valores de Cristo y no por los del mundo, esa es la religión genuina, viene a decir San Pablo. Más aún, en la entrega de sí mismo a Dios y a los hermanos realiza el cristiano el sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es el culto verdadero. Sin esta actitud, la celebración de los sacramentos es inauténtica, una pura ceremonia. 

Por eso, para superar este riesgo el cristiano va a la eucaristía y después procura llevar a la práctica lo que en ella escucha, recibe y celebra. En la comunión, signo de reconciliación y de unión fraterna, se hace vida el mandamiento del amor que Jesús estableció justamente cuando instituyó el sacramento de su presencia viva entre nosotros. Se comulga en el pan único y compartido y se recibe la acción del Espíritu Santo que, al santificar nuestras ofrendas de pan y vino, nos santifica también a nosotros para formar, en Cristo, un solo cuerpo y un solo espíritu.