jueves, 3 de septiembre de 2026

Pesca milagrosa y llamamiento de los apóstoles (Lc 5,1-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pesca milagrosa, tapiz en seda y lana con hilos de plata dorada de Rafael Sanzio (1519), Museos Vaticanos, Roma, Italia

Cierto día la gente se agolpaba alrededor de Jesús para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. En eso vio dos barcas amarradas al borde del lago; los pescadores habían bajado y lavaban las redes.
Subió a una de las barcas, que era la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de la orilla; luego se sentó y empezó a enseñar a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar.»
Simón respondió: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».
Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces, que las redes casi se rompían.
Entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que por poco se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrodilló ante Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Pues tanto él como sus ayudantes se habían quedado sin palabras por la pesca que acababan de hacer. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; en adelante serás pescador de hombres».
En seguida llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús. 

Lucas pone el llamamiento de los discípulos al comienzo de la actividad pública de Jesús. Lo primero de todo en la vida cristiana es sentirse llamados. Jesús llama a seguirlo, a imitar su modo de proceder y a colaborar con él. La identificación con él hasta poder decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive mí (Gal 2,20). 

La barca con Jesús y los apóstoles simboliza a la Iglesia. Desde ella Jesús predica, de ella baja para sanar a los enfermos, en ella atraviesa el lago con sus discípulos y, cuando él no está, la barca zozobra zarandeada por los vientos y las olas. Cuando eso ocurre la envuelve la oscuridad y queda expuesta a la tempestad. Puede ocurrir también que Jesús esté en ella, pero como ausente, dormido en el cabezal, y ellos tengan miedo porque su fe es escasa. Hay aquí una invitación a reconocer a Cristo en la Iglesia tal como es: comunidad de pecadores, solidaridad de debilidades. En la Iglesia aparece lo que él hace por nosotros: nos congrega, sana y alimenta, nos hace comunidad abierta a los que sufren, y a ellos nos envía para repetir sus gestos, signos de su reino. 

Los pescadores estaban lavando las redes. La llamada es en la vida ordinaria. No hay que imaginarse cosas extraordinarias. En nuestra Galilea: mientras se está pescando como Simón y sus compañeros, o se está contando dinero como Mateo en su mesa de publicano. Incluso haciendo cosas contra Cristo y los cristianos, como Saulo. Hagamos lo que hagamos, llega su palabra que nos cambia. 

Rema mar adentro y echa las redes para pescar. La orden podría parecerles ofensiva; ellos saben cuándo y dónde se echa la red: Maestro toda la noche nos la hemos pasado bregando sin pescar nada… La noche es ausencia de Jesús. Sin él, la actividad es infecunda. Porque sin mí, no pueden hacer nada. También resulta así cuando sólo se confía en los propios medios y habilidades. Ellos serán muy diestros pescadores, pero el hecho es que no saben dónde echar la red en esas circunstancias. Tendrán que aprender a no confiar sólo en sí mismos. Cuando, como Pedro, reconozcan que es el Señor quien hace crecer y fructificar, entonces producirán frutos. Sobre tu palabra echaré la red. Basándose en su palabra, confiando y obrando como ella enseña, el cristiano puede estar seguro del fruto de su empeño. 

Capturaron gran cantidad de peces… La abundante pesca, expuesta de forma enigmática por el empleo del término multitud, alude a la entera comunidad de fieles, reunidos por medio de la predicación y de los esfuerzos apostólicos. Y a pesar de ser tantos los ganados para la causa de Cristo en la Iglesia, la red no se rompe, porque cuenta con las promesas de Jesús. 

Al ver esto Simón Pedro se postró a los pies de Jesús diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Ante la magnitud del favor recibido, Pedro reconoce su propia condición de pecador. La magnanimidad del Señor le lleva a apreciar su propia pequeñez. Expresa su gratitud en forma de deseo de conversión y de perdón. 

-No temas, desde ahora serás pescador de hombres, le dice Jesús. La comunidad, representada por Pedro, recibe la llamada a la misión. En la pesca está prefigurada la misión que se inicia en Galilea y que ha de llegar hasta el confín del mundo. 

Ellos, dejándolo todo, lo siguieron.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La suegra de Pedro (Lc 4, 38-44)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo curando a la suegra de Pedro, óleo sobre lienzo de Joost van Geel (Siglo XVII), colección privada (subastado en Shoteby’s, 10 de julio de 2011)

Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban. Él ponía las manos sobre cada uno y los sanaba. De muchos salían demonios gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Él los increpaba y no los dejaba hablar, pues sabían que era el Mesías.
Por la mañana salió y se dirigió a un lugar despoblado. La multitud lo anduvo buscando, y cuando lo alcanzaron, lo retenían para que no se fuese. Pero él les dijo: "También a las demás ciudades tengo que llevarles la Buena Noticia del reinado de Dios, porque para eso he sido enviado".
Y predicaba en las sinagogas de Judea. 

Es un milagro pequeñito, quizá el más insignificante, y puede pasar inadvertido. Pero en su sencillez tiene gran riqueza y los Sinópticos lo ponen al comienzo porque sirve de guía para interpretar los que siguen. 

Es otra prueba de la victoria de Jesús sobre el espíritu del mal; por eso Lucas lo presenta como un exorcismo: Jesús conmina a la fiebre. La suegra de Pedro tenía mucha fiebre. Jesús inclinándose sobre ella ordenó a la fiebre que saliera y se le quitó. La mujer se levantó de inmediato y se puso a servirlos. La liberación es total: cuerpo y alma. Jesús libera a la persona para que pueda actuar con el mismo espíritu que le hace decir a él: Yo no he venido para ser servido, sino para servir (Mc 10,45). Por eso el signo de la curación es el ponerse a servir. Es la reacción inmediata de la mujer, que se levanta y se pone a servirles, demostrando con su gesto que la curación ha sido completa e instantánea y que la mueve un profundo y sincero agradecimiento. 

De esta forma, la suegra de Pedro se convierte en un modelo anticipado de los auténticos discípulos y discípulas de Jesús y de la actitud característica de la comunidad cristiana, tal como Jesús lo estableció: Ya saben que los que son tenidos por jefes de las naciones las dominan y que sus dirigentes las oprimen. No debe ser así entre ustedes. El que quiera ser importante sea su servidor; y el que quiera ser primero sea el siervo de todos (Mc 10,45; Mt 20, 18). 

Como la suegra de Pedro, otras mujeres de Galilea se dedicaron a seguir y a servir generosamente a Jesús durante todo el tiempo que duró su actividad pública (cf. Lc 8,1-3; 23,49.55), y fueron las que estuvieron con él junto a la cruz (Lc 23, 27s.49.55-56), mientras los demás discípulos huyeron. Ellas serán por eso las primeras testigos de su resurrección y aunque en la cultura hebrea contaban poco, en ellas se encarna y testimonia el espíritu del Señor, tal como Pablo lo ve: Dios ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes (1Cor 1,27). 

La segunda parte del evangelio de hoy es un sumario de la actividad de Jesús: curaciones, exorcismos, anuncio de la buena noticia. Lucas lo hace como una descripción de una típica jornada de Jesús: Al atardecer le llevaron enfermos de todo tipo; y él imponiendo las manos sobre a uno, los curaba. De muchos salían demonios que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios. Pero el los reprendía. 

Sea cual sea la interpretación que se haga de las curaciones de enfermos y de las expulsiones de demonios, lo decisivo en estas narraciones es la certeza de fe que tenían las comunidades cristianas que escribieron los evangelios de que con Jesús se hizo realidad la promesa anunciada por los profetas, que colma el anhelo de la humanidad de todos los tiempos: la victoria sobre el mal en todas sus formas, hasta en sus raíces más misteriosas. La gente lo intuyó y por eso lo buscaba con impaciencia para traerle a sus parientes enfermos o aquejados de toda dolencia, aunque incurrieron en la tentación de no verlo más que como un taumaturgo o un curandero extraordinario. Por eso Jesús se negó a representar este papel en Cafarnaúm, así como no pudo hacer ningún milagro en Nazaret porque no encontró fe (Mc 6, 5; Mt 13, 58). Lo que quiere es cumplir la voluntad de su Padre y realizar la misión para la que ha sido ungido por el Espíritu de anunciar la buena noticia del reino de Dios (Lc 4,18.42; Is 61,1; 52,7). Esa misión se muestra en las curaciones de enfermos y en la liberación de toda opresión material y espiritual, pero sólo como anticipo de la salvación plena, que arrancará definitivamente a la humanidad del poder de la muerte. Esta buena noticia no puede detenerse, sino que debe llegar al mundo entero. También a las demás ciudades debo anunciar la buena noticia de Dios porque para eso me ha enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea.

martes, 1 de septiembre de 2026

El endemoniado de la sinagoga (Lc 4, 31-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación del endemoniado, óleo sobre lienzo de Sebastián Bourdon (1653 – 1657), Museo Fabre, Montepellier, Francia

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.
Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”.
Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño.
Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región. 

El combate iniciado en las tentaciones en el desierto se prolonga en la vida de Jesús. Investido del poder de Dios, enfrenta y vence al mal en todas sus formas. Para eso ha sido enviado y para eso ha recibido la unción del Espíritu (Lc 4, 18; Is 61, 1). La creación destruida, la humanidad dividida, el ser humano oprimido, representan en la Biblia el dominio de Satanás, cuyo nombre significa en hebreo “adversario, enemigo, acusador” y en el evangelio de Juan aparece como el “mentiroso”. Derrocado Satán, queda establecido definitivamente el dominio y reinado de Dios. Una nueva era de paz y libertad para todos se abre con Jesús. Éste es el sentido del episodio de la liberación del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaúm, cuadro vivo del poder de la palabra de Jesús sobre las fuerzas del mal que perjudican la vida humana. 

Jesús acudía a la sinagoga los sábados para orar con el pueblo y enseñar. La sinagoga tenía una importancia capital en la vida de los judíos. Desde la destrucción del templo por los babilonios durante el segundo asedio de Nabucodonosor a Jerusalén en 587 a.C., la sinagoga se convirtió en el lugar de la asamblea de oración; en ella los rabinos leían y comentaban la biblia y el pueblo afirmaba su unidad. Esa tradición se ha mantenido a lo largo de los siglos. La presencia habitual de Jesús en la sinagoga demuestra que vivió intensamente la vida de su pueblo. Se mantuvo alejado de los ambientes que frecuentaban los dirigentes políticos y religiosos: la corte de Herodes, el templo de Jerusalén, el Consejo de los ancianos (Sanedrín) y, obviamente, el entorno del procurador romano. No era escriba ni rabino. Se le vio como profeta, cuando ya no había profetas, pero él se decía superior a un profeta (Mt 12,41). Sin embargo, en la sinagoga solía leer y explicar la Escritura y lo hacía de una manera muy particular: hablaba en primera persona (“En verdad, en verdad, yo les digo…”) y acompañaba sus discursos con acciones carismáticas (exorcismos, curaciones, perdón de los pecados). Estaban asombrados de su enseñanza (v. 32), de la autoridad de su palabra, de su gran fuerza de persuasión y prestigio, que provenían de “la fuerza del Espíritu” (cf. Lc 4,14), con el que ha sido “ungido” (Lc 4,18). 

En ese contexto Marcos y Lucas sitúan el encuentro que tuvo Jesús con un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo (es la traducción literal del v. 33). El pasaje, además, es una continuación del anterior, del discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret, en el que describió la obra que el Espíritu le enviaba a realizar. Aquí se describe vívidamente el enfrentamiento entre el Espíritu de Dios, que hace de Jesús el liberador y defensor de la vida humana, y el espíritu del mal que produce el envilecimiento moral de sus víctimas y generalmente se manifiesta como una enfermedad física o psíquica con síntomas violentos como, por ejemplo, mudez (Lc 11,14), escoliosis (Lc 13,11), epilepsia (Lc 9,39), delirio patológico (Lc 8,29). Este último síntoma es el que parece manifestar el endemoniado de la sinagoga, que se puso a gritar a grandes voces como un energúmeno o un fanático alterado. Se siente amenazado ante la presencia de alguien superior contra el que no va a poder y le grita con evidente hostilidad: ¿Qué tienes que ver con nosotros? Reconoce, pues, que no hay ni puede haber ningún interés común con Jesús, ni el más mínimo punto de contacto con su autoridad y con su poder, y por eso su desesperación: ¿Has venido a destruirnos? 

La liberación de espíritus inmundos (cf. Lc 10,19), era una de las grandes expectativas del pueblo judío para el tiempo de la llegada del Mesías. Y eso es lo que se realiza con la llegada de Jesús. El pobre hombre del relato sabe que el espíritu que lo agita no tiene ya nada que hacer frente al Espíritu del que Jesús es portador, que sana los corazones y libera a los oprimidos (Lc 4,18), ni frente a su santidad, que revela su íntima vinculación con Dios, el Santo (Lc 3,22). 

Jesús lo intimó: ¡Cállate! ¡Sal de ese hombre! Su mandato conminatorio manifiesta su autoridad y el poder de su palabra. El pobre desventurado quedó libre de su mal y los testigos del acontecimiento se preguntaban: ¿Qué tendrán las palabras de este hombre? No se asombran del hecho de la curación en sí, aunque es asombroso, sino de su causa, la palabra de Jesús, en la que intuyen el poder de Aquel que es el único capaz de ejercer señorío en todos los campos en donde el mal actúa. Ese mismo asombro lo puede experimentar quien escucha el evangelio y experimenta los cambios liberadores que la palabra del Señor puede realizar en su persona y en su entorno social. Liberado por el anuncio de la buena noticia, puede él también proclamar: Hoy se ha cumplido entre ustedes la Escritura que acaban de oír (Lc 4, 19).

lunes, 31 de agosto de 2026

En la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

El profeta Elías y la viuda de Sarepta, óleo sobre lienzo de Bernardo Strozzi (1630), Museo de Historia del Arte de Viena

Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías.
Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.
Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él.
Y empezó a decirles: «Hoy les llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas».
Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios.
Y decían: «¡Pensar que es el hijo de José!».
Jesús les dijo: «Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaún».
Y Jesús añadió: «Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y un gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio».
Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí.
Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino. 

Jesús se presentó un sábado en la sinagoga de Nazaret y se levantó para hacer la lectura. Le dieron un texto del profeta Isaías y él lo explicó aplicándolo a su propia persona: hizo ver a sus oyentes que él era el Mesías esperado, portador del Espíritu de Dios, que lo había ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos. En estas palabras, Jesús condensa el programa que llevará a la práctica a lo largo de su actividad. La misión que ha recibido de su Padre tiene como opción preferencial hacer posible una vida nueva a los pobres, los cautivos, los oprimidos y todos los que padecen cualquier enfermedad del cuerpo o del alma. Es evidente que, para él, lo que Dios quiere es ayudar al que se encuentra postrado u oprimido. 

La primera comunidad cristiana recibió estas palabras de Jesús como su propio programa: todos ser sintieron llamados a continuar la obra de Jesús que, aunque cambiasen las circunstancias, tenía los mismos contenidos y los mismos destinatarios. El sufrimiento humano, en efecto, recorre toda la historia hasta el final. Como aquellos primeros testigos, también nosotros, que en nuestro bautismo hemos recibido el mismo Espíritu que consagró a Jesús, sentimos que él nos asocia a su misión de llevar y hacer realidad la buena noticia del triunfo del amor salvador de Dios en toda situación humana de dolor. 

Muchos al oír a Jesús en la sinagoga se admiraron de las palabras de gracia que salían de su boca, vieron que en ellas se realizaban las promesas de Dios, proclamadas por los profetas. Pero muy pronto después las cosas cambiaron y, movidos sin duda por sus jefes y por los fariseos, pasaron del entusiasmo inicial al rechazo violento. Las palabras de Jesús dejaron de ser para ellos palabras de gracia, y les resultaron escandalosas. Esta oposición de los nazarenos viene a ser un adelanto del rechazo que Jesús va a sufrir en su actividad pública y que culminará en su condena a muerte. No sólo se resistieron a ver en Jesús el enviado de Dios porque no sólo lo veían como el “hijo de José”, sin ningún poder especial que legitimara su misión, sino que se negaron a creer su anuncio del comienzo de una era nueva porque exigía de todos nuevas actitudes. Se resistieron a cambiar su vida y sus viejas costumbres. 

Jesús se da cuenta de su incredulidad y les recuerda que con su actitud están repitiendo el comportamiento que tuvieron sus antepasados con los profetas Elías y Eliseo. Los de Nazaret pasan entonces de la furia a la violencia y deciden quitarlo de en medio de una forma violenta. Expulsan a Jesús de la comunidad de su pueblo y tratan incluso de despeñarlo, porque lo consideran un blasfemo, pero Jesús logra escapar: se abrió paso entre ellos y se alejaba. Llegará el momento en que las autoridades lo entreguen a los romanos y acabe su vida en la cruz. Pero ese momento acontecerá a su debido tiempo. 

En Jesús se cumplen las Escrituras, se realizan las aspiraciones de todo ser humano. Él nos asegura que ha llegado una etapa nueva en las relaciones de Dios con los hombres,  que reclama por parte de todos un amor nuevo. Pero como los nazarenos, también nosotros en un primer momento podemos acoger esa buena noticia y rechazarla luego porque nos exige cambios importantes y aparecen nuestras resistencias.