miércoles, 11 de febrero de 2026

La nueva moral (Mc 7, 14-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la Sinagoga, óleo sobre lienzo de Nikolay Ge (1868), Galería Tretyakov, Moscú, Rusia

Jesús volvió a llamar a la gente y empezó a decirles: "Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que de fuera entra en la persona puede hacerla impura; lo que hace impura a una persona es lo que sale de ella. El que tenga oídos, que escuche".
Cuando Jesús se apartó de la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron sobre lo que había dicho.
Él les respondió: "¿También ustedes están cerrados? ¿No comprenden que nada de lo que entra de fuera en una persona puede hacerla impura? Pues no entra en el corazón, sino que va al estómago primero y después al basural". Así Jesús declaraba que todos los alimentos son puros.
Y luego continuó: "Lo que hace impura a la persona es lo que ha salido de su propio corazón. Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona". 

Continúa la polémica de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la verdadera piedad. Los escribas y maestros de la ley, que normalmente residían en Jerusalén, ejercían una función de inspectores en las provincias y pueblos. Incluso es probable que los fariseos de Galilea los llamaran en su ayuda para rebatir a Jesús y frenar el movimiento que se estaba armando en torno a él entre la gente más sencilla de la región. Uno de los asuntos que fariseos y maestros de la ley más controlaban era el cumplimiento de las normas y tradiciones referentes a la purificación de las personas y de las cosas. 

Tales prescripciones judías nos pueden resultar incomprensibles, pero existían en casi todas las religiones. Los primeros que tenían que cumplirlas eran los sacerdotes porque estaban situados en un nivel superior al de los fieles y debían evitar todo aquello que pudiera indisponerlos con la divinidad y volver ilícitas o inválidas las acciones sagradas que ellos realizaban. Así, a partir de estas normas del Antiguo Testamento (sobre todo del libro del Levítico) se fue estableciendo la división entre hombres puros e impuros, objetos santos y profanos, y la religión fue reduciéndose a un conjunto de prácticas y acciones administradas por los consagrados. Es cierto que la pureza que se obtenía mediante los lavados de purificación y expiación simbolizaba la integridad de la conciencia, pero los profetas se vieron obligados a denunciar la tendencia a reducirlo todo a la exterioridad de los ritos. 

Jesús hace ver que lo más importante es la interioridad, el corazón, sede de los afectos y de los sentimientos, en donde reside la sinceridad y la autenticidad de la persona, y de donde salen también las malas acciones, inclinaciones y deseos. Por eso declara: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro. 

El cristiano sabe, por tanto, que el encuentro con Dios es, primeramente y sobre todo, un acontecimiento interior liberador, que exige ser aceptado en la profundidad de la persona y no en la exterioridad de la pura apariencia. Lo importante para Dios no son las acciones religiosas que se realizan por tradición o costumbre, ni las normas morales que se cumplen como imposiciones externas y no desde convicciones profundas del corazón. San Pablo en la carta a los Romanos nos da esta norma segura de actuación: Les pido, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus vidas como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser su auténtico culto. No se acomoden a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, y así discernirán cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,1-2). 

Una vida regida por los valores de Cristo y no por los del mundo, esa es la religión genuina, viene a decir San Pablo. Más aún, en la entrega de sí mismo a Dios y a los hermanos realiza el cristiano el sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es el culto verdadero. Sin esta actitud, la celebración de los sacramentos es inauténtica, una pura ceremonia. 

Por eso, para superar este riesgo el cristiano va a la eucaristía y después procura llevar a la práctica lo que en ella escucha, recibe y celebra. En la comunión, signo de reconciliación y de unión fraterna, se hace vida el mandamiento del amor que Jesús estableció justamente cuando instituyó el sacramento de su presencia viva entre nosotros. Se comulga en el pan único y compartido y se recibe la acción del Espíritu Santo que, al santificar nuestras ofrendas de pan y vino, nos santifica también a nosotros para formar, en Cristo, un solo cuerpo y un solo espíritu.

martes, 10 de febrero de 2026

Doctrina de lo puro e impuro (Mc 7, 1-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Fariseos cuestionando a Jesús, acuarela opaca sobre grafito en papel liso gris de James Tissot (1886 – 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Los fariseos se juntaron en torno a Jesús, y con ellos había algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén. Esta gente se fijó en que algunos de los discípulos de Jesús tomaban su comida con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado antes. Porque los fariseos, al igual que el resto de los judíos, están aferrados a la tradición de sus mayores, y no comen nunca sin haberse lavado cuidadosamente las manos. Tampoco comen nada al volver del mercado sin antes cumplir con estas purificaciones. Y son muchas las tradiciones que deben observar, como la purificación de vasos, jarras y bandejas. Por eso los fariseos y maestros de la Ley le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los ancianos, sino que comen con manos impuras?".
Jesús les contestó: "Qué bien salvan ustedes las apariencias! Con justa razón profetizó de ustedes Isaías cuando escribía: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres. Ustedes descuidan el mandamiento de Dios por aferrarse a tradiciones de hombres".
Y Jesús añadió: "Ustedes dejan tranquilamente a un lado el mandato de Dios para imponer su propia tradición. Así, por ejemplo, Moisés dijo: "Cumple tus deberes con tu padre y con tu madre", y también: "El que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte". En cambio, según ustedes, alguien puede decir a su padre o a su madre: "Lo que podías esperar de mí es "consagrado", ya lo tengo reservado para el Templo". Y ustedes ya no dejan que esa persona ayude a sus padres. De este modo anulan la Palabra de Dios con una tradición que se transmiten, pero que es de ustedes. Y ustedes hacen además otras muchas cosas parecidas a éstas".
 

El texto evangélico de hoy presenta una de las polémicas de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la auténtica religión. El pueblo judío, como casi todos los pueblos de la tierra, incurría en la tendencia a reducir la religión a los ritos, ceremonias y prácticas exteriores, con las que se creía poder contentar a Dios, pero sin animarse a darle lo que él más quiere: el propio corazón. Los fariseos, grupo muy influyente, y los letrados de Jerusalén, “maestros de la ley”, eran los que interpretaban lo puro e impuro, lo lícito o lo ilícito, conforme a una serie de normas extraídas sobre todo del libro del Levítico (caps. 11-15). Estos fanáticos defensores de la ley habían transformado la religión en una moral de preceptos menudos que pervertía los mandamientos dados por Dios a Moisés, y llegaba a reglamentar las tareas más simples y ordinarias de la vida doméstica como el lavarse las manos o purificar vasos, jarros y bandejas. Siempre el culto (liturgia) y las prácticas escrupulosas de la moral han servido de pantalla para escamotear las verdaderas exigencias de la fe. 

En el Antiguo Testamento abundan las advertencias de los profetas contra esta pretensión humana de manipular lo divino y reducir la religión a normas externas y ceremonias sin práctica de la justicia. Es verdad que la pureza exigida en el Levítico para la celebración del culto podía ser símbolo de la pureza moral, pero casi siempre la exigencia de la pureza se reducía a lo externo. Por eso Jesús no duda en criticar la hipocresía de los fariseos, que se presentan como hombres piadosos, fieles cumplidores de los deberes religiosos, pero viven pendientes de obras de escaso valor, creyendo que con ello agradan a Dios. A ellos les dirige las palabras de Isaías: Así dice el Señor: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, pura rutina (Is 29, 13). 

Jesús mantiene y profundiza el espíritu de la Ley, pero aboga por una pureza interior, que se manifiesta en una vida conformada por entero con la voluntad de Dios. Declara que es una hipocresía la religiosidad basada en puras normas y tradiciones (cf. Mt 6, 7), inventadas por los hombres, que no pueden estar por encima del amor a Dios y a los prójimos. Por eso denuncia: Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, y siguen las tradiciones de los hombres. 

Un ejemplo evidente de este mal proceder lo ve Jesús en la supresión del mandamiento de honrar padre y madre por la práctica del corbán (ofrenda sagrada), sobre la cual hace caer la maldición divina. El corbán era un juramento en virtud del cual el judío podía declarar que sus bienes o parte de ellos quedaban destinados a ser ofrenda para el sostenimiento del templo y, por ello, ya no podía usarlos para atender las necesidades de sus padres, por muy necesitados que estuvieran, aunque él sí podía seguir usándolos hasta su propia muerte si así lo deseaba. Así, pues, como esa destinación piadosa de los bienes podía no concretarse, la norma del corbán se convertía en la práctica en una ficción, de la que se valían quienes querían vengarse de sus padres o desentenderse de sus necesidades. Los fariseos defendían este juramento aun sabiendo que significaba poner totalmente de lado el mandamiento dado por Dios. Para ellos, lo relativo al culto y al templo estaba por encima de las obligaciones del amor a los padres. Para Jesús, amor a Dios y amor al prójimo son indisociables; no se dan el uno sin el otro. Por eso, se pervierte la Palabra de Dios si se la interpreta contra el amor. 

La nueva ley que Cristo escribe e imprime en nuestros corazones por el Espíritu Santo, consiste en amar a los demás como él nos ha amado, privilegiando a los pobres y a los humildes. En esto consiste la «religión pura y sin mancha a los ojos de Dios nuestro Padre», dice el apóstol Santiago (Sant 1,27). Y San Juan es enfático al afirmar que la ley del amor constituye el criterio de verificación de nuestro amor a Dios: ¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano a quien ves? (cf. 1 Jn 4,20).

Sumario de la actividad de Jesús (Mc 6, 53-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la piscina de Bethesda, óleo sobre lienzo de Artus Wolffort (primera mitad del siglo XVII), colección privada. Vendida por Christie’s Londres en 2008

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret. Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos. A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados. 

Los discípulos no habían reconocido a Jesús cuando remaban desesperados en medio del lago y creyeron que era un “fantasma” –no habían comprendido “lo de los panes”, símbolo con el qué quiso identificarse y expresar lo que hace por nosotros (vv 49-52). Aquí, en cambio, la gente sencilla sí lo reconoce y corre a su encuentro. Han oído que libra de enfermedades, que da a comer su pan. Son pobres y enfermos, agobiados por algún mal físico o moral. 

Con esta “multitud” Jesús inicia el nuevo pueblo. Donde aparece la debilidad, representada en la afluencia de pobres y necesitados que esperan su salvación, nace la vida nueva de la comunidad cristiana. La Iglesia es comunidad de débiles y pecadores. En ella nos liberamos de nuestras miserias, miedos y desconfianzas. 

Querían tocarlo, dice el texto. Sus manos expresan lo que desean alcanzar de él. Todos llevan consigo una expectativa y saben que él los atenderá. Su confianza los mueve a “tocar” para comunicarle a Jesús lo que quieren de él y sentirse a la vez tocados por él y por su poder que libera. Es la fe de la hemorroísa que tocó el borde de su manto y quedó “salvada”, como le dijo Jesús: Hija tu fe te ha salvado. Es la fe de nuestro pueblo sencillo que siempre quiere tocar las imágenes ante las cuales ora: tocar, experimentar, sentir el misterio. La fe es eso: una experiencia vivencial de estar con alguien. 

Esto ocurre en nosotros. No podemos tocar físicamente, pero sí en la fe. Por ella nos adherimos a Cristo resucitado, sentimos su poder. En la Eucaristía tocamos su cuerpo; él nos congrega, alimenta y sana; nos hace comunidad abierta a los que sufren, y nos envía a repetir sus gestos, que brotan de su misericordia y son los signos del reino de Dios entre nosotros.

domingo, 8 de febrero de 2026

Domingo V del Tiempo Ordinario - Sal y luz del mundo (Mt 5, 13-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Mañana de Pascua, óleo sobre lienzo de Caspar David Friedrich (1820 – 1835), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid, España

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente.
Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.
Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos. 

Con estas imágenes tomadas de la vida diaria Jesús no da un mandato ni propone un programa de acción; lo que hace es describir lo que deben ser sus discípulos: deben ser sal en el mundo en que viven y luz para las personas con quienes tratan. 

La sal sazona los alimentos y los preserva de la corrupción. Además, en la cultura judía del tiempo de Jesús, la sal era símbolo de sabiduría, amistad y disponibilidad para el sacrificio. Dirigidas a nosotros, estas palabras de Jesús nos dicen que debemos mostrar el sabor de los valores del evangelio y la perseverancia en el buen obrar. Y hemos de ser sal de la tierra porque nuestra fe en Cristo le da sentido no solamente a nuestra vida personal, sino a las relaciones en sociedad. Somos sal de la tierra si transmitimos y defendemos los valores del evangelio, y procuramos mantener en el mundo las inquietudes por la justicia verdadera, luchando contra todo lo que hace que nuestra sociedad se corrompa y se degrade. 

Volverse insípido, en cambio, es perder el sabor de Cristo, incurrir en la tibieza, dejar que se enfríe el amor, perder mística, pasión, anhelo de entrega. Es una tentación en la que todos podemos incurrir, porque somos continuamente afectados por otros modos de pensar, otros sabores, y por ello debemos estar vigilantes. 

Ustedes son la luz del mundo, dice también Jesús. Él es la Luz. Y lo afirmó: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la vida (Jn 18). Él es quien ilumina, nosotros recibimos de su luz y damos luz. La identidad cristiana cuando está asimilada se deja ver, se trasluce, resalta. Pero también aquí se da una contraposición: porque el mundo tiene otras luces que encandilan y fascinan con sus propuestas de felicidad engañosa o efímera. La luz verdadera que hemos de transmitir, la describe el profeta Isaías en términos muy concretos: Aleja de ti toda opresión, deja de acusar con el dedo y levantar calumnias. Reparte tu pan al hambriento y sacia al que desfallece. Entonces brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía; entonces te dirigirás a Dios y Dios te hará sentir su presencia, te responderá: “Aquí estoy” (Is 58). 

No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de una montaña, continúa el texto. Jesús se refiere a la comunidad de los que lo siguen, a la Iglesia. Está en lo alto, todos la ven, todos se fijan en lo que en ella ocurre. De ahí brota nuestra responsabilidad porque somos ciudadanos de esa ciudad y lo que yo haga o deje de hacer –más aún si desempeño en ella una función especial– eso beneficia o perjudica a la Iglesia. 

Inspirado en el evangelio, el Papa Francisco no deja de advertir a todos –obispos, sacerdotes, laicos– que la Iglesia debe dejar de estar encerrada en sí misma, incapaz de dar al mundo de hoy el sabor de la sal y la luz del Evangelio. Suele decir: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. Exhorta a los fieles a no quedarse “tranquilos en espera pasiva en los templos”. Y nos invita a buscar las “fronteras”, los espacios humanos en los que se libra la batalla entre la fe y la increencia, la abundancia y la pobreza, el bienestar y el sufrimiento, convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas” y cultivar una “cultura del encuentro” entre las diversas culturas, las diversas maneras de pensar y las diversas capas sociales. 

Procurar que la Iglesia brille como “ciudad sobre el monte” no significa pretender el brillo y esplendor de una nación que se confronta con otras, o de una empresa que compite con otras, o de una asociación que se enorgullece por reclutar el mayor número de socios. El mismo Jesús que mueve a hacer brillar la luz, nos advierte: Cuidado con practicar las buenas obras para ser vistos por la gente…, no vayas pregonándolo como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los alaben los hombres (Mt 6, 1-2). Por consiguiente, la única gloria que la Iglesia debe procurar es la gloria de Dios, que en el evangelio aparece asociada a la obra de Jesús en favor de los enfermos, de los pobres, de los pecadores, y es contraria a la de los hipócritas que obran para ser vistos.