sábado, 30 de mayo de 2026

Controversia con las autoridades judías (Mc 11, 27-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

El gran sanedrín en sesión, grabado publicado en la Enciclopedia Británica, siglo XIX

Volvieron a Jerusalén, y mientras Jesús estaba caminando por el Templo, se le acercaron los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y las autoridades judías, y le preguntaron: «¿Con qué derecho has actuado de esa forma? ¿Quién te ha autorizado a hacer lo que haces?».
Jesús les contestó: «Les voy a hacer yo a ustedes una sola pregunta, y si me contestan, les diré con qué derecho hago lo que hago. Háblenme del bautismo de Juan. Este asunto ¿venía de Dios o era cosa de los hombres?».
Ellos comentaron entre sí: «Si decimos que este asunto era obra de Dios, nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creyeron?». Pero tampoco podían decir delante del pueblo que era cosa de hombres, porque todos consideraban a Juan como un profeta. Por eso respondieron a Jesús: «No lo sabemos».
Y Jesús les contestó: «Entonces tampoco yo les diré con qué autoridad hago estas cosas». 

La estadía de Jesús en Jerusalén está cargada de enfrentamientos y polémicas con los dirigentes judíos. Sus adversarios se ubican en el templo, lugar santo que ellos han convertido en lugar de comercio y de ejercicio de una autoridad abusiva. Forman tres grupos, sobre los cuales el evangelista Marcos hará caer la mayor responsabilidad en la muerte de Jesús: los sumos sacerdotes, los escribas o doctores de la ley y los ancianos. Los tres grupos constituyen el Sanedrín, asamblea suprema de la nación judía. Los primeros son los jefes del templo, los escribas son juristas y guías del pueblo y los ancianos son personas respetables que participan por derecho del Sanedrín. 

En varias ocasiones, directamente o por medio de enviados suyos, han interpelado a Jesús, sobre lo que enseña al pueblo y las acciones que hace; les irrita el modo como maneja las traiciones antiguas y que se atreva a violar el descanso del sábado por atender las necesidades de la gente, sobre todo de los enfermos. En esta ocasión lo interpelan sobre su autoridad, le exigen que acredite quién le ha nombrado para las funciones que desempeña, que muestre, por así decir, sus credenciales. 

Es muy probable que lo que más ira les ha causado sea la expulsión de los mercaderes del templo que Jesús ha realizado poco antes. Fue una acción profética, simbólica. Con ella Jesús purificó el templo y lo declaró casa de oración abierta a todos. Al hacerlo, se puso en la línea de los grandes profetas Amós, Miqueas, Jeremías, que criticaron la religiosidad de su tiempo, fueron hostigados por sus representantes oficiales y dieron su vida por la verdadera religión. Pero además los sumos sacerdotes se enardecen contra Jesús porque desenmascara el comercio que mantienen en el templo con la venta de los animales para los sacrificio y el pago de impuestos para el santuario. 

¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?, le preguntan. Jesús les responde con otra pregunta, como solían hacer los rabinos en sus discusiones, y deja al descubierto la mala intención de sus interlocutores. Los pone en un aprieto. El bautismo de Juan ¿era del cielo?, respóndanme. Al no querer responder, quedan obligados a admitir la santidad del bautismo de Juan y a tener que reconocer igualmente que la obra de Jesús es de origen divino. Han sido más que suficientes las enseñanzas que él ha impartido y los signos que ha realizado para darse cuenta de su identidad de enviado; pero el reconocimiento de esta identidad implica un grave riesgo para ellos pues les desestabiliza su seguridad, el poder que detentan y las riquezas que han acumulado. 

En suma, Jesús desinstala, quien reconoce a Jesús como lo que es, enviado del Padre, sabe que su vida debe cambiar y, sobre todo, debe despojarse de sus falsas seguridades e intereses personales ilícitos y no intentar defenderse con la respuesta de los jefes judíos: No sabemos…Ocurre así muchas veces cuando no se está dispuesto a arriesgar la posición o ganancia lograda para mantener los valores en los que se cree. La raíz de toda incredulidad práctica está en el miedo al riesgo y a las consecuencias que puede traer una conducta honesta. Creer es vivir con transparencia y rectitud.

viernes, 29 de mayo de 2026

La higuera seca y la purificación del templo (Mc 11, 11-26)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús expulsa a los mercaderes del templo, acuarela de Ivanov Alexander Andreyevich (1824), galería Tretyakov, Moscú, Rusia

Después de haber sido aclamado por la multitud, Jesús entró en Jerusalén, fue al templo y miró todo lo que en él sucedía; pero como ya era tarde, se marchó a Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, sintió hambre. Viendo a lo lejos una higuera con hojas, Jesús se acercó a ver si encontraba higos; pero al llegar, sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces le dijo a la higuera: "Que nunca jamás coma nadie frutos de ti". Y sus discípulos lo estaban oyendo.
Cuando llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a arrojar de ahí a los que vendían y compraban; volcó las mesas de los cambiaban el dinero y los puestos de los que vendían palomas; y no dejaba que nadie cruzara por el templo cargando cosas. Luego se puso a enseñar a la gente, diciéndoles: "¿Acaso no está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".
Los sumos sacerdotes y los escribas se enteraron de esto y buscaban la forma de matarlo; pero le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de sus enseñanzas. Cuando atardeció, Jesús y los suyos salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, cuando pasaban junto a la higuera, vieron que estaba seca hasta la raíz. Pedro cayó en la cuenta y le dijo a Jesús: "Maestro, mira: la higuera que maldijiste se secó".
Jesús les dijo entonces: "Tengan fe en Dios, les aseguro que si uno dice a ese monte: ‘Quítate de ahí y arrójate al mar’, sin duda en su corazón y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: Cualquier cosa que pidan en la oración, crean ustedes que ya se la han concedido, y la obtendrán. Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también el Padre, que está en el cielo, les perdone a ustedes sus ofensas; porque si ustedes no perdonan, tampoco el Padre, que está en el cielo, les perdonará a ustedes sus ofensas". 

El episodio de la higuera estéril y el de la purificación del templo aparecen unidos en el evangelio de Marcos. La razón es que el templo material daba al judío la falsa seguridad de su salvación. Se llenaban de orgullo exclamando: ¡Ah, el templo del Señor! ¡Ah, el templo del Señor! Les gustaba celebrar en él ceremonias solemnes y sacrificios costosos, pero al mismo tiempo se lo profanaba con toda clase de injusticias y se llevaba una vida de espaldas a los valores que en el templo se proclamaban. Por esta razón, esa religiosidad centrada en el templo no ha dado frutos, es la hojarasca engañosa de la higuera que esconde su esterilidad. 

Jesús recurre a una acción simbólica que lo presenta como el Mesías-Rey que juzga. La higuera que es Israel y el judaísmo oficial no ofrecen los frutos deseados y engañan a la gente, por eso merecen la condena de Jesús. 

Al día siguiente, los discípulos vieron que la higuera se había secado. Jesús aprovecha la ocasión para instruirlos sobre la fe verdadera, que se expresa en la oración auténtica y el perdón, frutos que estaban ausentes en la religiosidad de Israel. Es la razón por la que Jesús, haciendo uso de su autoridad mesiánica realiza a continuación, según Marcos, el gesto simbólico de purificar el templo y el culto: Mi casa es casa de oración para todos los pueblos. Ustedes sin embargo la han convertido en cueva de ladrones. 

Juan (2, 13-22) sitúa el episodio al comienzo, en una fiesta de pascua. Es más prolijo en detalles descriptivos. Habla del látigo que hace Jesús y del trato que da a unos vendedores y a otros. Y, sobre todo, incluye la profecía: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré de nuevo. 

Sea como fuere, no es un simple arrebato de ira. Jesús adopta la actitud valiente de los profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la verdadera religión. Su conciencia crítica lo lleva a denunciar aquella perversión insoportable que consiste en usar a Dios para lucrar y oprimir. Por eso, el templo es vez de reflejar la gloria de Dios, se ha convertido en una cueva en la que se rinde culto a Mammon, el dios del dinero, que sustituye a Dios. Por eso Jesús tiene que purificarlo y llenarlo de la gloria que resplandece en su persona y en su palabra. Así aparece Jesús como el verdadero templo del Dios-con-nosotros, que hace entrar en comunión con Dios. 

Sólo después de la resurrección los discípulos llegarán a entender que el templo de piedra podía caer (como de hecho cayó el año 70), pero que el cuerpo de Cristo, destruido en la cruz, pero resucitado y levantado por Dios, es el templo nuevo en el que habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). Cristo resucitado es el lugar definitivo de la presencia de Dios en su pueblo, santuario de la auténtica adoración en espíritu y en verdad (Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”. 

La actuación de Jesús en el templo será la causa de su muerte. Su palabra acerca de la destrucción del templo será el motivo de su condena. Jesús es perseguido por los poderosos. Pero a diferencia de los poderosos, el pueblo sencillo le escucha. Quien escucha la Palabra y la pone en práctica, se convierte en piedra vida del nuevo templo. San Pedro dirá: Ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. Y la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios (Rom 12,1-3). El simbolismo de la higuera vale, pues, también para nosotros: el mundo es la viña del Señor y cada uno de nosotros una higuera, destinada a dar fruto.

jueves, 28 de mayo de 2026

Padre, aleja de mí este cáliz (Mt 26, 36-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

La oración en el huerto, óleo sobre lienzo de Bernardo Bitti SJ (1596 – 1598), Museo de Antropología, Arqueología e Historia, Lima, Perú

Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.»
Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos».
Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú».
Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad». 

La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos debió significar para los primeros cristianos uno de los episodios más difíciles de comprender y de aceptar de la vida de Jesús. Si lo consignaron en los evangelios esto es una prueba más de la credibilidad que merecen sus autores, pues obraron con absoluta honestidad, consignando todo el contenido del mensaje que recogieron de los primeros testigos, sin deformarlo ni reducirlo. 

Si al relato de Getsemaní se unen otros textos del Nuevo Testimonio como el de Juan: Ahora mi alma está turbada, ¿y qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo, pues precisamente para esta hora he venido (Jn 12,26), y el de Hebreos: El mismo Cristo en los días de su vida mortal, presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado en atención a su actitud reverente (Hebr 5,7), se puede concluir que el episodio de Getsemaní es histórico, testimoniado por diversas fuentes, y que ciertamente hubo un momento en la vida de Jesús en que, consciente del drama que le esperaba, pidió a Dios que lo librara. La humanidad de Jesús se estremece ante la muerte. El amor a la vida, connatural a la naturaleza humana, le hace reaccionar violentamente contra la muerte. Pero por encima de esto, obra en él la absoluta confianza que ha puesto en su Padre, y resuelve el trance con su obediencia filial a la voluntad de quien lo ha enviado al mundo para mostrar un amor que no se detiene ni ante la muerte para salvar a todos sus hijos e hijas. 

La pasión y muerte no fueron para Jesús un destino inexorable, frente al cual no le cabía otra salida que la resignación pasiva y desesperada. Jesús opta y se mantiene fiel al camino que ha seguido de demostrar al mundo que el amor es capaz de convertir la maldad en perdón, reconciliación y vida. Optó por seguir amando con el mayor amor que consiste en dar la vida por quienes ama, es decir, por todos, incluidos aquellos que, guiados por Judas, se acercan ya con espadas y palos a prenderlo. 

La Iglesia contempla a su Señor en agonía, en combate interior, lleno de tristeza y angustia. También a ella como institución y al cristiano particular les toca tener que beber el cáliz amargo de pruebas y persecuciones, incomprensiones y rechazos. El ejemplo del Señor del Huerto los fortalecerá. Hay que velar con él y orar. La oración confiada y la vigilancia atenta son el camino para superar la crisis. Velen y oren para que puedan afrontar la prueba. 

Esto es sin duda lo más importante en el relato de la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. La intención del evangelista Mateo al redactarlo no fue inducirnos a reflexionar  conceptualmente sobre la crisis humana que Jesus vivió allí, sino iluminar los momentos oscuros que aguardan al creyente y a la comunidad cristiana. Como preparación para ellos, el evangelio nos mueve a la empatía con Cristo, mediante el recogimiento y la meditación, que hacen posible la apropiación de los sentimientos y actitudes que él demuestra. Sólo así el evangelio conmueve, despierta, fortalece, cuando lo leemos como la palabra viva de alguien que está a nuestro lado y nos mueve a reconocer –como decía San Bernardo en sus meditaciones sobre la pasión- , «¡Cuántas veces te vuelves a nosotros y nos encuentras durmiendo».

miércoles, 27 de mayo de 2026

La autoridad como servicio (Mc 10, 35-45)

 P. Carlos Cardó SJ 

Llamada a los hijos de Zebedeo, óleo sobre tabla de Marco Baisati (1510), Academia de Bellas Artes de Venecia, Italia

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: "Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir".
Él les respondió: "¿Qué quieren que haga por ustedes?".
Ellos le dijeron: "Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria".
Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?".
"Podemos", le respondieron.
Entonces Jesús agregó: "Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados"
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos.
Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud". 

La búsqueda de poder se dio entre los discípulos de Jesús, fue también causa de división en la primera comunidad cristiana –concretamente en aquella a la que Marcos escribe su evangelio-, y sigue siendo una contradicción dentro de la Iglesia y en la vida de los cristianos. 

Al igual que la riqueza, el poder es algo a lo que toda persona aspira. De hecho, tarde o temprano todos debemos ejercer alguna forma de poder, en la medida en que nos toca cumplir alguna función de autoridad, dirigir a otros, tomar decisiones, ya sea en el gobierno político, en la empresa, en la escuela, en la familia o en cualquier organización a la que pertenezcamos. Pero sabemos que hay una forma de ejercer el poder según los valores del mundo y otra conforme a los del evangelio, de la que Jesús da ejemplo en su vida y nos enseña con su palabra. 

Se puede decir que el tema del poder acompañó a Jesús a lo largo de su vida. Ya al comienzo de su actividad el diablo lo tentó, ofreciéndole una forma de poder y de dominio sobre las naciones, que correspondía a un modelo de mesías opuesto a los planes de Dios. Jesús pudo situarse en las esferas del poder, pudo pertenecer a algún partido (saduceos, fariseos, celotas, esenios), formar parte de algún círculo de sabios (escribas, doctores, fariseos), o vincularse con los dirigentes religiosos y políticos (los romanos, la corte de Herodes, los sumos sacerdotes saduceos), sin embargo, optó por mantenerse al margen de los poderosos, que defraudaban y oprimían a la gente, transmitían falsas imágenes de Dios y se enriquecían con la religión. Prefirió por el contrario vivir intensamente la vida del pueblo, mostrarse solidario con los humildes y excluidos (Mt 11,19 par), y gastar su vida atendiendo las necesidades de los demás. Para formar la comunidad que habría de continuar su obra, no escogió a personas influyentes sino a simples aldeanos, artesanos, pescadores y a un grupo de mujeres generosas. Ellos fueron para él su verdadera familia (3,31-35) y a ellos les reveló los misterios del reino de Dios (4, 11). Estos mismos discípulos van a intentar repetidas veces moverle a emplear los medios del poder para realizar su obra: esperaban de él que fuera un mesías político, lo quisieron hacer rey, le propusieron emplear la fuerza y la violencia para instaurar el reino de Dios. Pero él los corrigió resueltamente y los exhortó más bien a seguir su ejemplo de entrega y servicio porque el Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. En estas palabras que identifican su modo de ser y proceder encuentra el cristiano la razón de fondo que le mueve a concebir la vida como servicio, como don recíproco de vida entre hermanos. 

Esto no lo entendieron entonces Santiago y Juan, hijos de Zebedeo: no querían ir detrás como los discípulos que siguen a su Maestro, sino ir delante, ocupando los puestos más importantes. Como Pedro, no pensaban como Dios, sino como los hombres. 

Jesús entonces les tiene que enseñar en qué consiste la verdadera grandeza a la que hay que aspirar. ¿Pueden beber el cáliz de amargura que yo voy a beber o pasar por el bautismo por el que yo voy a pasar?, les pregunta. Beber el cáliz significa unirse a él hasta participar de su mismo destino, en un servicio a los demás hasta la muerte. El bautismo por el que tiene que pasar significa hundirse en el abismo de los sufrimientos y muerte de sus hermanos hasta dar la vida por ellos. Esa es la pasión con que Jesús ama, la pasión que quiere asumir resueltamente como quien bebe una copa hasta las heces, como quien es capaz de decir: ¡Tengo que pasar por este bautismo y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! (Lc 12,50). Me encuentro profundamente angustiado; pero ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. (Jn 11,27). 

Los otros discípulos, al ver el proceder de Juan y Santiago, se molestan pues tienen las mismas ambiciones. Jesús, entonces, aprovecha la ocasión para ahondar en su enseñanza. Les hace ver lo que suele suceder en las naciones: cómo los que las gobiernan tienden a someter al pueblo y a ejercer su poder como un dominio opresor. Y concluye: ¡No debe ser así entre ustedes! Honores, prestigio, poder, que se obtienen oprimiendo a la gente, son lo más contradictorio que puede haber con el evangelio. Estas palabras valen para todos y la Iglesia no puede dejar de confrontarse con ellas si no quiere actuar –en sus instituciones, en sus representantes y en los cristianos comunes- como se actúa en cualquier institución mundana. 

Está, pues, la jerarquía de valores del mundo y la de Jesús, dos maneras de pensar inconciliables entre sí. En la jerarquía de valores de Jesús, el primado lo tiene el amor desinteresado, libre y generoso, que saca de nosotros lo mejor para enriquecer a los hermanos y servir, como Jesús, hasta dar la vida si fuere menester. Sólo por esta vía encuentra la persona humana la verdad de su ser y la verdad de Dios, como Jesús nos lo ha revelado. Sólo así la persona se relaciona con Dios por medio de la fe verdadera que se demuestra amando.