sábado, 23 de mayo de 2026

Destino del discípulo (Jn 21, 20-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

Discípulos Pedro y Juan ante la tumba de Jesús, óleo sobre lienzo de Henry Osawa Tanner (1900 aprox.), Instituto de Arte de Chicago, Estados Unidos

Pedro miró atrás y vio que lo seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: "Señor, quién es el que te va a entregar?".
Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: "¿Y qué va a ser de éste?".
Jesús le contestó: "Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme".
Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: "Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?".
Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.
Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros. 

Después del diálogo de Jesús Resucitado con Pedro, en el que le ha ratificado en la misión de apacentar su rebaño, aparece en escena el discípulo a quien tanto quería. Lo que sigue va a ser una constatación de que en la comunidad eclesial hay distintas formas de seguimiento de Jesús y distintas funciones y carismas que deben coexistir en armonía. Pedro representa a la iglesia jerárquica, el discípulo amado simboliza a los cristianos que, mediante el trato personal con el Señor y la entrega a los demás, testimonian hasta el fin de los siglos el amor salvador con que Dios nos ha amado en su Hijo. 

Pedro miró alrededor y vio que, detrás de ellos, venía el otro discípulo al que Jesús tanto amaba. Su triple confesión de amor, que ha anulado su triple negación y ha hecho posible que el Señor le confiera la misión de pastorear a su rebaño, ha concluido con la orden: Sígueme. Se ha abierto para él un futuro nuevo, el inicio de un auténtico seguimiento de Jesús, que le ha de llevar hasta la aceptación de su mismo destino de cruz. Pedro mira alrededor y ve que el discípulo a quien Jesús tanto quería, viene siguiendo, porque él nunca ha dejado de seguir al Señor. Advierte entonces la importancia que tiene este discípulo: no ejerce un cargo de autoridad, pero sí testimonia un hondo conocimiento de Jesús y un profundo amor a su persona y a su obra. Es el discípulo que, durante la cena, apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús, el que estuvo con la Madre al pie de la cruz y miró al que atravesaron (19,35). Este discípulo tiene la capacidad de escuchar al Señor y de reconocerlo allí donde no es reconocido por los demás, como hizo en la barca cuando dijo a Pedro: Es el Señor. Él representa a la comunidad donde se gestó y escribió el cuarto evangelio (21, 24) y personifica al mismo tiempo al auténtico seguidor de Cristo, que, porque haber sido amado primero (13,23; cf. 1 Jn 4,19) tiene un gran amor al Señor y ama a los demás con el amor con que Cristo los amó. 

La condición de este discípulo, llevada al nivel de lo emblemático, nunca tendrá que faltar en la Iglesia. Las palabras de Jesús a Pedro: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme, no se refieren a la vida temporal que iba a tener el autor del cuarto evangelio, sino al amor que ha de mostrarse en la comunidad como prueba y testimonio de que, con la entrega de Jesús en la cruz y su resurrección, el amor salvador de Dios ha vencido al pecado y a la muerte. Cristo Resucitado sigue actuando en su Iglesia a través del servicio que Pedro, como vicario suyo, debe ejercer; pero actúa también en el servicio del discípulo, cuya intimidad con él le mueve a actuar con aquel amor que es el testimonio más creíble de la salvación que Dios ofrece. 

Queda claro, pues, que lo más importante en la Iglesia es la demostración del amor en todos los servicios, funciones y misiones que en ella se ejerzan. Eso es lo que nunca puede faltar, lo que debe permanecer. Especialmente usado y valorado por Juan, el verbo permanecer, y su sinónimo habitar, recuerdan a la Iglesia que lo decisivo para poder dar fruto es la unión con Cristo y con los hermanos. Ese es el “espacio” donde debe permanecer. Por su parte el creyente recuerda también que el vínculo personal con el Señor es fundamental, cualquiera que sea el camino que debe recorrer y afrontar en su seguimiento. Pero en definitiva uno solo es el camino, el del amor que sostiene el aliento del discípulo a lo largo de la historia: ¡Ven, Señor, Jesús! Ven a dar cumplimiento a la unión perfecta que esperamos, para que seas uno en nosotros como el Padre y tú son uno.

viernes, 22 de mayo de 2026

Diálogo del Resucitado con Pedro (Jn 21, 15-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Pedro arrepentido, óleo sobre lienzo de Claude Vignon (siglo XVII), colección privada, Alemania

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?".
Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero".
Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".
Por segunda vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?".
Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero".
Jesús le dijo: "Pastorea mis ovejas".
Por tercera vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?".
Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: "Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero".
Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras".
Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: "Sígueme". 

La comida que Jesús resucitado ofrece a los apóstoles después de la pesca alude a la eucaristía por la forma como está narrada. Participar en la eucaristía implica el compromiso de asimilarse a la vida y a la muerte del Señor que en ella se nos hace actual. Es el sentido del diálogo con Pedro que sigue a continuación. 

Tomando aparte a Pedro le dice: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? El llamarlo con el nombre con que lo conoció, y que después cambió por Cefas, traería a la mente del apóstol el recuerdo de todo lo vivido desde entonces con Jesús. Ha querido siempre ser el primero. Ahora Jesús quiere hacerle caer en la cuenta que la única forma de ser el primero es demostrar el mayor amor. Pero Pedro no puede afirmarlo después de haber negado al Señor. Por eso, sin compararse, se limita a expresar su cariño de amigo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Ha aprendido, además, que el amor a Jesús se demuestra, no con declaraciones de fidelidad, sino haciéndose disponible a servir como él hasta dar la vida: El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama (14,21). 

Jesús le dice Apacienta mis corderos. Le hace ver así que su amistad sólo es auténtica si se dedica a promover la vida de los demás. Apacentar, procurar pasto, significa colaborar con Jesús en la obra de alimentar, dar vida, proteger de todo peligro al conjunto de los creyentes, sus corderos y ovejas, es decir, a los pequeños y a los grandes, sin discriminación basada en la importancia (o en todo caso, primero los pequeños). 

Puede verse que al confiar Jesús su misión a Pedro, no hace referencia a poderes ni prerrogativas, sino a las obligaciones que caracterizan al Buen Pastor de su parábola (cap.10) y que tienen que ver con la relación cercana del pastor con sus ovejas: las conoce y ellas lo conocen, las llama por su nombre, les inspira toda confianza para que lo sigan sin temor y, sobre todo, da su vida por ellas. Jesús quiso prolongar su palabra y su obra en la labor evangelizadora de los discípulos que escogió. Ahora quiere prolongar en la persona de Pedro, y en su misión dentro del rebaño de su Iglesia, el mismo cuidado y solicitud con que procuró en todo momento que conservaran la unidad y guardaran su palabra en medio de las adversidades del mundo. 

Le preguntó de nuevo: Simón de Juan... y la respuesta de Pedro es la misma; afirma su vinculación a Jesús como amigo y se remite a su saber. Jesús le dice pastorea mis ovejas, asociando al discípulo a su oficio de buen pastor, que se entrega por las ovejas. 

Por tercera vez le preguntó: Simón de Juan ¿me quieres? Pedro advierte que le pregunta por tercera vez porque tres veces lo negó, y se entristece, se mueve a una rectificación total. Pedro había seguido al Señor como quien vive sometido a un jefe. Lo que le pide Jesús es la adhesión que da libertad, porque se basa no en la subordinación sino en la amistad. Pedro ha de tener esto para dar su respuesta, que será la definitiva.  Ahora ve que no puede tener secretos para Jesús y que éste conoce perfectamente la calidad de su adhesión. Por eso dice: Señor, tú lo sabes todo… 

Y Jesús con sus palabras, Apacienta mis ovejas, sintetiza las dos invitaciones anteriores, moviendo a Pedro a considerar como misión suya el hacer que los hermanos encuentren vida. Pero para esto, tendrá que estar dispuesto a entregar su propia vida. Por eso añade Jesús: Cuando eras joven…ibas donde querías, cuando seas viejo otros te ceñirán y te llevarán donde no quieras ir. Le predice con ello que su destino será dar su vida en la cruz como él. Dicho esto, añadió: Sígueme. Pedro inicia, o recomienza, su discipulado, sigue los pasos de Jesús en su vida y en su muerte. 

Muestra mucho amor porque mucho se le ha perdonado dijo Jesús de la pecadora que vertió sobre sus pies un vaso de perfume (Lc 7, 40-43). Tres veces afirma Pedro el amor que tiene a Jesús, porque le ha perdonado su triple negación. Ya solo le interesa que su Señor, que lo sabe todo, tenga presente el afecto que le tiene. Asimismo, muestra mucho amor el cristiano porque se siente tocado por la misericordia del Señor. Se sabe conocido y aceptado plenamente por él, y esto le da la confianza necesaria para ir tras él en su camino de amor y de servicio, aun donde no quiera ir.

jueves, 21 de mayo de 2026

Que todos sean uno (Jn 17, 20-26)

 P. Carlos Cardó SJ

La última cena, fresco de Fillipo di Memmo di Fillipuccio (siglo XIV), Domo de San Gimignano, Toscana, Italia

Jesús alzó sus ojos al cielo y dijo: "No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por tu Palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí." 

El tema dominante de la oración sacerdotal de Jesús en su última cena es el tema de unidad, que corresponde a la gloria del Hijo reflejada en la Iglesia. La vida de la Iglesia ha de reflejar el misterio de donación y comunión que constituye la unidad del Dios Trinidad, concretamente el amor del Padre, la obediencia y entrega del Hijo y la comunión del Espíritu Santo. 

A la Iglesia, comunidad formada por los discípulos de Jesús y por los que creerán en el él por el testimonio y la predicación de ellos, Jesús le ha hecho participar de la gloria que ha recibido del Padre. En su cena, pide para que puedan contemplar esa gloria en toda su plenitud cuando estén todos reunidos con él junto al Padre. 

Sabemos ya que la gloria que Cristo ha recibido del Padre y desea para su Iglesia no tiene nada que ver con el triunfalismo. Consiste en la manifestación victoriosa del amor que sirve, se entrega y salva, del amor que, en definitiva, constituye el ser mismo de Dios. Jesús no retiene para sí la gloria, la prodiga en el amor con que procura el bien de los demás, sana sus dolencias, los libera de toda opresión y les da vida eterna. Esa es la gloria que da a sus discípulos y que ellos deberán transparentar en un amor mutuo semejante al suyo. 

Se entiende, entonces, que la práctica del amor que sirve y se entrega (el mandamiento del Señor) es lo que les ha de mantener unidos, pues en eso consiste la unidad verdadera de los que son de Cristo. Yo les he dado la gloria que tú me diste, de modo que puedan ser uno, como nosotros somos uno. 

La Iglesia está fundada para reproducir y hacer presente en la historia la obediencia de Jesucristo al Padre, por la cual no vivió para sí, no vino a ser servido sino a servir y dio su vida. En el ejercicio de su misión, la Iglesia ha de reproducir ese mismo dinamismo de amor, entrega y servicio que en la persona y actuación de Jesús aparece como la gloria que ha recibido de su Padre. Por consiguiente, el éxito de la labor evangelizadora de la Iglesia no reside en la grandeza de sus instituciones y de sus obras, sino en su capacidad de hacer sentir a la gente el amor con que Jesús amó a su Padre y a sus hermanos. 

La unidad es don de Dios, por eso Jesús la pide para nosotros. La división, en cambio, es obra del pecado. La unión que hay entre el Padre y el Hijo es fuente de la unión en la comunidad de los cristianos y modelo que deben procurar imitar. En la vida trinitaria, las tres personas divinas, manteniendo sus características y funciones propias, forman un solo ser divino. En la comunidad cristiana no se puede buscar una unidad en la uniformidad, sino en el respeto de la diversidad, que es riqueza de la misma Iglesia. 

Hay además un dinamismo de presente y un futuro, de realidad a la vez actual y por venir, en la manifestación de la gloria y en la formación de la unidad. Jesucristo había recibido la gloria que el Padre le había dado porque lo había amado desde antes de la creación del mundo; no obstante, esperaba ser glorificado en la hora de su muerte y resurrección. De modo semejante, la unidad de la Iglesia –en la que se muestra la gloria de Cristo– es una realidad actual, transmitida por él mismo, pero su plena realización es objeto de esperanza porque todavía no se ha realizado. Cuando Cristo sea todo en todos y seamos congregados por él en su reino, entonces se alcanzará la unidad perfecta. Mientras tanto, la unidad de los cristianos es una tarea y anhelo continuo pues tiene que ser visible para que el mundo crea.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Segunda parte de la oración sacerdotal de Jesús (Jn 17, 11b-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

Los doce apóstoles, madera sobre temple dorado de autor anónimo, atribuido al Maestro de Constantinopla (Siglo XIV), Museo Pushkin Rusia (llevado del monasterio Pantokrator de Athos, Grecia)

Jesús dijo: "Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre, pues tú me los habías encomendado, y ninguno de ellos se perdió, excepto el que llevaba en sí la perdición, pues en esto había de cumplirse la Escritura. Pero ahora que voy a ti, y estando todavía en el mundo, digo estas cosas para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría. Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos mediante la verdad: tu Palabra es verdad". 

Llamada “sacerdotal” por su carácter de acción de gracias y de intercesión (Jesús mediador), la oración de Jesús a su Padre en la Última Cena contiene la cima de la revelación de su propia identidad y también la de sus discípulos, por su estrecha vinculación a su obra. Jesús da gracias por la obra que el Padre le ha confiado y ruega por los que la continuarán después. 

Se dirige a Dios llamándolo Padre santo. Dios es santo, según la Biblia, por ser el absolutamente diferente a todo lo creado. No obstante, se hace como nosotros para que nosotros seamos santos ante él por el amor (Ef 1, 4). Es propio del Dios santo hacer santos: semejantes a él y diferentes al mundo. 

A ese Dios reconocido como santo, Jesús encomienda la conservación de la unidad de sus discípulos. La unidad, anhelo fundamental del ser humano, es también la expresión más plena del amor porque el amor verdadero tiende a la unidad. El mal divide. La santidad es unidad, que se logra por el amor, la fraternidad y la misericordia. Por eso, el sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto de Mt 5, 48, es traducido por Lc 6, 36 como sean misericordiosos, que significa unirse de corazón (cor) a los demás, en especial a los que la pasan mal (miser). 

Por ser amor, Dios es comunidad de personas, Padre, Hijo y Espíritu. Su unión perfecta nos abraza y se nos comunica por el Espíritu, que del Padre y del Hijo procede. Movido por él, Jesús vivirá la pasión de reunir a los hijos e hijas de Dios dispersos para hacer con ellos un solo rebaño, una familia. Por eso es escandalosa la división de los cristianos, es lo más opuesto a la obra del Hijo, divide la túnica de Cristo (Jn 19,23) y rompe su cuerpo. 

Cuando estaba con ellos los protegía, dice el Buen Pastor. Y ninguno se perdió, excepto el hijo de la perdición. Se le ha identificado con Judas. Es frase oscura, chocante: ¿se puede hablar de predestinación a la perdición? En toda la Biblia aparece como lo más característico de Dios la búsqueda del perdido. Para eso viene Jesús para buscar y salvar lo que está perdido. Pero el hecho es que la perdición es como el horizonte de la salvación: se salva lo que está perdido. Si no hay perdición no hay salvación. Judas vendría a ser el icono, prototipo del hombre perdido que Jesús ha venido a salvar. Algunos han visto en el “hijo de la perdición” a Satanás, a quien Juan considera “jefe de este mundo” y mentiroso. Pablo, por su parte lo designa como el “hombre inicuo”, “hijo de la perdición”, “adversario”, que se levanta por encima de todo lo que es divino o recibe culto, hasta llegar a sentarse en el santuario de Dios, haciéndose pasar a sí mismo por Dios (2 Tes 2, 3-4). Sin embargo, nada autoriza a ubicar esto en situaciones o personajes concretos de la historia. El texto no es histórico, ni filosófico, ni político, sino teológico. Lo que intenta decir Pablo es que no debe interesar el cuándo o el cómo del fin del mundo, sino el triunfo final de Cristo. 

La obra de Jesús apunta siempre a la alegría de los hijos e hijas de Dios. Quiere para ellos su misma alegría plena, se la promete y les da su palabra como garantía de su promesa. Al mismo tiempo, sin embargo, los quiere prevenir porque el mundo los odia. El mundo ama lo que le pertenece y odia a los que son de Cristo. Por eso la alegría de los cristianos no será la alegría que ofrece el mundo mentiroso. 

Pero estarán en él y en él deberán continuar su obra. Contarán para ello con la protección del Padre y con su unión fraterna, que los santifica en la verdad, en la autenticidad de su ser hijos santos como el Padre es santo. La santidad del Padre se reflejará en su ser hermanos, capaces de amar con el mismo amor. Lo que santifica es el amor que Jesús revela y comunica, y que procede de Dios. Eso es lo que él pidió para nosotros en su oración la víspera de su pasión.