miércoles, 27 de mayo de 2026

La autoridad como servicio (Mc 10, 35-45)

 P. Carlos Cardó SJ 

Llamada a los hijos de Zebedeo, óleo sobre tabla de Marco Baisati (1510), Academia de Bellas Artes de Venecia, Italia

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: "Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir".
Él les respondió: "¿Qué quieren que haga por ustedes?".
Ellos le dijeron: "Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria".
Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?".
"Podemos", le respondieron.
Entonces Jesús agregó: "Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados"
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos.
Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud". 

La búsqueda de poder se dio entre los discípulos de Jesús, fue también causa de división en la primera comunidad cristiana –concretamente en aquella a la que Marcos escribe su evangelio-, y sigue siendo una contradicción dentro de la Iglesia y en la vida de los cristianos. 

Al igual que la riqueza, el poder es algo a lo que toda persona aspira. De hecho, tarde o temprano todos debemos ejercer alguna forma de poder, en la medida en que nos toca cumplir alguna función de autoridad, dirigir a otros, tomar decisiones, ya sea en el gobierno político, en la empresa, en la escuela, en la familia o en cualquier organización a la que pertenezcamos. Pero sabemos que hay una forma de ejercer el poder según los valores del mundo y otra conforme a los del evangelio, de la que Jesús da ejemplo en su vida y nos enseña con su palabra. 

Se puede decir que el tema del poder acompañó a Jesús a lo largo de su vida. Ya al comienzo de su actividad el diablo lo tentó, ofreciéndole una forma de poder y de dominio sobre las naciones, que correspondía a un modelo de mesías opuesto a los planes de Dios. Jesús pudo situarse en las esferas del poder, pudo pertenecer a algún partido (saduceos, fariseos, celotas, esenios), formar parte de algún círculo de sabios (escribas, doctores, fariseos), o vincularse con los dirigentes religiosos y políticos (los romanos, la corte de Herodes, los sumos sacerdotes saduceos), sin embargo, optó por mantenerse al margen de los poderosos, que defraudaban y oprimían a la gente, transmitían falsas imágenes de Dios y se enriquecían con la religión. Prefirió por el contrario vivir intensamente la vida del pueblo, mostrarse solidario con los humildes y excluidos (Mt 11,19 par), y gastar su vida atendiendo las necesidades de los demás. Para formar la comunidad que habría de continuar su obra, no escogió a personas influyentes sino a simples aldeanos, artesanos, pescadores y a un grupo de mujeres generosas. Ellos fueron para él su verdadera familia (3,31-35) y a ellos les reveló los misterios del reino de Dios (4, 11). Estos mismos discípulos van a intentar repetidas veces moverle a emplear los medios del poder para realizar su obra: esperaban de él que fuera un mesías político, lo quisieron hacer rey, le propusieron emplear la fuerza y la violencia para instaurar el reino de Dios. Pero él los corrigió resueltamente y los exhortó más bien a seguir su ejemplo de entrega y servicio porque el Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. En estas palabras que identifican su modo de ser y proceder encuentra el cristiano la razón de fondo que le mueve a concebir la vida como servicio, como don recíproco de vida entre hermanos. 

Esto no lo entendieron entonces Santiago y Juan, hijos de Zebedeo: no querían ir detrás como los discípulos que siguen a su Maestro, sino ir delante, ocupando los puestos más importantes. Como Pedro, no pensaban como Dios, sino como los hombres. 

Jesús entonces les tiene que enseñar en qué consiste la verdadera grandeza a la que hay que aspirar. ¿Pueden beber el cáliz de amargura que yo voy a beber o pasar por el bautismo por el que yo voy a pasar?, les pregunta. Beber el cáliz significa unirse a él hasta participar de su mismo destino, en un servicio a los demás hasta la muerte. El bautismo por el que tiene que pasar significa hundirse en el abismo de los sufrimientos y muerte de sus hermanos hasta dar la vida por ellos. Esa es la pasión con que Jesús ama, la pasión que quiere asumir resueltamente como quien bebe una copa hasta las heces, como quien es capaz de decir: ¡Tengo que pasar por este bautismo y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! (Lc 12,50). Me encuentro profundamente angustiado; pero ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. (Jn 11,27). 

Los otros discípulos, al ver el proceder de Juan y Santiago, se molestan pues tienen las mismas ambiciones. Jesús, entonces, aprovecha la ocasión para ahondar en su enseñanza. Les hace ver lo que suele suceder en las naciones: cómo los que las gobiernan tienden a someter al pueblo y a ejercer su poder como un dominio opresor. Y concluye: ¡No debe ser así entre ustedes! Honores, prestigio, poder, que se obtienen oprimiendo a la gente, son lo más contradictorio que puede haber con el evangelio. Estas palabras valen para todos y la Iglesia no puede dejar de confrontarse con ellas si no quiere actuar –en sus instituciones, en sus representantes y en los cristianos comunes- como se actúa en cualquier institución mundana. 

Está, pues, la jerarquía de valores del mundo y la de Jesús, dos maneras de pensar inconciliables entre sí. En la jerarquía de valores de Jesús, el primado lo tiene el amor desinteresado, libre y generoso, que saca de nosotros lo mejor para enriquecer a los hermanos y servir, como Jesús, hasta dar la vida si fuere menester. Sólo por esta vía encuentra la persona humana la verdad de su ser y la verdad de Dios, como Jesús nos lo ha revelado. Sólo así la persona se relaciona con Dios por medio de la fe verdadera que se demuestra amando.

martes, 26 de mayo de 2026

Vengan a mí los cansados y agobiados (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Dios Padre y el Espíritu Santo, óleo sobre lienzo de Domenico Antonio Vaccaro (1700 – 1710 aprox.), Galería Real de Pinturas Mauritshuis (o Casa de Mauricio), La Haya, Países Bajos

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

Este trozo del evangelio de San Mateo consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30). 

En la primera parte tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. 

Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se ha revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios. 

En ese contexto, dice Jesús: “¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!” Cansados y agobiados vivían los judíos a causa de la religión de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Agobiado está quien no tiene otra actitud que la del temor servil, que lleva a cumplir la ley moral por el temor al castigo o la esperanza de premios. Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía y en el orgullo del hombre por sus obras. El amor cristiano, en cambio, lleva incluso a curar a un enfermo en día sábado y a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Este amor produce gozo y descanso, es justicia nueva, hace posible vivir la vida misma de Dios que es amor. 

Y yo los aliviaré”. Él dará reposo a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la casa del Padre; la seguridad de que donde mis fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios; la certeza de que ni siquiera el poder de la injusticia y de la  muerte de que es capaz el ser humano sobre la tierra podrá impedir la llegada del reino, porque el mundo, creado bueno por Dios, pero maltratado y herido por la maldad humana, ha sido amado, salvado y asumido en la carne de ese hombre perfecto, que es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios resucitado. 

La ley del amor que él nos da no es carga que oprime. Mi yugo es suave y mi carga es ligera, nos dice. Su nueva ley del amor es la verdad que libera, porque nos hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Vengan a mí… aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón y yo les daré descanso. Responder a su llamada es aprender del corazón de Jesús man­sedumbre, humildad, sencillez, amabilidad. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

lunes, 25 de mayo de 2026

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Crucifixión de Jesús con María y Juan, óleo sobre tabla de Rogier Van der Weyden (1455), Museo de Arte de Filadelfia

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.
Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos con la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, nos da su Corazón. 

San Juan resalta el don de la Madre. De pie junto a la cruz de su Hijo, está como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela interiormente por el amor y la fe que tiene a su Hijo. La discípula, la gran creyente, la que será proclamada dichosa por todas las generaciones, es ahora la Madre de los dolores porque ha llevado hasta el fin su identificación con el Crucificado. Ella siguió a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde él inició, a petición de ella, los signos de su gloria, en unas bodas que preanunciaban la boda del Cordero crucificado, en la que también ella se hace presente. Por la fidelidad de su amor y de su fe, ella es Madre y figura de la Iglesia, Madre de la nueva humanidad redimida. Y representa también a Israel, pero como esposa fiel que dice: Hagan lo que les diga. 

Junto a la Madre estaba el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. Es figura universal de todo aquel que es amado por el Hijo. Él está también como quien contempla al Hijo alzado a lo alto, y cuyo porte evoca al de Moisés que levantó la serpiente a lo alto. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. En su evangelio canta el amor del Hijo por nosotros. 

Aparecen también en la escena la hermana de su Madre, María de Cleofas, y María Magdalena. Su fidelidad amorosa al Señor, a quien servían en sus necesidades, contrasta fuertemente con la infidelidad de los discípulos, que llenos de miedo huyeron y lo dejaron solo; y contrasta mucho más con el odio de los judíos y de los verdugos que no dejan de insultarlo y atormentarlo. 

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí sino de los demás, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer¸ hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia. 

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él. 

- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo, para que la reconozca como madre suya. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. Ha establecido para siempre la relación madre-hijo que constituye a la Iglesia en su ser más íntimo. 

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, es decir, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu porque él asumió nuestra carne en el seno de María y habitó entre nosotros. 

La acoge como su madre. Por la fe renacemos a la condición de hijos en su Hijo, hermanos de él porque asumió nuestra carne en su seno y habitó entre nosotros por obra del Espíritu Santo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del Domingo de Pentecostés - Venida del Espíritu Santo (Jn 20,19-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pentecostés, fresco de Giotto di Bondone (1304 – 1306) Capilla de los Scrovegni, Venecia, Italia

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: "Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos."
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".
Contestó Tomás: "Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".
Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre. 

Jesús, fiel a su promesa, envía desde su Padre al Espíritu Santo (Jn 14,2.15-17.25-26;15,26-27;16,4b-11.12-15). Por medio de él hace posible su presencia secreta en la historia, en la vida de todos nosotros, en todas las circunstancias que nos toque vivir. 

Pero ¿qué es, o mejor, quién es el Espíritu Santo? Podemos tener de él una idea equivocada, como si fuese algo, una cosa abstracta y sutil, un concepto o una fórmula, y no como nos enseñó a entenderlo Jesús, es decir, como un ser personal. 

Porque Jesús fue, en efecto, quien nos hizo comprender a Dios como comunidad de tres personas. Primero a Dios como Padre suyo y nuestro, creador y fuente de vida, con quien mantuvo una cercanía tan peculiar que le permitía llamarlo Abba, Padre. Por vivir en permanente comunión de vida con él, Jesús pudo ser reconocido no sólo como el mayor de los profetas y santos, sino como el Hijo de Dios y Dios con nosotros. Y finalmente, nos envió desde su Padre una nueva presencia suya y del Padre con nosotros y en nosotros, y la llamó Espíritu Santo. En el Espíritu vienen a nosotros el Padre y el Hijo, en él nos unimos a Dios y es el amor que ha sido derramado en nuestros corazones. 

Es el Espíritu que fecundó a María, realizando la encarnación de Dios. Es el Espíritu que condujo a Jesús al desierto y descendió después sobre él en el Jordán. El Espíritu que le acompañaba siempre, porque el Padre se lo había comunicado plenamente (Jn 3,34). Jesús lo llamó Paráclito –defensor y consolador- (Jn 14,16.25; 15,26; 16,7) y también Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13), que nos asistirá en los peligros y nos llevará al conocimiento de la verdad plena, convirtiéndonos en “testigos” (15,27). 

El evangelio de Juan relata la venida del Espíritu Santo señalando la acción que realiza en la Iglesia. Cristo Resucitado se apareció a los discípulos, les dio su paz y, después de mostrarles sus llagas y costado, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…