miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las exigencias del seguimiento de Jesús (Lc 9, 52-62)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y los penitentes, óleo sobre lienzo de Anthony Van Dyck (alrededor de los años 1630), Colección privada

Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?».
Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea.

Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas».
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo: «Sígueme».
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Jesús le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia».
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».
 

Estos versículos de Lucas nos confrontan con el seguimiento radical de Jesús. Se trata de tres breves y cortantes escenas de seguimiento, que presentan las exigencias radicales que Jesús impone: el discípulo tiene que estar preparado para desligarse de todo apoyo establecido y entregarse de modo incondicional y por completo a la causa del evangelio. 

- En la primera escena, un hombre, cuyo nombre no se menciona, se presenta ante Jesús y le dice: Yo te seguiré. Pero el seguimiento del Señor no es una pretensión humana, no depende sólo de una iniciativa humana. Es Dios quien llama y quien da su gracia, que capacita para poder asumir las exigencias que implica. Jesús opone el deseo a la realidad, la ilusión a la previsión. Y luego expone la otra exigencia de su seguimiento que tiene que ver con aquello en lo que el hombre suele oponer su seguridad. Jesús exige que su patria y protección no sean otros que el Padre y los hermanos, los dos valores fundamentales del Reino. De la misma manera que el Hijo del Hombre sólo encuentra reposo y hogar en el Padre de los cielos, no en los bienes de este mundo, así su seguidor está llamado a adoptar el mismo comportamiento de su Señor. El hombre pone su seguridad en los bienes materiales, necesarios para la vida. El que sigue a Jesús, en cambio, pone toda su seguridad en Dios. 

- En la segunda situación, la persona, antes de seguir a Jesús, quiere hacer otra cosa; una cosa muy buena, por cierto. Olvida que el Señor ha de ser el primero, si no, no es Señor. Y por eso, la exigencia de Jesús es tan grande: desliga al discípulo de cualquier otra obligación, por sagrada que sea. No le permite contraer otro compromiso que esté por encima de su persona. Sepultar a los muertos es una acción piadosa, es deber filial claramente expuesto en la ley (Dt 20,12; Lev 19,3), pero no es “lo primero”. Como no fue lo primero para Abraham su amor a su hijo Isaac, y por ello se mostró disponible a sacrificárselo al Señor. Todo afecto, por sublime que sea, deriva del afecto a Dios y a él tiene que ordenarse. Jesús antepuso su amor a María y a José –que angustiados lo buscaban–, a la necesidad que sentía de ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2,48s). Así mismo, en el plano humano, si no abandonas a tus padres no te haces adulto, no te casas. Si no abandonas todo afecto prioritario respecto a Dios y no ordenado a él, no eres libre, equivocas el sentido de tu vida. Vives en función de otros valores, que son tus prioridades y que pueden convertirse en tus ídolos y esclavizarte. 

Por eso, en el texto que comentamos, la entrega a Cristo es tan incondicional que, frente a ella, hasta el deber de enterrar al mismo padre cede su prioridad. Con este dicho Jesús se sitúa de forma soberana y con entera libertad por encima de todo lo que era venerado como precepto divino. Se coloca en el mismo plano de Dios. Deja a los muertos que entierren a sus muertos, significa, entonces, que nada, excepto lo referente a Dios, se puede absolutizar. No puede ponerse a la criatura antes que el Creador. Esto ocurre cuando queremos hacer nuestra voluntad y no la de Dios, cuando queremos que Dios haga lo que queremos, cuando queremos el fin –que es seguir a Jesús y los valores del evangelio- pero no ponemos los medios necesarios porque tenemos otras prioridades. 

- En la tercera situación, se repiten y condensan en cierto modo las actitudes anteriores. Al discípulo se le pide que valore en su justa medida de quién debe separarse, y que sepa a quién tiene que dirigirse sin dilación. La llamada del Señor exige prontitud, lleva consigo adoptar una disponibilidad sin restricción alguna, que muchas veces puede significar abandono de la propia seguridad. Se trata aquí ya no sólo de la disponibilidad frente a cosas y afectos, sino también frente a uno mismo, para poner enteramente la propia confianza en Dios. Mirar atrás es mirarse a sí mismo, buscar garantías y seguridades en sí mismo, en lo que soy, en mi pasado, en lo que he conquistado o en lo que represento. De todo ello nos puede liberar el Señor para hacernos ver que la garantía única está en el futuro, en lo que él –y sólo él– es capaz de hacer de mí.

martes, 29 de septiembre de 2026

Los ángeles de Dios (Jn 1, 47-51)

 P. Carlos Cardó SJ 

El Arcángel San Rafael deja la casa de Tobías, óleo sobre lienzo de Rembrandt van Rijn (1637), Museo del Louvre, París, Francia

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contestó: «¿De qué me conoces?».
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le dijo: «Tú crees porque te dije que te vi bajo la higuera. Pero verás cosas aun mayores que éstas. En verdad les digo que ustedes verán los cielos abiertos y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre». 

En la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, la liturgia propone este texto de Juan, en el que aparecen los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre. Es una promesa que hace Jesús a sus discípulos en el diálogo con Natanael y está relacionada con la visión que tuvo Jacob en Betel (Gen 28,12). En ella, Jacob –que después se llamará Israel– contempló una escalera que unía al cielo con la tierra y a unos ángeles de Dios que subían y bajan por ella. El cielo y los ángeles significan la esfera de lo divino, donde refulge la gloria de Dios. Dicha esfera ha dejado de ser inaccesible; por Jesús, los cielos se abren y Dios desciende para morar entre nosotros. Dios no habita en un confín infinitamente lejano, la persona humana de Jesús nos lo ha acercado. Es éste un tema muy querido para Juan desde el prólogo de su evangelio. Jesús es el auténtico Betel, la casa de Dios y puerta del cielo; en él puede contemplarse la presencia de Dios con nosotros, en él se manifiesta su gloria que es plenitud de gracia y verdad; por eso Jesús es el verdadero templo y los ángeles lo rodean. 

En los escritos bíblicos aparecen con cierta frecuencia los ángeles, seres espirituales que cumplen de parte de Dios funciones diversas pero complementarias. En primer lugar, aparecen como mensajeros de Yahveh y tal es el significado de su nombre. En el Génesis, el ángel transmite a Agar, la esclava, la promesa de que será madre de una descendencia numerosa (Gen 16, 7-12), y la protege después en el desierto para que su hijo no muera de sed (Gen 21, 18). El ángel del Señor detiene la mano de Abraham para que no hiera a Isaac y le anuncia las bendiciones que le vendrán por su obediencia (Gen 22, 12. 15-18). El ángel del Señor, bajo la apariencia de una llama de fuego que ardía en una zarza, llamó a Moisés (Ex 3, 2), dando inicio a su vocación y misión de libertador de Israel. 

El nacimiento de Sansón fue anunciado por el ángel a su madre Sorá, mujer estéril (Jue 13, 3-5), y el profeta Elías, amenazado de muerte y desfalleciente en su huida por el desierto, es fortalecido con el pan que le da el ángel, para poder andar su largo camino hasta la montaña de Dios (1 Re 19, 5-8). Otra función que cumplen los ángeles es la de ayudar a percibir las intervenciones de Dios en la realidad en determinados momentos históricos. Donde están ellos, está Dios con su poder benévolo, providente y liberador. Por eso un ángel muestra a los hebreos en el éxodo la gloria y poder de Dios (Éx 14, 19), es enviado para guardar y conducir al pueblo a la tierra prometida (Ex 23, 20), y exterminará a sus enemigos, los asirios (2Re 19, 35). Pero será en el Nuevo Testamento donde el mensajero de Dios anunciará la mayor de las maravillas de Dios en favor de la humanidad: la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios (Lc 1, 26-38; 2, 9-12). Finalmente, serán los ángeles del sepulcro vacío los anunciadores del triunfo de Cristo sobre la muerte (Lc 24, 4) y de su vida nueva, resucitada y eterna. 

Los nombres mismos de los ángeles sugieren atributos y acciones de Dios en favor de la humanidad. Adquieren así un perfil más personalizado y un carácter marcadamente benévolo, son ángeles custodios, guardianes del bien y de la vida. Rafael significa Dios ha curado, o “medicina de Dios”: sana a Tobit y a Sara, acompaña y protege a Tobías en su viaje (Tob 3;5) y acaba presentándose como enviado de Dios, como uno de los siete ángeles que llevan ante Dios las plegarias de los hombres (Tob 12). Miguel, (Mika-El) significa quién como Dios, manifiesta su grandeza y su poder, aparece en el libro de Daniel como el protector de Israel y príncipe de los ejércitos angélicos (Dan 10, 5ss; 12,1). Miguel vence, según el Apocalipsis, al dragón que aparece como Satán, tentador del mundo (Ap 12, 7s). Gabriel es fuerza de Dios, que interpreta y muestra el curso de la historia (Dan 8, 16ss; 9, 21ss; 10, 10ss). Es el mensajero divino que anuncia el nacimiento de Juan Bautista y de Jesús (Lc 1, 5-19; 26-38). 

Les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre, dijo Jesús a Natanel. Por la fe sabemos que los cielos están abiertos para nosotros. Sabemos también que la bondad y providencia de Dios nos envuelve y protege con sus ángeles. El futuro humano está asegurado porque el Hijo del hombre muerto en la cruz por toda la humanidad ha hecho posible que triunfemos con él sobre el pecado; resucitado y ascendido a los cielos llevó consigo a la humanidad y en él todos hemos resucitado. Nuestro destino es estar con él, contemplando su rostro, y en compañía de los ángeles cantar para siempre las misericordias de Dios.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Quién es el más importante (Lc 9, 46-50)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y los niños, óleo sobre lienzo de Leopold Flumeng (fines del siglo XIX), Catedral de San Pedro, Lovaina, Bélgica

A los discípulos se les ocurrió preguntarse cuál de ellos era el más importante.
Jesús, que conocía sus pensamientos, tomó a un niño, lo puso a su lado, y les dijo: «El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El más pequeño entre todos ustedes, ése es realmente grande».
En ese momento Juan tomó la palabra y le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para echar fuera demonios, y le dijimos que no lo hiciera, pues no es discípulo junto a nosotros».
Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, pues el que no está contra ustedes, está con ustedes». 

Los dos últimos episodios de la actividad de Jesús en Galilea, según Lucas, se centran en la enseñanza sobre el comportamiento mutuo de los discípulos y las condiciones para entrar en el reino de Dios. 

Jesús habla a sus discípulos de su camino de cruz, que sólo se entiende como la culminación de una vida entregada al bien de los demás, pero sus palabras caen en el vacío porque ellos discuten entre sí sobre quién es el más importante. Entonces Jesús toma a un niño y lo pone a su lado para que sus discípulos entiendan que la grandeza a la que deben aspirar no es la que el mundo les enseña, sino la propia de la condición del niño, que representa lo más débil en la sociedad. Con él Jesús se identifica y le confiere la más alta distinción. 

Hijo de Dios, enviado del Padre, no ha buscado para realizar su misión el prestigio y el poder de este mundo, sino que se ha identificado con la condición de los niños, que en la sociedad judía de entonces formaban parte de la categoría social de los sin derechos y de los que no contaban. Por eso quiere hacerles comprender a sus discípulos que acogerlo y apreciarlo a él implica acoger solidariamente a aquellos que constituyen el polo débil, indefenso e insignificante de la sociedad humana; este es el criterio para saber si realmente se acepta y acoge a Jesús, porque con ellos él se identifica. Además, sin esta actitud, las relaciones dentro del grupo de los discípulos y con los demás no serán como deben ser, es decir, no serán un referente eficaz para la organización de la sociedad. 

La importancia y necesidad de esta enseñanza se resalta dentro del contexto. Jesús ha venido advirtiendo a los Doce lo que le va a pasar en Jerusalén adonde se dirigen. Ha intentado hacerles ver la lógica diferente que le mueve a ver en la entrega de su vida la realización del plan de su Padre y su propia realización como salvador del mundo. Ha querido que esa lógica fuera asumida por ellos como su nuevo modo de pensar y de organizar la vida. Pero mientras él les habla de entrega y sacrificio, ellos siguen pensando en lo contrario, discutiendo sobre quién será el más importante del grupo. Están igual que Pedro, a quien –según Mateo y Marcos– le dijo Jesús: ¡Colócate detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque no piensas como Dios, sino como los hombres (Mt 16, 23; Mc 8,33). Esta dificultad para pasar de la manera de pensar de los hombres a la de Dios es la razón de fondo de la ceguera y falta de comprensión que mantuvieron los discípulos hasta el final respecto a la enseñanza de su Maestro. Había en ellos ambición, búsqueda de poder y deseo de protagonismo. Por eso su ofuscación frente a lo que Jesús les decía y la rivalidad que había entre ellos en el grupo. 

Puso al niño junto a él, Marcos dice: lo puso en medio de ellos y lo abrazó (Mc 9,36; Cf. Mt 18, 2) como para que los discípulos fijen sus ojos en él y en quienes representa, porque viéndolos a ellos, lo verán a él. Aquí entonces no se trata de hacerse niños para poder entrar en el reino de Dios, de lo cual hablará más tarde (Cf. Lc 18, 16; Mc 10, 14; Mt 19,13), sino de la condición para acoger verdaderamente a Jesús, que consiste en acoger al niño, a los pequeños en la sociedad, a los débiles: El que acoge a este niño a mí me acoge. 

Finalmente, señalando directamente a lo que él es y al origen de su misión, añade Jesús: El que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Con estas palabras afirma la peculiar relación que le une a Dios como su Padre, de quien procede y de quien recibe –con plena adhesión y conformidad de su parte– el sentido y dirección de todo lo que él dice y realiza, hasta la orientación de su vida hacia la muerte y resurrección. 

Queda claro que sólo puede comprenderse el destino de cruz del Hijo del hombre si se parte de una lógica diferente en el modo de pensar la propia realización personal, las relaciones dentro de la comunidad cristiana y la organización de la sociedad. La persona logra una existencia plena de sentido en su entrega a los demás y en su acción solidaria en favor de los pequeños; la autoridad dentro de la Iglesia es servicio, no puede fundarse en cargos, prestigio y poder; la sociedad se ha de organizar no en función de los intereses particulares de grupo, sino en función de la integración y promoción de todos, en especial de los más necesitados. Eso es lo que quiere Dios y lo que enseña Jesucristo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario – La parábola de los dos hijos (Mt 21,28-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

Parábola de los dos hijos, óleo sobre lienzo de Andrei Mironov (siglo XXI), Museo de Tradiciones Locales de Kashira, Moscú, Rusia

Jesús les dijo: “A ver, ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. El hijo le respondió: No quiero; pero luego se arrepintió y fue. Acercándose al segundo le dijo lo mismo. Éste respondió: Ya voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
Le dijeron: “El primero”. Y Jesús les contestó: “Les aseguro que los recaudadores y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. Porque vino Juan, enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron, mientras que los recaudadores y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, aun después de verlo, no se han arrepentido ni han creído”. 

El evangelio nos propone la parábola del padre que envía a sus dos hijos a trabajar en su viña. La pregunta, ¿Qué les parece, quién de los dos hizo lo que quería el padre?, interpela a los oyentes, los convierte en personajes del relato para que definan su posición ante Dios, porque proclamándolo de palabra y con los actos del culto pueden estar lejos de cumplir su voluntad; creyéndose justos, pueden ser peores que los publicanos y prostitutas. 

Los dos hermanos de la parábola manifiestan actitudes contrarias, pero en realidad son una misma persona: ambos representan al que escucha la parábola, pero piensa que el asunto no le atañe porque no quiere cambiar. Los sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo –a quienes Jesús se dirige en primer lugar– se consideran justos y no tienen ninguna voluntad de cambiar. Los publicanos y las prostitutas, en cambio, no cumplen la voluntad de Dios, pero ellos no pretenden aparecer como justos, dada la fama que tienen de pecadores públicos. 

Se puede decir que aquellos hermanos de la parábola recuerdan al hijo pródigo (Lc 15, 11-32) que transgrede, pero con nostalgia de la seguridad que el hijo mayor mantiene en su casa paterna. Se parecen también al hijo mayor que se queda en casa y obedece, pero con envidia y rencor por la libertad del menor. Ambos son iguales en el fondo: tienen la misma imagen del padre como un patrón exigente, frente al cual sólo cabe o rebelarse o someterse. Sólo cuando reconozcan al padre como lo que es, lleno de amor indulgente y generoso, podrán establecer con él una relación auténtica de amor y libertad. 

El padre se dirige al primero de sus hijos y le pide que vaya a trabajar a la viña. El hijo le responde tajantemente: No quiero. Desde el origen, el hombre –representado en Adán– se siente movido ciegamente a identificarse en contra de su Creador y Padre. El engaño que encierra este afán es la ilusión de obrar por el propio bien, pero yendo más allá de las posibilidades humanas, hasta romper la relación del hijo con su Padre y desfigurar la propia humanidad. 

Este engaño actúa en el primer hijo de la parábola. Pero, después reflexiona, se rectifica y va a trabajar en la viña. No se dice cómo ocurre este cambio. Los profetas han descrito el sentimiento de vacío interior que sobreviene a quien abandona el camino del bien: Así dice el Señor: Me han dejado a mí, fuente de aguas vivas, para ir a construirse cisternas, cisternas agrietadas que no pueden contener el agua (Jer 2,13). 

El padre le hace el mismo encargo al segundo hijo: que vaya también él a trabajar a la viña. Y, en contraste con el primero, su respuesta es: Voy, señor; pero todo queda en palabras, y no va. Tampoco este hijo comprende al padre. Dividido en su interior, dice sí porque quizá es incapaz de decir no, y finalmente se queda sin hacer nada. No tiene libertad. Además, decir sí por puro miedo supone la imagen de un padre que no respeta la libertad de sus hijos y castiga a quien se rebela. 

Para que se entienda bien su parábola, Jesús se dirige luego a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que se sienten los profesionales de Dios, los más cercanos a Dios, y les dice: Les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Los notables del pueblo no sienten necesidad de convertirse porque no reconocen que tienen que cambiar. Son ciegos porque creen ver, son pecadores por creerse santos. Vino Juan Bautista a preparar los caminos del Señor y dijeron de él que tenía un demonio (Mt 11,18), en cambio los recaudadores de impuestos y las prostitutas, que no presumen de ser santos, sí le creyeron, cambiaron de vida y se acercaron a Jesús, confiando en la misericordia y en el perdón de Dios que por medio de él se les ofrecía. Por eso él los alaba. 

En este evangelio hay una invitación en primer lugar a revisar la imagen de Dios que tenemos para poder abrirnos a su misericordia y confiar. La parábola, además, nos mueve a reflexión sobre la coherencia y autenticidad en la práctica de nuestra fe porque podemos estar diciéndole sí al Señor, pero no pasamos a la obra, no avanzamos en la generosidad propia del amor, y nos asemejamos a los que dicen no. Si soy consciente de ello, la conversión es posible.