domingo, 22 de febrero de 2026

I Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús en el desierto (Mc 1, 12-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Tentaciones de Cristo, fresco de Sandro Botticelli (1481 – 1482), Capilla Sixtina, El Vaticano, Roma
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: renuncien a su mal camino y crean en la Buena Nueva". 

En el primer domingo de Cuaresma, la liturgia pone ante nuestros ojos la imagen de Jesús enfrentando como nosotros a las atracciones del mal. Jesús fue tentado realmente, no aparentemente tentado como afirmaron algunos herejes. Quiso someterse a la tentación para estar cerca de los que son tentados y para que nada de la existencia humana quedara sin ser asumido por él, verdadero Dios y verdadero hombre. Aun cuando su conciencia humana estuvo iluminada y sostenida en cada momento por la acción del Espíritu divino –que le hacía vivir por completo unido a Dios como su Padre–, Jesús tuvo que resolver la disyuntiva de optar por el poder y el éxito según el mundo o por el camino de cruz que su Padre, le ofrecía para realizar la salvación de sus hermanos; y esta disyuntiva significó para él una lucha interior que le llevaría al final a clamar: Padre …, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Esta es la tentación que acompañó a Jesús hasta la cruz. Las tentaciones en el desierto describen los componentes de esa tentación constante que tuvo que enfrentar. 

Dice el texto que el espíritu condujo a Jesús al desierto para que el diablo lo tentara. Pasar por el desierto equivale a pasar una prueba, vivir una crisis. Desierto, tentaciones y pruebas forman parte de la vida. No son catástrofes; son situaciones en las que se ponen de manifiesto las propias vulnerabilidades, pero también lo mejor de cada uno. Enfrentadas y sostenidas en la fe, las crisis y tentaciones pueden ser fuente de nuevas posibilidades; por ellas se consolida nuestra identidad y personalidad, aunque siempre implican un riesgo y pueden producir algún desgaste. 

Para seguir a Jesús necesariamente hay que pasar por la tentación y la prueba que purifica el corazón de todo apego a la posesión, al éxito, a los placeres o a cualquier otra realidad terrena que lleva a olvidar los valores del evangelio. Seguir a Jesús es vivir un proceso de liberación interior de nuestras contradicciones e inconsecuencias. 

Jesús ayunó cuarenta días y cuarenta noches. El número simbólico evoca los cuarenta años que pasó Israel en el desierto. Es como decir: un largo período. Lo importante es que, con Jesús, nuevo Moisés, se da el éxodo a la verdadera y plena libertad. 

Después de haber ayunado, tuvo hambre; y ahí fue cuando el diablo lo tentó. La tentación siempre se engancha al hambre, a la necesidad, cualquiera que sea. Por eso, las tentaciones tienen siempre apariencia de bien. En el caso de Jesús, del tentador le dice: ¡Si eres el Hijo de Dios! Es como decirle: ¿Acaso no es bueno que te manifiestes como Dios de tal manera que nadie pueda dudar de ti? Los peores males se han cometido en aras de las mejores causas. Hasta en nombre de Dios y de la religión, se han cometido y se cometen atrocidades. 

1ª tentación: Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. La tentación consiste en hacer de la obra salvadora un proyecto económico para beneficio propio. Es como si el tentador dijera: “pon todo en función de tu ganancia personal y verán que eres Dios”. El pan y el dinero con que se adquiere se convierten en lo que más vale en la vida. Nos ocurre a nosotros cuando ponemos lo económico, dinero y bienes materiales, como el principio absoluto en la organización de nuestra vida personal, familiar o social. De la absolutización del bienestar material surgen las luchas y discordias, las injusticias y opresiones. Fácilmente olvidamos que los bienes materiales no son un fin sino un medio, que tienen una finalidad a la que deben orientarse y que, finalmente, se acaban. El amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han ocasionado a sí mismos muchos males (1 Tim 6,10). El hombre, pues, pretende autodeterminarse con lo que gana, aunque sea sin tener en cuenta a los demás y a Dios. En el caso de Jesús: la tentación consiste en usar los medios mesiánicos para el servicio de sí mismo. 

2ª tentación: Tírate abajo, porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos… Es la tentación central: hacer que Dios haga lo que a mí me plazca, en vez de hacer su voluntad. Querer que Dios nos escuche, en vez de escucharlo. Buscar un Dios a nuestro servicio. En el caso de Jesús la tentación fue establecer una relación interesada con Dios para que le ayude a someter al mundo con medios espectaculares, que seduzcan en vez de convencer, que dominen en vez de suscitar una respuesta amorosa y libre y, encima, teniendo a Dios como aliado. 

3ª tentación: Todo esto te daré si te postras y me adoras. Es la tentación del poder. Dominar con el poder. Ante esta tentación, Jesús reacciona de inmediato, no entra en diálogo con el tentador. ¡Apártate de mi Satanás! Lo mismo le dirá a Pedro, cuando éste intente desviarlo de su camino de cruz: Apártate de mí Satanás (ponte detrás, Tentador), que me pones obstáculo. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres (Mt 16,23). Jesús, en cambio, nos revelará en qué consiste la verdadera libertad: en poner la vida al servicio de todos, sin dominar a nadie, para que nadie viva oprimido o dominado. 

Que el Espíritu del Señor nos guíe en nuestro camino cuaresmal y aprendamos a salir victoriosos de nuestras tentaciones, sabiendo discernir en cada circunstancia cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,2). Que nuestras prácticas penitenciales, concretamente el ayuno, nos recuerden que la vida es un don, no proviene del alimento sino de Dios creador. Así reconoceremos agradecidos que Dios es vida y que nuestro pan de cada día es un don que él nos hace.

sábado, 21 de febrero de 2026

Llamamiento de Leví y comida con pecadores (Lc 5, 27-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

La fiesta en la casa de Leví, óleo sobre lienzo de Paolo Veronese (1573), Galería de la Academia, Venecia

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme".
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: "¿Cómo es que comes y bebes con publícanos y pecadores?".
Jesús les replicó: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan". 

Jesús realiza un gesto provocador. Llama a un publicano a formar parte de su comunidad. Un judío decente evitaba el trato con los publicanos, porque eran considerados pecadores públicos y descreídos por dedicarse al vil oficio de recaudar impuestos para los romanos y ejercerlo de manera fraudulenta. 

La sorpresiva distinción de que ha sido objeto, provoca en el publicano Leví el deseo de celebrarlo y organiza un banquete. Quiere agradecer a ese Maestro galileo que haya tenido para con él esa deferencia tan inesperada, y tan contraria a las costumbres y creencias de los judíos, de contarlo entre sus discípulos. Naturalmente invita a muchos otros publicanos. Y Jesús acepta la invitación a sentarse a la mesa con esa gente. Sorprendente. 

La expectativa del Reino de Dios como un banquete que reunirá a los justos y elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer: no sólo se celebraba el memorial del éxodo con el banquete del cordero pascual, sino que el comer juntos solía ser expresión de valores compartidos, alianzas, amistades. 

Pero como en la mesa del reino Dios comía sólo con sus elegidos y los otros quedaban excluidos, el judío sólo podía sentarse a la mesa con gente considerada honesta, justa, fieles a su religión. Por eso en la regla de la comunidad esenia, grupo especialmente excluyente y rigorista, estaba establecido: Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos (regla de Qumram). 

Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como apestados. El médico cura a los enfermos. En Jesús, Dios se acerca a los excluidos, despreciados, no practicantes, traidores –como los publicanos que trabajaban en favor de los romanos– y pecadores públicos. 

La comunidad cristiana toma conciencia. El Dios de Jesús no es el dios de la sociedad judía puritana, excluyente y discriminador. Es Dios de misericordia, que ofrece a todos la posibilidad de rehabilitarse. La comunidad cristiana toma conciencia de lo que es: pecadores que han sido tocados por la gracia en Jesucristo. Cada uno puede verse en Leví, o entre los invitados al banquete. Por consiguiente, no caben las discriminaciones. 

No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Pablo dirá: Miren, hermanos, a quienes eligió Dios: no hay entre ustedes sabios, ni poderosos…, lo débil del mundo escogió Dios… (1 Cor 1, 26). 

En la mesa del Señor nos sentamos los pecadores. Es él quien nos congrega de toda raza, lengua y cultura. Reúne a todos los hijos e hijas de Dios dispersos. Y le damos gracias porque nos hace dignos de servirlo en su presencia. Indignos todos; la gracia es la que nos dignifica.

viernes, 20 de febrero de 2026

El ayuno (Mt 9, 14-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Caná, temple sobre tabla de Duccio Di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo dell Opera Metropolitana del Duomo de Siena, Italia

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: «Nosotros y los fariseos ayunamos en muchas ocasiones, ¿por qué tus discípulos no ayunan?».
Jesús les contestó: «¿Quieren ustedes que los compañeros del novio estén de duelo, mientras el novio está con ellos? Llegará el tiempo en que el novio les será quitado; entonces ayunarán». 

Antes de este pasaje aparece Jesús y sus discípulos comiendo en casa de un publicano; ahora los discípulos de Juan Bautista los sorprenden comiendo en un día de ayuno. Juan los ha enviado a seguir a Jesús, desde que lo señaló como el que era más grande que él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero estas actitudes de Jesús y lo que enseña a sus discípulos los desconciertan. Por eso le preguntan: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? 

Jesús responde situando la cuestión en otra esfera de pensamiento: en la esfera de la revelación del amor salvador de Dios ofrecido como gracia a todos los que escuchan su palabra y lo siguen. Su presencia señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios, el tiempo nuevo de la realización de las promesas hechas por Dios a Israel, tiempo de la fiesta de la nueva humanidad reconciliada. 

Se debe, por tanto, celebrar y hacer fiesta. Jesús lo dice con el proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye perentoriamente toda forma penitencial. Los profetas previeron este tiempo y su corazón se llenó de alegría. Recordemos, por ejemplo, a Isaías: “El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido” (Is 61, 1-3) 

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús, anunciando su final. Les quitarán al novio cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Entre la alegría primera de su presencia en la tierra y la consumación de la unión perfecta de la humanidad salvada con Dios en el banquete nupcial del reino, transcurre el tiempo de la espera. 

Es tiempo de la vivencia de su presencia interior resucitada, que alienta la espera de la pascua eterna. De momento queda el símbolo de su cruz: en los crucificados. Y el signo eficaz de su presencia viva en el partir el pan. Esos símbolos nos guían a la práctica de la religión verdadera, y en particular al ayuno que quiere el Señor, que consiste en partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Así nos encontramos con el esposo, hecho el último y el servidor de todos. 

Las pequeñas parábolas sobre lo viejo y lo nuevo: no se puede coser un pedazo de tela nueva en un vestido viejo porque, al encoger, hará un desgarrón mayor, ni se puede guardar vino nuevo en odres viejos porque al seguir fermentando reventará los odres y todo se perderá, vienen a subrayar la idea de que son incompatibles la religión nueva del corazón, que Jesús enseña, y la religión legalista y puramente exterior del judaísmo. 

El reino viene; a la novedad del anuncio debe responder la novedad de la respuesta humana. Ésta no puede consistir en un simple reformismo sino en una renovación radical y plena. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17): este cambio profundo implica despojarse de las seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de la fe que actúa en el amor.

jueves, 19 de febrero de 2026

Condiciones para el seguimiento de Jesús (Lc 9, 22-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

Camino del calvario, óleo sobre lienzo de Domenico Zampieri “Domedichino” (1610), Centro Getty, Los Ángeles, Estados Unidos

Les decía: «El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará».
También Jesús decía a toda la gente: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. Les digo: el que quiera salvarse a sí mismo se perderá, y el que pierda su vida por causa mía, se salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se disminuye a sí mismo?». 

En el camino hacia Jerusalén donde iba a ser entregado, Jesús anunció a sus discípulos que “tenía que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, que lo matarían y al tercer día resucitaría”. Habló de esto con claridad, haciendo ver que su misión era la del Mesías Siervo, que no se acredita con un triunfo según el mundo sino asumiendo el dolor y la culpa de sus hermanos. Con ello Jesús aceptaba como propia la voluntad de su Padre que ama tanto al mundo hasta entregar a su Hijo. Con ello demostraba que “no hay mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. 

Junto a los anuncios de su pasión, Jesús expone las opciones capitales que ha de tomar el que quiera ser su discípulo, sobre todo en los momentos difíciles que le toque vivir, cuando sienta la tentación de volverse atrás. 

Y lo primero que dice Jesús es que la adhesión a su persona y a su mensaje requiere una decisión de ir en pos de él, de seguirlo. En cierto sentido era lo que hacían los discípulos de los rabinos judíos de aquel tiempo, pero el modo como Jesús plantea el seguimiento implica una disposición personal a recorrer con él su camino hasta el final y asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. Lo que quiere Jesús es la identificación con él, para que su vida se prolongue en la del discípulo. Pablo dirá: “Vivo yo, ya no yo; es Cristo quien vive en mí” (Fil 1). “Estoy crucificado con Cristo y no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal 2). 

El determinarse a ser como él implica también negarse a sí mismo, es decir, negar cada uno su falso yo –deformado por la voluntad de poder, la ambición y el egoísmo–, para hacer nacer su verdadero yo y hacer posible la donación sin reservas. Morir al egoísmo es nacer al amor solidario. Hay que volver la mirada a los otros para amarlos. Como Jesús: hombre para los demás. 

Cargue con su cruz cada día, añade Jesús, aludiendo a la lucha que cada uno ha de mantener contra el mal que actúa en él, la lucha contra el egoísmo. Es mi tarea diaria, que nadie puede hacer por mí. Llevar la cruz significa también asumir las cargas de sufrimiento y renuncia que la vida impone y ver la presencia de Dios en esas circunstancias. Entonces se revela el sentido que pueden tener y el bien al que pueden contribuir si se viven con Dios. No se trata de añadir sufrimientos a los que la vida misma y las exigencias del compromiso cristiano normalmente nos imponen. Se trata de aprender a llevarlo como Cristo nos enseña. 

La vida es un don y se realiza dándola; encerrarse en sí mismo, en su propio amor querer e interés, es echarla a perder. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará. La entrega de uno mismo a los demás y a Dios, en eso consiste la vida auténtica y verdadera, que no se pierde, porque pertenece ya a Dios y él estará a su lado aun en la muerte. Es la realización plena de la persona que todos anhelamos, el tesoro escondido que uno descubre y, por la alegría que le da, vende todo para poder ganarlo.