P. Carlos Cardó SJ
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| Ordenación de los siete sacramentos, óleo sobre lienzo de Nicolás Poussin (1636 – 1639), Museo Kimbell Art, Fort Worth, Texas, Estados Unidos |
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?".
Ellos contestaron: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas".
Él les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?".
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Jesús le respondió: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo".
El cristianismo es ante todo una relación personal con el Señor Jesús, a quien amamos –como dice san Pedro en su 1ª carta– sin haberle visto, en quien creemos aunque de momento no podamos verlo, y ello nos hace rebosar de una alegría inefable y gloriosa. Para comprobar si sus discípulos tienen este afecto hacia él, Jesús les pregunta: ¿Quién dicen que soy yo?
Pedro confiesa: Tú eres el Mesías-Cristo el Hijo de Dios vivo. Y Jesús señala que esta confesión de fe no ha podido nacer de la aguda inteligencia y reflexión de su discípulo, sencillo pescador de Galilea, sino que ha brotado en él como fruto de una gracia especial. Por eso le dice: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
Esta misión de Pedro la expone el evangelio de Mt con tres imágenes: la roca, las llaves y el atar y desatar. Pedro, o Cefas, que significa roca, será el fundamento del edificio que es la Iglesia. Jesús será quien levante el edificio que congregará a todos sus fieles. Pedro será el cimiento porque Dios le ha concedido la verdadera confesión. A esta Iglesia, que mantiene viva la presencia del Señor resucitado, de su palabra y de sus obras, Jesús le promete: los poderes de la muerte no podrán prevalecer contra ella.
La otra imagen son las llaves. Te daré las llaves del reino de los cielos. Este gesto no significa –como sugieren algunas representaciones gráficas de San Pedro– que sea el portero del cielo, ni tampoco que sea dueño de la Iglesia –Jesús dice “mi Iglesia”–. La entrega de las llaves significa que Pedro recibe la misión de ser como el administrador que representa al dueño de la casa y obra en su lugar, por delegación. Pedro podrá abrir y cerrar el nuevo templo de la Iglesia, actuar en nombre de Cristo y representarlo. Cuanto Jesús promete aquí a Pedro, más tarde lo extenderá a toda la Iglesia (Mt 18,18).
La tercera imagen es la de atar y desatar: lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Corresponde al servicio de interpretar y definir lo que es conforme a la fe revelada y lo que la recorta, desvía o contradice. A Pedro se le confía el ejercicio de la autoridad de declarar lo que está prohibido y lo que está permitido, de acoger en la comunidad o de excluir de ella. Jesús nos mostró lo que conduce al reino de Dios y lo que aleja de él. Pedro tendrá que continuar esta labor. Jesús no abandona a su Iglesia, le da un guía con una gran autoridad, que actuará bajo la inspiración y asistencia continua de su Espíritu.
El prefacio de la misa de hoy resume la obra que Dios realizó por medio de los apóstoles Pedro y Pablo: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó; Pedro fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, Pablo fue maestro y doctor en la vocación de los gentiles. Así, por caminos diversos, congregaron la única familia de Cristo y una misma corona asoció a los dos a quienes venera el mundo.Hoy, pues, es un día propicio para renovar el sentido de Iglesia que –como enseña san Ignacio en sus Reglas para sentir con la Iglesia– se fundamenta en la certeza de que “entre Cristo nuestro señor esposo y la Iglesia su Esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige” (Ejercicios Espirituales, 365).
Ese sentido eclesial nos hace ver a la Iglesia, más allá
de sus aspectos humanos siempre perfectibles, como una realidad sostenida por Cristo
con un apoyo incondicional, continuado y fiel. Gracias a esta asistencia del
Señor, la santidad de innumerables miembros suyos, la unidad e integridad del
mensaje que transmite libre de error, y el vínculo irrompible que la mantiene
unida a los primeros testigos de la revelación de Dios en Jesucristo, todas
estas notas y características de la Iglesia prevalecen sobre la fragilidad,
contradicciones y pecado de sus miembros. Si ha resistido durante tantos siglos
no es por su fortaleza propia ni por los poderes alcanzados sino por el apoyo
del amor de Jesús, por su increíble obra de sostenimiento y socorro permanente.



