P. Carlos Cardó SJ
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| Señor Jesús, sé nuestro invitado, óleo sobre lienzo de Fritz von Uhde (1885), Antigua Galería de Berlín, Alemania |
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que
he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a
darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que
deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el
que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será
el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será
grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor
que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino
de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante
el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será
llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado
ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del
lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí
mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al
altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar
tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el
camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la
cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último
centavo.
También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo
les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con
ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado,
arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y
no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para
ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale
perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de
castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado
de divorcio. Pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que
vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con
una divorciada comete adulterio. Han oído que se dijo a los antiguos: No
jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con
juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que
es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde Él pone los pies; ni por
Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque
no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí,
cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del
maligno".
Jesús, con la
autoridad de quien dio los diez mandamientos, modifica la Ley de Moisés, no
para contradecirla ni abolirla, sino para darle su sentido pleno. La Ley era el
sello de la alianza de Dios con Israel, pero los rabinos fariseos la habían convertido
en un conjunto de prácticas exteriores, descuidando lo fundamental: el amor y
la justicia. Jesús hace pasar de una moral de acciones externas, a la moral de
actitudes que arraiga en el corazón, porque de los deseos del corazón provienen
las malas acciones. Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente
que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor
como centro. Vieron asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee
autoridad por sí misma, sino por Jesús y que, por consiguiente, su función es
la de ser guía –preceptor o pedagogo, dice Pablo– hacia Cristo (Gal 3,24),
quien por medio de su Espíritu, infundido en nuestros corazones, nos impulsa a
la justicia mayor del amor.
Por todo esto,
Jesús no dudó en mostrarse libre frente a las exigencias concretas de la ley
cuando estaba de por medio el derecho de las personas o la vida de un ser
humano que reclamaba su auxilio: por eso curó enfermos en sábado y liberó a sus
discípulos de las tradiciones litúrgicas respecto a las purificaciones y
ayunos.
Abrió la ley
a las exigencias más profundas del amor a los demás. No basta no matar (vv.
21-26), dirá; también la ira, el insulto, el desprecio son formas de matar al
otro. El acuerdo y la reconciliación entre los hermanos están por encima del
culto religioso (23-24). No ponerse de acuerdo significa destruir la propia
condición de hijo y de hermano (25-26). Por eso, no puede tener a Dios por Padre
ni tomar parte en el banquete de los hermanos quien primero no se reconcilia
con su hermano que tiene algo contra él. La fraternidad rota hay que
restablecerla. Mantener el desacuerdo es ya en sí mismo “el mal”. A eso se
refiere Jesús cuando habla de la condena al
fuego que no se apaga, la Gehenna,
que era un lugar a las afueras de Jerusalén, en donde los paganos ofrecían sacrificios
humanos al dios Moloch, y que los hebreos habían desacralizado convirtiéndolo
en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. Jesús se vale de esta
imagen para afirmar que quien no considera al otro como hermano es como si
hubiera sacrificado su propia vida y la hubiese arrojado a la basura.
A
continuación, Jesús interpreta el mandamiento No cometerás adulterio (v.27-32). Lo que busca es inculcar en sus
oyentes el respeto a ese bien fundamental del prójimo que es su vida de pareja,
en la que se realiza como persona a imagen de Dios. Jesús prohíbe no sólo el
adulterio físico sino también el del corazón. Una fidelidad puramente exterior,
que no sea a la vez del ojo y del corazón, será una hipocresía. El ojo es para
desear y la mano para tomar. Hay aquí una advertencia contra la tendencia que
lleva a no admirar nada sin querer en seguida adquirirlo, consumirlo. Jesús nos
exhorta a cuidar esa tendencia para que ni el ojo con que deseamos ni la mano
con que agarramos sean para nuestra muerte. La decisión ha de ser firme, sin
componendas. Por eso su lenguaje hiperbólico: arráncate el ojo, córtate la mano, si son ocasión de pecado.
Luego habla
Jesús de la indisolubilidad del matrimonio. No la propone como una ley más dura
que la antigua, sino como una gracia que Dios concede. Dios es quien capacita
para amar con fidelidad. Jesús dirá: Ámense
como yo los he amado. Permanezcan en mi amor. Por eso el amor fiel se
recibe como gracia, se lleva a la práctica en obediencia y madura con la
educación del amor. Hay que educar para el amor verdadero que tiene en sí mismo
la fuerza para crecer y rehacerse en medio de las dificultades. Por falta de
esta educación, llegan inmaduras a la boda, incapaces de asumir con libertad responsable
el compromiso estable y definitivo del matrimonio cristiano, motivados
únicamente por el deseo de ser felices, pero no formados en la capacidad de
asumir las frustraciones (y la cuota de infelicidad) que toda vida trae
consigo. Creen que el amor dura mientras uno es feliz, no creen en el amor que
se recrea, se cura, soporta y perdona para renacer en una nivel superior de
mutua comprensión y apoyo; en una palabra, no creen en el amor cristiano que
canta San Pablo en la 1 Corintios 13. Formación,
acompañamiento, comprensión y discernimiento pueden lograr lo que ninguna ley
es capaz de lograr, devolviéndole al matrimonio su pureza original de libre
donación de amor hasta la muerte.
Finalmente,
el evangelio de hoy habla de la sinceridad y transparencia. Quien jura pone a Dios
por testigo de su propia veracidad. Jurar en falso es poner a Dios por testigo
de una mentira. Por eso, los juramentos y promesas se han de cumplir para no
deshonrar a Aquel que ha sido puesto como testigo. En todo caso deberá bastar
la propia palabra, como garantía de que la persona es digna de credibilidad.
Mucho hay que trabajar en los hogares, en las escuelas, en las iglesias para
devolver credibilidad a la palabra en una sociedad que induce a lo contrario: a
convertir el sí en no y el no en sí según sea el propio interés.