viernes, 10 de julio de 2026

Persecuciones (Mt 10, 16-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Crucifixión de San Pedro, óleo sobre lienzo de Sebastián Bourdon (1643), Catedral Notre Dame, París, Francia

Miren que los envío como ovejas en medio de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma ¡Cuídense de los hombres! A ustedes los arrastrarán ante sus consejos, y los azotarán en sus sinagogas. Ustedes incluso serán llevados ante gobernantes y reyes por causa mía, y tendrán que dar testimonio ante ellos y los pueblos paganos. Cuando sean arrestados, no se preocupen por lo que van a decir, ni cómo han de hablar. Llegado ese momento, se les comunicará lo que tengan que decir. Pues no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes. Un hermano denunciará a su hermano para que lo maten, y el padre a su hijo, y los hijos se sublevarán contra sus padres y los matarán. Ustedes serán odiados por todos por causa mía, pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. En verdad les digo: no terminarán de recorrer todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre." 

Yo los envío como ovejas en medio de lobos. El discípulo queda asociado al destino del Cordero. Siervo inocente soportó sobre sí la violencia del mal y, sin devolverlo, venció al mal. Siervo golpeado por nuestras iniquidades y traspasado por nuestros delitos, sufrió nuestros sufrimientos y cargó con nuestras maldades (Is 53, 7). Así quiso Dios realizar la salvación del mundo y así había simbolizado el profeta la venida del salvador. Jesús asumió libremente este destino por el mismo amor con que el Padre amaba al mundo. 

Identificados con su Señor, los discípulos de Jesús han de estar dispuestos a asumir el mismo destino de su Maestro, se sentirán ellos también rechazados y hostigados como ovejas en medio de lobos. Y habrán de andar con prudencia y sencillez. Prudentes, no con la astucia que engaña sino con la inteligencia con que se disciernen los engaños y peligros, para no exponerse al mal. Sencillos también para confiar siempre en el auxilio del Señor que no les faltará, sobre todo cuando haya que afrontar el mal inevitable. 

Este fue el modo de proceder de Jesús, que será también lo característico de la multitud de testigos suyos que lo seguirán (Hebr 12,1), dispuestos a identificarse con él en su estilo de vida y también en una muerte como la suya. Recordarán que la suerte del Maestro ha de ser la del discípulo y si lo persiguieron a él, a ellos también los perseguirán (Jn 15,20). Los entregarán a los tribunales… como hicieron con él. Los que intentan apagar la verdad con la injusticia no soportarán su forma de ser que contradice radicalmente lo que ellos viven. El justo con su sola presencia desenmascara la mentira del corrupto, que, al no poder hacerlo callar, querrá hacerlo desaparecer de su vista. 

Así darán ustedes testimonio, anunció Jesús. El martirio significa testimonio. La sangre derramada del discípulo sella como supremo testimonio su determinación de vivir hasta el final los valores que el Maestro transmitió. Con su martirio también, el testigo fiel demuestra que esos valores por los cuales ha vivido, valen más que la vida. 

Por eso puede morir en paz, seguro de que el Espíritu hablará en su favor. En el peligro, no le arrebatará ningún espíritu de miedo o de egoísmo, de odio o de violencia, sino el Espíritu de Dios, espíritu de amor que actúa en los corazones, e infunde el coraje (¡mucho más fuerte y eficaz que el de la venganza!) para perdonar incluso a los que lo persiguen. 

El espíritu del mundo, espíritu de injusticia y de conflicto, seguirá extendiendo su influjo aparentemente invencible. Por él, el hermano entregará al hermano a la muerte; se levantarán los hijos contra los padres y los matarán… La falta de moral ataca las raíces de la vida, destruye la convivencia, mata los afectos y los sentimientos. Pero el Espíritu de Cristo se abre paso y asegura la victoria porque ya la anticipó y desplegó para siempre al resucitar a Jesús de entre los muertos. El amor es más fuerte. 

Quien se mantiene en esta fe que vence al mundo, ese se salvará.

jueves, 9 de julio de 2026

Proclamación del reino cercano (Mt 10, 7-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Pedro y San Juan curan a un cojo, óleo sobre lienzo de Nicolás Poussin (1655), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, Estados Unidos

A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca! Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios. Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar. No lleven oro, plata o monedas en el cinturón. Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto; no lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento. En todo pueblo o aldea en que entren, busquen alguna persona que valga, y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en la casa, deséenle la paz. Si esta familia la merece, recibirá vuestra paz; y si no la merece, la bendición volverá a ustedes. 

Aparece al comienzo del texto un dicho de Jesús acerca de la preferencia de los miembros del pueblo de Israel como primeros destinatarios del mensaje evangélico. Esta preferencia corresponde a la primera percepción que tuvo Jesús de su misión como centrada en Israel, y que le hizo decir: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15, 24). Y así fue hasta que la negativa del pueblo judío a seguirlo y la hostilidad que sus jefes desarrollaron contra él le llevaría a ampliar su perspectiva hasta el mundo de los paganos y dar alcance universal a su anuncio de la salvación: Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Son las dos fases sucesivas que tuvo su actividad pública y la de la primitiva comunidad cristiana: primero la llamada al pueblo de Israel y después la apertura al mundo pagano, entendida por la primera comunidad como voluntad expresa del Señor resucitado. Jesucristo es, pues, el Mesías esperado de Israel y es el salvador y señor del mundo. 

Las instrucciones que Jesús da sus enviados tienen que ver con lo que deben decir y hacer. Deben proclamar no una ideología, ni simplemente una doctrina o una moral sino la buena noticia de que el amor de Dios se ha revelado y se ofrece como salvación para todos. Han de anunciar la cercanía del reinado de Dios con su amor y justicia. Las obras que acompañarán el anuncio deben hacer ver que se ha iniciado ya la era mesiánica, el tiempo del encuentro de la humanidad con Dios en un mundo transformado por la fraternidad, la paz y la justicia. 

Sanar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios son las mismas acciones que Jesús realizaba, a través de las cuales se podía advertir que el reinado de Dios ya había venido con él. Asimismo, la palabra que él dirigía al pueblo, la seguirán proclamando sus discípulos y será como semilla sembrada en la historia, que brotará y crecerá hasta alcanzar su plenitud en el reino de libertad y de vida. 

Den gratis lo que gratis recibieron, les manda Jesús a sus enviados. La gratuidad es expresión y condición de la libertad. Por eso la tarea evangelizadora se ha de realizar gratuitamente. Aparece así más clara la acción de lo alto. La pobreza hace creíble el mensaje. La búsqueda de lucro, en cambio, puede hacer que el dinero se convierta en el móvil principal del evangelizador y puede pervertir el mensaje. El evangelio promueve relaciones de gracia, amor y servicio, en vez de relaciones basadas en interés y compraventa. La seguridad del apóstol estará en el mensaje de que es portador y en la promesa de su Señor: Yo estaré con ustedes (Mt 28, 20). Obrando así, experimentarán que hay más felicidad en el dar que en el recibir (Hech 20, 35). 

Las otras recomendaciones (no lleven oro ni dinero, ni morral, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón) apuntan a la disponibilidad total que deben mostrar los enviados y a la libertad que han de tener frente a toda atadura o dependencia o todo interés material, para que toda su seguridad radique en la misión misma. Así, libres de todo, vivirán de la hospitalidad que la gente buena les brinde y ellos, por su parte, aportarán a quienes los reciban la paz, el Shalom de los hebreos, que es la paz propia de la era mesiánica, el conjunto de los bienes de la promesa. Pero a quienes rechacen el mensaje del evangelio, no podrán hacer otra cosa que advertirles –con el gesto de sacudirse el polvo de sus pies– que pueden tener un final catastrófico, es decir, echar a perder su vida. Se entra al Israel de Dios acogiendo el don de lo alto, o se queda fuera de la promesa. No acoger el don de Dios es quedar privado de vida. Con ese gesto profético ponen de manifiesto la separación que se ha producido. 

En síntesis: Jesús llama y envía. Tiene necesidad de colaboradores para dar continuidad a su misión de anunciar e instaurar el reino de Dios. Los enviados por él serán delegados suyos que transmitirán sus enseñanzas y realizarán sus mismas obras buenas, pero sobre todo tendrán que procurar vivir como él vivió.

miércoles, 8 de julio de 2026

Envío de los Doce (Mt 10, 1-7)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y sus doce apóstoles, mosaico griego de autor anónimo (Siglo XVIII), Iglesia Antoquiana Ortodoxa de San Pablo, Victoria, Australia

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: "No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos". 

Jesús llamó a sus doce discípulos. Quiere prolongarse en el mundo por medio de ellos. Serán sus enviados (apóstoles), representantes suyos; por eso les da los mismos poderes que tenía: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Hay, pues, una clara intención de señalar la continuidad entre la misión de Jesús y la de los Doce. La autoridad que les transmite y el envío a realizar la obra que él hacía, determinan lo que va a ser la actividad de su Iglesia, allí representada como en su núcleo original. 

Jesús elige a doce. El número corresponde a las doce tribus de Israel. Corresponde al nuevo pueblo de Dios, de los últimos tiempos, el Israel fiel que Jesús quiere congregar a partir de este germen inicial de doce galileos desconocidos y pobres. Pero así es el estilo de Dios, que actúa siempre en la debilidad y pequeñez, para sacar fuerza de lo débil, de modo que nadie se atribuya el éxito de la obra que él realiza. 

Es además un grupo heterogéneo. Se menciona primero a Simón Pedro y a los otros tres –Andrés, hermano de Pedro y los hijos de Zebedeo, Juan y Santiago– cuyo llamamiento ha narrado ya Mateo en 4, 18-22, y que trabajaban en el lago de Galilea porque eran pescadores. De cinco de ellos no se dice nada: Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, y Tadeo.  En el caso de Mateo, se menciona su oficio, probablemente por la extrañeza que causó que hubiese un publicano en el grupo. Hay un Simón apodado Cananeo, que no significa natural de Caná sino fanático, probablemente por pertenecer al grupo de los celotas. Y finalmente se menciona a Judas el traidor, con el apelativo gentilicio de Iscariote, que significa hombre de Ischaria o de Ischaris. Todos son simples pescadores y artesanos de una de las regiones más deprimidas y olvidadas de Palestina. Ningún funcionario notable, ni escriba docto, ni acomodado terrateniente o comerciante de la zona. Viendo cómo la obra del Señor se continúa por medio de los creyentes, San Pablo dirá a los cristianos de Corinto: Fíjense, hermanos, a quiénes los llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia…; lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte… de modo que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios (1 Cor 1,26-29). 

Así, a ese grupo de gente insignificante Jesús los reviste de poder para expulsar espíritus impuros y curar toda enfermedad y dolencia. Los reviste con su poder y autoridad para que realicen en la historia los signos concretos de la venida del reino. Al Mesías le sucederá la comunidad mesiánica, pero él seguirá presente, comunicándole su poder para enfrentar y vencer al mal que actúa en el mundo. La eficacia de su acción liberadora se verá en la lucha contra los “espíritus inmundos” que tienen que ver con todo aquello que perturba, oprime y empobrece la vida humana. 

La misión de Jesús, confiada a los apóstoles, es universal, pero Jesús reconoce el rol que le corresponde a Israel dentro del plan de salvación de Dios. Por eso los envía primero a los judíos. No transiten por regiones de paganos ni entren en los pueblos de Samaria. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Los hijos de Abraham, herederos de la promesa, son el pueblo que Dios se escogió para anunciar a todas las naciones su ofrecimiento de salvación. Pero se ha mostrado infiel a su vocación y no ha querido escuchar la voz de los profetas que insistentemente lo han llamado a restablecer su alianza con Dios. A ese pueblo Jesús quiere hacerle ver que el tiempo se ha cumplido y pueden aún convertirse a Dios creyendo en su Enviado y en la buena noticia que les trae. Pero el pueblo judío lo rechazará. Por eso, en adelante, el pequeño germen de los doce apóstoles dará origen al nuevo Israel de la nueva alianza. Ellos serán los encargados de propagar el mensaje de Jesús, el evangelio del reino, con sus palabras y sus signos, que ellos continúan, y con su presencia, que los guía. Por eso les dirá: El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a quien me envió (Mt 10, 40, cf. 28, 16-20).

Curación de un mudo (Mt 9, 32-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo cura a un sordomudo, óleo sobre lienzo de Domenico Maggiotto (Siglo XVIII), Colección privada, subastado en Christie’s en 2018

Apenas se fueron los ciegos, le trajeron a uno que tenía un demonio y no podía hablar. Jesús echó al demonio, y el mudo empezó a hablar.
La gente quedó maravillada y todos decían: "Jamás se ha visto cosa igual en Israel".
En cambio, los fariseos comentaban: "Este echa a los demonios con la ayuda del príncipe de los demonios".
Jesús recorría todas las ciudades y pueblos; enseñaba en sus sinagogas, proclamaba la Buena Nueva del Reino y curaba todas las dolencias y enfermedades.
Al contemplar aquel gran gentío, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor. Y dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha". 

Antes de este texto está el de la curación de dos ciegos, que alude a la fe, entendida como como visión. Ahora la curación del mudo alude a la fe como capacidad de comunicar la palabra. 

La fama de Jesús se difunde, ha llegado la noticia de la curación de los ciegos, por eso le traen ahora a un mudo poseído por un demonio. En el evangelio, mudo es quien no oye la Palabra ni es capaz de expresarla. La curación consistirá, pues, en la liberación que capacita para comunicar la fe. El demonio es espíritu de oscuridad y muerte, impide la Palabra de vida. Pero no resiste a Jesús, que es la luz y la Palabra de Dios encarnada. 

Llama la atención que en el texto ni siquiera se menciona lo que Jesús dice o hace al enfermo; la atención se pone en la reacción de la gente. Unos, la gente sencilla, maravillados por la obra que Jesús realiza, ven en ella el cumplimiento de la promesa mesiánica, y exclaman: Nunca se ha visto cosa igual en Israel. Los fariseos, en cambio, tienen una reacción contraria y, en vez de ver en la curación del mudo la manifestación del poder salvador de Dios en Jesús, utilizan el mismo milagro contra él, afirmando que con el poder del príncipe de los demonios hace estas cosas. Este enfrentamiento anticipa el conflicto final que llevará a Jesús a la cruz. 

Viene a continuación un resumen de la actividad de Jesús, típico de los evangelios sinópticos, para señalar el paso a otra sección. Aparecen las tres ocupaciones más características de Jesús: la enseñanza, la proclamación de la buena noticia del reino de Dios y la curación de enfermos. 

Dicho sumario concluye con la alusión a los profundos sentimientos de compasión que despertaba en Jesús la suerte de su pueblo, abandonado, sin guías ni líderes seguros y honestos que vieran por su bien. Los pastores son las autoridades, de quienes ya el profeta Ezequiel había dicho que, en vez de promover el bien del pueblo, buscaban enriquecerse. ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!... Se alimentan con su leche, se visten con su lana; matan a las más gordas, pero no apacientan el rebaño. Al no tener pastor, se dispersaron… Por eso, así dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro (Ez 34, 2-3.11). Con ese mismo tono polémico, aludiendo implícitamente a los jefes judíos, que van a ser sustituidos por nuevos guías, Jesús manda a sus discípulos para que atiendan a las ovejas de Israel. 

Las palabras que emplea para este envío mencionan a la cosecha, que en los escritos de los profetas servía para indicar el juicio final. Con ello, Jesús da a la misión de los evangelizadores una trascendencia muy especial: el mensaje de que serán portadores ofrecerá a la gente el don del amor de Dios, que salvará sus vidas si lo acogen en actitud de conversión. Queda claro que el don de la salvación, y su mismo anuncio, no parten de la iniciativa humana sino de la voluntad del dueño de la cosecha: La cosecha es abundante pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a recogerla. 

A todos nos llega la invitación que hace el Señor. Todos somos llamados. La misión nos atañe, es de todos y para todos. Así mismo, orar para que el dueño de la cosecha mande operarios y mostrarse al mismo tiempo disponible para ir a trabajar en ella, son la expresión de la adhesión a Jesús, el buen pastor. Como él, la inquietud constante del discípulo será manifestar con su vida y con su palabra el amor que Dios tiene a todos, sin distinción, pero mostrando al mismo tiempo una especial solicitud por las ovejas débiles, perdidas o descarriadas, para que no se pierda ninguna. Este Dios expresa una gran alegría en el cielo cuando los descarriados y excluidos son integrados realmente y pueden vivir en la comunidad el amor que él les tiene.