lunes, 21 de septiembre de 2026

Vocación de Leví y comida con pecadores (Mt 9, 9-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Llamamiento a Mateo, témpera sobre tela de Mateo Carpaccio (1502), iglesia de San Giorgio degli Schiavoni, Venecia, Italia

Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Mateo se levantó y lo siguió. Como Jesús estaba comiendo en casa de Mateo, un buen número de cobradores de impuestos y otra gente pecadora vinieron a sentarse a la mesa con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al ver esto, decían a los discípulos: «¿Cómo es que su Maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?».
Jesús los oyó y dijo: «No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa esta palabra de Dios: Me gusta la misericordia más que las ofrendas. Pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». 

Tres temas importantes de la tradición cristiana aparecen unidos en un solo relato: el llamamiento de Mateo publicano (llamado Leví en Mc 9,14 y en Lc 5,27), la comida de Jesús con gente de mal vivir, y la frase que sintetiza la misión para la que ha sido enviado: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. 

Mateo (o Leví) ejercía un oficio despreciable: era cobrador de los impuestos (sobre el suelo y per capita) que los romanos obligaban a pagar a los pueblos dominados. Los funcionarios del Estado encargados de ello solían arrendar sus mesas al mejor postor y, generalmente eran los publicanos los que las obtenían por las ganancias que les reportaban. Se valían de artimañas para explotar al público, alteraban las tarifas oficiales, adelantaban el dinero a quienes no podían pagar, para después cobrárselo con usura. Por eso, pero sobre todo porque colaboraban con los romanos, eran tenidos por traidores y ladrones, no poseían derechos civiles entre los judíos y la gente los evitaba. 

Jesús ve las cosas de otra manera, él trae consigo la misericordia que extrae el bien de todas las formas de mal y regenera al que no tiene quien le ayude a cambiar. Pasa delante de Mateo, lo ve y le dice: Sígueme, sin más, sin siquiera esperar su cambio de profesión y, sobre todo, la reparación que debía hacer y consistía en restituir la cantidad defraudada, aumentada en una quinta parte. Pero ¿cómo puede saber Mateo a quién ha robado todo? Ciertamente ni él ni los allí presentes se lo esperaban. Y por eso, sin más trámite, se levantó y lo siguió; es decir, inició un camino de transformación que hará de él una persona nueva. 

A continuación, Jesús realizó un gesto público que debió resultar tanto o más chocante porque al no dudar en irse a comer con Mateo y permitir que tomaran parte también en la mesa muchos recaudadores de impuestos y pecadores públicos, estaba realizando una acción atrevida, provocadora desde el punto de vista religioso. Era un signo profético, con el que Jesús venía a declarar que la comunión de mesa del banquete del reino de los cielos no estaba reservada únicamente a los justos cumplidores de la ley y miembros de la raza escogida, sino que está abierta también a los excluidos, a los despreciados, a los no practicantes, incluso a los traidores porque el Dios que obra en Jesús a nadie excluye, y está dispuesto a perdonar a quienes más necesitan de su misericordia. Ellos son los primeros receptores de su amor, que transforma sus vidas y los hace personas nuevas. 

En consecuencia, en la comunidad cristiana no puede haber discriminaciones ni exclusiones. La frase de Jesús condensa la manera como él ve su misión recibida del Padre y hace tomar conciencia a los cristianos de que ellos, los primeros, son los pecadores que han sido tocados por la misericordia de Dios y han sido llamados a su servicio. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Es un tema central en la predicación de Jesús y se puede ver en sus parábolas del hijo pródigo, de los viñadores homicidas, de los invitados a las bodas... 

Cada miembro de la comunidad cristiana puede verse en Mateo, o entre los pecadores invitados a la mesa de Jesús. Cada uno puede sentirse objeto de misericordia, acogido a la mesa. También puede sentirse llamado a aprender qué quiere decir: misericordia quiero y no sacrificios. Lo que espera Dios de nosotros son gestos solidaridad y misericordia, más que actos religiosos externos. Jesús da ejemplo, poniéndose a la mesa con pecadores, cumple la voluntad divina de buscar a esa gente y ofrecer a todos la posibilidad de rehabilitarse. 

Y esto es lo más importante del pasaje evangélico: la nueva imagen y experiencia de Dios que Jesús revela y transmite en contraposición con la idea de Dios discriminador que transmitían los rabinos fariseos. Jesús revela a un Dios que muestra su grandeza y su amor salvador como misericordia, no quiere que nadie se pierda y a todos acoge porque es padre. Jesús aparece no sólo como maestro de misericordia sino como encarnación misma del amor misericordioso que es la esencia de Dios. Su comunidad, por tanto, no puede ser otra cosa que un espacio acogedor y fraterno en el que se refleje el rostro del Dios de Jesús.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo XXV del Tiempo Ordinario - Los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Parábola de los trabajadores en la viña, óleo sobre lienzo de Salomon Koninck (siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Jesús les dijo: Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un propietario salió de madrugada a contratar trabajadores para su viña. Se puso de acuerdo con ellos para pagarles una moneda de plata al día, y los envió a su viña.
Salió de nuevo hacia las nueve de la mañana, y al ver en la plaza a otros que estaban desocupados, les dijo: «Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y fueron a trabajar.
Salió otra vez al mediodía, y luego a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Ya era la última hora del día, la undécima, cuando salió otra vez y vio a otros que estaban allí parados. Les preguntó: «¿Por qué se han quedado todo el día sin hacer nada?».
Contestaron ellos: «Porque nadie nos ha contratado».
Y les dijo: «Vayan también ustedes a trabajar en mi viña».
Al anochecer, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: «Llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos y terminando por los primeros».
Vinieron los que habían ido a trabajar a última hora, y cada uno recibió un denario (una moneda de plata). Cuando llegó el turno a los primeros, pensaron que iban a recibir más, pero también recibieron cada uno un denario. Por eso, mientras se les pagaba, protestaban contra el propietario. Decían: «Estos últimos apenas trabajaron una hora, y los consideras igual que a nosotros, que hemos aguantado el día entero y soportado lo más pesado del calor».
El dueño contestó a uno de ellos: «Amigo, yo no he sido injusto contigo. ¿No acordamos en un denario al día? Toma lo que te corresponde y márchate. Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso, y tú envidioso?».
Así sucederá: «los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos.» 

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. De ninguna manera esta frase alienta la incompetencia y la mediocridad. Los talentos que Dios da hay que hacerlos producir. Procurar mejorar en todo, perfeccionarse en los estudios, progresar profesionalmente, es lo que toda persona debe hacer por su propio bien y el de la sociedad. Pero si la motivación para lograrlo no es la de servir mejor, sino únicamente el lucro, la autocomplacencia y el provecho egoísta, desde el punto de vista cristiano eso no sirve para nada. Lo dice San Pablo: Ya puedo yo hablar las lenguas de hombres y de los ángeles, pero si no tengo amor soy como un bronce que suena o unos platillos que hacen ruido (1Cor 13,1); en otras palabras, ya puedo ser un triunfador según el mundo pero si no actúo por amor no merezco ninguna alabanza. 

La parábola es sencilla, el dueño de la viña, que representa al Padre del cielo, contrata a toda clase de obreros y a todos les paga un mismo jornal. Unos van a trabajar a primera hora, otros al mediodía y otros cuando la jornada ya concluye; cada uno cuando lo llama el Señor. A todos, en el tiempo propicio, cuando el Señor así lo dispone, nos toca la gracia. 

Jesús toma distancia de la justicia humana, que a veces puede ser parcial y deficiente. El “dar a cada uno lo suyo” puede fomentar las desigualdades cuando exigimos desde nuestros derechos adquiridos, buscando incrementar lo que ya tenemos, sin pensar primero en asegurar las necesidades más urgentes que otros padecen. La justicia de Jesús es de otro orden: para él, los últimos han de ser tratados como los primeros. La caridad y la misericordia coronan la justicia. Dios no se rige tanto por la justicia del derecho sino por la gracia. 

Sin darnos cuenta podemos trasladar a nuestra relación con Dios la lógica contable y lucrativa que rige los intercambios económicos. La relación con Dios no se basa en inversiones y ganancias, méritos y recompensas. Dios es amor gratuito y sobrea­bundante. Y su modo de obrar nos debe mover a ser agradecidos y desinteresados. Querer llevar una vida recta y hacer obras buenas para asegurarnos un premio aquí o en el más allá, es obrar como los primeros trabajadores de la viña que se quejan de que los últimos reciban igual salario; ellos quieren recibir más por sus méritos propios, no por gracia del Señor. No han conocido la justicia del reino, no han aprendido la lección de la gratuidad, núcleo central del amor. 

Así se portó Jonás cuando vio que Dios perdonaba a los habitantes de Nínive, que él creía merecedores de castigo. Así se portó también el hijo mayor que se quejó contra su padre porque mandó celebrar un banquete por el regreso del hijo pródigo. Lo mismo ocurría en la primitiva Iglesia con los cristianos procedentes del judaísmo que se quejaban porque los venidos del paganismo tenían en la Iglesia igual rango y derechos que ellos. Jesús mismo tuvo que enfrentar esta dificultad: los judíos no podían comprender que Dios ofreciera el don de la salvación a judíos y no judíos. Por eso declaró: Les digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mientras que los ciudadanos del reino serán expulsados a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes. (Mt 8,11-12). 

Realidad actual: muchos por el cargo que ocupan o por las buenas obras que practican adquieren relevancia y se creen superiores. Ante Dios no podemos esgrimir derechos ni exhibir méritos, los que consideramos “últimos” pueden estar delante de nosotros ante Dios. Seguir a Jesús pobre y humilde, venido no a que lo sirvan sino a servir, significa superar todo espíritu de rivalidad y codicia, desterrar todo “exclusivismo”, alegrarse con el éxito y cua­lidades de los demás, admitir con gozo que otros sean favorecidos por el Señor, que ama a todos sin distinción y gratuitamente, es decir, sin esperar nada a cambio.

sábado, 19 de septiembre de 2026

La parábola de la semilla (Lc 8, 4-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Satán sembrando cizaña, pincel y tinta marrón sobre boceto en tinta roja de Domenico Fetti (primer cuarto del siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad venían a él, les dijo esta parábola:
El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, la pisotearon, y las aves del cielo la comieron.
Otra parte cayó sobre la piedra; brotó, pero luego se secó, porque no tenía humedad.
Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron junto con ella, la ahogaron.
Y otra parte cayó en buena tierra, y nació, creció y produjo fruto a ciento por uno. Al terminar, Jesús exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga.
Y sus discípulos le preguntaron qué significaba esa parábola.
Y él dijo: «A ustedes se les concede conocer los misterios del Reino de Dios, mientras que a los demás les llega en parábolas. Así, pues, mirando no ven y oyendo no comprenden».

Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios.
Y los que están junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven.
La que cayó sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.
La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no producen fruto.
Pero la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.
 

Lucas presenta la parábola de la semilla en forma más concisa y fluida que Marcos y Mateo, pero subrayando algunos elementos que combinan mejor con el conjunto de su obra y responden a las necesidades de la comunidad a la que escribe su evangelio. 

Jesús anuncia su mensaje a todos, la gente que le escucha viene de todas partes. De igual manera, el sembrador esparce en todas partes su semilla, sin escoger los terrenos donde pueda caer. Esto significa que buena parte de la semilla puede caer inútilmente en tierras que no son aptas porque están llenas de obstáculos o no están preparadas, y se secará sin dar fruto. Pero el sembrador trabaja con esperanza porque sabe que habrá un tierra buena en la que el fruto podrá llegar a ser hasta de cien por uno. En este sentido, la parábola transmite una visión positiva que debe alentar a los cristianos en su labor de anuncio del evangelio, frente al aparente fracaso que pueden ver en su obra. Al mismo tiempo contiene una exhortación a todos los creyentes para que se conviertan y lleguen a ser terreno bueno, acogiendo el mensaje cristiano con corazón noble y generoso, y manteniéndose firmes y perseverantes. 

Jesús hace ver a sus discípulos que el anuncio de la palabra, es decir, la revelación de los misterios del reino, supone una actitud de escucha, acogida y adhesión interior para que sea eficaz. En eso consiste el conocimiento que Dios les concede, no por su capacidad o cualidades personales, sino por pura iniciativa suya: A ustedes se les concede conocer los misterios de su reino; pero a los demás se les habla en parábolas. Más adelante Jesús los llamará dichosos porque ven lo que ni los profetas ni los reyes pudieron ver (Cf. Lc 10, 23-24; 12, 32). 

Este don recibido de lo alto no es para guardárselo simplemente como un bien particular y privado; trae consigo la responsabilidad de conformar la propia vida con el mensaje que han escuchado y difundirlo por todas partes. A nadie niega el Señor el don de su mensaje de salvación –a todas partes llega su pregón y hasta los confines del orbe sus palabras (Sal 19,5) –, pero el resultado dependerá de que quienes lo escuchen, tanto los discípulos como “los demás” respondan de la mejor manera. Estos últimos, que representan al pueblo de Israel, y “los otros” en general tienen siempre abierta la posibilidad de convertirse, es decir, de dejar de mirar sin ver y escuchar sin comprender. 

¿Por qué unos ven y entienden y otros no? Es la cuestión de fondo, que probablemente preocupaba a la comunidad cristiana a la que Lucas dirige su obra. ¿A qué se debe que la misión evangelizadora no tenga éxito o se produzcan deserciones o haya cristianos que no llegan a madurar? La parábola responde por medio de la alegoría de los diversos tipos de tierras, que aluden a los diversos obstáculos, dificultades y riesgos que encuentra el anuncio del evangelio. 

El primer tipo de tierra corresponde a los que no acogen con fe el anuncio de la palabra. Ocurre en ellos lo que a la semilla que cae al borde de camino. El mensaje no cala en ellos, no porque no les haya llegado, sino porque se ven afectados por influjos diametralmente opuestos que les llegan de fuera. Así, la semilla no puede arraigar en ellos, apenas los roza y es arrancada de sus corazones. 

Los que desertan en el momento de la prueba se equiparan a la semilla que cayó en terreno pedregoso. Tienen fe pero por poco tiempo. Falla la perseverancia, sobre todo en la adversidad. Pusilánimes o superficiales, abrazan el mensaje cristiano, pero mientras les conviene para sus propios intereses y su comodidad personal. 

Los que escuchan la palabra, pero no llegan a madurar, son los que abren el corazón al mensaje, pero las preocupaciones de la vida diaria, las riquezas y los placeres ahogan su actitud de escucha, impidiéndoles alcanzar la madurez cristiana. 

Finalmente viene la tierra buena, el tipo de oyentes de la palabra en quienes el anuncio del evangelio produce las más valiosas reacciones del ser humano: nobleza de espíritu, generosidad y coherencia plena. Son los que conservan la palabra en su corazón y no interrumpen su crecimiento, son perseverantes hasta producir un fruto abundante. En este grupo, la palabra de Dios logra su cometido: el ciento por uno. El secreto es la perseverancia y la constancia, distintivo de las personas justas.

viernes, 18 de septiembre de 2026

No teman, pequeño rebaño (Lc 12, 32-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen pastor, ilustración de Eugene Burnand publicada en Les Paraboles, de los editores franceses Berger y Levrault (1908)

No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. 

No teman, repite Jesús con frecuencia en el evangelio. El miedo se opone a la fe, cuya raíz esencial es la confianza. El amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. (1Jn 4, 18). El llamado “temor de Dios”, que según la Biblia es inicio de la sabiduría (Prov 1,7), no se debe confundir con el miedo que es una reacción instintiva ante una amenaza; temor de Dios es sinónimo de respeto y reverencia, es aceptación de su paternidad y de su señorío en todo, y va unido a la confianza filial, por eso: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! (Sal 128, 1). A ése, el Señor lo bendice con toda abundancia de bienes y su existencia transcurre segura. 

Con verdadero afecto, Jesús llama a sus discípulos pequeño rebaño. Es el buen pastor que ama a sus ovejas, las conoce y ellas le siguen; más aún, nadie se las arrebatará (cf. Jn 10, 27-28). Ese pequeño grupo constituye el germen del que brotará la Iglesia de Cristo que, a su vez, será también pequeño rebaño, sin pretensiones de grandeza. Sólo así, si no se deja contagiar del poder de los grandes de este mundo, confiará siempre en su Señor, que la ama y la cuida con cariño como un esposo a su esposa (Ef, 5, 29) 

En otra ocasión Jesús se alegró porque su Padre había revelado los misterios de su reino a sus discípulos y a la gente sencilla (Cf. Lc 10, 21). Ahora expresa una mayor satisfacción porque siente que la paternidad solícita de Dios, que conoce a cada uno de los que él le ha dado, ha querido darles el reino. El Padre tiene un plan que debe cumplirse: otorgar el don de su reino a la comunidad de los discípulos de Jesús (de todos los tiempos), aunque sea pequeña, amenazada e indefensa como un pequeño rebaño. Pero, este don tienen que hacerlo ver los discípulos mediante su disposición pronta para compartir lo que tienen con los necesitados. Así se implanta el reino del Padre. Por eso Jesús añade: Vendan lo que tienen y den limosna. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. 

No es una exhortación a despreciar los bienes como si fueran malos o a descuidar el dinero. Lo que Jesús propone es un estilo de vida, caracterizado por la superación del ansia de posesión y por la esperanza en los bienes del reino, que significan la realización plena del ser humano y promueve en la tierra el fomento de la justicia. Para tener el corazón puesto en Dios, que es el tesoro verdadero, la persona deja de pensar sólo en sí misma, se abre al compartir fraterno y se muestra capaz de hacer uso de los bienes con la libertad de poder usarlos o dejarlos cuando convenga. Es no vivir para el dinero ni poner toda la seguridad en él. La verdadera riqueza no es lo que uno tiene, sino lo que comparte. Eso significa acumular bienes en el cielo, es decir, ponerlo todo en Dios y su reino, que es el verdadero tesoro. 

La palabra limosna no aparece en el Antiguo Testamento, pero el atender al extranjero, al huérfano y a la viuda (Dt 24,19) era una ley sagrada ordenada por Dios a Israel: no endurecerás tu corazón ni cerrarás la mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le darás lo que necesite (Dt 15, 7; cf., 8, 11; 26, 12; Lv 25, 35). Cristo exhortó a la práctica de la limosna, pero advirtió que no se debía realizar con ostentación buscando la alabanza de la gente (Cf. Mt 6, 2-4). En la Biblia, la limosna es expresión de justicia. Equivale a darle al otro lo que necesita para poder vivir. Porque todos somos hermanos, no es justo que uno posea y el otro desfallezca en la miseria. Es justicia distributiva. Para hacerla eficaz y para que se cumpla el plan del Creador, que hizo todos los bienes para sirvieran para el sustento de todos, la limosna adquiere el carácter de la cooperación nacional e internacional, del subsidio a las obras de beneficencia, de solidaridad con los damnificados por calamidades, de inversiones para el fomento de la educación y la salud de los menos favorecidos en la sociedad. Hay múltiples maneras de practicar la limosna.  Hay muchas maneras de ser justo según el evangelio, con la justicia mayor (el camino más excelente, de 1Cor 12, 31), que encuentra su perfección en la misericordia y promueve la fraternidad.