lunes, 29 de junio de 2026

Santos Pedro y Pablo (Mt 16, 13-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ordenación de los siete sacramentos, óleo sobre lienzo de Nicolás Poussin (1636 – 1639), Museo Kimbell Art, Fort Worth, Texas, Estados Unidos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?".
Ellos contestaron: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas".
Él les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?".
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Jesús le respondió: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo". 

El cristianismo es ante todo una relación personal con el Señor Jesús, a quien amamos –como dice san Pedro en su 1ª carta– sin haberle visto, en quien creemos aunque de momento no podamos verlo, y ello nos hace rebosar de una alegría inefable y gloriosa. Para comprobar si sus discípulos tienen este afecto hacia él, Jesús les pregunta: ¿Quién dicen que soy yo? 

Pedro confiesa: Tú eres el Mesías-Cristo el Hijo de Dios vivo. Y Jesús señala que esta confesión de fe no ha podido nacer de la aguda inteligencia y reflexión de su discípulo, sencillo pescador de Galilea, sino que ha brotado en él como fruto de una gracia especial. Por eso le dice: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. 

Esta misión de Pedro la expone el evangelio de Mt con tres imágenes: la roca, las llaves y el atar y desatar. Pedro, o Cefas, que significa roca, será el fundamento del edificio que es la Iglesia. Jesús será quien levante el edificio que congregará a todos sus fieles. Pedro será el cimiento porque Dios le ha concedido la verdadera confesión. A esta Iglesia, que mantiene viva la presencia del Señor resucitado, de su palabra y de sus obras, Jesús le promete: los poderes de la muerte no podrán prevalecer contra ella. 

La otra imagen son las llaves. Te daré las llaves del reino de los cielos. Este gesto no significa –como sugieren algunas representaciones gráficas de San Pedro– que sea el portero del cielo, ni tampoco que sea dueño de la Iglesia Jesús dice “mi Iglesia”. La entrega de las llaves significa que Pedro recibe la misión de ser como el administrador que representa al dueño de la casa y obra en su lugar, por delegación. Pedro podrá abrir y cerrar el nuevo templo de la Iglesia, actuar en nombre de Cristo y representarlo. Cuanto Jesús promete aquí a Pedro, más tarde lo extenderá a toda la Iglesia (Mt 18,18). 

La tercera imagen es la de atar y desatar: lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.  Corresponde al servicio de interpretar y definir lo que es conforme a la fe revelada y lo que la recorta, desvía o contradice. A Pedro se le confía el ejercicio de la autoridad de declarar lo que está prohibido y lo que está permitido, de acoger en la comunidad o de excluir de ella. Jesús nos mostró lo que conduce al reino de Dios y lo que aleja de él. Pedro tendrá que continuar esta labor. Jesús no abandona a su Iglesia, le da un guía con una gran autoridad, que actuará bajo la inspiración y asistencia continua de su Espíritu. 

El prefacio de la misa de hoy resume la obra que Dios realizó por medio de los apóstoles Pedro y Pablo: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó; Pedro fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, Pablo fue maestro y doctor en la vocación de los gentiles. Así, por caminos diversos, congregaron la única familia de Cristo y una misma corona asoció a los dos a quienes venera el mundo.Hoy, pues, es un día propicio para renovar el sentido de Iglesia que –como enseña san Ignacio en sus Reglas para sentir con la Iglesia– se fundamenta en la certeza de que “entre Cristo nuestro señor esposo y la Iglesia su Esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige” (Ejercicios Espirituales, 365).

Ese sentido eclesial nos hace ver a la Iglesia, más allá de sus aspectos humanos siempre perfectibles, como una realidad sostenida por Cristo con un apoyo incondicional, continuado y fiel. Gracias a esta asistencia del Señor, la santidad de innumerables miembros suyos, la unidad e integridad del mensaje que transmite libre de error, y el vínculo irrompible que la mantiene unida a los primeros testigos de la revelación de Dios en Jesucristo, todas estas notas y características de la Iglesia prevalecen sobre la fragilidad, contradicciones y pecado de sus miembros. Si ha resistido durante tantos siglos no es por su fortaleza propia ni por los poderes alcanzados sino por el apoyo del amor de Jesús, por su increíble obra de sostenimiento y socorro permanente.

domingo, 28 de junio de 2026

Domingo XIII del Tiempo Ordinario - Seguimiento radical de Jesús (Mt 10, 37-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús con la cruz a cuestas, óleo sobre lienzo de Juan de Flandes (1510), Catedral de Palencia, España

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará. El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. El que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. Asimismo, el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo». 

Continúan las instrucciones que dio Jesús a sus apóstoles al enviarlos a predicar. Son condiciones muy duras, que no dejan lugar a la mediocridad. La adhesión a su persona ha de ser definitiva y total. 

La primera viene precedida de una declaración que hace Jesús de su propia misión: No piensen que he venido a traer la paz… sino la espada. Ha venido al mundo como signo de contradicción: ante él la gente se siente llamada a tomar posición por o contra él. Sus enseñanzas unen y dividen. La paz que él trae no es a cualquier precio. Es una paz que enfrenta todas las formas del mal, pero con el arma de su Palabra, que como espada de doble filo penetra y deja al descubierto los pensamientos y las intenciones del corazón, lo que es vida y lo que es muerte (cf Hebr 4,12). 

Viene luego una alusión al Profeta Miqueas (7,6) que refuerza la idea de que su persona puede dividir incluso a los miembros de una familia. Es obvio que Jesús sabe que el amor a la familia es un sagrado mandamiento de Dios (así lo afirma varias veces: 15, 3-6; 19, 19); sin embargo, es consciente también de que quien se decida a vivir conforme a sus enseñanzas podrá experimentar un conflicto entre la lealtad que le debe a él y la que debe a su familia; entonces tendrá que preferirlo a él. Y esto no debía asombrar demasiado a los primeros cristianos pues conocían las enseñanzas de los filósofos estoicos de su tiempo que afirmaban: «el bien debe estimarse más que cualquier parentesco» (Epicteto). Lo que Jesús afirma es que el vínculo de la fe ha de prevalecer sobre cualquier otro vínculo, incluso el de parentesco. El vivir en radicalidad la fe puede acarrear incomprensiones, críticas y rechazos aun de personas muy queridas, que no comparten todos los valores del evangelio. 

Un eco de la fuerza con que el Dios celoso del Antiguo Testamento exigía fidelidad (cf. Ex 20,5; 34,14; Dt 4,24), resuena en las palabras de Jesús. No se le puede poner por debajo de nadie ni de nada. La adhesión a su persona ha de estar por encima. Por tanto, se han de posponer otros bienes y valores, que pueden seguir manteniendo su poder de atracción. El creyente sabe cuál es la prioridad y por eso su opción funda­mental hace que el “valor” Dios, sea el más importante, en torno al cual debe girar toda su vida, y ante el cual todo ha de que­dar relativizado. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí…. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 

No dice que dejemos de amar a nuestros seres queridos, padres, hermanos, hijos... Lo que dice es que quien ama a su padre o a su madre más que a él, no es digno de él. No se le puede amar menos porque ya no sería el Señor, a quien se debe amar con todo el corazón y por encima de todo. Y si se le puede amar así –por encima de todo- es porque él nos amó primero (1 Jn 4, 19) y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20). A su pasión por mí, respondo con mi pasión por él. Así, Cristo viene a ser vida para el creyente, lo más importante del mundo, más que la familia, más que la propia vida. 

Por lo demás, todos sabemos lo que puede ocurrir en las familias cuando uno de sus miembros opta por un cristianismo más auténtico y cambia visiblemente de conducta, o cuando uno siente la vocación a una mayor entrega en la Iglesia, o asume un estilo de vida solidario que le lleva a encaminar su vida profesional más a servir que a ganar dinero. Más aún, el solo hecho de querer obrar con rectitud y honestidad en medio de un país, de una sociedad marcada por la corrupción de las costumbres, puede llevar al cristiano a la encrucijada de tener que optar entre lo que le ofrecen los hombres –que pueden ser incluso personas muy cercanas– y lo que pide Cristo. En tales momentos el cristiano opta por Cristo y lo hace sin dejar en absoluto de amar a los suyos, aun sabiendo que puede quedarse solo, y sólo por la certeza interior de que, en definitiva, no puede haber oposición entre los amores humanos y el amor a Dios. Este cristiano redescubre y engrandece el amor que les tiene a sus seres queridos. Ha aprendido a amarlos en Dios y según Dios, ha aprendido a amarlo todo en Dios y para Dios. 

La exigencia de la cruz, final y resumen de todo, incluye estar listo a dar la vida. No es amar a la cruz por sí misma ni al dolor por el dolor, sino desear imitar y seguir a Jesús hasta donde sea necesario, aun a riesgo de la propia vida. Una entrega así asegura el logro más feliz de la persona antes y después de la muerte. 

El texto termina con un elo­gio de todo aquel que acoge al que va en nombre del Señor, al que es discípulo suyo, aunque sea un pobrecito. Hay una identificación entre los enviados y Jesús que los envía, su ser y su actuar se continúan en ellos: el que a ustedes recibe, a mí recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10,40; cf. Mt 25,31-46). El que dé de beber a uno de estos pobrecitos porque es mi discípulo, no perderá su paga. 

Para terminar, pensemos que, aunque es verdad que la familia puede -por ciertas actitudes- poner dificultades para seguir a Cristo con radicalidad y cumplir sus enseñanzas, también es cierto que es el espacio primero en el que podemos encontrarnos con él y aprender a amarlo por encima de todas las cosas. En estos tiempos de confinamiento por la pandemia, la familia ha estado más unida que nunca y hemos podido experimentar que Dios está en ella, que el hogar nos puede hacer sentir con Dios, pues puede convertirse en un templo. Hacia allí apunta esta poesía de un sacerdote español, que refiero a continuación: 

Esta casa, Señor, es como un templo
Aquí tu amor. Aquí tu aliento y tu presencia viva.
Aquí estás tú como señor y dueño,
pero más como Padre.
Aquí se siente
tu fuego en la cocina, tu bondad en la mesa
tu descanso y tu paz
en la penumbra azul del dormitorio.
Nuestro cuarto de estar
haces cuarto de ser, Ser con mayúscula,
y no hay rincón que tu presencia ignore
ni frente que no roce y acaricie
tu mano paternal, tu tacto amigo.
Esta casa, Señor, es como un templo
donde no hay que ponerse de rodillas
porque tu amor se abaja a nuestra altura
y vas y vienes sin marcharte nunca
de nuestro espacio familiar
donde se vive a diario
y se muere un poquito cada día...
Sigue aquí con nosotros.
Si estas cuatro paredes
con su calor nos cierran
al espacio exterior que en ti respira,
ábrenos las ventanas,
abre en tu corazón el nuestro al mundo,
ábrenos a la casa sin paredes
donde amas y cobijas a los hijos
de tu familia humana.
Esta casa, Señor, es como un templo,
lleno de tu presencia, dónde tú nos regalas invisible
tu amor de Padre para andar por casa
y andar bien por la vida.

(JESÚS MAULEÓN)


sábado, 27 de junio de 2026

Curación del criado del centurión y de la suegra de Pedro (Mt 8, 5-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y el centurión romano, óleo sobre lienzo de Sebastián Bourdon (Siglo XVII), Museo de Bellas Artes de Caen, Calvados, Francia

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, un centurión se le acercó rogándole: "Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho".
Jesús le contestó: "Voy yo a curarlo".
Pero el centurión le replicó: "Señor, no soy quién soy yo para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace".
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: "Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes". Y al centurión le dijo: "Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído". Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos.
Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: "Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades". 

Este milagro tiene su paralelo en Lc 7, 1-10 y en Jn 4,43-54. En esos textos, el personaje es un funcionario (subalterno) del rey Herodes Antipas; aquí es un centurión romano de la guarnición de Cafarnaum. Se trata, pues, de una persona de buena posición social y económica, pero que, ante la enfermedad de su criado, al que aprecia mucho, se siente impotente. Frente a la enfermedad y la muerte se pone de manifiesto la radical impotencia del hombre. De eso sólo Dios salva. 

El relato pone de relieve la relación entre Palabra, fe y vida, y la oferta del don de la salvación a todas las naciones. Los milagros de Jesús en el evangelio son signos naturales que tienen un significado espiritual. Jesús enseña con su palabra y también con sus obras. El signo visible de la curación del enfermo es importante, incluso necesario, pero más importante es lo que significa. Por eso, como en varios otros relatos, la narración del hecho prodigioso es sólo el cuadro exterior de lo que más interesa, que es la enseñanza que contiene. Es de notar que quien enseña aquí es un centurión pagano: enseña a creer confiadamente en la persona de Jesús y en el poder de su palabra. Se dirige a él llamándolo Señor, no por simple cortesía, sino porque ha reconocido la autoridad y poder de Dios en su persona y en su palabra. Por eso cree antes de ver el signo realizado en favor de su criado. Todavía no ha ido Jesús a curarlo y ya él proclama: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. 

La fe no necesita ver signos y prodigios para tener la certeza del amor del Señor; le basta la Palabra que refiere lo que él ha hecho por nosotros. La confianza es base de la fe y del amor. 

La inserción de un texto profético (tomado de Is 49, 12; 59, 19; Mal 1,11) subraya la otra enseñanza del pasaje: el anuncio de la admisión de los paganos a la salvación, simbolizada en el banquete celestial, en compañía de los patriarcas, y del cual quedan excluidos los judíos, que eran los destinatarios primeros. A ese pueblo que lo rechaza Jesús propone el modelo de fe que les da un pagano. Como Abraham que era un extranjero y que, sin ver, creyó en la palabra de Yahvé y fue constituido padre en la fe de una posteridad bendecida, así también el centurión romano que, sin ver, cree en el poder divino de Jesús, viene a ser modelo de esa fe que hace extensiva la bendición de Abraham a todas las familias de la tierra. 

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para que mi criado quede sano. La humildad es otro componente de la fe. Repetimos las palabras del centurión creyente cuando nos acercamos a recibir el Cuerpo del Señor. No somos dignos, lo que se nos da no depende de nuestros méritos. Todo es don y gracia. 

La gratuidad del amor se muestra en el episodio que sigue a continuación, la curación de la suegra de Pedro. Nadie la pide, es Jesús quien toma la iniciativa, entra en la casa, ve a la enferma, la toma de la mano y la fiebre desaparece. La acción de la gracia de Cristo nos precede y se nos anticipa. 

Se subraya, a pesar de la brevedad del texto, la reacción de la mujer curada: se levantó y se puso a servirle. En este gesto se condensa el fruto de la enseñanza de Jesús. Todo está ahí. La mujer lo ha hecho suyo. El favor recibido ha sido por puro amor y gracia; ella, como modelo de discípula, lo retribuye con su amor y servicio. Así esta pobre mujer se convierte en maestra del verdadero seguimiento de Jesús. 

A continuación, Mateo pone un breve sumario de la actividad sanante y liberadora de Jesús. La intención parece ser introducir un texto de Isaías sobre la figura del Siervo de Dios, que carga consigo los dolores y sufrimientos del pueblo (Is 53, 4). Jesús, el Siervo, asume como propias nuestras flaquezas y enfermedades, que se convierten en el lugar de nuestro encuentro y unión con él.

viernes, 26 de junio de 2026

Curación de un leproso (Mt 8, 1-4)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación de un leproso, acuarela opaca sobre grafito de James Tissot (1886 – 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó de la montaña, lo iba siguiendo una gran multitud.
De pronto se le acercó un leproso, se postró ante él y le dijo: "Señor, si quieres, puedes curarme".
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciéndole: "Sí quiero, queda curado".
Inmediatamente quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo: "No le vayas a contar esto a nadie. Pero ve ahora a presentarte al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés para probar tu curación". 

Los capítulos 8 y 9 de Mateo están dedicados a las obras mesiánicas que Jesús realizaba como signos anticipatorios de la venida del reino de Dios. Los tres capítulos anteriores (5-7) sobre el sermón del monte contenían las enseñanzas necesarias para entrar en el reino. Mateo ve una unidad entre las palabras y las acciones de Jesús, tal como fue enunciada en los sumarios del final de los capítulos 4 y 9: Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas judías, anunciando la buena noticia del reino y sanando todas las enfermedades y dolencias (Mt 9, 35, Cf. 4, 23-24). 

Las curaciones de leprosos son especialmente significativas. La idea que se tenía de su enfermedad (y en general de las afecciones contagiosas de la piel) hacía de estos pobres desgraciados verdaderos cadáveres andantes y su eventual curación era como si los muertos volvieran a la vida. La lepra tenía significación religiosa y social. La diagnosticaban los sacerdotes y sólo ellos podían verificar su curación. Excluidos de todo intercambio social, obligados a vivir a la intemperie fuera de los poblados, no podían asistir a los actos religiosos de su comunidad, eran vistos como heridos por Dios e impuros, y nadie podía acercárseles y, menos aún, tocarlos porque transmitían su impureza, igual que cuando se tocaba un cadáver. Si se curaban quedaban libres de todas estas maldiciones, pero los sacerdotes tenían que autorizar su readmisión en la vida social. 

El relato se centra en la respuesta de Jesús: Quiero, queda limpio. El milagro en sí no se describe, tampoco la actuación de los presentes ni hay ceremonial alguno. Lo único que hace Jesús es tocarlo, no como parte de ninguna técnica de curación, sino movido a compasión y, por supuesto, a sabiendas de que, al hacerlo, infringe una prohibición legal. Queda claro que lo que cura es la voluntad del Señor, que pone en acto el poder liberador propio del Mesías anunciado por los profetas (cf. Is 26,19; 35, 5s; 61, 1). 

Pero además del poder de Jesús sobre las fuerzas del mal, el texto destaca que el milagro es posible por la fe. No es una acción mágica; se encuadra dentro de una relación entre dos personas. El enfermo se dirige confiadamente a Jesús, reconoce su poder y mueve su voluntad. Por su parte, el Señor atiende la súplica del que lo implora. 

Después de curarlo, le ordena que se presente al sacerdote y ofrezca el sacrificio prescrito por Moisés, para quedar reincorporado a la comunidad. Pero más allá de respetar lo mandado por la Ley es claro que Jesús con este tipo de acciones anula todo motivo de discriminación y exclusión entre las personas. Con su llegada quedan derribadas las barreras de separación entre los hombres y queda claramente fundamentado en la nueva ley el derecho de todos los seres humanos a ser tratados con igualdad y respeto, por tener una misma dignidad de hijos o hijas de Dios. 

El silencio que Jesús impone al enfermo curado tiene en cuenta la idea errónea que el pueblo se ha formado del Mesías esperado y evita que en torno a su persona se genere un ambiente de entusiasmo mesiánico triunfalista. No quiere tampoco que la gente lo siga de manera interesada, como un simple taumaturgo dotado de poderes sobrenaturales, y se vean sus curaciones como meros sucesos asombrosos, y no como señales de la presencia anticipada del reino de Dios. 

Finalmente, el gesto del leproso, de postrarse ante Jesús en señal de adoración, y el invocarlo como Señor, muestran que reconoce la presencia de lo divino en él. Su súplica contiene una auténtica confesión de fe cristiana y señala la clave de interpretación de todo el relato. La figura del leproso adquiere carácter simbólico, representa al cristiano que, en la Iglesia, encuentra a Jesucristo resucitado con todo su poder liberador. El pasado de la acción salvadora se actualiza por la virtud iluminadora de la palabra revelada y hace ver al lector del evangelio que también para él –cualquiera que sea su enfermedad o dolencia, su necesidad o padecimiento– sigue disponible la gracia del Señor como lo estuvo para aquellos enfermos y necesitados a los que liberaba con su poder misericordioso.