domingo, 9 de agosto de 2026

Domingo XIX del Tiempo Ordinario - La tempestad calmada (Mt 14, 22-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús camina sobre las aguas, mosaico de Marko Iván Rupnik SJ (siglo XX), Capilla de las Hermanas de la Caridad, Rijeka, Croacia

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo.
La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento en contra.
Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar.
Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!». Y por el miedo se pusieron a gritar.
En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo». Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».
Jesús le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!». Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?». Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!». 

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con él. El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo. 

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Soplan el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss). 

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación. 

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios. 

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos. A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la está siempre Jesús a pesar de las tormentas. 

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella. 

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe. 

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla. 

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan.

sábado, 8 de agosto de 2026

Curación del niño epiléptico (Mt 17,14-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación del niño epiléptico, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

Cuando volvieron donde estaba la gente, se acercó un hombre a Jesús y se arrodilló ante él.
Le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y su estado es lastimoso. A menudo se nos cae al fuego, y otras veces al agua. Lo he llevado a tus discípulos, pero no han podido curarlo».
Jesús respondió: «¡Qué generación tan incrédula y malvada! ¿Hasta cuándo estaré entre ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo acá».
Enseguida Jesús dio una orden al demonio, que salió, y desde ese momento el niño quedó sano. Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos echar a ese demonio?».
Jesús les dijo: «Porque ustedes tienen poca fe. En verdad les digo: si tuvieran fe, del tamaño de un granito de mostaza, le dirían a este cerro: Quítate de ahí y ponte más allá, y el cerro obedecería. Nada sería imposible para ustedes». 

Se trata de un texto didáctico que tiene por tema central la fe. Por esta razón el relato se centra en la contraposición entre la falta de fe y la fe que todo lo puede. Jesús enfrenta y vence al mal en su causa y en toda su proyección hasta su último reducto, que es la muerte. El niño epiléptico es presentado como muerto o en riesgo de serlo. 

El texto de Mateo, más sobrio en los detalles de la redacción que el de Marcos y Lucas, refleja la inquietud de la primitiva Iglesia por saber cómo va a poder continuar la obra del Señor y concretamente cómo va a enfrentar y vencer el mal del mundo. La impotencia de los discípulos expresa la misma sensación de aquella comunidad. La Iglesia, mediante la fe y la escucha de la Palabra, se hace capaz para enfrentar y vencer el mal como Jesús. Identificada con el padre del niño enfermo, implora fervientemente al Señor la salud y vida de sus hijos. 

Se trata de un niño que padece una enfermedad incomprensible; en el original griego del evangelio su padre dice a Jesús: Ten misericordia de él porque es lunático. Cabe recordar que antiguamente se vinculaba la epilepsia a las fases de la luna y que cierto tipo de enfermedades eran atribuidas a influjo de espíritus malos. El hecho es que el padre ve a su hijo en riesgo de ser destruido por el fuego o el agua, poderes de muerte, contra los cuales muchas veces no se puede hacer nada. 

El padre refuerza su petición refiriéndose a la incapacidad de los discípulos para curar a su hijo. Esto hace reaccionar a Jesús de manera discordante porque no responde directamente al ruego del padre, ni al intento fallido de los discípulos, sino a la falta de fe del pueblo, en general, al que designa como esta generación incrédula y perversa, como lo llamó Dios cuando Moisés intercedió en favor de los israelitas rebeldes: ¿Hasta cuándo tendré que soportar a esta generación malvada que murmura contra mí? (Num 14, 27; cf. Dt 32, 5). 

A continuación, el evangelista hace constar la curación del niño de manera sumamente escueta, aludiendo sólo ahora al demonio. Jesús ordenó salir al demonio y éste salió del muchacho, que sanó en el acto. Pero, aunque el relato en sí del milagro sea tan escueto, queda claro que enfermedades como la epilepsia y, de manera general, todo aquello que desfigura o deteriora a la persona humana no puede ser querido por Dios, y rompe la imagen del ser humano diseñada por su Creador, por lo cual Jesús combate contra los males y los vence con su poder. 

Los discípulos habían recibido de Jesús este poder, pero no han sabido cómo ejercitarlo.  El grupo entra en crisis. Con una mezcla de decepción y extrañeza se dirigen a Jesús:

¿Por qué no pudimos expulsarlo? También nosotros nos preguntamos algo similar en muchas circunstancias: ¿Por qué no logramos vencer una tendencia o una mala costumbre?, ¿por qué no conseguimos cambiar un conflicto familiar que se alarga en el tiempo?, ¿por qué no logramos superar situaciones o condiciones sociales o económicas del país que oprimen a la gente y quitan calidad a sus vidas? 

La respuesta de Jesús es categórica: Porque tienen poca fe. Contra grandes males, se requiere gran fe. Lo primero por tanto habrá de ser asumir la propia debilidad y aprender a confiar. La fe hace ver las dificultades como desafíos y las crisis como oportunidades, recordando lo que Pablo decía cuando pensaba en sus propias flaquezas: cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 10). La fe impulsa a poner los medios a nuestro alcance, pero recurriendo al mismo tiempo a la oración y confiando siempre en el poder ilimitado de Jesús. Es la paradoja de la fe que parte del reconocimiento de la propia debilidad y al mismo tiempo capacita para alcanzar aquello que uno no podría pensar, como dice Jesús en el evangelio de Juan: Les aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre (Jn 14, 12). 

Para infundir esta confianza en sus discípulos, Jesús pronuncia la frase sobre la fe que traslada montañas. Para no caer en literalismo, hay que reconocer que es una hipérbole judía que equivale a «hacer lo imposible». Pero no cabe duda que remar mar adentro, atreverse a remover lo que parece inamovible, tener el coraje de intentar lo que parece improbable, eso es justamente lo propio de la fe, sin la cual no podremos hacer que la vida triunfe en nuestra sociedad.

viernes, 7 de agosto de 2026

El valor de la entrega (Mt 16, 24-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

El juicio final, óleo sobre metal de Denys Calvaert “Il Flamingo”, (finales del siglo XVI), Museo Nacional de Cracovia, Polonia

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras. Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey". 

El contexto de estas palabras de Jesús es el anuncio que ha hecho a sus discípulos de lo que le va a pasar en Jerusalén, adonde se dirigen. En la santa ciudad mueren los profetas enviados de Dios. Allí lo harán padecer y morir en una cruz; los fariseos y las autoridades religiosas ya lo han decidido. Por eso comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho allí (16,21). 

Pero este padecer mucho remite a un misterio que se nos tiene que revelar: el misterio de la pasión de Jesús por todos nosotros, que lo lleva a padecer con nosotros y a asumir como propio el sufrimiento, el mal y la muerte de sus hermanos y hermanas. No es el sufrimiento por sí solo lo que salva, sino el amor y la confianza con que Jesús lo asume, haciendo presente a Dios en él con todo el poder salvador de su amor. De este modo Jesús introduce el amor de Dios en toda situación humana de dolor, de pecado y de muerte para que en ella esté siempre presente en favor de los que sufren la fuerza del amor de Dios, que libera y salva. Los sufrimientos y la muerte de Jesús hacen ver hasta qué extremos llega el amor que Dios nos tiene. 

Un lenguaje así puede chocar con la manera habitual de pensar de los hombres. Por eso, Pedro en particular no lo entiende y llevando aparte a Jesús, comenzó a reprenderlo. Pero recibe de Jesús (16,17-19) la más severa reprimenda: Ponte detrás, Satanás…, tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Están los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres; el discípulo preferido aún no ha dado el paso. 

Después de esto, Jesús invita a sus discípulos a seguirlo, a recorrer con él su camino hasta el final y asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. El discípulo –cada uno de nosotros– ha de ser un reflejo de su Maestro. Es lo que quiere: la identificación con él para que su vida, sus palabras y obras, se prolonguen en la comunidad de sus discípulos. 

La condición para lograrlo es clara: Niéguese a sí mismo, nos dice. Niegue cada cual su falso yo –deformado por el egoísmo y el pecado– para hacer nacer su yo auténtico, que se realiza en el amor, en la entrega, en el servicio sin reservas. 

Y añade: Lleve su cruz, la cruz de cada uno, que es la lucha contra el mal que actúa en mí, la lucha contra mi egoísmo; es mi tarea, que nadie puede hacer por mí. Llevar la cruz significa también asumir las cargas de sufrimiento que la vida impone y ver la presencia de Dios en ellas. Entonces se revela el sentido que pueden tener y el bien al que pueden contribuir si se viven con Dios. No se trata de añadir sufrimientos a los que la vida misma y las exigencias del compromiso cristiano normalmente imponen. Se trata de aprender a llevar el sufrimiento como Cristo nos enseña, sabiendo, además, que nunca estaremos solos, pues Jesús va delante con su cruz como quien abre y facilita el camino. 

Quien quiera salvar su propia vida la perderá. Estas palabras de Jesús expresan una gran verdad: que quien vive queriendo ponerse a resguardo de toda pérdida, de toda renuncia, de toda donación…, ese tal echa a perder su vida, porque la vida es relación y se realiza en el amor, que consiste en dar y recibir. Debemos enseñar a nuestros jóvenes que no sólo por motivos religiosos sino por razones psicológicas y sociales, la capacidad de asumir el dolor que toda vida comporta, el saber renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de los propios impulsos en función de valores superiores y de un proyecto de vida de metas altas, esto forma parte de la formación del adulto. No hay que elegir el camino fácil sino la meta. La vida es amar, dar de sí con generosidad, en eso está el secreto de la verdadera felicidad y del verdadero éxito. Fuera de esta perspectiva, aunque gane el mundo entero, la vida no se logra, se malogra. Muchas veces hallaremos difícil esta exigencia. Pero confiamos en el Señor que nos asegura su compañía y apoyo constante. Él nos hace comprobar que el amor suaviza lo que las exigencias tienen de costoso.

jueves, 6 de agosto de 2026

La transfiguración (Mt 17, 1-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Transfiguración, mosaico de autor anónimo, ábside la Basílica de la Transfiguración, Monte Tabor, Israel

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte alto.
A la vista de ellos su aspecto cambió completamente: su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. En seguida vieron a Moisés y Elías hablando con Jesús.
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Estaba Pedro todavía hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: "Este es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido, escúchenlo!".
Al oír la voz, los discípulos se echaron al suelo, llenos de miedo.
Pero Jesús se acercó, los tocó y les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Ellos levantaron los ojos, pero ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos".
 

Jesús va a Jerusalén, donde va a ser entregado. Por el camino, instruye a los Doce sobre el significado de su pasión y de su resurrección. Pero ellos no lo comprendieron y se quedaron desilusionados porque esperaban otro Mesías. Ahora Jesús quiere fortalecerles su fe, para que sean capaces de superar el escándalo de su cruz y seguirlo hasta el final. 

Dice el evangelio que Jesús tomó aparte a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a una montaña elevada. Son los tres discípulos que “tomará aparte” en el huerto de los Olivos (Mt 26, 37), donde serán testigos de aquella angustia mortal que le hará sudar gotas de sangre. Ahora a ellos les concede tener una vivencia deslumbradora de la gloria divina en su persona humana. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que el Jesús que dejaron clavado en una cruz, era el Hijo predilecto del Padre, cuya persona resplandeció ante sus ojos un día inolvidable. 

Mientras en el AT, las manifestaciones de Dios se realizaban a través de elementos de la naturaleza, como el monte, la nube y la luz, ahora, en la transfiguración, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece manifestando el resplandor de la gloria de Dios. No es Dios que desciende, sino el hombre que asciende y participa de la gloria de Dios. 

Los discípulos, atónitos, ven que se les revela una dimensión oculta de Jesús que los deja sin palabras. Su persona luminosa, fulgurante, les lleva a decir simplemente que su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Cuando uno se pone ante el misterio de Dios, y éste se le revela en el fondo del alma, uno simplemente enmudece, adora en silencio. 

Se les aparecieron también Moisés y Elías. Esto quiere decir que Jesús realiza la esperanza de los profetas, representada en Elías, el mayor de ellos, y lleva a plenitud la ley dada a Moisés, por medio de la nueva alianza que Dios establece con la entrega de su Hijo. Refiriéndose a este Jesús, Dios y hombre verdadero, San Pablo dirá: En él habita la plenitud de la divinidad corporalmente y de ella participamos (Col 2,9). 

Pedro siente la tentación de quedarse en el monte y no seguir adelante en el camino, que sabe bien ha de terminar en la pasión de su Señor. Quiere permanecer en la visión y en el gozo, por eso su propuesta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas… Es la misma tentación del cristiano que quiere quedarse sólo en los aspectos más gozosos y fáciles, por así decir, de la vida cristiana y no asume el seguimiento radical del Señor que le puede llevar a donde no quiere ir. 

Vino entonces una nube luminosa que los cubrió, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo. Es la voz que había resonado ya en el Bautismo de Jesús en el Jordán, cuando se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu. Esa misma voz en el cielo responde a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Confirma la confesión de Pedro: Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, y confirma el camino de Jesús como Mesías Siervo que entrega su vida por amor a sus hermanos, cumpliendo la voluntad de su Padre. Jesús Siervo es el amado del Padre. La gloria divina resplandece en él y resplandecerá sobre todo cuando sea levantado en la cruz. 

¿Qué nos dice a nosotros hoy este pasaje tan lleno de símbolos? Los discípulos suben al monte con Jesús. En el monte Moisés trataba con Dios. En el monte de las bienaventuranzas, Jesús proclamó lo más central de su mensaje. En un monte realiza su transfiguración. Y en el monte del Calvario será elevado en una cruz para la salvación del mundo. Para el cristiano, subir al monte es subir a una mayor intimidad con Cristo, a una mayor generosidad en su compromiso cristiano, a una vida más coherente y fiel. 

La luz, otro símbolo importante del relato, refulge en el rostro de Cristo y brillará también en los elegidos. Dice San Pablo que el cristiano contempla la gloria de Cristo y se va transformando de gloria en gloria (2 Cor 3,7-16), es decir, su vida cambia. La luz de la transfiguración fortalece el ánimo de los discípulos que había quedado ensombrecido con los anuncios de la pasión. Esa misma luz brilla para nosotros hoy y disipa nuestros temores y dudas, haciéndonos ver las dificultades y las pruebas con esperanza. En ti, Señor, está la fuente de la vida y en tu luz podemos ver la luz (Sal 36). 

Todos de una u otra manera hemos tenido momentos de “percepción” de la presencia viva de Dios en nuestra vida, que han iluminado lo que podemos llegar a ser, son nuestras experiencias de Tabor, de transfiguración y actúan como referentes orientadores cuando viene la dificultad de la fe. “¡Cómo te contemplaba en tu santuario, viendo tu poder y tu gloria!” (Sal 63,3). “Recuerdo… cómo entraba en el recinto santo y me postraba hacia el santuario, entre cantos de júbilo y alabanza” (Sal 42,5). 

El misterio de la transfiguración nos hace ver, en fin, que nunca el cielo está totalmente cubierto. La nube que cubre a los discípulos se abre con la voz que dice: Este es mi Hijo amado. Escúchenlo. Necesitamos oír su voz. Por eso venimos a la Eucaristía. Jesús se hace presente entre nosotros y nos dice: ¡Levántense, no tengan miedo!