lunes, 18 de mayo de 2026

Creer y comprender (Jn 16, 29-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

Gloria con todos los santos, óleo sobre lienzo de Giovanni Battista Ricci (1602), Iglesia del Real Colegio de Corpus Christi, Valencia, España

Los discípulos le dijeron: "Ahora sí que hablas con claridad, sin usar parábolas. Ahora vemos que lo sabes todo y no hay por qué hacerte preguntas. Ahora creemos que saliste de Dios". Jesús les respondió: "¿Ustedes dicen que creen? Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Aunque no estoy solo, pues el Padre está conmigo. Les he hablado de estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo". 

Ahora hablas claramente sin usar comparaciones. Ahora estamos seguros de que lo sabes todo, le dicen los discípulos a Jesús, como si no les hubiera revelado quién es él y por qué fue enviado al mundo por su Padre. Creemos que has venido de Dios, afirman resueltamente, pero hay algo fundamental que no entienden ni mencionan: que Jesús ha de volver a su Padre, pasando por la cruz, donde va a ser glorificado. Saben mucho de Jesús, es verdad, y se muestran seguros de sí mismos, pero no han comprendido el destino de Jesús y razonan a partir de sus propias deducciones. Se puede saber mucho sobre él, pero no entenderlo real y profundamente. 

Algo similar había ocurrido con Pedro, que se ufanó ante el Señor: ¿Por qué razón no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti. Y él le respondió anunciándole que le iba a negar tres veces. Los discípulos, por su parte, dicen comprender, pero Jesús sabe que después no creerán lo que vean, se escandalizarán de la cruz. Se dispersarán como el rebaño cuando sea golpeado el pastor y se harán fácil presa del lobo (cf. Mt 26, 31; Zac 13, 7). Todos lo abandonarán, excepto su madre y el discípulo. Pero él seguirá con ellos y, cuando vuelva al Padre, les enviará al Espíritu de la verdad, que los guiará al conocimiento de la verdad completa. 

Pero yo nunca estoy solo. El Padre está conmigo, afirma Jesús a continuación como rectificando sus palabras. Alude así a la lucha interior que libra y que supera con la confianza absoluta que le viene por su comunión con el Padre. Ya en otras ocasiones había mencionado esta unión: No estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado (Jn 8, 16). Y Aquel que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada (Jn 8, 29). Esta íntima e inquebrantable confianza es lo que lo mantendrá fiel en la prueba suprema. Más aún, su conciencia de la presencia constante de su Padre junto a él, que San Juan pone de relieve, contrasta con la extrema soledad que, según los evangelios sinópticos, experimentó Jesús al punto de morir, sintiéndose obligado a gritar: ¡Elí, Elí, lammá sabactaní! ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mt 27, 46). La visión que tiene el evangelista Juan es distinta. En la cruz, Jesús llevará a pleno cumplimiento el plan de salvación que el Padre le encomendó, morirá afirmando: todo se ha cumplido, e inclinando la cabeza nos dará su Espíritu. 

Por eso, en la víspera de la pasión, Jesús se despide de los discípulos, fortaleciendo su confianza con la certeza de su victoria sobre el mal y la muerte. Es su postrer deseo, que estén siempre en paz, cualquier que sea la aflicción que sientan en el mundo. Les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡tengan ánimo! ¡Yo he vencido al mundo! 

A lo largo de la historia, la injusticia, los desórdenes y las desigualdades en el mundo seguirán siendo causa de muchos sufrimientos. Por eso, los deseos de paz que Jesús expresa a sus discípulos no buscan solamente animarlos, sino moverlos a asumir el compromiso de ser, en medio de la oposición y tribulaciones del mundo, testigos de su triunfo, por eso su exclamación firme y convincente: ¡Yo he vencido al mundo! Es lo que sostendrá la confianza del cristiano en toda circunstancia por adversa que sea.

domingo, 17 de mayo de 2026

Domingo de la ascensión – Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Hch 1,1-11; Mc 16, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ascensión de Cristo, óleo sobre lienzo de Pieter Jozef Verhaghen (1800), Museo M, Lovaina, Bélgica

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos".
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la Palabra con las señales que los acompañaban. 

La última voluntad del Señor es que sus discípulos se conviertan en “testigos”, capaces de anunciar al mundo que el pecado, la carga opresora del hombre, ha perdido su fuerza mortífera por la muerte y resurrección del Señor. Cristo resucitado es la garantía de la victoria sobre el mal de este mundo. En su Nombre se anuncia el perdón del pecado. Ya no hay lugar para el temor porque Dios es amor que salva. Los discípulos han de llevar este anuncio a todas las naciones. La fuerza para ello les viene del Espíritu Santo, don prometido por el Padre de Jesucristo. Así como el Espíritu descendió sobre María, descenderá sobre ellos. La encarnación de Dios en la historia llega así a su estado definitivo. 

Se trata, según Mateo, de hacer discípulos, no simplemente de anunciar, ni sólo de instruir y, menos aún, de adoctrinar, sino de crear las condiciones para que la gente tenga una experiencia personal de Cristo, que los lleve a seguirlo e imitarlo como la norma y ejemplo de su vida. Esto significa entrar en su discipulado, hacerse discípulos para asumir sus enseñanzas y también asimilar su modo de ser. 

La comunidad eclesial, representada en el monte, aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Las Iglesia hace visible el poder salvador de su Señor. 

La comunidad cristiana no puede quedar abrumada por la acción del mal en el mundo en la etapa intermedia entre la pascua del Señor y su segunda venida. La acción triunfadora de Cristo Resucitado sigue presente como el trigo en medio de la cizaña. Con mirada de fe/confianza, el cristiano discierne los signos de esa presencia y acción de Cristo vencedor, que se lleva a cabo por medio de los creyentes. Por eso, antes de partir, los dotó de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo. 

Hoy celebramos la Ascensión, la partida del Señor que pone término a su vida e inaugura, al mismo tiempo, su gloria. Inaugura también el tiempo de los creyentes, el tiempo de su Iglesia, el tiempo del testimonio y de la preparación del Reino y de su venida gloriosa. Vivimos el tiempo del deseo profundo: “Ven, Señor Jesús”. 

Los recuerdos que, en adelante, hablen de él, excluirán toda nostalgia. Jesús vive eternamente y volverá. Por su parte, ellos repasarán juntos su vida; abrirán ese tesoro que llevan consigo y que la Iglesia medita incansablemente, descubriendo más y más las riquezas dejadas en ella por el paso de Jesús. 

A partir de allí, no le podemos buscar entre las nubes. Cristo está en nuestra misma historia. Hay que reconocerlo y amarlo y servirlo en nuestros hermanos. Él se nos da misteriosamente a ver en la contemplación, a tocar en el sacramento, a servir en sus hermanos. Una comunión viva lo une a nosotros más profundamente que a los discípulos cuando, por vez primera, lo vieron venir hacia ellos.

sábado, 16 de mayo de 2026

La tristeza y la alegría (Jn 16, 23-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Aparición del Cristo al pueblo, óleo sobre lienzo de Ivanov Alexander Andreyevich (1837), Museo Estatal Ruso, San Petersburgo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Les aseguro, si piden algo al Padre en mi Nombre, se los dará. Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre; pidan y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente. Aquel día pedirán en mi Nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre". 

Pidan y recibirán; así serán colmados de alegría. En su despedida, Jesús habla de la alegría que quiere dar a sus discípulos como fruto de su triunfo en la cruz y resurrección. Quiere hacerles ver que su fe en él los hará capaces de vivir en una alegría constante, que supera la que pueden obtener de sus bienes propios y de sus éxitos personales, y les hará mantener la esperanza a pesar de las pruebas y dificultades de la vida. 

La alegría no es un componente secundario o accidental de la vida cristiana, sino un estado continuo en el que debe vivir el cristiano y no debe perder. Por eso mismo, no se trata de cualquier alegría. No puede darse sin la libertad propia de las personas, sin la paz que es fruto de la justicia en las relaciones humanas en sociedad, sin la fraternidad que expresa el amor mutuo y la igualdad esencial de todas las personas, y sin la comunión con Dios, cuyo rostro se busca en la oración cotidiana y su presencia se experimenta por la fe. No es, por tanto, una alegría barata y fácil. 

Los tiempos que vivimos, al igual que los de Jesús, ponen ante nuestros ojos, y a veces nos hacen vivir en carne propia, mil formas distintas de falta de libertad, paz, fraternidad y sentido religioso. La alegría de que Jesús habla no puede pasar por encima de nuestra realidad. Él nos la da para que podamos afirmar nuestra libertad y dignidad frente a todo abuso u opresión; para mantener la paz en nuestros corazones y construirla en la sociedad por medio de la justicia; y para movernos en todo con el sentido de Dios que nos hace trascender las realidades puramente temporales. 

Los evangelios no se escribieron en circunstancias felices. El evangelio de Juan, concretamente, surgió en una comunidad que había ya experimentado las persecuciones con que se quiso destruir desde sus inicios la fe cristiana. Jesús mismo habla de la alegría en su cena de despedida, cuando sabe ya que le espera la cruz. Tampoco las más bellas páginas de la Biblia sobre la alegría, la esperanza y la realización del anhelo del hombre fueron escritas en los tiempos de prosperidad de Israel, sino en tiempos de sus mayores crisis. Los profetas enseñaron al pueblo a afirmarse en la esperanza cuando más desesperado estaba en el exilio. Y la razón fundamental por la que se puede conservar la alegría del corazón en cualquier circunstancia la da San Pablo: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31). Por consiguiente, no es que el dolor cause alegría –obviamente eso no se puede decir–, ni que sea bueno soñar en una existencia sin cruz, sin sufrimientos y penas. La alegría surge cuando, por la fe, se asume el dolor no como fatalidad, sino como ocasión para sentir la presencia solidaria de Jesús, que llena con su amor todo el abatimiento y consternación que produce. Las pruebas y sufrimientos inherentes a la existencia terrena se aprecian así ya no de manera puramente resignada y pasiva, sino como oportunidad para que nazca algo nuevo cargado de sentido. Es el significado de la imagen de la parturienta que sabe que sus dolores anteceden a la alegría por el nacimiento del niño. 

Jesús hace ver también que la alegría verdadera es un don de lo alto. No es alegría completa ni duradera la que se busca ganando más y más dinero ni logrando éxitos según el mundo. La alegría verdadera es la que proviene de lo que Dios hace en nuestro favor. Se trata, por tanto, de poner como fundamento de nuestra dicha y felicidad la fidelidad del amor de Dios, que nos asegura siempre con su presencia a nuestro lado el poder de su resurrección sobre la maldad del mundo y sobre nuestros errores y pecado. De todo esto saldremos triunfantes gracias a aquel que nos amó (Rom 8, 37). 

Finalmente, el tiempo que transcurre entre la partida del Señor y su retorno queda designado por Jesús como el tiempo de la esperanza, que se alimenta con la oración confiada y eficaz. En ese día, es decir, en el tiempo de su presencia resucitada, en el día del Señor en que vivimos, ya no tendrán necesidad de preguntarme (pedirme) nada. Les aseguro que el Padre les concederá todo.

viernes, 15 de mayo de 2026

Su alegría nadie se la podrá quitar (Jn 16, 20-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Paisaje con arcoíris, óleo sobre lienzo de Caspar David Friedrich (1810), pintura perdida durante la II Guerra Mundial, actualmente en paradero desconocido

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: " En verdad en verdad les digo que llorarán y gemirán; mientras el mundo estará alegre, ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También ustedes ahora sienten tristeza; ustedes me verán, y su corazón se alegrará, y su alegría nadie se la podrá quitar. Ese día no me preguntarán nada. En verdad les digo que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, se los concederá". 

En verdad en verdad les digo. Cuando Jesús emplea esta fórmula, que en hebrero es Amen, amen, yo les digo, da a sus afirmaciones la mayor firmeza, solidez y seguridad que se podía pensar. Más aún, los comentaristas actuales coinciden en reconocer que, con esa manera de hablar, Jesús reivindicaba a Dios como autor de su propia palabra, avalaba la verdad de su palabra como verdad de Dios, daba a sus palabras la autoridad de Dios. En el texto que comentamos, emplea esta fórmula para hablar a sus discípulos y a nosotros del futuro que nos aguarda. 

Llorarán y gemirán. El tiempo en que los discípulos no lo verán serán de lamento y tristeza, por su muerte en cruz y por su sepultura. Será el tiempo del poder de las tinieblas y del príncipe de este mundo; pero será también el tiempo del juicio y de la salvación de Dios. El mundo creerá haber vencido –y lo sigue creyendo hasta hoy–, pero será vencido y será expulsado el jefe de este mundo. El mundo será salvado. Entonces, la tristeza de los discípulos se convertirá en alegría. Se cumplirá plenamente lo del Salmo 30: Cambiaste mi luto en danza; mi traje de penitencia en vestido de fiesta. 

Jesús emplea la imagen de la parturienta que siente tristeza cuando va a dar a luz, para señalar la fecundidad propia de este momento crítico que la fe atraviesa. Es semejante a la parábola del grano de trigo que tiene que caer en tierra y morir como condición para dar fruto. La aflicción que el discípulo sufre –semejante a la de su Señor– anuncia el nacimiento de la nueva humanidad y del mundo nuevo liberado. Incluye el triunfo sobre toda opresión, y también la fecundidad de la misión evangelizadora a pesar de las persecuciones. San Pablo recoge esta promesa para darle alcance universal, cósmico: la creación entera gime hasta hoy con dolores de parto (Rom 8, 22), por verse liberada de lo que la esclaviza, pero llegará a participar ella también, a su modo, de la libertad y estado definitivo de la humanidad salvada. 

La crisis, el dolor, la prueba conmueven al discípulo como conmovieron primero a Jesús. Probado y capaz de compadecerse de nuestras flaquezas y sufrimientos (Hebr 14,15), el Señor promete a sus discípulos que pronto serán consolados; les hace ver que su aflicción es momentánea y positiva. 

Ustedes me verán, les dice. Lo verán resucitado. Lo sentirán presente en sus vidas, actuante en la historia. Y su alegría nadie se la podrá quitar. Esta alegría ganada en la cruz es invencible porque es la alegría del amor que vence al odio, a la maldad y a la muerte misma.