lunes, 6 de julio de 2026

La hija del funcionario y la hemorroísa (Mt 9, 18-26)

 P. Carlos Cardó SJ 

Resurrección de la hija de Jairo, óleo sobre lienzo de George Percy Jacomb-Hood (1895), galería de arte Guildhall, Londres

Mientras Jesús hablaba, llegó un jefe de los judíos, se postró delante de él y le dijo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió junto con sus discípulos. Mientras iba de camino, una mujer que desde hacía doce años padecía hemorragias, se acercó por detrás y tocó el fleco de su manto. Pues ella pensaba: «Con sólo tocar su manto, me salvaré».
Jesús se dio vuelta y, al verla, le dijo: «Animo, hija; tu fe te ha salvado».
Y desde aquel momento, la mujer quedó sana.
Al llegar Jesús a la casa del jefe, vio a los flautistas y el alboroto de la gente. Entonces les dijo: «Váyanse, la niña no ha muerto sino que está dormida». Ellos se burlaban de él.
Después que echaron a toda la gente, Jesús entró, tomó a la niña por la mano, y la niña se levantó. El hecho se divulgó por toda aquella región. 

A diferencia de Marcos y Lucas (Mc 5, 21-43; Lc 8, 40-56), Mateo reduce la parte narrativa de estos milagros, no pone detalles descriptivos ni se fija en los personajes secundarios, para centrar toda su atención en el diálogo. Quiere resaltar que el milagro se produce en un contexto de relaciones interpersonales. No es un hecho mecánico ni una ostentación de poderes sobrehumanos. Es la respuesta a una invocación cargada de confianza. La fe es eso, efectivamente, confiar en Cristo, adherirse a su persona, entregarle la vida con todo lo que ella tiene de gozos y tristezas, y acoger la gracia salvadora que él nos da. No es la confianza en un poder mágico lo que salva, sino el encuentro personal con Jesús. Los dos protagonistas de la historia, el personaje importante y la mujer enferma de hemorragias, tienen ese encuentro con él, cada uno a su modo, pero ambos con la misma fe confiada en Jesús. Por eso, el hilo conductor del relato es su frase: Tu fe te ha salvado. 

El primer protagonista es un hombre importante, probablemente el jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, llamado Jairo según Lucas. Su condición social hace más significativo su gesto de caer de rodillas ante Jesús, adorarlo e invocarlo: Mi hija acaba de morir, pero ven, aplícale tu mano y vivirá. La situación en que está no puede ser más desesperada. ¿Qué puede hacerse con la muerte? 

Pero, por imposible o irracional que parezca la invocación de este hombre, con ella proclama que la muerte no puede tener la última palabra sobre la vida de su hijita. Y la intención del evangelista es esa precisamente: sugerir que la fe del personaje, superando todo escepticismo, es un anticipo de la fe pascual en el triunfo de la vida sobre la muerte. La fe lo ha llevado a intuir la presencia de Dios en la situación fatal en que se encuentra, ha avivado en él la certeza de que para Dios nada es imposible y que su poder salvador obra en la persona de Jesús; por eso cae de rodillas ante él y le confía todo su pesar. 

El otro personaje es una pobre mujer que sufre de hemorragias, pierde sangre, es decir, pierde vida. Además, su enfermedad la hace sentirse humillada hasta el punto de no atreverse a aparecer en público. Y, lo que es peor, según las ideas religiosas de su tiempo el derramamiento de sangre hace a la mujer “impura”. Su contacto contagia. Durante doce años arrastra una existencia de intocable, al margen de todo. Piensa, pues,  que ni Jesús puede tocarla. Sólo le queda acercársele sigilosamente por detrás y ver si puede tocarle el borde de su manto, nada más, pero con esta certeza: Si llego tan sólo a tocar su manto, me salvo. Es significativo que diga me salvo y no simplemente me curo. 

Jesús se vuelve. El gesto de la mujer no ha podido pasarle desapercibido; ha motivado en él una iniciativa inmediata de misericordia. Ella le ha tocado apenas, furtivamente, el borde de su manto: él toma contacto con ella atentamente, le hace ver que la tiene en cuenta aunque sea una mujer impura, aunque los demás la desprecien y se alejen de ella. Le infunde ánimo, le devuelve su dignidad, es hija. ¡Ánimo, hija! Y de inmediato le muestra el resultado de su fe: la vida recobrada, la dignidad rehecha, la integración social restablecida, la alegría… Ya nada de enfermedad, nada de discriminación injusta. Tu fe te ha curado. Primero ha sido el encuentro, después la revelación y actuación del poder de la fe. Quien cree tiene vida, pasa de muerte a vida, afirmará Jesús en el evangelio de Juan (Jn 5,24). 

En la casa del notable ya se celebra el duelo por la niña según las costumbres judías de entonces. Mateo, sobrio en todo su relato, se fija en la presencia de los flautistas y el alboroto de la gente, para señalar quizá el contraste entre la fe cristiana pascual y la conciencia fatalista frente a la muerte. Fuera, la muchacha no está muerta, está dormida, dice Jesús, quitándole tragedia al misterio de la muerte, reduciéndola a un sueño, redimensionándola. Pero se reían de él. La resurrección es locura para judíos y necedad para griegos. (1 Cor 1, 23) 

Y así, sin nada espectacular, una vez echados fuera todos los asistentes al duelo, se realiza el milagro en lo secreto: Tomó a la muchacha de la mano y ésta se despertó. 

Queda así el hecho como un signo anticipatorio de la victoria plena sobre la muerte. 

Después de la experiencia pascual, los discípulos llevarán a todo el mundo la proclamación de esta verdad: La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Cor 15, 55).

domingo, 5 de julio de 2026

Domingo XIV del Tiempo Ordinario – Vengan a mí los cansados y agobiados (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ

Dios padre, mosaico de Anton von Werner (1900), Catedral de Berlín, Alemania

En aquel tiempo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera." 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo. 

sábado, 4 de julio de 2026

Los amigos del esposo. Vino nuevo, odres nuevos (Mt 9, 14-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y María en las bodas de Caná, ilustración de William Holle en La vida de Jesús de Nazareth (1906)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?".
 Jesús les respondió: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán. Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura. Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan". 

Jesús había llamado a su grupo a un publicano y se había puesto a su mesa en compañía de otra gente de mal vivir (Mt 9, 9-13). Probablemente lo vieron también comer con sus discípulos en un día de ayuno obligatorio. Por eso la pregunta de los discípulos de Juan: ¿Por qué razón nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no? 

A simple vista puede parecernos un tema extraño, pero puede aplicarse a la conducta que, consciente o inconscientemente, demostramos. De muchas maneras nos lanzamos unos a otros preguntas como las que los discípulos de Juan plantearon a Jesús: ¿por qué no actúan ustedes como nosotros?, ¿por qué piensan así?, ¿por qué esas costumbres, esos métodos...? Detrás puede estar el miedo a lo diferente o la necesidad de asegurar la propia postura imponiéndola a los otros. Ahí no hay diálogo porque no hay intención de comprender, ni de integrar y complementar sino de defenderse, descalificando al que es diferente. Bien decía Antonio Machado: “Busca tu complementario que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario”. Fácilmente se olvida el principio de dejar al otro ser y obrar como le parezca mientras no se demuestre que es una forma de proceder errada, injusta o perjudicial. 

Jesús zanja la cuestión que le plantean acerca del ayuno, llevando a sus oyentes a otra esfera de pensamiento, a la esfera de la salvación, que ya está abierta para todos y cuyo anuncio (buena noticia) inaugura el tiempo nuevo de la fiesta para la nueva humanidad reconciliada. Lo hace con un proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye naturalmente toda forma penitencial. 

El tiempo nuevo es tiempo de alegría. La presencia de Jesús señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios y del triunfo de su amor salvador. Los profetas lo vieron venir y su corazón se llenó de gozo. Recordemos, por ejemplo, cómo intuye Isaías la venida del Salvador: El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido (Is 61, 1-3) 

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús. Con estas palabras anuncia su final: se les quitará su presencia, la presencia del novio, cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Las nupcias han comenzado, pero han de llegar a su consumación. Mientras tanto vivimos el tiempo de la ausencia que espera una presencia, del viernes santo que lleva a la pascua. De momento queda el símbolo de su cruz: en el dolor y sufrimiento de los crucificados. Encontrarnos con ellos, ayudarlos, luchar para que nadie pase hambre ni sufra marginación, es cumplir el ayuno que Dios espera: partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Haciendo eso nos encontramos con el novio, porque se ha hecho el último de todos y está en los últimos. 

Las pequeñas parábolas acerca de lo viejo y lo nuevo –no se puede coser un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo ni guardar vino nuevo en odres viejos– lo que hacen es subrayar la incompatibilidad del nuevo modo religioso de proceder (la nueva santidad y justicia) que Jesús practica y enseña, frente a las viejas prácticas y legalismos morales del judaísmo farisaico. El reino viene, es una nueva forma de relacionarse Dios con nosotros y nosotros con él, es gracia, amor, justicia y paz para los individuos y para la sociedad. A la novedad de este anuncio debe responder una nueva forma de ser. Ésta no puede consistir en un cambio superficial sino en una renovación radical. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17). Este cambio implica despojarse de las propias seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de una fe que se demuestra en el amor y el servicio.

viernes, 3 de julio de 2026

El apóstol Tomás (Jn 20, 24-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

La incredulidad de Santo Tomás, óleo sobre lienzo de Hendrick ter Brugghen (1622 aprox.), Rijksmuseum, Ámsterdam, Países Bajos

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".
Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree".
Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto". 

El mismo día de su resurrección por la tarde, Jesús se había aparecido a los discípulos reunidos a puertas cerradas. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban “El Mellizo”, no estaba con ellos. Como todos los demás, este apóstol había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, y no quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos. 

Una semana después, estaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos y Tomás estaba también. Jesús se volvió a presentar en medio de ellos, les dio su paz y se dirigió a Tomás. Sus palabras demuestran que está dispuesto a responder al deseo de su discípulo: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente. La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, expresa su reconocimiento del Señor y su disposición a seguirlo hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío! Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana– Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo. En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido a su Señor, a quien vio clavado en la cruz, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, y que en la cruz nos reveló su amor extremado. Un gran teólogo, Romano Guardini, escribió a este propósito: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la apertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”. 

Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. San Alberto Magno (+1206), doctor de la Iglesia, llega a afirmar que a nosotros, de hecho, nos es más provechosa la incredulidad de Tomás que la fe de los discípulos creyentes: nos enseña a superar las dudas. Viendo las llagas del Señor, retorna a la fe. Nosotros, dejando aparte toda duda, nos consolidamos en la fe. El Señor permitió que el discípulo dudase después de la resurrección, pero no lo abandonó en las dudas. Asimismo, nosotros debemos tener la confianza de que el Señor nos dará su gracia para superar nuestras dificultades. 

El mismo Padre de la Iglesia añade un comentario sobre lo que Tomás realmente vio, y dice: Si la fe es prueba de las cosas que no pueden verse, y si de las cosas que se ven no se tiene fe sino conocimiento (natural), ¿por qué, entonces, se le dice a Tomás: Porque me ha visto has creído? Porque vio una cosa y creyó en otra. Como hombre mortal, ciertamente no podía ver la divinidad. Él vio al hombre, pero confesó que era Dios, y por eso dice: Señor mío y Dios mío. En este sentido, viendo creyó, viendo a Jesús como verdadero hombre, proclamó su divinidad que no podía ver.