lunes, 23 de febrero de 2026

El juicio final (Mt 25, 31-46)

P. Carlos Cardó SJ 

El juicio final, óleo sobre lienzo de John Martin (1853), Museo Tate (Museo Nacional Británico de Arte Moderno), Londres

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento. y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme'.
Los justos le contestarán entonces: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?'. Y el rey les dirá: 'Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron'.
Entonces dirá también a los de su izquierda: 'Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron'.
Entonces ellos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?'. Y él les replicará: 'Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo'. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna". 

El relato es una parábola o representación del juicio final. Gira en torno a la antítesis: “vengan-apártense”; “benditos-malditos”; “me dieron-no me dieron”. Quedan separados como el trigo y la cizaña, (Lc 13,24ss) o como los peces malos y los peces buenos (Lc 13, 47ss). Lo decisivo para ser acogido o rechazado es haber socorrido o no a mis hermanos más pequeños. Éstos están agrupados de dos en dos, conforme a tres necesidades de la vida humana: la alimentación, la inserción social  y la libertad. 

El hambre y la sed, si no se satisfacen, hacen que la vida no subsista, sobreviene la muerte. El vestido y la patria hacen posible la inserción social, pues la persona que no tiene un vestido digno se siente incómoda, rechazada; y el forastero, forzado a vivir fuera de su patria, se siente un ser extraño. La enfermedad y la cárcel, en fin, atormentan al espíritu con la incomunicación, el aislamiento y la soledad. 

Tanto los de la derecha como los de la izquierda se asombran de lo que les dice el Rey y preguntan: ¿cuándo te vimos hambriento...?  El rey responde afirmando su presencia en los necesitados: a mí me lo hicieron. La presencia de Cristo, misteriosa -de incógnito-, pero real, en los pequeños de este mundo, da a nuestros encuentros con ellos un valor trascendente, eterno. 

Tratar de reconocer, amar y servir al Señor en ‘estos pequeños’: de esta actitud depende el valor de nuestra vida, su radical realización o su radical fracaso. Por eso el juicio que hará de nosotros Cristo es el mismo juicio que hacemos ahora de los pobres y pequeños. Así, somos nosotros propiamente quienes lo juzgamos: al acogerlo o rechazarlo en los hambrientos y sedientos, en los desnudos y forasteros, en los enfermos y en los encarcelados. El juicio no será más que la constatación de lo que hacemos. Al final quedará al descubierto lo que libremente vamos haciendo con nuestra vida. Jesús nos lo advierte con la parábola del juicio para que abramos los ojos y nos hagamos conscientes de lo que hacemos o dejamos de hacer hoy. 

“¡El pobre es Cristo!”, solía decir San Alberto Hurtado. Con ello ponía énfasis a esta verdad del evangelio: en el pobre siempre está Cristo. Así, el mandamiento del amor a los pequeños de este mundo constituye el fundamento más firme y universal del obrar humano que conduce a la unión de todos los seres humanos, por encima de las diferencias. Con este mandamiento, Jesús establece un criterio de acción que va más allá de todos los cuadros religiosos y propuestas ideológicas. Y es un mandamiento evidente para todos. El amor a los necesitados expresa, en un lenguaje universal que todos comprenden, un mensaje que dice no sólo una verdad sobre la persona humana sino una verdad sobre el misterio mismo de Dios. Además, el amor al pobre es el que más manifiesta el modo como Dios ama, pues su amor incondicional, sanante y liberador muestra toda su eficacia cuando levanta del polvo al desvalido  ( 1 Sam 2, 8; Sal 113, 7) y a los hambrientos los colma de bienes (Lc 1, 53).

domingo, 22 de febrero de 2026

I Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús en el desierto (Mc 1, 12-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Tentaciones de Cristo, fresco de Sandro Botticelli (1481 – 1482), Capilla Sixtina, El Vaticano, Roma
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: renuncien a su mal camino y crean en la Buena Nueva". 

En el primer domingo de Cuaresma, la liturgia pone ante nuestros ojos la imagen de Jesús enfrentando como nosotros a las atracciones del mal. Jesús fue tentado realmente, no aparentemente tentado como afirmaron algunos herejes. Quiso someterse a la tentación para estar cerca de los que son tentados y para que nada de la existencia humana quedara sin ser asumido por él, verdadero Dios y verdadero hombre. Aun cuando su conciencia humana estuvo iluminada y sostenida en cada momento por la acción del Espíritu divino –que le hacía vivir por completo unido a Dios como su Padre–, Jesús tuvo que resolver la disyuntiva de optar por el poder y el éxito según el mundo o por el camino de cruz que su Padre, le ofrecía para realizar la salvación de sus hermanos; y esta disyuntiva significó para él una lucha interior que le llevaría al final a clamar: Padre …, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Esta es la tentación que acompañó a Jesús hasta la cruz. Las tentaciones en el desierto describen los componentes de esa tentación constante que tuvo que enfrentar. 

Dice el texto que el espíritu condujo a Jesús al desierto para que el diablo lo tentara. Pasar por el desierto equivale a pasar una prueba, vivir una crisis. Desierto, tentaciones y pruebas forman parte de la vida. No son catástrofes; son situaciones en las que se ponen de manifiesto las propias vulnerabilidades, pero también lo mejor de cada uno. Enfrentadas y sostenidas en la fe, las crisis y tentaciones pueden ser fuente de nuevas posibilidades; por ellas se consolida nuestra identidad y personalidad, aunque siempre implican un riesgo y pueden producir algún desgaste. 

Para seguir a Jesús necesariamente hay que pasar por la tentación y la prueba que purifica el corazón de todo apego a la posesión, al éxito, a los placeres o a cualquier otra realidad terrena que lleva a olvidar los valores del evangelio. Seguir a Jesús es vivir un proceso de liberación interior de nuestras contradicciones e inconsecuencias. 

Jesús ayunó cuarenta días y cuarenta noches. El número simbólico evoca los cuarenta años que pasó Israel en el desierto. Es como decir: un largo período. Lo importante es que, con Jesús, nuevo Moisés, se da el éxodo a la verdadera y plena libertad. 

Después de haber ayunado, tuvo hambre; y ahí fue cuando el diablo lo tentó. La tentación siempre se engancha al hambre, a la necesidad, cualquiera que sea. Por eso, las tentaciones tienen siempre apariencia de bien. En el caso de Jesús, del tentador le dice: ¡Si eres el Hijo de Dios! Es como decirle: ¿Acaso no es bueno que te manifiestes como Dios de tal manera que nadie pueda dudar de ti? Los peores males se han cometido en aras de las mejores causas. Hasta en nombre de Dios y de la religión, se han cometido y se cometen atrocidades. 

1ª tentación: Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. La tentación consiste en hacer de la obra salvadora un proyecto económico para beneficio propio. Es como si el tentador dijera: “pon todo en función de tu ganancia personal y verán que eres Dios”. El pan y el dinero con que se adquiere se convierten en lo que más vale en la vida. Nos ocurre a nosotros cuando ponemos lo económico, dinero y bienes materiales, como el principio absoluto en la organización de nuestra vida personal, familiar o social. De la absolutización del bienestar material surgen las luchas y discordias, las injusticias y opresiones. Fácilmente olvidamos que los bienes materiales no son un fin sino un medio, que tienen una finalidad a la que deben orientarse y que, finalmente, se acaban. El amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han ocasionado a sí mismos muchos males (1 Tim 6,10). El hombre, pues, pretende autodeterminarse con lo que gana, aunque sea sin tener en cuenta a los demás y a Dios. En el caso de Jesús: la tentación consiste en usar los medios mesiánicos para el servicio de sí mismo. 

2ª tentación: Tírate abajo, porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos… Es la tentación central: hacer que Dios haga lo que a mí me plazca, en vez de hacer su voluntad. Querer que Dios nos escuche, en vez de escucharlo. Buscar un Dios a nuestro servicio. En el caso de Jesús la tentación fue establecer una relación interesada con Dios para que le ayude a someter al mundo con medios espectaculares, que seduzcan en vez de convencer, que dominen en vez de suscitar una respuesta amorosa y libre y, encima, teniendo a Dios como aliado. 

3ª tentación: Todo esto te daré si te postras y me adoras. Es la tentación del poder. Dominar con el poder. Ante esta tentación, Jesús reacciona de inmediato, no entra en diálogo con el tentador. ¡Apártate de mi Satanás! Lo mismo le dirá a Pedro, cuando éste intente desviarlo de su camino de cruz: Apártate de mí Satanás (ponte detrás, Tentador), que me pones obstáculo. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres (Mt 16,23). Jesús, en cambio, nos revelará en qué consiste la verdadera libertad: en poner la vida al servicio de todos, sin dominar a nadie, para que nadie viva oprimido o dominado. 

Que el Espíritu del Señor nos guíe en nuestro camino cuaresmal y aprendamos a salir victoriosos de nuestras tentaciones, sabiendo discernir en cada circunstancia cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,2). Que nuestras prácticas penitenciales, concretamente el ayuno, nos recuerden que la vida es un don, no proviene del alimento sino de Dios creador. Así reconoceremos agradecidos que Dios es vida y que nuestro pan de cada día es un don que él nos hace.

sábado, 21 de febrero de 2026

Llamamiento de Leví y comida con pecadores (Lc 5, 27-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

La fiesta en la casa de Leví, óleo sobre lienzo de Paolo Veronese (1573), Galería de la Academia, Venecia

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme".
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: "¿Cómo es que comes y bebes con publícanos y pecadores?".
Jesús les replicó: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan". 

Jesús realiza un gesto provocador. Llama a un publicano a formar parte de su comunidad. Un judío decente evitaba el trato con los publicanos, porque eran considerados pecadores públicos y descreídos por dedicarse al vil oficio de recaudar impuestos para los romanos y ejercerlo de manera fraudulenta. 

La sorpresiva distinción de que ha sido objeto, provoca en el publicano Leví el deseo de celebrarlo y organiza un banquete. Quiere agradecer a ese Maestro galileo que haya tenido para con él esa deferencia tan inesperada, y tan contraria a las costumbres y creencias de los judíos, de contarlo entre sus discípulos. Naturalmente invita a muchos otros publicanos. Y Jesús acepta la invitación a sentarse a la mesa con esa gente. Sorprendente. 

La expectativa del Reino de Dios como un banquete que reunirá a los justos y elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer: no sólo se celebraba el memorial del éxodo con el banquete del cordero pascual, sino que el comer juntos solía ser expresión de valores compartidos, alianzas, amistades. 

Pero como en la mesa del reino Dios comía sólo con sus elegidos y los otros quedaban excluidos, el judío sólo podía sentarse a la mesa con gente considerada honesta, justa, fieles a su religión. Por eso en la regla de la comunidad esenia, grupo especialmente excluyente y rigorista, estaba establecido: Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos (regla de Qumram). 

Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como apestados. El médico cura a los enfermos. En Jesús, Dios se acerca a los excluidos, despreciados, no practicantes, traidores –como los publicanos que trabajaban en favor de los romanos– y pecadores públicos. 

La comunidad cristiana toma conciencia. El Dios de Jesús no es el dios de la sociedad judía puritana, excluyente y discriminador. Es Dios de misericordia, que ofrece a todos la posibilidad de rehabilitarse. La comunidad cristiana toma conciencia de lo que es: pecadores que han sido tocados por la gracia en Jesucristo. Cada uno puede verse en Leví, o entre los invitados al banquete. Por consiguiente, no caben las discriminaciones. 

No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Pablo dirá: Miren, hermanos, a quienes eligió Dios: no hay entre ustedes sabios, ni poderosos…, lo débil del mundo escogió Dios… (1 Cor 1, 26). 

En la mesa del Señor nos sentamos los pecadores. Es él quien nos congrega de toda raza, lengua y cultura. Reúne a todos los hijos e hijas de Dios dispersos. Y le damos gracias porque nos hace dignos de servirlo en su presencia. Indignos todos; la gracia es la que nos dignifica.

viernes, 20 de febrero de 2026

El ayuno (Mt 9, 14-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Caná, temple sobre tabla de Duccio Di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo dell Opera Metropolitana del Duomo de Siena, Italia

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: «Nosotros y los fariseos ayunamos en muchas ocasiones, ¿por qué tus discípulos no ayunan?».
Jesús les contestó: «¿Quieren ustedes que los compañeros del novio estén de duelo, mientras el novio está con ellos? Llegará el tiempo en que el novio les será quitado; entonces ayunarán». 

Antes de este pasaje aparece Jesús y sus discípulos comiendo en casa de un publicano; ahora los discípulos de Juan Bautista los sorprenden comiendo en un día de ayuno. Juan los ha enviado a seguir a Jesús, desde que lo señaló como el que era más grande que él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero estas actitudes de Jesús y lo que enseña a sus discípulos los desconciertan. Por eso le preguntan: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? 

Jesús responde situando la cuestión en otra esfera de pensamiento: en la esfera de la revelación del amor salvador de Dios ofrecido como gracia a todos los que escuchan su palabra y lo siguen. Su presencia señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios, el tiempo nuevo de la realización de las promesas hechas por Dios a Israel, tiempo de la fiesta de la nueva humanidad reconciliada. 

Se debe, por tanto, celebrar y hacer fiesta. Jesús lo dice con el proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye perentoriamente toda forma penitencial. Los profetas previeron este tiempo y su corazón se llenó de alegría. Recordemos, por ejemplo, a Isaías: “El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido” (Is 61, 1-3) 

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús, anunciando su final. Les quitarán al novio cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Entre la alegría primera de su presencia en la tierra y la consumación de la unión perfecta de la humanidad salvada con Dios en el banquete nupcial del reino, transcurre el tiempo de la espera. 

Es tiempo de la vivencia de su presencia interior resucitada, que alienta la espera de la pascua eterna. De momento queda el símbolo de su cruz: en los crucificados. Y el signo eficaz de su presencia viva en el partir el pan. Esos símbolos nos guían a la práctica de la religión verdadera, y en particular al ayuno que quiere el Señor, que consiste en partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Así nos encontramos con el esposo, hecho el último y el servidor de todos. 

Las pequeñas parábolas sobre lo viejo y lo nuevo: no se puede coser un pedazo de tela nueva en un vestido viejo porque, al encoger, hará un desgarrón mayor, ni se puede guardar vino nuevo en odres viejos porque al seguir fermentando reventará los odres y todo se perderá, vienen a subrayar la idea de que son incompatibles la religión nueva del corazón, que Jesús enseña, y la religión legalista y puramente exterior del judaísmo. 

El reino viene; a la novedad del anuncio debe responder la novedad de la respuesta humana. Ésta no puede consistir en un simple reformismo sino en una renovación radical y plena. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17): este cambio profundo implica despojarse de las seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de la fe que actúa en el amor.