miércoles, 15 de abril de 2026

Quien cree, no será condenado (Jn 3, 16-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo ante Herodes, óleo sobre lienzo (1470 – 1490) de autor anónimo (detalle de Escenas de la Pasión de Cristo) que se conserva en el Museo de Lovaina, Bélgica

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios. La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios". 

Así fueron los hechos. Israel no quiso oír a Jesús, rechazó su mensaje, no se convirtió, no lo siguió. Como consecuencia de ello, una hostilidad cada vez mayor se desencadenó contra Jesús, como una confabulación para darle muerte: vieron en él una amenaza a la fe, un “blasfemo” que se hacía pasar por Dios y se oponía al culto y a la moral judía: al sábado, al templo, a la doctrina sobre lo puro e impuro. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra él y que podía seguir la suerte de los profetas. 

Según la idea de Dios que se tenía, conforme a muchos escritos del Antiguo Testamento, podía esperarse un castigo de Dios a ese pueblo por dar muerte al inocente (Mt 21, 23-46). Pero el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios de infinita misericordia. Israel, su pueblo, lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo redención y perdón, mediante la entrega amorosa de su Hijo. Así, pues, frente a la idea de un Dios que castiga, el cristiano sabe que Dios “entrega” a su Hijo como expresión suprema de su amor: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros (Rom 5,6-8). 

El designio de Dios es claro:       quiere salvarnos a todos, no quiere que nadie se pierda, y nos ha hecho ver hasta dónde llega su amor en el amor con que su Hijo, enviado para salvarnos, ha entregado su vida por nosotros. Pero este don determina una crisis, un juicio, pone a todos en una encrucijada, porque puede ser acogido o rechazado. Y esta crisis no es algo que ocurrirá en el pasado, sino que está ocurriendo ahora, es una realidad actual que se desarrolla en la historia y en el interior de cada persona: ahora se puede creer en la salvación que Dios ofrece en Jesucristo o se la puede rechazar. Entonces, el que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. 

Hay que decir, por tanto, que no es que Dios juzgue y condene, sino que es el hombre mismo quien se juzga con su propia actitud de aceptación o rechazo del amor salvador que Dios le ofrece en su Hijo. Es la propia persona la que, por medio de su fe de aceptación y entrega, se encamina hacia la salvación que Dios le ofrece, o la que con su rechazo echa a perder su vida, entra en la luz o se queda en la tiniebla. La fe, por tanto, pone a toda persona ante una disyuntiva, la pone como en un juicio, pero es la persona misma quien lo ha de resolver, él es quien se juzga.Para San Juan, quien no acepta el amor salvador de Dios mediante la fe, ama la oscuridad; quien, en cambio, ama a Dios y se confía a él, ama la luz. Es cuestión de preferencia, de opción y aceptación libre. Y esto es, pues, mucho más que cometer o no un mal, que cualquiera por su debilidad humana podría hacerlo, pues se trata de preferir o, como dice San Juan, de amarlo. Preferir el mal, dejarse condicionar por él en el obrar y en la forma de vivir, mantener una conducta contraria al bien y a los valores éticos, conduce a la persona a llevar una vida a escondidas, pues no le queda otra cosa que ocultarla. Quien obra el mal detesta la luz y la rehúye por miedo a que su conducta quede descubierta. Mientras que quien obra el bien, quien cumple con la verdad –dice San Juan–, es decir, quien actúa con lealtad frente a Dios, se acerca a la luz y queda patente que toda su conducta es inspirada por Dios.

martes, 14 de abril de 2026

Jesús levantado a lo alto (Jn 3, 5a.7-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Moisés y la serpiente de bronce, óleo sobre lienzo de Pieter de Grebber (siglo XVII), Galería de Arte de la Universidad de Yale, Connecticut, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: "No te extrañes de que te haya dicho: Tienen que renacer de lo alto'. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu".
Nicodemo le preguntó entonces: "¿Cómo puede ser esto?".
Jesús le respondió: "Tú eres maestro de Israel, ¿y no sabes esto? Yo te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna". 

Todos queremos una vida segura, libre de sufrimientos, y con un final feliz, no una muerte funesta y sin sentido, que dé al suelo con nuestras esperanzas. Pero ¿quién nos puede asegurar eso? ¿Quién nos garantiza que la vida no se pierde sin más en un final nefasto e inesperado? 

Los israelitas se plantearon estas preguntas fundamentales cuando se vieron atacados en el desierto por serpientes que los mordían, y muchos morían (Num 21, 4). Moisés levantó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre (Jn 3,14). Pero hay una enorme distancia entre la salud que obtenían los israelitas con la serpiente de bronce y la vida eterna que trae Jesús levantado en la cruz. 

Así fueron los hechos. En un primero momento, los judíos se entusiasmaron con Jesús y le siguieron, pero después, por influjo de sus autoridades religiosas, lo rechazaron, le dieron la espalda, no acogieron su mensaje y opusieron contra él una hostilidad que fue creciendo hasta convertirse en una verdadera confabulación para acabar con él. Vieron en él una amenaza a su fe, un “blasfemo” que se hacía pasar por Dios y se oponía al culto y a la moral judía: al sábado, al templo, a sus tradiciones religiosas. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra él y que podía seguir la suerte de los profetas. Y así fue. Lo condenaron y le dieron muerte en una cruz. 

Para una mirada no creyente, aquello no fue más que la ejecución de un pobre reo judío fracasado, sin importancia alguna para la historia, pues millones de muertes como la suya se han sucedido en la historia. Pero el evangelio nos hace ver otra cosa: el crucificado no es un pobre judío fracasado que muere solo en un patíbulo horrendo. Con él está Dios y en él se revela. La pasión y muerte de Jesús ponen de manifiesto la relación que hay entre él y Dios. Es Dios quien lo ha enviado por amor a la humanidad (Jn 3, 16). El sentido de su muerte es que Dios “entrega” a su Hijo en manos de los pecadores (Mc 14,41; 10,33.45), y Jesús por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y da libremente su vida para revelar con ello hasta dónde son capaces de llegar el amor de su Padre y el suyo propio para que ninguno se pierda. 

Jesús habló repetidas veces de su muerte. En la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 23-46), se ve que Jesús preveía que le iban a matar y que se podía esperar, según la mentalidad de los judíos refrendada en muchos escritos del Antiguo Testamento, que quienes le darían muerte recibirían un severo castigo. Pero lo que después va a manifestar en su pasión es que el Dios que entrega a su Hijo para salvar al mundo es un Dios de infinita misericordia. Y que él, el Hijo libremente entregado, morirá perdonando para vencer al mal con la abundancia del bien que brota de su amor. A quien lo acoge, ese amor le trae la misericordia y el perdón, le restablece su unión con Dios en virtud de su sangre derramada en la cruz. Mirar la cruz de Jesús crucificado es mirar la expresión suprema del amor que salva. San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros” (Rom 5,6-8). 

Por eso los cristianos veneramos la cruz, porque ella nos hace ver que Dios quiere salvar a todos, sin excluir a nadie. Así, quien en su angustia o abandono fija sus ojos en la cruz del Señor, sentirá que Dios comparte su dolor y abre para él, en su mismo dolor, la esperanza de una vida nueva.

lunes, 13 de abril de 2026

Nacer de lo alto (Jn 3, 1-8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Visita de Nicodemo a Cristo, óleo sobre lienzo de John La Farge (1880), Museo Smithsonian de Arte Americano, Washington DC, Estados Unidos

Entre los fariseos había un personaje judío llamado Nicodemo. Este fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer señales milagrosas como las que tú haces, a no ser que Dios esté con él».
Jesús le contestó: «En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba».
Nicodemo le dijo: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?».
Jesús le contestó: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: Necesitan nacer de nuevo desde arriba. El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu». 

El texto desarrolla uno de los temas más característicos del evangelio de Juan, el de la comprensión del misterio de Jesús como revelador de la verdad de Dios y de la verdad del ser humano. Por sí solo, el hombre no comprende; necesita la gracia, don de lo alto, que lo hace salir de la inteligencia carnal o “de aquí abajo” y lo lleva a la comprensión por medio del espíritu. La condición para ello queda expuesta claramente: hay que nacer de lo alto o de nuevo, por medio del espíritu. La fe obra en nosotros una regeneración. 

Un hombre llamado Nicodemo va a ver a Jesús. Pertenece al partido de los fariseos (separados), que promueven la renovación moral del pueblo mediante el cumplimiento estricto de la ley mosaica, como medio para acelerar la llegada del Mesías y del reino de Dios. Gozaban de prestigio en el pueblo, al que querían ganar para una vida separada del mundo impuro. En los evangelios aparecen como los principales enemigos de Jesús, pero muchos pasajes fueron interpolados más tarde, porque a partir del año 70 d.C. persiguieron a los cristianos. Fueron los interlocutores críticos más importantes de Jesús, quien tuvo amigos entre ellos (Lc 11; 14; 19; Mc 15). Los tomó en serio y ellos a él, porque él y ellos tomaban en serio la voluntad de Dios. Pero rechazó la concepción de la Ley que ellos tenían y entró en conflicto con ellos (Mc 7,11-13; Lc 11,42). 

Nicodemo es identificado, además, como un personaje importante, maestro de Israel, y miembro del Consejo de los ancianos (Sanedrín). Probablemente, como otros miembros del grupo, ha quedado impresionado por los signos que Jesús realiza, sobre todo por el de expulsar los mercaderes del templo y anunciar otra forma de religión, ya no basada en el templo y en las antiguas tradiciones judías. Toma la iniciativa y va a Jesús, quiere informarse directamente de la identidad de este nazareno a quien mucha gente sigue. 

Y viene de noche. Se podría pensar que quiere aprovechar la tranquilidad de la noche, tiempo del descanso y también de la confidencia; pero lo hace por miedo, para no tener problemas con los de su grupo y en el Consejo. En el evangelio de Juan, además, la noche está asociada a la tiniebla y es símbolo de la situación del hombre sin fe, que se opone a Jesús, que es la luz. 

Consciente de su autoridad, él toma la palabra, pero el protagonista es Jesús, que rápidamente conducirá el diálogo, llevándolo por caminos impensados, que pondrán al fariseo ante su propia incapacidad de comprender. 

Rabbí, le llama Nicodemo, empleando un título honorífico propio de doctores de la ley. Y añade con tono de autoridad: Sabemos que vienes de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él. Lo reconoce, pues, como profeta y enviado de Dios pero en esta seguridad con que juzga está la razón de su falta de comprensión. Piensa haber comprendido ya a Jesús porque le han llegado informaciones y las ha interpretado según sus propios esquemas teológicos, pero no está abierto a la fuerza de renovación que la noticia sobre Jesús podía haberle transmitido. Sabe que Jesús viene de Dios, pero a diferencia de la gente sencilla que lo ha seguido, él no ha pensado acoger su invitación a renovarse. Es el típico hombre religioso y culto, acostumbrado a interpretar los signos de Dios, pero eso solo no basta. Profesional de Dios, en el fondo es un impotente: lo que nace de la carne es carne, debilidad e inconsistencia (v.6), que debe dejarse iluminar y cambiar por la palabra. El diálogo subraya su ignorancia. En Nicodemo está Jerusalén, el pueblo, la humanidad que rechaza a Jesús, la tiniebla confrontada con la luz. 

La incapacidad para salir de este círculo que encierra sobre uno mismo sólo puede ser superada por la gracia, don de lo alto, que hace nacer a una vida verdaderamente libre, propia de los hijos e hijas de Dios. Nicodemo entiende el nacer de nuevo, simplemente, como el sueño de una vida que se rejuvenece a sí misma, no como el don que Dios ofrece. Tiene que aprender que no se entra en el Reino por pura voluntad propia, ni por las ideas y conocimientos que uno tiene de la religión. Se entra en él por medio del Espíritu, fuerza misteriosa que actúa como el viento que arrebata o el agua que purifica e infunde vida. Su realidad imprevisible e inasible, infunde en nosotros una capacidad impensada de conocer el amor de Dios y de actuar movidos por el mismo amor.

domingo, 12 de abril de 2026

II Domingo de Pascua – Aparición a los apóstoles y Tomás (Jn 20, 19-31)

 P. Carlos Cardó SJ 

Incredulidad de Santo Tomás, óleo en madera transferido a lienzo de Francesco Salviati (1543 – 1547), Museo del Louvre, París

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a ustedes».
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. 

La experiencia de Jesucristo Resucitado tuvo para los discípulos una fuerza transformadora que cambió sus vidas para siempre. El evangelio hace ver que esa fuerza transformadora sigue disponible para nosotros y puede cambiarnos también a nosotros. 

Después que Jesús fue crucificado, muerto y sepultado, el grupo de sus discípulos se disolvió. Y ninguno de ellos creyó a los primeros anuncios de su resurrección. De pronto, sin embargo, algo en su interior los llevó a reunirse de nuevo en Jerusalén, aunque a puertas cerradas, por miedo. Entonces, cumpliendo la promesa que había hecho: donde estén dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estaré yo, Jesucristo se les hace presente, atraviesa los muros del miedo y la desilusión, y les da la paz. 

Se presentó en medio de ellos (v.19), en el centro de la comunidad. Jesús es y debe ser el centro de todo lo que la Iglesia –allí representada– realiza o proclama, es el centro íntimo de nuestras personas y el centro de convergencia al que debemos apuntar si queremos darle una orientación segura y fecunda a nuestra vida. 

Y les dijo: La paz esté con ustedes… (vv. 19 y 21). La paz es la señal cierta de la presencia del Resucitado, es su saludo característico, el fruto primero de su Espíritu que actúa en los corazones. La paz, shalom, que en la Biblia es el conjunto de los bienes prometidos por Dios y esperados por la humanidad, fundamenta las relaciones de las personas y de los pueblos en la justicia. La paz es signo de la gracia de Dios en nuestros corazones y del orden social basado en la justicia. La paz restablece al creyente en la confianza, es garantía de la esperanza. 

Entonces, el Señor Jesús les mostró las manos y el costado (v. 20): se les dio a conocer haciéndoles referencia a su historia, a lo que hizo por nosotros. Siempre podemos reconocerlo por lo que él hace por nosotros. Los discípulos comprendieron al mismo tiempo que el Resucitado allí presente era el mismo Jesús de Nazaret, Galilea, Judea y el Calvario, no otro. Y se llenaron de alegría, de la alegría que el mismo Jesús les había anunciado antes de partir: volveré y de nuevo se alegrarán con una alegría que ya nadie les podrá quitar (Jn 16,22). La Iglesia vive de esa alegría, la necesitamos, no se puede vivir sin ella. Ella demuestra que confiamos en la presencia continua del Señor en la Iglesia: el Señor no la abandonará; salvada, nadie ni nada prevalecerá contra ella. 

Viene luego un gesto simbólico: Sopló sobre ellos. Y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. Este gesto evoca el soplo creador de Dios sobre Adán y sugiere que la obra que el Padre realiza con la resurrección de su Hijo equivale a una nueva creación, al nacimiento de una humanidad nueva liberada, capaz de vivir según su Espíritu y de demostrar que el pecado, el mal de este mundo, pierde su fuerza opresora cuando se sigue a Cristo y se acepta su perdón. 

Al domingo siguiente Jesús se vuelve aparecer. Esta vez está en el grupo Tomás, que no estaba en la casa, cuando Jesús se les apareció. Como todos los demás, Tomás había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, ni quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos. El Señor se muestra dispuesto a responder a su deseo: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente. La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, su respuesta resuelta demuestra el reconocimiento de quien está dispuesto a cambiar y seguir al Señor hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío! Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana– Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo. En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido a su Señor, a quien vio clavado en la cruz, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, y que en la cruz nos reveló su amor extremado. Un gran teólogo, Romano Guardini, escribió a este propósito: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la apertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”. 

Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. Entonces, cuando creemos sin haber visto, se cumple en nosotros lo que San Pedro decía a los destinatarios de su carta: Ustedes no lo han visto, pero lo aman; creen en él aunque de momento no puedan verlo; y eso les hace rebosar de una alegría inefable y gloriosa, porque obtienen el resultado de su fe, la salvación personal” (1Pe 1, 8-9).