jueves, 4 de junio de 2026

Los dos mandamientos (Mc 12,28a-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cuidado de niños en el orfanato de Harlem, óleo sobre lienzo de Salomonsz Jan de Bray (1663), Museo Franz Hals, Harlem, Países Bajos

Entonces un maestro de la Ley le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Jesús le contestó: «El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos.»
El maestro de la Ley le contestó: «Has hablado muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios».
Jesús vio que ésta era respuesta sabia y le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.»
Y después de esto, nadie más se atrevió a hacerle nuevas preguntas. 

Los rabinos fariseos en tiempo de Jesús enseñaban a la gente que había que cumplir 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones). Un maestro de la ley quiso saber a qué atenerse y fue a Jesús con la pregunta fundamental: cuál es el mandamiento principal, que ha de regir al creyente. Jesús le respondió como respondería un judío fiel, que lleva grabado en su corazón y recita cada mañana el “Schemá Israel”: Acuérdate, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas fuerzas”. Y añadió que el segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ambos preceptos se encontraban ya en la Biblia, en el Dt 6,4-9 y en el Lev 19,18b, respectivamente. El primero confesaba la unicidad de Dios y la disposición a amarlo con todo el ser. El segundo, sobre el amor al prójimo, había quedado medio enterrado entre la enorme cantidad de preceptos (613!), ritos y tradiciones que los fariseos sacaban del libro del Levítico, como código de leyes sobre el culto. 

El mandamiento del Levítico era éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús dice: Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 15,11). Con ello, afirma una verdad indiscutible acerca de nuestra capacidad de amar: uno es capaz de amar a Dios y a sus semejantes si es amado y uno sólo puede amarse a sí mismo si ha sido objeto de amor. Más aún, la experiencia de sentirnos amados por Dios nos da la medida que debemos tener en el amor a los demás. 

Ahora bien, nos cuesta entender y sentir que Dios nos ame de manera incondicional, gratuita y desinteresadamente, sin límite, sin restricción, sin depender de nuestros méritos o de nuestros defectos. No lo entendemos porque vemos demasiado amor interesado y de conquista, demasiada rivalidad y competencia, demasiado interés egoísta y lucrativo, demasiada agresividad y violencia en las relaciones entre las personas. Por eso, nos cuesta imaginar un amor absolutamente limpio, generoso y desinteresado. Pero hay algo que alcanza indefectiblemente a todo ser humano que viene a este mundo: Dios, amor y fuente del verdadero amor, lo ha amado a él personalmente con un amor fiel e incondicional y ese amor se lo ha manifestado en Jesús con tal claridad, que ya nada podrá separarlo de ese amor (Rom 8,35.39). Quien se acerca a Jesús siente el amor en su vida y siente que puede amar, cualesquiera que hayan sido las carencias o infortunios sufridos en su historia personal. 

En esto ha consistido la originalidad de Jesús: le preguntaron cuál es el mandamiento más importante, y él añadió un segundo, tan importante como el primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Puso a ambos preceptos en el mismo nivel, porque deben ir siempre unidos. Para Jesús no se puede llegar a Dios por un camino individual e intimista, olvidando al prójimo. Dios y el prójimo son inseparables. Además, Jesús no unió los dos mandamientos, sino que nos amó y enseñó a amarnos unos a otros con hechos y gestos concretos en el servicio desinteresado, en el hacer a los demás lo que queremos que nos hagan, en reconocer y respetar la dignidad de toda persona, en encontrarnos y reunirnos gozosamente, en compartir lo que tenemos, en ver como propia la necesidad ajena y procurar resolverla, en ejercitar el perdón, incluso cuando el otro se ha convertido en mi enemigo, y en estar dispuestos incluso a dar nuestra vida por los demás si fuere necesario. En suma, Jesús nos enseña a vivir aquí y ahora de una manera diferente: con mirada limpia, no de competidor sino de hermano. Y esto trae consigo la felicidad íntima de sentirnos verdaderamente hijos de Dios y hermanos; esto nos humaniza y nos hace a la vez participar de la vida de Dios, que es amor. 

La respuesta que dio el escriba a Jesús revela el cambio profundo que Jesús trajo a la religión. Dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Entendió, pues, que el amor al prójimo está por encima de los actos que se realizaban en el templo. En ese tiempo, al igual que hoy, muchos creyentes pensaban que a Dios se llega a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos de animales... Sin embargo, la verdad es que para llegar a Dios hay que tener en cuenta al prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. El escriba ha comprendido cuál es el camino para ir a Dios. 

Un texto de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, filósofa judía asesinada en el campo de concentración de Auschwitz ilumina mucho la unidad de los dos mandamientos:

“Si Dios está en nosotros y si Él es el Amor, no podemos hacer otra cosa que amar a nuestros hermanos. Nuestro amor a nuestros hermanos es también la medida de nuestro amor a Dios. Pero éste es diferente del amor humano natural. El amor natural nos vincula a tal o cual persona que nos es próxima por los lazos de sangre, por una semejanza de carácter o incluso por unos intereses comunes. Los demás son para nosotros “extraños”, “no nos conciernen”… Para el cristiano no hay “hombre extraño” alguno, y es ese hombre que está delante de nosotros quien tiene necesidad de nosotros, quien es precisamente nuestro prójimo; y da lo mismo que esté emparentado o no con nosotros, que lo “amemos” o dejemos de amarlo, que sea o no “moralmente digno” de nuestra ayuda”. (Edith Stein, filósofa crucificada, Sal Terrae, Santander 2000).)

miércoles, 3 de junio de 2026

Resurrección de los muertos (Mc 12, 18-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

La Resurrección de Cristo, mosaico de autor anónimo (siglo XI), Iglesia de Osios Loukás,  Atenas, Grecia

Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: "Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: 'Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda'. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".
Jesús les dijo: "¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error". 

Unos miembros del partido de los saduceos se presentan ante Jesús con una pregunta sobre la resurrección de los muertos, en la que ellos no creen. Los fariseos, sus enemigos acérrimos, sí creían en ella. Los saduceos eran generalmente terratenientes de la aristocracia sacerdotal conservadora, que sólo aceptaban como normativos los cinco primeros libros de la Biblia, atribuidos a Moisés. Por ello negaban la resurrección de los muertos, que aparece a partir de los libros proféticos (Is 26,19; Dan 12,2). Sin embargo, a pesar de las diferencia, saduceos y fariseos se unirán en su enemistad contra Jesús. 

Para demostrar el absurdo de la resurrección, los saduceos le presentan a Jesús un hipotético caso traído de los pelos (vv. 18-23), que es una aplicación de la ley del levirato (Dt 25, 5-10), dictada para garantizar la descendencia del casado. Esto era de suma importancia para un hebreo. Si se piensa en la promesa que Dios había dado a la descendencia de Abraham, el hombre que moría sin hijos era considerado un maldito, pues quedaba excluido de la promesa. La descendencia garantizaba al padre poder ver realizada en los hijos de sus hijos la bendición de Dios, y perpetuarse en la vida de sus descendientes como una forma de sobrevivir más allá de la muerte. Pero aparte de estas consideraciones religiosas, la ley del levirato era importante para los saduceos, propietarios de tierras, porque con ella se resolvían los complejos problemas de las herencias de tierras. 

La respuesta que Jesús da se sitúa en la misma línea de pensamiento que antes ha mantenido (cap. 10), a propósito del matrimonio y de las riquezas. Como solución a los problemas que los discípulos pueden encontrar en esos campos, él ha expuesto la lógica del reino de Dios, en contraposición a la lógica de la “posesión” que domina a este mundo. Por esto, a aquellos que preguntan: ¿De quién de ellos será la mujer?, a quién pertenecerá, Jesús les responde: Están muy equivocados en esto, porque no comprenden las Escrituras ni el poder de Dios. En el Reino de Dios, reino de los resucitados, no existe el problema de quién “tendrá” mujer. Allí queda excluido el egoísmo y el ansia de poder y dominio, porque el reino de Dios es reino de amor, libertad, entrega y servicio, como es la vida de los ángeles. 

El modo de vida de los resucitados es, pues, el mismo que se ha manifestado “desde el cielo con poder” en Jesús y que se realiza sobre la tierra como se expone a continuación en su enseñanza sobre el mandamiento más importante (12,28-34). 

Acerca de la posibilidad misma de la resurrección, Jesús responde recurriendo al Éxodo 3,6, el pasaje de la zarza ardiente, y elabora el siguiente argumento: Dios se manifiesta a Moisés como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; pero como es Dios de vivos y no de muertos, se ha de concluir que los patriarcas están vivos; de lo contrario, la fidelidad del amor de Dios a sus siervos quedaría reducida únicamente a la vida terrenal. 

Con este argumento Jesús recuerda a sus oyentes algo que es fundamental en la fe judía: que Dios es fiel a las promesas hechas a sus patriarcas y que su fidelidad no puede quedar destruida por la muerte. Ésta no puede vencerlo porque es un Dios amigo de la vida, como lo llama el libro de la Sabiduría, destacando uno de sus más bellos atributos: Amas cuanto existe y no desprecias nada de lo que hiciste, pues si algo odiaras, ¿para qué lo habrías creado? ¿Cómo existiría algo que tú no lo quisieras? ¿Cómo permanecería si tú no lo hubieras creado? Porque tú eres indulgente con todas las cosas, porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida (Sab 11, 24-26). Frente a él, el dios de la muerte, dios de los saduceos, es un dios construido por los hombres para salvaguardar y perpetuar lo que más les interesa: el poder y la posesión. El Dios verdadero es el que se manifestó a Moisés como Dios del amor y de la libertad. El mismo Dios se reveló plenamente en Jesús, para que quien lo siga y entregue su vida por él y por el evangelio, no la pierda, sino que la salve para la eternidad (cf. 8,35). Quien no es capaz de entender esto y orienta su vida en función de otros valores opuestos a los que muestra Jesús en su evangelio está, como los saduceos, en un grande error.

martes, 2 de junio de 2026

Dar al César lo que es del César (Mc 12, 13-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

La moneda del tributo, óleo sobre lienzo de Tiziano Vicellio (1516), Gemäldegalerie, Berlín

Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones.
Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?".
Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario".
Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?".
Respondieron: "Del César".
Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".
Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta. 

Los miembros del Sanedrín, a quienes Jesús ha dirigido la parábola de los viñadores homicidas, que los ha indignado hasta desear su muerte, le envían ahora a unos fariseos y partidarios de Herodes para tenderle una trampa con la cuestión sobre la licitud del impuesto que pagaban a los romanos. Este tributo pro capite, a diferencia de otras contribuciones que tenían que pagar los judíos, era especialmente humillante porque se efectuaba con dinero romano como signo de sumisión y vasallaje. Para el judaísmo, lo político y lo religioso estaban unidos, por eso el pago de este impuesto tenía también un significado religioso: la moneda que se empleaba, el denario de plata, con la imagen del emperador y la inscripción Tiberio César, hijo del divino Augusto, les hacía sentirse no sólo dominados sino propiedad del idolatrado Jefe del Estado. 

Este fue el motivo de la rebelión de un tal Judas Galileo, el año 6 d.C., a quien los romanos subyugaron, masacrando a sus huestes y crucificando a dos de sus hermanos. De ahí nació el movimiento mesiánico de los celotas (“intransigentes”), que practicaban una especie de guerrilla partisana contra los invasores romanos y que, entre otras cosas, se negaban a usar la moneda romana. 

La pregunta que le plantean a Jesús sus interlocutores es capciosa por donde se la vea: si responde que sí es lícito pagar el impuesto, se pondría de parte del opresor, justificando la opresión que sufre el pueblo. Al mismo tiempo negaría validez al anhelo nacional de un mesías libertador, echaría por tierra su propia pretensión de ser el enviado de Dios para liberar y frustraría las expectativas que tantos han puesto en él. Si, por el contrario, responde que no se debe pagar el impuesto, se pondría en contra de los romanos y sus enemigos tendrían un motivo para denunciarlo, cosa que finalmente harán. 

Jesús pide que le muestren la moneda y con este solo gesto anuncia ya su respuesta. Los fariseos y herodianos no tardan en alcanzarle el denario, que suelen usar, poniendo así al descubierto su hipocresía. La frase de Jesús, además, los mete en aprietos pues les cuestiona la concepción que tienen del “divino” César, cuya imagen y moneda llevan consigo, y la concepción que tienen de Dios. La respuesta de Jesús no es evasiva, lo que hace es poner la cuestión en un plano superior de pensamiento en el que se puede entender qué es de Dios, qué le pertenece, y qué pertenece al César. Los interlocutores de Jesús tienen que saber que la soberanía absoluta de Dios está sobre todo lo creado, incluidos los poderes de este mundo, que deben orientarse a él, pues de lo contrario pierden legitimidad, Dios los derriba (cf. Lc 1,52). No obstante, y sobre esta base de la soberanía absoluta de Dios, Jesús reconoce la autoridad romana conforme a la mentalidad del judaísmo de la época (cf, 1 Pe 13, 1-7), para darle lo que le pertenece ¡pero no más! El ser humano, que es imagen de Dios, pertenece a Dios; el dinero, que lleva la imagen del César, pertenece al César. La persona humana depende de Dios de manera incomparablemente más plena y más profunda que lo que puede depender de un gobernante, cualquiera que sea. Y en esa dependencia absoluta de Dios, su Creador y Padre, encuentra la persona la libertad con que debe vivir en cualquier sistema político, mostrándose crítica frente a él para que no pretenda absolutizarse ni ejerza el poder contra las personas. Ningún César o gobernante o partido puede ocupar el puesto de Dios. La historia está llena de las tragedias a las que condujeron los “césares” que lo pretendieron. 

Esto supuesto, no se puede reducir la respuesta de Jesús a la simple separación entre lo político y lo religioso, lo material y lo espiritual, el Estado y la Iglesia. Quedarse sólo en esto lleva muchas veces a la privatización de lo religioso, relegado a la interioridad de las personas, a la religión enmudecida, a la conciencia burguesa que deja de anunciar y exigir el respeto a los valores éticos y morales, a la libertad y a los derechos de las personas en el ordenamiento social. Como si Dios pudiese dejar de iluminar las mentes para el recto manejo de lo profano. Sólo si se respetan los valores morales, de los que da cuenta exacta el evangelio de Jesucristo, tiene garantía incuestionable la autonomía (y laicidad) de lo político.

lunes, 1 de junio de 2026

Parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

La parábola de la viña y los labradores asesinos, dibujo en grafito y tinta sepia de Hans Bol (1585), Fundación Rey Balduino, Bruselas, Bélgica

Jesús se puso a hablarles en parábolas: "Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías. De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros. Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: “Respetarán a mi hijo”.
Pero los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra”'. 
Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros. ¿No han leído este pasaje de la Escritura: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?".
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron
. 

La expulsión de los mercaderes del templo hecha por Jesús ha sido interpretada por los sumos sacerdotes y los doctores de la ley como una acción provocadora. Se han decidido entonces a buscar el modo de acabar con él. Jesús advierte una vez más que serán capaces de levantar contra él al pueblo para darle muerte, consumando así la ruptura de Israel con el Dios que lo escogió para ser luz de las naciones. 

En ese contexto, Marcos relata la parábola de los viñadores homicidas. A diferencia de la versión que dan de ella Mateo (21,33-46) y Lucas (20, 9-19), no concentra su atención en el plan de Dios rechazado por Israel, sino en la figura del heredero, el hijo amado, el predilecto  –tal como apareció en el bautismo (Mc 1,1) y la transfiguración (Mc 9,7)– y cuya muerte cruenta cambiará el destino histórico de Israel y será fuente de vida eterna para cuantos creen en él. La agresividad de los viñadores contra los enviados por el señor de la viña aparece in crescendo: golpean, ultrajan, asesinan. El hijo amado será ultrajado, golpeado y asesinado por los que han pretendido adueñarse de la viña. 

Todo el relato confluye en la pregunta: ¿Qué hará el dueño de la viña con esos viñadores? La Biblia da una respuesta en el canto de Isaías 5, citado por Marcos: Dios juzga y castiga la infidelidad de su pueblo. Pero el relato evangélico va más allá: por rechazar al Hijo de Dios, anunciador y portador del Reino, el pueblo de la antigua alianza perderá su rol histórico, quedarán superados los privilegios raciales y culturales del judaísmo y la salvación será ofrecida a los extranjeros. 

La cita del Salmo 118, aplicado a Cristo, ilumina este planteamiento y lo amplía mucho más. Hace ver que Jesús es la piedra rechazada por los arquitectos que ha venido a convertirse en la piedra angular de la que todo depende. Debe, por tanto, ser reconocida y aceptada. Cristo resucitado será la piedra angular del nuevo templo que Dios construirá, la humanidad nueva. El plan de Dios, lejos de ser anulado por la maldad de los hombres, se realizará. 

Los sumos sacerdotes y doctores que escuchan la parábola entienden muy bien sus imágenes, pues tienen resonancias bíblicas que ellos conocen: la viña es el pueblo de Dios; su dueño es el mismo Dios; los viñadores son ellos, los jefes del pueblo; los siervos enviados son los profetas; los frutos que se esperan son la fidelidad a la alianza; el hijo resulta ser Jesús, pues así se ha presentado ante ellos; y los otros a quienes se les dará la viña son los gentiles. Vieron, pues, que la parábola iba dirigida a ellos. Quisieron capturarlo, pero lo dejaron y se fueron porque temieron a la gente. 

Según la mentalidad judía de la época, respaldada por diversos pasajes de la Escritura, y que el mismo Jesús expresa (pero que Mateo pone en labios de los judíos y no de Jesús. Cr. Mt 21,41), no se podía esperar sino el castigo divino contra esos malvados que darían muerte al Hijo inocente. Sin embargo, los pensamientos de Dios se revelarán más tarde, en la pasión de Jesús. Allí quedará de manifiesto que el Dios de Jesús no piensa en penas contra culpas ni en castigos contra delitos, no se queda en la lógica de la justicia humana vindicativa de dar a cada cual lo que se merece, no sabe lo que es vengarse ni puede dejar de amar, pues no sería Dios, sino un simple hombre. Su justicia es de otro orden: hace triunfar el amor sobre la maldad. Eso significa que la piedra descartada por los hombres se convierta en piedra angular. En su Hijo muerto, Dios hará triunfar su amor salvador como oferta última, extremada, para la salvación de los perdidos, de los rechazados y aun de sus propios verdugos. Si fuese sólo un hombre se quedaría en la sentencia de condenación. Por ser Dios, hace que del mismo mal cometido por ellos surja triunfante la vida. Esto lo entenderán los discípulos en la mañana de la resurrección. 

La parábola debe hacer pensar también a la comunidad cristiana, pues en el comportamiento de sus miembros y de sus instituciones puede reproducir la misma pretensión de los judíos del tiempo de Jesús de poseer el reino de Dios o de hacerlo depender de los méritos propios. La Iglesia no puede olvidar que está más bien a su servicio. Por eso, peregrina hacia él, ella se ha de esforzar por anunciar a todos la salvación y ofrecer en medio del mundo un espacio de misericordia en el que todos pueden ser acogidos.