domingo, 19 de abril de 2026

III Domingo de Pascua - Emaús (Lc 24, 13-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Camino de Emaús, óleo sobre lienzo de Elio Orsi (1560 – 1565), Galería Nacional de Londres, Inglaterra

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
El les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?».
Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?».
«¿Qué pasó?», les preguntó.
Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!». Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! 26.¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?». Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas.
Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día». Entró, pues, para quedarse con ellos.
Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido.
Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
 

Presencia viva del Señor en circunstancias concretas: cuando dos o tres nos reunimos en su nombre; cuando meditamos la Palabra de Dios que ilumina nuestra vida; cuando llevamos a la práctica la Palabra y acogemos al sin techo o compartimos el pan con el hambriento; y cuando celebramos la eucaristía. 

Era el mismo día de la Pascua, cuando dos discípulos, abatidos por la decepción y la pena que les causó verlo morir en cruz, se marcharon a su vida de antes, sin esperanza. 

No obstante, algo inexplicable hace que se reúnan para hacer el camino juntos. Y conversan y discuten sobre lo que ha pasado, cuando en realidad no tendrían ya nada de qué hablar una vez que lo enterraron y el grupo se disolvió. De pronto, sin embargo, sin que ellos se dieran cuenta, Jesús en persona se puso a caminar con ellos. Y aquí está lo primero que el texto evangélico dice a nuestra realidad: ¿hacemos eso nosotros, nos buscamos unos a otros cuando nos ocurre algo que no esperábamos y estamos tentados a pensar que Dios no ha sido buenos con nosotros? ¡Ay del solo si cae: no tiene quien lo levante! dice también la Escritura (Ecl 4,10). En cambio quien reacciona contra la crisis por la que esté pasando y busca la comunidad, hallará allí mismo la compañía del Señor. 

¿Qué conversación es esa que traen en el camino?, les dice, mostrando interés por lo que les pasa. Ellos se detuvieron con la cara triste. La tragedia vivida se refleja en sus rostros y, con ella, la tristeza que es mala consejera. Uno de ellos, llamado Cleofás, confiesa: Nosotros esperábamos que Jesús iba a ser el libertador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto... Cuántas veces lo que esperamos no resulta y es duro reconocer que los caminos del Señor no son nuestros caminos. Y lo que uno planifica o proyecta, ¿saldrá finalmente? Siempre puede haber motivo para la decepción y el desánimo. ¿Pero buscamos entonces, una y otra vez, en la Escritura la Palabra que puede iluminar lo que ha ocurrido? Eso fue lo que hizo Jesús con los discípulos de Emaús, los remitió a la Escritura: ¡Qué torpes son y qué lentos para creer!... y comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

Como el reconocer a Cristo resucitado es un proceso progresivo, ellos lo ven todavía como un extranjero. Y llegan así a Emaús, donde él hace ademán de seguir adelante, pero ellos lo presionaron: Quédate con nosotros… porque cae la noche ¿Es éste el deseo que brota en nosotros cuando nos encaminamos a nuestro “Emaús” y nos cae la noche? Lo presionaron, dice el texto. ¿Insistimos, imploramos? Ellos pensaban huir, abandonándolo todo, pero él les ha dado alcance. Ahora lo invitan a sentarse a la mesa y ocurre lo sorprendente: él, de invitado, se convierte en anfitrión, se hace el centro de la mesa. 

Entonces Jesús tomó el pan, pronunció la bendición [euxaristeia], lo partió y se lo dio. Son las mismas palabras centrales de la eucaristía, que seguimos repitiendo en el momento de la consagración. Y a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. De modo que es en la eucaristía donde le encontramos y reconocemos mediante la fe. 

Pero él desapareció. Lo hace tal como se lo había advertido: Voy a prepararles un lugar (Jn 14,2). Conviene que yo me vaya (Jn 16,7). Por eso su desaparición física no los vuelve a hacer caer en la tristeza. Ellos tienen ya la certidumbre de que no los abandona nunca, pues les ha dejado su Espíritu que les hace ver al Señor en toda circunstancia, sobre todo en la práctica de la caridad para con el prójimo y en la celebración de la eucaristía.

sábado, 18 de abril de 2026

Jesús anda sobre el lago (Jn 6, 16-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo camina sobre el agua, acuarela de Julius Sergius von Klever (1880), paradero desconocido actualmente

Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al lago, embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos cinco o seis kilómetros, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago, y se asustaron. Pero él les dijo: "Soy yo, no temáis". Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban. 

Movidos por el entusiasmo equívoco de la gente tras la multiplicación de los panes, los discípulos no fueron capaces de entender el significado del signo realizado por Jesús, vieron solo un poder que podían aprovechar para sus intereses, y pretendieron ellos también proclamarlo rey. Pero Jesús no es eso, ni puede aceptar ser un mesías así, en contradicción con su verdadera misión de servidor humilde que da su vida por la libertad y vida verdadera de su pueblo. Por eso Jesús se aparta, “huye” como quien rechaza la tentación del maligno que le ofrece la gloria y el poder de este mundo. 

Los discípulos quedan desconcertados, les decepciona que su Maestro no aproveche la oportunidad que la multitud le brinda. El mesías que esperaban no concuerda con lo que Jesús pretende y puede ofrecerles. Ya no les interesa. Se montan en una barca, la primera que encuentran en la orilla –ni siquiera se dice que sea la de Pedro- y se van, solos sin Jesús, al mar, a lo de antes, sin pensar en lo que puede pasarles en su amargada soledad. Así se alejan los desertores para caer en la noche y los peligros. 

Pero Jesús no los deja. Buen pastor, no puede dejar de salir en su busca para rehacer el rebaño y traerlos al conocimiento verdadero del amor que salva y a la confianza de la fe que hace actuar al poder de Dios, el único capaz de resolver el problema de la vida y saciar toda hambre y toda sed. Eso es lo que el episodio de su caminar sobre el mar les va demostrar. 

Repuesta de sus miedos y decepciones gracias a la luz de la resurrección del Señor, la comunidad primera, que hizo los evangelios, observará que, en efecto, Jesús de Nazaret, a quien quisieron ver como un simple liberador temporal, había sido siempre y seguía siendo para toda la humanidad la presencia de Dios con nosotros, la manifestación en carne humana de la gloria y poder salvador de Dios, y que en él sigue obrando de manera aún más admirable la salvación plena el Dios liberador que obró prodigios en favor de su pueblo cuando erraban hambrientos y sedientos por lugares desiertos y pidieron auxilio (Sal 107, 4-5), o cuando surcaban el mar tempestuoso y, llenos de terror, gritaron el Señor (Sal 107, 23-30) y él los puso a salvo. En Jesús se les había revelado el Señor que se sitúa sobre las aguas torrenciales (Sal 29, 3-9), que domina el mar y se abre un camino sobre las aguas caudalosas (Sal 79, 20), y que sale al encuentro de los suyos, aunque no lo reconozcan porque el miedo es enemigo de la fe. Siempre estará con ellos dirigiéndoles las palabras: ¡Ánimo, no tengan miedo, soy  yo!, que aportan la seguridad que sólo de lo alto puede venir. 

El pasaje de Jesús caminando sobre el lago remite, por tanto, a la situación que vivió la primera comunidad de seguidores de Jesús cuando sus esperanzas se les vinieron al suelo al ver al Mesías, en quien habían esperado, clavado en una cruz y enterrado. La crisis que vivieron, así como el temor y el asombro posterior que los sobrecogió al verlo resucitado, se anticipan en las sensaciones que tienen al verlo rechazar el título de rey y verlo luego caminar sobre las aguas.

viernes, 17 de abril de 2026

Multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Multiplicación de los panes, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

Después Jesús pasó a la otra orilla del lago de Galilea, cerca de Tiberíades. Le seguía un enorme gentío, a causa de las señales milagrosas que le veían hacer en los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, pues, levantó los ojos y, al ver el numeroso gentío que acudía a él, dijo a Felipe: "¿Dónde iremos a comprar pan para que coma esa gente?". Se lo preguntaba para ponerlo a prueba, pues él sabía bien lo que iba a hacer.
Felipe le respondió: "Doscientas monedas de plata no alcanzarían para dar a cada uno un pedazo".
Otro discípulo, Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?".
Jesús les dijo: "Hagan que se siente la gente".
Había mucho pasto en aquel lugar, y se sentaron los hombres en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio las gracias y los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierda nada".
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos que no se habían comido: eran las sobras de los cinco panes de cebada. Al ver esta señal que Jesús había hecho, los hombres decían: "Este es sin duda el Profeta que había de venir al mundo".
Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y nuevamente huyó al monte él solo. 

La acción se desarrolla en Galilea, región pobre de Palestina. Jesús atrae a una multitud de personas necesitadas que van tras él porque han oído o visto que cura a los enfermos. Después de atravesar con la gente el mar de Tiberiades y subir a un monte, levantó los ojos y, al ver la mucha gente que acudía, dijo a Felipe: ¿Dónde podremos comprar pan para que coman estos? Lo decía para tantearlo porque él ya sabía lo que iba a hacer (vv. 5-6). Jesús se preocupa de la gente y toma la iniciativa. Su diálogo con Felipe es sólo para demostrar la incapacidad del hombre para resolver el problema de la vida, representado en el hambre. 

¿Dónde podremos comprar pan para que coman estos? Esa pregunta sigue resonando hoy. Según las estadísticas de la FAO, 800 millones de personas en el mundo sufren hambre y desnutrición. 11 de cada 100 se encuentran en esta grave situación. 24.000 mueren cada día por causa del hambre, el 75% de ellas menores de 5 años. Se han venido haciendo esfuerzos para reducir la magnitud del problema, es verdad, pero aún falta mucho para remediar esta tragedia del hambre que duele y avergüenza. Ante esta situación, el mensaje del Evangelio es un llamado a compartir. Mientras el mal uso que se hace de los recursos naturales –como nos lo ha dicho el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si’ sobre “El cuidado de la casa común”– siga haciendo que tales recursos sean cada vez más escasos, y mientras no esté dispuesto cada cual a contribuir al cuidado de la naturaleza y a compartir la mesa de la creación con los demás, la pregunta de Jesús seguirá impactando en nuestros oídos llamándonos a reflexión y, sobre todo, a ver cómo respondemos. 

La respuesta que da Andrés a la pregunta de Jesús, abre el camino a la solución del problema, como Jesús lo enseñará, dice: Aquí hay un muchacho con cinco panes de cebada y dos pescados secos, pero ¿qué es esto para tantos? Querría mostrar su amor repartiendo lo que hay, pero ve que no es suficiente. En su débil condición y con su escasa provisión de panes de baja calidad (pan de cebada) y pescados secos –es decir, lo más desproporcionado para la magnitud del problema- el muchacho representa a la comunidad en su impotencia para resolver el problema del hambre; pero aunque se tenga poco, hay que repartirlo. Es lo que enseña Jesús: dar de lo que se tiene. El resto lo hará Jesús y habrá de sobra. 

Viene entonces lo central del relato. Jesús pronuncia la acción de gracias. Dar gracias es reconocer que algo que se posee es gracia recibida de Dios. La comunidad de Jesús da gracias por el pan, “fruto de la tierra y del trabajo humano, que recibimos de tu generosidad”. Se podría decir que el signo (visto en profundidad) son los bienes de la creación liberados del egoísmo humano, que alcanzan para el sustento de todos. El milagro es el amor de Dios y de nosotros: el compartir lo que soy y lo que tengo. 

Por todo eso, el signo de los panes tiene un gran simbolismo, que Jesús explicará en su largo discurso sobre el Pan de Vida (Jn 6, 22-59). Jesús proporciona el pan material e invita a pensar en el pan que da vida eterna, que es su cuerpo, su vida entregada por nuestra salvación. 

Jesús distribuye el pan. Se puso a repartirlos (v.11); “los repartes entre nosotros”, decimos en la Eucaristía. Con su actitud de distribuir el pan, Jesús prefigura la entrega de su vida (Pan de vida, 6,51s y lavatorio de los pies, 13,5), que se actualizará en la celebración de la Eucaristía. En ella celebramos la generosidad de Dios a través de su Hijo, que, en la comunidad multiplica lo que ésta posee para que todos tengan vida. 

Quedaron todos satisfechos... recogieron doce canastas con las sobras… (vv. 12.13). La abundancia del signo realizado por Jesús llena de entusiasmo a la gente, que lo reconocen como “el Profeta”  e incluso quieren proclamarlo rey. Pero este tipo de poder él lo rechaza. Para dar de comer a la multitud no ha partido de una posición de superioridad y fuerza, sino de debilidad y escasez de recursos. Él sólo busca servir y dar la vida. Por eso, Jesús huye, se aleja de los que pretenden cambiar su misión. Se retira solo, como Moisés después de la traición del pueblo (Ex 34, 3-4). Sólo en el monte de la cruz Jesús será rey (19,19) y entonces sus discípulos lo dejarán solo (16,32).

El que cree tiene la vida eterna (Jn 3, 31-36)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la gloria con santos, óleo sobre lienzo de Domenico Ghirlandaio (1492), Pinacoteca Volterra, Toscana, Italia

El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él. 

El texto empalma con el diálogo de Jesús con Nicodemo. Jesús habla de sí mismo como venido del cielo, como el enviado definitivo y plenipotenciario de Dios que lleva a culminación su revelación y realiza su obra salvadora en favor de los que acogen su palabra y adoptan su estilo de vida. 

Comienza diciendo que él viene de lo alto, es decir, que viene de Dios. En ese sentido, no duda en presentarse como superior a Moisés y a los profetas. Moisés formó un pueblo a partir de un conjunto inconexo de tribus esclavas y las condujo hacia la libertad. Jesús, verdadero Moisés, congrega al verdadero Israel y trae la liberación plena para toda la humanidad. Los profetas anunciaron, Jesús realiza el anuncio, más aún, es el que ellos anunciaron. Jesús es la luz, es la vida eterna. Es el portador del espíritu divino y el que nos lo da, haciéndonos por medio de él hijos e hijas de Dios. Lo que es de la tierra no puede alcanzar el cielo por sí solo; tiene que esperarlo y acogerlo. Sólo Dios nos da lo que es del cielo, y nos lo da en su Hijo Jesús. 

Jesús dice también que él ha visto y ha oído. Porque es el Hijo y palabra del Padre, mantiene comunicación íntima con él; de él recibe todo lo que tiene que decir y hacer, por eso habla de lo que sabe y de lo que es. 

Quien acoge su testimonio, reconoce que Dios dice la verdad, porque cuando habla aquel a quien Dios envió, es Dios mismo quien habla, ya que Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu. Todo el evangelio de Juan gira en torno a esta afirmación cristológica fundamental: que Dios se nos ha comunicado encarnándose en el hombre Jesús; en él se nos ha dicho Dios plenamente, oírlo es oír a Dios. Dice Jesús que hay que acoger su testimonio. ¿En qué consiste acoger o aceptar su testimonio? En reconocerlo como la verdad y mantenerse fiel a él; es sellar con él una alianza. Reconocer y acoger su palabra es verlo como el enviado definitivo de Dios, Hijo unigénito, palabra con la que Dios mismo se nos dice. Es también reconocer en él a Dios que se une a su pueblo y a cada uno. Más aún, se trata no sólo de verlo como un mediador de la alianza con Dios sino como la alianza misma, de modo que unirse a él es unirse a Dios. Es confesarlo como el Emmanuel, Dios con nosotros. 

Esta fe de reconocimiento y acogida de Jesucristo hace vivir la vida definitiva antes y después de la muerte: Quien cree en el Hijo tiene la vida eterna. La afirmación de Jesús está en presente: quien cree en él tiene ya ahora la vida eterna. En el evangelio de Juan, la escatología (lo que será en el final de los tiempos) ocurre ya ahora. La fe, entendida como adhesión a Jesús, como permanecer en él, equivale a la vida que perdura eternamente, y que consiste en la participación de la vida del mismo Dios. Es ser de Cristo, dice San Pablo (1 Cor 4,6; 12, 27; Gal 3,29; Rom 14, 7-12; Cf. 1 Jn 4, 6). Es vivir en su amor. 

El texto termina con una advertencia grave, severa: Quien no lo acepta, no tendrá esa vida, sino que la reprobación de Dios queda con él. Aceptar a Jesús y el amor salvador que él ofrece es entrar en el ámbito de la vida que perdura, vida eterna en la que reina el amor de Dios. Esta es una posibilidad que se ofrece a todos, sin excepción, y que se hace realidad por medio de la opción personal en favor de la luz. No dar este paso, quedarse en el ámbito de una vida que no manifiesta el amor de Dios, es quedarse bajo el influjo del mal que opera en el mundo, enemigo de Dios y contrario al amor. A ese ámbito, que echa a perder la vida verdadera de sus hijos e hijas, Dios lo reprueba.