lunes, 16 de febrero de 2026

Los fariseos piden una señal (Mc 8, 11-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Mosaico del Pantocrátor, anónimo griego del siglo XI, Basílica Hagia Sophia, Estambul, Turquía 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo.
Jesús suspiró profundamente y dijo: "¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal".
Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. 

La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los fariseos y los expertos en la religión judía, junto con los parientes y paisanos de Nazaret habían visto muchos signos realizados por Jesús, pero no lo siguieron, no confiaron en él; lo presionaron para que fuera él quien obedeciera sus exigencias. Rechazaron la actividad que realizaba y le exigían pruebas para legitimarla; no les bastaron las demostraciones que había hecho de su misión mesiánica y de la verdad de su mensaje, y le pedían pruebas extraordinarias para creer. De hecho, aunque se las diera, no iban a creer pues habían endurecido el corazón: tenían la intención de tenderle una trampa. 

En el fondo de todo esto puede verse la contraposición de los modos de pensar de Dios y los del mundo. Para Jesús, Dios es amor misericordioso que ofrece a todos su salvación: para los fariseos, en cambio, Dios domina con su poder y discrimina a los extranjeros. Jesús lamenta que los fariseos rechacen la idea de Dios que él ofrece y, como consecuencia, hagan daño al pueblo y promuevan el odio y el desprecio a los paganos. Jesús no los excluye de su amor, pero jamás podrá darles una señal que los afirme en su error y mala conducta. 

¿Por qué esta generación pide una señal? Detrás de esta exclamación de Jesús resuena la desolación que le causaba a Moisés la ingratitud de los israelitas: ¿Por qué se enfrentan conmigo? ¿Por qué ponen a prueba al Señor? (Ex 17,2). El pueblo no hacía más que tentar a su Dios, aunque habían visto sus obras (Sal 95, 10. Cf. Dt 32, 5-20; Is 1,2; Sal 78,8). 

La base de la fe es la confianza y ocurre como en la amistad: cuando se exigen pruebas que demuestre la confiabilidad del amigo, simplemente ya no hay amistad. Debe bastar la palabra del amigo. Por eso Jesús rechaza la petición de un signo  y dejándolos, volvió a embarcarse y se dirigió a la otra orilla, es decir, les dio la espalda, no entró en su juego. 

Jesús ha anunciado la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todos. Su palabra pone al ser humano en contacto directo con Dios. El ejemplo de su vida compasiva y misericordiosa, ofrece la posibilidad de realizar una humanidad nueva, una nueva forma de ser. Con la multiplicación de los panes y el significado del pan que se comparte ha hecho ver que la entrega de la vida es el camino para la auténtica realización de la persona. Nada de esto convence a quienes creen en un dios que avala o permite los privilegios injustamente obtenidos, el poder ejercido como dominio, la práctica de una religión que no conduce al amor efectivo de los demás, la profesión de una fe que no exige la práctica de la justicia. Jesús los rechaza tajantemente: Y dejándolos, volvió a embarcarse y se dirigió a la otra orilla. 

La exigencia de signos espectaculares realizados con el fin de imponerse y doblegar a la gente fue una tentación del maligno para Jesús. Dios respeta la libertad de sus hijos que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo; pero no puede constreñir a quien ama, aunque tenga que sufrir por su amor no correspondido.

domingo, 15 de febrero de 2026

VI Domingo del Tiempo Ordinario – Una actitud más allá de la ley (Mt 5, 17-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Señor Jesús, sé nuestro invitado, óleo sobre lienzo de Fritz von Uhde (1885), Antigua Galería de Berlín, Alemania

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio. Pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio. Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno". 

Jesús, con la autoridad de quien dio los diez mandamientos, modifica la Ley de Moisés, no para contradecirla ni abolirla, sino para darle su sentido pleno. La Ley era el sello de la alianza de Dios con Israel, pero los rabinos fariseos la habían convertido en un conjunto de prácticas exteriores, descuidando lo fundamental: el amor y la justicia. Jesús hace pasar de una moral de acciones externas, a la moral de actitudes que arraiga en el corazón, porque de los deseos del corazón provienen las malas acciones. Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor como centro. Vieron asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee autoridad por sí misma, sino por Jesús y que, por consiguiente, su función es la de ser guía –preceptor o pedagogo, dice Pablo– hacia Cristo (Gal 3,24), quien por medio de su Espíritu, infundido en nuestros corazones, nos impulsa a la justicia mayor del amor. 

Por todo esto, Jesús no dudó en mostrarse libre frente a las exigencias concretas de la ley cuando estaba de por medio el derecho de las personas o la vida de un ser humano que reclamaba su auxilio: por eso curó enfermos en sábado y liberó a sus discípulos de las tradiciones litúrgicas respecto a las purificaciones y ayunos. 

Abrió la ley a las exigencias más profundas del amor a los demás. No basta no matar (vv. 21-26), dirá; también la ira, el insulto, el desprecio son formas de matar al otro. El acuerdo y la reconciliación entre los hermanos están por encima del culto religioso (23-24). No ponerse de acuerdo significa destruir la propia condición de hijo y de hermano (25-26). Por eso, no puede tener a Dios por Padre ni tomar parte en el banquete de los hermanos quien primero no se reconcilia con su hermano que tiene algo contra él. La fraternidad rota hay que restablecerla. Mantener el desacuerdo es ya en sí mismo “el mal”. A eso se refiere Jesús cuando habla de la condena al fuego que no se apaga, la Gehenna, que era un lugar a las afueras de Jerusalén, en donde los paganos ofrecían sacrificios humanos al dios Moloch, y que los hebreos habían desacralizado convirtiéndolo en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. Jesús se vale de esta imagen para afirmar que quien no considera al otro como hermano es como si hubiera sacrificado su propia vida y la hubiese arrojado a la basura. 

A continuación, Jesús interpreta el mandamiento No cometerás adulterio (v.27-32). Lo que busca es inculcar en sus oyentes el respeto a ese bien fundamental del prójimo que es su vida de pareja, en la que se realiza como persona a imagen de Dios. Jesús prohíbe no sólo el adulterio físico sino también el del corazón. Una fidelidad puramente exterior, que no sea a la vez del ojo y del corazón, será una hipocresía. El ojo es para desear y la mano para tomar. Hay aquí una advertencia contra la tendencia que lleva a no admirar nada sin querer en seguida adquirirlo, consumirlo. Jesús nos exhorta a cuidar esa tendencia para que ni el ojo con que deseamos ni la mano con que agarramos sean para nuestra muerte. La decisión ha de ser firme, sin componendas. Por eso su lenguaje hiperbólico: arráncate el ojo, córtate la mano, si son ocasión de pecado. 

Luego habla Jesús de la indisolubilidad del matrimonio. No la propone como una ley más dura que la antigua, sino como una gracia que Dios concede. Dios es quien capacita para amar con fidelidad. Jesús dirá: Ámense como yo los he amado. Permanezcan en mi amor. Por eso el amor fiel se recibe como gracia, se lleva a la práctica en obediencia y madura con la educación del amor. Hay que educar para el amor verdadero que tiene en sí mismo la fuerza para crecer y rehacerse en medio de las dificultades. Por falta de esta educación, llegan inmaduras a la boda, incapaces de asumir con libertad responsable el compromiso estable y definitivo del matrimonio cristiano, motivados únicamente por el deseo de ser felices, pero no formados en la capacidad de asumir las frustraciones (y la cuota de infelicidad) que toda vida trae consigo. Creen que el amor dura mientras uno es feliz, no creen en el amor que se recrea, se cura, soporta y perdona para renacer en una nivel superior de mutua comprensión y apoyo; en una palabra, no creen en el amor cristiano que canta San Pablo en la 1 Corintios 13.  Formación, acompañamiento, comprensión y discernimiento pueden lograr lo que ninguna ley es capaz de lograr, devolviéndole al matrimonio su pureza original de libre donación de amor hasta la muerte. 

Finalmente, el evangelio de hoy habla de la sinceridad y transparencia. Quien jura pone a Dios por testigo de su propia veracidad. Jurar en falso es poner a Dios por testigo de una mentira. Por eso, los juramentos y promesas se han de cumplir para no deshonrar a Aquel que ha sido puesto como testigo. En todo caso deberá bastar la propia palabra, como garantía de que la persona es digna de credibilidad. Mucho hay que trabajar en los hogares, en las escuelas, en las iglesias para devolver credibilidad a la palabra en una sociedad que induce a lo contrario: a convertir el sí en no y el no en sí según sea el propio interés.

sábado, 14 de febrero de 2026

Segunda multiplicación de los panes (Mc 8, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Multiplicación de los panes y de los peces, óleo sobre lienzo de Juan de Flandes (1496 – 1504), Palacio Real de Madrid, España

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos".
Sus discípulos le respondieron: "¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?".
Él les preguntó: "¿Cuántos panes tienen?".
Ellos le contestaron: "Siete".
Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.
Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran.
La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil.
Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. 

Marcos retoma el tema de la autorrevelación de Jesús como pan que se entrega para dar vida. De todos los símbolos con los que identificó (la luz, la vid, la puerta, el pastor, el camino…), éste es el que mejor expresa su modo de existir para los demás y su misión de salvar dando su vida. El pan es vida, la falta de pan es muerte. La razón de ser del pan es el ser comido: el pan se rompe, se reparte, se consume… y da vida. De lo contrario, se corrompe y no sirve para nada. Además, si se acumula y no se reparte, deja de ser un bien porque genera diferencias injustas. 

Los discípulos no comprendieron el significado del pan. Por eso, quizá, Marcos pone de nuevo la multiplicación ya relatada en 6, 34ss. Al mismo tiempo la intención del evangelista es hacer reflexionar sobre el significado central que tiene la Eucaristía en la vida cristiana: la palabra se hace pan; el Señor, pan de vida eterna, se entrega; la comunidad comparte su pan y hace presente al Señor; en la actitud del cristiano que se entrega al servicio de los demás, se reconoce también al Señor. 

En esta segunda multiplicación de los panes se destaca más la compasión de Jesús por la multitud hambrienta y en especial por los que vienen de lejos porque se pueden desmayar en el camino. Pueden verse aquí los paganos, la mujer sirofenicia, el sordomudo, los invitados a participar en el convite del “pan de los hijos” en la Iglesia. Y justamente por querer subrayar más la universalidad, no se alude al desierto ni a los aspectos mesiánicos de la primera multiplicación de los panes, que tenían un claro contenido judaico. 

Otra diferencia con el primer relato es que aquí Jesús es quien toma la iniciativa e invita a sus discípulos a dar de comer a la multitud. Tomó luego los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los repartieran (v.6). Puede verse una alusión a las palabras de Jesús en la última cena y al relato que hace Pablo de la institución de la eucaristía en 1Cor 11,24. 

Los discípulos no entienden, no saben cómo hallar pan, ven imposible para ellos (y para Jesús) dar de comer a una multitud tan grande. Parecen no haber estado presentes en la primera multiplicación de los panes. Siguen pensando en la dificultad de comprar en despoblado. Además, esta multitud –a diferencia de la anterior– parece compuesta principalmente por extranjeros. Los discípulos siguen pensando en el “pan de los hijos” que no se puede dar a los paganos, como se pensó en el caso de la mujer sirofenicia. Pero Jesús les ha dicho: No tienen nada para comer, esperando que la experiencia que han tenido de la primera multiplicación de los panes para la multitud judía les haga tener la misma compasión y los mueva a hallar solución por sí mismos. Tienen que compartir lo que tienen: los siete panes, es decir, todo, siete es totalidad. La solidaridad debe ser plena. 

Eran unos cuatro mil. Número múltiplo de cuatro que simboliza también totalidad y universalidad. La multitud, congregada de los cuatro puntos cardinales, ha de ser servida por los discípulos. Vayan a todas partes, les dirá. El evangelio ha de ser predicado en todas las naciones, a los cuatro vientos. Si han de ser generosos hasta darlo todo (sus siete panes), han de demostrar también un amor universal (a los cuatro mil). 

En síntesis: aprender el significado del pan es fundamental para reconocer al Señor y para vivir la vida cristiana auténtica. Lo entendieron muy bien los primeros cristianos: Lo tenían todo en común; quienes tenían, propiedades o bienes los vendían y compartían con todos, según las necesidades de cada uno (Hech 2). Tenían un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba como propio lo que tenía sino que todo lo tenían en común (Hech 4,32).

viernes, 13 de febrero de 2026

El sordomudo Effeta (Mc 7,31-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús cura al hombre sordo, fresco del siglo IV D.C. de autor anónimo, Iglesia de San Salvador de Cora, Estambul, Turquía 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis.
Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "Effetá", esto es: "Ábrete". Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos." 

Como muchos milagros que son una predicación en acción, la curación de un sordo, que apenas puede hablar, hace ver la necesidad de “escuchar y entender” bien la Palabra para poder aplicarla a la propia vida y transmitirla. Y como se trata de un extranjero, de la Decápolis en la orilla oriental del mar de Galilea, en la actual Jordania, Jesús hace ver también que su palabra y su obra son para todos sin distinción, no sólo para el pueblo judío. 

Le llevaron a un hombre sordo que apenas podía hablar, y le suplicaban que impusiera sobre él la mano. No se dice quiénes son los que lo llevan, pero deben ser gente religiosa porque aprecian el significado que tenía en las culturas semitas el gesto de la imposición de manos. Además, es muy probable que hayan oído hablar de lo que Jesús hace en favor de los pobres y de los enfermos. 

Jesús, entonces, lo apartó de la gente… (lo mismo hará con el ciego de Betsaida – Mc 8, 23). Con ello quiere evitar reacciones equívocas. Al ver las acciones que realizaba en favor de los enfermos, la gente se entusiasmaba y lo aclamaba como Mesías, pero Jesús no se lo permitía porque los judíos tenían otra idea de los que debía ser el Mesías. Al mismo tiempo, el gesto de apartar al enfermo puede significar que el contacto personal con Jesús produce una “separación”, hace que la vida cambie, la persona asume otra manera de pensar y de obrar, diferente de la que antes tenía. La sordera que le impedía oír y asimilar los valores del Evangelio, y la traba de su lengua, que le incapacitaba para comunicar su fe, quedan curadas por el contacto personal con el Señor. 

La curación del sordomudo se realiza en dos tiempos. Primero, Jesús introduce los dedos en los oídos del enfermo y toca con saliva su lengua. Este gesto pasó a ser parte del antiguo rito del bautismo, pero eso no es lo importante. Lo más importante es lo que dice Jesús: Effetá, palabra aramea que significa ¡Ábrete!, y que convierte en realidad el significado del gesto simbólico empleado. Y al enfermo se le abren los oídos y se le suelta la lengua. Es una persona nueva. Se cumple lo anunciado por Isaías para la llegada del Mesías: los oídos de los sordos se abrirány la lengua del mudo cantará (Is 35, 5-6), nacerá un pueblo nuevo de personas libres que acogen la palabra de Dios. 

La figura del sordomudo, además, representa a los miembros de la comunidad eclesial que provienen de una cultura o de un nivel socio-económico diferente a los de la mayoría: el sordomudo es un extranjero menospreciado por los judíos. La comunidad a la que Marcos dirige su evangelio, como la nuestra hoy, tenía dificultades para asimilar en la práctica el mensaje de Jesús sobre el amor solidario que lleva a acoger a todos sin prejuicios ni actitudes excluyentes de la índole que sean. El ejemplo de Jesús mueve a construir la unidad en la diversidad, fomentando los vínculos que brotan de la misma fe compartida. 

Desde otra perspectiva, el pasaje evangélico nos lleva a pensar en la manera como oímos las enseñanzas de Jesús y hablamos de ellas. No siempre prestamos oído a lo que debemos oír, ni decimos lo que debemos decir. No prestamos atención a los que nos son extraños o piensan de manera diferente. Y por miedo a las consecuencias o porque los problemas nos superan, no abrimos la boca. Sordos que no oyen lo que les cuestiona, lo que les exige cambio o les remueve sus comodidades; y mudos que no comunican los valores y verdades en los que creen. 

Dejemos que el Señor, como al sordomudo, se nos muestre cercano y compasivo, que nos lleve aparte, si es necesario, de los círculos cerrados sociales o de pensamiento en que nos movemos y defendemos. Él nos abrirá los oídos para oír lo que debemos oír y nos soltará la lengua para hablar lo que debemos hablar en cada circunstancia. Esta disponibilidad a la gracia hará que la Iglesia llegue a hablar el lenguaje de la gente, como en Pentecostés, cuando todos la oían la oían y entendían en sus propias lenguas (Hech 2,11).