Críticas a los fariseos y maestros de la ley
Lc 11, 42-46
Los fariseos tenían fama de hombres religiosos y
ejercían poder sobre la mentalidad y conciencia de la gente. Para mantener tal
poder andaban siempre cuidando su propia imagen para que la gente los admirara.
Esta búsqueda de sí mismos los llevaba a tergiversar las acciones destinadas a honrar
a Dios, convirtiéndolas en medios para acrecentar su fama. Jesús condena esta
manipulación de lo religioso y de la moral, y pone algunos ejemplos.
El pago de la décima parte del producto de las
cosechas y negocios era destinado al mantenimiento del santuario y al auxilio
de los extranjeros, huérfanos y viudas. Haciendo esto, el judío expresaba su
reconocimiento a Dios, de quien lo recibía todo, e imitaba la generosidad que
tuvo con Israel en su larga marcha por el desierto hacia la tierra prometida.
Porque Dios los sacó de la esclavitud y los alimentó en el desierto, ellos
debían atender a sus hermanos
necesitados. Esta economía de la contribución solidaria estaba reglamentada con
normas sobre la limosna, el pago del diezmo y el año jubilar (Deut 14, 22-15,
18; 26, 1-15). Se procuraba así una cierta igualdad, se subvencionaba a los
pobres y se fomentaba el acceso de todos a la propiedad (ya que en el año
jubilar se condonaban las deudas y se devolvían las tierras tomadas en
hipoteca).
Los fariseos, con el cumpliendo de estas normas,
daban la impresión de que reconocían los dones de Dios aun en las cosas mínimas,
pero en realidad, por buscarse a sí mismos, actuaban injustamente, no
practicaban la misericordia, juzgaban a los demás y se jactaban de ser ejemplares
cumplidores del deber. Descuidan la
justicia y el amor de Dios, les dice Jesús. No los mueve la justicia, cuya norma
suprema es el amor y se demuestra en el no juzgar, no condenar y dar con
generosidad (cf. 6, 36s).
Esto
es lo que hay que hacer sin omitir aquello, añade Jesús.
Lo primero es el mandamiento del amor, con que se cumple toda la ley. En
segundo lugar, como muestra de ese mismo amor, vendrá el cuidado de las cosas
pequeñas, como el pago del diezmo por la menta, la ruda y las verduras. Quien
ama reconoce que todo le viene de Dios, lo grande y lo pequeño, y comparte con
los demás lo que tiene.
El egocentrismo y el querer destacar por encima de
los demás llevan a la hipocresía. Las obras exteriores les hacen aparecer como
santos, pero su interior deja mucho que desear. Engañan con sus apariencias
para ganar prestigio y poder. Jesús los compara a los sepulcros blanqueados.
Las tumbas no colocadas en recintos cerrados, como nuestros cementerios, eran
pintadas de cal para evitar que la gente, por no distinguirlas, se contaminase
tropezando con ellas y contrayendo así la impureza que les impedía celebrar el
culto. Los fariseos se blanquean con sus apariencias de puros y santos, pero
contaminan a la gente sin que ésta pueda advertirlo.
Uno de los expertos de la ley, un fariseo teólogo,
replica a Jesús que, con sus palabras, ofende a los de su categoría. Jesús le
responde formulando una serie de críticas contra los dirigentes religiosos, que
definen y programan lo que los demás deben hacer para salvarse. La primera
crítica es contra el poder social y religioso con que controlan y oprimen las
conciencias. No les critica por sus conocimientos religiosos y morales, sino
porque se presentan como los únicos poseedores de este saber e impiden a la
gente vivir en libertad y alcanzar la verdad. Cargan de obligaciones y
prohibiciones a los demás, pero ellos se eximen de cumplirlas, dicen pero no
hacen. Si las cumplieran, como lo hacía el fariseo Pablo (Ef 3,6), sentirían el
peso de esa religión que no deja espacio para la libertad de los hijos de Dios.
Si Lucas no duda en consignar todas estas frases
de Jesús es porque sabe que el fariseísmo puede infectar la fe del cristiano de
todos los tiempos, puede apagar el Espíritu y hacer perder la libertad, pues donde está el Espiritu del Señor, ahí está
la libertad (2 Cor 3, 17).



