miércoles, 9 de septiembre de 2026

Las Bienaventuranzas (Lc 6, 20-26)

 P. Carlos Cardó SJ 

El Sermón de la montaña, óleo sobre cobre de Jan Brueghel ‘El viejo’ (1598), Museo Paul Getty, Los Ángeles, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque de ellos es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Dichosos los que ahora lloran, porque reirán. Dichosos ustedes, cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten, y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque grande será su recompensa en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero, ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ahora ríen!, porque harán duelo y llorarán. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros, porque de esa misma manera trataron sus padres a los falsos profetas!". 

El sermón del monte -según Mateo- o del llano -según Lucas- es como la carta magna del reino de Dios, promulgada por Jesús; es la síntesis de “buena noticia” que él anuncia a los pobres. En el sermón se destacan la Bienaventuranzas, que proclaman el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a Israel y a toda la humanidad. Contienen los criterios según los cuales Dios juzga y actúa, criterios opuestos a los del mundo. Junto con las lamentaciones que siguen a continuación en la versión de Lucas, presentan el contraste que hay entre dos modos de pensar: el de Dios Padre, y el de quien, sin Padre, se olvida de sus hermanos. 

Las bienaventuranzas expresan cómo actúa Dios. Y ese obrar de Dios en Jesús pasa, por medio de su Espíritu, a ser el fundamento de la Iglesia. Por eso, en Lucas, las bienaventuranzas van dirigidas a los discípulos: mirando a los discípulos les decía: Dichosos.... Ellos pueden comprender porque el Espíritu se lo revela. También nosotros, si nos dejamos transformar en ese mismo Espíritu. 

Lo que afirma Jesús es lo que él vive. Él las vivió primero y luego las proclamó. Pobre, se desprendió de apoyos del mundo y vivió haciendo el bien a los pobres, enfermos, niños y pecadores. Por eso dirá Pablo: Conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, por ustedes se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2Cor 8). No tuvo dónde reclinar la cabeza: su patria y hogar eran el Padre y los hermanos. Permitió que la necesidad ajena, el dolor, la culpa ajena le afectaran como algo propio. Compasivo, supo llorar con los que lloraban y, finalmente, se sometió a la muerte para que, libres de dolor y culpa, tengamos vida. Nos enseñó que hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20). 

La 1ª bienaventuranza y la 1ª lamentación están en presente, las demás en futuro. La historia presente es definitiva, pero está abierta. En esta historia nos toca actuar para que las maldiciones de muerte que pesan sobre los que sufren pobreza, hambre, o exclusión, se conviertan en bienaventuranzas de vida. 

Ellas hacen ver cómo mira Dios: cuáles sus preferencias, dónde manifiesta más su amor y qué justicia aplica en favor de sus hijos que claman ante él día y noche. Su justicia no es como la humana: él derriba a los poderosos y enaltece a los humildes, llena de pan a los hambrientos y despide vacíos a los ricos, como proclama la Virgen en su cántico (Lc 1, 52s). La justicia humana consiste en “dar a cada uno lo suyo”, y ahí se queda muchas veces; por eso no siempre genera amor y sirve a veces para defender lo mío con olvido de los demás que quizá tienen menos que yo, o tendría que darles de lo mío. El amor supera a la justicia. El amor es “el camino más excelente” (1Cor 12,31). 

Las bienaventuranzas son reto y promesa. Reto: porque de ninguna manera son felices los que padecen hambre y viven en la miseria; lo serán, cuando por la actitud que tengamos para con ellos sientan que el evangelio es una buena noticia. Promesa, porque si orientamos nuestra vida de acuerdo con ellas, seremos plenamente felices. 

En definitiva, las bienaventuranzas describen los rasgos de la humanidad nueva que anhelamos y que ya podemos ver realizada en personas y comunidades que se esfuerzan por ser misericordiosas. Estos hombres y mujeres son los que contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz.

martes, 8 de septiembre de 2026

Genealogía y concepción virginal de Jesús (Mt 1, 1-16. 18-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Virgen María embarazada ante la rueca, témpera en madera de autor anónimo (1410 aprox.), Galería Nacional de Arte de Hungría, Budapest

Libro de los orígenes de Jesucristo, hijo de David e hijo de Abrahán.
Abrahán fue padre de Isaac, y éste de Jacob. Jacob fue padre de Judá y de sus hermanos. De la unión de Judá y de Tamar nacieron Farés y Zera. Farés fue padre de Esrón y Esrón de Aram. Aram fue padre de Aminadab, éste de Naasón y Naasón de Salmón. Salmón fue padre de Booz y Rahab su madre. Booz fue padre de Obed y Rut su madre. Obed fue padre de Jesé. Jesé fue padre del rey David. David fue padre de Salomón y su madre la que había sido la esposa de Urías. Salomón fue padre de Roboam, que fue padre de Abías. Luego vienen los reyes Asá, Josafat, Joram, Ocías, Joatán, Ajaz, Ezequías, Manasés, Amón y Josías. Josías fue padre de Jeconías y de sus hermanos, en tiempos de la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías fue padre de Salatiel y éste de Zorobabel. Zorobabel fue padre de Abiud, Abiud de Eliacim y Eliacim de Azor. Azor fue padre de Sadoc, Sadoc de Aquim y éste de Eliud. Eliud fue padre de Eleazar, Eleazar de Matán y éste de Jacob. Jacob fue padre de José, esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo.
Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, quiso actuar discretamente para no difamarla. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros. 

¿Qué interés pudo tener el evangelista al consignar esa larga lista de nombres y números de los antepasados de Jesús? Quiso explicar su origen divino y humano, y su misión de Mesías. Jesús es Hijo de David según la carne e Hijo de Dios por el Espíritu. Hecho hombre, se incorpora en la historia humana tal como es, con sus grandezas y miserias. Vinculado a David y Abraham, depositarios de la promesa de Dios, Jesucristo manifiesta el amor salvador con que Dios sostiene, dirige y llena de promesa a la historia, abriéndola más allá del tiempo a la realidad nueva que él mismo ha prometido a la humanidad. 

Cuatro mujeres anticipan a María, la madre de Jesús: Sara (mujer de Abraham), Rebeca (esposa de Isaac), Lía y Raquel (mujeres de Jacob). Las cuatro son estériles y son sustituidas por cuatro extranjeras: Tamar, aramea, que finge ser prostituta para tener un hijo de Judá (Génesis cap. 38); Rahab, cananea, prostituta de Jericó, que acoge a los espías de Josué y hace posible la conquista de la ciudad (Josué 2, 1-24); Rut, extranjera de Moab, que deja su casa para vivir con la hebrea Noemí (Rut cap.1); y la Mujer de Urías el hitita, a la que el rey David sometió y dejó embarazada (2 Samuel cap.11). Todas ellas hacen ver que la acción de Dios pasa a través de las miserias humanas y que en Jesús entra en este mundo, tantas veces inhóspito y maltrecho, para iluminarlo con la luz de su amor misericordioso y asegurar su destino para la eternidad. 

La genealogía aparece marcada rítmicamente por la repetición de la palabra engendró. Pero este ritmo se interrumpe al llegar a José: él no engendra, se le incluye por ser esposo de María. No es él quien hace germinar en el seno de esta mujer al Hijo de Dios, eso sólo lo puede hacer Dios. María concibe al inconcebible, engendra a quien la creó, da carne a Dios, lo hace nacer en las esferas humanas. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. 

En la segunda parte del texto (vv. 18-23) Mateo explica la encarnación virginal del Hijo de Dios en el seno de María. Dios no puede ser hecho por el hombre, sólo puede ser esperado y acogido. De esto da ejemplo José, figura de hombre justo, que se mantiene abierto a su propio misterio personal y en él descubre y acoge el misterio de Dios. 

Su madre –la madre de Jesús– estaba prometida a José; es decir, vivían el período del compromiso matrimonial, que duraba de seis meses a un año. La novia seguía viviendo con sus padres. Pero aquel compromiso exigía fidelidad; la infidelidad era adulterio y podía ser castigada. Y resultó que (María) esperaba un hijo por acción del Espíritu Santo. Se subraya que José no interviene; su prometida ha concebido un hijo por obra del Espíritu de Dios. Y ha sido así como aquello que nadie podía pretender ni programar, se ha hecho realidad de manera simple y asombrosa: María ha concebido al autor de la vida. Ella no es una estéril como las matriarcas de Israel (Sara, Ana, Isabel…). Su virginidad es total apertura y dependencia de Dios, de tal modo que lo que en ella se produce sólo puede tener a Dios por causa. 

José, por su parte, atraviesa la prueba de la fe, como los grandes creyentes. No sabe cómo aceptar el plan de Dios que supera lo imaginable. Opta entonces por recurrir a la ley y darle el acta de divorcio que le permite ser aceptada socialmente. Por respeto, no porque sospeche de ella. Pero cavila en su interior, insatisfecho del recurso legal que ha pensado para salir del paso. Duerme intranquilo. 

Entonces, un ángel del Señor se le apareció en un sueño. Cuando el hombre dice: “ya no puedo más”, comienza el trabajo de Dios. Como los limpios de corazón, José lleva a Dios en su interior y su palabra le habla en el sueño, en la hondura de su ser profundo, y le dice: No temas. Es la primera palabra del Señor al hombre. El miedo propicia la huida, que es contraria a la fe. Le pondrás por nombre Jesús. Y José obedece. Aquel que nos conoce y nos llama por nuestro propio nombre, permite que lo llamemos por su nombre. Jesús, es Dios-que-salva porque es el Dios-con-nosotros, según la profecía de Isaías. 

La historia de Jesús abraza nuestra historia. Dios nació entre nosotros, se hizo visible en este mundo y nunca lo abandonó. A nosotros nos toca procurar hacer que se sienta su presencia. La encarnación de Dios no se limita al pasado. Dios sigue entrando en el mundo y en mí. Hay que acogerlo. Hoy puede nacer Dios para nosotros.

lunes, 7 de septiembre de 2026

El hombre de la mano paralizada (Lc 6, 6-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús con el hombre de la mano paralizada, mosaico bizantino de autor anónimo (siglo XII aprox.), Catedral de Monreale, Palermo, Italia

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: "Levántate y ponte ahí en medio".
Él se levantó y se quedó en pie.
Jesús les dijo: "Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?". Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: "Extiende el brazo".
Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido.
Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús. 

Otra curación en día sábado. Se insiste en el tema porque el culto del sábado (y en particular la observancia del precepto del descanso sabático) era central en la religión y espiritualidad judía. Hacía presente el tiempo de la creación, y el tiempo del encuentro de Dios con su pueblo, salvando, liberando; y del encuentro del pueblo con él, orando, meditando su palabra, dedicándose a la familia y a las obras buenas. Pero el respeto al sábado se había convertido en un mero precepto legal y, en vez de dar vida, lo usaban los fariseos y autoridades religiosas para oprimir a la gente. 

Otro elemento del relato es la sinagoga, la casa de oración. Después de la destrucción del templo de Jerusalén por los babilonios, la sinagoga pasó a ser el lugar ordinario del culto y también el centro de la vida religiosa y social de los pueblos y ciudades judías. En ella escuchaban y meditaban la ley, expresaban y consolidaban los vínculos de mutua pertenencia y se mantenía la unidad del pueblo. Pero en tiempos de Jesús, no todos recibían igual trato en las sinagogas, muchos eran excluidos, y la ley era interpretada de manera rigorista por los rabinos fariseos. Jesús congrega, convoca a todos, incluso a publicanos y pecadores; interpreta la ley y la enseñanza de los profetas como quien realiza y perfecciona lo que ellas contienen. 

Todo esto –el significado del sábado y de la sinagoga– gravita sobre el episodio que narra el evangelio: Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía atrofiada su mano derecha. Incapacitado de poder moverla, no puede obrar con libertad, es su mayor carencia. 

Los escribas y fariseos acechaban a Jesus para ver si curaba en sábado. No advierten ni reconocen que ellos, en vez de liberar y sanar, atan las manos de la gente, las oprimen y las incapacitan con la ley sin espíritu. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre de la mano atrofiada: Levántate y ponte en medio. El verbo levantarse es el que se emplea para describir la resurrección.  Aplicado al enfermo es como si le dijera: Levántate, vas a adquirir una vida nueva. Y ponte en medio, es decir, en el centro de la asamblea. El centro es el lugar en que deben estar los pobres en la nueva comunidad que Jesús funda; ellos han de ser el foco de la atención. Y la razón es que el pobre es el centro de la misericordia del Padre. Por eso, si uno se hace pequeño y pobre, cercano a los pobres de este mundo, siempre estará en el centro del interés de Dios. 

Si antes, en el pasaje de los discípulos que arrancaban espigas, Jesús declaró que las normas, incluso la del descanso sabático, que se consideraba como de origen divino, tienen que ceder ante las necesidades más perentorias, ahora hace ver que el precepto debe también ceder ante la obra de misericordia que va a realizar en ayuda de un pobre desvalido que, aunque no se encuentra en una situación desesperada, necesita que se le devuelva a su mano atrofiada toda su vitalidad. Y por tratarse de la mano derecha, que se emplea para el trabajo, se trata de devolverle al hombre su libertad de valerse por sus medios. 

La pregunta que hace Jesús a los que lo critican: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?, declara firmemente que la misericordia está por encima del cumplimiento literal de las normas y que se debe tener libertad de actuación cuando se trata de hacer el bien a la gente o de salvar una vida. 

Entonces Jesús, mirándolos a todos, dice Lucas –echándoles en torno una mirada de ira, dolido de la dureza de su corazón, dice Marcos (Mc 3,5) –, dijo al hombre de la mano atrofiada: Extiende la mano. El hombre lo hizo y su mano quedó curada. La palabra que lo cura, le devuelve la libertad. Y así, descrita de manera escueta, la curación da relieve a la declaración hecha por Jesús e ilustra claramente en qué consiste el ministerio del amor misericordioso, que ha de ser central en la vida de su Iglesia. 

El final de la narración es dramático porque se desencadena allí el clima de hostilidad contra Jesús, que irá creciendo a lo largo de su vida pública. Los fariseos y escribas, fuera de sí de rabia, discutían qué podían hacer contra Jesús.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario - La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

La mujer en el Pozo, óleo sobre lienzo de Carl Bloch (1876), Museo Nacional de Historia, Palacio de Frederiksborg, Hillerød, Dinamarca

Jesús dijo: «Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea. Si tampoco escucha a la iglesia, considéralo como un pagano o un publicano».
Yo les digo: «Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo».
Asimismo, yo les digo: «si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá. Pues donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». 

Somos conscientes de vivir en una época en la que se fomenta el individualismo. Una tendencia extendida lleva a subrayar más los derechos (del individuo) que los deberes (del ciudadano), y a resolver la tensión entre libertad y responsabilidad, apostando simplemente por “mi” libertad. Asimismo, la afirmación absoluta del individuo hace olvidar muchas veces a los otros, de tal modo que se llega a interpretar la tolerancia y el respeto al otro como no meterse con nadie, o como indiferencia y desinterés por la vida otro. Pero ya los primeros diálogos de Dios con el hombre en la Escritura nos plantean la pregunta: ¿Dónde está tu hermano Abel? No sé; ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Pero el otro es un “hermano”, de tu sangre, de tu casa. Eres responsable de él. 

Jesús hace conscientes a sus discípulos de un hecho que será inevitable: dentro de su comunidad habrá fricciones, ofensas, infidelidades y perjuicios. 

(*) La Iglesia es pueblo de Dios en marcha…, comunidad santa y pecadora, necesitada de continua purificación. A pesar de los pecados de sus miembros, el Espíritu del Señor está siempre en ella. Y por eso no renuncia al Evangelio como norma de vida y no puede tolerar que los errores y pecados se conviertan en normas habituales de conducta; eso sería su muerte. Además, por el hecho de pertenecer a la familia humana, a todos nos atañe una responsabilidad pública frente a las conductas que dañan a la comunidad. Era el deber que sentía el profeta: Si tú no hablas, poniendo en guardia al que ha hecho mal para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su suerte (Ez 33, 8). Naturalmente no se trata de erigirnos en jueces de los demás; en muchas otras ocasiones el mismo Jesús reprueba esta actitud. Se trata de ganar a tu hermano, restablecerlo, curar el cuerpo herido, y aspirar a un modelo social y eclesial de inclusión, no de exclusión de los indeseados. 

Por eso, en el cristianismo, la corrección del hermano que ha pecado o cometido un error es signo y expresión del amor. El otro es reconocido siempre como es, con sus limitaciones; no es juzgado si se equivoca, se le absuelve si es culpable, se le busca si anda por el mal camino y se le perdona si peca. 

Sin aceptación, no es posible la corrección. Siempre es imprescindible escuchar al otro. Sólo así podrá aceptar lo que se le diga, y no lo sentirá como una agresión. La corrección del hermano se hace sin violencia, no por venganza ni por rencor. Porque amas a tu hermano como a ti mismo, lo corriges para no cargarte de un pecado de omisión con respecto a él. Es un miembro enfermo, se siente dolor por él, se busca curarlo porque es parte del mismo cuerpo. Buscar al que está perdido es la expresión más alta de la misericordia. 

Así, desde el amor responsable se puede entender el procedimiento que el evangelio sugiere para recuperar al hermano:
- Primero se le habla en privado, con discreción y respeto, no en público como pedía la ley judía (Lev 19). Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
- Segundo, si el diálogo no surte efecto, se busca la ayuda de otro o de otros hermanos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
- Y si aun esta medida fracasa, se apela a la comunidad. La comunidad (ecclesia) es mediación y sacramento de Dios, a quien finalmente corresponde el juicio. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano
 

Queda claro entonces que Jesús nos invita no solamente a reconciliarnos con el hermano, sino a procurar llevarlo a conversión. Y esto exige siempre rectitud en el hablar para llamar mal a lo que está mal y bien a lo que está bien. La verdad es un servicio de caridad. Corregir el mal proceder de mi prójimo no significa excluirlo, no es tratarlo sin consideración ni dejar de comprenderlo. Jesús vino justamente a llamar y salvar lo que estaba perdido. 

El evangelio propone un modelo de comunidad en el que sus miembros se sienten corresponsables unos de otros. Sólo cuando existen relaciones personalizadas adquiere sentido la corrección fraterna. Sólo entonces es posible el acuerdo, que consolida la unión fraterna. Entonces ocurrirá lo que dijo Jesús: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo (Mt 18, 20).