sábado, 21 de febrero de 2026

Llamamiento de Leví y comida con pecadores (Lc 5, 27-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

La fiesta en la casa de Leví, óleo sobre lienzo de Paolo Veronese (1573), Galería de la Academia, Venecia

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme".
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: "¿Cómo es que comes y bebes con publícanos y pecadores?".
Jesús les replicó: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan". 

Jesús realiza un gesto provocador. Llama a un publicano a formar parte de su comunidad. Un judío decente evitaba el trato con los publicanos, porque eran considerados pecadores públicos y descreídos por dedicarse al vil oficio de recaudar impuestos para los romanos y ejercerlo de manera fraudulenta. 

La sorpresiva distinción de que ha sido objeto, provoca en el publicano Leví el deseo de celebrarlo y organiza un banquete. Quiere agradecer a ese Maestro galileo que haya tenido para con él esa deferencia tan inesperada, y tan contraria a las costumbres y creencias de los judíos, de contarlo entre sus discípulos. Naturalmente invita a muchos otros publicanos. Y Jesús acepta la invitación a sentarse a la mesa con esa gente. Sorprendente. 

La expectativa del Reino de Dios como un banquete que reunirá a los justos y elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer: no sólo se celebraba el memorial del éxodo con el banquete del cordero pascual, sino que el comer juntos solía ser expresión de valores compartidos, alianzas, amistades. 

Pero como en la mesa del reino Dios comía sólo con sus elegidos y los otros quedaban excluidos, el judío sólo podía sentarse a la mesa con gente considerada honesta, justa, fieles a su religión. Por eso en la regla de la comunidad esenia, grupo especialmente excluyente y rigorista, estaba establecido: Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos (regla de Qumram). 

Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como apestados. El médico cura a los enfermos. En Jesús, Dios se acerca a los excluidos, despreciados, no practicantes, traidores –como los publicanos que trabajaban en favor de los romanos– y pecadores públicos. 

La comunidad cristiana toma conciencia. El Dios de Jesús no es el dios de la sociedad judía puritana, excluyente y discriminador. Es Dios de misericordia, que ofrece a todos la posibilidad de rehabilitarse. La comunidad cristiana toma conciencia de lo que es: pecadores que han sido tocados por la gracia en Jesucristo. Cada uno puede verse en Leví, o entre los invitados al banquete. Por consiguiente, no caben las discriminaciones. 

No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Pablo dirá: Miren, hermanos, a quienes eligió Dios: no hay entre ustedes sabios, ni poderosos…, lo débil del mundo escogió Dios… (1 Cor 1, 26). 

En la mesa del Señor nos sentamos los pecadores. Es él quien nos congrega de toda raza, lengua y cultura. Reúne a todos los hijos e hijas de Dios dispersos. Y le damos gracias porque nos hace dignos de servirlo en su presencia. Indignos todos; la gracia es la que nos dignifica.

viernes, 20 de febrero de 2026

El ayuno (Mt 9, 14-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Caná, temple sobre tabla de Duccio Di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo dell Opera Metropolitana del Duomo de Siena, Italia

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: «Nosotros y los fariseos ayunamos en muchas ocasiones, ¿por qué tus discípulos no ayunan?».
Jesús les contestó: «¿Quieren ustedes que los compañeros del novio estén de duelo, mientras el novio está con ellos? Llegará el tiempo en que el novio les será quitado; entonces ayunarán». 

Antes de este pasaje aparece Jesús y sus discípulos comiendo en casa de un publicano; ahora los discípulos de Juan Bautista los sorprenden comiendo en un día de ayuno. Juan los ha enviado a seguir a Jesús, desde que lo señaló como el que era más grande que él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero estas actitudes de Jesús y lo que enseña a sus discípulos los desconciertan. Por eso le preguntan: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? 

Jesús responde situando la cuestión en otra esfera de pensamiento: en la esfera de la revelación del amor salvador de Dios ofrecido como gracia a todos los que escuchan su palabra y lo siguen. Su presencia señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios, el tiempo nuevo de la realización de las promesas hechas por Dios a Israel, tiempo de la fiesta de la nueva humanidad reconciliada. 

Se debe, por tanto, celebrar y hacer fiesta. Jesús lo dice con el proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye perentoriamente toda forma penitencial. Los profetas previeron este tiempo y su corazón se llenó de alegría. Recordemos, por ejemplo, a Isaías: “El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido” (Is 61, 1-3) 

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús, anunciando su final. Les quitarán al novio cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Entre la alegría primera de su presencia en la tierra y la consumación de la unión perfecta de la humanidad salvada con Dios en el banquete nupcial del reino, transcurre el tiempo de la espera. 

Es tiempo de la vivencia de su presencia interior resucitada, que alienta la espera de la pascua eterna. De momento queda el símbolo de su cruz: en los crucificados. Y el signo eficaz de su presencia viva en el partir el pan. Esos símbolos nos guían a la práctica de la religión verdadera, y en particular al ayuno que quiere el Señor, que consiste en partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Así nos encontramos con el esposo, hecho el último y el servidor de todos. 

Las pequeñas parábolas sobre lo viejo y lo nuevo: no se puede coser un pedazo de tela nueva en un vestido viejo porque, al encoger, hará un desgarrón mayor, ni se puede guardar vino nuevo en odres viejos porque al seguir fermentando reventará los odres y todo se perderá, vienen a subrayar la idea de que son incompatibles la religión nueva del corazón, que Jesús enseña, y la religión legalista y puramente exterior del judaísmo. 

El reino viene; a la novedad del anuncio debe responder la novedad de la respuesta humana. Ésta no puede consistir en un simple reformismo sino en una renovación radical y plena. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17): este cambio profundo implica despojarse de las seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de la fe que actúa en el amor.

jueves, 19 de febrero de 2026

Condiciones para el seguimiento de Jesús (Lc 9, 22-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

Camino del calvario, óleo sobre lienzo de Domenico Zampieri “Domedichino” (1610), Centro Getty, Los Ángeles, Estados Unidos

Les decía: «El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará».
También Jesús decía a toda la gente: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. Les digo: el que quiera salvarse a sí mismo se perderá, y el que pierda su vida por causa mía, se salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se disminuye a sí mismo?». 

En el camino hacia Jerusalén donde iba a ser entregado, Jesús anunció a sus discípulos que “tenía que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, que lo matarían y al tercer día resucitaría”. Habló de esto con claridad, haciendo ver que su misión era la del Mesías Siervo, que no se acredita con un triunfo según el mundo sino asumiendo el dolor y la culpa de sus hermanos. Con ello Jesús aceptaba como propia la voluntad de su Padre que ama tanto al mundo hasta entregar a su Hijo. Con ello demostraba que “no hay mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. 

Junto a los anuncios de su pasión, Jesús expone las opciones capitales que ha de tomar el que quiera ser su discípulo, sobre todo en los momentos difíciles que le toque vivir, cuando sienta la tentación de volverse atrás. 

Y lo primero que dice Jesús es que la adhesión a su persona y a su mensaje requiere una decisión de ir en pos de él, de seguirlo. En cierto sentido era lo que hacían los discípulos de los rabinos judíos de aquel tiempo, pero el modo como Jesús plantea el seguimiento implica una disposición personal a recorrer con él su camino hasta el final y asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. Lo que quiere Jesús es la identificación con él, para que su vida se prolongue en la del discípulo. Pablo dirá: “Vivo yo, ya no yo; es Cristo quien vive en mí” (Fil 1). “Estoy crucificado con Cristo y no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal 2). 

El determinarse a ser como él implica también negarse a sí mismo, es decir, negar cada uno su falso yo –deformado por la voluntad de poder, la ambición y el egoísmo–, para hacer nacer su verdadero yo y hacer posible la donación sin reservas. Morir al egoísmo es nacer al amor solidario. Hay que volver la mirada a los otros para amarlos. Como Jesús: hombre para los demás. 

Cargue con su cruz cada día, añade Jesús, aludiendo a la lucha que cada uno ha de mantener contra el mal que actúa en él, la lucha contra el egoísmo. Es mi tarea diaria, que nadie puede hacer por mí. Llevar la cruz significa también asumir las cargas de sufrimiento y renuncia que la vida impone y ver la presencia de Dios en esas circunstancias. Entonces se revela el sentido que pueden tener y el bien al que pueden contribuir si se viven con Dios. No se trata de añadir sufrimientos a los que la vida misma y las exigencias del compromiso cristiano normalmente nos imponen. Se trata de aprender a llevarlo como Cristo nos enseña. 

La vida es un don y se realiza dándola; encerrarse en sí mismo, en su propio amor querer e interés, es echarla a perder. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará. La entrega de uno mismo a los demás y a Dios, en eso consiste la vida auténtica y verdadera, que no se pierde, porque pertenece ya a Dios y él estará a su lado aun en la muerte. Es la realización plena de la persona que todos anhelamos, el tesoro escondido que uno descubre y, por la alegría que le da, vende todo para poder ganarlo.

miércoles, 18 de febrero de 2026

La religiosidad verdadera (Mt 6, 1-6.16-18) – Miércoles de Ceniza

 P. Carlos Cardó SJ 

Miércoles de ceniza, óleo sobre lienzo de Julián Falat (1881), Museo Nacional de Varsovia, Polonia

Jesús les dijo: "Guárdense de las buenas acciones hechas a la vista de todos, a fin de que todos las aprecien. Pues en ese caso, no les quedaría premio alguno que esperar de su Padre que está en el cielo. Cuando ayudes a un necesitado, no lo publiques al son de trompetas; no imites a los que dan espectáculo en las sinagogas y en las calles, para que los hombres los alaben. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Tú, cuando ayudes a un necesitado, ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: tu limosna quedará en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se los digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello. No son los hombres los que notarán tu ayuno, sino tu Padre que ve las cosas secretas, y tu Padre que ve en lo secreto, te premiará". 

La cuaresma, tiempo de preparación para la gran fiesta de la Pascua, es tiempo de oración, ayuno y obras buenas. Son como los tres pilares de la religión y por eso han de ser practicados sin nada de hipocresía ni de dobles intereses. Definen las relaciones con los otros (limosna), con Dios (oración) y con las cosas (ayuno). Del modo como se vivan se deduce la solidaridad que consiste en ver unos por otros o el egoísmo individualista que se desentiende del prójimo que pasa necesidad; la búsqueda de la justicia de Dios o la búsqueda de autocomplacencia y reconocimiento; la libertad para usar o dejar las cosas cuanto convenga, o la esclavitud a ellas. 

Lo que se dice de la limosna se repetirá para la oración y el ayuno: las prácticas religiosas han de ser en secreto, no para ser visto y recibir gloria vana de los hombres. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. 

Limosna: El dar al necesitado no es una buena acción que está por encima o va más allá de lo obligatorio (supererogación), sino una obligación de justicia. Somos hijos de un mismo Padre, somos hermanos, la suerte de mi hermano me tiene que afectar. No podemos amar a Dios si no amamos a quien vemos (1Jn 4). El Hijo nos reconocerá o no si lo atendemos o no en el hermano que pasa necesidad. La solidaridad con los pobres –sean marginados, desocupados, sin techo, enfermos o ancianos– es expresión de la justicia social distributiva mediante la cual se da cumplimiento a la destinación social que tienen los bienes de este mundo para que sirvan al sostenimiento de todos. La solidaridad impulsa a buscar el bien de todas las personas, por el hecho mismo de que todos son iguales en dignidad gracias a la realidad de la filiación divina. Sin ello, no hay fraternidad. El Antiguo Testamento está lleno de las bendiciones y recompensas que acompañan a la limosna: Quien da al pobre le hace un préstamo a Dios (Pr 19,17). El que da al pobre nunca sufrirá necesidad, pero el que cierra sus ojos tendrá muchas maldiciones (Pr 28,27). 

La oración. La vida espiritual se expresa y alimenta por medio de la oración. Ese tiempo “perdido” que detiene las actividades y corta con el bullicio cotidiano es un reconocimiento de que el Señor es el dueño, el centro de todo, y el que realiza lo que debemos hacer por encima de cuanto podemos. No somos asalariados sino amigos, y debemos aprender a combinar trabajo y descanso. No todo se ha de guiar por criterios de eficacia y productividad, hay que aprender el sentido de lo gratuito. Concretamente, debemos aprender a estar con el Señor, como un amigo con su amigo, o un hijo con su padre. Y para que este diálogo sea verdadero, el Señor nos alienta a presentarnos ante él tal como somos. No es un encuentro verdadero el que se hace para ser vistos por los demás; no podemos ir a la oración para parecer buenos ante la gente o ante Dios, ni siquiera ante mí mismo; ni puedo orar para sentir que cumplo con lo que está mandado. Nada de esto tiene sentido en la amistad y el amor. 

El ayuno en la tradición espiritual judía estaba asociado al estudio de la Torá (Dt 8), porque agudiza el ingenio y hace ver que no sólo de pan vive el hombre. Aparte del ayuno obligatorio en el día de expiación (Yom Kippur), los judíos practicaban ayunos privados por devoción. Daban fama de persona piadosa. A Jesús le preguntan: por qué tus discípulos no ayunan (9,14). Jesús les contesta que su venida inaugura la fiesta anunciada por los profetas (Is 61, 1.3) y no tiene sentido entristecerse. El perdón no depende del ayuno penitencial y expiatorio, sino de la adhesión personal a él, porque ocupa el lugar de Dios, y porque seguirlo es entrar en el tiempo de la nueva alianza de Dios prometida para la venida del Mesías. Ese tiempo ha venido y en él, la religión de las normas y prácticas exteriores da paso a la religión del corazón. Por eso, la práctica del ayuno, concretamente, se convierte en lo que Dios había dicho por medio del profeta Isaías: El ayuno que yo quiero es éste: que sueltes las cadenas injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las opresiones, que compartas tu pan con el hambriento, que hospedes a los pobres sin techo, que proporciones ropas al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como aurora… y te seguirá la gloria del Señor” (Is 58, 6-8).