domingo, 8 de febrero de 2026

Domingo V del Tiempo Ordinario - Sal y luz del mundo (Mt 5, 13-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Mañana de Pascua, óleo sobre lienzo de Caspar David Friedrich (1820 – 1835), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid, España

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente.
Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.
Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos. 

Con estas imágenes tomadas de la vida diaria Jesús no da un mandato ni propone un programa de acción; lo que hace es describir lo que deben ser sus discípulos: deben ser sal en el mundo en que viven y luz para las personas con quienes tratan. 

La sal sazona los alimentos y los preserva de la corrupción. Además, en la cultura judía del tiempo de Jesús, la sal era símbolo de sabiduría, amistad y disponibilidad para el sacrificio. Dirigidas a nosotros, estas palabras de Jesús nos dicen que debemos mostrar el sabor de los valores del evangelio y la perseverancia en el buen obrar. Y hemos de ser sal de la tierra porque nuestra fe en Cristo le da sentido no solamente a nuestra vida personal, sino a las relaciones en sociedad. Somos sal de la tierra si transmitimos y defendemos los valores del evangelio, y procuramos mantener en el mundo las inquietudes por la justicia verdadera, luchando contra todo lo que hace que nuestra sociedad se corrompa y se degrade. 

Volverse insípido, en cambio, es perder el sabor de Cristo, incurrir en la tibieza, dejar que se enfríe el amor, perder mística, pasión, anhelo de entrega. Es una tentación en la que todos podemos incurrir, porque somos continuamente afectados por otros modos de pensar, otros sabores, y por ello debemos estar vigilantes. 

Ustedes son la luz del mundo, dice también Jesús. Él es la Luz. Y lo afirmó: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la vida (Jn 18). Él es quien ilumina, nosotros recibimos de su luz y damos luz. La identidad cristiana cuando está asimilada se deja ver, se trasluce, resalta. Pero también aquí se da una contraposición: porque el mundo tiene otras luces que encandilan y fascinan con sus propuestas de felicidad engañosa o efímera. La luz verdadera que hemos de transmitir, la describe el profeta Isaías en términos muy concretos: Aleja de ti toda opresión, deja de acusar con el dedo y levantar calumnias. Reparte tu pan al hambriento y sacia al que desfallece. Entonces brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía; entonces te dirigirás a Dios y Dios te hará sentir su presencia, te responderá: “Aquí estoy” (Is 58). 

No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de una montaña, continúa el texto. Jesús se refiere a la comunidad de los que lo siguen, a la Iglesia. Está en lo alto, todos la ven, todos se fijan en lo que en ella ocurre. De ahí brota nuestra responsabilidad porque somos ciudadanos de esa ciudad y lo que yo haga o deje de hacer –más aún si desempeño en ella una función especial– eso beneficia o perjudica a la Iglesia. 

Inspirado en el evangelio, el Papa Francisco no deja de advertir a todos –obispos, sacerdotes, laicos– que la Iglesia debe dejar de estar encerrada en sí misma, incapaz de dar al mundo de hoy el sabor de la sal y la luz del Evangelio. Suele decir: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. Exhorta a los fieles a no quedarse “tranquilos en espera pasiva en los templos”. Y nos invita a buscar las “fronteras”, los espacios humanos en los que se libra la batalla entre la fe y la increencia, la abundancia y la pobreza, el bienestar y el sufrimiento, convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas” y cultivar una “cultura del encuentro” entre las diversas culturas, las diversas maneras de pensar y las diversas capas sociales. 

Procurar que la Iglesia brille como “ciudad sobre el monte” no significa pretender el brillo y esplendor de una nación que se confronta con otras, o de una empresa que compite con otras, o de una asociación que se enorgullece por reclutar el mayor número de socios. El mismo Jesús que mueve a hacer brillar la luz, nos advierte: Cuidado con practicar las buenas obras para ser vistos por la gente…, no vayas pregonándolo como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los alaben los hombres (Mt 6, 1-2). Por consiguiente, la única gloria que la Iglesia debe procurar es la gloria de Dios, que en el evangelio aparece asociada a la obra de Jesús en favor de los enfermos, de los pobres, de los pecadores, y es contraria a la de los hipócritas que obran para ser vistos.

sábado, 7 de febrero de 2026

Como ovejas sin pastor (Mc 6, 30-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús junto al lago, óleo sobre lienzo de Greg Olsen (2012), Templo de Provo, Utah, Estados Unidos

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: "Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco."
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.
Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. 

En estos cuatro versículos tenemos toda una síntesis de vida cristiana. 

Los apóstoles se reunieron con Jesús. Estar con el Señor, conocerlo para más amarlo y seguirlo es lo que define al cristiano. Jesús atiende a sus discípulos, presta atención a lo que le cuentan del trabajo que han realizado y los invita: Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco. Detrás de estas palabras resuena el eco de aquellas otras que trae Mateo: Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré (Mt 11, 28). 

Siempre hay que procurar escuchar lo que dice Jesús como dirigido a nosotros hoy; sólo así la Escritura es palabra eficaz, que toca nuestra situación y nos cambia. Hay que oír, pues, su invitación a estar con él, a saber “retirarnos” y descansar porque –consciente o inconscientemente– podemos llevar una vida que deshumaniza: agitados, absorbidos por el trabajo, en la búsqueda ansiosa de valores, que son útiles, sí, pero no esenciales. Lo primero que se perjudica son las relaciones personales, es decir, lo más hermoso y satisfactorio que la vida nos da. Y lo mismo ocurre con Dios. Como toda relación, la amistad con Cristo hay que cultivarla, hay que darse tiempo para estar a solas con él. Los tiempos que reservamos para la oración son los “lugares deshabitados”, de los que habla el evangelio, espacios en los que nos apartamos de aquello que, desde el exterior, nos desgasta y desorienta y accedemos a nuestro interior, donde que tocamos lo esencial. 

Se fueron, pues, ellos solos en la barca, pero no lograron lo que buscaban, el descanso que tenían pensado se les frustró. La multitud que va y viene, ansiosa por ver a Jesús, se apresura y llega antes que ellos a la otra orilla. No les van a dejar tiempo ni para comer. Jesús mira la situación y, en vez de reprocharles –con todo derecho, por lo demás–, se conmueve. Él sabe bien que lo buscan para que les ayude a vivir. Por eso no puede reprocharles su conducta ni defraudar la confianza que tienen puesta en él. Una vez más sus entrañas de pastor bueno se compadecen: son como ovejas sin pastor (cf. Nm 27,17; Ez 34,5; Zac 13,7). Aprovecha entonces el momento para seguir haciendo lo que siempre ha hecho: congregar, unir (Mc 1,38s)… y se puso a enseñarles con calma. 

Queda así enmarcado el milagro de la multiplicación de los panes que viene a continuación y definida la perspectiva desde la que hay que interpretarlo: milagro y enseñanza, pan y palabra van unidos. 

La imagen de Jesús conmovido ante la necesidad de la gente nos hace apreciar lo más nuclear de su persona: Jesús fue alguien que supo amar de verdad. Más aún, su amor no fue en él un sentimiento circunstancial, que le venía de vez en cuando, sino una realidad permanente que caracterizaba su persona. La razón de fondo es que en el amor profundamente humano de Jesús se revela su divinidad: su amor misericordioso es el amor mismo de Dios. Jesús es la encarnación del amor con que Dios ama, cuida y alimenta a sus criaturas. 

Por esta razón última, cristológica, el amor compasivo es centro y esencia de la vida cristiana. El Papa Francisco no deja de repetirlo al proponer como nota esencial de la Iglesia el llamado “principio misericordia” que debe inspirar y unificarlo todo.

viernes, 6 de febrero de 2026

Muerte de Juan Bautista (Mc 6, 14-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

Decapitación de San Juan Bautista, óleo sobre lienzo de Michelangelo Caravaggio (1608), concatedral de San Juan, La Valeta, Malta

El rey Herodes oyó hablar de Jesús, ya que su nombre se había hecho famoso.
Algunos decían: "Este es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él poderes milagrosos". Otros decían: "Es Elías", y otros: "Es un profeta como los antiguos profetas".
Herodes, por su parte, pensaba: "Debe de ser Juan, al que le hice cortar la cabeza, que ha resucitado".

En efecto, Herodes había mandado tomar preso a Juan y lo había encadenado en la cárcel por el asunto de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado. Pues Juan le decía: "No te está permitido tener a la mujer de tu hermano".
Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía, pues Herodes veía que Juan era un hombre justo y santo, y le tenía respeto. Por eso lo protegía, y lo escuchaba con gusto, aunque quedaba muy perplejo al oírlo.
Herodías tuvo su oportunidad cuando Herodes, el día de su cumpleaños, dio un banquete a sus nobles, a sus oficiales y a los personajes principales de Galilea.
En esa ocasión entró la hija de Herodías, bailó y gustó mucho a Herodes y a sus invitados. Entonces el rey dijo a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré". Y le prometió con juramento: "Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Salió ella a consultar a su madre: "¿Qué pido?".
La madre le respondió: "La cabeza de Juan el Bautista".
Inmediatamente corrió a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja".
El rey se sintió muy molesto, pero no quiso negárselo, porque se había comprometido con juramento delante de los invitados. Ordenó, pues, a un verdugo que le trajera la cabeza de Juan. Este fue a la cárcel y le cortó la cabeza.
Luego, trayéndola en una bandeja, se la entregó a la muchacha y ésta se la pasó a su madre. Cuando la noticia llegó a los discípulos de Juan, vinieron a recoger el cuerpo y lo enterraron.
 

La muerte de Juan anticipa la de Jesús. En su martirio, el profeta revela la verdad de la causa a la ha entregado su vida; demuestra que hay valores que valen más que la vida. 

La fama de Jesús se había extendido y el rey Herodes oyó hablar de él. La fe se transmite por la palabra. Pero Herodes no es capaz de alcanzarla: escucha cosas pero no las entiende y queda confundido. Se destaca este rasgo de su personalidad: es un confundido, voluble, influenciable. Le llegan las distintas opiniones que circulan sobre Jesús, y él cavila: ¿será Juan Bautista a quien yo mandé matar? Respetaba a Juan, lo tenía por santo y lo protegía, pero lo que decía lo dejaba confundido, y al final se dejará influenciar por el qué dirán y por su mujer, y lo mandará matar. Pablo hablará de los que ocultan la verdad por las cosas malas que hacen (Rom 1,18). Estas cosas malas en el caso de Herodes son su escandalosa unión con la mujer de su hermano, la opulencia que exhibe en su corte y el despotismo con que gobierna. 

¡No te es lícito tener la mujer de tu hermano!, le había dicho Juan. Por eso Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía. Los corruptos sienten como una amenaza a todo aquel que les hace ver su delito. Al no hallar la forma de desmentir la denuncia, querrán acabar con él, pensando que así quedarán tranquilos. Es lo que quiere Herodías pero no puede porque el rey respeta a Juan. 

La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete. El banquete en la Biblia es uno de los más bellos símbolos de la unión definitiva de Dios con sus hijos. El banquete de Herodes, en cambio, es la fiesta del mundo, en la que la belleza y el placer, representados en la muchacha y en su danza, ya no dan vida sino producen muerte. La mentalidad de Herodes todo lo pervierte. Celebra el aniversario de su nacimiento dando muerte al inocente. Por eso Jesús pondrá en guardia a sus discípulos para que no se dejen contaminar por la levadura de los fariseos y de Herodes (Mc 8, 15), porque esa mentalidad tiene un fuerte impacto social. Se difunde hasta hoy. 

La hija de Herodías bailó y dejó embelesados a Herodes y a los invitados. Pídeme lo que quieras y te lo daré, le dijo el rey, y añadió: Te daré hasta la mitad de mi reino. Movido por el engaño de su torcido corazón, o por inconsciencia o mala voluntad, el hombre se cree obligado a cumplir sus promesas erradas. Es muy común este quedar entrampado el sujeto en sus contradicciones. 

La muchacha, instigada por su madre, le pidió la cabeza del Bautista. La búsqueda desordenada de la propia seguridad, del mantenimiento de la posición adquirida y de los intereses individuales ciega el corazón de las personas y las induce al crimen. El proceder de los tres personajes que focalizan la escena –el rey, la hija y la madre– tipifican los horrores de muerte que causa la corrupción en la sociedad. La joven, sin personalidad, incapaz de decidir por sí misma, encuentra su seguridad en endosarle a la madre la decisión a tomar: ¿qué pido? La madre instrumentaliza pérfidamente a su hija para lograr su cometido de mantener la relación escandalosa con el rey. La ceguera del corazón pone el propio interés por encima de la vida de un inocente. Y el rey, finalmente, queda entrampado en sus propias dependencias: cegado por su sensualidad, que ha quedado incitada por la belleza de la joven, comete la insensatez de prometerle hasta la mitad de su reino; esclavo de su poder y prestigio, no puede desairar a la joven ni dejar de cumplir el juramento hecho ante los convidados; sometido a su mujer, acatará su voluntad asesina a pesar de la tristeza que siente. Queda patéticamente contrapuesta la grandeza de Juan Bautista, que muere por su libertad de palabra y por su fidelidad a la misión recibida, y la bajeza de Herodes y los suyos, cuya falta de conciencia les lleva a pisotear los valores más fundamentales. 

El relato concluye con una nota de piedad, que señala, además, el epílogo de la vida y misión del Bautista: vinieron sus discípulos, recogieron su cuerpo, le dieron sepultura… 

Finalmente puede verse aludido en el pasaje el tema de la ética política que aporta el cristianismo. El cristiano fiel a sus principios nunca podrá dejar de tener una postura crítica frente a las maniobras injustas de los poderosos y las actuaciones corruptas de gobiernos en los que reinan muchas veces la hipocresía, el sometimiento servil al gobernante y las alianzas para delinquir. Muchos, con razón, señalan que el delito de Juan Bautista –que se prolonga en el de muchos cristianos hoy– consistió en no quedarse con la boca cerrada.

jueves, 5 de febrero de 2026

Discurso de misión (Mc 6, 7-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pedro predicando en Pentecostés, óleo sobre lienzo de Benjamín West (1817), Museo y Galería de la Universidad Bon Jones, Greenville, Carolina del Sur, Estados Unidos

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: "Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa."
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. 

Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos. Cada uno de nosotros puede sentirse incluido entre los llamados. La Iglesia, comunidad que Jesús ha reunido en la persona de sus apóstoles y discípulos, y a la que pertenecemos, recibe la misma misión de su Maestro: anunciar con hechos y palabras la presencia del amor de Dios y la certeza de la salvación que esperamos (Evangelii Nuntiandi). 

Otro pasaje del mismo evangelio de Marcos dice que Jesús llamó a los que quiso… para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (3,13-14). No los envía a exponer una vasta y compleja doctrina, sino a transmitir una forma de vida, un modo de proceder. Por eso, las instrucciones que Jesús da a sus discípulos no dicen lo que tendrán que decir, sino cómo deben presentarse para reproducir el modo de ser y de proceder que han aprendido de su Maestro. Este estilo de vida se aprende en el trato con él. 

Y comenzó a enviarlos de dos en dos. Detrás de la costumbre hebrea de ir así cuando se trataba de cumplir una misión, hay un signo que Jesús quiere que transmitan. Él ha venido a reunir un nuevo pueblo de hijos e hijas de Dios. Por eso lo comunitario tiene un valor fundamental en todo su mensaje. Jesús no predicaba nunca en solitario; tampoco quiso que sus discípulos lo hicieran. Sin compañía fraterna, sin colaboración en tareas y proyectos, no se puede anunciar eficazmente el evangelio. 

Dice también el evangelio que Jesús les dio autoridad sobre los espíritus impuros. No se trata de fuerzas o poderes sobrenaturales, contra los cuales nada pueden hacer los hijos de Dios. Los “espíritus” a los que se refiere Jesús tienen que ver con todo lo que engaña, perturba, oprime y empobrece la vida, privándola de libertad, de dignidad, de paz. En este sentido, los discípulos de Jesús se caracterizan por ser personas que combaten contra todo aquello que deshumaniza. Eso son los espíritus inmundos que impiden que los seres humanos se realicen como auténticas personas. Y la autoridad del discípulo está precisamente en enfrentar al mal y vencerlo en nombre de Cristo con la fuerza del Espíritu. 

Les ordenó que no llevaran nada para el camino… La Iglesia como institución y cada uno de sus miembros no pueden poner como valor central de su vida los bienes materiales. Éstos son medios, no fines; y hay que aprender a usarlos o dejarlos tanto cuanto convenga a la realización de los valores del reino de Dios. Cuando se olvida esto, los bienes materiales en vez de ayudar a la tarea evangelizadora, la desvían de sus verdaderos fines, y la labor de la Iglesia se pervierte. El espíritu de gratuidad, que se demuestra en dar gratis lo que gratis se ha recibido, hace que resplandezca más la acción de lo alto. La sencillez de vida, el desinterés por el poder de este mundo, la pobreza evangélica, hacen más creíble la predicación y la acción de la Iglesia. 

Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar. La casa tiene gran importancia en los evangelios sinópticos.  El evangelio de Marcos nos hace ver que Jesús usaba muchas veces las casas en las que se alojaba, tanto para anunciar la buena noticia del Reino con palabras y signos (1,29; 2,1; 3,20; 5,38), como para educar a sus discípulos, aprovechando la intimidad que la casa hace posible (7,17;  9,28; 10,10). En ella les enseña los temas centrales de la fe, que después habrán de transmitir en su misión: la piedad auténtica (7,1ss), la oración y el ayuno (9,1ss) y la relación de pareja (10,1ss), siempre como llamadas a la conversión a una mejor relación con Dios, con el cónyuge, con los semejantes y con las cosas de este mundo. Por eso el cristiano debe considerar su casa como un lugar privilegiado para cumplir la misión de transmitir el evangelio. En la intimidad familiar se crean los lazos afectivos más profundos y resulta factible, más que en ningún otro sitio, crear la fraternidad y encarnar los valores cristianos. En la casa se puede practicar el seguimiento de Jesús en su radicalidad. 

Si en algún lugar no los reciben, váyanse de allí… Jesús invita, no se impone. Los discípulos no pueden obligar a nadie a aceptar el evangelio. Éste se acepta por la fuerza del testimonio y la eficacia de la palabra que promueven el convencimiento interior. Habrá quienes no acepten el mensaje, y contraerán una culpa que sólo Dios conoce con exactitud. Frente a esto, le basta al discípulo manifestar con un gesto demostrativo la ruptura de la comunión: al salir de ese pueblo, sacúdanse el polvo de los pies. 

En este discurso se ve que el cristiano evangeliza humanizando. Los valores del evangelio nos hacen más humanos y mueven a construir un mundo más humano. Porque cree en la eficacia del bien y en las posibilidades de mejorar la calidad de la vida humana, el cristiano apoya todo lo positivo que tiene el mundo de hoy, todas las posibilidades que se ofrecen de encarnar los valores del evangelio en nuestra sociedad.