lunes, 5 de octubre de 2026

 


Marta y María

Lc 10, 38-42

A continuación de la parábola en la que Jesús se identifica con el Samaritano que atendió al hombre herido en el camino, busca alojamiento en casa de dos mujeres, Marta y María. Ahora hay una casa que le aloja. El que enseña a acoger, ahora es acogido.

Poco sabemos de estas dos mujeres: sólo que son las hermanas de Lázaro. María podría ser la que, en Betania, ungió al Señor antes de su pasión. Y algunos comentaristas creen que es la misma que –según Lc 7, 36ss– se acercó a Jesús con un vaso de alabastro lleno de un perfume precioso y lo derramó sobre sus pies.

Marta critica a su hermana porque no la ayuda en los trabajos materiales, en que ella se afana para acoger a Jesús, como debe hacerlo. Pero Jesús la invita a hacer suya la actitud de María que, a sus pies, escucha con atención su palabra. Sin la palabra del Señor todo pierde su auténtico valor e incluso “sabor”.

Se ha dicho tradicionalmente que Marta representa la actividad y María la oración. Pero no hay que contraponer a Marta con María ni a la acción con la oración, hay que integrarlas. Lo que enseña el evangelio es que se ha de purificar la acción por la oración y escucha del Señor porque, sin esto, la acción –aunque sea buena y prolífera– puede perder orientación y convertirse en búsqueda de uno mismo. Con la oración, que nos hace escuchar la Palabra, nuestra acción se ahonda y purifica.

María ha escogido la parte mejor. Jesús elogia la sencilla y sincera escucha. Con esa disposición, la persona deja entrar en su corazón el amor, que es lo que da sentido a todo. “Lo único necesario” es experimentar el amor incondicional y desinteresado con que Dios nos ama. Esto, y sólo esto, da al cristiano la certeza de la que brota la calma y la quietud en toda circunstancia. El deber no basta. Hay que descubrir el valor de lo gratuito. Ya los profetas lo habían intuido: Se salvarán si se convierten y se calman; pues en la confianza y la calma esta su fuerza, dice Isaías (30,15).

Necesitamos integración personal y calma interior porque solemos andar divididos y ansiosos. Los quehaceres y negocios ahogan en nosotros, como zarzas y malezas, la semilla sembrada en nuestra tierra. Necesitamos parar, recogernos en nuestro interior y ponernos a los pies del Maestro cada día. Él nos recordará: Busquen, más bien, el Reino y todas las cosas se les darán por añadidura (Mt 6,33; Lc 12,31). Dejar de escuchar la palabra del Señor, por muchas pretendidas obras buenas e importantes que se hagan, significa tanto como apartarse del reino y correr el riesgo de echarse a perder. Pensemos, pues, en lo importante que es saber integrar el servicio a los demás con la escucha de la palabra de Jesús, sin tratar de rebajar ésta con falsos pretextos.

Al mismo tiempo, el pasaje de Marta y María nos recuerda que Dios está llamando continuamente a nuestra puerta. Lo que pasa es que no queremos oír su llamada o no sabemos cómo acogerlo. Pero hay algo que el texto evangélico hace evidente: Cuando Cristo llama a mi puerta en la forma de un hombre o una mujer que necesita mi ayuda, lo que debo hacer no puede consistir solamente en darle cosas (por valiosas que sean, y que a fin de cuentas es Él mismo quien nos las da), sino ante todo hacerme consciente de que es Él quien viene a mí como un regalo en ese hermano o hermana que ha tocado a mi puerta. Esto, pues, debe reflejarse en el trato que le doy. Quien a ustedes acoja a mí me acoge (Mt 10,40). “Hospes sicut Christus”, al huésped se le recibe como a Cristo, dice la regla benedictina: “Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo. …Y al recibir a pobres y peregrinos se tendrá el máximo de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe especialmente a Cristo, pues cuando se recibe a ricos, el mismo temor que inspiran, induce a respetarlos” (Regla de San Benito).


domingo, 4 de octubre de 2026

EL BUEN SAMARITANO

 



El Buen samaritano

Según San Lucas 10, 25-37 

La parábola el Buen Samaritano es uno de los textos más hermosos del evangelio de Lucas. Presenta el rostro del Dios que busca al perdido, y el rostro del cristiano que se interesa por el problema de su hermano y ahí se encuentra con Dios.

Un hombre ha sido asaltado en el camino y ha quedado mal herido. Pasan junto a él tres personajes: un sacerdote, representante de la Ley, un levita, representante del culto (ambos “profesionales” de la religión), y un samaritano, que para los judíos era un hereje. Los tres ven al hombre caído, pero reaccionan de manera diferente. El sacerdote y el levita pasan de largo, por “no ensuciarse las manos” o por pensar: “es un extraño”, “no nos concierne”... El samaritano, en cambio, sintió compasión. Sentir compasión es sufrir con el otro, compartir su situación, ponerse en su lugar; es lo que hace el samaritano.

El sacerdote y el levita representan a quienes pretenden llegar a Dios, pero no se interesan por la situación del prójimo que sufre: pasan de largo. Son los encargados de las “cosas de Dios”, pero no hacen lo que a Dios más le interesa, atender la vida de sus hijos e hijas que pasan necesidad. Ya los antiguos profetas habían reprobado esa pretensión de reducir la religión a prescripciones externas y costumbres piadosas sin práctica de la justicia y de la misericordia.  ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro?, dice el Señor… (por el profeta Isaías), desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen por la viuda (Is 1, 11.16-17). Eso mismo es lo que quiere lograr Jesús con su parábola: que sus oyentes cambien su forma de relacionarse con Dios, se hagan solidarios y misericordiosos porque eso es lo que quiere Dios.

El mensaje fundamental que recorre toda la Biblia es que el amor a los demás define la autenticidad del ser humano en su relación con Dios, con los demás y consigo mismo. Quien no ama ha “fallado” en su vida, simplemente no es humano. Pero la novedad que trae Jesús es que el amor es, antes que nada, una experiencia que a la persona humana se le hace vivir y que, gracias a ella, puede amar a los demás. San Juan desarrolla esta idea en su 1ª Carta y afirma que si amamos, es porque primero nos ha amado Dios (1 Jn 4, 19). Y por eso Jesús se identifica con el buen Samaritano para hacernos sentir el amor que Dios nos tiene, y movernos a amar a los demás.

Al mismo tiempo, Jesús se identifica también con el hombre caído en el camino, que es la persona a la que debemos atender y en la que lo atendemos a él. Por eso dirá en el evangelio de Mateo: Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25,40). Por tanto, no se puede dividir lo que Dios ha unido: con un mismo amor amamos a Dios y amamos al prójimo. Porque Dios se ha hecho próximo nuestro, podemos amar a Dios y al prójimo con el mismo amor que del Padre y del Hijo nos viene.

La parábola nos transmite esta enseñanza de manera sorprendente haciendo que se superpongan dos imágenes, la del hombre caído en el camino y la del samaritano que lo asiste. Queda la impresión de que se disuelven el uno en el otro, hasta ser al final una misma persona.

El escriba, el sacerdote y el levita deben identificarse con el hombre caído en el camino, del que se hace cargo el Samaritano que luego desaparece en el horizonte hacia Jerusalén, y representa a Jesús. Por su parte, el hombre herido y despojado recobra la salud y se vuelve capaz de socorrer a los que, como él, vea caídos en el camino; hará con los demás lo que hizo Aquel que lo atendió. Se volverá un buen samaritano como Jesús.

Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha convertido en el pobre maltratado que vemos en nuestro camino -¡es imposible no verlo!-. Más aún, se nos ha acercado tanto, que se ha convertido en el herido que yo soy, y se ha hecho cargo de mí, ha curado mis heridas, me ha alojado y ha pagado por mí. De modo que si se ha identificado así conmigo, yo también debo identificarme así con él.

Cristo, Buen Samaritano, se prolonga en los samaritanos de hoy y de siempre: hombres y mujeres sensibles al dolor y sufrimiento de la gente, que hacen todo lo que pueden para atender a los caídos. Entre ellos se ha de situar el cristiano porque se ha sentido atendido y curado por él. Ha experimentado la misericordia en su propia persona; siente que tiene que mostrar misericordia.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las exigencias del seguimiento de Jesús (Lc 9, 52-62)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y los penitentes, óleo sobre lienzo de Anthony Van Dyck (alrededor de los años 1630), Colección privada

Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?».
Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea.

Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas».
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo: «Sígueme».
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Jesús le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia».
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».
 

Estos versículos de Lucas nos confrontan con el seguimiento radical de Jesús. Se trata de tres breves y cortantes escenas de seguimiento, que presentan las exigencias radicales que Jesús impone: el discípulo tiene que estar preparado para desligarse de todo apoyo establecido y entregarse de modo incondicional y por completo a la causa del evangelio. 

- En la primera escena, un hombre, cuyo nombre no se menciona, se presenta ante Jesús y le dice: Yo te seguiré. Pero el seguimiento del Señor no es una pretensión humana, no depende sólo de una iniciativa humana. Es Dios quien llama y quien da su gracia, que capacita para poder asumir las exigencias que implica. Jesús opone el deseo a la realidad, la ilusión a la previsión. Y luego expone la otra exigencia de su seguimiento que tiene que ver con aquello en lo que el hombre suele oponer su seguridad. Jesús exige que su patria y protección no sean otros que el Padre y los hermanos, los dos valores fundamentales del Reino. De la misma manera que el Hijo del Hombre sólo encuentra reposo y hogar en el Padre de los cielos, no en los bienes de este mundo, así su seguidor está llamado a adoptar el mismo comportamiento de su Señor. El hombre pone su seguridad en los bienes materiales, necesarios para la vida. El que sigue a Jesús, en cambio, pone toda su seguridad en Dios. 

- En la segunda situación, la persona, antes de seguir a Jesús, quiere hacer otra cosa; una cosa muy buena, por cierto. Olvida que el Señor ha de ser el primero, si no, no es Señor. Y por eso, la exigencia de Jesús es tan grande: desliga al discípulo de cualquier otra obligación, por sagrada que sea. No le permite contraer otro compromiso que esté por encima de su persona. Sepultar a los muertos es una acción piadosa, es deber filial claramente expuesto en la ley (Dt 20,12; Lev 19,3), pero no es “lo primero”. Como no fue lo primero para Abraham su amor a su hijo Isaac, y por ello se mostró disponible a sacrificárselo al Señor. Todo afecto, por sublime que sea, deriva del afecto a Dios y a él tiene que ordenarse. Jesús antepuso su amor a María y a José –que angustiados lo buscaban–, a la necesidad que sentía de ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2,48s). Así mismo, en el plano humano, si no abandonas a tus padres no te haces adulto, no te casas. Si no abandonas todo afecto prioritario respecto a Dios y no ordenado a él, no eres libre, equivocas el sentido de tu vida. Vives en función de otros valores, que son tus prioridades y que pueden convertirse en tus ídolos y esclavizarte. 

Por eso, en el texto que comentamos, la entrega a Cristo es tan incondicional que, frente a ella, hasta el deber de enterrar al mismo padre cede su prioridad. Con este dicho Jesús se sitúa de forma soberana y con entera libertad por encima de todo lo que era venerado como precepto divino. Se coloca en el mismo plano de Dios. Deja a los muertos que entierren a sus muertos, significa, entonces, que nada, excepto lo referente a Dios, se puede absolutizar. No puede ponerse a la criatura antes que el Creador. Esto ocurre cuando queremos hacer nuestra voluntad y no la de Dios, cuando queremos que Dios haga lo que queremos, cuando queremos el fin –que es seguir a Jesús y los valores del evangelio- pero no ponemos los medios necesarios porque tenemos otras prioridades. 

- En la tercera situación, se repiten y condensan en cierto modo las actitudes anteriores. Al discípulo se le pide que valore en su justa medida de quién debe separarse, y que sepa a quién tiene que dirigirse sin dilación. La llamada del Señor exige prontitud, lleva consigo adoptar una disponibilidad sin restricción alguna, que muchas veces puede significar abandono de la propia seguridad. Se trata aquí ya no sólo de la disponibilidad frente a cosas y afectos, sino también frente a uno mismo, para poner enteramente la propia confianza en Dios. Mirar atrás es mirarse a sí mismo, buscar garantías y seguridades en sí mismo, en lo que soy, en mi pasado, en lo que he conquistado o en lo que represento. De todo ello nos puede liberar el Señor para hacernos ver que la garantía única está en el futuro, en lo que él –y sólo él– es capaz de hacer de mí.

martes, 29 de septiembre de 2026

Los ángeles de Dios (Jn 1, 47-51)

 P. Carlos Cardó SJ 

El Arcángel San Rafael deja la casa de Tobías, óleo sobre lienzo de Rembrandt van Rijn (1637), Museo del Louvre, París, Francia

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contestó: «¿De qué me conoces?».
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le dijo: «Tú crees porque te dije que te vi bajo la higuera. Pero verás cosas aun mayores que éstas. En verdad les digo que ustedes verán los cielos abiertos y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre». 

En la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, la liturgia propone este texto de Juan, en el que aparecen los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre. Es una promesa que hace Jesús a sus discípulos en el diálogo con Natanael y está relacionada con la visión que tuvo Jacob en Betel (Gen 28,12). En ella, Jacob –que después se llamará Israel– contempló una escalera que unía al cielo con la tierra y a unos ángeles de Dios que subían y bajan por ella. El cielo y los ángeles significan la esfera de lo divino, donde refulge la gloria de Dios. Dicha esfera ha dejado de ser inaccesible; por Jesús, los cielos se abren y Dios desciende para morar entre nosotros. Dios no habita en un confín infinitamente lejano, la persona humana de Jesús nos lo ha acercado. Es éste un tema muy querido para Juan desde el prólogo de su evangelio. Jesús es el auténtico Betel, la casa de Dios y puerta del cielo; en él puede contemplarse la presencia de Dios con nosotros, en él se manifiesta su gloria que es plenitud de gracia y verdad; por eso Jesús es el verdadero templo y los ángeles lo rodean. 

En los escritos bíblicos aparecen con cierta frecuencia los ángeles, seres espirituales que cumplen de parte de Dios funciones diversas pero complementarias. En primer lugar, aparecen como mensajeros de Yahveh y tal es el significado de su nombre. En el Génesis, el ángel transmite a Agar, la esclava, la promesa de que será madre de una descendencia numerosa (Gen 16, 7-12), y la protege después en el desierto para que su hijo no muera de sed (Gen 21, 18). El ángel del Señor detiene la mano de Abraham para que no hiera a Isaac y le anuncia las bendiciones que le vendrán por su obediencia (Gen 22, 12. 15-18). El ángel del Señor, bajo la apariencia de una llama de fuego que ardía en una zarza, llamó a Moisés (Ex 3, 2), dando inicio a su vocación y misión de libertador de Israel. 

El nacimiento de Sansón fue anunciado por el ángel a su madre Sorá, mujer estéril (Jue 13, 3-5), y el profeta Elías, amenazado de muerte y desfalleciente en su huida por el desierto, es fortalecido con el pan que le da el ángel, para poder andar su largo camino hasta la montaña de Dios (1 Re 19, 5-8). Otra función que cumplen los ángeles es la de ayudar a percibir las intervenciones de Dios en la realidad en determinados momentos históricos. Donde están ellos, está Dios con su poder benévolo, providente y liberador. Por eso un ángel muestra a los hebreos en el éxodo la gloria y poder de Dios (Éx 14, 19), es enviado para guardar y conducir al pueblo a la tierra prometida (Ex 23, 20), y exterminará a sus enemigos, los asirios (2Re 19, 35). Pero será en el Nuevo Testamento donde el mensajero de Dios anunciará la mayor de las maravillas de Dios en favor de la humanidad: la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios (Lc 1, 26-38; 2, 9-12). Finalmente, serán los ángeles del sepulcro vacío los anunciadores del triunfo de Cristo sobre la muerte (Lc 24, 4) y de su vida nueva, resucitada y eterna. 

Los nombres mismos de los ángeles sugieren atributos y acciones de Dios en favor de la humanidad. Adquieren así un perfil más personalizado y un carácter marcadamente benévolo, son ángeles custodios, guardianes del bien y de la vida. Rafael significa Dios ha curado, o “medicina de Dios”: sana a Tobit y a Sara, acompaña y protege a Tobías en su viaje (Tob 3;5) y acaba presentándose como enviado de Dios, como uno de los siete ángeles que llevan ante Dios las plegarias de los hombres (Tob 12). Miguel, (Mika-El) significa quién como Dios, manifiesta su grandeza y su poder, aparece en el libro de Daniel como el protector de Israel y príncipe de los ejércitos angélicos (Dan 10, 5ss; 12,1). Miguel vence, según el Apocalipsis, al dragón que aparece como Satán, tentador del mundo (Ap 12, 7s). Gabriel es fuerza de Dios, que interpreta y muestra el curso de la historia (Dan 8, 16ss; 9, 21ss; 10, 10ss). Es el mensajero divino que anuncia el nacimiento de Juan Bautista y de Jesús (Lc 1, 5-19; 26-38). 

Les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre, dijo Jesús a Natanel. Por la fe sabemos que los cielos están abiertos para nosotros. Sabemos también que la bondad y providencia de Dios nos envuelve y protege con sus ángeles. El futuro humano está asegurado porque el Hijo del hombre muerto en la cruz por toda la humanidad ha hecho posible que triunfemos con él sobre el pecado; resucitado y ascendido a los cielos llevó consigo a la humanidad y en él todos hemos resucitado. Nuestro destino es estar con él, contemplando su rostro, y en compañía de los ángeles cantar para siempre las misericordias de Dios.