viernes, 3 de julio de 2026

El apóstol Tomás (Jn 20, 24-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

La incredulidad de Santo Tomás, óleo sobre lienzo de Hendrick ter Brugghen (1622 aprox.), Rijksmuseum, Ámsterdam, Países Bajos

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".
Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree".
Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto". 

El mismo día de su resurrección por la tarde, Jesús se había aparecido a los discípulos reunidos a puertas cerradas. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban “El Mellizo”, no estaba con ellos. Como todos los demás, este apóstol había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, y no quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos. 

Una semana después, estaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos y Tomás estaba también. Jesús se volvió a presentar en medio de ellos, les dio su paz y se dirigió a Tomás. Sus palabras demuestran que está dispuesto a responder al deseo de su discípulo: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente. La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, expresa su reconocimiento del Señor y su disposición a seguirlo hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío! Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana– Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo. En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido a su Señor, a quien vio clavado en la cruz, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, y que en la cruz nos reveló su amor extremado. Un gran teólogo, Romano Guardini, escribió a este propósito: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la apertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”. 

Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. San Alberto Magno (+1206), doctor de la Iglesia, llega a afirmar que a nosotros, de hecho, nos es más provechosa la incredulidad de Tomás que la fe de los discípulos creyentes: nos enseña a superar las dudas. Viendo las llagas del Señor, retorna a la fe. Nosotros, dejando aparte toda duda, nos consolidamos en la fe. El Señor permitió que el discípulo dudase después de la resurrección, pero no lo abandonó en las dudas. Asimismo, nosotros debemos tener la confianza de que el Señor nos dará su gracia para superar nuestras dificultades. 

El mismo Padre de la Iglesia añade un comentario sobre lo que Tomás realmente vio, y dice: Si la fe es prueba de las cosas que no pueden verse, y si de las cosas que se ven no se tiene fe sino conocimiento (natural), ¿por qué, entonces, se le dice a Tomás: Porque me ha visto has creído? Porque vio una cosa y creyó en otra. Como hombre mortal, ciertamente no podía ver la divinidad. Él vio al hombre, pero confesó que era Dios, y por eso dice: Señor mío y Dios mío. En este sentido, viendo creyó, viendo a Jesús como verdadero hombre, proclamó su divinidad que no podía ver.

jueves, 2 de julio de 2026

La curación del paralítico (Mt 9 1-7)

P. Carlos Cardó SJ 

Curación del paralítico, aguada parda con lápiz negro y pluma sobre papel agarbanzado de autor anónimo (1650 – 1700 aprox.), Museo Nacional del Prado, Madrid, España

En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.
En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados".
Al oír esto, algunos escribas pensaron: "Este hombre está blasfemando".
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, —le dijo entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".
Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. 

La escena se desarrolla en Cafarnaum, probablemente en casa de Simón Pedro (1,29) donde Jesús se alojaba. Se había propagado la noticia de que realizaba signos en favor de los enfermos y se agolpó una gran cantidad de gente a la puerta, tanto que ya nadie podía entrar. Un paralítico quiere ser curado, pero depende totalmente de lo que hagan por él. Aparecen entonces sus amigos, observan lo difícil que les va a ser llevarlo hasta Jesús, y elaboran una estratagema ingeniosa: cargan al enfermo con su camilla, abren un boquete en el techo de la casa y por allí lo descuelgan hasta ponerlo a los pies de Jesús. 

La escena puede recordarnos situaciones semejantes. Cuántas veces y por cuántos motivos le es difícil a la gente, sobre todo a los pobres y a los que son excluidos, acercarse a Jesús en su casa, la Iglesia. Nosotros mismos, cuántas veces nos hemos quedado como paralizados por problemas que parecían superar nuestra capacidad. Y también gente amiga nos ayudó a salir adelante, nos hizo ver a Dios en nuestra situación y a partir de ahí todo cambió. 

Pero hay algo interesante en el texto: como el paralítico, todos tenemos necesidades más o menos urgentes, más o menos dolorosas de las que queremos librarnos, y recurrimos a Dios, pero esa liberación que nos interesa ¿es en verdad la que más necesitamos, la más profunda? Dios no responde mecánicamente. Actúa como lo hizo con el paralítico, acoge nuestro deseo aunque no esté bien formulado y responde a lo que más necesitamos en la profundidad de nuestro ser, en otro nivel de necesidad más hondo que, de momento, como el enfermo y sus amigos, no hemos reconocido ni formulado. 

Otro dato sorprendente del relato es que Jesús no se fija sólo en la carencia de ese hombre, sino que destaca lo mejor que él y sus amigos demuestran y que los escribas allí presentes (los expertos en religión) no tienen: la fe. Viendo la fe... 

Y el milagro ocurre, el verdadero, que en la lógica de la respuesta de Jesús a los escribas es lo más importante y lo más difícil: el perdón, es decir, la regeneración del hombre para una vida nueva gracias al encuentro con el Hijo de Dios, que aporta salvación, salud integral. Esa gracia del perdón se ofrece a todos, pero sólo los sencillos y los pobres de corazón, como el paralítico, la aceptan y aprovechan, no los sabios de este mundo. Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados, dice Jesús al paralítico ante el asombro de los escribas. 

¡Este blasfema!, gritan éstos y tienen su lógica porque, en efecto, la Biblia dice que perdonar los pecados sólo Dios puede hacerlo (cf. Is 43, 25); y si Jesús lo pretende es porque usurpa la autoridad divina y ofende a Dios. Piensan así porque no creen en él, no están dispuestos a aceptarlo como el Enviado que abre para todos el tiempo del perdón y de la misericordia, anunciado por los profetas: Esta es la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor. Meteré mi ley en su pecho y la inscribiré en sus corazones..., pues yo perdono sus culpas y olvido sus pecados (Jr 31, 34). 

La curación que se produce a continuación viene a ser solamente la garantía visible del poder de salvación que actúa en Jesús. Perdonando primero al paralítico, le ha hecho trascender la inmediatez de su deseo de verse libre de su enfermedad; ha trastornado los esquemas de los expertos en Dios, y ha movido a la gente a reconocer el verdadero proyecto de Dios que se anticipa y encarna también en el gesto simple y sin ostentación alguna de la curación: Se dirigió al paralítico y le dijo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. La liberación que trae Dios por medio de Jesús elimina el mal hasta en las raíces más subterráneas del pecado, hasta en sus más oscuras ramificaciones, que son la enfermedad y la muerte. 

Y a la vista de todos, el paralítico se marchó cargando su camilla. Es una representación plástica de lo que ha pasado en su interior. La camilla, signo pesado y humillante de su desgraciada invalidez, se transforma en el signo de su libertad y dignidad recuperadas para siempre. Todos cargamos nuestras camillas, recuerdo de nuestras antiguas parálisis, carencias, frustraciones y ofensas sufridas. Por la fe, se nos concede descubrir la acción de Dios en ellas, y poder asumirlas, integrarlas, no depender ya de ellas ni dejar que determinen nuestra autoestima y la conducta que tenemos con nosotros mismos y con los demás. San Pablo aprendió a ver la fuerza de Dios en sus debilidades personales y en las heridas sufridas, y cuando las recordaba no dudaba en decir: Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12,10).

miércoles, 1 de julio de 2026

Curación de dos endemoniados (Mt 8, 28-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

El milagro de los cerdos gadarenos, témpera, pan de oro y tinta sobre pergamino de autor anónimo (1,000 aprox.), Museo Paul Getty, Los Ángeles, Estados Unidos

En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino.
Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?”.
No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo.
Los demonios le suplicaron a Jesús: “Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos”.
Él les respondió: “Está bien”.
Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.
Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados.
Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio. 

La narración de Mateo resulta muy reducida en comparación con el texto más antiguo de Marcos. No hay en ella detalles descriptivos de la curación, ni de lo que ocurrió después. Todo se centra en la persona de Jesús. El endemoniado de Gerasa del texto de Marcos se convierte en dos endemoniados de Gadara, según Mateo. La región es la misma, la Decápolis, en Transjordania, territorio de paganos en el que no se conoce a Dios y el mal actúa libremente. Y la intención es la misma: demostrar que también allí la acción salvadora triunfa. Jesús destruye de raíz el mal y disipa nuestros miedos porque ha vencido al príncipe de este mundo, que tenía el poder de la muerte. 

En muchas culturas antiguas ciertas enfermedades orgánicas o mentales, que suelen impresionar por la forma estremecedora con que perturban al paciente, se atribuían a influjos diabólicos. La creencia en la presencia y actuación masiva de espíritus y demonios formaba parte de la cultura de muchos pueblos. En la Biblia, y en los evangelios en particular, los endemoniados eran personas que padecían la acción del espíritu adversario, mentiroso y creador de división. Sus víctimas quedaban escindidas, separadas de su yo auténtico, agresivas hasta dar miedo, como dejadas de la mano de Dios, sin que nadie pudiera hacer nada para liberarlas. 

En el fondo de estas creencias, sin embargo, había un contenido de verdad innegable: la enfermedad es algo que Dios no puede querer porque trastorna el orden de su creación y daña a sus criaturas. Además, la teología subyacente a este tipo de relatos evangélicos resalta el hecho de que diversas curaciones realizadas por Jesús manifestaban a los ojos de la fe el poder salvador de Dios que rompe las cadenas de la gente, vence al mal, le quita poder determinante sobre la existencia humana y abre para todos nuevas posibilidades de vida. Jesús mismo hacía ver que esas acciones eran signos del triunfo del amor salvador de Dios: Si expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mt 12,28; Lc 11,20). 

Jesús vino a exorcizar este mundo en el que el mal y el pecado actúan a veces en grados tales que pueden parecer invencibles y llenar el ánimo de la gente de pesimismo o de resignación fatalista. La posesión diabólica significa una existencia humana agredida hasta el riesgo de ser destruida, echada a perder, sin futuro, como sometida a fuerzas nocivas que pueden conducirla a la muerte y a la perdición. Pues bien, del temor a esos poderes ha venido Jesús a liberarnos. 

Más aún, aunque la acción de los espíritus diabólicos, cuyos síntomas –como puede verse en el pasaje del exorcismo del niño en Mateo 17, 14-27– podrían hacer pensar hoy en la epilepsia o en alguna enfermedad psiquiátrica, no dejan de ser un signo especialmente sugerente, una llamada de atención a nuestra sociedad frente a realidades de este mundo a las que los hombres se someten hasta ofrecerles sacrificios inimaginables y quedar «poseídos» por ellas, enfrentados a Dios, a los demás, a la naturaleza, y a sí mismos. 

Esas realidades son los “demonios” hostiles a Dios, los «ídolos» o «poderes y potestades» (1Cor 8,5; 15,24), de que nos habla el Nuevo Testamento. 

¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios?, preguntan los demonios. Nada, absolutamente nada tienen en común. Y así tiene que ser también para nosotros: no hay lugar para componendas porque podemos caer en el engaño. El espíritu del mal tienta con falacias y razones aparentes, ofreciendo formas falsificadas de seguridad, eficacia, éxito y felicidad. Un no decidido y cortante es la mejor forma de enfrentarlo. ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?, dice el mal espíritu, como si ahora no fuese el tiempo de enfrentarlo y fuese mejor posponer la lucha o la determinación que debes tomar. En tiempos de Jesús se creía que la victoria definitiva sobre el mal sólo se produciría al final de los tiempos; pero con la presencia de Cristo el tiempo se ha cumplido, hoy es el tiempo de la salvación. Ahora puede actuar en nosotros la gracia que libera. 

Finalmente, no hay que olvidar que estas acciones de Jesús se nos confían. A sus discípulos, núcleo germinal de su Iglesia, les dio poder (autoridad) sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para sanar toda enfermedad y dolencia (Mt 10,1). Como miembros de la Iglesia, a todos nos toca la misión de exorcizar espíritus que despersonalizan a la gente hoy en nuestra sociedad. Quien experimenta la salvación no puede sino despertar en otros la experiencia de ser salvado y liberado.

martes, 30 de junio de 2026

¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe? (Mt 8, 23-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús calma la tempestad, óleo sobre lienzo de Arnold Friberg (1955), Colección privada

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido.

Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”.
Él les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”.
Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.
Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?”
 

Después de dos avisos sobre las condiciones para el seguimiento (8, 18-22), la travesía por un mar tempestuoso es como una representación plástica del seguimiento de Jesús en una Iglesia no exenta de pruebas, crisis y dificultades. El primer versículo lo sugiere: Jesús subió a una barca y sus discípulos lo siguieron. 

Ante todo, aparece el poder salvador de Jesús sobre las fuerzas del mal que amenazan la vida. Señor de la naturaleza, “serena el rugido de los mares y el estruendo de sus olas”, “amansa las olas embravecidas” y “reduce el temporal a suave brisa”, poder del Altísimo que domina todo lo creado (Sal 65; 89; 107). El relato tiene carácter teofánico: revelación del misterio de Jesús, Hijo de Dios, que deja estupefactos a los no creyentes. 

Viene luego el significado eclesiológico. Los discípulos siguen a Jesús y suben con él a la barca. Desde la antigüedad la barca simboliza a la Iglesia. Es una nave frágil, amenazada por la tempestad. La comunidad a la que Mateo escribe padece la cruel persecución del judaísmo farisaico. Pero trascendiendo la circunstancia histórica, está claro que la travesía de la Iglesia no va a ser fácil. El mar y el agua simbolizan el poder del mal y las tinieblas. El mar que surca la nave de Cristo no siempre es apacible, sino agitado por tempestades, crisis y dificultades, que ponen a prueba la fe de los discípulos. 

Jesús, sin embargo, duerme tranquilo, por encima de las vicisitudes de la historia. Los discípulos fijan sus ojos en él. ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! La barca agitada y los discípulos atemorizados: la Iglesia es comunidad de débiles y pecadores. Asistida por el Espíritu, sufre sin embargo la inseguridad humana ante el pecado y los escándalos, ante los peligros de las persecuciones y ante los cambios que le vienen impuestos o que juzga necesario hacer. En tales circunstancias, la Iglesia se siente llamada a examinarse y a reconocer sus deficiencias, por las que el Señor le puede dirigir hoy el mismo reproche: ¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe? Las palabras de Jesús no causan desaliento. Si la Iglesia las acoge, puede salir fortalecida de las pruebas. El poder del Señor puede restablecer la paz. El Señor ordenó a los vientos y al mar y se hizo una gran bonanza. Conviene advertir que la calma que aporta Jesús no es sólo individual, un consuelo privado, sino una experiencia de la comunidad, que se ve fortalecida en su fe, esperanza y amor para cumplir sin miedos la tarea evangélica. 

El pasaje concluye de manera un tanto abrupta: Aparecen unos hombres, que no son los discípulos, una vez calmada la tempestad. No saben quién es Jesús, pero se preguntan sobre su origen. Los discípulos sí saben quién es y lo han invocado como Señor. El evangelio no juzga a los ignorantes. Vienen a ser los que reciben la Palabra transmitida por la comunidad y van de asombro en asombro, abriéndose al conocimiento del Señor. 

Jesucristo resucitado auxilia con su fuerza al que vacila en su fe. Las crisis y problemas ponen a prueba la fe, pero son oportunidades para reconocer la necesidad de salvación y salir fortalecidos. La falta de visión y el sentir inseguridad y miedo es propio del camino de la fe. La compañía del Señor permite restablecer la paz –personal e institucional– con el predominio de la recta razón que discierne y de la confianza que brota de la fe.