sábado, 4 de abril de 2026

Las mujeres ante el sepulcro (Mt 28, 1-10) – Vigilia pascual

 P. Carlos Cardó SJ

La resurrección, fresco de Fra Angelico (1440 – 1441), Museo del Convento de San Marcos, Florencia, Italia

Pasado el sábado, al aclarar el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a visitar el sepulcro. De repente se produjo un violento temblor: el Ángel del Señor bajó del cielo, se dirigió al sepulcro, hizo rodar la piedra de la entrada y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y sus ropas blancas como la nieve.
Al ver al Ángel, los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos.
El Ángel dijo a las mujeres: «Ustedes no tienen por qué temer. Yo sé que buscan a Jesús, que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, tal como lo había anunciado. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto, pero vuelvan en seguida y digan a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y ya se les adelanta camino a Galilea. Allí lo verán ustedes. Con esto ya se lo dije todo».
Ellas se fueron al instante del sepulcro, con temor, pero con una alegría inmensa a la vez, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos.
En eso Jesús les salió al encuentro en el camino y les dijo: «Paz a ustedes».
Las mujeres se acercaron, se abrazaron a sus pies y lo adoraron.
Jesús les dijo en seguida: «No tengan miedo. Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán». 

Celebramos la Resurrección del Señor. La Iglesia canta la alegría de esta noche “inundada de tanta claridad”. Todo lo que creemos, amamos y esperamos tiene su origen y fundamento en la Pascua del Señor. Es el triunfo del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, que, rotas las cadenas de la muerte, es atraído por Dios, su Padre, a su mismo nivel de existencia divina, desde donde nos asegura también a nosotros el logro feliz de nuestro destino: la realización de lo que anhelamos, la liberación del pecado, del dolor y de la muerte, la unión con él hasta participar de su misma vida divina. 

La resurrección fundamenta nuestra esperanza y nos da motivos para seguir esperando en toda circunstancia, seguros de que si Cristo resucitó también nosotros resucitaremos. Por eso no nos afligimos como los que no tienen esperanza (1 Tes 4,13), aunque vivimos en un mundo que, al igual que en tiempos de Jesús y de los primeros cristianos, encuentre tantas “razones” (¡sinrazones!) para creer que la muerte es lo único que pone fin a tantos males, echando por la borda al mismo tiempo toda esperanza. Siempre la resurrección ha suscitado incredulidad e incluso burla (Hech 17,32; 26,24). No es una teoría ni se deduce de datos humanos. Es verdad de fe que ilumina la mente, el corazón y la voluntad de quienes acogen el evangelio y se confían al poder de Dios. 

El texto de Mateo habla de las mujeres que, en compañía de la Madre del Crucificado, habían presenciado los dolorosos sucesos del viernes santo y, movidas por el amor que busca la presencia del ser querido, son las primeras testigos de la victoria de su Señor. Por eso, ellas reciben el encargo de transmitir a los discípulos, que abandonaron a Jesús, la buena noticia y la orden de reunirse en Galilea donde él los espera, como les había anunciado. 

Mateo hace ver también las repercusiones cósmicas de la resurrección del Señor: la tierra se retuerce como con dolores de mujer en parto y la oscuridad de la tumba resplandece con el fulgor del anuncio de la vida que triunfa: se instauran los cielos nuevos y la tierra nueva. Las dudas y temores ceden paso a la alegría que saca del lugar de la tumba y envía al espacio de la fraternidad, en donde el Resucitado se hace presente. 

La resurrección envía de nuevo a Cristo al mundo y manda a sus amigos a encontrarlo en la vida de todos los días. Hay que ponerse en camino e ir a comunicar la buena noticia; hay que volver adonde él se manifiesta. Regresen a sus labores, a sus familias, a su entorno, a su barrio, a su propia Galilea, allí donde se encuentran los abatidos y los pobres, que saben de las preferencias de Jesús. Toda la vida cristiana es envío, misión. Todo el evangelio tiende a la misión hacia los hermanos. Ahí realizamos nuestra vocación de hijos y estamos con él, que no nos abandona nunca. 

No sabríamos qué es la Pascua, ni tendríamos la experiencia de los testigos de la resurrección, si sólo quisiéramos recuperar un cadáver, que nos dejaría como antes, encerrados en nuestro egoísmo, vencidos por la maldad y la injusticia de quienes han pretendido dar muerte a la Vida. 

Proclamemos su Triunfo. Vivamos la alegría del Santo y Feliz Jesucristo. Digamos con las mujeres: Va por delante de nosotros, señalando el camino. Lo verán en Galilea, en todos esos espacios en los que él quiere ser amado, seguido y servido. 

La vida atraviesa la muerte y empieza para nosotros una nueva vida.

viernes, 3 de abril de 2026

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan - Viernes Santo (Jn 18,1-19,42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Flagelación de Cristo, óleo sobre lienzo de Michelangelo da Caravaggio (1607), Museo Nacional de Capodimonte, Nápoles, Italia

En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos.
Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: "¿A quién buscan?".
Le contestaron: "A Jesús, el nazareno".
Les dijo Jesús: "Yo soy".
Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles 'Yo soy', retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar: "¿A quién buscan?".
Ellos dijeron: "A Jesús, el nazareno".
Jesús contestó: "Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan".
Así se cumplió lo que Jesús había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me diste". Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Maleo. Dijo entonces Jesús a Pedro: "Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?".
El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: 'Conviene que muera un solo hombre por el pueblo'.
Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: "¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?".
Él dijo: "No lo soy".
Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: "Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho".
Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: "¿Así contestas al sumo sacerdote?".
Jesús le respondió: "Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?".
Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también uno de sus discípulos?".
Él lo negó diciendo: "No lo soy".
Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿Qué no te vi yo con él en el huerto?".
Pedro volvió a negarlo y en seguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio: Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua. Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: ¿De qué acusan a este hombre?".
Le contestaron: "Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído".
Pilato les dijo: "Pues llévenselo y júzguenlo según su ley".
Los judíos le respondieron: "No estamos autorizados para dar muerte a nadie".
Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: "¿Eres tú el rey de los judíos?".
Jesús le contestó: "¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?".
Pilato le respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?".
Jesús le contestó: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí".
Pilato le dijo: "¿Conque tú eres rey?".
Jesús le contestó: "Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz".
Pilato le dijo: “¿Y qué es la verdad?".
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: "No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?".
Pero todos ellos gritaron: "¡No, a ése no! ¡A Barrabás!". (El tal Barrabás era un bandido).
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían: "¡Viva el rey de los judíos!", y le daban de bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo: "Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa".
Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: "Aquí está el hombre".
Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron: "¡Crucificalo, crucificalo!".
Pilato les dijo: "Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él".
Los judíos le contestaron: "Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios".
Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: "¿De dónde eres tú?". Pero Jesús no le respondió.
Pilato le dijo entonces: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?".
Jesús le contestó: "No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor".
Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: "¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César".
Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: "Aquí tienen a su rey".
Ellos gritaron: "¡Fuera, fuera!” ¡Crucificalo!".
Pilato les dijo: “¿A su rey voy a crucificar?".
Contestaron los sumos sacerdotes: "No tenemos más rey que el César".
Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús y él, cargando con la cruz, se dirigió hacia el sitio llamado "la Calavera" (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: 'Jesús el nazareno, el rey de los judíos'. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: "No escribas: 'El rey de los judíos', sino: Este ha dicho: Soy rey de los judíos '".
Pilato les contestó: "Lo escrito, escrito está".
Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Por eso se dijeron: "No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca".
Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica y eso hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí está tu madre". Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed".
Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: "Todo está cumplido", e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.
El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús. 

El evangelista San Juan presenta la pasión de Jesús como la revelación del amor que triunfa sobre el mal del mundo y la muerte. En Jesús muerto en la cruz, la vieja humanidad, alejada de Dios por el pecado, muere y renace como una nueva humanidad, cuyo destino es el reino de Dios. Esta transformación acompaña toda la narración. La traición y arresto de Jesús en el Huerto de los Olivos, las afrentas en casa del sacerdote Caifás y en el pretorio de Pilato, la tortura de la flagelación, la corona de espinas y el manto púrpura, la proclamación que hace de él Pilato: ¡He ahí al Hombre!, Aquí tienen a su Rey!, todos son preparativos de su entronización. En su cruz se ha escrito su título de rey. Levantado en alto, se cumple lo que había dicho: Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12,32). De este modo la cruz, patíbulo infame, se convierte en el trono del Hijo de Dios, desde el que juzga y derrota a la maldad del mundo (cf. Jn 12,31). San Pablo dirá: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Toda la injusticia y maldad del mundo se concentran para dar muerte al inocente. Todo el amor con que Dios y su Hijo aman al mundo llega hasta el extremo de aceptar este destino y vencer esa misma maldad con el perdón, la bondad y la misericordia. Jesús convierte su muerte de asesinato perverso en ofrenda voluntaria de su cuerpo entregado y de su sangre derramada como la prueba suprema de cuánto es capaz de hacer Dios para que nadie se pierda, para que la maldad no triunfe en ninguno de sus hijos e hijas. Mirando la cruz no podemos dejar de ver ¡cuánto nos ama Dios! 

La pasión y muerte de Jesús son el triunfo del amor. Por eso, Juan nos hace advertir la serie de pequeños y grandes ac­tos del amor misericordioso de Jesús que se suceden durante su pasión. Todo es don en la pasión y muerte del Señor: continúa preocupándose por los suyos y pide que lo arresten a él solo, confía su madre al discípulo... Y, con la convicción de haber realizado plenamente la misión que el Padre le ha encomendado, inclina la cabeza y nos da el Espíritu. Finalmente, de su costado traspasado por la lanza, sale sangre y agua, signos de la Iglesia ahí representada en el agua del bautismo y la sangre de la eucaristía. La sobreabundancia de mal es cambiada por el amor del Padre, por Jesús y con el Espíritu, en sobreabundancia de bien. 

Se nos invita, pues, a contemplar la cruz del Señor y admirarnos del amor de Dios por la humanidad, por cada ser humano en concreto, por ti, por mí. Se nos invita a creer en el valor de la vida humana que ha sido amada por Dios hasta este punto. Se nos invita a mirar el Corazón traspasado de Cristo –Mirarán al que atravesaron para que sea él quien marque la dirección y sentido del camino por donde se alcanza la vida verdadera: camino del amor que mueve a amar como somos amados. Así nos haremos fuertes para llevar nuestra cruz, como Jesús llevó la suya, para hacer de ella una ocasión recóndita de entrega y ofrecimiento. 

Con estos sentimientos, adoremos la cruz salvadora. Contemplemos al Señor levantado a lo alto y supliquémosle que nos mire como miró a su bendita madre o al discípulo al que tanto quería y digámosle:

«Acuérdate de mí, Señor, con misericordia, no recuerdes mis pecados, sino piensa en tu cruz; acuérdate del amor con que me amaste hasta dar tu vida por mí; acuérdate en el último día de que durante mi vida yo sentí tus sentimientos y compartí tus sufrimientos con mi propia cruz a tu lado. Acuérdate entonces de mí y haz que yo ahora me acuerde de ti» (San Henry Newman).

jueves, 2 de abril de 2026

Jesús lava los pies a sus discípulos - Jueves Santo (Jn 13, 1-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo lava los pies de los apóstoles, óleo sobre lienzo de Dirck van Baburen (1616), Gemäldegalerie, Berlín, Alemania

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: "Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?" Jesús le replicó: "Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde". Pedro le dijo: "Tú no me lavarás los pies jamás". Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". Entonces le dijo Simón Pedro: "En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza". Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos". Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: 'No todos están limpios'.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan". 

Es la víspera de su pasión. Jesús entra en ella consciente y voluntariamente. Quiere hacer de su muerte en cruz la expresión máxima de su amor por nosotros: Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo. Sabe que va a ser traicionado, abandonado y condenado a muerte injustamente. Quiere anticipar estos acontecimientos en su Cena para preparar el ánimo de sus discípulos y recordarles lo que ha sido la clave de su vida: que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida. Por eso les lava los pies, en un gesto propio de esclavos que prefigura su próxima muerte en la cruz. Por eso transforma la cena pascual judía en el don de su amor y en el sello de un nuevo pacto de Dios con nosotros, que nada podrá romper. 

En la Cena que Jesús celebra con sus discípulos cambia los sacrificios que ofrecían los judíos –el cordero inmolado, los panes sin levadura, las hierbas amargas–, por la comida de su propio cuerpo con la sangre salvadora. En el simple acto de partir el pan y beber una copa de vino, y en las sencillas palabras: Esto es mi cuerpo..., mi sangre, se concentra todo lo que Jesús es y todo lo que nos da. Ahí está simbólicamente expresada la prueba máxima de su amor: el sacrificio de su vida y su glorificación. 

La Iglesia, reunida allí en el Cenáculo, recibe este gesto del Señor como un mandato. Hagan esto en memoria mía. Por eso, desde aquella noche los cristianos nos reunimos en la eucaristía, conscientes de que cada vez que comemos juntos el pan y bebemos la copa anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y expresamos nuestro anhelo más profundo: ¡Ven Señor, Jesús! La Iglesia sabe que la Eucaristía condensa todo lo que ella es y todo lo que ella cree; por eso, la Eucaristía es norma de vida del cristiano y de la comunidad. 

Por todo esto no debemos olvidar que lo que Jesús hizo en su Ultima Cena no fue un simple rito, una ceremonia, una representación. No tiene sentido celebrar la Eucaristía como un simple rito obligatorio, sin hacer de nuestra vida una memoria viva de su amor por nosotros. Toda la vida ha de hacerse “eucaristía”, comunión con Dios en Cristo y comunión entre nosotros, acción de gracias por los bienes que Dios nos da y que debemos repartir entre nosotros, servicio generoso regido por el mandamiento nuevo del amor. Esto es lo que nos mandó hacer Jesús cuando, después de lavar los pies de sus discípulos y después de partir el pan y ofrecer el cáliz, les dijo ¡Hagan esto! 

En la Eucaristía, el mismo Jesús se nos da como alimento. Tomen, coman, esto es mi cuerpo. La comunión es un encuentro entre dos personas, es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con Aquel que recibimos. Asimismo, el comulgar con Cristo es comulgar con todos sus miembros, de los que él es la cabeza, es vivir el ideal al que tendían las primeras comunidades cristianas que, junto con el compartir un mismo pan y una misma copa, lo tenían todo en común y se unían entre sí formando solo corazón y una sola alma. Por eso no se puede separar lo que Jesús ha unido: el “sacramento del altar” y el “sacramento del hermano”. 

Jesús, el amigo que va a morir, se despide de sus seres queridos. Impresionan los sentimientos de Jesús al lavarles los pies a los discípulos e instituir la Eucaristía, las palabras que les dice, las recomendaciones últimas que les da y su oración por ellos. No quiere dejarlos tristes; les promete el Espíritu Consolador. No quiere dejarlos solos, pues sabe que los expone a la tentación: les deja su cuerpo como alimento y como signo eficaz de su presencia real entre ellos: No es posible imaginar una unión mayor y más estrecha.

miércoles, 1 de abril de 2026

Cena pascual y anuncio de la traición – Miércoles Santo (Mt 26, 14-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

La traición de Judas, óleo sobre lienzo de Carl Bloch (1875) capilla del castillo de Frederiksborg, Hillerød, Dinamarca

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?" Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselos. El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?" El respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: `El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa'.
Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme". Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?" Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido". Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo Maestro?"
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho". 

Con la traición de Judas, uno de los más íntimos de Jesús, el evangelista Mateo acentúa la atroz oscuridad en que va a desarrollarse la historia de la pasión del Señor. Es verdad que deja constancia de que todo iba a suceder conforme lo había ya predicho Jesús y de acuerdo a un designio de Dios (26, ls); sabe también, cuando escribe su evangelio, que de la oscuridad de la pasión brotará la luz de la resurrección, (16, 21; 17,23; 20, 19), pero lo que nos narra mantiene todo el carácter enigmático, sobrecogedor y nunca dominable del todo que tuvieron los acontecimientos de la pasión y muerte del Señor para los primeros testigos. 

Jesús, había anunciado que el Hijo del hombre dentro de dos días iba a ser entregado e iba a sufrir muerte de cruz (26, 2). Ahora asegura que ha llegado ya «la hora» (26, 45s), «su tiempo». Habla de ello con toda conciencia, empeñándose a sí mismo, y como quien se ha determinado a dar cumplimiento a la obra que se le ha encomendado. No va pasivamente. El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos, había dicho claramente (Mt 20,28) Y en el evangelio de Juan es más enfático aún: A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo poder para darla y para recuperarla (Jn 10,18). 

Este señorío personal y determinación con que procede Jesús se muestra también en la orden que da a continuación a sus discípulos para que preparen su cena pascual y en la forma como dispone de la casa de un desconocido de Jerusalén para celebrarla. Los discípulos obedecen. Consciente o inconscientemente, realizan lo propio del discípulo que es cumplir lo que el Maestro les dice o lo propio de los familiares de Jesús que es cumplir la voluntad de su Padre que está en los cielos (12, 50). 

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Cae la noche del poder del mal y de la tiniebla. Y Jesús anuncia que uno de sus discípulos lo va a entregar. El clima se ensombrece aún más por el desánimo y la tristeza que embarga a los discípulos. Consternados, uno a uno le preguntan: ¿Acaso soy yo, Señor? Nunca han pensado una cosa así y, naturalmente esperan una respuesta negativa. Pero la situación es tan dramática que los ha puesto inseguros. El cristiano puede identificar dentro de sí la inseguridad que sienten los discípulos y puede ver reflejadas en su pregunta sus propias inquietudes sobre la baja calidad de su relación con Jesús, sobre sus incoherencias y la posibilidad de traicionar al Señor por la inestable fragilidad de la naturaleza humana. No hay razón para identificarse con el Iscariote, pero es indudable que su siniestra figura habla de la realidad que nos cuesta admitir: el pecado del mundo que actúa en nosotros. 

De ese mundo nos salva el Señor. Y quiere salvar a su discípulo. Es impresionante el modo como Jesús trata a Judas. No lo avergüenza, no profiere contra él insulto alguno ni lo censura abierta y drásticamente. Se limita simplemente a decirle: Tú lo has dicho. No es una expresión agresiva, es una afirmación confirmatoria que encierra tal vez una amonestación indulgente, como esperando que se arrepienta. Pero la distancia está trazada, la separación se ha consumado. El amor de Jesús por su discípulo no se contradice con la calificación del pecado de Judas. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría no haber nacido! 

Mateo, a diferencia de Juan, no dice si Judas salió inmediatamente de la sala, pero se supone. Volverá aparecer en el Huerto de los Olivos para entregar con un beso al Señor.