viernes, 14 de agosto de 2026

El Matrimonio (Mt 19, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Boda en el pueblo, óleo sobre lienzo de Sir Samuel Luke Fildes (1883), colección privada.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerle una trampa, le preguntaron: "¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?".
Jesús les respondió: "¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer?, y dijo: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola carne” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".
Pero ellos replicaron: "Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?".
Jesús les contestó: "Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio".
Entonces le dijeron sus discípulos: "Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse".
Pero Jesús les dijo: "No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo". 

Para la antropología cristiana, la sexualidad humana no es un simple instinto de conservación de la especie ni una pulsión que tiende únicamente a la consecución de un placer. La sexualidad es el campo de la realización de la persona, en la que ésta, como hombre o mujer, expresa y realiza su ser social, llamado a establecer una relación de amor y mutua pertenencia, que los hace capaces de desear y sostener juntos una vida estructurada. En la unión del hombre y de la mujer se afirma la destinación del ser humano a desarrollar su existencia en el encuentro y la relación, no en la soledad y el aislamiento. Por eso, cuando un hombre y una mujer deciden unirse para siempre, el amor de entrega y de servicio mutuo se les abre como la verdad y el sentido de sus vidas. Porque cuando nos unimos, somos libres; cuando nos acogemos, somos más dueños de nosotros mismos, más humanos. 

Los fariseos le preguntan a Jesús sobre la licitud del divorcio que Moisés permitió para el caso del hombre a quien su mujer dejara de gustarle por haber encontrado en ella algo vergonzoso, a condición de que se le diera a la mujer un documento que le permitiera volver a casarse. La respuesta que da Jesús a esta cuestión va dirigida de manera mucho más amplia al ordenamiento de la sexualidad humana. Lo hace con dos argumentos. En primer lugar, dice que Moisés permitió el divorcio por la “dureza del corazón” del pueblo, que impedía comprender el plan divino y sus preceptos. Jesús critica la actitud de querer quedarse en lo que señala la ley y no aspirar a niveles más altos de obediencia a Dios. En segundo lugar, apela a lo que dice el libro del Génesis que es anterior y de mayor autoridad que la norma mosaica que vino después y es de menor autoridad. Lo que Dios quiso al principio era que el hombre y la mujer se unieran tan íntimamente que formaran una sola carne, expresión hebrea para decir: un solo ser. El repudiar a la esposa fue un añadido posterior, que no concuerda con el plan original del Creador y que surgió en Israel por conveniencias humanas egoístas. 

Jesús aparece, pues, como garante de la estabilidad de la pareja y de la igualdad del hombre y de la mujer. Ambos están llamados a formar una sola carne, una peculiar “unidad de los dos”, que manteniéndolos libres, autónomos y diferentes, los hace pertenecerse el uno al otro y vivir una existencia hecha de entrega de sí mismos y mutua aceptación. La conclusión: que ninguna autoridad humana separe lo que Dios ha unido, se deduce de la razón anterior. 

La respuesta de Jesús, además, mira a la comunidad. El separarse y casarse con otro lo equipara con el adulterio. Los discípulos le replicaron: Así, mejor es no casarse. Y él añadió: No todos pueden con eso, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede. De modo que los discípulos deben entender que el Señor no los abandona y que lo aparentemente imposible Dios lo hace posible dando su gracia, que eleva y capacita al amor humano. 

Esto supuesto, es evidente que existe el riesgo de la ruptura y que el matrimonio puede naufragar porque la persona puede manifestar incapacidad para amar así. Por eso, el amor, que es fuente de todo buen deseo y causa de las mayores alegrías, puede ser también origen de los mayores temores y sufrimientos. Pero la conclusión no puede ser no casarse o casarse hasta ver qué pasa… Con mentalidad divorcista no se puede contraer matrimonio válido. Casarse pensando en mantenerse unidos mientras se quieran, es partir de una idea del amor muy diferente a la del amor cristiano, del que dice Pablo que no pasa nunca, porque perdona y se rehace (1Cor 13, 7-8). No se puede considerar como lo “normal” un amor que deja abierta la puerta a abandonos y rupturas, variables y sucedáneos. En el fondo de esto late una mentalidad pesimista y amargada que desconfía de la capacidad de la persona para rehacerse y no cree en compromisos estables y definitivos. Esta mentalidad ignora la fuerza de la gracia y por eso se ve la indisolubilidad como una dura ley. Pero no es ley sino evangelio: la buena noticia de que la gracia de Dios es capaz de transformar el egoísmo en mutua aceptación, los límites del otro en diálogo y comprensión, las frustraciones en sano realismo que, a falta de lo ideal, se aferra a lo posible, lo disfruta verdaderamente y no desespera jamás. 

Por eso, no basta con proclamar la prohibición del divorcio; sin formación eso no conduce a nada. Es urgente dar a los jóvenes una formación que los capacite para la admiración de la belleza y para sostener con fortaleza las condiciones necesarias de la unión matrimonial en una sociedad fragmentada que tiende a desunir. La formación para el manejo de los sentimientos, que capacita para asumir frustraciones, es parte esencial de la educación del adulto. 

La Iglesia no puede dejar de transmitir las palabras de su Señor. Sería infiel. No nos puede recortar el horizonte de la generosidad. Por eso, ella anuncia la buena noticia de que somos capaces de aspirar a lo alto y de darle a este mundo roto el testimonio de un amor capaz de superar las crisis.

jueves, 13 de agosto de 2026

El perdón (Mt 18, 21-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

La parábola de toda clase de perdón, óleo sobre lienzo de James Eckford Lauder (1847), Galería de Arte Walker, Liverpool, Reino Unido

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".
Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán. 

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola. 

La parábola contrapone la magnanimidad del señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda. 

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor y “nos encomendó el universo entero para que sirviéndole a él domináramos lo creado; y cuando por desobediencia perdimos su amistad no nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que lo encuentre el que lo busca”. Y en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó en su cruz todos nuestros pecados. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido. 

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una humana convivencia en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión. 

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza. 

¡Pero es de justicia!, se suele argüir. En efecto, lo es, pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló del perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos. 

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre  podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.

miércoles, 12 de agosto de 2026

La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Marta reprende a su hermana María Magdalena, óleo sobre lienzo de autor anónimo (presumiblemente femenino), (siglo XVII), Museo Smithsonian de Arte Americano, Washington DC, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano".
"Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo".
"Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". 

Somos conscientes de vivir en una época en la que se fomenta el individualismo. Una tendencia extendida lleva a subrayar más los derechos (del individuo) que los deberes (del ciudadano), y a resolver la tensión entre libertad y responsabilidad, apostando simplemente por “mi” libertad. Asimismo, la afirmación absoluta del individuo hace olvidar muchas veces a los otros, de tal modo que se llega a interpretar la tolerancia y el respeto al otro como no meterse con nadie, o como indiferencia y desinterés por la vida otro. Pero ya los primeros diálogos de Dios con el hombre en la Escritura nos plantean la pregunta: ¿Dónde está tu hermano Abel? No sé; ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Pero el otro es un “hermano”, de tu sangre, de tu casa. Eres responsable de él. 

Jesús hace conscientes a sus discípulos de un hecho que será inevitable: dentro de su comunidad habrá fricciones, ofensas, infidelidades y perjuicios. La Iglesia es pueblo de Dios en marcha…, comunidad santa y pecadora, necesitada de continua purificación. A pesar de los pecados de sus miembros, el Espíritu del Señor está siempre en ella. Y por eso no renuncia al Evangelio como norma de vida y no puede tolerar que los errores y pecados se conviertan en normas habituales de conducta; eso sería su muerte. Además, por el hecho de pertenecer a la familia humana, a todos nos atañe una responsabilidad pública frente a las conductas que dañan a la comunidad. Era el deber que sentía el profeta: Si tú no hablas, poniendo en guardia al que ha hecho mal para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su suerte (Ez 33, 8). Naturalmente no se trata de erigirnos en jueces de los demás; en muchas otras ocasiones el mismo Jesús reprueba esta actitud. Se trata de ganar a tu hermano, restablecerlo, curar el cuerpo herido, y aspirar a un modelo social y eclesial de inclusión, no de exclusión de los indeseados. 

Por eso, en el cristianismo, la corrección del hermano que ha pecado o cometido un error es signo y expresión del amor. El otro es reconocido siempre como es, con sus limitaciones; no es juzgado si se equivoca, se le absuelve si es culpable, se le busca si anda por el mal camino y se le perdona si peca. 

Sin aceptación, no es posible la corrección. Siempre es imprescindible escuchar al otro. Sólo así podrá aceptar lo que se le diga, y no lo sentirá como una agresión. La corrección del hermano se hace sin violencia, no por venganza ni por rencor. Porque amas a tu hermano como a ti mismo, lo corriges para no cargarte de un pecado de omisión con respecto a él. Es un miembro enfermo, se siente dolor por él, se busca curarlo porque es parte del mismo cuerpo. Buscar al que está perdido es la expresión más alta de la misericordia. 

Así, desde el amor responsable se puede entender el procedimiento que el evangelio sugiere para recuperar al hermano:
- Primero se le habla en privado, con discreción y respeto, no en público como pedía la ley judía (Lev 19). Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
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Segundo, si el diálogo no surte efecto, se busca la ayuda de otro o de otros hermanos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
- Y si aun esta medida fracasa, se apela a la comunidad. La comunidad (ecclesia) es mediación y sacramento de Dios, a quien finalmente corresponde el juicio. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
 

Queda claro entonces que Jesús nos invita no solamente a reconciliarnos con el hermano, sino a procurar llevarlo a conversión. Y esto exige siempre rectitud en el hablar para llamar mal a lo que está mal y bien a lo que está bien. La verdad es un servicio de caridad. Corregir el mal proceder de mi prójimo no significa excluirlo, no es tratarlo sin consideración ni dejar de comprenderlo. Jesús vino justamente a llamar y salvar lo que estaba perdido. 

El evangelio propone un modelo de comunidad en el que sus miembros se sienten corresponsables unos de otros. Sólo cuando existen relaciones personalizadas adquiere sentido la corrección fraterna. Sólo entonces es posible el acuerdo, que consolida la unión fraterna. Entonces ocurrirá lo que dijo Jesús: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo (Mt 18, 20).

martes, 11 de agosto de 2026

Hacerse niños… (Mt 18, 1-5.10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo bendiciendo a los niños, óleo sobre lienzo de Benjamin Haydon (1837), Galería de Arte Walker, Liverpool, Inglaterra

En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el reino de Dios?”.
Él llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande en el reino de Dios. Y el que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Pues les digo que sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre del cielo. ¿Qué les parece?”. 

Jesús establece con estas palabras un criterio que determina la calidad de las personas. Uno se hace grande cuando se hace como los niños. ¿Pero qué significa esto? Para nosotros, niño significa ternura, inocencia, sencillez, espontaneidad; para los griegos, niños eran también los siervos, los esclavos, los cautivos; y para los hebreos, el niño –al igual que la madre– era propiedad del varón, no contaba, no tenía derechos propios. Siempre y en todas partes, niño es el que tiene necesidad de todo y es lo que los otros le hacen ser. Existe si hay alguien que lo toma bajo su cuidado y pertenencia. 

Esto supuesto, lo que nos quiere decir Jesús es que, en vez de andar en la vida como “los grandes” que se satisfacen a sí mismos, creyendo no deber nada a nadie ni tener necesidad de nadie, podemos renacer, volver a hacernos niños (Jn 3,1ss) para alcanzar nuestra condición más auténtica, la propia del hijo que, en su dependencia de Dios, su Padre, halla su capacidad de crecimiento, libertad y autonomía. 

Este adulto convertido en niño se siente acogido y acoge, sabe que todo lo ha recibido por gracia y que debe dar gratis lo que gratis ha recibido. Sabe que no se ha dado la vida a sí mismo y que puede perderla, sabe que puede vivirla disfrutándola para sí solo o entregarla al servicio de los otros. Sabe, en fin, que en todo momento puede abandonarse en brazos de su padre, porque el resultado final no dependerá sólo de él sino de Dios. Este abandono confiado en Dios, lo expresa gráficamente el Salmo 131: Señor, mi corazón no es soberbio ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos: como un niño en brazos de su madre. Con esta quietud interior se desenvuelve en toda circunstancia de su vida. 

No se trata ya de la primera infancia, sino de aquella que es propia del adulto que ejercita su libertad. Es como la inocencia recuperada. A esta “infancia espiritual”, costosa en verdad, se refería Jesús cuando bendecía a los niños y prometía el reino de los cielos, a los que se asemejan a ellos. Son los que pueden tratar con Dios con entera confianza y llamarlo Abba, padre. 

Así, pues, el hacerse niño no tiene nada que ver con el infantilismo, fruto de una mala educación de los instintos, tendencias y afectos. Infantil es el insatisfecho, que no hace más que buscar satisfacer su ansia de ser acogido, nutrido, sostenido. Infantil es el que se aferra a los demás y a las cosas, exige, demanda y manipula, pero sin corresponder y, en definitiva, sin poder valerse por sus propios medios. El niño del evangelio, en cambio, tiene como modelo de inspiración la personalidad de Jesucristo, el hombre libre. 

A continuación, Jesús se refiere en términos sumamente graves y severos al escándalo que pisotea la ley del amor, lastima gravísimamente la inocencia de los pequeños, induce a la pérdida de la fe y al abandono de la Iglesia. Llevar a pecar o abusar de un niño o una persona vulnerable o indefensa, tiene consecuencias incalculables en la persona de la víctima, en la sociedad y en la Iglesia. Los niños, las personas vulnerables y la gente sencilla creen ya en Dios, pero las acciones y conducta de los mayores (sobre todo, cuando se cometen aprovechándose de la superioridad que se tiene sobre ellos) pueden hacerles difícil la fe. Nada hay más grave que escandalizar a los pequeños o a los débiles. Por eso, la advertencia de Jesús es tajante: los autores de tales delitos acabarán de manera desastrosa. 

Jesús es realista, sabe que las relaciones humanas pueden deteriorarse a causa de los escándalos aun en la comunidad por él fundada. Su advertencia es terminante: ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo! Por eso, además de la pena que se ha de aplicar al culpable, la comunidad debe estar atenta para que estos males no sucedan, y debe mover a sus miembros para que cada cual examine su interior y arranque de sí todo aquello que podría dar origen a posibles ocasiones de escándalo. A la determinación con que se debe actuar apunta Jesús con frases fuertemente expresivas sobre el cortarse la mano, el pie o el ojo si te llevan a pecar…, lo cual no significa obviamente mutilarse, sino optar firme y deliberadamente por la lealtad y la transparencia intachable. 

Jesús se identifica con los pequeños de este mundo. La parábola de la oveja que se pierde y su dueño sale en su busca dejando las noventa y nueve que están bien, nos habla de la ternura de Dios-Padre, que se duele de las ovejas de su pueblo, maltratadas y abandonadas por sus pastores. Dios, que reivindica para sí el título de pastor auténtico y lleno de cariño, se realiza históricamente en Jesús, buen pastor de su pueblo y de la humanidad. Se subraya el valor que tiene para Dios la vida de sus hijos y de manera especial su cercanía y misericordia para con los perdidos. Asimismo, al referirse al comportamiento propio de Dios, Jesús demuestra que hace bien él al buscar a los publicanos y pecadores, a los excluidos y perdidos de este mundo. Dios no quiere que se pierda ni uno solo.