jueves, 16 de julio de 2026

¡Vengan a mí los cansados y agobiados! (Mt, 11, 28-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Huérfanos, óleo sobre lienzo de Thomas Kennington (1885) Museo Tate (Galería Nacional de Arte Británico y Arte Moderno), Londres, Inglaterra

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

miércoles, 15 de julio de 2026

Bendito seas Padre (Mt, 11, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Oración de Cristo en el Huerto de los Olivos, témpera en madera de Andrea Mantegna (1459), Museo de Bellas Artes de Tours (Francia)

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer». 

Este trozo del evangelio de San Mateo es uno de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. Se le conoce como el grito de júbilo de Jesús (11,25-27) y hay quienes afirman que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. 

El texto hace referencia a una típica oración de Jesús. Lo central en ella es el apelativo Abba, Padre, con que Jesús se dirige a Dios. Expresa afecto, cariño, intimidad, y deja ver que Jesús se entiende a sí mismo en relación de hijo a padre con Dios. Es palabra aramea, tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha; el niño (y también el adulto) la dice por el gozo y confianza que la presencia de su padre le causa. Con ella Jesús designa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que nadie antes había imaginado. Así lo siente y así lo ha integrado en su autoconciencia. Y como se trata de la experiencia afectiva más básica y profunda de un ser humano, se puede decir que la palabra Abba no se refiere al padre poniendo de lado a la madre (como opuesta o inferior a él) sino a un padre que ama con amor maternal, como aquel que más cerca está del niño por su afecto. 

La palabra Abbá dirigida a Dios es central en la fe cristiana. Dios es para nosotros ternura de máxima intimidad, sin dejar por ello de ser al mismo tiempo el Dios altísimo, Señor del cielo y de la tierra. Dios es más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, padre y madre. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado, pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos, pero no de Dios. 

Jesús se alegra de que el amor del Padre se ha revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo o hija de Dios. Dios ha querido hacernos hijos suyos (Ef 1, 5), así nos ha amado (1 Jn 3,1), y esta condición nuestra la vivimos por el Espíritu que nos hace llamar Abba a Dios. Este Espíritu, dice también San Pablo, viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inexpresables (Rom 8, 26).

martes, 14 de julio de 2026

Vayan por todo el mundo (Mc 16, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

La ascensión, témpera en vitela publicada en Las muy ricas horas del Duque de Berry (1440 aprox.), Museo Condé, Chantilly, Francia

Jesús les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos, por su parte, salieron a predicar en todos los lugares. El Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que lo acompañaban.
 

Se trata indudablemente de un texto añadido al evangelio de Marcos en una época muy tardía, quizá hacia la mitad del siglo II. La razón que se da a este añadido es la desazón que causaba a las primeras comunidades el final tan abrupto de Marcos que cierra su evangelio con el miedo y huída de las mujeres del sepulcro vacío (Mc 16, 1-8). Se buscó por eso una prolongación de los relatos que condujeran a un final más adecuado. 

De entre los diversos textos que se escribieron con este fin se escogió éste, por armonizar mejor con la temática general del evangelio de Marcos. Sin embargo, aunque se trate de un añadido, no deja de ser un texto inspirado y canónico, que como tal fue sancionado por el Concilio de Trento. Más aún, varios Santos Padres como Clemente Romano, Basilio, Ireneo lo citan en sus escritos como texto que según ellos no disonaba con el evangelio y contenía innegable valor para la Iglesia. 

El texto refleja las inquietudes y preocupaciones de la primera comunidad cristiana de Roma, en donde fue escrito este evangelio. Son cristianos que no han visto al Señor, pero han llegado a la fe en él por el ejemplo y predicación de los apóstoles y de los primeros testigos. 

Por eso el texto enumera los sucesivos testimonios de la resurrección de Jesucristo aportados a la comunidad. En primer lugar, el de María Magdalena. Se alude a la acción sanante realizada por Jesús en favor de ella, liberándola de siete demonios, es decir, de siete males, siete enfermedades. Luego se subraya el estado de tristeza y llanto en que estaban los discípulos, que no creyeron en el anuncio de Magdalena: al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no le creyeron. Se menciona después la experiencia de los de Emaús y el testimonio que dieron a los demás, y que tampoco fue aceptado. Por último, se refiere la aparición del Resucitado a los Once reunidos en torno a la mesa. Y pone aquí el redactor el envío en misión para anunciar la buena noticia a toda criatura. 

La comunidad aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Su poder salvador se prolonga en ella. 

Una preocupación de la comunidad debió de ser la permanencia y actuación del misterio del mal en el mundo a pesar de la victoria de Cristo Resucitado. Tendrán que abrirse a la fe/confianza en el Cristo vencedor que, no obstante, sigue actuando también por medio de los creyentes, a quienes ha dotado de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo. 

Jesucristo Resucitado es el verdadero fundamento de la fe de la comunidad cristiana y por medio de ella continúa anunciándose y manifestándose el reinado de Dios y la salvación para el que crea y se bautice. 

La ascensión del Señor, presentada según el esquema de glorificación, revela que Jesucristo reina y que extiende su soberanía a todas las naciones de la tierra por medio de la palabra de sus enviados.

lunes, 13 de julio de 2026

Seguimiento radical de Jesús (Mt 10, 34- 11, 1)

 P. Carlos Cardó SJ

Rostro de Cristo, óleo sobre lienzo de Quinten Massys (1529), colección privada, pintura subastada en Shoteby’s

Jesús dijo: "No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra. Cada cual verá a sus familiares volverse enemigos. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará. El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. El que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. Asimismo, el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo".
Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para predicar y enseñar en las ciudades judías. 

Continúan las instrucciones que dio Jesús a sus apóstoles al enviarlos a predicar. Son condiciones muy duras, que no dejan lugar a la mediocridad. La adhesión a su persona ha de ser definitiva y total. 

La primera es una declaración que hace Jesús de su propia misión. Ha venido al mundo como signo de contradicción: ante él la gente se siente llamada a tomar posición por o contra él. Sus enseñanzas unen y dividen. La paz que él trae no es a cualquier precio. Es una paz que enfrenta todas las formas del mal, pero con el arma de su Palabra, que como espada de doble filo penetra y deja al descubierto los pensamientos y las intenciones del corazón, lo que es vida y lo que es muerte (cf Hebr 4,12). 

Viene luego una alusión al Profeta Miqueas (7,6) que refuerza la idea de que su persona puede dividir incluso a los miembros de una familia. Es obvio que Jesús sabe que el amor a la familia es un sagrado mandamiento de Dios (así lo afirma varias veces: 15, 3-6; 19, 19); sin embargo, es consciente también de que quien se decida a vivir conforme a sus enseñanzas podrá experimentar un conflicto entre la lealtad que le debe a él y la que debe a su familia; entonces tendrá que preferirlo a él. Y esto no debía asombrar demasiado a los primeros cristianos pues conocían las enseñanzas de los filósofos estoicos de su tiempo que afirmaban: «el bien debe estimarse más que cualquier parentesco» (Epicteto). Lo que Jesús afirma es que el vínculo de la fe ha de prevalecer sobre cualquier otro vínculo, incluso el de parentesco. El vivir en radicalidad la fe puede acarrear incomprensiones, críticas y rechazos aun de personas muy queridas, que no comparten todos los valores del evangelio. 

Un eco de la fuerza con que el Dios celoso del Antiguo Testamento exigía fidelidad (cf. Ex 20,5; 34,14; Dt 4,24), resuena en las palabras de Jesús. No se le puede poner por debajo de nadie ni de nada. La adhesión a su persona ha de estar por encima. Por tanto, se han de posponer otros bienes y valores, que pueden seguir manteniendo su poder de atracción. El creyente sabe cuál es la prioridad y por eso su opción funda­mental hace que el “valor” Dios, sea el más importante, en torno al cual debe girar toda su vida, y ante el cual todo ha de que­dar relativizado. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí…. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 

No dice que dejemos de amar a nuestros seres queridos, padres, hermanos, hijos... Lo que dice es que quien ama a su padre o a su madre más que a él, no es digno de él. No se le puede amar menos porque ya no sería el Señor, a quien se debe amar con todo el corazón y por encima de todo. Y si se le puede amar así –por encima de todo- es porque él nos amó primero (1 Jn 4, 19) y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20). A su pasión por mí, respondo con mi pasión por él. Así, Cristo viene a ser vida para el creyente, lo más importante del mundo, más que la familia, más que la propia vida. 

Por lo demás, todos sabemos lo que puede ocurrir en las familias cuando uno de sus miembros opta por un cristianismo más auténtico y cambia visiblemente de conducta, o cuando uno siente la vocación a una mayor entrega en la Iglesia, o asume un estilo de vida solidario que le lleva a encaminar su vida profesional más a servir que a ganar dinero. Más aún, el solo hecho de querer obrar con rectitud y honestidad en medio de un país, de una sociedad marcada por la corrupción de las costumbres, puede llevar al cristiano a la encrucijada de tener que optar entre lo que le ofrecen los hombres –que pueden ser incluso personas muy cercanas– y lo que pide Cristo. En tales momentos el cristiano opta por Cristo y lo hace sin dejar en absoluto de amar a los suyos, aun sabiendo que puede quedarse solo, y sólo por la certeza interior de que, en definitiva, no puede haber oposición entre los amores humanos y el amor a Dios. Este cristiano redescubre y engrandece el amor que les tiene a sus seres queridos. Ha aprendido a amarlos en Dios y según Dios, ha aprendido a amarlo todo en Dios y para Dios. 

La exigencia de la cruz, final y resumen de todo, incluye estar listo a dar la vida. No es amar a la cruz por sí misma ni al dolor por el dolor, sino desear imitar y seguir a Jesús hasta donde sea necesario, aun a riesgo de la propia vida. Una entrega así asegura el logro más feliz de la persona antes y después de la muerte. 

El texto termina con un elo­gio de todo aquel que acoge al que va en nombre del Señor, al que es discípulo suyo, aunque sea un pobrecito. Hay una identificación entre los enviados y Jesús que los envía, su ser y su actuar se continúan en ellos: el que a ustedes recibe, a mí recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10,40; cf. Mt 25,31-46). El que dé de beber a uno de estos pobrecitos porque es mi discípulo, no perderá su paga.