viernes, 6 de febrero de 2026

Muerte de Juan Bautista (Mc 6, 14-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

Decapitación de San Juan Bautista, óleo sobre lienzo de Michelangelo Caravaggio (1608), concatedral de San Juan, La Valeta, Malta

El rey Herodes oyó hablar de Jesús, ya que su nombre se había hecho famoso.
Algunos decían: "Este es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él poderes milagrosos". Otros decían: "Es Elías", y otros: "Es un profeta como los antiguos profetas".
Herodes, por su parte, pensaba: "Debe de ser Juan, al que le hice cortar la cabeza, que ha resucitado".

En efecto, Herodes había mandado tomar preso a Juan y lo había encadenado en la cárcel por el asunto de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado. Pues Juan le decía: "No te está permitido tener a la mujer de tu hermano".
Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía, pues Herodes veía que Juan era un hombre justo y santo, y le tenía respeto. Por eso lo protegía, y lo escuchaba con gusto, aunque quedaba muy perplejo al oírlo.
Herodías tuvo su oportunidad cuando Herodes, el día de su cumpleaños, dio un banquete a sus nobles, a sus oficiales y a los personajes principales de Galilea.
En esa ocasión entró la hija de Herodías, bailó y gustó mucho a Herodes y a sus invitados. Entonces el rey dijo a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré". Y le prometió con juramento: "Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Salió ella a consultar a su madre: "¿Qué pido?".
La madre le respondió: "La cabeza de Juan el Bautista".
Inmediatamente corrió a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja".
El rey se sintió muy molesto, pero no quiso negárselo, porque se había comprometido con juramento delante de los invitados. Ordenó, pues, a un verdugo que le trajera la cabeza de Juan. Este fue a la cárcel y le cortó la cabeza.
Luego, trayéndola en una bandeja, se la entregó a la muchacha y ésta se la pasó a su madre. Cuando la noticia llegó a los discípulos de Juan, vinieron a recoger el cuerpo y lo enterraron.
 

La muerte de Juan anticipa la de Jesús. En su martirio, el profeta revela la verdad de la causa a la ha entregado su vida; demuestra que hay valores que valen más que la vida. 

La fama de Jesús se había extendido y el rey Herodes oyó hablar de él. La fe se transmite por la palabra. Pero Herodes no es capaz de alcanzarla: escucha cosas pero no las entiende y queda confundido. Se destaca este rasgo de su personalidad: es un confundido, voluble, influenciable. Le llegan las distintas opiniones que circulan sobre Jesús, y él cavila: ¿será Juan Bautista a quien yo mandé matar? Respetaba a Juan, lo tenía por santo y lo protegía, pero lo que decía lo dejaba confundido, y al final se dejará influenciar por el qué dirán y por su mujer, y lo mandará matar. Pablo hablará de los que ocultan la verdad por las cosas malas que hacen (Rom 1,18). Estas cosas malas en el caso de Herodes son su escandalosa unión con la mujer de su hermano, la opulencia que exhibe en su corte y el despotismo con que gobierna. 

¡No te es lícito tener la mujer de tu hermano!, le había dicho Juan. Por eso Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía. Los corruptos sienten como una amenaza a todo aquel que les hace ver su delito. Al no hallar la forma de desmentir la denuncia, querrán acabar con él, pensando que así quedarán tranquilos. Es lo que quiere Herodías pero no puede porque el rey respeta a Juan. 

La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete. El banquete en la Biblia es uno de los más bellos símbolos de la unión definitiva de Dios con sus hijos. El banquete de Herodes, en cambio, es la fiesta del mundo, en la que la belleza y el placer, representados en la muchacha y en su danza, ya no dan vida sino producen muerte. La mentalidad de Herodes todo lo pervierte. Celebra el aniversario de su nacimiento dando muerte al inocente. Por eso Jesús pondrá en guardia a sus discípulos para que no se dejen contaminar por la levadura de los fariseos y de Herodes (Mc 8, 15), porque esa mentalidad tiene un fuerte impacto social. Se difunde hasta hoy. 

La hija de Herodías bailó y dejó embelesados a Herodes y a los invitados. Pídeme lo que quieras y te lo daré, le dijo el rey, y añadió: Te daré hasta la mitad de mi reino. Movido por el engaño de su torcido corazón, o por inconsciencia o mala voluntad, el hombre se cree obligado a cumplir sus promesas erradas. Es muy común este quedar entrampado el sujeto en sus contradicciones. 

La muchacha, instigada por su madre, le pidió la cabeza del Bautista. La búsqueda desordenada de la propia seguridad, del mantenimiento de la posición adquirida y de los intereses individuales ciega el corazón de las personas y las induce al crimen. El proceder de los tres personajes que focalizan la escena –el rey, la hija y la madre– tipifican los horrores de muerte que causa la corrupción en la sociedad. La joven, sin personalidad, incapaz de decidir por sí misma, encuentra su seguridad en endosarle a la madre la decisión a tomar: ¿qué pido? La madre instrumentaliza pérfidamente a su hija para lograr su cometido de mantener la relación escandalosa con el rey. La ceguera del corazón pone el propio interés por encima de la vida de un inocente. Y el rey, finalmente, queda entrampado en sus propias dependencias: cegado por su sensualidad, que ha quedado incitada por la belleza de la joven, comete la insensatez de prometerle hasta la mitad de su reino; esclavo de su poder y prestigio, no puede desairar a la joven ni dejar de cumplir el juramento hecho ante los convidados; sometido a su mujer, acatará su voluntad asesina a pesar de la tristeza que siente. Queda patéticamente contrapuesta la grandeza de Juan Bautista, que muere por su libertad de palabra y por su fidelidad a la misión recibida, y la bajeza de Herodes y los suyos, cuya falta de conciencia les lleva a pisotear los valores más fundamentales. 

El relato concluye con una nota de piedad, que señala, además, el epílogo de la vida y misión del Bautista: vinieron sus discípulos, recogieron su cuerpo, le dieron sepultura… 

Finalmente puede verse aludido en el pasaje el tema de la ética política que aporta el cristianismo. El cristiano fiel a sus principios nunca podrá dejar de tener una postura crítica frente a las maniobras injustas de los poderosos y las actuaciones corruptas de gobiernos en los que reinan muchas veces la hipocresía, el sometimiento servil al gobernante y las alianzas para delinquir. Muchos, con razón, señalan que el delito de Juan Bautista –que se prolonga en el de muchos cristianos hoy– consistió en no quedarse con la boca cerrada.

jueves, 5 de febrero de 2026

Discurso de misión (Mc 6, 7-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pedro predicando en Pentecostés, óleo sobre lienzo de Benjamín West (1817), Museo y Galería de la Universidad Bon Jones, Greenville, Carolina del Sur, Estados Unidos

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: "Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa."
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. 

Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos. Cada uno de nosotros puede sentirse incluido entre los llamados. La Iglesia, comunidad que Jesús ha reunido en la persona de sus apóstoles y discípulos, y a la que pertenecemos, recibe la misma misión de su Maestro: anunciar con hechos y palabras la presencia del amor de Dios y la certeza de la salvación que esperamos (Evangelii Nuntiandi). 

Otro pasaje del mismo evangelio de Marcos dice que Jesús llamó a los que quiso… para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (3,13-14). No los envía a exponer una vasta y compleja doctrina, sino a transmitir una forma de vida, un modo de proceder. Por eso, las instrucciones que Jesús da a sus discípulos no dicen lo que tendrán que decir, sino cómo deben presentarse para reproducir el modo de ser y de proceder que han aprendido de su Maestro. Este estilo de vida se aprende en el trato con él. 

Y comenzó a enviarlos de dos en dos. Detrás de la costumbre hebrea de ir así cuando se trataba de cumplir una misión, hay un signo que Jesús quiere que transmitan. Él ha venido a reunir un nuevo pueblo de hijos e hijas de Dios. Por eso lo comunitario tiene un valor fundamental en todo su mensaje. Jesús no predicaba nunca en solitario; tampoco quiso que sus discípulos lo hicieran. Sin compañía fraterna, sin colaboración en tareas y proyectos, no se puede anunciar eficazmente el evangelio. 

Dice también el evangelio que Jesús les dio autoridad sobre los espíritus impuros. No se trata de fuerzas o poderes sobrenaturales, contra los cuales nada pueden hacer los hijos de Dios. Los “espíritus” a los que se refiere Jesús tienen que ver con todo lo que engaña, perturba, oprime y empobrece la vida, privándola de libertad, de dignidad, de paz. En este sentido, los discípulos de Jesús se caracterizan por ser personas que combaten contra todo aquello que deshumaniza. Eso son los espíritus inmundos que impiden que los seres humanos se realicen como auténticas personas. Y la autoridad del discípulo está precisamente en enfrentar al mal y vencerlo en nombre de Cristo con la fuerza del Espíritu. 

Les ordenó que no llevaran nada para el camino… La Iglesia como institución y cada uno de sus miembros no pueden poner como valor central de su vida los bienes materiales. Éstos son medios, no fines; y hay que aprender a usarlos o dejarlos tanto cuanto convenga a la realización de los valores del reino de Dios. Cuando se olvida esto, los bienes materiales en vez de ayudar a la tarea evangelizadora, la desvían de sus verdaderos fines, y la labor de la Iglesia se pervierte. El espíritu de gratuidad, que se demuestra en dar gratis lo que gratis se ha recibido, hace que resplandezca más la acción de lo alto. La sencillez de vida, el desinterés por el poder de este mundo, la pobreza evangélica, hacen más creíble la predicación y la acción de la Iglesia. 

Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar. La casa tiene gran importancia en los evangelios sinópticos.  El evangelio de Marcos nos hace ver que Jesús usaba muchas veces las casas en las que se alojaba, tanto para anunciar la buena noticia del Reino con palabras y signos (1,29; 2,1; 3,20; 5,38), como para educar a sus discípulos, aprovechando la intimidad que la casa hace posible (7,17;  9,28; 10,10). En ella les enseña los temas centrales de la fe, que después habrán de transmitir en su misión: la piedad auténtica (7,1ss), la oración y el ayuno (9,1ss) y la relación de pareja (10,1ss), siempre como llamadas a la conversión a una mejor relación con Dios, con el cónyuge, con los semejantes y con las cosas de este mundo. Por eso el cristiano debe considerar su casa como un lugar privilegiado para cumplir la misión de transmitir el evangelio. En la intimidad familiar se crean los lazos afectivos más profundos y resulta factible, más que en ningún otro sitio, crear la fraternidad y encarnar los valores cristianos. En la casa se puede practicar el seguimiento de Jesús en su radicalidad. 

Si en algún lugar no los reciben, váyanse de allí… Jesús invita, no se impone. Los discípulos no pueden obligar a nadie a aceptar el evangelio. Éste se acepta por la fuerza del testimonio y la eficacia de la palabra que promueven el convencimiento interior. Habrá quienes no acepten el mensaje, y contraerán una culpa que sólo Dios conoce con exactitud. Frente a esto, le basta al discípulo manifestar con un gesto demostrativo la ruptura de la comunión: al salir de ese pueblo, sacúdanse el polvo de los pies. 

En este discurso se ve que el cristiano evangeliza humanizando. Los valores del evangelio nos hacen más humanos y mueven a construir un mundo más humano. Porque cree en la eficacia del bien y en las posibilidades de mejorar la calidad de la vida humana, el cristiano apoya todo lo positivo que tiene el mundo de hoy, todas las posibilidades que se ofrecen de encarnar los valores del evangelio en nuestra sociedad.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Jesús rechazado por los suyos (Mc 6, 1-6)

 P. Carlos Cardó SJ 

La sagrada familia, óleo sobre lienzo de János Dónat (1808), Galería Mestská, Bratislava, Eslovaquia

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: "¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?". Y estaban desconcertados.
Pero Jesús les dijo: "Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa".
Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.
Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos. 

En el pasaje anterior (Mc 5, 21-43) vimos el ejemplo de fe dado por la mujer enferma de hemorragias y por el jefe de la sinagoga que tenía a su hija en peligro de muerte. En el pasaje de hoy, en cambio, Jesús no encuentra fe alguna, no puede hacer ningún milagro y expresa la desilusión que le causan sus propios paisanos y parientes: Un profeta sólo es despreciado en su propia tierra, entre sus parientes y entre los suyos. 

El hecho ocurre en la sinagoga de Nazaret, en el pueblo en donde Jesús ha vivido la mayor parte de su vida. Lo rodean sus amigos y familiares que lo conocen desde niño, que lo han visto crecer y actuar entre ellos, pero que a pesar de ello, o precisamente por ello mismo, no creen en él. La incredulidad de “los suyos” los ha llevado incluso a querer llevárselo a casa porque decían que estaba loco (Mc 3, 21). No fueron capaces de ver más allá de lo físico y tangible. Para ellos, Jesús no era más que un simple vecino, un pobre carpintero, “hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón” (6,3), a quienes ellos conocían. 

Conviene señalar que estos “hermanos de Jesús”, que los evangelios y Pablo mencionan, han dado motivo de discusión desde los primeros siglos del cristianismo. San Jerónimo (347-420 d.C.), gran conocedor de las lenguas antiguas y traductor de la Biblia al latín, resolvió el asunto haciendo ver que el significado de hermano, tanto en hebreo como en griego, es muy amplio y abraza también a los primos o parientes cercanos. Así, Abraham llamaba “hermano” a Lot, que era su sobrino. Y Jacob llamaba “hermano” a su tío Labán. Finalmente, los hermanos mencionados en Mc 6, 3 tienen nombres bíblicos de contenido simbólico, que entroncarían a Jesús con el Israel de la antigua alianza: Santiago significa Jacob, padre de las doce tribus; José, es el hijo de Jacob; Judas, es Judá, otro hijo de Jacob; y Simón, o Simeón, también es hijo de Jacob. 

Dice el texto que la multitud estaba asombrada de la sabiduría con que Jesús enseñaba y de su poder para hacer milagros, pero no podían aceptarlo como Mesías. Tenían otra idea de lo que debería ser el Enviado de Dios, que traería la revelación definitiva, y el Salvador de Israel que vendría a restaurar la monarquía de David. 

En el fondo de esta oposición a Jesús está el escándalo que produce la encarnación de Dios. Es lo que, en última instancia, llevará a los fariseos y jefes del pueblo a acusarlo de blasfemo por pretender usurpar el puesto de Dios. Es el escándalo que moverá a sus discípulos a abandonarlo, al verlo entregado por sus jefes y muerto a manos de los paganos. Finalmente, por este mismo escándalo muchos cristianos renegarán de él por querer un Cristo a su gusto y medida. Se puede pertenecer a su grupo y no decidirse a seguirlo, ser de “los suyos” y acabar como Judas. Por eso dijo Jesús que sus verdaderos familiares son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (3,35). 

Desde otra perspectiva se puede ver también una cierta semejanza entre algunas actitudes que se dan hoy en la Iglesia y las de aquella gente de Nazaret. Nada hay más cerca del Señor que la Iglesia; en ella está el Señor y en ella se nos comunica el Espíritu Santo. Sin embargo, en el cristiano individual –cualquiera que sea su rango en la jerarquía– y en enteros grupos de ella, la Iglesia puede actuar hoy como lo hicieron los nazarenos y judíos al reclamar un Mesías a la medida de sus recortadas miras humanas. 

Asimismo, se reproduce esta actitud en quienes, por la idea que tienen de los planes de Dios, se niegan a amar a la Iglesia porque les escandaliza su parte más humana, más pesada, más opaca, que no transparenta el rostro del Señor. Lo que quieren es una Iglesia puro espíritu sin cuerpo, campo de trigo sin cizaña, red que reúne peces de una sola especie, el cielo en la tierra. Así obraron los judíos que se negaron a ver en la “carne” del pequeño carpintero de Nazaret la presencia del Dios con nosotros. En la Iglesia se reproduce a otra escala el misterio de la encarnación. Ella prolonga la sorprendente presencia de Dios a través de lo débil (cf. 1Cor 1, 18-25) y por eso será siempre motivo de extrañeza. Pero es a esta Iglesia, divina y humana de arriba abajo, a la que amamos y procuramos construir, colaborando para que, a partir de su condición de pecadora que Cristo bien conoce –como conocía los pecados de Pedro y de sus apóstoles–, se esfuerce cada día por ser más fiel al Evangelio.

martes, 3 de febrero de 2026

Hija de Jairo y hemorroísa(Mc 5, 21-43)

 P. Carlos Cardó SJ 

Resurrección de la hija de Jairo, óleo sobre lienzo de Edwin Longsden Long (1889), Galería de Arte Victoria, Londres

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: "Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva."
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: "¿Quién me ha tocado el manto?" Los discípulos le contestaron: "Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"" Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido.
La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.
Él le dijo: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud."
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: "Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?".
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: "No temas; basta que tengas fe."
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.
Entró y les dijo: "¿Qué estrépito y qué llantos son éstos? La niña no está muerta, está dormida." Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: "Talitha qumi" (que significa: "Contigo hablo, niña, levántate").
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña. 

Se trata de dos mujeres, que además de la exclusión de que eran objeto en aquella sociedad patriarcal, padecían la impureza que su enfermedad les transmitía a ellas y a quien las tocase. Pero nada de ello fue impedimento para que Jesús las tratara con una solicitud cargada de sentimiento. Sin temer el ser criticado por transgredir normas y prejuicios, Jesús rompió –en éste y en otros casos– con el androcentrismo de su sociedad y mantuvo un trato solidario y liberador con las mujeres y los niños, que no sin motivo buscaban su proximidad. 

La primera mujer del relato lleva 12 años padeciendo una larga enfermedad, que los médicos no han podido curar. En la cultura hebrea la sangre es la vida (Gen 9, 4-5). La mujer pierde sangre, se le va la vida. Representa toda situación crítica de la que el creyente no sabe cómo salir mientras no sienta que la gracia de Dios lo toque y lo sane. La otra mujer es una niña de 12 años, que en Oriente equivale a la edad del noviazgo; pero que está enferma de muerte. Esta niña-mujer, por ser, además, hija de Jairo, jefe de la sinagoga, podría simbolizar al pueblo de Israel, que la Biblia presenta como la esposa de Yahvé. 

Mientras Jesús va a casa de Jairo, aparece en escena la mujer que sufre de hemorragias. Tiene una enfermedad que hacía impura a la mujer desde el punto de vista legal (Lev 15, 19-24) y tenía que permanecer apartada el tiempo que durara su hemorragia porque volvía impuro lo que tocaba. Humillada física y moralmente, la pobre mujer sólo puede acercarse a Jesús desde atrás, sin dejarse ver, sin poder tocar. Experiencias similares pueden darse en el camino de la fe: sucede algo lamentable y la persona se siente alejada, inhabilitada para la vida cristiana. Su fe entonces sólo logra expresarse como el deseo de que Dios la tenga en cuenta, como dice el salmo 80: Vuelve a nosotros tu rostro y seremos salvos. 

¿Quién me ha tocado?, pregunta Jesús, al sentir que la mujer le ha rozado el manto. No es un reproche, es una invitación: la fe interior de la mujer tiene que hacerse pública. Y es lo que hace ella con un gesto cargado de sentimiento: asustada y temblorosa… se postró ante él y le contó toda su verdad. Contarle toda su verdad es poner su vida en manos del Señor, reconocer que no hay nada oculto entre los dos, y dejar que él disponga las cosas según su voluntad. Por eso Jesús, después de tranquilizarla, le dice con afecto: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, estás liberada de tu mal. 

Todavía estaba hablando, cuando vienen a anunciar al jefe de la sinagoga que su hija ha muerto: ¿Para qué seguir molestando al Maestro? Jairo ya había expresado su fe, pero el anuncio que le traen hace que le sobrecoja el miedo a la muerte, la sensación de impotencia frente a lo irremediable. Pero Jesús lo reanima: No tengas miedo, basta con que sigas creyendo. 

Lo que viene después es una predicación en acción sobre el sentido cristiano de la muerte. Jesús le quita dramatismo, le arranca su aguijón (como dice san Pablo en 1Cor 15,55), la reduce a un sueño: la niña no está muerta, está dormida. El mensaje de su victoria sobre la muerte ha de ser comunicado a “los que se afligen como quienes no tienen esperanza” (1 Tes 4,13), y que en el relato aparecen simbolizados en el tumulto, el llanto y los gritos en la casa mortuoria. 

Jesús, entonces, tomó la mano de la niña y la sacó del sueño, con palabras llenas de ternura: Talita Kum (que significa: Muchacha, a ti te hablo, levántate). Conviene advertir que el mandato de Jesús, ¡Levántate! ¡Ponte de pie!, significa también ¡Resucita!, y es el verbo que se emplea en los relatos de la resurrección: “Cuando resucite (cuando sea levantado), iré delante de ustedes a Galilea” (14,28). “Ha resucitado, no está aquí” (16,6). 

La niña se levantó y se puso a caminar. Y ellos se quedaron llenos de estupor, con el mismo sentimiento que tendrán las mujeres ante el sepulcro vacío (16,8): temor y desconcierto. Y les mandó que le dieran de comer. Porque todavía queda camino por andar...  A lo que Dios hace en nuestro favor, corresponde nuestra colaboración. 

El mensaje es sencillo y claro: todos podemos vernos en situaciones extremas, propias o de otros, en las que ya nada se puede hacer. Las palabras de Jesús a Jairo: No tengas miedo, basta con que sigas creyendo, nos ayudarán a no dejarnos dominar por el miedo y la desesperación. Sabremos infundir ánimo a quien lo necesita. Procuraremos, además, que “que la Iglesia sea un recinto de paz, de justicia y de amor para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.