martes, 13 de octubre de 2026

CRÍTICAS A LOS FARISEOS Y MAESTROS DE LA LEY (Lc. 11, 42-46)

 


Críticas a los fariseos y maestros de la ley

Lc 11, 42-46

Los fariseos tenían fama de hombres religiosos y ejercían poder sobre la mentalidad y conciencia de la gente. Para mantener tal poder andaban siempre cuidando su propia imagen para que la gente los admirara. Esta búsqueda de sí mismos los llevaba a tergiversar las acciones destinadas a honrar a Dios, convirtiéndolas en medios para acrecentar su fama. Jesús condena esta manipulación de lo religioso y de la moral, y pone algunos ejemplos.

El pago de la décima parte del producto de las cosechas y negocios era destinado al mantenimiento del santuario y al auxilio de los extranjeros, huérfanos y viudas. Haciendo esto, el judío expresaba su reconocimiento a Dios, de quien lo recibía todo, e imitaba la generosidad que tuvo con Israel en su larga marcha por el desierto hacia la tierra prometida. Porque Dios los sacó de la esclavitud y los alimentó en el desierto, ellos debían  atender a sus hermanos necesitados. Esta economía de la contribución solidaria estaba reglamentada con normas sobre la limosna, el pago del diezmo y el año jubilar (Deut 14, 22-15, 18; 26, 1-15). Se procuraba así una cierta igualdad, se subvencionaba a los pobres y se fomentaba el acceso de todos a la propiedad (ya que en el año jubilar se condonaban las deudas y se devolvían las tierras tomadas en hipoteca).

Los fariseos, con el cumpliendo de estas normas, daban la impresión de que reconocían los dones de Dios aun en las cosas mínimas, pero en realidad, por buscarse a sí mismos, actuaban injustamente, no practicaban la misericordia, juzgaban a los demás y se jactaban de ser ejemplares cumplidores del deber. Descuidan la justicia y el amor de Dios, les dice Jesús. No los mueve la justicia, cuya norma suprema es el amor y se demuestra en el no juzgar, no condenar y dar con generosidad (cf. 6, 36s).

Esto es lo que hay que hacer sin omitir aquello, añade Jesús. Lo primero es el mandamiento del amor, con que se cumple toda la ley. En segundo lugar, como muestra de ese mismo amor, vendrá el cuidado de las cosas pequeñas, como el pago del diezmo por la menta, la ruda y las verduras. Quien ama reconoce que todo le viene de Dios, lo grande y lo pequeño, y comparte con los demás lo que tiene.

El egocentrismo y el querer destacar por encima de los demás llevan a la hipocresía. Las obras exteriores les hacen aparecer como santos, pero su interior deja mucho que desear. Engañan con sus apariencias para ganar prestigio y poder. Jesús los compara a los sepulcros blanqueados. Las tumbas no colocadas en recintos cerrados, como nuestros cementerios, eran pintadas de cal para evitar que la gente, por no distinguirlas, se contaminase tropezando con ellas y contrayendo así la impureza que les impedía celebrar el culto. Los fariseos se blanquean con sus apariencias de puros y santos, pero contaminan a la gente sin que ésta pueda advertirlo.

Uno de los expertos de la ley, un fariseo teólogo, replica a Jesús que, con sus palabras, ofende a los de su categoría. Jesús le responde formulando una serie de críticas contra los dirigentes religiosos, que definen y programan lo que los demás deben hacer para salvarse. La primera crítica es contra el poder social y religioso con que controlan y oprimen las conciencias. No les critica por sus conocimientos religiosos y morales, sino porque se presentan como los únicos poseedores de este saber e impiden a la gente vivir en libertad y alcanzar la verdad. Cargan de obligaciones y prohibiciones a los demás, pero ellos se eximen de cumplirlas, dicen pero no hacen. Si las cumplieran, como lo hacía el fariseo Pablo (Ef 3,6), sentirían el peso de esa religión que no deja espacio para la libertad de los hijos de Dios.

Si Lucas no duda en consignar todas estas frases de Jesús es porque sabe que el fariseísmo puede infectar la fe del cristiano de todos los tiempos, puede apagar el Espíritu y hacer perder la libertad, pues donde está el Espiritu del Señor, ahí está la libertad (2 Cor 3, 17). 


lunes, 12 de octubre de 2026

EL LEGALISMO FARISAICO (Lc. 11, 37-42)

 


El legalismo farisaico

Lucas 11, 37- 42 

Jesús fue invitado a almorzar a casa de un fariseo y fue a sentarse a la mesa sin cumplir con la norma tradicional de lavarse, al menos las manos, a la vista de todos. El dueño de casa se escandalizó. Los fariseos pretendían distinguirse por la observancia escrupulosa de un conjunto de prácticas ritualistas que se creía mantenían puro al hombre, alejado de la impureza propia de los paganos, pecadores y enfermos.

Según la doctrina de los fariseos y juristas, el cumplimiento de la ley mediante la práctica de las buenas obras, hacía justo al hombre y le aseguraba la salvación. Por ello, esta interpretación había inducido a la casuística y a la moral rigorista que llevaba a cumplir hasta en los más mínimos detalles lo prescrito en la ley de Moisés, desmenuzada en más de 350 preceptos menudos, que ocupaban la atención del judío todo el día. Todo se volvía imprescindible para tener la seguridad de la salvación, incluso acciones tan ordinarias como lavar copas, vasos y utensilios de cocina.

La crítica de Jesús va a la raíz del problema y propone un cambio sustancial: una nueva moral del corazón, basada en una relación personal, amorosa y confiada con el Padre, basada en el amor que supera a la ley. La persona se siente motivada para dar cada vez más, sin sentirse agobiada por el peso –venido desde el exterior– de las obligaciones legales.

Las normas y tradiciones pueden estar bien si sirven de ayuda para la entrega a los demás; de lo contrario, pervierten la religión, tranquilizan las conciencias y dan la falsa seguridad de estar salvados. Desde esta perspectiva hay que mirar las cosas; sólo así se puede discernir lo puro y lo impuro, lo importante y lo secundario, lo que agrada a Dios o no.

Con estas advertencias Jesús se sitúa en la línea de los grandes profetas que procuraron conducir a Israel hacia una fe y religiosidad más auténtica, poniendo el amor y la práctica de la justicia por encima de todo. El profeta Miqueas sintetizó esta orientación con su frase: Se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor desea de ti: que defiendes la justicia, que ames con lealtad y que seas humilde con tu Dios (Miq 6,8).

Desde esa perspectiva, la entrega a Dios, que se demuestra en la caridad y la solidaridad, cuya expresión más común es la limosna, es lo que confiere a la persona la verdadera pureza. La palabra griega eleemosyne, que traduce el término hebreo sedaqah, justicia (cf. Lv. 25, 35; Dt. 15, 7- 8.11; 26, 12), no designa una acción meramente filantrópica, voluntaria, sino un deber de justicia vinculado a la solidaridad con la comunidad. En las sociedades antiguas, cuya economía era muy primaria, de subsistencia en su mayor parte, la limosna era una forma de distribución de los bienes, era parte de la justicia distributiva. En el Antiguo Testamento la contribución generosa en favor de los pobres es una acción que se le hace a Dios mismo. Es conocido el proverbio: El que se apiada del pobre le hace un préstamo al Señor, y él lo recompensará por su buena obra (Prov 19,17). Daniel aconseja al rey: Redime tus pecados dando limosna y tus maldades socorriendo a los necesitados (Dan 4, 24).  El libro del Eclesiástico afirma: El agua apaga las llamas, la limosna consigue el perdón de los pecados (Eclo 3, 30). Y Tobit exhorta así a su hijo Tobías: Haz limosna con tus bienes y no te desentiendas de ningún pobre, porque así Dios no se desentenderá de ti.... Da limosna según tus posibilidades y los bienes que poseas. Si tienes poco, no temas dar limosna según ese poco, porque es atesorar un buen tesoro para el día en que lo necesites… Si algo te sobra, dalo en limosna, y que no se te vayan los ojos tras lo que das... (Tob 4, 7-11.15).

Den limosna de corazón y entonces quedarán limpios, concluye Jesús. Se trata, pues, de actuar desde el corazón, que el Espíritu de Dios purifica y renueva (Ez 11, 19; 26, 36; Sal 51, 10; Dt 30, 6). Allí es donde la persona oye lo que debe hacer para que sea el amor, y no la ley, la que rija su conducta. En definitiva, sólo el amor, recibido como gracia y asumido obedientemente como el camino de la auténtica realización personal, hace al ser humano capaz de dar de sí con generosidad, sin llevar cuenta y sin sentirse agobiado ni cansado por el peso de las normas. 










viernes, 9 de octubre de 2026

EL SIGNO DE JONÁS (Lc 11, 29-32)

 


El signo de Jonás

Lc 11, 29-32

La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los contemporáneos de Jesús, a pesar de haber visto las obras buenas que hacía, no confiaron; en vez de seguirlo pretendieron que él obedeciera sus exigencias de pruebas extraordinarias para creer. Habían visto sus obras en favor de los enfermos, pero las atribuyeron a Belzebú, príncipe de los demonios. Habían escuchado su enseñanza, pero les resultaba insoportable la imagen nueva de Dios que transmitía, que modificaba su fe, su moral y, sobre todo, les quitaba autoridad y poder ante el pueblo. La petición que le hacen de un signo extraordinario para creer en él recuerda la tentación del maligno, cuando lo subió a la parte más alta del templo y le dijo: Tírate de aquí abajo… (Lc 4, 9). Por eso Jesús rechaza tajantemente esa petición y añade que a esa generación sólo se le dará el signo de Jonás: el profeta que con su predicación logró que todos los habitantes de Nínive se convirtieran; y el signo de la reina de Saba que hizo un largo viaje para conocer la sabiduría de Salomón.

Jonás es el profeta bíblico conocido por todos los judíos. Recibe de Dios la misión de ir a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, opulenta ciudad asiria en la región actual del Mosul en Irak, famosa por sus riquezas y las malas costumbres de su gente. El profeta se rebela, no quiere la salvación de los ninivitas y cree imposible que se conviertan. Además, se niega a seguir a un Dios que es capaz de tener misericordia con gente así. Se escabulle, huye de su vocación, sufre un naufragio que le hace acabar en el vientre de un enorme pez; pero nada de eso le convence. Finalmente predica en Nínive aunque de mala gana y sin ninguna confianza. Y ocurre lo inesperado: la ciudad pagana se convierte, desde el rey hasta el último vasallo y hasta los animales, todos hacen penitencia y Dios los perdona. Jonás se enfada. Pero Dios le va a enseñar: hace que se seque el ricino que le da sombra. El profeta maldice por el calor que hace. Y Dios le dice: Tú te molestas por un simple ricino ¿y yo no voy a tener compasión de todo un pueblo?

Jonás es signo: fue enviado desde lejos para predicar la conversión a los habitantes de Nínive y éstos se convirtieron. Su persona y su palabra bastaron porque Dios actuó por medio de él. Los ninivitas creyeron en su palabra, y eso sólo bastó para la conversión. Jesús, por su parte, es el enviado de Dios, de él procede, y es más que un profeta, pero las reacciones de sus oyentes han sido de lo peor. Por eso los ninivitas se levantarán contra esa generación perversa y la condenarán.

A continuación Jesús recuerda a sus oyentes la historia de la reina del Sur o de Saba (1 Re 10, 1-29; 2 Cr 9,1-12), conocida como Balkis en la tradición islámica, soberana de un pequeño reino al sur de Arabia, identificado como Etiopía. Ella también es un signo porque hizo un largo viaje, cargada de regalos de oro, piedras preciosas y especias, para escuchar la sabiduría del rey Salomón; Jesús, por su parte, viene a Israel encarnando en su persona y transmitiendo con su palabra la auténtica sabiduría de Dios y su proclamación salvífica, pero le han dado la espalda, no han querido escucharlo. Por eso en el día del juicio, la Reina del Sur acusará también a los detractores de Jesús, porque él es más que Salomón.

Por todo eso, Jesús se niega a darles otra señal. Su persona y su palabra les deberían bastar. Él es el “testigo” primordial de Dios y de su amor; quien cree y confía en él, acepta que Dios actúa en él, ama, perdona, salva, instaura su Reino. Su credibilidad plena está basada en la perfecta coherencia que se da entre su palabra y su vida. Ha anunciado la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todo el que se convierte y cree. En vez de pedirle signos hay que escuchar su palabra y acoger su persona, su forma de ser humano. No hacen falta signos espectaculares para responder a su llamada. Dios respeta la libertad de sus hijos que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo y a sufrir por ello; pero no puede constreñir. Quiere que se le ame libremente; lo contrario no es amor verdadero.

LOS INVITADOS A LA BODA (Mt. 22, 1-14)


Los invitados a la boda

San Mateo 22, 1-14

 

El núcleo de la incomprensión y rechazo que muestran los sacerdotes y fariseos frente a Jesús es la nueva imagen de Dios que él transmite con su palabra y con sus acciones. En las parábolas anteriores a este pasaje, ha presentado diversos aspectos de esa nueva imagen de Dios. En la del padre que envió a sus hijos a trabajar en su viña, lo presentó como un padre que nos da la vida; en la del propietario que pidió cuentas a sus empleados, aparece como el creador y señor de la tierra que nos alimenta; ahora, en la parábola del banquete de bodas, es el rey que nos hace ser libres como él es libre.

Las bodas son la más bella imagen de nuestra relación con Dios. Por eso, en el Antiguo Testamento, la alianza de Dios con su pueblo se expresaba con el símbolo de la unión matrimonial (Isaías, Ezequiel, Oseas, Cantar de los Cantares). Y en el Nuevo Testamento a Cristo se le llama el esposo (Mt 9,15; Jn 3,29; Ef 5,25ss; Ap 19,7; 22,17), que consuma las nupcias entre el Creador y la humanidad.

Dice la parábola que un rey envió a sus siervos a llamar a los que había invitado para celebrar la boda de su hijo. Representa a Dios que envió a los profetas con la misión de preparar un pueblo bien dispuesto (Lc 1,17) para la venida de su Hijo como Salvador. Los primeros invitados fueron los miembros de su pueblo escogido de Israel, pero no quisieron asistir.

El rey, a pesar de eso, repite la invitación y de manera apremiante: Tengo el banquete preparado, mis mejores animales ya han sido degollados y todo está a punto; vengan a la boda. Los nuevos siervos enviados son los apóstoles. Pero lamentablemente otra vez los invitados rechazan el ofrecimiento, alegando que tienen mucho que hacer en sus tierras o en sus negocios. Les importan más el dinero y sus propiedades, disfrutan más con ellos y los consideran más provechosos.

Finalmente se menciona a los otros invitados que agarraron a los sirvientes, los maltrataron y los mataron. Son los peores, su rechazo a la invitación del señor es cruel: su cerrazón de corazón los conduce no sólo a la afrenta y al deprecio sino hasta la violencia y el crimen. El rey irritado manda a su ejército, que liquida a los asesinos y arrasa su ciudad. Esa gente no era digna: se creían superiores por ser ricos, no necesitaban nada, no les interesaba el banquete, menospreciaron la llamada insistente del señor.

El banquete, sin embargo no se suspende; todo lo contrario, ahora más bien la invitación se hace extensiva a todos, malos y buenos. Los criados salen a llamar a cuantos encuentran en su camino. La vocación del pueblo escogido de Israel es ahora vocación universal y el salón se llenó de convidados.

En la comunidad de los llamados por Jesús, en su Iglesia, hay buenos y malos, justos y pecadores (Mt 13, 41-43), peces buenos y malos (Mt 13,47-50), trigo y cizaña (Mt 13,29-30), que sólo serán separados al final de la historia. La Iglesia no es todavía el reino de Dios, donde los justos resplandecerán como el sol; la Iglesia está en camino, es a la vez santa y necesitada de continua purificación. Somos pecadores tocados por la gracia del Señor, que debemos acoger dócilmente para que transforme nuestras vidas.

Por eso, continúa la parábola, al advertir el rey que hay uno sin vestido de fiesta, le dice: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado? Él enmudeció. Entonces el rey mandó a los guardias: Átenlo de pies y manos y échenlo fuera, a las tinieblas.

En la Biblia el vestido representa las cualidades de la persona, el vestido de la salvación y el manto de la justicia (Is 61,10). Lleva el traje de fiesta quien, sintiéndose pecador, acoge la invitación, es perdonado y vive del perdón. Estaba desnudo y ha sido revestido de Cristo (Gal 3,27). Revístanse de Cristo y no fomenten los apetitos desordenados, dice San Pablo (Rom 13,14).

Quien no lleva el traje de fiesta, aunque esté en la sala del banquete, de hecho está fuera, en las tinieblas exteriores. Jesús no dice esto para infundirnos temor, sino para movernos al cambio de actitud y no estar en la situación de quienes rechazaron su invitación. Si reconocemos nuestra pobreza, podemos revestirnos del vestido nuevo.

La clave de lectura de la parábola está en la contraposición: muchos son los llamados y pocos los elegidos. Las llamadas a Israel fueron muchas, pero Israel no respondió, no escuchó a los profetas, rechazó a Jesús el enviado definitivo, portador de la salvación. Por eso la llamada al “banquete” se hace universal y llega a nosotros. Pero exige un comportamiento práctico. No basta “inscribirse” en la Iglesia, y vivir en ella con una pertenencia puramente sociológica, exterior y descomprometida. Al banquete se va con “vestido de fiesta”, es decir, con el estilo de vida cristiano, bien visible por las obras de la fe. A todos llama el Señor porque quiere que todos se salven. Los elegidos estuvieron fuera, sin el traje nupcial, pero decidieron cambiar su vieja condición y se abrieron a la misericordia de Dios. Participan del banquete que los une a todos como hermanos.