domingo, 18 de octubre de 2026

SEAN COMO EL ADMINISTRADOR FIEL (Lc. 12, 39-48)

 


Sean como el administrador fiel

Lc 12, 39-48 

Estén atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor, es la respuesta de Jesús a sus discípulos que le preguntan “cuándo” será el fin del mundo. Hace ver que el “cuándo” es siempre, el tiempo de lo cotidiano, porque es allí donde se realiza el juicio de Dios. No en acontecimientos extraordinarios, sino en nuestra existencia de todos los días se decide nuestro destino futuro en términos de salvación o perdición, de estar con el Señor o estar lejos de él. Al final se recoge lo que se ha sembrado. 

El trasfondo de estas parábolas y dichos de Jesús sobre la necesidad de estar preparados y vigilantes puede ser la situación de la Iglesia primitiva en la que, después de creer que la segunda venida de Jesucristo era inminente, entendieron que no era así y la larga espera hizo que bajara el fervor de las comunidades e incluso comenzaran a sufrir una cierta relajación de costumbres. A ellas en particular dirigieron los evangelistas sinópticos estos pasajes. 

Estén preparados, vigilantes, significa discernir las cosas y distinguir las que nos sirven para estar con Dios en la vida de todos los días. Quien lo busca, lo encuentra. De lo contrario, viene como el ladrón que desvalija la casa. Hay que estar con los ojos abiertos. 

El amo de casa puede aludir a los dirigentes: son los que el Señor ha puesto al frente de su casa y son ellos los primeros que han de cultivar la actitud de vigilancia, obrando con justicia y caridad. Si el dueño de casa es previsor y prudente no se deja sorprender por el ladrón que asalta las casas que no están bien guardadas. La imagen del ladrón nocturno representa la venida de improviso del Hijo del hombre como juez y salvador. Saben que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche, dice Pablo (1 Tes 5,2; ver también 2 Pe 3, 10 y Ap 3, 3). 

La parábola del administrador va dirigida, en primer lugar, a los que tienen oficio de presidir o dirigir la comunidad. Por ser hombre de su confianza, el señor le confía al administrador durante su ausencia la responsabilidad de todo su personal de servicio. Tiene que ver para que nada les falte: tiene que distribuirles a su debido tiempo la ración de trigo.  Si es fiel y prudente se hará merecedor de una recompensa que nadie puede imaginar: lo pondrá al frente de todos sus bienes (cf. Lc 19, 17-19). Pero si piensa: Mi Señor tarda en venir, y se pone a golpear a los criados y criadas, a beber y a emborracharse, traicionando la confianza de su patrón y obrando de manera prepotente con sus subordinados, vendrá el señor y lo castigará con todo rigor. 

La Iglesia sólo tiene un jefe y señor: Jesucristo (cf. Mt 23, 8-10). Todos los demás somos hermanos y servidores, incluso cuando a uno se le confía una responsabilidad en la Iglesia. Pero en cierto sentido, todos somos administradores porque los bienes de los que disponemos o gerenciamos no son propios. Todo lo que somos y tenemos es don de Dios y debemos considerarlo así para cuidarlo bien. Al mismo tiempo todos somos siervos, como el mismo Señor que se hizo siervo de todos. Recibimos la misma responsabilidad de servir la vida de los demás haciendo oportunamente lo que se debe. Somos siervos fieles si actuamos según la voluntad del Señor; prudentes si la preferimos por encima de cualquier otro interés o motivación para poder acertar. Finalmente, quien ha recibido la misión de presidir la comunidad sólo podrá cumplirla bien si se mantiene como servidor de los servidores y no se transforma en patrón. Entonces reproduce en su vida la del siervo malo y traidor que golpea a los otros; ya no sirve ni a Dios ni a los demás y no reconoce al Señor que viene continuamente. Ese tal recibirá una pena que supera toda comparación: lo castigará con todo rigor, que literalmente se traduce: será partido en dos. Porque, en efecto, su existencia está dividida, lejos de sí mismo, de Dios y de los demás. Por eso el Señor no lo reconoce, porque él no ha reconocido a nadie. 

Siempre que Jesús habla de nuestro destino final lo hace en tono serio, grave, pero no de amenaza, no hay que leerlo así; es para motivar la responsabilidad que tenemos de nosotros mismos y para que aprovechemos el presente, que es el tiempo de su venida. Y recordando siempre que a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá; y a quien mucho se le confió, más se le pedirá. 


ESTÉN PREPARADOS (Lc. 12, 35-38)

 


Estén preparados

Lucas 12, 35-38 

Con imágenes tomadas de la vida cotidiana Jesús propone a sus discípulos un estilo de vida caracterizado por la apertura y tensión al futuro, la espera atenta y vigilante y la responsabilidad en el trabajo. 

El cristiano espera, es un ser que siempre espera y vigila. No espera la muerte, porque eso le quita ánimos para vivir y le hace terminar esclavo del miedo. Espera la vida, porque espera a su Señor. Vive de este anhelo interior: Marana tha, ven, Señor Jesús. 

El cristiano mira al futuro que le trae la salvación, la realización feliz de su existencia. Y esto tiene un nombre: es el Señor Jesús que viene. 

El presente es el tiempo de la espera responsable. Se vive en alerta, pronto a partir en viaje o ponerse al trabajo. 

La espera puede hacerse larga y tediosa, un largo período sin que nada suceda. Entonces la vigilancia y la responsabilidad pueden decaer y el cristiano corre el riesgo de la desilusión, la desconfianza o el cansancio. Debe entonces retomar la actitud del servidor despierto que mantiene su lámpara encendida toda la noche, a la espera de que su señor regrese de la fiesta de bodas a la que partió. 

Estar preparado es como estar con la cintura bien ajustada. Así celebraban los judíos su cena pascual. Aunque la liberación se había realizado en el acontecimiento pasado del éxodo de Egipto, veían la vida como una búsqueda constante de liberación por medio de la práctica de la ley, que los preparaba como un pueblo bien dispuesto para la venida del mesías prometido. Los cristianos, por su parte, aguardan a su Señor celebrando su cena eucarística y sirviendo a los demás, a ejemplo de Jesús que no vino a que le sirvan sino a servir (Mt 20, 28) y pasó haciendo el bien (Hech 10, 38). 

En muchos aspectos la vida en el mundo es como estar en la noche. El cristiano puede ver en la oscuridad por la luz que le viene del Señor; más aún, sabe que tiene que dejarse iluminar para poder él también dar luz a los demás. Por eso no puede quedarse dormido. Siente en su corazón la palabra que le dice: Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo (Ef 5,14). 

El Señor vendrá, tanto al final de la larga espera de la historia, como en sus incesantes venidas cotidianas, cuando el cristiano y la comunidad prestan oído a sus llamadas. Él les dice: Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré a su casa y cenaremos juntos (Ap 3, 20). 

Finalmente, la forma de hacerse presente el Señor, tanto en el presente como en su venida futura es y será la de quien, siendo el Maestro y el Señor, se pone a servirnos. Es la característica más esencial de su persona y el sentido de toda su vida: Yo estoy entre ustedes como el que sirve (Lc 22, 27). 

Con su presencia, la vida del cristiano se llena de una íntima alegría (¡Dichosos!), la alegría propia de una cena de hermanos y amigos, con el Señor Jesús en el centro. La vida se vuelve eucaristía. Comemos juntos su pan, que nos une en comunión, y aguardamos su dichosa venida compartiendo unos con otros nuestro pan.


LA NECEDAD DEL RICO (Lc. 12, 13-21)

 



La necedad del rico

Lc 12, 13-21 

El uso de los bienes materiales y del dinero es un tema importante en el evangelio: no sólo porque son necesarios para vivir, sino porque tienen un enorme poder de seducción. El evangelio libera a la persona humana de toda tendencia idolátrica, que la lleve a someterse a las cosas, hasta perder su libertad frente a ellas y sacrificar en su honor los valores que ennoblecen y guían la vida. El cristiano ha de poner su confianza en Dios por encima de todo, ha de obrar con libertad responsable en el uso las cosas de este mundo y demostrar solidaridad fraterna. 

Con el dinero se puede hacer el bien o hacer el mal. El dinero es malo cuando es mal adquirido, o cuando se emplea para fines malos, o se acumula para el disfrute egoísta, sin tener en cuenta la suerte de aquellos que podrían beneficiarse también con él. La acumulación infecunda y egoísta genera desigualdades injustas y divide a los hermanos. Hay que administrar el dinero conforme al plan de Dios. Así, mientras el rico egoísta se llena de enemigos, quien administra bien sus bienes para que sirvan al desarrollo de su pueblo, para que den trabajo a la gente y para resolver las necesidades de los pobres, esa persona es justa, crece en dignidad. En palabras del Papa Francisco: “La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo” (Evangelii Gaudium, 203). 

El texto de San Lucas comienza con la intervención de un hombre anónimo que, en medio de la multitud, le pide a Jesús que haga de árbitro para que su hermano reparta con él la herencia. Jesús se niega a responder en términos jurídicos como lo hacían los rabinos y expertos en la ley, y prefiere ir a la raíz misma del conflicto entre los hermanos: la avidez insaciable. Lo que los divide es justamente lo que debería unirlos: el legado que el padre les ha dejado para ayudarlos a vivir. Pero el amor desordenado al dinero lleva a querer apropiarse de él, sustituye al amor del Padre y crea enemistad con el hermano. Es un hecho evidente que las relaciones humanas pueden romperse fácilmente cuando están de por medio el dinero y los bienes materiales, cuando los hombres actúan movidos por la avaricia y la ambición. 

Para ilustrar este principio general Jesús propone luego una parábola. El protagonista es un rico, un agricultor afortunado que, no obstante, es calificado de torpe o insensato porque sólo piensa en sí y no tiene más interés en la vida que programarse un futuro seguro y feliz mediante la acumulación de bienes. La forma de pensar de este hombre, que no ve más allá de su mundo solitario, se observa claramente en el modo como se expresa: habla de mi cosecha, mis graneros, mi trigo, mis bienes. En su horizonte está él solo, sin su padre Dios y sin sus hermanos los hombres. No quiere reconocer que los bienes que Dios da han de ser repartidos. Su afán de seguridad (otra cara del miedo a la muerte) lo impulsa a acumular riquezas para sí, hasta hacer depender la vida de lo que tiene y no de lo que es. Pero la verdad de la existencia es otra: aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas y quien hace depender su vida de lo que tiene, echa a perder lo que es: hijo de Dios y hermano de su prójimo. Ya no tiene a Dios como padre, los demás dejan de ser hermanos para convertirse en competidores y las mismas cosas, que eran medios para el sostenimiento y desarrollo de su vida, pasan a ser causa de su desgracia. Por eso le dice Dios: ¡Torpe! Esta misma noche te pedirán el alma. ¿Para quién será todo lo que has almacenado? 

Necio o torpe en la Biblia es el hombre que no tiene en cuenta a Dios ni le preocupa la suerte de los demás; el hombre vacío y fatuo que pone su confianza en cosas inseguras. Un antiguo escrito judío dice: “El amor al dinero conduce a la idolatría, porque cuando los pervierte el dinero, los hombres invocan como dioses a cosas que no son dioses, y eso los lleva hasta la locura” (Testamentos de los XII Patriarcas, 19,1). Asimismo, el salmo 39,7 dice: El hombre es como un soplo que desaparece, como una sombra que pasa; se afana por cosas transitorias, acumula riquezas y no sabe para quién serán. Y el profeta Jeremías expresa el lamento de Dios por sus hijos que, al olvidarse de él, dejan de ver el justo valor de la vida y de lo que de veras cuenta para su realización y felicidad plena: Dos maldades ha cometido mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, para ir a cavarse cisternas, cisternas agrietadas que no pueden contener el agua (Jer 2,13).


sábado, 17 de octubre de 2026

DAR AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR (Mt. 22, 15-21 / Mc. 12, 1-12)


Dar al César lo que es del César

Mateo 22, 15-21 / Marcos 12, 1-12

Los fariseos y los partidarios de Herodes plantean a Jesús una pregunta capciosa: ¿es lícito pagar el impuesto al César? Si lo negaba, se ponía contra los romanos. Si decía que era lícito pagar, iba contra el pueblo que sufría aquella carga injusta. Además, la cuestión dividía a los judíos: unos se aprovechaban del cobro de los impuestos, como los publicanos, y otros se oponían –incluso hasta la violencia, como los celotas–, porque consideraban una idolatría el sometimiento al emperador romano.

Antes de responder, Jesús pide que le enseñen una moneda para desenmascarar su mala intención. ¡Hipócritas! –les dice– ¿Por qué intentan comprometerme? Cuestionan el derecho del César, pero la moneda fiscal que muestran es la prueba visual de que pagan el impuesto. Además, aceptar la moneda, con la imagen del César y la inscripción:

“Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto”, es reconocer con hechos concretos que no tienen “más rey que al César”. Reconocen por tanto públicamente su soberanía.

Si dicen que Dios es el único Señor, ¿por qué no reconocen lo que ya hacen y asumen las consecuencias? Es como si les dijera: Hipócritas hace tiempo que pagan el impuesto y encima usan la moneda fiscal y la muestran sin reparo, ¿por qué, pues, me vienen con preguntas capciosas?

Por estar sometidos al imperio romano, los judíos estaban obligados a pagar sus impuestos, siempre que ese pago no implicara desobedecer las leyes divinas (así lo reconocen los apóstoles Pablo y Pedro, cf. Rom 13,1-7; 1 Pe 2,13-17). Por otro lado, todo israelita debía reconocer que, a Dios, y sólo a él se le debía adorar, y que ningún poder terreno podía exigir esto para sí. La fe en el único Dios prohibía la divinización de cualquier poder temporal.

Por eso, la respuesta de Jesús no es un modo elegante de escabullir el problema o de confirmar a sus adversarios en lo que ya hacen; él sitúa la cuestión en otro nivel: ¿Qué puede esperar el César y qué no? ¿Qué se le debe dar y qué no? Por eso, lo sorprendente de su respuesta está al final: Den a Dios lo que es de Dios. Es el precepto de los preceptos. La obediencia a Dios no tiene límites. Los fariseos sólo habían querido hacerle daño a Jesús. Pero la respuesta que les da, a ellos que sólo han preguntado por el César y no por Dios, los deja aturdidos y sin palabra; no les queda más que retirarse.

Las palabras de Jesús: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, han sido interpretadas de diversas maneras. Muchos ven ahí el fundamento de la separación entre lo temporal y lo religioso. Otros dedujeron más bien la alianza entre el trono y el altar para mutuo sostén y apoyo. Los regímenes dictatoriales siempre han pretendido sacralizar el Estado o subordinar la Iglesia al poder político; mientras otros, durante mucho tiempo, defendieron el poder temporal de la Iglesia y quisieron que la autoridad del Estado dependiese de la eclesiástica, en formas variadas de integrismo o de voluntad de dominio por ambos lados. Consecuencia de ello es la serie interminable de escollos y dificultades que han sufrido en la historia las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Pero queda claro en la frase de Jesús que sólo quien da a Dios lo que es de Dios sabe qué cosa hay que darle al César. Lo que es de Dios es la libertad de sus hijos y el amor a los hermanos. Quien busca esto en su vida sabe dar respuesta a lo otro.

Hoy, quizá, y debido entre otras causas a la corrupción de la cosa pública, la tendencia va hacia la “privatización de la religión”, a inducir al cristiano a vivir su fe en el fuero íntimo de su conciencia, como si de esa manera pudiese desentenderse de la política y de la economía. Se intenta desactivar la carga social del cristianismo, en beneficio de intereses egoístas de individuos y grupos de poder.

Pero la Iglesia no puede dejar de transmitir los valores del evangelio que han de iluminar y orientar todo el quehacer humano, incluido el quehacer político y social, con el que el ser humano organiza la convivencia en sociedad, y encuentra en ello su realización. Por eso es importante el compromiso político del cristiano, que es ejercicio de la “caridad política”, orientada a promover la solidaridad, la libertad y la dignidad de las personas.

El concilio Vaticano II y el pensamiento de los últimos Papas nos enseñan a reconocer la independencia y carácter laico del Estado. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia confronta a la sociedad con los valores éticos y morales del Evangelio. El cristiano reconoce la autoridad civil y la respeta con lealtad en todo aquello que la autoridad realiza por el bien común. Pero el cristiano nunca es un aliado incondicional del poder: ante todo es un aliado de las personas y especialmente de los más indefensos. Por eso, cuando el poder político impone acciones y decisiones que atentan contra la conciencia, contra los valores y deberes éticos y morales, el César se encontrará con el rechazo decidido del cristiano.