miércoles, 4 de febrero de 2026

Jesús rechazado por los suyos (Mc 6, 1-6)

 P. Carlos Cardó SJ 

La sagrada familia, óleo sobre lienzo de János Dónat (1808), Galería Mestská, Bratislava, Eslovaquia

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: "¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?". Y estaban desconcertados.
Pero Jesús les dijo: "Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa".
Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.
Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos. 

En el pasaje anterior (Mc 5, 21-43) vimos el ejemplo de fe dado por la mujer enferma de hemorragias y por el jefe de la sinagoga que tenía a su hija en peligro de muerte. En el pasaje de hoy, en cambio, Jesús no encuentra fe alguna, no puede hacer ningún milagro y expresa la desilusión que le causan sus propios paisanos y parientes: Un profeta sólo es despreciado en su propia tierra, entre sus parientes y entre los suyos. 

El hecho ocurre en la sinagoga de Nazaret, en el pueblo en donde Jesús ha vivido la mayor parte de su vida. Lo rodean sus amigos y familiares que lo conocen desde niño, que lo han visto crecer y actuar entre ellos, pero que a pesar de ello, o precisamente por ello mismo, no creen en él. La incredulidad de “los suyos” los ha llevado incluso a querer llevárselo a casa porque decían que estaba loco (Mc 3, 21). No fueron capaces de ver más allá de lo físico y tangible. Para ellos, Jesús no era más que un simple vecino, un pobre carpintero, “hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón” (6,3), a quienes ellos conocían. 

Conviene señalar que estos “hermanos de Jesús”, que los evangelios y Pablo mencionan, han dado motivo de discusión desde los primeros siglos del cristianismo. San Jerónimo (347-420 d.C.), gran conocedor de las lenguas antiguas y traductor de la Biblia al latín, resolvió el asunto haciendo ver que el significado de hermano, tanto en hebreo como en griego, es muy amplio y abraza también a los primos o parientes cercanos. Así, Abraham llamaba “hermano” a Lot, que era su sobrino. Y Jacob llamaba “hermano” a su tío Labán. Finalmente, los hermanos mencionados en Mc 6, 3 tienen nombres bíblicos de contenido simbólico, que entroncarían a Jesús con el Israel de la antigua alianza: Santiago significa Jacob, padre de las doce tribus; José, es el hijo de Jacob; Judas, es Judá, otro hijo de Jacob; y Simón, o Simeón, también es hijo de Jacob. 

Dice el texto que la multitud estaba asombrada de la sabiduría con que Jesús enseñaba y de su poder para hacer milagros, pero no podían aceptarlo como Mesías. Tenían otra idea de lo que debería ser el Enviado de Dios, que traería la revelación definitiva, y el Salvador de Israel que vendría a restaurar la monarquía de David. 

En el fondo de esta oposición a Jesús está el escándalo que produce la encarnación de Dios. Es lo que, en última instancia, llevará a los fariseos y jefes del pueblo a acusarlo de blasfemo por pretender usurpar el puesto de Dios. Es el escándalo que moverá a sus discípulos a abandonarlo, al verlo entregado por sus jefes y muerto a manos de los paganos. Finalmente, por este mismo escándalo muchos cristianos renegarán de él por querer un Cristo a su gusto y medida. Se puede pertenecer a su grupo y no decidirse a seguirlo, ser de “los suyos” y acabar como Judas. Por eso dijo Jesús que sus verdaderos familiares son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (3,35). 

Desde otra perspectiva se puede ver también una cierta semejanza entre algunas actitudes que se dan hoy en la Iglesia y las de aquella gente de Nazaret. Nada hay más cerca del Señor que la Iglesia; en ella está el Señor y en ella se nos comunica el Espíritu Santo. Sin embargo, en el cristiano individual –cualquiera que sea su rango en la jerarquía– y en enteros grupos de ella, la Iglesia puede actuar hoy como lo hicieron los nazarenos y judíos al reclamar un Mesías a la medida de sus recortadas miras humanas. 

Asimismo, se reproduce esta actitud en quienes, por la idea que tienen de los planes de Dios, se niegan a amar a la Iglesia porque les escandaliza su parte más humana, más pesada, más opaca, que no transparenta el rostro del Señor. Lo que quieren es una Iglesia puro espíritu sin cuerpo, campo de trigo sin cizaña, red que reúne peces de una sola especie, el cielo en la tierra. Así obraron los judíos que se negaron a ver en la “carne” del pequeño carpintero de Nazaret la presencia del Dios con nosotros. En la Iglesia se reproduce a otra escala el misterio de la encarnación. Ella prolonga la sorprendente presencia de Dios a través de lo débil (cf. 1Cor 1, 18-25) y por eso será siempre motivo de extrañeza. Pero es a esta Iglesia, divina y humana de arriba abajo, a la que amamos y procuramos construir, colaborando para que, a partir de su condición de pecadora que Cristo bien conoce –como conocía los pecados de Pedro y de sus apóstoles–, se esfuerce cada día por ser más fiel al Evangelio.

martes, 3 de febrero de 2026

Hija de Jairo y hemorroísa(Mc 5, 21-43)

 P. Carlos Cardó SJ 

Resurrección de la hija de Jairo, óleo sobre lienzo de Edwin Longsden Long (1889), Galería de Arte Victoria, Londres

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: "Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva."
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: "¿Quién me ha tocado el manto?" Los discípulos le contestaron: "Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"" Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido.
La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.
Él le dijo: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud."
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: "Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?".
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: "No temas; basta que tengas fe."
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.
Entró y les dijo: "¿Qué estrépito y qué llantos son éstos? La niña no está muerta, está dormida." Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: "Talitha qumi" (que significa: "Contigo hablo, niña, levántate").
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña. 

Se trata de dos mujeres, que además de la exclusión de que eran objeto en aquella sociedad patriarcal, padecían la impureza que su enfermedad les transmitía a ellas y a quien las tocase. Pero nada de ello fue impedimento para que Jesús las tratara con una solicitud cargada de sentimiento. Sin temer el ser criticado por transgredir normas y prejuicios, Jesús rompió –en éste y en otros casos– con el androcentrismo de su sociedad y mantuvo un trato solidario y liberador con las mujeres y los niños, que no sin motivo buscaban su proximidad. 

La primera mujer del relato lleva 12 años padeciendo una larga enfermedad, que los médicos no han podido curar. En la cultura hebrea la sangre es la vida (Gen 9, 4-5). La mujer pierde sangre, se le va la vida. Representa toda situación crítica de la que el creyente no sabe cómo salir mientras no sienta que la gracia de Dios lo toque y lo sane. La otra mujer es una niña de 12 años, que en Oriente equivale a la edad del noviazgo; pero que está enferma de muerte. Esta niña-mujer, por ser, además, hija de Jairo, jefe de la sinagoga, podría simbolizar al pueblo de Israel, que la Biblia presenta como la esposa de Yahvé. 

Mientras Jesús va a casa de Jairo, aparece en escena la mujer que sufre de hemorragias. Tiene una enfermedad que hacía impura a la mujer desde el punto de vista legal (Lev 15, 19-24) y tenía que permanecer apartada el tiempo que durara su hemorragia porque volvía impuro lo que tocaba. Humillada física y moralmente, la pobre mujer sólo puede acercarse a Jesús desde atrás, sin dejarse ver, sin poder tocar. Experiencias similares pueden darse en el camino de la fe: sucede algo lamentable y la persona se siente alejada, inhabilitada para la vida cristiana. Su fe entonces sólo logra expresarse como el deseo de que Dios la tenga en cuenta, como dice el salmo 80: Vuelve a nosotros tu rostro y seremos salvos. 

¿Quién me ha tocado?, pregunta Jesús, al sentir que la mujer le ha rozado el manto. No es un reproche, es una invitación: la fe interior de la mujer tiene que hacerse pública. Y es lo que hace ella con un gesto cargado de sentimiento: asustada y temblorosa… se postró ante él y le contó toda su verdad. Contarle toda su verdad es poner su vida en manos del Señor, reconocer que no hay nada oculto entre los dos, y dejar que él disponga las cosas según su voluntad. Por eso Jesús, después de tranquilizarla, le dice con afecto: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, estás liberada de tu mal. 

Todavía estaba hablando, cuando vienen a anunciar al jefe de la sinagoga que su hija ha muerto: ¿Para qué seguir molestando al Maestro? Jairo ya había expresado su fe, pero el anuncio que le traen hace que le sobrecoja el miedo a la muerte, la sensación de impotencia frente a lo irremediable. Pero Jesús lo reanima: No tengas miedo, basta con que sigas creyendo. 

Lo que viene después es una predicación en acción sobre el sentido cristiano de la muerte. Jesús le quita dramatismo, le arranca su aguijón (como dice san Pablo en 1Cor 15,55), la reduce a un sueño: la niña no está muerta, está dormida. El mensaje de su victoria sobre la muerte ha de ser comunicado a “los que se afligen como quienes no tienen esperanza” (1 Tes 4,13), y que en el relato aparecen simbolizados en el tumulto, el llanto y los gritos en la casa mortuoria. 

Jesús, entonces, tomó la mano de la niña y la sacó del sueño, con palabras llenas de ternura: Talita Kum (que significa: Muchacha, a ti te hablo, levántate). Conviene advertir que el mandato de Jesús, ¡Levántate! ¡Ponte de pie!, significa también ¡Resucita!, y es el verbo que se emplea en los relatos de la resurrección: “Cuando resucite (cuando sea levantado), iré delante de ustedes a Galilea” (14,28). “Ha resucitado, no está aquí” (16,6). 

La niña se levantó y se puso a caminar. Y ellos se quedaron llenos de estupor, con el mismo sentimiento que tendrán las mujeres ante el sepulcro vacío (16,8): temor y desconcierto. Y les mandó que le dieran de comer. Porque todavía queda camino por andar...  A lo que Dios hace en nuestro favor, corresponde nuestra colaboración. 

El mensaje es sencillo y claro: todos podemos vernos en situaciones extremas, propias o de otros, en las que ya nada se puede hacer. Las palabras de Jesús a Jairo: No tengas miedo, basta con que sigas creyendo, nos ayudarán a no dejarnos dominar por el miedo y la desesperación. Sabremos infundir ánimo a quien lo necesita. Procuraremos, además, que “que la Iglesia sea un recinto de paz, de justicia y de amor para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

lunes, 2 de febrero de 2026

La presentación del Señor (Lc 2, 22-40)

 P. Carlos Cardó SJ 

La presentación en el templo, óleo sobre lienzo de Stephan Lochner (1477), Museo Estatal de Hesse, Darmstadt, Alemania

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo: "Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel".
El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma".
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con Él. 

La manifestación de Jesús Mesías a Israel, que aparece representado en los tres elementos característicos de su religiosidad: la Ley (van a cumplir lo mandado por la ley), el Templo (presentación del Niño) y la profecía (representada en Simeón y Ana).

Jesús-Mesías encarna y lleva a cumplimiento esos tres elementos. La Ley: porque Él trae la nueva ley del amor, sello de la nueva alianza. El templo: porque su cuerpo, roto en la cruz y resucitado al tercer día, es el verdadero templo. La profecía: porque la gente lo reconocerá como un profeta pero Él dirá que es más que eso, pues de Él hablan las Escrituras y en Él se cumple lo que anunciaron las profecías. 

El Templo ocupa un lugar central en la vida judía. Era considerado el lugar donde resplandecía la gloria de Dios, donde se tenía la certeza de estar en su presencia, mucho más que en cualquier otra parte. Pero la entrada del Hijo del Altísimo, heredero del trono de David, que reinará sobre la casa de Jacob para siempre (Lc 1, 32-33), se realiza de manera humilde y paradójica: entra en el templo –la casa de su Padre– como un sometido más, como un hombre cualquiera que tiene que cumplir la ley. Sus padres pagarán por su rescate la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones, aunque es Él quien viene a pagar con su sangre el rescate de nuestras vidas. 

Destaca la figura del anciano Simeón. Su nombre significa Yahvé ha oído. Representa al justo que oye la Palabra y la acoge en su corazón. Representa al cristiano que es el “oyente de la palabra”. Pero quien mueve a la persona para la escucha de la palabra de Dios no es solamente su voluntad, sino el Espíritu, que actúa en los corazones. 

Tres veces se le menciona referido a Simeón: el Espíritu estaba con él…; el Espíritu le había revelado que no moriría antes de haber visto al Cristo…; vino al templo movido por el Espíritu… Simeón es por ello también figura del Israel justo que aguarda el consuelo de Dios (Is 40), la liberación prometida para el tiempo del Mesías. 

Después de ver al Niño y reconocerlo como el Mesías, Simeón expresa su gozo con un canto de alabanza a Cristo, luz de las naciones. La Iglesia reza este himno en la última oración del día, antes del descanso nocturno. En él se expresa la actitud de confianza de quien, por acción del Espíritu en su vida y por su adhesión a la Palabra, ha vencido el miedo a la muerte y vive confiando en el Señor. El encuentro con el Señor libera de las sombras de la muerte. Quien se encuentra con el Señor puede morir en paz. 

María y José se admiran de lo que dice el anciano. 

Viene después la profecía que Simeón dirige a la Madre: Este Niño será un signo de contradicción, una bandera discutida. Muchos se escandalizarán de Él, no podrán resistirle y querrán hacerlo desaparecer. Pero queda claro que ante Él habrá que definirse: a favor o en contra. El que no está conmigo, está contra mí está; y el que no recoge conmigo, desparrama, dirá (Lc 11,23). 

El pasaje de la Presentación de Jesús en el templo, y en especial la figura de Simeón, dice mucho a la vida cristiana. Como él, el cristiano procura ser justo, es decir, respetuoso de Dios para proceder de manera responsable ante Él. El Espíritu es el que orienta sus relaciones con los demás y lo mantiene coherente y auténtico en su opción personal por Cristo. Su corazón, en fin, desborda de confianza porque sabe que el Señor es fiel y hará que sus ojos vean su salvación.

domingo, 1 de febrero de 2026

Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

El sermón de las bienaventuranzas, acuarela opaca sobre grafito en papel vitela gris de James Tissot (1886 -1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes». 

El sermón del monte recoge los criterios según los cuales Dios juzga y actúa. Y es fácil comprobar que son criterios opuestos a los del mundo. La sociedad ofrece otros medios para fabricar la felicidad. Jesús se alegra con los desdichados porque tienen "mayor ventaja": Dios está a su favor, con ellos, promoviendo la transformación del mundo en justicia, paz y fraternidad. 

Las bienaventuranzas no pueden servir de pretexto para obrar la injusticia o resignarse a ella. Al contrario, ellas dejan al descubierto la raíz de toda injusticia y corrupción, que proviene del hecho de considerar dichosos al rico y al poderoso que dominan a los demás. Si éste es nuestro único criterio de valorar las cosas, es claro que continuarán las injusticias y la corrupción y consentiremos con ellas. De ninguna manera el pobre es bienaventurado por la pobreza en que vive. Sólo el cambio de valores que Jesús enseña puede hacerles comprobar que Dios está con ellos y que el evangelio es buena noticia. 

Tampoco se puede ver el sermón del monte como una nueva ley, más difícil que la antigua. Es la descripción del corazón nuevo que Dios prometió por medio de los profetas. Por eso, lo que aquí afirma Jesús es lo que él vive y lo que comunica a los que lo siguen. Sus palabras no son ley, sino buena noticia; no son exigencias nobles y difíciles, sino el anuncio de la obra que quiere realizar en nosotros si lo aceptamos. Sin el don de su Espíritu del amor, las bienaventuranzas no son otra cosa que una ideología, tanto más desesperante cuanto sublime. 

Estas palabras son para todo aquel que busca el sentido y verdad de su vida. Son las actitudes que mueven el trabajo para hacer realidad una nueva humanidad. Son los rasgos que podemos ver en aquellas personas y comunidades que se caracterizan por ser misericordiosas, por tener limpio el corazón y buscar la paz. Estos hombres y mujeres contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz. Ellos reproducen los rasgos del ser humano que Dios creó “a imagen y semejanza suya”. 

- Pobres de espíritu: sin codicia ni apegos materiales. Son los humildes de corazón de pobre, en contraposición a los de corazón duro y dura cerviz. El pobre de espíritu –o pobre en el espíritu– es humilde: vive de lo que le dan y es agradecido. Así es Jesús, el Hijo, que todo lo recibe del Padre. Todos somos lo que hemos recibido. El motivo de la bienaventuranza no es la pobreza sino el por qué, lo que con ella se consigue: al pobre, Dios lo llena de sus dones y está dispuesto a dársele. La pobreza es la condición para acogerlo. 

- Pacientes: bondadosos, han desterrado de su alma la hostilidad. No pelean y ceden en vez de agredir al adversario. No se irritan, no intentan dominar, ni buscan la venganza. No son insensibles, son dueños de sí mismos y saben que el comportamiento modifica el sentimiento.

 

- Los afligidos: firmes frente al sufrimiento, no sacan de él ni pesimismo ni amargura. Dios les da consuelo y los fortalece para poner amor en la adversidad y superarla.

 

- Los que tienen hambre y sed de justicia: convencidos de que el respeto y la equidad son la condición para poder vivir humanamente en sociedad, se empeñan en desubrir nuevos horizontes de posibilidades, crear alternativas de vida digna para todos, abrir caminos para la superación de los conflictos.

 

- Misericordiosos: interesados en resolver el problema del otro, muestran una especial sensibilidad frente al sufrimiento ajeno, hasta el punto de sentirlo como propio. Es la forma fundamental del amor: pasión que se hace com-pasión.

 

- Limpios de corazón: El corazón es el centro de la persona. En su corazón llevan a Dios y lo ven en todas las cosas, porque en todo está Dios. Carecen de malicia, buscan el bien, son rectos y leales con Dios y con el prójimo. El corazón limpio no está dividido por conflictos de lealtades, ni mezcla de intereses, no es hipócrita ni inseguro.

 

- Constructores de la paz: se oponen a todo tipo de violencia, evitan todo conflicto y los que son inevitables, procuran resolverlos con diálogo y concertación. Construyen fraternidad, es decir, colaboran en la obra que Dios, después de la creación, sigue realizando entre los seres humanos. Por eso él los acoge como hijos e hijas.

 

- Perseguidos: personas así podrán ser incomprendidas y aun perseguidas porque su sola presencia contradice a los poderosos. Quien ama a los hermanos se choca con el mal: encuentra hostilidad. Como Jesús. El discípulo sabe que su destino puede ser el de su Maestro y sabe también que “si con él morimos, reinaremos con él” (2Tim 2,11).

 

Así pensó Dios al ser humano cuando lo iba modelando con sus propias manos.