sábado, 2 de mayo de 2026

Quien me ve a mí, ve al Padre (Jn 14,6-14)

 P. Carlos Cardó SJ 

Santísima Trinidad, óleo sobre lienzo de José Moreno (1667), iglesia del Santo Cristo de la Sangre, Palma de Mallorca, España

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Le dijo Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le replicó: "Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre". 

Jesús, en la última cena, transmite a sus discípulos la confianza de que, por la fe, podrán experimentar que está siempre con ellos y no los abandona nunca. A partir de su resurrección, se inicia una nueva forma de presencia suya, con la que viene a nosotros cuando nos amamos unos a otros como él nos amó y cuando oramos en su nombre. 

Yo soy el camino, la verdad y la vida, les dice a todos lo que quieren saber quién es él. Jesús es el camino porque él mismo es la verdad y la vida. Es el camino hacia la fuente y plenitud de la verdad y de la vida, que es Dios, meta de nuestro caminar. Por eso añade: Nadie va al Padre sino por mí. Es la verdad porque revela al Padre, de modo que quien lo conoce a él conoce a Dios. Es la vida porque vive en el Padre, hasta el punto de que quien lo ve a él, ve al Padre (v.8). Ha dicho también: Yo he venido para que tengan vida y la tengan plena (Jn 10,10) porque el Padre ha dado esta vida al Hijo y es el Hijo el único capaz de darla a los que creen en él (Jn 10,18). Quien cree en mí, aunque muera, vivirá  (Jn 11,25). De modo que, con estas palabras sobre su propia identidad, Jesús no se presenta simplemente como un guía moral, sino como quien ofrece su vida humana, su forma humana de ser con relación a Dios, con relación a los prójimos y consigo mismo, como el camino que conduce a la realización plena de la existencia humana, que es el encuentro con Dios. Mirándolo a él conocemos quién y cómo es Dios, qué y cómo se es en verdad hijo o hija de un Dios que es Padre nuestro. 

Con toda ingenuidad Felipe pide a Jesús: Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta. Quizá está pensando en las teofanías que vieron Moisés y Elías en el Sinaí, o en las visiones de la corte celestial que tuvieron los profetas. No ha entendido que Jesús se ha referido a sí mismo como el Enviado definitivo del Padre, cuyo actuar es el actuar mismo de Dios y cuya humanidad hace accesible a Dios. La respuesta de Jesús: Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre insiste en la realidad de un Dios a quien nadie ha visto, pero que se ha revelado, encarnado y hecho presente en él (1,18; 17,6). 

En adelante es por la humanidad de la Palabra encarnada como los seres humanos se unen a Dios. No hay otro mediador. El ser humano de Jesús y, en particular, el modo como vivió la fraternidad, hace ver que todos tenemos un origen común y que él es el Hijo de un Dios que es Padre. En sus palabras y obras, Dios se manifiesta y se da como amor. Por eso, también nosotros haremos lo que él hizo y aun cosas mayores, porque su amor sigue en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en mí hará las obras que yo hago e incluso otras mayores. 

El vacío dejado por su partida lo llena su presencia resucitada. Es la promesa que Jesús hace y que se cumple para el que cree en él. La fe realiza la unión de Jesús y el discípulo, semejante a la unión suya con el Padre. Y la fe se expresa de manera privilegiada en la oración en su Nombre, que significa orar unido a él. Y por eso, porque Jesús está unido al Padre, no cabe duda de que la oración será escuchada: Les concederé todo lo que pidan en mi nombre. Este “todo” que Jesús promete conceder se refiere a la obra que Dios ha realizado en el mundo por medio de él, y de la que los creyentes se han convertido en actores e instrumentos. Por eso dice Jesús que lo que concede es para que el Padre sea glorificado. La oración cristiana en nombre de Jesús expresa, pues, el deseo de ser su instrumento eficaz. Esa ha de ser la motivación de todas nuestras peticiones.

viernes, 1 de mayo de 2026

El hijo del carpintero (Mt 13, 54-58)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús desechado en Nazaret, ilustración de William Hole en La Vida de Jesús de Nazaret publicada por Fine Art Society, Londres, 1906

Un día se fue a su pueblo y enseñó a la gente en su sinagoga. Todos quedaban maravillados y se preguntaban: «¿De dónde le viene esa sabiduría? ¿Y de dónde esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¡Pero si su madre es María, y sus hermanos son Santiago, y José, y Simón, y Judas! Sus hermanas también están todas entre nosotros, ¿no es cierto? ¿De dónde, entonces, le viene todo eso?».
Ellos se escandalizaban y no lo reconocían. Entonces Jesús les dijo: «Si hay un lugar donde un profeta es despreciado, es en su patria y en su propia familia».
Y como no creían en él, no hizo allí muchos milagros. 

Con este relato, San Mateo pone fin a la actividad pública de Jesús en Galilea. Se conoce este momento como la “crisis galilea”. El pueblo que lo había seguido por los milagros que realizaba y por la sabiduría con que enseñaba, cambió, le dio la espalda, rehusó su llamada a la conversión. Se decepcionaron de él porque no correspondía su modo de ser y de actuar al del mesías que ellos esperaban. 

Jesús va a su ciudad, Nazaret, y como era su costumbre se pone a enseñar en la sinagoga. Sus paisanos lo oyen con estupor. Se preguntan sobre el origen de su sabiduría y de sus milagros. ¿De dónde le viene todo eso? ¿Son facultades humanas suyas propias o son poderes divinos que actúan en él? Así formulan sus dudas, pero en realidad lo que les impide dar el paso de la fe y adherirse a él es su misma persona. El texto de Mateo lo afirma explícitamente: se escandalizaban a causa de él (v.57). El misterio de la persona de Jesús actúa en ellos como un obstáculo y frente a él se cierran en la incredulidad. La razón es que no se muestran dispuestos a deponer sus propias seguridades y reconocer que Dios puede actuar de manera distinta a como ellos piensan que debe actuar, el mesías tiene que ser como ellos lo piensan, la salvación tiene que coincidir con lo que ellos ansían lograr. Por esto, no son capaces de ver en Jesús más que al hijo del carpintero. Ha crecido entre ellos, lo conocen de sobra. Además, su madre, María, y sus hermanos y hermanas son gente conocida de Nazaret, sin nada extraordinario. El mesías, libertador de Israel, no puede tener orígenes tan humildes. 

Jesús responde a sus paisanos citando un proverbio, probablemente conocido por ellos, con el que les hace ver la experiencia que le están haciendo vivir: Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y entre los suyos. El desprecio de los nazarenos anticipa lo que se hará realidad más tarde para todo el pueblo, su «no» a Jesús, su incredulidad. 

Los parientes de Jesús no sólo no lo apoyaron sino que, como refiere Marcos, intentaron sacarlo de circulación porque lo veían como un loco (Mc 3,21); sus paisanos de Nazaret, que lo vieron crecer, se negaron a aceptar que pudiera ser más que un simple carpintero; en su propio grupo de íntimos hubo un traidor; los sumos sacerdotes y expertos en religión pidieron su muerte; y sus discípulos lo dejaron solo. Se puede estar muy cerca de Jesús y no aceptarlo; mejor dicho, por estar cerca de él, se le puede desvalorizar o no tener en cuenta. Se hace de él y de su mensaje algo ya tan conocido, que la costumbre le priva de su fuerza transformadora. Puede ocurrir también que otros atractivos e intereses personales o de grupo releguen a un segundo plano lo que él ofrece: otros valores se superponen a los de su evangelio y los ahogan. La comunidad cristiana en sus representantes puede actuar a veces como un grupo o espacio social de gente que sabe cómo debe actuar Dios y se niegan a la novedad y al cambio que con su pobreza y humildad el pequeño carpintero de Nazaret les propone. Se quiere un mesías conforme al propio gusto, una salvación feliz que ahorre el esfuerzo de la continua purificación, una realidad divina sobrenatural y trascendente que haga olvidar los dolores y sufrimientos del mundo. Siempre ha sido un escándalo la realidad humana de Jesús, la encarnación de Dios y la sabiduría de la cruz.

jueves, 30 de abril de 2026

No es el siervo mayor que su señor (Jn 13, 16-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo lava los pies de sus discípulos, óleo sobre madera de Jacopo de Barbari (1500 aprox.), Galería Nacional de Bratislava, Eslovaquia

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra mí. Se lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy. En verdad les digo: El que reciba al que yo envíe, a mí me recibe, y el que me reciba a mí, recibe al que me ha enviado». 

No es el siervo (esclavo) mayor que su señor… No es que llame siervos a sus discípulos, a quienes les ha lavado los pies, poniéndolos a su nivel, él, su Maestro y Señor. Lo que pretende con la frase es hacerles ver la arrogancia e insensatez que sería pretender vivir sin seguir su ejemplo. Él les ha enseñado dónde deben encontrar la verdadera grandeza. Pueden recordar las veces que Jesús les dijo que deben estar siempre dispuestos a servir, como lo hizo él al ponerse a lavarles los pies. La grandeza de Jesús como señor ha quedado de manifiesto en el hacerse servidor de todos, no en ponerse por encima de los demás y dominar. La frase que traen los Sinópticos sobre lo que significa ser el primero en la comunidad, ha debido ser una enseñanza continua de Jesús a sus discípulos: Ya saben que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y sus dirigentes las oprimen. Nada de esto se ha de dar entre ustedes, sino que el que quiera ser el primero, hágase el servidor de los demás (Mc 10, 42 s.). 

Ellos son sus enviados, sus apóstoles. Es la primera vez que en Juan aparece este término. La grandeza del apóstol ha de ser la de quien lo envía, que se plasma en el servicio que ofrece. No tiene ningún sentido buscar en la comunidad (Iglesia) otro tipo de grandeza. Pretensiones así no deben tener cabida en el ánimo del apóstol ni se deben permitir en la comunidad de los discípulos. 

Pero no es un ánimo empequeñecido lo que Jesús promueve en sus seguidores. La motivación es ser felices: Si hacen esto, serán felices. Es la bienaventuranza prometida al servicio, que Jesús les garantiza. Recordando su ejemplo, el apóstol Pedro resumirá lo que hizo Jesús con estas palabras: Pasó haciendo el bien (Hech 10, 38) y liberando a la gente con el poder del Espíritu Santo. Y la palabra de Jesús que le quedará grabada a Pablo como norma de su trabajo es: Hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20, 35). 

A continuación, Jesús advierte –seguramente con el ánimo conturbado– que no todos sus discípulos serán felices, no todos experimentarán la bienaventuranza ligada al servicio. Por eso dice: No estoy hablando de todos ustedes; yo sé muy bien a quiénes elegí. Y hace una velada alusión a Judas. Estas palabras reflejan la preocupación del Maestro por salvar a su discípulo traidor. Conoce a quienes eligió y a todos los ama, sin excluir a ninguno. No puede excluir a nadie, no sería el Hijo de Dios. Se excluye quien traiciona y eso estaba previsto: El que come mi pan, se ha puesto en contra mía. Es una cita modificada del Salmo 41,10. El original expresa mucho más el sentimiento de quien la dice: Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, y que compartía mi pan, es el primero en traicionarme. Se puede estar en la cercanía más íntima con el Señor, gozar de su confianza y comer su pan, y no obstante dejarse oscurecer la mente hasta traicionar. Pero esa misma Escritura que menciona la traición habla continuamente del amor fiel e inquebrantable de Dios por su pueblo desleal y por cada uno de sus hijos, aun cuando le sean infieles. 

Aunque haya un Judas, el Señor está siempre en su Iglesia, comunidad de los que creen en él. Y está como el Enviante, que escoge y envía a personas siempre defectuosas, nunca del todo aptas para la misión que él les va a confiar. Pero, aunque el enviado sea indigno, el Señor estará con él, se prolongará en él, continuará por medio de él su obra. Por eso, acoger a su enviado es acoger al Señor, que se ha querido identificar hasta con el último de sus hermanos y lo ama con el mismo amor con que lo ama el Padre misericordioso. La misión es siempre válida, sea cual sea el comportamiento del enviado. El misterio de la gracia salvadora y el misterio de la iniquidad coexisten en el tiempo. Dios es capaz de realizar su designio de salvación aun cuando el mal y la culpa actúen desde el centro mismo de su Iglesia, en sus ministros y representantes.

miércoles, 29 de abril de 2026

Yo, la luz, no he venido a condenar sino a salvar (Jn 12, 44-50)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo redentor, témpera sobre lienzo de Andrea Mantegna (Siglo XV), Congregación de la Caridad, Correggio, Italia

Jesús dijo claramente: «El que cree en mí no cree solamente en mí, sino en aquel que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no permanezca en tinieblas. Si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvarlo. El que me rechaza y no recibe mi palabra ya tiene quien lo juzgue: la misma palabra que yo he hablado lo condenará el último día. Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre, al enviarme, me ha mandado lo que debo decir y cómo lo debo decir. Yo sé que su mandato es vida eterna, y yo entrego mi mensaje tal como me lo mandó el Padre». 

Alzando la voz para que todos en el templo le escuchen, Jesús proclama que quien cree en él, cree en Dios que lo ha enviado. Habla de sí mismo con toda convicción. Todo su discurso está en primera persona. Quiere hacer ver que es a él a quien hay que buscar y seguir porque en él está la fuente de aguas vivas y a su luz veremos la luz de nuestro destino eterno (cf. Sal 36, 9). Cristo es el “objeto” de nuestra fe. Quien se adhiere a él por la fe, entra en contacto directo con Dios, lo conoce, escucha sus palabras que liberan y conducen a la máxima realización de su persona. Quien cree en mí, no cree en mí sino en aquel que me envió. 

Quien me ve, ve a quien me envió. Una idea continuamente expuesta en el evangelio de Juan es que Jesús es el revelador del Padre: quien lo ve, ve a Dios, al Invisible, a Aquel a quien nadie ha visto. Jesús, el Hijo, nos hace accesible al Inaccesible. Ya no es la Ley lo que nos da acceso a Dios, como querían los fariseos. En Jesús conocemos quién es Dios y cómo ama Dios. 

Por eso, por ser revelador de Dios, Jesús es luz. Yo, la luz, he venido al mundo para que quien cree en mí no permanezca en las tinieblas. Asegura, por tanto, a quien lo sigue un camino seguro hacia la realización auténtica de su ser en Dios. Da a conocer la realidad como Dios la conoce y hace conocer y vivir la verdad de nosotros mismos. Esta luz la llevamos dentro y nos hace ver a Dios como padre y a los demás como hijos suyos y hermanos nuestros. 

Pero Jesús no se impone, no coacciona a nadie; él invita, ofrece un don, proclama una buena noticia. Escuchar y acoger sus palabras son un acto libre, que se hace desde el corazón, de lo contrario no transforman a la persona, la dejan librada a su limitada capacidad de darse a sí misma una duración eterna, o de lograr la plena realización de sus anhelos. Por eso dice: Si alguno escucha mis palabras y no las conserva, yo no lo juzgo. Es la idea expresada en el capítulo 3,19: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él. Es verdad que su Padre no juzga a nadie, sino que le ha dado al Hijo todo el poder de juzgar (5,22). Pero este juicio que el Hijo realiza se cumple en la cruz, donde el amor máximo de Dios por nosotros enfrenta la maldad de este mundo. 

Es el propio sujeto quien se condena al rechazar este amor salvador de Dios. Al negarse a escuchar a Jesús y seguir sus enseñanzas, rechaza su propia realidad verdadera, vive de manera inauténtica, y eso se pone de manifiesto. En el evangelio de Juan eso equivale a preferir las tinieblas a la luz. Para quien me rechaza y no acepta mis palabras hay un juez: las palabras que yo he dicho serán las que lo condenen. 

Jesús termina este discurso afirmando categóricamente que ha hablado con la autoridad de Dios: el Padre que me envió es el que me ordena lo que debo decir y enseñar. Y quiere también Jesús transmitirnos la seguridad de que todo lo que el Padre le ha ordenado decirnos es para nuestra vida. Todo lo que ha hecho y enseñado es capacitarnos y orientarnos para vivir plenamente. Por eso sus palabras: Yo sé que su enseñanza lleva a la vida eterna. Así pues, lo que yo digo es lo que me ha dicho el Padre.