jueves, 12 de marzo de 2026

Poder de expulsar demonios (Lc 11, 14-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación de un epiléptico, ilustración de Harold Copping para El Libro de Historias Bíblicas (1923)

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo.
Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada. Pero algunos decían: "Este expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: "Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Belzebú. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama". 

Los adversarios de Jesús le han visto liberar a un pobre hombre que había perdido el habla a causa de un espíritu malo y le acusan de emplear una fuerza demoniaca para realizar tales acciones. Pero estas acciones visibilizan la presencia del reino de Dios que él anuncia e inicia y por eso no puede dejar de realizarlas. La fuerza de Dios, que creó todas las cosas y reordena el mundo, actúa en él para liberar a todos los oprimidos y llevar a plenitud su obra creadora en el mundo. Los profetas lo habían anunciado para los tiempos últimos fijados por Dios. Por eso, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había reivindicado para sí la posesión de ese mismo Espíritu, que le consagraba y sostenía para la misión que el Padre le había encomendado: El Espíritu del Señor sobre mí me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres y me ha enviado a anunciar la liberación de los cautivos… (Lc 4, 18; Is 61, 1s). En su respuesta a la acusación que le hacen, hace ver que esos signos que realiza lo acreditan como el enviado plenipotenciario y definitivo de Dios, portador de su Espíritu. Por eso afirma: Si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios… es que ha llegado a ustedes el reino de Dios. 

En las expulsiones de demonios se concentra de la manera más gráfica el poder de Dios que actúa en Jesús venciendo al mal. Hoy no se acepta sin más, como en aquel tiempo, la posibilidad de una presencia y de una acción maciza del demonio en el mundo y en las personas, y se sabe que, en general, se atribuían los males físicos a demonios (dáimones) o espíritus malignos. Concretamente, enfermedades que hoy llamaríamos psiquiátricas, y algunas orgánicas que se manifiestan con síntomas impresionantes, como convulsiones violentas y pérdida del conocimiento, eran vistas como el efecto o presencia de un factor numinoso o sobrenatural. 

Sin embargo, debemos decir que estos textos no han perdido el valor profundo que tienen para nosotros hoy porque la intención que tuvieron los primeros testigos al consignarlos en los evangelios es hacernos ver que, en Cristo, los poderes temibles del mal y de la muerte han dejado ya de ser invencibles. Jesús exorciza, “desdemoniza” el mundo, libera a los hijos e hijas de Dios de todo demonio personal o social, de toda sumisión fatalista a las fuerzas de la división, injusticia, odio y perdición, sana la creación que ha sido dañada por la maldad humana y abre para todos, el reino de Dios su Padre. 

Jesús es el más fuerte que viene y vence. Su victoria está asegurada. El reino de Satanás no pude mantenerse en pie. Pero esta victoria todavía debe extenderse en el plano personal y abrazar la vida de cada uno. Hasta su derrota final, el mal sigue actuando en el mundo. Nuestra vida cristiana está siempre amenazada. Quien se sienta seguro, tenga cuidado de no caer, advierte Pablo (1 Cor 10,12). Por eso pedimos al Padre que no nos deje caer en la tentación y que siga librándonos del mal y del maligno. 

La lucha contra el mal continúa y la podemos sostener porque nos conduce y fortalece el Espíritu que hemos recibido en el bautismo. Él nos hace vivir como hijos e hijas, capaces de llamar Abba a Dios, nos libra del temor y nos capacita para discernir cuáles son sus divinas inspiraciones y cuáles son las del enemigo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Una actitud más allá de la ley (Mt 5, 17-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cabeza de Jesús, estudio preliminar para el cuadro Jesús llora por Jerusalén de Enrique Simonet (1890 – 1891), Museo del Prado, Madrid

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos". 

Jesús, con la autoridad de quien dio los diez mandamientos, modifica la Ley de Moisés, no para contradecirla ni abolirla, sino para darle su sentido pleno. La Ley era el sello de la alianza de Dios con Israel, pero los rabinos fariseos la habían convertido en un conjunto de prácticas exteriores, descuidando lo fundamental: el amor y la justicia. Jesús hace pasar de una moral de acciones externas, a la moral de actitudes que arraiga en el corazón, porque de los deseos del corazón provienen las malas acciones. Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor como centro. Vieron asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee autoridad por sí misma, sino por Jesús y que, por consiguiente, su función es la de ser guía –preceptor o pedagogo, dice Pablo– hacia Cristo (Gal 3,24), quien por medio de su Espíritu, infundido en nuestros corazones, nos impulsa a la justicia mayor del amor. 

Por todo esto, Jesús no dudó en mostrarse libre frente a las exigencias concretas de la ley cuando estaba de por medio el derecho de las personas o la vida de un ser humano que reclamaba su auxilio: por eso curó enfermos en sábado y liberó a sus discípulos de las tradiciones litúrgicas respecto a las purificaciones y ayunos. 

Abrió la ley a las exigencias más profundas del amor a los demás. No basta no matar (vv. 21-26), dirá; también la ira, el insulto, el desprecio son formas de matar al otro. El acuerdo y la reconciliación entre los hermanos están por encima del culto religioso (23-24). No ponerse de acuerdo significa destruir la propia condición de hijo y de hermano (25-26). Por eso, no puede tener a Dios por Padre ni tomar parte en el banquete de los hermanos quien primero no se reconcilia con su hermano que tiene algo contra él. La fraternidad rota hay que restablecerla. Mantener el desacuerdo es ya en sí mismo “el mal”. A eso se refiere Jesús cuando habla de la condena al fuego que no se apaga, la Gehenna, que era un lugar a las afueras de Jerusalén, en donde los paganos ofrecían sacrificios humanos al dios Moloch, y que los hebreos habían desacralizado convirtiéndolo en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. Jesús se vale de esta imagen para afirmar que quien no considera al otro como hermano es como si hubiera sacrificado su propia vida y la hubiese arrojado a la basura. 

A continuación, Jesús interpreta el mandamiento No cometerás adulterio (v.27-32). Lo que busca es inculcar en sus oyentes el respeto a ese bien fundamental del prójimo que es su vida de pareja, en la que se realiza como persona a imagen de Dios. Jesús prohíbe no sólo el adulterio físico sino también el del corazón. Una fidelidad puramente exterior, que no sea a la vez del ojo y del corazón, será una hipocresía. El ojo es para desear y la mano para tomar. Hay aquí una advertencia contra la tendencia que lleva a no admirar nada sin querer en seguida adquirirlo, consumirlo. Jesús nos exhorta a cuidar esa tendencia para que ni el ojo con que deseamos ni la mano con que agarramos sean para nuestra muerte. La decisión ha de ser firme, sin componendas. Por eso su lenguaje hiperbólico: arráncate el ojo, córtate la mano, si son ocasión de pecado. 

Luego habla Jesús de la indisolubilidad del matrimonio. No la propone como una ley más dura que la antigua, sino como una gracia que Dios concede. Dios es quien capacita para amar con fidelidad. Jesús dirá: Ámense como yo los he amado. Permanezcan en mi amor. Por eso el amor fiel se recibe como gracia, se lleva a la práctica en obediencia y madura con la educación del amor. Hay que educar para el amor verdadero que tiene en sí mismo la fuerza para crecer y rehacerse en medio de las dificultades. Por falta de esta educación, llegan inmaduras a la boda, incapaces de asumir con libertad responsable el compromiso estable y definitivo del matrimonio cristiano, motivados únicamente por el deseo de ser felices, pero no formados en la capacidad de asumir las frustraciones (y la cuota de infelicidad) que toda vida trae consigo. Creen que el amor dura mientras uno es feliz, no creen en el amor que se recrea, se cura, soporta y perdona para renacer en una nivel superior de mutua comprensión y apoyo; en una palabra, no creen en el amor cristiano que canta San Pablo en la 1 Corintios 13.  Formación, acompañamiento, comprensión y discernimiento pueden lograr lo que ninguna ley es capaz de lograr, devolviéndole al matrimonio su pureza original de libre donación de amor hasta la muerte. 

Finalmente, el evangelio de hoy habla de la sinceridad y transparencia. Quien jura pone a Dios por testigo de su propia veracidad. Jurar en falso es poner a Dios por testigo de una mentira. Por eso, los juramentos y promesas se han de cumplir para no deshonrar a Aquel que ha sido puesto como testigo. En todo caso deberá bastar la propia palabra, como garantía de que la persona es digna de credibilidad. Mucho hay que trabajar en los hogares, en las escuelas, en las iglesias para devolver credibilidad a la palabra en una sociedad que induce a lo contrario: a convertir el sí en no y el no en sí según sea el propio interés.

martes, 10 de marzo de 2026

El perdón (Mt 18, 21-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Reconciliación, xilografía en tinta negra sobre papel japonés de Franz Marc (1912), Galería Nacional de Arte, Washington DC, Estados Unidos

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".
Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: 'Págame lo que me debes'. El compañero se le arrodilló y le rogaba: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: 'Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?'. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
 

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola. 

La parábola contrapone la magnanimidad de un señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda. 

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor, nos dio todo lo que tenemos para que le sirvamos, reconociendo su amor y sirviendo a nuestros prójimos; nos alejamos de él y de su voluntad, y corrimos el grave riesgo sucumbir al poder del pecado y de la muerte, pero él, en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó con nuestros pecados y nos reconcilió por su sangre derramada en la cruz. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido. 

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una convivencia humana en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión. 

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza. 

Pero es de justicia, se suele argüir. En efecto, lo es pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló de perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos. 

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.

lunes, 9 de marzo de 2026

Jesús rechazado en Nazaret (Lc 4, 24-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la sinagoga de Nazareth, acuarela sobre tabla de Henry Coller publicado en una edición ilustrada de la Biblia (1948)

En aquel tiempo, Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: "Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria".
Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña sobre la que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí. 

Jesús ha iniciado su actividad pública en la sinagoga de Nazaret, pueblo en el que se ha criado, y lo ha hecho proclamando la buena noticia de la liberación ofrecida por Dios por medio de su persona y de su mensaje. Muchos al oírlo han quedado admirados de las palabras de gracia que salían de su boca. Pero no llegan verdaderamente a comprender quién es Jesús porque se quedan en lo que saben de él: que es el hijo de José, el carpintero del pueblo. Por eso Jesús les interpela su falta de fe; les hace ver que no lo reconocen como el enviado de Dios ni creen el anuncio que les ha hecho del comienzo de una era nueva que les exige nuevas actitudes. Conocían a Jesús demasiado para aceptar una novedad tan radical y, por otra parte, se resistían a cambiar sus propias vidas y sus costumbres de siempre. Jesús los exhorta a la conversión. Les recuerda que con su incredulidad y desconfianza están repitiendo el comportamiento de sus antepasados con los profetas Elías y Eliseo, que encontraron mejor acogida entre los paganos que entre sus oyentes del pueblo elegido de Dios. Así, Jesús sufre la suerte de los profetas, que fueron rechazados por los suyos y sólo pudieron actuar entre quienes no exigían milagros para creer, ni pretendían saber cómo debía actuar Dios. 

Los de Nazaret pasan entonces de la furia a la violencia y deciden quitarlo de en medio, eliminarlo. Lo empujan fuera de la ciudad e intentan despeñarlo desde el barranco del monte donde se alzaba su pueblo. Lo ven como un blasfemo y debe morir. Pero Jesús, de forma imponente, abriéndose paso entre ellos, se alejaba. La oposición de los nazarenos ha sido un adelanto del rechazo que va a sufrir en su actividad pública y que culminará en su condena a muerte. Llegará el momento en que las autoridades judías lo entreguen a los romanos y acabe su vida en la cruz. Pero aquello vendrá a su debido tiempo. Ahora la libertad soberana con que vence el furor de sus enemigos prefigura su resurrección. Jesús está por encima de la maldad humana. Jesús sigue haciendo el bien, a pesar de la malignidad del mundo. 

En el plano eclesial, el texto de hoy le recuerda a la Iglesia que siempre ha habido y habrá necesariamente dentro de ella profetas movidos por el espíritu de Dios, que interpelan a la sociedad y conmueven las conductas. Estos hombres y mujeres llaman también la atención de la misma Iglesia para que en sus instituciones humanas y en los hombres que la forman no tienda a acomodarse a ningún orden de cosas injusto, no se doblegue ante los poderosos, no siga otro interés que el de Jesucristo y no deje de defender los justos intereses de los necesitados si quiere seguir siendo fiel al evangelio. La libertad del profeta la necesita la Iglesia para denunciar las injusticias y anunciar el evangelio del amor, para invitar al cambio de conducta y pensar el futuro desde la justicia y el amor. Verdaderos ejemplos de inspiración profética los podemos apreciar en las actitudes y gestos que está demostrando el Papa Francisco para promover la renovación la Iglesia y la reforma de sus instituciones. 

Mientras Jesús está lleno del Espíritu Santo, los nazarenos están llenos de ira. También esto encuentra aplicación hoy si miramos los graves conflictos que se libran en el terreno de las religiones. La mayor dureza del corazón humano, capaz de llevar a las peores violencias, es la que proviene de las pretensiones religiosas, que se expresan en conductas intolerantes, excluyentes y condenatorias, y sustentan todo tipo de fundamentalismos o sectarismos del signo que sean. 

Para nosotros hoy, el mensaje de este evangelio mantiene plena vigencia. Todos nos podemos ver retratados en la sinagoga de Nazaret. Como los nazarenos, también nosotros en un primer momento acogemos con entusiasmo el mensaje del evangelio. Pero cuando comprendemos que la propuesta de Jesús nos exige cambios importantes en nuestro modo de vivir aparecen nuestras resistencias. Por otra parte, tampoco a nosotros nos agrada que alguien nos haga ver nuestras incoherencias y deje al descubierto nuestra incredulidad... El pasaje evangélico de hoy nos invita, pues, a no repetir el error de los paisanos de Jesús: en vez de echarlo fuera, salgamos nosotros fuera de los estrechos límites en que nos encerramos y vayamos con él. Sigamos sus itinerarios imprevisibles y demos los pasos que nos proponga dar, aunque inicialmente no entren en nuestros cálculos.