Dar al César lo que es del César
Mateo 22, 15-21 / Marcos 12, 1-12
Los fariseos y los partidarios de
Herodes plantean a Jesús una pregunta capciosa: ¿es lícito pagar el impuesto al
César? Si lo negaba, se ponía contra los romanos. Si decía que era lícito
pagar, iba contra el pueblo que sufría aquella carga injusta. Además, la cuestión
dividía a los judíos: unos se aprovechaban del cobro de los impuestos, como los
publicanos, y otros se oponían –incluso hasta la violencia, como los celotas–,
porque consideraban una idolatría el sometimiento al emperador romano.
Antes de responder, Jesús pide
que le enseñen una moneda para desenmascarar su mala intención. ¡Hipócritas!
–les dice– ¿Por qué intentan comprometerme? Cuestionan el derecho del César,
pero la moneda fiscal que muestran es la prueba visual de que pagan el
impuesto. Además, aceptar la moneda, con la imagen del César y la inscripción:
“Tiberio César Augusto, hijo del
divino Augusto”, es reconocer con hechos concretos que no tienen “más rey que
al César”. Reconocen por tanto públicamente su soberanía.
Si dicen que Dios es el único
Señor, ¿por qué no reconocen lo que ya hacen y asumen las consecuencias? Es
como si les dijera: Hipócritas hace tiempo que pagan el impuesto y encima usan
la moneda fiscal y la muestran sin reparo, ¿por qué, pues, me vienen con preguntas
capciosas?
Por estar sometidos al imperio
romano, los judíos estaban obligados a pagar sus impuestos, siempre que ese
pago no implicara desobedecer las leyes divinas (así lo reconocen los apóstoles
Pablo y Pedro, cf. Rom 13,1-7; 1 Pe 2,13-17). Por otro lado, todo israelita
debía reconocer que, a Dios, y sólo a él se le debía adorar, y que ningún poder
terreno podía exigir esto para sí. La fe en el único Dios prohibía la
divinización de cualquier poder temporal.
Por eso, la respuesta de Jesús no
es un modo elegante de escabullir el problema o de confirmar a sus adversarios
en lo que ya hacen; él sitúa la cuestión en otro nivel: ¿Qué puede esperar el
César y qué no? ¿Qué se le debe dar y qué no? Por eso, lo sorprendente de su
respuesta está al final: Den a Dios lo que es de Dios. Es el precepto de los preceptos.
La obediencia a Dios no tiene límites. Los fariseos sólo habían querido hacerle
daño a Jesús. Pero la respuesta que les da, a ellos que sólo han preguntado por
el César y no por Dios, los deja aturdidos y sin palabra; no les queda más que
retirarse.
Las palabras de Jesús: al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, han sido interpretadas de
diversas maneras. Muchos ven ahí el fundamento de la separación entre lo
temporal y lo religioso. Otros dedujeron más bien la alianza entre el trono y
el altar para mutuo sostén y apoyo. Los regímenes dictatoriales siempre han
pretendido sacralizar el Estado o subordinar la Iglesia al poder político;
mientras otros, durante mucho tiempo, defendieron el poder temporal de la
Iglesia y quisieron que la autoridad del Estado dependiese de la eclesiástica,
en formas variadas de integrismo o de voluntad de dominio por ambos lados.
Consecuencia de ello es la serie interminable de escollos y dificultades que
han sufrido en la historia las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Pero queda
claro en la frase de Jesús que sólo quien da a Dios lo que es de Dios sabe qué cosa
hay que darle al César. Lo que es de Dios es la libertad de sus hijos y el amor
a los hermanos. Quien busca esto en su vida sabe dar respuesta a lo otro.
Hoy, quizá, y debido entre otras
causas a la corrupción de la cosa pública, la tendencia va hacia la
“privatización de la religión”, a inducir al cristiano a vivir su fe en el
fuero íntimo de su conciencia, como si de esa manera pudiese desentenderse de
la política y de la economía. Se intenta desactivar la carga social del
cristianismo, en beneficio de intereses egoístas de individuos y grupos de
poder.
Pero la Iglesia no puede dejar de
transmitir los valores del evangelio que han de iluminar y orientar todo el
quehacer humano, incluido el quehacer político y social, con el que el ser
humano organiza la convivencia en sociedad, y encuentra en ello su realización.
Por eso es importante el compromiso político del cristiano, que es ejercicio de
la “caridad política”, orientada a promover la solidaridad, la libertad y la
dignidad de las personas.
El concilio Vaticano II y el
pensamiento de los últimos Papas nos enseñan a reconocer la independencia y
carácter laico del Estado. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia confronta a la
sociedad con los valores éticos y morales del Evangelio. El cristiano reconoce
la autoridad civil y la respeta con lealtad en todo aquello que la autoridad
realiza por el bien común. Pero el cristiano nunca es un aliado incondicional
del poder: ante todo es un aliado de las personas y especialmente de los más
indefensos. Por eso, cuando el poder político impone acciones y decisiones que
atentan contra la conciencia, contra los valores y deberes éticos y morales, el
César se encontrará con el rechazo decidido del cristiano.



