miércoles, 12 de agosto de 2026

La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Marta reprende a su hermana María Magdalena, óleo sobre lienzo de autor anónimo (presumiblemente femenino), (siglo XVII), Museo Smithsonian de Arte Americano, Washington DC, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano".
"Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo".
"Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". 

Somos conscientes de vivir en una época en la que se fomenta el individualismo. Una tendencia extendida lleva a subrayar más los derechos (del individuo) que los deberes (del ciudadano), y a resolver la tensión entre libertad y responsabilidad, apostando simplemente por “mi” libertad. Asimismo, la afirmación absoluta del individuo hace olvidar muchas veces a los otros, de tal modo que se llega a interpretar la tolerancia y el respeto al otro como no meterse con nadie, o como indiferencia y desinterés por la vida otro. Pero ya los primeros diálogos de Dios con el hombre en la Escritura nos plantean la pregunta: ¿Dónde está tu hermano Abel? No sé; ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Pero el otro es un “hermano”, de tu sangre, de tu casa. Eres responsable de él. 

Jesús hace conscientes a sus discípulos de un hecho que será inevitable: dentro de su comunidad habrá fricciones, ofensas, infidelidades y perjuicios. La Iglesia es pueblo de Dios en marcha…, comunidad santa y pecadora, necesitada de continua purificación. A pesar de los pecados de sus miembros, el Espíritu del Señor está siempre en ella. Y por eso no renuncia al Evangelio como norma de vida y no puede tolerar que los errores y pecados se conviertan en normas habituales de conducta; eso sería su muerte. Además, por el hecho de pertenecer a la familia humana, a todos nos atañe una responsabilidad pública frente a las conductas que dañan a la comunidad. Era el deber que sentía el profeta: Si tú no hablas, poniendo en guardia al que ha hecho mal para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su suerte (Ez 33, 8). Naturalmente no se trata de erigirnos en jueces de los demás; en muchas otras ocasiones el mismo Jesús reprueba esta actitud. Se trata de ganar a tu hermano, restablecerlo, curar el cuerpo herido, y aspirar a un modelo social y eclesial de inclusión, no de exclusión de los indeseados. 

Por eso, en el cristianismo, la corrección del hermano que ha pecado o cometido un error es signo y expresión del amor. El otro es reconocido siempre como es, con sus limitaciones; no es juzgado si se equivoca, se le absuelve si es culpable, se le busca si anda por el mal camino y se le perdona si peca. 

Sin aceptación, no es posible la corrección. Siempre es imprescindible escuchar al otro. Sólo así podrá aceptar lo que se le diga, y no lo sentirá como una agresión. La corrección del hermano se hace sin violencia, no por venganza ni por rencor. Porque amas a tu hermano como a ti mismo, lo corriges para no cargarte de un pecado de omisión con respecto a él. Es un miembro enfermo, se siente dolor por él, se busca curarlo porque es parte del mismo cuerpo. Buscar al que está perdido es la expresión más alta de la misericordia. 

Así, desde el amor responsable se puede entender el procedimiento que el evangelio sugiere para recuperar al hermano:
- Primero se le habla en privado, con discreción y respeto, no en público como pedía la ley judía (Lev 19). Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
-
Segundo, si el diálogo no surte efecto, se busca la ayuda de otro o de otros hermanos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
- Y si aun esta medida fracasa, se apela a la comunidad. La comunidad (ecclesia) es mediación y sacramento de Dios, a quien finalmente corresponde el juicio. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
 

Queda claro entonces que Jesús nos invita no solamente a reconciliarnos con el hermano, sino a procurar llevarlo a conversión. Y esto exige siempre rectitud en el hablar para llamar mal a lo que está mal y bien a lo que está bien. La verdad es un servicio de caridad. Corregir el mal proceder de mi prójimo no significa excluirlo, no es tratarlo sin consideración ni dejar de comprenderlo. Jesús vino justamente a llamar y salvar lo que estaba perdido. 

El evangelio propone un modelo de comunidad en el que sus miembros se sienten corresponsables unos de otros. Sólo cuando existen relaciones personalizadas adquiere sentido la corrección fraterna. Sólo entonces es posible el acuerdo, que consolida la unión fraterna. Entonces ocurrirá lo que dijo Jesús: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo (Mt 18, 20).

martes, 11 de agosto de 2026

Hacerse niños… (Mt 18, 1-5.10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo bendiciendo a los niños, óleo sobre lienzo de Benjamin Haydon (1837), Galería de Arte Walker, Liverpool, Inglaterra

En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el reino de Dios?”.
Él llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande en el reino de Dios. Y el que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Pues les digo que sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre del cielo. ¿Qué les parece?”. 

Jesús establece con estas palabras un criterio que determina la calidad de las personas. Uno se hace grande cuando se hace como los niños. ¿Pero qué significa esto? Para nosotros, niño significa ternura, inocencia, sencillez, espontaneidad; para los griegos, niños eran también los siervos, los esclavos, los cautivos; y para los hebreos, el niño –al igual que la madre– era propiedad del varón, no contaba, no tenía derechos propios. Siempre y en todas partes, niño es el que tiene necesidad de todo y es lo que los otros le hacen ser. Existe si hay alguien que lo toma bajo su cuidado y pertenencia. 

Esto supuesto, lo que nos quiere decir Jesús es que, en vez de andar en la vida como “los grandes” que se satisfacen a sí mismos, creyendo no deber nada a nadie ni tener necesidad de nadie, podemos renacer, volver a hacernos niños (Jn 3,1ss) para alcanzar nuestra condición más auténtica, la propia del hijo que, en su dependencia de Dios, su Padre, halla su capacidad de crecimiento, libertad y autonomía. 

Este adulto convertido en niño se siente acogido y acoge, sabe que todo lo ha recibido por gracia y que debe dar gratis lo que gratis ha recibido. Sabe que no se ha dado la vida a sí mismo y que puede perderla, sabe que puede vivirla disfrutándola para sí solo o entregarla al servicio de los otros. Sabe, en fin, que en todo momento puede abandonarse en brazos de su padre, porque el resultado final no dependerá sólo de él sino de Dios. Este abandono confiado en Dios, lo expresa gráficamente el Salmo 131: Señor, mi corazón no es soberbio ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos: como un niño en brazos de su madre. Con esta quietud interior se desenvuelve en toda circunstancia de su vida. 

No se trata ya de la primera infancia, sino de aquella que es propia del adulto que ejercita su libertad. Es como la inocencia recuperada. A esta “infancia espiritual”, costosa en verdad, se refería Jesús cuando bendecía a los niños y prometía el reino de los cielos, a los que se asemejan a ellos. Son los que pueden tratar con Dios con entera confianza y llamarlo Abba, padre. 

Así, pues, el hacerse niño no tiene nada que ver con el infantilismo, fruto de una mala educación de los instintos, tendencias y afectos. Infantil es el insatisfecho, que no hace más que buscar satisfacer su ansia de ser acogido, nutrido, sostenido. Infantil es el que se aferra a los demás y a las cosas, exige, demanda y manipula, pero sin corresponder y, en definitiva, sin poder valerse por sus propios medios. El niño del evangelio, en cambio, tiene como modelo de inspiración la personalidad de Jesucristo, el hombre libre. 

A continuación, Jesús se refiere en términos sumamente graves y severos al escándalo que pisotea la ley del amor, lastima gravísimamente la inocencia de los pequeños, induce a la pérdida de la fe y al abandono de la Iglesia. Llevar a pecar o abusar de un niño o una persona vulnerable o indefensa, tiene consecuencias incalculables en la persona de la víctima, en la sociedad y en la Iglesia. Los niños, las personas vulnerables y la gente sencilla creen ya en Dios, pero las acciones y conducta de los mayores (sobre todo, cuando se cometen aprovechándose de la superioridad que se tiene sobre ellos) pueden hacerles difícil la fe. Nada hay más grave que escandalizar a los pequeños o a los débiles. Por eso, la advertencia de Jesús es tajante: los autores de tales delitos acabarán de manera desastrosa. 

Jesús es realista, sabe que las relaciones humanas pueden deteriorarse a causa de los escándalos aun en la comunidad por él fundada. Su advertencia es terminante: ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo! Por eso, además de la pena que se ha de aplicar al culpable, la comunidad debe estar atenta para que estos males no sucedan, y debe mover a sus miembros para que cada cual examine su interior y arranque de sí todo aquello que podría dar origen a posibles ocasiones de escándalo. A la determinación con que se debe actuar apunta Jesús con frases fuertemente expresivas sobre el cortarse la mano, el pie o el ojo si te llevan a pecar…, lo cual no significa obviamente mutilarse, sino optar firme y deliberadamente por la lealtad y la transparencia intachable. 

Jesús se identifica con los pequeños de este mundo. La parábola de la oveja que se pierde y su dueño sale en su busca dejando las noventa y nueve que están bien, nos habla de la ternura de Dios-Padre, que se duele de las ovejas de su pueblo, maltratadas y abandonadas por sus pastores. Dios, que reivindica para sí el título de pastor auténtico y lleno de cariño, se realiza históricamente en Jesús, buen pastor de su pueblo y de la humanidad. Se subraya el valor que tiene para Dios la vida de sus hijos y de manera especial su cercanía y misericordia para con los perdidos. Asimismo, al referirse al comportamiento propio de Dios, Jesús demuestra que hace bien él al buscar a los publicanos y pecadores, a los excluidos y perdidos de este mundo. Dios no quiere que se pierda ni uno solo.

La libertad de los hijos (Mt 17, 22-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Disputa de Jesús y los fariseos por la moneda del tributo, ilustración de Gustav Doré (1866), publicado en The Doré Bible Gallery

Un día, estando Jesús en Galilea con los apóstoles, les dijo: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y le matarán. Pero resucitará al tercer día».
Ellos se pusieron muy tristes.
Al volver a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobran el impuesto para el Templo. Le preguntaron: «El maestro de ustedes, ¿no paga el impuesto?».
Pedro respondió: «Claro que sí». Y se fue a casa.
Cuando entraba, se anticipó Jesús y le dijo: «Dame tu parecer, Simón. ¿Quiénes son los que pagan impuestos o tributos a los reyes de la tierra: sus hijos o los que no son de la familia?».
Pedro contestó: «Los que no son de la familia».
Y Jesús le dijo: «Entonces los hijos no pagan. 2in embargo, para no escandalizar a esta gente, vete a la playa y echa el anzuelo. Al primer pez que pesques ábrele la boca, y hallarás en ella una moneda de plata. Tómala y paga por mí y por ti» 

Jesús dejará pronto su tierra de Galilea para dirigirse a Jerusalén. En esas circunstancias, reúne a sus discípulos y, como había hecho ya en Cesarea de Filipo (16, 21), vuelve a hablarles de lo que le ocurrirá en la santa ciudad. El anuncio de la pasión es ahora breve y lacónico. Antes les había dicho que era necesaria su muerte y su resurrección, ahora les dice que se trata de algo inminente. Marcos en su evangelio señala que los discípulos no entendieron las palabras de Jesús. Mateo hace suponer que sí las entendieron, pero no podían aceptar que acabara su vida así; por eso su profunda tristeza. Con brevísimos trazos queda bosquejado el enigma de la pasión: Jesús va libremente a Jerusalén donde va a ser entregado en manos de gente hostil, sus discípulos entristecidos lo abandonarán y tendrá que recorrer solo su via crucis hasta el fin. Es verdad que al tercer día Dios resucitará al Hijo del hombre y le dará todo poder en el cielo y en la tierra, pero esta parte del anuncio parece caer en el vacío, deja impávidos a los discípulos. Tendrán que vivir la experiencia de la pascua para poder entenderla. 

En la segunda parte del texto, el Hijo del hombre, que ya en otras ocasiones se ha declarado libre frente al sábado, el templo y las tradiciones judías, se declara también libre frente a los impuestos y quiere hacer partícipes a sus discípulos de su misma libertad. Pero, para no escandalizar, quiere también que sean libres para poder pagar el impuesto del templo. Han de ser tan libres que puedan renunciar a su propio derecho si su proceder puede ir en contra del hermano, ofenderlo o dificultarle su fe. Es lo que Pablo enseña a los corintios respecto a privarse de comer alimentos que estaban prohibidos para los judíos (1 Cor 8,13). 

La comunidad a la que Mateo destina su evangelio estaba formada de cristianos provenientes del judaísmo, que por la formación recibida en la sinagoga querían mantener una observancia rigurosa de la ley y de las tradiciones religiosas de sus antepasados, llegando a olvidar (o temer) la libertad que el evangelio aporta a los que siguen la nueva ley de Cristo. La libertad cristiana no lleva a una observancia de la ley como meros ascetas y estoicos; tampoco puede conducir a la transgresión como hacen los libertinos. Es la libertad propia del amor al hermano, que, según San Pablo, significa el cumplimiento de la ley porque ésta se reduce a amar al prójimo (Rom 13). Desde esta perspectiva, el criterio de la libertad cristiana es buscar siempre lo que ayuda o favorece al otro. 

Se acercaron a Pedro los cobradores del impuesto del templo y le preguntaron si su maestro lo pagaba. Pedro respondió resueltamente que sí pero llevó la cuestión a Jesús. Se trataba sin duda del impuesto de medio siclo o dos dracmas que todo judío debía pagar para los gastos del templo. Era un impuesto gravoso y por eso muy impopular, sobre todo en Galilea porque eran gente muy pobre; Jerusalén les quedaba muy lejos y, además, los celotas (que en su mayoría eran galileos) los presionaban para no pagar. La respuesta de Jesús se basa en el siguiente argumento: los reyes no imponen tributos a los suyos (el texto original griego dice: a los hijos). Él es hijo del Señor del templo, por tanto no está obligado a tal impuesto y hace partícipes de su libertad a sus discípulos. En su respuesta queda afirmada su relación con Dios: la paternidad divina está en el centro de su vida espiritual y fundamenta, al mismo tiempo, la actitud crítica que mantuvo frente a la religiosidad judía centrada en el templo. La expulsión de los cambistas del templo (Mt 21, 12) vendría en línea con este modo de proceder de Jesús, pues estos comerciantes se encargaban precisamente de vender los siclos, moneda extrajera con la que se pagaba el impuesto y que los judíos tenían que comprar con moneda nacional. El centro del relato es, pues, la declaración de la libertad de los hijos, que Jesús, con la conciencia que tiene de ser Hijo, establece para sus discípulos, llamados a ser hijos en el Hijo. 

El final del texto incluye frases de fuerte contenido sobrenatural: la “presciencia” con que Jesús conoce lo que le han preguntado a Pedro y se adelanta a responderle antes de que se lo pida, y el anuncio que le hace del milagro de la moneda en la boca del pez, de marcado carácter legendario, que podía leerse en la literatura de otros pueblos. Los comentaristas observan que si Mateo incluye estas frases es por fidelidad a las tradiciones que ha recogido para elaborar su evangelio y porque, concretamente, embellecen lo central del relato, la afirmación: Entonces, los hijos son libres.

domingo, 9 de agosto de 2026

Domingo XIX del Tiempo Ordinario - La tempestad calmada (Mt 14, 22-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús camina sobre las aguas, mosaico de Marko Iván Rupnik SJ (siglo XX), Capilla de las Hermanas de la Caridad, Rijeka, Croacia

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo.
La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento en contra.
Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar.
Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!». Y por el miedo se pusieron a gritar.
En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo». Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».
Jesús le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!». Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?». Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!». 

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con él. El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo. 

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Soplan el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss). 

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación. 

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios. 

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos. A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la está siempre Jesús a pesar de las tormentas. 

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella. 

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe. 

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla. 

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan.