jueves, 18 de junio de 2026

La verdadera oración (Mt 6, 7-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

La agonía en el jardín de Getsemaní, óleo sobre lienzo de Denys Calvaert ‘Il Flamingo’ (siglo XVI), Fuente: Wikimedia

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.
Ustedes pues, oren así: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal».
Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”. 

Al orar no hablen mucho, dice Jesús a sus discípulos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan. Recomienda también orar en la habitación con la puerta cerrada para no ser vistos (Mt 6, 6). Pero no se trata de un encuentro con dos personas solitarias. El Señor siempre es Trinidad, comunidad de personas; y nosotros siempre somos también comunidad, Iglesia, mundo. Por eso, las tres primeras peticiones del Padrenuestro se refieren al Padre celestial aquí en la tierra, y las otras cuatro a la necesidad que tenemos de sus dones para vivir como hijos suyos y hermanos. 

Padre. Poder decir Abba a Dios es el gran don de Jesús. Al hacerlo, nos afirmarnos como hijos e hijas suyos, creados por amor, amados por sí mismos; más aún, amados con el amor que el Padre tiene por su Hijo. Quien, movido por el Espíritu de Jesús, se atreve a decir Abba a Dios, experimenta el amor que Dios le tiene: un amor misericordioso y propicio, que estará siempre con él; y esta experiencia afirmará su vida para siempre con una confianza básica que le hará capaz de decir en cualquier circunstancia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rom 8, 32ss). 

Santificado sea tu nombre. Significa darle a Dios en la vida el lugar central que se merece. Jesús santificó su Nombre. Padre, yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26). Santificamos el nombre de Dios cuando nos rendimos a él sin miedo a nuestras limitaciones ni a la muerte. Santificamos su nombre cuando reconocemos como un don de su paternidad lo que somos y tenemos. Quien no reconoce la paternidad de Dios pretende hacerse padre de sí mismo, y busca sólo su propia gloria. De esta ignorancia, raíz del pecado, nace el orgullo y la ambición, que nos aleja de él, nos divide y destruye la creación. 

Venga tu reino. Es la gran promesa de Dios, término seguro de la historia humana. Es la soberanía de Dios que trae consigo el triunfo de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, el amor y la paz en toda la creación. El reino “ha llegado” en Jesús para cuantos se conviertan y crean en el evangelio; y “vendrá” finalmente en su plenitud para revelar la gloria de su amor salvador. Está entre nosotros oculto como la semilla sembrada que crece y se hace un árbol (Lc 13,18s). Y es, en definitiva, Jesucristo resucitado, que vuelve de la misma manera como se le vio marcharse (Hech 1, 11). Nos toca pedirlo, buscarlo, acogerlo (Lc 18,17). La invocación apresura su venida mucho más que cualquier otra obra humana. 

Hágase tu voluntad. Su voluntad es el amor fraterno, la construcción de la fraternidad. Ahí es donde se cumple toda justicia y se participa de su santidad. La voluntad de Dios no puede ser sino el bien para sus hijos. Jesús la cumple porque entrega su vida por los hermanos. En el cielo, la voluntad divina se cumple por el amor que existe entre el Padre y el Hijo; en la tierra, por el Espíritu que nos hace vivir como hermanos y hermanas, partícipes del amor de Dios. 

Danos hoy nuestro pan. El pan es vida. Así como la vida biológica sirve para la vida eterna, el pan material sirve para el espiritual, que es la Palabra y la Eucaristía. Ambos panes pedimos y no por separado, sino en continuidad uno y otro. Por el pan material no debemos inquietarnos, pues el Padre sabe lo que necesitamos (Lc 12, 22-31). Quien tiene el pan espiritual, trabaja, recibe y comparte. Pedir el pan no significa forzar la mano de Dios, obligarlo; es reconocerlo como el principio de la propia vida y no vivir con el miedo a la muerte. Y es el pan nuestro, no mi pan, porque lo que Dios da se comparte. Si no es pan nuestro, si no se comparte, genera división. Quien no comparte no ve en el prójimo a un hermano y, por tanto, no tiene derecho a llamar Padre a Dios. 

Perdónanos nuestros pecados. El pan de la vida es el amor que Dios da (por gracia) a todos, incluso al que ha pecado. Per-donar es la acción intensa y completa del donar. Es regalar o ceder voluntaria y gratuitamente. Jurídicamente los latinos llamaban perdón a la acción del acreedor de ceder definitivamente al deudor aquello que le debía. Es lo que hace Dios con nosotros y, al hacerlo, nos hace capaces de perdonarnos. Porque somos perdonados, también perdonamos. El cristiano no es justo sino justificado; no es perfecto sino misericordioso; no es santo sino favorecido con la gracia del único Santo que es Dios; no es fuerte contra el mal sino compasivo con el que ha caído. Por eso no condena, sino perdona. 

No nos dejes caer en tentación. No pedimos que nos libre de la prueba –componente de la vida temporal–, sino que nos proteja para no sucumbir. La tentación viene de mis debilidades y del miedo a la necesidad que se alía con el egoísmo. Pero “Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas, antes bien con la tentación recibirán fuerzas suficientes para superarla” (1 Cor 10,13). La gran tentación es la pérdida de confianza en el Padre, que nos arranca del amor de Dios. Pero “esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5,4).

miércoles, 17 de junio de 2026

La religiosidad verdadera (Mt 6, 1-6.16-18)

 P. Carlos Cardó SJ 

Madre e hija en oración, acuarela de Julius von Carolsfeld (1811), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

Jesús les dijo: “Guárdense de las buenas acciones hechas a la vista de todos, a fin de que todos las aprecien. Pues en ese caso, no les quedaría premio alguno que esperar de su Padre que está en el cielo. Cuando ayudes a un necesitado, no lo publiques al son de trompetas; no imites a los que dan espectáculo en las sinagogas y en las calles, para que los hombres los alaben. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Tú, cuando ayudes a un necesitado, ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: tu limosna quedará en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”.
“Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se los digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”.
“Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello. No son los hombres los que notarán tu ayuno, sino tu Padre que ve las cosas secretas, y tu Padre que ve en lo secreto, te premiará”. 

Si algo debe ser auténtico y sincero, sin nada de hipocresía ni de dobles intereses, es la práctica de la fe. Para inculcar este principio fundamental, Jesús habla de la limosna, la oración y el ayuno, que son como los tres pilares de la religión. Definen las relaciones con los otros (limosna), con Dios (oración) y con las cosas (ayuno). El modo como se viven, define una existencia de hermanos que ven unos por otros o se desentienden de la necesidad de su prójimo, que buscan honrar a Dios con sus actos religiosos o que los demás los alaben, que son libres para usar o dejar las cosas cuanto convenga, o se esclavizan a ellas. 

Lo que se dice de la limosna se repetirá para la oración y el ayuno: las prácticas religiosas han de ser en secreto, no para ser visto y recibir gloria vana de los hombres. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. 

Limosna: El dar al necesitado no es una buena acción que está por encima o va más allá de lo obligatorio (supererogación), sino una obligación de justicia. Somos hijos de un mismo Padre, somos hermanos, la suerte de mi hermano me tiene que afectar. No podemos amar a Dios si no amamos a quien vemos (1Jn 4, 20). El Hijo nos reconocerá o no si lo atendemos o no en el hermano que pasa necesidad. La solidaridad con los pobres –sean marginados, desocupados, sin techo, enfermos o ancianos– es expresión de la justicia social distributiva, mediante la cual se da cumplimiento a la destinación social que tienen los bienes de este mundo para que sirvan al sostenimiento de todos. La solidaridad impulsa a buscar el bien de todas las personas, por el hecho mismo de que todos son iguales en dignidad, gracias a la realidad de la filiación divina. Sin ello, no hay fraternidad. El Antiguo Testamento está lleno de las bendiciones y recompensas que acompañan a la limosna: Quien da al pobre le hace un préstamo a Dios (Pr 19,17). El que da al pobre nunca sufrirá necesidad, pero el que cierra sus ojos tendrá muchas maldiciones (Pr 28,27). 

La oración. La vida espiritual se expresa y alimenta por medio de la oración. Ese tiempo “perdido” que detiene las actividades y corta con el bullicio cotidiano es un reconocimiento de que el Señor es el dueño, el centro de todo, y el que realiza lo que debemos hacer por encima de cuanto podemos. No somos asalariados sino amigos, y debemos aprender a combinar trabajo y descanso. No todo se ha de guiar por criterios de eficacia y productividad, hay que aprender el sentido de lo gratuito. Concretamente, debemos aprender a estar con el Señor, como un amigo con su amigo, o un hijo con su padre. Y para que este diálogo sea verdadero, el Señor nos alienta a presentarnos ante él tal como somos. No es un encuentro verdadero el que se hace para ser vistos por los demás; no podemos ir a la oración para parecer buenos ante la gente o ante Dios, ni siquiera ante mí mismo; ni puedo orar para sentir que cumplo con lo que está mandado. Nada de esto tiene sentido en la amistad y el amor. 

El ayuno en la tradición espiritual judía estaba asociado al estudio de la Torá (Dt 8), porque agudiza el ingenio y hace ver que no sólo de pan vive el hombre. Aparte del ayuno obligatorio en el día de expiación (Yom Kippur), los judíos practicaban ayunos privados por devoción. Daban fama de persona piadosa. A Jesús le preguntan: por qué tus discípulos no ayunan (9,14). Jesús les contesta que su venida inaugura la fiesta anunciada por los profetas (Is 61, 1-3) y no tiene sentido entristecerse. El perdón no depende del ayuno penitencial y expiatorio, sino de la adhesión personal a Dios y de la nueva actitud que uno asume frente a los demás por sentirse acogido por él. Si su motivación brota del corazón, el ayuno se convierte en lo que Dios quiere que sea: El ayuno que yo quiero es éste: que sueltes las cadenas injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las opresiones, que compartas tu pan con el hambriento, que hospedes a los pobres sin techo, que proporciones ropas al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como aurora… y te seguirá la gloria del Señor” (Is 58, 6-8).

martes, 16 de junio de 2026

Amar a los enemigos (Mt 5, 43-48)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen samaritano, óleo sobre lienzo de Aimé Nicolás Morot (1880), Museo de Bellas Artes de París, Francia

Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo». Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo. 

Toda la enseñanza moral de Jesús se resume en: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios. 

Quien no ama a su hermano no ama a Dios. Esto se ve de manera particular en lo referente al respeto que se debe tener a la vida del otro. No puede nombrar a Dios como Padre ni tomar parte en el banquete de la fraternidad quien primero no perdona a su hermano o no hace lo posible para restablecer la relación que se ha roto. 

Para llegar a estos principios morales Israel tuvo que recorrer un largo camino. En la Biblia Dios habla en lenguaje humano, se adapta al proceso de maduración de su pueblo y emplea una pedagogía gradual para educarlo y, por medio de él, iluminar a toda la humanidad. Se parte del principio de la reciprocidad: si Abraham, padre de la raza, fue un extranjero de origen pagano, por ello Israel tiene que abrirse al amor al extranjero. Debe imitar a Dios en su amor misericordioso. El libro de Jonás describe vivamente lo difícil que fue para los hebreos aceptar la universalidad del mensaje de salvación. Y la culminación del largo recorrido hacia el amor universal se alcanza con la enseñanza del profeta Isaías, concretamente con el horizonte que él despliega para el deseo y el empeño práctico en favor de la paz: llegará el día en que todos los pueblos acogerán la palabra del Señor, de la que Israel es portador, aceptarán el señorío de Dios sobre todas las naciones y entonces de sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ya no alzará la espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra.  (Is 2,4). El amor universal hecho norma de vida conduce a establecer relaciones de justicia a todos los niveles, de las que nace la paz, el desarme mundial y la conversión de los gastos de guerra en inversiones para el desarrollo humano. 

El amor a todos los semejantes, hasta al enemigo, es una característica esencial del cristianismo frente a otras religiones. Es una tendencia común a todo grupo social el emplear el odio y aversión al enemigo como medio para reforzar la conciencia colectiva, definir la identidad común y reforzar la solidaridad entre sus miembros: se ataca y condena a los extraños, se defiende y apoya a los que son del grupo. Por esta razón el amor a los enemigos, predicado por Jesús, debió significar para sus contemporáneos judíos una exigencia radical. La primitiva iglesia la recogió íntegramente y con la teología de Juan dejó establecido que, conforme al pensamiento de Jesús, el amor universal, sin excepciones, significa haber conocido a Dios.  Si no se ama, no se tiene fe (Cf. 1Jn 4, 7-8; 3, 11-17). La lenta y progresiva comprensión bíblica del amor de Dios a todos alcanza en el Nuevo Testamento su culminación: Dios no tiene enemigos sino hijos; el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos. Una religión que no llegue a esto, aún tiene camino por recorrer. Matar en nombre de Dios es la más abominable acción criminal porque va contra el hermano y contra Dios. Lo propio del cristianismo es morir perdonando, como Esteban el primer mártir. 

Todos podemos emplear mal nuestra libertad y hacer sufrir con nuestras decisiones. Más aún, todos –desde Caín– tenemos una cierta inclinación a la maldad y la hemos cometido, grande o pequeña alguna vez. Pero es innegable que el odio es una enfermedad del alma. Sin embargo, nos podemos acostumbrar al mensaje que los medios de comunicación, sobre todo, las películas, nos transmiten acerca de la venganza como virtud; se enaltece al vengador, se da por sentado que la venganza resuelve el mal cometido, y eso no es verdad porque muchas veces genera una pendiente por la que es casi inevitable deslizarse. Allí donde se desencadena el odio y la sed de venganza como reacción a frente a una violencia, un ultraje, o una injusticia padecida, allí triunfa el mal. La víctima inocente se ha dejado afectar por la enfermedad del mal y lo devuelve, generándose la espiral de la violencia. Refiriéndose al odio y a la venganza dice Etty Hillesum, la mártir judía de Auschwitz que acogió en su corazón el mensaje del cristianismo: “No veo más solución, sino que cada cual se examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205). 

Personas así se han aventurado en “un camino que es más excelente que todos los demás” (1Cor 12,31): el del amor incondicional a este mundo, a la humanidad pecadora y sufriente y al Dios de infinita misericordia. Imitarlo a él es tender a la perfección. Sean perfectos como su Padre celestial, dice San Mateo. Sean misericordiosos como el Padre, dice San Lucas.

lunes, 15 de junio de 2026

Devolver bien por mal (Mt 5, 38-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo abrazado a la cruz, óleo sobre lienzo de Domenikos Theotokópoulos “El Greco” (década de 1580), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

Jesús les dijo: “Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda”. 

Los criterios de conducta que Jesús transmite en el discurso del monte revelan cómo juzga Dios, quiénes entrarán en su reino. Pero son criterios normativos que nos pueden hacer pensar: duro es este lenguaje, quién podrá cumplirlo. Estamos condicionados por la lógica del mundo. Por eso nos cuesta tanto el devolver bien por mal, porque estamos continuamente bombardeados por la ideología de la venganza que los medios, el cine sobre todo, propagan con el falso presupuesto de que con ella se vence al mal y se da una justa reparación a los perjudicados. Pero no es así. 

Jesús reacciona contra la antigua ley del talión (ojo por ojo, diente por diente) que pretendía restablecer el orden poniendo un límite a la sed de venganza mediante la búsqueda de una cierta paridad (Gen 4,23). En el fondo había la creencia de que al mal se le vence mediante el miedo a un castigo equivalente o incluso mayor que el daño causado con la ofensa. Pero la aplicación de tal norma no resuelve el mal; lo que consigue en todo caso es duplicarlo. 

Jesús se sitúa en otra óptica, en la de Dios, su Padre, cuya justicia está siempre cargada de misericordia. En el plano humano, la búsqueda de ese horizonte de la justicia perfecta se cumple en el mandamiento del amor, que extrae el bien de todas las formas del mal. Esta justicia es la que llevará al Hijo de Dios a cargar sobre sí en la cruz la maldad de sus hermanos para vencerla mediante el amor que triunfa sobre la muerte, último reducto y logro del mal en el mundo. 

Atacar al mal, no al malvado, es lo que se ha de buscar. El mal, en efecto, hace daño en primer lugar a quien lo comete, es su primera víctima. Y ese malvado que me ha hecho daño es, a pesar de todo, hermano mío, a quien debo amar como tal. Hasta ahí extiende su comprensión el amor cristiano. Comprende sí, no condena. Tiene en cuenta que son muchos y muy complejos los factores que intervienen en la conducta humana. Por ello la Iglesia ha repetido tantas veces que hay estructuras sociales de pecado que influyen en las personas volviéndolas malas, a veces sin que se den cuenta. Así, detrás de un delito cometido se puede comprobar muchas veces una historia personal de frustración, humillación, abandono, o exclusión. Y el hombre que ha vivido así hasta dar con su vida en el horror del delito cometido es mi hermano. Quiero, por tanto, que el mal no triunfe ni en mí ni en él, que no triunfe en nadie. 

La lógica del mundo, en cambio, me incita a la venganza. Me lleva a no darme cuenta de que al pedir el mal contra el que me ha ofendido, y desear incluso su muerte, permito que el mal dirija mis sentimientos y actitudes; quiero hacerle al otro el mal que condeno en él, le doy a la acción mala categoría de bien necesario, opto por el mal al odiar a quien lo ha cometido. El odio y el deseo de venganza es connivencia con el mal que se intenta resolver. 

Jesús nos invita a superar esa manera de pensar: él ama al pecador y odia el mal, lucha contra él y no quiere que triunfe en ninguno de sus hermanos. Por eso, la gente de mal vivir y los excluidos fueron objeto de su compasión. Para nosotros, en cambio, son objeto de reprobación: ¡lo que ellos han hecho, hay que hacérselo! Pero eso no resuelve nada y puede hacer incluso que el mal se propague. Ocurre así en todos los niveles de las relaciones humanas: el matrimonio, la amistad, toda asociación de personas se rompen si lo que se busca es hacer sentir al ofensor el mismo dolor que él infringió. 

Por eso, todo ha de intentarse: diálogo, acuerdo, negociación, discusión incluso y reprensión, todo menos usar el mal contra el mal. Y convenzámonos, hasta que la misma administración de justicia, no sea capaz de integrar en sus juicios el “principio misericordia”, para buscar el bien de la persona y no sólo el castigo, nunca será posible la regeneración o la reeducación de los sentenciados. 

Y así, por el bien mayor que se puede desear, para que triunfe el amor que rehabilita, para que la fraternidad llegue a normar la vida en sociedad, y para desmentir la lógica de la venganza, el cristiano que sigue con radicalidad a su Señor se hace capaz de renunciar aun a su propio derecho, muestra la otra mejilla, entrega capa y manto, y camina con el otro no una milla sino dos.