domingo, 26 de julio de 2026

Domingo XVII del Tiempo Ordinario - Tesoro escondido, perla preciosa y red (Mt 13, 44-52)

 P. Carlos Cardó SJ 

El tesoro escondido, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Jesús les dijo: «El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo.
Aquí tienen otra figura del Reino de los Cielos: un comerciante que busca perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra.
Aquí tienen otra figura del Reino de los Cielos: una red que se ha echado al mar y que recoge peces de todas clases. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla, se sientan, escogen los peces buenos y los echan en canastos, y tiran los que no sirven. Así pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí será el llorar y el rechinar de dientes».
Preguntó Jesús: «¿Han entendido ustedes todas estas cosas?».
Ellos le respondieron: «Sí».
Entonces Jesús dijo: «Está bien: cuando un maestro en religión ha sido instruido sobre el Reino de los Cielos, se parece a un padre de familia que siempre saca de sus armarios cosas nuevas y viejas». 

Tres pequeñas parábolas de Jesús sobre el Reino de Dios. La primera habla de un campesino que ha encontrado un tesoro escondido. En la antigüedad se escondían tesoros en vasijas o cofres bajo tierra. Según las leyes judías, si alguien fortuitamente los encontraba, se podía hacer dueño de ellos comprando el campo. El campesino de la parábola vende todo lo que tiene para poder adquirirlo. En la segunda parábola el protagonista es un mercader de perlas que encuentra una de gran valor. Y, lo mismo, vende todo lo que tiene y la adquiere. 

Es lo central de la parábola: quien encuentra el tesoro o la perla decide venderlo todo y adquirir esos bienes porque valen más. Es el valor de la decisión que permite adquirir el bien mayor; por eso las parábolas ponen el acento en “venderlo todo” porque el Reino de Dios –simbolizado en el tesoro y la perla– vale mucho más. Frente a él todo ha de ser relativizado. 

Pero no se trata de una obligación impuesta desde el exterior que se asume a regañadientes, sino de una decisión fruto de la alegría que siente la persona: Por la alegría que le da… vende todo. Decisiones así se producen en el campo del amor humano: quien encuentra a la persona que andaba buscando y que lo llena de alegría, la prefiere por encima de las demás. Ocurre también con el amor a Dios: sólo un gran amor a él puede hacer que se relativicen ante él todas las cosas del mundo. No porque pierdan valor o atractivo, sino porque sólo tienen sentido en función de lo que se ama. El Evangelio no dice que el campesino del tesoro y el mercader de la perla echen todo a rodar, sino que invierten lo que poseen para adquirir lo que vale más. Uno no “pierde” nada; más bien lo gana todo. Dios no quita nada; más bien Dios lo da todo. Es la razón por la cual, para seguir a Jesús, los discípulos dejan redes y barca, esposa, hijos, campos. Pablo dirá que, ante la “sublimidad del conocimiento de Cristo”, todo lo que antes era para él ganancia, lo considera pérdida. 

En este sentido las parábolas del tesoro encontrado y de la perla preciosa nos hacen comprender que el amor de Dios, su reino, la persona de Jesús y su mensaje, una vez descubiertos como el valor supremo, llenan a la persona de una alegría tan íntima (“alegría inefable y gloriosa”, dice San Pedro – 1Pe 3,8) que se determina a dedicarle la vida entera. Todos los santos lo han vivido y lo han expresado de mil maneras: “Desde que supe que hay Dios descubrí que no podía hacer otra cosa que servirle”, decía el Beato Carlos de Foucauld. “¡Tarde te amé, hermosura, siempre antigua y siempre nueva!, ¡qué tarde te conocí!”, San Agustín. “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer..., dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta”, San Ignacio de Loyola. 

Finalmente, la parábola de la red hace comprender que el Señor a todos llama y capacita para que alcancen la alegría que andan buscando, la alegría de su Reino. En la Iglesia no estamos sólo los puros, ni está compuesta únicamente de santos. El Señor convoca a todos, justos y pecadores. En su mesa no se niega la fraternidad a ningún hijo de Dios. Y una vez reunidos, como los peces en la red, el Señor tiene paciencia, espera a que nos convirtamos a él de verdad y no niega a nadie su tiempo oportuno. La fe es eso, llamada y respuesta, don y responsabilidad, gracia divina y libertad humana, cruz y resurrección… 

Para tomar estas decisiones que dan sentido a la vida y mantenernos fieles a ella, venimos a la Eucaristía: En ella nos alimentamos del Pan de los fuertes, que es Pan también de los débiles y de los peregrinos. En ella se actualiza para nosotros aquel acto supremo de decisión que hizo Jesús para salvarnos: “Porque él mismo, antes de su pasión, voluntariamente aceptada, cenando a la mesa con sus discípulos tomo el pan… y dijo: Tomen, coman, esto es mi cuerpo que va a ser entregado”. Alimentados de su cuerpo, nos hacemos capaces también nosotros de vivir una vida hecha entrega, para en todo amar y servir como él.

sábado, 25 de julio de 2026

Beber su cáliz (Mt 20, 20-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

La petición de la madre de los hijos de Zebedeo, óleo sobre tabla de Peter Pietersz (1600 aprox.), Museo de Bellas Artes de Dunkerque, Francia

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó: "¿Qué deseas?".
Ella respondió: "Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino".
Pero Jesús replicó: "No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?".
Ellos contestaron: "Sí podemos".
Y él les dijo: "Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado".
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos". 

Aparecen aquí dos lógicas en conflicto: por un lado, la lógica del mundo que ha influido en la mente de los discípulos y que los lleva a procurar el poder y el dominio, y, por otro lado, la lógica de Hijo del hombre que le lleva a seguir un camino del amor y del servicio, y no se detiene ni ante las injurias, la persecución y la muerte. La lógica de la cruz supone un cambio radical del sistema de valores imperante. Jesús, siendo el primero, se pone a servir a los demás, dando ejemplo de la verdadera grandeza. Él nos invita a pasar de la perspectiva de quien busca a toda costa rangos, categorías y cargos de poder, a la perspectiva de quien busca ser solidario y servir mejor. La persona encuentra su verdadero valor no en lo que posee,  sino en su actitud de amor y servicio a ejemplo de Jesús. 

La buena fama y reputación son un derecho de toda persona humana. Perderlas significa una forma de muerte social. Por eso, el deseo de reconocimiento y de prestigio es connatural al ser humano. Sin embargo, cuando estos valores se convierten en absolutos, hasta el punto de hacer que la persona los busque como la motivación más importante de sus acciones reducen la propia existencia a una esclavitud y dependencia de la idea que los demás tengan de ella, a un culto a la imagen que se convierte en la idolatría del yo y puede llevarlo a la hipocresía de aparentar lo que no es para obtener aprobación y prestigio. Naturalmente se olvida del modo como Dios lo acepta. Olvida también que la vanagloria pierde a la persona en sus aparentes y transitorias victorias, mientras que el amor desinteresado, que mueve a pensar en los demás, le obtiene la verdadera gloria. Jesús desvela nuestra verdad, que consiste en ser como el Hijo, para quien la victoria consiste en amar, servir y dar la vida. 

Dice el texto que la madre de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, pide a Jesús: Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda. En la versión de Marcos son los mismos hijos los que piden: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte (Mc 10, 35). En todo caso es la misma forma de pedir que empleamos con frecuencia en nuestra oración. Queremos que Dios haga lo que nosotros queremos, que su voluntad se adapte a la nuestra; en vez de ir nosotros a Dios, queremos que él venga a nuestros intereses. Jesús en Getsemaní da el ejemplo supremo: No se haga mi voluntad sino la tuya. Además, la madre de los Zebedeos puede pedir algo que para ella es bueno, la cercanía de sus hijos a Jesús en su reino; pero ignora que su reino se realizará en la cruz, cuando aparezca con toda su gloria de Hijo amado del Padre que ama a sus hermanos hasta dar la vida por ellos. 

San Juan Crisóstomo comenta este pasaje (Homilías sobre Mateo, n. 65) y dice: Jesús procura sacar a la madre de los Zebedeos y a sus discípulos de las ilusiones que se han forjado, diciéndoles que deben estar dispuestos a sufrir injurias, persecuciones y aun muerte: No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber? Que nadie se extrañe de ver a los apóstoles con actitudes tan imperfectas. Hay que esperar que el misterio de la cruz se les revele, que la fuerza del Espíritu Santo les sea comunicada. Si quieres ver el valor de sus almas, míralos más tarde, y los verás superiores a todas las debilidades humanas. Jesús no oculta las debilidades y pequeñez de sus discípulos para que veas aquello que llegarán a ser después, por el poder de la gracia que los transformará… Observa bien que no les pregunta directamente: «¿Van a ser capaces ustedes de derramar su propia sangre?» Para alentarlos, les propone compartir su cáliz, beber de su copa, es decir, vivir en comunión con él… Mas tarde podrás ver al mismo San Juan, que ahora sólo busca el primer puesto, cederle el puesto a San Pedro… En cuanto a Santiago, su apostolado no duró mucho tiempo. Con fervor ardiente, despreciando totalmente los intereses puramente humanos, demostró un celo tan grande que mereció ser el primer mártir entre los apóstoles (Hech 12, 2).

viernes, 24 de julio de 2026

Explicación de la parábola del sembrador (Mt 13, 18-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Satán sembrando cizaña, boceto con pincel, tinta marrón y tiza roja de Domenico Fetti (primer cuarto del siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Jesús dijo a sus discípulos: "Escuchen ahora la parábola del sembrador: Cuando uno oye la palabra del Reino y no la interioriza, viene el Maligno y le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Ahí tienen lo que cayó a lo largo del camino.
La semilla que cayó en terreno pedregoso, es aquel que oye la Palabra y en seguida la recibe con alegría. En él, sin embargo, no hay raíces, y no dura más que una temporada. Apenas sobreviene alguna contrariedad o persecución por causa de la Palabra, inmediatamente se viene abajo.
La semilla que cayó entre cardos, es aquel que oye la Palabra, pero luego las preocupaciones de esta vida y los encantos de las riquezas ahogan esta palabra, y al final no produce fruto.
La semilla que cayó en tierra buena, es aquel que oye la Palabra y la comprende. Este ciertamente dará fruto y producirá cien, sesenta o treinta veces más". 

Jesús explica a sus discípulos el sentido de su parábola del sembrador. Les habla de distintas tierras en las que cae la semilla del evangelio que él difunde. Son cuatro, y sólo en una el trabajo del sembrador tiene éxito. Son distintas clases de tierra, no tipos de hombres; son cuatro niveles o formas de escucha de la Palabra que pueden convivir en nosotros en diferentes grados de intensidad según las circunstancias. 

La semilla caída en tierra de borde del camino corresponde a la situación que vivimos cuando escuchamos la Palabra del Señor, pero no la entendemos y no podemos hacerla nuestra. Nuestras formas de pensar, costumbres y prejuicios la opacan y nos impiden comprenderla, incluso nos impiden prestarle la atención que se merece, creemos que no tenemos nada que aprender, ni cambiar. La semilla del evangelio no arraiga. 

La semilla en terreno pedregoso corresponde a la situación que vivimos cuando escuchamos el mensaje y lo acogemos con alegría, pero las presiones y tensiones internas y externas impiden que eche raíces en nosotros y se seca. Podemos ser superficiales e inconstantes en nuestro compromiso, con buenos sentimientos y deseos, que se quedan en eso, sin obras, ni compromiso efectivo y concreto. 

La semilla caída en tierra llena de zarzas ocurre cuando permitimos que la Palabra arraigue y crezca, pero las preocupaciones no evangélicas, los criterios antievangélicos que asimilamos y el engaño de lo que el mundo nos ofrece como felicidad sofocan en nuestro interior las aspiraciones más altas. Son los "afanes de la vida" y la "atracción de las riquezas"; falsos dioses, ídolos que seducen. La persona queda cautivada, asentada en una vida estéril, que no beneficia a nadie sino al propio interés y provecho. 

La tierra buena que da fruto corresponde a aquellas situaciones en las que aflora lo mejor nuestro, aquello que nos honra y hace sentir realmente bien: cuando somos capaces de gestos de generosidad y amor. Entonces, nos hacemos disponibles como María a lo que el Señor nos pide. 

Mantenernos como tierra buena no es tarea de un día; es proceso lento y constante. Pero es esfuer­zo sostenido por la confianza en Dios. A pesar de las dificultades, Jesús nos asegura el resultado. Su Palabra es capaz de atravesar el espesor del mal en nuestro corazón y convertirnos a él. 

Hay aquí una invitación a observar las resistencias que oponemos al mensaje evangélico, no para abatirnos sino para reconocer dónde y cómo el mismo Señor lucha con nosotros para tomar posesión de nuestro corazón. El texto evangélico nos abre los ojos a la acción sostenida de la gracia en nuestros corazones. Pablo la sentía como la paciencia que Dios tenía con él para convertirlo en un instrumento suyo realmente eficaz: Cristo Jesús me tuvo compasión, para demostrar conmigo toda su paciencia, dando un ejemplo a los que habrían de creer y conseguir la vida eterna (1 Tim 1, 16). El fruto de la palabra sembrada en nuestro interior es de Dios, es Dios que se nos da. A nosotros nos toca analizar nuestras resistencias y pedir liberarnos de ellas para acoger lo que lo que Dios nos da. Es pedir fidelidad al amor que ha sido derramado en nuestros corazones.

jueves, 23 de julio de 2026

Por qué les hablas en parábolas (Mt 13, 10-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

Vengan a mí, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: "¿Por qué les hablas en parábolas?".
Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve. Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron". 

Acercándose los discípulos. Los discípulos constituyen la verdadera familia de Jesús, son los que escuchan la Palabra y la cumplen. Están cerca, no fuera. Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar. Y ellos respondieron con disponibilidad y apertura, se adhirieron a él y lo siguieron. En cambio, los judíos, movidos por sus autoridades, lo rechazaron, no se adhirieron a sus enseñanzas y lo condenaron. Faltándoles la actitud básica de disponibilidad y apertura, se quedaron en la ceguera y la obstinación. 

¿Por qué les hablas en parábolas?, preguntan los discípulos a Jesús. El hecho es que él no deja de hablarles, pero no obliga a nadie. Quien no quiere oírlo es libre. Y a quien quiera, la parábola le ofrece una puerta para alcanzar la verdad. Sobre este presupuesto, el evangelista Mateo quiere subrayar el privilegio de que gozan los discípulos de Jesús, a quienes se les concede conocer el misterio del reino de Dios, que ha queda oculto a los de fuera. Y se vale para explicar esto de un texto de Isaías (6, 9-10). A los pobres y sencillos, a los que se muestran confiados y disponibles, se les concede conocer la voluntad del Padre, la participación en su amor por medio del Hijo. A los sabios y entendidos de este mundo, en cambio, todo les queda oscuro y oculto por no tener la actitud básica para ver y comprender y seguir. Los que están fuera no se acercan, se defienden contra él, lo acusan en vez de acogerlo, y finalmente le dan muerte en vez de vivir de él. Son los que no siguen el signo de Jonás ni el ejemplo de conversión de los ninivitas. 

A quien ya tiene se le dará… Dios es amor que da sin fin. La medida de su generosidad es la apertura de nuestro deseo. Por eso, cuanto más uno desea, más recibe. En cambio, a quien no tiene… se le quitará. Porque quien no tiene deseo no recibe el don. Quien se cierra en su autosuficiencia se esteriliza. Fue el caso de los judíos que se cerraron al don que Jesús ofrecía. 

El contexto de este diálogo de Jesús con sus discípulos pudo ser el de la preocupación de la comunidad de Mateo por la incredulidad de sus compatriotas judíos, que se negaron a entrar en la Iglesia y creer en la predicación cristiana. Este hecho encuentra su explicación en el misterioso designio de Dios. No es de extrañar por tanto que los judíos hayan rechazado a Cristo y sigan oponiéndose al evangelio porque Dios no se impone, ofrece gratuitamente el don de su revelación salvadora y quiere que se le acepte libremente. Pero, así como el profeta Isaías fue rechazado por el pueblo y no obstante no abandonó su misión de enviado de Dios, así también la falta de éxito de Jesús y de su Iglesia no anula le verdad de la obra salvadora de Cristo y de la misión que ha recibido de él la Iglesia. Así pensaron los primeros cristianos. 

En definitiva, pues, lo importante en la relación con Dios es la confianza en su voluntad y la disponibilidad para aceptarla. Queda claro que si se quiere gozar de la bienaventuranza y del privilegio de los discípulos de Jesús de conocerlo a él y el misterio del reino de Dios, se ha de mostrar su misma disponibilidad y apertura. De lo contrario, serán como los judíos que se quedaron sin ver, reproducirán su misma ceguera y obstinación.