lunes, 12 de octubre de 2026

EL LEGALISMO FARISAICO (Lc. 11, 37-42)

 


El legalismo farisaico

Lucas 11, 37- 42 

Jesús fue invitado a almorzar a casa de un fariseo y fue a sentarse a la mesa sin cumplir con la norma tradicional de lavarse, al menos las manos, a la vista de todos. El dueño de casa se escandalizó. Los fariseos pretendían distinguirse por la observancia escrupulosa de un conjunto de prácticas ritualistas que se creía mantenían puro al hombre, alejado de la impureza propia de los paganos, pecadores y enfermos.

Según la doctrina de los fariseos y juristas, el cumplimiento de la ley mediante la práctica de las buenas obras, hacía justo al hombre y le aseguraba la salvación. Por ello, esta interpretación había inducido a la casuística y a la moral rigorista que llevaba a cumplir hasta en los más mínimos detalles lo prescrito en la ley de Moisés, desmenuzada en más de 350 preceptos menudos, que ocupaban la atención del judío todo el día. Todo se volvía imprescindible para tener la seguridad de la salvación, incluso acciones tan ordinarias como lavar copas, vasos y utensilios de cocina.

La crítica de Jesús va a la raíz del problema y propone un cambio sustancial: una nueva moral del corazón, basada en una relación personal, amorosa y confiada con el Padre, basada en el amor que supera a la ley. La persona se siente motivada para dar cada vez más, sin sentirse agobiada por el peso –venido desde el exterior– de las obligaciones legales.

Las normas y tradiciones pueden estar bien si sirven de ayuda para la entrega a los demás; de lo contrario, pervierten la religión, tranquilizan las conciencias y dan la falsa seguridad de estar salvados. Desde esta perspectiva hay que mirar las cosas; sólo así se puede discernir lo puro y lo impuro, lo importante y lo secundario, lo que agrada a Dios o no.

Con estas advertencias Jesús se sitúa en la línea de los grandes profetas que procuraron conducir a Israel hacia una fe y religiosidad más auténtica, poniendo el amor y la práctica de la justicia por encima de todo. El profeta Miqueas sintetizó esta orientación con su frase: Se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor desea de ti: que defiendes la justicia, que ames con lealtad y que seas humilde con tu Dios (Miq 6,8).

Desde esa perspectiva, la entrega a Dios, que se demuestra en la caridad y la solidaridad, cuya expresión más común es la limosna, es lo que confiere a la persona la verdadera pureza. La palabra griega eleemosyne, que traduce el término hebreo sedaqah, justicia (cf. Lv. 25, 35; Dt. 15, 7- 8.11; 26, 12), no designa una acción meramente filantrópica, voluntaria, sino un deber de justicia vinculado a la solidaridad con la comunidad. En las sociedades antiguas, cuya economía era muy primaria, de subsistencia en su mayor parte, la limosna era una forma de distribución de los bienes, era parte de la justicia distributiva. En el Antiguo Testamento la contribución generosa en favor de los pobres es una acción que se le hace a Dios mismo. Es conocido el proverbio: El que se apiada del pobre le hace un préstamo al Señor, y él lo recompensará por su buena obra (Prov 19,17). Daniel aconseja al rey: Redime tus pecados dando limosna y tus maldades socorriendo a los necesitados (Dan 4, 24).  El libro del Eclesiástico afirma: El agua apaga las llamas, la limosna consigue el perdón de los pecados (Eclo 3, 30). Y Tobit exhorta así a su hijo Tobías: Haz limosna con tus bienes y no te desentiendas de ningún pobre, porque así Dios no se desentenderá de ti.... Da limosna según tus posibilidades y los bienes que poseas. Si tienes poco, no temas dar limosna según ese poco, porque es atesorar un buen tesoro para el día en que lo necesites… Si algo te sobra, dalo en limosna, y que no se te vayan los ojos tras lo que das... (Tob 4, 7-11.15).

Den limosna de corazón y entonces quedarán limpios, concluye Jesús. Se trata, pues, de actuar desde el corazón, que el Espíritu de Dios purifica y renueva (Ez 11, 19; 26, 36; Sal 51, 10; Dt 30, 6). Allí es donde la persona oye lo que debe hacer para que sea el amor, y no la ley, la que rija su conducta. En definitiva, sólo el amor, recibido como gracia y asumido obedientemente como el camino de la auténtica realización personal, hace al ser humano capaz de dar de sí con generosidad, sin llevar cuenta y sin sentirse agobiado ni cansado por el peso de las normas. 










viernes, 9 de octubre de 2026

EL SIGNO DE JONÁS (Lc 11, 29-32)

 


El signo de Jonás

Lc 11, 29-32

La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los contemporáneos de Jesús, a pesar de haber visto las obras buenas que hacía, no confiaron; en vez de seguirlo pretendieron que él obedeciera sus exigencias de pruebas extraordinarias para creer. Habían visto sus obras en favor de los enfermos, pero las atribuyeron a Belzebú, príncipe de los demonios. Habían escuchado su enseñanza, pero les resultaba insoportable la imagen nueva de Dios que transmitía, que modificaba su fe, su moral y, sobre todo, les quitaba autoridad y poder ante el pueblo. La petición que le hacen de un signo extraordinario para creer en él recuerda la tentación del maligno, cuando lo subió a la parte más alta del templo y le dijo: Tírate de aquí abajo… (Lc 4, 9). Por eso Jesús rechaza tajantemente esa petición y añade que a esa generación sólo se le dará el signo de Jonás: el profeta que con su predicación logró que todos los habitantes de Nínive se convirtieran; y el signo de la reina de Saba que hizo un largo viaje para conocer la sabiduría de Salomón.

Jonás es el profeta bíblico conocido por todos los judíos. Recibe de Dios la misión de ir a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, opulenta ciudad asiria en la región actual del Mosul en Irak, famosa por sus riquezas y las malas costumbres de su gente. El profeta se rebela, no quiere la salvación de los ninivitas y cree imposible que se conviertan. Además, se niega a seguir a un Dios que es capaz de tener misericordia con gente así. Se escabulle, huye de su vocación, sufre un naufragio que le hace acabar en el vientre de un enorme pez; pero nada de eso le convence. Finalmente predica en Nínive aunque de mala gana y sin ninguna confianza. Y ocurre lo inesperado: la ciudad pagana se convierte, desde el rey hasta el último vasallo y hasta los animales, todos hacen penitencia y Dios los perdona. Jonás se enfada. Pero Dios le va a enseñar: hace que se seque el ricino que le da sombra. El profeta maldice por el calor que hace. Y Dios le dice: Tú te molestas por un simple ricino ¿y yo no voy a tener compasión de todo un pueblo?

Jonás es signo: fue enviado desde lejos para predicar la conversión a los habitantes de Nínive y éstos se convirtieron. Su persona y su palabra bastaron porque Dios actuó por medio de él. Los ninivitas creyeron en su palabra, y eso sólo bastó para la conversión. Jesús, por su parte, es el enviado de Dios, de él procede, y es más que un profeta, pero las reacciones de sus oyentes han sido de lo peor. Por eso los ninivitas se levantarán contra esa generación perversa y la condenarán.

A continuación Jesús recuerda a sus oyentes la historia de la reina del Sur o de Saba (1 Re 10, 1-29; 2 Cr 9,1-12), conocida como Balkis en la tradición islámica, soberana de un pequeño reino al sur de Arabia, identificado como Etiopía. Ella también es un signo porque hizo un largo viaje, cargada de regalos de oro, piedras preciosas y especias, para escuchar la sabiduría del rey Salomón; Jesús, por su parte, viene a Israel encarnando en su persona y transmitiendo con su palabra la auténtica sabiduría de Dios y su proclamación salvífica, pero le han dado la espalda, no han querido escucharlo. Por eso en el día del juicio, la Reina del Sur acusará también a los detractores de Jesús, porque él es más que Salomón.

Por todo eso, Jesús se niega a darles otra señal. Su persona y su palabra les deberían bastar. Él es el “testigo” primordial de Dios y de su amor; quien cree y confía en él, acepta que Dios actúa en él, ama, perdona, salva, instaura su Reino. Su credibilidad plena está basada en la perfecta coherencia que se da entre su palabra y su vida. Ha anunciado la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todo el que se convierte y cree. En vez de pedirle signos hay que escuchar su palabra y acoger su persona, su forma de ser humano. No hacen falta signos espectaculares para responder a su llamada. Dios respeta la libertad de sus hijos que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo y a sufrir por ello; pero no puede constreñir. Quiere que se le ame libremente; lo contrario no es amor verdadero.

LOS INVITADOS A LA BODA (Mt. 22, 1-14)


Los invitados a la boda

San Mateo 22, 1-14

 

El núcleo de la incomprensión y rechazo que muestran los sacerdotes y fariseos frente a Jesús es la nueva imagen de Dios que él transmite con su palabra y con sus acciones. En las parábolas anteriores a este pasaje, ha presentado diversos aspectos de esa nueva imagen de Dios. En la del padre que envió a sus hijos a trabajar en su viña, lo presentó como un padre que nos da la vida; en la del propietario que pidió cuentas a sus empleados, aparece como el creador y señor de la tierra que nos alimenta; ahora, en la parábola del banquete de bodas, es el rey que nos hace ser libres como él es libre.

Las bodas son la más bella imagen de nuestra relación con Dios. Por eso, en el Antiguo Testamento, la alianza de Dios con su pueblo se expresaba con el símbolo de la unión matrimonial (Isaías, Ezequiel, Oseas, Cantar de los Cantares). Y en el Nuevo Testamento a Cristo se le llama el esposo (Mt 9,15; Jn 3,29; Ef 5,25ss; Ap 19,7; 22,17), que consuma las nupcias entre el Creador y la humanidad.

Dice la parábola que un rey envió a sus siervos a llamar a los que había invitado para celebrar la boda de su hijo. Representa a Dios que envió a los profetas con la misión de preparar un pueblo bien dispuesto (Lc 1,17) para la venida de su Hijo como Salvador. Los primeros invitados fueron los miembros de su pueblo escogido de Israel, pero no quisieron asistir.

El rey, a pesar de eso, repite la invitación y de manera apremiante: Tengo el banquete preparado, mis mejores animales ya han sido degollados y todo está a punto; vengan a la boda. Los nuevos siervos enviados son los apóstoles. Pero lamentablemente otra vez los invitados rechazan el ofrecimiento, alegando que tienen mucho que hacer en sus tierras o en sus negocios. Les importan más el dinero y sus propiedades, disfrutan más con ellos y los consideran más provechosos.

Finalmente se menciona a los otros invitados que agarraron a los sirvientes, los maltrataron y los mataron. Son los peores, su rechazo a la invitación del señor es cruel: su cerrazón de corazón los conduce no sólo a la afrenta y al deprecio sino hasta la violencia y el crimen. El rey irritado manda a su ejército, que liquida a los asesinos y arrasa su ciudad. Esa gente no era digna: se creían superiores por ser ricos, no necesitaban nada, no les interesaba el banquete, menospreciaron la llamada insistente del señor.

El banquete, sin embargo no se suspende; todo lo contrario, ahora más bien la invitación se hace extensiva a todos, malos y buenos. Los criados salen a llamar a cuantos encuentran en su camino. La vocación del pueblo escogido de Israel es ahora vocación universal y el salón se llenó de convidados.

En la comunidad de los llamados por Jesús, en su Iglesia, hay buenos y malos, justos y pecadores (Mt 13, 41-43), peces buenos y malos (Mt 13,47-50), trigo y cizaña (Mt 13,29-30), que sólo serán separados al final de la historia. La Iglesia no es todavía el reino de Dios, donde los justos resplandecerán como el sol; la Iglesia está en camino, es a la vez santa y necesitada de continua purificación. Somos pecadores tocados por la gracia del Señor, que debemos acoger dócilmente para que transforme nuestras vidas.

Por eso, continúa la parábola, al advertir el rey que hay uno sin vestido de fiesta, le dice: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado? Él enmudeció. Entonces el rey mandó a los guardias: Átenlo de pies y manos y échenlo fuera, a las tinieblas.

En la Biblia el vestido representa las cualidades de la persona, el vestido de la salvación y el manto de la justicia (Is 61,10). Lleva el traje de fiesta quien, sintiéndose pecador, acoge la invitación, es perdonado y vive del perdón. Estaba desnudo y ha sido revestido de Cristo (Gal 3,27). Revístanse de Cristo y no fomenten los apetitos desordenados, dice San Pablo (Rom 13,14).

Quien no lleva el traje de fiesta, aunque esté en la sala del banquete, de hecho está fuera, en las tinieblas exteriores. Jesús no dice esto para infundirnos temor, sino para movernos al cambio de actitud y no estar en la situación de quienes rechazaron su invitación. Si reconocemos nuestra pobreza, podemos revestirnos del vestido nuevo.

La clave de lectura de la parábola está en la contraposición: muchos son los llamados y pocos los elegidos. Las llamadas a Israel fueron muchas, pero Israel no respondió, no escuchó a los profetas, rechazó a Jesús el enviado definitivo, portador de la salvación. Por eso la llamada al “banquete” se hace universal y llega a nosotros. Pero exige un comportamiento práctico. No basta “inscribirse” en la Iglesia, y vivir en ella con una pertenencia puramente sociológica, exterior y descomprometida. Al banquete se va con “vestido de fiesta”, es decir, con el estilo de vida cristiano, bien visible por las obras de la fe. A todos llama el Señor porque quiere que todos se salven. Los elegidos estuvieron fuera, sin el traje nupcial, pero decidieron cambiar su vieja condición y se abrieron a la misericordia de Dios. Participan del banquete que los une a todos como hermanos.

jueves, 8 de octubre de 2026

DICHOSO EL VIENTRE QUE TE LLEVÓ... (Lc. 11, 27-28)

 


Dichoso el vientre que te llevó…

San Lucas 11, 27-28 

Después de curar a un endemoniado mudo, Jesús declaró que si realizaba tales acciones era porque el reino de Dios había llegado. Con su palabra y sus obras hace presente el señorío de Dios, que pone fin a los poderes del mal en el mundo y restituye a sus hijos e hijas la verdadera libertad.

Al oír la predicación de Jesús, una mujer anónima, en medio de la multitud, prorrumpe en un grito de asombro típicamente maternal, que recoge toda la admiración de la gente allí presente: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! Jesús no rechaza esta felicitación que hace referencia a su madre y que, según la mentalidad oriental, era felicitación al hijo, sino que aclara lo que es prioritario: dichoso es más bien el que escucha con fe la palabra de Dios y la lleva a la práctica.

Esa bienaventuranza de los que oyeron y siguieron a Jesús se hace extensiva a todos los que tenemos acceso a su Palabra. No estamos en desventaja. El nuevo y verdadero conocimiento de Jesús, que vuelve dichoso (bienaventurado) al creyente, consiste en escuchar y llevar a la práctica su Palabra. Por eso Pablo dice a los corintios: aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así (2 Cor 5,16). La verdadera bienaventuranza es, pues, la del cristiano fiel y perseverante que escucha y vive conforme a lo que escucha.

A primera vista, la réplica de Jesús a aquella mujer: Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican –así como aquella otra que hizo acerca de su verdadera familia (8, 21)–, no parecen ser muy favorables a María, la madre de Jesús. Sin embargo, hay que reconocer que en la exclamación de la mujer aparecen las palabras de María como una realidad cumplida: De ahora en adelante, todas las generaciones me proclamarán dichosa (Lc 1,48). Jesús, por su parte, señala que la dicha (la bienaventuranza) que Dios concede es por la acogida a su palabra y su puesta en práctica. Y eso mismo fue lo que expresó Isabel al recibir la visita de María: ¡Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá! (Lc 1, 45). No hay por qué deducir, por tanto, que Jesús niegue que su madre sea dichosa por ser su madre, sino que la prioridad para él es la fe en la palabra y su puesta en práctica, lo cual también en su madre se puede ver, como lo demuestra Lucas en los pasajes de la anunciación y de la visitación. Ella pertenece, como modelo de creyente, a los que acogen la palabra de Dios (Lc 1,45) y la ponen por obra (Lc 8,21; cf. Hch 1,14).

En este sentido, María es la primera bienaventurada. Ella creyó en lo que le dijo el Señor por medio del ángel, y la palabra se encarnó en su seno (Lc 1, 38). Ella conservaba en su corazón y meditaba este misterio (Lc 2, 19.51). En ella se anticipa la dicha que Dios concederá a todo creyente. A ella, la primera oyente de la palabra, la proclamamos dichosa todas las generaciones, nos confiamos a su intercesión maternal para que nos ponga con su hijo, y la aclamamos como madre y figura de la Iglesia.  

La Iglesia, comunidad de los creyentes, imita a María. Obedeciendo al mandato de su Señor, anuncia su palabra a todas las naciones y engendra hijos e hijas para Cristo. Como María, la Iglesia vive también del gozo de la presencia del Señor en ella y hace vivir a todos la alegría del evangelio.