martes, 6 de octubre de 2026

 


El Padre nuestro

Lc 11, 1-4

Un discípulo le dijo: Enséñanos a orar. Jesús respondió proponiendo el Padre nuestro, que más que una plegaria es un programa de vida.

El poder llamar Padre a Dios es el gran don de Jesús. Al hacerlo nos reconocemos como hijos o hijas suyos, creados por amor. Tener a Dios como Padre es vivir con la certeza de que siempre estará con nosotros, y esto nada ni nadie nos lo podrá quitar: Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8, 38s).

La oración, como toda nuestra vida, ha de estar orientada a santificar el nombre de Dios. Esto significa darle a Dios el lugar central que se merece. Jesús santificó el nombre de Dios su Padre, amándolo y amando a los hermanos. Y así nos enseñó a vivir: Padre, yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17, 26). Santificamos el nombre de Dios cuando, como Jesús, procuramos hacer su voluntad, es decir, cuando reconocemos como don suyo lo que tenemos y nos disponemos a compartirlo con los necesitados. Santificamos  su nombre cuando nos rendimos a él en los momentos críticos, sin miedo a nuestras flaquezas ni a la muerte misma. En eso el nombre de Dios es santificado.

La oración que Jesús enseña despierta el deseo del reino de Dios. Venga tu reino. Esa es  nuestra esperanza: que la historia confluya en su reino como su término seguro y feliz, que Dios sea todo en todos (1 Cor 15,24.28) y sean creados cielos nuevos y tierra nueva en que habite la justicia. Sabemos que ese reino ha llegado ya en Jesús; que viene a nosotros cuando encarnamos en nuestra vida los valores del evangelio; y que vendrá plenamente cuando se superen las desigualdades injustas y se establezca la fraternidad en el mundo. Está entre nosotros como semilla que crece y se hace un árbol sin que nos demos cuenta (Lc 13,18s), y es Cristo resucitado, que vendrá finalmente para ser nuestro juez y también nuestra eterna felicidad y realización completa. El reino de Dios es nuestro anhelo más profundo: Marana tha, ¡Ven Señor, Jesús!

Al orar ponemos ante Dios lo que necesitamos: Danos hoy nuestro pan. El pan es vida. Pan material para nuestros cuerpos y pan espiritual para nuestra vida en Dios. Y decimos pan nuestro, no mi pan, porque lo que Dios da tiene que compartirse. El pan que no se comparte genera división. El pan compartido es bendición, eucaristía.

Tenemos también que expresar la necesidad de perdón. Perdónanos nuestros pecados. Dios no niega nunca su amor que rehabilita a todo hijo suyo, aunque sea un rebelde o un malvado. Como dice el Papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. Todos necesitamos perdón. Porque el cristiano no es justo sino justificado; no es santo sino pecador alcanzado por la gracia que lo rehabilita y eleva; no es intolerante ni excluyente, sino que se muestra compasivo con el que ha caído. Por eso no condena, sino que perdona.

En la oración asumimos ante Dios nuestra radical deficiencia y el riesgo de la vida: No nos dejes caer en tentación. No pedimos que nos libre de la prueba, pues forma parte de la vida, sino que nos proteja para no sucumbir, seguros –como dice Pablo– de que Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas, antes bien con la tentación recibirán la fuerza para superarla (1 Cor 10,13). La gran tentación es la pérdida de confianza, que nos arranca del amor de Dios.

Habrá, pues, que pedir continuamente: Señor, enséñanos a orar, pues no sabemos orar como conviene y debemos asimilar el modo y contenido de la oración perfecta que él enseñó a sus discípulos. 


lunes, 5 de octubre de 2026

 


Marta y María

Lc 10, 38-42

A continuación de la parábola en la que Jesús se identifica con el Samaritano que atendió al hombre herido en el camino, busca alojamiento en casa de dos mujeres, Marta y María. Ahora hay una casa que le aloja. El que enseña a acoger, ahora es acogido.

Poco sabemos de estas dos mujeres: sólo que son las hermanas de Lázaro. María podría ser la que, en Betania, ungió al Señor antes de su pasión. Y algunos comentaristas creen que es la misma que –según Lc 7, 36ss– se acercó a Jesús con un vaso de alabastro lleno de un perfume precioso y lo derramó sobre sus pies.

Marta critica a su hermana porque no la ayuda en los trabajos materiales, en que ella se afana para acoger a Jesús, como debe hacerlo. Pero Jesús la invita a hacer suya la actitud de María que, a sus pies, escucha con atención su palabra. Sin la palabra del Señor todo pierde su auténtico valor e incluso “sabor”.

Se ha dicho tradicionalmente que Marta representa la actividad y María la oración. Pero no hay que contraponer a Marta con María ni a la acción con la oración, hay que integrarlas. Lo que enseña el evangelio es que se ha de purificar la acción por la oración y escucha del Señor porque, sin esto, la acción –aunque sea buena y prolífera– puede perder orientación y convertirse en búsqueda de uno mismo. Con la oración, que nos hace escuchar la Palabra, nuestra acción se ahonda y purifica.

María ha escogido la parte mejor. Jesús elogia la sencilla y sincera escucha. Con esa disposición, la persona deja entrar en su corazón el amor, que es lo que da sentido a todo. “Lo único necesario” es experimentar el amor incondicional y desinteresado con que Dios nos ama. Esto, y sólo esto, da al cristiano la certeza de la que brota la calma y la quietud en toda circunstancia. El deber no basta. Hay que descubrir el valor de lo gratuito. Ya los profetas lo habían intuido: Se salvarán si se convierten y se calman; pues en la confianza y la calma esta su fuerza, dice Isaías (30,15).

Necesitamos integración personal y calma interior porque solemos andar divididos y ansiosos. Los quehaceres y negocios ahogan en nosotros, como zarzas y malezas, la semilla sembrada en nuestra tierra. Necesitamos parar, recogernos en nuestro interior y ponernos a los pies del Maestro cada día. Él nos recordará: Busquen, más bien, el Reino y todas las cosas se les darán por añadidura (Mt 6,33; Lc 12,31). Dejar de escuchar la palabra del Señor, por muchas pretendidas obras buenas e importantes que se hagan, significa tanto como apartarse del reino y correr el riesgo de echarse a perder. Pensemos, pues, en lo importante que es saber integrar el servicio a los demás con la escucha de la palabra de Jesús, sin tratar de rebajar ésta con falsos pretextos.

Al mismo tiempo, el pasaje de Marta y María nos recuerda que Dios está llamando continuamente a nuestra puerta. Lo que pasa es que no queremos oír su llamada o no sabemos cómo acogerlo. Pero hay algo que el texto evangélico hace evidente: Cuando Cristo llama a mi puerta en la forma de un hombre o una mujer que necesita mi ayuda, lo que debo hacer no puede consistir solamente en darle cosas (por valiosas que sean, y que a fin de cuentas es Él mismo quien nos las da), sino ante todo hacerme consciente de que es Él quien viene a mí como un regalo en ese hermano o hermana que ha tocado a mi puerta. Esto, pues, debe reflejarse en el trato que le doy. Quien a ustedes acoja a mí me acoge (Mt 10,40). “Hospes sicut Christus”, al huésped se le recibe como a Cristo, dice la regla benedictina: “Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo. …Y al recibir a pobres y peregrinos se tendrá el máximo de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe especialmente a Cristo, pues cuando se recibe a ricos, el mismo temor que inspiran, induce a respetarlos” (Regla de San Benito).


domingo, 4 de octubre de 2026

EL BUEN SAMARITANO

 



El Buen samaritano

Según San Lucas 10, 25-37 

La parábola el Buen Samaritano es uno de los textos más hermosos del evangelio de Lucas. Presenta el rostro del Dios que busca al perdido, y el rostro del cristiano que se interesa por el problema de su hermano y ahí se encuentra con Dios.

Un hombre ha sido asaltado en el camino y ha quedado mal herido. Pasan junto a él tres personajes: un sacerdote, representante de la Ley, un levita, representante del culto (ambos “profesionales” de la religión), y un samaritano, que para los judíos era un hereje. Los tres ven al hombre caído, pero reaccionan de manera diferente. El sacerdote y el levita pasan de largo, por “no ensuciarse las manos” o por pensar: “es un extraño”, “no nos concierne”... El samaritano, en cambio, sintió compasión. Sentir compasión es sufrir con el otro, compartir su situación, ponerse en su lugar; es lo que hace el samaritano.

El sacerdote y el levita representan a quienes pretenden llegar a Dios, pero no se interesan por la situación del prójimo que sufre: pasan de largo. Son los encargados de las “cosas de Dios”, pero no hacen lo que a Dios más le interesa, atender la vida de sus hijos e hijas que pasan necesidad. Ya los antiguos profetas habían reprobado esa pretensión de reducir la religión a prescripciones externas y costumbres piadosas sin práctica de la justicia y de la misericordia.  ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro?, dice el Señor… (por el profeta Isaías), desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen por la viuda (Is 1, 11.16-17). Eso mismo es lo que quiere lograr Jesús con su parábola: que sus oyentes cambien su forma de relacionarse con Dios, se hagan solidarios y misericordiosos porque eso es lo que quiere Dios.

El mensaje fundamental que recorre toda la Biblia es que el amor a los demás define la autenticidad del ser humano en su relación con Dios, con los demás y consigo mismo. Quien no ama ha “fallado” en su vida, simplemente no es humano. Pero la novedad que trae Jesús es que el amor es, antes que nada, una experiencia que a la persona humana se le hace vivir y que, gracias a ella, puede amar a los demás. San Juan desarrolla esta idea en su 1ª Carta y afirma que si amamos, es porque primero nos ha amado Dios (1 Jn 4, 19). Y por eso Jesús se identifica con el buen Samaritano para hacernos sentir el amor que Dios nos tiene, y movernos a amar a los demás.

Al mismo tiempo, Jesús se identifica también con el hombre caído en el camino, que es la persona a la que debemos atender y en la que lo atendemos a él. Por eso dirá en el evangelio de Mateo: Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25,40). Por tanto, no se puede dividir lo que Dios ha unido: con un mismo amor amamos a Dios y amamos al prójimo. Porque Dios se ha hecho próximo nuestro, podemos amar a Dios y al prójimo con el mismo amor que del Padre y del Hijo nos viene.

La parábola nos transmite esta enseñanza de manera sorprendente haciendo que se superpongan dos imágenes, la del hombre caído en el camino y la del samaritano que lo asiste. Queda la impresión de que se disuelven el uno en el otro, hasta ser al final una misma persona.

El escriba, el sacerdote y el levita deben identificarse con el hombre caído en el camino, del que se hace cargo el Samaritano que luego desaparece en el horizonte hacia Jerusalén, y representa a Jesús. Por su parte, el hombre herido y despojado recobra la salud y se vuelve capaz de socorrer a los que, como él, vea caídos en el camino; hará con los demás lo que hizo Aquel que lo atendió. Se volverá un buen samaritano como Jesús.

Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha convertido en el pobre maltratado que vemos en nuestro camino -¡es imposible no verlo!-. Más aún, se nos ha acercado tanto, que se ha convertido en el herido que yo soy, y se ha hecho cargo de mí, ha curado mis heridas, me ha alojado y ha pagado por mí. De modo que si se ha identificado así conmigo, yo también debo identificarme así con él.

Cristo, Buen Samaritano, se prolonga en los samaritanos de hoy y de siempre: hombres y mujeres sensibles al dolor y sufrimiento de la gente, que hacen todo lo que pueden para atender a los caídos. Entre ellos se ha de situar el cristiano porque se ha sentido atendido y curado por él. Ha experimentado la misericordia en su propia persona; siente que tiene que mostrar misericordia.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las exigencias del seguimiento de Jesús (Lc 9, 52-62)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y los penitentes, óleo sobre lienzo de Anthony Van Dyck (alrededor de los años 1630), Colección privada

Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?».
Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea.

Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas».
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo: «Sígueme».
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Jesús le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia».
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».
 

Estos versículos de Lucas nos confrontan con el seguimiento radical de Jesús. Se trata de tres breves y cortantes escenas de seguimiento, que presentan las exigencias radicales que Jesús impone: el discípulo tiene que estar preparado para desligarse de todo apoyo establecido y entregarse de modo incondicional y por completo a la causa del evangelio. 

- En la primera escena, un hombre, cuyo nombre no se menciona, se presenta ante Jesús y le dice: Yo te seguiré. Pero el seguimiento del Señor no es una pretensión humana, no depende sólo de una iniciativa humana. Es Dios quien llama y quien da su gracia, que capacita para poder asumir las exigencias que implica. Jesús opone el deseo a la realidad, la ilusión a la previsión. Y luego expone la otra exigencia de su seguimiento que tiene que ver con aquello en lo que el hombre suele oponer su seguridad. Jesús exige que su patria y protección no sean otros que el Padre y los hermanos, los dos valores fundamentales del Reino. De la misma manera que el Hijo del Hombre sólo encuentra reposo y hogar en el Padre de los cielos, no en los bienes de este mundo, así su seguidor está llamado a adoptar el mismo comportamiento de su Señor. El hombre pone su seguridad en los bienes materiales, necesarios para la vida. El que sigue a Jesús, en cambio, pone toda su seguridad en Dios. 

- En la segunda situación, la persona, antes de seguir a Jesús, quiere hacer otra cosa; una cosa muy buena, por cierto. Olvida que el Señor ha de ser el primero, si no, no es Señor. Y por eso, la exigencia de Jesús es tan grande: desliga al discípulo de cualquier otra obligación, por sagrada que sea. No le permite contraer otro compromiso que esté por encima de su persona. Sepultar a los muertos es una acción piadosa, es deber filial claramente expuesto en la ley (Dt 20,12; Lev 19,3), pero no es “lo primero”. Como no fue lo primero para Abraham su amor a su hijo Isaac, y por ello se mostró disponible a sacrificárselo al Señor. Todo afecto, por sublime que sea, deriva del afecto a Dios y a él tiene que ordenarse. Jesús antepuso su amor a María y a José –que angustiados lo buscaban–, a la necesidad que sentía de ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2,48s). Así mismo, en el plano humano, si no abandonas a tus padres no te haces adulto, no te casas. Si no abandonas todo afecto prioritario respecto a Dios y no ordenado a él, no eres libre, equivocas el sentido de tu vida. Vives en función de otros valores, que son tus prioridades y que pueden convertirse en tus ídolos y esclavizarte. 

Por eso, en el texto que comentamos, la entrega a Cristo es tan incondicional que, frente a ella, hasta el deber de enterrar al mismo padre cede su prioridad. Con este dicho Jesús se sitúa de forma soberana y con entera libertad por encima de todo lo que era venerado como precepto divino. Se coloca en el mismo plano de Dios. Deja a los muertos que entierren a sus muertos, significa, entonces, que nada, excepto lo referente a Dios, se puede absolutizar. No puede ponerse a la criatura antes que el Creador. Esto ocurre cuando queremos hacer nuestra voluntad y no la de Dios, cuando queremos que Dios haga lo que queremos, cuando queremos el fin –que es seguir a Jesús y los valores del evangelio- pero no ponemos los medios necesarios porque tenemos otras prioridades. 

- En la tercera situación, se repiten y condensan en cierto modo las actitudes anteriores. Al discípulo se le pide que valore en su justa medida de quién debe separarse, y que sepa a quién tiene que dirigirse sin dilación. La llamada del Señor exige prontitud, lleva consigo adoptar una disponibilidad sin restricción alguna, que muchas veces puede significar abandono de la propia seguridad. Se trata aquí ya no sólo de la disponibilidad frente a cosas y afectos, sino también frente a uno mismo, para poner enteramente la propia confianza en Dios. Mirar atrás es mirarse a sí mismo, buscar garantías y seguridades en sí mismo, en lo que soy, en mi pasado, en lo que he conquistado o en lo que represento. De todo ello nos puede liberar el Señor para hacernos ver que la garantía única está en el futuro, en lo que él –y sólo él– es capaz de hacer de mí.