miércoles, 14 de octubre de 2026

SI UNO ME NIEGA... TAMBIÉN LE NEGARÉ (Lc. 12, 8-12)

 


Si uno me niega… también le negaré

Lc 12, 8-12 

Jesús pide una adhesión plena a su persona y a su mensaje. Y no duda en vincular la actitud que se tenga hacia él, de aceptación o rechazo, con el destino final de la persona. Si uno me niega… también le negaré… Recuerda otra frase: Feliz el que no se sienta defraudado de mí (Lc 7, 23).

Quien ha optado por el seguimiento de Jesús debe manifestar públicamente su compromiso y esto le hace depositario de una promesa del mismo Jesús para cuando venga como “Hijo de hombre” a juzgar el universo con justicia (Cf. Lc 9,26; 22,69; Hech 17,31). Asimismo, quien reniegue o se avergüence de él, el “Hijo del hombre” tendrá que declarar en su contra en el juicio.

Las afirmaciones de Jesús en el versículo que sigue (v. 10) parecen referidas a diferentes personas, no a los discípulos. La frase: A todo aquel que hable en contra del Hijo del hombre se le podrá perdonar… parece dirigida a otro auditorio más amplio y complejo. Hablan contra Jesús los que sólo ven en él a un simple hombre, al hijo del carpintero, y no lo reconocen como el enviado de Dios. Hablan contra él de manera aún más grave los que, al verlo realizar sus milagros, le atribuyen un poder diabólico, concretamente de Belzebú. Si se convirtieran de la dureza de su corazón, ciertamente Jesús no les negaría el perdón. Pero también nosotros, todos, podemos “hablar” contra el Hijo del hombre por medio de nuestros pensamientos y acciones. Así, en la práctica, nos olvidamos del Señor y lo ponemos de lado. Se podría decir que en la base de toda acción pecaminosa hay un rechazo a Jesucristo; tales acciones son como palabras dichas contra él. Por eso todos sentimos en nuestra conciencia la llamada a convertirnos y acercarnos al perdón, que nunca se nos negará.

Otra cosa es lo que Jesús llama blasfemia contra el Espíritu Santo, pecado para el que no hay posibilidad de perdón alguno. Este pecado no consiste en ofender con palabras al Espíritu Santo, sino en el rechazo obstinado de la salvación que Dios ofrece a toda persona por medio de su Espíritu Santo. La gravedad de este pecado, que lo convierte en imperdonable, no está únicamente en el rechazo de la predicación evangélica, o en el olvido de Cristo en que caemos cuando actuamos contra sus valores y enseñanzas, sino en la actitud persistente, contumaz y obstinada de oposición frontal a la influencia del Espíritu Santo, que anima la proclamación del evangelio e inspira en los corazones el reconocimiento de la necesidad de convertirse y pedir el perdón. Esta intransigencia obcecada, que se cierra a la acción del Espíritu, impide el perdón de Dios. Es una forma extrema de rebeldía y antagonismo frente al propio Dios, es una oposición «blasfema» al ofrecimiento de salvación que él hace. La misericordia del Señor no tiene límites, pero quien se niega deliberadamente a acogerla, y rechaza el perdón de sus pecados porque no lo considera necesario, en una palabra, quien da la espalda a la salvación ofrecida por el Espíritu Santo, él mismo se pierde. La perdición viene no porque la Iglesia y el Señor no puedan perdonarle, todo lo contrario, sino porque la persona misma, rechaza el don que Dios está dispuesto a darle. Es pecado contra el Espíritu Santo, además, porque es resistencia y rechazo a la conversión que el Espíritu inspira en los corazones (Jn 16, 8-9). Fue la actitud de los fariseos, que se cerraron a la aceptación del plan divino, no reconocieron el daño que hacían a la gente con sus enseñanzas y actitudes, y despreciaron la llamada a la conversión que Jesús les dirigió en todo momento.

Después de estas severas advertencias, Jesús promete a sus discípulos que ese mismo Espíritu los defenderá cuando los persigan y los hagan comparecer en las sinagogas o en tribunales paganos ante autoridades y jueces. El mismo Espíritu que consagró a Jesús para su misión (Lc 3, 22; 4,1.14-18) y le asistió en todas sus acciones (Lc 10,21), vendrá también en auxilio de sus discípulos y les inspirará palabras elocuentes que sus acusadores no podrán rebatir.

Visto en su conjunto, este pasaje hace ver al cristiano que el seguimiento de Jesús consiste en una adhesión plena y permanente a su persona, que implica la responsabilidad de dar testimonio de él y de su palabra en toda circunstancia, aun cuando quienes se les opongan lleguen a rechazar y despreciar de manera obstinada la acción del Espíritu del Señor.




CUIDADO CON LA HIPOCRESÍA (Lc. 12, 1-7)

 


Cuidado con la hipocresía

Lc 12, 1-7 

Jesús sigue aconsejando a sus discípulos contra el fariseísmo y se ha juntado una multitud para oírlo. Miles se agolpaban…hasta pisarse unos a otros.

Ahora quiere hacerlos conscientes del influjo que puede tener en ellos la mentalidad farisaica y, más en concreto, la “hipocresía” que los caracteriza. La comunidad de Jesús debe reprobar tal actitud y no dejar que contamine las relaciones entre las personas.

Jesús compara la hipocresía con la levadura, no en su sentido positivo de elemento necesario para hacer el pan, sino en el sentido de la corrupción que proviene de la fermentación y que afecta a toda la masa. De hecho, toda fermentación puede ser vista tanto en su aspecto positivo como en su aspecto negativo. Para Pablo la levadura nueva de la sinceridad y la verdad hace fermentar la masa de la comunidad pascual (1 Cor 5,6-8); para Jesús la hipocresía de los expertos en la ley es la levadura que puede corromper a sus discípulos.

La palabra hipócrita designa, en primer lugar, al protagonista del coro de las tragedias griegas. Para Jesús, la hipocresía es la doblez, la máscara o disfraz que tapa la verdadera personalidad y el comportamiento de una persona; es el disimulo y la apariencia. Por eso ha llamado a los fariseos sepulcros blanqueados (Lc 11,44), pues esconden lo que realmente son con el disfraz de gente recta y piadosa. Lo que debe caracterizar al discípulo de Jesús es la sinceridad y la transparencia plena, intachable.

Desde Adán, la búsqueda de protagonismo, el disimular los propios defectos y limitaciones, el pretender ser omnipotente y no aceptarse simplemente como ser humano, son las tentaciones que llevan muchas veces a actuar de manera insensata, crearse conflictos y terminar siendo insoportable para los demás. Los consultorios de psiquiatras y psicólogos están llenos de gente que, como Adán después de su rebeldía, no saben qué hacer con su desnudez y se llenan de miedos. Jesús viene a quitar el velo de la mentira para llevarnos a la aceptación de nuestra verdad de hijos e hijas amados por Dios. El discípulo no tiene por qué ocultar nada si actúa con transparencia y sencillez de vida. Y debe estar siempre vigilante porque los comportamientos se asumen por imitación, sobre todo si son formas de comportamiento de personas importantes.

La frase de Jesús que viene a continuación subraya lo dicho. No hay nada escondido que no llegue a saberse… Es una reiterada invitación a hablar con claridad y llaneza, sin dobles lenguajes. Y para inspirar confianza a los discípulos los llama amigos míos. La amistad que despierta confianza aleja el temor.

No teman, dice Jesús repetidas veces en este capítulo. El temor básico es el de la muerte; ya sea la muerte entendida como el final de la vida, o como referida al morir, perder, acabarse, frustrarse algo que amamos y cuya pérdida nos recorta lo que vivimos o queremos vivir. De ese miedo a “esa” muerte que toda vida comporta provienen muchas agresividades defensivas y muchas depresiones también y encerramientos de la persona en sí misma, que son una verdadera esclavitud. Sólo se vence ese miedo a la muerte del cuerpo y de las cosas, afirmando la superioridad de otros valores que perduran. Un texto de la carta a los Hebreos afirma la liberación interior, profunda, que Cristo ha venido a ofrecer: vino a compartir con nosotros nuestra condición humana (la carne y la sangre) y liberar a aquellos a quienes el miedo a la muerte los tenía esclavizados de por vida (Heb 2,14).

El Señor no quiere que sus discípulos tengan miedo sino conciencia y responsabilidad. Que no teman a Dios, sino al mal, a la vida echada a perder. El llamado “temor de Dios”, que la Biblia señala como principio de la sabiduría, no es miedo sino respeto. El miedo proviene de la conciencia de nuestra pequeñez, pero es una pequeñez que Dios protege, porque valemos mucho para él. Dios es amor que cuida, es providencia. Su ternura se extiende sobre todas sus criaturas (Sal 145). Providencia del Padre con las aves del cielo y las flores del campo. Ustedes valen más que los pájaros.

LA HIPOCRESÍA DE LOS ESCRIBAS Y FARISEOS (Lc. 11, 47-54)

 


La hipocresía de los escribas y fariseos

Lc 11, 47-54

Los fariseos (= “separados”) tenían prestigio en el pueblo, al que querían ganar para una vida apartada del mundo impuro. En los evangelios aparecen como los principales enemigos de Jesús, pero se puede suponer que las comunidades que escribieron los evangelios recargaron las tintas en muchos pasajes para reprobarlos porque, a partir del 70 d.C., fueron los fariseos los que más encarnizadamente persiguieron a los cristianos.

A menudo aparecen como los interlocutores críticos más importantes de Jesús, quien a pesar de todo tuvo amigos entre ellos; algunos lo invitaban a comer (Lc 11, 37; 14, 1) y otros como José de Arimatea y quizá también Nicodemo (Mc 15, 43; Jn 3, 1-15) pasaron a formar parte del grupo de sus discípulos o de sus simpatizantes. Jesús los tomó en serio y ellos a él, porque ambos buscaban en serio la voluntad de Dios. Pero rechazó la concepción que tenían de la ley mosaica y entraron en conflicto (Mc 7,11-13; Lc 11,42).

La ley era todo para ellos y el respeto que le tenían estaba bien, pues era el sello de la alianza de Dios con Israel. Pero por asegurar su cumplimiento cayeron en el legalismo y, sobre todo, en el creer que son las acciones realizadas para cumplirla las que aseguran al hombre la salvación sin tener muy en cuenta la gracia de Dios, que es la que salva. Su afán de asegurarse su condición de puros en medio de un mundo que consideraban impuro, y su deseo de tener alguna garantía de la salvación, les hizo perder el sentido del discernimiento que permite distinguir lo que Dios quiere en cada circunstancia –más allá de lo que la ley prescribe–, lo esencial a la fe y lo secundario, la libertad responsable, el libertinaje y la sumisión pasiva a lo que está mandado.

Jesús, con su nueva moral del amor, que puede ir más allá de la ley cuando está de por medio la vida de un ser humano –como en el caso de sus curaciones de enfermos en sábado– intentó hacerles ver que con la ley uno puede pervertir su fe, tranquilizar su conciencia, darse la seguridad de sentirse salvado y creerse superior a los “impuros” y pecadores.

Algunos fariseos formaban parte del Consejo de los Ancianos (Sanedrín) y muchos eran rabinos. Hubo un rabinismo fariseo muy extendido dentro del judaísmo en tiempos de Jesús y después de él. Iban tras la gente buscando adeptos y promoviendo el cumplimiento no sólo de las normas legales contenidas en la Biblia, sino también las tradiciones que ellos habían creado para asegurar la “pureza” ritual. Por eso Jesús dirá que dictan leyes que ellos mismos no son capaces de cumplir. Y pondrá en guardia contra el peligro de querer convertir su comunidad de discípulos en una secta de puros (separados). Él ha venido a buscar lo perdido.

Esas inconsecuencias son las que Jesús tiene más en cuenta cuando se dirige a los expertos en la ley –que suelen seguir las enseñanzas del rabinismo fariseo– y lo hacen todo para que los alaben. Por eso edifican mausoleos a los profetas, pero olvidan que fueron sus propios antepasados quienes los asesinaron. Veneran a los profetas porque ya están muertos, alaban lo que anunciaban, pero se callan las cosas que denunciaban. Así, en vez de testimoniar la sabiduría de Dios, mantienen la línea de maldad de sus antepasados, y por eso se les pedirá cuentas de la sangre de todos los profetas.

Una frase de Jesús de especial relevancia es ésta: Ay de ustedes doctores de la ley, que se han apoderado de la llave del conocimiento… El templo es la “casa del conocimiento”, donde se aprende la Palabra. Los rabinos fariseos y los doctores tienen la llave, pero se quedan fuera y defraudan al pueblo sencillo que quiere conocer. Ellos determinan lo que hay que enseñar y lo que no, lo que el pueblo debe saber y lo que no. Y, para colmo, no quieren reconocer que transmiten una idea falsa de un Dios sin misericordia.

Por todo esto, los escribas y fariseos comenzaron a acosar a Jesús, pero no cumplirán su mal propósito ahora, sino cuando llegue la hora. Entonces, en la cruz, brillará la sabiduría que confunde a los sabios (1Cor 1,19) y Jesús cargará sobre sí los pecados de todos, incluso de los fariseos. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

El fariseísmo no es cosa del pasado, se nos mete bajo apariencia de bien: convierte el evangelio en ley, en vez de buena noticia de unión entre los hombres y con Dios. Lleva al rechazo de los otros, a juzgar, a no comportarse como hermano. El mal puede venir de transgredir la ley, sin duda; pero también, y más sutilmente, puede venir disfrazado con la máscara de la observancia legal. Entonces es difícil reconocerlo.

martes, 13 de octubre de 2026

CRÍTICAS A LOS FARISEOS Y MAESTROS DE LA LEY (Lc. 11, 42-46)

 


Críticas a los fariseos y maestros de la ley

Lc 11, 42-46

Los fariseos tenían fama de hombres religiosos y ejercían poder sobre la mentalidad y conciencia de la gente. Para mantener tal poder andaban siempre cuidando su propia imagen para que la gente los admirara. Esta búsqueda de sí mismos los llevaba a tergiversar las acciones destinadas a honrar a Dios, convirtiéndolas en medios para acrecentar su fama. Jesús condena esta manipulación de lo religioso y de la moral, y pone algunos ejemplos.

El pago de la décima parte del producto de las cosechas y negocios era destinado al mantenimiento del santuario y al auxilio de los extranjeros, huérfanos y viudas. Haciendo esto, el judío expresaba su reconocimiento a Dios, de quien lo recibía todo, e imitaba la generosidad que tuvo con Israel en su larga marcha por el desierto hacia la tierra prometida. Porque Dios los sacó de la esclavitud y los alimentó en el desierto, ellos debían  atender a sus hermanos necesitados. Esta economía de la contribución solidaria estaba reglamentada con normas sobre la limosna, el pago del diezmo y el año jubilar (Deut 14, 22-15, 18; 26, 1-15). Se procuraba así una cierta igualdad, se subvencionaba a los pobres y se fomentaba el acceso de todos a la propiedad (ya que en el año jubilar se condonaban las deudas y se devolvían las tierras tomadas en hipoteca).

Los fariseos, con el cumpliendo de estas normas, daban la impresión de que reconocían los dones de Dios aun en las cosas mínimas, pero en realidad, por buscarse a sí mismos, actuaban injustamente, no practicaban la misericordia, juzgaban a los demás y se jactaban de ser ejemplares cumplidores del deber. Descuidan la justicia y el amor de Dios, les dice Jesús. No los mueve la justicia, cuya norma suprema es el amor y se demuestra en el no juzgar, no condenar y dar con generosidad (cf. 6, 36s).

Esto es lo que hay que hacer sin omitir aquello, añade Jesús. Lo primero es el mandamiento del amor, con que se cumple toda la ley. En segundo lugar, como muestra de ese mismo amor, vendrá el cuidado de las cosas pequeñas, como el pago del diezmo por la menta, la ruda y las verduras. Quien ama reconoce que todo le viene de Dios, lo grande y lo pequeño, y comparte con los demás lo que tiene.

El egocentrismo y el querer destacar por encima de los demás llevan a la hipocresía. Las obras exteriores les hacen aparecer como santos, pero su interior deja mucho que desear. Engañan con sus apariencias para ganar prestigio y poder. Jesús los compara a los sepulcros blanqueados. Las tumbas no colocadas en recintos cerrados, como nuestros cementerios, eran pintadas de cal para evitar que la gente, por no distinguirlas, se contaminase tropezando con ellas y contrayendo así la impureza que les impedía celebrar el culto. Los fariseos se blanquean con sus apariencias de puros y santos, pero contaminan a la gente sin que ésta pueda advertirlo.

Uno de los expertos de la ley, un fariseo teólogo, replica a Jesús que, con sus palabras, ofende a los de su categoría. Jesús le responde formulando una serie de críticas contra los dirigentes religiosos, que definen y programan lo que los demás deben hacer para salvarse. La primera crítica es contra el poder social y religioso con que controlan y oprimen las conciencias. No les critica por sus conocimientos religiosos y morales, sino porque se presentan como los únicos poseedores de este saber e impiden a la gente vivir en libertad y alcanzar la verdad. Cargan de obligaciones y prohibiciones a los demás, pero ellos se eximen de cumplirlas, dicen pero no hacen. Si las cumplieran, como lo hacía el fariseo Pablo (Ef 3,6), sentirían el peso de esa religión que no deja espacio para la libertad de los hijos de Dios.

Si Lucas no duda en consignar todas estas frases de Jesús es porque sabe que el fariseísmo puede infectar la fe del cristiano de todos los tiempos, puede apagar el Espíritu y hacer perder la libertad, pues donde está el Espiritu del Señor, ahí está la libertad (2 Cor 3, 17).