sábado, 13 de diciembre de 2025

La venida de Elías (Mt 17, 10-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Profeta Elías, óleo sobre lienzo de autor anónimo (siglo XVIII), Museo Nacional del Prado, España

En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: "¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?".
Él les respondió: "Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos".
Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. 

Juan Bautista, junto con el profeta Isaías y la Virgen María, es una de las figuras protagónicas del Adviento, tiempo de preparación para la venida del Señor en Navidad. Fue el precursor, el hombre fiel y leal, que supo ceder el paso al que era más que él, y preparó a la gente para que lo siguieran como el Mesías esperado. 

Muchos fueron a oírlo y hacerse bautizar por él en el río Jordán, pero con excepción de un pequeño grupo de pescadores de Galilea, la mayoría no quiso escuchar su llamada al cambio de actitudes, ni aceptaron la exhortación que él les hizo de reconocer en Jesús al Mesías. Siguieron esperando que Elías, el profeta arrebatado al cielo, volviera para preparar la inminente llegada del día de Yahvé, grande y terrible en que aparecería el Mesías verdadero. Este regreso anunciado por Malaquías (4, 5) era un componente importante de la esperanza judía. 

Jesús confirma esta esperanza: Sí, Elías tenía que venir a restablecerlo todo. Pero la interpreta de otra manera. Afirma que ha venido ya, y que le ha ocurrido lo mismo que a todos los profetas: tampoco le creyeron e hicieron con él lo que quisieron. Y añade que lo que hicieron con el profeta, lo harán también con él. El Hijo del Hombre corre la misma suerte, va a padecer mucho de mano de los hombres. 

Los discípulos comprendieron que se refería a Juan Bautista. Comprendieron que la misión que los profetas habían asignado a Elías la había cumplido cabalmente Juan Bautista con su llamada última a la conversión antes de la venida del Señor, y con su muerte sangrienta, que había anticipado la de Jesús. 

Con frecuencia Jesús reprocha a los fariseos, y a la gente influenciada por ellos, que han cerrado la mente para no entender y convertirse: tienen ojos para ver pero no ven. Asimismo, en otras circunstancias y por otros propósitos, también hoy podemos ver lo que nos conviene y ahorrarnos el esfuerzo de tener que cambiar. Conocemos partes de la realidad, no su totalidad, y podemos aferrarnos a lo conocido como lo único existente y válido. Además, estamos condicionados por innumerables influjos exteriores que inducen en nosotros pensamientos y criterios, patrones de conducta, hábitos de consumo y estilos de vida, que deberíamos tener el coraje de revisar. La honestidad con nosotros mismos y las exigencias prácticas de la fe nos llevan a reconocer qué tipo de pensamientos y acciones hemos adquirido de nuestro medio ambiente, qué visión distorsionada o “conciencia falsa” de la realidad y de los valores hemos asimilado, y qué consecuencias tiene todo eso en nuestra vida. Ocurre que hay muchas señales que Dios ha ido poniendo en nuestro camino, pero no las comprendemos o no las queremos comprender. Es lo que les pasaba a los oyentes de Jesús: esperaban a Elías, pero Elías ya había venido. Oían al Bautista y hasta se dejaban bautizar por él, pero no ponían en práctica su llamada al cambio.

viernes, 12 de diciembre de 2025

La Visita de María a Isabel – (Lc 1, 39-45)

 P. Carlos Cardó SJ 

Encuentro de María e Isabel en presencia de San Jerónimo, San José y otras personas, óleo sobre lienzo de Pelegrino Tibaldi (siglo XVI), Rijsmuseum (Museo Nacional de Ámsterdam), Países Bajos

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.
En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".
Entonces dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava". 

San Lucas quiere con este pasaje dar a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la salvación. Para ello, hace que los personajes tengan un carácter de símbolo de la relación que tiene el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. 

Por medio de María, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. Isabel y María se saludan, promesa y cumplimiento se besan. En Cristo Salvador, Dios y la humanidad se unen. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad. 

Se ven también en el pasaje las dos actitudes más características de María: su servicio y su fe. Dice Lucas que María va de prisa, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. María va de prisa, no para comprobar las palabras del ángel, pues ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel; va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida: Isabel quedó llena del Espíritu Santo” y “el niño que llevaba en su seno saltó de gozo. 

¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! es el saludo de Isabel a María.  Bendita entre las mujeres era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos (ver el libro de los Jueces, cap. 4, y el de Judit, cap.13). María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3). 

En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído! Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: ¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento¡ Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo: María es la creyente, “modelo” de todo creyente. Por eso es la llena de gracia, la Madre del Salvador, y también la Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes. 

Al oír las palabras de Isabel, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, y luego a la generosidad de Dios y entonó un canto de alabanza: Celebra mi ser la grandeza del Señor... María es consciente de que toda su persona, su ser mujer, es un don de Dios y a él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella intuye que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en su favor al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Elogio de Juan Bautista (Mt 11, 11-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y Juan Bautista, fresco de Giovanni Di Paolo (1445), Museos Vaticanos, Roma

Yo se los digo: “De entre los hijos de mujer no se ha manifestado uno más grande que Juan Bautista, y sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos es más que él. Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el Reino de Dios es cosa que se conquista, y los más decididos son los que se adueñan de él. Hasta Juan, todos los profetas y la Ley misma se quedaron en la profecía. Pero, si ustedes aceptan su mensaje, Juan es Elías, el que había de venir. El que tenga oídos para oír, que lo escuche”. 

El evangelio de Mateo reivindica a Juan Bautista, lo introduce en cierto modo como inicio del tiempo definitivo de la revelación plena de Dios y de la realización de su obra salvadora. Lucas, en cambio, lo pone todavía en el Antiguo Testamento, como la culminación del tiempo de la preparación y de la espera. Son diversas valoraciones de su figura que, quizá tienen que ver con la relación existente entre los cristianos y los remanentes que quedaban aún de los seguidores del Bautista. 

Entre los hijos de mujer, nadie hay mayor que él… Juan es presentado por encima de Abraham, de Moisés, de Elías, superior a los patriarcas y los profetas, más alto no se le puede poner en la historia del pueblo de Israel. Juan vio y dio testimonio de lo que las grandes figuras del Antiguo Testamento desearon ver y no vieron. En él concluye el camino hacia el Mesías, que vendría a dar cumplimiento a las promesas de salvación dadas por Dios. 

Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más que Juan. La razón es que el creyente en Jesús, por pequeño que sea, ya está inserto en el tiempo mesiánico definitivo, ya forma parte de la casa de los hijos, mientras que Juan, aunque descuelle como un gran profeta, forma parte todavía de la etapa preparatoria. Él tiene también que dar el paso de la fe, que lo pone en el seguimiento de Cristo y le da acceso al reino. Juan lo hizo y en ello reside su mayor gloria. 

El reino padece violencia. Se discute el sentido de esta frase. Unos la entienden como que el reino de Dios se abre paso con violencia, rompiendo esquemas, contradiciendo modos de pensar, hábitos y tradiciones opuestos a los valores que trae consigo; otros, leen la frase en pasiva: hay que hacerse violencia para poder ser merecedor del reino. Ambas interpretaciones son correctas y complementarias porque el reino es una realidad que entra en conflicto frontal con todas las fuerzas del mal, que lo contradicen y combaten, y porque sólo se entra en él empeñándolo todo pues es el valor supremo, por encima de todas cosas. El mundo desata toda su violencia contra quienes buscan el reino de Dios porque su palabra y su conducta contradicen las injusticias e inmoralidades sobre las que basa su progreso. Es lo que le ocurrió a Juan Bautista y a Jesús y a todos los justos, desde el inocente Abel hasta el último, Zacarías, que fue asesinado entre el altar de los sacrificios y el santuario (Lc 11, 51; Mt 23, 35). 

El reino de Dios es de los pobres, humildes y de los que lloran, pero a la vez es de los pacíficos que, con su fortaleza y capacidad de resistencia, llegan a soportar toda suerte de violencia, sin devolverla, llegan a poner la otra mejilla o ir al martirio cantando las alabanzas de Dios. No te dejes vencer por el mal, vence el mal a fuerza de bien, dice san Pablo (Rom 12, 21). Desde el anuncio de la venida del reino de Dios, éste no ha dejado de desplegar y manifestar sus fuerzas de transformación de la realidad personal y social. Hay hombres y mujeres que acogen ese anuncio y ponen todo su esfuerzo en hacer realidad el reinado de Dios en sus vidas y contribuir para que se establezca en el mundo.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

¡Vengan a mí los cansados y agobiados! – (Mt, 11, 28-30)

 P. Carlos Cardó 

Desconsuelo, oleo sobre lienzo de Eduardo Kingman (1981), Casa-Museo Posada de las Artes, Quito, Ecuador

Jesús dijo: "Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana". 

La invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4). 

Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor. 

Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren. 

Se puede afirmar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión legalista impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado. Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo que Dios reclama. Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la vanagloria de hacer las cosas para ser visto, en la hipocresía que lleva a juzgar a los demás, y en la soberbia de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con las obras que hace y los deberes que cumple. El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin. Este amor mueve a curar a un enfermo aunque la ley prohíba hacerlo en día sábado, y lleva a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. 

Vengan, yo los aliviaré. La nueva ley del amor que Jesús trae ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que nos hace confiar, no en lo que podemos lograr con nuestros esfuerzos para santificarnos, sino en lo que puede hacer en nosotros el amor de Dios (1 Cor 5,10). Responder a la invitación del Señor –Vengan a mí y yo los aliviaré– es, en definitiva, aprender del corazón de Jesús mansedumbre, humildad, sencillez y amabilidad, en otras palabras, vivir como hermanos y hermanas. En esto consiste la verdad que libera, que hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

martes, 9 de diciembre de 2025

La oveja perdida – (Mt 18,12-14)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen pastor, óleo sobre lienzo atribuido a Jean Baptiste de Champaigne (siglo XVII), Palacio de Bellas Artes de Lille, Francia

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda uno solo de estos pequeños". 

La parábola del pastor que busca con afán la oveja que se pierde habla de la ternura de Dios Padre, que siente compasión de las ovejas de su pueblo, maltratadas y abandonadas por sus pastores. Dios reivindica para sí el título de pastor auténtico y lleno de cariño, y así quiso venir a nosotros históricamente en la persona de Jesús, buen pastor de la humanidad. 

La parábola subraya el valor que tiene para Dios la vida de sus hijos e hijas y de manera especial su cercanía y misericordia para con los perdidos. Es, además, una defensa que hace Jesús de su propio compartimiento frente a los fariseos y doctores de la ley judía que lo criticaban por acercarse a pecadores públicos y publicanos y comer con ellos. Él dejará bien en claro que ha venido a buscar lo que está perdido y a salvarlo (Cf. Lc 19,10). 

El salir en busca de la extraviada manifiesta la calidad del pastor, es cualidad típica de un pastor responsable (Cf. Ez 34,11-12.16; Jn 10, 11-12). Se supone que un pastor que ama a su rebaño tiene que reaccionar de esa manera. No puede perder ninguna de sus ovejas, porque le pertenecen y valen mucho para él. Y sale además a buscar a su oveja no porque sea la más grande ni porque la quiera más que a las otras noventa y nueve, pues las ama a todas por igual, sino porque no quiere que ninguna se le pierda. 

Así nos ama Dios, nos hace ver Jesús. Su amor por nosotros es tan extraordinariamente pródigo, indulgente y desinteresado, que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para rescatar para sí, porque le pertenece, a todo hijo o hija suya que necesite ser restablecido en su condición de hijo. Jesús, por su parte, estará dispuesto a llevar su amor hasta el extremo de dar su vida por sus amigos. Si su amor no fuera así, si se quedase en dar a cada cual lo que se merece, excluir al que le da la espalda o castigar a quien se ha portado mal, podría quizá cumplir con la justicia humana reivindicativa, pero no sería Dios. La justicia divina se muestra perfecta en la misericordia. 

“Nosotros conocemos el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y no es que nos ame por nuestros méritos ni nos deje de amar por nuestros deméritos. Su amor es incondicional y gratuito. No nos ama porque lo merezcamos y su amor es anterior al que nosotros podamos tenerle. Tampoco necesita de nuestro amor. “El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados” (1Jn 4, 10). El cristiano fundamenta sobre esta convicción su confianza básica, esa confianza sin la cual no es posible vivir humanamente ni construir una personalidad sana, valiosa, y benéfica para los demás. Sabe, por eso, que debe mostrar en su amor y entrega a los demás el amor que recibe, y se sabe capaz de amar: se ama a sí mismo porque siente amado, y Dios le ha enseñado que debe mostrarle su gratitud amando a los demás. “Si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,11).

lunes, 8 de diciembre de 2025

Anunciación - Fiesta de la Inmaculada (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

Inmaculada Concepción de Walpole, óleo sobre lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1680 aprox.), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María.
Llegó el ángel hasta ella y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.»
María entonces dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?».
Contestó el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible».
Dijo María: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho.»
Después la dejó el ángel. 

En Adviento se sitúa la fiesta de la Inmaculada Concepción. Se nos presenta la figura de María como la Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios que se encarna en su seno, modelo de vigilancia, espera y fidelidad. Es lo que se nos pide en adviento. 

El Adviento da motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. Conviene, pues, meditar en María de Adviento, que se prepara para la venida de su Hijo. Para toda mujer, el nacimiento de su hijo supone una fiesta extraordinaria, que cambia su vida para siempre; pero la espera del hijo es un tiempo excepcional, en el que se genera entre la madre y su hijo una intimidad verdaderamente indisociable. Por eso, si la Navidad es la fiesta que exalta la maternidad de María, el Adviento exalta la fe con que María acepta su vocación de madre del Redentor. 

El texto de Lucas sobre la anunciación a María (Lc 1,26-38) refleja la alegría de Dios en su encuentro, por medio del ángel, con María, la llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres”. Y esta alegría que Dios le transmite abre la espera de la virgen madre. En María, la humanidad acoge el ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Dios ha hallado una madre que le haga nacer entre nosotros. 

Dios ha querido manifestarse en ella, pero no en su poder absoluto o en su grandeza inalcanzable, sino en su capacidad de darse a los demás. María es grande por su sencillez, por su fidelidad y disponibilidad, su capacidad de entrega. Toda la grandeza de María esta encerrada en una sola palabra: "hágase". María no puso ningún obstáculo a lo que Dios quería sino que permitió que lo divino que había en ella (lo divino que hay en cada uno de nosotros) se desplegara totalmente. En eso consiste su condición de “inmaculada”. Lo dijo Pablo: Dios nos eligió… para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor (Ef 1, 5). El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Ya hay una criatura que se muestra totalmente disponible a su plan. Y Dios viene, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre. 

María acoge el plan de Dios con la actitud de obediencia propia de la fe. Pero esta obediencia lleva primero a remontar las dificultades del creer. María, como los grandes creyentes de la historia, no teme expresar ante su Dios su propio sentimiento de incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón? Y en virtud de esa misma fe confiada que le hace al mismo tiempo referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, no duda en responder al anuncio: “Hágase en mí lo que has dicho”. En su respuesta halla eco el “Hágase” divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su acogida de la gracia anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo, y se convierta en hermano nuestro. Lo imposible se hace posible. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. 

En la Encarnación María inicia un camino de fe, y ya toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”, un continuo Adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María “conservaba todas estas cosas en su corazón”. 

Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y cristalino como una fuente.
Dame un corazón sencillo,
que no saboree las tristezas;
un corazón grande para entregarse,
tierno en la compasión;
un corazón fiel y generoso,
que no olvide ningún bien,
ni guarde rencor por ningún mal.
Forma en mí un corazón manso y humilde,
que ame sin reclamar agradecimiento,
gozoso al desaparecer en el corazón de tu divino Hijo;
un corazón grande e indomable,
que con ninguna ingratitud se cierre
y con ninguna indiferencia se canse;
un corazón apasionado por la gloria de Jesucristo,
herido por su amor,
con una herida que sólo se cure en el cielo Amén.
[Léonce de Gramaison S.J.]

domingo, 7 de diciembre de 2025

II Domingo de Adviento - La llamada a cambiar (Mt 3,1-12)

 P. Carlos Cardó SJ

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos".
 Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.
Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.
Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han convertido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue". 

En la primera lectura, Isaías anuncia el nacimiento de un gobernante futuro como prueba de que Dios traerá la salvación a las naciones por medio de su pueblo Israel. Será un descendiente del linaje de Jesé, padre de David, que en aquel entonces era una casa real en total decadencia, semejante a un tronco cortado y seco, del que nada se podía esperar. Sin embargo, sobre él vendrán los vientos del poder divino, que harán brotar un renuevo, portador del espíritu de Dios. Su cercanía especial a Dios le hará gobernar con rectitud (no con las armas), defender a los pobres, y quebrantar la violencia con la “vara de su boca”. Se logrará una paz universal y no se cometerá ya mal alguno. En su reinado se difundirá por todas partes el Espíritu y el conocimiento de Dios. 

Con metáforas y símbolos de gran contenido poético el profeta pinta un cuadro ideal que visualiza el gobierno de Dios sobre todas las cosas: recuerda la armonía inicial que existía en el jardín donde Dios puso al hombre y a la mujer recién creados: armonía con la naturaleza, armonía entre ellos y armonía con Dios. En la nueva creación, en la tierra nueva, esa armonía perdida se restablecerá. Ya no habrá agresores ni agredidos. La paz se extenderá a la naturaleza. Nadie hará daño ni estrago, ni siquiera la serpiente, que según la tradición bíblica simbolizaba el origen del mal. Un niño jugará con ella. Destruida la violencia y el mal en la tierra nueva, el hombre ya no ambicionará más ser como Dios; se le concederá “la ciencia del Señor”, para conocerlo y vivir conforme a su voluntad en plenitud de gozo y paz, sólo comparable a la inmensidad del mar. 

San Pablo en la carta a los Romanos hace ver la dimensión universal de la salvación que Dios ofrece. En Jesucristo, Dios muestra su misericordia en favor de todos los pueblos. Esta universalidad del mensaje y de la salvación debe fundamentar el respeto y la acogida que los cristianos debemos dar a todos sin distinción. Si Dios acoge y ofrece su salvación a judíos y gentiles, debemos estar de acuerdo unos con otros y acogernos mutuamente. No puede haber, por tanto, ningún tipo de exclusión por razón de raza, lengua o posición social. Sólo así como comunidad unida en su diversidad podemos alabar “unánimes... al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. 

En el evangelio, Mateo nos presenta la figura de Juan Bautista, el precursor del Mesías. Es un asceta austero, hombre íntegro y cabal, que vive de forma radical y anuncia en el desierto la inminente llegada del Salvador. En lugar de seguir la profesión sacerdotal de su padre Zacarías y dedicarse al templo (Lc 1,5ss), sigue una vocación de profeta que critica al sistema corrupto imperante en la sociedad. Su vestido y comida permiten apreciar la austeridad en que vive y dan a entender por qué se le identificó con el profeta Elías (2 Re 1,8). Jesús hará el elogio de Juan, diciendo que “es Elías, el que tenía que venir” (11,14) y, más aún, que es el mayor entre los hijos de mujer (11,9-11). 

Juan Bautista anuncia la próxima venida del Salvador y el establecimiento del reinado de Dios en forma de amenaza a todos aquellos que se nieguen a bautizarse y cambiar la vida de vicios y pecados que mantienen. La Ley y la religión que practican no les han servido para superar la corrupción imperante. Si no cambian de actitud, acabarán mal y de nada les servirá ser descendientes de Abrahán. 

Su tono cambia, sin embargo, cuando declara humildemente estar subordinado a Jesús el Mesías, a quien reconoce como “el que viene detrás de mí y puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias”. Su lealtad y obediencia llega incluso a reconocer la insignificancia de su bautismo, comparado con el bautismo de Espíritu y fuego que traerá Jesús, el único capaz de comunicar la gracia santificadora del Espíritu divino. 

La invitación que trae consigo este segundo domingo de Adviento a dejarnos transformar por el bautismo de Espíritu y fuego que nos ha traído Jesús, nos la presentó el Papa Francisco como una llamada a poner en nuestra vida la alegría del Evangelio:

«Éste es el momento para decirle a Jesucristo: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”… Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. … Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (Exhortación ap. La Alegría del Evangelio, n.3).

sábado, 6 de diciembre de 2025

Vocación de los Doce (Mateo 9,35-10,8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Sermón de la montaña, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. 

El relato destaca una de las actitudes más características de Jesús: su compasión. Mateo la describe con las mismas expresiones empleadas en el inicio de la multiplicación de los panes. El cuidado compasivo que Jesús tiene por los pobres, lo va a comunicar a los que va a llamar y enviar. La vocación y la misión nacen de la misericordia. 

El cuadro es desolador: la población vivía en la pobreza y la ignorancia. Y Jesús se conmovió. En hebreo, “compadecerse” equivale a “rompérsele el corazón”. Es lo que siente Jesús ante toda miseria material y espiritual. 

A continuación, sigue el relato del llamamiento de los Doce, comparado a la cosecha: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Esta alegoría resalta el hecho de que la llamada y la misión no dependen de la iniciativa que tomen las personas sino de la voluntad de Dios. Él es el dueño de la mies, él es quien llama a los trabajadores. La tarea es inmensa y Jesús necesita colaboradores. Nos dice que debemos pedir para que los llamados respondan generosamente. 

Jesús se prolonga en el mundo por medio de sus discípulos, de ayer y de hoy: Como el Padre me ha enviado, así los envío yo (Jn 20,21). Los apóstoles son unos enviados, representantes de quien los envía; por eso los hace capaces de hacer lo que él hacía: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias; y el anuncio que harán es idéntico al suyo: el Reino de Dios está cerca (Mt 4,17; 10,7). 

Es un grupo de pequeños artesanos y pescadores; lo más desproporcionado para la tarea que habrá que realizar. De siete de ellos (Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago Alfeo, Tadeo, y Simón el fanático) apenas sabemos nada. El primero es Simón, a quien Jesús llamó Cefas, piedra. Siguen Santiago y Juan, hijos de un tal Zebedeo, designados en el evangelio de Marcos como “Boanerges” (hijos del trueno), es decir, “violentos”. Hay otro Simón, conocido como el “cananeo” por pertenecer al partido de los zelotas, que luchaban contra los romanos. Del noveno de la lista, Leví, sabemos que era publicano, recaudador de impuestos para los romanos, con quien una persona decente no se juntaba. Y el último de la lista es Judas, el traidor. 

Mucho tendrá que trabajar Jesús para hacerles comprender su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio generoso y de perdón aun a los enemigos. No hay entre ellos sabios o fariseos, ni nobles saduceos de la casta sacerdotal de Jerusalén. No son cultos ni virtuosos cumplidores de la ley. Son hombres comunes y corrientes. Los une la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el hecho de haber sido convocados por él. La convivencia entre ellos no debió ser fácil. No todos son personas honorables, incluso resultan incompatibles entre sí. No obstante, ellos estuvieron con Jesús en todas las circunstancias de su vida, vieron sus lágrimas por el amigo muerto, le observaron rezar a su Padre del cielo, conmoverse en sus entrañas ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su propia muerte. Poco a poco, ya no hubo secretos entre ellos y él. Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor (Jn 15,15). El evangelio fue calando en su interior. Y más tarde, cuando ya no recordasen al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos. Y aun cuando se encontrasen en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podían, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en cada caso preciso. 

Tan identificados se sentirán los apóstoles con la persona y misión de Jesús que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, entregando como él su propia vida. 

Los mismos sentimientos ante la multitud de ovejas sin pastor los tiene hoy Jesucristo. Y siguen siendo pocos los obreros para la cosecha. Su palabra, la misma que dirigió a sus discípulos, la escucho yo: Ven, sígueme, cuento con tu colaboración para sanar toda dolencia y anunciar el Reino...

viernes, 5 de diciembre de 2025

Curación de dos ciegos (Mt 9, 27-31)

 P. Carlos Cardó SJ 

La curación del ciego, fresco de autor anónimo del siglo VI, Monasterio de María Laach, Andernach, Alemania

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: "¡Hijo de David, compadécete de nosotros!".
Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: "¿Creen que puedo hacerlo?".
Ellos le contestaron: "Sí, Señor".
Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que se haga en ustedes conforme a su fe". Y se les abrieron los ojos.
Jesús les advirtió severamente: "Que nadie lo sepa".
Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región. 

En el evangelio, el descubrimiento del sentido de la vida se equipara al ver, que la fe hace posible. La vida se ilumina, se sabe dónde ir, a dónde dirigirse. Lo contrario es ceguera, vida sin norte. Como la resurrección, la fe hace pasar de la tiniebla a la luz. Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo (Ef 5,14). 

El relato de la curación de los dos ciegos invita a ver la realidad desde otra perspectiva, en su proyección trascendente, más allá de lo que se percibe con la simple visión física. La fe nos hace apreciar el valor de nuestra vida como Dios la ve, y orientarla hacia él. 

Lo seguían. Como los enfermos y excluidos, fiados de su poder liberador, y también como los discípulos que escucharon su llamada: Ven y sígueme. La atracción que ejerce Jesús genera un dinamismo de salir en su busca, tras él. Y su seguimiento se sostiene gracias a la confianza que él mismo inspira: Quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12). 

Los ciegos se dan cuenta de que no ven y de que su ceguera puede ser curada; es el inicio de la gracia, darse cuenta. Los fariseos, en cambio no admiten su falta de visión y pretenden enseñar a los demás; son ciegos que guían a otros ciegos. 

Lo seguían gritando: Hijo de David, ten compasión. El anhelo de la fe es como un grito en la noche. Los ciegos atribuyen a Jesús un título mesiánico, que hace referencia al libertador que los judíos esperaban, un descendiente del rey David. Pero es interesante constatar que los ciegos se refieren a un Mesías que puede fijarse en ellos y curarlos porque es compasivo y misericordioso. 

A continuación, Jesús y los que le siguen entran “en la casa”. Antes ha estado en casa de Jairo, magistrado judío, para devolverle la vida a su hija. Ahora no se dice a qué casa entra, pero puede ser la de Simón, que solía alojarlo en Cafarnaúm. En todo caso, “la casa” simboliza en los evangelios a la Iglesia, casa de los que siguen a Jesús, comunidad de hermanos en la fe. Allí, en la experiencia de la fraternidad se abre para todos la luz de la fe. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos (1Jn 3,14). Y el signo que se realiza, la curación de los dos ciegos, se realiza desde la fe: Que se haga como han creído.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21.24-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

La casa construida sobre arena, ilustración de autor anónimo publicada en: A book of the best stories from the New Testament that mothers can tell their children, publicado en 1906

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente". 

A los que escuchan sus enseñanzas pero no las ponen en práctica, Jesús les propone la parábola de dos hombres que construyen su casa de diferente manera. El primero, considerado “prudente”, edifica firmemente sobre roca, de modo que cuando vienen las tormentas, las crecidas de los ríos y los fuertes vientos, la casa resiste por sus buenos cimientos. El segundo en cambio, es un “necio” que construye en un terreno arenoso, sin las debidas precauciones, y el resultado es lamentable porque la casa no soporta el embate de los fenómenos atmosféricos y se viene abajo. Los valores y enseñanzas de Jesús son el fundamento firme para una vida bien construida; no tenerlos en cuenta es echarla a perder, “desgracia grande”. 

En la predicación y, sobre todo, en el ejemplo de vida de Jesús se delinea una ética bien concreta, un modo recto de proceder, que vale tanto para los cristianos como para toda persona que aspire a forjarse una vida verdaderamente valiosa para sí y para los demás (Mt 28,19s).  Jesús hace ver que para lograr este proyecto de vida es importante interiorizar los valores, de lo contrario la persona no podrá actuar con convicción cuando esté sometida a la presión de los propios impulsos, sufra frustraciones o se vea envuelta por la multitud de “voces” que desde el exterior impactan en su conciencia y pugnan por dirigir su conducta. Jesús no busca únicamente que la persona sepa cuál debe ser la recta ordenación moral de sus actos, sino que aprecie la validez de sus enseñanzas, ponga en ellas el afecto de su corazón (es decir, procure que movilicen su afectividad y sus sentimientos) de modo que la muevan desde su interior, y no como imposiciones externas. Esta persona sabrá discernir en cada circunstancia cuál ha de ser su modo de proceder y sabrá mantener un estilo de vida coherente y ejemplar. 

En la actualidad ya no se cree en doctrinas y discursos, y se ha perdido confianza en las instituciones. Lo que convence es la coherencia y autenticidad de las personas, más que las declaraciones de principios. Y eso fue lo que Jesús demostró. No enseñó nada que primero él no lo cumpliera. Nadie halló engaño en su boca (1 Pe 2,22), buscó servir y no ser servido (Mt 20,28), y su integridad de vida fue tan patente, que hasta sus adversarios reconocieron ante él: Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios y no te dejas influenciar por nadie, pues no te fijas en las apariencias de las personas (Mt 22,16). Con razón pudo decir a sus discípulos, después de lavarles los pies –gesto que sintetiza lo más característico de su persona–: Ejemplo les he dado para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13,15). 

La parábola interpela al lector, le induce a confrontarse con uno y otro para tomar conciencia de su realidad actual. Además, el ejemplo de la casa construida a prueba de adversidades naturales le mueve a pasar de la simple escucha de la palabra del evangelio a ponerla decididamente en práctica. A fin de cuentas, las fuerzas que se desencadenan contra la casa no son sólo las dificultades que uno puede encontrar en la vida, sino la prueba de la autenticidad o inautenticidad que se revelará al final de la existencia.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Segunda multiplicación de los panes (Mt 15, 29-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús alimentando a los 5.000, mosaico de autor anónimo del siglo VI, iglesia de San Apolinar el Nuevo, Rávena, Italia
De allí Jesús volvió a la orilla del mar de Galilea y, subiendo al cerro, se sentó en ese lugar. Un gentío muy numeroso se acercó a él trayendo mudos, ciegos, cojos, mancos, y personas con muchas otras enfermedades. Los colocaron a los pies de Jesús y él los sanó. La gente quedó maravillada al ver que hablaban los mudos y caminaban los cojos, que los lisiados quedaban sanos y los ciegos recuperaban la vista; todos glorificaban al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de esta gente, pues hace ya tres días que me siguen y no tienen comida. Y no quiero despedirlos en ayunas, porque temo que se desmayen en el camino».
Sus discípulos le respondieron: «Estamos en un desierto, ¿dónde vamos a encontrar suficiente pan como para alimentar a tanta gente?».
Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?».
Respondieron: «Siete, y algunos pescaditos».
Entonces Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó luego los siete panes y los pescaditos, dio gracias y los partió. Iba entregándolos a los discípulos, y éstos los repartían a la gente.
Todos comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos con los pedazos que sobraron.

El texto es muy similar al de la primera multiplicación de los panes de Mt 14, 13-21. Después de un breve sumario de las curaciones que Jesús realiza, (v. 30s) sigue un diálogo con los discípulos (v. 32-34) y luego el milagro de los panes (v. 35-38). Se ubica con más exactitud el lugar geográfico –en un monte a orillas del lago de Galilea–pero todo lo demás recuerda lo que se ha leído antes en la primera multiplicación de los panes. Las repeticiones y evocaciones de hechos memorables son un recurso lingüístico de los evangelios. 

En este relato los discípulos no van a decirle a Jesús que despida a la gente para que consigan de comer porque ya es tarde. Jesús mismo siente lástima de la multitud porque está desde hace tres días con él, no tiene qué comer y no puede despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino. Se resalta por tanto la misericordia característica de Jesús, con que hace suya la necesidad ajena y mueve a los suyos a buscar una solución. La misericordia, en efecto, no es un simple sentimiento o una mirada compasiva ante la dolencia del prójimo. Ella promueve de inmediato el movimiento de la solidaridad para remediarla. 

Conviene advertir que Jesús está en el monte. Es un detalle significativo. El monte en la Biblia es lugar de cercanía con Dios. En el monte Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como habla cualquiera con su amigo (Ex 33, 11). El monte aparece a menudo en la vida de Jesús. Proclamó lo más central de su mensaje en el monte de las bienaventuranzas (Mt 5, 1). En un monte se va a transfigurar ante sus discípulos (Mt 17, 1-3). Y en el monte del Calvario será elevado en una cruz para la salvación del mundo. Acercarse a Jesús es acceder a la máxima revelación de Dios, que actúa en él como misericordia, amor que salva. De ese modo queda subrayado el sentido básico del milagro de los panes: realmente, Jesús sacia el hambre de su pueblo y hace ver que por ser Dios amor misericordioso, él no puede desentenderse del hambre de la multitud. 

El contenido eucarístico de la primera multiplicación de los panes se reproduce en la segunda. Van unidos el pan y el pescado, pues desde muy antiguo ambos elementos representaban para los primeros cristianos el misterio eucarístico, como puede verse en el arte paleocristiano, concretamente en las catacumbas. Las palabras de Jesús sobre los panes: pronunció la bendición, los partió y se los dio, evocaban indudablemente a sus lectores, la celebración de la cena del Señor. La comunidad advirtió que el Jesús que dio de comer a la multitud, les dio a ellos a comer su cuerpo en la última cena y mandó realizar esa misma acción como el memorial de su entrega para la vida del mundo. 

El relato concluye como en el capítulo 14. Jesús despide a la multitud, sube a una barca y se dirige, esta vez, a la región de Magadán, lugar desconocido, que muchos suponen que es Magdala (o la ciudad de Maquedá mencionada en Josué, 15, 37). 

Jesús sigue acompañando a su pueblo con los mismos sentimientos que tuvo ante las multitudes hambrientas de Galilea. Su presencia es tan real y concreta como la de quien da de comer. El grupo de los suyos, reunidos por él en torno a la mesa de su pan compartido, asumen sus mismos sentimientos solidarios y los de sus hermanos y hermanas carentes de pan. La mesa común de la comunidad da a sus vidas el significado del pan, cuya razón de ser no es guardarse sino compartirse. Se realiza así en ellos la presencia viva del Señor, la eucaristía perfecta en el quehacer cotidiano en favor de los demás.