miércoles, 31 de mayo de 2023

La Visitación de María a Isabel (Lc 1, 39-45)

 P. Carlos Cardó SJ

La visitación, óleo sobre lienzo de Karl von Blass (1850 aprox.), Museo Estatal de Tirol, Innsbruck, Austria

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".
Entonces dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.
Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre".
María permaneció con Isabel unos tres meses, y luego regresó a su casa.

San Lucas, que escribe a cristianos no judíos provenientes del paganismo, quiere con este pasaje de la visita de María a su Isabel darles a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la salvación. Para ello, hace que los personajes tengan un carácter de símbolo de la relación que tiene el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento.

Por medio de María, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. Isabel y María se saludan, promesa y cumplimiento se besan. En Cristo Salvador, Dios y la humanidad se unen. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad.

Se ven también en el pasaje las dos actitudes más características de María: su servicio y su fe. Dice Lucas que María va de prisa, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. María va de prisa, no para comprobar las palabras del ángel, pues ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel; va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida: Isabel quedó llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de gozo.

¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! es el saludo de Isabel a María.  Bendita entre las mujeres era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos (ver el caso de Yael en el libro de los Jueces, cap. 4-5, y el de Judit, cap.13). María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3).

En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído! Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: ¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento! Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo: María es la creyente, “modelo” y “referente” para hombres y mujeres creyentes. Por eso es la llena de gracia, la Madre del Salvador, y también la Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes.

Al oír las palabras de Isabel, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, fijó luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entonó un cántico de alabanza: Celebra todo mi ser la grandeza del Señor... María es consciente de que toda su persona, su ser mujer, es un don de Dios y a Él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella es consciente de que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en ella al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso.

El cántico de María, el Magníficat, se sitúa dentro de la corriente espiritual de los salmos, con el mismo estilo poético de su pueblo, henchido de fe, alegría y gratitud. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María canta toda la humanidad y la creación entera que ve la fidelidad del amor de Dios. El Magníficat es también una síntesis de la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y de los humildes, a quienes se les revela el misterio del Reino y sienten a Dios a su favor. Con el pueblo fiel de Israel, en la línea de los grandes profetas, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.

María nos ayuda a descubrir a Dios en nuestra vida. Por eso, la Iglesia entona todas las tardes el Magníficat, como el reconocimiento de que Dios cumple siempre su promesa. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios  en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.

martes, 30 de mayo de 2023

Recompensa prometida al desprendimiento (Mc 10, 28-31)

 P. Carlos Cardó SJ

Paisaje bíblico con tres árboles, óleo sobre lienzo de Georges Rouault (1952), Museo Metropolitano de Arte,Nueva York
En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte".
Jesús le respondió: "Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna.
Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros".

¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios!  Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Estas palabras de Jesús, como aquellas otras que dijo a propósito del matrimonio: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre, atemorizan a los discípulos. Entonces no viene a cuenta casarse, dijeron a propósito del matrimonio. Entonces ¿quién podrá salvarse?, piensan a propósito de las riquezas, ¿cómo vamos a sobrevivir?, ¿tendremos seguridad o nos espera la miseria? Como siempre, Pedro se hace el portavoz del grupo e interpela a Jesús: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Aduce méritos, reclama derechos. No se pone antes a sopesar el grado de su renuncia, si en realidad lo han dejado todo y si su seguimiento de Jesús es auténtico o esta mezclado con motivaciones no evangélicas.

Viene entonces la respuesta de Jesús, misteriosa, compleja, que puede prestarse a malas interpretaciones. Les aseguro que todo aquel que haya dejado… recibirá cien veces más. No es que Jesús borre con una mano lo que ha escrito con la otra. Por eso no se puede manipular este texto para justificar el triunfalismo, las riquezas o el afán de lucro en la Iglesia. La respuesta de Jesús no va dirigida directamente a Pedro y al grupo de los “escogidos”, sino en general a todo aquel que lo siga, y está formulada como un principio general, que Pedro y los discípulos tendrán que ver si se aplica a ellos o no, si cumplen o no las condiciones y si experimentan realmente el amparo de Dios o no, y por qué.

Se recibirá cien veces más si se rompe toda atadura material o familiar que impida la libertad para poder adherirse a Cristo y colaborar con Él en la misión de propagar el evangelio. Con esta libertad y desasimiento, la persona se hace plenamente disponible para acoger el don que supera todas sus expectativas.

La promesa de compensación por la renuncia es espléndida: cien veces más, aquí y después de esta vida, en padres y hermanos, porque el discípulo pasa a formar parte de la comunidad de los que son de Cristo, en la que rige la norma del amor fraterno. Asimismo, por los bienes materiales dejados, encontrará el céntuplo en casas y campos. Todo ello se da en la nueva familia, que vive los valores del Reino (cf. Mc 4,11).

Las cien casas equivalen a la vida que se caracteriza por la acogida y apertura a todos, a la nueva familia, de hombres y mujeres libres que se aman y cumplen la voluntad de Dios. Esta voluntad se realiza no en el tener sino en el dar y compartir. Lo que vale de una persona no es lo que tiene, sino lo que da. Se ve al final de la vida: a uno se le recuerda por lo que ha dado… El verdadero rico es el que da, no el que acapara.

lunes, 29 de mayo de 2023

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-24)

 P. Carlos Cardó SJ

El apóstol san Juan y la Virgen María, ícono bizantino del siglo XIV de autor anónimo, Monaterio de Poganovo, Serbia

En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo".
Luego dijo al discípulo: ''Ahí está tu madre".
Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la escritura dijo: "Tengo sed".
Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo "Todo está cumplido", e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Entonces, los judíos, como era el día de preparación para la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz.
Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con Jesús. Pero al llegar a él, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos con la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, nos da su Corazón.

San Juan resalta el don de la Madre. De pie junto a la cruz de su Hijo, está como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela interiormente por el amor y la fe que tiene a su Hijo.

La discípula, la gran creyente, la que será proclamada dichosa por todas las generaciones, es ahora la Madre de los dolores porque ha llevado hasta el fin su identificación con el Crucificado. Ella siguió a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde Él inició, a petición de ella, los signos de su gloria, en unas bodas que preanunciaban la boda del Cordero crucificado, en la que también ella se hace presente. Por la fidelidad de su amor y de su fe, ella es Madre y figura de la Iglesia, Madre de la nueva humanidad redimida. Y representa también a Israel, pero como esposa fiel que dice: Hagan lo que les diga.

Junto a la Madre estaba el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. Es figura universal de todo aquel que es amado por el Hijo. Él está también como quien contempla al Hijo alzado a lo alto, y cuyo porte evoca al de Moisés que levantó la serpiente a lo alto. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. En su evangelio canta el amor del Hijo por nosotros.

Aparecen también en la escena la hermana de su Madre, María de Cleofas, y María Magdalena. Su fidelidad amorosa al Señor, a quien servían en sus necesidades, contrasta fuertemente con la infidelidad de los discípulos, que llenos de miedo huyeron y lo dejaron solo; y contrasta mucho más con el odio de los judíos y de los verdugos que no dejan de insultarlo y atormentarlo.

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí sino de los demás, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer¸ hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia.

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a Él.

- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo, para que la reconozca como madre suya. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. Ha establecido para siempre la relación madre-hijo que constituye a la Iglesia en su ser más íntimo.

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, es decir, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu porque Él asumió nuestra carne en el seno de María y habitó entre nosotros.

La acoge como su madre. Por la fe renacemos a la condición de hijos en su Hijo, hermanos de Él porque asumió nuestra carne en su seno y habitó entre nosotros por obra del Espíritu Santo.

domingo, 28 de mayo de 2023

Homilía del VIII Domingo de Pascua, festividad de Pentecostés (Jn 20, 19-23)

 P. Carlos Cardó SJ

Pentecostés, ícono de autor anónimo (1497 aprox.), Monasterio de San Cirilo, Rusia

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor.
Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos».

Fiel a su promesa, Jesús nos envía al Espíritu Santo (Jn 14,2.15-17.25-26;15,26-27;16,4b-11.12-15). Por medio de él, sigue presente en la historia, en nuestra vida, en todas las circunstancias que nos toque vivir.

Podemos tener una idea equivocada del Espíritu Santo, como si fuese una cosa inmaterial indefinida, o una idea abstracta, un concepto o una fórmula, y no como nos enseñó a entenderlo Jesús, es decir, como un ser personal.

Jesús, en efecto, nos hizo comprender a Dios como comunidad de tres personas. Primero a Dios como Padre suyo y nuestro, creador y fuente de vida, con quien Jesús se relacionaba de modo tan peculiar que le llamaba Abba, Padre. Por esa íntima unión con Él, Jesús se manifestó y fue reconocido como el Hijo de Dios y Dios con nosotros. Y después de su resurrección, nos envió desde su Padre una nueva presencia suya y del Padre en nosotros, a la que llamó Espíritu Santo, Consolador y Defensor. En el Espíritu vienen a nosotros el Padre y el Hijo, en él nos unimos a Dios y es el amor derramado en nuestros corazones.

Es él quien realiza la encarnación del Hijo de Dios en el seno de María. Él condujo a Jesús al desierto, descendió después sobre Él en el Jordán, y le acompañaba siempre porque el Padre se lo había comunicado plenamente (Jn 3,34). Jesús lo llamó defensor y consolador (Jn 14,16.25; 15,26; 16,7) y también Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13), que nos llevará a la verdad plena, convirtiéndonos en “testigos” (15,27).

El evangelio de Juan relata cómo Cristo Resucitado se apareció a los discípulos, les dio su paz y, después de mostrarles sus llagas y costado, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu SantoEste gesto simbólico evoca aquel soplo creador, por medio del cual Dios infundió el aliento de vida al hombre Adán. Ahora, con el soplo del Espíritu, Jesús nos transforma en hijos e hijas, libres y amados por Dios, para vivir sin temor y sentir a Dios como nuestro Padre. Este Espíritu infunde coraje y determinación para cumplir la misión de anunciar la buena noticia de que el mal no triunfa. Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados…

Según San Pablo, “los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5,22s). Lo propio del Espíritu del Señor es darnos alegría interior, confianza, libertad y amor sincero. Lo que produce inquietud, división, estrechez de miras y amargura procede del mal espíritu o de nuestros desequilibrios interiores o de la oscuridad del mundo.

Reconocemos al Espíritu Santo en la fuerza interior que impulsa y dinamiza al mundo para que todo crezca y la vida se multiplique. Él alienta y sostiene el desarrollo de la humanidad en dirección del amor, la justicia y el bien común. Para ello nos hace crecer en fe, esperanza y amor, en el servicio generoso y en la oración; ordena nuestro interior y aleja de nosotros la confusión, la inclinación a cosas bajas, la desconfianza y el sentimiento de estar lejos de Dios.

Sabemos que ni siquiera en los momentos de tribulación, cuando nos sentimos como abandonados de Dios nuestro creador, deja de estar actuando en nosotros; pues, aunque no lo sintamos, está con nosotros –y quizá entonces más que en otras ocasiones– con la fuerza que triunfa en nuestra debilidad.

Este Espíritu grita en nuestro interior: Abba, Padre. Intercede por nosotros con gemidos inexpresables. Nos consagra a Cristo, graba en nosotros el sello de su amor y nos da la garantía de la vida eterna. Actúa en lo íntimo de nuestro ser como anhelo insaciable de la felicidad del amor, porque es fuente de aguas vivas que brota en el corazón y salta hasta la vida eterna.

Por eso le pedimos desde el fondo del alma: ¡Sí, ven Espíritu divino!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Aclara nuestro pensar y sentir para que sepamos discernir tu presencia y tus inspiraciones en la historia que vivimos. Ven, Espíritu Santo, para que aprendamos a vivir en libertad responsable y sepamos cuidarnos los unos a los otros. Enséñanos a aceptar con serenidad y fortaleza nuestros propios límites y vulnerabilidad, así como los variados límites de las cosas imprevistas. Líbranos del desánimo frente a la realidad que nos ha tocado vivir en el mundo. Danos la seguridad de que somos capaces de transformar esta situación para sacar de ella algo bueno. Haznos descansar en ti y jamás permitas que nos apartemos de tu mirada. Déjanos estar siempre a tu lado para enfrentar cualquier desafío o dificultad, seguros de que contigo todo acabará bien. Ven, huésped bueno del alma; danos tu luz, infunde calor y fervor a nuestra vida cristiana; y haznos un poco más semejantes a Jesús.

ESPÍRITU SANTO, VEN. ¡Empújanos con tu fuerza, dinamízanos con tu viento, danos sabiduría, despiértanos con tu música, muévenos con tu energía. Únenos como hermanos con tu amor. Tú puedes hacernos bailar con tu melodía. Sácanos de nuestra mediocridad con tu maravilla. Enséñanos a perdonar y a perdonarnos. Ven a despertar nuestra creatividad para abrir nuevos caminos. Ven a cada casa, a cada rincón, a cada familia. Llénalas de tu amor. Ven a cada fábrica, a cada obra, despacho, comercio. Ayúdanos a ser mejores en el trabajo. Ven a cada transporte, a cada esquina, a cada quiosco. Ven a cada hospital, clínica, centro de salud, a cada familia golpeada por la pandemia. Tráenos la salud, la vida, la esperanza. Palabra amiga, ven para instruidos y para sencillos, para pobres y ricos. 

Trae igualdad para todos. Ven al Perú que busca igualdad, integración, paz y justicia. Ven al Congreso de la Republica, a los ministerios del poder ejecutivo y a las cortes de justicia. Inspira sabiduría para gobernar, fomenta la honradez y, sobre todo, el amor a la patria. Genera entendimiento y comprensión. Alimenta al hambriento, acompaña al que está solo. Empújanos a compartir, a hacer justicia. Haznos capaces de unir, no de desunir. Haznos ser de veras cristianos! Y recuérdanos que nunca estamos solos porque tú estás con nosotros.

sábado, 27 de mayo de 2023

Destino del discípulo (Jn 21, 20-25)

 P. Carlos Cardó SJ

El evangelista Juan en Patmos, óleo sobre lienzo de Alonso Cano (1640 – 1650 aprox.), colección privada de Sammlung Esterházy, Austria

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: "Sígueme".
Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: 'Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?'. Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ¿qué va a pasar con éste?".
Jesús le respondió: "Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme".

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir.
Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: 'Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?'.
Este es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran.

Después del diálogo de Jesús Resucitado con Pedro, en el que le ha ratificado en la misión de apacentar su rebaño, aparece en escena el discípulo a quien tanto quería. Lo que sigue va a ser una constatación de que en la comunidad eclesial hay distintas formas de seguimiento de Jesús y distintas funciones y carismas que deben coexistir en armonía. Pedro representa a la iglesia jerárquica; el discípulo amado simboliza a los cristianos que, mediante el trato personal con el Señor y la entrega a los demás, testimonian hasta el fin de los siglos el amor salvador con que Dios nos ha amado en su Hijo.

Pedro miró alrededor y vio que, detrás de ellos, venía el otro discípulo al que Jesús tanto amaba. Su triple confesión de amor, que ha anulado su triple negación y ha hecho posible que el Señor le confiera la misión de pastorear a su rebaño, ha concluido con la orden: Sígueme. Se ha abierto para él un futuro nuevo, el inicio de un auténtico seguimiento de Jesús, que le ha de llevar hasta la aceptación de su mismo destino de cruz.

Pedro mira alrededor y ve que el discípulo a quien Jesús tanto quería, los viene siguiendo, porque él nunca ha dejado de seguir al Señor. Advierte entonces la importancia que tiene este discípulo: no ejerce un cargo de autoridad, pero sí testimonia un hondo conocimiento de Jesús y un profundo amor a su persona y a su obra. Es el discípulo que, durante la cena, apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús, el que estuvo con la Madre al pie de la cruz y miró al que atravesaron (19,35).

Este discípulo tiene la capacidad de escuchar al Señor y de reconocerlo allí donde no es reconocido por los demás, como hizo en la barca cuando dijo a Pedro: Es el Señor. Él representa a la comunidad donde se gestó y escribió el cuarto evangelio (21, 24) y personifica al mismo tiempo al auténtico seguidor de Cristo, que, porque haber sido amado primero (13,23; cf. 1 Jn 4,19) tiene un gran amor al Señor y ama a los demás con el amor con que Cristo los amó.

La condición de este discípulo, llevada al nivel de lo emblemático, nunca tendrá que faltar en la Iglesia. Las palabras de Jesús a Pedro: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme, no se refieren a la vida temporal que iba a tener el autor del cuarto evangelio, sino al amor que ha de mostrarse en la comunidad como prueba y testimonio de que, con la entrega de Jesús en la cruz y su resurrección, el amor salvador de Dios ha vencido al pecado y a la muerte.

Cristo Resucitado sigue actuando en su Iglesia a través del servicio que Pedro, como vicario suyo, debe ejercer; pero actúa también en el servicio del discípulo, cuya intimidad con Él le mueve a actuar con aquel amor que es el testimonio más creíble de la salvación que Dios ofrece. 

Queda claro, pues, que lo más importante en la Iglesia es la demostración del amor en todos los servicios, funciones y misiones que en ella se ejerzan. Eso es lo que nunca puede faltar, lo que debe permanecer. Especialmente usado y valorado por Juan, el verbo permanecer, y su sinónimo habitar, recuerdan a la Iglesia que lo decisivo para poder dar fruto es la unión con Cristo y con los hermanos. Ese es el “espacio” donde debe permanecer.

Por su parte, el creyente recuerda también que el vínculo personal con el Señor es fundamental, cualquiera que sea el camino que deba recorrer y afrontar en su seguimiento. Pero en definitiva uno solo es el camino: el del amor que sostiene el aliento del discípulo a lo largo de la historia: ¡Ven, Señor, Jesús! Ven a dar cumplimiento a la unión perfecta que esperamos, para que seas uno en nosotros como el Padre y tú son uno.

viernes, 26 de mayo de 2023

Vengan a mí los que están cansados (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ

En la estacada, óleo sobre lienzo de Jean-Luis Forain (1908, aprox.), Galería Nacional de Arte de Washington DC, Estados Unidos

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana».

Este trozo del evangelio de San Mateo consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30).

En la primera parte tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo.

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos.

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios.

Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se haya revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios.

En ese contexto, dice Jesús: “¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!”. Cansados y agobiados vivían los judíos a causa de la religión de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Agobiado está quien no tiene otra actitud que la del temor servil, que lleva a cumplir la ley moral por el temor al castigo o la esperanza de premios. Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía y en el orgullo del hombre por sus obras. El amor cristiano, en cambio, lleva incluso a curar a un enfermo en día sábado y a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Este amor produce gozo y descanso, es justicia nueva, hace posible vivir la vida misma de Dios que es amor.

Y yo los aliviaré. Él dará reposo a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la casa del Padre; la seguridad de que donde mis fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios; la certeza de que ni siquiera el poder de la injusticia y de la  muerte de que es capaz el ser humano sobre la tierra podrá impedir la llegada del reino, porque el mundo, creado bueno por Dios, pero maltratado y herido por la maldad humana, ha sido amado, salvado y asumido en la carne de ese hombre perfecto, que es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios resucitado.

La ley del amor que Él nos da no es carga que oprime. Mi yugo es suave y mi carga es ligera, nos dice. Su nueva ley del amor es la verdad que libera, porque nos hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado.

Vengan a mí… aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón y yo les daré descanso. Responder a su llamada es aprender del corazón de Jesús man­sedumbre, humildad, sencillez, amabilidad.

¡Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo!

jueves, 25 de mayo de 2023

Que todos sean uno (Jn 17, 20-26)

 P. Carlos Cardó SJ

Exaltación de la Santa Cruz, óleo sobre cobre de Adam Elsheimer (1603 – 1605), Museo de Arte Städel, Francfort del Meno, Alemania

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: "Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.
Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos".

El tema dominante de la oración sacerdotal de Jesús en su última cena es el tema de unidad, que corresponde a la gloria del Hijo reflejada en la Iglesia. La vida de la Iglesia ha de reflejar el misterio de donación y comunión que constituye la unidad del Dios Trinidad, concretamente el amor del Padre, la obediencia y entrega del Hijo y la comunión del Espíritu Santo.

A la Iglesia, comunidad formada por los discípulos de Jesús y por los que creerán en Él por el testimonio y la predicación de ellos, Jesús le ha hecho participar de la gloria que ha recibido del Padre. En su cena, pide para que puedan contemplar esa gloria en toda su plenitud cuando estén todos reunidos con Él junto al Padre.

Sabemos ya que la gloria que Cristo ha recibido del Padre y desea para su Iglesia no tiene nada que ver con el triunfalismo. Consiste en la manifestación victoriosa del amor que sirve, se entrega y salva, del amor que, en definitiva, constituye el ser mismo de Dios. Jesús no retiene para sí la gloria, la prodiga en el amor con que procura el bien de los demás, sana sus dolencias, los libera de toda opresión y les da vida eterna. Esa es la gloria que da a sus discípulos y que ellos deberán transparentar en un amor mutuo semejante al suyo.

Se entiende, entonces, que la práctica del amor que sirve y se entrega (el mandamiento del Señor) es lo que les ha de mantener unidos, pues en eso consiste la unidad verdadera de los que son de Cristo. Yo les he dado la gloria que tú me diste, de modo que puedan ser uno, como nosotros somos uno.

La Iglesia está fundada para reproducir y hacer presente en la historia la obediencia de Jesucristo al Padre, por la cual no vivió para sí, no vino a ser servido sino a servir y dio su vida. En el ejercicio de su misión, la Iglesia ha de reproducir ese mismo dinamismo de amor, entrega y servicio que en la persona y actuación de Jesús aparece como la gloria que ha recibido de su Padre. Por consiguiente, el éxito de la labor evangelizadora de la Iglesia no reside en la grandeza de sus instituciones y de sus obras, sino en su capacidad de hacer sentir a la gente el amor con que Jesús amó a su Padre y a sus hermanos.

La unidad es don de Dios, por eso Jesús la pide para nosotros. La división, en cambio, es obra del pecado. La unión que hay entre el Padre y el Hijo es fuente de la unión en la comunidad de los cristianos y modelo que deben procurar imitar. En la vida trinitaria, las tres personas divinas, manteniendo sus características y funciones propias, forman un solo ser divino. En la comunidad cristiana no se puede buscar una unidad en la uniformidad, sino en el respeto de la diversidad, que es riqueza de la misma Iglesia.

Hay además un dinamismo de presente y un futuro, de realidad a la vez actual y por venir, en la manifestación de la gloria y en la formación de la unidad. Jesucristo había recibido la gloria que el Padre le había dado porque lo había amado desde antes de la creación del mundo; no obstante, esperaba ser glorificado en la hora de su muerte y resurrección.

De modo semejante, la unidad de la Iglesia –en la que se muestra la gloria de Cristo– es una realidad actual, transmitida por Él mismo, pero su plena realización es objeto de esperanza porque todavía no se ha realizado. Cuando Cristo sea todo en todos y seamos congregados por Él en su reino, entonces se alcanzará la unidad perfecta. Mientras tanto, la unidad de los cristianos es una tarea y anhelo continuo pues tiene que ser visible para que el mundo crea.

miércoles, 24 de mayo de 2023

Oración sacerdotal de Jesús (Jn 17, 11b-19)

 P. Carlos Cardó SJ

Virgen del Buen Camino (Madonna della Strada), fresco restaurado de autor anónimo de la Escuela Romana (s. XV - XVI, aprox.), Iglesia del Gesú (iglesia matriz de la Compañía de Jesús), Roma

(Nota: hoy, 24 de mayo, se celebra su fiesta jubilar)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el hijo de la perdición.
Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos. Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad".

Llamada “sacerdotal” por su carácter de acción de gracias y de intercesión (Jesús mediador), la oración de Jesús a su Padre en la Última Cena contiene la cima de la revelación de su propia identidad y también la de sus discípulos, por su estrecha vinculación a su obra. Jesús da gracias por la obra que el Padre le ha confiado y ruega por los que la continuarán después.

Se dirige a Dios llamándolo Padre santo. Dios es santo, según la Biblia, por ser el absolutamente diferente a todo lo creado. No obstante, se hace como nosotros para que nosotros seamos santos ante Él por el amor (Ef 1, 4). Es propio del Dios santo hacer santos: semejantes a Él y diferentes al mundo.

A ese Dios reconocido como santo, Jesús encomienda la conservación de la unidad de sus discípulos. La unidad, anhelo fundamental del ser humano, es también la expresión más plena del amor, porque el amor verdadero tiende a la unidad. El mal divide. La santidad es unidad, que se logra por el amor, la fraternidad y la misericordia. Por eso, el sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto de Mt 5, 48, es traducido por Lc 6, 36 como sean misericordiosos, que significa unirse de corazón (cor) a los demás, en especial a los que la pasan mal (miser).

Por ser amor, Dios es comunidad de personas, Padre, Hijo y Espíritu. Su unión perfecta nos abraza y se nos comunica por el Espíritu, que del Padre y del Hijo procede. Movido por Él, Jesús vivirá la pasión de reunir a los hijos e hijas de Dios dispersos para hacer con ellos un solo rebaño, una familia. Por eso es escandalosa la división de los cristianos, es lo más opuesto a la obra del Hijo, divide la túnica de Cristo (Jn 19,23) y rompe su cuerpo.

Cuando estaba con ellos los protegía, dice el Buen Pastor. Y ninguno se perdió, excepto el hijo de la perdición. Se le ha identificado con Judas. Es frase oscura, chocante: ¿se puede hablar de predestinación a la perdición? En toda la Biblia aparece como lo más característico de Dios la búsqueda del perdido. Para eso viene Jesús: para buscar y salvar lo que está perdido. Pero el hecho es que la perdición es como el horizonte de la salvación: se salva lo que está perdido. Si no hay perdición no hay salvación.

Judas vendría a ser el icono, prototipo del hombre perdido que Jesús ha venido a salvar. Algunos han visto en el “hijo de la perdición” a Satanás, a quien Juan considera “jefe de este mundo” y mentiroso. Pablo, por su parte lo designa como el “hombre inicuo”, “hijo de la perdición”, “adversario”, que se levanta por encima de todo lo que es divino o recibe culto, hasta llegar a sentarse en el santuario de Dios, haciéndose pasar a sí mismo por Dios (2 Tes 2, 3-4). Sin embargo, nada autoriza a ubicar esto en situaciones o personajes concretos de la historia. El texto no es histórico, ni filosófico, ni político, sino teológico. Lo que intenta decir Pablo es que no debe interesar el cuándo o el cómo del fin del mundo, sino el triunfo final de Cristo.

La obra de Jesús apunta siempre a la alegría de los hijos e hijas de Dios. Quiere para ellos su misma alegría plena, se la promete y les da su palabra como garantía de su promesa. Al mismo tiempo, sin embargo, los quiere prevenir porque el mundo los odia. El mundo ama lo que le pertenece y odia a los que son de Cristo. Por eso la alegría de los cristianos no será la alegría que ofrece el mundo mentiroso.

Pero estarán en Él y en Él deberán continuar su obra. Contarán  para ello con la protección  del Padre y con su unión fraterna, que los santifica en la verdad, en la autenticidad de su ser hijos santos como el Padre es santo. La santidad del Padre se reflejará en su ser hermanos, capaces de amar con el mismo amor. Lo que santifica es el amor que Jesús revela y comunica, y que procede de Dios. Eso es lo que Él pidió para nosotros en su oración la víspera de su pasión. 

martes, 23 de mayo de 2023

Primera parte de la oración sacerdotal (Jn 17, 1-11)

 P. Carlos Cardó SJ

La última cena, témpera en madera de álamo de Ugolino di Nerio (1324 – 1325),  Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: "Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.
Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo".

La oración que Jesús dirige a su Padre en la última cena con sus discípulos tiene carácter de testamento y es también una instrucción para la comunidad. Ésta debe tener siempre presente que lo que el Señor espera de ella lo ha pedido en su oración  al Padre y Él se lo concederá.

Jesús ora por su propia glorificación, luego por sus discípulos que el Padre le ha dado y finalmente por aquellos que creerán en Él por el testimonio y predicación de ellos.

En la primera parte de la oración –con sus motivos particulares de la hora– Jesús da gracias por la obra que el Padre le ha confiado y ruega por los hermanos que la continuarán después de Él.

A esta oración de Jesús en la última cena se la ha llamado desde tiempos muy antiguos oración sacerdotal, por su carácter de acción de gracias y de mediación (Jesús aparece como el mediado). Contiene la cima de la revelación de Jesús a sus discípulos, y de la revelación de los propios discípulos, que lo son por su unión al Hijo y al Padre.

Padre. Jesús se dirige a su Abba, con la intimidad y amor que caracteriza su especialísima relación con Dios.

Ha venido la hora. “La hora” es uno de los temas propios del evangelio de Juan. Se refiere a la hora de la glorificación del Hijo por el Padre y viceversa. En Caná (c. 2) dio inicio a sus signos, reveló por primera vez su gloria y creyeron en Él sus discípulos. La glorificación que llegará a su culminación en la cruz, se inicia en la cena de Betania (c. 12). Y a pesar de la turbación que le causa, le hace decir: Ha llegado la hora y ¿Qué he de decir: Padre, líbrame de esta hora? Pero si para esta hora he venido al mundo… (12,27). Es la hora de que el grano de trigo caiga en tierra para dar fruto. Es para Jesús la expresión máxima del amor de su Padre por Él y por los hijos (cap. 13: Habiendo llegado su hora… los amó hasta el extremo).

“Gloria” en la Biblia no es la fama a los ojos de los demás, eso es vanagloria. Gloria es lo que valemos a los ojos de Dios. “Porque tú eres precioso ante mis ojos, tu vales mucho para mí y yo te quiero” (Is 43). La gloria se revela en lo que uno hace. Jesús revela la gloria en la entrega de su vida.

Para que tengan vida eterna. El don del Hijo es la vida del Padre, que Él nos comunica. Todos estamos destinados a vivirla. “Vida eterna” en el evangelio de Juan es sinónimo de “reino de Dios” y de salvación; implica renacer y vivir en fraternidad. Implica también el “conocer” a Dios como Padre y como el Hijo, que no es un conocimiento puramente racional sino una experiencia vital. “Conocerte a ti es justicia perfecta, y conocer tu poder es raíz de inmortalidad”, dice el sabio (Sab 15,3).

Les manifesté tu Nombre. El nombre, en mentalidad semita, es la persona misma. Dios es el Innombrable. Por respeto llegan los judíos a referirse a él como “El Nombre”. Pues bien, el Innombrable se vuelve, gracias a Jesús, Abba.

Los que me diste sacándolos del mundo. Los discípulos son para Jesús un don recibido de su Padre. Antes pertenecían al mundo, ahora a Dios.

Las constantes en la oración sacerdotal de Jesús son los verbos: conocer, creer, amar, seguir, ser de Dios, ser consagrados, recibir gloria…

Yo he sido glorificado en ellos. Por la fe de ellos, por su conocimiento de lo que el Hijo les ha comunicado y por el amor que tienen a los hermanos.

Yo ya no estoy en el mundo. Jesús ha cumplido su obra en la tierra, ahora conviene que se vaya para que nos envíe el Consolador. Va a prepararnos un lugar para que, donde Él esté, estemos también nosotros.

Ellos no son del mundo pero están el mundo. Ellos continuarán su misión en el mundo, realizarán sus obras, transmitirán su palabra que salva. Ellos, por haber seguido a Jesús, han adquirido una nueva forma de estar en el mundo: siendo para Jesús y para los hermanos, comportándose como verdaderos hijos. Ninguna forma de evasión del mundo puede justificarse con las palabras de Jesús.