P. Carlos Cardó SJ
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| First day in heaven, 2016. Obra del pintor egipcio Kerolos Safwat. Colección particular |
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él".
Jesús se va, vuelve a su Padre, y
nos deja como herencia su mandamiento: amarlo a él y amarnos como él nos ha
amado. Su amor por nosotros es la fuente de nuestro amor a los demás. Uno ama
como es amado.
El amor no es sólo un sentimiento.
Se ama con hechos y en verdad. Por eso dice Jesús: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Se pueden observar los
mandamientos como deberes impuestos, sin libertad de hijos (como el hermano
mayor del Hijo Pródigo), o se pueden observar como expresión del amor que uno
tiene a Dios como a su Padre. El secreto de la verdadera observancia de los
mandamientos de Dios es el amor de un corazón que se sabe amado.
El amor que nos enseña Jesús nos
lleva, además, a reconocer en toda circunstancia lo que más nos conviene, “lo
bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto” (Rom 12,3). Por eso, el amor es
cumplimiento de la ley y de la enseñanza de los profetas, y culmen de toda
moral. Por eso decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Que no significa:
ama y permítete todo, sino déjate guiar por el amor y no harás daño, no
actuarás por egoísmo, no practicarás la injusticia ni obrarás con engaño. Obrar
en todo conforme al amor verdadero es el camino más perfecto, según san Pablo
(1 Cor 13). Lo cual significa que no nos engañamos nunca siguiendo el dictamen
del amor a Dios y nuestros hermanos.
Es verdad, desde otra perspectiva,
que siempre podemos negar y abusar del amor; pero eso lo hacemos nosotros, no
Dios. No hay nada más frágil y vulnerable que el amor. Por eso hay que
cuidarlo. Podemos, sí, aprovecharnos del amor que recibimos: de su entrega, de
su confianza, de su incapacidad para vengarse. Pero una vez afirmadas estas
cautelas que tienen que ver con la traición humana al amor, queda en pie esta
verdad que ilumina y alienta: si creyéramos en el amor que Dios nos tiene,
nuestra vida cambiaría. Veríamos que, en efecto, el amor es frágil y
vulnerable, pero también que nada hay más fuerte y exigente que el amor. Sólo
que su exigencia es distinta: nace de dentro, no se vive como obligación
impuesta desde fuera, no genera resentimiento y antipatía, tiene el sentido de
la gratuidad, de la alegría y de la libertad. Sin él, no hay nada que agrade a
Dios.
Jesús se va y promete enviarnos el
Espíritu Santo Paráclito. Su nombre significa viento, fuerza y no es otro que
el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, que procede de Dios y es
Dios. Su función es de consolar y defender como abogado. No es un concepto, ni
una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto
existe y conduce la historia humana a su plenitud. Nosotros lo reconocemos en
la fuerza interior que da dinamismo al mundo, que no ceja de empujar para que
todo crezca y se multiplique la vida, que alienta y da vida a todo el
despliegue histórico. Estamos convencidos también de que el Espíritu,
respetando nuestra libertad humana, no deja de soplar en dirección del amor, la
justicia, la verdad y el bien en su plenitud.
Cristo permanece en su Iglesia por medio del Espíritu que envía sobre los apóstoles. Por eso puede decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y Él mismo.
Hoy sería un día para hacer un balance sobre el peso que tiene el Espíritu Santo, Espíritu del amor, en nuestra vida. Si reconocemos su presencia en nosotros, ¿por qué damos la impresión de que estamos sin espíritu, cansados y sin ganas de comprometernos? ¿Por qué a veces reducimos la vida cristiana, que es vida en el Espíritu, en vida cargada de normas y obligaciones y no de actos, gestos y actitudes que brotan del amor que libera? El Espíritu de Cristo es espíritu de santa inquietud y de constante renovación. Él nos mantiene en la continua búsqueda del mejor servicio, de la mayor entrega e impide en nosotros el acomodo y la tibieza. Es el espíritu que hace a los santos insatisfechos consigo mismos. Es el Espíritu que quiere renovar la faz de la tierra, transformarnos, purificar y alentar a la Iglesia.
¡Ven. Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciende en ellos
el fuego de tu amor!

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