sábado, 15 de junio de 2019

No hay que jurar (Mt 5, 33-37)

P. Carlos Cardó SJ
Rostro de Cristo, óleo sobre lienzo de Georges Rouault (1939), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno".
En el mundo judío del tiempo de Jesús eran muy frecuentes los juramentos y se juraba por cualquier cosa, pero como el mandamiento de la Ley prohíbe pronunciar el santo nombre de Dios en vano, se juraba por la cabeza, por la tierra, por el cielo, por Jerusalén. Jurar por Dios estaba prohibido, junto con el perjurio. Se suponía que la persona justa y sabia no necesita jurar porque lleva a Dios en sí, y el juramento supone rebajarlo, haciéndolo intervenir en asuntos humanos.
También en otros pueblos el juramento fue considerado contrario a los principios éticos. Los filósofos griegos inculcaban la idea de que el hombre debe inspirar confianza por sí mismo y no ha de basar la credibilidad de su palabra en ninguna autoridad. Consideraban superflua la invocación de los dioses, porque lo decisivo es la fiabilidad de la persona.
Jesús apoya la enseñanza moral tradicional, que se expresaba en el mandamiento: No jurarás en falso, sino que cumplirás lo que prometiste al Señor con juramento (Ex 20, 7; Num 30, 3; Deut 23,22), pero no se queda en eso sino que enseña algo mucho más radical: Él prohíbe el juramento porque exige, a cambio, la veracidad absoluta de la palabra humana.
Para Jesús, la persona no debe tener una doble palabra: la verdadera y la que puede no serlo. Él no quiere que vivamos desconfiando unos de otros, suponiendo siempre que lo que el otro dice puede ser mentira. Quiere quitar ese presupuesto que rige muchas veces las relaciones interpersonales, es decir, quiere sanar la devaluación de la palabra, que genera desconfianza.
Jesús va más allá de la condena categórica de la mentira. Su preocupación más honda, en la línea espiritual más pura de Israel, era el respeto a la santidad del nombre de Dios y la majestad de Dios. Con su alusión al juramento ilustra lo que es la veracidad, pero reprueba el juramento porque en él se apela al nombre de Dios, se le pone de testigo de los propios actos y se le hace intervenir en asuntos mundanos.
Mucho hay que trabajar, sobre todo en la educación de los niños, para inculcar la buena actitud de suponer siempre en el otro rectitud, veracidad y buena voluntad, mientras no se demuestre lo contrario. Pero como la confiabilidad de toda persona depende de las demostraciones que dé de su rectitud y transparencia, desde la infancia se debe aprender el sentido del valor de la palabra dada o empeñada, la veracidad en el hablar y en el actuar, y la necesidad de refrendar la credibilidad de la propia palabra con la rectitud e integridad de la conducta.
Si es así, no hay necesidad de estar jurando. Todos reprobamos la corrupción pública y privada, y lamentamos que no se pueda confiar muchas veces en las instituciones y las personas. Deberíamos comenzar a cambiar esta realidad con el ejemplo personal de que la veracidad que pide el Señor es la única forma humana de vivir en sociedad: que cuando digan sí, sea un sí y cuando digan no, sea un no; porque lo que pasa de ahí viene del maligno.

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