lunes, 10 de junio de 2019

Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

P. Carlos Cardó SJ
El sermón de las bienaventuranzas, acuarela opaca sobre grafito en papel vitela gris de James Tissot (1886 -1894), Museo de Brooklyn, Nueva York
Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes».
El sermón del monte recoge los criterios según los cuales Dios juzga y actúa. Y es fácil comprobar que son criterios opuestos a los del mundo. La sociedad ofrece otros medios para fabricar la felicidad. Jesús se alegra con los desdichados porque tienen “mayor ventaja”: Dios está a su favor, con ellos, promoviendo la transformación del mundo en justicia, fraternidad y paz.
Las bienaventuranzas no pueden servir de pretexto para obrar la injusticia o resignarse a la pobreza material, que es un mal social. Al contrario, ellas dejan al descubierto la raíz de toda injusticia y corrupción, que proviene del hecho de considerar dichosos al rico y al poderoso que dominan a los demás. Si éste es nuestro único criterio de valorar las cosas, es claro que continuarán las injusticias y la corrupción, y consentiremos con ellas. De ninguna manera los pobres son bienaventurados por la pobreza en que viven. Sólo el cambio de valores que Jesús enseña puede hacerles comprobar que Dios está con ellos y que el evangelio es buena noticia.
Tampoco se pueden ver las bienaventuranzas como una nueva ley, más difícil que la antigua. Son la descripción del corazón nuevo que Dios prometió por medio de los profetas. Por eso, lo que aquí afirma Jesús es lo que Él vive y lo que comunica a los que lo siguen. Sus palabras no son ley, sino evangelio; no son exigencias nobles y difíciles, sino el anuncio de la obra que quiere realizar en nosotros si lo aceptamos. Sin el don de su Espíritu del amor, las bienaventuranzas no son otra cosa que una ideología, tanto más desesperante cuanto sublime.
Estas palabras son para todo aquel que busca el sentido y verdad de su vida. Son las actitudes que mueven el trabajo para hacer realidad una nueva humanidad. Son los rasgos que podemos ver en aquellas personas y comunidades que se caracterizan por ser misericordiosas, por tener limpio el corazón y buscar la paz. Estos hombres y mujeres contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz. Ellos reproducen los rasgos del ser humano que Dios creó “a imagen y semejanza suya”.
- Pobres de espíritu: sin codicia ni apegos materiales, son humildes de corazón, en contraposición a los de corazón duro y dura cerviz. El pobre en el espíritu es agradecido porque sabe que todo es don y gracia. Somos lo que hemos recibido. Así es Jesús, el Hijo, que todo lo recibe del Padre. El motivo de la bienaventuranza no es la pobreza sino el por qué, lo que con ella se consigue: al pobre, Dios lo llena de sus dones y está dispuesto a dársele. La pobreza es la condición para acogerlo.
- Pacientes: bondadosos, han desterrado de su alma la hostilidad. No pelean y ceden en vez de agredir. No se irritan, no intentan dominar, ni buscan la venganza. No son insensibles. Dueños de sí mismos, saben controlar y modificar sus sentimientos.
- Los afligidos: firmes frente al sufrimiento, no sacan de él ni pesimismo ni amargura. Dios los consuela y fortalece para poner amor en la adversidad y superarla.
- Los que tienen hambre y sed de justicia: convencidos de que el respeto y la equidad son la condición para poder vivir humanamente en sociedad, se empeñan en descubrir nuevos horizontes de posibilidades, nuevas alternativas de vida digna para todos, nuevos caminos para la superación de los conflictos.
- Misericordiosos: interesados en resolver el problema del otro, su empatía les lleva a sentir como propio el sufrimiento ajeno. Es la forma fundamental del amor: pasión que se hace com-pasión.
- Limpios de corazón: El corazón es el centro de la persona. En su corazón llevan a Dios, por eso lo ven en todas las cosas y a todas las cosas en él. Carecen de malicia, son rectos y leales con Dios y con el prójimo. El corazón limpio no está dividido por conflictos de lealtades, ni mezcla de intereses, no es hipócrita ni inseguro.
- Constructores de la paz: se oponen a todo tipo de violencia, evitan los conflictos y los que son inevitables, procuran resolverlos con diálogo y concertación. Construyen fraternidad, es decir, colaboran en la obra que Dios, después de la creación, sigue realizando en el mundo. Por eso él los acoge como sus hijos e hijas.
- Perseguidos: podrán ser incomprendidos y aun perseguidos porque su sola presencia contradice a los poderosos. Quien ama a los hermanos se choca con el mal: encuentra hostilidad. Como Jesús. El discípulo sabe que su destino puede ser el de su Maestro y sabe también que si con él morimos, reinaremos con él (2Tim 2,11).
Así pensó Dios al ser humano cuando lo iba modelando con sus propias manos.

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