P.
Carlos Cardó SJ
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Imposición
del nombre a Juan Bautista, témpera sobre madera de Fra Angelico (1428 – 1430),
Museo Nacional de San Marcos, Florencia, Italia
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Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y era comentado en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.
Celebramos hoy la fiesta de Juan Bautista, el hombre para quien
Jesús reservó el mayor de los elogios: Yo
les digo que, entre los hijos de mujer, no hay nadie mayor que Juan.
Generalmente la liturgia celebra la muerte de los santos –su nacimiento para el
cielo, plenitud de su vida–, excepto en el caso de María y del Bautista, porque
en su mismo nacimiento se manifestó ya la singular misión que les tocaría
desempeñar en el plan de salvación.
La misión para la que nace este niño es lo que resalta San Lucas, y
por ello se fija atentamente en la imposición del nombre. En las culturas
antiguas tenía una importancia mayor que la que actualmente le damos. El nombre
era siempre significativo. «Nomen est
omen», (el nombre es presagio, pronóstico), decían los latinos. Y
para los hebreos el nombre señalaba algún atributo de Dios que en la vida del
recién nacido se iba a manifestar, o el significado de la misión que le tocaba
desempeñar al niño.
Su
nombre es Juan (Lc 1,63), dice Isabel. Y
Zacarías, el padre, confirma ante de los parientes asombrados el nombre del
hijo, escribiéndolo en una tablilla. El mismo Dios, por su ángel, había dado
este nombre que significa «Dios es
favorable». En la vida de Juan, precursor del Salvador, quedaría de
manifiesto que es favorable a su pueblo: quiere que sea bendición para todas
las naciones de la tierra, y es favorable a la humanidad entera y al mundo
creado por él. Dios manifestará su favor conduciendo a la humanidad hacia la paz
y la justicia. Todo esto se inscribe en el nombre Juan.
Según el testimonio de los evangelios, Juan se dedicará a preparar
la venida del Enviado definitivo de Dios que hará de Israel luz para todas las naciones, para que la
salvación que Dios quiere ofrecer a todos desborde los límites étnicos, sin
dejar pueblo alguno en la sombra. Ese Enviado definitivo de Dios es Jesús, el Hijo
amado. Juan lo reconocerá y se resistirá a administrarle el bautismo de penitencia
que él ofrecía en el Jordán. Juan no dejará que le tomen por el Mesías, pues no
se siente digno ni siquiera de desatarle las sandalias. Y, llegado el momento,
no dudará en encaminar hacia él a sus mejores discípulos para que le tengan por
el único maestro.
Es enorme la importancia de Juan en la manifestación de Jesús, y
en la formación de la primera comunidad de los discípulos. Jesús dirá que de él
se había escrito: he aquí que yo envío mi
mensajero delante de ti.
También Zacarías, al circuncidarlo e imponerle nombre, cantó lleno
de alegría: y tú, niño, serás llamado
profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y
dar a su pueblo el conocimiento de la salvación... , por las entrañas de
misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de lo alto, a
fin de iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte y guiar
nuestros pasos por el camino de la paz.
Juan, elegido para preparar la venida inminente del Salvador,
responde a la elección divina con una generosidad digna de ella. Salido de la
niñez se retira al desierto, viste y come con austeridad, hasta que Dios le
mueve a urgir a Israel con el mensaje de Isaías: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; todo barranco será
rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso será recto y las
asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.
Juan se encara e interpela a toda clase de gentes: recaudadores de
impuestos y soldados, escribas y fariseos, y hasta al mismo Herodes. Sus gestos
y palabras tenían tal calidad profética que Jesús mismo preguntará a los que
habían ido a escuchar a Juan: «¿Qué salieron
a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salieron a ver, si
no? ¿A un profeta? Sí, les digo, y más que un profeta. En verdad les digo que
no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista».
Juan fue testigo de Jesús con su vida y con su muerte. Su celo por
el reino de Dios y su libertad de palabra motivó que el tetrarca Herodes Antipas
lo hiciera decapitar para acallarlo. Juan nos enseña hasta dónde puede
llegar la honestidad y autenticidad de vida, el vivir para Cristo, el no doblegarse
ante ningún riesgo cuando se trata de defender la verdad.
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