P.
Carlos Cardó SJ
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El
avaro, óleo sobre lienzo de Lajos Bruck (Siglo XIX), colección privada
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Jesús dijo a sus discípulos: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!»
No amontonen tesoros en esta tierra…Amontonar
se opone a compartir. Amontonar en la tierra es caduco. Amontonen tesoros en el cielo significa actúen con los valores que
no perecen, mirando siempre a Dios.
No significa despreciar los bienes como si fueran malos ni descuidar el dinero.
Significa usar los bienes materiales con la libertad de poder dejarlos cuando
convenga. Es no depender del dinero ni poner toda la seguridad en él. Los
bienes son medios, no absolutos. Pero hay una tendencia idolátrica en el
hombre, que le lleva a sobrevalorar tanto las cosas, que termina sometiéndose a
ellas como a ídolos. Jesús inculca la buena disposición para compartir. Sin
ella, los bienes dividen a los hermanos y se ofende al plan del Creador.
Con el dinero, medio necesario para sostener la vida, podemos
hacer el bien o podemos hacer el mal. El dinero es malo cuando se adquiere
injusta o inicuamente, cuando se emplea para fines malos o se acumula para el
disfrute egoísta, sin tener en cuenta la suerte de aquellos que podrían
beneficiarse también con él. La acumulación egoísta, abusiva e improductiva es
contraria a la voluntad de Dios. Hay que administrar el dinero conforme a la
voluntad de Dios.
Así, mientras el rico egoísta se llena de enemigos, quien
administra bien sus bienes para que sirvan al desarrollo de su pueblo, para que
den trabajo a la gente y para resolver las necesidades de los pobres, esa
persona es justa, se gana multitud de amigos y se le recordará por todo el bien
que ha hecho.
Tesoro en el cielo. Los judíos evitaban nombrar a Dios;
preferían decir “cielo” para referirse a él; por eso, “tesoro en el cielo”
quiere decir: Dios será tu tesoro. El verdadero tesoro no es lo que tienes,
sino lo que das y compartes. Quien da al
pobre le hace un préstamo a Dios (Prov 19, 17). Los bienes y, más
concretamente, el dinero, son medios que han de ser utilizados para fines
buenos. Y la Iglesia, basada en la Escritura, siempre ha afirmado y defendido
la finalidad social de los bienes creados.
La persona justa y sabia se preocupa por adquirir los tesoros del
cielo. Consciente de que aquello que se valora como el tesoro cautiva al corazón
y se convierte en la motivación más profunda y dominante, se preocupará por
poner a Dios por encima de todo y por guiarse en todos sus actos por la
obediencia a la voluntad del Padre del cielo.
Lámpara de tu cuerpo es el ojo. De dentro de la persona, de su
corazón, salen las buenas intenciones, afectos y motivaciones que orientan la conducta.
Si el ojo es puro, la persona mira,
aprecia y busca lo bueno; sus juicios son justos. Si tu ojo está enfermo por la envidia, el doblez y la mala
intención, tus decisiones serán malas o erróneas.
El ojo sano refleja la luz de Dios, es iluminado por el Espíritu, cuyos
efectos los distingue la persona porque generan en ella: amor, alegría, paz,
tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí (Gal 5, 22). Cuando las intenciones del
corazón son malas, y la luz interior de la persona se apaga, se oscurece su
modo de ver las cosas, de pensar, valorar, obrar. ¡Qué grande será su oscuridad!, dice
Jesús. Las malas intenciones le llevarán a decisiones y comportamientos
erróneos, que no reflejarán amor a los demás ni búsqueda del bien común.
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