martes, 10 de noviembre de 2020

Somos simples servidores (Lc 17, 7-10)

P. Carlos Cardó SJ

Pintura de castas, óleo sobre lienzo de Miguel Cabrera (1763), Museo de las Américas, Madrid, España

En aquel tiempo dijo el Señor: Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame la cena, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer".

La analogía entre el señor y el criado intenta inculcar en los discípulos la actitud de servir gratuita y desinteresadamente, sin hacer depender el propio esfuerzo de las expectativas de recompensa. El ideal es hallar felicidad y satisfacción en el servicio a Dios y a los prójimos.

Jesús nos asemeja a los siervos. Por el contrato de servidumbre, una persona quedaba sometida al señorío de otra persona. La diferencia con el esclavo estaba únicamente en que el siervo no podía ser vendido. Aplicada por Jesús a nuestra relación con Dios, esta sujeción es expresión de la máxima libertad que se obtiene por el amor. Por eso el mismo Jesús afirma que no ha venido a que lo sirvan sino a servir y quiere que sigamos su ejemplo sirviéndonos unos a otros.

Por su parte, Pablo ve en la disposición para el servicio lo característico de Cristo y exhorta: Tengan ustedes la actitud que tuvo Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres.… (Fil 2, 5-7). Por eso la vanagloria y el sentirse superior a los demás es un sinsentido para el cristiano. El mismo Pablo desarrollará esta idea con su propia terminología: ¿De qué podemos presumir si todo orgullo ha sido excluido? (Rom 3,27); Dios ha elegido lo pobre y lo débil, de este modo, nadie puede presumir ante Dios; la salvación se nos da por gracia mediante la fe, para que nadie pueda enorgullecerse (Ef 2,9).

El Señor Jesús está entre nosotros como el que sirve (Lc 22, 27); para el mundo, en cambio, la libertad y la grandeza consisten en hacer que a uno lo sirvan. Para Dios, la libertad verdadera consiste en la necesidad de servir por amor. Para los hombres la búsqueda de la superioridad llega a ser uno de los mayores alicientes en el trabajo; y el procurar que los otros no sobresalgan, una condición para lograrla.

Jesús, en cambio, nos dice: Cuando hayan hecho lo que se les había mandado, digan: somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer. “Inútil” aquí no es peyorativo, puesto que el criado ha cumplido la misión que se le había encomendado. Quizá habría que traducir mejor: somos simples servidores, sin derecho ni mérito ligado a nuestro trabajo. Es la invitación de Jesús a la gratuidad: a hacer el bien sin buscar recompensa, sabiendo que Dios no necesita de nuestras buenas obras, sino que somos nosotros los que nos beneficiamos con esas buenas obras. El premio está en la misma obra bien hecha. Para Pablo, la máxima recompensa consistirá justamente en predicar gratuitamente el evangelio (1Cor 9,18), y en ella se vive la experiencia personal de aquél que me amó y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20).

Somos simples servidores: hacemos con dedicación nuestra labor y no nos angustia ni siquiera el saber el fruto que tendrá; cumplimos lo que nos toca de la mejor manera que podemos y todo lo demás se lo dejamos a Dios con absoluta confianza. Lo importante es servir siguiendo el ejemplo de Jesús, es decir, hasta dar la propia vida. En eso reside la calidad del amor con que amamos a Dios y a la gente. Y estamos seguros de que el contenido de amor y de entrega que ponemos en lo que hacemos, eso es lo que prevalecerá cuando Dios haga nuevas todas las cosas y lleve a plenitud la obra que ha comenzado en nosotros.

En resumen, la relación que debemos tener ante Dios es la de confianza y deseo de servirlo a Él y a los prójimos de manera desinteresada. La recompensa que quiera darnos, será por pura gracia, no se la podemos exigir. Cumplimos lo que nos toca de la mejor manera que podemos y todo lo demás se lo dejamos a Dios con absoluta confianza. En el servicio mismo puedo hallar la realización feliz de mi persona. 

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