sábado, 28 de noviembre de 2020

Fin del mundo (Lc 21, 34-36)

P. Carlos Cardó SJ

Lamentaciones ante Cristo muerto, óleo sobre lienzo de Denys Calvaert (inicios del siglo XVII), Museo Nacional de Varsovia, Polonia

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Tengan cuidado: no se les embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se les eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estén siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manténganse en pie ante el Hijo del Hombre".

Se puede decir que, en cierto modo, Dios siempre está viniendo y que la vida humana es siempre peregrinación, éxodo, camino; y ambos, Dios y el ser humano, se encuentran en el tiempo, en la historia. Pero lo más sorprendente es comprobar, a la luz de la fe, que Dios por su encarnación no sólo se acerca a la humanidad, sino que “se hace carne de nuestra carne, tierra de nuestra tierra, historia de nuestra historia”.

Dios está siempre con nosotros, no abandona nunca este mundo por el cual su Hijo dio la vida. Al mismo tiempo, como meta de nuestro caminar nos aguarda al final de nuestro viaje en el tiempo. Cuando Jesús habló sobre el final del mundo y de la historia humana no reveló cosas extrañas y ocultas, sino que quiso quitarnos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen sobre los ojos, para que estemos atentos a la presencia de Dios y nos preparemos para el encuentro, sabiendo que la palabra última que Él dice sobre el mundo, no es una palabra de destrucción y de muerte sino de creación y vida nueva.

Marchamos, sí, hacia la disolución del mundo viejo pero, al mismo tiempo, al nacimiento del nuevo. Y hay una relación entre la meta y el camino que estamos llevando. Dios realiza su plan en la historia, no fuera de ella. En esta realidad nuestra con sus contradicciones y en la vida personal de cada uno, con sus caídas y sus esfuerzos, se desarrolla el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y el misterio del reino de Dios que crece sin que nos demos cuenta hasta alcanzar su plenitud. Jesús no quiere satisfacer nuestra curiosidad sobre el futuro, Él quiere enseñarnos que el mundo tiene su origen y su fin en el Padre, y quiere invitarnos a vivir el presente desde esta perspectiva, la única que da sentido a la vida.

Para que nuestro encuentro final con el Señor sea la liberación plena, la realización colmada y la felicidad perfecta que todos anhelamos, la condición es vivir en una actitud de vigilancia y atención. Jesús es claro y práctico en la advertencia que hace: hay que procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y por las preocupaciones de la vida, concretamente, por el dinero. En otras palabras, no esperamos adecuadamente la llegada del Hijo del Hombre si sólo buscamos el disfrute egoísta y acaparamos bienes materiales, sin tener en cuenta a los demás, sobre todo a los necesitados.

Así, pues, a los primeros cristianos que preguntaban ansiosos cuándo iba a venir el fin del mundo, el evangelio les decía cómo debían esperarlo; a los cristianos de hoy, que piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo y cómo se debe esperar: procurando encaminar la historia actual hacia la verdadera esperanza, que no defrauda.

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