sábado, 7 de noviembre de 2020

Ganen amigos compartiendo sus bienes (Lc 16, 9-15)

P. Carlos Cardó SJ

El avaro y la muerte, óleo sobre madera de Frans Francken (1625), Museo Municipal Quiñones de Leon, Vigo, España

Por eso les digo: "Utilicen el sucio dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a ustedes en las viviendas eternas. El que ha sido digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas importantes. Por lo tanto, si ustedes no han sido dignos de confianza en manejar el sucio dinero, ¿quién les va a confiar los bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza con cosas ajenas, ¿quién les confiará los bienes que son realmente nuestros? Ningún siervo puede servir a dos patrones, porque necesariamente odiará a uno y amará al otro o bien será fiel a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero".

Los fariseos escuchaban todo esto, pero se burlaban de Jesús porque eran personas apegadas al dinero. El les dijo: "Ustedes aparentan ser gente perfecta, pero Dios conoce los corazones, y lo que los hombres tienen por grande, lo aborrece Dios".

San Lucas consigna tres aplicaciones prácticas de la parábola de Jesús sobre el administrador sagaz, que giran en torno al tema de la actitud cristiana frente a los bienes de este mundo. La primera: Gánense amigos con los bienes de este mundo, recomienda actuar con la misma sagacidad de los hijos de este mundo frente a las exigencias del Reino; la segunda: el que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho, señala la necesidad de una administración responsable de los bienes materiales; y la tercera, ningún criado puede servir a dos señores, sintetiza la actitud general que debe tener el cristiano frente al dinero y los bienes materiales: tiene que optar por Dios por encima de todo, pues vivir en una búsqueda febril del dinero, que subyuga y esclaviza, es una contradicción.

Jesús insta a los discípulos (y junto con ellos a todos los cristianos) a administrar los bienes que poseen mirando siempre la finalidad para la que están en este mundo, pues de lo que hagan o dejen de hacer con lo que poseen en la tierra puede depender su destino eterno; el proceder humano tiene una proyección trascendente. Apreciando la habilidad de los «hijos de este mundo» en sus negocios, el cristiano no puede ser menos creativo y sagaz en lo referente al servicio de Jesús y del reino. Tiene que aprender a usar los bienes materiales para ayudar a los pobres, ganar su amistad compartiendo con ellos los bienes. Así, a la hora de la muerte, cuando los bienes de este mundo ya no le sirvan para nada, ellos lo acogerán en la casa del Padre.

En tiempos de Jesús y en la literatura judía se solía darle al dinero el calificativo de “injusto”, no porque en cada caso lo fuera sino porque en general, y según la experiencia, connotaba la idea de injusticia. Ejemplo de ello es este proverbio: Muchos han pecado por buscar ganancia, el que quiere enriquecerse hace la vista gorda (Eclo 27, 2). Al emplear, pues, la expresión “dinero injusto” lo que hace Jesús es señalar que el empleo de las riquezas es de por sí peligroso para la salvación, y ha de hacerse, por tanto, con sumo cuidado.

Quien tiene dinero ha de ser consciente de que se le ha confiado su administración y debe procurar su recto empleo, no para su propio lujo y placer egoísta sino para compartirlo e invertirlo para fines buenos y mirando siempre al bien común. En la lógica de Jesús, lo poco e insignificante es el dinero, lo mucho y lo sustancial son los valores del reino; los bienes materiales son relativos, los del reino son absolutos; las riquezas son ajenas a la persona, pues se quedan en este mundo, los bienes del reino son lo suyo, lo que perdura y define la calidad de la persona.

Queda claro, por tanto, que cuando el dinero se convierte en un fin en sí mismo y se vuelve lo más importante en la vida, el corazón de la persona se llena de ambición y acaba haciéndose esclavo de sus bienes. Por eso es tan categórico Jesús: no se puede servir a Dios y al dinero. No hay más alternativa. El dinero tiene una extraordinaria fuerza de atracción, se deifica y se convierte en ídolo, con todas sus consecuencias.

Por eso, en la administración de sus bienes, el cristiano no puede olvidar que su “bien propio” es Dios, las “moradas eternas”, el proceder como “hijos de la luz”. El dinero adquirido “legítimamente” y usado para ayudar al prójimo atrae de Dios la recompensa. Dios está en quienes se benefician de su buena administración –amigos, pobres, prójimos, bien común del país– por eso es Dios quien recompensará toda obra de amor solidario cuando el dinero y los bienes terrenales dejen de tener valor, esto es, a la hora de la muerte. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo…, porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón (12, 33s). La interpelación al discípulo queda planteada con toda su radicalidad. ¿Qué escoges? ¿A quién quieres servir?

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