martes, 18 de abril de 2017

Aparición a María Magdalena (Jn 20, 11-18)

P. Carlos Cardó
Noli me tangere (No me toques), óleo sobre lienzo de Anton Raphael Mengs (1769), Palacio Real de Madrid, España

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: "¿Por qué estás llorando, mujer?" Ella les contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto".Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: "Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?" Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: "Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto". Jesús le dijo: "¡María!" Ella se volvió y exclamó: "¡Rabuní!", que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: "Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ ".María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.
María Magdalena es la primera testigo de la resurrección del Señor. Es figura de la Esposa que busca al Esposo, figura de la comunidad que busca a su Señor.
Hay un paralelismo entre el discípulo amado y Magdalena: el discípulo vio y creyó. Vio signos, no al Señor. María en cambio ve al Señor cuando le escucha pronunciar su nombre. El discípulo representa la fe que responde a la cuestión de la tumba vacía. María representa a la fe unida al amor que hace posible el ver, oír, tocar al resucitado. El amor hace que la fe se convierta en experiencia personal. A quien me ama el Padre lo amará y yo también lo amaré y me manifestaré a él (14, 21). El amor hace presente y manifiesta a la persona amada.
Se quedó fuera, junto al sepulcro, abrumada por el dolor. Pero se agachó, dice el texto, es decir, insiste en su búsqueda, intenta distinguir alguna luz, algún consuelo de esperanza en la desolación que le causa el vacío de la muerte. No puede admitirlo, lo rechaza con todas sus fuerzas. Y el misterio comienza a desvelarse por medio de la palabra que lo clarifica. Unos ángeles llegan a su encuentro. Traen el anuncio de que el sufrimiento y la muerte no son la última palabra en el destino de Jesús ni en el nuestro. ¿Por qué lloras?, le preguntan. Y su respuesta pronta y espontánea, Porque se han llevado a mi Señor y no sabemos dónde lo han puesto, expresa un hondo sentido de pertenencia, la profunda conciencia de estar en relación con otro que, cuando falta, deja sin saber cómo vivir sin él.  
Dicho esto se volvió hacia atrás y vio a Jesús, que estaba allí pero no lo reconoció. La carga emotiva que pesa en su interior le impide percibir que Jesús está allí. No hay razón para el llanto pero ella ha olvidado lo que Jesús les había dicho acerca de la tristeza que se les convertirá en alegría. Mientras siga en las inmediaciones de la tumba, obsesionada por la fatalidad de la muerte, no podrá reconocerlo. Para María y para los demás discípulos, con la muerte de Jesús todo se acabó. En ella se refleja la dificultad de la primitiva Iglesia para advertir y reconocer la resurrección de Jesús.
¡María!, le dice Jesús. El llamarla por su nombre propio, con voz familiar inconfundible personaliza la experiencia del encuentro. Todo lo que Jesús ha sido para ella se concentra en esa sola palabra, su nombre, y en el tono con que es pronunciado. En lo más íntimo de nosotros el Señor pronuncia nuestro nombre. Llama a cada uno por su nombre y le hace saber cuánto cuenta para él: Te he llamado por tu nombre y tú me perteneces (Is 43,1). “Porque tú cuentas mucho para mí, eres valioso y yo te amo” (43,4). Por lo demás, Jesús resucitado mantiene el mismo comportamiento de amistad y cercanía que ha tenido en todos sus encuentros.
¡Rabbuní!, responde María, poniendo de relieve que ella es la discípula, la que ha realizado el camino del discipulado. El reconocimiento ha sido gradual: se suscita la fe, luego es tocado el corazón y se reanima la confianza, de la que nace la capacidad de reconocerlo. El paso de la desconfianza a la confianza, de la incredulidad a la fe, de la tristeza al gozo representa nuestra propia resurrección, fruto del encuentro con Él.
Voy a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes. El Resucitado cumple su promesa: Voy a prepararles un lugar (Jn 14,2). Su presencia lleva a pensar en lo que nos aguarda. La presencia del Señor y el lugar que nos ha preparado junto a Él constituyen el punto fundamental de orientación y sentido de toda nuestra vida.
María Magdalena fue corriendo donde estaban los discípulos y les anunció. Se torna anunciadora, apóstol y pregonera de la resurrección. ¡He visto al Señor! Comunica una experiencia personal, no una idea ni una simple noticia que podría ser leída. Anuncia lo que el Señor ha obrado en ella. “El Señor obró ante los ojos de su cuerpo lo que se había operado a los ojos del corazón” (San Gregorio Magno). 
El mensaje es claro: allí donde te encuentres, el Señor está y puedes reconocerlo con tu fe y tu amor. Viene a nosotros y nos envía a anunciar que su triunfo asegura también para nosotros, sus hermanos y hermanas, una vida eterna junto a su Padre y Padre

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