sábado, 18 de julio de 2020

El Siervo de Dios (Mt 12, 14-21)

P. Carlos Cardó SJ
Rostro de Cristo, acuarela de Georges Rouault (1937), Museo de Arte de Cleveland, Ohio, Estados Unidos 
En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí.Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: «Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza».
Jesús ha declarado algo que los judíos no pueden  admitir: que Él está por encima de la ley de la santificación del sábado, y que las leyes están al servicio de las personas, no al revés. Para probar la autoridad con que habla e ilustrar su enseñanza ha curado en sábado a un pobre hombre que tenía una mano atrofiada. Cuando está de por medio el bien, la vida de una persona, Jesús no duda en dejar de lado la ley del descanso sabático. 
Entonces, dice el texto de Mateo, los fariseos se pusieron a planear el modo de acabar con él. Jesús lo supo y se alejó de allí. Sabe actuar con valentía y prudencia. Evita el conflicto. Ya llegará la hora en que lo enfrentará, cuando sea inevitable, y asumirá voluntariamente las consecuencias.
Jesús no lucha con nadie, no ataca ni se impone; hace el bien a todos, sirve a todos y a todos perdona. No rivaliza, sino que se pone a servir a los demás. Frente a los poderes injustos que le atacan, Él se sitúa en la falta de poder y desde allí pone de manifiesto la verdad de sus motivaciones y el poder de Dios que triunfa en la debilidad. Enfrenta y vence al mal con la fuerza del bien. En Jesús se frena la dinámica de la violencia, porque Él no devuelve mal por mal. Jesús, pues, se oculta por prudencia, pero su obra continúa. Oculta es eficaz, con la eficacia del grano de trigo caído en la tierra. 
Las autoridades judías desatan su hostilidad contra Él, pero a pesar de todo lo siguieron muchos, dice el evangelio. Son los débiles y necesitados, que andan como ovejas sin pastor. Son los cansados y agobiados, a quienes promete alivio y reposo. Y los sanó a todos. La salud que Él ofrece alcanza a todos.
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi siervo, el elegido… El evangelista Mateo ve en la actitud de Jesús para con los pobres y pecadores la realización de la profecía contenida en el Primer cántico del Siervo de Yahvé, del capítulo 42 de Isaías. Jesús se identifica con el destino del Siervo. Es el elegido, por ser el Hijo amado en quien el Padre se complace. Reivindica para sí la plena posesión del Espíritu divino (Cf. Lc 4, 18-21; Is 61, 1-2).
Como el Siervo, no discute ni es violento; no pelea ni se impone; no constriñe ni domina; no emplea medios espectaculares para sojuzgar, no basa la eficacia de su mensaje en la fuerza de la propaganda, aunque lo que Él diga en secreto haya que decirlo desde las azoteas. Atento a las personas, es manso y humilde para esperar el tiempo propicio de cada uno, mostrándose entre tanto comprensivo de sus fragilidades y de sus incertidumbres. Hace triunfar sobre la tierra la justicia-santidad de Dios y en Él ponen su esperanza todos los pueblos.

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