viernes, 3 de julio de 2020

El apóstol Tomás (Jn 20, 24-29)

P. Carlos Cardó SJ
La incredulidad de Santo Tomás, óleo sobre lienzo de Hendrick ter Brugghen (1622 aprox.), Rijksmuseum, Ámsterdam, Países Bajos
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree".Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto".
El mismo día de su resurrección por la tarde, Jesús se había aparecido a los discípulos reunidos a puertas cerradas. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban “El Mellizo”, no estaba con ellos. Como todos los demás, este apóstol había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, y no quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos.
Una semana después, estaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos y Tomás estaba también. Jesús se volvió a presentar en medio de ellos, les dio su paz y se dirigió a Tomás. Sus palabras demuestran que está dispuesto a responder al deseo de su discípulo: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente. La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, expresa su reconocimiento del Señor y su disposición a seguirlo hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío!
Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana– Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo. En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido a su Señor, a quien vio clavado en la cruz, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, y que en la cruz nos reveló su amor extremado. Un gran teólogo, Romano Guardini, escribió a este propósito: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la apertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”.
Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. San Alberto Magno (+1206), doctor de la Iglesia, llega a afirmar que a nosotros, de hecho, nos es más provechosa la incredulidad de Tomás que la fe de los discípulos creyentes: nos enseña a superar las dudas. Viendo las llagas del Señor, retorna a la fe. Nosotros, dejando aparte toda duda, nos consolidamos en la fe. El Señor permitió que el discípulo dudase después de la resurrección, pero no lo abandonó en las dudas. Asimismo nosotros debemos tener la confianza de que el Señor nos dará su gracia para superar nuestras dificultades.
El mismo Padre de la Iglesia añade un comentario sobre lo que Tomás realmente vio, y dice: Si la fe es prueba de las cosas que no pueden verse, y si de las cosas que se ven no se tiene fe sino conocimiento (natural), ¿por qué, entonces, se le dice a Tomás: Porque me ha visto has creído? Porque vio una cosa y creyó en otra. Como hombre mortal, ciertamente no podía ver la divinidad. Él vio al hombre, pero confesó que era Dios, y por eso dice: Señor mío y Dios mío. En este sentido, viendo creyó, viendo a Jesús como verdadero hombre, proclamó su divinidad que no podía ver.

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