P. Carlos Cardó SJ
El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él.
El texto empalma con el diálogo de Jesús con Nicodemo. Jesús habla
de sí mismo como venido del cielo, como el enviado definitivo y
plenipotenciario de Dios que lleva a culminación su revelación y realiza su
obra salvadora en favor de los que acogen su palabra y adoptan su estilo de
vida.
Comienza diciendo que Él
viene
de lo alto, es decir, que viene
de Dios. En ese sentido, no duda en presentarse como superior a Moisés y a los
profetas. Moisés formó un pueblo a partir de un conjunto inconexo de tribus
esclavas y las condujo hacia la libertad. Jesús, verdadero Moisés, congrega al
verdadero Israel y trae la liberación plena para toda la humanidad. Los
profetas anunciaron, Jesús realiza el anuncio, más aún, es el que ellos anunciaron.
Jesús es la luz, es la vida eterna. Es el portador del espíritu divino y el que
nos lo da, haciéndonos por medio de Él hijos e hijas de Dios. Lo que es de la
tierra no puede alcanzar el cielo por sí solo; tiene que esperarlo y acogerlo.
Sólo Dios nos da lo que es del cielo, y nos lo da en su Hijo Jesús.
Jesús dice también que
él ha
visto y ha oído. Porque es el
Hijo y palabra del Padre, mantiene comunicación íntima con Él; de Él recibe
todo lo que tiene que decir y hacer, por eso habla de lo que sabe y de lo que
es.
Quien acoge su testimonio, reconoce que Dios dice la verdad,
porque cuando habla aquel a quien Dios envió, es Dios mismo quien habla, ya que
Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu. Todo el evangelio de Juan gira en torno a esta afirmación
cristológica fundamental: que Dios se nos ha comunicado encarnándose en el
hombre Jesús; en Él se nos ha dicho Dios plenamente, oírlo es oír a Dios. Dice
Jesús que hay que acoger su testimonio. ¿En qué consiste acoger o aceptar su testimonio? En reconocerlo como la verdad y
mantenerse fiel a Él; es sellar con Él una alianza.
Reconocer y acoger su palabra es verlo como el enviado definitivo
de Dios, Hijo unigénito, palabra con la que Dios mismo se nos dice. Es también
reconocer en Él a Dios que se une a su pueblo y a cada uno. Más aún, se trata
no sólo de verlo como un mediador de la alianza con Dios sino como la alianza
misma, de modo que unirse a Él es unirse a Dios. Es confesarlo como el Emmanuel,
Dios con nosotros.
Esta fe de reconocimiento y acogida de Jesucristo hace vivir la
vida definitiva antes y después de la muerte: Quien cree en el Hijo tiene la
vida eterna. La afirmación de
Jesús está en presente: quien cree en Él tiene ya ahora la vida eterna. En el evangelio de Juan, la escatología
(lo que será en el final de los tiempos) ocurre ya ahora. La fe, entendida como
adhesión a Jesús, como permanecer en Él, equivale a la vida que perdura
eternamente, y que consiste en la participación de la vida del mismo Dios. Es
ser de Cristo, dice San Pablo (1 Cor 4,6;
12, 27; Gal 3,29; Rom 14, 7-12; Cf. 1 Jn 4, 6). Es vivir en su amor.
El texto termina con una advertencia grave, severa: Quien
no lo acepta, no tendrá esa vida, sino que la reprobación de Dios queda con él. Aceptar a Jesús y el amor salvador que
Él ofrece es entrar en el ámbito de la vida que perdura, vida eterna en la que
reina el amor de Dios. Esta es una posibilidad que se ofrece a todos, sin excepción,
y que se hace realidad por medio de la opción personal en favor de la luz.
No dar este paso, quedarse en el ámbito de una vida que no
manifiesta el amor de Dios, es quedarse bajo el influjo del mal que opera en el
mundo, enemigo de Dios y contrario al amor. A ese ámbito, que echa a perder la
vida verdadera de sus hijos e hijas, Dios lo reprueba.
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