jueves, 12 de abril de 2018

El que cree en el Hijo tiene la vida eterna (Jn 3, 31-36)

P. Carlos Cardo SJ
Dios Padre invita a Cristo a sentarse a su diestra, óleo sobre lienzo de Pieter de Grebber (1645), Museo del Convento de Santa Catalina, Utrecht, Países Bajos 
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz. El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
El texto empalma con el diálogo de Jesús con Nicodemo. Jesús habla de sí mismo como venido del cielo, como el enviado definitivo y plenipotenciario de Dios que lleva a culminación su revelación y realiza su obra salvadora en favor de los que acogen su palabra y adoptan su estilo de vida.
Comienza diciendo que él viene de lo alto, es decir, que viene de Dios. En ese sentido, no duda en presentarse como superior a Moisés y a los profetas. Moisés formó un pueblo a partir de un conjunto inconexo de tribus esclavas y las condujo hacia la libertad. Jesús, verdadero Moisés, congrega al verdadero Israel y trae la liberación plena para toda la humanidad.
Los profetas anunciaron, Jesús realiza el anuncio, más aún, es el que ellos anunciaron. Jesús es la luz, es la vida eterna. Es el portador del espíritu divino y el que nos lo da, haciéndonos por medio de Él hijos e hijas de Dios. Lo que es de la tierra no puede alcanzar el cielo por sí solo; tiene que esperarlo y acogerlo. Sólo Dios nos da lo que es del cielo, y nos lo da en su Hijo Jesús.
Jesús dice también que Él ha visto y ha oído. Porque es el Hijo y palabra del Padre, mantiene comunicación íntima con Él; de Él recibe todo lo que tiene que decir y hacer, por eso habla de lo que sabe y de lo que es.
Quien acoge su testimonio, reconoce que Dios dice la verdad, porque cuando habla aquel a quien Dios envió, es Dios mismo quien habla, ya que Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu. Todo el evangelio de Juan gira en torno a esta afirmación cristológica fundamental: que Dios se nos ha comunicado encarnándose en el hombre Jesús; en Él se nos ha dicho Dios plenamente, oírlo es oír a Dios.
Dice Jesús que hay que acoger su testimonio. ¿En qué consiste acoger o aceptar su testimonio? En reconocerlo como la verdad y mantenerse fiel a Él; es sellar con Él una alianza. Reconocer y acoger su palabra es verlo como el enviado definitivo de Dios, Hijo unigénito, palabra con la que Dios mismo se nos dice. Es también reconocer en Él a Dios que se une a su pueblo y a cada uno. Más aún, se trata no sólo de verlo como un mediador de la alianza con Dios sino como la alianza misma, de modo que unirse a Él es unirse a Dios. Es confesarlo como el Emmanuel, Dios con nosotros.
Esta fe de reconocimiento y acogida de Jesucristo hace vivir la vida definitiva antes y después de la muerte: Quien cree en el Hijo tiene la vida eterna. La afirmación de Jesús está en presente: quien cree en Él tiene ya ahora la vida eterna. En el evangelio de Juan, la escatología (lo que será en el final de los tiempos) ocurre ya ahora. La fe, entendida como adhesión a Jesús, como permanecer en Él, equivale a la vida que perdura eternamente, y que consiste en la participación de la vida del mismo Dios. Es ser de Cristo, dice San Pablo (1 Cor 4,6; 12, 27; Gal 3,29; Rom 14, 7-12; Cf. 1 Jn 4, 6). Es vivir en su amor.
El texto termina con una advertencia grave, severa: Quien no lo acepta, no tendrá esa vida, sino que la reprobación de Dios queda con él. Aceptar a Jesús y el amor salvador que Él ofrece es entrar en el ámbito de la vida que perdura, vida eterna en la que reina el amor de Dios. Esta es una posibilidad que se ofrece a todos, sin excepción, y que se hace realidad por medio de la opción personal en favor de la luz. No dar este paso, quedarse en el ámbito de una vida que no manifiesta el amor de Dios, es quedarse bajo el influjo del mal que opera en el mundo, enemigo de Dios y contrario al amor. A ese ámbito, que echa a perder la vida verdadera de sus hijos e hijas, Dios lo reprueba. 
La reprobación, experiencia de quien se siente privado de la vida.

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