miércoles, 17 de mayo de 2017

La vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8)

P. Carlos Cardó, SJ
 
Bodegón con cuatro racimos de uva, óleo sobre lienzo de Juan Fernández ‘el Labrador’ (1636 aprox.), Museo del Prado, Madrid
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos".
Jesús se definió a sí mismo en relación con nosotros empleando diversos símbolos: el pan de vida (6,35), la luz del mundo (8,12), la puerta (10,7.9), el buen pastor (10,11), la resurrección y la vida (11,25), el camino, la verdad y la vida (14,6).  Ahora dice: Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.
La alegoría de la vid estaba en la canción de la viña de Is 5,1-7 y en la parábola de la vid de Ez 15,1-8, pero en ellas la vid aludía al pueblo de Israel. Aquí, Jesús se la aplica para hacer referencia a su identidad y a la relación que ha de tener con Él quien lo sigue.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. La vid y sus ramas son una sola vida, una sola planta, una misma savia y unos mismos frutos. Así es la unión que ha de haber entre Él y los que lo aman y cumplen sus enseñanzas.
La unión se refuerza con la palabra clave de este discurso que es permanecer en (siete veces aparece). Equivale a habitar y designa relaciones de afecto entre Cristo y nosotros. La persona permanece y habita allí donde está su corazón. Donde ama y es amado uno se siente en casa.
En el discurso de Jesús, el amor que el Padre tiene a su Hijo y a cada uno de nosotros es nuestra casa, el espacio donde podemos vivir y encontrar nuestra auténtica identidad de hijos. Es lo que más desea Jesús hacernos vivir: una relación personal, firme, íntima y estable de Él con cada uno de nosotros y de nosotros con el Padre y con nuestros hermanos. Pero el permanecer es también mantenerse.
El seguimiento de Jesús, no puede ser un deseo pasajero que brota en un momento de fervor y que, después, por las vicisitudes de la vida, se va dejando enfriar hasta que se pierde. Seguir a Jesús es una resolución de por vida, que se ha de vivir y hacer revivir día a día. El verdadero amor perdura. Así nos ama Dios, sin vuelta atrás.
Otra idea reiterada es la de producir fruto. La unión del sarmiento con la vid es la condición de la fecundidad. La unión con Cristo garantiza la fecundidad de nuestra vida. Y la prueba de la calidad de la fe con que nos unimos a Cristo es el dar fruto. Por eso la vida del cristiano ha de demostrar que está identificado con el Señor, con sus valores, sus opciones, su estilo de vida. Esto supone un trabajo y hay podas que deben hacerse.
Es dolorosa la poda: cortar, enderezar, corregir... Pero es necesaria. ¿Quién puede decir que ya ha suprimido lo que debe suprimir y no tiene ya nada más que cortar? Y lo que se corta, ¿no vuelve a crecer? Hemos de reconocer que siempre podemos ser un poco más auténticos. Lo contrario es quedar condenados a la esterilidad del sarmiento que se echa a perder.
No creamos, sin embargo, que esta labor ensombrece nuestra vida. Todo lo contrario, pero a condición de que se haga por motivaciones positivas. Del fruto de la vid se saca el vino que alegra el corazón y es símbolo de alegría y amor, es decir, de aquello que es imprescindible para que la vida sea verdaderamente humana y feliz. Por eso, la alegría será siempre la motivación más certera, como aparece en aquella otra parábola de Jesús sobre el labrador que encontró un tesoro y, por la alegría que le dio, empeñó todo lo que tenía para adquirir ese campo.
Quien vive de esta alegría, vive también la urgencia de compartirla, sobre todo mediante el testimonio que da con su propia vida. Es el gran fruto, del que habla la parábola de la vid. Por sus frutos los conocerán. El riesgo de la fe será siempre el funcionar por inercia, sin frutos, sin resultados reales en la transformación de la propia persona y de la sociedad. Ambas cosas, porque no bastan los frutos privados que no van acompañados de los comunitarios y sociales.
Se puede vivir la fe como algo íntimo y privado, con frutos piadosos, pero que no manifiestan fraternidad y justicia, piedra de toque del verdadero amor a Cristo. El cristiano auténtico lo sabe y acompaña su esfuerzo son su oración confiada. Pidan lo que quieran y lo tendrán, le dice el Señor. No cabe el desánimo. Contamos con la gracia del Señor que ayuda a nuestra debilidad. 

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