P. Carlos Cardó SJ
Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.
Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior.
Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado.
Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, nombre que había indicado el ángel antes de que su madre quedara embarazada.
La primera lectura que hemos
escuchado (Num 6, 22-27) nos enseña a
expresarnos nuestros deseos de paz, unión y prosperidad con la bendición que
los sacerdotes pronunciaban sobre los israelitas: El Señor te bendiga y te
proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
La segunda lectura (Gal 4,4-7) nos recuerda que Dios,
llegado el tiempo fijado por Él, hizo nacer a su Hijo de una mujer, María de
Nazaret. Cristo entró en nuestra historia. Su cercanía hace que todos podamos
vivir seguros en la libertad de los hijos de Dios.
El evangelio (Lc 2,16-21) resalta la figura de María como madre de Dios. Llamarla
así es afirmar que Jesús, fruto bendito de su vientre, es el Hijo de Dios, de
la misma naturaleza divina que el Padre. Como madre, María le dio un cuerpo;
como educadora, contribuyó a modelar su personalidad. El Señor hizo maravillas
en ella, y la proclamamos dichosa de generación en generación.
Hoy se celebra también la Jornada
Mundial por la Paz. Como todos los años, el Papa exhorta a las naciones a procurar
construir las condiciones de una convivencia realmente fraterna. Sintetizo su
Mensaje, resaltando los párrafos más importantes.
Quiere el Santo Padre hacer ver a
la comunidad internacional que debemos recomenzar desde el COVID-19 para trazar
juntos caminos de paz.
El COVID-19 nos sumió en medio de
la noche, desestabilizando nuestra vida ordinaria. Pero aunque el flagelo de la
pandemia parezca tan trágico, estamos llamados a mantener el corazón abierto a
la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura,
nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino.
El COVID-19 nos sumió en medio de
la noche, desestabilizando nuestra vida ordinaria, trastornando nuestros planes
y costumbres, perturbando la aparente tranquilidad incluso de las sociedades
más privilegiadas, generando desorientación y sufrimiento, y causando la muerte
de tantos hermanos y hermanas nuestros. De manera particular, la pandemia sacó
a relucir contradicciones y desigualdades en el tejido social y económico.
Amenazó la seguridad laboral de muchos y agravó la soledad de los más débiles y
la de los pobres.
Cabe resaltar, sin embargo, que empujado
dentro de una vorágine de desafíos inesperados, el mundo sanitario se movilizó
para aliviar el dolor de tantos y tratar de ponerle remedio; del mismo modo,
las autoridades políticas tuvieron que tomar medidas drásticas en materia de
organización y gestión de la emergencia.
Varias veces ha repetido el Santo
Padre que de los momentos de crisis nunca se sale igual: de ellos salimos
mejores o peores. Hoy, nos dice, estamos llamados a preguntarnos: ¿qué hemos
aprendido de esta situación pandémica? ¿Qué señales de vida y esperanza podemos
aprovechar para seguir adelante e intentar hacer de nuestro mundo un lugar
mejor?
Seguramente, podemos decir que la
mayor lección que nos deja en herencia el COVID-19 es la conciencia de que
todos nos necesitamos, de que nuestro mayor tesoro es la fraternidad, fundada
en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por
tanto, es urgente que busquemos juntos los valores universales que trazan el
camino de la fraternidad.
Hemos logrado descubrimientos
positivos: un retorno a la humildad; una reducción de ciertas pretensiones consumistas;
un renovado sentido de la solidaridad; así como un compromiso, en algunos casos
verdaderamente heroico, de tantas personas que no escatimaron esfuerzos para
que todos pudieran superar mejor el drama de la emergencia. De esta experiencia
ha surgido una conciencia más fuerte que invita a todos a volver a poner la
palabra “juntos” en el centro. Sólo así podemos construir la paz y la justicia
y superar los acontecimientos más dolorosos.
Finalmente, en el momento en que
nos atrevimos a esperar que lo peor de la pandemia había pasado, un nuevo y
terrible desastre se abatió sobre la humanidad: una nueva guerra, en parte
comparable a la del COVID-19, pero impulsada por decisiones humanas
reprobables. La guerra en Ucrania se cobra víctimas no sólo entre los directamente
afectados, sino en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de
kilómetros, sufren sus efectos colaterales: basta pensar en la escasez de trigo
y los precios del combustible.
Termina el Santo Padre deseando a
todos los hombres y mujeres de buena voluntad un feliz año, en el que juntos
podamos construir, día a día, como artesanos, la paz un mundo mejor.
¡Que María Inmaculada, Madre de
Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero!
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