P. Carlos Cardó SJ

«No temas, pequeño rebañito, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas. Sean como personas que esperan que su patrón regrese de la boda para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. Felices los sirvientes a los que el patrón encuentre velando a su llegada. Yo les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y los servirá uno por uno. Y si es la medianoche, o la madrugada cuando llega y los encuentra así, ¡felices esos sirvientes! Si el dueño de casa supiera a qué hora vendrá el ladrón, ustedes entienden que se mantendría despierto y no le dejaría romper el muro. Estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre llegará a la hora que menos esperan.»
Pedro preguntó: «Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?».
El Señor contestó: «Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene. Pero puede ser que el administrador piense: «Mi patrón llegará tarde». Si entonces empieza a maltratar a los sirvientes y sirvientas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará su patrón el día en que menos lo espera y a la hora menos pensada, le quitará su cargo y lo mandará donde aquellos de los que no se puede fiar. Este servidor conocía la voluntad de su patrón; si no ha cumplido las órdenes de su patrón y no ha preparado nada, recibirá un severo castigo. En cambio, si es otro que hizo sin saber algo que merece azotes, recibirá menos golpes. Al que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y cuanto más se le haya confiado, tanto más se le pedirá cuentas».
Hay en este texto una llamada a la confianza y una advertencia. En
la primera parte, Jesús, buen pastor, trata a sus discípulos con especial
afecto: No teman, pequeño rebañito, les dice. El miedo se opone a la fe. El amor, en cambio, descarta el temor
(1Jn 4, 18). El verdadero “temor” de
Dios, es sinónimo de respeto y es considerado en la Biblia como el inicio de la
sabiduría; consiste en tener en cuenta su paternidad y señorío sobre todas las
cosas y, por consiguiente, actuar ante Él con respeto y reverencia.
El “pequeño rebaño” de
Jesús es el grupo de sus discípulos y la Iglesia que ha fundado en ellos. Es la
comunidad que lo sigue y que no puede pretender otra grandeza que la que el
Padre le ha prometido: El Padre ha
querido darles el reino. El Padre del cielo quiere hacer de nosotros un
reino de hermanos.
Por eso, si nuestro destino es el reino de Dios, nuestra relación
con las cosas de este mundo cambia: Vendan todo lo que tienen, dice Jesús. Sus palabras nos invitan a usar los bienes materiales con la
libertad responsable de quien puede usarlos o desprenderse de ellos cuanto
convenga. Es no depender del dinero ni poner toda la seguridad en él. Jesús
inculca la buena disposición para compartir. Una acumulación egoísta e
irresponsable de los bienes divide a los hermanos y ofende el plan del Creador.
Den limosna, dice también Jesús como uno de los
medios para usar bien los bienes materiales en ayuda del necesitado. En hebreo,
limosna es sedaqah, que significa justicia. Equivale a dar al otro lo que necesita
para que pueda vivir. Dar limosna es hacer justicia para que el otro viva. Es la
justicia distributiva, clave del pensamiento social que el cristianismo inspira.
Y hace referencia –como fundamento– a la justicia mayor que está hecha de
misericordia y sentido de fraternidad, y corresponde a ese “camino más
excelente”, del que habla san Pablo en su himno del amor en 1Cor 13.
En la segunda parte del texto, Jesús hace una
advertencia: Estén
atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor.
Es la respuesta
a sus discípulos que le preguntan “cuándo”
será el fin del mundo. Les hace ver que el “cuándo” es siempre,
es decir, el tiempo de lo cotidiano; porque es allí donde se realiza el juicio
de Dios. En nuestra existencia diaria se decide nuestro destino futuro en
términos de estar con Dios o estar lejos de Él. Al final se recoge lo que se ha
sembrado.
Con
comparaciones e imágenes propias de la cultura de su tiempo, Jesús enseña en
qué consiste la vigilancia. La comparación del empleado de casa que no sabe
cuándo vendrá su señor exhorta a poner cuidado para que la muerte no sorprenda.
Es la advertencia del Señor: estén vigilantes. Con ello nos dice que hay que discernir
bien las cosas que sirven para estar con Dios y las que nos apartan de Él. Para
quien no vigila, el final será como la venida del ladrón que desvalija la casa.
Sólo quien tiene mentalidad de amo, y cree poseerlo todo, su vida, su trabajo,
sus bienes, deja de esperar la venida del Señor y la muerte lo sorprenderá como
una ruina inesperada.
La actitud de vigilancia la compara también Jesús
al comportamiento de un buen administrador y de un siervo o
criado fiel. Todo lo que somos y tenemos es don
de Dios, y el don hay que administrarlo bien y compartirlo. Somos también siervos, como el
mismo Señor que se hizo siervo de todos. Recibimos la responsabilidad de servir
la vida de los demás.
Jesús alude también a los responsables de la
comunidad, a los encargados de dar a su debido tiempo la ración de trigo.
Esta responsabilidad consiste en dar lo que les ha sido dado, como el pan de la
comunidad que Jesús empleó para multiplicarlo y dar de comer a la multitud, y
como el pan de la última cena que fue su propio Cuerpo entregado para la vida
del mundo.
Estas actitudes contienen el secreto de la
verdadera felicidad: Bienaventurados llama el Señor a los buenos
administradores y servidores. En cambio, quien no sirve a los
demás, lo compara con el Siervo malo que golpea a los demás. A ese tal, lo castigará con todo rigor. Con
este lenguaje, que no es para asustar, Jesús motiva nuestra responsabilidad. Nos
dice a fin de cuentas: administra bien tu vida y los bienes que has recibido,
sirve con generosidad. En eso consiste la realización de tu vida, tu futuro.
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