lunes, 25 de febrero de 2019

Curación de un epiléptico sordomudo (Mc 9, 14-29)

P. Carlos Cardó SJ
Detalle de la Transfiguración, óleo sobre lienzo de Rafael Sanzio (1520), Pinacoteca Vaticana, Roma
Cuando volvieron a donde estaban los otros discípulos, los encontraron con un grupo de gente a su alrededor, y algunos maestros de la Ley discutían con ellos.La gente quedó sorprendida al ver a Jesús, y corrieron a saludarlo.
El les preguntó: "¿Sobre qué discutían ustedes con ellos?".Y uno del gentío le respondió: "Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo. En cualquier momento el espíritu se apodera de él, lo tira al suelo y el niño echa espuma por la boca, rechina los dientes y se queda rígido. Les pedí a tus discípulos que echaran ese espíritu, pero no pudieron".
Les respondió: "Qué generación tan incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho".
Y se lo llevaron. Apenas vio a Jesús, el espíritu sacudió violentamente al muchacho; cayó al suelo y se revolcaba echando espuma por la boca.
Entonces Jesús preguntó al padre: "¿Desde cuándo le pasa esto?".Le contestó: "Desde niño. Y muchas veces el espíritu lo lanza al fuego y al agua para matarlo. Por eso, si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos".
Jesús le dijo: "¿Por qué dices "si puedes?".Todo es posible para el que cree".
Al instante el padre gritó: "Creo, pero ayuda a mi poca fe!".Jesús lo tomó de la mano y le ayudó a levantarse, y el muchacho se puso de pie.
Ya dentro de casa, sus discípulos le preguntaron en privado: "¿Por qué no pudimos expulsar nosotros a ese espíritu?". Y él les respondió: "Esta clase de demonios no puede echarse sino mediante la oración".
El texto tiene probablemente como trasfondo la inquietud de la primitiva de la Iglesia por saber cómo va a poder continuar la obra del Señor y, concretamente, cómo debe enfrentar y vencer el mal del mundo.
El tema central es la contraposición entre el poder de Dios y la impotencia de los discípulos, la no-fe contrapuesta a la fe que todo lo puede, porque comunica a los hombres el poder de Dios. La Iglesia, mediante la fe y la escucha de la Palabra, se hace capaz de vencer el mal como Jesús. Identificada con el padre del niño enfermo, implora fervientemente al Señor la salud de sus hijos.
En el relato aparece Jesús luchando contra el mal hasta en su último reducto y bastión: el de la muerte. Y se pone de manifiesto el triunfo en la resurrección. El niño epiléptico es presentado como muerto. Su padre ve en la enfermedad de su hijo la acción de poderes mortíferos, contra los cuales los hombres no pueden hacer nada.
Los discípulos han recibido de Jesús el poder de expulsar demonios en su nombre, pero no han podido hacerlo. No han sabido cumplir su labor. El grupo entra en crisis: la impotencia que sienten proviene de su falta de fe. Algo semejante les ocurrió en la tempestad: Jesús dormía y ellos se morían de miedo. Es la situación de la Iglesia después de la resurrección. Es la situación que se vive de continuo: se atraviesa por un mal momento y Jesús duerme, está como ausente. La sensación de impotencia que ahí se genera sólo es superable con la fe que se traduce en oración.
Jesús se queja de la falta de fe. Generación incrédula y perversa… Les reprocha su falta de fe que conduce a idolatría. Quien no se fía de Dios se pervierte: se vuelve a los ídolos, pone su confianza en criaturas de las que no puede venirle la salvación, pervierte su orientación a Dios, fuente de todo bien, e intenta sustituirlo inútilmente con las cosas.
Si puedes… Es una oración defectuosa, insegura del poder de Dios para cambiar la situación. Concretamente, el padre del hijo epiléptico parece no saber que Jesús no puede quedarse sin hacer nada frente al dolor de la gente, que todo su ser se conmueve y se decide de inmediato a ayudar, sanar, liberar, aun yendo en contra de tradiciones y reglamentos.
Todo es posible al que cree, le responde Jesús, animándolo a dar el paso de una fe condicionada a la fe incondicional, a la oración perfecta, a la fe que trae consigo la victoria.
El padre del niño reacciona de inmediato, reconoce su limitación y suplica: Creo, pero ayuda mi incredulidad, aumenta mi fe. Es la oración perfecta. La fe lleva a liberarse del buscar seguridad ni en sí mismo ni en nada que no sea Dios solo. La fe lleva a asumir la propia debilidad para dejar actuar al poder de Dios. Pablo integra sus propias debilidades y flaquezas en una visión de fe en el poder de Cristo, que es capaz de actuar en él, y afirma: Gustosamente seguiré enorgulleciéndome en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo …, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 9-10). 
Esta es la paradoja: la fe, que parte de la debilidad reconocida y confesada, se hace fuerza de Dios. Es lo que los discípulos no tienen y deben pedirlo. Para que actúe la fuerza sanante, resucitadora (Jesús tomó de la mano al niño y lo levantó), hay que orar.

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