sábado, 13 de enero de 2018

Vocación de Leví y comida con pecadores (Mc 2, 13-17)

P. Carlos Cardó SJ
Llamamiento de Mateo, óleo sobre lienzo de Caravaggio (1599-1600), iglesia de San Luis de los Franceses, Roma
Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: "¿Por qué come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, les dijo: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Jesús ha venido a formar una comunidad unida, que integre a todos, que no permita que nadie se sienta excluido ni nadie se sienta superior a los demás; todos unidos, con Él en el centro, en la misma casa, en la misma mesa.
Leví estaba en su banco de publicano, inmóvil como el paralítico (del pasaje anterior, Mc 2, 1-12), inmerso en su trabajo sucio: cobraba impuestos y se enriquecía haciendo trampas. Es difícil que un rico entre el reino. Pero para Dios nada es imposible. La mirada de Jesús rehabilita a Leví, le hace sentirse valioso, que cuenta con él.
Pero este gesto de Jesús, tan humano, resulta provocador. Ningún judío decente se juntaba con publicanos. Sin embargo, Jesús no sólo se acerca a Leví sino que lo llama a formar parte de su grupo de íntimos. Y, lo que es peor, va a aceptar ir, junto con sus discípulos, a sentarse a la mesa con “muchos publicanos y gente de mal vivir”. Los seguidores de Jesús toman conciencia de que el Dios que viene a ellos en la persona de Jesús no es el dios excluyente y discriminador del judaísmo fariseo. El Dios revelado en Jesús es un Dios de misericordia, que acoge a los perdidos y los rehabilita.
El relato se centra luego en el símbolo del banquete. El anuncio profético del Reino como un banquete que Dios tendrá preparado para sus elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer en la cultura judía: no sólo celebraban anualmente la comida del cordero como el memorial de la liberación de Egipto, sino que los banquetes festivos en general eran expresión de valores compartidos; en ellos se oraba, se establecían alianzas, se restablecían amistades, se forjaba la unión y, sobre todo, se hacía presente el Reino mesiánico.
En él, Dios comía con sus elegidos, lo otros quedaban excluidos. Pensando en esto, el judío sólo podía sentarse a la mesa con aquellos que podían ser contados entre los elegidos por Dios para su banquete. “Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos”, decía la regla puritana de Qumram.
Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como si fuesen apestados. Jesús es enviado para reconciliar, integrar y unir. Más aún, en su forma de actuar se ve que Dios se acerca a los excluidos, incluso a los pecadores públicos. Entre estos últimos destacan sin duda los publicanos por su odioso oficio de recaudadores de los impuestos para los romanos y porque, generalmente, lo practicaban de manera fraudulenta.
Los seguidores de Jesús toman conciencia: la comunidad cristiana está formada por pecadores que han sido tocados por la misericordia de Dios en Jesucristo. Cada miembro de la comunidad puede verse en Leví el publicano, o entre los pecadores invitados a la mesa. La comunidad, por tanto, no puede excluir ni hacer discriminaciones; debe revelar siempre el rostro misericordioso del Dios de Jesús.
El relato acaba con estas palabras: Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Los “justos”, satisfechos de sí mismos, no quieren cambiar. Los pecadores,  que reconocen que su pasado los oprime, y se muestran dispuestos a iniciar una nueva vida, a esos los busca el Señor. 
El contenido simbólico del banquete lo revive el cristiano en la Eucaristía, en la que Cristo se hace presente, y se anticipa de manera eficaz la nueva humanidad reconciliada.

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