P. Carlos Cardó SJ
Sodoma y Gomorra en llamas, óleo
sobre lienzo de Jacob Jacobsz (James de Witt) (1680 aprox.), Museo Estatal de
Hesse, Darmstadt, Alemania
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega!
¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".
Jesús avanza hacia Jerusalén y el horizonte se le vuelve cada vez más sombrío. Los que caminan con él advierten que sus palabras se hacen cada vez más exigentes y comprometedoras.
Fuego he venido a encender en la
tierra, les dice. Es el fuego
de su Espíritu, de su vida, con el que nos ha bautizado. Es el fuego de la
conversión, que transforma en nosotros aun aquello que no podemos cambiar. Es
ardor espiritual, mística, entusiasmo, es decir, lo propio del amor. El Cantar de
los Cantares (8,6s) habla justamente del amor como centella de fuego, llamarada
divina, inextinguible, más fuerte que la muerte. El amor con que Dios nos ama
enciende ese fuego; pero el problema es que nos resistimos a que arda en
nosotros.
Con
la pasión de su amor por nosotros, habla luego Jesús de lo que va a sufrir, y lo
siente como una terrible prueba. La
espera de una muerte tan cruel llena de ansiedad su interior y lo fuerza a
decir: ¡que angustiado estoy hasta que se cumpla! Ante el destino de cruz, la
condición humana se estremece. Su voluntad de entregar su vida por nuestra
salvación le lleva a tener que pasar por donde no quiere, con la confianza de
que su Padre no lo abandonará. Se siente internamente dividido entre un deseo y
una angustia, es la lucha interior que en el huerto de Getsemaní le hará sudar
sangre, la lucha del amor que vence en la prueba suprema.
Jesús
es consciente de que su proclamación del reino, como triunfo del amor y de la
justicia de Dios en el mundo, ha sido acogida por algunos, pero ha chocado
desde el inicio de su predicación con la incomprensión de la mayoría, aun de
sus propios familiares, y la oposición cada vez más hostil de las autoridades
del pueblo. La fidelidad a su proyecto, en perfecta sintonía con los designios
del Padre, le ha creado enemigos, que se muestran más poderosos y violentos a
medida que se acerca a Jerusalén, capital del poder político y religioso. Por
eso sus palabras se vuelven cada vez más exigentes: no puede dejar de advertir
a sus discípulos que su mensaje produce divisiones en la sociedad y
confrontación hasta en la propia familia.
Hoy
también Jesucristo sigue llamando a la radicalidad de su seguimiento, que puede
llevar a posponer, de forma más o menos espinosa y difícil, otros valores –tan
amados como el valor familia– para que el evangelio prevalezca en la
orientación de la propia conducta. Él ha venido a traer la paz de unidad y de justicia.
No una paz barata, sin mayores exigencias y alcances. El compromiso por la
justicia, que el reino de Dios exige, puede producir a veces separación o incomprensión
de los otros. El cristiano las asumirá con la firmeza de sus convicciones,
detrás de las cuales actúa siempre el amor de Dios que triunfa.
El
mensaje cristiano siempre podrá parecer crítico porque busca, interroga,
conmueve. La palabra del Señor enfrenta a toda sociedad mal organizada e
interpela también a la Iglesia por las adherencias que se le pegan en su labor
por el reino. El evangelio es actual
y lúcido; utiliza códigos culturales de hoy, pero no concuerda con
proclamas ideológicas. Es esperanzador,
libera, comunica el Espíritu de Dios que siempre alienta e impulsa, no desanima
ni humilla; pero propone el ejemplo de Jesús, que nunca pretendió estar de acuerdo con todos ni a
cualquier precio, ni quiso poner su vida a salvo sino entregarla. El evangelio
es el sueño de Jesús de una humanidad realmente fraterna, un mundo donde sea
posible la justicia. Ese es el fuego interior que le mueve, el fuego que ha venido a traer a la tierra, y cómo
desearía que estuviera ya propagándose. ¡Ojalá estuviera ya ardiendo! Pero
nos da miedo ese fuego de amor y justicia, y no permitimos que prenda en
nosotros. Olvidamos lo que dice San Pablo: Es
cierta esta verdad: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos,
reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si le somos infieles,
él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2, 12-14).
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