domingo, 19 de febrero de 2023

Homilía del VII Domingo del Tiempo Ordinario – Amar a los enemigos (Mt 5, 38-48)

 P. Carlos Cardó SJ

El buen samaritano, ilustración de Eugene Burnand publicada en Les Paraboles, de los editores franceses Berger y Levrault (1908)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda.
Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.
Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto".

Toda la enseñanza moral de Jesús se resume en: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales, hijos e hijas queridos de Dios.

Quien no ama a su hermano no ama a Dios. Esto se ve de manera particular en lo referente al respeto que se debe tener a la vida del otro. No puede nombrar a Dios como Padre ni tomar parte en el banquete de la fraternidad quien primero no perdona a su hermano o no hace lo posible para restablecer la relación que se ha roto.

Para llegar a estos principios morales Israel tuvo que recorrer un largo camino. En la Biblia Dios habla en lenguaje humano, se adapta al proceso de maduración de su pueblo y emplea una pedagogía gradual para educarlo y, por medio de él, iluminar a toda la humanidad. Se parte del principio de la reciprocidad: si Abraham, padre de la raza, fue un extranjero de origen pagano, por ello Israel tiene que abrirse al amor al extranjero. Debe imitar a Dios en su amor misericordioso.

El libro de Jonás describe vivamente lo difícil que fue para los hebreos aceptar la universalidad del mensaje de salvación. Y la culminación del largo recorrido hacia el amor universal se alcanza con la enseñanza del profeta Isaías, concretamente con el horizonte que él despliega para el deseo y el empeño práctico en favor de la paz: llegará el día en que todos los pueblos acogerán la palabra del Señor, de la que Israel es portador, aceptarán el señorío de Dios sobre todas las naciones y entonces de sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ya no alzará la espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra.  (Is 2,4). El amor universal hecho norma de vida conduce a establecer relaciones de justicia a todos los niveles, de las que nace la paz, el desarme mundial y la conversión de los gastos de guerra en inversiones para el desarrollo humano.

El amor a todos los semejantes, hasta al enemigo, es una característica esencial del cristianismo frente a otras religiones. Es una tendencia común a todo grupo social el emplear el odio y aversión al enemigo como medio para reforzar la conciencia colectiva, definir la identidad común y reforzar la solidaridad entre sus miembros: se ataca y condena a los extraños, se defiende y apoya a los que son del grupo. Por esta razón el amor a los enemigos, predicado por Jesús, debió significar para sus contemporáneos judíos una exigencia radical.

La primitiva iglesia la recogió íntegramente y con la teología de Juan dejó establecido que, conforme al pensamiento de Jesús, el amor universal, sin excepciones, significa haber conocido a Dios.  Si no se ama, no se tiene fe (Cf. 1Jn 4, 7-8; 3, 11-17). La lenta y progresiva comprensión bíblica del amor de Dios a todos alcanza en el Nuevo Testamento su culminación: Dios no tiene enemigos sino hijos; el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos.

Una religión que no llegue a esto tiene aún camino por recorrer. Matar en nombre de Dios es la más abominable acción criminal porque va contra el hermano y contra Dios. Lo propio del cristianismo es morir perdonando, como Esteban el primer mártir.

Todos podemos emplear mal nuestra libertad y hacer sufrir con nuestras decisiones. Más aún, todos –desde Caín– tenemos una cierta inclinación a la maldad y la hemos cometido, grande o pequeña alguna vez. Pero es innegable que el odio es una enfermedad del alma. Sin embargo nos podemos acostumbrar al mensaje que los medios de comunicación, sobre todo, las películas, nos transmiten acerca de la venganza como virtud; se enaltece al vengador, se da por sentado que la venganza resuelve el mal cometido, y eso no es verdad porque muchas veces genera una pendiente por la que es casi inevitable deslizarse.

Allí donde se desencadena el odio y la sed de venganza como reacción a frente a una violencia, un ultraje, o una injusticia padecida, allí triunfa el mal. La víctima inocente se ha dejado afectar por la enfermedad del mal y lo devuelve, generándose la espiral de la violencia. Refiriéndose al odio y a la venganza dice Etty Hillesum, la mártir judía de Auschwitz que acogió en su corazón el mensaje del cristianismo: “No veo más solución sino que cada cual se examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205).

Personas así se han aventurado en “un camino que es más excelente que todos los demás” (1Cor 12,31): el del amor incondicional a este mundo, a la humanidad pecadora y sufriente y al Dios de infinita misericordia. Imitarlo a Él es tender a la perfección. Sean perfectos como su Padre celestial, dice San Mateo. Sean misericordiosos como el Padre, dice San Lucas.

sábado, 18 de febrero de 2023

La transfiguración (Mc 9, 2-13)

 P. Carlos Cardó SJ

Transfiguración de Cristo, óleo sobre lienzo de Pedro Atanasio Bocanegra (siglo XVII), Museo Nacional de Escultura, Valladolid, España

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.
Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: "Éste es mi Hijo amado; escúchenlo". En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de 'resucitar de entre los muertos'.
Le preguntaron a Jesús: "¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?".
Él les contestó: "Si fuera cierto que Elías tiene que venir primero y tiene que poner todo en orden, entonces ¿cómo es que está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Por lo demás, yo les aseguro que Elías ha venido ya y lo trataron a su antojo, como estaba escrito de él".

En el camino a Jerusalén, Jesús intenta fortalecer la fe de sus discípulos para que sean capaces de asumir el escándalo de su pasión.

Dice el evangelio que Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a solas a un monte. Son los mismos tres que “tomará consigo” en el momento dramático de su agonía-pasión, en el huerto de Getsemaní (Mc 14,32-43). Ahora serán testigos de una vivencia deslumbradora: la percepción de su gloria de Hijo único del Padre lleno de amor y lealtad. Hay un paralelismo antitético entre el pasaje de la Transfiguración y el de Getsemaní. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que el Jesús transfigurado del monte es el mismo Mesías que salva en la cruz; y que lo que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en Él durante su vida.

En el Antiguo Testamento Dios se comunicaba a través de elementos naturales como el monte, la nube y la luz. En la transfiguración, en cambio, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece a la luz de Dios. Ya no es Dios que desciende, sino el hombre que asciende y participa de la gloria de Dios, porque Dios se ha hecho hombre y, por eso, es en la realidad humana donde se puede descubrir la divinidad.

¿Qué ocurre en la transfiguración? Se trata de una experiencia determinada vivida por los apóstoles, que les hizo capaces de descubrir la presencia de lo divino en la humanidad de Jesús. De forma inesperada, ven que se les revela esa indescriptible dimensión oculta de Jesús. Y se quedan sin palabra, incapaces de expresar lo experimentado. Sólo atinan a decir que sus vestidos se volvieron  tan resplandecientes, que ningún lavandero sería capaz de blanquearlos. Ante el misterio de Dios, oculto en la persona de Jesús, la palabra  más elocuente es el silencio.

Se les aparecieron Elías y Moisés. Jesús se muestra como el realizador de la esperanza de los profetas (representada en Elías) y como el que lleva a plenitud la ley (dada a Moisés) por medio de la nueva alianza que Dios establece con la entrega de su Hijo.

Sobrecogido por la experiencia, Pedro siente la tentación de quedarse allí, de no seguir adelante en el camino, quiere olvidar que Jesús, “seis días antes” les  había anunciado la pasión. Quiere prolongar la visión y el gozo, quiere la gloria pero no es capaz de verla en la cruz que su maestro anuncia; por eso su propuesta ingenua y egoísta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…

Vino entonces una nube… y se oyó una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Es la misma voz que había resonado en el Bautismo de Jesús, cuando se abrieron los cielos y bajó sobre Él el Espíritu. Esta voz en el cielo responde a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Confirma la confesión de Pedro: Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, y confirma el camino de Jesús como Mesías Siervo sufriente por amor a sus hermanos, conforme a la voluntad de su Padre. Jesús Siervo es el amado del Padre. La gloria divina resplandece en Él y resplandecerá sobre todo en su cruz.

¿Qué nos dice hoy este pasaje tan lleno de simbolismos? Tenemos, en primer lugar, el símbolo del monte. En la Biblia, el monte es el lugar de la presencia de Dios y del encuentro con Él. Moisés trata con Dios en el monte; allí recibe de Él la Ley grabada en piedra. En el monte de las bienaventuranzas, Jesús proclama la esencia de su mensaje. En un monte se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan. Y el Gólgota será el monte de la nueva alianza –sellada con su sangre.

Para el cristiano, subir al monte significa encontrarse con Cristo. Pero encontrarse con Él en la realidad de cada día, en la propia persona y en la de los prójimos. Ahí hay que descubrirlo. Significa también subir a una mayor intimidad con Dios, a una mayor generosidad en el compromiso cristiano, a una vida más coherente y fiel. Y significa también subir a una visión más alta de las cosas, que nos haga capaces de ver la presencia de Dios en todo.

Como Pedro, el cristiano puede tener la tentación de quedarse en los aspectos más agradables de su práctica cristiana y no asumir el compromiso práctico de la fe. Pero hay que bajar del monte y volver al llano donde se libra la historia de la vida y de la muerte de los hombres, guardando en el corazón la experiencia del amor del Padre, que nos sostiene.

La luz es otro símbolo importante en el relato. El mundo celeste refulge en el rostro de Cristo y resplandecerá en el de los elegidos. El cristiano contempla la gloria de Cristo y se va transformando en gloria, dice Pablo (2 Cor 3,7-16), es decir, su vida cambia. La vida de los discípulos de Jesús había quedado ensombrecida con los anuncios de su pasión, ahora en el monte se les concede la certeza de que aun la oscuridad de la muerte quedará iluminada por la resurrección de Jesucristo.

La nube que cubre a los discípulos se abre con la voz que dice: Este es mi Hijo amado. Escúchenlo. Su voz resuena en la vida de todos los días. La presencia de lo divino es constante en toda la realidad creada, pero sobre todo en la realidad humana. En el bautismo, Dios estableció, por así decir, su presencia constante en nuestra vida humana de manera pública y solemne. Allí él también dijo de cada uno de nosotros: Tú eres mi hijo -mi hija- amado. El que nos llevó consigo al monte ha bajado con nosotros y permanece con nosotros. Por eso tenemos la seguridad de que mañana, el mañana de Dios, será de día. 

viernes, 17 de febrero de 2023

Instrucción sobre el seguimiento (Mc 8, 34-9,1)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús en su camino a Jerusalén, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, Jesús llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta gente, idólatra y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre, entre los santos ángeles".
Y añadió: "Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto primero que el Reino de Dios ha llegado ya con todo su poder".

Jesús ha terminado la etapa de su ministerio público en Galilea y ha comenzado su marcha a Jerusalén donde va a ser entregado. En el camino se dedica a preparar a los apóstoles para que puedan resistir la prueba que para ellos también va a significar su pasión y crucifixión. Su lenguaje les parece insoportable, tanto que Pedro, tomándolo aparte, comenzó a increparlo. Pero Jesús lo ha reprendido duramente a la vista de todos: Apártate de mi, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios.

A continuación, Jesús reúne a la gente y a sus discípulos y les da una instrucción sobre lo que significa ahora seguirlo. El que quiera ser su discípulo tendrá que estar dispuesto a asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. Así la vida de Jesús se prolongará en la del discípulo.

La instrucción está construida sobre cinco dichos, que son cinco opciones capitales que habrá que tomar, sobre todo en momentos difíciles, cuando se sienta la tentación de abandono. Probablemente Marcos, al escribir estas frases de Jesús está pensando en las persecuciones de Nerón que se abaten contra la comunidad cristiana a la que escribe su evangelio.

Si alguno quiere venir…, dice Jesús. No obliga a nadie. Es una decisión personal. El amor y la amistad no se imponen. Es verdad que Él es quien ha tomado la iniciativa: Llamó a los que quiso (Mc 3, 13), pero respetando siempre la libertad.

Se le sigue detrás. Era la costumbre: los discípulos seguían detrás a su rabino. Aquí es mucho más que una costumbre social. Es ir tras sus huellas, imitándolo. Aceptarlo como maestro es tenerlo por guía en la propia vida.

Niéguese a sí mismo. Es la primera condición del seguimiento. Consiste en abandonar las propias maneras de pensar que se opongan a los valores que Él encarna y propone. Concretamente, se trata de negar o superar las actitudes egoístas, la ambición, el afán de dominio, la búsqueda de privilegios materiales o sociales. Es salir del propio amor y del propio interés para que sea sólo la voluntad de su Padre la que rija las decisiones y acciones. Se niega el falso yo centrado en sí mismo, para asumir la nueva condición de hijos y de hermanos, que hace de la persona un ser para los demás.

Cargue con su cruz –y Lucas añade: cada día– hace referencia a la liberación propia que permite salir de sí mismo para hacer posible la donación sin reservas, hasta el punto de aceptar la disposición a morir por causa del seguimiento de Jesús y, en todo caso, admitir las tribulaciones y rechazos que podría acarrear la fidelidad al evangelio. Esa liberación personal no se da sin una lucha sostenida contra los influjos del mal, en particular aquellos que más encierran a la persona en sí misma: la ambición del tener, dominar y gozar.

Cargar la cruz significa también sobrellevar las enfermedades, angustias y renuncias que la vida impone, teniendo fijos los ojos en Jesús puesto en cruz, cuya compañía en tales circunstancias hace descubrir el sentido que pueden tener y llenarlas de amor como Él lo hizo. Es, en último término, la identificación plena con su Señor que hace decir a San Pablo: He sido crucificado con Cristo, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20).

Cargar la propia cruz no significa, por tanto, sometimiento y resignación. Tampoco consiste en una búsqueda privada y voluntarista de dolores y padecimientos que no expresan ni dinamizan el amor, sino que encierran a la persona en el sentimiento narcisista de autojustificación y santificación. Cuando Pablo afirma que reproduce en su cuerpo los padecimientos que faltan a la pasión de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia (Col, 1.24), y cuando menciona los estigmas de Jesús que lleva en su cuerpo (Gal 6,17), no se refiere a dolores físicos o psíquicos provocados a sí mismo, sino a las fatigas, desvelos, hambre y sed, frío y desnudez que le ha acarreado su solicitud por todas las comunidades (2 Cor 11, 28).

El cristiano ya lo sabe: la vida es don y se realiza dándola. Así la vivió Jesús, así la ha de vivir el discípulo. Jesús va delante, abriendo camino, facilitándoles la marcha a sus seguidores. Porque a eso han sido llamados, pues también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus huellas (1Pe 2, 21).

jueves, 16 de febrero de 2023

¿Quién dicen que soy yo? - Confesión de Pedro (Mc 8,27-35)

 P. Carlos Cardó SJ

Rostro de Cristo, óleo sobre lienzo de autor desconocido de la Escuela de Rembrandt (década de 1650), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

En aquel tiempo. Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: "¿Quién dice la gente que soy yo?".
Ellos le contestaron: "Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas".
Entonces él les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?".
Pedro le respondió: "Tú eres el Mesías". Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.
Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.Todo esto lo dijo con entera claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: "¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres".

Termina la primera parte del evangelio de Marcos. Jesús ha recorrido de pueblo en pueblo la región de Galilea, transmitiendo el anuncio gozoso del reino de Dios y obrando signos en favor de la gente. La gente lo ha seguido entusiasmada y se ha animado incluso a ir tras Él en el desierto, sin nada que comer, con peligro de desmayar por el camino. Jesús los alimentó con los panes.

Pero ahí pasó algo desconcertante: al bendecir los panes, partirlos y mandar a sus discípulos que los repartieran, Jesús quiso hacer ver que el pan partido y compartido era el símbolo de su propia vida entregada para la vida del mundo, y que sus discípulos debían hacer otro tanto. Puso el ideal de realización humana en la donación. Pero ellos no comprendieron el significado del pan.

Ahora nos hallamos al norte de Galilea, cerca de la ciudad pagana de Cesarea de Felipe. Jesús inicia su camino a Jerusalén donde va a ser entregado. En este contexto, tiene con sus discípulos un momento de intimidad. Jesús les pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos responden refiriendo lo que se oye hablar sobre el Maestro, las distintas opiniones de la gente.

Unos, impresionados por la vida austera y la muerte del precursor de Jesús, dicen que es Juan Bautista que ha resucitado. Otros creen que se trata de Elías, que ha vuelto a la tierra para consagrar al Mesías (Mal 3, 23-24; Eclo 48, 10) y preparar la llegada del Reino de Dios (Mt 11, 14; Mc 9,11-12; cf. Mt 17, 10-11). Otros, en fin, identifican a Jesús con un profeta, sin mayor concreción.

También hoy, si hiciéramos la misma pregunta, la gente daría muchas respuestas y seguramente todas muy positivas. Es un hecho incuestionable que Jesús sigue atrayendo con su personalidad, su mensaje y su obra. Jesús, generalmente, es admirado y amado. Esto pasa si las personas han oído hablar de Jesús. Actualmente, en nuestro mundo secularizado, hay muchas personas que no saben nada de Él, o tienen una imagen muy superficial. Pero si han escuchado sus enseñanzas y conocido sus acciones en favor de la humanidad, lo más seguro es que serían capaces de admirarlo y seguirlo.

Después de oír su respuesta, Jesús hace a sus discípulos otra pregunta: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Quiere conocer su fe porque quiere prepararlos a lo que vendrá, dado que son los que han de continuar su obra. Entonces Pedro, tomando la palabra, le contesta: Tú eres el Mesías (en griego, Cristo). Según el evangelio de Mateo, esta confesión de fe no ha nacido de una genial perspicacia de Pedro, sino que ha sido el Padre quien se lo ha revelado. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo... (Mt 16, 17).

“Cristiano” es aquel que confiesa a Jesús como el Cristo enviado por Dios para traernos la salvación de lo alto y liberarnos de nuestras miserias. Con Jesús Mesías irrumpe en la historia el reino de Dios de una forma eficaz y el cristiano queda asociado a Jesús para colaborar con Él en la extensión del Reino.

Esta confesión de Pedro nos invita a responder a la pregunta: quién es Jesús para nosotros. Es como si el mismo Jesús nos la hiciera también, aquí y ahora: “¿Quién soy yo para ti?”. Y espera nuestra respuesta. El cristianismo no es una ideología, ni solamente una doctrina o una moral, sino una relación personal con Jesucristo, que sale a mi encuentro y me muestra su obra: la instauración del reinado de Dios, de la victoria del amor de Dios sobre la injusticia y maldad del mundo. Al mismo tiempo, Jesucristo me dice que para que se extienda su obra y abrace a toda la humanidad, Él cuenta conmigo.