Marta y María
Lc 10, 38-42
A continuación de la parábola en la que Jesús se identifica con el Samaritano que atendió al hombre herido en el camino, busca alojamiento en casa de dos mujeres, Marta y María. Ahora hay una casa que le aloja. El que enseña a acoger, ahora es acogido.
Poco sabemos de estas dos mujeres: sólo que son las hermanas de Lázaro. María podría ser la que, en Betania, ungió al Señor antes de su pasión. Y algunos comentaristas creen que es la misma que –según Lc 7, 36ss– se acercó a Jesús con un vaso de alabastro lleno de un perfume precioso y lo derramó sobre sus pies.
Marta critica a su hermana porque no la ayuda en los trabajos materiales, en que ella se afana para acoger a Jesús, como debe hacerlo. Pero Jesús la invita a hacer suya la actitud de María que, a sus pies, escucha con atención su palabra. Sin la palabra del Señor todo pierde su auténtico valor e incluso “sabor”.
Se ha dicho tradicionalmente que Marta representa la actividad y María la oración. Pero no hay que contraponer a Marta con María ni a la acción con la oración, hay que integrarlas. Lo que enseña el evangelio es que se ha de purificar la acción por la oración y escucha del Señor porque, sin esto, la acción –aunque sea buena y prolífera– puede perder orientación y convertirse en búsqueda de uno mismo. Con la oración, que nos hace escuchar la Palabra, nuestra acción se ahonda y purifica.
María ha escogido la parte mejor. Jesús elogia la sencilla y sincera escucha. Con esa disposición, la persona deja entrar en su corazón el amor, que es lo que da sentido a todo. “Lo único necesario” es experimentar el amor incondicional y desinteresado con que Dios nos ama. Esto, y sólo esto, da al cristiano la certeza de la que brota la calma y la quietud en toda circunstancia. El deber no basta. Hay que descubrir el valor de lo gratuito. Ya los profetas lo habían intuido: Se salvarán si se convierten y se calman; pues en la confianza y la calma esta su fuerza, dice Isaías (30,15).
Necesitamos integración personal y calma interior porque solemos andar divididos y ansiosos. Los quehaceres y negocios ahogan en nosotros, como zarzas y malezas, la semilla sembrada en nuestra tierra. Necesitamos parar, recogernos en nuestro interior y ponernos a los pies del Maestro cada día. Él nos recordará: Busquen, más bien, el Reino y todas las cosas se les darán por añadidura (Mt 6,33; Lc 12,31). Dejar de escuchar la palabra del Señor, por muchas pretendidas obras buenas e importantes que se hagan, significa tanto como apartarse del reino y correr el riesgo de echarse a perder. Pensemos, pues, en lo importante que es saber integrar el servicio a los demás con la escucha de la palabra de Jesús, sin tratar de rebajar ésta con falsos pretextos.
Al mismo tiempo, el
pasaje de Marta y María nos recuerda que Dios está llamando continuamente a
nuestra puerta. Lo que pasa es
que no queremos oír su llamada o no sabemos cómo acogerlo. Pero hay algo que el
texto evangélico hace evidente: Cuando Cristo llama a mi puerta en la forma de
un hombre o una mujer que necesita mi ayuda, lo que debo hacer no puede
consistir solamente en darle cosas (por valiosas que sean, y que a fin de
cuentas es Él mismo quien nos las da), sino ante todo hacerme consciente de que
es Él quien viene a mí como un regalo en ese hermano o hermana que ha tocado a mi
puerta. Esto, pues, debe reflejarse en el trato que le doy. Quien a ustedes acoja a mí me acoge (Mt
10,40). “Hospes sicut Christus”, al
huésped se le recibe como a Cristo, dice la regla benedictina: “Recíbanse a
todos los huéspedes que llegan como a Cristo. …Y al recibir a pobres y
peregrinos se tendrá el máximo de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe
especialmente a Cristo, pues cuando se recibe a ricos, el mismo temor que
inspiran, induce a respetarlos” (Regla de
San Benito).

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