Los invitados a la boda
San Mateo 22, 1-14
El núcleo de la incomprensión y
rechazo que muestran los sacerdotes y fariseos frente a Jesús es la nueva
imagen de Dios que él transmite con su palabra y con sus acciones. En las
parábolas anteriores a este pasaje, ha presentado diversos aspectos de esa
nueva imagen de Dios. En la del padre que envió a sus hijos a trabajar en su
viña, lo presentó como un padre que nos da la vida; en la del propietario que
pidió cuentas a sus empleados, aparece como el creador y señor de la tierra que
nos alimenta; ahora, en la parábola del banquete de bodas, es el rey que nos hace
ser libres como él es libre.
Las bodas son la más bella imagen de nuestra relación con Dios. Por eso, en el Antiguo Testamento, la alianza de Dios con su pueblo se expresaba con el símbolo de la unión matrimonial (Isaías, Ezequiel, Oseas, Cantar de los Cantares). Y en el Nuevo Testamento a Cristo se le llama el esposo (Mt 9,15; Jn 3,29; Ef 5,25ss; Ap 19,7; 22,17), que consuma las nupcias entre el Creador y la humanidad.
Dice la parábola que un rey envió a sus siervos a llamar a los que había invitado para celebrar la boda de su hijo. Representa a Dios que envió a los profetas con la misión de preparar un pueblo bien dispuesto (Lc 1,17) para la venida de su Hijo como Salvador. Los primeros invitados fueron los miembros de su pueblo escogido de Israel, pero no quisieron asistir.
El rey, a pesar de eso, repite la invitación y de manera apremiante: Tengo el banquete preparado, mis mejores animales ya han sido degollados y todo está a punto; vengan a la boda. Los nuevos siervos enviados son los apóstoles. Pero lamentablemente otra vez los invitados rechazan el ofrecimiento, alegando que tienen mucho que hacer en sus tierras o en sus negocios. Les importan más el dinero y sus propiedades, disfrutan más con ellos y los consideran más provechosos.
Finalmente se menciona a los otros invitados que agarraron a los sirvientes, los maltrataron y los mataron. Son los peores, su rechazo a la invitación del señor es cruel: su cerrazón de corazón los conduce no sólo a la afrenta y al deprecio sino hasta la violencia y el crimen. El rey irritado manda a su ejército, que liquida a los asesinos y arrasa su ciudad. Esa gente no era digna: se creían superiores por ser ricos, no necesitaban nada, no les interesaba el banquete, menospreciaron la llamada insistente del señor.
El banquete, sin embargo no se suspende; todo lo contrario, ahora más bien la invitación se hace extensiva a todos, malos y buenos. Los criados salen a llamar a cuantos encuentran en su camino. La vocación del pueblo escogido de Israel es ahora vocación universal y el salón se llenó de convidados.
En la comunidad de los llamados por Jesús, en su Iglesia, hay buenos y
malos, justos y pecadores (Mt 13,
41-43), peces buenos y malos (Mt 13,47-50), trigo y cizaña (Mt 13,29-30), que sólo serán separados al final de
Por eso, continúa la parábola, al advertir el rey que hay uno sin vestido de fiesta, le dice: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado? Él enmudeció. Entonces el rey mandó a los guardias: Átenlo de pies y manos y échenlo fuera, a las tinieblas.
En la Biblia el vestido representa las cualidades de la persona, el vestido de la salvación y el manto de la justicia (Is 61,10). Lleva el traje de fiesta quien, sintiéndose pecador, acoge la invitación, es perdonado y vive del perdón. Estaba desnudo y ha sido revestido de Cristo (Gal 3,27). Revístanse de Cristo y no fomenten los apetitos desordenados, dice San Pablo (Rom 13,14).
Quien no lleva el traje de fiesta, aunque esté en la sala del banquete, de hecho está fuera, en las tinieblas exteriores. Jesús no dice esto para infundirnos temor, sino para movernos al cambio de actitud y no estar en la situación de quienes rechazaron su invitación. Si reconocemos nuestra pobreza, podemos revestirnos del vestido nuevo.
La clave de lectura de la parábola está en la contraposición: muchos son los llamados y pocos los elegidos. Las llamadas a Israel fueron muchas, pero Israel no respondió, no escuchó a los profetas, rechazó a Jesús el enviado definitivo, portador de la salvación. Por eso la llamada al “banquete” se hace universal y llega a nosotros. Pero exige un comportamiento práctico. No basta “inscribirse” en la Iglesia, y vivir en ella con una pertenencia puramente sociológica, exterior y descomprometida. Al banquete se va con “vestido de fiesta”, es decir, con el estilo de vida cristiano, bien visible por las obras de la fe. A todos llama el Señor porque quiere que todos se salven. Los elegidos estuvieron fuera, sin el traje nupcial, pero decidieron cambiar su vieja condición y se abrieron a la misericordia de Dios. Participan del banquete que los une a todos como hermanos.

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