lunes, 21 de agosto de 2017

El joven rico (Mt 19, 16-22)

P. Carlos Cardó, SJ
Jesús y el joven rico, óleo sobre lienzo de Heinrich Hofmann (1889), iglesia baptista de Riverside, 
Nueva York, Estados Unidos
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un joven y le preguntó: "Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?". Le respondió Jesús: "¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios. Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos". Él replicó: "¿Cuáles?" Jesús le dijo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo".Le dijo entonces el joven: "Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?". Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme". Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico.
¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Mateo dice que quien hizo esta pregunta a Jesús fue un joven, pero Marcos dice simplemente que uno se le acercó, y Lucas añade que fue un hombre importante. De modo que se trata de la pregunta que, en el fondo, se plantea todo aquel que piensa en lo que va a hacer con su vida.
El joven del relato quiere que se le diga cuál debe ser la dirección hacia la cual debe orientar su futuro y la actitud práctica y concreta que debe asumir para lograrlo. Y como es un judío piadoso lo piensa en términos religiosos: cómo puede estar bien con Dios para participar en su reino futuro y salvarse.
Las formas de expresar esta cuestión capital pueden variar, pero tarde o temprano toda persona se la plantea: ¿Qué debo hacer para alcanzar la felicidad y realizarme plenamente? Además, si es sincero, reconoce por experiencia que no todas sus acciones han estado bien dirigidas, que no puede guiarse sólo por los impulsos de sus instintos, y que algunas veces se ha equivocado porque su mente no puede abarcar todos los aspectos de la realidad. Advierte, en fin, que en su corazón se anidan afectos y pasiones que le impiden tomar decisiones acertadas y con verdadera libertad.
La respuesta de Jesús tiene dos partes, conforme a la reacción del joven. Le dice primero que la condición indispensable es el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios, y le enumera cinco que tienen que ver con los deberes para con el prójimo, (cf. Gén 20, 12-16; Dt 16,20), añadiendo: ama a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18) como para reforzar la idea de que la salvación depende del amor a los demás (cf. Rom 13,9; Gal 5, 14). A continuación, al oír que el joven afirma haber cumplido todo eso y que quiere saber concretamente qué le falta, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego ven y sígueme.
El término perfecto llevó a pensar durante mucho tiempo que estaba allí el fundamento de la vocación a la vida religiosa, considerada como “estado de perfección”, por la práctica de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero Jesús no designa con ser perfecto ninguna actitud moral, ni virtud reservada solamente a unos cuantos llamados, sino a la integridad de las condiciones que ha de cumplir todo aquel que quiere alcanzar la vida eterna.
Perfecto significa completo, acabado, pleno. Y en este sentido, hay allí una alusión a lo imperfecto de la ley judía que debe perfeccionarse con el seguimiento de Jesús y la adhesión a su persona. La ley antigua, los mandamientos, son necesarios pero no bastan. Al cristiano se le pide seguir e imitar a Jesús en su libertad frente a todas las cosas, para poder mantenerse disponible a la voluntad del Padre, usar los bienes tanto cuanto convenga para no estar atado a nada, solidarizarse con los necesitados, compartir con ellos sus bienes y tener a Dios como lo más importante de todo.
Eso significa tendrás un tesoro en el cielo, que ha de entenderse como: Dios será tu tesoro. Y como donde está tu tesoro, allí está tu corazón, equivale en definitiva a tener a Dios en el centro y en lo más vital de la persona.
El camino que Jesús le muestra al joven rico –que a todos nos representa– no es, pues, una disciplina ascética de renuncia de los bienes que tenemos o podemos desear a fin de lograr un equilibrio interior, libre de ansias de posesión o de disfrute. Lo que él quiere hacer ver es que seguirlo e imitarlo es vivir en Dios y para Dios; es experimentar ya en la tierra la felicidad –bienaventuranza– de los que, libres frente a todo, pobres hasta de sí mismos¸ se sienten colmados perfectamente y dan a su propia vida una calidad que Dios reconoce eternamente. Pablo dirá: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él… (2 Tes 2, 11-12).
El joven rico después de oír a Jesús, se entristeció porque tenía muchos bienes y se fue. Le pareció imposible lo que Jesús le proponía y ni siquiera se detuvo a preguntarle cómo se podía lograr, ni tampoco reconoció: Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Se fue, simplemente, y nunca más se supo de él. Y da pena en verdad porque dice Marcos (10, 21) que Jesús lo había mirado con especial afecto…

domingo, 20 de agosto de 2017

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario - La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

P. Carlos Cardó, SJ
Cristo con la mujer cananea y su hija, óleo sobre lienzo de Henry Osawa Tanner (1908-1909), Spellman College, Atlanta, Estados Unidos
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel".Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante Él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!". Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.
Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano.
En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel.
Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era  llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro” (se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías). El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9).
El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia.
El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos.
Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan.
Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que Él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar.
El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos.
Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar, y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano. Racismo, prejuicios religiosos, sociales o culturales, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, por supuesto, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

sábado, 19 de agosto de 2017

Jesús bendice a los niños (Mt 19, 13-15)

P. Carlos Cardó, SJ
Dejad que los niños vengan a mí, óleo sobre lienzo de Gebhard Fugel (1910 aprox.), Museo Abtei Liesborn, distrito de Warendorf, Alemania
En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase por ellos. Los discípulos regañaron a la gente; pero Jesús les dijo: "Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos". Después les impuso las manos y continuó su camino.
En este breve texto se describe una actitud que debió de ser habitual en Jesús: acogía con ternura a los niños, los bendecía, los ponía de ejemplo y les prometía el reino de los cielos. Era, además, un actitud profética, crítica, porque los niños no eran muy tenidos en cuenta en la sociedad semita de ese tiempo. Carentes de toda grandeza, no contaban, no tenían derechos propios, eran –al igual que la mujer– propiedad del varón y eran símbolo de debilidad e insignificancia. Sin embargo, no era raro que los judíos llevaran a los niños ante los rabinos para que los bendijeran imponiéndoles las manos sobre la cabeza; y eso mismo hacían con Jesús probablemente de manera habitual.
Pero él no se quedó en el simple trato cariñoso y tierno, sino que hizo pasar a los niños del último lugar en la escala social, al primero, y amplió el concepto de “niño” para abarcar también en él a quienes, rechazando toda actitud orgullosa y autosuficiente,  se hacen pequeños y humildes ante Dios y ante los demás para servir, y por eso vienen a ser los destinatarios principales del reino de los cielos.
Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. Lo que aquí es una declaración y una promesa, en el pasaje anterior del cap. 18, 1-5 de Mateo había sido una exhortación. La razón es que tanto en el grupo de los apóstoles como actualmente en la Iglesia hubo búsqueda de poder, arribismos y rivalidades; disputaban entre sí para ver quién era el más importante y quiénes iban a ocupar los primeros puestos en su reino.
Cuando se lo preguntaron, él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños no entraran en el reino de los cielos. Estableció así el criterio que determina la calidad de las personas en la comunidad. Uno se hace grande cuando se hace como los niños, es decir, cuando reconoce su propia indigencia ante Dios y asume la actitud de servicio como lo característico de su manera de ser. Fue un cambio radical de lógica: los que ocupan la última posición en la escala social pasan a ser los primeros. Y el fundamento de esta nueva manera de pensar es que Dios piensa y obra así: él reina en las alturas y sin embargo se inclina para mirar el cielo y la tierra. Él levanta del polvo al desvalido y alza de la miseria al pobre para sentarlo con los príncipes (Sal 113, 7).
No se trata de soñar con el ideal de belleza e inocencia de los niños, sino de dejar de pensar como los grandes de este mundo y como los que buscan el éxito de la riqueza y del poder. Los niños son lo que los adultos, en especial sus padres, les hacen ser. De ellos todo lo esperan, se desarrollan si alguien los toma bajo su cuidado y no corren peligro cuando hay alguien que los protege. Lo que son los niños para los adultos, eso han de ser los adultos en su relación con Dios si reconocen que todo les viene de Él, comenzando por el don de la vida. Es como volver a nacer para alcanzar la madurez y autenticidad de quien sólo busca hacer la voluntad de Dios, que se condensa en el mandamiento del amor, y en cuyo cumplimiento está la clave del continuo crecimiento personal en libertad y autonomía.
A esta “infancia espiritual”, ejercicio pleno y costoso de nuestra libertad, se refirió Jesús cuando dijo: Dejen que los niños se acerquen a mí…, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. Estos adultos convertidos en niños han descubierto el secreto de la sencillez de vida, de la riqueza personal de quien comparte lo que tiene, el poder de quien capacita a otros en vez de ponerse él por encima, de quien acoge porque se siente acogido y sabe que por haberlo recibido todo debe devolverlo con gratitud. 
Estos niños, pobres y humildes según el evangelio, viven en paz, lejos del ansia y de la pugna continua por ganar y ascender sobre los demás, la paz de quien en definitiva sabe que su tesoro no es de esta tierra, donde la polilla y el óxido echan a perder las cosas y los ladrones abren boquetes y roban (Mt 6, 19), la tranquilidad de saber que sus nombres están escritos en el cielo (cf. Lc 10, 20). 

viernes, 18 de agosto de 2017

Matrimonio (Mt 19, 1-12)

P. Carlos Cardó, SJ
Paraíso, óleo sobre tabla de Lucas Cranach, el Viejo (1530), Museo de Historia del Arte de Viena
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerle una trampa, le preguntaron: "¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?".Jesús les respondió: "¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer, y dijo: `Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola carne?’ De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".Pero ellos replicaron: "Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?".Jesús les contestó: "Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio".Entonces le dijeron sus discípulos: "Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse". Pero Jesús les dijo: "No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo".
Para la antropología cristiana, la sexualidad humana no es un simple instinto de conservación de la especie ni una pulsión que tiende únicamente a la consecución de un placer. La sexualidad es el campo de la realización de la persona, en la que ésta, como hombre o mujer, expresa y realiza su ser social, llamado a establecer una relación de amor y mutua pertenencia, que los hace capaces de desear y sostener juntos una vida estructurada.
En la unión del hombre y de la mujer se afirma la destinación del ser humano a desarrollar su existencia en el encuentro y la relación, no en la soledad y el aislamiento. Por eso, cuando un hombre y una mujer deciden unirse para siempre, el amor de entrega y de servicio mutuo se les abre como la verdad y el sentido de sus vidas. Porque cuando nos unimos, somos libres; cuando nos acogemos, somos más dueños de nosotros mismos, más humanos.
Los fariseos le preguntan a Jesús sobre la licitud del divorcio que Moisés permitió para el caso del hombre a quien su mujer dejara de gustarle por haber encontrado en ella algo vergonzoso, a condición de que se le diera a la mujer un documento que le permitiera volver a casarse. La respuesta que da Jesús a esta cuestión va dirigida de manera mucho más amplia al ordenamiento de la sexualidad humana. Lo hace con dos argumentos.
En primer lugar dice que Moisés permitió el divorcio por la “dureza del corazón” del pueblo, que impedía comprender el plan divino y sus preceptos. Jesús critica la actitud de querer quedarse en lo que señala la ley y no aspirar a niveles más altos de obediencia a Dios.
En segundo lugar, apela a lo que dice el libro del Génesis, que es anterior y de mayor autoridad que la norma mosaica que vino después y es de menor autoridad. Lo que Dios quiso al principio era que el hombre y la mujer se unieran tan íntimamente que formaran una sola carne, expresión hebrea para decir: un solo ser. El repudiar a la esposa fue un añadido posterior, que no concuerda con el plan original del Creador y que surgió en Israel por conveniencias humanas egoístas.
Jesús aparece, pues, como garante de la estabilidad de la pareja y de la igualdad del hombre y de la mujer. Ambos están llamados a formar una sola carne, una  peculiar “unidad de los dos”, que manteniéndolos libres, autónomos y diferentes, los hace pertenecerse el uno al otro y vivir una existencia hecha de entrega de sí mismos y mutua aceptación. La conclusión: que ninguna autoridad humana separe lo que Dios ha unido, se deduce de la razón anterior.
La respuesta de Jesús, además, mira a la comunidad. El separarse y casarse con otro lo equipara con el adulterio. Los discípulos le replicaron: Así, mejor es no casarse. Y él añadió: No todos pueden con eso, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede. De modo que los discípulos deben entender que el Señor no los abandona y que lo aparentemente imposible Dios lo hace posible dando su gracia, que eleva y capacita al amor humano.
Esto supuesto, es evidente que existe el riesgo de la ruptura y que el matrimonio puede naufragar porque la persona puede manifestar incapacidad para amar así. Por eso, el amor, que es fuente de todo buen deseo y causa de las mayores alegrías, puede ser también origen de los mayores temores y sufrimientos. Pero la conclusión no puede ser no casarse o casarse hasta ver qué pasa…
Con mentalidad divorcista no se puede contraer matrimonio válido. Casarse pensando en mantenerse unidos mientras se quieran, es partir de una idea del amor muy diferente a la del amor cristiano, del que dice Pablo que no pasa nunca, porque perdona y se rehace (1Cor 13, 7-8). No se puede considerar como lo “normal” un amor que deja abierta la puerta a abandonos y rupturas, variables y sucedáneos. En el fondo de esto late una mentalidad pesimista y amargada que desconfía de la capacidad de la persona para rehacerse y no cree en compromisos estables y definitivos.
Esta mentalidad ignora la fuerza de la gracia y por eso se ve la indisolubilidad como una dura ley. Pero no es ley sino evangelio: la buena noticia de que la gracia de Dios es capaz de transformar el egoísmo en mutua aceptación, los límites del otro en diálogo y comprensión, las frustraciones en sano realismo que, a falta de lo ideal, se aferra a lo posible, lo disfruta verdaderamente y no desespera jamás.
Por eso, no basta con proclamar la prohibición del divorcio; sin formación eso no conduce a nada. Es urgente dar a los jóvenes una formación que los capacite para la admiración de la belleza y para sostener con fortaleza las condiciones necesarias de la unión matrimonial en una sociedad fragmentada que tiende a desunir. La formación para el manejo de los sentimientos, que capacita para asumir frustraciones, es parte esencial de la educación del adulto.
La Iglesia no puede dejar de transmitir las palabras de su Señor. Sería infiel. No nos puede recortar el horizonte de la generosidad. Por eso, ella anuncia la buena noticia de que somos capaces de aspirar a lo alto y de darle a este mundo roto el testimonio de un amor capaz de superar las crisis.