martes, 4 de diciembre de 2018

Te alabo, Padre (Lc 10, 21-24)

P. Carlos Cardó SJ
Triunfo de la Divina Providencia, fresco de Pietro Da Cortona (1625- 1633), Galería Nacional del Arte Antiguo (ex Palacio Barberini), Roma, Italia
En ese momento Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo:"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los pequeñitos. Sí, Padre, pues tal ha sido tu voluntad. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos; nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera dárselo a conocer".
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos:
"Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque yo les digo, que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron".
Los discípulos han sido enviados por Jesús a predicar y regresan contentos por el éxito alcanzado. Jesús ser alegra y da gracias a Dios, su Padre. Movido por el Espíritu Santo, exclamó: Yo te alabo, Abba, Señor del cielo y de la tierra… Esta oración de alabanza y acción de gracias refleja la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá.
Pronunciada por Él con toda su resonancia aramea, la palabra Abbá era el modo común como un hijo se dirigía a su progenitor; los niños  le decían abbí. Es palabra inequívocamente tierna y confiada para quien la pronuncia y para quien la escucha. Quien la dice se identifica a sí mismo por su íntimo parentesco con el otro.
En el caso de Jesús, expresa el afectuoso respeto con que se sitúa ante Aquel de quien procede. Hace ver que ante el misterio de Dios, Jesús siente la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar. Así trata a Dios y así nos enseña a tratarlo. Es lo más central de cristianismo. Ya no hay cabida al miedo en la relación con Dios, porque el miedo supone el castigo (1Jn 4, 18).
Otra cosa es el “temor de Dios, inicio de la sabiduría” (Prov 9,10), que es respeto amoroso y obediente. Ambas cosas, amor y respeto, van siempre juntos. Jesús nos enseña a experimentar así a Dios: como ternura de máxima intimidad y a la vez altísimo Señor de cielo y tierra, más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, cuya omnipotencia está siempre a nuestro favor y es capacidad de obrar por nosotros mucho más de lo que podemos esperar y pedir.
Jesús alaba a su Padre porque el establecimiento de su reinado, el señorío de su amor salvador sobre todo lo creado, ha comenzado ya. Su fuerza transformadora se ha desplegado e irá extendiéndose en su relación con nosotros y con el mundo. Actúa en quienes se dejan conducir por el Espíritu de Jesús y es objeto de nuestra esperanza, pues culminará en el tiempo fijado por Dios.
Este conocimiento de la voluntad salvadora de Dios es una gracia que llena de esperanza a los humildes y sencillos, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Sencillos y humildes son los que ponen su destino en manos de Dios con espíritu de confianza y entrega, seguros de que Dios permanecerá con ellos para siempre, y enjugará toda lágrima de sus ojos  (Ap 7,17; 21,4). 
Sabios y prudentes según el mundo son, en cambio, los que nada esperan ni de Dios ni de los demás, porque ponen su confianza en su propio poder y en lo que tienen. Son los que se sirven y se guardan para sí mismos, quedándose solos al final, con sus vidas vacías y sin promesa. No reconocen que la persona humana sólo se logra a sí misma y se humaniza si se hace hijo de Dios y hermano de su prójimo. Reconocerán finalmente que han construido sobre arena.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Curación del criado del centurión romano (Mt 8, 5-11)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo cura al criado del centurión, óleo sobre lienzo de Sebatiano Ricci (1726 – 1729), Galería Nacional de Praga, República Checa
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: "Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho".Él le contestó: "Voy a curarlo".Pero el oficial le replicó: "Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ¡Ve!’, él va; al otro. ¡Ven!’, y viene; a mi criado: ¡Haz esto!’, y lo hace".Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: "Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos".
El milagro del criado del centurión tiene su paralelo en Lc 7, 1-10 y en Jn 4, 43-54. En estos textos, se trata de un funcionario subalterno del rey Herodes Antipas; aquí es un centurión, oficial romano de la guarnición de Cafarnaúm. En ambos casos se trata de un personaje de buena posición social y económica pero que, ante la enfermedad de su criado, al que aprecia mucho, se siente impotente. Ante la enfermedad y la muerte se pone de manifiesto la radical impotencia del hombre. De eso sólo Dios salva.
El relato pone de relieve la relación entre Palabra, fe y vida, y la oferta del don de la salvación a todas las naciones. Los milagros de Jesús en el evangelio son signos naturales que tienen un significado espiritual. Jesús enseña con su palabra y también con sus obras. El signo visible de la curación del enfermo es importante, incluso necesario, pero más importante es lo que significa.
Por eso, como en varios otros relatos, la narración del hecho prodigioso es sólo el cuadro exterior de lo que más interesa, que es la enseñanza que contiene. Es de notar que quien enseña aquí es un  centurión pagano: enseña a creer confiadamente en Jesús y en el poder de su palabra. Se dirige a Él llamándolo Señor, no por simple cortesía, sino porque ha reconocido la autoridad y poder de Dios en Él. Por eso cree antes de ver el signo realizado en favor de su criado. Todavía no ha ido Jesús a curarlo y ya él proclama: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano.
La inserción de un texto profético (tomado de Is 49,12; 59,19; Mal 1,11) subraya la otra enseñanza del pasaje: el anuncio de la admisión de los paganos a la salvación, simbolizada en el banquete celestial. Al pueblo que lo rechaza Jesús propone el modelo de fe que les da un pagano. Como Abraham que era un extranjero y que, sin ver, creyó en la palabra de Yahvé y fue constituido padre en la fe de una posteridad bendecida, así también el centurión romano que, sin ver, cree en el poder divino de Jesús, viene a ser modelo de la fe que hace extensiva la bendición de Abraham a todas las familias de la tierra.
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para que mi criado quede sano. La humildad  es otro componente de la fe. Repetimos las palabras del centurión creyente cuando nos acercamos a recibir el Cuerpo del Señor. No somos dignos, lo que se nos da no depende de nuestros méritos. Todo es don y gracia.
Sea cual sea nuestra condición o el estado en que estemos, cabe siempre la certeza de que el Señor oirá nuestra petición. Pidan y se les dará. Y hay que dejar a Dios enteramente el curso de los acontecimientos. La fe no necesita ver signos y prodigios para tener la certeza del amor del Señor; le basta la Palabra que refiere lo que Él ha hecho por nosotros. La confianza es base de la fe y del amor.
Dios nos ha mostrado su amor en la entrega de su Hijo, y Jesucristo atestigua  su credibilidad con la absoluta coherencia de su mensaje y de su conducta, y sobre todo con la entrega de su persona. No hay mayor amor que quien da la vida por sus amigos (Jn 15,13). Eso debe bastar.
A continuación, Mateo pone un breve sumario de la actividad sanante y liberadora de Jesús. La intención parece ser introducir un texto de Isaías sobre la figura del Siervo de Dios, que carga consigo los dolores y sufrimientos del pueblo. Jesús, el Siervo, asume como propias nuestras flaquezas y enfermedades, que se convierten en el lugar de nuestro encuentro y unión con Él. 

domingo, 2 de diciembre de 2018

Homilía del I Domingo de Adviento – Ya se acerca su liberación (Lc 21, 25-28.34-36)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús les dijo: "Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y por toda la tierra los pueblos estarán llenos de angustia, aterrados por el estruendo del mar embravecido. La gente se morirá de espanto con sólo pensar en lo que va a caer sobre la humanidad, porque las fuerzas del universo serán sacudidas. Y en ese preciso momento verán al Hijo del Hombre viniendo en una Nube, con gran poder e infinita gloria". Así también, apenas vean ustedes que suceden las cosas que les dije, sepan que el Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que no pasará esta generación hasta que todo eso suceda. Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre".
Hoy comienza el ADVIENTO, tiempo de preparación para la venida del Señor. Así como la cuaresma prepara la pascua de resurrección, el adviento prepara la celebración de la encarnación del Hijo de Dios que se hace hombre para salvarnos.
La liturgia de este tiempo habla de tres venidas (advientos) de Dios: en la primera, ocurrida en el pasado, el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; en la segunda, intermedia y actual, Jesucristo viene a nosotros por su palabra y por la eucaristía, y nos hace entrar en comunión con Él; en la última, futura, vendrá con poder y majestad a establecer su reino, llevando a plenitud su obra en el mundo. En las lecturas y oraciones de las liturgias de adviento, esas tres venidas de Dios se irán entrelazando.
El evangelio de hoy corresponde al llamado discurso apocalíptico de Jesús –según san Lucas– sobre el destino final de la historia. Jesús emplea imágenes semejantes a las de los últimos escritos del Antiguo Testamento, los llamados apocalípticos –concretamente el libro de Daniel–, que describían mediante símbolos la victoria final de Dios sobre las fuerzas del mal.
Apocalipsis no significa desastre sino revelación de algo desconocido. Jesús, empleando un lenguaje semejante, no revela cosas extrañas y ocultas, sino que desvela el sentido profundo de la realidad presente; sus palabras quitan de nuestros ojos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen, y nos hace ver en profundidad lo que Dios nos tiene preparado para después del final de este mundo.
El lenguaje apocalíptico es vivo, emplea trazos fuertes, imágenes impactantes y chocantes. Pero comparadas con lo que vemos diariamente en la prensa y en los medios de comunicación –crisis, calamidades, tragedias– las descripciones bíblicas resultan en verdad discretas y mesuradas: señales en el cielo…, angustia de la gente…, los hombres se llenan de miedo al ver esas conmociones del universo…”.
Jesús nos hace ser conscientes de que el mundo en que vivimos no es definitivo. Pero al mismo tiempo nos hace ver que no vamos hacia el “acabose” sino hacia “el fin”, es decir, hacia la disolución del mundo viejo, que dará paso al nacimiento del nuevo. Más aún, Jesús nos muestra la relación que hay entre la meta final y la historia que vivimos.
En esta realidad nuestra con sus contradicciones y en la vida de cada uno, se desarrolla el misterio del reino de Dios que crece hasta lograr su plenitud. Nos quedamos muchas veces en la cuestión de “cuándo” va ser el fin del mundo y cuáles serán las señales para reconocerlo. Jesús no satisface esa curiosidad. Él más bien nos enseña que el mundo tiene su origen y su fin en Dios, y nos invita a vivir el presente orientados hacia Dios.
Desde esta perspectiva, Jesús confiere esperanza al tema del fin del mundo y, en general, a todos los momentos de dificultad y de crisis que puede vivir el cristiano. Nos dice: Levántense, alcen la cabeza; ya se acerca el tiempo de su liberación. Con ello quiere infundirnos la seguridad propia de la esperanza. Para el cristiano, el final de los tiempos corresponde a la dichosa venida de nuestro Salvador Jesucristo; no al día de la ira y de la venganza. Aguardar al Señor infunde consuelo y aliento para vivir el presente con fidelidad al evangelio.
No hay nada, por tanto, más ajeno al pensamiento cristiano que el ansia y alarmismo sobre el fin del mundo. Muchas sectas suelen desarrollar sus campañas proselitistas empleando de manera inexacta y tendenciosa textos sobre el fin del mundo, con los que impresionan a la gente sencilla y la presionan para que pasen a formar parte de “los que se van a salvar”. Manipulan el sentimiento de temor a la muerte, que suele ser el vehículo de expresión de muchas frustraciones, inseguridades y carencias de la gente.
Jesús, en cambio, liberándonos del miedo a la muerte, aleja de nosotros también el miedo al fin del mundo y nos hace vivir en la confianza y libertad de los hijos e hijas de Dios, cuyo amor, llevado en Jesús hasta el extremo, vence a la muerte.
Esto supuesto, no podemos dejar de decir, en fidelidad al mismo evangelio, que así como no debemos tener miedo al futuro, así tampoco podemos ser ingenuos y triunfalistas. Reconocer que este mundo en la forma que hoy tiene habrá de acabar, pues lo que ha tenido un inicio tendrá un fin, implica reconocer también que podrá acabar mal si los hombres no aceptamos el sentido y finalidad que debe tener.
Por eso, para que nuestro encuentro final con el Señor sea liberación plena, realización colmada de nuestras expectativas y anhelos, la condición es vivir ya aquí y ahora en actitud de vigilancia y atención. El texto de hoy nos lo dice de manera práctica: no se puede vivir torpemente, entregados a frivolidades y excesos; hay que “procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y preocupaciones de la vida”, concretamente, por el ansia del dinero. 
Así, a quienes se preguntan ansiosos cuándo va a ser el fin del mundo, el evangelio les dice cómo deben esperarlo; a quienes piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo: sirve para encaminar nuestra historia actual, personal y social, hacia la verdadera esperanza que no defrauda.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Fin del mundo (Lc 21, 34-36)

P. Carlos Cardó SJ

Compasión, óleo sobre lienzo de William-Adolphe Bouguereau (1897), Museo de Orsay, París

Jesús les dijo: "Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes, y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder, y estar de pie ante el Hijo del Hombre".
Se puede decir que, en cierto modo, Dios siempre está viniendo y que la vida humana es peregrinación, éxodo, camino siempre; y ambos, Dios y el ser humano, se encuentran en el tiempo, en la historia. Pero lo más sorprendente es comprobar, a la luz de la fe, que Dios por su encarnación no sólo se acerca a la humanidad sino que “se hace carne de nuestra carne, tierra de nuestra tierra, historia de nuestra historia”.
Dios está siempre con nosotros, no abandona nunca este mundo por el cual su Hijo dio la vida. Al mismo tiempo, como meta de nuestro caminar nos aguarda al final de nuestro viaje en el tiempo. Cuando Jesús habló sobre el final del mundo y de la historia humana no reveló cosas extrañas y ocultas, sino que quiso quitarnos el velo, que nuestros miedos y errores nos ponen sobre los ojos, para que estemos atentos a la presencia de Dios y nos preparemos para el encuentro, sabiendo que la palabra última que Él dice sobre el mundo, no es una palabra de destrucción y de muerte sino de creación y vida nueva.
Marchamos, sí, hacia la disolución del mundo viejo pero, al mismo tiempo, al nacimiento del nuevo. Y hay una relación entre la meta y el camino que estamos llevando. Dios realiza su plan en la historia, no fuera de ella.
En esta realidad nuestra con sus contradicciones y en la vida personal de cada uno, con sus caídas y sus esfuerzos, se desarrolla el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y el misterio del reino de Dios que crece sin que nos demos cuenta hasta alcanzar su plenitud. Jesús no quiere satisfacer nuestra curiosidad sobre el futuro, Él quiere enseñarnos que el mundo tiene su origen y su fin en el Padre, y quiere invitarnos a vivir el presente desde esta perspectiva, la única que da sentido a la vida.
Para que nuestro encuentro final con el Señor sea la liberación plena, la realización colmada y la felicidad perfecta que todos anhelamos, la condición es vivir en una actitud de vigilancia y atención. Jesús es claro y práctico en la advertencia que hace: hay que procurar que los corazones no se entorpezcan por el exceso de comida y por las borracheras, y por las preocupaciones de la vida, concretamente, por el dinero. En otras palabras, no esperamos adecuadamente la llegada del Hijo del Hombre si sólo buscamos el disfrute egoísta y acaparamos bienes materiales, sin tener en cuenta a los demás, sobre todo a los necesitados. 
Así, pues, a los primeros cristianos que preguntaban ansiosos cuándo iba a venir el fin del mundo, el evangelio les decía cómo debían esperarlo; a los cristianos de hoy que piensan con temor en el fin del mundo o viven como si no lo esperaran porque ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo y cómo se debe esperar: procurando encaminar la historia actual hacia la verdadera esperanza, que no defrauda.