martes, 11 de agosto de 2026

Hacerse niños… (Mt 18, 1-5.10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo bendiciendo a los niños, óleo sobre lienzo de Benjamin Haydon (1837), Galería de Arte Walker, Liverpool, Inglaterra

En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el reino de Dios?”.
Él llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande en el reino de Dios. Y el que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Pues les digo que sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre del cielo. ¿Qué les parece?”. 

Jesús establece con estas palabras un criterio que determina la calidad de las personas. Uno se hace grande cuando se hace como los niños. ¿Pero qué significa esto? Para nosotros, niño significa ternura, inocencia, sencillez, espontaneidad; para los griegos, niños eran también los siervos, los esclavos, los cautivos; y para los hebreos, el niño –al igual que la madre– era propiedad del varón, no contaba, no tenía derechos propios. Siempre y en todas partes, niño es el que tiene necesidad de todo y es lo que los otros le hacen ser. Existe si hay alguien que lo toma bajo su cuidado y pertenencia. 

Esto supuesto, lo que nos quiere decir Jesús es que, en vez de andar en la vida como “los grandes” que se satisfacen a sí mismos, creyendo no deber nada a nadie ni tener necesidad de nadie, podemos renacer, volver a hacernos niños (Jn 3,1ss) para alcanzar nuestra condición más auténtica, la propia del hijo que, en su dependencia de Dios, su Padre, halla su capacidad de crecimiento, libertad y autonomía. 

Este adulto convertido en niño se siente acogido y acoge, sabe que todo lo ha recibido por gracia y que debe dar gratis lo que gratis ha recibido. Sabe que no se ha dado la vida a sí mismo y que puede perderla, sabe que puede vivirla disfrutándola para sí solo o entregarla al servicio de los otros. Sabe, en fin, que en todo momento puede abandonarse en brazos de su padre, porque el resultado final no dependerá sólo de él sino de Dios. Este abandono confiado en Dios, lo expresa gráficamente el Salmo 131: Señor, mi corazón no es soberbio ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos: como un niño en brazos de su madre. Con esta quietud interior se desenvuelve en toda circunstancia de su vida. 

No se trata ya de la primera infancia, sino de aquella que es propia del adulto que ejercita su libertad. Es como la inocencia recuperada. A esta “infancia espiritual”, costosa en verdad, se refería Jesús cuando bendecía a los niños y prometía el reino de los cielos, a los que se asemejan a ellos. Son los que pueden tratar con Dios con entera confianza y llamarlo Abba, padre. 

Así, pues, el hacerse niño no tiene nada que ver con el infantilismo, fruto de una mala educación de los instintos, tendencias y afectos. Infantil es el insatisfecho, que no hace más que buscar satisfacer su ansia de ser acogido, nutrido, sostenido. Infantil es el que se aferra a los demás y a las cosas, exige, demanda y manipula, pero sin corresponder y, en definitiva, sin poder valerse por sus propios medios. El niño del evangelio, en cambio, tiene como modelo de inspiración la personalidad de Jesucristo, el hombre libre. 

A continuación, Jesús se refiere en términos sumamente graves y severos al escándalo que pisotea la ley del amor, lastima gravísimamente la inocencia de los pequeños, induce a la pérdida de la fe y al abandono de la Iglesia. Llevar a pecar o abusar de un niño o una persona vulnerable o indefensa, tiene consecuencias incalculables en la persona de la víctima, en la sociedad y en la Iglesia. Los niños, las personas vulnerables y la gente sencilla creen ya en Dios, pero las acciones y conducta de los mayores (sobre todo, cuando se cometen aprovechándose de la superioridad que se tiene sobre ellos) pueden hacerles difícil la fe. Nada hay más grave que escandalizar a los pequeños o a los débiles. Por eso, la advertencia de Jesús es tajante: los autores de tales delitos acabarán de manera desastrosa. 

Jesús es realista, sabe que las relaciones humanas pueden deteriorarse a causa de los escándalos aun en la comunidad por él fundada. Su advertencia es terminante: ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo! Por eso, además de la pena que se ha de aplicar al culpable, la comunidad debe estar atenta para que estos males no sucedan, y debe mover a sus miembros para que cada cual examine su interior y arranque de sí todo aquello que podría dar origen a posibles ocasiones de escándalo. A la determinación con que se debe actuar apunta Jesús con frases fuertemente expresivas sobre el cortarse la mano, el pie o el ojo si te llevan a pecar…, lo cual no significa obviamente mutilarse, sino optar firme y deliberadamente por la lealtad y la transparencia intachable. 

Jesús se identifica con los pequeños de este mundo. La parábola de la oveja que se pierde y su dueño sale en su busca dejando las noventa y nueve que están bien, nos habla de la ternura de Dios-Padre, que se duele de las ovejas de su pueblo, maltratadas y abandonadas por sus pastores. Dios, que reivindica para sí el título de pastor auténtico y lleno de cariño, se realiza históricamente en Jesús, buen pastor de su pueblo y de la humanidad. Se subraya el valor que tiene para Dios la vida de sus hijos y de manera especial su cercanía y misericordia para con los perdidos. Asimismo, al referirse al comportamiento propio de Dios, Jesús demuestra que hace bien él al buscar a los publicanos y pecadores, a los excluidos y perdidos de este mundo. Dios no quiere que se pierda ni uno solo.

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