domingo, 8 de diciembre de 2024

Domingo II de Adviento. Anunciación a María (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

Inmaculada Concepción de Walpole, óleo sobre lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1680 aprox.), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María.
Llegó el ángel hasta ella y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.»
María entonces dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?».
Contestó el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible».
Dijo María: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho.»
Después la dejó el ángel. 

Adviento nos presenta la figura de María como la Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios que se encarna en su seno. Ella es modelo de oración, vigilancia y espera, actitudes que se nos piden en adviento. Hay, pues, motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. Ella nos ayuda con su ejemplo y su intercesión a acoger a su Hijo que viene a nosotros. Ella nos pone con él. 

Para toda mujer, el nacimiento de su hijo supone una fiesta extraordinaria, que cambia su vida para siempre; pero la espera del hijo es un tiempo excepcional, en el que se genera entre la madre y su hijo una intimidad verdaderamente indisociable. Por eso, si la navidad es la fiesta que exalta la maternidad de María, el adviento exalta la fe con que María acepta su vocación de madre del Redentor. 

El texto de Lucas sobre la anunciación a María (Lc 1,26-38) refleja la alegría de Dios en su encuentro, por medio del ángel, con María, la llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres. Y esta alegría que Dios le transmite abre la espera de la virgen madre. En María, la humanidad acoge el ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Dios ha hallado una madre que le haga nacer entre nosotros. 

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de revelarse a la humanidad y salvarla enviando a su Hijo al mundo. Dios ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre. 

María acoge el plan de Dios con la actitud de obediencia propia de la fe. Pero esta obediencia lleva primero a remontar las dificultades del creer. María, como los grandes creyentes de la historia, no teme expresar ante su Dios su propio sentimiento de incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón? Y en virtud de esa misma fe confiada que le hace al mismo tiempo referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, no duda en responder al anuncio: Hágase en mí lo que has dicho. En su respuesta halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su acogida de la gracia anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo, y se convierta en hermano nuestro. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. 

En la Encarnación María inicia un camino de fe, y ya toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”, un continuo adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María conservaba todas estas cosas en su corazón. 

El espíritu propio del adviento nos lleva, pues, a considerar la fe, esperanza y amor con que la Virgen Madre esperó a su Hijo. Como ella nos sentimos movidos a prepararnos, “vigilantes en la oración y… alegres en la alabanza”, para salir al encuentro del Salvador que viene, a no hacer resistencia a su venida, aunque venga a cambiarnos, aunque cambie nuestros planes. Con María nos fiamos de Dios y decimos: Hágase en mí según tu palabra.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Vocación de los Doce (Mt 9,35-10,8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Sermón de la montaña, ilustración de Harold Copping publicada en The Bible Story Book (1923)

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. 

Los primeros versículos del texto son un sumario de la actividad de Jesús: predicador itinerante, recorre ciudades y aldeas, enseña en las sinagogas y en el campo, proclamando la buena noticia del Reino, cura las enfermedades del cuerpo y sanando las heridas del espíritu. 

Se destaca luego una de sus actitudes más características: su compasión. Mateo la describe con las mismas expresiones empleadas en el inicio de la multiplicación de los panes. Ese ese cuidado compasivo por los pobres, Jesús lo comunica a sus discípulos porque es a ellos, a los pobres, a donde los envía. La misión nace de la misericordia. 

Jesús al ver a las gentes, sintió compasión de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. El cuadro que Jesús ve es desolador: la mayor parte de la población era víctima de la injusticia, la enfermedad, la pobreza, la ignorancia. Esta atmósfera de sufrimiento y miseria le conmueve profundamente: Al ver Jesús a las gentes sintió compasión. El verbo griego es muy significativo, equivale a “se le enternecieron las entrañas”, “se le partió el corazón”. La misión de Jesús brota de su misericordia entrañable, de la compasión que siente ante la miseria material y espiritual. 

A continuación, sigue el relato del llamamiento y misión de los Doce, comparada a la cosecha: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Con esta alegoría Jesús subraya el hecho de que la misión no depende de la iniciativa de las personas sino de la voluntad de Dios. Él es el dueño de la mies, él es quien escoge y llama a los trabajadores. La mies es la muchedumbre necesitada. Jesús necesita colaboradores. 

Rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. La misión se realiza con oración. Y la oración será eficaz, porque es el Señor de la mies quien se ha comprometido a salvarla. Es lo que se ha de pedir en la oración. Cada nueva vocación que se enrola en el trabajo de la mies de Cristo es una gracia y una respuesta a una gracia, un misterio que tiene su origen y explicación en la voluntad soberana del Señor. 

Misión de Jesús, misión de los doce. Jesús se prolonga en el mundo por medio de sus discípulos, los de ayer y los de hoy: Como el Padre me ha enviado, así os envío yo (Jn 20,21). Los apóstoles son unos enviados, representantes de quien los envía; por eso reciben los mismos poderes que tenía Jesús: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias; y el anuncio que hacen es idéntico al suyo: el Reino de Dios está cerca (Mt 4,17; 10,7). 

Jesús elige a doce apóstoles. El número simboliza las doce tribus de Israel. El grupo de Jesús encarna al nuevo Israel. Es un grupo, por lo demás, bastante heterogéneo. De siete de ellos (Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago Alfeo, Tadeo, y Simón el fanático) apenas sabemos nada. El primero del grupo es Simón, por su función de “piedra”, sobre la que el Señor edificará su Iglesia. Siguen Santiago Zebedeo y su hermano Juan, denominados en el evangelio de Marcos “Boanerges” (hijos del trueno), es decir, “violentos”. El otro Simón es apodado el “cananeo” que significa partisano, subversivo que lucha contra el poder de los romanos. Del noveno de la lista, Leví, sabemos que era un recaudador de impuestos y, por tanto, colaboracionista con el poder romano. El último de la lista, Judas, tristemente célebre por ser el que traicionó a Jesús, es llamado el “Iscariote”, que significa probablemente “mentiroso” o es una transliteración del latín “sicario”, por pertenecer también a los zelotas que en las revueltas apuñalaban a los enemigos del pueblo. 

Mucho tendría que trabajar Jesús hasta hacerles comprender su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio hasta la muerte. No hay entre ellos sabios o fariseos, ni nobles saduceos de la casta sacerdotal de Jerusalén. No son cultos ni virtuosos cumplidores de la ley Son simples pescadores de Galilea, hombres comunes como cualquiera de nosotros. Lo que les une es la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el haber sido llamados por él en su seguimiento. La convivencia entre ellos no debió ser fácil. ¿Cómo se sentirían viviendo juntos Pedro y Andrés con Leví el publicano a quien le pagaban los impuestos en Cafarnaum? ¿Cómo sería el trato diario con violentos como Simón cananeo y el Iscariote? No todos son personas honorables, incluso resultan incompatibles entre sí. Gente diversa que mantendrá hasta el final su carácter personal. Nosotros, tal vez, hubiéramos elegido otros colaboradores mejor preparados. No obstante, ellos estuvieron con Jesús en todas las circunstancias de su vida, vieron sus lágrimas por el amigo muerto, le observaron rezar a su Padre del cielo, conmoverse en sus entrañas ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su propia muerte. Poco a poco, ya no hubo secretos entre ellos y él. "Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor" (Jn 15,15). La palabra fue calando en su interior. Y más tarde, cuando ya no recordasen al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos. Y aun cuando se encontrasen en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con él, podían, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en este caso preciso. 

Tan identificados se sentirán los apóstoles con la persona y misión de Jesús que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, dando como Jesús su propia vida por la salvación de los hombres.

viernes, 6 de diciembre de 2024

Curación de dos ciegos (Mt 9, 27-31)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curación de los ciegos camino a Jericó, óleo sobre lienzo de Pieter Norbert van Reysschoot (Siglo XVIII), Iglesia de San Pedro, Gante, Bélgica

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: "Ten compasión de nosotros, hijo de David."
Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: "¿Creéis que puedo hacerlo?" Contestaron: "Sí, Señor."
Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que os suceda conforme a vuestra fe."
Y se les abrieron los ojos. 

En el evangelio, el descubrimiento del sentido de la vida se equipara al ver, que la fe hace posible. La vida se ilumina, se sabe dónde ir, a dónde dirigirse. Lo contrario es ceguera, vida sin norte. Como la resurrección, la fe hace pasar de la tiniebla a la luz. Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo (Ef 5,14). 

El relato de la curación de los dos ciegos invita a ver la realidad desde otra perspectiva, en su proyección trascendente, más allá de lo que se percibe con la simple visión física. La fe nos hace apreciar el valor de nuestra vida como Dios la ve, y orientarla hacia él. 

Lo seguían. Como los enfermos y excluidos, fiados de su poder liberador, y también como los discípulos que escucharon su llamada: Ven y sígueme. La atracción que ejerce Jesús genera un dinamismo de salir en su busca, tras él. Y su seguimiento se sostiene gracias a la confianza que él mismo inspira: Quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12). 

Los ciegos se dan cuenta de que no ven y de que su ceguera puede ser curada; es el inicio de la gracia, darse cuenta. Los fariseos, en cambio no admiten su falta de visión y pretenden enseñar a los demás; son ciegos que guían a otros ciegos. 

Lo seguían gritando: Hijo de David, ten compasión. El anhelo de la fe es como un grito en la noche. Los ciegos atribuyen a Jesús un título mesiánico, que hace referencia al libertador que los judíos esperaban, un descendiente del rey David. Pero es interesante constatar que los ciegos se refieren a un Mesías que puede fijarse en ellos y curarlos porque es compasivo y misericordioso. 

A continuación, Jesús y los que le siguen entran “en la casa”. Antes ha estado en casa de Jairo, magistrado judío, para devolverle la vida a su hija. Ahora no se dice a qué casa entra, pero puede ser la de Simón, que solía alojarlo en Cafarnaúm. En todo caso, “la casa” simboliza en los evangelios a la Iglesia, casa de los que siguen a Jesús, comunidad de hermanos en la fe. Allí, en la experiencia de la fraternidad se abre para todos la luz de la fe. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos (1Jn 3,14). Y el signo que se realiza, la curación de los dos ciegos, se realiza desde la fe: Que se haga como han creído.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21.24-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Casa de adobes, óleo sobre lienzo de Ezequiel Jiménez Rojas (1885), Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica

Jesús les dijo: "No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre sin juicio que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó. Y todo fue un gran desastre". 

A los que escuchan sus enseñanzas, pero no las ponen en práctica, Jesús les propone la parábola de dos hombres que construyen su casa de diferente manera. El primero, considerado “prudente”, edifica firmemente sobre roca, de modo que cuando vienen las tormentas, las crecidas de los ríos y los fuertes vientos, la casa resiste por sus buenos cimientos. El segundo en cambio, es un “necio” que construye en un terreno arenoso, sin las debidas precauciones, y el resultado es lamentable porque la casa no soporta el embate de los fenómenos atmosféricos y se viene abajo. Los valores y enseñanzas de Jesús son el fundamento firme para una vida bien construida; no tenerlos en cuenta es echarla a perder, “desgracia grande”. 

En la predicación y, sobre todo, en el ejemplo de vida de Jesús se delinea una ética bien concreta, un modo recto de proceder, que vale tanto para los cristianos como para toda persona que aspire a forjarse una vida verdaderamente valiosa para sí y para los demás (Mt 28,19s).  Jesús hace ver que para lograr este proyecto de vida es importante interiorizar los valores, de lo contrario la persona no podrá actuar con convicción cuando esté sometida a la presión de los propios impulsos, sufra frustraciones o se vea envuelta por la multitud de “voces” que desde el exterior impactan en su conciencia y pugnan por dirigir su conducta. Jesús no busca únicamente que la persona sepa cuál debe ser la recta ordenación moral de sus actos, sino que aprecie la validez de sus enseñanzas, ponga en ellas el afecto de su corazón (es decir, procure que movilicen su afectividad y sus sentimientos) de modo que la muevan desde su interior, y no como imposiciones externas. Esta persona sabrá discernir en cada circunstancia cuál ha de ser su modo de proceder y sabrá mantener un estilo de vida coherente y ejemplar. 

En la actualidad ya no se cree en doctrinas y discursos,  y se ha perdido confianza en las instituciones. Lo que convence es la coherencia y autenticidad de las personas, más que las declaraciones de principios. Y eso fue lo que Jesús demostró. No enseñó nada que primero él no lo cumpliera. Nadie halló engaño en su boca (1 Pe 2,22), buscó servir y no ser servido (Mt 20,28), y su integridad de vida fue tan patente, que hasta sus adversarios reconocieron ante él: Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios y no te dejas influenciar por nadie, pues no te fijas en las apariencias de las personas (Mt 22,16). Con razón pudo decir a sus discípulos, después de lavarles los pies –gesto que sintetiza lo más característico de su persona–: Ejemplo les he dado para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13,15). 

La parábola interpela al lector, le induce a confrontarse con uno y otro para tomar conciencia de su realidad actual. Además, el ejemplo de la casa construida a prueba de adversidades naturales le mueve a pasar de la simple escucha de la palabra del evangelio a ponerla decididamente en práctica. A fin de cuentas, las fuerzas que se desencadenan contra la casa no son sólo las dificultades que uno puede encontrar en la vida, sino la prueba de la autenticidad o inautenticidad que se revelará al final de la existencia.