lunes, 8 de agosto de 2022

La libertad de los hijos (Mt 17, 22-26)

 P. Carlos Cardó SJ

San Pedro pagando el tributo con la moneda extraída del pez, ilustración publicada en la Vida de San Pedro (1486) que se conserva en la Biblioteca Estatal de Württemberg Stuttgart, Alemania

Un día, estando Jesús en Galilea con los apóstoles, les dijo: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y le matarán. Pero resucitará al tercer día». Ellos se pusieron muy tristes.
Al volver a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobran el impuesto para el Templo. Le preguntaron: «El maestro de ustedes, ¿no paga el impuesto?».
Pedro respondió: «Claro que sí». Y se fue a casa. Cuando entraba, se anticipó Jesús y le dijo: «Dame tu parecer, Simón. ¿Quiénes son los que pagan impuestos o tributos a los reyes de la tierra: sus hijos o los que no son de la familia?».
Pedro contestó: «Los que no son de la familia».
Y Jesús le dijo: «Entonces los hijos son libres. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, vete a la playa y echa el anzuelo. Al primer pez que pesques ábrele la boca, y hallarás en ella una moneda de plata. Tómala y paga por mí y por ti
».

Jesús dejará pronto su tierra de Galilea para dirigirse a Jerusalén. En esas circunstancias, reúne a sus discípulos y, como había hecho ya en Cesarea de Filipo (16, 21), vuelve a hablarles de lo que le ocurrirá en la santa ciudad. El anuncio de la pasión es ahora breve y lacónico. Antes les había dicho que era necesaria su muerte y su resurrección, ahora les dice que se trata de algo inminente.

Marcos en su evangelio señala que los discípulos no entendieron las palabras de Jesús. Mateo hace suponer que sí las entendieron, pero no podían aceptar que acabara su vida así; por eso su profunda tristeza. Con brevísimos trazos queda bosquejado el enigma de la pasión: Jesús va libremente a Jerusalén donde va a ser entregado en manos de gente hostil, sus discípulos entristecidos lo abandonarán y tendrá que recorrer solo su via crucis hasta el fin. Es verdad que al tercer día Dios resucitará al Hijo del hombre y le dará todo poder en el cielo y en la tierra, pero esta parte del anuncio parece caer en el vacío, deja impávidos a los discípulos. Tendrán que vivir la experiencia de la pascua para poder entenderla.

En la segunda parte del texto, el Hijo del hombre, que ya en otras ocasiones se ha declarado libre frente al sábado, el templo y las tradiciones judías, se declara también libre frente a los impuestos y quiere hacer partícipes a sus discípulos de su misma libertad. Pero, para no escandalizar, quiere también que sean libres para poder pagar el impuesto del templo. Han de ser tan libres que puedan renunciar a su propio derecho si su proceder puede ir en contra del hermano, ofenderlo o dificultarle su fe. Es lo que Pablo enseña a los corintios respecto a privarse de comer alimentos que estaban prohibidos para los judíos (1 Cor 8,13).

La comunidad a la que Mateo destina su evangelio estaba formada por cristianos provenientes del judaísmo, que por la formación recibida en la sinagoga querían mantener una observancia rigurosa de la ley y de las tradiciones religiosas de sus antepasados, llegando a olvidar (o temer) la libertad que el evangelio aporta a los que siguen la nueva ley de Cristo.

La libertad cristiana no lleva a una observancia de la ley como meros ascetas y estoicos; tampoco puede conducir a la transgresión como hacen los libertinos. Es la libertad propia del amor al hermano, que, según San Pablo, significa el cumplimiento de la ley porque ésta se reduce a amar al prójimo (Rom 13). Desde esta perspectiva, el criterio de la libertad cristiana es buscar siempre lo que ayuda o favorece al otro.

Se acercaron a Pedro los cobradores del impuesto del templo y le preguntaron si su maestro lo pagaba. Pedro respondió resueltamente que sí pero llevó la cuestión a Jesús. Se trataba sin duda del impuesto de medio siclo o dos dracmas que todo judío debía pagar para los gastos del templo. Era un impuesto gravoso y por eso muy impopular, sobre todo en Galilea porque eran gente muy pobre; Jerusalén les quedaba muy lejos y, además, los celotas (que en su mayoría eran galileos) los presionaban para no pagar.

La respuesta de Jesús se basa en el siguiente argumento: los reyes no imponen tributos a los suyos (el texto original griego dice: a los hijos). Él es hijo del Señor del templo, por tanto no está obligado a tal impuesto y hace partícipes de su libertad a sus discípulos. En su respuesta queda afirmada su relación con Dios: la paternidad divina está en el centro de su vida espiritual y fundamenta, al mismo tiempo, la actitud crítica que mantuvo frente a la religiosidad judía centrada en el templo.

La expulsión de los cambistas del templo (Mt 21, 12) vendría en línea con este modo de proceder de Jesús, pues estos comerciantes se encargaban precisamente de vender los siclos, moneda extrajera con la que se pagaba el impuesto y que los judíos tenían que comprar con moneda nacional. El centro del relato es, pues, la declaración de la libertad de los hijos, que Jesús, con la conciencia que tiene de ser Hijo, establece para sus discípulos, llamados a ser hijos en el Hijo.

El final del texto incluye frases de fuerte contenido sobrenatural: la “presciencia” con que Jesús conoce lo que le han preguntado a Pedro y se adelanta a responderle antes de que se lo pida, y el anuncio que le hace del milagro de la moneda en la boca del pez, de marcado carácter legendario, que podía leerse en la literatura de otros pueblos. Los comentaristas observan que si Mateo incluye estas frases es por fidelidad a las tradiciones que ha recogido para elaborar su evangelio y porque, concretamente, embellecen lo central del relato, la afirmación: Entonces, los hijos son libres.

domingo, 7 de agosto de 2022

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario - No teman, estén atentos (Lc 12, 32-48)

 P. Carlos Cardó SJ

No teman, pequeño rebaño, ilustración de Eugene Burnand publicada en Les Paraboles, de los editores franceses Berger y Levrault (1908)

«No temas, pequeño rebañito, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas. Sean como personas que esperan que su patrón regrese de la boda para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. Felices los sirvientes a los que el patrón encuentre velando a su llegada. Yo les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y los servirá uno por uno. Y si es la medianoche, o la madrugada cuando llega y los encuentra así, ¡felices esos sirvientes! Si el dueño de casa supiera a qué hora vendrá el ladrón, ustedes entienden que se mantendría despierto y no le dejaría romper el muro. Estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre llegará a la hora que menos esperan.»
Pedro preguntó: «Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?».
El Señor contestó: «Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene. Pero puede ser que el administrador piense: «Mi patrón llegará tarde». Si entonces empieza a maltratar a los sirvientes y sirvientas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará su patrón el día en que menos lo espera y a la hora menos pensada, le quitará su cargo y lo mandará donde aquellos de los que no se puede fiar. Este servidor conocía la voluntad de su patrón; si no ha cumplido las órdenes de su patrón y no ha preparado nada, recibirá un severo castigo. En cambio, si es otro que hizo sin saber algo que merece azotes, recibirá menos golpes. Al que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y cuanto más se le haya confiado, tanto más se le pedirá cuentas».

Hay en este texto una llamada a la confianza y una advertencia. En la primera parte, Jesús, buen pastor, trata a sus discípulos con especial afecto: No teman, pequeño rebañito, les dice. El miedo se opone a la fe. El amor, en cambio, descarta el temor (1Jn 4, 18). El verdadero “temor” de Dios, es sinónimo de respeto y es considerado en la Biblia como el inicio de la sabiduría; consiste en tener en cuenta su paternidad y señorío sobre todas las cosas y, por consiguiente, actuar ante Él con respeto y reverencia.

El “pequeño rebaño” de Jesús es el grupo de sus discípulos y la Iglesia que ha fundado en ellos. Es la comunidad que lo sigue y que no puede pretender otra grandeza que la que el Padre le ha prometido: El Padre ha querido darles el reino. El Padre del cielo quiere hacer de nosotros un reino de hermanos.

Por eso, si nuestro destino es el reino de Dios, nuestra relación con las cosas de este mundo cambia: Vendan todo lo que tienen, dice Jesús. Sus palabras nos invitan a usar los bienes materiales con la libertad responsable de quien puede usarlos o desprenderse de ellos cuanto convenga. Es no depender del dinero ni poner toda la seguridad en él. Jesús inculca la buena disposición para compartir. Una acumulación egoísta e irresponsable de los bienes divide a los hermanos y ofende el plan del Creador.

Den limosna, dice también Jesús como uno de los medios para usar bien los bienes materiales en ayuda del necesitado. En hebreo, limosna es sedaqah, que significa justicia. Equivale a dar al otro lo que necesita para que pueda vivir. Dar limosna es hacer justicia para que el otro viva. Es la justicia distributiva, clave del pensamiento social que el cristianismo inspira. Y hace referencia –como fundamento– a la justicia mayor que está hecha de misericordia y sentido de fraternidad, y corresponde a ese “camino más excelente”, del que habla san Pablo en su himno del amor en 1Cor 13.

En la segunda parte del texto, Jesús hace una advertencia: Estén atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor. Es la respuesta a sus discípulos que le preguntan “cuándo será el fin del mundo. Les hace ver que el “cuándo es siempre, es decir, el tiempo de lo cotidiano; porque es allí donde se realiza el juicio de Dios. En nuestra existencia diaria se decide nuestro destino futuro en términos de estar con Dios o estar lejos de Él. Al final se recoge lo que se ha sembrado.

Con comparaciones e imágenes propias de la cultura de su tiempo, Jesús enseña en qué consiste la vigilancia. La comparación del empleado de casa que no sabe cuándo vendrá su señor exhorta a poner cuidado para que la muerte no sorprenda. Es la advertencia del Señor: estén vigilantes. Con ello nos dice que hay que discernir bien las cosas que sirven para estar con Dios y las que nos apartan de Él. Para quien no vigila, el final será como la venida del ladrón que desvalija la casa. Sólo quien tiene mentalidad de amo, y cree poseerlo todo, su vida, su trabajo, sus bienes, deja de esperar la venida del Señor y la muerte lo sorprenderá como una ruina inesperada.

La actitud de vigilancia la compara también Jesús al comportamiento de un buen administrador y de un siervo o criado fiel. Todo lo que somos y tenemos es don de Dios, y el don hay que administrarlo bien y compartirlo. Somos también siervos, como el mismo Señor que se hizo siervo de todos. Recibimos la responsabilidad de servir la vida de los demás.

Jesús alude también a los responsables de la comunidad, a los encargados de dar a su debido tiempo la ración de trigo. Esta responsabilidad consiste en dar lo que les ha sido dado, como el pan de la comunidad que Jesús empleó para multiplicarlo y dar de comer a la multitud, y como el pan de la última cena que fue su propio Cuerpo entregado para la vida del mundo.

Estas actitudes contienen el secreto de la verdadera felicidad: Bienaventurados llama el Señor a los buenos administradores y servidores. En cambio, quien no sirve a los demás, lo compara con el Siervo malo que golpea a los demás. A ese tal, lo castigará con todo rigor. Con este lenguaje, que no es para asustar, Jesús motiva nuestra responsabilidad. Nos dice a fin de cuentas: administra bien tu vida y los bienes que has recibido, sirve con generosidad. En eso consiste la realización de tu vida, tu futuro. 

sábado, 6 de agosto de 2022

La transfiguración (Lc 9, 28-36)

 P. Carlos Cardó SJ

Transfiguración de Jesús, vitral de la iglesia de Mielno, Voivodeship, Polonia

Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió de una blancura fulgurante. Dos hombres, que eran Moisés y Elías, conversaban con él. Se veían en un estado de gloria y hablaban de su partida, que debía cumplirse en Jerusalén. .
Un sueño pesado se había apoderado de Pedro y sus compañeros, pero se despertaron de repente y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Como éstos estaban para irse, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Pero no sabía lo que decía. Estaba todavía hablando, cuando se formó una nube que los cubrió con su sombra, y al quedar envueltos en la nube se atemorizaron. Pero de la nube llegó una voz que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo».
Después de oírse estas palabras, Jesús estaba allí solo. Los discípulos guardaron silencio por aquellos días, y no contaron nada a nadie de lo que habían visto.

La hora de la pasión se acercaba y en ese momento, tan crucial para Jesús y sus discípulos, el Padre va a decir su palabra y revelar quién es realmente Jesús. Tanto Jesús como los suyos, para poder enfrentar el drama de la pasión, necesitan la luz que es el mismo Dios, y que de Él proviene.

¿Qué ocurrió en la transfiguración? Los discípulos, de forma inesperada, vieron que se les revelaba una indescriptible dimensión oculta de Jesús. Su persona apareció brillante, fulgurante. Y no encontraron palabras para expresar lo que allí experimentaron, sólo atinaron a decir que, mientras Jesús oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de un blanco resplandeciente.

Aquella experiencia sirvió para resaltar la verdadera identidad de Jesús: fue una revelación de su gloria, del resplandor de su ser divino. Al mismo tiempo, los apóstoles ven que la Ley, representada en la figura de Moisés allí presente, quedaba superada en la nueva alianza de Dios con los hombres, que el Hijo de Dios venía a establecer, y que todo lo anunciado por los profetas, allí representados por Elías, hallaba su cumplimiento pleno en Jesús.

Esta manifestación de la gloria divina en la persona de Jesús es muy diferente a las manifestaciones de Dios (teofanías) del Antiguo Testamento, que acontecían también en el monte, en la nube, en la luz… En ellas, Dios se manifestaba en la esfera humana; aquí, en cambio, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece a la luz de Dios. Ya no es Dios que desciende, sino la humanidad que asciende y participa de la gloria de Dios.

Al mismo tiempo, la transfiguración sirvió para fortalecer la fe de los seguidores de Jesús, representados en los discípulos más cercanos a Jesús, los mismos tres que “tomará consigo” en el momento dramático de su agonía en el huerto de los olivos (Mc 14,32-43). Ellos, los que serán testigos de aquella angustia mortal que le hará sudar gotas de sangre, son ahora testigos de una vivencia deslumbrante: la vivencia de su gloria de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14).

Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que el Jesús que vieron clavado en una cruz era el mismo Jesús que habían visto en el monte revestido de luz y reconocido por Dios como su Hijo elegido. La gloria que entonces vieron en su rostro transfigurado, será la gloria que, brillando con todo su esplendor, convertirá la cruz en el trono del Resucitado, desde el cual como Señor ensalzado juzga al mundo.

Hubo un momento en que Jesús asumió que su obra salvadora no podía desarrollarse por métodos espectaculares sino por el camino de la cruz. Jesús libremente, en obediencia al Padre, identificó su misión redentora con la del Siervo de Dios, manso y humilde de corazón, que ama tanto a sus hermanos hasta sufrir con ellos y dar su vida por su salvación.

Los discípulos entendieron esto después de la Pascua cuando, junto con reconocer que el Crucificado era el Señor glorioso de la transfiguración, comprendieron también que lo extraordinario de su tarea –que el discípulo está llamado a continuar– consiste en la aceptación de lo ordinario, de la realidad muchas veces dura y dolorosa, que es donde se libra la lucha entre la fe y la increencia, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.

Pedro siente la tentación de quedarse en lo extraordinario, en el monte de la transfiguración, y no seguir adelante en el camino que lleva a Jerusalén, al monte del calvario. Quiere prolongar el gozo de la visión, por eso su propuesta ingenua y egoísta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres chozas

Pero, comenta Lucas, Pedro no sabía lo que decía. En efecto, lo decisivo para Jesús y para el discípulo no se limita a lo que acontece en el monte, sino que debe prolongarse a lo que sucede después en la vida de cada día, que es donde uno ha de demostrar su fidelidad al camino trazado y al cumplimiento de la voluntad divina. No podemos esperar que nuestra vocación cristiana se acredite por medio de gestos extraordinarios y vistosos; su grandeza reside en el testimonio continuo que damos de una vida entregada. Así lo hizo Jesús y así lo fueron entendiendo sus primeros testigos.

Subir al monte con el Señor es darle un espacio real a Dios en nuestra vida. El encuentro con Dios transformará nuestra vida. Contemplar a Cristo, como dice San Pablo, nos hace reflejar como en un espejo la gloria del Señor y nos va transformando en esa imagen cada vez más gloriosa (2 Cor 3,7-16). 

viernes, 5 de agosto de 2022

El valor de la entrega (Mt 16, 24-28)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús con la cruz a cuestas (detalle), óleo sobre lienzo de Lorenzo Lotto (1526), Museo del Louvre, París, Francia

"Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que sacrifique su vida por causa mía, la hallará. ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué dará para rescatarse a sí mismo? Sepan que el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta. En verdad les digo: algunos que están aquí presentes no pasarán por la muerte sin antes haber visto al Hijo del Hombre viniendo como Rey".

El contexto de estas palabras de Jesús es el anuncio que ha hecho a sus discípulos de lo que le va a pasar en Jerusalén, adonde se dirigen. En la santa ciudad mueren los profetas enviados de Dios. Allí lo harán padecer y morir en una cruz; los fariseos y las autoridades religiosas ya lo han decidido. Por eso comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho allí (16,21).

Pero este padecer mucho remite a un misterio que se nos tiene que revelar: el misterio de la pasión de Jesús por todos nosotros, que lo lleva a padecer con nosotros y a asumir como propio el sufrimiento, el mal y la muerte de sus hermanos y hermanas. No es el sufrimiento por sí solo lo que salva, sino el amor y la confianza con que Jesús lo asume, haciendo presente a Dios en él con todo el poder salvador de su amor.

De este modo Jesús introduce el amor de Dios en toda situación humana de dolor, de pecado y de muerte para que en ella esté siempre presente en favor de los que sufren la fuerza del amor de Dios, que libera y salva. Los sufrimientos y la muerte de Jesús hacen ver hasta qué extremos llega el amor que Dios nos tiene.

Un lenguaje así puede chocar con la manera habitual de pensar de los hombres. Por eso, Pedro en particular no lo entiende y llevando aparte a Jesús, comenzó a reprenderlo. Pero recibe de Jesús (16,17-19) la más severa reprimenda: Ponte detrás, Satanás…, tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Están los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres; el discípulo preferido aún no ha dado el paso.

Después de esto, Jesús invita a sus discípulos a seguirlo, a recorrer con Él su camino hasta el final y asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. El discípulo –cada uno de nosotros– ha de ser un reflejo de su Maestro. Es lo que quiere: la identificación con Él para que su vida, sus palabras y obras, se prolonguen en la comunidad de sus discípulos.

La condición para lograrlo es clara: Niéguese a sí mismo, nos dice. Niegue cada cual su falso yo –deformado por el egoísmo y el pecado– para hacer nacer su yo auténtico, que se realiza en el amor, en la entrega, en el servicio sin reservas.

Y añade: Lleve su cruz, la cruz de cada uno, que es la lucha contra el mal que actúa en mí, la lucha contra mi egoísmo; es mi tarea, que nadie puede hacer por mí. Llevar la cruz significa también asumir las cargas de sufrimiento que la vida impone y ver la presencia de Dios en ellas. Entonces se revela el sentido que pueden tener y el bien al que pueden contribuir si se viven con Dios. No se trata de añadir sufrimientos a los que la vida misma y las exigencias del compromiso cristiano normalmente imponen. Se trata de aprender a llevar el sufrimiento como Cristo nos enseña, sabiendo, además, que nunca estaremos solos, pues Jesús va delante con su cruz como quien abre y facilita el camino.

Quien quiera salvar su propia vida la perderá. Estas palabras de Jesús expresan una gran verdad: que quien vive queriendo ponerse a resguardo de toda pérdida, de toda renuncia, de toda donación…, ese tal echa a perder su vida, porque la vida es relación y se realiza en el amor, que consiste en dar y recibir.

Debemos enseñar a nuestros jóvenes que no sólo por motivos religiosos sino por razones psicológicas y sociales, la capacidad de asumir el dolor que toda vida comporta, el saber renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de los propios impulsos en función de valores superiores y de un proyecto de vida de metas altas, esto forma parte de la formación del adulto. No hay que elegir el camino fácil sino la meta.

La vida es amar, dar de sí con generosidad, en eso está el secreto de la verdadera felicidad y del verdadero éxito. Fuera de esta perspectiva, aunque gane el mundo entero, la vida no se logra, se malogra. Muchas veces hallaremos difícil esta exigencia. Pero confiamos en el Señor que nos asegura su compañía y apoyo constante. Él nos hace comprobar que el amor suaviza lo que las exigencias tienen de costoso.