lunes, 4 de octubre de 2021

El buen samaritano (Lc 10, 25-37)

P. Carlos Cardó SJ

Parábola del Samaritano, óleo sobre lienzo de Julius Schnorr von Carolsfed (1833), Museo Städel, Frankfurt, Alemania

Un maestro de la Ley, que quería ponerlo a prueba, se levantó y le dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?».
Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?».
El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás».
El otro, que quería justificar su pregunta, replicó: «¿Y quién es mi prójimo?».
Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Por casualidad bajaba por ese camino un sacerdote; lo vio, tomó el otro lado y siguió. Lo mismo hizo un levita que llegó a ese lugar: lo vio, tomó el otro lado y pasó de largo. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: «Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.».
Jesús entonces le preguntó: «Según tu parecer, ¿cuál de estos tres fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los salteadores?».
El maestro de la Ley contestó: «El que se mostró compasivo con él».
Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo».

La parábola del Buen Samaritano es uno de los textos más hermosos del evangelio de Lucas. Presenta el rostro del Dios que busca al perdido, y el rostro del cristiano que se interesa por el problema de su hermano y ahí se encuentra con Dios.

Un hombre ha sido asaltado en el camino y ha quedado mal herido. Pasan junto a él tres personajes: un sacerdote, representante de la Ley, un levita, representante del culto (ambos “profesionales” de la religión), y un samaritano, que para los judíos era un hereje. Los tres ven al hombre caído, pero reaccionan de manera diferente. El sacerdote y el levita pasan de largo, por “no ensuciarse las manos” o por pensar: “es un extraño”, “no nos concierne”... El samaritano, en cambio, sintió compasión. Sentir compasión es sufrir con el otro, compartir su situación, ponerse en su lugar; es lo que hace el samaritano.

El sacerdote y el levita representan a quienes pretenden llegar a Dios, pero no se interesan por la situación del prójimo que sufre: pasan de largo. Son los encargados de las “cosas de Dios”, pero no hacen lo que a Dios más le interesa, atender la vida de sus hijos e hijas que pasan necesidad. Ya los antiguos profetas habían reprobado esa pretensión de reducir la religión a prescripciones externas y costumbres piadosas sin práctica de la justicia y de la misericordia.  ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro?, dice el Señor… (por el profeta Isaías), desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen por la viuda (Is 1, 11.16-17).

Eso mismo es lo que quiere lograr Jesús con su parábola: que sus oyentes cambien su forma de relacionarse con Dios, se hagan solidarios y misericordiosos porque eso es lo que quiere Dios.

El mensaje fundamental que recorre toda la Biblia es que el amor a los demás define la autenticidad del ser humano en su relación con Dios, con los demás y consigo mismo. Quien no ama ha “fallado” en su vida, simplemente no es humano. Pero la novedad que trae Jesús es que el amor es, antes que nada, una experiencia que a la persona humana se le hace vivir y que, gracias a ella, puede amar a los demás.

San Juan desarrolla esta idea en su 1ª Carta y afirma que si amamos, es porque primero nos ha amado Dios (1 Jn 4, 19). Y por eso Jesús se identifica con el buen Samaritano para hacernos sentir el amor que Dios nos tiene, y movernos a amar a los demás.

Al mismo tiempo, Jesús se identifica también con el hombre caído en el camino, que es la persona a la que debemos atender y en la que lo atendemos a Él. Por eso dirá en el evangelio de Mateo: Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25,40). Por tanto, no se puede dividir lo que Dios ha unido: con un mismo amor amamos a Dios y amamos al prójimo. Porque Dios se ha hecho próximo nuestro, podemos amar a Dios y al prójimo con el mismo amor que del Padre y del Hijo nos viene.

La parábola nos transmite esta enseñanza de manera sorprendente haciendo que se superpongan dos imágenes, la del hombre caído en el camino y la del samaritano que lo asiste. Queda la impresión de que se disuelven el uno en el otro, hasta ser al final una misma persona.

El escriba, el sacerdote y el levita deben identificarse con el hombre caído en el camino, del que se hace cargo el Samaritano que luego desaparece en el horizonte hacia Jerusalén, y representa a Jesús. Por su parte, el hombre herido y despojado recobra la salud y se vuelve capaz de socorrer a los que, como él, vea caídos en el camino; hará con los demás lo que hizo Aquel que lo atendió. Se volverá un buen samaritano como Jesús.

Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha convertido en el pobre maltratado que vemos en nuestro camino -¡es imposible no verlo!- . Más aún, se nos ha acercado tanto, que se ha convertido en el herido que yo soy, y se ha hecho cargo de mí, ha curado mis heridas, me ha alojado y ha pagado por mí. De modo que si se ha identificado así conmigo, yo también debo identificarme así con Él.

Cristo, Buen Samaritano, se prolonga en los samaritanos de hoy y de siempre: hombres y mujeres sensibles al dolor y sufrimiento de la gente, que hacen todo lo que pueden para atender a los caídos. Entre ellos se ha de situar el cristiano porque se ha sentido atendido y curado por él. Ha experimentado la misericordia en su propia persona; siente que tiene que mostrar misericordia. 

domingo, 3 de octubre de 2021

Homilía del domingo XXVII del Tiempo Ordinario – El Matrimonio (Mc 10, 2-16)

P. Carlos Cardó SJ

Matrimonio, óleo sobre lienzo de Garry Melchers (1893), Instituto de Bellas Artes de Minneapolis, Minnesota, Estados Unidos

En eso llegaron unos fariseos que querían ponerle a prueba, y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?».
Jesús les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?».
Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse».
Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero, al principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer; y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe».
Cuando ya estaban en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio».
Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían.
Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».
Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía.

Según el libro del Génesis (cap. 2) Dios ha dado a la persona humana, desde su mismo origen, una orientación fundamental a realizarse en la entrega a la persona amada. Esta relación encuentra su expresión más significativa en la unión del hombre y la mujer, de la que puede surgir una vida nueva por una acción creativa, que los hace participar de la fecundidad de Dios, fuente y origen de la vida. Los lenguajes con que se expresa esta experiencia pueden cambiar a lo largo de los tiempos, pero siempre queda esta verdad: que cuando un hombre y una mujer deciden unirse, ahí se les revela la entrega y el servicio mutuo como la verdad y el sentido de sus vidas.

La Biblia ve una conexión entre la dualidad de sexos y la propagación de la vida humana (cf. Gén 1,28), pero no agota ahí el sentido de la sexualidad. Gracias a ella, los seres humanos establecen una relación de amor y mutua pertenencia, que los lleva a desear y sostener juntos una vida bien estructurada. Por eso, la procreación de los hijos aparece ya en el Génesis encuadrada en el marco de una relación de encuentro, compañía y ayuda mutua: “No está bien  que el hombre esté solo –dijo Dios; voy a hacerle alguien como él que le ayude” (Gén 2,20-23). Con lo cual queda excluida cualquier subordinación de un sexo a las pretensiones de poder y a las necesidades del otro, y toda ofensa a la dignidad asignada a uno y otro sexo.

Aunque la igualdad del varón y la mujer estaba asentada en la Biblia, en la cultura judía, la mujer era propiedad del varón y la superioridad de éste se veía refrendada en la ley de Moisés que concedía al hombre el derecho de divorciarse. Por eso y para ponerlo a prueba, los fariseos le preguntan a Jesús si es lícito al marido separarse de la mujer.

La respuesta de Jesús contiene dos argumentos. El primero es éste: si Moisés permitió el divorcio fue por la “dureza del corazón” del pueblo judío, que le impedía comprender los planes divinos. Jesús critica el legalismo, que lleva a quedarse sólo en lo que señala la ley, y no aspirar a ideales más altos de amor y servicio. El segundo argumento es éste: lo que dice el Génesis (2, 18-24) es lo que Dios quiso desde el principio. El poder repudiar a la esposa es un añadido posterior, que no concuerda con el plan original del Creador sino que proviene de conveniencias humanas egoístas.

De este modo, Jesús se pone como garante a la vez de la estabilidad de la pareja y de la igualdad entre el hombre y la mujer. Por el matrimonio ambos forman una sola carne, que ninguna autoridad humana puede separar; eso fue lo establecido originalmente por Dios: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos uno solo”. La conclusión: “Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, se deduce perfectamente de las razones aportadas.

La respuesta de Jesús mira a la comunidad de los que le siguen, entonces y ahora. Separarse del cónyuge y casarse con otro lo equipara Jesús con el adulterio y así ha de pensar el cristiano, que confía en la gracia que el Señor no dejará de darle. En el texto paralelo de Mateo (19,10), los discípulos al oír esto dijeron: Si así son las cosas, “mejor es no casarse”. Pero Jesús les responde: “No todos pueden con eso, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede” (Mt 19,11). Los discípulos, como muchos hoy, deben entender que el Señor nunca los abandona y que lo que resulta imposible a los hombres puede ser factible con la ayuda de Dios.

Esto supuesto, todos sabemos que el matrimonio puede naufragar porque siempre está el riesgo del error y siempre la persona puede manifestar su incapacidad para amar así. Por eso la Iglesia y sus ministros, siguiendo el ejemplo de Jesús, que era claro en los ideales y valores, pero comprensivo ante los fracasos, ha de mostrar comprensión, dar ánimos y acompañar al hermano o hermana que, por la humana flaqueza y falibilidad fracasó en su matrimonio.

Lo prioritario es curar heridas, suele decir el Papa Francisco. Pero aunque todo esto sea verdad, y aunque sean tan frecuentes los fracasos matrimoniales, la conclusión no puede ser no casarse o casarse hasta ver qué pasa… No podemos aceptar como lo normal la “mentalidad divorcista”; con ella no se puede contraer un matrimonio válido.

Muchos, lamentablemente, se casan con la idea de vivir juntos mientras dure el amor y uno se sienta feliz, pero ¿de qué amor hablan? Eso no es el amor cristiano, del que dice san Pablo en 1Cor 13 que no pasa nunca, porque perdona y se rehace continuamente. Desde el punto de vista humano –y no sólo bíblico– no se puede considerar como lo “normal” un amor sin hondura, que deja abierta la puerta a posibles abandonos, rupturas, variables y sucedáneos.

En el fondo de todo esto late una mentalidad pesimista y amargada que desconfía en la capacidad de la personas para rehacerse y no cree que se puedan asumir compromisos estables y definitivos. Esta mentalidad del desaliento ignora la fuerza de la gracia. Por eso, la indisolubilidad del matrimonio se ve sólo como una ley, una dura ley. Y muchas veces los ministros de la iglesia presentan la indisolubilidad únicamente como ley y no como ideal moral y aspiración de toda persona casada.

La fidelidad indisoluble no es ley sino evangelio, es la buena noticia de que la gracia de Dios puede transformar el egoísmo en mutua aceptación, los límites del otro en diálogo y comprensión, las frustraciones en sano realismo que, cuando falta lo ideal, se aferra a lo posible, lo disfruta todo lo que puede, y no desespera jamás en la búsqueda del ideal.

Por todo eso, no basta proclamar la prohibición del divorcio. Si no formamos a los jóvenes que se han de casar, eso no conduce a nada. Es una necesidad urgente. Para que puedan llegar a formar familias estables y unidas, ellos necesitan una formación que los capacite para poner las condiciones necesarias de la unión matrimonial en una sociedad fragmentada que tiende a desunir.

Sólo una libertad educada en el manejo humano de los sentimientos hace que la persona sea capaz de entregarse con sentido de unidad e indisolubilidad. Hoy más que nunca la capacidad de asumir frustraciones forma parte de la educación del adulto. El evangelio forja hombres y mujeres de personalidad recia, libres y responsables. Él nos abre los ojos a la acción de Dios que, sobre todo en los momentos de dolor y de crisis, mueve a poner con coraje y perseverancia las condiciones necesarias para seguir unidos, para seguir aspirando al ideal de un amor fiel y duradero, aun cuando otras voces puedan decirte: ¡abandona, sepárate, divórciate!

La Iglesia no puede dejar de transmitir las palabras de su Señor. Sería infiel a Él. Ella no nos puede recortar el horizonte de nuestra generosidad. Por eso, ella nos anuncia la buena noticia de que somos capaces de aspirar a lo alto y darle a este mundo nuestro, dividido y fragmentado, el testimonio de un amor capaz de superar las crisis.

sábado, 2 de octubre de 2021

Si no se hacen ustedes como niños… (Mt 18, 1-5.10)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo bendice a los niños, óleo sobre lienzo de Antoine Ansiaux (siglo XIX), Museo Nacional del Castillo de Versalles y de Trianon, París, Francia

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?».
Jesús llamó a un niñito, lo colocó en medio de los discípulos, y declaró: «En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos. Y el que recibe en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe. Cuídense, no desprecien a ninguno de estos pequeños. Pues yo se lo digo: sus ángeles en el Cielo contemplan sin cesar la cara de mi Padre del Cielo».

Jesús establece el criterio que determina la calidad de las personas en la comunidad. Uno se hace grande cuando se hace como los niños. ¿Pero esto que significa? Para nosotros, niño significa ternura, inocencia, sencillez, espontaneidad; para los griegos, los niños eran también los siervos, los esclavos, los cautivos; y para los hebreos, el niño –al igual que la madre– era propiedad del varón, no contaba, no tenía derechos propios. Siempre y en todas partes, niño es el que tiene necesidad de todo y es lo que los otros le hacen ser. Existe sólo si hay alguien que lo toma bajo su cuidado y pertenencia.

Dicho esto, lo que nos quiere decir el evangelio es que, en vez de andar en la vida como “los grandes” que se satisfacen a sí mismos, creyendo no deber nada a nadie ni tener necesidad de nadie, podemos renacer, volver a hacernos niños (Jn 3,1ss) para alcanzar nuestra condición más auténtica, la propia del hijo que, en su dependencia de Dios, su Padre, halla su capacidad de crecimiento, libertad y autonomía.

Este adulto convertido en niño se siente acogido y acoge, sabe que todo lo ha recibido por gracia y que debe dar gratis lo que gratis ha recibido. Sabe que no se ha dado la vida a sí mismo y que puede perderla, sabe que puede vivirla disfrutándola para sí solo o entregarla al servicio de los otros. Sabe, en fin, que en todo momento puede abandonarse en brazos de su padre, porque el resultado final no dependerá sólo de él sino de Dios. Este abandono confiado en Dios, lo expresa gráficamente el Salmo 131: Señor, mi corazón no es soberbio ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos: como un niño en brazos de su madre. Con esta quietud interior se desenvuelve en toda circunstancia de su vida.

No se trata ya de la primera infancia, sino de aquella que es propia del adulto que ejercita su libertad. Es como inocencia recuperada. A esta “infancia espiritual”, costosa en verdad, se refería Jesús cuando bendecía a los niños y prometía el reino de los cielos, a los que se asemejan a ellos. Son los que pueden tratar con Dios con entera confianza y llamarlo Abba, padre.

Así, pues, el hacerse niño no tiene nada que ver con el infantilismo, fruto de una mala educación de los instintos, tendencias y afectos. Infantil es el insatisfecho, que no hace más que buscar satisfacer su ansia de ser acogido, nutrido, sostenido. Infantil es el que se aferra a los demás y a las cosas, exige, demanda y manipula, pero sin corresponder y, en definitiva, sin poder valerse por sus propios medios. El niño del evangelio, en cambio, tiene como modelo de inspiración la personalidad de Jesucristo, el hombre libre.

Hacerse como niños en relación a Dios y a los prójimos, reconocer la propia necesidad, rechazando todo orgullo y autosuficiencia es vivir como auténticos discípulos de Cristo y es para Mateo el centro de los valores cristianos que la Iglesia debe mostrar. Los creyentes tienen delante un modelo altísimo: deben aprender de Jesús, que era manso y humilde de corazón (no violento ni altanero) y procurar proceder en todo como Él y realizarse humanamente como Él.

El versículo referente a los ángeles, que cuidan de los pequeños y contemplan sin cesar el rostro de Dios, habla del especial amor y protección que Dios tiene a los niños y sirve de motivación para valorar la vida de los pequeños, de los pobres y de los débiles que valen y cuentan mucho para Dios. Con ellos se identificó el Hijo de Dios y a los que son como ellos les promete su reino.

viernes, 1 de octubre de 2021

¡Ay de ti Corozaim, ay de ti Betsaida! (Lc 10, 13-16)

 

P. Carlos Cardó SJ

Sermón en Cafarnaúm, óleo sobre lienzo de Visili Aleksandrovich Kotarbinsky (siglo XIX), colección privada, Rusia

¡Pobre de ti, Corazaín! ¡Pobre de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se han hecho en ustedes se hubieran realizado en Tiro y Sidón, hace mucho tiempo que sus habitantes habrían hecho penitencia, poniéndose vestidos de penitencia, y se habrían sentado en la ceniza. Con toda seguridad Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que ustedes en el día del juicio. Y tú, Cafarnaún, ¿crees que te elevarás hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el lugar de los muertos. Quien les escucha a ustedes, me escucha a mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.

A continuación de las instrucciones de Jesús a los discípulos enviados en misión, Lucas incluye estas frases de Jesús que parecen una exclamación de dolor por la ingratitud y rechazo de que ha sido objeto en Galilea, sobre todo en las ciudades de Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm. Ellas, más que otras, han sido testigos de su predicación y de sus milagros pero le han dado la espalda, no han querido escuchar su mensaje, no se han convertido. Por eso las compara con Tiro y Sidón, ciudades paganas de Fenicia, que fueron blanco de las requisitorias de los grandes profetas de la antigüedad.

Con todo, conviene decir que la expresión Ay de ti…, puede ser interpretada no propiamente como amenaza, sino como lamento; en este caso, expresa el dolor de Dios y de Jesús por el mal de sus hijos e hijas. El pecado del hombre provoca el lamento de Dios. La cruz será la expresión máxima de este dolor por la gravedad del mal.

En los libros de Isaías (Is 23, 1-11) y Ezequiel (28, 2-29. 21-24), Tiro y Sidón aparecen como objeto de las amenazas de los profetas porque eran ciudades mercantiles que explotaban a los pobres, y eran símbolos de la injusticia que impide acoger la Palabra de Dios. Sus nombres pasaron a ser sinónimos de condenación, por ser reacias a la conversión. Si hubiera resonado en ellas la llamada de Jesús y hubiesen sido testigos de la grandeza de sus prodigios, sus habitantes hace tiempo que se habrían vestido de saco, se habrían echado ceniza en señal de penitencia y habrían reformado su comportamiento. Como pasó en Nínive, por la predicación de Jonás (Jon 3,5-9).

Sin embargo, Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm, a pesar de la predicación de Jesús y de haber sido las ciudades en las que realizó el mayor número de curaciones, se obstinaron en no creer, actuando contra Él con desdén y soberbia. Por eso Jesús las cita, para demostrar la grandeza del don que recibieron, que era capaz de cambiar aun a las ciudades más pecadoras.

Cafarnaúm merece una atención especial. Fue el lugar donde el Señor inició y desarrolló la mayor parte de su actividad, razón por la cual fue llamada por los cristianos “la ciudad de Jesús”. Al referirse a ella utiliza las palabras de la sátira que Isaías recitó contra el rey de Babilonia (Is 14,4-21), que quiso escalar los cielos como Hélél (“Lucero matinal”) y Sahar (“Aurora”), divinidades astrales de los cananeos, pero cayó en la ruina más absoluta. De modo semejante, advierte Jesús a Cafarnaúm, lo que podía haberle reportado gloria en el día del juicio, no hará más que hundirla en el abismo.

Si Lucas consigna estas frases de Jesús en su evangelio es, sin duda, porque consideraba que contenían un mensaje para los lectores cristianos de las generaciones futuras. Son palabras graves, severas, que amonestan al cristiano que de manera irresponsable se niega a oír la voz que lo llama a conversión.

Cerrarse a la enseñanza del evangelio es rechazar al propio Dios, que para eso envió a su Hijo al mundo: para que todo aquel que escuche su palabra tenga vida eterna. El orgullo con que se le rechaza se puede convertir en una vida definitivamente frustrada. Sodoma, Tiro, Sidón, Nínive, Babilonia… todo lo que Israel consideraba lo peor del mundo, no son nada frente al mal de rechazar la visita del Señor. Así de fuerte es la advertencia de Jesús que, naturalmente, brota de la pasión con que ama a todos y no quiere que ninguno de ellos se pierda.

El texto termina con una identificación de Jesús con los enviados; su ser y su actuar se continúan en ellos: el que a ustedes escucha, a mí me escucha… Les habla de dificultades, rechazos y persecuciones, pero termina haciendo un elo­gio de todo aquel que los acoge porque actúan en su nombre y son sus discípulos. Quien los escucha con el corazón, acoge al Señor, Palabra de Dios encarnada. Quien los desprecia, desprecia al  autor de la vida. En el ser rechazados se produce una identificación con Él, el más rechazado, la piedra angular rechazada.