lunes, 8 de marzo de 2021

Jesús es rechazado en Nazaret (Lc 4, 24-30)

P. Carlos Cardó SJ

Otoño en Nazareth, óleo sobre lienzo de Georges Rouault (1948), Museos Vaticanos, Roma

Jesús dijo: "Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y un gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio". Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino.

Jesús ha iniciado su actividad pública en la sinagoga de Nazaret, pueblo en el que se ha criado, y lo ha hecho proclamando la buena noticia de la liberación ofrecida por Dios por medio de su persona y de su mensaje.

Muchos al oírlo han quedado admirados de las palabras de gracia que salían de su boca. Pero no llegan verdaderamente a comprender quién es Jesús porque se quedan en lo que saben de él: que es el hijo de José, el carpintero del pueblo. Por eso Jesús les interpela su falta de fe; les hace ver que no lo reconocen como el enviado de Dios ni creen el anuncio que les ha hecho del comienzo de una era nueva que les exige nuevas actitudes.

Conocían a Jesús demasiado para aceptar una novedad tan radical y, por otra parte, se resistían a cambiar sus propias vidas y sus costumbres de siempre. Jesús los exhorta a la conversión. Les recuerda que con su incredulidad y desconfianza están repitiendo el comportamiento de sus antepasados con los profetas Elías y Eliseo, que encontraron mejor acogida entre los paganos que entre sus oyentes del pueblo elegido de Dios. Así, Jesús sufre la suerte de los profetas, que fueron rechazados por los suyos y sólo pudieron actuar entre quienes no exigían milagros para creer, ni pretendían saber cómo debía actuar Dios.

Los de Nazaret pasan entonces de la furia a la violencia y deciden quitarlo de en medio, eliminarlo. Lo empujan fuera de la ciudad e intentan despeñarlo desde el barranco del monte donde se alzaba su pueblo. Lo ven como un blasfemo y debe morir. Pero Jesús, de forma imponente, abriéndose paso entre ellos, se alejaba.

La oposición de los nazarenos ha sido un adelanto del rechazo que va a sufrir en su actividad pública y que culminará en su condena a muerte. Llegará el momento en que las autoridades judías lo entreguen a los romanos y acabe su vida en la cruz. Pero aquello vendrá a su debido tiempo. Ahora la libertad soberana con que vence el furor de sus enemigos prefigura su resurrección. Jesús está por encima de la maldad humana. Jesús sigue haciendo el bien, a pesar de la malignidad del mundo.

En el plano eclesial, el texto de hoy le recuerda a la Iglesia que siempre ha habido y habrá necesariamente dentro de ella profetas movidos por el espíritu de Dios, que interpelan a la sociedad y conmueven las conductas.

Estos hombres y mujeres llaman también la atención de la misma Iglesia para que en sus instituciones humanas y en los hombres que la forman no tienda a acomodarse a ningún orden de cosas injusto, no se doblegue ante los poderosos, no siga otro interés que el de Jesucristo y no deje de defender los justos intereses de los necesitados si quiere seguir siendo fiel al evangelio.

La libertad del profeta la necesita la Iglesia para denunciar las injusticias y anunciar el evangelio del amor, para invitar al cambio de conducta y pensar el futuro desde la justicia y el amor. Verdaderos ejemplos de inspiración profética los podemos apreciar en las actitudes y gestos que está demostrando el Papa Francisco para promover la renovación la Iglesia y la reforma de sus instituciones.

Mientras Jesús está lleno del Espíritu Santo, los nazarenos están llenos de ira. También esto encuentra aplicación hoy si miramos los graves conflictos que se libran en el terreno de las religiones. La mayor dureza del corazón humano, capaz de llevar a las peores violencias, es la que proviene de las pretensiones religiosas, que se expresan en conductas intolerantes, excluyentes y condenatorias, y sustentan todo tipo de fundamentalismos o sectarismos del signo que sean.

Para nosotros hoy, el mensaje de este evangelio mantiene plena vigencia. Todos nos podemos ver retratados en la sinagoga de Nazaret. Como los nazarenos, también nosotros en un primer momento acogemos con entusiasmo el mensaje del evangelio. Pero cuando comprendemos que la propuesta de Jesús nos exige cambios importantes en nuestro modo de vivir aparecen nuestras resistencias.

Por otra parte, tampoco a nosotros nos agrada que alguien nos haga ver nuestras incoherencias y deje al descubierto nuestra incredulidad... El pasaje evangélico de hoy nos invita, pues, a no repetir el error de los paisanos de Jesús: en vez de echarlo fuera, salgamos nosotros fuera de los estrechos límites en que nos encerramos y vayamos con Él. Sigamos sus itinerarios imprevisibles y demos los pasos que nos proponga dar, aunque inicialmente no entren en nuestros cálculos.

domingo, 7 de marzo de 2021

Homilía del III Domingo de Cuaresma - Jesús y el templo (Jn 2, 13-17)

P. Carlos Cardó SJ

Expulsión de los mercaderes del templo, óleo sobre lienzo de Doménikos Theotokopoulos “el Greco” (1571), Instituto de Arte de Minneapolis, Estados Unidos

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: "Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre." Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: "El celo de tu casa me devora."

El templo era el principal lugar del culto judío, que tenía como centro la celebración anual de la Pascua con el sacrificio del cordero. Miles de corderos se inmolaban en el atrio del templo; se quemaba la grasa y la carne se dividía: una parte se llevaba a las casas para la comida pascual y otra se destinaba al santuario para ser vendida por los sacerdotes. Además, como los corderos tenían que ser puros, el templo garantizaba su pureza suministrando sus propios animales a un precio más caro.

Aparte de esto, todo israelita tenía que pagar al templo un impuesto de medio siclo de plata (Neh 10,33-35; Mt 17,23.24) en moneda nacional, no extranjera (considerada impura), para lo cual se montaron mesas de cambistas. Con el correr del tiempo, el templo se enriqueció: tenía campos, rebaños, carnicerías, curtiembres y talleres de hilados y confecciones de lana, con cientos de trabajadores. Llegó a ser una poderosa empresa administrada por los sacerdotes, que amasaron grandes fortunas con aquel negocio sucio.

Nadie criticaba esa corrupción: ni los nacionalistas celotes que veían el templo como el símbolo de la nación; ni los fariseos que exigían el cumplimiento de las leyes, ni los intelectuales escribas que las interpretaban, ni los ricos saduceos que se habían apoderado de la función sacerdotal.

Jesús no se deja impresionar por la riqueza y poder de aquella institución. Su conciencia crítica lo lleva a desenmascarar aquella perversión. Su gesto no es un simple arrebato de ira, sino que expresa la actitud valiente de los grandes profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la defensa de la verdadera religión. Expulsando a los mercaderes, Jesús reprueba aquella corrupción abominable que consiste en usar la religión para obtener ganancias y oprimir a la gente. El templo, el mundo de lo religioso, no puede dividir a la gente, generando privilegios y poderes indefendibles.

El gesto de Jesús va acompañado de un anuncio: Destruyan el templo y en tres días lo construiré. Los judíos, tomando la frase al pie de la letra y aplicándola al templo de piedra, la usarán como la acusación formal para conseguir la sentencia de muerte contra Jesús. Los discípulos, por su parte, sólo la entenderán en la mañana de Pascua. Se acordaron de lo que había dicho, y creyeron..., es decir, que el edificio del templo podía caer (como de hecho ocurrió con la destrucción de Jerusalén por las tropas de Tito el año 70), pero que el cuerpo de Jesús, destruido en la cruz por el pecado del mundo, sería resucitado y levantado a lo alto por Dios, como el templo nuevo de su presencia continua en su pueblo, el santuario de la adoración en espíritu y en verdad (de lo que habló Jesús a la Samaritana – cf.  Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”.

Así mismo, el templo de Dios somos nosotros también. ¿No saben –dice san Pablo- que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo y ese templo son ustedes (1 Cor 3,16). El mismo Pablo considera la vida cristiana como una construcción, cuya piedra fundamental es Cristo, que crece hasta formar un templo consagrado al Señor, del que formamos parte por medio del Espíritu (Cf. Ef 2,19-22) para ser morada de Dios.

El pecado y el mal de este mundo destruyen el templo santo que es la persona humana. Con nuestros desórdenes personales, llenamos el templo que somos nosotros con otros dioses, objetos de nuestro interés, que son indignos del lugar santo; convertimos nuestro templo en un lugar de comercio. El Señor viene y limpia, recupera y rehace.

San Pedro en su primera carta da un contenido comunitario a la imagen del templo y dice: ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. En él, la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios.

En este templo, además, todos somos necesarios, como son necesarias todas las piedras del edificio. Formamos una unidad por encima de raza, lengua, o nación. No hay poderes sino servicios diversos, carismas y dones que Dios distribuye para que actúen en comunión y se pongan a disposición de los demás, a fin de constituir un cuerpo en el que no haya ninguna división.

sábado, 6 de marzo de 2021

El hijo pródigo (Lc 15, 1-32)

P. Carlos Cardó SJ

Retorno del hijo pródigo, óleo sobre lienzo de Giovane Palma (1595), Galleria dell’Accademia, Venecia, Italia

Los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Por esto los fariseos y los maestros de la Ley lo criticaban entre sí: «Este hombre da buena acogida a los pecadores y come con ellos.» Entonces Jesús les dijo esta parábola:

«Había un hombre que tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: “Dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y el padre repartió sus bienes entre los dos. El hijo menor juntó todos sus haberes, y unos días después se fue a un país lejano. Allí malgastó su dinero llevando una vida desordenada. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Fue a buscar trabajo y se puso al servicio de un habitante del lugar, que lo envió a su campo a cuidar cerdos. Hubiera deseado llenarse el estómago con las bellotas que daban a los cerdos, pero nadie se las daba.
Finalmente recapacitó y se dijo: “¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados.” Se levantó, pues, y se fue donde su padre.
Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó. Entonces el hijo le habló: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado». Y comenzaron la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile. Llamó a uno de los muchachos y le preguntó qué significaba todo aquello. El le respondió: «Tu hermano ha regresado a casa, y tu padre mandó matar el ternero gordo por haberlo recobrado sano y salvo».
El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a suplicarle. Pero él le contestó: «Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero gordo».

El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

El cap. 15 del evangelio de Lucas contiene las parábolas de la misericordia, o parábolas de “lo perdido” que Dios recupera: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. Su mensaje central es que Dios nos ama en Cristo de modo incondicional, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno y fuente de misericordia.

La parábola del hijo pródigo –uno de los textos más bellos del evangelio– debería llamarse del Padre misericordioso o parábola del amor del Padre. Él es el protagonista y, en función de él, se nos muestran los comportamientos del hijo pródigo y del hijo mayor. Su valor central reside en la nueva figura de Dios que presenta, tan nueva que resulta escandalosa para los fariseos de todos los tiempos: un Dios padre, fiel hasta el final a su ser padre, con una misericordia incondicional, abierta, ilimitada, que no sólo se vuelca sobre el hijo arrepentido, sino también sobre el intransigente hijo mayor. En este sentido, la parábola sintetiza el núcleo del mensaje de Jesús: las puertas del Reino se abren al pecador arrepentido por la magnanimidad de Dios.

El hijo menor, que despilfarra la herencia, representa simbólicamente toda ruptura del hombre con Dios, que trae, como consecuencia, ruina. Pierde todos sus bienes y acaba perdiendo hasta su identidad de hijo. Se siente indigno de llamarse así: Volveré junto a mi Padre y le diré: he pecado, trátame como a uno de tus jornaleros. Sabe que en justicia eso es lo que merece y acepta tener que ganarse la vida trabajando como un peón.

Pero siempre será un hijo porque nada puede borrar ni anular o cambiar esta relación. Por su parte el padre siempre será un padre, aunque su hijo sea un pródigo. El amor del Padre supera las normas de la justicia. El amor restablece y eleva. Por eso su prontitud para acogerlo y la fiesta que manda celebrar, que le parece excesiva al hijo mayor y le despierta celos y envidia. Para el padre es evidente que su hijo perdido no sólo ha malgastado su patrimonio sino que ha perdido aun la auténtica idea y valoración de sí mismo. Por eso dice: Había que hacer fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado.

En su libro-entrevista, El nombre de Dios es misericordia, el Papa Francisco recuerda que etimológicamente misericordia significa abrir el corazón al miserable. Y, hablando del Señor, añade: “misericordia es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar. Por eso se puede decir que la misericordia es el carné de identidad de Dios. Dios es misericordioso”.

Al igual que el hijo pródigo, el hijo mayor de la parábola tampoco imagina que un padre, por el amor que tiene a su hijo, sea capaz de ir más allá de lo que la justicia establece, es decir,  de “darle su merecido”. Por eso, lleno de resentimiento, se niega a participar en la fiesta. Ya no ve al pródigo como hermano y reprocha a su padre la acogida que le ha brindado, mientras que a él, que siempre se ha portado bien, nunca lo haya premiado.
Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tus bienes con prostitutas, y le matas el ternero gordo”. Este hijo tiene también que cambiar de actitud para con su padre y con su hermano. El banquete que su padre tiene dispuesto para todos los de casa no será del todo feliz, porque no será la fiesta de la familia completa. Tiene que pacificar su corazón, reconocer agradecido lo que su padre significa para él y, reconciliado con él y con su hermano, disponerse a disfrutar de la fiesta del reencuentro.

Todos nos podemos ver también en este hijo mayor. El pensar sólo en mí mismo, el entristecerme porque a otros les vaya bien y, peor aún, llenarme de enojo porque otros que son diferentes a mí sean admitidos en la asamblea de la Iglesia, todas esas actitudes excluyentes me hacen olvidar que Dios es padre de todos, y me impiden disfrutar de la alegría de fiesta que se siente por el triunfo del amor de Dios en nuestra historia personal.

En definitiva, el hijo pródigo, que desea volver a sentir el abrazo del padre, somos cada uno de nosotros cuando descubrimos que nuestra vida puede cambiar. El hijo mayor somos también nosotros cuando advertimos que podemos servir de manera desinteresada y fomentar la unión sin egoísmos, ni celos ni prejuicios.

viernes, 5 de marzo de 2021

Parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 33-43.45-46)

 

P. Carlos Cardó SJ

Parábola de los viñadores homicidas, acuarela opaca sobre grafito de James Tissot (1886 – 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "Escuchen otra parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero: lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos».

Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente? ". Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

La parábola nos muestra cómo ve Dios la historia humana. Desde el origen del mundo manifiesta su amor indulgente y misericordioso, que llega a su máxima demostración en la entrega de su propio Hijo.

La parábola pone de relieve el cuidado que tiene el Señor con su viña, que es la humanidad: la plantó... la rodeó con una cerca... cavó... construyó un lagar...la arrendó... se marchó. Detrás de estos verbos resuena la canción de la viña del cap. 5 de Isaías: A nosotros, que somos su viña, Dios muestra en obras el amor que nos tiene y espera que, de nuestra parte, demos los frutos que nos hacen semejantes a él.

Pero a la bondad de Dios, la humanidad responde con maldades. Nos puso en la vida para que vivamos con la alegría del compartir y perdonar, pero endurecemos nuestro corazón y lo llenamos de hostilidad, envidia y avaricia.

La respuesta de los labradores a los enviados del señor fue de una violencia tremenda: a uno lo apalearon, a otro lo mataron, al tercero lo apedrearon. El señor envío a más criados, pero los campesinos reaccionaron con igual ingratitud y prepotencia. El dueño de la viña se juega la última carta que le queda: enviar a su propio hijo, con la esperanza de que lo respetarán. ¡Pero nada de eso! Los labradores lo arrojan fuera de la viña, le dan muerte y deciden quedarse con la herencia.

Los oyentes de Jesús, interpelados por Él, reaccionan a la parábola diciendo que el delito cometido por aquellos viñadores merece la más severa condena. Y así es como leemos la historia: pensamos que Dios puede ser más violento que los malvados y que la venganza triunfa. Pero Dios no piensa así. No es un Dios vengativo, no devuelve mal por mal, sino que lo restaura todo con su amor que salva.

En este sentido, la parábola encierra el mensaje central de nuestra fe: la entrega de Jesús demuestra el amor incondicional de Dios por nosotros. En la cruz de Jesús se revela hasta qué horrores puede llegar la maldad humana y hasta que extremos de bondad puede llegar el amor de Dios para vencer el mal con el bien y restaurarlo todo con su amor que triunfa sobre el pecado y la injusticia de los hombres. Nuestro mal descarga toda su carga mortífera quitándole la vida al Autor de la vida. Dios se manifiesta como el amor omnipotente que da su vida a quienes se la quitan.

Israel no aceptó el mensaje de Jesús, no se convirtió, no lo siguió. Pero la consecuencia de esto no fue la de un castigo divino, como podía esperarse por algunos pasajes del Antiguo Testamento. Lo que ocurre más bien es que a su pueblo que lo rechaza, Dios le hace la “oferta” más radical: le entrega a su “Hijo querido” como la expresión de su amor.

Por su parte, el mismo Jesús, con la confianza absoluta que mantuvo en Dios, y que le hizo estar en profunda sintonía con Él para asumir su voluntad como propia, nos hace ver que su muerte no fue un simple asesinato ni el resultado de un destino ciego. En su pasión, voluntariamente aceptada, Jesús revela hasta dónde es capaz de llegar el amor solidario de Dios su Padre, y el suyo propio, porque está dispuesto a ir hasta lo más alejado de sí mismo, para salvar a todos, sin excluir ni al más abandonado y perdido de sus hermanos.

Esta adhesión de Jesús al plan de salvación del Padre se muestra de modo claro en las palabras que pronunció antes de su pasión, tal como están recogidas en el evangelio de Juan: Ahora me encuentro profundamente angustiado, pero ¿qué puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre glorifica tu nombre. Entonces se oyó una voz venida del cielo: - Yo lo he glorificado y lo volveré a glorificar” (Jn 12, 27-28).  Y con esta confianza de que el Padre pondría de manifiesto el valor salvador de su entrega por nosotros, Jesús morirá exclamando: Todo está cumplido (Jn 19,30). Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).

El itinerario de la cuaresma nos conduce al encuentro con un Dios Crucificado, un Dios que sufre con y como sus hijos e hijas que sufren. La cuaresma, preparación para vivir el misterio de la muerte y resurrección del Señor, nos enseña a ver la vida como Él la ve, a llenar de amor toda situación de dolor, y a enfrentar y vencer el mal como Él enseñó.