jueves, 4 de marzo de 2021

El hombre rico y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31)

P. Carlos Cardó SJ

El hombre rico y el pobre Lázaro, óleo sobre lienzo de Eduard von Gebhardt (1865), Museo de Arte Crocker, Sacramento, California

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y había un pobre, llamado Lázaro, cubierto de llagas y echado a la puerta del rico, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamerle las llagas. Murió el pobre y los ángeles lo llevaron junto a Abrahán. Murió también el rico y lo sepultaron. Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos, alzó la vista y divisó a Abrahán y a Lázaro a su lado. Lo llamó y le dijo: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro, para que moje la punta del dedo en agua y me refresque la lengua; pues me torturan estas llamas». Respondió Abrahán: «Hijo, recuerda que en vida recibiste bienes y Lázaro, por su parte, desgracias. Ahora él es consolado y tú atormentado. Además, entre vosotros y nosotros se abre un inmenso abismo; de modo que, aunque se quiera, no se puede atravesar desde aquí hasta vosotros ni pasar desde allí hasta nosotros». Insistió el rico: «Entonces, por favor, envíalo a casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos; que los amoneste para que no vengan a parar también ellos a este lugar de tormentos». Le dice Abrahán: «Tienen a Moisés y los profetas: que los escuchen». Respondió: «No, padre Abrahán; si un muerto los visita, se arrepentirán». Le dijo: «Si no escuchan a Moisés ni a los profetas, aunque un muerto resucite, no le harán caso»”.

El mensaje de esta parábola es claro: despilfarrar el dinero, sin pensar en el bien común y en contribuir a remediar las necesidades de los prójimos, es obrar de manera egoísta e injusta. Así procedía el rico, que banqueteaba espléndidamente, sin importarle la suerte del pobre que estaba a su lado. Llega el día en que ambos personajes se encuentran ante la realidad ineludible de la muerte, y sus destinos cambian: el pobre es llevado al “seno de Abraham”, el cielo, mientras el rico va a caer en el infierno, que la imaginación judía describía como un lugar de llamas y tormentos.

El mensaje de la parábola no es que los pobres que sufren en este mundo tendrán después sus gozos en el cielo; lo que se subraya no es la suerte del pobre, sino la condena del rico. Por otra parte, la parábola no presenta a los dos personajes desde un punto de vista moralista. No dice que el rico haya sido un inmoral, ni que el pobre sea un creyente piadoso. No cabe, pues, la conclusión maniquea de que los ricos por ser ricos son malos y los pobres por ser pobres son buenos.

La razón por la que el rico echa a perder su vida es por haberse mostrado indiferente a la necesidad del pobre, que estaba tendido junto a su puerta. Y en esto la parábola insiste gráficamente, detallando el modo de proceder del rico, que lo conduce a la perdición: dedicado a sus placeres, a vestir lujosamente y a comer deliciosamente con sus amigos, se ha hecho incapaz de advertir la necesidad del pobre que está a su lado. Olvida, por tanto, el mandamiento principal: el amor al prójimo. Y es precisamente en esta dirección, en la que el evangelista saca de la parábola de Jesús la enseñanza debida.

El rico llama a Abraham “padre”. Se puede suponer, pues, que era un hebreo creyente. Pero ser miembro del pueblo elegido no basta para alcanzar la salvación. El rico pide a Abraham que el pobre Lázaro venga a mojarle con agua para refrescarlo. La respuesta de Abraham es tajante. La comunicación era posible en la tierra, ahora ya no. El momento para la generosidad y la solidaridad con los pobres es el hoy de cada día.

El rico pide luego que Lázaro vaya a casa de su padre a advertir a “sus cinco hermanos” para que no caigan también ellos en ese lugar de tormento. Pero esos “cinco hermanos”, ricos como él, eran el círculo cerrado en que había vivido y por eso nunca trató al pobre como un “hermano”. Su riqueza le impidió comprender que todos los seres humanos, sobre todo los más pobres como Lázaro, eran sus hermanos.

Además, no se puede llamar padre a Abraham si no se trata como hermano al pobre que está a la puerta de casa. La respuesta de Abraham es clara: Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen (v. 29). Es el único camino a seguir. No se trata de cosas extraordinarias, como ver resucitar a un muerto, sino de escuchar la palabra de Dios.

De la parábola se desprende, además, una enseñanza importante: que las decisiones que tomamos aquí en la tierra, van conformando una unidad y tienen sus repercusiones después de la muerte. Con ellas vamos dando unidad y sentido a nuestra vida.

El rico de la parábola opta por un estilo de vida, que lo lleva a tratar a los demás de una manera determinada. Su persona queda marcada por su estilo de vida y eso le trae consecuencias que van más allá de la muerte, porque la persona es una unidad, antes y después de la muerte.

Para el creyente, la dirección y el sentido de la vida se encuentra en la asimilación y puesta en práctica de los valores del evangelio. Vivir en contradicción con esos valores, como el rico de la parábola, es echar a perder la vida.

Quien piensa en los demás y vive para servir se humaniza y se hace objeto de la primera bienaventuranza prometida por Jesús a los pobres en espíritu. Esto, según el evangelio, es vivir para Dios y estar en Dios. Por el contrario, quien vive pensando únicamente en sí mismo, en su propio interés y confort, se deshumaniza. Según el evangelio, esto es estar fuera de Dios, es infierno. Lo que salva es el corazón pobre, que ya no vive para sí sino para Él, que por nosotros murió y resucitó y, quiere que lo sirvamos en sus hermanos, sobre todo en los más pequeños, con quienes Él se identifica.

miércoles, 3 de marzo de 2021

¿Pueden beber el cáliz…? (Mt 20, 20-28)

P. Carlos Cardó SJ

La madre de los Zebedeos le pide a Jesús por sus hijos, ilustración en el Códex of Predis (1476), Biblioteca Real de Turín, Italia (Fuente: Alamy, autorizada para uso editorial)

Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacer una petición.

Él le preguntó: "¿Qué deseas?

Ella contestó: "Manda que, cuando reines, estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda".

Jesús le contestó: "No sabes lo que pides. ¿Son capaces de beber la copa que yo he de beber?. Ellos replicaron: "Podemos".

Jesús les dijo: "Mi copa la beberán, pero sentarse a mi derecha e izquierda no me toca a mí concederlo; será para los que mi Padre ha destinado".

Cuando los otros diez lo oyeron, se enfadaron con los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: "Saben que entre los paganos los gobernantes tienen sometidos a sus súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga su servidor; y quien quiera ser el primero, que se haga su esclavo; lo mismo que este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos".

Aparecen aquí dos lógicas en conflicto: por un lado, la lógica del mundo que ha influido en la mente de los discípulos y que los lleva a procurar el poder y el dominio, y, por otro lado, la lógica de Hijo del hombre que le lleva a seguir un camino del amor y del servicio, y no se detiene ni ante las injurias, la persecución y la muerte.

La lógica de la cruz supone un cambio radical del sistema de valores imperante. Jesús, siendo el primero, se pone a servir a los demás, dando ejemplo de la verdadera grandeza. Él nos invita a pasar de la perspectiva de quien busca a toda costa rangos, categorías y cargos de poder, a la perspectiva de quien busca ser solidario y servir mejor. La persona encuentra su verdadero valor no en lo que posee, sino en su actitud de amor y servicio a ejemplo de Jesús.

La buena fama y reputación son un derecho de toda persona humana. Perderlas significa una forma de muerte social. Por eso, el deseo de reconocimiento y de prestigio es connatural al ser humano. Sin embargo, cuando estos valores se convierten en absolutos, hasta el punto de hacer que la persona los busque como la motivación más importante de sus acciones, reducen la propia existencia a una esclavitud y dependencia de la idea que los demás tengan de ella, a un culto a la imagen que se convierte en la idolatría del yo y puede llevarlo a la hipocresía de aparentar lo que no es para obtener aprobación y prestigio.

Naturalmente se olvida del modo como  Dios lo acepta. Olvida también que la vanagloria pierde a la persona en sus aparentes y transitorias victorias, mientras que el amor desinteresado, que mueve a pensar en los demás, le obtiene la verdadera gloria. Jesús desvela nuestra verdad, que consiste en ser como el Hijo, para quien la victoria consiste en amar, servir y dar la vida.

Dice el texto que la madre de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, pide a Jesús: Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda. En la versión de Marcos son los mismos hijos los que piden: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte (Mc 10, 35). En todo caso es la misma forma de pedir que empleamos con frecuencia en nuestra oración. Queremos que Dios haga lo que nosotros queremos, que su voluntad se adapte a la nuestra; en vez de ir nosotros a Dios, queremos que Él venga a nuestros intereses.

Jesús en Getsemaní da el ejemplo supremo: No se haga mi voluntad sino la tuya. Además, la madre de los Zebedeos puede pedir algo que para ella es bueno, la cercanía de sus hijos a Jesús en su reino; pero ignora que su reino se realizará en la cruz, cuando aparezca con toda su gloria de Hijo amado del Padre que ama a sus hermanos hasta dar la vida por ellos.

San Juan Crisóstomo comenta este pasaje (Homilías sobre Mateo, n. 65) y dice: Jesús procura sacar a la madre de los Zebedeos y a sus discípulos de las ilusiones que se han forjado, diciéndoles que deben estar dispuestos a sufrir injurias, persecuciones y aun muerte: No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber? Que nadie se extrañe de ver a los apóstoles con actitudes tan imperfectas. Hay que esperar que el misterio de la cruz se les revele, que la fuerza del Espíritu Santo les sea comunicada. Si quieres ver el valor de sus almas, míralos más tarde, y los verás superiores a todas las debilidades humanas. Jesús no oculta las debilidades y pequeñez de sus discípulos para que veas aquello que llegarán a ser después, por el poder de la gracia que los transformará… Observa bien que no les pregunta directamente: «¿Van a ser capaces ustedes de derramar su propia sangre?».

Para alentarlos, les propone compartir su cáliz, beber de su copa, es decir, vivir en comunión con Él… Mas tarde podrás ver al mismo San Juan, que ahora sólo busca el primer puesto, cederle el puesto a San Pedro… En cuanto a Santiago, su apostolado no duró mucho tiempo. Con fervor ardiente, despreciando totalmente los intereses puramente humanos, demostró un celo tan grande que mereció ser el primer mártir entre los apóstoles (Hech 12, 2).

martes, 2 de marzo de 2021

Las actitudes de los fariseos (Mt 23,1-12)

P. Carlos Cardó SJ

Jesús y los fariseos, óleo sobre lienzo de Pellegrino Tibaldi (Il Pellgrini), (1553), Pinacoteca Nacional de Bolonia, Italia

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: hagan y cumplan lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables, y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestro, porque uno solo es su maestro, y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre, el del cielo. No se dejen llamar consejeros, porque uno solo es su consejero, Cristo. El primero entre ustedes será su servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humille será ensalzado”.

El fariseísmo es una tentación en cualquier religión: practicar las buenas obras, asistir a los oficios religiosos, orar, cumplir con las tradiciones piadosas, todo puede dar pie a la búsqueda de aprecio y alabanza, o a la fatuidad de una santidad o justicia que no va acompañada de la rectitud interior y del testimonio de una vida verdaderamente honesta. Por eso, fariseísmo es sinónimo e hipocresía.  

En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la ley y los fariseos. Ustedes hagan lo que ellos digan pero no imiten su ejemplo porque no hacen lo que dicen. Jesús no ataca a la autoridad magisterial que, desde Moisés hasta los escribas y rabinos (muchos de los cuales eran de la secta de los fariseos) se ejercía en la “cátedra” de las sinagogas. Lo que Él censura es la incoherencia, el decir y no hacer, el predicar una doctrina buena y llevar una conducta que deja mucho que desear. Palabras, sermones, cartas, pronunciamientos son necesarios y atacarlos en bloque sería una necedad. Lo censurable es la incoherencia entre lo que se predica y lo que se vive. No basta predicar, es necesario practicar; entonces la enseñanza se hace creíble. Cuando las obras no corresponden a las palabras, se da un antitestimonio que, en vez de hacer el bien, escandaliza, confunde y desanima.

Fariseísmo es también equiparar la fe a una teoría que se aprende y se transmite, pero que no cambia a la propia persona. Se pude saber mucho de religión y no practicarla. Además, el evangelio no es algo que se dice para que otros lo cumplan, sino para, en primer lugar, aplicárselo y luego transmitirlo. Sólo así su enseñanza es eficaz.

Fariseísmo es sinónimo también de legalismo. Ocurre cuando se propone el evangelio como un conjunto de deberes y no como lo que es: buena noticia, don del amor de Dios que capacita para amar a los demás como Él nos ama. Contra este fariseísmo actúa el Espíritu que hace ver las leyes y normas morales y religiosas no como un fin, sino como medios para realizar lo que Él nos inspira.

Sin el Espíritu que da vida, la ley mata, se convierte en hipocresía, pervierte la fe, tranquiliza la conciencia y da la falsa seguridad de sentirse salvado. La ley de Cristo es el corazón nuevo que Dios crea en nosotros: el amor que hace cumplir voluntad de Dios. Esta ley está inscrita en nuestros corazones por el Espíritu santo que se nos ha dado. Guiado por ella, el cristiano distingue en su interior las variadas formas de egoísmo con que puede engañarse y discierne la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agradable, lo perfecto (Rom 12, 2).

Fariseísmo es buscar la seguridad de las normas y de lo que está mandado. Se puede, sí, aparecer como fervoroso, observante y “seguro”, pero se corre el riesgo de envanecerse con la propia fidelidad hasta despreciar a los demás, actuar por el deber y no con la gratuidad del amor y, lo que es peor, creerse autor de su propia santidad y merecedor de la salvación.

Desde el inicio de su predicación, en el sermón del monte (Mt 6, 1-18),  Jesús reprobó la ostentación farisaica. Lo hizo al enseñar el verdadero sentido de la oración, el ayuno y la limosna –tres pilares de la religión- que pueden convertirse en exhibicionismo espiritual para ganar fama entre la gente. Es lo que hacen los fariseos que alargan sus filacterias y distintivos religiosos y les gustan los primeros puestos en los banquetes y asambleas.

Jesús ha venido a revelarnos que Dios es Padre y todos nosotros somos hijos y hermanos. Él nos hace ver que bueno es lo que ayuda a vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros, y malo es lo que lo impide. Por eso aconseja no llamar a nadie maestro, padre o jefe. Pero no se trata de quedarnos en la literalidad de su enseñanza. De hecho Pablo se llama padre (1 Cor 4,15) y doctor y maestro de los gentiles (1 Tim 2, 2 Tim 1).

Pero es ridículo en la comunidad ufanarse de los títulos y confundir respeto a la autoridad con el uso de tratamientos que, por lo demás, ya nadie entiende. Lo importante es humildad y no orgullo, modestia y no vanidad, sencillez y no ostentación, servicio y no dominio o afán de poder.

Hoy la “cultura mediática” exige quizá más que antes el cuidado de la imagen y siempre habrá que tener cuidado para que “la mujer del César sea no sólo honesta sino que lo parezca”. Pero mucho mayor cuidado habrá que tener con las relaciones basadas en convencionalismos y con las apariencias que enmascaran malas conductas. El evangelio exige no dejarnos contaminar por este ambiente de la apariencia y mentira.

lunes, 1 de marzo de 2021

Sean misericordiosos como su Padre… (Lc 6, 36-38)

P. Carlos Cardó SJ

Obras de misericordia, óleo sobre lienzo de Cornelio Schut (segunda mitad del siglo XVII), Galería de Arte Coll&Cortés, Madrid, España

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Sean compasivos como su Padre es compasivo; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que usen, la usarán con ustedes".

La «perfección» que Jesús exige a sus discípulos, según Mt 5,48, consiste en ser misericordiosos como su Padre es misericordioso, según Lc 6,36.

Para el judío la misericordia era la piedra de toque de la auténtica religión. Practicada activamente con los pobres y los débiles, la misericordia debía distinguir a Israel frente a las naciones.

La Biblia emplea dos palabras para designar la misericordia: Rahamim y Hesed, expresan dos contenidos no excluyentes sino complementarios. La primera indica el cariño o ternura que tiene su asiento en el seno materno (raham: 1Re 3,26), pero es propio también del padre y del hermano que tienen entrañas (rahamim) de misericordia. En este sentido dice el Salmo 116: El Señor es benigno y justo; nuestro Dios es compasivo.

La segunda palabra, Hesed, expresa el acto o sentimiento de amor y compasión: Te rodea con su misericordia y su cariño (Sal 103,4), y expresa gráficamente el gesto de inclinarse para proteger, propio de la madre con su hijo, o el mirar con amor para conceder gracia, como miró el Altísimo a María su sierva (Cf. Lc 1, 30. 48).

En el Nuevo Testamento, la misericordia es el contenido central del mensaje de Cristo. A través de sus propios gestos y actuaciones, Jesús revela a un Dios de corazón misericordioso. San Lucas pone de relieve en su evangelio la misericordia de Jesús con los pobres, los pecadores y los excluidos.

Los pecadores hallan en Él a un «amigo» (7,34), que no teme sentarse a la mesa con ellos (5,27.30; 15,1s; 19,7). Trata personalmente a los necesitados: al «hijo único» de la viuda (Lc 7,13), a un padre desconsolado por la enfermedad de su hijo (8,42; 9,38.42). Y muestra especial benevolencia a las mujeres (8, 43-48; 10, 38-42) y a los extranjeros (7, 1-10; Mc 7, 24-30). Su fama de compasivo se extiende y de todas partes vienen a él los afligidos para invocarlo como a Dios mismo: ¡Ten misericordia de nosotros! (Lc 18, 38; Mt 9,27; 15,22; 20,29).

Por eso, el seguimiento de Jesús implica necesariamente la práctica de la misericordia, que Jesús establece como condición para entrar en el reino de los cielos (Mt 5,7), y que reitera citando al profeta Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). El discípulo debe llenarse de compasión para con el que le ha ofendido (Mt 18, 23-35), porque Dios ha tenido compasión con él (18,32s). Y, finalmente, de la misericordia que hayamos tenido con Cristo, presente en nuestro prójimo, seremos juzgados (Mt 25,31-46).

Esta enseñanza la recibieron los discípulos y no sólo la transmitieron insistentemente en los evangelios y cartas, sino que la misericordia no cesó de revelarse en sus acciones, como prueba creadora de que el amor no se deja “vencer por el mal” sino que vence al mal con el bien” (Rom 12, 21). Por eso, si algo queda claro en la enseñanza de los apóstoles es que el cristiano se ha de distinguir por mostrar amor, comunión en el espíritu, entrañas y ternura de misericordia (Flp 2,1), ser benigno y compasivo (Ef 4,32; 1Pe 3,8); incapaz de «cerrar sus entrañas» ante un hermano en necesidad, para que el amor de Dios permanezca en él (1Jn 3,17).

Den y se les dará. El amor incluye siempre el dar y hacer algo por el otro. No se dice qué debemos dar; se señala una actitud que debemos tener de estar disponibles siempre para dar de nosotros mismos. Lo contrario es el egoísmo, que encierra al sujeto en sí mismo y le impide compartir. En la medida que nos damos a los demás, Dios se nos da; en la medida en que damos, recibimos. Dios siempre da, se da; es lo propio de su ser, que es el amor.

Una medida generosa, colmada, apretada, rebosante echarán en su seno… o en sus entrañas o en el pliegue de su manto se puede traducir también.  Se exalta la generosidad de Dios, su esplendidez. Dios no conoce medida; la medida la ponemos nosotros con nuestra capacidad para recibir sus dones y para dar: Porque con la medida con que midan serán medidos. Dios no se mide ni juzga. El amor que tenemos a los demás marca nuestra medida y nos juzga.