lunes, 4 de enero de 2021

Anuncio del Reino (Mt 4, 12-17.23-25)

P. Carlos Cardó SJ

Cristo en Cafarnaúm, óleo sobre lienzo de Rodolfo Amoedo (1883), Pinacoteca del Estado de Sao Paulo, Brasil

Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido”.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado».

Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. El evangelio de San Mateo presenta el inicio de la actividad pública de Jesús en Galilea como la salida del sol, el alba de un nuevo día.

El pueblo es Israel, que representa aquí a todos los pueblos que sufren opresión y, en general, a la humanidad que soporta el mal, el pecado, la muerte y anhela la libertad de los hijos de Dios. Para este pueblo, para esta humanidad vino una gran luz. Fue como el amanecer. Una brecha se abrió en el horizonte humano.

Las tinieblas son la pervivencia del caos primordial, del que Dios sacó el cosmos con su palabra ordenadora. Los hombres desordenaron el cosmos, lo volvieron un campo de guerra de unos contra otros, y con su ambición irracional destruyeron la naturaleza, atentaron contra la vida, atentaron contra su Creador.

Las tinieblas significan también la esclavitud en Egipto, de la que Dios hizo salir a Israel su pueblo. Los hombres olvidaron pronto las acciones de Dios y volvieron a esclavizarse unos a otros, se fabricaron ídolos a los que entregaron la vida, becerros de oro que toda época se ha forjado: dinero, poder, gloria…

La venida de Jesús a este mundo oscurecido es anunciada por los profetas como la luz, principio de la nueva creación, el amanecer del “día de Dios” que pone fin a la noche del mundo. Y se entabla el duelo permanente entre la luz y la tiniebla, la verdad y la mentira, la fraternidad y el odio, la vida y la muerte; duelo que perdura hasta hoy.

Conviértanse, dice Jesús: vuélvanse a la luz, abran los ojos, es posible un mundo diferente, de corazones nuevos, de paz y armonía con el prójimo, con el cosmos, con Dios. Dios sólo espera que nos volvamos a Él. En esto consiste el acto más perfecto de nuestra libertad. En Jesús podemos sentir a Dios como padre y vivir como hermanos.

El reino de Dios está llegando. Jesús nos da motivos para vivir el presente con ilusión y empeño. El reino ya actúa entre nosotros. Ya ha comenzado a actuar el amor salvador de Dios en favor de quienes, inspirados por Él, buscan un mundo justo y fraterno. Aquello que esperamos ya está “aquí”, no fuera de este mundo y de mi vida, pero todavía hay que esperar su plena realización. Por eso el reino nos hace vivir intensamente el presente y nos marca la dirección de nuestra vida.

Entonces, caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro, y Andrés… y les dijo: Vengan conmigo… Es una invitación personal la que nos hace Jesús en la persona de esos pescadores de Galilea. La vida cristiana es la respuesta a esta invitación. Seguirlo significa convertirse, volverse a Dios, vivir conforme a los valores de su reino.

Seguimos a Jesús para vivir con Él la experiencia que ilumina y da sentido a la existencia. Esta experiencia no es, ante todo, una doctrina, ni únicamente una praxis. Jesús despierta en quien lo sigue una relación mucho más profunda y total: una relación personal con Él, como Señor y hermano. Se le entrega no sólo la mente y la sensibilidad, sino el corazón, el fondo del alma.

Lo primero que hace Jesús, según el evangelio de Mateo, es llamar, convocar. Nos llama. Me llama por mi propio nombre para que viva en la verdad de mi existencia. Escuchar su llamada es sentir y lograr mi verdadero yo, liberado de lo que me impide ser yo mismo, capaz de empeñar mi vida en la tarea de realizar en mí y en torno a mí los valores del evangelio.

Y no nos imaginemos cosas extraordinarias. La llamada de Jesús se siente en la vida cotidiana, por profana que sea: llamó a Simón y  a su hermano Andrés cuando estaban pescando, llamó a Mateo cuando detrás de su mesa de cambista juntaba y contaba plata. Incluso podemos estar haciendo cosas que van contra Cristo y contra los cristianos, como hacía Saulo. Hagamos lo que hagamos, la luz se abre camino y brilla en nuestro interior, desvelando nuestra verdad más profunda. Vente conmigo, me dice.

Y ellos, dejadas sus redes, lo siguieron.

domingo, 3 de enero de 2021

Homilía del domingo de la Epifanía del Señor (Mt 2, 1-12)

P. Carlos Cardó SJ

La adoración de los magos, óleo sobre lienzo de Edward Burne-Jones y Morris (1901), Galería de Arte de Adelaida, Australia Meridional

Jesús había nacido en Belén de Judá durante el reinado de Herodes.

Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo». Herodes y toda Jerusalén quedaron muy alborotados al oír esto. Reunió de inmediato a los sumos sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, pues así lo escribió el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que apacentará a mi pueblo, Israel. Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella. Después los envió a Belén y les dijo: «Vayan y averigüen bien todo lo que se refiere a ese niño, y apenas lo encuentren, avísenme, porque yo también iré a rendirle homenaje».

Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y fíjense: la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella!

Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Luego se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino.

La Epifanía es la fiesta de la manifestación de Jesús como Salvador de todas las naciones, simbolizadas en los sabios de Oriente.

Con un conjunto de símbolos de gran poder sugestivo, el relato de San Mateo hace ver la trascendencia universal que tiene el nacimiento de Jesús: es el Mesías que trae la salvación para todo el mundo, para todas las naciones, pueblos y culturas. Todo el género humano está llamado a conocer y acoger la luz que brilla en medio de la oscuridad. El horizonte de la historia humana no se pierde en las tinieblas. A todos los pueblos y personas guía el único Dios.

El Espíritu, que actúa en sus corazones, los impulsa a buscar el sentido que debe tener su vida, la rectitud que debe caracterizar su conducta, y el empeño que deben poner para construir la paz por medio de la justicia. Para todos nace el Señor. Y por ello se hace posible la acogida fraterna de todas las personas, por encima de las diferencias sociales y culturales. El misterio de Belén lo hace posible.  

Una luz brilla como estrella radiante en el interior de las personas. Se dejan guiar por ella los sabios de todos los tiempos que disciernen los significado de los acontecimientos y se hacen lo suficientemente pobres y sencillos para salir de sí mismos y tender con perseverancia hacia el conocimiento de la verdad plena. Dios ha creado a todos para que lo busquen, a ver si a tientas lo llegan a encontrar, dado que no está lejos de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17, 27-28).

Los valores de las culturas y de las religiones de la tierra, los logros de la razón humana en todos los campos de las ciencias y de las artes, el progreso de los pueblos en su organización humana fraterna, y el dictamen interior de la propia conciencia, señalan los largos y diversos caminos hacia la verdad, que confluyen en Jerusalén.

Hacia ella dirigen sus pasos los magos. Han oído que en Jerusalén se les puede transmitir el conocimiento que les falta, pues es la ciudad santa, capital de la nación que es portadora de una extraordinaria revelación de Dios. Pero la estrella que los guiaba no brilla sobre Jerusalén. No encuentran en ella más que mentira y afán de poder: el rey Herodes, rodeado de los sumos sacerdotes y expertos en religión afirman, sí, conocer la revelación contenida en las Escrituras, y envían a los magos a Belén tierra de Judá, pero ellos no van. Ven como una amenaza al recién nacido rey de los judíos. Vayan ustedes, les dice Herodes, e infórmense bien sobre ese niño… y avísenme para ir yo también a adorarlo. Pertenecen al pueblo escogido y manejan las Escrituras, pero rechazan al Salvador que Dios les había prometido. Los extranjeros, en cambio, venidos de lejos, lo acogen con inmensa alegría.

La estrella que los había guiado volvió a aparecer en Belén y se detuvo encima de donde estaba el niño. Él es el que da la luz a la estrella que brilla en la noche (cf. Sab 10,17). Por eso dirá de sí mismo: Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12). Luz de Dios que viene para todos, pero que hay que buscarla, acogerla y dejar que transforme la vida.

Dice el evangelio que los magos vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra. Los griegos hacían esto como tributo a sus dioses, los orientales se postraban también ante sus reyes. Después abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Una antiquísima tradición que se remonta a San Ireneo de Lyon en el siglo II, interpreta el oro como tributo al rey, el incienso como ofrenda a Dios y la mirra como como referencia a la muerte de Jesús.

Muchas otras interpretaciones se han sucedido en la historia: el oro de las obras buenas, el incienso de la oración y la mirra del control de los instintos. Otros ha visto en los regalos de los magos la entrega de lo mejor de uno mismo: el amor, que es la mayor riqueza personal; los deseos y aspiraciones que son como el incienso invisible que sube a lo alto; la condición mortal y los padecimientos, que hacen referencia a la mirra, que cura las heridas y preserva de la corrupción.

Todo lo que amamos, deseamos y tenemos, eso es nuestro tesoro. Se lo ofrecemos a Dios y Él entra a nuestro tesoro. Un villancico que se canta hasta hoy en algunas iglesias evangélicas exhorta a dar al Niño esos mismos regalos porque «todo cristiano puede ofrecer estos dones, el pobre no menos que el rico».

El relato termina con una observación importante: advertidos de que no volvieran donde Herodes, los magos retornan a su región de origen pero por otro camino. Quien se encuentra con Cristo cambia de rumbo, queda transformado. Estos hombres buscaban a Dios y Dios los encontró. Ahora llevan consigo al Emmanuel, al Dios-con-nosotros.

La Epifanía nos hace ver que somos peregrinos, por caminos que pueden atravesar desiertos y oscuridades, pero siempre hay una estrella que brilla y guía hasta Dios. Ella está allí, en el firmamento de nuestro corazón, en nuestro deseo de libertad interior, de bondad y de felicidad, y también en el pesar que nos causan nuestras debilidades y culpas. Lo importante es buscar. El que busca encuentra, al que llama se le abre. Pronto o tarde una estrella brillará. No se equivoca nadie que sigue a Cristo.

sábado, 2 de enero de 2021

El profeta Juan Bautista (Jn 1, 19-28)

P. Carlos Cardó SJ

Juan el Bautista en el desierto, óleo sobre lienzo de Cristofano Allori, Palacio Pitti, Florencia, Italia

Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: "¿Quién eres tú?".

Juan lo declaró y no ocultó la verdad: "Yo no soy el Mesías".

Le preguntaron: "¿Quién eres, entonces? ¿Elías?".

Contestó: "No lo soy".

Le dijeron: "¿Eres el Profeta?".

Contestó: "No".

Entonces le dijeron: "¿Quién eres, entonces? Pues tenemos que llevar una respuesta a los que nos han enviado. Qué dices de ti mismo?".

Juan contestó: "Yo soy, como dijo el profeta Isaías, la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor".

Los enviados eran del grupo de los fariseos, y le hicieron otra pregunta: "¿Por qué bautizas entonces, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?".

Les contestó Juan: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia". Esto sucedió en Betabará, al otro lado del río Jordán, donde Juan bautizaba.  

Juan Bautista. Su figura sintetiza a los sabios y profetas que en todas las épocas han despertado las conciencias y han movido a la gente a cambiar. Juan Bautista no es la luz, sino testigo de la luz. Él invita a reconocerla y a dejarnos guiar por ella hacia la verdad de nosotros mismos ante Dios.

Los judíos enviaron desde Jerusalén una comisión de sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era… Representan la ceguera de quienes obran el mal y temen la luz. Por eso, por más que digan que quieren conocer la verdad, no la van a aceptar porque no les conviene: están atados a las ganancias y beneficios que se han procurado de espaldas a Dios y en contra de sus hermanos; son, pues, autores y víctimas a la vez de la mentira.

Estos enviados se atreven a someter a Juan a un interrogatorio. Es el proceso de cuestionamientos y acusaciones que se inicia aquí contra Juan y seguirá luego contra Jesús, para continuarse después de Él contra sus discípulos. Es un drama, con protagonistas y antagonistas. Por una parte, Juan y Jesús, el testigo de la Palabra y la Palabra testimoniada, respectivamente; por otra, los sacerdotes, escribas y fariseos, que representan al poder injusto que se cierra a la Luz.

Siempre ha habido profetas, personas libres e inspiradas que iluminan a la humanidad como faros en la noche. A lo largo de la Biblia, ellos aparecen cumpliendo la misión de mantener viva la humanidad, la dignidad y la libertad de la gente, para que nadie se resigne a ningún tipo de esclavitud o pérdida de sus legítimos derechos. Por eso, la Biblia, al narrar los acontecimientos de la historia, no justifica las injusticias ni se pone de parte de los poderosos sino que, por el contrario, desenmascara su falsedad y corrupción y presta su voz a los que no tienen voz y a cuantos sufren, en quienes aviva el anhelo de verdad, justicia y libertad. Se entiende por qué los profetas terminan pagando un altísimo precio a su misión: el martirio.

Con la venida de Cristo y de su Espíritu Santo, se extendió el carisma y función de profecía. Se cumplió el deseo de Moisés: «¡Ojalá que todo el pueblo fuera profeta!» (Num 11,29). Por eso San Pablo defendía a los profetas (1Tes 5,20), por el bien de las comunidades cristianas (1 Cor 14,29-32), porque el profeta «edifica, exhorta y consuela» (1Cor 14,3).

La Iglesia es la comunidad de los ungidos con el crisma de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Y esa unción recibida en el bautismo nos configura con Él y nos destina a ser testigos suyos y de su evangelio, tanto de palabra como con nuestra conducta. Profeta es quien edifica con su forma de vida, que muchas veces contradice al ambiente que lo rodea. Profeta es el que exhorta conforme a lo que ha visto y recuerda. Y profeta es el que consuela porque da razón para la esperanza. Su testimonio siempre es una experiencia vivida que se hace palabra y se transmite. La Iglesia no puede dejar la profecía.

viernes, 1 de enero de 2021

Adoración de los Pastores e imposición del Nombre de Jesús (Lc 2, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ

Adoración del Niño, fresco de Fra Filippo Lippi (1463), Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Este texto nos pone con María, José y los pastores para ayudarnos a oír la buena noticia del nacimiento del Hijo de Dios, meditar en sus consecuencias para nuestra vida, y difundirla. 

Los primeros en oír el anuncio del nacimiento de Jesús no fueron el emperador romano ni los jefes del pueblo. La alegre noticia venida desde el cielo (desde Dios, por la fe) llegó a unos pastores, pertenecientes a las clases más pobres del pueblo. Ellos, los más postergados de la sociedad que representan una constante en el evangelio de Lucas (cf. Lc 1,38.52),  son los primeros a quienes se les revela que el nacimiento de ese niño no es un acontecimiento privado y sin importancia, sino que atañe a todo el pueblo de Israel y a la humanidad en su conjunto.

No teman, les anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, el Mesías, el Señor. Como los pastores, todos los sencillos y humildes de corazón podrán llegar a apreciar y vivir los valores del reino de Dios y de ellos Jesús dará gracias: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos (Lc  10, 21).

Al mismo tiempo, los pastores son también los primeros que, después de encontrar a Jesús, se convierten en anunciadores (evangelizadores) de la buena noticia que han recibido y comprobado. Transmiten el conocimiento que les ha venido de lo alto acerca de este Niño y vuelven a su vida de todos los días con el corazón lleno de alegría. A partir de ahí, todo el que con fe y humildad, como los pastores, se encuentra con la bondad de Dios nuestro salvador y su amor a nosotros (Tito 3, 4), sentirá el impulso (¡la necesidad!) de comunicarla. La experiencia del encuentro con Dios es necesariamente comunicativa.

Junto a los pastores, primeros evangelizadores, se destaca la figura de María con la característica fundamental de su personalidad, que Lucas desde el pasaje de la anunciación más subraya: su gran fe. María acoge y medita en su interior lo que han dicho los pastores, procura comprender su significado profundo, para apoyar el destino de su Hijo, aunque de momento quizá no logre comprenderlo y se pregunte, como hizo ante las palabras del ángel: ¿Cómo podrá ser esto? Ella, la gran creyente, vivirá meditado en su corazón la palabra de Dios, para referirlo todo a ella, para llevarla a la práctica (Lc 8,21). Y así la veremos hasta el final de su vida, cuando acompañe a a su Hijo en la pasión o espere en oración, junto con la comunidad, la venida del Espíritu (Hch 1,14).

A los ocho días, cuando circundaron al Niño, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción. Con la circuncisión, señal de la alianza con Dios (cf. Gn 17,11),  Jesús se incorpora oficialmente en el pueblo de Israel. Pero este rito, es sólo la ocasión de que se vale el evangelista Lucas para prestar atención a la imposición del nombre, sobre el cual recae todo el énfasis de su narración.

La razón es que el nombre de Jesús no es un hecho casual o irrelevante, sino impuesto por Dios porque tiene un significado que resume la vocación y misión del Hijo de Dios encarnado: Dios salva.  El Dios innombrable de la fe judía, he aquí que tiene un nombre que podemos pronunciar con amor y confianza porque expresa lo que Dios quiere hacer por nosotros: darnos una vida plena, realizada, libre de todo peligro y de todo mal, una vida salvada.