lunes, 8 de enero de 2018

El bautismo de Jesús (Mc 1, 7-11)

P. Carlos Cardó SJ
El bautismo de Cristo, óleo sobre lienzo de Joachim Patinir (1510-20), Museo de Historia del Arte de Viena
Juan proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle ni la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo.»
Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»
Puesto por Marcos al inicio de su evangelio, el bautismo de Jesús sirve de ángulo de mira para entender quién es Jesús. En el Jordán, aparece Jesús como el Mesías, el Cristo, ungido por el Espíritu, Hijo amado de Dios, en quien él se complace.
Se le considera un texto vocacional porque manifiesta lo esencial de la misión mesiánica a la que es enviado por su Padre. Pero no se trata de un mesías conforme a las expectativas humanas, sino de un mesías que, siendo de condición divina, no se pone sobre el ser humano a quien  viene a salvar, sino con él, en coherencia perfecta con su ser Emmanuel, Dios con nosotros.
Más aún, alineado entre los pecadores, como uno más entre ellos, actualiza en su persona lo que había predicho el profeta Isaías: “Fue contado entre los malhechores” (Is 53,2). Pablo, con palabras estremecedoras dirá: No conoció pecado”, pero “Dios lo hizo pecado por nosotros”, como afirma Pablo con palabras sobrecogedoras: Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él (2 Cor 5,21). En Jesús, Dios se ha acercado a lo más profundo de nosotros, hasta tocarnos en nuestro ser pecadores.
Fue bautizado. Bautismo significa inmersión. Hundirse en el agua era símbolo del morir. Se anticipa así que el Mesías habrá de morir, tendrá que sumergirse en la muerte para salir de ella triunfante e iniciar una vida nueva para Él y nosotros.
Dice Marcos a continuación que en cuanto salió (Jesús) del agua vio abrirse los cielos. La expresión significa que, por Cristo, se abre para todos el acceso a Dios, se supera la distancia, se cae el muro que impedía la comunicación. Para Israel la comunicación de Dios a los hombres había terminado con la revelación de los profetas. Ya no se podía esperar que Dios hablase. Por su parte, para el mundo del paganismo la historia de la humanidad estaba encerrada en el horizonte sin salida del destino y la fatalidad. Por Jesús se abren los cielos y Dios se acerca de manera  definitiva, nos habla y actúa. La realización del ser humano se proyecta hasta su participación en la vida divina.
Vio al Espíritu que bajaba sobre él como paloma. No es difícil advertir la relación que hay entre el descenso del Espíritu sobre María para realizar la encarnación del Hijo de Dios, y el descenso del mismo Espíritu para consagrar a Jesús y conducirlo a la obra de su ministerio[1] (cf. Lc 3, 22; 4,1; Hech 10, 38).
Por poseer en plenitud ese Espíritu, Jesús se comprenderá a sí mismo como el Hijo y se sentirá impulsado a realizar el proyecto de salvación: “El Espíritu del Señor está sobre mí... me ha enviado a traer la buena nueva...” (Lc 4, 18).
Se oyó entonces una voz que venía del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Esta voz recoge las palabras del Salmo 2,7, que se cantaba en la ceremonia de entronización del rey. Pero mientras al rey de Israel se le llamaba Hijo de Dios por adopción y en cuanto representante del pueblo escogido, aplicado a Jesús este título expresa su íntima y singular vinculación con Dios: Jesús es el hijo engendrado por Dios antes del tiempo, es la presencia de su palabra y de su obrar salvador, hasta el punto que no se entiende la persona de Jesús sino como Hijo de Dios.
Ahora bien, como, además, el término “hijo” escrito en griego significaba también “siervo”, hay aquí una alusión al Siervo sufriente prefigurado en la profecía de Isaías (42,1), y que Marcos (y los otros Sinópticos) parece tener en cuenta. Jesús es proclamado por la voz celestial como el enviado último y definitivo de Dios.
Jesús asume esa conciencia de su propio ser y acepta su misión precisamente como el paso por un bautismo: ¿Pueden beber el cáliz que voy a beber y ser bautizados en el bautismo que voy a pasar? (Mc 10,38).  En el Jordán queda estructurado el camino de Jesús y del cristiano, camino contrario al que el mundo ofrece, camino del Hijo-Siervo de Dios que conduce a la exaltación.
Digamos, en fin, que el relato del bautismo de Jesús remite al significado del bautismo en la Iglesia, con el que nos unimos a Cristo. También nosotros fuimos bautizados. Dios entró en lo más íntimo de nuestro ser y puso en él su propio ser divino. Esta es nuestra verdad: que ya desde los primeros días de nuestra vida, Dios se comprometió con nosotros, y de manera pública e irreversible. Tú eres mi hijo, dijo también de cada uno de nosotros. Y a partir de entonces habita en la profundidad de nuestro ser, haciéndonos capaces de decirle con infinita confianza: Abba, Padre querido.
Confirmemos nuestro bautismo, demos testimonio de él con lo que hacemos y vivimos. ¡Podemos vivir como bautizados! Afirmemos públicamente que por nuestro bautismo pertenecemos a Dios, estamos ungidos y configurados con Cristo –alter Christus–, para continuar su obra: hacer el bien, liberar, practicar la justicia.



[1] El Concilio Vaticano II en su decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia (AG, 4) hace esta interpretación: «Fue en Pentecostés cuando comenzaron los “hechos de los Apóstoles”, del mismo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María, y Cristo fue impulsado a la obra de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo descendió sobre él mientras oraba».

domingo, 7 de enero de 2018

Homilía del Evangelio del 7 de enero, Epifanía (Mt 2, 1-12)

P. Carlos Cardó SJ
La adoración de los magos, óleo sobre tabla de Alberto Durero (1504), Galería de los Uffizi, Florencia, Italia
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo". Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías."En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel". Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: "Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje". Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.
La Epifanía es la fiesta de la manifestación de Jesús como Salvador de todas las naciones, simbolizadas en los sabios de Oriente.
Con un conjunto de símbolos de gran poder sugestivo, el relato de San Mateo hace ver la trascendencia universal que tiene el nacimiento de Jesús: es el Mesías que trae la salvación para todo el mundo, para todas las naciones, pueblos y culturas. Todo el género humano está llamado a conocer y acoger la luz que brilla en medio de la oscuridad.
El horizonte de la historia humana no se pierde en las tinieblas. A todos los pueblos y personas guía el único Dios. El Espíritu, que actúa en sus corazones, los impulsa a buscar el sentido que debe tener su vida, la rectitud que debe caracterizar su conducta, y el empeño que deben poner para construir la paz por medio de la justicia. Para todos nace el Señor. Y por ello se hace posible la acogida fraterna de todas las personas, por encima de las diferencias sociales y culturales. El misterio de Belén lo hace posible.  
Una luz brilla como estrella radiante en el interior de las personas. Se dejan guiar por ella los sabios de todos los tiempos que disciernen los significados de los acontecimientos y se hacen lo suficientemente pobres y sencillos para salir de sí mismos y tender con perseverancia hacia el conocimiento de la verdad plena.
Dios ha creado a todos para que lo busquen, a ver si a tientas lo llegan a encontrar, dado que no está lejos de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17, 27-28). Los valores de las culturas y de las religiones de la tierra, los logros de la razón humana en todos los campos de las ciencias y de las artes, el progreso de los pueblos en su organización humana fraterna, y el dictamen interior de la propia conciencia, señalan los largos y diversos caminos hacia la verdad, que confluyen en Jerusalén.
Hacia ella dirigen sus pasos los magos. Han oído que en Jerusalén se les puede transmitir el conocimiento que les falta, pues es la ciudad santa, capital de la nación que es portadora de una extraordinaria revelación de Dios. Pero la estrella que los guiaba no brilla sobre Jerusalén. No encuentran en ella más que mentira y afán de poder: el rey Herodes, rodeado de los sumos sacerdotes y expertos en religión afirman, sí, conocer la revelación contenida en las Escrituras, y envían a los magos a Belén tierra de Judá, pero ellos no van.
Ven como una amenaza al recién nacido rey de los judíos. Vayan ustedes, les dice Herodes, e infórmense bien sobre ese niño… y avísenme para ir yo también a adorarlo. Pertenecen al pueblo escogido y manejan las Escrituras, pero rechazan al Salvador que Dios les había prometido. Los extranjeros, en cambio, venidos de lejos, lo acogen con inmensa alegría.
La estrella que los había guiado volvió a aparecer en Belén y se detuvo encima de donde estaba el niño. Él es el que da la luz a la estrella que brilla en la noche (cf. Sab 10,17). Por eso dirá de sí mismo: Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12). Luz de Dios que viene para todos, pero que hay que buscarla, acogerla y dejar que transforme la vida.
Dice el evangelio que los magos vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra. Los griegos hacían esto como tributo a sus dioses, los orientales se postraban también ante sus reyes. Después abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Una antiquísima tradición que se remonta a San Ireneo de Lyon en el siglo II, interpreta el oro como tributo al rey, el incienso como ofrenda a Dios y la mirra como como referencia a la muerte de Jesús. Muchas otras interpretaciones se han sucedido en la historia: el oro de las obras buenas, el incienso de la oración y la mirra del control de los instintos.
Otros ha visto en los regalos de los magos la entrega de lo mejor de uno mismo: el amor, que es la mayor riqueza personal; los deseos y aspiraciones que son como el incienso invisible que sube a lo alto; la condición mortal y los padecimientos, que hacen referencia a la mirra, que cura las heridas y preserva de la corrupción. Todo lo que amamos, deseamos y tenemos, eso es nuestro tesoro. Se lo ofrecemos a Dios y Él entra a nuestro tesoro. Un villancico que se canta hasta hoy en algunas iglesias evangélicas exhorta a dar al Niño esos mismos regalos porque «todo cristiano puede ofrecer estos dones, el pobre no menos que el rico».
El relato termina con una observación importante: advertidos de que no volvieran donde Herodes, los magos retornan a su región de origen pero por otro camino. Quien se encuentra con Cristo cambia de rumbo, queda transformado. Estos hombres buscaban a Dios y Dios los encontró. Ahora llevan consigo al Emmanuel, al Dios-con-nosotros.
La Epifanía nos hace ver que somos peregrinos, por caminos que pueden atravesar desiertos y oscuridades, pero siempre hay una estrella que brilla y guía hasta Dios. Ella está allí, en el firmamento de nuestro corazón, en nuestro deseo de libertad interior, de bondad y de felicidad, y también en el pesar que nos causan nuestras debilidades y culpas. Lo importante es buscar. El que busca encuentra, al que llama se le abre. Pronto o tarde una estrella brillará. No se equivoca nadie que sigue a Cristo. 

sábado, 6 de enero de 2018

Jesús portador del Espíritu (Mac 1, 7-11)

P. Carlos Cardó SJ
El bautismo de Cristo, óleo sobre lienzo de Andrea del Verrocchio (1472-75), Galería Uffizi, Florencia, Italia
Juan predicaba, diciendo: "Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo". En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección."
Jesús es llamado Cristo, es decir, el Mesías que Israel esperaba, y que había sido prometido a toda la humanidad por boca de los profetas. El último de ellos, Juan Bautista, en quien se cierra el Antiguo Testamento y la larga espera del Salvador, es el mensaje enviado para preparar su inminente venida: Mira, yo envío mi mensajero delante de ti para preparar tu camino (Mal 3,1).
Juan Bautista señala al que ha de venir y remite a sus oyentes a la actuación del Mesías que ya está en medio de su pueblo. No duda en subrayar que Jesús está por encima de él, tanto que no se siente digno de desatarle la correa de sus sandalias, y confiesa la condición mesiánica de Jesús al afirmar que el bautismo con agua que él ofrece no es nada en comparación con el bautismo en el Espíritu Santo que Jesús traerá.
Atestigua, pues, que Jesús es el prometido libertador, descendiente del linaje de David, sobre quien reposará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de respeto al Señor (Is 11, 1-2).
Jesús mismo reivindicará parea sí la posesión plena del Espíritu divino, presentándose como el  ungido para establecer el reino de justicia, conforme a las profecías de Isaías sobre el Siervo de Yahvé (Is 42, 1; 61, 1-3). Un mundo viejo está por terminar y uno nuevo va a nacer. Juan está en el umbral, señala la entrada que consiste en la conversión o cambio de mente y actitudes.
Con ese encuadre, Marcos presenta de manera sumamente escueta el bautismo de Jesús: Por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el  Jordán. Probablemente este relato circulaba entre las comunidades cristianas antes de que se escribieran los evangelios. Y es seguro que narra un hecho histórico, no inventado, puesto que debió ser muy difícil para los primeros cristianos aceptar, por una parte, que Jesus se había hecho bautizar por Juan, lo cual significa haberse sometido a él, y, por otra parte, haberse puesto como un pecador, ya que el bautismo de Juan era de conversión para el perdón de los pecados (1, 4).
Se trata, además, de un hecho especialmente significativo, razón por la cual los tres evangelistas sinópticos lo traen y el cuarto evangelio, aunque no lo cuenta, pone en labios del Bautista una frase que hace suponer que se conocía la tradición del bautismo de Jesús: Juan dio testimonio diciendo: Yo he visto que el Espíritu descendía del cielo como una paloma y permanecía sobre él (Jn 1,33).
En el texto de Marcos, el bautismo de Jesús aparece al inicio del evangelio y sirve de ángulo de mira para entender la finalidad especial que tiene este evangelio: ayudar a conocer quién es Jesús. En el Jordán, se nos dice que Jesús es el Mesías, el Cristo, ungido por el Espíritu, y el Hijo amado de Dios, en quien Dios su Padre se complace. 

viernes, 5 de enero de 2018

Transmisión de la experiencia de fe (Jn 1, 43-51)

P. Carlos Cardó SJ
Llamada de Felipe y Natanael, ilustración de William Hole (1906 ) en “La vida de Jesús de Nazareth: ochenta pinturas” 
Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: "Sígueme". Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: "Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret". Natanael le preguntó: "¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?". "Ven y verás", le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: "Ahí tienen a un israelita auténtico en quien no hay engaño. "¿De dónde me conoces?", le preguntó Natanael. Jesús le respondió: "Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera". Natanael le respondió: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Jesús continuó: "Porque te dije: 'Te vi debajo de la higuera', crees. Verás cosas más grandes todavía". Y agregó: "Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre."
La experiencia de fe no se queda como algo íntimo, se comparte. Y en el compartir, la fe se transmite. Dios se vale de personas que se han encontrado con Él para que otras también lo conozcan o descubran su voluntad. Las palabras humanas disponen a la escucha de la Palabra.
Este dinamismo comunicativo de la fe aparece en el texto y nos invita a recordar –agradecidos– las mediaciones humanas de la gracia en nuestra propia historia, personas concretas gracias a las cuales nos vino la fe, maduramos en ella, o pudimos conocer la voluntad de Dios en nuestra vida. Dice el pasaje evangélico que Andrés conduce a su hermano Simón a vivir la experiencia del encuentro con Jesús. Felipe invita a Natanael a ir y ver por sí mismo quién es Jesús de Nazaret.
Natanael no figura en la lista de los Doce, puede ser Bartolomé según la tradición. Su amigo Felipe, entusiasmado, le dice que han encontrado al Mesías, de quien hablaron  Moisés y los profetas, y que es Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Pero a Natanael, como a cualquier judío, no podía pasarle por la mente que el Mesías pudiese venir de Nazaret, pueblecito sin importancia que ni siquiera se menciona en todo el Antiguo Testamento.
Se aguardaba a un descendiente de la casa y familia real de David, cuya ciudad fue Belén de Judea. Se entiende, pues, que Natanel muestre su desconfianza: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Pero Felipe le replica señalando aquello que es fundamental en la fe: el salir de uno mismo para experimentar el encuentro con Dios. Ven y lo verás. Hay que ir y situarse donde está el Señor, establecer un contacto personal con Él y entonces todo quedará iluminado con una luz nueva, tendrá la luz de la vida (Jn 8,12).
Jesús ve venir a Natanael. Lo conoce sin que nadie le haya hablado de él. Ve el interior de las personas y las conoce más que nadie, con un conocimiento, además, lleno de estima de lo mejor que hay en cada uno. Natanael debió ser un judío virtuoso. Por eso Jesús lo alaba: Ahí tienen a un israelita auténtico en quien no hay engaño. El engaño y la mentira destruyen lo que la religión puede producir en una persona.
¿De dónde me conoces?, pregunta Natanael sorprendido. Si en ese momento hubiese obrado en él la fe, habría recordado tal vez las palabras del Salmo 139: Tú me sondeas y me conoces…desde lejos conoces mis pensamientos. El saberse conocido por Dios inspira confianza. Por eso el mismo salmo termina pidiéndole: Conoce mi corazón y ponme a prueba.
Jesús le dice: Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi. Los exegetas se esfuerzan por descubrir el significado de esta frase, pero hasta ahora sólo han conseguido especulaciones. Lo más probable es que se refiera a Natanael como figura simbólica del acercamiento de Israel a Dios por medio de la lectura y estudio de las Escrituras.
En las tradiciones judaicas, en efecto, la higuera, árbol ubérrimo en dulces frutos, era símbolo del conocimiento y de la felicidad, que se logra principalmente con el estudio de la Ley. Pero conocer la Ley no basta para el encuentro con el Mesías; por eso quizá las resistencias iniciales de Natanael respecto a Jesús.
Rabí, tu eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel, confiesa Natanael, reconociendo la filiación divina de Jesús, maestro y rey de Israel. Sus palabras son un anticipo de todo lo que el evangelio anunciará: la revelación del Hijo. 
¡Cosas mayores verás!, le dice Jesús. Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre. Verás que Jesús es aquel por quien se abren definitivamente los cielos y sobre quien desciende el Espíritu. Jesús será el “lugar”, el espacio de las relaciones auténticas con Dios, el verdadero templo y puerta entre Dios y los hombres, realidad que fue apenas vislumbrada en la visión de la escala de Jacob en Betel, terrible lugar y puerta del cielo (Gen 28,17). Jesús es la verdadera escala, que une al cielo con la tierra: Dios se comunica al hombre y el hombre entra en comunicación con Dios.