miércoles, 17 de abril de 2024

Quien me come no tendrá hambre (Jn 6, 35-40)

 P. Carlos Cardó SJ 

El pan de vida, acrílico sobre tela de Hermel Alejandre (2015), Facultad de Ciencias Aplicadas y Tecnología de Bicol, Naga City, Filipinas

Jesús dijo a la gente: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió. La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día". 

Continúa el discurso de Jesús sobre el pan de vida. De todos los símbolos con que ha querido identificar lo que es y la obra que realiza (la vid, la luz, el camino, la puerta, el pastor…), el pan es el que mejor lo designa como fuerza de vida inagotable, Dios que se entrega y se une íntimamente con quien lo acoge. El pan es símbolo de la vida; así como la falta de pan, el hambre, significa muerte. Jesús es el pan que el Padre da para que, quien lo coma, tenga su vida y esté unido a él para siempre. Esta misión de ser pan que se entrega, Jesús la acepta y la vive hasta el extremo de dar su propia vida en sacrificio para vencer la muerte con su resurrección. 

Todas las características del pan se realizan en él: es don del cielo y fruto de la tierra, humilde y disponible a la vez, sabroso y necesario, da fuerza a quien lo asimila y une entre sí a quienes lo comparten. Pan que ha bajado del cielo, Jesús es Dios que desciende para dar su vida a sus hijos. Por eso, quien se adhiere a él y hace suyo su modo de ser por medio de la fe, vive ya la vida que durará para siempre. 

Los judíos se niegan a aceptar su mensaje porque no comprenden cómo puede un hombre dar a comer su carne. Interpretan mal –quizá maliciosamente– las expresiones de Jesús, comer carne, beber sangre, y reaccionan escandalizados. Con su ejemplo de vida, él mismo nos demuestra que nunca somos más nosotros mismos, que cuando nos hacemos disponibles para el servicio de nuestros prójimos; entonces nos volvemos como él, pan para la vida del mundo. 

La acogida de Jesús por medio de la fe se asemeja a un ir a él, dejar la ubicación en que uno se encuentra para trasladarse a donde él está. Más adelante, en el mismo evangelio de Juan, Jesús hablará de esto como permanecer y  habitar en él y él en nosotros. La fe genera un movimiento de salida que lleva a situarse en otro nivel de existencia, el nivel propio del Hijo. 

En ese nuevo ámbito de la existencia ya no es necesario buscar otros panes para vivir, otro alimento para alcanzar y sostener una vida plena, realizada y feliz. No tendrá más hambre… no tendrá más sed. Con su contenido simbólico, los términos “hambre” y “sed” son de una fuerza sugestiva verdaderamente inagotable. El “hambre” designa toda necesidad vital, todo cuanto la persona humana aspira poder realizar para vivir una vida plena y feliz. Eso sólo lo puede dar Dios que, con su sabiduría, infunde incluso el conocimiento inagotable de la verdad: Los que me comen tendrán más hambre, los que me beben tendrán más sed (Eclo 24,21). La “sed”, por su parte, designa en la Biblia el anhelo de Dios. La sed de los animales que buscan agua se hace imagen del anhelo del creyente, que tiene sed de Dios: Como suspira la cierva por corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios (Sal 42, 2s). 

La determinación de Jesús de dar su vida a todo aquel que lo acoja y a no dejar a nadie fuera, corresponde a la voluntad salvadora del Padre, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda. Todos los que el Padre me dio vendrán a mí. Y yo no rechazaré nunca al que venga a mí. No dejará que se pierda ninguno de sus hermanos que creen a él, porque el Padre se los ha dado. Es la base de nuestra más honda confianza: pertenecemos a Cristo, el Padre nos ha dado a él y él da su vida por nosotros. Hemos sido, pues, destinados al Hijo, predestinados, y este el sentido y dirección de nuestra vida: ir al Hijo, identificarnos con él, hasta que él se reproduzca en nosotros. San Pablo dirá: Nos predestinó por decisión gratuita de su voluntad, a ser sus hijos de adopción por medio de Jesucristo (Ef 1,5)... a reproducir la imagen de su Hijo para que también fuera él el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29s). Cristo, Hijo de Dios, restituye en el ser humano la imagen de Dios perdida por la culpa y lo hace imprimiéndole la imagen perfecta de hijo de Dios, con derecho a la gloria. Esta gloria, que en Juan es la propia del Hijo unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad (In 1, 14), reviste cada vez más al cristiano, hasta el día en que todo él, espíritu y cuerpo, resplandezca con la imagen del hombre celeste (1Cor 15, 49). Es lo que obtendrá Cristo para cada uno de nosotros: Lo resucitaré.

martes, 16 de abril de 2024

Pan del cielo (Jn 6, 30-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pan de vida, óleo sobre lienzo de Corbert Gauthier (2001), colección privada

La gente dijo a Jesús: "¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo". Jesús respondió: "Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo". Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan". Jesús les respondió: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.

Los oyentes de Jesús le piden un signo para creer en él, que les demuestre de manera visible la eficacia de la obra que realiza. Argumentan que no necesitan a Jesús porque ya siguen a Moisés, cuya autoridad quedó demostrada con el signo del maná que comieron sus antepasados en el desierto. Así como la mujer Samaritana consideró a Jesús de menor autoridad que Jacob –¿acaso te consideras más importante que nuestro padre Jacob, que construyó ese pozo, del que bebió él, sus hijos y sus ganados?–, así también los galileos de Cafarnaúm ven más seguro a Moisés, pero sin advertir que Moisés se ha convertido para ellos en una hecho del pasado, no del presente, una ideología, que ha servido de soporte a una religión falseada, y a una moral de conveniencia. Jesús procurará hacerlos pasar de Moisés al Padre Dios, que ofrece el don de su amor salvador en el presente y da lo que necesitamos para una vida plena y feliz. Ofrece el paso de la Antigua a la Nueva Alianza, de la Ley antigua a la ley del amor solidario que resuelve el problema de la vida, simbolizado en el hambre de pan y de evangelio. Como a la Samaritana que la hizo pasar del deseo del agua material al del agua viva que sacia toda sed y conduce a la vida eterna, así también a los galileos los quiere hacer pasar del único pan que les interesa, el que comieron hasta saciarse, al alimento nuevo, que se comparte para dar de comer a la multitud, y cuyo significado ellos no han querido comprender. 

Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo. 

Claramente Jesús se identifica con el pan del cielo, es decir, el pan de Dios. El pan es símbolo de la vida. Con lenguaje metafórico, los libros sapienciales (Sabiduría y Salmos, sobre todo) hablan del pan de la palabra de Dios y concretamente de la ley como alimento que viene del cielo (Dt 8, 3; Sab 16, 20; Sal 119,103). Jesús supera radicalmente este simbolismo presentándose a sí mismo, y no sólo a su enseñanza, como el pan de Dios para la vida del pueblo de Israel y de toda la humanidad. Es Dios que desciende y se hace pan para hacernos compartir su vida divina. 

Sin llegar a comprender el significado del don que Jesús prometía, la Samaritana le pidió: Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed y no tenga que venir hasta aquí para sacarla. Los galileos, por su parte, han hecho un cierto proceso en su diálogo con Jesús y han llegado a situarse en el plano espiritual de las obras de la ley que había que cumplir (6, 28) y han evocado el pan que Dios dio en el desierto (6, 31). Piensan por tanto que Jesús puede ser un rabí extraordinario capaz de asegurarles el alimento de una enseñanza de la ley que no les falle y los enrumbe en el camino del bien. En una palabra, se muestran dispuestos para acoger su enseñanza. Y le piden: Danos siempre de ese pan. Sin embargo, todavía no comprenden que lo que Jesús les ofrece como alimento para la vida auténtica no es una simple enseñanza de preceptos morales ni un conjunto de conocimientos religiosos, sino su propia vida, su modo de vivir entregado al bien de los demás. Comerlo, asimilar su ser, conduce a estar con él, a situarse en la vida como él lo hace, a mostrar con el testimonio personal la existencia del Hijo que se hace pan para los hermanos.

lunes, 15 de abril de 2024

El pan que da vida eterna (Jn 6, 22-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

Institución de la Eucaristía, óleo sobre lienzo de Nicolás Poussin (1640), Museo del Louvre, París

Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos. Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste?". Jesús les respondió: "Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello". Ellos le preguntaron: "¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?". Jesús les respondió: "La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado". 

Llegados a Cafarnaúm, después de la multiplicación de los panes, Jesús y los discípulos ven que se vuelve a reunir mucha gente. Le llevan sus enfermos para que los cure y porque han oído que ha dado de comer a cinco mil hombres. Quieren asegurarse la vida material; todavía no han comprendido que la vida verdadera consiste en estar con él y vivir como él, que se hace pan de vida eterna. 

Sin embargo, el título de Maestro que le atribuyen refleja el respeto con que lo tratan por la autoridad con que enseña. Rabbí, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos, porque nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces si Dios no está con él, había declarado el maestro fariseo Nicodemo cuando lo fue a ver de noche (Jn 3, 2). 

Jesús acepta el título de Rabbí y ejerce como tal. En este caso se pone rápidamente a explicar a la gente que no pueden quedarse en la admiración del aspecto físico del signo del pan, ni en el mero hecho de haber comido hasta saciarse. Eso los lleva a tratarlo como un personaje poderoso del cual dependen y a establecer con él una relación meramente política, razón por la cual quisieron proclamarlo rey. Por eso les aclara: Les aseguro que no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse. Esfuércense por conseguir no el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna. 

Con el largo discurso sobre el Pan de Vida, que vendrá a continuación, quedará claro que la multiplicación de los panes fue un signo de su poder de dar vida, pero sobre todo fue el signo de su palabra y de su carne ofrecida como alimento que da vida eterna. Se puede buscar a Jesús para pedirle el pan material o porque se ha visto en el “pan” el “signo” del Enviado del Padre que ha descendido del cielo para darse a sí mismo, a fin de que quien lo coma tenga vida eterna. Y que tiene poder para ello, el mismo Jesús lo explica: porque Dios su Padre lo ha acreditado con su sello. 

En el diálogo con la Samaritana (Jn 4) Jesús señaló el contrate entre el agua que calma la sed temporalmente y el agua que se convertirá en el interior de quien la beba en un manantial que salta hasta la vida eterna (Jn 7). Asimismo, en el presente texto, Jesús contrapone el alimento transitorio y el permanente, el que da la vida eterna. 

El agua con que Dios sacia gratuitamente a los sedientos y el alimento exquisito que no se compra con dinero aparecen en Isaías (55, 1-5) como símbolos de la alianza que une a Dios con su pueblo y del amor fiel que tiene al pueblo de David. En labios de Jesús dichos símbolos remiten a la vida divina que se transmite por medio de la fe y al don del Hijo del hombre que es su cuerpo entregado por nuestra salvación. 

Jesús ha llevado a sus oyentes a comprender que deben pasar de la preocupación por el alimento que sostiene la vida material al deseo del pan que da una vida sin término al que lo coma. Le preguntan qué deben hacer para lograrlo y él les responde que deben tener fe. Los Hechos de los Apóstoles (16, 23-31) refieren un hecho semejante, ocurrido en la naciente Iglesia. Pablo y Silas están en la cárcel. De pronto un terremoto abre las puertas y hace saltar las cadenas de todos los presos. El carcelero al ver lo ocurrido ha querido suicidarse por miedo a las consecuencias, pero Pablo y Silas se lo han impedido. Entonces, temblando, se arroja a sus pies y les dice: Señor, ¿qué debo hacer para salvarme? Ellos le respondieron: Si crees en el Señor Jesús te salvarás tú y tu familia. Los oyentes de Jesús le preguntan ¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere? Y él les responde: Esto es lo que Dios espera de ustedes: que crean en aquel que él envió. 

Creer en Jesús es adherirse a él, asimilar su vida, su modo de proceder. Su persona se convierte en el motivo central de todas las búsquedas y proyectos personales, el horizonte de la propia realización personal y de las relaciones en sociedad. Jesús se hace el centro, lo más importante en la vida, se vive de él. Por eso Jesús se identificó con el pan y el pan que se comparte se hace el símbolo de la vida verdadera.

domingo, 14 de abril de 2024

III Domingo de Pascua: La comida con el Resucitado (Lc 24, 35-48)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo resucitado en el cenáculo, óleo sobre lienzo de Mattia Pretti (1670 aprox.), Museo de Bellas Artes de Sevilla, España

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo". Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: "¿Tienen aquí algo para comer?". Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos. Después les dijo: "Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos". Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto." 

Los discípulos no se inventaron la fe en la resurrección, no se les ocurrió que la vida del Señor no había acabado en el sepulcro, ni fueron víctimas de una ilusión. Lo que los evangelios nos demuestran es que, a consecuencia de la muerte de Jesús, los discípulos quedaron profundamente abatidos, con sus esperanzas por los suelos, sin nada que hacer ya, sino disolverse como grupo. Poco después, sin embargo, movidos por el testimonio dado por unas mujeres, fueron al sepulcro y comprobaron que estaba vacío; pero aquello se prestaba a diversas interpretaciones y, por sí solo, no era un hecho contundente que los moviera a aceptar la resurrección. Ellos la captan y comprenden, no a partir de sus propias razonamientos y deducciones, sino como una experiencia que les viene otorgada, como un don, cuya iniciativa la toma el mismo Señor, que es quien los hace reconocer su presencia en medio de sus búsquedas –como los que iban a Emaús– o en la comunidad reunida en Jerusalén. Pero les costó reconocerlo: el miedo, las dudas, la tristeza se lo impedían. Unos quedaron atónitos sin poder reconocerlo, otros aturdidos en sus dudas y otros creyeron ver un fantasma. 

En el texto de hoy, Lucas relata con realismo la experiencia del Resucitado que tienen los discípulos e insiste, más que los otros evangelistas, en la corporalidad del Resucitado. La razón de esto es que los miembros de la comunidad a los que destinaba su escrito eran cristianos procedentes de un medio cultural helenista, en el que muchos creían en la inmortalidad del alma, pero no en la resurrección de los cuerpos (Hech 17,18.32; 26.8.24), aunque creían fácilmente en fantasmas. Para evitar equívocos y disipar dudas, Jesús no sólo les demuestra su identidad, mostrándoles sus manos y sus pies, sino que se sienta a comer con ellos. Con este gesto se quiere indicar que él no es un fantasma, sino que está ante ellos de manera real y concreta. Los discípulos no han tenido una ilusión ni han visto un espíritu. Pero la resurrección no significa que él ha vuelto a la vida terrena que antes tenía, destinada de nuevo a morir, sino todo lo contrario: Dios lo ha hecho pasar a una vida nueva, definitiva, que supera la muerte porque es una vida que se sitúa en el mismo plano de existencia que la de Dios. No sólo su espíritu ha vencido a la muerte; toda la persona de Jesús es la que ha sido salvada de la muerte y subsiste para siempre en su nueva y definitiva forma de existir en Dios. 

Asimismo, Lucas pretende señalar la relación que existe entre la experiencia que tuvieron los primeros testigos y la que podemos tener hoy: ellos, a pesar de haber visto y tocado al Resucitado, tienen –al igual que nosotros– que reconocerlo y creer por la Palabra y el banquete. El relato nos invita, pues, a sentir presente al Señor escuchando su Palabra, contenida en la Escritura. Ella nos hace ver que Dios ha demostrado todo el poder de su amor salvador en Jesús resucitándolo de la muerte. Ella nos enseña también a confiar en el Señor, seguros de que si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él” (2 Tim 2,11s). Porque si Cristo resucitó, también resucitaremos (cf. 1 Cor 15). 

Al mismo tiempo, el relato enseña a descubrir la presencia del Señor en la comunidad, sobre todo cuando se congrega para la eucaristía. Allí, en la mesa fraterna, en el banquete del pan único y compartido, que celebramos en memoria suya, se nos hace presente el Señor, y se realiza la fraternidad por la acción de su Espíritu. 

Finalmente, el Señor quiere que sus discípulos se conviertan en “testigos” de su triunfo sobre el pecado y la muerte. Llevarán este anuncio a todas las naciones, fortalecidos por la fuerza que les viene del Espíritu Santo. 

Los discípulos “vieron” y “tocaron”, pero tuvieron que reconocer y creer. También nosotros tenemos que reconocer y creer. La Palabra nos abre el entendimiento para comprender lo que hizo por nosotros. El Pan que partimos nos hace comulgar en su Cuerpo y forja nuestra unidad. Comprobamos lo que nos transmitieron aquellos primeros testigos y nos animamos a llevar al mundo el mensaje de que la esperanza del ser humano está garantizada.