viernes, 19 de noviembre de 2021

Expulsión de los vendedores del templo (Lc 19, 45-48)

 P. Carlos Cardó SJ

Expulsión de los mercaderes del templo, óleo sobre lienzo de Paolo Giovanni Panini (1724), Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, España

Aquel día, Jesús entró en el templo y comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban allí, diciéndoles: "Está escrito: Mi casa es casa de oración; pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones".
Jesús enseñaba todos los días en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los jefes del pueblo, intentaban matarlo, pero no encontraban cómo hacerlo, porque todo el pueblo estaba pendiente de sus palabras.

San Lucas no dice más que lo esencial: que Jesús entró en el templo y comenzó a expulsar a los vendedores y dijo: Está escrito: Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones. Mateo (21, 12-17) añade el detalle de que tumbó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Marcos (11, 15- 19) dice que no permitía que nadie pasara por el templo llevando cosas. Y Juan (2, 13-22) sitúa el episodio al comienzo, en una fiesta de pascua, y es más prolijo en detalles descriptivos de la situación: habla del látigo que hace Jesús, del trato que da a unos vendedores y a otros y, sobre todo, incluye la profecía: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré de nuevo.

No es un simple arrebato de ira. Sin dejarse impresionar por la riqueza y poder del templo material, Jesús adopta la actitud valiente de los profetas que habían pretendido purificar la religión de Israel, denunciado las injusticias y la corrupción de las autoridades religiosas.

Los negocios montados por los sumos sacerdotes en los atrios e inmediaciones del templo para la venta de los animales destinados a los sacrificios habían convertido el lugar santo en una especie de antro dedicado al culto a Mammón, personificación de la riqueza de iniquidad, que impide el culto al verdadero Dios. No pueden servir a Dios y a Mammón, había dicho Jesús (Lc 16, 13, Mt 6, 24). Ahora purifica el templo para que vuelva a brillar en él la gloria de Dios.

Además, con su gesto profético, Jesús relativiza la importancia que el judaísmo atribuía al templo material. Ya Jeremías había declarado que no bastaba recurrir al templo para sentirse seguros si se mantenía una mala conducta: No confíen en palabras engañosas repitiendo: ¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! …  ¿Acaso piensan que pueden robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, incensar a Baal, correr detrás de otros dioses que no conocen, y luego venir a presentarse ante mí en esta casa consagrada a mi nombre, diciendo: “Ya estamos seguros”, para seguir cometiendo las mismas maldades? ¿Han convertido esta casa consagrada a mi nombre en una cueva de ladrones? (Jer 7, 4.8-10).

Dios no soporta que se utilice su nombre para cometer inmoralidades, dividir, generar privilegios y sostener poderes indefendibles. Menos aún soporta que se le quiera comprar su amor salvador. La salvación, fruto de su amor, se recibe como gracia siempre inmerecida y se responde a ella con una vida de hijos que se aman unos a otros como son amados.

Esta acción de Jesús que le hace aparecer como alguien superior al templo enardece los ánimos de las autoridades judías, que deciden matarlo: Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los principales del pueblo buscaban matarlo. Pero no encontraban modo de hacerlo porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra. Los poderosos y sabios de este mundo persiguen al portador del reino de Dios; los pobres y sencillos, en cambio, que escuchan su palabra, entrarán en él.

Éstos formarán el nuevo pueblo, que el Señor va a adquirir cuando extienda sus brazos en la cruz, cumpliendo la voluntad de su Padre. Este pueblo nuevo, santificado por el Espíritu del Señor, será en el mundo el espacio que significa y produce la presencia de Cristo Resucitado. Sus miembros, como piedras vivas, irán construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5).

Ellos son el nuevo templo, en el que se ofrece el culto definitivo, en espíritu y en verdad (Jn 4, 24), con la ofrenda de sus personas, entregadas a la causa de Jesús y de su Reino (Rom 12,1-3). 

jueves, 18 de noviembre de 2021

Jesús llora por Jerusalén (Lc 19, 41-44)

 P. Carlos Cardó SJ

Lamentaciones de Cristo sobre Jerusalén, óleo sobre lienzo de Charles Lock Eastlake (1846), Galería Nacional de Arte Moderno, Inglaterra

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
"¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba".

Las palabras con que Jesús expresa su dolor por la suerte futura de Jerusalén son como un eco de las lamentaciones del profeta Jeremías (Cf. Jr 8,18-23) ante la destrucción de la ciudad por Nabucodonosor, ocurrida en el año 586 a.C. Sin embargo, no se descarta que en su redacción final San Lucas haya tenido en cuenta la toma de Jerusalén por las legiones romanas de Tito en el año 70 d.C.

Jesús ha entrado en Jerusalén en medio del júbilo del pueblo sencillo que lo ha reconocido como el rey enviado por Dios para traer la paz. Las autoridades han debido ver esa manifestación como un tumulto popular peligroso, una provocación de ese predicador y taumaturgo galileo que podría causarles problemas con los romanos.

Jesús es consciente de ello, pero su interés se centra en el destino de la capital de su país, que no ha querido reconocer lo que conduce a la paz verdadera, contradiciendo incluso el significado de su nombre, Yeru-shalem, que evoca la paz. Ya antes había expresado el dolor que le causaba la impiedad de Jerusalén que mata a los profetas y apedrea a los que Dios le envía, frustrando así los planes de Dios; y había manifestado su deseo de protegerla, comparándose a la gallina que reúne a sus pollitos bajo sus alas (Lc 13, 34). Vuelve ahora a constatar la cerrazón con que Jerusalén lo rechaza como portador de la paz que Dios ofrece, y se conmueve hasta romper a llorar.

Es un llanto de dolor por la oposición de que es objeto y por las consecuencias que puede tener para la ciudad el haber desaprovechado la oportunidad dada por Dios de jugar un papel ejemplar en el establecimiento de una existencia pacífica de la humanidad. Resuena en sus palabras la congoja del profeta que ve la ruina a la que se precipita su ciudad y su nación: Mis ojos se deshacen en lágrimas día y noche sin cesar porque un gran desastre viene sobre mi pueblo, y su herida es incurable… (Jer 14, 17).

No es una amenaza ni un vaticinio de la destrucción futura de la ciudad como castigo divino. Él no ha hecho más que mostrar la misericordia de un Dios que perdona. Pero no es ciego a lo que su pueblo puede causarse a sí mismo por haberse negado a comprender lo que conduce a la paz. Quien obstinadamente rechaza la paz, atrae contra sí la guerra y la desgracia.

Viniendo a nuestra situación, se puede decir que este pasaje evangélico mueve a discernir los signos de los tiempos para hallar en ellos la presencia del Señor y su ofrecimiento de paz personal, social y mundial. Jerusalén no ha reconocido en “en este día”, la venida del Señor y su salvación.

También nosotros podemos ignorarla y no ver el presente como el tiempo para el encuentro con el Señor y con la existencia pacífica, fraterna y justa a la que nos invita. Esforcémonos, por tanto, por entrar en ese descanso y que nadie caiga siguiendo el ejemplo de la rebeldía, dice la carta a los Hebreos (4,11). Pero el día del Señor sigue ignorado, desaprovechado. Las naciones no reducen sus gastos de armamento, los medios no hacen más que propalar la falacia de la eficacia de la violencia para resolver conflictos y como individuos mantenemos en nuestro interior resentimientos y hostilidades.

No obstante, hoy es el tiempo favorable, hoy es el tiempo de la salvación, como dice San Pablo (2 Cor 6, 2), y sigue disponible para nosotros la gracia que nos hace constructores de la paz en las relaciones personales y en las instituciones que frecuentamos. Siempre nos es posible decir: Deseen la paz a Jerusalén… Por mis hermanos y compañeros voy a decir: ¡La paz contigo! Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien

miércoles, 17 de noviembre de 2021

La parábola de las onzas de oro (Lc 19, 11-28)

P. Carlos Cardó SJ

La parábola de los talentos, detalle del vitral de la iglesia de San Eduardo Mártir, Castillo de Corfe, Dorset, Inglaterra

En aquel tiempo, como ya se acercaba Jesús a Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a manifestarse de un momento a otro, él les dijo esta parábola:
"Había un hombre de la nobleza que se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver como tal. Antes de irse, mandó llamar a diez empleados suyos, les entregó una moneda de mucho valor a cada uno y les dijo: 'Inviertan este dinero mientras regreso'.
Pero sus compatriotas lo aborrecían y enviaron detrás de él a unos delegados que dijeran: 'No queremos que éste sea nuestro rey'.
Pero fue nombrado rey, y cuando regresó a su país, mandó llamar a los empleados a quienes había entregado el dinero, para saber cuánto había ganado cada uno. Se presentó el primero y le dijo: 'Señor, tu moneda ha producido otras diez monedas'. Él le contestó: 'Muy bien. Eres
un buen empleado. Puesto que has sido fiel en una cosa pequeña, serás gobernador de diez ciudades'.
Se presentó el segundo y le dijo: 'Señor, tu moneda ha producido otras cinco monedas'. Y el señor le respondió:
'Tú serás gobernador de cinco ciudades'.
Se presentó el tercero y le dijo: 'Señor, aquí está tu moneda. La he tenido guardada en un pañuelo, pues te tuve miedo, porque eres un hombre exigente, que reclama lo que no ha invertido y cosecha lo que no ha sembrado'. El señor le contestó: 'Eres un mal empleado. Por tu propia boca te condeno. Tú sabías que yo soy un hombre exigente, que reclamo lo que no he invertido y que cosecho lo que no he sembrado, ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco para que yo, al volver, lo hubiera recobrado con intereses?'.
Después les dijo a los presentes: 'Quítenle a éste la moneda y dénsela al que tiene diez'. Le respondieron: 'Señor, ya tiene diez monedas'. Él les dijo: 'Les aseguro que a todo el que tenga se le dará con abundancia, y al que no tenga, aun lo que tiene se le quitará. En cuanto a mis enemigos, que no querían tenerme como rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia"'.

Puesta después del pasaje de Zaqueo, esta parábola es como un comentario al tema de la recta administración de los bienes dados por Dios. Asimismo, la alusión al rey que ha de venir a pedir cuentas mantiene el tema de la vigilancia y responsabilidad que se requiere para producir fruto según los dones recibidos de Dios. El señor que reparte las onzas de oro y se va a un país lejano no es sólo un hombre noble sino el heredero del trono real, y lo va a conseguir a pesar de que haya quienes no lo quieren por rey.

Jesucristo, antes de alcanzar toda su gloria de Mesías, dejará de estar visiblemente en el mundo, pero volverá con poder y majestad (Lc 21, 27), no sabemos cuándo. Mientras tanto se abre para nosotros una época de espera, fidelidad y vigilancia.

La parábola tiene mucho parecido con la de los talentos de Mt 25, 14-30. Aquí, lo que el señor reparte a cada empleado es una onza de oro, que se traduce también como mina, y es una suma pequeña equivalente a 1/60 de talento. Lo importante es que el señor tiene con ellos este gesto de confianza, al que ellos deben responder con lealtad y laboriosidad en su administración, de modo que la cantidad recibida se incremente.

Todos hemos recibido tal misión. En la lógica del evangelio, todo es don recibido y todo ha de ser puesto al servicio de Dios y de los prójimos. Obrando así, uno actúa como Jesús, lo tendrá de su parte cuando vuelva y obtendrá de Él vida eterna. En esto consiste lo central de la parábola.

¿Quién es ese empleado que recibió la onza de oro y la tuvo guardada en un pañuelo sin hacerla producir? Representa a todo aquel que sabe el bien que hay que hacer, pero no lo hace. Su culpa consiste en no haber negociado con el dinero que se le confió y haberse limitado únicamente a procurar no perderlo.

Es evidente que este empleado podía haber obrado con obediencia y responsabilidad como los dos primeros, pero obró con desobediencia e indolencia, por el juicio erróneo que se había formado sobre el carácter de su señor. El tono grosero con que le habla y le devuelve la onza de oro es una prueba de su mala conciencia. Por esto recibe del señor el calificativo de “malo”, no sólo de “negligente” (cf. Mt 25,26), porque se ha comportado como rebelde y desobediente.

La falsa idea que tenía del señor le impidió dar de sí con generosidad y gratitud. Se mueve como Adán, que se esconde de un dios malo y se aleja hasta acabar en la muerte. En cambio, quien responde con generosidad a tanto bien recibido, se hace capaz de recibir más y de dar más. Experimenta lo que Jesús enseñó: Den, y se les dará; una buena medida, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en su regazo. Porque con la medida con que midan, se los medirá (Lc 6. 38).

El final de la parábola sorprende. El señor entrega como recompensa al primer empleado la onza que el tercero no había sido capaz de negociar. Los allí presentes juzgan arbitraria esta decisión y argumentan diciendo que ese empleado ya tiene diez onzas, pero la respuesta que reciben del señor señala que él actúa con absoluta soberanía y la benevolencia con que juzga y recompensa supera totalmente el modo humano de pensar.

El señor ha sido extraordinariamente generoso con sus empleados, y a la hora de ajustar cuentas con ellos no sólo los recompensará por su trabajo, sino que lo hará de un modo que supera todas las expectativas y todos los cánones de merecimiento.

La parábola es una invitación a examinar la idea que tenemos de Dios, pues de ella depende en gran medida la actitud con que servimos y el uso que damos a los bienes recibidos. Una relación con Dios contable, mercantil, no libre, no de hijo, sino de rival, lleva a la persona a actuar por pura obligación o por interés, de mala gana o procurando únicamente acumular méritos.

No fue así la actitud de los dos primeros empleados, que modestamente se limitaron a mostrar al señor lo que habían conseguido con la administración responsable de lo que se les había confiado y fueron por ello recompensados magníficamente. Cada uno en el servicio a Dios y a los demás ha de hacer entrega de lo que ha recibido y ha de hacerlo por amor, gratuita y desinteresadamente. Según el evangelio no se realiza quien tiene, sino quien da de sí. Y lo que cuenta no es la cantidad sino la actitud con que uno pone en el servicio lo que tiene, consciente de que todo lo ha recibido.

martes, 16 de noviembre de 2021

Zaqueo (Lc 19, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús y Zaqueo, óleo sobre lienzo de Jean Le Clerc (1614), colección privada, España

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús, pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura.
Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: "Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa".

Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador".
Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más".
Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido".

Por medio de Jesús, Dios busca lo perdido. Paciente y compasivo, busca siempre dar vida, sostenerla, rehacerla. En Zaqueo, Dios se acuerda de todo ser humano por pequeño que sea y lo restablece, lo purifica (Zaqueo significa el puro). Era jefe de publicanos y muy rico. Por ser publicano, estaba excluido de la salvación según la ley; por ser rico, lo está según el evangelio: difícil que un rico entre en el reino (Lc 18). Es un caso desesperado.

Pero trataba de ver quién era el Señor. Muchos, hasta Herodes, querían ver a Jesús por motivos diversos. Zaqueo quiere verlo simplemente porque quiere cambiar, ser otra persona, así, sin dobles intenciones. Y esto es lo que atrae al Señor, que le dice: Es necesario que me aloje en tu casa.

Pero la turba se lo impedía porque era pequeño. Muchas cosas impiden ver al Señor… Hay que hacerse pequeños. Toda persona es pequeña ante la gloria de Dios. Él nos pide que seamos lo que somos, que reconozcamos nuestra pequeñez. Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por los que lo respetan. Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos de barro (Sal 103).

Por eso Zaqueo se subió a una higuera. No tenía otra opción... Subirse al balcón o a la terraza de una casa, imposible; no le habrían permitido entrar en ninguna por ser un publicano. Y allí, subido en su árbol, verá pasar debajo, a sus pies, a un necesitado que busca posada; verá la humildad salvadora del Mesías que quiere alojarse con los débiles y pequeños de este mundo. Entonces lo reconocerá, verá al Señor.

Llegado a aquel sitio, Jesús alzó los ojos. No ve a Zaqueo de arriba abajo, sino al revés, como los humildes que miran de abajo arriba, porque se ha hecho pequeño para servirlos a todos. En Jesús, el Altísimo se ha inclinado para mirar la tierra, para levantar del polvo al desvalido y de la miseria al necesitado (cf. Sal 113, 6s), ha bajado a la humildad de nuestra condición terrena. Por eso, cuanto más humildes nos hacemos, más capaces somos de encontrarnos con Dios, porque Dios es humilde. Y más auténticos somos, más humanos, pues las palabras humilde y humano derivan del latín, humus, que significa tierra.

Jesús le dice: Zaqueo. No sólo le dirige la palabra a un publicano, cosa que las personas decentes evitaban, sino que lo llama por su propio nombre, en señal de amistad y cercanía. Así trata Dios. Así nos llama Dios, por nuestro nombre. En las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49, 1).

Zaqueo bajó en seguida y lo acogió en su casa muy contento. No podía hacer otra cosa, había sido tocado por el amor de Dios; tenía por su parte que acogerlo. Acoger es gesto esencial en el amor. Acoge en su casa a quien no tenía dónde reclinar la cabeza, al Buen Samaritano que dio posada al pobre caído en el camino, y ahora va a Jerusalén, donde lo matarán y hará brotar de su costado abierto la fuente inagotable de alegría (Zac 12,10s). Esa alegría llena ya el corazón de Zaqueo.

Los fariseos murmuran. No entienden nada. No han acogido al débil, se han hecho incapaces de recibir el corazón nuevo, el corazón puro de los que ven a Dios (Mt 5, 8).

Zaqueo, en cambio, ya ha decidido cambiar. Sabe que su dinero proviene de la extorsión y la estafa y ha oído quizá a Jesús advertir que la riqueza puede ser perdición, porque lleva a olvidarse de los demás. Reconoce, pues, que debe usar de un modo nuevo su dinero. Y decide hacerlo: La mitad de lo que poseo se la daré a los pobres y si engañé a alguno le devolveré cuatro veces más. Mucho más de lo que la ley judía exigía. El encuentro con Jesús lo hace posible.

Jesús le responde con el anuncio gozoso de la buena noticia para él y su familia: Hoy la salvación ha venido a esta casa. Dios ha entrado en la vida de un hombre infeliz, considerado al margen de los destinados a la salvación. Dios hace partícipes de sus promesas hechas a Abraham y su descendencia a todos aquellos que se abren por la fe a su amor misericordioso.

La justicia divina se ha hecho en Jesús búsqueda salvadora del perdido, como lo hace el buen pastor con la oveja extraviada o un padre con el hijo que se fue de casa. La vida se reconstruye. Jesús busca, llama, invita. Como Zaqueo podemos acogerlo en casa, y quedar transformados por su visita. En la Eucaristía, Él entra en nuestra casa interior, en nuestro corazón, y nos cambia.