lunes, 20 de septiembre de 2021

Luz del mundo y saber escuchar (Lc 8, 16-18)

P. Carlos Cardó SJ

Candelabro, litografía de Marc Chagall (1962), publicado en Las Ventanas de Jerusalén por Andre Sauret. Impreso por Fernand Mourlot, París, Francia

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz. Porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. Fíjense, pues, si están entendiendo bien, porque al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener".

En el evangelio de Lucas el ser luz viene como conclusión de la parábola de la semilla: cuando la Palabra cae en tierra buena, produce fruto, y la responsabilidad entonces consiste en hacer público y notorio lo oculto y secreto de la semilla, que se ha escuchado y acogido. La palabra transforma a la persona, le da una nueva identidad y cuando está asimilada se deja ver, se trasluce, resalta. Cristo es la luz, que ilumina la vida de quienes lo siguen y les hace dar luz a los demás.

Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija o la oculta debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que todos los vean. El cristiano no puede desentenderse del impacto que produce su estilo de vida y su modo de pensar y de hablar. Los valores que le ha transmitido el anuncio del evangelio no son un discurso privado para una élite cerrada en sí misma o pusilánime y temerosa a la hora de demostrar su fe. Esta responsabilidad, además, supone una gran atención al modo como debe transmitirse, ante todo con el ejemplo de vida, el mensaje del evangelio para que sea creíble, respetado y tenido en cuenta.

Evidentemente no se trata de buscar sobresalir, brillar, hacerse ver. Jesús advierte: Cuidado con practicar las buenas obras para ser vistos por la gente…, no vayas pregonándolo como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los alaben los hombres (Mt 6, 1-2). Se trata de ser con sencillez lo que debemos ser: auténticos, consecuentes con nuestra fe, con identidad cristiana clara  y manifiesta. No se puede esconder, se trasluce, brilla; es consecuencia. Esto es de capital importancia en el evangelio de Lucas: la característica del cristiano es su función de “testigo”.

Precisamente porque el cristiano maduro conserva la palabra de Dios con constancia y perseverancia, se convierte en luz para “los demás”. El desarrollo de esta temática se verá de comienzo a fin en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Para ello Jesucristo resucitado se apareció a sus discípulos, los instruyó y les dijo: Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; el vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta lo extremo de la tierra (Hech 1, 8).

La máxima: Nada hay oculto que no se descubra ni secreto que no se conozca, se une a la precedente, y completa una serie de contrastes luz/tinieblas, secreto/público, oculto/manifiesto. Todo esto se cumple primero en Jesús, que es la luz pero actúa en lo oculto como la semilla en tierra. Asimismo el misterio de su reino se desarrolla en medio de dificultades. Pero es el mismo Señor quien compromete a sus discípulos a difundir la luz del conocimiento de su persona y a divulgar los secretos del reino que Él les ha hecho conocer. La formulación posterior de esta responsabilidad (en Lc 12, 2)  será una exhortación a rechazar la hipocresía e inconsecuencia propia de los fariseos, a hablar con toda franqueza sin dejarse reprimir por las opiniones de los demás, pues no hay nada escondido que no llegue a manifestarse ni nada secreto que no vaya a saberse.

Por eso pongan atención a cómo escuchan, dice finalmente Jesús. Si escuchamos con atención, descubrimos el sentido de la palabra, que ilumina toda realidad oscura. Lo oculto queda al descubierto. La medida de la fe es la actitud de escucha y acogida de la palabra, entonces se recibe el don de conocer el misterio cada vez más. En cambio, quien no sabe escuchar se cierra al don que se le ofrece e irá perdiendo aun lo que tiene; lo perderá todo por no saber escuchar. Fue lo que ocurrió con el pueblo judío.

No aceptó la revelación plena que trajo Jesucristo, no tuvo fe; por ello lo que tenía (ser pueblo elegido, vinculado a Dios con una alianza de predilección, receptor de obras maravillosas y portador de la promesa de salvación), lo perdió. Los seguidores de Jesús, en cambio, aun los paganos, alcanzaron por la fe el don de lo alto y se convirtieron en el nuevo Israel de Dios, descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que los llamó de la oscuridad a su luz admirable (1Pe 2, 9). 

domingo, 19 de septiembre de 2021

Homilía del XXV Domingo del Tiempo Ordinario - Hacerse como niños (Mc 9, 30-37)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo mostrando un niño, óleo sobre lienzo de Benjamín West (siglo XVIII), Museo Founding, Londres

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará".
Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones. Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: "¿De qué discutían por el camino?".
Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.
Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: "Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos".

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: "El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado".

Jesús instruye a sus discípulos sobre su destino de cruz, pero no lo entienden. Se ponen más bien a discutir quién es el más importante en el grupo. El deseo de ser apreciado es natural; su realización asegura la confianza que la persona necesita para progresar y perfeccionarse. Más aún, Dios quiere que los talentos que Él nos da fructifiquen en las mejores formas de servicio que podemos ofrecer. Pero sobre este deseo natural y esta voluntad de Dios, se puede montar el afán de sobresalir, el arribismo, que ya no busca el mejor servicio sino la propia gloria y el propio beneficio.

Jesús aprovecha la ocasión para enseñar el modo como se ha de ejercer la autoridad. Sólo es lícito ejercerla como servicio, nunca para dominar a los demás, lucrar o servirse a sí mismo. A los ojos de Dios el primero es el que mejor sirve. Y si este servicio se hace a los débiles y a los últimos de la sociedad, tanto mejor.

Así se comportó Jesús y en su modo de actuar nos mostró cómo actúa Dios. Esta lógica del servicio, que invierte los valores del mundo, adquiere toda su densidad de significado en el hecho palpable de que Jesús, siendo el primero, prefiere aparecer y ser tenido como el último y el servidor de todos.

A continuación Jesús ilustra la relación que hay entre el poder y la salvación con el gesto de poner a un niño en el centro y afirmar: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge. En la sociedad judía, el huérfano, la viuda, el extranjero y el niño, estaban privados de derechos; para Jesús, son los más importantes.

Los niños nada poseen. Son y llegan a ser lo que se les da. A los niños y a quienes se les asemejan, les pertenece el Reino. Porque no tienen su seguridad en sí mismos y viven sin ambiciones, su vida está pendiente del don de Dios. Por no tener nada y necesitarlo todo, los niños son los últimos. Porque todo en sus vidas depende de Dios, son los primeros en su corazón. Nada poseen; Dios es todo para ellos. Por eso Jesús se identifica con los pequeños de este mundo: Quien acoge a uno de estos pequeños, a mí me acoge.

La lección es clara: La persona vale no por el poder que tiene, sino por su amor y servicio, sobre todo a los que más necesitan de su ayuda en la sociedad. Quienes así actúan tienen como norma de vida el ejemplo de Jesús que manifestó una atención preferencial para con los enfermos, los pobres y los pecadores y una especial predilección por los pequeños.

Y convenzámonos: no hay nada más satisfactorio que saber que nuestra vida está entregada al bien de los demás. Por eso, quien quiera ser el mayor, que se sitúe en su familia, en su centro de trabajo, en la sociedad donde mejor pueda servir, porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros (Mc 10,31).

En la Iglesia, sobre todo allí donde ella es más lo que Cristo quiso, es decir, en la celebración de la Eucaristía, nos reunimos. Allí no hay, no puede haber,  diferencias de rango ni de poder. Partimos juntos el pan y cobramos fuerzas para resistir a los escándalos que observamos en el ejercicio corrupto de la autoridad; nos ratificamos en nuestro rechazo a todas las concepciones de la autoridad que desde la familia, la escuela, la empresa, el Estado y aun la misma Iglesia, generan abusos y sufrimientos; y aprendemos a fiarnos del Espíritu que transforma nuestros corazones en el amor fraterno.

Por el camino venían discutiendo acerca de quién era el más importante. Jesús les dijo: El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Mucho hay que trabajar –como el Papa Francisco lo hace y nos exhorta– para reparar lo que la mentalidad del mundo ha dañado en la Iglesia, para recuperar aquello que se ha alejado del evangelio, para purificar o fortalecer lo que se ha corrompido o debilitado, para cambiar todo lo que sea necesario a fin de que la Iglesia sea en verdad la comunidad de hermanos y hermanas que Cristo quiere.

sábado, 18 de septiembre de 2021

No teman, pequeño rebaño (Lc 12, 32-34

P. Carlos Cardó SJ

La puerta del rebaño, óleo sobre lienzo de Sybil Parker (1895), colección privada
No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.

No teman, repite Jesús con frecuencia en el evangelio. El miedo se opone a la fe, cuya raíz esencial es la confianza. El amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. (1Jn 4, 18). El llamado “temor de Dios”, que según la Biblia es inicio de la sabiduría (Prov 1,7), no se debe confundir con el miedo que es una reacción instintiva ante una amenaza; temor de Dios es sinónimo de respeto y reverencia, es aceptación de su paternidad y de su señorío en todo, y va unido a la confianza filial, por eso: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! (Sal 128, 1). A ése, el Señor lo bendice con toda abundancia de bienes y su existencia transcurre segura.

Con verdadero afecto, Jesús llama a sus discípulos pequeño rebaño. Es el buen pastor que ama a sus ovejas, las conoce y ellas le siguen; más aún, nadie se las arrebatará (cf. Jn 10, 27-28). Ese pequeño grupo constituye el germen del que brotará la Iglesia de Cristo que, a su vez, será también pequeño rebaño, sin pretensiones de grandeza. Sólo así, si no se deja contagiar del poder de los grandes de este mundo, confiará siempre en su Señor, que la ama y la cuida con cariño como un esposo a su esposa (Ef, 5, 29).

En otra ocasión Jesús se alegró porque su Padre había revelado los misterios de su reino a sus discípulos y a la gente sencilla (Cf. Lc 10, 21). Ahora expresa una mayor satisfacción porque siente que la paternidad solícita de Dios, que conoce a cada uno de los que Él le ha dado, ha querido darles el reino. El Padre tiene un plan que debe cumplirse: otorgar el don de su reino a la comunidad de los discípulos de Jesús (de todos los tiempos), aunque sea pequeña, amenazada e indefensa como un pequeño rebaño.

Pero este don tienen que hacerlo ver los discípulos mediante su disposición pronta para compartir lo que tienen con los necesitados. Así se implanta el reino del Padre. Por eso Jesús añade: Vendan lo que tienen y den limosna. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

No es una exhortación a despreciar los bienes como si fueran malos o a descuidar el dinero. Lo que Jesús propone es un estilo de vida, caracterizado por la superación del ansia de posesión y por la esperanza en los bienes del reino, que significan la realización plena del ser humano y promueve en la tierra el fomento de la justicia.

Para tener el corazón puesto en Dios, que es el tesoro verdadero, la persona deja de pensar sólo en sí misma, se abre al compartir fraterno y se muestra capaz de hacer uso de los bienes con la libertad de poder usarlos o dejarlos cuando convenga. Es no vivir para el dinero ni poner toda la seguridad en él. La verdadera riqueza no es lo que uno tiene, sino lo que comparte. Eso significa acumular bienes en el cielo, es decir, ponerlo todo en Dios y su reino, que es el verdadero tesoro.

La palabra limosna no aparece en el Antiguo Testamento, pero el atender al extranjero, al huérfano y a la viuda (Dt 24,19) era una ley sagrada ordenada por Dios a Israel: no endurecerás tu  corazón ni cerrarás la mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le darás lo que necesite (Dt 15, 7; cf., 8, 11; 26, 12; Lv 25, 35). Cristo exhortó a la práctica de la limosna, pero advirtió que no se debía realizar con ostentación buscando la alabanza de la gente (Cf. Mt 6, 2-4).

En la Biblia, la limosna es expresión de justicia. Equivale a darle al otro lo que necesita para poder vivir. Porque todos somos hermanos, no es justo que uno posea y el otro desfallezca en la miseria. Es justicia distributiva. Para hacerla eficaz y para que se cumpla el plan del Creador, que hizo todos los bienes para sirvieran para el sustento de todos, la limosna adquiere el carácter de la cooperación nacional e internacional, del subsidio a las obras de beneficencia, de solidaridad con los damnificados por calamidades, de inversiones para el fomento de la educación y la salud de los menos favorecidos en la sociedad.

Hay múltiples maneras de practicar la limosna.  Hay muchas maneras de ser justo según el evangelio, con la justicia mayor (el camino más excelente, de 1Cor 12, 31), que encuentra su perfección en la misericordia y promueve la fraternidad.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Las mujeres que acompañaban a Jesús (Lc 8, 1-3)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesucristo con sus discípulos y una santa mujer, óleo sobre lienzo de Tita Gori (fines del siglo XIX), iglesia católica de Monte Prato, Italia

En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.

Es un sumario de la actividad pública de Jesús, que será también la de sus discípulos. Contiene elementos típicos del modo de proceder de Jesús.

Se pueden ver tres partes en el texto: 1) la vida itinerante de Jesús, como modelo para la vida de la Iglesia; 2) la asociación de los Doce a la vida y actividad de Jesús, 3) las mujeres que siguen a Jesús y el papel que desempeñan en la comunidad.

1) Jesús era un predicador itinerante, no tenía casa propia, recorría las ciudades y aldeas de Palestina, procurando reunir a las ovejas dispersas de la casa de Israel. Quería formar el nuevo pueblo de Dios, llevar a todos la Palabra de la salvación que Dios, por su medio, les transmitía, sin excluir a nadie. El tema central de su predicación era el anuncio de la irrupción del reino de Dios y las condiciones para entrar en él.

2) Los Doce apóstoles forman el primer núcleo de personas que Jesús asocia a su labor misionera. En la convivencia con Él, aprenden su modo de ser y de actuar, comparten su vida. Con ellos forma la Iglesia, que habrá de ser también apostólica, misionera, movida por el mismo amor que la impulse a ir a todas partes y anunciar la buena noticia del reino de Dios. El estar con Él, en comunión de vida, trabajo, alegrías y sufrimientos, es lo que más identifica al apóstol. Hay un evidente aspecto personal de amor y de vinculación estrecha con el Maestro en la vocación a la que son llamados. Ellos estuvieron con Él en todo momento, compartieron su vida, fueron los testigos presenciales de lo que dijo y realizó durante su vida pública hasta su muerte. Ellos representan al discípulo de todos los tiempos. Como ellos, también nosotros estamos llamados a estar con Él, a mantener el interés por conocerlo cada vez más internamente para más amarlo y seguirlo.

3) Las mujeres que siguen a Jesús. En la cultura y religión judía de aquel tiempo todo era para hombres; las mujeres estaban al nivel de los niños, no contaban. Jesús derriba todos los muros de separación entre los seres humanos: en su comunidad ya no hay distinción entre judío o gentil, esclavo o libre, hombre o mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús (Gal 3, 28). Otras diferencias naturales o culturales resultan secundarias frente a esta igualdad: todos sin distinción estamos llamados a estar con el Señor. Lo importante es estar con Él.

Las mujeres cumplían una serie de funciones en la primitiva comunidad, desde tiempos de Jesús, como puede verse en las cartas de Pablo y en Hechos de los Apóstoles (Rom 16, Hech 1; 12; 16; 17), y todas sus funciones eran de servicio. Con su actitud personificaban en la comunidad el amor maternal, que hace posible la vida del otro dando de sí.

Lucas subraya que eran mujeres que habían experimentado el perdón y habían sido liberadas por Jesús de muchos males (al igual que los discípulos, naturalmente). Por eso manifestaban el amor que brota como respuesta a quien las ha amado primero; mostraban mucho amor porque mucho se les había perdonado (Lc 7, 47). Eran, pues, auténticas discípulas, modelos del seguimiento de Jesús.

Ellas se mantendrán firmes junto a Él en la pasión, mientras los demás discípulos, dejándolo solo, lo abandonen. Estarán con María junto a la cruz, llevarán a enterrar el cuerpo del Señor, volverán de madrugada a la tumba para embalsamarlo y serán las primeras testigos de la resurrección. Después las veremos en compañía de María y de los apóstoles en la espera orante de Pentecostés.

Con los doce y con María, la madre de Jesús, muchas otras mujeres (según Lucas), constituyeron la primera comunidad cristiana, la primera Iglesia, que será modelo y referente obligado para la comunidad eclesial en todos los tiempos. Ellas supieron ser dóciles a su fe hasta dejarse transformar completamente por el Espíritu Santo. Como ellas, muchísimas otras mujeres santas de la Sagrada Escritura, de la historia antigua y de la actualidad nos sirven de modelo. Con sus vidas, su fidelidad –llevada muchas veces hasta lo heroico–, su sabiduría y su testimonio profético fortalecen a la familia humana y a la Iglesia.