miércoles, 21 de julio de 2021

La Parábola de la semilla (Mt 13, 1-9)

 P. Carlos Cardó SJ

El sembrador, ilustración de Eugene Burnand en la versión inglesa de "Las Parábolas" (1908) 

Ese día Jesús salió de casa y fue a sentarse a orillas del lago. Pero la gente vino a él en tal cantidad, que subió a una barca y se sentó en ella, mientras toda la gente se quedó en la orilla.

Jesús les habló de muchas cosas, usando comparaciones o parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, unos granos cayeron a lo largo del camino: vinieron las aves y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, con muy poca tierra, y brotaron en seguida, pues no había profundidad. Pero apenas salió el sol, los quemó y, por falta de raíces, se secaron. Otros cayeron en medio de cardos: éstos crecieron y los ahogaron. Otros granos, finalmente, cayeron en buena tierra y produjeron cosecha, unos el ciento, otros el sesenta y otros el treinta por uno. El que tenga oídos, que escuche».

Jesús explica el misterio de su vida, del desarrollo del reino de Dios y de su Palabra que actúa en nosotros. El centro de la parábola es la semilla. Pero se destaca la idea de que la siembra se frustra cuando la tierra es superficial, o pedregosa, o llena de malezas; sólo al final se logra una cosecha abundante. Probablemente Jesús pronunció esta parábola en el contexto histórico del fracaso que vivió en su predicación en Galilea. La gente que primero le siguió entusiasmada, después dudó de él como Mesías, no creyó en la venida del reino que él anunciaba, no siguió sus enseñanzas.

Jesús revela el modo como Dios lee las cosas y nos enseña a entender lo que acontece en nuestro mundo tan contradictorio. Nos hace ver que el Reino de Dios ya está inaugurado y marcha hacia su realización plena, pero que no tiene un desarrollo homogéneo y triunfal. La acción de Dios choca con el mal y con las resistencias que le oponemos. Pero –esta es la sorpresa– su éxito final está asegurado. Dios es señor de la historia.

Con esta parábola Jesús quiere recuperar la confianza de la gente, sobre todo de sus discípulos. Se puede llamar la parábola de la confianza porque hay en ella una llamada a fiarnos de la obra de Dios. La acción confiada del sembrador que esparce la semilla interpela al creyente para que salga de sus temores y apatías, cobre valor y se abra a la novedad del futuro que viene al encuentro del presente. No se trata de una confianza fácil y optimista. Hay muchas dificultades que superar y obstáculos que enfrentar.

A estas dificultades alude la alegoría de las distintas clases de tierra. Más que cuatro tipos de hombres, son cuatro niveles o formas de escuchar la Palabra de Dios que conviven en cada uno de nosotros.

La semilla caída en tierra de borde del camino significa que podemos escuchar la Palabra pero sin entenderla, sin asimilarla, porque nuestras maneras de pensar, nuestras costumbres y prejuicios la echan a perder. Encerrados en nosotros mismos, no advertimos la baja calidad humana y cristiana de nuestra vida, y nos defendemos, arguyendo que no tenemos nada que aprender, ni nada que cambiar.

La semilla que cae en terreno pedregoso acontece cuando escuchamos el mensaje evangélico y lo acogemos con alegría, pero las presiones y tensiones internas y externas a que estamos sometidos impiden que lo tengamos en cuenta en nuestra vida y oriente nuestras decisiones y conducta. Todo queda en buenos sentimientos y deseos, que no se traducen en obras, ni en un compromiso cristiano efectivo.

La caída de la semilla en tierra llena de malezas ocurre cuando permitimos que la Palabra crezca en nosotros, pero después las preocupaciones vanas y el engaño de las cosas que el mundo nos ofrece para ser felices, actúan en nosotros sofocando los valores evangélicos, restándoles atractivo y fuerza, hasta hacerlos caer en el olvido.

Pero se da también en nosotros la tierra buena en la que la semilla sí puede dar fruto. Esa buena tierra es lo mejor nuestro, aquello que nos honra y nos hace sentir realmente bien: cuando somos capaces de gestos de generosidad y de amor admirables. Entonces, nos hacemos disponibles a lo que el Señor nos pide.

Mantenernos como tierra buena no es tarea de un día ni de dos; es proceso lento y constante. Pero es un esfuer­zo sostenido por nuestra confianza en Dios. A pesar de las dificultades de la siembra, Jesús nos asegura el buen resultado. Su Palabra es capaz de atravesar el espesor del mal en nuestro corazón y convertirnos a Él.

Jesús nos invita a observar las resistencias que oponemos a su mensaje, no para abatirnos sino para reconocer dónde y cómo él mismo lucha con nosotros para tomar posesión de nuestro corazón. Nos pide que analicemos nuestras resistencias y pidamos vernos libres de ellas para acoger lo que él quiere darnos.

Al celebrar la Eucaristía, Dios siembra en nosotros la Palabra, que se proclama de manera más solemne que en otras ocasiones. Renovamos la confianza en la obra de Dios en nosotros y pedimos que al comer el cuerpo de Cristo en la comunión, su palabra se haga vida en nosotros. 

martes, 20 de julio de 2021

Éstos son mi madre y mis hermanos… (Mt 12, 46-50)

 P. Carlos Cardó SJ

María Magdalena escuchando la predicación de Cristo, témpera sobre lienzo de Sandro Botticelli (1494 aprox.), colección del Museo de Arte de Filadelfia, Estados Unidos

Mientras Jesús estaba todavía hablando a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban de pie afuera, pues querían hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren hablar contigo».

Pero Jesús dijo al que le daba el recado: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».

E indicando con la mano a sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Tomen a cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre de los Cielos, y ése es para mí un hermano, una hermana o una madre».

Señalando con la mano a sus discípulos dijo Jesús: «Estos son mi madre y mis hermanos».

La fe verdadera se mueve por el deseo continuo de estar con Él, de acuerdo con Él. Esta fe sólo se alcanza mediante la escucha atenta de su palabra. La unión profunda que de ella surge, Jesús la compara a un parentesco y familiaridad auténtica, es pasar a formar parte de su familia.

Esta fe es una posibilidad abierta a todos, pues a todos llega la llamada y la misericordia de Dios en Jesús, incluso a los pecadores y a los que se sienten alejados, extraños a “la casa de de Dios”. Pero esta posibilidad resulta escándalo para quienes reclaman para sí el privilegio de ser los únicos allegados a Dios.

El evangelista Mateo observa que a sus más allegados, Jesús los señala con la mano. Son sus discípulos, a quienes Él ha escogido y ellos han respondido poniéndose en su seguimiento, dejándose enseñar por Él y viviendo entre ellos una auténtica fraternidad. Hacerse discípulo, entrar en el discipulado es la vía para pasar a formar parte de la verdadera familia de Jesús, de sus parientes. Esto exige asumir las actitudes propias de los discípulos: reunirse en torno al Maestro para escucharlo y vivir con él. Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Lc 11,27).

La familia es un asunto del corazón, es pertenencia cordial, vínculo de mutua pertenencia, adopción de una identidad que se establece para siempre y se comparte. Ser familiar de alguien es compartir suerte y reputación, exige llevar su nombre, dar cuenta de Él y honrarlo. Jesús dice: El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Llevarán el nombre de Jesús los que vivan en su corazón todo lo que fue para Él su razón de vivir: En esto conocerán que son mis discípulos: Si se aman los unos a los otros. Ámense como yo los he amado (Jn 13, 35).

Asimismo, la Iglesia es asunto «de familia». Pertenecen a ella los que se reúnen en torno a la Palabra para hacerla suya y conformar con ella la propia vida, los que toman como referencia de su vida lo que dijo e hizo Jesús y esto les hace vivir una fraternidad singular. La Iglesia es un asunto del corazón: sólo es «de familia» cuando se la ve como algo «nuestro». Entonces se la ama, se celebra con ella y se sufre con ella también, desde dentro; se procura ayudarla a ser cada vez mejor la esposa que Cristo se escogió.

La acogida obediente de la palabra asemeja al discípulo a María, modelo del creyente y modelo de la Iglesia que acoge la palabra y la lleva a cumplimiento; ella es bienaventurada porque cree y su maternidad verdadera consiste en escuchar y realizar la Palabra.

Lo importante, pues, no es estar entre los que comen y beben con Él (13, 26), sino pasar como María de un parentesco físico a un parentesco según el Espíritu, fundado en la escucha y puesta en práctica de la palabra: Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, ahora no lo conocemos así, sino según el Espíritu (2 Cor 5,16).

lunes, 19 de julio de 2021

El signo de Jonás (Mt 12, 38-42)

 P. Carlos Cardó SJ

Pasaje de la vida de Jonás, fresco de autor anónimo (siglo III), catacumbas de Priscila, Roma

En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: "Maestro, queremos ver un signo tuyo".

Él les contestó: "Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón".

En este pasaje, los letrados, llamados también doctores o maestros de la ley, se asocian a los fariseos para exigirle a Jesús una señal que equivalga a una credencial divina de su misión para poder creer en Él como el enviado de Dios. Quieren que Jesús realice algo visible, una acción simbólica, un signo celeste o un rasgo corporal que demuestre de manera inequívoca su identidad, ya que juzgan inadmisible su pretensión de obrar en nombre de Dios. Por eso lo apremian: queremos ver una señal tuya personal.

Jesús ve la incredulidad de sus oyentes y ve en ella también reflejada la incredulidad del pueblo de Israel. Estamos en plena crisis galilea: el pueblo que al comienzo le siguió entusiasmado, después por influjo de sus autoridades, le dio la espalda, y Jesús abrió el alcance de su mensaje salvífico a los pueblos extranjeros. Por eso su respuesta es categórica.

En la persona de sus interlocutores ve al pueblo, a la generación perversa y adúltera que exige una señal. El calificativo de perversa denuncia su incapacidad de hacer el bien, como el árbol malo que da frutos malos (7,17s), y de decir algo bueno porque son malos (12, 34s). El otro adjetivo es una clara alusión a la infidelidad de Israel, esposa adúltera de Yahvé, que rompe la alianza (Os 3, 1; Ez 16,38; 23, 45).

Por eso, Jesús no les dará lo que ellos piden: un signo material y sensible, sino una señal cuyo significado exige fe para ser entendida. Haciendo un paralelo con Jonás les hace ver que la peripecia vivida por el profeta en el vientre del pez durante tres días con sus tres noches,  fue un signo anticipatorio de la muerte del Hijo del hombre y de su permanencia en el reino de los muertos. Esta es la «señal» que Dios ofrecerá a aquella generación; pero será una señal paradójica para Israel porque, por una parte, señalará su culpa en la muerte de Jesús y, por otra, la posibilidad de salvarse por medio de esa misma muerte redentora si se adhieren a Él por la fe.

Vienen después dos referencias bíblicas que denuncian la incredulidad del pueblo. Su gravedad queda demostrada con la comparación entre la actitud de los hijos de esa generación con la de los habitantes de Nínive y con la de la reina de Saba. Asimismo, la afirmación de la superioridad de Jesús respecto al famoso profeta y al sabio rey Salomón, echa en cara a los letrados y fariseos su cerrazón para entender la autoridad con que Jesús, como el enviado definitivo, ha anunciado la venida del reino de Dios.

La persona de Jesús, la sabiduría de su mensaje y la obra salvadora que realiza en favor nuestro, por puro amor, deberían ser el argumento suficiente para creer en Él. Pero muchas veces nuestra fe es débil e inconstante. Entonces, como los letrados y fariseos, esperamos pruebas y demostraciones visibles para reemprender el camino en que estábamos. Las razones que antes sostenían nuestro compromiso cristiano se nos tornan insuficientes y nos sobreviene la tibieza, la falta de mística y ardor espiritual. En tales momentos no hay que esperar cosas extraordinarias para reencender el fervor, ni se deben hacer cambios que impliquen abandono de nuestros antiguos propósitos. 

domingo, 18 de julio de 2021

Homilía del XVI Domingo del Tiempo Ordinario - Como ovejas sin pastor (Mc 6, 30-34)

P. Carlos Cardó SJ

Jesús predicando en el mar de Galilea, óleo sobre lienzo de Gerbrand van den Eeckhout (siglo XVII), colección privada, subastado en Hampel, Münich

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: "Vengan solos a un sitio tranquilo a descansar un poco". Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

En estos cuatro versículos tenemos toda una síntesis de vida cristiana.

Los apóstoles se reunieron con Jesús. Estar con el Señor, conocerlo para más amarlo y seguirlo es lo que define al cristiano. Jesús atiende a sus discípulos, presta atención a lo que le cuentan del trabajo que han realizado y los invita: Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco. Detrás de estas palabras resuena el eco de aquellas otras que trae Mateo: Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré (Mt 11, 28).

Siempre hay que procurar escuchar lo que dice Jesús como dirigido a nosotros hoy; sólo así la Escritura es palabra eficaz, que toca nuestra situación y nos cambia. Hay que oír, pues, su invitación a estar con Él, a saber “retirarnos” y descansar porque –consciente o inconscientemente– podemos llevar una vida que deshumaniza: agitados, absorbidos por el trabajo, en la búsqueda ansiosa de valores, que son útiles, sí, pero no esenciales.

Lo primero que se perjudica son las relaciones personales, es decir, lo más hermoso y satisfactorio que la vida nos da. Y lo mismo ocurre con Dios. Como toda relación, la amistad con Cristo hay que cultivarla, hay que darse tiempo para estar a solas con Él. Los tiempos que reservamos para la oración son los “lugares deshabitados”, de los que habla el evangelio, espacios en los que nos apartamos de aquello que, desde el exterior, nos desgasta y desorienta y accedemos a  nuestro interior, donde tocamos lo esencial.

Se fueron, pues, ellos solos en la barca, pero no lograron lo que buscaban, el descanso que tenían pensado se les frustró. La multitud que va y viene, ansiosa por ver a Jesús, se apresura y llega antes que ellos a la otra orilla. No les van a dejar tiempo ni para comer. Jesús mira la situación y, en vez de reprocharles –con todo derecho, por lo demás–, se conmueve.

Él sabe bien que lo buscan para que les ayude a vivir. Por eso no puede reprocharles su conducta ni defraudar la confianza que tienen puesta en él. Una vez más sus entrañas de pastor bueno se compadecen: son como ovejas sin pastor (cf. Nm 27,17; Ez 34,5; Zac 13,7). Aprovecha entonces el momento para seguir haciendo lo que siempre ha hecho: congregar, unir (Mc 1,38s)… y se puso a enseñarles con calma.

Queda así enmarcado el milagro de la multiplicación de los panes que viene a continuación y definida la perspectiva desde la que hay que interpretarlo: milagro y enseñanza, pan y palabra van unidos.

La imagen de Jesús conmovido ante la necesidad de la gente nos hace apreciar lo más nuclear de su persona: Jesús fue alguien que supo amar de verdad. Más aún, su amor no fue en Él un sentimiento circunstancial, que le venía de vez en cuando, sino una realidad permanente que caracterizaba su persona. La razón de fondo es que en el amor profundamente humano de Jesús se revela su divinidad: su amor misericordioso es el amor mismo de Dios. Jesús es la encarnación del amor con que Dios ama, cuida y alimenta a sus criaturas.

Por esta razón última, cristológica, el amor compasivo es centro y esencia de la vida cristiana. El Papa Francisco no deja de repetirlo al proponer como nota esencial de la Iglesia el llamado “principio misericordia” que debe inspirar y unificarlo todo.