martes, 19 de noviembre de 2019

Zaqueo (Lc 19, 1-10)

P. Carlos Cardó SJ
Zaqueo y Cristo, óleo y acrílico de Soichi Watanabe (Siglo XX), Exhibición El Encuentro y la Esperanza realizado en 2004 en Kuala Lumpur, Malasia
Jesús entró en Jericó y la fue atravesando, cuando un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico, intentaba ver quién era Jesús; pero a causa del gentío, no lo conseguía, porque era bajo de estatura. Se adelantó de una carrera y se subió a una higuera para verlo, pues iba a pasar por allí.Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo: "Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa".Bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al verlo, murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador.Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: "Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la daré a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más".Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abraham. Porque este Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo perdido".
Por medio de Jesús, Dios busca lo perdido. Paciente y compasivo, busca siempre dar vida, sostenerla, rehacerla. En Zaqueo, Dios se acuerda de todo ser humano por pequeño que sea y lo restablece, lo purifica (Zaqueo significa el puro). Era jefe de publicanos y muy rico. Por ser publicano, estaba excluido de la salvación según la ley; por ser rico, lo está según el evangelio: difícil que un rico entre en el reino (Lc 18). Es un caso desesperado.
Pero trataba de ver quién era el Señor. Muchos, hasta Herodes, querían ver a Jesús por motivos diversos. Zaqueo quiere verlo simplemente porque quiere cambiar, ser otra persona, así, sin dobles intenciones. Y esto es lo que atrae al Señor, que le dice: Es necesario que me aloje en tu casa.
Pero la turba se lo impedía porque era pequeño. Muchas cosas impiden ver al Señor… Hay que hacerse pequeños. Toda persona es pequeña ante la gloria de Dios. Él nos pide que seamos lo que somos, que reconozcamos nuestra pequeñez. Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por los que lo respetan. Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos de barro (Sal 103).
Por eso Zaqueo se subió a una higuera. No tenía otra opción... Subirse al balcón o a la terraza de una casa, imposible; no le habrían permitido entrar en ninguna por ser un publicano. Y allí, subido en su árbol, verá pasar debajo, a sus pies, a un necesitado que busca posada, verá la humildad salvadora del Mesías que quiere alojarse con los débiles y pequeños de este mundo. Entonces lo reconocerá, verá al Señor.
Llegado a aquel sitio, Jesús alzó los ojos. No ve a Zaqueo de arriba abajo, sino al revés, como los humildes que miran de abajo arriba, porque se ha hecho pequeño para servirlos a todos. En Jesús, el Altísimo se ha inclinado para mirar la tierra, para levantar del polvo al desvalido y de la miseria al necesitado (cf. Sal 113, 6s), ha bajado a la humildad de nuestra condición terrena. Por eso, cuanto más humildes nos hacemos, más capaces somos de encontrarnos con Dios, porque Dios es humilde. Y más auténticos somos, más humanos, pues las palabras humilde y humano derivan del latín, humus, que significa tierra.
Jesús le dice: Zaqueo. No sólo le dirige la palabra a un publicano, cosa que las personas decentes evitaban, sino que lo llama por su propio nombre, en señal de amistad y cercanía. Así trata Dios. Así nos llama Dios: por nuestro nombre. En las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49, 1).
Zaqueo bajó en seguida y lo acogió en su casa muy contento. No podía hacer otra cosa, había sido tocado por el amor de Dios; tenía por su parte que acogerlo. Acoger es gesto esencial en el amor. Acoge en su casa a quien no tenía dónde reclinar la cabeza, al Buen Samaritano que dio posada al pobre caído en el camino, y ahora va a Jerusalén, donde lo matarán y hará brotar de su costado abierto la fuente inagotable de alegría (Zac 12,10s). Esa alegría llena ya el corazón de Zaqueo.
Los fariseos murmuraban. No entienden nada. No han acogido al débil, se han hecho incapaces de recibir el corazón nuevo, el corazón puro de los que ven a Dios (Mt 5, 8).
Zaqueo, en cambio, ya ha decidido cambiar. Sabe que su dinero proviene de la extorsión y la estafa y ha oído quizá a Jesús advertir que la riqueza puede ser perdición, porque lleva a olvidarse de los demás. Reconoce, pues, que debe usar de un modo nuevo su dinero. Y decide hacerlo: La mitad de lo que poseo se la daré a los pobres y si engañé a alguno le devolveré cuatro veces más. Mucho más de lo que la ley judía exigía. El encuentro con Jesús lo hace posible.
Jesús le responde con el anuncio gozoso de la buena noticia para él y su familia: Hoy la salvación ha venido a esta casa. Dios ha entrado en la vida de un hombre infeliz, considerado al margen de los destinados a la salvación. Dios hace partícipes de sus promesas hechas a Abraham y su descendencia a todos aquellos que se abren por la fe a su amor misericordioso.
La justicia divina se ha hecho en Jesús búsqueda salvadora del perdido, como lo hace el buen pastor con la oveja extraviada o un padre con el hijo que se fue de casa. La vida se reconstruye. Jesús busca, llama, invita. Como Zaqueo podemos acogerlo en casa, y quedar transformados por su visita. En la Eucaristía, Él entra en nuestra casa interior, en nuestro corazón, y nos cambia.

lunes, 18 de noviembre de 2019

El ciego de Jericó (Lc 18, 35-43)

P. Carlos Cardó SJ
Los hombres ciegos de Jericó, óleo sobre lienzo de Nicolás Poussin (1650), Museo del Louvre, París, Francia
En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: "Pasa Jesús Nazareno."Entonces gritó: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!".Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!".Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.Cuando estuvo cerca, le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?"-Él dijo: "Señor, que vea otra vez".Jesús le contestó: "Recobra la vista, tu fe te ha curado". En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.
Jesús ha anunciado tres veces que va a padecer en Jerusalén a manos de los sumos sacerdotes y jefes del pueblo, pero a sus discípulos aquel lenguaje les resultaba totalmente oscuro (v. 34).
Llegan así a la ciudad de Jericó, cerca ya de la capital, y ocurre algo que va a servir para ejemplificar la necesidad de la fe para “ver” y comprender el camino de Jesús. Un ciego, que estaba sentado al borde del camino –y que en el texto paralelo de Marcos se le designa con el nombre de Bartimeo– oyó pasar gente y preguntó qué era aquello. Le dijeron que era Jesús de Nazaret, y él se puso a invocarlo con el título mesiánico de Hijo de David y a suplicarle a grandes voces que tuviera compasión de él.
La ceguera suele significar en los evangelios la falta de fe. El ciego del relato es presentado como prototipo de quien se deja iluminar por la Palabra y se convierte en discípulo de Jesús. Aparece al borde del camino, no en el camino, como quien puede estar muy cerca de la fe, pero no ha dado aún el paso a la adhesión libre. Ocurría así con los fariseos, sumos sacerdotes y escribas, que se tenían por los expertos en Dios, pero habían inmovilizado a la gente con su religión de la ley que mata la libertad. No entraban en el camino ni dejaban entrar a otros, quedándose fuera, al borde…
La fe supone un proceso. La fe se inicia por el oído. El ciego primero escucha que el hombre que va a pasar a su lado es Jesús, que significa Yahvé salva. Acoge de inmediato la buena noticia y lo invoca a grandes voces como el Hijo de David, como el Mesías esperado. Llamarlo por su nombre y poner en Él la confianza es entrar en la relación personal propia de la fe que salva. Todo el que invoca el nombre del Señor se salvará (Hech 2,21). El ciego lo sabe y al Hijo de David le pide compasión y misericordia. Se ha encontrado con Aquel que es la misericordia de Dios encarnada
Vienen entonces las dificultades de la fe. Los que iban delante lo reprendían para que se callara. El camino de la fe no es llano y sin obstáculos, las dificultades pueden venir incluso de aquellos de quienes se podría esperar apoyo y comprensión. Se puede suponer que entre los que iban delante estaban los discípulos de Jesús. Las piedras de tropiezo pueden ser puestas aun por los representantes de la religión. Nunca ha sido fácil seguir a Jesús. Él nos lo ha advertido: los envío como corderos en medio de lobos (Lc 10, 3). Los odiarán por mi causa (Mt 10, 22). Se levantarán contra ustedes toda clase de sospechas (Mt 5, 11). El ciego demuestra la perseverancia en la fe: en vez de dejarse convencer por los que lo reprendían, él gritaba con más fuerza.
Jesús entonces mandó que se lo trajeran. Aunque ciegos, los discípulos pueden y deben conducir a Jesús a quien desea verlo. A pesar de sus propias contradicciones, el cristiano debe acercar a otros a Jesús. Es el misterio de las mediaciones humanas, siempre defectuosas, de las que se vale el Señor para atraer a sí a los que buscan una vida mejor.
La pregunta que Jesús le hace no es innecesaria: ¿Qué quieres que haga por ti? Aunque Dios conoce nuestra necesidad, es importante expresar el deseo. En él se contiene nuestra confesión de fe-confianza, y entonces todo lo que pidamos, Él nos lo dará (Jn 14, 13). Es lo que hace el ciego del relato: llama Señor a Jesús. Ve en el Nazareno la gloria de Dios, ve en el hombre Jesús al Señor, al Kyrios, ungido por Dios para salvarnos.
Y Jesús hace que el ciego recobre la vista, con lo que da ocasión para que toda la gente estalle en gritos de alabanza a Dios. Al curarlo, Jesús afirma implícitamente que Él es el hijo de David; y al dar vista al ciego, lleva a cumplimiento lo que se había dicho de Él (Lc 4,18; 7,22; Is 61,1).
Tu fe te ha salvado. Es el milagro. La fe es luz verdadera, visión. Queda así claramente indicado el proceso de la fe: primero el oír, después el invocar el Nombre reconociendo la propia situación, para finalmente seguir al Señor con una vida nueva, plena de dignidad y sentido.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario - Destrucción del Templo y fin del mundo (Lc 21, 5-19)

P. Carlos Cardó SJ
Destrucción de Jerusalén por Tito, óleo sobre lienzo de Wilhem von Kaulbach (1846), Nueva Pinacoteca de Munich, Alemania
Como algunos estaban hablando del Templo, con sus hermosas piedras y los adornos que le habían sido regalados, Jesús les dijo: "Mírenlo bien, porque llegarán días en que todo eso será arrasado y no quedará piedra sobre piedra".Le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo sucederá eso, y qué señales habrá antes de que ocurran esas cosas?".Jesús contestó: "Estén sobre aviso y no se dejen engañar; porque muchos usurparán mi nombre y dirán: "Yo soy el Mesías, el tiempo está cerca". No los sigan. No se asusten si oyen hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato".Entonces Jesús les dijo: "Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. Habrá grandes terremotos, pestes y hambre en diversos lugares. Se verán también cosas espantosas y señales terribles en el cielo. Pero antes de que eso ocurra los tomarán a ustedes presos, los perseguirán, los entregarán a los tribunales judíos y los meterán en sus cárceles. Los harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre, y ésa será para ustedes la oportunidad de dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preocuparse entonces por su defensa. Pues yo mismo les daré palabras y sabiduría, y ninguno de sus opositores podrá resistir ni contradecirles. Ustedes serán entregados por sus padres, hermanos, parientes y amigos, y algunos de ustedes serán ajusticiados. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Con todo, ni un cabello de su cabeza se perderá. Manténganse firmes y se salvarán."
El contexto del evangelio de hoy es el siguiente: Jesús está en Jerusalén en las cercanías del templo, y escucha cómo la gente se admira de la belleza de su arquitectura, de sus piedras labradas y de la riqueza de las ofrendas que lo adornan. Hay que entrar en la mentalidad de los oyentes de Jesús para advertir el enorme significado que tenía para los judíos el templo de Jerusalén y el impacto que debieron causar en ellos las palabras de Jesús: “¡De esto que ustedes ven, no quedará piedra sobre piedra”.Este texto forma parte del discurso apocalíptico de Jesús. Se le llama así por sus semejanzas con los relatos bíblicos del género literario apocalíptico (por ejemplo, del Primer libro de Samuel y varios pasajes de Isaías, Ezequiel, Zacarías y Joel), que describían con símbolos e imágenes impactantes la victoria de Dios sobre el mal con el propósito de sostener la esperanza del pueblo. “Apocalipsis” no significa catástrofe, sino revelación. Las palabras de Jesús no revelan cosas extrañas y ocultas, sino el sentido de nuestra realidad presente y cómo debemos vivirla.
Construido por Salomón (alrededor del año 960 a.C.), reconstruido por Zorobabel (entre el 536 y 516 a.C.) y ampliado por Herodes el Grande (hacia el 19 a.C.), el templo era el santuario más importante y el orgullo de la nación judía. Su destrucción, por tanto, no podía significar otra cosa que el fin del mundo. Pero Jesús hace ver que la caída de Jerusalén y la destrucción del templo no iban a ser el fin del mundo, sino un acontecimiento significativo, figura de todo momento de crisis que para el creyente debe ser siempre un desafío.
A partir de esta observación, Jesús hace ver a sus discípulos que la historia humana no se dirige hacia el “acabose” sino hacia “el final”. Marchamos hacia la disolución del mundo viejo y al nacimiento de un mundo nuevo. Dios conduce la historia hacia él. En nuestra existencia se desarrolla el misterio de la vida y la muerte, y nos inquieta el transcurrir del tiempo que nos frustra posibilidades, nos disminuye facultades y nos   hace pensar que todo pasa y todo muere.
La inseguridad que esto origina, lleva a buscar seguridad en conocer el futuro y resolver la incógnita de “cuándo” se va a acabar todo y cuáles serán las señales para reconocerlo. Pero Jesús no nos da explicaciones sobre eso. Él nos enseña que el mundo tiene su origen y su fin en el Padre, y nos invita a vivir el presente desde la perspectiva de la esperanza en Dios y del triunfo final de su amor, que es lo que debemos preparar y saber acoger.
Muchas cosas admiramos y en algunas de ellas ponemos nuestra confianza, porque nos gustan y nos producen gozo y placer, nos dan seguridad y poder, nos hacen sentir orgullosos y autosuficientes; son para nosotros como el templo de Jerusalén para los judíos, pero todo eso se puede venir abajo. “Que nadie los engañe”, nos dice Jesús, invitándonos a examinar dónde tenemos puesta nuestra confianza, nuestra felicidad, nuestro poder y nuestro orgullo.
Asimismo, ninguna catástrofe, ni guerra ni revuelta social o política serán el fin; son cosas que han de suceder antes, son componentes de nuestra existencia anterior al fin.
Vivimos un tiempo abrumado por violencias de todo tipo. Guerras y violencias había ya en tiempos de Jesús, y llevarían al gran desastre de la guerra judía de los 66-70 d.C, que concluiría con la destrucción de Jerusalén.
Las guerras y los conflictos marcan como hitos sangrientos la historia de la humanidad. Dios no las quiere, son los hombres los que las causan. Continúan y multiplican el crimen de Caín: el desprecio del Padre hasta la muerte del hermano. Frente a las guerras y violencias, el cristiano ejerce el discernimiento: descubre una llamada al cambio de actitudes y busca caminos efectivos para la paz sobre la base de la justicia propia del evangelio.
El mundo se habrá de acabar: lo que ha tenido un comienzo tendrá un fin. Y podrá acabar mal, ciertamente, si no nos decidimos a ordenar y cuidar el mundo. No hay que tener miedo al futuro, pero tampoco hay que ser ingenuos o triunfalistas. Pero sea como fuere, la victoria no será del mal, sino del bien: al final triunfará el amor fiel de Dios por sus hijos y por toda la obra de sus manos.
Mientras tanto, el mundo nuevo que su Reino nos trae actúa en la historia como la semilla pequeña, que fructifica en silencio. Y el plan de salvación de Dios, que no puede engañarnos, se realiza a través de la paradoja de la cruz: “es necesario atravesar primero por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech. 14,22). Podemos pasar tribulaciones pero esperamos poder vivirlas asociados a Jesús que primero las vivió por nosotros. Él nos dice: Ni un pelo de su cabeza se perderá. Si perseveran se salvarán. Nuestra vida está en manos de Dios.
A los primeros cristianos que preguntaban ansiosos cuándo iba a ocurrir el fin del mundo, el evangelio les decía cómo debían esperarlo, y a nosotros que muchas veces vivimos la inseguridad respecto al futuro, el evangelio nos dice cómo esperarlo: cómo encaminar nuestra vida hacia la verdadera esperanza que no defrauda.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Parábola del juez y la viuda (Lc 18,1-8)

P. Carlos Cardó SJ
La viuda inoportuna, ilustración de Jan Luyken (1840 aprox.), impresión de la Colección de ilustraciones de la Biblia de Phillip Medhurst, publicada por el Rvd. Philip De Vere en St. George's Court, Kidderminster
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario"; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara"».
El Señor añadió: "Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o dejará que esperen? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".
A veces nos preguntamos por qué Dios no escucha nuestras oraciones y no interviene para resolver nuestros problemas o cambiar nuestra suerte. La parábola del juez y la viuda hace ver la eficacia de la oración que alimenta la confianza del creyente.
Esta parábola es similar a la del hombre que va a medianoche a casa de su amigo para pedirle tres panes, porque le ha llegado un huésped y no tiene con qué atenderlo. (Lc 11,5-8). Si el dueño de casa no se levanta a dárselos por ser su amigo, lo hará al menos para que no siga molestando. Asimismo, en el presente texto, el juez inicuo que hacía oídos sordos a las súplicas de la pobre viuda le hará justicia al menos para que no vuelva a buscarlo. Con ambas parábolas Jesús inculca la necesidad de orar siempre con confianza y perseverancia (Flp 1,4; Rom 1,10; Col 1,3; 2 Tes 1,11).
Un dato significativo es que se trata de una viuda, que en la Biblia representa el estamento más desamparado de la sociedad (Ex 22,21-24; Is 1,17.23; Jr 7,6). En este caso, la viuda, sin esposo ni hijos que la defiendan, enfrenta a un enemigo. La pobre no puede hacer otra cosa que suplicar con insistencia que se le haga justicia. La parábola concluye: si un juez inmoral termina por atender a la viuda, ¿qué no hará Dios por sus hijos e hijas que claman a Él día y noche? (Dt 10,17-18; Eclo 35,12-18).
La parábola no puede ser interpretada como una invitación a la pasividad. La viuda pone todo de su parte para resolver su problema, insiste hasta la saciedad ante el juez, reclamándole justicia. Por consiguiente, la fe y la oración no consisten en endosarle a Dios lo que corresponde a la propia responsabilidad y esfuerzo. La fe y la oración no nos eximen de tener que poner los medios a nuestro alcance para solucionar nuestras necesidades; tampoco nos retiran del mundo que debemos procurar transformar.
La fe y la oración nos llevan a enfrentar los problemas, a poner solidariamente nuestros talentos al servicio del prójimo que nos necesita y al servicio de la sociedad, a leer desde el evangelio nuestra realidad y a inspirar nuestras acciones con los criterios y valores del reino proclamado por Jesús. Oración y esfuerzo personal son inseparables y se determinan por entero a la consecución de su objetivo: ver a Dios en todo y verlo todo en Dios, vivir unido a Él en el propio interior, en las relaciones con los demás y en la actuación y trabajo.
De este modo, la fe es el fundamento de la oración y la oración robustece la fe. Por eso el creyente sabe que, después de haber puesto todo lo que está de su parte para hallar solución a los problemas, como si todo dependiera de él, debe abandonarlo todo en manos de Aquel que ve finalmente lo que más nos conviene y hará mucho más que lo que nuestras débiles fuerzas pueden lograr.
Leyendo páginas bíblicas como ésta se puede ver que Dios no es un omnipotente impasible, sino un ser que se inclina y hace suya la suerte de sus hijos e hijas que levantan los ojos a Él esperando su misericordia (cf. Salmo 122). Dios escucha sus súplicas. Por eso el pasaje que comentamos se cierra con esta frase lapidaria de Jesús: ¿Dios no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿Los hará esperar? Les digo que les hará justicia sin tardar (Lc 18,7).
El cristiano, consciente de la compañía y providencia de Dios, no debe desfallecer sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar. Sólo la oración lo mantendrá firme en la esperanza.