jueves, 4 de enero de 2024

Vocación de los Primeros Discípulos (Jn 1, 35-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Juan el Bautista predicando, fresco de Giovanni Battista Tiepolo (1732-33), Capilla Colleoni, Bérgamo, Italia 

Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: "Este es el Cordero de Dios". Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: "¿Qué quieren?". Ellos le respondieron: "Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?".
"Vengan y lo verán", les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas", que traducido significa Pedro.
 

El primer encuentro de los discípulos con Jesús sirve de marco al evangelista Juan para proponer una enseñanza capital sobre la fe cristiana. Ésta no consiste únicamente en la adhesión a una doctrina, a unas normas éticas o a una práctica social. La fe es un encuentro con alguien que viene a nosotros y se nos comunica. Y a partir de ese encuentro, se siente el deseo (y la gracia) de conocerlo cada vez más, imitarlo y seguirlo. 

El cuadro de la narración es el siguiente: dos discípulos atraídos por Jesús, se van tras él. La fe que ha nacido en ellos desde que Juan Bautista les dijo: “Miren el Cordero de Dios”, los ha puesto en movimiento con el deseo de conocerlo y seguirlo. “Seguir”, en el texto bíblico, significa andar tras una persona que señala el camino. La fe es aceptar a alguien como guía de la propia vida. 

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscan? (v. 38). Es la pregunta crucial, que todo el que se diga seguidor de Cristo debe plantearse. Porque puede haber diversas motivaciones en la búsqueda de Jesús, algunas de ellas equivocadas: como la de aquellos que se le acercan porque le han visto hacer milagros (Jn 2, 23-25), o porque “comieron pan hasta saciarse” (Jn 6,26). Uno puede creer que sigue a Cristo pero, de manera interesada y, en realidad, buscándose a sí mismo. 

Le contestaron: Rabbí (que equivale a “Maestro”)... (v.38). Con este título respetuoso de “Rabbí”, los discípulos indican que toman a Jesús por guía y están dispuestos a oír y seguir sus enseñanzas. En tiempos de Jesús, la relación maestro-discípulo no se limitaba a la transmisión de unos conocimientos o de una doctrina, sino que se aprendía un modo de vivir. La vida del maestro era pauta para la del discípulo. 

Maestro, ¿dónde vives? (v. 38b). Los discípulos quieren conocer dónde vive Jesús, cuál es su modo de vivir, para estar cerca de él y vivir bajo su influjo. Jesús les dijo: Vengan y lo verán (v.39). “Venir” y “ver” son verbos que emplea el evangelista Juan para indicar la experiencia personal fundamental de la que brota la fe. Los discípulos tienen que ver por sí mismos, experimentar la convivencia con el Maestro. En esa experiencia es donde hallarán respuesta a sus búsquedas. Jesús dirá: En donde yo esté, allí también estará mi servidor (12,26). El “lugar” donde está Jesús, donde Dios viene a nuestras vidas, no puede conocerse por mera información, sino por una experiencia personal. 

Fueron, pues, vieron dónde vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él. Era alrededor de las cuatro de la tarde (v. 39). El evangelio precisa que aquello ocurrió a las “cuatro de la tarde”. Detalle importante porque a partir de esa hora todo comenzó y sus vidas quedaron marcadas para siempre. Y hay algo más en esa determinación de la hora en que Jesús llamó a sus primeros discípulos: se trata de un acontecimiento cuya significación trasciende la experiencia personal de aquellos hombres, porque es ahí cuando nace la nueva comunidad. 

El encuentro con el Señor y la disposición de seguirlo confiere a la persona una nueva ubicación en la vida: sus criterios, deseos, planes y proyectos, sus relaciones con los demás, con las cosas y con Dios y aun sus más íntimos sentimientos, todo va a ser distinto porque ahora verán todo como Jesús lo ve y van a querer obrar como Jesús obró. Las dudas y dificultades vendrán –el llamamiento no las suprime– pero lo que los mantendrá perseverantes en el seguimiento del Señor será la memoria agradecida de aquella experiencia primera que iluminó sus vidas para siempre. Podrán decir con San Pablo: “Para mí el vivir es Cristo” (Filp 1,21).

miércoles, 3 de enero de 2024

Jesús nace de una madre virgen (Mt 1,18-24)

 P. Carlos Cardó SJ 

El sueño de San José, óleo sobre lienzo de Phillipe de Champaigne (1642), Galería Nacional de Londres

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros. Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa.
Mateo explica la generación del Hijo de Dios, en la historia humana. Dios no puede ser hecho por el hombre, sólo puede ser esperado y acogido. De esto da ejemplo José, figura de todo hombre justo que se mantiene atento a su propio misterio personal y en él descubre y acoge el misterio de Dios; es ejemplo también de creyente que busca y acoge la voluntad de Dios en su vida, aunque ésta contradiga sus puntos de vista. 

Dice el evangelio que María estaba prometida a José, es decir, vivían el período del compromiso matrimonial, que duraba de seis meses a un año. La novia seguía viviendo con sus padres. Pero aquel compromiso exigía fidelidad; la infidelidad era adulterio y podía ser castigada. 

Pues bien, resultó que (María) esperaba un hijo por acción del Espíritu Santo. Se subraya que José no interviene. No es José quien hace germinar en el seno de María al Hijo del Altísimo, eso sólo lo puede hacer Dios. Y la mayor obra que desde la creación del universo hizo Dios, la obra que ningún ser humano podía programar, ni pretender, la incorporación de Dios en la esfera humana, se realizó de la manera más simple y natural: Una joven resultó encinta, esperando un hijo. María concibe así al autor de la vida, engendra a quien la creó. 

José, por su parte, atraviesa la prueba de la fe, como los grandes creyentes. No sabe cómo aceptar el plan de Dios que supera lo imaginable y siente la tentación de retirarse, decide sustraerse. Opta entonces por recurrir a la ley, que permite dar a la mujer un documento por el cual el marido alejaba y daba libertad a la mujer con la que no quería convivir, a fin de que pudiese casarse con otro y reincorporarse en la vida civil. Por respeto, no porque sospeche de ella, decide dejarla en secreto. No quiere para María un repudio público, como si fuese una adúltera. Y cavila en su interior, sin saber qué hacer, insatisfecho del recurso legal que ha pensado para salir del paso. Duerme intranquilo. 

Entonces, un ángel del Señor se le apareció en un sueño. José es un hombre de puro corazón, de aquellos de quienes Jesús dirá: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). El hombre de corazón puro tiene a Dios dentro de sí y su palabra le habla en la profundidad de su ser. José lleva a Dios en su interior y su palabra le habla en el sueño, en la hondura de su ser profundo. 

No temas aceptar a María, le dice su ángel de parte de Dios. No temas” es la primera palabra de Dios al hombre. El miedo es contrario a la fe. No temas aceptar a la madre y al fruto bendito de su vientre. Quien rechaza a la madre, rechaza también al hijo. Y no se puede rechazar el plan de Dios que incluye la mediación histórica de la mujer bendita entre las mujeres, para realizar su plan de salvación de la humanidad. 

Le pondrás por nombre Jesús, ordena el ángel al pobre carpintero José. Va a tener que ponerle nombre al Innombrable. ¡El hombre le pone nombre a Dios! Adán afirmaba su soberanía sobre lo creado poniéndoles nombre a todas las cosas. Dios ha querido hacérsenos cercano y accesible, hasta dejar que le nombremos con su nombre: Jesús, Yahvé salva. 

Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, garantía de la fidelidad de Dios, que será llamado Dios-con-nosotros. Se insiste en la cercanía del Dios encarnado. Jesús es Dios que salva porque es Dios con nosotros: siempre con nosotros en relación de unión que hace posible el tú a tú, él conmigo y yo con él; Dios junto a nosotros para darnos su fuerza, en su compañía siempre. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28), nos dirá. 

José aceptó el mandato del ángel y recibió a su esposa. Esta es la gloria de San José. Padre adoptivo es ser padre por decisión libre y amorosa. El padre adoptivo sostiene y protege al niño, lo educa con ternura y firmeza, le proporciona los medios de que requiere para crecer en todas sus facultades. Y eso son años y años de dedicación, de donación generosa y olvido propio para que el hijo se valga por sí mismo. Eso es José para Jesús, eso hizo por Jesús, y por eso lo alabamos junto a María. En un país como el nuestro, en el que la paternidad, por tanto descuido, irresponsabilidad y traición, está a veces tan venida a menos, la figura de José puede mover a los jóvenes a desear vivirla y ejercerla como una de las más sublimes realizaciones del ser humano y a aceptar el don de la vida, como un misterio que los trasciende y sobrepasa, pero que no deben temer si lo aceptan con amor, porque el amor desecha el temor. Un hijo es un misterio que se acoge como un regalo y se cuida con plena responsabilidad.

martes, 2 de enero de 2024

El profeta Juan Bautista (Jn 1, 19-28)

P. Carlos Cardó SJ

Juan bautizando a la gente, fresco de Andrea del Sarto (1515 a 1517), Claustro de Los Descalzos, Florencia, Italia

Éste es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: "¿Quién eres tú?".
El reconoció y no negó quién era.
El afirmó: "Yo no soy el Mesías".
De nuevo le preguntaron: "¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?".
Él les respondió: "No lo soy". "¿Eres el profeta?". Respondió: "No". Le dijeron: "Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?".
Juan les contestó: "Yo soy la voz que grita en el desierto: 'Enderecen el camino del Señor', como anunció el profeta Isaías".
Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: "Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?".
Juan les respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias".
Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.

Juan Bautista. Su figura sintetiza a los sabios y profetas que en todas las épocas han despertado las conciencias y han movido a la gente a cambiar. Juan Bautista no es la luz, sino testigo de la luz. Él invita a reconocerla y a dejarnos guiar por ella hacia la verdad de nosotros mismos ante Dios.

Los judíos enviaron desde Jerusalén una comisión de sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era Representan la ceguera de quienes obran el mal y temen la luz. Por eso, por más que digan que quieren conocer la verdad, no la van a aceptar porque no les conviene: están atados a las ganancias y beneficios que se han procurado de espaldas a Dios y en contra de sus hermanos; son, pues, autores y víctimas a la vez de la mentira.

Estos enviados se atreven a someter a Juan a un interrogatorio. Es el proceso de cuestionamientos y acusaciones que se inicia aquí contra Juan y seguirá luego contra Jesús, para continuarse después de Él contra sus discípulos. Es un drama, con protagonistas y antagonistas. Por una parte, Juan y Jesús, el testigo de la Palabra y la Palabra testimoniada, respectivamente; por otra, los sacerdotes, escribas y fariseos, que representan al poder injusto que se cierra a la Luz.

Siempre ha habido profetas, personas libres e inspiradas que iluminan a la humanidad como faros en la noche. A lo largo de la Biblia, ellos aparecen cumpliendo la misión de mantener viva la humanidad, la dignidad y la libertad de la gente, para que nadie se resigne a ningún tipo de esclavitud o pérdida de sus legítimos derechos. Por eso, la Biblia, al narrar los acontecimientos de la historia, no justifica las injusticias ni se pone de parte de los poderosos sino que, por el contrario, desenmascara su falsedad y corrupción y presta su voz a los que no tienen voz y a cuantos sufren, en quienes aviva el anhelo de verdad, justicia y libertad. Se entiende por qué los profetas terminan pagando un altísimo precio a su misión: el martirio.

Con la venida de Cristo y de su Espíritu Santo, se extendió el carisma y función de profecía. Se cumplió el deseo de Moisés: «¡Ojalá que todo el pueblo fuera profeta!» (Num 11,29). Por eso San Pablo defendía a los profetas (1Tes 5,20), por el bien de las comunidades cristianas (1 Cor 14,29-32), porque el profeta «edifica, exhorta y consuela» (1Cor 14,3).

La Iglesia es la comunidad de los ungidos con el crisma de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Y esa unción recibida en el bautismo nos configura con Él y nos destina a ser testigos suyos y de su evangelio, tanto de palabra como con nuestra conducta. Profeta es quien edifica con su forma de vida, que muchas veces contradice al ambiente que lo rodea. Profeta es el que exhorta conforme a lo que ha visto y recuerda. Y profeta es el que consuela porque da razón para la esperanza. Su testimonio siempre es una experiencia vivida que se hace palabra y se transmite. La Iglesia no puede dejar la profecía. 

lunes, 1 de enero de 2024

Adoración de los Pastores e imposición del Nombre de Jesús (Lc 2, 16-21)

P. Carlos Cardó SJ
Adoración de los pastores, óleo sobre lienzo de Jacopo Bassano (1544), colección Real der Windsor, Inglaterra

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

En la última noche del año y a la espera del nuevo, nos concentramos para hacer un balance: no podemos decir que el 2023 haya sido un año bueno, ha traído mucho dolor y aflicción a innumerables familias en el mundo entero y nos deja el inmenso desafío de remontar muchas adversidades.

Además, en esta noche en que se disuelve el año, sentimos el transcurso fugaz del tiempo. Así es como nos vamos haciendo, caminando, resolviendo, corrigiendo, renovándonos y así se nos va el vivir. Esa es nuestra humana condición: vivir, seguir viviendo, perdonando, aceptando, sirviendo y amando.

La liturgia de esta noche nos asegura la confianza que debemos tener porque el Señor está siempre presente en el diario vivir, haciendo descender a nosotros la bendición que èl mismo Señor encomendó a Moisés: «Diles a Aarón y a sus hijos que bendigan al pueblo de Israel con la siguiente bendición especial: Que el Señor te bendiga y proteja. Que el Señor sonría sobre ti y sea compasivo contigo. Que el Señor te conceda su favor y te dé su paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré» (Num 6, 22-27).

Con este pensamiento sobre el favor y protección que Dios nos concede incesantemente, pasamos de un año a otro. Gastamos así la cuota de años que nos toca vivir, la ración de tiempo limitado, fugaz, que se nos ha asignado. Esto nos inquieta e interpela, pero nos sostiene el saber que nuestro tiempo está abrazado por el amor paternal/maternal de Dios, que no pasa nunca, que es siempre actual, nos muestra su favor y nos da su paz.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Tu misericordia, Señor, es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad (Sal 89, 2-3). La bondad y misericordia del Señor me acompañarán todos los días de mi vida (Sal 23,6).

Sin perder este ánimo agradecido y confiado no podemos dejar de pensar en las preocupaciones mayores de todos los seres humanos, en las circunstancias adversas a la buena noticia que se nos dio a todos en Navidad.

El Covid-19 nos sumió en la incertidumbre, desestabilizó nuestra vida ordinaria. Y cuando finalmente nos atrevimos a pensar que lo peor de la pandemia había pasado y la OMS puso fin al estado de emergencia sanitaria mundial, un nuevo y terrible desastre se abatió sobre la humanidad: la escalada de la guerra ruso-ucraniana que generó ya a mediados de 2023 la muerte de cientos de miles de civiles y de soldados, provocando la emigración y desplazamiento de millones de ucranianos, además de un daño ambiental que ha puesto en peligro la disponibilidad de alimentos a nivel mundial.

La guerra ruso-ucraniana no ha sido la única: se sucedieron la guerra civil birmana, la huida de más de 100.000 armenios de la región del Alto Karabaj por los ataques militares de Azerbaiyán, la vuelta de los golpes de Estado en numerosas naciones africanas y el ataque del grupo Hamás contra Israel que ha llevado a este último a sostener una guerra de exterminio en Gaza. Hasta ahora este conflicto armado está demostrando la insensatez y la inhumanidad mortífera propia de las guerras porque son numerosos los inocentes, niños, mujeres, ancianos y personas vulnerables que terminan masacrados, los hospitales, escuelas y ciudades enteras bombardeadas.

En otro escenario no bélico, se han sucedido una serie de desastres catastróficos: el terremoto en Turquía y Siria; el ciclón en Malaui y Mozambique; la tormenta en Libia; y el gran terremoto que sacudió el oeste de Marruecos.

2023 fue testigo de una crisis bancaria que provocó el colapso de numerosos bancos, junto con el cierre o venta de numerosas industrias en varias naciones. No obstante, la economía mundial va recuperándose lentamente de las consecuencias tanto de la pandemia y como de la guerra ruso-ucraniana en los mercados de energía y alimentos y del endurecimiento de las políticas monetarias para luchar contra la inflación. El crecimiento sigue lento y desigual, con grandes divergencias.

En nuestro país, el año 2023 nos ha hecho lamentar el acrecentamiento de la corrupción, la delincuencia y la falta de seguridad, sobre todo en la capital y en algunas ciudades que han sido declaradas en estado de emergencia.

Sufrimos una degradación vertiginosa del estado de derecho y de los principios fundamentales de la democracia. El gobierno carga impunemente la culpa de decenas de muertos por el mal manejo de la represión policial en las protestas. Se gobierna con incompetencia, sin cuadros profesionales preparados. En casi todas las dependencias del estado cunde la incuria y la ineptitud de los funcionarios públicos, agravada por el empleo generalizado del soborno (coima) como condición para que las gestiones y trámites se concluyan.

La concentración de poder del Congreso de la República está mellando el equilibrio que debe haber entre los poderes del estado. Todo esto configura una crisis antigua y compleja que no se agota en la realidad coyuntural de los seis presidentes que se han sucedido en los últimos cuatro años, sino que se sustenta en un sistema que sigue excluyendo a una gran cantidad de la población, a la que el estado no atiende como debería en sus necesidades básicas de salud, educación, seguridad, vivienda, etc. Hay, hermanos, muchísimo que hacer para que el Perú alcance una verdadera paz social, donde todos y todas sean considerados y tratados como ciudadanos con iguales derechos.

Ante esto, qué podemos decir sino: Señor que sientan tu mano protectora y tu cercanía nuestros hermanos que sufren en este mundo fracturado, en este país roto y en tantas guerras que se viven incluso en el interior de nuestras casas. Acoge nuestros deseos de que en cada situación cercana a nosotros podamos ser “bálsamo para los demás”, caricia y aliento, abrazo y acción.

Que estas realidades dolorosas nos den fuerza para refrescar nuestra vocación cristiana de servicio, y para seguir trabajando por un mundo un poquito mejor que aquel en que nos encontramos.

Toca nuestro corazón para que confiemos en tu protección amorosa.

Derrama en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestro país tu vida, intensa, armoniosa para que no nos venza el cansancio y el desgaste, y no busquemos falsas seguridades.

En este nuevo año, inculca en nuestros corazones serenidad y fortaleza para aceptar los límites variados de cada día y las cosas imprevistas. Enséñanos a vencer las tensiones y a enfrentar con calma y seguridad interior lo que nos suceda.

Ayúdanos a recordar que todo lo podemos en Ti que nos confortas y que aun de los males se puede sacar algo bueno.

Disipa en nuestro interior, Dios mío, toda desconfianza para que lleguemos a descansar en tu presencia como el que se encuentra con un amigo querido, como quien se abandona a tus brazos que nos sostienen, sin pretender escapar a tu mirada que siempre es de Amor.

Reconocemos, Señor, que todo es gracia, todo nos lo has regalado. Por eso siempre debemos mostrarnos agradecidos ante ti y compartirlo todo. Gracias, Señor, por los niños que han nacido en este año, por los progresos y éxitos académicos o profesionales que hemos logrado, por los sueños realizados. Por las actitudes de solidaridad y cuidado mutuo que aprendimos en la pandemia. Gracias por la Vida. Gracias por tu presencia en nuestro corazón.

Finalmente, Señor, en estos momentos en que la Iglesia habla de sinodalidad, de caminar juntos, dialogar y compartir, te damos gracias por lo que hemos logrado y te pedimos para que el año próximo sepamos conversar, colaborar, cooperar, tender puentes, ser inclusivos, no excluyentes, fomentar la igualdad, distribuir los poderes de decisión y los bienes producidos o acumulados, respetarnos y cuidarnos los unos a los otros. Que no le tengamos miedo al amor cálido y profundo, ese amor que nos demuestra ese Dios que se hace chiquito en Belén, para que todos juntos le hagamos presente, y se llama Enmanuel, que significa Dios con nosotros.

“Por todo lo vivido, GRACIAS

A todo lo que vendrá, AMEN”.

¡Feliz Año 2024!