P. Carlos Cardó SJ
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| Cristo y los penitentes, óleo sobre lienzo de Anthony Van Dyck (alrededor de los años 1630), Colección privada |
Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?».
Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea.
Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas».
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo: «Sígueme».
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Jesús le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia».
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».
Estos versículos de Lucas nos confrontan con el seguimiento radical de Jesús. Se trata de tres breves y cortantes escenas de seguimiento, que presentan las exigencias radicales que Jesús impone: el discípulo tiene que estar preparado para desligarse de todo apoyo establecido y entregarse de modo incondicional y por completo a la causa del evangelio.
- En la primera escena, un hombre, cuyo nombre no se menciona, se
presenta ante Jesús y le dice: Yo te seguiré.
Pero el seguimiento del Señor no es una pretensión humana, no depende sólo de
una iniciativa humana. Es Dios quien llama y quien da su gracia, que capacita
para poder asumir las exigencias que implica. Jesús opone el deseo a la
realidad, la ilusión a
- En la segunda situación, la persona, antes de seguir a Jesús, quiere hacer otra cosa; una cosa muy buena, por cierto. Olvida que el Señor ha de ser el primero, si no, no es Señor. Y por eso, la exigencia de Jesús es tan grande: desliga al discípulo de cualquier otra obligación, por sagrada que sea. No le permite contraer otro compromiso que esté por encima de su persona. Sepultar a los muertos es una acción piadosa, es deber filial claramente expuesto en la ley (Dt 20,12; Lev 19,3), pero no es “lo primero”. Como no fue lo primero para Abraham su amor a su hijo Isaac, y por ello se mostró disponible a sacrificárselo al Señor. Todo afecto, por sublime que sea, deriva del afecto a Dios y a él tiene que ordenarse. Jesús antepuso su amor a María y a José –que angustiados lo buscaban–, a la necesidad que sentía de ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2,48s). Así mismo, en el plano humano, si no abandonas a tus padres no te haces adulto, no te casas. Si no abandonas todo afecto prioritario respecto a Dios y no ordenado a él, no eres libre, equivocas el sentido de tu vida. Vives en función de otros valores, que son tus prioridades y que pueden convertirse en tus ídolos y esclavizarte.
Por eso, en el texto que comentamos, la entrega a Cristo es tan
incondicional que, frente a ella, hasta el deber de enterrar al mismo padre
cede su prioridad. Con este dicho Jesús se sitúa de forma soberana y con entera
libertad por encima de todo lo que era venerado como precepto divino. Se coloca
en el mismo plano de Dios. Deja a los
muertos que entierren a sus muertos, significa, entonces, que nada, excepto
lo referente a Dios, se puede absolutizar. No puede ponerse a la criatura antes
que el Creador. Esto ocurre cuando queremos hacer nuestra voluntad y no
- En la tercera situación, se repiten y condensan en cierto modo
las actitudes anteriores. Al discípulo se le pide que valore en su justa medida
de quién debe separarse, y que sepa a quién tiene que dirigirse sin dilación. La
llamada del Señor exige prontitud, lleva consigo adoptar una disponibilidad sin
restricción alguna, que muchas veces puede significar abandono de la propia
seguridad. Se trata aquí ya no sólo de la disponibilidad frente a cosas y
afectos, sino también frente a uno mismo, para poner enteramente la propia
confianza en Dios. Mirar atrás es
mirarse a sí mismo, buscar garantías y seguridades en sí mismo, en lo que soy,
en mi pasado, en lo que he conquistado o en lo que represento. De todo ello nos
puede liberar el Señor para hacernos ver que la garantía única está en el
futuro, en lo que él –y sólo él– es capaz de hacer de mí.

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