sábado, 4 de marzo de 2023

Amar a los enemigos (Mt 5, 38-48)

P. Carlos Cardó SJ

Dos hombres contemplando la luna, óleo sobre lienzo de David Caspar Friedrich (1819 – 1820), Galería Nacional de Noruega, Oslo

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.
Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto".

Toda la enseñanza moral de Jesús se resume en: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales, hijos e hijas queridos de Dios. 

Quien no ama a su hermano no ama a Dios. Esto se ve de manera particular en lo referente al respeto que se debe tener a la vida del otro. No puede nombrar a Dios como Padre ni tomar parte en el banquete de la fraternidad quien primero no perdona a su hermano o no hace lo posible para restablecer la relación que se ha roto.

Para llegar a estos principios morales Israel tuvo que recorrer un largo camino. En la Biblia Dios habla en lenguaje humano, se adapta al proceso de maduración de su pueblo y emplea una pedagogía gradual para educarlo y, por medio de él, iluminar a toda la humanidad. Se parte del principio de la reciprocidad: si Abraham, padre de la raza, fue un extranjero de origen pagano, por ello Israel tiene que abrirse al amor al extranjero. Debe imitar a Dios en su amor misericordioso.

El libro de Jonás describe vivamente lo difícil que fue para los hebreos aceptar la universalidad del mensaje de salvación. Y la culminación del largo recorrido hacia el amor universal se alcanza con la enseñanza del profeta Isaías, concretamente con el horizonte que él despliega para el deseo y el empeño práctico en favor de la paz: llegará el día en que todos los pueblos acogerán la palabra del Señor, de la que Israel es portador, aceptarán el señorío de Dios sobre todas las naciones y entonces de sus espadas forjaran arados y de sus lanzas podaderas. Ya no alzará la espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra.  (Is 2,4). El amor universal hecho norma de vida conduce a establecer relaciones de justicia a todos los niveles, de las que nace la paz, el desarme mundial y la conversión de los gastos de guerra en inversiones para el desarrollo humano.

El amor a todos los semejantes, hasta al enemigo, es una característica esencial del cristianismo frente a otras religiones. Es una tendencia común a todo grupo social el emplear el odio y aversión al enemigo como medio para reforzar la conciencia colectiva, definir la identidad común y reforzar la solidaridad entre sus miembros: se ataca y condena a los extraños, se defiende y apoya a los que son del grupo. Por esta razón el amor a los enemigos, predicado por Jesús, debió significar para sus contemporáneos judíos una exigencia radical.

La primitiva iglesia la recogió íntegramente y con la teología de Juan dejó establecido que, conforme al pensamiento de Jesús, el amor universal, sin excepciones, significa haber conocido a Dios.  Si no se ama, no se tiene fe (Cf. 1Jn 4, 7-8; 3, 11-17). La lenta y progresiva comprensión bíblica del amor de Dios a todos alcanza en el Nuevo Testamento su culminación: Dios no tiene enemigos sino hijos; el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos. Una religión que no llegue a esto, aún tiene camino por recorrer. Matar en nombre de Dios es la más abominable acción criminal porque va contra el hermano y contra Dios. Lo propio del cristianismo es morir perdonando, como Esteban el primer mártir.

Todos podemos emplear mal nuestra libertad y hacer sufrir con nuestras decisiones. Más aún, todos –desde Caín– tenemos una cierta inclinación a la maldad y la hemos cometido, grande o pequeña, alguna vez. Pero es innegable que el odio es una enfermedad del alma. Sin embargo nos podemos acostumbrar al mensaje que los medios de comunicación, sobre todo, las películas, nos transmiten acerca de la venganza como virtud: se enaltece al vengador, se da por sentado que la venganza resuelve el mal cometido, y eso no es verdad porque muchas veces genera una pendiente por la que es casi inevitable deslizarse.

Allí donde se desencadena el odio y la sed de venganza como reacción a frente a una violencia, un ultraje, o una injusticia padecida, allí triunfa el mal. La víctima inocente se ha dejado afectar por la enfermedad del mal y lo devuelve, generándose la espiral de la violencia. Refiriéndose al odio y a la venganza dice Etty Hillesum, la mártir judía de Auschwitz que acogió en su corazón el mensaje del cristianismo: “No veo más solución sino que cada cual se examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205).

Personas así se han aventurado en “un camino que es más excelente que todos los demás” (1Cor 12,31): el del amor incondicional a este mundo, a la humanidad pecadora y sufriente y al Dios de infinita misericordia. Imitarlo a Él es tender a la perfección. Sean perfectos como su Padre celestial, dice San Mateo. Sean misericordiosos como el Padre, dice San Lucas.

viernes, 3 de marzo de 2023

Reconcíliate con tu hermano (Mt 5, 20-26)

 P. Carlos Cardó

Reconciliación de Esaú y Jacob, óleo sobre lienzo de Peter Paul Rubens (1624), Galería Nacional de Escocia, Reino Unido

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda.
Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo".

Han oído que se dijo… Yo les digo… La gente se admiraba de la autoridad con que Jesús enseñaba, tan distinta a las de sus maestros y doctores de la ley. No sólo hablaba en primera persona, cosa que los rabinos evitaban siempre, limitándose a repetir las enseñanzas de otros maestros de mayor prestigio, sino que Él aclaraba, interpretaba y llegaba hasta modificar la ley. Esto causaba indignación a las autoridades religiosas; y lo que ciertamente no podían soportar era su pretensión de modificar y proponer de un modo nuevo el núcleo mismo de la Ley, los mandamientos.

Para ello Jesús empleaba la fórmula: han oído ustedes que se dijo…, pues bien yo les digo… Por supuesto que ellos habían oído y, en el caso de los diez mandamientos, tenían la certeza de que eran palabras sagradas dictadas directamente por Dios a Moisés. De modo que al decir Jesús: pues bien, yo les digo, ponía su yo en el mismo nivel de Dios (Yo-soy), pretendía tener la misma autoridad del legislador divino.

Por eso lo acusarán de blasfemo porque, siendo un hombre, se hacía pasar por Dios (cf. Jn 10, 33). Pero Jesús no da marcha atrás. La convicción interior que le movía a obrar así la consigna claramente el evangelio de Juan: Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo que me ha enviado es el que me ordena lo que tengo que decir y enseñar. Y sé que su enseñanza lleva a la vida eterna. Así, pues lo que yo digo es lo que me ha dicho el Padre (Jn 12,49-50).

La novedad de la enseñanza moral de Jesús consiste en que Él no propone normas y preceptos legales más estrictos aún que los anteriores, sino la buena noticia –evangelio– de que Dios obra en nosotros y nos concede el don de comportarnos entre nosotros a la manera como Él se comporta con nosotros. En el fondo, la nueva moral de Jesús tiene como fundamento el amor del Padre, que Él revela. En adelante, todo quedará contenido en un único mandamiento: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es, porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios.  

A partir de aquí se entiende el giro que da Jesús a los mandamientos. Lo primero de todo es el respeto que debemos tener a la vida del otro. Por eso, no basta no matar; cuando se odia, se insulta o se desprecia a alguien, se le está matando en cierta forma.

La advertencia que hace Jesús es severa: el odio repercute en la misma persona que lo consiente, es veneno del alma y lleva a un final desastroso. Jesús lo expresa viva y crudamente: Será condenado al fuego que no se apaga. El original dice: Será condenado a la Gehenna, y se refiere a un lugar en el valle de Innon, fuera de los muros de Jerusalén, en el que los paganos sacrificaban víctimas humanas al dios Moloch. Para desacralizarlo, los hebreos lo habían convertido en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. El fuego de la Gehenna ardía día y noche. Lo que viene a decir Jesús es que quien odia, quien deja de considerar al otro como un hermano, es como si hubiera hecho arder su propia vida, arrojándola a la basura.

Por eso es tan importante llegar al acuerdo, porque el desacuerdo significa negar la propia condición de hijo de Dios y la condición de hermano de mi contrincante. Y esta es la razón por la cual el acuerdo está por encima de la ofrenda que se debe dar a Dios, por encima de los actos religiosos exteriores. No se puede llamar Padre a Dios ni sentarse a la mesa de los hermanos si primero no se perdona al hermano. Y –la aclaración es importante– se debe advertir que Jesús dice: Si recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti… ve primero a reconciliarte con tu hermano, lo cual se refiere no sólo al caso de que yo haya cometido algo contra el prójimo, sino a que la relación se ha roto porque el otro es quien tiene algo contra mí.

La fraternidad rota es un mal en sí. Si de manera deliberada, pudiendo hacerlo, no se ponen los medios para repararla se incurre en una falta que impide compartir la mesa de la comunión. Tal omisión manifiesta que el otro ya no importa, ya no se le considera un hermano. Quien de esta manera se desentiende del hermano demuestra que él mismo ya no se comporta como hijo.

jueves, 2 de marzo de 2023

La eficacia de la oración y la regla de oro (Mt 7, 7-12)

 P. Carlos Cardó SJ

El Ángelus, óleo sobre lienzo de Jean-François Millet (1857 – 1859), Museo de Orsay, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abre.
¿Hay acaso entre ustedes alguno que le dé una piedra a su hijo, si éste le pide pan? Y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Si ustedes, a pesar de ser malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con cuánta mayor razón el Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quienes se las pidan.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas".

El núcleo del texto se centra en el imperativo del versículo 7: Pidan. Se trata de saber cómo orar. La oración ha de ser asidua, duradera y perseverante. Ahora bien, como esta enseñanza-mandato aparece en el evangelio de Mateo precedida por el precepto de no juzgar y seguida por la llamada regla de oro de la moral: traten a los demás como quieren que ellos los traten, se puede decir que lo que debemos pedir y lo que Dios nos da, ciertamente, es la capacidad de comprensión, el amor al prójimo.

Pidan y se les dará. Según San Agustín, Jesús nos manda pedir, no porque Dios no nos dé –ya que conoce nuestras necesidades aun antes de que le pidamos, y no hay nada que no hayamos recibido–, sino porque no debemos dejar de desear. “Tu deseo es tu oración, y si es continuo tu deseo, continua es tu oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin interrupción (1Tes 5,17) …

“Tu deseo continuado es tu voz continuada. Callas si dejas de amar” (Comentario al Salmo 38). Se trata, por consiguiente, de no apagar el deseo interior y de mantenerlo vivo y abierto al infinito, porque en definitiva tiende a él. Si deseas a Dios, Él te hará sentir su presencia y te llenará de su Espíritu, por medio del cual habita en nosotros.

Pidan, busquen, llamen…No es una simple yuxtaposición de sinónimos. Algunos ven aquí un camino que parte de las cosas más simples y ordinarias y se prolonga sin fin, hasta el deseo del Reino, sugerido en el llamar a la “puerta”, que es Cristo. Se busca lo que no logramos hallar con nuestros medios, lo que está oculto a nuestros ojos, pero que Dios ve; incluso podemos decirle que no lo sentimos, que parece ausente o escondido o dormido, como lo estuvo en la barca cuando los discípulos bregaban contra las olas en la tempestad.

Muchas veces no podemos conciliar su bondad con los males que ocurren. Entonces, lo que pedimos y buscamos es su presencia. Descubrir a Dios en todo, cambia nuestra manera de vivir las cosas que nos duelen o atormentan. Se pide y se busca, en fin, por medio de la oración para vencer la desconfianza. El mal parece vencer en el mundo. El pecado, las injusticias y la corrupción de las costumbres ocultan la acción de la gracia salvadora, que se abre paso a pesar de todos los obstáculos. Entonces es necesario llamar para superar cuanto nos separa de la vida verdadera y nos disminuye la fe, la esperanza y el amor.

La parábola que sigue a continuación, del padre que sabe dar cosas buenas a sus hijos (pan, huevo, pescado), abre al horizonte de la paternidad/maternidad infinita de Dios. El Padre otorga sólo cosas buenas. En Lucas, las “cosas buenas” que da el Padre del cielo son el Espíritu Santo (Lc 11,13), es decir, la vida misma de Dios, el amor.

Conviene advertir que la fe en la oración según el evangelio no significa creer que el Padre celestial evite todo sufrimiento a los cristianos y que acceda a todas las peticiones que se le hagan. La oración del cristiano no es un substituto de la acción humana, en todo caso es una forma de acción y un estímulo para poner todos los medios confiando en la acción de la gracia divina.

Viene a continuación la llamada “regla de oro”: Traten a los demás como quieren que ellos los traten, porque en esto consiste la ley y los profetas. En Tobías 4,15 esta regla aparece en negativo: No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti. El amor se ha de mostrar en obras, dice San Ignacio de Loyola. El amor siempre produce un hacer en favor del otro. Todos sabemos cuáles son nuestros derechos, aspiraciones y deseos. El amor lleva a considerar los derechos del otro como deberes para mí y las aspiraciones del otro como mis aspiraciones; debo procurar contribuir a la realización de los justos deseos del otro. En esto consiste el amor.

El yo deja de ser el centro. Todas las enseñanzas de la Biblia (la ley y los profetas) se condensan en el mandamiento del amor, que es como premisa para la regla de oro. Todo lo que el amor y los preceptos de Jesús exigen, hay que hacerlo a nuestros prójimos. En este sentido, la regla de oro es como la síntesis del sermón de la montaña.

miércoles, 1 de marzo de 2023

El signo de Jonás (Lc 11, 29-32)

 P. Carlos Cardó SJ

Entronización de la Reina de Saba, iluminación del Libro de Salomón (Suleymannama) realizada por Firdausi de Brusa (siglo XV), mitad izquierda de una composición de doble frontispicio en persa y árabe, conservado en la biblioteca Chester Beatty, Dublin, Irlanda

En aquel tiempo, la multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: "La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.
Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás".

La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los contemporáneos de Jesús, a pesar de haber visto las obras buenas que hacía, no confiaron; en vez de seguirlo pretendieron que Él obedeciera sus exigencias de pruebas extraordinarias para creer. Habían visto sus obras en favor de los enfermos, pero las atribuyeron a Belzebú, príncipe de los demonios. Habían escuchado su enseñanza, pero les resultaba insoportable la imagen nueva de Dios que transmitía, que modificaba su fe, su moral y, sobre todo, les quitaba autoridad y poder ante el pueblo.

La petición que le hacen de un signo extraordinario para creer en Él recuerda la tentación del maligno, cuando lo subió a la parte más alta del templo y le dijo: Tírate de aquí abajo… (Lc 4, 9). Por eso Jesús rechaza tajantemente esa petición y añade que a esa generación sólo se le dará el signo de Jonás: el profeta que con su predicación logró que todos los habitantes de Nínive se convirtieran; y el signo de la reina de Saba que hizo un largo viaje para conocer la sabiduría de Salomón.

Jonás es el profeta bíblico conocido por todos los judíos. Recibe de Dios la misión de ir a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, opulenta ciudad asiria en la región actual del Mosul en Irak, famosa por sus riquezas y las malas costumbres de su gente. El profeta se rebela, no quiere la salvación de los ninivitas y cree imposible que se conviertan. Además, se niega a seguir a un Dios que es capaz de tener misericordia con gente así. Se escabulle, huye de su vocación, sufre un naufragio que le hace acabar en el vientre de un enorme pez; pero nada de eso le convence.

Finalmente predica en Nínive aunque de mala gana y sin ninguna confianza. Y ocurre lo inesperado: la ciudad pagana se convierte, desde el rey hasta el último vasallo y hasta los animales, todos hacen penitencia y Dios los perdona. Jonás se enfada. Pero Dios le va a enseñar: hace que se seque el ricino que le da sombra. El profeta maldice por el calor que hace. Y Dios le dice: Tú te molestas por un simple ricino ¿y yo no voy a tener compasión de todo un pueblo?

Jonás es signo: fue enviado desde lejos para predicar la conversión a los habitantes de Nínive y éstos se convirtieron. Su persona y su palabra bastaron porque Dios actuó por medio de él. Los ninivitas creyeron en su palabra, y eso sólo bastó para la conversión. Jesús, por su parte, es el enviado de Dios, de Él procede, y es más que un profeta, pero las reacciones de sus oyentes han sido de lo peor. Por eso los ninivitas se levantarán contra esa generación perversa y la condenarán.

A continuación Jesús recuerda a sus oyentes la historia de la reina del Sur o de Saba (1 Re 10, 1-29; 2 Cr 9,1-12), conocida como Balkis en la tradición islámica, soberana de un pequeño reino al sur de Arabia, identificado como Etiopía. Ella también es un signo porque hizo un largo viaje, cargada de regalos de oro, piedras preciosas y especias, para escuchar la sabiduría del rey Salomón; Jesús, por su parte, viene a Israel encarnando en su persona y transmitiendo con su palabra la auténtica sabiduría de Dios y su proclamación salvífica, pero le han dado la espalda, no han querido escucharlo. Por eso en el día del juicio, la Reina del Sur acusará también a los detractores de Jesús, porque Él es más que Salomón.

Por todo eso, Jesús se niega a darles otra señal. Su persona y su palabra les deberían bastar. Él es el “testigo” primordial de Dios y de su amor; quien cree y confía en Él, acepta que Dios actúa en él, ama, perdona, salva, instaura su Reino. Su credibilidad plena está basada en la perfecta coherencia que se da entre su palabra y su vida. Ha anunciado la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todo el que se convierte y cree.

En vez de pedirle signos hay que escuchar su palabra y acoger su persona, su forma de ser humano. No hacen falta signos espectaculares para responder a su llamado. Dios respeta la libertad de sus hijos, que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo y a sufrir por ello; pero no puede constreñir. Quiere que se le ame libremente; lo contrario no es amor verdadero.