lunes, 24 de enero de 2022

El poder de expulsar demonios (Mc 3, 22-30)

 P. Carlos  Cardó SJ

Espíritu Santo, óleo sobre lienzo de Michael Dudash (siglo XXI), Galería Legacy, Minnesota, Estados Unidos

Mientras tanto, unos maestros de la Ley que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebú, jefe de los demonios, y con su ayuda expulsa a los demonios».
Jesús les pidió que se acercaran y empezó a enseñarles por medio de ejemplos: «¿Cómo puede Satanás echar a Satanás? Si una nación está con luchas internas, esa nación no podrá mantenerse en pie. Y si una familia está con divisiones internas, esa familia no podrá subsistir. De igual modo, si Satanás lucha contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, y pronto llegará su fin. La verdad es que nadie puede entrar en la casa del Fuerte y arrebatarle sus cosas si no lo amarra primero; entonces podrá saquear su casa. En verdad les digo: Se les perdonará todo a los hombres, ya sean pecados o blasfemias contra Dios, por muchos que sean. En cambio el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, pues se queda con un pecado que nunca lo dejará».
Y justamente ése era su pecado cuando decían: Está poseído por un espíritu malo.

Antes de este pasaje, sus parientes habían dicho que estaba loco y pretendieron llevárselo para controlarlo. Ahora, los expertos en religión elaboran contra Él una denuncia más peligrosa para que la gente lo repudie: ¡Tiene a Belzebú! Pero Jesús no se amedrenta. Obligado a defenderse, reivindica para sí la plena posesión del Espíritu divino, a cuyo poder se deben atribuir las acciones liberadores que Él realiza y que demuestran, además, que el reinado de Dios ha comenzado. Si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios… es que ha llegado a ustedes el reino de Dios (Mt 12,28).

En la acción de expulsar demonios se concentra de la manera mas gráfica el poder de Dios que actúa en Jesús venciendo al mal. Hoy no se tiene la misma creencia que se tenía entonces acerca de una eventual presencia física y una acción maciza del demonio en el mundo y en las personas, pero no por ello estos textos evangélicos han perdido el valor profundo y el contenido teológico que tienen como testimonios del poder divino de Jesús.

Gracias a Él, las fuerzas temibles del mal y de la muerte han dejado ya de ser invencibles. Jesús exorciza, “desdemoniza” el mundo, liberando al ser humano de todo demonio personal o social, de toda sumisión fatalista a poderes, energías o fuerzas naturales o sobrenaturales que amenazan la vida y, finalmente, de sistemas y estructuras que generan injusticias, odio, exclusión y división en la vida social.

Viene otro que es más fuerte que él y lo vence… Jesús es el más fuerte. Su victoria está asegurada. Si algo está claro en el Evangelio es que con Cristo todo tipo de mal, cualquiera que sea su índole y su poder nocivo en la marcha de nuestra historia, no importa cuán esclavizante y corruptor, sutil y oculto pueda parecer, ha sido derrotado y conquistado definitivamente en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Hablando de ella dice Jesús en el evangelio de Juan: Ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera (Jn 12,31).

Con muy mala fe, los maestros de la ley y los fariseos difunden entre la gente que Jesús es un agente de Satanás, cuando no podía ser más evidente que estaba en abierta lucha contra Él. Jesús los increpa severamente, haciéndoles ver que incurren en el único pecado imperdonable. La calumnia premeditada que han lanzado contra Él es un insulto al Espíritu Santo, les dice. El Espíritu de Dios es el que lo mueve a obrar en todo con amor, como el mismo Dios actúa.

Quien afirme lo contrario, es decir, que es el espíritu de Satán, espíritu de odio y de violencia, el que mueve a Jesús, niega con mala fe la evidencia e insulta al Espíritu Santo. Este comportamiento malintencionado, que no es un hecho aislado sino una actitud corrompida, les hace optar obstinadamente contra la verdad por secretas intenciones, cerrar toda posibilidad de cambio y, por ello, toda posibilidad de recibir el perdón. Simplemente no reconocen que hacen mal, niegan tener necesidad de perdón, impiden al Espíritu su obra liberadora.

La misericordia de Dios no tiene límites, pero quien se niega deliberadamente a aceptar la salvación y el perdón que Dios le ofrece, transita un camino de oscuridad que conduce a la perdición. Ésta puede producirse no porque el Señor y su Iglesia no puedan perdonarlo, todo lo contrario, sino porque la persona misma se cierra a la gracia que se le ofrece. Obrando así insulta al Espíritu Santo porque rechaza como inútiles sus inspiraciones a la conversión, al reconocimiento del autoengaño (cf. Jn 16, 8-9) y a la acción de su amor que cambia los corazones. 

domingo, 23 de enero de 2022

Homilía del III Domingo del Tiempo Ordinario – Enviado a anunciar la buena noticia (Lc 1,1-4; 4,14-21)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo en la sinagoga de Nazareth, fresco de autor anónimo (alrededor de 1350), Monasterio Alto Dechany, Kosovo

Algunas personas han hecho empeño por ordenar una narración de los acontecimientos que han ocurrido entre nosotros tal como nos han sido transmitidos por aquellos que fueron los primeros testigos y que después se hicieron servidores de la Palabra. Después de haber investigado cuidadosamente todo desde el principio, también a mí me ha parecido bueno escribir un relato ordenado para ti, ilustre Teófilo. De este modo podrás verificar la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda aquella región. Enseñaba en las sinagogas de los judíos y todos lo alababan.
Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías.
Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él. Y empezó a decirles: «Hoy les llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas».

El evangelio de hoy tiene dos partes. La primera es el prólogo de la obra de Lucas (1,1-4). La segunda, cuatro capítulos después, narra el inicio de la actividad pública de Jesús en Nazaret (4,14-21).

En el prólogo, San Lucas dice que su evangelio está dedicado a un cierto Teófilo, que no sabemos si es un personaje real o ideal. Algunos lo consideran una persona histórica, un ayudante de Lucas en su tarea evangelizadora. Lo más probable es que se trata de una figura simbólica que representa al discípulo de todos los tiempos. “Teófilo” significa “amado de Dios” o “amante de Dios”.

El discípulo de Jesús, que recibe el evangelio, sabe que Dios lo ama y desea llegar a amar realmente a Dios. Se puede decir que Lucas dedica su evangelio al cristiano que quiere llegar a ser un adulto en su fe, consciente de la responsabilidad que le atañe en el mundo. A ese cristiano lo quiere conducir a vivir una experiencia similar a la de los discípulos de Emaus, es decir, a escuchar al Señor, a reconocerlo “al partir el pan” y hallarlo presente en la comunidad, cuyos miembros dan testimonio de que “verdaderamente el Señor ha resucitado” (24,34)

Lucas declara que su intención al escribir su evangelio es componer un relato de los hechos que se han verificado en torno a Jesús de Nazaret. Hablará de Jesús empleando las tradiciones transmitidas por los que fueron primero testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Por consiguiente, lo que está en el evangelio no son fantasías del autor, sino testimonios recogidos tal como fueron transmitidos por los que convivieron con Jesús. El evangelista comprueba todo exactamente desde el  principio y lo presenta de manera ordenada, para que los lectores puedan conocer y entender mejor a Jesús. Es la finalidad: que conozcan la solidez de las enseñanzas recibidas.

En la segunda parte del texto de hoy se relata el acontecimiento que da inicio a la vida pública de Jesús. Nos dice que Jesús, como era su costumbre, asistió un sábado a la sinagoga de su pueblo y que se levantó para hacer la lectura. Le dieron un texto del profeta Isaías y lo explicó aplicándolo a su propia persona. Hizo ver a sus oyentes que Él era el enviado definitivo de Dios, portador de su Espíritu, que lo había ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos.

Muchos al oírlo se admiraron de “las palabras de gracia” que salían de su boca; vieron que en ellas se realizaban las promesas de Dios, proclamadas por los profetas. Al igual que aquellos primeros testigos, también la comunidad cristiana primitiva experimentaba en su quehacer diario la gracia de Dios, sentían que el mismo Jesús resucitado seguía acompañando a los suyos. Para ellos y para nosotros –a quienes se dirige el Evangelio– las palabras de Jesús son una constante llamada a la vida plena y realmente feliz que, como la de Jesús, se realiza en el amor y el servicio, en especial a los pobres y a los que sufren.

Hay algo importante en el texto de Lucas que debemos tener en cuenta: la referencia al año jubilar. He venido a proclamar el año de gracia del Señor, dice Jesús, conforme a lo anunciado por Isaías. Toda su actividad queda definida a la luz de esta promesa, cuyo cumplimiento definitivo se daría con la venida del Mesías. El año de gracia era el año jubilar que los judíos debían celebrar cada 50 años según lo prescrito en el libro del Levítico, cap. 25.

En ese año santo, se condonaban las deudas, se prestaba dinero sin interés a quien lo necesitaba, se devolvían las tierras o propiedades tomadas por hipotecas vencidas y se pagaba el rescate de los judíos vendidos como esclavos. De este modo se devolvía a la tierra la finalidad para la que fue creada por Dios y, en la creación liberada, todos podían sentirse realmente hijos del mismo padre y hermanos entre sí. Jesús afirma que para esto ha venido, que esa meta se ha alcanzado en Él.

Más tarde, los cristianos de la primitiva Iglesia, según Hechos de los Apóstoles, se vieron como el nuevo Israel que daba cumplimiento al Año Jubilar proclamado por Jesús, por lo cual vivían unidos, lo tenían todo en común, repartían los bienes, compartían el pan (Hech 2, 42-48) y hacían todo lo posible para que no hubiera pobres entre ellos (Hech 4,32-37).

Asimismo también nosotros debemos sentirnos llamados a trabajar por la causa de Jesús, que hoy como ayer tiene el mismo contenido y los mismos destinatarios: hacer que todos se sientan hijos e hijas de Dios y vivan como hermanos y hermanas, en una creación liberada de toda injusticia y protegida como nuestra casa común. Esto se ha de traducir en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, que será posible con la colaboración de todos. Contamos para ello con el mismo Espíritu que consagró a Jesús y que sigue disponible también para nosotros desde nuestro bautismo. 

sábado, 22 de enero de 2022

Sus parientes decían que estaba loco (Mc 3,20-21)

 P. Carlos Cardó SJ

Aparición de Cristo al pueblo, óleo sobre lienzo de Alexander Andreyevich Ivanov (1837), Museo Estatal Ruso de San Petersburgo, Rusia

Vuelto a casa, se juntó otra vez tanta gente que ni siquiera podían comer.
Al enterarse sus parientes de todo lo anterior, fueron a buscarlo para llevárselo, pues decían: «Se ha vuelto loco».

Regresó a casa. Probamente a la de Pedro en Cafarnaum, donde le curó a su suegra. En la actual Cafarnaum, pueden verse unos descubrimientos arqueológicos –aún no del todo convalidados–, designados como la casa de Pedro, que podrían haber sido el lugar donde Jesús solía alojarse, donde se reunía con sus discípulos y adonde  acudía la gente para oír sus enseñanzas y ser curados de sus enfermedades. Refrenda la autenticidad histórica del lugar el hecho de que en torno a esta casa se reunió un conjunto de familias cristianas, que formaron un núcleo de viviendas –una insula la llamaban los romanos­– con claros vestigios del modo de vida de las primitivas comunidades cristianas.

El hecho es que en el evangelio de Marcos, la “casa” se convierte en símbolo del lugar del encuentro con Dios y símbolo de la Iglesia, donde Jesús sigue realizando su obra. Por lo demás, la “casa” es el lugar donde uno encuentra a Dios próximo.

Se reunió mucha gente, al punto que no podían ni comer. La multitud lo necesita y Él no puede dejar de atenderla. Pero las críticas lo persiguen también. Los escribas y fariseos, guardianes de la Ley y de la religión, lo siguen, mezclados entre la gente, porque les inquieta lo que enseña y porque las autoridades de Jerusalén los envían a espiarlo. Ese Nazareno era un peligro para sus instituciones.

Aparecen de pronto sus parientes. También entre ellos hay quienes lo traicionan. A su llamada a seguirlo, ellos responden con el “sentido común” y la falsa compasión, que les hace decir: ‘está loco, pobre, es un enfermo’. Les pesa el ser parientes suyos, temen las consecuencias; por eso no se han convertido a Él ni han pasado a formar parte de sus discípulos. Son los que están fuera; en cambio, la multitud de los pobres está dentro de casa.

No se puede dejar de observar que tales ‘parientes de Jesús’ se reproducen aun hoy en quienes, perteneciendo a su Iglesia, escuchan pero no ponen en práctica su palabra, sino que pretenden “llevárselo”, en nombre del sentido común, de la prudencia, de la sensatez que el mundo les enseña. Basan su vida en la sabiduría del mundo, no en la de Dios. Olvidan que la “la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor 1,25).

En el cuadro de la narración aparece clara la contraposición entre los prudentes de este mundo y los sencillos. Entre estos últimos, que escuchan la Palabra, Jesús hallará a sus verdaderos parientes, su verdadera familia.

La incomprensión que sufre Jesús se reproduce de algún modo en la experiencia de muchos cristianos cuyo compromiso de fe y los valores que guían su conducta resultan incómodos a sus familiares, que los critican y quieren hacerlos cambiar de vida. Personas que se mueven con criterios éticos definidos, que mantienen una conducta incorruptible o manifiestan una clara conciencia social, pueden revivir la soledad que Jesús sufrió por ser fiel a los valores del Reino.

Finalmente, quedan expuestos en el pasaje los motivos por los cuales condenarán a Jesús y los diversos comportamientos que se tienen con Él: o es un loco y hay que llevárselo, o es un mentiroso falso profeta y hay que condenarlo, o un blasfemo y es reo de muerte, o un endemoniado y hay que huir de él. Porque si es justo y veraz, no queda sino creer en Él y seguirlo. 

viernes, 21 de enero de 2022

Elección de los Doce (Mc 3, 13-19)

 P. Carlos Cardó SJ

Los doce apóstoles y discípulos, fresco de autor anónimo del siglo I, capilla de San Zenón, Basílica de Santa Práxedes, Roma

Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso, y se reunieron con él.
Así instituyó a los Doce (a los que llamó también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, dándoles poder para echar demonios.
Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo, a quienes puso el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo, y Judas Iscariote, el que después lo traicionó.

Subió al monte  Tanto en Israel como en las culturas paganas, el monte era lugar teofánico: en él actuaba la divinidad o tenía su morada. En el monte Sinaí se reveló Dios a Moisés y le dio la Ley. En el monte Sión se construyó el templo, habitación de Dios y lugar de su culto. Con Jesús, el monte (cuya localización geográfica no aparece) adquiere un significado teológico más específico: Jesús, sustituyendo a Moisés, sube al monte para traernos la revelación última de Dios, la nueva Ley, y fundar el nuevo Israel, que renovará al antiguo. Moisés subía al monte para encontrarse con Dios; ahora, los que Jesús llama subirán a donde Él está, pues encontrarse con Él es encontrarse con Dios, Dios-con-nosotros, Dios en lo humano.

Llamó a los que quiso. La llamada es iniciativa del Señor. Nace del amor con que ama al pueblo que Dios escogió como instrumento para darse a conocer a la humanidad y ofrecer a todos su salvación. Ahora, en Jesús, esa misma llamada se hace extensiva a todos, por encima de su origen racial o su ubicación social. A todos ama el Señor y para todos tiene una llamada especial que da a sus vidas un sentido. Les marca el camino. 

Y se vinieron donde él. La respuesta implica cambio de ubicación, reorientación. Quien siente la llamada del Señor ve que se le ofrece una nueva forma de ser, que consiste en imitarlo. Ve, por ello, que lo importante es estar con Él, en comunión de vida, aspiraciones y trabajo. Jesús llama de esta manera plena e incondicional porque quiere prolongarse en el mundo por medio de sus discípulos, los de ayer y los de hoy: Como el Padre me ha enviado, así los envío yo (Jn 20,21). Serán sus enviados (apóstoles).

Designó Doce. El verbo que emplea el evangelista Marcos es solemne: constituyó. Los primeros llamados por Él en número de doce, como eran doce las tribus de Israel, representan al Israel definitivo que Jesús va a fundar y que nace de la nueva alianza de Dios con los hombres.

Esos doce primeros varones son figura o expresión de todos los seguidores y seguidoras de Jesús que escucharán su llamada a estar con él y enviarlos a predicar. Ambas cosas, porque una lleva a la otra. La identificación con Él y el colaborar con Él en su obra evangelizadora. El amor se pone en obras, pero éstas han de ser las mismas que el Señor realiza y al modo como Él las realiza. En el evangelio de Juan la llamada del Señor se define como permanecer en Él, en su amor (Jn 15,9) porque sin mí no pueden hacer nada (Jn 15, 5).

Para su misión, que es la de Jesús, reciben sus mismos poderes: les dio poder de expulsar a los demonios. La predicación de la buena noticia del Reino tendrá que ir siempre acompañada de las obras liberadoras que Jesús realizaba para dar vida y crear una sociedad nueva en la que se manifieste el reinado de Dios.

Son pocos para llevar el mensaje a toda la tierra. Pero es el estilo de Dios que actúa en la debilidad y pequeñez, y no se impone porque quiere que se le ame libremente. Es además un grupo heterogéneo y difícil: Simón, llamado “Pedro”, Santiago y su hermano Juan, conocidos como los “violentos”, Andrés y Felipe, Bartolomé y Mateo que era un publicano, Santiago hijo de Alfeo, Tadeo, Simón apodado el “fanático” y finalmente el  tristemente célebre Judas Iscariote que traicionó a Jesús.

Ellos y toda la multitud de testigos, que a lo largo de los siglos se identificarán con Jesús en la vida y en la muerte, no sólo empeñarán sus personas en su obra, sino que buscarán que sus palabras, su modo de pensar y actuar pase a hacerse carne y sangre en ellos, hasta poder adoptar en toda circunstancia el modo de proceder de Jesús; más aún, hasta ser hallados dignos de compartir también su destino redentor, dando como Él su propia vida por la salvación del mundo.