miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo y la cananea, óleo sobre lienzo de Anibal Carracci (1595), Palacio Comunal de Parma, Italia

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo". Él no le respondió nada.

Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando".

Él les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel".

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: "Señor, socórreme".

Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos".

Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos".

Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas". En aquel momento quedó curada su hija

Texto provocador. Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano.

En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel.

Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era  llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro” (se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías). El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9).

El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia.

El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos.

Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan.

Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que Él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar.

El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos. Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano.

Racismo, prejuicios religiosos, sociales, culturales o de género, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, obviamente, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

martes, 3 de agosto de 2021

La tempestad calmada (Mt 14, 22-36)

P. Carlos Cardó SJ

Jesús camina en el agua y salva a Pedro, acuarela de Alexander Ivanov Andreyevich (1850), Galería Tretyakov, Moscú

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo. La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra y las olas la golpeaban duramente, pues soplaba el viento en contra.

A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. En seguida Jesús les dijo: «Ánimo, no teman, que soy yo».

Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».

«Ven», le dijo Jesús.

Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame».

En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!».

Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret. Los hombres de aquel lugar reconocieron a Jesús y comunicaron la noticia por toda la región, así que le trajeron todos los enfermos. Le rogaban que los dejara tocar al menos el fleco de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron totalmente sanos.

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras Él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con Él.

El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, la fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo.

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Sopla el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss).

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación.

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta Él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios.

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos.

A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la que está siempre Jesús a pesar de las tormentas.

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella.

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe.

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y en su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en Él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla.

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a Él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan. 

lunes, 2 de agosto de 2021

Multiplicación de los panes (Mt 14, 13-21)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo alimenta a la multitud, ilustración publicada en La Biblia Bowyer (1840), conservada en la Biblioteca de Lancashire, Inglaterra

Al conocer esa noticia, Jesús se alejó discretamente de allí en una barca y fue a un lugar despoblado. Pero la gente lo supo y en seguida lo siguieron por tierra desde sus pueblos.

Al desembarcar Jesús y encontrarse con tan gran gentío, sintió compasión de ellos y sanó a sus enfermos. Cuando ya caía la tarde, sus discípulos se le acercaron, diciendo: «Estamos en un lugar despoblado, y ya ha pasado la hora. Despide a esta gente para que se vayan a las aldeas y se compren algo de comer».

Pero Jesús les dijo: «No tienen por qué irse; denles ustedes de comer».

Ellos respondieron: Aquí sólo tenemos cinco panes y dos pescados.

Jesús les dijo: «Tráiganmelos para acá». Y mandó a la gente que se sentara en el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los entregó a los discípulos. Y los discípulos los daban a la gente.

Todos comieron y se saciaron, y se recogieron los pedazos que sobraron: ¡doce canastos llenos! Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

El pan es el símbolo con el que Jesús quiso identificarse en lo más característico de su persona y de su obra por nosotros: hombre para los demás, entrega su vida por la vida del mundo como pan de vida eterna. Al mismo tiempo, el pan es el alimento en nuestra vida temporal y la garantía del banquete eterno, que Dios nuestro Padre celebrará con nosotros cuando su reino se haya realizado plenamente.

Los primeros cristianos consideraron especialmente importante el pasaje de la multiplicación de los panes y, por la forma como lo redactaron, hicieron ver a través de él la importancia que tenía para ellos la Eucaristía, signo realizador de su unión con Cristo y de la unión que debía existir entre ellos. Por eso el texto emplea palabras de la Eucaristía. Jesús tomó los panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran.

La comunidad tiene su centro en la Eucaristía. Vive del don de su Señor, ofrecido y recibido como el pan de vida. Vive también el anhelo del Señor de servir a los demás y ayudar a resolver el problema de la vida, significado en el hambre de la multitud: hambre de pan y de evangelio.

Todo el ser de Jesús y su mensaje, todo lo que nosotros creemos y esperamos, se sintetiza en el gesto de compartir con los demás lo que uno tiene y lo que uno es. Eso significa partir juntos el pan. El pan está hecho para ser compartido. Cuando el pan se acumula en pocas manos y se queda gente con hambre, ahí la celebración de la Eucaristía está incompleta.

Por eso, cuando los primeros cristianos celebraban la Cena del Señor, hacían que en su única e indivisible celebración se efectuara la distribución de los bienes –para que no hubiera pobres entre ellos (Hech 4,32-35) – y el comer juntos el Cuerpo del Señor, pan de la unidad, que les hacía tener “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Por eso, “no se puede separar el sacramento del Cuerpo de Cristo del sacramento del hermano” (Papa Benedicto XVI).

Mezclados entre la multitud hambrienta, mostrémonos dispuestos a recibir el pan que Jesús nos da y se manifiesta en el milagro de los panes. Y dejemos que Jesús nos señale el camino que debemos dar a nuestras vidas. Conmovido por el hambre de la gente, Jesús nos dirá: Denles ustedes de comer. No podemos decir como los discípulos: “que vayan y se compren” lo que necesitan para sobrevivir. En las palabras de Jesús hay un imperativo a sus discípulos de entonces y de ahora a identificarse con Él, que es cuerpo entregado, pan, alimento que se recibe y se comparte.

El relato tiene 3 escenas:

La primera escena es la presentación de Jesús misericordioso que, movido a compasión, toma la iniciativa para resolver el problema de la vida, representado en el hambre de la multitud. Al ver al gentío, se le conmovieron las entrañas. La misericordia es cualidad fundamental del ser de Dios, que es amor, amor de padre y de madre.

En la segunda escena, los discípulos piden a Jesús que despida a la gente para que se busquen qué comer. Ellos siguen pensando con la lógica del comprar y del poder. Jesús les ordena pasar a la lógica del compartir: que traigan lo que tienen. Y aunque los medios con que cuentan son insuficientes (no tenemos más que cinco panes y dos peces), Jesús se valdrá de ellos para que a nadie le falte.

En la tercera escena, Jesús toma los panes de la comunidad, hace que la comunidad participe. Pronuncia sobre ellos la bendición, es decir, hace que baje sobre el pan de la comunidad la gracia de Dios. Con ella, los bienes se transforman y readquieren la finalidad para la que el Creador los hizo, que es la de servir al sostenimiento de todos. Entonces, esos panes, ya dispuestos para ser compartidos, se los da Jesús a los discípulos para que los repartan. Pongamos lo nuestro a disposición de quien lo necesite y veremos que alcanza hasta sobrar: Con lo que sobró llenaron doce canastas.

Los primeros cristianos de la primitiva Iglesia partían el pan en las casas y repartían sus bienes para que a nadie le faltara nada y no hubiera pobres entre ellos. Ese ideal de la Eucaristía de los primeros cristianos, de comulgar en el ser mismo del Señor y manifestarlo en el amor fraterno y en el servicio a los demás, es la dirección fundamental hacia la que han de apuntar nuestros trabajos, nuestro estilo de vida y nuestras decisiones.

domingo, 1 de agosto de 2021

Homilía del XVIII del Tiempo Ordinario - El signo del pan (Jn 6, 24-35)

 P. Carlos Cardó SJ

Hombre dando gracias a Dios por el pan, imagen en base a la fotografía tomada por Eric Enstrom en Bovey, Minnesota (1918) 

Al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente subió a las lanchas y se dirigieron a Cafarnaún en su busca.

Al encontrarlo al otro lado del lago, le preguntaron: "Rabbí (Maestro), ¿cómo has venido aquí?".

Jesús les contestó: "En verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento de un día, sino por el alimento que permanece y da vida eterna. Este se lo dará el Hijo del hombre; él ha sido marcado con el sello del Padre".

Entonces le preguntaron: "¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?".

Jesús respondió: "La obra de Dios es ésta: creer en aquel que Dios ha enviado".

Le dijeron: "¿Qué puedes hacer? ¿Qué señal milagrosa haces tú, para que la veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según dice la Escritura: Se les dio a comer pan del cielo".

Jesús contestó: "En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo".

Ellos dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan".

Jesús les dijo: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed".

Jesús ha dado de comer a la multitud y la gente entusiasmada ha querido proclamarlo rey. Pero este tipo de poder él lo rechaza. Para dar de comer a la multitud no ha partido de una posición de superioridad y riqueza, sino de debilidad y escasez de recursos. Él sólo busca servir y dar la vida. Por eso “huye”, porque pretenden cambiar su misión. Se retira solo, como Moisés después de la traición del pueblo (Ex 34, 3-4). Sólo en el monte de la cruz será rey (19,19) y entonces sus discípulos lo dejarán solo (16,32).

Entonces aquellas gentes al darse cuenta de que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas… en busca de Jesús. Lo encontraron en la otra orilla (24-25). Pero no está claro por qué lo buscan. Y Jesús mismo se lo hace ver: Ustedes no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron… (v.26). Les revela así lo que pasa en su interior, dividido por intenciones buenas y engaños.

Es importante aclarar la verdad de nosotros mismos. Pues –dice san Pablo– nada podemos contra la verdad, sino sólo a favor de la verdad (2 Cor 12,8). La gente del relato tiene que reconocer la verdad: que lo buscan para asegurarse la vida material, lo cual es bueno, pues el mismo Señor aconseja pedir al Padre: danos hoy nuestro pan de cada día. Pero hay algo más importante que ellos no han comprendido aún: la vida verdadera consiste en vivir como Él, imitarlo y hacerse como Él pan para los hermanos.

Se trata, por tanto, de pasar del pan material al pan que en Jesús se convierte en el “signo” de una vida que se entrega para que todos tengan vida. Se trata de pasar de la búsqueda del propio interés, a buscar a Cristo mismo como el regalo, como el que se nos da. A eso se refiere la respuesta que da Jesús a la gente: Esfuércense por conseguir, no el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna” (v.27).

Estas palabras resultan enigmáticas a la gente. Intuyen quizá que Jesús les está ofreciendo algo mejor, pero no saben qué hacer. Ellos no se mueven en la lógica del amor que da y comparte, sino en la lógica de la ley y del deber, que reduce la religión a hacer o dejar de hacer cosas conforme a lo mandado: ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? Es decir, quieren saber qué obras, qué normas nuevas tienen que cumplir.

La respuesta que da Jesús sintetiza lo más esencial de la fe cristiana: la obra (así, en singular) que Dios quiere es ésta: que crean en el que él ha enviado. Ésta es la nueva exigencia, esto es lo que han de aceptar; lo demás es secundario.

Pero la gente no se convence de que la salvación consista en permitirle a Jesús que cambie sus vidas y los lleve a adoptar su modo de pensar y de actuar. La fe no es ante todo hacer cosas por Dios, sino confiar en su poder para cambiarnos y permitir que Jesucristo moldee nuestras vidas a través de un trato personal con Él.

Lo que Jesús propone echa por tierra la manera como aquellos judíos (que pueden representarnos a nosotros) piensan a Dios y practican la religión. Se rehúsan a aceptar a Jesús como su norma de vida; no ven el trato con Él como trato con el Dios que salva. No lo juzgan digno de confianza y argumentan: ¿Qué signos nos das…? Nuestros padres comieron el maná en el desierto (v.30s). Pedir un signo es siempre muestra de incredulidad y falta de confianza. Jesús ya les había dado el signo del pan, no les dará otro.

A continuación el evangelista Juan inserta el discurso sobre el Pan de Vida, en el que Jesús se identifica con el pan del cielo, Pan de Dios. El pan es símbolo de la vida. Él es el pan, Hijo amado del Padre que ama y se entrega a sus hermanos. Jesús se aplica las características del pan que es, a la vez, don del cielo y fruto del trabajo, humilde y necesario, apetecible y disponible, sencillo y gustoso, laborioso y gozoso, fuerza de quien lo asimila y comunión entre quienes lo comparten. Jesús, pan bajado del cielo, es Dios que desciende para dar su vida a los hombres.

¿Qué nos dice hoy este texto? Que debemos discernir los deseos y búsquedas que aplicamos al terreno de lo religioso. Porque puede ocurrir que creemos seguir a Jesucristo porque nos atraen su persona y su mensaje, pero en realidad buscamos seguridades y satisfacciones por medio de prácticas religiosas que nos dejan la sensación de estar bien, pero no nos mueven a dejar aquello que debemos dejar o a cambiar de actitud.

Puede darse, quizá, que ni en la oración que hago, ni en las obras de caridad que practico o en mi frecuencia de los sacramentos busque otra cosa que no sea la sensación del deber cumplido o del mérito obtenido. Pero el espíritu del Señor, espíritu del amor y de la libertad, pugna en nuestro interior por hacernos vivir como hijos y como hermanos, que encuentran en el hacer el bien a los demás su realización personal más cumplida. Estas personas han conocido el don de Dios, y se alimentan del cuerpo del Señor para vivir como Él (Jn 6,1). Es lo que sostiene su deseo continuo: Señor, danos siempre de ese pan (v.34).