lunes, 3 de febrero de 2020

Los endemoniados de Gerasa (Mc 5, 1-20)

P. Carlos Cardó SJ
Curación del poseído por el demonio, ilustración de la Biblia de Ottheinrich (1425 – 1430), conservada la Biblioteca Estatal de Baviera, Alemania
Llegaron a la otra orilla del lago, que es la región de los gerasenos. Apenas había bajado Jesús de la barca, un hombre vino a su encuentro, saliendo de entre los sepulcros, pues estaba poseído por un espíritu malo. El hombre vivía entre los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Varias veces lo habían amarrado con grillos y cadenas, pero él rompía las cadenas y hacía pedazos los grillos, y nadie lograba dominarlo. Día y noche andaba por los cerros, entre los sepulcros, gritando y lastimándose con piedras.
Al divisar a Jesús, fue corriendo y se echó de rodillas a sus pies. Entre gritos le decía: "¡No te metas conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo! Te ruego por Dios que no me atormentes".Es que Jesús le había dicho: "Espíritu malo, sal de este hombre".
Cuando Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas?", contestó: "Me llamo Legión, porque somos muchos".
Y rogaban insistentemente a Jesús que no los echara de aquella región. Había allí una gran piara de cerdos comiendo al pie del cerro. Los espíritus le rogaron: "Envíanos a esa piara y déjanos entrar en los cerdos".Y Jesús se lo permitió. Entonces los espíritus malos salieron del hombre y entraron en los cerdos; en un instante las piaras se arrojaron al agua desde lo alto del acantilado y todos los cerdos se ahogaron en el lago. Los cuidadores de los cerdos huyeron y contaron lo ocurrido en la ciudad y por el campo, de modo que toda la gente fue a ver lo que había sucedido.Se acercaron Jesús y vieron al hombre endemoniado, el que había estado en poder de la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio. Todos se asustaron. Los testigos les contaron lo ocurrido al endemoniado y a los cerdos, y ellos rogaban a Jesús que se alejara de sus tierras. Cuando Jesús subía a la barca, el hombre que había tenido el espíritu malo le pidió insistentemente que le permitiera irse con él.
Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti".El hombre se fue y empezó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; y todos quedaban admirados.
La escena se desarrolla en Gerasa, ciudad de la Decápolis pagana, lugar donde no se conoce a Dios y el mal actúa libremente. Aun en lugares como ese la acción salvadora de Cristo obtiene victoria. Jesús destruye de raíz el mal y disipa nuestros miedos porque ha vencido al príncipe de este mundo, que tenía el poder de la muerte.
Le salió al encuentro un endemoniado. Fue hacia él, no esperó a que lo llamara. Seguramente ha oído que libera a quienes el espíritu del mal esclaviza, separándolos de Dios (porque es espíritu de esclavitud), de los demás (porque es espíritu de violencia y división – el demonio en la Biblia es el que divide), y de su yo auténtico (porque enajena, es espíritu de mentira).
Este pobre desgraciado viene del cementerio donde habita, es decir, sale del lugar de la muerte, busca la vida. Simboliza a todos aquellos que viven sometidos a fuerzas o poderes hostiles a Dios, “poseídos” por realidades de este mundo que se les han vuelto verdaderos ídolos a los que se someten (cf. 1 Cor 8,5), esperando conseguir con ellos seguridad y felicidad pero se esclavizan y deshumanizan.
Llama la atención el contraste tan marcado que se da entre la primera actitud del endemoniado: se postró ante Él, y el grito que da a continuación: ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo del Altísimo? No me atormentes. La explicación la da el mismo texto: Es que Jesús le estaba diciendo: Espíritu inmundo sal de este hombre.
Hay, pues, una inconsecuencia en el endemoniado. Ha buscado a Jesús, pero la irracionalidad del espíritu que lo posee le impide hacer lo que podría liberarlo. Tendría que dejar la violencia y la mentira a la que vive sometido, pero le resulta una tortura, se siente incapaz. Nada, absolutamente nada en común hay entre Cristo y el mal. No hay lugar para componendas. Pero el endemoniado se contenta con que no lo echen fuera de esa región. El nombre que se da –Legión– sugiere la idea de que se trata de una colectividad, incluso quizá representa a todos aquellos que, víctimas de cualesquiera demonios, viven una vida deshumanizada y no ponen los medios para dejarla. Reconocen que su vida les hace vivir angustias de muerte, pero no dan el paso a la victoria final que Cristo les ofrece. Prefieren suplicarle: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.

Se subraya la condición de vencido de Satán. Los demonios rogaban a Jesús. Y al mismo tiempo se señala que los puercos, animales impuros, inmundos, eran digna morada para ellos. Jesús les permitió entrar en ellos, pero queda claro que el destino último de esas fuerzas del mal es el abismo: los cerdos se lanzaron al lago desde el barranco… y se ahogaron.
A continuación ocurre algo sorprendente: mientras los demonios suplican a Jesús que no los saque de aquel lugar y que los deje en los cerdos, los gerasenos fueron donde Jesús y comenzaron a suplicarle que se alejara de su territorio. La presencia de Jesús trae cambios en la vida que pueden contradecir los propios intereses. Entonces se le puede decir a Jesús como los gerasenos: mejor vete, déjanos tranquilos.
Las curaciones, en particular, las expulsiones de demonios son signos del poder de Dios en Jesús sobre todas las fuerzas del mal que trastornan el orden de su creación y dañan a sus criaturas. Por eso son signos de la presencia de su reino. Si expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mc 3).
Estas acciones de Jesús se nos confían. Designó a Doce, a los que llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios (Mc 3,15). Como Iglesia, todos debemos contribuir en la medida de nuestras posibilidades a exorcizar los demonios que en nuestra sociedad atentan contra la integridad de las personas, recortan su libertad, afectan su salud y despersonalizan. Quien experimenta la salvación no puede sino despertar en otros la experiencia de ser salvado.

domingo, 2 de febrero de 2020

Homilía de la Fiesta de Presentación de Jesús - (Lc 2, 22-40)

P. Carlos Cardó SJ
Presentación en el templo, óleo sobre lienzo de Sebastian Bourdon (Siglo XVII), Museo del Louvre, París, Francia
Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones , conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel y estaba en él el Espíritu Santo.Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.
Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres».Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser. No había conocido a otro hombre que a su primer marido, muerto después de siete años de matrimonio. Permaneció viuda, y tenía ya ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al Señor con ayunos y oraciones.
Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.
Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El niño crecía y se desarrollaba lleno de sabiduría, y la gracia de Dios permanecía con él.
De los treinta largos años vividos por Jesús con sus padres, los evangelios no dicen casi nada. El más elocuente, Lucas, proporciona unos cuantos datos elementales: que José y María siguieron con Él las costumbres religiosas de la circuncisión y presentación en el templo, que iban cada año a Jerusalén por la fiesta de pascua y que cuando el niño cumplió doce años, se quedó en el templo sin que lo supieran sus padres.
De todo lo que siguió después, apenas dos frases: el niño crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres … y vivía sujeto a sus padres” (Lc 2, 39-40. 50-53). Aparte de esto sólo sabemos que sus paisanos lo conocían a Él y a su padre el carpintero y que había parientes suyos mezclados entre sus discípulos o en la multitud que lo seguía.
A pesar de esta falta de información, queda claro que Jesús, como todo ser humano, tuvo que ser protegido y cuidado por una familia. Necesitó un hogar que lo sostuviera en la existencia, lo librara de los peligros que asechan a todo niño y a todo adolescente, lo adiestrara a valerse por sí mismo y le enseñara a incorporarse eficazmente en la vida de los humanos, de su cultura y de su sociedad. En su hogar de Nazaret, Jesús se nutrió, creció y maduró asimilando los valores de unos padres profundamente religiosos y enraizados en la cultura de su pueblo.
Es válido por tanto reflexionar sobre la familia teniendo como referente la familia de Jesús.
La familia es como la tierra: engendra y nutre plantas sanas o raquíticas según la calidad de los nutrientes que posee. Es verdad que la familia no lo es todo, pero no se puede negar que a ella le corresponde una aportación decisiva en la construcción de la personalidad del ser humano.
La familia marca nuestra fisonomía física, psíquica, cultural, social y religiosa. Nos abrimos a la vida y la vamos descubriendo a través de  los ojos de nuestros padres y de nuestros hermanos; nos orientamos por lo que oímos y vemos en nuestra familia: por lo que se nos dice –¡el hombre se forma por la palabra!–, nos relacionamos con los demás conforme a las relaciones que vivimos en nuestro hogar; forjamos nuestra seguridad personal, a partir de la seguridad que la familia nos brindó.
Todo lo que vimos y oímos en los primeros años nos marca para siempre. Por eso, es innegable que en el tejido de las relaciones familiares se lleva a cabo el proceso de formación de la conciencia, la asimilación de los valores, la capacidad de expresar y suscitar sentimientos y afectos humanos.
No es un lugar común decir que la familia está en crisis; es una realidad preocupante. Muchos piensan que el problema principal de la sociedad actual es la inseguridad, pero es innegable que la primera causante de inseguridad puede ser con frecuencia la propia familia. Además de ir en aumento el número de familias incompletas y de hijos nacidos fuera de matrimonio, las familias bien constituidas padecen un incesante bombardeo de mensajes que minan su unidad y consistencia.
A la casa entran, violando controles y vigilancia, los mensajes directos o subliminales de la internet y de la TV: violencia, pornografía, frivolidad, relativismo moral e increencia. Se añade a esto la inseguridad económica de tantos grupos sociales: el desempleo, que genera desasosiego y obliga a muchos a emigrar, o la sobrecarga de trabajo que hace que los padres pasen la mayor parte del día fuera del hogar.  Por estas y otras causas de orden moral y social, la familia puede ser la primera célula neurótica de la sociedad.
La familia es el ámbito en el que es posible vivir las mayores alegrías y también los más duros sufrimientos y tribulaciones. Todos sabemos que hay tanto de lo uno como de lo otro, y que el problema no está en la institución, en cuanto tal, sino en las personas que componen cada familia. Ellas son, en definitiva, las que preparan y abonan la tierra para que la frágil planta que es una persona crezca sana y segura. Cuando un hombre y una mujer se aman de verdad (y esta es la condición sine qua non para que haya familia), se da el calor afectivo que propicia el diálogo, el espíritu de superación y, sobre todo, la fe.
El evangelio nos hace contemplar, pues, a la familia que el Hijo de Dios necesitó para su crecimiento y desarrollo humano. José y María contribuyeron eficazmente con la gracia para plasmar y formar en el niño, adolescente, joven y adulto Jesús su inconfundible modo de ser y de actuar, de orar y tratar a los demás. El ejemplo del hogar de Nazaret será siempre un referente para nuestras familias en la tarea diaria de hacer del hogar un ámbito eficaz para la formación de personas verdaderamente creyentes, libres, responsables y seguras.

sábado, 1 de febrero de 2020

La tempestad calmada – (Mc 4, 35-41)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús calma la tempestad, óleo sobre lienzo de Arnold Friberg (1955), colección privada, Estados Unidos
Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: "Vamos a la otra orilla del lago". Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas.De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua.
Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: "Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?".Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: "¡Cállate, enmudece!".Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma.Jesús les dijo: "¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?".Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: "¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?".
Después de una serie de parábolas sobre la presencia y actuación del reino de Dios, Marcos sitúa la tempestad calmada, que es una parábola en acción. Su intención parece ser poner de manifiesto que la falta de fe impide a los discípulos comprender la lógica del reino de Dios, tal como ha sido expuesta por Jesús en las parábolas.
Elemento central en el relato es la barca, que representa a la Iglesia. En ella los discípulos acogen la invitación de su Señor con temor y perplejidad. Al caer la tarde, les dijo: Pasemos a la otra orilla. Ellos dejaron a la gente y lo llevaron en la barca. De pronto se levanta un gran temporal, y las olas cubren la barca que parece a punto de zozobrar, lejos de la orilla a la que se dirigen. No les queda otra cosa que fijar los ojos en Jesús, fiarse de Él para poder avanzar. Si la Iglesia se queda mirando sus propias dificultades, se hunde.
Pero –hecho curioso– Jesús duerme. Su tranquilidad le viene de la absoluta confianza que tiene siempre en Dios. Los discípulos, en cambio, en el peligro, sólo perciben su propia impotencia; pero en eso mismo se les abre la posibilidad de abrirse a la fe que salva. Siempre resuena en la Iglesia el grito de la humanidad sufriente que llega hasta Aquel cuyo nombre, Jesús, significa “Dios salva”. Despertaron a Jesús y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos tenemos alguna vez. Aquí el miedo tiene un contenido eclesial. Se siente a veces al no poder compaginar esas dos imágenes de la Iglesia que el evangelio emplea: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por las olas. La experiencia nos puede hacer sentir inseguros o llenar la mente de confusiones. Jesús nos echa en cara la falta de confianza: ¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?
Podemos también referir el texto al camino de fe del cristiano, que no es camino llano sino sembrado de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio, entre la incredulidad y la fe. De una u otra forma todos pasamos por ella. Y llega un momento en que nos decidimos a invocar al Señor, más allá de lo que hemos creído o no creído.
Aparte de esto, están también nuestros miedos personales y colectivos ocasionados hoy, entre otras cosas, por las crisis económicas, los escándalos, la inseguridad, el daño ecológico; amén de la carga negativa de carencias, limitaciones y debilidades que cada cual lleva consigo en su propia historia. Todo eso puede llegar a paralizar a las personas, o hacerlas incurrir en depresión, abandono, desesperanza.
Frente a todo temor y miedo, el mensaje central del texto lo podemos ver en la pregunta que Jesús hace: ¿Cómo no tienen fe? San Pablo dirá: Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que lo aman (Rom 8,28). Por consiguiente, es importante aprender a percibir la presencia del Señor en medio de las dificultades, a valorar lo positivo que se mezcla con lo negativo, y a discernir los signos de esperanza (por pequeños que sean) que se dan en medio de las tribulaciones.
Madurez humana y cristiana es saber leer la historia a la luz de la Palabra; no dejarse vencer por el mal, sino vencer el mal a fuerza de bien; saber asimilar crisis y frustraciones de tal modo que, cuando falte lo ideal, pueda uno aferrarse a lo posible y no desfallecer jamás.
La presencia del Cristo Resucitado en su Iglesia es callada, silenciosa, como quien está ausente o dormido, aunque en realidad está activo cumpliendo su promesa: Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. En las crisis, en las caídas, en la soledad y oscuridad, el cristiano se agarra de su Señor y extiende también la mano para ayudar a otros. 

domingo, 26 de enero de 2020

Homilía del III Domingo del Tiempo Ordinario - Anuncio del Reino y llamamiento de primeros discípulos (Mt 4, 12-17.23-25)

P. Carlos Cardó SJ
Llamamiento de los primeros discípulos, óleo sobre tabla de Lorenzo Veneciano (1370), Gemäldegalerie de Berlín, Alemania
Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea y dejando Nazaret, vino y habitó en Cafarnaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; El pueblo asentado en tinieblas vio una gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció.Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: “Arrepiéntanse, porque el reino de Dios está llegando”.Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Síganme, y los haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. El evangelio de San Mateo presenta el inicio de la actividad pública de Jesús en Galilea como la salida del sol, el alba de un nuevo día. El pueblo es Israel, que representa aquí a todos los pueblos que sufren opresión y, en general, a la humanidad que soporta el mal, el pecado, la muerte y anhela la libertad de los hijos de Dios. Para este pueblo, para esta humanidad vino una gran luz. Fue como el amanecer. Una brecha se abrió en el horizonte humano.
Las tinieblas son la pervivencia del caos primordial, del que Dios sacó el cosmos con su palabra ordenadora. Los hombres desordenaron el cosmos, lo volvieron un campo de guerra de unos contra otros, y con su ambición irracional destruyeron la naturaleza, atentaron contra la vida, atentaron contra su Creador.
Las tinieblas significan también la esclavitud en Egipto, de la que Dios hizo salir a Israel su pueblo. Los hombres olvidaron pronto las acciones de Dios y volvieron a esclavizarse unos a otros, se fabricaron ídolos a los que entregaron la vida, becerros de oro que toda época se ha forjado: dinero, poder, gloria…
La venida de Jesús a este mundo oscurecido es anunciada por los profetas como la luz, principio de la nueva creación, el amanecer del “día de Dios” que pone fin a la noche del mundo. Y se entabla el duelo permanente entre la luz y la tiniebla, la verdad y la mentira, la fraternidad y el odio, la vida y la muerte; duelo que perdura hasta hoy.
Conviértanse, dice Jesús: vuélvanse a la luz, abran los ojos, es posible un mundo diferente, de corazones nuevos, de paz y armonía con el prójimo, con el cosmos, con Dios. Dios sólo espera que nos volvamos a Él. En esto consiste el acto más perfecto de nuestra libertad. En Jesús podemos sentir a Dios como padre y vivir como hermanos.
El reino de Dios está llegando. Jesús nos da motivos para vivir el presente con ilusión y empeño. El reino ya actúa entre nosotros. Ya ha comenzado a actuar el amor salvador de Dios en favor de quienes, inspirados por Él, buscan un mundo justo y fraterno. Aquello que esperamos ya está “aquí”, no fuera de este mundo y de mi vida, pero todavía hay que esperar su plena realización. Por eso el reino nos hace vivir intensamente el presente y nos marca la dirección de nuestra vida.
Entonces, caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro, y Andrés… y les dijo: Vengan conmigo… Es una invitación personal la que nos hace Jesús en la persona de esos pescadores de Galilea. La vida cristiana es la respuesta a esta invitación. Seguirlo significa convertirse, volverse a Dios, vivir conforme a los valores de su reino.
Seguimos a Jesús para vivir con Él la experiencia que ilumina y da sentido a la existencia. Esta experiencia no es, ante todo, una doctrina, ni únicamente una praxis. Jesús despierta en quien lo sigue una relación mucho más profunda y total: una relación personal con Él, como Señor y hermano. Se le entrega no sólo la mente y la sensibilidad, sino el corazón, el fondo del alma.
Lo primero que hace Jesús, según el evangelio de Mateo, es llamar, convocar. Nos llama. Me llama por mi propio nombre para que viva en la verdad de mi existencia. Escuchar su llamada es sentir y lograr mi verdadero yo, liberado de lo que me impide ser yo mismo, capaz de empeñar mi vida en la tarea de realizar en mí y en torno a mí los valores del evangelio.
Y no nos imaginemos cosas extraordinarias. La llamada de Jesús se siente en la vida cotidiana, por profana que sea: llamó a Simón y  a su hermano Andrés cuando estaban pescando, llamó a Mateo cuando detrás de su mesa de cambista juntaba y contaba plata. Incluso podemos estar haciendo cosas que van contra Cristo y contra los cristianos, como hacía Saulo. Hagamos lo que hagamos, la luz se abre camino y brilla en nuestro interior, desvelando nuestra verdad más profunda. Vente conmigo, me dice.
Y ellos, dejadas sus redes, lo siguieron.