miércoles, 4 de diciembre de 2019

Curaciones y segunda multiplicación de los panes (Mt 15, 29-37)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús alimentando a los 5.000, mosaico de autor anónimo del siglo VI, iglesia de San Apolinar el Nuevo, Rávena, Italia
De allí Jesús volvió a la orilla del mar de Galilea y, subiendo al cerro, se sentó en ese lugar.Un gentío muy numeroso se acercó a él trayendo mudos, ciegos, cojos, mancos, y personas con muchas otras enfermedades. Los colocaron a los pies de Jesús y él los sanó. La gente quedó maravillada al ver que hablaban los mudos y caminaban los cojos, que los lisiados quedaban sanos y los ciegos recuperaban la vista; todos glorificaban al Dios de Israel.Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de esta gente, pues hace ya tres días que me siguen y no tienen comida. Y no quiero despedirlos en ayunas, porque temo que se desmayen en el camino».Sus discípulos le respondieron: «Estamos en un desierto, ¿dónde vamos a encontrar suficiente pan como para alimentar a tanta gente?».Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?».Respondieron: «Siete, y algunos pescaditos».Entonces Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó luego los siete panes y los pescaditos, dio gracias y los partió. Iba entregándolos a los discípulos, y éstos los repartían a la gente.Todos comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos con los pedazos que sobraron.

El texto es muy similar al de la primera multiplicación de los panes de Mt 14, 13-21. Después de un breve sumario de las curaciones que Jesús realiza, (v. 30s) sigue un diálogo con los discípulos (v. 32-34) y luego el milagro de los panes (v. 35-38). Se distingue con más exactitud el lugar geográfico –en un monte a orillas del lago de Galilea–, pero todo lo demás recuerda lo que se ha leído antes en la primera multiplicación de los panes. Las repeticiones y evocaciones de hechos memorables son un recurso literario de los evangelios.
En este relato los discípulos no van a decirle a Jesús que despida a la gente para que busquen qué comer porque ya es tarde. Jesús mismo siente lástima de la multitud porque le siguen desde hace tres días, no tiene qué comer y no puede despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino. Se resalta la misericordia característica de Jesús, con que hace suya la necesidad ajena y mueve a los suyos a buscar una solución. La misericordia, en efecto, no es un simple sentimiento o una mirada compasiva ante la dolencia del prójimo. Ella promueve de inmediato el movimiento de la solidaridad para remediarla.
La ubicación de Jesús en el monte es un detalle significativo. En la Biblia, es lugar de cercanía con Dios. En el Sinaí, Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo con su amigo (Ex 33, 11). El monte aparece a menudo en la vida de Jesús. En el monte de las bienaventuranzas proclamó lo más central de su mensaje (Mt 5, 1). En un monte se va a transfigurar ante sus discípulos (Mt 17, 1-3). Y en el monte Calvario será elevado en una cruz para la salvación del mundo.
Acercarse a Jesús es acceder a la máxima revelación de Dios, que actúa en Él como misericordia, amor que salva. De ese modo queda subrayado el sentido básico del milagro de los panes: realmente, Jesús sacia el hambre de su pueblo y hace ver que por ser Dios amor misericordioso, Él no puede desentenderse del hambre de la multitud.
El contenido eucarístico de la primera multiplicación de los panes se reproduce en la segunda. Van unidos el pan y el pescado, pues ambos elementos representaban para los primeros cristianos el misterio eucarístico, como puede verse en el arte paleocristiano, concretamente en las catacumbas. Las palabras de Jesús sobre los panes: pronunció la bendición, los partió y se los dio, evocaban indudablemente a sus lectores la celebración de la cena del Señor. La comunidad advirtió que el Jesús que dio de comer a la multitud, les dio a ellos a comer su cuerpo en la última cena y mandó realizar esa misma acción como el memorial de su entrega para la vida del mundo.
El relato concluye como en el capítulo 14. Jesús despide a la multitud, sube a una barca y se dirige, esta vez, a la región de Magadán, lugar desconocido, que muchos suponen que es Magdala (o la ciudad de Maquedá mencionada en Josué, 15, 37).
Jesús sigue acompañando a su pueblo con los mismos sentimientos que tuvo ante las multitudes hambrientas de Galilea. Su presencia es tan real y concreta como la de quien da de comer. El grupo de los suyos, reunidos por Él en torno a la mesa de su pan compartido, asumen sus mismos sentimientos solidarios y los de sus hermanos y hermanas carentes de pan. La mesa común de la comunidad da a sus vidas el significado del pan, cuya razón de ser no es guardarse sino compartirse. Se realiza así en ellos la presencia viva del Señor, la eucaristía perfecta en el quehacer cotidiano en favor de los demás.

martes, 3 de diciembre de 2019

Te alabo, Padre (Lc 10, 21-24)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo con ángeles, mosaico de autor anónimo (siglo I), Basílica de Sant Apolinar el Nuevo,  Rávena, Italia
En ese momento Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los pequeñitos. Sí, Padre, pues tal ha sido tu voluntad. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos; nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera dárselo a conocer".Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque yo les digo, que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron".
Los discípulos, enviados a predicar, regresan contentos por el éxito alcanzado y Jesús da gracias a Dios, su Padre. Movido por el Espíritu Santo, exclamó: Yo te alabo, Abba, Señor del cielo y de la tierra… Resalta la intimidad con que Jesús se dirigía a Dios, llamándole Abbá.
Pronunciada por Jesús con toda su resonancia aramea, la palabra Abba era el modo común como un hijo se dirigía a su progenitor; los niños  le decían abbí. Es palabra tierna y confiada para quien la pronuncia y para quien la escucha. Quien la dice se identifica a sí mismo en su relación con el otro. En el caso de Jesús expresa el tierno respeto con que se sitúa ante Aquel de quien procede. Hace ver que ante el misterio de Dios, Jesús siente la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la cercanía que tiene con su padre querido. Así trata a Dios y así nos enseña a tratarlo.
Es lo más central de cristianismo. Ya no hay cabida al miedo en la relación con Dios, porque el miedo supone el castigo (1Jn 4, 18). Otra cosa es el “temor de Dios, inicio de la sabiduría” (Prov 9,10) que es respeto amoroso y obediente. Ambas cosas, amor y respeto, van siempre juntos. Jesús nos enseña a experimentar así a Dios: como ternura de máxima intimidad y a la vez Altísimo Señor de cielo y tierra, más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, cuya omnipotencia es capacidad de obrar en nuestro favor mucho más de lo que podemos esperar y pedir.
Jesús alaba a su  Padre porque el establecimiento de su reinado, el señorío de su amor salvador sobre todo lo creado, ha comenzado ya. Su fuerza transformadora se ha desplegado e irá extendiéndose en su relación con nosotros y con el mundo. Actúa en quienes se dejan conducir por el Espíritu de Jesús y es objeto de nuestra esperanza, pues culminará en el tiempo fijado por Dios.
Este conocimiento de la voluntad salvadora de Dios es una gracia que llena de esperanza a los humildes y sencillos, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Sencillos y humildes son los que ponen su destino en manos de Dios con espíritu de confianza y entrega, seguros de que Dios permanecerá con ellos para siempre, y enjugará toda lágrima de sus ojos  (Ap 7,17; 21,4).
Sabios y prudentes según el mundo son, en cambio, los que nada esperan ni de Dios ni de los demás, porque ponen su confianza en su propio poder. Ellos reconocerán finalmente que han construido sobre arena. Son los que se sirven y se guardan para sí mismos, quedándose solos al final, con sus vidas vacías y sin promesa. No reconocen que la persona sólo se logra a sí misma y se humaniza si se hace hijo de Dios y hermano de su prójimo.

lunes, 2 de diciembre de 2019

La fe del centurión romano (Mt 8, 5-11)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús y el centurión romano, óleo sobre lienzo de Joseph-Marie Vien (1752), Museo de Bellas Artes de Marsella, Francia
Al entrar en Cafarnaún, un centurión se le acercó y le suplicó: "Señor, mi criado está en casa, acostado con parálisis, y sufre terriblemente".Jesús le contestó: "Yo iré a sanarlo".Pero el centurión le replicó: "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que pronuncies una palabra y mi criado quedará sano. También yo tengo un superior y soldados a mis órdenes. Si le digo a éste que vaya, va; al otro que venga, viene; a mi sirviente que haga esto, y lo hace".Al oírlo, Jesús se admiró y dijo a los que le seguían:   "Les aseguro, una fe semejante no la he encontrado en ningún israelita. Les digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de Dios".
El protagonista del relato es un centurión romano de la guarnición de Cafarnaúm. En la versión de Lucas (7 1-10) y de Juan (4,43-54) es un funcionario del rey Herodes Antipas. En todo caso se trata de una persona importante que goza de buena posición social y económica, pero un criado suyo, al que aprecia mucho, ha contraído una extraña enfermedad que le ha dejado paralítico y le hace sufrir mucho. Ha hecho lo posible por curarlo pero ha sido inútil. Recuerda entonces lo que se dice de Jesús en Cafarnaúm: que obra signos y prodigios en favor de los enfermos y de los que sufren.
Piensa que Dios actúa en él y decide buscarlo. Pero advierte naturalmente que no es judío, más aún es un representante de las tropas romanas de ocupación. ¿Le querrá atender Jesús? El centurión depone toda actitud de superioridad, no puede exhibir nada a su favor, se siente desesperado. Tiene que expresar su ruego con humildad y poner toda su confianza en Jesús. La fe ha actuado en él, en un extranjero, soldado del enemigo más odiado por la gente, y ha despertado en él tal confianza que antes de que Jesús se ponga en marcha para hacer lo que le pide, proclama sin vacilación: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano.
Jesús queda admirado de la actitud del centurión y lo propone a los judíos como modelo de fe: “Les aseguro que jamás he encontrado en Israel tanta fe”. Afirma así que todos, judíos y extranjeros, están llamados a experimentar el amor salvador de Dios. Como Abraham que era un extranjero y, sin ver, creyó en la palabra de Dios y fue constituido padre de todos los creyentes, así también el centurión pagano, sin ver, cree en el poder divino de Jesús, y viene a ser modelo de la fe que hace extensiva a todas las familias de la tierra la bendición de Abraham.
Sea cual sea nuestra condición o el estado en que estemos, cabe siempre la certeza de que el Señor oirá nuestra petición. “Pidan y se les dará”. Y hay que dejar a Dios enteramente el curso de los acontecimientos. El verdadero creyente no necesita signos y prodigios para tener la certeza del amor del Señor; cree en su amor por la Palabra que refiere lo que Él ha hecho por nosotros, y eso le basta. La confianza es base de la fe y del amor. No exige demostraciones para verificar la credibilidad del otro. Cuando se exigen pruebas para poder creer en él y serle fiel, simplemente se le ha dejado ya de amar.
Dios nos ha mostrado su amor en la entrega de su Hijo y Jesucristo atestigua  su credibilidad con la absoluta coherencia de su mensaje y de su conducta, y sobre todo con la entrega de su persona. “No hay mayor amor que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

domingo, 1 de diciembre de 2019

Primer Domingo de Adviento – Estén preparados (Mt 24, 37-44)

P. Carlos Cardó SJ
                     
“La venida del Hijo del Hombre recordará los tiempos de Noé. Unos pocos días antes del diluvio, la gente seguía comiendo y bebiendo, y se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca. No se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos.
Lo mismo sucederá con la venida del Hijo del Hombre: de dos hombres que estén juntos en el campo, uno será tomado, y el otro no; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada, y la otra no.
Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Fíjense en esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto a su casa. Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan”.
 Hoy comenzamos el Adviento. Junto con la Pascua, es uno de los tiempos más bellos de la liturgia. En Adviento nos preparamos para la venida del Salvador. La liturgia se llena de oraciones, textos y símbolos de esperanza.
Tres personajes ocupan puesto protagónico en el escenario del Adviento: el profeta Isaías, que guía a su pueblo con la esperanza de un libertador, el Mesías de Dios; Juan Bautista, que proclama ya próximo al Mesías y lo señala después entre los hombres; y María, que lo concibe en su seno por obra del Espíritu Santo y espera su nacimiento con inefable amor de madre. Los tres nos enseñan a esperar, a convertirnos y preparar los caminos del Señor.
De manera inmediata, el Adviento nos prepara a celebrar con alegría el nacimiento de Jesús en Belén. Pero también nos recuerda que el Señor “de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”. Entre su primera venida en nuestra carne y su segunda venida en gloria, transcurre el tiempo de nuestra espera que es, simultáneamente, tiempo de sus incesantes venidas: porque el Señor viene de continuo a nosotros, en la Iglesia, en la Eucaristía, en su Palabra, en los hermanos.
Se abre el tiempo de Adviento con una visión de Isaías (2, 1-5) que infunde en el ánimo de su pueblo abatido la esperanza de tiempos nuevos de paz y concordia, simbolizados en la confluencia de todos los pueblos en monte del Señor, en Jerusalén, ciudad de la paz.
El profeta señala los elementos en torno a los cuales ha de organizarse la convivencia humana pacífica y armoniosa. No basta con que los pueblos acudan a la Santa Ciudad para recibir las mismas enseñanzas éticas (Subamos al monte del Señor… porque de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor); también tienen que esforzarse por establecer unas relaciones sociales justas y equitativas.
Y hace ver que el signo de la armonía en el género humano será la superación de la violencia: De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas (v. 4b), es decir, convertirán sus armas en instrumentos para el desarrollo humano. La imagen del tiempo nuevo, motivo de esperanza y de esfuerzo, queda completada: no se prepararán ya para la guerra porque caminarán a la luz del Señor (v. 5).
La segunda lectura (Rom 13, 11-14)[1] nos recuerda que la fe no es una anestesia que nos ponemos para soportar los males presentes. La fe nos mueve a asumir nuestra realidad con responsabilidad si queremos que tenga un final positivo. No podemos estar pasivos como en una noche de sueño. “Ya es hora de que despierten del sueño… La noche está muy avanzada y el día se acerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz… Revístanse de Jesucristo”.
El evangelio de hoy, por su parte, nos trae este mensaje: “Estén atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor”. Es la respuesta de Jesús a sus discípulos que le preguntan “cuándo” será el fin del mundo. Jesús nos hace ver que el “cuándo” es el tiempo de lo cotidiano. En nuestra existencia de todos los días se decide nuestro destino futuro en términos de salvación o perdición, de estar con el Señor o estar lejos de Él. Al final se recoge lo que se ha sembrado.
Con una comparación y una parábola, el texto del evangelio nos hace ver en qué consiste la actitud de vigilancia. La comparación es la siguiente: En un mismo tiempo, haciendo las mismas cosas, se puede, como Noé, construir el arca que salva o ahogarse en las aguas del diluvio. Lo que se ha construido sobre la palabra de Dios resiste como el arca; lo que se ha construido sobre la insensatez, se derrumba, es arrasado por las aguas. Lo que ocurre al final no es otra cosa que lo cotidiano: comer, beber, casarse, trabajar. Todo eso  lo podemos realizar como entrega de nosotros mismos con amor, o lo podemos vivir como violencia, injusticia, daño de nosotros mismos o del prójimo, como vida o como muerte.
Empleando otra imagen propia de la cultura de su tiempo, nos dice Jesús que dos hombres aran el campo y dos mujeres muelen granos. Se hace un mismo trabajo, pero el resultado puede ser distinto. A uno de los hombres se lo llevarán y se salvará, a otro lo dejarán y se perderá; a una de las mujeres se la llevarán, a otra la dejarán. Todo depende del comportamiento que se tiene en el presente. Lo determinante no es lo que hacemos, sino el cómo lo hacemos. No en acontecimientos extraordinarios, sino en los de cada día construimos o echamos a perder nuestra morada eterna.
Así, pues, estar preparados y vigilantes es discernir lo que más nos ayuda para ver a Dios en la vida de todos los días. Quien lo busca, lo encuentra como el novio que viene a celebrar su fiesta. De lo contrario, es como el ladrón que desvalija la casa.
Lo que se nos dice no es para asustarnos. El miedo y el sentimiento de culpabilidad cumplen una función orientadora de la conducta del yo, pero no bastan para construir una personalidad consistente. Jesús nos invita a la responsabilidad con nosotros mismos. Es como si nos dijese: no juegues con tu vida.
Mirarlo a Él es ver cómo se puede vivir una vida plena. De hecho, lo que llamamos juicio de Dios sobre nosotros no será otra cosa que la manifestación última del efecto que ha tenido en nuestra vida el juicio práctico que ahora hacemos de Jesús: lo aceptamos como norma de vida o lo negamos, lo servimos en los hermanos o pasamos de largo encerrados en nuestro egoísmo.


[1] "Comprendan en qué tiempo estamos, y que ya es hora de despertar. Nuestra salvación está ahora más cerca que cuando llegamos a la fe. La noche va muy avanzada y está cerca el día: dejemos, pues, las obras propias de la oscuridad y revistámonos de una coraza de luz. Comportémonos con decencia, como se hace de día: nada de banquetes y borracheras, nada de prostitución y vicios, nada de pleitos y envidias. Más bien revístanse del Señor Jesucristo, y no se dejen arrastrar por la carne para satisfacer sus deseos."