viernes, 23 de febrero de 2018

Reconcíliate con tu hermano (Mt 5, 21-26)

P. Carlos Cardó SJ
Reconciliación de Esaú y Jacob, óleo sobre lienzo de Peter Paul Rubens (1625-28 aprox.), Galería Estatal de Neuen Schloss, Stuttgart, Alemania
Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo”. 
Han oído que se dijo… Yo les digo… La gente se admiraba de la autoridad con que Jesús enseñaba, tan distinta a las de sus maestros y doctores de la ley. No sólo hablaba en primera persona, cosa que los rabinos evitaban siempre, limitándose a repetir las enseñanzas de otros maestros de mayor prestigio, sino que Él aclaraba, interpretaba y llegaba hasta modificar la ley.
Esto causaba indignación a las autoridades religiosas; y lo que ciertamente no podían soportar era su pretensión de modificar y proponer de un modo nuevo el núcleo mismo de la Ley, los mandamientos. Para ello Jesús empleaba la fórmula: han oído ustedes que se dijo…, pues bien yo les digo…
Por supuesto que ellos habían oído y, en el caso de los diez mandamientos, tenían la certeza de que esas palabras sagradas fueron dictadas directamente por Dios a Moisés, que se las transmitió. De modo que al decir Jesús: pues bien, yo les digo, ponía su yo en el mismo nivel de Dios (Yo-soy), pretendía tener la misma autoridad del legislador divino.
Por eso lo acusarán de blasfemo porque, siendo un hombre, se hacía pasar por Dios (cf. Jn 10, 33). Pero Jesús no da marcha atrás. Juan en su evangelio hace ver la convicción interior que lo movía a obrar así: Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo que me ha enviado es el que me ordena lo que tengo que decir y enseñar. Y sé que su enseñanza lleva a la vida eterna. Así, pues lo que yo digo es lo que me ha dicho el Padre (Jn 12,49-50).
La novedad que trae Jesús en su enseñanza consiste en que Él no propone preceptos e imposiciones legales más estrictos aún que los anteriores, sino la buena noticia –evangelio– de que Dios obra en nosotros y nos concede el don de comportarnos entre nosotros a la manera como Él se comporta con nosotros.
En el fondo, la nueva moral de Jesús tiene como fundamento el amor del Padre, que Él revela. En adelante, todo quedará contenido en un único mandamiento: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios.  
A partir de aquí se entiende el giro que da Jesús a los mandamientos. Lo primero de todo es el respeto que debemos tener a la vida del otro. Por eso, no basta no matar; cuando se odia, se insulta o se desprecia a alguien, se le está matando en cierta forma.
La advertencia que hace Jesús es severa: el odio repercute en la misma persona que lo consiente, es veneno del alma y lleva a un final desastroso. Jesús lo expresa viva y crudamente: Será condenado al fuego que no se apaga. El original dice: Será condenado a la Gehenna, y se refiere a un lugar en el valle de Innon, fuera de los muros de Jerusalén, en el que los paganos sacrificaban víctimas humanas al dios Moloch.
Para desacralizarlo, los hebreos  lo habían convertido en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. El fuego de la Gehenna ardía día y noche. Lo que viene a decir Jesús es que quien odia, quien deja de considerar al otro como un hermano, es como si hubiera hecho arder su propia vida, arrojándola a la basura.
Por eso es tan importante llegar al acuerdo, porque el desacuerdo significa negar la propia condición de hijo de Dios y de hermano de mi contrincante. Y esta es la razón por la cual el acuerdo está por encima de la ofrenda que se debe dar a Dios, por encima de los actos religiosos exteriores.
No se puede llamar Padre a Dios ni sentarse a la mesa de los hermanos si primero no se perdona al hermano. Y –la aclaración es importante– se debe advertir que Jesús dice: Si recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti… ve primero a reconciliarte con tu hermano, lo cual se refiere no sólo al caso de que yo haya cometido algo contra el prójimo, sino a que la relación se ha roto porque el otro es quien tiene algo contra mí.  
La fraternidad rota es un mal en sí. Si de manera deliberada, pudiendo hacerlo, no se ponen los medios para repararla se incurre en una falta que impide compartir la mesa de la comunión. Tal omisión manifiesta que el otro ya no importa, ya no se le considera un hermano. Quien de esta manera se desentiende del hermano demuestra que él mismo ha dejado de ser hijo.

jueves, 22 de febrero de 2018

¿Quién dicen que soy yo? (Mt 16,13-19)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo entregando las llaves a San Pedro, óleo sobre tabla de Vincenzo Catena (1520), Museo del Prado, Madrid
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?". Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?". Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Es un texto que hemos meditado muchas veces. Corresponde al diálogo que Jesús tiene con sus apóstoles cuando están subiendo a Jerusalén donde va a ser entregado. En este contexto, les pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos responden refiriendo las opiniones que circulan sobre el Maestro.
Unos, impresionados por la vida austera y la muerte de Juan Bautista, piensan que ha vuelto a la vida. Otros, que se trata de Elías, enviado a consagrar al Mesías (Mal 3, 23-24; Eclo 48, 10) y preparar el reino de  Dios (Mt 11, 14; Mc 9,11-12; cf. Mt 17, 10-11). Otros identifican a Jesús con Jeremías, el profeta que quiso purificar la religión y fue martirizado por los dirigentes del pueblo. Otros, en fin, ven en Jesús un profeta más.
¿Quién dicen ustedes que soy yo?, les dice. Quiere saber qué piensan de Él y qué esperan. De lo que sientan en su corazón dependerá su fortaleza o debilidad para soportar el escándalo que va a significar su muerte en cruz.
Entonces Pedro toma la palabra y le contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Estas palabras no han podido nacer de su genial perspicacia. Como el resto de discípulos, Pedro no es un hombre instruido, es un pobre pescador de Galilea. Sus palabras han tenido que ser fruto de una gracia especial.
Por eso le dice Jesús: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora ya todo cambia, Jesús puede manifestarles claramente el misterio del destino redentor que le aguarda. Él es el enviado definitivo, el Mesías que entregará su vida por la humanidad, será crucificado y resucitará por la fuerza de Dios, su Padre.
¿Quién dice la gente que es Jesús? A esta pregunta la gente de hoy seguramente puede dar muchas respuestas y todas positivas. Recordarán, por ejemplo, que con su personalidad atraía a multitudes de toda condición y que a nadie le hacía sentirse distante de Él. Reconocerán que sus palabras tocan el interior de las personas y tienen una actualidad que difícilmente se encuentra en otros maestros de la humanidad.
Apreciarán su autenticidad y transparencia, la coherencia con que cumplía lo que enseñaba y decía siempre la verdad, hasta el punto de que sus mismos enemigos llegaron a reconocer: Eres honesto, no te dejas influenciar por nadie, no haces acepción de personas (Mt 22,16). Se asombrarán de su sensibilidad humana, que le hacía conmoverse ante las necesidades de los demás, y lo movía a actuar de inmediato para resolverlas. Admitirán, en fin, como síntesis de todo, que pasó haciendo el bien (Hech 10, 38) y nos enseñó que es más feliz el dar que el recibir (Hech 20, 35).
De la respuesta que se dé a la pregunta: ¿quién dicen que soy yo?, se seguirán las diversas formas de concebir y vivir la fe. Un ideal ético de valores y actitudes que ayuda a vivir bien consigo mismo y con los demás; una conciencia social que compromete en la lucha por la justicia; un referente sobrenatural más o menos mítico o mágico, al que se remiten las propias incógnitas e inseguridades; una cosmovisión filosófica –enunciados y argumentos­– que dan razón de la causa y del sentido de la realidad; un conjunto de prácticas religiosas, oraciones, invocaciones de alabanza y súplica que ordenan los días del año con descansos y festividades fijadas por la costumbre del grupo cultural al que se pertenece…
Todo eso puede ser más o menos bueno, más o menos humanizador, pero allí no hay una relación con alguien, no hay un cara a cara, en el que se conoce a Jesucristo cada vez más internamente y se le ama hasta desear ir tras él.
Por esa fe, que no es algo que le brota de su ingenio, Pedro es hecho el Vicario de Cristo. Tú serás llamado piedra, le dice Jesús, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia. No es la iglesia de Pedro, es mi iglesia, le dice Jesús, Y tú, Pedro, la tendrás que conservar en la unidad, por lo cual todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. 
Pedro tendrá las llaves, que significan el servicio de interpretar auténticamente lo que es conforme a la fe revelada y lo que la recorta, desvía o contradice. La Iglesia es la comunidad de los que profesan una misma fe, cuyos contenidos la misma Iglesia, con Pedro, interpreta y salvaguarda.

miércoles, 21 de febrero de 2018

El signo de Jonás (Lc 11, 29-32)

P. Carlos Cardó SJ
Jonás y la ballena, óleo sobre tabla de Pieter Lastman (1621), Museo Kunstpalast, Düsseldorf, Alemania
Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: "Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás”.
La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los contemporáneos de Jesús, a pesar de haber visto, no confiaron; en vez de seguirlo pretendieron que fuera Él quien obedeciera sus exigencias de signos extraordinarios para creer. Jesús rechaza esta petición y añade que a esa gente sólo se le dará el signo de Jonás: signo de la misericordia que Dios tiene para con todos, tan eficaz por cierto que hasta los ninivitas se convirtieron.
Jonás el profeta recibe la misión de predicar a la ciudad impía de Nínive la conversión de su mala conducta. Lo hizo y toda la ciudad, desde el rey hasta el último vasallo, hicieron penitencia y Dios los perdonó. Dios actuó por medio de él. La persona y la palabra de Jonás fueron el signo y eso bastó. Es lo que Jesús les recuerda a sus interlocutores. Les debería bastar su persona y su palabra para confiar en Él, pues es mucho más que Jonás.
El otro ejemplo que emplea Jesús es el de la reina de Saba (1 Re l0, 1-10) que hizo un viaje desde los confines de la tierra para conocer la sabiduría de Salomón. Fue, lo vio, lo escuchó y creyó. Cuánto más habría hecho esa mujer pagana por conocer la sabiduría de Jesús, cuyos contemporáneos rechazan. Muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron (Lc 10, 24), había dicho Jesús. Entre esos reyes y profetas bien se podría incluir a esa mujer. Ella es también un signo para esa gente que debería mostrarse más dispuesta a aprender de Jesús.
La confianza que hay que tener en Dios tiene su reflejo o figura más lograda en la relación humana de amor o amistad. Conforme transcurre el trato con la persona que queremos, vamos confiando en ella cada vez más. Llega un momento en que no se nos ocurre exigirle pruebas para convencernos de su credibilidad; tal es el conocimiento que hemos adquirido de ella y la valoración que nos merece. Por eso, cuando se exigen pruebas y, peor aún, cuando se le somete a investigaciones, eso quiere decir que se ha aniquilado la confianza o que nunca se tuvo.
En el plano de la fe, la persona en quien confiamos es el mismo Jesús. Sé de quién me he fiado, dice San Pablo (2 Tim 1, 12). La total coherencia entre su palabra y su vida, la verdad de lo que enseña y el amor tan generoso y desinteresado con que actúa, revelan de tal manera a Dios en Él, que uno se siente movido a conocerlo cada vez más para más amarlo e imitarlo.
Jesús vino a anunciar la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todo el que se convierte y cree. No buscó su propio interés sino únicamente el mayor bien para nosotros. No pretendió la gloria de los hombres, ni siquiera que lo sirvieran; vino para servir.
Todos estos rasgos de su persona ponían a la gente en contacto directo con Dios, y revelan para nosotros la posibilidad de realizar una humanidad nueva, una existencia nueva, liberada, salvada. En vez de pedirle signos habría que escuchar su palabra y acoger y asimilar su forma de ser humano.
Cuanto nos ha dicho y ha hecho Jesús por nosotros debería ser suficiente para creer que Él es la plenitud de la revelación y donación de Dios a los hombres, el camino que conduce a la vida verdadera, vencedora del mal, resucitada. Pero para ello se requiere hacerse pequeño (Lc 10,21). Sólo a los pequeños se les revela el reino de Dios en la persona y obra de Jesús.
La exigencia de signos espectaculares realizados con el fin de imponerse y doblegar a la gente fue una tentación del maligno para Jesús. Dios respeta la libertad de sus hijos que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo
Habría que decir, finalmente, que el signo de Jonás toca nuestra realidad. Como él, nos resistimos al amor de Dios: no acabamos de creernos que su misericordia es infinita y triunfa sobre toda iniquidad. El Señor, no obstante, trabaja nuestro interior. Él es capaz de hacer que nuestra persona y nuestro obrar, sea un signo en la sociedad que haga creíble nuestra fe. 

martes, 20 de febrero de 2018

La verdadera oración (Mt 6, 7-15)

P. Carlos Cardó SJ
El infante Samuel en oración, óleo sobre lienzo de Sir Joshua Reynolds (1776), Museo Fabre, Montepellier, Francia
Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.
Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes”. 
Al orar no hablen mucho, dice Jesús a sus discípulos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan. Recomienda también orar en la habitación con la puerta cerrada para no ser vistos (Mt 6, 6). Pero no se trata de un encuentro con dos personas solitarias. El Señor siempre es Trinidad, comunidad de personas; y nosotros siempre somos también comunidad, Iglesia, mundo. Por eso, las tres primeras peticiones del Padrenuestro se refieren al Padre celestial aquí en la tierra, y las otras cuatro a la necesidad que tenemos de sus dones para vivir como hijos suyos y hermanos.
Padre”. Poder decir a Dios Abba es el gran don de Jesús. Al hacerlo, nos afirmarnos como hijos e hijas suyos, creados por amor, amados por sí mismos; más aún, amados con el amor que el Padre tiene por su Hijo. Quien, movido por el Espíritu de Jesús, se atreve a decir Abba a Dios, experimenta el amor que Dios le tiene: un amor misericordioso y propicio, que estará siempre con él; y esta experiencia afirmará su vida para siempre con una confianza básica que le hará capaz de decir en toda circunstancia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rom 8, 32ss).
Santificado sea tu nombre. Significa darle a Dios en la vida el lugar central que se merece. Jesús santificó su Nombre. Padre, yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26). Santificamos el nombre de Dios cuando nos rendimos a Él sin miedo a nuestras limitaciones ni a la muerte. Santificamos su nombre cuando reconocemos como un don de su paternidad lo que somos y tenemos. Quien no reconoce la paternidad de Dios pretende hacerse padre de sí mismo, y busca sólo su propia gloria. De esta ignorancia, raíz del pecado, nace el orgullo y la ambición, que nos aleja de Él, nos divide y destruye la creación.
Venga tu reino. Es la gran promesa de Dios, término seguro de la historia humana. Es la soberanía de Dios que trae consigo el triunfo de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, el amor y la paz en toda la creación. El reino “ha llegado” en Jesús para cuantos se conviertan y crean en el evangelio; y “vendrá” finalmente en su plenitud para revelar la gloria de su amor salvador. Está entre nosotros oculto como la semilla sembrada que crece y se hace un árbol (Lc 13,18s). Y es, en definitiva, Jesucristo resucitado, que vuelve de la misma manera como se le vio marcharse (Hech 1, 11). Nos toca pedirlo, buscarlo, acogerlo (Lc 18,17). La invocación apresura su venida mucho más que cualquier otra obra humana.
Hágase tu voluntad. Su voluntad es el amor fraterno, la construcción de la fraternidad. Ahí es donde se cumple toda justicia y se participa de su santidad. La voluntad de Dios no puede ser sino el bien para sus hijos. Jesús la cumple porque entrega su vida por los hermanos. En el cielo, la voluntad divina se cumple por el amor que existe entre el Padre y el Hijo; en la tierra, por el Espíritu que nos hace vivir como hermanos y hermanas, partícipes del amor de Dios.
Danos hoy nuestro pan. El pan es vida. Así como la vida biológica sirve para la vida eterna, el pan material sirve para la espiritual, que es la Palabra y la Eucaristía. Ambos panes pedimos y no por separado, sino en continuidad uno y otro. Por el pan material no debemos inquietarnos, pues el Padre sabe lo que necesitamos (Lc 12, 22-31). Quien tiene el pan espiritual, trabaja, recibe y comparte. Pedir el pan no significa forzar la mano de Dios, obligarlo; es reconocerlo como el principio de la propia vida y no vivir con el miedo a la muerte. Y es el pan nuestro, no mi pan, porque lo que Dios da se comparte. Si no es pan nuestro, si no se comparte, genera división. Quien no comparte no ve en el prójimo a un hermano y, por tanto, no tiene derecho a llamar Padre a Dios.
Perdónanos nuestros pecados. El pan de la vida es el amor que Dios da (por gracia) a todos, incluso al que ha pecado. Per-donar es la acción completa, intensa y total del donar. Es regalar o ceder voluntaria y gratuitamente. Jurídicamente los latinos llamaban perdón a la acción del acreedor de regalar o ceder definitivamente al deudor aquello que le debía. Es lo que hace Dios con nosotros y, al hacerlo, nos hace capaces de perdonarnos. Porque somos perdonados, también perdonamos. El cristiano no es justo sino justificado; no es perfecto sino misericordioso; no es santo sino favorecido con la gracia del único Santo que es Dios; no es fuerte contra el mal sino compasivo con el que ha caído. Por eso no condena, sino perdona. 
No nos dejes caer en tentación. No pedimos que nos libre de la prueba –componente de la vida temporal–, sino que nos proteja para no sucumbir. La tentación viene de mis debilidades y del miedo a la necesidad que se alía con el egoísmo. Pero “Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas, antes bien con la tentación recibirán fuerzas suficientes para superarla” (1 Cor 10,13). La gran tentación es la pérdida de confianza en el Padre, que nos arranca del amor de Dios. Pero “esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5,4).